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Full text of "Crónica De La Nueva España - Francisco Cervantes de Salazar"

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CRÓNICA 


DE LA 


NUEVA ESPAÑA 


QUE ESCRIBIÓ EL 


DR. D. FRANCISCO CERVANTES DE SALAZAR 

—•. 

CRONISTA DE LA IMPERIAL CIUDAD DE MÉXICO 





THE HISPANIG SOGIETY OF AMERIGA 

TIPOGRAFIA DE LA «REVISTA DE ARCHIVOS^ 

MADRID; 1914. 


PRÓLOGO 


Antonio de Herrera y Andrés González Barcia son los únicos 
autores que declaran en sus obras haber visto y examinado una 
Historia de las Indias ó Crónica de la Nueva España escrita por 
el Doctor Francisco Cervantes de Salazar, que hoy ve por primera 
vez la luz pública. El primero de dichos escritores disfrutó la Crónica 
como historiador. El segundo la dió á conocer como bibliógrafo. 

Escribe el cronista Herrera que entre los impresos y manuscritos 
que utilizó como fuentes de investigación para su Historia General 
de los hechos de los castellanos en las Islas y Tierra fírme del mar 
Océano figuraban «las Memorias del £)r. Cervantes, Deán de la 
santa Iglesia de México ( 0 , varón diligente y erudito». Aun parece 
indicar que su autoridad debía anteponerse á la de Olmos, Sahagún 
y Mendieta (2). En otro lugar incluye Herrera á Cervantes de Sala- 
zar en su catálogo de los historiadores de Indias ( 3 ). 

El ilustre bibliógrafo González Barcia, en sus adiciones á León 
Pinelo, suministra datos bibliográficos sobre la obra de Cervantes. 
Dice literalmente así: Chronica de las Indias, Ms. 4.° estaba en 
la Librería de Barcia con 444 ojas, aunque falta al fin, con la 
iirma de L. Valderrama, quien parece ser el Visitador de la 
Audiencia de México; fuera estaba rotulada: Chronica del Maes¬ 
tro Cervantes: es la Historia de Nueva España i su Conquista, i 
alguno que intentó aplicársela, entrerrenglonó las partes donde el 

(0 Según luego se verá, Cervantes de Salazar no era Dignidad, sino Canónigo 
de Méjico. 

(3) Década vi, lib. iii, cap. xix. 

. ( 3 ) En la relación de Los autores impresos y de mano que han escrito cosas 
particulares de las Indias Occidentales, puesta al frenle de (a obra de Herrera, 
figura Deán Cervantes». 







Vi 


PRÓLOGO 


Autor hablaba de sz, en primera persona^ poniéndolas en ierca'a, 
Don Nicolás Antonio, tomo 2, fol. 275, diceeslaba en la Librería 
DEL Conde Duque, foL; está en la del Rei en 4» ( 0 . Este pasaje se 
ha podido prestar á interpretaciones diversas, en cuanto al número 
de los ejemplares citados. D. Joaquín García Icazbalceta dio á enten¬ 
der que eran tres los ejemplares de la Crónica de Cervantes, cuando 
escribió: «Estuvo en la biblioteca del Conde Duque de Olivares: 
túvola Barcia en su rica librería.^ y en el mismo tiempo (2) habia una 
copia en la biblioteca particular del Re)'» ( 3 ). Según luego habre¬ 
mos de ver, era un solo manuscrito que, con efecto, estuvo un 
tiempo en la biblioteca de Olivares—aun cuando la cita que hizo 
Nicolás Antonio (4) resulte equivocada en algún detalle—; que mucho 
más tarde formó parte de la de Barcia, y que en vida de este biblió¬ 
grafo había pasado á la del Rey. 


(1) Adiciones á Antonio de León Pinelo: Epitome de la Biblioteca Oriental 
y Occidental, Náutica y Geográfica (Madrid: lySy), columna 599. 

(2) No advirtió Icazbalceta que Barcia, al referirse á la Crónica en 4.®, expresó 
que ESTÁ en la librería del Rey, habiendo antes estampado que estaba en la de 
Barcia, 

( 3 ) Diálogos de Cervantes de Salazar (México: 1875), pág. xxi. 

(4) La cita de Nicolás Antonio á que se refirió Barcia es ésta: «Anonymus de 
Cervantes scripsit historiam Indiarum, cujus exemplum fuit in bibliotheca Oli- 
variensi, uti ex ejus constat catalogo, sic inscriptum, in folio: Crónica de Cervantes 
de las Indias,» 

Visto el Catálogo de la Biblioteca Olivariense {Codáce de la Real Academia de la 
Historia, D-119), aparece al folio i 3 i el siguiente asiento: «Cervantes: su Chronica 
en 4,^, Cax, 10, Niim. 21», y al folio Z21 este otro: «Chronica del Maestro Cervan^ 
tes, Ms, 4.®, Cax, 10, Núm, 20.» A prim.era vista parece que se trata de dos ejem¬ 
plares de la Crónica con signatura correlativa; pero no es sino uno solo, por estar 
equivocada la del segundo asiento, debiendo leerse núm, 21 donde dice nüm, 20, 
El primer asiento se halla en el índice de autores y el segundo en el de materias: que 
comprenden unos mismos manuscritos. A mayor abundamiento, el número 20 del 
cajón 10 se hallaba ocupado con otra obra, como puede verse leyendo el asiento del 
folio 1Ó6 v.®, que dice: «Poesía en Jrancés, Libro tnui antiguo en Pergam,° 4.®, 
Cax. JO, Núm, 20.» 

Gallardo, cuando escribía su Colección de libros raros y cnríosos (Madrid: i 863 - 
1889), debió notar el lapsus del copista en dicho manuscrito de la Real Academia de 
la Historia, pues al reseñar (en su tomo iv, pág. 1479, en el artículo «Gu:{mán, Don 
Gaspar de») los libros que formaran la Biblioteca del Conde Duque de Olivares, 
suprimió aquel segundo asiento del índice de materias, por haber sin duda advertido 
que la signatura «Cax. 10. Núm. 20» correspondía al tomo de Poesías en francés. 

Por otra parte, Nicolás Antonio, en su cita, padeció á su vez equivocación al 
decir que el ejemplar de la Crónica de Cervantes, según constaba en el catálogo de 
la Biblioteca Olivariense, era en folio, siendo así que consta era en 4.®, según acaba 
de verse. 




PRÓLOGO 


Vil 


También se ocupó de la Crónica de Cervantes D. José Beiistain 
de Souza, para decir (0 que de ella no se encontraba «ni vestigios, en 
Mégico»; y refiriéndose al texto de las adiciones á León Pinelo, atri^ 
buvó el plagio de quien «intentó aplicarse» aquella Crónica^ al Li¬ 
cenciado Valderrama: sin otra razón, sin duda, que la de haberse 
leído su «firma» en el manuscrito que describió Barcia. 

Más tarde, el padre Francesco Clavigero celebra la obra de 
Cervantes, repitiendo con ligeras modificaciones lo dicho por He¬ 
rrera (2). 

A mediados del siglo xix, el erudito Icazbalceta, á quien tanto 
deben las letras mejicanas, hizo todas las diligencias posibles para 
dar con uno de los manuscritos de la Crónica de Cervantes de Sala- 
zar, con objeto, sin duda, de publicarla; pero sus esfuerzos resultaron 
inútiles: no logró encontrar ni el ejemplar que supuso existente en la 
Biblioteca particular del Rey ( 3 ). 

Después de García Icazbalceta, si algún escritor habla de la 
Crónica de Cervantes, es para considerarla perdida (4); y, sin em¬ 
bargo, desde el día 23 de Abril del año 1728 estaba en la Sección de 
Manuscritos de la Biblioteca Nacional de Madrid. Figuraba la Cró¬ 
nica como anónima en los Indices generales y especiales de dicha Bi¬ 
blioteca ( 3 ). Como anónima figuró también en el Catálogo de /os Ma- 
nnscritos americanos de D. Juan Bautista Muñoz (6), y en la Colec^ 
ción de libros raros y curiosos de D. Bartolomé José Gallardo (7). 

A una casualidad felicísima, que hasta pudiera llamarse provi¬ 
dencial, se debe el que ahora sepamos que aquel códice «anónimo», 


(1) Biblioteca HispanO'América Septentrional (México: í8i6 ), tomo I, pᬠ
gina 33 i. 

(2) Storia antica del A/ess/co (Cesena: 1780-81), Prefacio, pág, i 3 , 

( 3 ) Cita una carta de D. Manuel Remón Zarco del Valle, jefe de la biblioteca 
de S. M., de i 3 de Septiembre de 1869, en la que éste le «aseguró haber buscado 
sin fruto la Crónica de Cervantes». (Diálogos de Cerrantes de Salaj^ar, pág. xxi.) 

(4) Beauvois, La Grande Encyclopédie, s. v. Cervantes. 

( 5 ) En la Biblioteca Nacional se halla catalogada con este título: Crónica de 
LA Nueva España, su descripción, la calidad y temple de ella, la propiedad y 
NATURALEZA DE LOS INDIOS, ETC. 

( 6 ) Colección Muño^: tomo 93, fol. 45. (Biblioteca de la Real Academia de la 
Historia.) 

(7) Ensayo de una Biblioteca Española de libros raros y curiosos. (Ma¬ 
drid: 1863-66 y 1888-89.) Apéndice al tomo lí, pág. 114. Gallardo no pudo, por 
de contado, caer en la cuenta de que la Crónica «anónima» de la Biblioteca Na¬ 
cional era la Crónica del Dr. Cervantes que él mismo más adelante hubo de re¬ 
señar entre los libros de D. Gaspar de Guzmán. Véase supra, pág. vi, nota 4, 




VIíI 


PRÓLOGO 


era la tan nombrada y buscada Crónica que escribió Francisco Cer¬ 
vantes de Salazar. A fines delaño 1911 había venido á España la 
escritora americana Mrs. Zelia Nuttall (O, realizando en nuestros 
principales archivos investigaciones sobre estudios históricos; y 
asistiendo luego dicha ilustre publicista al Congreso de Americanis¬ 
tas que se celebraba en Londres, refirió, en informe leído en la 
sesión de 29 de Mayo de 1912, cómo—después de haber pasado cerca 
de dos meses en Madrid dedicada á completar una colección de do¬ 
cumentos inéditos, relacionados con el viaje de circunnavegación de 
Sir Francis Drake, y estando ya dispuesta para marchar á Sevilla— 
estuvo un día en la Biblioteca Nacional con propósito de tomar los 
últimos apuntes de unos manuscritos anónimos: entre los cuales se 
hallaba una Crónica de Nueva España que, además de ser incompleta, 
carecía de fecha, portada é índices. Llamó la atención de Mrs. Nuttall 
la apariencia de haber intervenido algún censor para corregir el texto 
en muchos capítulos; y en un pasaje, de tantos cientos en que se ha¬ 
llaba enmendado el texto (2), cayó no menos que sobre el nombre del 
autor, anotado al margen por quien tradujo á la tercera persona lo que 
en el texto se hallaba escrito en la primera. En el capítulo xxiv del 
libro IV titulado «De la descripción y grandeza que hoy tiene la ciudad 
de México después que españoles poblaron en ella», había escrito el 


(1) En ocasión anterior había estado Doña Zelia Nuttall en España: cuando 
trajo al Congreso americanista de Huelva, en el año 1892, la representación 
oficial del Museo Peabody incorporado á la Universidad de Harvard. En la Expo¬ 
sición Histórica Colombina de aquel año fué premiado con medalla de oro un tra¬ 
bajo suyo sobre el antiguo Calendario de los mejicanos. Los estudios históricos y 
arqueológicos de dicha señora han versado, con efecto, especialmente sobre las an¬ 
tigüedades de Méjico. A título honorario, es ella Auxiliar de Arqueología mejicana 
del Peabody Museum. Representaba nuevamente á dicho instituto en el Congreso 
americanista de 1912. 

Mrs. Nuttall forma pane de las Sociedades y Asociaciones americanas siguien¬ 
tes, á saber: de la American Associaiion for the Advancement of Science, de la 
Anihropological Associaiion of America, de la Hispanic Society of America, y del 
Metropolitan Art Museum, de Nueva York. Es, además, correspondiente de la So* 
ciedad Geográfica de América; de la American Philosophical Society; de la Acade¬ 
mia de Ciencias de California; de la Luisiana Historical Society; de la Société des 
Américanistes, de París; de la Socieiá Antropológica, de Italia; de la Société de 
Géographie, de Ginebra; de la Sociedad Mejicana de Geografía, Estadística é His¬ 
toria, etc., etc. Ocupó una de las Vicepresidencias de honor del Congreso Interna¬ 
cional de Geografía celebrado en Ginebra en 1909, y fué, asimismo. Vicepresidenta 
honoraria del reciente Congreso Internacional de Londres. 

(2) El fotograbado que figura como frontispicio es facsímile del fol. 201 v.® 
del manuscrito original, donde se halla el texto y corrección que valieron para 
que Mrs. Nuttall averiguase el autor de la Crónica «anónima». 



PRÓLOGO 


rx 

autor: ^Descrebíle interior y exieriormente en latín, en unos diálo¬ 
gos que añedí á los de Luis Vives, por parescerme que era ra^ón que 
pues yo era morador desia insigne ciudad y Catedrático en su Uni¬ 
versidad^ y la lengua latina tan común á todas las nasciones, supie¬ 
sen primero de mi que de otro la grandeva y majestad suy‘a, la cual 
hubiera ido en muy aumento, como en las demás cosas, si el Virrey 
hobiera dado más calor». Todo este párrafo lo había tachado el co¬ 
rrector, que al margen escribió estas palabras: «Escríbelo muy‘ bien 
el Doctor Cervantes, Catedrático de la Universidad de México, en 
unos Diálogos latinos que añadió á los de Luis Vives» ( 0 - Partiendo 
de dicha revelación, el informe de Mrs. Nuttall encarecía el interés 
del manuscrito, en atención á que ninguna Historia de la conquista 
de Nueva España pudo escribirse en condiciones tan favorables, pues 
Cervantes, no sólo era escritor erudito y amigo personal de Cortés, 
sino que, además, compuso su obra en la propia ciudad de Méjico, 
donde, según él mismo advierte, vivían aún muchos testigos presen¬ 
ciales de la conquista. El Congreso Americanista aclamó y felicitó 
á Mrs. Nuttall por su descubrimiento, del que se dijo que podía con¬ 
siderarse como uno de los más importantes de cuantos se relaciona¬ 
ren con la literatura hispano-americana Í2). 

Dada la importancia de la Crónica de Cervantes de Salazar, no 
ya sólo como obra histórica que viene á esclarecer sucesos dudosos 
de la conquista de Méjico y á confirmar é ¡lustrar otros ya conoci¬ 
dos, sino también como obra literaria cuyo autor perteneció al siglo 
de oro de nuestra literatura, la Hispanic Society of America deseó, 
desde luego, publicarla; y á ruego del Exemo. Sr. D. Archer M. Hun- 
tington, fundador y Presidente de dicha Sociedad, el Acadéniieo y 
ex Ministro D. Guillermo J. de Osma ha colaborado también, con 
su consejo, en la publicación del códice de la Biblioteca Nacional de 
Madrid. 

El manuscrito original de la Crónica de la Nueva España carece 
de portada. Se compone, según su foliación, de 444 hojas; pero acon¬ 
tece (y es caso frecuente en semejantes manuscritos) que por error 
de pluma se repite la numeración en los folios 54, 283, 384 y 385 ; 
en cambio pasa del 248 al 25 o y del 433 al 444; y entre los folios 70 


(1) Los Diálogos latinos del Dr. Cervantes se publicaron en Méjico en i554, 
con el título de Frano/sc/ Cervantis Sala^üris, Toletani, ad Ludovici Vivis, Valen- 
tini, exercitationem Aiiquot Dialogi. 

(2) De la sesión del Congreso y del informe de Mrs. Nuttall dió cuenta la 
prensa de Londres de 3 o de Mayo de 1912. 


11 






X 


PRÓLOGO 


y 71 hay una hoja en blanco, no numerada, que se dejó para conti¬ 
nuar el texto de las capitulaciones celebradas entre Diego Velázqu'ez y 
Hernán Cortés. Así resultan en realidad 438 folios, aun cuando en tó-. 
das las citas hechas á la foliación se haya expresado que son 444. ' 

Hállase escrito en papel y letra cursiva muy apretada del siglo xvi, 
con numerosas llamadas, correcciones y adiciones interlineales y 
marginales (que no impiden la lectura original), trazadas de otra 
mano. El papel tiene por filigrana un arcabucero, marca usada en el 
reino de Aragón en el segundo tercio de aquel siglo ( 0 . Las dos hojas 
actuales de guarda, una al principio y otra al fin, son del siglo xvni, 
época de la encuadernación, que es en tafilete rojo con doble hilo de 
oro encuadrando las tapas, y hierros dorados en el lomo, con el 
título de Crónica de la Nueva España (2). 

Consta el ejemplar de dos partes y seis libros, divididos éstos en 
capítulos, unos numerados en cifras romanas y otros sin numerar, 
con los mismos epígrafes que ahora constituyen el índice general de 
su publicación. A la parte primera corresponden los dos primeros 
libros que tratan de la descripción y descubrimiento de la Nueva 
España; á la segunda, los cuatro restantes, que versan sobre la con¬ 
quista del Imperio mejicano. El libro iii tiene dos capítulos quin¬ 
tos ( 3 ), y el libro vi, último del manuscrito, termina con el epígrafe 
del capitulo xxxiii; quedando, por tanto, la obra incompleta. En esta 
descripción—como en la circunstancia de las correcciones que pu¬ 
sieron en la tercera persona lo que el autor escribiera en la pri^ 
mera—se comprueba sin género de duda que el ejemplar es el mismo 
que antes estuvo en la librería de Barcia,(4). 

La signatura actual de la CrÓxNica. en la Biblioteca Nacional 
es J-ii 6 ( 3 ); pero además de ésta se advierte que tiene el manuscrito 
otra, de tiempo anterior, en el margen superior de la hoja primera del 


(1) Consultada la Colección de filigranas del Sr. Gómez del Campillo, se ve¬ 
la misma marca del arcabucero en dos documentos procedentes del Monasterio de 
Poblet, de los años i 555 y i 565 . 

(2) En la Biblioteca Nacional se hicieron numerosas encuader.naciones corpo 
ia de nuestra Cróníca— y aun, al parecer, todas ellas de la misma mano—á me¬ 
diados del siglo xviii. 

(.^) Dicho libro tiene en el manuscrito lxii capítulos. En la publicación nos 
hemos atenido á práctica muy autorizada, para numerarlos en orden correlativo 
hasta Lxin, corriendo la numeración desde el segundo capítulo v que pasa á ¿er vi.' 

(4) Véase supra, pág. v. 

( 5 ) Dicha signatura corresponde en la numeración general de manuscritos al 
número 2.011. 




PPÓLOGO 


XI 


texto, que dice: «10.21». Esta indicación, equivalente á Cajón w, nú¬ 
mero 2r, coincide con la signatura del códice titulado «Cervantes: su ' 
Crónica», en el Catálogo de la Biblioteca de D. Gaspar de Guzmán, 
Conde-Duque de Olivares ( 0 . 

El Dr. Cervantes de Salazar comenzó á escribir su Crónica 
en i 56 o, el mismo año en que había sido nombrado Cronista de la 
imperial ciudad de Méjico. Había nacido Cervantes hacia ib 14. Es¬ 
tudió por algún tiempo en Salamanca. Pasó luego á Flandes, con 
el Licenciado Girón, y á su regreso á España fué Secretario del 
Arzobispo de Sevilla, Presidente del Consejo de Indias, Fr. Gar¬ 
cía de Loaísa. En 1546 explicó la cátedra de Retórica en la Uni¬ 
versidad de Osuna, y en ese mismo año publicó en Alcalá de 
Henares tres obras de Filosofía moral, que los críticos aplaudie¬ 
ron (2). En i 55 i se trasladó á Méjico, en cuya Universidad, al 
crearse dos años más tarde, desempeñó, como en Osuna, la cátedra 
de Retórica, y tomó los tres grados de Bachiller en Cánones, Maes¬ 
tro en Artes y Doctor en Teología. Recibió las órdenes sagradas 
en i 555 . Fué nombrado Cronista, según ya se ha dicho, en i 56 o, y 
cánonigo de la catedral de Méjico en i 563 . Más adelante ejerció 
el cargo de Rector de la Universidad. Murió en aquella ciudad en 
1675 ( 3 ). Durante su permanencia en Nueva España había escrito 
Cervantes de Salazar los Diálogos que añadió á los de Luis Vives; el 
Túmulo Imperial de la gran ciudad de México^ donde se describen 
los funerales de Carlos V que allá se celebraron; y los Comentarios de 
la Jura de Felipe //(4L Su obra más importante es la Crónica de 
Nueva España que ahora se imprime. 


(1) Manuscrito de la Real Academia de la Historia: véase supra, pág. vi, n. 4. 

(2) Fueron reimpresas en Madrid en 1772, por D. Francisco Cerdá y Rico, con 
titulo de Obras que Francisco Cerrantes de Sala:{ar ha hecho, glosado y iradu^ 
cido. La primera es Diálogo de la dignidad del hombre, comenzado por el maes¬ 
tro Oliva, y acabado por Cervantes. La segunda es el Apólogo de la ociosidad y el 
trabajo, intitulado Labricio Portuondo, compuesto por Luis Mexia y glosado y 
moralizado por Cervantes. La tercera es la Introducción y camino para la sabidu¬ 
ría, compuesta en latín por Luis Vives y vuelta al castellano con muchas adicio¬ 
nes por Cervantes. 

( 3 ) Estos datos están lomados, en su mayor parte, de García Icazbalceta, á 
quien se debe la biografía más completa de nuestro autor. 

(4) A estas tres obras se alude en varios lugares de nuestra Crónica. De los 
siete Diálogos que Cervantes de Salazar añadió á los de Luis Vives, fueron reim¬ 
presos los tres últimos con traducción castellana y notas por García Icazbalceta. 
(México: 1875.) También fué reimpreso por este mismo autor el Túmulo imperial 
en la Bibliografía mexicana del siglo xri, La obra Comentarios de la Jura del Rey 
Don Felipe, no ha sido nunca citada por los bibliógrafos. 





XII 


PRÓLOGO 


Cervantes de Salazar tuvo en un principio el pensamiento —que 
declara en el capítulo III de su libro I (0—de escribir una Crónica 
general de las Indias, cuya primera parte comprendiera la descripción 
y descubrimiento de todos los territorios que los españoles habían 
conquistado desde la Isla Española hasta Veragua; y la segunda, la 
historia de la conquista y pacificación del imperio mejicano. De ahí el 
epígrafe que aparece en el libro ni de la obra: De la segunda parte de- 
la Crónica general de las Indias i^). El pensamiento del autor no se 
realizó con aquella extensión en nuestro manuscrito, puesto que todo 
él se contrae á la descripción, descubrimiento y conquista de la 
Nueva España ( 3 ). 

En 29 de Marzo de iSGy dirigió el Dr. Cervantes á Felipe II una 
solicitud en que pedía el cargo de Cronista Real, en latín ó caste¬ 
llano, y alguna dignidad de la catedral de Méjico, en atención á no 
haber tenido efecto su presentación para la Chantría de dicha iglesia, 
provista en el Licenciado Barbosa, Deán de Puerto Rico. Acompañaba, 
como justificantes de su petición, además del nombramiento de ca¬ 
tedrático de la Universidad, el testimonio de sus grados académicos; 
y en la propia solicitud se remite á la Crónica de aquella Nueva Es¬ 
paña que desde siete años antes se ocupaba en escribir^ y que había 
llevado á España en aquel año el Licenciado Valderrama, del Con¬ 
sejo de Indias, Visitador que acababa de ser de la Real Audencia de 
Méjico (4). 


(1) Véasepág. 8. 

(2) Véase en la pág. iSg. 

( 3 ) Por esta razón, sin duda, el autor, en i 56 j, y el Consejo de Castilla 
en 1597, dieron ya á la obra el título de Crónica de la Nueva España. 

(4) El texto dice así: 

« 5 . C. R. M, 

'*El doctor Qeruantes de Sala;{ar Canónigo de la sancta yglessia de México oesso 
ios Reales Pies de V, MagJ y- digo que hadie^yseis anuos que estoy en estas 
ParteSy ocupado sieynpre en leer en estas scuelas que V. Mag, fundón y de siete I 

annos y a esta parte en escreuir la coronica desta Nueua España^ cuya parte llenó 
el Licenciado Val de Rama, del vuestro Consejo y visitador que fue desta Nueua 
Spaña, y en predicar el sancto Euangelio; soy Graduado, como parescerá por los 
testimonios que enbio de Bachiller en Cánones, Maestro en Artes y Doctor en 
Sancta Theologia: he seruido de lo que dicho tengo a V. MagJ con todo cuidado; . 

supplico sea servido hacerme merced del cargo de Coronista en Latin 6 en Caste^ j 

llano y de alguna otra dignidad, atento á que V MagJ fue seruido presentarme , 

en la Chantria desta yglessia no viniendo á ella el Lizenciado Barbossa, á quien ^ 

estaña proueida, el qual á la sazón era Dean de Puei'to Rico, el qual uino y no 
huno efecto la merced que a mi se me hico, en lo qual V, MagJ me hará merced y 
descargara su Real concieticta. Nuestro Señor Guárdela S, C. R. P. de V. MagJ , 






I 


PRÓLOGO 


xni 


En el año 1597, ya fallecido el autor, aparece la obra en poder 
de sus sobrinas, las hermanas María Peralta y María Espinosa, las 
I cuales enajenaron el manuscrito á, favor del Consejo de Indias, por 

precio de 40 ducados, equivalentes á iS.ooo maravedises,que toma¬ 
ron de Diego Ruiz Osorio, Receptor de S. M. en dicho Consejo. En 
el libramiento ó carta de pago que se expidió al efecto con fecha 
de 16 de Octubre de dicho año, se hace constar que por las propias 
vendedoras había sido entregado á D. Antonio de Herrera, Cronista 
mayor de las Indias, el «libro de la y^sloria de la Nueua España que 
escribió el Dr. Cerbanles» ( 0 . 

Antonio de Herrera poseyó el manuscrito á partir de 1597, y lo 
manejó en la forma que se verá más adelante. En su testamento, 
otorgado en 1622, tres años antes de su muerte, se lee: «/¿em, rfe- 
claro que iodos los papeles que se me han entregado en los Consejos 
y tribunales de su mag.^ para escrebir las coronicas é isíorias, 
ansi de Castilla^ como de las Indias^ los he vuelto á quien me los 
dió, sin que ninguno dellos tenga en mi poder» (2). Por esta declara¬ 
ción solemne y categórica, venimos en conocimiento de que en *622 
había vuelto ya el manuscrito al Consejo de Indias, que en 1697 lo 
había adquirido. 

Del Consejo, andando el tiempo, pudo, sin duda, sacarlo Gonzá- 


y acrecie 7 ite en mayores estados y señoríos como sus subditos y naturales dessea- 
mos De México veinte y nueve de Margo i 56 y. —S. C. R, M.—De V. MagJ humil¬ 
de vassallo y cappellan que sus Reales Pies y Manos bessa .— El doctok Cervan¬ 
tes DE Salazar.» (Archivo de Indias de Sevilla, 1Ó-4-4. Ha sido publicado este do¬ 
cumento por D. Toribio González Medina en el tomo vi de su Bibliografía 
Hispano-A mericana,) 

(1) La carta de pago dice literalmente así: 

«Diego Rui^ Ossor/o, Receptor de S, M, en este Consejo: de los maravedís de 
vuestro cargo de penas de estrados^ dad y pagad á María dé Peralta y á Marina 
de Espinosa, hermanas, ó quien su poder ouiere, quarenta ducados que valen quince 
mil maravedís, que les mandamos dar por una ve!{ por un libro de la ystoria de la 
Nueua España que escriuió el Dr. Cerbantes su tio, que an entregado á Antonio de 
Herrera, coronista mayor de las Yndias, y tomad carta de pago de las dichas 
Maria de Peralta y Marina despinosa y de quien su poder ouiere, que con ella y 
este libramiento tomando la rra^on de los contadores de quentas de su magestad 
(que residen en este Consejo) tnandamos se os reciuan y pasen en quenta los dichos 
quarenta ducados sin otro recaudo alguno. Fecha en Madrid á die\ y seis de octubre 
de mili y quinientos y nouenta y siete años. Señalado del Consejo, ÍAI margen.) 
Sobrinas del Dr. Cervantes.i^^ (Archivo de Indias, de Sevilla: Libro 3 i de Registro 
general.) 

(3) Cláusula del testamento de Antonio de Herrera, otorgado en Madrid á i r 
de Marzo de 1622, publicado en el tomo xxv del Boletín de la Real Academia de 
la Historia, 




PRÓLOGO 


XIV 

lez Barcia, cuando desempeñó él, á su vez, el cargo de Cronista de 
Indias, Mas por lo pronto, nuestra Crónica no había parado tantos 
años en aquel Consejo; pues ya se ha visto cómo figura en el Catálog.0 
déla biblioteca del Conde-Duque D. Gaspar de Guzmán ( 0 . 

El Conde-Duque de. Olivares disfrutó, en el tiempo de su pri¬ 
vanza, de una confianza tan omnímoda por parte del Rey, que se le 
había facultado para recoger, de dondequiera que se hallaren, los 
libros y papeles originales de Estado que quisiera tener á mano 
para ordenarlos y componerlos por tiempos y materias, á los fines 
del Real servicio. Entre los libros que, con tal motivo y subsistiendo* 
aquella autorización, se llevaran á casa del Conde-Duque, figuraría 
la Crónica de Cervantes, del Consejo de Indias. 

Quisiéramos luego comprobar documentalmente la devolución de 
la Crónica al Consejo; mas en este punto nos hemos de contentar con 
la verosimilitud de una conjetura. En Reales Cédulas de los años iGzS 
y i 632 , autorizó Felipe IV á su Privado hasta para vincular en su 
casa los libros y papeles que hubiera recogido de Ministros ó de otras 
cualesquiera personas ó entidades, así como los que en adelante se le 
entregasen en virtud de la orden del Rey (2); pero no hay que olvidar 
que el Conde-Duque cayó de la privanza en 1643, en circunstancias 
tales y tan notorias, que nunca ha de estimarse inverosímil que, 
al quedar sin efecto aquella extraordinaria autorización, de hecho 
ó siquiera en parte se cancelasen sus efectos. Es lo más probable 

(i) En el manuscrilo de la Real Academia de la Historia, se ven fielmente re^ 
producidas en la portada las armas propias de D. Gaspar de Guzmán, Conde de 
Olivares, cuyo nombre, apellido y título llevan por orla. 

{2) Dichas Reales Cédulas se conservan en el Archivo del Sr. Duque de Alba. 
Decía la de 1626 que <por cuanto el Conde Duque había recogido y recogía por 
orden del Rey libros y papeles de estado, y porque le había costado mucho cuidado 
y trabajo el descubrirlos, recogerlos y componerlos por tiempos y materias, movido 
por el celo del real servicio, y por convenir que papeles tan importantes no ondú- 
viesen por varias partes dispersos, asi los que tenía como los que fuera recogiendo 
de Ministros y de otras cualesquier personas y los que en adelante se le entregaran, 
era voluntad del Rey quedasen vinculados en su casa.» (Documentos escogidos del 
archivo de la casa de Alba. Publícalos la Duquesa de Berwick y de Alba, Condesa 
de Siruela.—Madrid, 1891.) 

* La Cédula de i 632 enuncia que el Conde-Duque había hecho relación al Rey de 
cómo, en atención á lo mucho que importaban el estudio de las buenas letras y las 
noticias de los sucesos, particularmmie de los que mirasen al gobierno universal 
de los reinos de S. M., había juntado algunos libros y papeles curiosos... y deseaba 
vincularlos...: por lo cual el Rey da licencia «i vos el dicho Conde Duque, para que 
de los libros y papeles que al presente tenéis y adelante tuviéredes, ó de la parte que 
dellos quisiéredes, podáis hacer é instituir vínculo ó venculos». (Archivo de la Casa 
de Alba. Caja 129, núm. 42.) 



PRÓLOGO 


XV 


que, por ,aquellos años~en 1643 ó al morirel Conde-Duque en 1645— 
volviera nuestra Crónica al Consejo de Indias, de donde se ¿acara (1). 
De lo contrario, faltaría discurrir cómo, cuándo y, en su caso, por 
qué tercera mano pudo en su dia llevarse el manuscrito á la «libre¬ 
ría» de González Barcia fs). 

Aptes de que se imprimieran las Adiciones á Pinelo había nuestro 
manuscrito pasado de la «librería» de Barcia á la del Rey: á la Biblio^ 
teca Real ( 3 ) que hoy es nuestra Biblioteca Nacional de Madrid. Ya 
se vió cómo, en dichas Adiciones, consignaba Barcia que la «Chro- 
nica» en^.'^ «estaba» en aquélla y «está» en esta «Librería». Ahora se 
ha encontrado el asiento original de la adquisición del manuscrito 
por la Biblioteca Real, en 23 de Abril de 1723. Consta que en esta 
fecha se compraron «once tomos manuscritos, que se ajustaron en 
dos mil y quinientos reales de vellón», los cuales pagó el Administra.- 
dor de la «Real Librería» en virtud de libramiento del Bibliotecario 
Mayor; y que entre los once manuscritos—todos ellos, por cierto, 
referentes á Indias—se contaba un «libro de las Conquistas de las 
Indias y descripción historial de sus provincias, que su titulo es 


(i) Fueron sucesores de Herrera, en el cargo de Cronista de Indias, D. Fomás 
Tamayode Vargas y D. Antonio de León Pinelo. Ambos dejaron catálogos biblio¬ 
gráficos de libros que tratasen de Indias, principalmenie, (La obra de Vargas, titu¬ 
lada Junta de Libros, la mayor que España ha visto en su lengua hasta el año 
de 1624, no llegó á imprimirse, conservándose actualmente el manuscrito en la 
Biblioteca Nacional, núms. 97r2-3; el Epitome de la Biblioteca Oruntal y Occu 
dental, etc., de Pinelo, se imprimió en Madrid en 1629.) De primera intención, 
podría extrañarse que ninguno de los dos autores mencione la Crónica de Cer¬ 
vantes de Salazar; mas al punto adviértese que Vargas murió en 1641, y que la 
obra de Pinelo estaba }a publicada antes de esa fecha; y, es decir, en el tiempo, 
precisamente, en que faltó del Consejo de indias nuestro manuscrito, llevado á la 
Biblioteca de D. Gaspar de Guzmán. 

(i) Se conoce que Barcia no supo que el manuscrito que había poseído y que 
tan minuciosamente describía había estado en otros tiempos en la Biblioteca de 
Olivares; y la noticia de Nicolás Antonio, que cita, no podía hacerle caer en la 
cuenta de ser uno mismo el ejemplar, en atención al error en que incurriera este 
bibliógrafo al decir que el Códice oli varíense era en folio. 

( 3 ) Se explica el error de Icazbalceta al interpretar aquel pasaje del adiciona- 
dof de Pinelo, en sentido de hallarse la Crónica en 4.®, del Dr. Cervantes, en la Bi¬ 
blioteca particular de Su Majestad. 

Desde tiempo de Felipe V, en 1712, se denominó oficialmente Biblioteca ReaL 
Sin embargo, en las adiciones á Pinelo, impresas en 1737, se la nombra siempre 
Biblioteca del Rey, se%\xn se comprueba en las referencias á manuscritos é im¬ 
presos que hoy se encuentran en la Biblioteca Nacional. Barcia ya no era joven, y 
por de contado habia conocido la Biblioteca muy antes de que se la diera la nueva 
denominación. (Barc’a había nacido en 1673,* murió en 1743.) 



XVI PRÓLOGO 

Chronica del Maestro Cerrantes» ( 0 . No se consigna en el asiento 
el nombre del vendedor. 

Nuestra Crónica se registraba, pues, de entrada—en aquel 
año 1723—con el propio nombre de «Crónica del Maestro Cervantes» 
con que «fuera estaba rotulada» en la «librería» de Barcia, Pero 
¿llevaba todavía el manuscrito, al comprarlo la Biblioteca, tal rótulo 
por fuera, en su tejuelo ó en la guarda que sirviera de tapa? 

Claro es que en cualquier tiempo antes de hacerse la encuader¬ 
nación—lo mismo que en el acto de encuadernarse—pudo desapa¬ 
recer aquel tejuelo, ó aquella tapa ó guarda, en que se leyera el nom¬ 
bre del autor: máxime si el manuscrito se hallaba en cuadernos 
sueltos ó ligeramente cosidos; en forma, en suma, de estar pidiendo 
encuadernación (2). El hecho positivo es que nuestra Crónica apa¬ 
rece catalogada ya como «anónima» en un Indice general de la Bi¬ 
blioteca, que corresponde á mediados de aquel siglo xvni. Desde 
luego, el autor del índice no tuvo á la vista lo que decía el asiento 
de 1728; pero, ¿hubiese prescindido de la mención del nombre de 
autor, si todavía se leyera en el tejuelo ó en la cubierta del propio 
manuscrito ( 3 ]? No parece natural; y es por lo que nos inclinamos 
á pensar que las primitivas tapas ó guardas ya no existían cuando se 
redactó tal Indice; y, es decir, que habrían desaparecido cuando, por 
aquel mismo tiempo ó pocos años más tarde, se \e daba á nuestra 
Crónica su actual encuadernación. 

Ahora bien; consta que el manuscrito de la Biblioteca Nacional 
que hoy se publica es el mismo que poseyó Barcia, según se com¬ 
prueba en su minuciosa descripción; el mismo que figuró en la Biblio¬ 
teca olivariense con la signatura que todavía conserva en su primer 
folio; el mismo que entregaron á Herrera las sobrinas del Dr, Cer¬ 
vantes cuando lo vendieron al Consejo de Indias en 1697; y el testi¬ 
monio explícito de Barcia de que en el manuscrito se veía «la firma» 


(1) Libro de asiento de los libros que se compraron para la Biblioteca desde 
el año iyi6 hasta el 1738, (Biblioteca Nacional: Sección de Manuscritos, nú¬ 
mero 18.841.) 

(2) Nuestra Crónica lleva, repelido al margen de su folio primero y de 
letra del siglo xviii, aquel lítulo con que está actualmente catalogada en la Biblio¬ 
teca Naciona»: Crónica de la Nueva España, su descripción, la calidad y temple de 
ella, la propiedad y naturaleza de los Indios, etc, (Véase pág. vii.) ¿Se hubiera 
escrito e;>e nuevo título en el folio primero, si el manuscrito llevara, á la sazón, 
tapa ó guarda disponible? 

( 3 ) Del autor del Indice no ha de pensarse que no conociera á Cervantes de 
Salazar, ni qui de ligero quisiera corregir, como equivocada, la atribución a! Maes¬ 
tro Cervantes, refiriéndola al autor del Quijote, 



PRÓLOGO 


XVll 


Ó nombre de Valderrama, nos dice que es también el que dicho 
Visitador de la Audiencia de Méjico trajo á España en lóGy. De tal 
nombre hoy no hay huella en el manuscrito; pero estaría, sin duda, 
en alguna de aquellas guardas desaparecidas: y nunca pretendería 
significar, como equivocadamente entendiera Beristain, la paternidad 
de la obra, sino la posesión, en todo caso, y siquiera fuera accidental, 
del ejemplar. Mientras Valderrama tuviera en su poder el manuscrito, 
como en depósito, para acreditar con él los méritos del autor en las 
gestiones que hiciese á favor de éste y en apoyo de sus pretensio¬ 
nes, sería natural que pusiese en la cubierta ó guarda su propio 
nombre. Sí el encargo que trajo de Cervantes fué no más que el 
de entregar la obra, á aquellos mismos efectos, en el Consejo de In¬ 
dias, cabría entender que el nombre de Valderrama se anotaría 
al hacerse tal entrega precisamente, y en testimonio de recibirse el 
manuscrito por su conducto ('). En uno ú otro supuesro, el nombre 
de Valderrama, en la Crónica, sólo puede relacionarse con el hecho 
de haber traído él de Méjico la «parte» de la obra que siete años 
-.antes había comenzado Cervantes á escribir (2}. 

El manuscrito en sí presenta caracteres muy significativos; que 
más aún que confirmar la presunción de ser el mismo que trajera 
Valderrama, revelan, al parecer, que lo que él trajo no era una copia 
que se sacara ad hoc, sino el propio original del autor. El carecer de 
portada; el tener equivocada la foliación; el estar unos capítulos nu¬ 
merados y otros por numerar; el no aparecer definitivamente re¬ 
suelta la separación de todos los libros de que se compone la obra; e! 
dejarse una hoja en blanco, donde habría de continuarse el asiento 
de las capitulaciones celebradas entre Diego Velázquez y Cortés; el 
dejarse asimismo espacio en otras tres hojas ( 3 ) para escribir los «ar- 

<i) La solicitud del Dr. Cervantes vino por separado (Véase supra, pág. xi, 
nota 4) y sería, sin duda^ por el correo ordinario. Consta que se recibió, pues se 
encuentra en Sevilla entre los papeles del Archivo del Consejo de Indias. 

Si el manuscrito fué entregado al Consejo, habría que suponer que fallecido el 
autor, reivindicaran sus sobrinas alguna vez la propiedad de la obra: pues lo po¬ 
sitivo es que cuando se acordó, en iSqy, adquirirla por aquel precio de 40 ducados, 
el manuscrito se hallaba en poder material de dichas señoras. 

También cabe que hubiera ido directamente á manos de éstas, bien fuera al 
tener Valderrama noticia de la muerte del Dr. Cervantes en iSyS, ó, en su caso 
cuando él mismo falleciese por aquel tiempo. 

(2) En la solicitud de 1567, podría pensarse si la expresión de «partea se\t 
vendría á la pluma á Cervantes por ser la Crónica, á que se refiere, no más que 
parte, en realidad, de la Crónica general de las y/zaf/as que pensara escribir. (Véase 
página XII.) 

( 3 ) En los libros 111, iv y v, respectivamente. 




.XVIII 


PRÓLOGO 


gunientos» ó resúmenes de otros tantos libros, y, sobre todo, el 
concluir precisamente el códice con el epígrafe de un capítulo, son 
caracteres que, mirados en conjunto, convienen más que todo con di¬ 
cho carácter de original. 

Aún más: por todas esas mismas circunstancias, se llegaría á 
suponer que fuera autógrafo. Este extremo, sin embargo, no ha 
podido confirmarse directamente. De letra que se creyera del doctor 
Cervantes sólo se ha podido consultar un documento: la ya citada 
instancia de iSGy; pero es el caso que el cuerpo de este documento no 
parece ser de la propia mano del que firma, y la letra de una firma 
no es elemento suficiente de comparación para comprobar que sea 
autógrafo nuestro manuscrito. 

¿Siguió el Dr. Cervantes trabajando sobre su Crónica en los años 
i567 á iSyS? En este punto sólo cabe,como contestación, la que como 
más ó menos probable se razone.Si el ejemplar que trajo Valderrama, 
era, como creemos, el original que le entregó el autor, pudo éste 
muy bien seguir acumulando material para escribir la continuación 
de la Crónica; pero no afirmaremos que llegara á redactarla. Fa¬ 
llecido Cervantes en iSjS, no debió venir á España, á manos de sus 
sobrinas y herederas, ejemplar que fuese más completo; pues si hu- 
hubiera existido tal ejemplar, ese y no el de 1567 es el que hubiera 
tenido interés en adquirir el Consejo de Indias, con destino á la 
oficina de su Cronista mayor. Cabría suponer que la obra adelan¬ 
tada en los años 1567 á i575, quedaría en el archivo del Ayuntamiento 
de Méjico, ya que el autor era Cronista de la ciudad; pero en contra 
de tal supuesto existe el hecho de que ninguno de los autores meji¬ 
canos que escribieron sobre asuntos históricos en tiempos posterio¬ 
res y aun inmediatos al de Cervantes, cite para nada su Crónica. 
Fray Bernardino de Sahagún, que murió en Méjico en iSgo, escribió 
allá una Historia general de las cosas de Nueva Esyaña ( 0 . Fray 
Juan de Torquemada, que nació y vivió en Méjico, publicó en 1615 
su Monarquía Indiana (2). Si hubiera quedado en el Ayuntamiento 
de esa ciudad algún ejemplar de la obra de Cervantes, tales autores 
no hubieran dejado de conocerla; y es el caso que ni siquiera men¬ 
cionan ni al parecer conocen á Cervantes por historiador. Es más: 
Herrera, que tanto manejó la Crónica de Cervantes y á quien le 


(1) Fué publicada con notas y suplementos por C. M. Bustamanie. (México: 
182-330.) 

(2) Lleva por título Primera (segunda y tercera) parte de los veinte i un Li- 
tros Rituales y Monarquía Indiana, (Sevilla: i6i5.) 





PRÓLOGO 


XIX 


habían de ser tan familiares los antecedentes del manuscrito (0, 
afirma que Torquemada no vió la obra de nuestro autor. En la Dé¬ 
cada Vly al enumerar los «autores y papeles» de la Real Cámara y 
otros centros oficiales que le sirvieron para escribir su Historia, dice: 
«Vi también treinta y dos fragmentos manuscritos é impresos de di¬ 
versos autores... i las Memorias de el Doctor Cervantes,., los quales 
se cierto que no pió el autor que ha sacado una Monarquía In¬ 
diana...» (2). Mal podría Herrera estar tan cierto si hubiera quedado 
otro ejemplar del manuscrito en México, donde Torquemada lo 
hubiera podido consultar. Y también dice algo el hecho que Beris- 
tain, que tanto trabajó en sus investigaciones para buscar antece¬ 
dentes de los escritores que florecieron en Nueva España y de sus 
obras, al hablar de Cervantes de Salazar afirme que su Crónica fué 
muy conocida en España, pero que en Méjico no quedaban «ni ves¬ 
tigios» de ella. Acaso no fuera inverosímil admitir que, habiendo 
nuestro autor enviado á España el manuscrito original, esperase á 
que se le devolviera para seguir trasladando á sus hojas el fruto 


(i) Es verosímil que el propio Cronista gestionara en la adquisición det 
manuscrito, que tenía para él tanto interés. 

Consta que á la sazón se le habían entregado cuantas obras en los Archivos 
oficiales se contrajeran á la historia de indias. En su Década V 7 , y donde al margen 
dice una apostilla «Autores y papeles para esta Historia», escribe: ^Quando el Ret 
nuestro Señor D. Felipe Segundo, de gloriosa memoria, me mandó escrivir esta 
General Historia, ordenó que se me diesen los Papeles que havia en su Real Camara 
i en la Guardajoias, i todos /oí que tenia sii Secretario Pedro de Ledesma, adonde 
estaban los que embiaron á su Magestad el Obispo Gobernador de Nueva España 
D. Sebastian Ramirez, i los Visorreies D. Antonio de Mendoza, i D, Francisco de 
Toledo, á fin de hacer Historia; entre los quales se hallaron las Relaciones del 
Obispo Zumarraga, i los Memoriales de Diego Muño;; de Cantargo, de Fray To~ 
ribio de Motolinea, i otros muchos: y también me dió los que para este efecto embia¬ 
ron los Presidentes de las Audiencias Reales, Gobernadores y Ministros de todas 
las parles de las Indias, á instancia del Lie. Juan de Ovando, Presidente del Real 
Consejo Supremo de las Indias, que contienen la noticia del tiempo de la gentilidad 
délos Indios, con lo sucedido en las pacificaciones i fundaciones de los pueblos de 
Castellanos, con todo lo demás perteneciente á la composición de la República Espi¬ 
ritual i Temporal, que también estaba en Poder de Pedro de Ledesna. Vi también 
treinta i dos fragmentos manuscriptos é impresos de diversos Autores, con lo que 
dixeron Frai Bartolomé de las Casas de la Orden de Predicadores, Santo Obispo 
de Chiapa, i el Doctísimo Jusepe de Acosta de ¡a Compañía de Jesús, i las Memo¬ 
rias de el Doctor Cervantes, Dean de la Santa Yglesiade México, Varón Diligente 
y Erudito: los quales sé cierto que no vió el autor que ha sacado vna Monarquía 
Indiana, etc.» —Década V/, lib. 111, cap. xix. 

{2) I.a publicación de la Monarquía Indiana de Torquemada había precedido 
á la de la Década VI de Herrera, en el mismo año 1615. 



XX 


PRÓLOGO 


-de sus apuntes; como también es posible que, al ver desatendidas 
todas sus peticiones^ sufriera en sus últimos añcs algún desaliento, 
y puede que no siguiera en aquel trabajo. Lo positivo es que de la 
Crónica de la Nuoja España no se halla rastro, en ningún tiempo, de 
más ejemplar que el que ahora se publica. 

Otro extremo de nuestra indagación admite afirmación categó¬ 
rica, y aun prueba plena. El texto de nuestro manuscrito se ve corre¬ 
gido en muchos capítulos con enmiendas y adiciones que, según 
Barcia, acusaban un intento de plagio. ¿Quién fué c! autor de esas 
correcciones? 

Leída la Crónica de Cervantes, ha bastado pasar la vista por la 
Historia de las Indias Occidentales de Herrera, para advertir que se 
han trasladado á ella párrafos numerosos y capítulos enteros de dicha 
Crónica; unos, de los que no tienen correcciones, y otros, con el sin 
número de enmiendas y adiciones que constan en el Manuscrito y van 
anotadas en nuestra publicación ( 0 . En documento autógrafo de He¬ 
rrera (2) se comprueba, además, que su propia pluma fué la que trazó, 
con deliberado propósito de «aplicarse» muchas páginas de la Cró¬ 
nica, todas aquellas correcciones. 

Con todo ello nada nuevo se dice que pueda redundaren despres¬ 
tigio de Herrera. Ha tiempo que D. Juan Bautista Muñoz dijo que 
las Décadas eran compuestas en gran parte de extractos y retazos de 
relaciones ( 3 ). Análogas manifestaciones hizo Fernández Navarrete; y 
últimamente el ilustre Jiménez de la Espada probó que La Guerra de 
Quilo de Cieza de León, fué llevada por Herrera á su Historia de las 
Indias Occidentales (4). El ejemplo de la Crónica de Cervantes es^un 
caso más de expoliación. 

Las alteraciones de Herrera obedecieron al natural interés en no 
denunciar el plagio. No falsean, salvo contadas excepciones, las ideas 
y hechos fundamentales, pero suelen quitar al pensamiento del autor 

(1) En el texto que ahora se imprime, corresponden á las llamadas en cifras 
árabes las enmiendas y correcciones marginales é interlineales, trazadas de mano 
de Herrera. El texto de dichas interpolaciones se hallará al pie de la página en la 
nota correlativa. Las notas á llamada? de asteriscos, son del editor. 

(2) El documento de Herrera forma parte de un expediente que se formó en la 
Cámara de Castilla, al consultar el Cronista el dictado ó mote oficial que mejor cua¬ 
drara al Rey Don Felipe 11 . (Archivo Histórico Nacional: Consultas del Consejo de 
la Cámara, año 1600, núm. 101). La letra es la misma de las correcciones y notas 
marginales en nuestro Manuscrito. (Véase el frontispicio.) 

( 3 ) Introducción á la Historia del Nuevo Mundo. 

(4) Prólogo y apéndice núm. 3 : La Guerra de Quito, de Cieza de León, pu¬ 
blicada por D. Marcos Jiménez de la Espada. (Madrid: 1877.) 



PRÓLOGO 


XXI 

algo de su vigor y energía con la adición ó supresión de ciertas frases. 
Se suplen los que fueran ya vocablos anticuados con otros de uso 
corriente; y cuando alguna vez aparecen ser las voces de análoga 
ó parecida significación, como sucede con las palabras «España» 
y «españoles», sustituidas sistemáticamente ñor las de «Castilla» y 
«castellanos», adviértese al punto que tal modificación, aunque pue¬ 
ril á primera vista, tendría para Herrera una verdadera importan¬ 
cia, por ajustarse bien al título de su obra Historia de los hechos 
de los castellanos en las Islas y Tierra firme del mar Océano. 
La corrección consistente en traducir, á ia tercera persona las plᬠ
ticas ó discursos que el autor pone en boca de los personajes no 
Obedeció á criterio cerrado. Algunas oraciones las trasladó á sus 
Décadas tales como se hallan en el manuscrito, cual sucede con las 
hermosas que se suponen pronunciadas por Moteczuma y Cortés en 
su primera entrevista en Méjico y la no menos brillante acerca de 
los ídolos ó falsos dioses, dicha por el mismo Cortés ante el Empe¬ 
rador^ caballeros y sacerdotes del imperio mejicano (O. Donde He¬ 
rrera puso, por de contado, especial cuidado y diligencia fué en lachar 
siempre, ó modificar, todas aquellas frases y palabras que pudieran 
revelar que se habían tomado de una obra escrita en primera persona 
por autor que se encontraba en América (2); ó que aludieran á 
hechos y circunstancias directamente relacionadas con la persona¬ 
lidad de Cervantes de Salazar. 

Se comprende desde luego, aun cuando nunca se disculpe, el 
partido que sacaba Herrera de su plagio. Era, en efecto, tanto 
como se dijo en el Congreso Americanista de Londres el valor his¬ 
tórico de la Crónica de Nueva España, en lo que tocaba á la crí¬ 
tica y apreciación de los sucesos. Se valió Cervantes de Salazar de 
fuentes de gran puridad histórica, como fueron las cartas y relaciones 
de Hernán Cortés dirigidas á Garlos V sobre el descubrimiento y con¬ 
quista del Imperio mejicano, y las que sobre el mismo asunto remitió 
al Emperador el Cabildo y regimiento de la villa de Veracruz ( 3 ). Tam¬ 
bién conoció las Memorias históricas de Alonso de Ojeda y Andrés de 


(1) C/. Cervantes, lib. iv, capítulos I, II y xxxíi; y Herrera, Década //, lib. vti, 
cap. VI, y lib. viii, cap. vii. 

(2) Por ejemplo: las ác «venida de los nuestros» «vienen de España» 

las tacha siempre Herrera y suple á su vez con las de «llegada de los castellanos» 
ó «van de Castilla». (Véanse págs. Siy y 304 et passim.) 

( 3 ) Las publicó D. Pascual Gayangos con el título de Carias y relaciones 
de Hernán Cortés al E?nperador Carlos V, (París: 1866.) 




XXII 


PRÓLOGO 


Tapia ( 0 , dos de los primeros capitanes del ejército de Cortés, que se 
hallaron en casi todas las batallas y expediciones. Utilizó asimismo los 
Memoriales áo. Fr. Toribiode Benavente á Motoliniaís), fuente primi¬ 
tiva y sin duda alguna la más importante para la historia de Nueva 
España; y, finalmente, tuvo siempre á la vista la Conquista de Méjico, 
de López de Gomara, á quien cita en numerosas ocasiones. 

También aparece que consultó Cervantes algunas fuentes secun¬ 
darias para determinados capítulos de su obra, como son, entre 
otras: la Crónica del Perú, de Agustín López de Zárate, de quien 
tomó las principales noticias que habla de las Indias Occidentales 
antes de su descubrimiento; la Geografía de las Indias, de Juanote 
Durán, para consignar los límites y territorios que correspondían 
á Nueva España; y, por último, las obras de fray Alonso de la Vera- 
cruz, Profesor de la Universidad de Méjico—á quien Cervantes 
llama su <-^maestro en Teología»—al describir las ceremonias y 
ritos que usaban los indios en sus matrimonios. 

Nuestro autor había conocido sobre todo—por haberle tratado 
personalmente en España —á Hernán Cortés, de quien recibió valio¬ 
sas informaciones sobre los hechos más culminantes de la conquista, 
según se declara expresamente en muchos capítulos de la Ckónica ( 3 ). 
Tuvo, además, frecuente correspondencia y comunicación con perso- 


(1) La Relación de Andrés de Tapia sobre la conquista de Méjico existe ma¬ 
nuscrita en la Real Academia de la Historia y ha sido publicada en el tomo íí de la 
Colección de documentos para la historia de México. (México: 1866.) 

Los Memoriales ó Comentarios de Alonso de Ojeda, se hallan perdidos. Este 
conquistador escribió también varias Memorias ó Relaciones para Cervantes, que 
van citadas en la obra. 

(2) García Icazbalceta publico en el tomo I de la Colección de documentos 
vara la historia de México (México: i 858 ) la Historia de los indios de Nueva Es¬ 
paña, de Fr. Toribio de Motolinia; y su hijo, D. Luis García de Pimentel, ha im¬ 
preso últimamente (México: 1908) la no meaos interesante obra que titula Los 
Memoriales, del mismo autor. En una y otra obra falta el Tra/tjdo/K, actualmente 
perdido, y que, sin duda alguna, se refería á la conquista de Nueva España, á 
juzgar por las numerosas citas que de él se hacen en la Crónica de Cervantes. 

( 3 ^ Como prueba del trato que hubo entre Cervantes de Salazar y Cortés 
—antes de ir aquel á Méjico—citaremos solamente el pasaje donde nuestro * 
autor atribuye el desastre de la retirada de Méjico á no haber visitado Cortés á 
Moteczuma después de la derrota de Pánfilo de Narváez. Dice que «Cortés, como 
venía tan pujante, pareciéndole que todo el Imperio mexicano era poco, enojado de 
lo que había pasado, no hizo cuenta dél [ Moteczumaj, ni le quiso entrar á i>ér, lo 
cual fue la principal causa de la destrucción de los suyos, é así dixo, k yo lo oí 
EN Corte de Su Majestad, que cuando tuvo menos gente^ porque sólo confiaba en 
Dios, habia alcanzado grandes victorias; é cuando se vió con tanta gente, confiado 
en ella,entonces perdió la más della y la honra y gloria ganadas. (L\b. iv,cap. c.) 



PRÓLOGO 


XKHI 


ñas expertas y diligentes que intervinieron directamente en los suce¬ 
sos, como fueron el escribano Alonso de Mata y el Capitán Jerónimo 
Ruiz de la Mota (O, que le remitieron curiosas Relaciones para escla¬ 
recer puntos de materia dudosa y opinable. Permaneció Cervantes 
durante veinticinco años, casi á raíz de la conquista, en la ciudad de 
Méjico^ donde trató á muchos conquistadores, entre otros al animoso 
Montaño y á Diego Hernández (2); y, por último, al amparo del cargo 
de Cronista que le confirió aquella imperial ciudad, disfrutó de todo 
género de facilidades para sus investigaciones. 

Resta solamente consignar las ligeras modificaciones ortográficas 
.que se han hecho en el texto del manuscrito dado á la publicación.- 
Consisten principalmente en seguir la puntuación moderna y haber 
sustituido unas letras por otras en determinadas palabras, para ajus¬ 
tarlas al uso corriente, donde la letra antigua podía sugerir al sentido, 
del lector de hoy algún sonido distinto del familiar, imponiéndole en 
tal caso un esfuerzo de atención que le distrajera inconscientemente 
en su lectura: como, por ejemplo, donde en el texto se escribió 
<cuiuo^> y ha de leerse «vivo», ó «vngir» habiéndose de entender «un¬ 
gir», etc. ( 3 ). No se ha hecho ninguna otra alteración en las palabras; 
conservan el sabor de su forma antigua, según se halla en el ori¬ 
ginal, las voces de nasción, rescebir^ añedir^ juridición^ etc. Igual 
regla se ha seguido respecto á los vocablos mejicanos, que muchas 
veces, por cierto, aparecen adulterados y con frecuencia escritos de 


(1) El testimonio de estos conquistadores aparece citado en varios lugares de 
la obra, entre otros, en el capítulo cv del libro v, donde, al tratar el autor de los 
capitanes que eligió Cortés para los bergantines, dice: «Esla Relación^ tan debida 
á los que bien trabajai'on, debo yo á Gerónimo Riii^ de la Mota, varón saga^, 7miy 
leído y cuerdo, y de gran memoria y verdad en lo que vió.^ 

La Relación de Alonso de Mata se halla citada en el lib. v, cap. xxiv. 

(2) En el cap. cxxxii del lib. v refiere Cervantes algunas hazañas de Diego 
Hernández, y añade: «Tenía grande animo, aunque no tanto consejo. Conocíle yo 
harto viejo y fué mi vecino algunos años, y en aquella edad parescia ser cierto lo 
que dél algunos de sus compañeros me dixeron,'» 

También alega el testimonio de Montaño, al contar la arriesgada entrada de 
este conquistador al volcán de Popocatepetl para sacar azufre: «Dixome Montaño 
muchas veces que parescia que por todo el oro del mundo no se pusiera otra vez á 
subir al volcán.yt> (Lib. vi, cap. xi.) 

( 3 ) Asimismo se ha sustituido b por v y viceversa, para que se lea, por ejemplo, 
llevaban donde el texto dijere «llebavan'^. —Igualmente se aconseja la sustitución 
de / pL>r ph, y de ^ por g en las sílabas ga, go, gu. La letra h se emplea con arreglo al 
uso moderno: se pone, por ejemplo, en el auxiliax haber, y no se pone, v. g. en 
el verbo usar. 



XXIV 


PRÓLOGO 


diversos modos en distintos lugares ( 0 . Las modificaciones de orto-- 
grafía han tenido, en sunia, por sólo objeto el de facilitar la lectura dc' 
la obra magna de Cervantes de Salazar, que, aparte de su interés his¬ 
tórico, ¡lustra la época más brillante de nuestra literatura en el primer 
período colonial de la América española. 

Madrid, Febrero de 1914. 

M. Magallón^ 


(1) En los apéndices números í y II, que acompañan á esta publicación, ñgu- 
ran las principales variantes que tienen en el manuscrito los nombres de pueblos 
y personajes mejicanos y se anota la ortografía que les debía corresponder al 
tiempo de la conquista, según escritores de reconocida autoridad en la materia. En 
el particular, ha de ser decisiva la especial de D. Francisco Paso y Troncoso: en es¬ 
tudio que realiza, con peculiar competencia, sobre la Crónica de Nueva España, 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA' 


LIBRO PRIMERO 

ARGUMENTO Y SUMARIO DEL PRIMERO LIBRO DESTA CRÓNICA 


Lo que, en suma, después de las cartas nuncupatorias y catálogo de 
los conquistadores que este primero libro contiene (*), es la razón por 
qué las Indias del mar Océano se llaman Nuevo Mundo, y la noticia con¬ 
fusa que Platón tuvo desíe Nuevo Mundo y lo que cerca dello otros- 
dixeron; la descripción y asiento de la Nueva España, la calidad y tem¬ 
plé della, la propriedad y naturaleza de algunos árboles que en ella hay, 
las semillas y hortalizas que produce, la propriedad maravillosa de algu¬ 
nas aves y pescados que tiene, las lagunas y fuentes que la illustran, 
las serpientes y culebras, con los animales bravos y mansos que en ella 
se crían, la caza y manera de cazar que los indios tenían y tienen, la 
variedad de metales y valor de piedras, el modo que los indios tenían en 
poblar, las inclinaciones y condisciones dellos, las muchas y diversas 
lenguas en que hablan, los sacrificios y agüeros que tenían, con las fies¬ 
tas de cada año y otras extravagantes que celebraban, los bailes y areitos 
que hacían en sus regocijos, los médicos y hechiceros y manera de curai' 
suya, las guerras y modo de pelear que los indios tenían, con la mane¬ 
ra y modo que celebraban sus casamientos, así los de México como los. 


* Al margen del folio primero dcl manuscrito, y en letra menos antigua 
que la de éste, se lee: “Crónica de la Nueva España, su descripción, la calidad 
y temple de ella, la propiedad y naturaleza de los indios, eítc, = Tiene 444 folios/' 
(*) Las cartas y catálogo á que se hace referencia 710 aparecen en el mc^ 
nuscrito, por haber quedado la obra incompleta. El autor tenía, sin duda, el pen 
samiento de que figurasen en la introducción ó prólogo. 





CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


de Mechuacán; por qué jueces se hacía laf justicia y las penas que se 
daban á los delincuentes, la forma y manera con que alzaban á uno por 
señor ó daban cargo preeminente en la república, la cuenta de los años 
que tenían y sus fiestas, los signos y planetas por donde se regían, las 
obsequias y cerimonias con que enterraban los muertos, los pronósticos 
y agüeros que los indios tenían de la venida de los españoles á esta 
tierra. 


CAPITULO I 


QUE ES LA R*\ZÓN POR QUÉ LAS INDIAS DEL MAR OCÉANO SE LLAMAN 

NUEVO MUNDO 


No paresccrá cosa superfina, pues tengo de escrebir de tierra tan 
larga y tan incógnita á los sabios antiguos, traer la razón por qué los pre¬ 
sentes, así latinos como castellanos, le llaman Nuevo Mundo, pues es 
cierto no haber más de un mundo y ser vanas las opiniones de algunos 
filósofos que creyeron haber muchos; y así, Aristóteles, en lumbre na¬ 
tural, probó ser uno y no muchos cuando escribió De Codo et Mun¬ 
do, llamando mundo á todo lo que el cielo cubre, lo cual es causa, de 
que no con verdad estas tierras descubiertas, por muy largas y anchas 
que sean, se llamen Nuevo Mundo, ca entre otros grandes argumentos y 
razones que en lumbre natural convencen al hombre á que crea que hay 
un solo Dios y no muchos, un universal principio de todas las cosas y 
no dos, uno de los males y otro de los bienes, como algunos falsamente 
afirmaron (i), es la unidad que todas las cosas criadas tienen, perdiendo 
la cual, luego se deshacen todos los materiales en el edificio proporcio¬ 
nadamente unidos; una cosa obran y hacen, que es la morada, y estonces 
se deshacen cuando son divisos y no tienen en sí unidad; de adonde es 
que una sea la naturaleza angélica, una la naturaleza humana, y así 
uno el mundo; porque, á haber muchos, hubiera muchos soles y muchas 
lunas; pero no hay más de un sol y una luna, lumbreras, como escribió 
Moisés, de la noche y del día, el cual, dando á entender ser uno el mun¬ 
do, dixo: “En el principio crió Dios el cielo y la tierra'^* no dixo los 
cielos y las tierras, y cuando dixo “crió'', dió también á entender, lo que 
no cupo en el entendimiento de algunos grandes filósofos, de nada haber 
criado Dios todo lo que es, porque, guiándose por la vía natural, decían 
que de nada no se podía hacer nada, no levantando el entendimiento á 
que, si había Dios, había de ser (so pena de no serlo) sumamente pode- 


(i) Al wargeu: “Los Maniqueos herejes." 




LIBRO PRIMERO.-CAP. I 


3 


roso, y que su decir fuese hacer; porque, como dice la Divina Escrip- 
tura, llama las cosas que no son como las que son. Ahora, respondiendo 
á la dubda, digo que no solamente en nuestro común hablar, pero en la 
manera de decir en la Divina Escriptura hay metáforas, semejanzas y 
'Comparaciones, ó para hermosear y hacer más fecunda la lengua en que 
se habla, ó para dar á entender mejor lo que se dice y que mueva más al 
que se dixere, y así, en nuestra lengua, para dar á entender la frescura 
del campo y lo que alegra, decimos que se ríe; al hombre que habla con 
aviso y dice cosas escogidas, decimos que echa perlas por la boca; é al 
murmurador é infamador, que echa víboras y que es carta de descomu¬ 
nión. Por esta manera, la Sacra Escriptura usa de grandes y maravillo¬ 
sas metáforas, llamando á Jesucristo sol de justicia, y á la Virgen su 
madre, la mañana ó luna; por lo cual, pues en todas las lenguas son 
tan nescesarias las metáforas y maneras de encarescimientos por la se¬ 
mejanza que tienen unas con otras, las cuales muchas veces dexan sus 
proprios nombres, y por alguna similitud que hay en otras vestidas de 
sus nombres se entienden mejor, como si al liberal dixésemos ser un 
Alexandre, y al valiente y esforzado, un Héctor; no es de maravillar, 
pues todos los antiguos nunca alcanzaron á ver estas tierras que ahora 
habitamos ni tuvieron ciara noticia dellas, como paresce por Ptolomeo, 
Pomponio Mela y Estrabón, que en la descripción del mundo jamás las 
pusieron. 

Ovidio, en el principio del Metamorphosis, dividiendo el mundo en 
cinco zonas, afirmó en parte, todo lo que ahora la experiencia niega, pues 
dixo que, unas por frió y otras por calor, especialmente la media, eran 
inhabitables. Hércoles, después de su larga peregrinación, llegando á 
Cádiz y á Sevilla, fixando aquellas dos grandes columnas, entendiendo 
no haber más mundo, poniéndolas por término dél, dixo: '‘No hay más 
adelante’^ lo cual fué causa de que, siendo el primer descubridor Colón 
de tanto mar y de tanta tierra, que verdaderamente es mayor que toda 
Africa, Asia y Eurqia, no sin alguna aparente razón y metafórica ma¬ 
nera de hablar, dió lugar á los escriptores á que aquestas tierras lla¬ 
masen Nuevo Mundo, no pudiendo explicar su grandeza sino con lla¬ 
marlas así, pues mundo es lo que en sí encierra longura, anchura y 
profundidad (i), y que después dél no hay más, por lo cual en el 
siguiente capítulo diremos si destas partes hubo alguna noticia. 


(i) Al margen: “Por qué Nuevo Mundo. 



4 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO II 

DE LA NOTICIA CONFUSA QUE EL DIVINO PLATÓN TUVO DESTE NUEVO MUNDD.- 


Cosa es maravillosa y no digna de pasar en silencio que como Dios^ 
por su inefable y oculto juicio, tenia determinado, no antes ni después, 
ni en vida de otros reyes (i), sino de los católicos César y Filipo, en tan 
dichosos y bienaventurados tiempos alumbrar á tan innumerables gen¬ 
tes como en este Nuevo Mundo había, fué servido como por figura dar 
á entender al divino Platón y á Séneca, auctor de las Tragedias, que 
después del mar Océano de España había otras tierras y gentes con otro, 
mar que, por su grandeza, el mismo Platón le llama el Mar Grande, 
verificándose por la dilatación y augmento de la fee cristiana aquella 
profecía: “Por toda la tierra salió el sonido dellos’', que es la predica¬ 
ción de los Apóstoles y de los que, subcediendo en este cargo en este 
Nuevo Mundo, predicaron y predican el beneficio y merced que el Hijo 
de Dios hizo al mundo con su venida á él. No sólo quiso que sanctos 
profetas lo profetizasen tantos años antes, pero quiso que las sibillas, mu¬ 
jeres gentiles, los poetas, como Virgilio y Ovidio, sin entender lo que de¬ 
cían, lo profetizasen, tomando diversos instrumentos malos y buenos 
para la manifestación de la merced que había de hacer al mundo, porque 
aquello en las cosas humanas suele tener más verdad que el bueno y el 
malo confiesan, y no siendo el dón de profecía de los dones del Espíritu 
Sancto, que hacen al hombre grato y amigo de Dios, no es de maravi¬ 
llar que gentiles, infieles y malos, como fué Balán, profeticen, pues pro¬ 
fecía es gracia de gracia dada, y que no hace al hombre grato y amigo de 
Dios, y porque á los que cerca desto primero descubrieron algo, es justo 
darles su honor debido, es de saber que Agustín de Zárate, varón por 
cierto docto, en la breve historia que escribió del descubrimiento y con¬ 
quista del Perú, tractando en breve lo tocante á este capítulo, dice 
así (2): 

■‘Cuenta el divino Platón algo sumariamente en el libro que intitula. 
Thinico ó De Natura, y después, muy á la larga y copiosamente, en otro 
libro ó diájogo que se sigue inmediatamente después del Tliinico, llamado 
Atlántico, donde tracta una historia (3) que los egipcios se contaban en 
loor de los atenienses, los cuales dice que fueron parte para vencer y 
desbaratar á ciertos Reyes y gran número de gente de guerra que vino 


(1) Al margen: “Por qué craisa antes del descubrimiento no hubo ninguno, 
que esto dixese.’’ 

(2) Al marg.: “Acota con Zarate,*^ 

(3) Al marg.: “Xo es historia.” 







LIBRO PRIMERO.-CAP. II 


0 


por la mar desde una grande isla llamada Atlántica (i), que comenzaba 
después de las columnas de Hércoles, la cual isla dice que era mayor que 
toda Asia y Africa, é que contenía diez reinos, los cuales dividió Neptu- 
no entre diez hijos suyos, y al mayor, que se llamaba Atlas, dió el mayor 
y mejor. Cuenta otras muchas y memorables cosas de las muchas rique¬ 
zas y costumbres desta isla, especialmente de un templo que estaba en 
la ciudad principal, que tenía las paredes y techumbres cubiertas con 
planchas de oro, plata y latón, é otras muchas particularidades que se¬ 
rían largas para referir, y se pueden ver en el original donde se tractan 
copiosamente, muchas de las cuales costumbres y cerimonias vemos que 
se guardan el día de hoy en la provincia del Pirú. Desde esta isla se na¬ 
vegaba á otras islas grandes que estaban de la otra parte della, vecinas á 
la tierra continente, aliende la cual se seguía el verdadero mar. Las pala¬ 
bras formales de Platón en el TJiimco (2) son éstas: ‘‘Hablando Sócrates 
con los atenienses, les dixo: Tiénese por cierto que vuestra ciudad re¬ 
sistió en los tiempos pasados á innumerable número de enemigos que, 
saliendo del mar Atlántico, habían tomado y ocupado casi toda Europa 
y Asia, porque estonces aquel estrecho era navegable, tiniendo á la boca 
dél, y casi á su puerta, una ínsula que comenzaba desde cerca de las 
columnas de Hércoles, que dicen haber sido mayor que Asia y Africa 
juntamente, desde la cual había contractación y comercio á otras islas, y 
de aquellas islas se comunicaban con la tierra firme y continente que 
estaba frontero dellas, vecina del verdadero mar, y aquel mar se puede 
con razón llamar verdadero mar (3), y aquella tierra se puede junta¬ 
mente llamar tierra firme y continente.'’ Hasta aquí habla Platón, aun¬ 
que poco más abaxo dice “que nueve mili años antes que aquello se es¬ 
cribiese, subcedió tan gran pujanza de aguas en aquel paraje que en un 
día y una noche anegó toda esta isla, hundiendo las tierras y gente, y 
que después aquel mar quedó con tantas ciénagas y baxíos (4), que nun¬ 
ca más por ella habían podido navegar ni pasar á las otras islas ni á la 
tierra firme de que arriba se hace minción". Esta historia dicen todos 
los que escriben sobre Platón que fué cierta y verdadera, en tal manera, 
que los más dellos, especialmente Marsilio, Ficino y Platina, no quieren 
admitir que tenga sentido alegórico (5), aunque algunos se lo dan, como 
lo refiere el mismo Marsilio en las Annotacloncs sobre el TJiimeo, y no 
es argumento para ser fabuloso lo que allí dice de los nueve mili años; 
porque, según Pudoxio, aquellos años se entendían, según la cuenta de 
los egipcios, lunares (6) y no solares, por manera que eran nueve mili 


(1) Al margen: “La isla Atlántica.” 

(2) Al marg.: “Timeo.” 

(3) Al marg.: “Por qué no se puede llamar verdadero mar el Océano del 

Xorte y sí el del Sur, que quieren interpretar que es el verdadero mar.” 

(4) Al marg.: “Digan adónde está este mar con tantos baxíos.” 

('5) Al marg.: “Tiene sentido alegórico.” 

(6) Al marg.: “Años lunares.” 



6 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


meses, que son siete cientos y cincuenta años. También es casi demons- 
tración para creer lo desta isla, saber que todos los historiadores y los 
cosmógrafos antiguos y modernos llaman al mar que anegó esta isla 
Atlántico, reteniendo el nombre de cuando era tierra. Pues supuesto 
ser esta historia verdadera, ¿quién podrá negar que esta isla Atlántica 
comenzaba desde el estrecho de Gibraltar, ó poco después de pasado 
Cádiz, y llegaba y se extendía por este gran golfo, donde así norte, sur, 
como leste, ueste, tiene espacio para poder ser mayor que Asia y 
Africa (i)? Las islas que dice el texto se contrataban desde allí paresce 
claro serían la Española, Cuba y Sant Joan y Jamaica y las demás que 
están en aquella comarca. La Tierra Firme, que se dice estar frontero 
destas islas, consta, por razón, que era la misma tierra firme que ahora 
se llama así, y todas las otras provincias con quien es continente, que 
comenzando desde el estrecho de jNIagallanes contienen, corriendo hacia 
el Norte, la tierra del Pirú y la provincia de Popayán y Castilla del 
Oro y Veragua, Nicaragua, Guatemala, Nueva España, las Siete Ciuda¬ 
des, la Florida, los Bacallaos, y corre desde allí para el septentrión, hasta 
juntarse con las Nuruegas, en lo cual, sin ninguna dnbda, hay mucha más 
tierra que en todo lo poblado, del mundo que conoscíamos antes que aque¬ 
llo se descubriese, y no causaba mucha dificultad en este negocio el no ha¬ 
berse descubierto antes de ahora por los romanos ni por las otras nas- 
ciones que en diversos tiempos ocuparon á España, porque es de creer 
que duraba la maleza del mar para impedir la navegación (2), é yo lo 
he oído, y lo creo, que comprehendió el descubrimiento de aquellas partes 
debaxo desta autoridad de Platón, y así, aquella tierra se puede clara¬ 
mente llamar la tierra continente (3) que llama Platón, pues cuadran en 
ésta todas las señales que él da de la otra, mayormente de aquella que 
él dice que es vecina al verdadero mar, que es el que ahora llamamos del 
Sur, pues, por lo que de él se ha navegado hasta nuestros tiempos, consta 
claro que en respecto de su anchura y grandeza todo el mar Mediterrᬠ
neo y lo sabido del Océano, que llaman vulgarmente del Norte, son 
ríos (4). Pues si todo esto es verdad y concuerdan también las señas dello 
con las palabras de Platón, no sé por qué se tenga dificultad en enten¬ 
der que por esta vía hayan podido pasar al Pirú muchas gentes, así 
desde esta gran isla Atlántica como desde las otras islas, para donde 
desde aquella isla se navega (5) y aun desde la misma Tierra Firme 
podían pasar por tierra al Pirú, y si en aquello había dificultad, por la 
misma mar del Sur, pues es de creer que tenían noticia y uso de la na- 


(i) Al margen: “No puede ser mayor que Asia y Africa.^ 

(2} Al marg.: “Cómo probará que duraba la maleza del mar, para descu¬ 

brir tal navegación.” 

(3) Al marg.: “Todo al contrario del pensamiento de Colón.” 

(4) Al marg.: “Fábula, que el mar Océano que llaman del Norte no tiene 

fin ni jamás se ha podido hallar.” 

(5) Al marg.: “Fábula.” 






LIBRO PPáMERO.-CAP. líl 


7 


vejación, aprendida del comercio que tenían con esta grande isla, donde 
dice el texto que tenían grande abundancia de navios y aun puertos he¬ 
chos á mano, para la conservación delios, donde faltaban naturales 

Lo que dixo Séneca, cerca de lo que al principio deste capítulo tracté, 
aunque ha sido larga la digresión, aunque nescesaria para el conoscimien- 
to de lo que pretendemos, dice así: 

“Venient annis saecula seris, 

Quibus Oceanus vincula reriim 
Laxet, novosque tiphis detegat orbes, 

Atque ingenus pateat telus, 

Ñeque sit terris ultima Tliile” ((*) **). 

Que vuelto en verso castellano, quiere decir: 

“En años venideros, vendrá siglo 
En quien lugar dará el mar Océano 
A que otro Nuevo Mundo se descubra, 

Distando del esfera nuestra tanto 
Que Thile, que es en ella la postrera. 

Se venga a demarcar por muy cercano.” 


CAPITULO III 

DE LA DESCRIPCIÓN Y ASIENTO DE LA NUEVA ESPAÑA 


Juanote Duran (***), en el libro que hizo, que aún no ha salido á luz, 
de la Geografía y descripción de todas estas provincias y reinos por 
veinte é una tablas, llama Grande España á todo lo que los españoles, 
desde la Isla Española hasta Veragua, conquistaron y pusieron debaxo 


(*) Agustín de Zárate, Historia del descubrimiento y conquista de la Pro- 
\ iXciA del Perú. Declaración de la dificultad que algunos tienen en averiguar por 
dónde pudieron pasar al Perú las gentes que primeramente le poblaron. V. Biblio¬ 
teca DE Autores Españoles : Historiadores primitivos de las Indias, tomo II, 
pág. 4SO. Madrid, M. Rivadeneira, 1862. 

(**) Son los últimos versos del acto segundo de la tragedia Medea, de Séneca, 
Cervantes de Saladar tornó estos ver'sos eomo se hallaban en la Crónica de Zarate, 
pery discrepan algún tanto, por su forma, de los eonsignados en las edieiones CO’^ 
orientes de las obras de Séneca, los cuales dicen así : 

“Venient annis sécula seris, 

Quibus Oceanus vincula rerum 
Laxet, et ingens pateat tellus, 

Tethysque novos detegat orbes, 

Nec sit terris ultima Thule.” 

V. A^isard, Auteurs latins, torno lA 

(***) Juanote Dur'án eseribió una obra titulada Geografía de toda la Nueva 
España, que no llegó á publicarse. Dan de ella escasas noticias León Pinelo, Ni¬ 
colás , 4 ntonio, GonMez Barcia y Beristain. Cf. Joaquín García Icazbalceta, Diálo¬ 
gos DE Francisco Cervantes Salazar, México, 1875. 


9 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 




de la Corona Real de Castilla. Movióle llamar Grande España á toda esta 
gran tierra, por haberla subjectado subcesivamente los españoles, de la 
cual en la parte primera desta Crónica tractaré (dándome Dios vida) 
copiosamente, y porque al presente es mi propósito de escrebir el descu¬ 
brimiento y conquista de la Nueva España, que es mi principal empresa, 
en breve relataré qué es lo que ahora los nuestros llaman Nueva España, 
diciendo primero cómo la ocasión de haberle puesto este nombre fué por 
la gran semejanza que con la antigua España tiene, no diferenciando 
della más de en la variedad y mudanza de los tiempos; porque en todo 
lo demás, temple, asiento, fertilidad, ríos, pescados, aves y otros anima¬ 
les, le paresce mucho, aunque en grandeza le excede notablemente (i). 

Llámase, pues, Nueva España (2), comúnmente, todo lo que los Capi¬ 
tanes ganaron y conquistaron en nombre de D. Carlos, Rey de España, 
desde la ciudad de ]\Iéxico hasta Guatemala, y más adelante, hacia el 
-oriente y hacia el poniente, hasta Culhuacán; porque por las Audiencias 
que Su IMajestad ha puesto en Guatemala y en Jalisco, por distar por 
muchas leguas de la ciudad de México, hay algunos que dicen llamarse 
propriamente Nueva España todo el destricto y tierra que la Audiencia 
Real de ^México tiene por su juridición; pero, según la más cierta opi¬ 
nión, se debe llamar Nueva España todo lo que en esta tierra firme han 
subjectado é poblado Capitanes y banderas de México, que, comen¬ 
zando del cabo de Honduras y ciudad de Trujillo en la ribera del 
Mar del Norte, hay de costa las leguas siguientes: del cabo de Honduras 
al Triunfo de la Cruz, treinta leguas; del Triunfo á Puerto de Caballos, 
otras treinta leguas; de Puerto de Caballos á Puerto de Higueras, treinta 
leguas; de Higueras al Río Grande, treinta; del Río Grande al cabo de 
Cotoche, ciento y diez; de Cotoche á Cabo Redondo, noventa; de Cabo 
Redondo al Río de Grijalva, ochenta; del Río de Grijalva á Guazacualco, 
cuarenta ; de Guazacualco al Río de Alvarado, treinta; del Río de Alva- 
rado á la Veracruz, treinta ; de la A'eracruz á Panuco, sesenta. Pasaron 
algunos compañeros de los que fueron con D. Hernando Cortés á Hon¬ 
duras de la Mar del Norte á la del Sur, é hay de una mar á otra noventa 
leguas, desde Puerto de Caballos hasta Cholotamalalaca, que vulgarmente 
se llama Chorotega, de la Gobernación de Nicaragua; hay por la costa 
del Sur treinta leguas al Río Grande ó de Lempa, y al río de Guate¬ 
mala, cuarenta y cinco, y de Guatemala á Citula, cincuenta, y de ahí á 
Teguantepeque, ciento y cincuenta; de Teguantepeque á Colima, ciento, 
y de Colima al Cabo de Corrientes, otras ciento ; de Corrientes á Chia- 
metla, sesenta; de Chiametla hasta donde fué D. Hernando Cortés, y 
lo último que descubrieron los navios de D. Antonio de jMendoza, (en- 
blanco) leguas. Hay de x^Iéxico al cabo de Honduras, hacia el oriente, 
algo al sudeste, más dé cuatrocientas y cincuenta leguas, y á Culhuacán, 


(1) Al margen', “En todo esto se engaña.’’ 

(2) Al marg.: “Lo que es Nueva España.” 




LIBRO PRIMERO.-CAP. IV 


9 

'•que está al poniente, algo al norueste, {en blanco) leguas, inelúyense en 
estos limites los obispados de Triijillo, Honduras, Guatemala, Chiajja, 
Guaxaca, Tlaxcala y el arzobispado de México, y los obispados de AIc- 
chuacán y Jalisco, toda la cual tierra se extiende y dilata por muchas 
leguas, y conquistándose lo circunvecino á ella. 

También se puede llamar Nueva España por ser tierra continuada 
y que por toda ella se habla la lengua mexicana, y que de jMéxico han 
de salir los Capitanes y banderas á conquistarlo, como ahora al pre¬ 
sente salen por mandado del Rey D. Felipe, é industria de su Ahsorrey 
D. Luis de Velasco, á conquistar la Florida. Esto es lo que con toda 
brevedad se puede decir de la drescripción de la Nueva España, porque 
querer particularizar sus provincias y reinos con las calidades y temples 
suyos será cosa prolixa y larga, y, por tanto, siguiendo la misma bre¬ 
vedad, pues tengo de tractar de la conquista della, diré algo por todo 
este primer libro de sus rictos y costumbres. 


CAPITULO IV 

DE LA CALIDAD Y TEMPLE DE LA NUEVA ESPAÑA 

Porque adelante, en el discurso desta historia pienso tractar copio¬ 
samente las cosas memorables, así las que tocan al suelo como las que 
pertenescen al cielo y temple de las provincias de la Nueva España, bre¬ 
vemente, por los capítulos siguientes, antes que tráete de la conquista, 
escrebiré, en general, así el temple y calidad destas tierras como los 
rictos, leyes y costumbres de los naturales della, y así es de saber que 
la Nueva España, como la antigua, que por esta similitud tomó su nom¬ 
bre y dominación (*), en unas partes es muy fría, como en los ]\Iixes. 
en la Misteca, en el Volcán y en toda su halda, en los ranchos de Cuer- 
navaca, donde, siendo el trecho de media legua, y de la una parte tierra 
caliente y de la otra templada, es tan grande el frío que todo el tiempo 
del año los moradores deste poco espacio de tierra viven debaxo della, y 
debaxo della crían las aves y algún ganado, que es cosa de maravillar. 
Algunas veces ha acaecido que de los pasajeros que por aquella parte van 
y vienen, por no haber hecho noche en las casas de los indios, han muerto 
de frío muchos. 

Es la Nueva España, como la vieja, asimismo muy llana por algunas 
partes, como en el valle de Guaxaca y en el valle de Toluca, el cual 
corre más de docientas leguas; los llanos de Ozumba, tan fértiles de ga¬ 
nado ovejuno que hay en ellos sobre ochocientas mili cabezas ; los lla¬ 
nos de Soconusco, los cuales son inhabitables. Es, por el contrario, tan 
montuosa, así en otras partes como en toda la costa de la i\Iar del wSur. 


(*) Mejor se leería', “denominación. 



10 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


la cual es toda serranía y montaña tan poblada de naturales que parescen- 
colmenas. Hay algunos pueblos tan fuertes por la aspereza del sitio, 
que son tan inexpunables que, aunque paresce increíble, un hombre 
los puede defender de muy m.nchos; porque hay pueblo que no se puede 
subir á él sino por una parte, y tan áspera, que es menester ayudarse con 
las manos, como es Pilcalya y Oztuma y Chapultepeque. Y como tiene 
extremos en calor y fríos, llanos y serranías, ansí los tiene en vientos y 
calmas, pluvias y sequías, porque, especialmente en las costas, al principio 
de Alayo y por Navidad se levantan tan bravos y temeroso vientos, que 
los mareantes y los que viven en las Indias llaman huracanes, que mu¬ 
chas veces han derribado edificios y arrancado de raíz muy grandes y 
gruesos árboles, y es su furia tanta, que, corriendo muchas leguas la 
tierra adentro, levantan las lagunas que son hondables y se navegan con 
canoas y barcos pequeños y bergantes, de tal manera, que paresce tor¬ 
menta de la mar, y así se han anegado muchos, no tiniendo cuenta con el 
tiempo, porque algunas veces, aunque con señales precedentes, se le¬ 
vantan vientos con tan gran furia que no hay quien pueda tomar la 
orilla. Las calmas, como en Tabasco, Teguantepeque y Zacatula, son 
tan grandes y duran por tantos días que los moradores destas tierras 
no pueden sufrir ropa, tanto que los indios ni los españoles no duer¬ 
men en sus casas, sino á las puertas dellas ó en mitad de la calle, de 
cu3^a causa viven enfermos y tan lisiados en los ojos, que los españoles 
llaman á aquella parte la tierra de los tuertos, porque algunas veces, cuan¬ 
do sopla algún viento, es con tan gran calor, que paresce que sale de 
algún horno muy encendido. 

En lo que toca á las pluvias y aguas del cielo, aunque diferentemen¬ 
te se siguen según el temple de las provincias, por la mayor parte en 
toda la Nueva España, son muy grandes. Comienzan, al contrario de 
España, desde Junio y acábanse por Septiembre. Suele llover, cuando 
es la furia, treinta y cuarenta días arreo, sin cesar, y dicen los indios 
viejos que después que vinieron los españoles no llueve tanto, porque 
antes solía durar la pluvia sesenta y ochenta días sin escampar, porque 
siempre, por la mayor parte, en el invierno de las Indias, los días que 
llueve es de las dos ó tres horas de la tarde adelante; nieva muy pocas 
veces, y en muy pocas partes, salvo en ciertas sierras, que por esto las lla¬ 
man nevadas. Hay también tierras, las cuales son tan secas que, aunque 
fértiles, llueve tan pocas veces en ellas (como es Coyuca), que es nescesa- 
rio para cultivallas que un río caudaloso que entra en la mar, cegándosele 
)a entrada, con las muchas olas empape toda la tierra, basta que los. 
naturales la tornan á abrir cuando veen que la tierra está bien harta. 
Los hielos, especialmente cuando han cesado las aguas, son tan grandes 
tan generales en toda la tierra, que lo que es de maravillar, en partes 
donde se da el cacao, que siempre es tierra caliente, hacen mucho daño; 
porque, no solamente abrasan y queman el fructo, pero también el árbol; 
quémanse también los panes y maizales, como en España, aunque en 






LinRO TR ira ERO. - CAP. V I i 

el valle de Atrisco (como diré cuando tractarc de Tlaxcala) hay gran 
templanza del cielo, tanto que jamás se ha visto helar. Los serenos en 
muchas partes son dañosos, especialmente en jMéxico, el de prima noche 
y el de la mañana. La causa es el engrosarse los vapores del alaguna en 
este tiempo con el ausencia del sol, y reina tanto que hacen enfermar la 
ciudad, y que ciegan algunos, y á no ser la tierra salitral, que conserva 
la vista de los ojos con los serenos y los muchos polvos que los aires 
levantan, cegarían muchos. Los truenos y relámpagos y temblores de 
tierra en el tiempo de las aguas, en algunas partes, son tan continuos 
y furiosos, como en Tlaxcala y Tvléxico, y especialmente en los Zaca¬ 
tecas y en un pueblo dellas que se dice Asuchualan y en tierras ca¬ 
lientes, que han muerto muchos de rayos y han sido forzados los ve¬ 
cinos de aquella tierra, así indios como españoles, para que las casas no se 
les cayan encima y que los vientos grandes no las lleven y los rayos no 
los maten, salirse dellas y meterse en cuevas, debaxo de las peñas. Han 
caído en esta tierra muchas casas y templos fuertes por los grandes 
temblores, las cuales los indios^ en su gentilidad, cuando en ellas caían 
unas bolas de fuego, tenían por cierto agüero que había de haber hambre 
ó guerra. Estas tempestades subceden las más veces cuando el año es 
seco. 

Las lagunas, como también diré en su lugar, son muchas y muy 
grandes y de mucho pescado, aunque todo pequeño. Son muy prove¬ 
chosas á las comarcas do están, especialmente la de México, que hace 
muy fuerte la ciudad y muy bastecida por las acequias que en ella 
entran, y por ellas muchos mantenimientos abundantemente de pes¬ 
cado blanco y prieto, que los indios llaman joiles; y porque, como al 
principio deste capítulo dixe, las demás particularidades que restan, que 
son muchas y maravillosas, del temple y calidad de la Nueva España, 
tractaré en el descubrimiento y conquista cuando hablare de los pueblos, 
las dexaré al presente, por venir á tractar también en general de algunos 
árboles desta tierra. 


CAPITULO V 

DE LA PROPRIEDAD Y NATURALEZA DE ALGUNOS ÁRBOLES 
DE LA NUEVA ESPAÑA 


Es tan grande la multitud de los árboles de la Nueva España, aunque 
todos ó los más, al contrario de la vieja España, echan las raíces 
sobre la haz de la tierra, y así ellos y los traídos de España duran poco, 
y es nescesario renovarlos de cuatro á cuatro años ó de cinco en cinco. 
Entre los árboles desta tierra, aunque no sé si se podrá llamar así, por no 
echar flor, hoja ni fructo, pero porque para hierba es muy grande, con- 


CRÓXICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


1 2 

tándole entre los árboles, el magüey, que en mexicano se dice metle, es 
el más notable y maravilloso árbol y de más provechos que los antiguos 
ni los presentes han hallado, y tanto que á los que no han hecho la ex¬ 
periencia con razón les parecerá increíble. Hay, pues, en los magüe^^es, 
machos y hembras, y donde no hay machos no hay hembras, ni se dan, 
y la tierra que los proÜuce es tenida por fértil, y los indios están pro¬ 
veídos abundantemente de lo que han menester para el comer, beber y 
vestir donde hay copia dellos, como luego diré. Echa el magüey al prin¬ 
cipio de su nascimiento grandes hojas que son como pencas muy anchas 
y gruesas y verdes; vanse ahusando, y en el remate echan una púa muy 
aguda y recia; los machos, que son los menos, á cierto tiempo, que es 
cuando van ya á la vejez, echan un mástil grueso, alto, que nasce de 
en medio de las pencas, en cuyo remate hay unas flores amarillas. Los 
provechos, así de las hembras como de los machos, son tantos, que los 
indios vinieron á tener al magüey por dios, y así, entre sus ídolos, le 
adoraban por tal, como paresce por sus pinturas, que eran las letras con 
que conservaban sus antigüedades. Sus hojas, pues, como sean tan an¬ 
chas, resciben el rocío de la mañana en tanta cantidad que basta para 
beber el caminante aunque vaya con mucha sed; las hojas ó pencas ver¬ 
des sirven de tejas para el cubrir de las casas y de canales; hácese de¬ 
bas conserva y de la raíz; por consiguiente, secas, son muy buena leña 
para el fuego, cu3"a ceniza es muy buena para enrubiar los cabellos. Secas 
también las pencas, las espadan como el cáñamo, y dellas se hace hilo 
para coser y para texer; la púa sirve de aguja, de alfilel y de clavo, y 
como se hacen telas, así también se hacen cuerdas y maromas muy 
fuertes, de que, en lugar de cáñamo, se sirven todos los indios y es¬ 
pañoles para lo que suelen aprovechar las sogas y maromas, las cuales, 
mojadas, son más recias y se quiebran menos. El mástil sirve de madera 
para el edificio de los indios, y el magüey sirve, como en Castilla las 
zarzas, para seto y defensa de las heredades. Hácese del magüey miel, 
azúcar, vinagre, vino, arrope y otros breva jes que sería largo contallos. 
Finalmente, como dixe, sólo este árbol puede ser mantenimiento, bebida, 
vestido, calzado y casa donde el indio se abrigue; tiene virtudes muchas 
que los indios médicos y herbolarios cuentan, no sin admiración, espe¬ 
cialmente para hacer venir leche á la mujer, bebido su zumo, con el cual 
se sanan todas las heridas. 

Hay otros árboles que, aunque no son de tanto provecho como el 
magüey, son dignos, aunque con brevedad, de ser aquí contados, como 
son el plátano, el cual es cosa maravillosa, que sola una vez en la 
vida da fructo. El guayabo,-provechoso para las cámaras. El peruéta¬ 
no, cuya frncta es más dulce cy.e dátiles; llámanse chicozapotes: deste 
fructo se saca cierta cera que, mascada, emblanquesce los dientes y quita 
la sed á los trabajadores. El aguacate, cuya fructa se llama así, gruesa 
y negra, mayor que brevas, la cual tiene cuesco ; es caliente, ayuda á la 
digestión y al calor natural; del cuesco se hace cierto aceite y manteca ; 



LIBRO PRIMERO. —CAP. V l3 

en la hoja echa la flor, de la cual en la lexía para la barba, por ser' 
muy olorosa, usan los barberos. La tuna, que el árbol y la fructa se 
llama así, la cual huele como camuesas y es muy sabrosa; quita en 
gran manera la sed; es dañosa para los fríos de estómago; hay dellas 
blancas, coloradas, amarillas y encarnadas; los que comen las colo¬ 
radas ó encarnadas hechan la orina que paresce sangre. Hay otras 
tunas que se dicen agrias, en las cuales se cría la cochinilla ("0, que 
es grana preciosísima, la cual, desde estas partes, se reparte por todo 
el mundo; las hojas deste árbol son muy gruesas y anchas; guisadas 
en cierta manera es manjar muy delicado y de gran gusto y mante¬ 
nimiento. El annona ((*) **) lleva fructo de su nombre, redondo y mayor y 
menor que una bola; lo de dentro, que es lo que se come, en color y 
sabor es como manjar blanco; cómese con cuchara ó con pan; tiene 
cuescos negros, á manera de pepitas; refresca mucho; es sana y cierto, 
fructa real. El mamey es el más alto árbol desta tierra, limpio todo, 
como árbol de navio, hasta el cabo, do hace una copa de ramas y hoja 
muy hermosa; de las ramas pende la fructa, que también se llama 
mamey; es á manera de melón, la corteza áspera y por de dentro colo¬ 
rada, y ansimismo de fuera; la carne paresce jalea en olor, sabor y 
color; dentro tiene un cuesco grande; para alcanzar la fructa suben los 
indios trepando con sogas. La piña, muy diferente de la de Castilla, 
porque es toda zumosa, sin pepita ni cáscara, como la de Castilla, pero, 
por la semejanza de su tamaño y manera, la llamaron lós nuestros así; es 
fresca, algo más agria que dulce; no muy sana, porque aumenta la có¬ 
lera ; el árbol do nasce es pequeño y delgado. El cacao es un árbol muy 
fresco y acopado; es tan delicado que no se da sino en tierra caliente 
y lugar muy vicioso de agua y sombra; está siempre cercado de muchos 
árboles crescidos y sombríos, por que esté guardado del sol y del frío ; 
lleva el fructo de su nombre, á manera de mazorcas verdes y coloradas, 
el cual no pende de las ramas, como los demás fructos, antes está pe¬ 
gado al tronco y ramas; de dentro es ellogioso (***), y tiene los granos 
á manera de almendras; bébese en cierta manera en lugar de vino ó agua ; 
es substancioso; no se ha de comer otra cosa después de bebido; cómese 
en pepita y sabe muy bien el agua que se bebe tras dél; es moneda entre 
los indios y españoles, porque cient almendras más ó menos, según la 
cosecha, valen un real. Hay árboles destos en tres maneras: unos muy 
altos, y otros muy pequeños, á manera de cepas, y otros medianos, y 
todos, en general, no fructifican sin el amparo de otros árboles mayores 
que les hagan sombra, porque sin ella el sol y el hielo los quema. Es 
este árbol tan presciado, que su fructa es el principal tracto de las In¬ 
dias. 


(*) En el Ms, se dice equivocadamente “chochinilla'’. 

(**) Anona. 

Tal ves “oleoso”. 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


Hay otra infinidad de árboles, unos de fructa y otros sin ella, tan 
varios y diversos en propriedad y naturaleza, que, queriendo particulari¬ 
zarlos, sería ir tan fuera de mi propósito, que sería nescesario hacer otro 
libro de por sí. Los árboles de Castilla se dan muy bien, aunque por 
echar las raíces, como dixe, tan someras, se envejecen presto. Los 
que menos aprueban son olivas, cepas, castaños y camuesos, que no se 
dan, aunque en Mechuacán se dice haber camuesas, pero no con aquella 
perfección que en Castilla; parras y uvas hay muy buenas y sabrosas, 
pero no se hace vino dellas, ó porque no se pone diligencia ó porque no 
acuden los tiempos, como en Castilla; pero las higueras, manzanos, ci¬ 
ruelos, naranjos, limones, cidros, morales, en los cuales se cría gran can¬ 
tidad de seda, se dan en gran abundancia y con muy buen gusto, y así se 
darían otros muchos árboles de Castilla si hobiese menos cobdicia de di¬ 
neros y más afición á la labor de los campos. 


CAPITULO VI 

DE LAS SEMILLAS Y HORTALIZAS QUE SE DAN EX LA NUEVA ESPAÑA, 
ASÍ DE CASTILLA COMO DE LA TIERR^\ 


Son muy diversas las semillas é hierbas de la Nueva España y de di¬ 
verso gusto y sabor, aunque las de Castilla se dan no menos abundante¬ 
mente que allá. La semilla del maíz, que en su lengua se dice tlauli, 
es la principal semilla, porque en esta tierra es como en CasJ:illa el 
trigo. Cómenla los hombres, las bestias y las aves; la hoja della, cuan¬ 
do está verde, es el verde con que purgan los caballos; y seca, regán¬ 
dola con un poco de agua, es buen mantenimiento para ellos, aunque 
todo el año, en la ciudad de México, por el alaguna, y en otras partes 
por las ciénagas, tienen verde, que los indios llaman zacate. Con el buen 
tiempo acude tanto el maíz, que de una hanega se cogen más de ciento; 
siémbrase por camellones y á dedo, y á esta causa, una hanega ocupa 
más tierra que cuatro de trigo. Quiere tierra húmida, ó, si fuere seca, 
mucha agua del cielo ó de riego; echa unas cañas tan gruesas como las 
de Castilla, y el fructo en unas mazorcas grandes y pequeñas; echa cada 
caña dos, tres y cuatro mazorcas á lo más; cuando están verdes y tier¬ 
nas las llaman elotes; son sabrosas de comer; después de secas se 
guarda el maíz, ó desgranado ó en mazorcas, el cual, cuando se come 
tostado, se llama cacalote. Para hacer el pan, que es en tortillas, se 
cuece con cal y, molido y hecho masa, se pone á cocer en unos comales 
de barro, como se tuestan las castañas en Castilla, y de su harina se ha¬ 
cen muchas cosas, como atole, que es como poleadas de Castilla, y en 
lugar de arroz se hace dél manjar blanco, buñuelos y otras cosas mu- 




LIBRO PRIMERO.-CAP. VI 


15 


chas, no menos que de trigo. Hácese del maíz vino y vinagre, y antes que 
hobiese trigo se hacia biscocho. Y porque mi intento es escrebir, en suma, 
•para la entrada desta historia, las cosas naturales que produce esta 
tierra, dexaré de decir del maíz muchas particularidades, por tractar 
en breve (t) de otras semillas, de las cuales la chía, que es del tama¬ 
ño de agongoli, una prieta y otra blanca, se bebe, hecha harina, con maíz, 
y es de mucho mantenimiento y fresca; dase en grano á los pájaros 
de jaula, como en Castilla el alpiste; echada en agua, aprovecha para dar 
lustre á las pinturas, y puesta sobre las quemaduras, hace gran provecho. 
El chianzozoli, que es como lenteja, se come de la manera que la chía; 
es buena contra las cámaras de sangre; bebida, refresca mucho. El mi- 
chivautle, que es como adormideras, es bueno para beberse el cacao, 
que pusimos entre los árboles. 

También se cuenta entre las semillas, porque se siembra en pe¬ 
pita, aunque no cada año, sino para trasponello, el ichicatle, que es se¬ 
milla de algodón; tiene la pepita sabrosa como piñones. Hácese della 
aceite y manteca; échase en las comidas de cazuelas en lugar de pe¬ 
pitas; dase en tierra caliente y no en fría. El ayoetli, que es pepita de 
calabazas, de las cuales se hacen muchos guisados y sirven de almen¬ 
dras para hacer confites. El cilacayote es también pepita de otro gé¬ 
nero, de la corteza de las cuales se hace el calabazate, y de lo de 
dentro conserva de miel; las pepitas 110 aprovechan sino para sem¬ 
brarlas. El etle, que es frisóles, es semilla de gran mantenimiento; 
cómese en lugar de garbanzos; son de diversos colores. En Castilla los 
llaman habas de las Indias. El piciete es semilla pequeña y prietezuela; la 
hoja es verde, seca, y revuelta con cal, puesta entre los labios y las 
encías, adormece de tal manera los miembros, que los trabajadores no 
sienten el cansancio del trabajo, ni los puestos á tormento sienten con 
mucho el dolor, y el que durmiere en el campo y lo tuviere en las manos 
ó en la boca, estará seguro de animales ponzoñosos, y el que lo apretare 
en los puños y subiere á alguna sierra, sentirá en sí aliento y esfuerzo; 
los que tienen dolores de bubas lo toman para adormecer el dolor y po¬ 
der dormir. 

De las hierbas y raíces, las principales son: Las batatas, ó camotes, 
que, asadas, tienen el sabor de castañas, y en muchas partes se hace 
pan dellos. Las xicamas son como nabos, muy zumosas y muy frías; la 
conserva dellas es muy buena para los éticos y los que tienen gran ca¬ 
lentura. Los chayóles son como cabezas de erizos; cómense cocidos. Los 
xonacates son cebolletas de la tierra; cómense crudas, como las de 
Castilla. El agí sirve de especia en estas parles; es caliente, ayuda á la 
digestión y á la cámara; es apetitoso, y de manera que los más guisados 
y salsas se hacen con él; usan dél no menos los españoles que los indios. 
Hay unos agíes colorados y otro amarillos, éstos son los maduros, por- 


(i) Tachado: ‘‘en breve/’ 




i6 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


que los que no lo son, están verdes ; hay unos que queman más que otros. 
Los tomates son mayores que agraces; tienen su sabor, aunque no tan 
agrio; hay unos del tamaño que dixe, y otros grandes, mayores que limas, 
amarillos y colorados; échanse en las salsas y potajes para templar eí 
calor del agí. Los quilites, unos se comen cocidos, como ripoiices, y otros 
verdes, como berros. Debaxo de este nombre de quilites se entienden 
y comprehenden muchas maneras de hierbas, que tractar dellas sería 
cosa muy larga, y más si hobiese de decir de las hierbas medicinales que 
los indios médicos conoscen y cada día experimentan ser de gran virtud 
en diversas y peligrosas enfermedades que han curado y curan; por lo 
cual, en el siguiente capítulo tractaré de la diversidad y géneros de 
aves que en estas partes hay y de algunas maravillosas propriedades- 
suyas. 


CAPITULO VII 

DE ALGUNAS AVES DE MARAVILLOSA PROPRIEDAD Y NATURALEZA 
QUE HAY EN LA NUEVA ESPAÑA^ 

Muchas aves hay en la Nueva España muy semejantes á las de Cas¬ 
tilla; pero hay otras en todo tan diferentes, que me paresció ser justo, de 
la multitud dellas, escoger algunas, para que, entendiendo el lector su 
maravillosa diversidad, conozca el poder del Criador maravilloso en toda.s^ 
sus obras. El ave que en la lengua mexicana se llama tlauquechul es, por 
su pluma y por hallarse con gran diñcultad, tan presciada entre los in¬ 
dios, que por una (en tiempo de su infidelidad) daban cuarenta esclavos, 
y por gran maravilla se tuvo que el gran señor Montezuma tuviese tres 
en la casa de las aves, y fué costumbre, por la grande estima en que 
se tuvo esta ave, que á ningún indio llamasen de su nombre, si no fuese 
tan valeroso que hubiese vencido muchas batallas. Tiene la pluma en¬ 
carnada y morada; el pico, según la proporción de su cuerpo, muy gran¬ 
de, y en la punta una como trompa; críase en los montes. El ave que se 
dice aguicicil es muy más pequeña que gorrión, preciosísima también por 
la pluma, con la cual los indios labran lo más perfecto de las imágenes, 
que hacen ; es de diversas colores, y dándole el sol, paresce tornasol; es 
tan delicada que no come sino rocío de flores, y cuando vuela, hace zum¬ 
bido como abejón; hay alguna cantidad de ellas. El quezaltotol es ave 
del tamaño de una perdiz; tiene cresta en la cabeza, como cugujada; es 
toda verde; críase en tierras extrañas; la cola es lo principal della, por¬ 
que tiene plumas muy ricas, de las cuales los indios señores usaban coma 
de joyas muy ricas para hacer sus armas y devisas y salir á sus bailes y 
rescibimientos de Príncipes; tiene esta ave tal propriedad que, de cierta 
á cierto tiempo, cuando está cargada de plumas, se viene á do hay gente 





LIBRO PRIMERO.—CAP. VII 


para que le quite la superflua. El pito es tan fuerte, que pasa una encina 
con el pico; tiene cresta como gallo, y silba como sierpe. 

Hay otro pájaro que, naturalmente, cuando canta habla en indio una 
razón y no más, que dice tachitouan, que en nuestra lengua suena: “pa¬ 
dre, vámonos”; tiene la pluma parda; anda siempre solo, y dice esta 
razón dolorosamente. Otro que se llama cenzontlatlol, que en nuestra 
lengua quiere decir “cuatrocientas palabras”, llámanle así los indios 
porque lemeda en el canto á todo género de aves y animales cuando los 
oye, y aun irnita al hombre cuando lo oye reir, llorar ó dar voces ; nunca 
pronuncia mas de una voz, de manera que nunca dice razón entera. El 
cuzcacahtl es pájaro blanco y prieto y no de otro color: tiene la cabeza 
colorada; náscele en la frente cierta carne que le afea mucho; aprovecha 
para conservar la pluma y que no se corrompa; muestra en sí cierta pre¬ 
sunción y lozanía, como el pavón cuando hace la rueda; es de mucha 
estima entre los indios. 

De los papagayos hay cinco maneras: unos colorados y amarillos v 
destos hay pocos; otros amarillos del todo; otros verdes ó colorados 'sin 
tener pluma de otro color; otros verdes y morados; otros muy chiqui¬ 
tos, poco menores que codornices; éstos son tantos que es menester guar¬ 
dar las simenteras dellos. Aprovecha la pluma de todos, y todos hablan 
cualquier lengua que les enseñan, y muchos, dos y tres lenguas; quiero 
decir, algunas palabras dellas. El chachalaca, que, por ser tan vocinglero, 
los indios le llaman así; tiene tal propriedad que, pasando alguna per¬ 
sona por do esta, da muy grandes gritos. Hay un pájaro del tamaño de 
un gorrión, pardo y azul, que dice en su canto tres veces arreo, más 
claro que un papagayo bien enseñado, “Jesucristo nasció”; jamás se posa 
cuando anda en poblado sino sobre los templos, y si hay cruz, encima 
della; cosa es cierto memorable y que paresce fabulosa, si muchos no ¡o 
hobieseii oído, de los cuales, sin discrepancia, tuve esta relación. Hay otra 
ave cuyo nombre no sé, que las más veces, aunque es rara, se cría en los 
huertos, ó donde hay arboledas, de tan maravillosa propriedad, que los 
seis meses del ano está muerta en el nido, y los otros seis rivive y cría • 
es muy pequeña, y en su cantar, muy suave. Han tenido desto que dio-o 
algunos religiosos cierta experiencia, que la han visto en sus huertos. 

Hay otra ave que, por ser de mucha estima, la presentaron al \"irrey 
U. Lms de Velasco, no menos extraña que las dichas, mayor que un 
ansar, cómese medio carnero; tiene las plumas de muchas y diversas 
co ores, y las de la garganta, porque van las unas contra las otras, ha¬ 
cen excelente labor; ladra como perro, y las plumas son provechosas para 
e afeite de las mujeres; llámanla los indios ave blanca, y cuentan della 
otras propnedades no menos maravillosas que las que hemos dicho de 
otias. ay otra ave que tiene la cabeza tan grande como una ternera, 
muy era 3 espantosa, y el cuerpo conforme á ella; las uñas nnu’ gran¬ 
es y uertes; despedaza cualquier animal por fuerte que sea: nunca se 
vee narta, }' suele, de vuelo, llevar un hombre en las uñas. 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


Aves de agua hay muchas, como patos y otros que llaman patos rea¬ 
les ; garzas, muchas y muy hermosas. En la tierra hay ánsares muy gran¬ 
des, y grúas. De volatería, muy buenos halcones, que por tales los llevan 
á España; hay azores no menos buenos. 


CAPITULO VHÍ 

DE LOS MÁS SEÑALADOS RÍOS DE LA NUEVA ESPAÑA Y DE SUS PESCADOS 


Porque suelen los ríos caudalosos y abundantes de pescados enno- 
blescer las provincias por do corren, me paresció ser razón, pues la 
Nueva España, entre otras cosas, muchas memorables, es una de las 
más insignes regiones del mundo, tractar de algunos famosos ríos que 
por ella corren, entre los cuales se ofresce el río de Zacatula, que da 
nombre á la provincia por do corre, el cual nasce en términos de Tlaxcala 
y entra en la mar por la villa de la Concepción de Nuestra Señora, que 
es en la provincia de Zacatula. Es muy caudaloso de agua, porque entran 
en él más de treinta ríos principales, sin otros muchos, de los cuales no 
se hace caso; su corriente es muy veloz, más hondo y ancho que dos 
veces Guadalquivir. Tres leguas antes que éntre en la mar, sale de entre 
unas sierras y da en unos llanos donde se hunde de cuatro partes, las tres 
de tal manera que, á tres leguas de la mar, haciendo algún pozo, hallan el 
agua tan corriente como cuando va todo junto, á cuya causa no entran 
navios gruesos por él, sino pequeños, según la cantidad de agua que 
queda sobre la tierra. Corre más de docientas leguas; sus pescados son 
muchos y muy grandes, aunque también tiene chicos. Los principales 
son: lizas, meros, moxarras, bobos, truchas, pargos. bagres y, entre ellos, 
aquel espantoso y perjudicial pescado que los indios llaman caimán (i) y 
nosotros lagarto, y algunos de los latinos engañados dicen ser cocodrilo. 

Déste, repartiendo el capítulo en dos partes, tractaré de algunos más 
copiosamente que de los otros pescados, por ser tan señalado, diciendo 
primero en este río y en otros haber tantos, y tan encarnizados, que no 
hay quien ose entrar en el agua hasta el tobillo, porque, con increíble ve¬ 
locidad, son con él debaxo del agua. No puede hacer presa nadando, sin 
que primero estribe en alguna cosa, por lo cual, el tiburón, aunque es 
muy menor pescado y de menores fuerzas, le rinde y vence, quitándole 
la vida, metiéndose debaxo dél. Hay algunos que, puestos en el arenal, 
son tan grandes que parescen vigas muy gruesas, de luengo de más de 
veinte y cinco pies. Hanse visto juntos en la tierra más de sesenta, en la 
cual no pueden hacer mal, aunque, estribando á la orilla sobre los bra- 


(i) Al margen: “Caimanes. 




LIBRO PRIMERO.-CAP. VIII 


í9 

zos, da un apretón, que sale buen rato fuera de la tierra tras la presa 
que pretende. Péscanse con varios y diversos artificios y anzuelos muy 
gruesos, aunque hay, que es de tener en mucho, indios tan diestros, que, 
metiéndose en el agua, los atan de pies y manos con cordeles, y asi los 
sacan á tierra, la cual experiencia ha sido á hartos peligrosa y aun 
costosa. Hay otra manera de tomarlos, como es con villardas, poniendo 
el cebo de carne ó tripas en un palo rollizo de dos palmos en largo, y 
por el medio dél una recia cuerda con una boya: traga el caimán el palo 
con el cebo y atraviésasele en la garganta, y como con esto él da vuelcos 
en el agua, la boya, meneándose en diversas partes, lo da á entender, y 
así los sacan á jorro (*). 

Hay diversas maneras de caimanes: unos gruesos y otros verdes; 
otros no tanto y más largos, de color de cieno (i); los verdes son 
más dañosos; tienen la boca tan grande como media braza, poblada 
de muchos y muy gruesos dientes; la lengua no se les paresce, por 
ser muy pequeña, la cual les cae sobre la garganta y agallas, de ma> 
ñera que ningún agua les puede entrar; tiene desde el pescuezo has¬ 
ta la cola, por la parte de arriba, unas conchas que con ningún asta 
se pueden pasar; llegan, como dixe, con tanta velocidad á la orilla, que, 
sin ser sentidos, hacen presa en muchos animales que van á beber, y 
así, se tiene muy gran cuenta con los niños en que se aparten de la 
orilla del río; cuando hace presa, si es cosa viva, vase á lo fondo con 
ella, hasta que la ahoga, y luego se sobreagua para ver si está muerta,^ 
y saliendo del agua á la más segura parte que vee, la hace pedazos para 
comerla, y no, como algunos dicen, tragándoselo entero. Suelen los 
encarnizados trastornar las balsas con que navegan los indios, para, 
hacer presa en ellos, aunque ha habido indio tan fuerte que, tomán¬ 
dose á brazos con el caimán, sin darle lugar que con la boca le hi¬ 
ciese daño, lo ha sacado en tierra, y ha habido otros que los han muerto 
en el agua. Los tigres viejos tienen grande enemistad con ellos, tanto que, 
yendo á velar á la orilla del río, antes que el caimán haga presa, le saltan 
encima, y así, con las uñas, le sacan fuera del agua y hacen pedazos, 
hasta abrilles la barriga y sacarle el hijo ó hijos en cuya busca venían, y si 
le hallan, es cosa notable las bravezas que hacen deteniéndose en des¬ 
pedazarle ; y si no le hallan, vanse á buscar otro. Salen los caimanes del 
río de noche y atraviésanse en los caminos para que, tropezando con 
ellos los indios, cayan y ellos los maten. Tienen una tripa sola; mandan 
la quixada de arriba, y no la de abaxo; en las agallas tienen unas como 
landrecillas que huelen como almizque (**) y así, los que tienen lengua 
desto, fácilmente saben el río que tiene caimanes, por el olor que hay á su 
orilla. 


(*) “Jorro”, palabra anticuada, equivalente á “remolque”, 
(i) Enmendado: “ciénago”. 

(**) Vos anticuada, “Almizcle.” 





20 


CRÓNICA DE t.Á NUEVA ESPAÑA 


Hay otros caimanes que llaman bobos porque no hacen mal; la 
causa es no estar encarnizados. Todos ponen los huevos en el arena en 
gran cantidad, unos grandes y otros pequeños; salen con el calor del 
sol y abrigo del arena. Los grandes, antes que la madre venga, comen 
los chicos, y cuando ella sale en tierra, súbense todos sobrella, y así, se 
mete ella con ellos en el agua, donde, sacudiéndose, los dexa para no 
verlos más. Y porque es razón hablar de otros ríos y de sus pescados, 
por no hacer fastidioso este capítulo, dexando de decir otras cosas de 
Jos caimanes, en el siguiente capítulo proseguiré el título déste. 


CAPITULO IX 

DONDE SE TRACTA DE OTROS RÍOS Y PESCADOS 

No es menos memorable el río de Panuco, el cual nasce sesenta 
leguas de la mar y hace tres nascimientos, todos muy grandes, los dos 
de los cuales se vienen á juntar cuarenta leguas de la mar, y el ter¬ 
cero, diez leguas; después de andadas, va por tierra llana más de las 
treinta, más ancho y más hondo que Guadalquivir; entran en él navios 
de decientas toneladas; sube por él la cresciente de la mar más de quince 
leguas; está á par dél fundada la villa de Santisteban del Puerto, que 
es en la provincia de Panuco, tierra sana y bien bastecida. Este río 
tiene muchos pescados, pero especialmente los que no hay en otros: hay 
en él un cierto pescado que se llama manati, cuyo pescado paresce carne 
de vaca gorda, y hicoteas, que son á manera de tortugas. 

Hay otro río que se dice del Espíritu Sancto: nasce en el valle de 
Toluca; corre, hasta entrar en la mar, más de ciento y cincuenta leguas; 
es rio más caudaloso que ninguno de los de España, así por su nasci- 
miento como por los ríos que se le van juntando; súmese por la tierra 
lo más dél, y ésta es la causa por qué no entran en él navios gruesos, 
sino bergantines; tiene gran cantidad de pescados de muchos géneros, y 
por esto se hacen en él muy grandes pesquerías de camarones cerca 
de la mar, que, secos, los llevan los indios por toda la tierra á vender. 

Catorce leguas déste, hacia el poniente, por la misma costa de la 
piar, corre otro gran río que se llama Yztatlan. con el cual se juntan tres 
ó cuatro muy caudalosos, de manera que, al entrar en la mar, tiene más 
de media legua de ancho; no es hondable de manera que sufra navios 
gruesos; tiene muy gran cantidad de pescados, y de ostias (*), tan innu¬ 
merable, que, aunque vayan diez mili indios á cargar dellas, hacen tan 
poca mella como si no fuese nadie. Deste río adelante, por la misma costa, 


{*) osWas? 





LIBRO PRIMERO.-CAP. X 


21 


.al poniente, casi trecientas leguas hay otro río tan caudaloso, que lo más 
angosto dél tiene medra legua de ancho, y cuando entra en la mar tiene 
cinco; es muy hondable, de manera que por todo él pueden navegar na¬ 
vios muy gruesos; corre, á lo que paresce ; es tan grande, según se con- 
jectura, por las nieves que se derriten de las sierras, lo cual paresce 
claro, porque sus mayores crescientes son por Sant Joan, cuando hay 
más calor. La tierra es fría y poblada de pobre gente; el pescado que 
tiene es mucho, aunque la variedad dél no se ha visto. 

Hacia la mar del Norte hay otros ríos muchos que, por no ser tan 
grandes, no hago mención dellos, y es cierto que los ríos que van á dar á la 
Mar del Sur, en poblaciones y en fertilidad de tierra y en riquezas de 
oro y plata y perlas, hace gran ventaja á los del Norte, aunque, á lo 
que dicen y adelante tractaremos, los ríos de la Florida son muy gran¬ 
des y muy ricos de perlas, y porque hemos hecho alguna mención de se¬ 
ñalados pescados, no será fuera de propósito, aunque no sean de río, de¬ 
cir que en la mar de la California, á la cual fué Hernando Cortés, mu¬ 
chos de sus soldados, en tiempo de calmas, desde los navios vieron por 
tres veces levantarse en él agua unos pescados que desde la cinta arri¬ 
ba, porque de ahí abaxo no se vían nada, que parescían hombres des- 
. nudos en carnes, que á los que los vieron, verdaderamente, pusieron 
cierto pavor, los cuales se zabulleron luego, y de ahí á poco tornaron á 
parescer dos veces, á los cuales, por la semejanza humana que tenían, 
llamaron los nuestros peces-hombres. 


CAPITULO X 

DE ALGUNAS LAGUNAS Y FUENTES DE LA NUEVA ESPAÑA 


No menos hace al propósito, habiendo de hablar de las cosas señala¬ 
das que hay en esta tierra, decir algo, aunque de paso, de algunas la¬ 
gunas y fuentes que en ella hay. De las lagunas, la de México (i), por 
cercar la más insigne ciudad deste Nuevo Mundo, es muy señalada, y 
porque [es] (* *) la que está más cerca de la ciudad; es salada, y con ella, á 
la parte del norte, se junta otra dulce, y á la parte del sur otra también de 
agua dulce. Esta es mucho mayor que la otra, porque dentro della hay 
cuatro grandes pueblos de indios, los cuales son Suchimilco, Cuitlauac, 
Mesquique, Culuacan. Bojan estas tres lagunas, que hacen una, más 
de ochenta leguas; tienen mucho pescado que, por estar lexos la mar, 
no poco proveen la ciudad. Hay en ellas un pescado que se llama axolote. 


(i) Al margen: “La laguna de México.” 

(*) Súplese la palabra “es” para el buen sentido de la frase. 




22 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


que es prieto: tiene pies y figura de lagarto. Ranas hay en tanta can¬ 
tidad, que ayudan mucho á la falta del pescado fresco. Hay en esta ala¬ 
guna tres peñoles de mucha caza de liebres, conejos y venados, que 
fueron echados á mano. Entran en esta laguna muchos ríos pequeños, 
con todas las aguas que caen de las vertientes de las sierras que la rodean. 
Hay otra laguna en la provincia de Mechuacán (i), muy grande, de he¬ 
chura de una herradura; es de agua dulce, y tan hondable que, á par¬ 
tes, tiene más de cien brazas. Hay en ella muchos peñoles poblados: es‘ 
abundante de pescados, especialmente de galápagos, que no hay en otras 
lagunas; hoja más de treinta leguas; tiene tormenta como la mar. 

Hay otra laguna que se dice Cuyseo, la cual tiene muchos bagres; 
tiene otros pescados á manera de sardinas y de pexe-reyes; boj a más* 
de veinte leguas; tiene algunos cerros dentro. Hay otra laguna muy 
más grande: está toda junta, y no dividida como la de ^México; tiene 
más de ochenta leguas de box; hay muchos pueblos muy populosos al¬ 
derredor della; tiene algunos peñoles pequeños; es muy hondable; es 
tan abundante de pescado como las demás. Alrededor della crían mu¬ 
chos patos; es de agua dulce; entra en ella un río caudal y torna á salir, 
no cresciendo ni menguando el alaguna, cerca de la cual, á la parte del 
norte, hay unos ojos de agua salada, de la cual, los indios que allí cerca 
viven, hacen mucha cantidad de sal muy blanca y muy buena. Aire- - 
dedor destos ojos toda el agua es salobre, y los indios, tomando del- 
agua y de la tierra, la cuelan de tal manera que, llevando el agua toda la 
fuerza de la tierra, poniéndola un poco al fuego, queda hecha sal de 
muy buen gusto y muy blanca. Y el río de Alvarado hace una laguna en¬ 
tre unos manglares, que tiene catorce leguas de largo y diez de ancho: 
hácese en ella mucha y muy buena sal; es abundante de camarones y os¬ 
tiones y anguillas que, aunque parescen culebras, son muy buenas y muy 
sanas. 

I.as fuentes (2) de la Nueva España, aunque no tienen tan mara¬ 
villosas propriedades como las de los escriptores antiguos de Asia y 
Africa, son, empero, muchas dellas de grandes y abundantes nascimien- 
tos, y algunas de agua tan delgada, que corrompen á los que la beben; 
hay otras muy calientes que, metiendo en ellas un perro, le sacan cocida 
y deshecho; otras tan frías que, cualquier cosa viva que en ellas caiga, 
muere al instante, de la frialdad. Cerca de Jalisco, en muy poco espacio, 
nascen dos fuentes, la una por extremo fría y la otra por extremo ca¬ 
liente. Júntanse cerca de los nascimientos y hacen un agua extremada 
para blanquescer la ropa. 

A la ciudad de México, como otras cosas, ennoblescen miuchas fuen¬ 
tes de mucha y muy buen agua, como son las de Tanayuca, Cuyoacan, 
Estapalapa, Sancta PYe y, aunque la de Chapultepeque es muy hermosa 


(1) Al margen: “Laguna en Mechuacan.’’ 

(2) Al marg,: “Fuentes.” 



LUniO PRIMERO.—CAP. XI 


23 


y de mucha agua, y que por (*) más cercana, porque nasce media legua 
della y entra por grueso caño en ella, no es tan buena como las demás, 
las cuales con facilidad pueden traerse á México, como al presente se 
procura traer una delias. En el alaguna, media legua de la ciudad, hay 
un peñol, á la halda del cual nasce una fuente de mucha y muy caliente 
agua, de la cual se han hecho unos baños no menos nobles que los de 
Alhama; es nescesario, para poder sufrir el calor, echar primero el 
agua en unas pilas que están junto al nascimiento. Hay en la provincia 
de Mechuacán una fuente que sale junto á una peña que, de noche y de 
día, tiene un calor muy grande; es tan saludable que, á los que se lavan 
en ella, si van tullidos, se destullen, y los llagados, sanan. En ésta sanó 
dentro de ocho días un hombre tan leproso que no había hombre que se 
osase llegar á él. Hay otra cerca désta que nasce en llano y es más 
ancha que una grande alberca; tiene la misma propriedad. Lo demás re¬ 
mito á otros que desto han escripto más particularmente, por venir al ca- 
pítulo siguiente. 


CAPITULO XI 

de las serpientes y culebras y otras sabandijas ponzoñosas 

QUE HAY en la NUEVA ESPAÑA 


Sierpes muy fieras, como en otras partes del mundo, no se hallan 
en esta tierra tan á menudo, aunque los días pasados, en una muy honda 
quebrada, vieron dos hombres una sierpe mayor que un gran becerro, tan 
fiera y espantosa que no sabían encarescerla. Decían que tenía cuatro 
pies y que la cola era tan larga como el cuerpo, cubierta toda de unas 
conchas que parescían launas de armar. Hizo gran ruido al subir, mien¬ 
tras ellos huían. Decían que el rostro tenía tan feroz que parescia co¬ 
sa del infierno. Sierpes como ésta hanse visto muy raras veces, aunque 
hay muy gran cantidad de culebras tan gruesas como el cuerpo de un 
hombre y más largas que una braza. Llámanse mazacoatl; son bobas, 
porque no pican ni hacen mal á nadie * son pintadas como venados de 
los nuevos; mantiénense de conejos, liebres, venados, perros y aves, 
y esto cazan, metiéndose en lo más espeso de los arcabucos, esperando 
de secreto la caza, la cual matan con la cola. Críanse entre las peñas 
y riscos altos. Hay otras culebras tan delgadas como el dedo de la mano 
y más largas que braza y media, las cuales, para acometer y herir al 
hombre, juntan la cabeza con la cola. Donde hay pajonal, corren tanto 
como un hombre, por bien que corra. 


(*) Para el buen sentido de la frase sobran las palabras “que por*’. 




24 


CRÓNICA DE La NUEVA ESPAÑA 


Hay víboras en dos maneras: unas gordas como una pantorrilla de 
la pierna, y largas, aunque deste género hay también muy más delga¬ 
das. Tienen hacia la cola unas á manera de escamas que, cuando 
se mueven, van sonando como cigarras, porque algunos, por las oir, 
se guardan é huyen dellas. Llámanse de cascabel por este ruido que traen, 
y tienen tantos años cuantas escamas. Mueren los mordidos dellas si no 
saben curarse, y la cura es sajar luego la herida y espremir luego la 
ponzoña antes que más se extienda. Hay otro género dellas delgadas 
como el dedo, y de palmo y medio de largo, tan ponzoñosas que, al que 
muerden, si no cortan el miembro herido, no vive. De las otras hay mu¬ 
chas, y déstas muy pocas. La pestilencia de las unas y de las otras es el 
puerco, que se las come. Hay otra culebra ó serpecilla que paresce co- 
dornís, porque, cuando hace mal, se abalanza y hace el sonido como una 
codornís. Los indios ponen nombre á algunas cosas por la semejanza que 
tienen con otras. 

De las sabandijas, unas hay ponzoñosas y otras no. De las unas y de 
las otras hay casi infinitas. Las ponzoñosas son alacranes, que matan á 
los que pican si con tiempo no los socorren, y si pican á algún niño, no 
escapa. Arañas grandes, vellosas y negras, son peores y más ponzo¬ 
ñosas que las víboras. 

En las tierras calientes hay muchos mosquitos y de muchas mane¬ 
ras, que, para poder vivir, han de andar de día con un amoscador en las 
manos, y de noche cubrirse bien en la cama, aunque en algunas partes 
las indias salen á hilar y á texer á la luna, porque estonces no los hay. 
Hay algunos que pican de tal manera, que levantan grandes ronchas. 
La langosta, así en tierras calientes como en frías, algunos años suele 
hacer en las mieses gran daño, y para que no aoven en la tierra después 
de hechas las simenteras, los indios, puestos en ala, que toman una legua 
y dos, pegan fuego cada uno por su parte á las hierbas y rastrojos,, y 
como están en torno y comienzan circularmente á prender el fuego, es 
cosa maravillosa cómo las sabandijas, venados, liebres y otrps animales 
salen huyendo del fuego y se amontonan en el medio, y cómo los in¬ 
dios, llevando sus arcos y flechas y otras armas, matan la caza que quie¬ 
ren, aunque en esta manera de caza hay muchas veces peligro, porque, 
como del aire se suele hacer un torbellino, así estonces se hace de fuego, 
que al que halla, abrasa con la furia grande que trae atrás. Desta ma¬ 
nera, los indios limpian sus campos de las sabandijas, y cuando vienen 
•as aguas, la hierba para los ganados nasce en mayor abundancia y más 
limpin y de mayor mantenimiento. 


LIBRO PRIMERO.—CAP. XU 


2? 


CAPITULO XII 

DE LOS ANIMALES BRAVOS Y MANSOS QUE HAY EN LA NUEVA ESPAÑA 


Hay en esta tierra, como en España, algunos animales, aunque di¬ 
fieren en algo de los de España, como leones, lobos, osos, venados, cor¬ 
zos, gamos, liebres, conejos, tigres, onzas. Déstos, los tigres (i) han 
sido muy dañosos, porque andaban muy encarnizados, y tanto, que espe¬ 
raban los indios por los caminos para matarlos, y de noche, como muchas 
de las casas eran de caña, por entre ellas hubo tigres que, metiendo la 
mano, sacaban la mitad de la cabeza del que estaba durmiendo, por¬ 
que tienen tan gran fuerza en las uñas, que todo cuanto con ellas alcanzan 
hacen pedazos. También ha habido muchos leones (2), aunque no co¬ 
ronados, tan encarniszados, que así en los españoles como en los indios, 
han hecho gran daño. 

Hay otro animal del tamaño y figura de zorra que los indios y los 
nuestros llaman adibe (3), no menos dañoso al ganado ovejuno que los lo¬ 
bos muy encarniszados de España, y porque destos animales hay tantos 
que no basta armarles lazos, el remedio es echarles pedazos de carne con 
cierta hierba que nasce en esta tierra, que, comiendo della, luego mue¬ 
ren. Entre otros animales que difieren en el todo, hay unos como co¬ 
nejos, armados de ciertas conchas; andan por peñas y riscos muy fra¬ 
gosos, y cuando quieren baxar de alguna sierra muy alta á lo más baxo 
della, no corren ni andan, sino arrojándose desde lo alto, porque, cu¬ 
briéndose con las conchas todo, sin echar pie ni mano fuera, aunque 
cuando hace el golpe suena mucho, no se hace mal ninguno. 

Hay otros animales (4) que son poco mayores que hurones, que traen 
consigo los hijos cuando pasee en la hierba; y cuando sienten gente los 
hijos, vienen corriendo á la madre, á los cuales ella, metiéndoselos en cier¬ 
tos senos que tiene en la barriga, huye sin caérsele ninguno, y cuando está 
desviada, los torna á soltar. Hay otro animal que se paresce en alguna 
manera á éste, la cola del cual es de tan gran virtud que, si se seca, y mo¬ 
lida, la bebe cualquiera que tenga saeta, piedra ó otra cosa metida en el 
cuerpo, la echa luego fuera, y á esta causa, los indios que iban á las gue¬ 
rras, los que podían, llevaban estos polvos consigo para cuando los ho- 
bieran menester. En la tierra de Cíbola había unos como carneros mon¬ 
teses que saltaban por las peñas más ligeros que cabras, con tener los 


(1) Al margen'. “Tigres.” 

(2) Al marg.: “Leones.” 

(3) Al marg.'. “Adibes.” 

(4) Al marg.: “Animales.” 






2b 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPa5:A 


cuernos más largos que bueyes de diez años y los cuerpos no mayores- 
que carneros de España. 

Las vacas de aquella tierra son pequeñas y corcovadas, y el pelo 
tan pequeño y liso como de ratón. Los toros son de la misma figura, 
más bravos que los de Castilla, con ciertas vedijas de lana en la cabe¬ 
za muy largas que parecen clines. Hay perros chicos y grandes corcova¬ 
dos. Sírvense los moradores de aquella tierra de los grandes para la 
carga, como en el Pirú de las ovejas que allá nascen, y porque en la 
Nueva España no tenían animal que llevase carga, los indios, desde 
niños, se enseñaban á traerla, y esles tan natural que, aunque ahora se 
les prohibe, quieren más muchas veces llevar ellos la carga que echarla 
en las bestias, las cuales hay en abundancia de asnos, muías y caballos (i), 
y los caballos y muías tan buenos, que en España no los hay mejores. 
Los pellejos de los caballos son los más lindos del mundo, y las colo¬ 
res, que en España no aprueban bien, en esta tierra son señal de muy re¬ 
cios; y así, los caballos overos y blancos son muy recios y para mucho 
trabajo, y así, hay caballos de camino mejores que en todo lo descu¬ 
bierto del mundo, y de los de rúa, tantos y tan buenos, que en ninguna 

parte dél hay más ni tales, lo cual no poco ennoblesce esta tierra y la 

fortifica, porque á pie, en los llanos y en las sierras, cuando hay guerra, 
por su ligereza, especialmente en las sierras, son más poderosos los indios 
que los españoles, ma)^ormente cuando no hay arcabucos. 

Animales del agua y de la tierra son lobos marinos, caimanes, de 
quien ya deximos que son como lagartos pequeños; galápagos, tor¬ 
tugas, todos los cuales desovan en la tierra y, después de nascidos, se 

meten en el agua. Otros animales hay muchos, de los cuales en su lugar 
hablaremos largo. 


CAPITULO XIII 

DE LA caza y manera DE CAZAR DE LA NUEVA ESPAÑA (2) 


Cazan los indios diversas aves y animales de diversas maneras: Los 
patos de las lagunas toman hincando unos palos altos en el alaguna, y 
puestos de trecho á trecho, cuelgan unas muy grandes redes muy del¬ 
gadas, é ya que el sol se va á poner, levantan la caza con voces y con palos, 
con que dan en el agua, y como el vuelo no es alto y la red es menuda, 
no viéndola, dan en ella, donde los más se enmarañan. 

Cazan los venados metiéndose en el cuero de otro venado; van á 
gatas, llevando sobre su cabeza la cabeza del venado de cuya piel vam 

(1) Al viargoi: “Caballos.” 

(2) Al inarg.: “Caza.” 





LIDRO PRIMERO.—CAP. XIV 


27 


vestidos, y así, asegurando la caza, la flechan de muy cerca. Cuando 
quieren hacer alguna caza real, como se ha hecho á D. Antonio de 
Mendoza y á D. Luis de Velasco, Visorreyes, jiintanse quince ó veinte 
mili indios armados de sus flechas y arcos y otros con macanas y varas 
tostadas, y cercan algiin monte donde hay venados, osos, leones, puer¬ 
cos monteses. Por su orden se van metiendo, dando voces, yendo la 
gente de á caballo delante, con sus lanzas y arcabuces, y levantan la 
caza de tal manera, que, como vuelve espantada de cualquier parte 
donde la ojean, vienen poco á poco á acorralar tanta, que se han 
muerto de una vez más de trecientos venados. De otras muchas ma¬ 
neras cazan los indios, y son tan diestros en ellas, que ninguna cosa se 
les escapa, especialmente las codornices, las cuales, en mucha cantidad, 
toman de noche vivas: tractar de lo cual seria, como ya tengo dicho, 
hacer libro muy grande. 

Las cazas que principalmente siguen los españoles son matar patos y 
otras aves que se crían en el alaguna, con arcabuces, metiéndose en ella con 
canoas. También con las aves de rapiña, como son halcones y sacres, vue¬ 
lan garzas y otras a\xs; también con perros levantan las codornices y las 
matan con azor; son éstas más sabrosas. Cazan asimismo con muy buenos 
galgos, que se hacen en esta tierra, muchas liebres, las cuales son ma¬ 
yores é más ligeras que las de España, aunque no son tanto los caza¬ 
dores, asi por no ser la gente tanta, como porque en estas partes los hom¬ 
bres no tienen tanta quietud y trabajan más que en España, ó por volver 
á ella ricos ó por vivir acá honrados, que no lo son sino los que tienen. 
Y esto basta tocante á la caza. 


CAPITULO XIV 

DE LOS METALES Y PIEDRAS DE VALOR Y DE VIRTUD QUE HAY EX LA NUEVA 

ESPAÑA 


El más noble y prescioso metal, como todos saben, es el oro, el cual, 
aunque de todas las nasciones ha sido siempre tenido en mucho por la 
nescesidad que hay dél para las contrataciones y otros negocios impor¬ 
tantísimos, esta gente no lo tenía en tanto, aunque todavía le tenían en 
más que á los otros metales, y dél hacían joyas presciosas, porque las 
plumas ricas y las de virtud eran las más estimadas y más principales 
joyas que los indios tenían. Las minas del oro se hallan por la mayor par¬ 
te en tierra caliente, en los ríos y arroyos. Su nascimiento es cerca dellos, 
porque á la orilla toman el seguimiento hasta dar en el oro. Cógese 
en polvo, entre la arena, y, lavándolo en unas bateas que son ciertos 
vasos acomodados para ello, despidiendo el arena con el agua, queda 




128 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


^el oro, el cual también se halla en las sierras y en tierra llana. Hanse 
descubierto granos muy finos y de muy gran peso. También se saca 
plata, y en ella, incorporado el oro. Apártase el un metal del otro con 
agua fuerte. Sígnense muy poco las minas del oro, porque es menester 
hacer mucho gasto, y son pocos los que puedan sufrillo. 

Las minas de la plata son más generales y hállanse en muchas partes. 
Florescieron en un tiempo las de Tasco, y ahora las de los Zacatecas. 
También éstas son costosas, por la falta que hay de esclavos é indios, 
y por lo mucho que cuestan los negros y la poca maña que para ello se 
dan. Las minas de plata, cuando andan buenas, sustentan y engruesan 
la tierra, y cuando van de caída, paresce que todo está muerto. Nesce- 
sidad tienen los mineros de que Su Majestad les dé favor, pues alien- 
de del aprovechamiento destos reinos, con ninguna cosa se adelantan 
tanto sus rentas reales como con el buen aviamiento de las minas. 

Hay minas de plomo, con el cual, no menos que con azogue, se 
beneficia el metal de la plata. Hay minas de cobre, las cuales no siguen 
porque no son de tanto provecho. Hay ansimismo minas de metal que 
tienen plata y cobre juntamente. Finalmente, no se labran sino las de 
plata, porque son más y acuden mejor que las demás. 

Piedras presciosas, al presente, no hay tantas como en España, ni de 
tantos géneros; pero las esmeraldas son las mejores y las estimadas, 
muy aprobadas para la embriagues, como dellas se escribe. Hay otras 
piedras que, aunque no son de tan buena vista, son de gran virtud, 
porque hay algunas tan buenas para quitar el dolor de ijada y riñones, 
que, por obrar en tan breve, son maravillosas é dignas de gran estima. 
Son de color de esmeraldas turbias, muy mayores que ellas; atraviesan 
por ellas unas vetas blancas. Hay otras de color cárdena; déstas hay mu - 
chas en anillos, que, tocando por debajo del engaste á la carne, hacen 
mucho provecho. Hay otras piedras que, aunque no son presciosas ni de 
virtud, son muy buenas para hacer aras; son tan limpias y resplandes- 
cientes que sirven de espejos; son negras; sácanse dellas navajas, que 
son tan agudas como las de acero. Hay para el efecto de las aras otras 
piedras bermejas y vetadas de negro que no se tienen en menos que las 
negras. Piedras para colores hay muchas, aunque se dan pocos á bus¬ 
carlas, porque el que puede ir, y aun el que no, todos andan á buscar 
plata, la cual, como decía Diógenes, había de estar amarilla de miedo, 
como el oro, de los muchos que la andan á buscar hasta sacarla de las 
entrañas de la tierra. Cierto; si hubiese el asiento que se desea, habría 
menos cobdicia y más virtud. 

Parésceme que para en general, basta haber dicho, con la breve¬ 
dad que he podido, lo que toca a! temple desta tierra y propriedades 
della. Ahora, con no menor brevedad tractaré de los indios y de sus 
rictos y costumbres, para que cuando comience la conquista, el lector 
vaya advertido de muchas cosas que se tocarán de paso. 




LIBRO PRIMERO.—CAP. XV 


2 (; 


CAPITULO XV 


DE LA MANERA QUE LOS INDIQS TIENEN EN EL POBLAR 


Pueblan los indios de la Nueva España muy diferentemente de las 
otras nasciones, porque, por las idolatrías que tenían y por hablar con el 
demonio más secretamente, ni buscaban riberas ni costa de mar, ni luga¬ 
res llanos donde hiciesen sus poblaciones, y las que hacían era en lugares 
altos, ásperos y montuosos, sin orden ni continuar casa con casa, por 
manera que un pueblo de mili vecinos venía á ocupar cuatro leguas de 
tierra. Decían que el hacer su asiento en tales partes era por fortalescerse 
contra los enemigos comarcanos, y el estar tan apartados los unos de 
los otros, por tener cada uno la simentera ó milpa á par de su casa, y 
porque, si hubiese pestilencia, no se inficionasen estando juntos, y cier¬ 
tamente era consejo del demonio, porque, ya que poblaban en lugares 
altos, por la fortaleza para acometer y para defenderse, más fuertes es¬ 
tuvieran juntos que derramados. Ahora, por industria de los religiosos, 
aunque con muy gran trabajo, los hacen vivir juntos y por orden y con¬ 
cierto, 3' si esto estuviese hecho así para la policía humana como para la 
cristiandad, haría mucho al caso, porque podrían ser visitados con más 
facilidad y evitarse hian las idolatrías, sodomías, borracheras, estru- 
pos, adulterios y homiscidios que cada día se cometen por estar tan par¬ 
lados (*). Sienten mucho el congregarse porque, como dice el moro, de¬ 
sean mucho vivir y morir en la ley, casa y tierra de sus padres y abuelos, 
y, naturalmente, son enemigos de los españoles, ó porque les reprehenden 
sus vicios ó porque tienen poca semejanza con ellos; ca, como dicen los 
filósofos, la semejanza es causa de amor. 

Las casas de sus moradas son de adobes y madera, y tan pequeñas, 
que en un día se puede hacer una; las puertas y ventanas dellas muy 
pequeñas: ningún adereszo tienen, sino sola una estera, que llaman pe¬ 
tate, por cama. Tienen poca conversación los unos con los otros; visí- 
tanse poco, aunque estén enfermos; son amigos de hacer sus moradas 
en alto, do vean las quebradas de los arro3^os y ríos. 

Hay otros indios que llaman chichimecas, que siguen la costumbre de 
los alárabes, no tiniendo casa ni morada cierta, ni labrando los cam¬ 
pos de que se sustenten, manteniéndose según los tiempos, unas veces de 
fructa de la tierra y otras de la caza que matan, porque son muy grande^ 
flecheros. Finalmente, desto que he dicho parescerá la nescesidad que te¬ 
nían de policía y la merced grande que Dios les hizo en inviarles los es- 


{'*) Asi en el Ms. 





30 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


pañoles, y entre ellos á los religiosos y clérigos que les predicasen y los^ 
instruyesen y alumbrasen de los errores en que estaban tan contra toda 
razón; y porque esto se vea más claro, en el capítulo siguiente tractaré 
de sus condisciones é inclinaciones. 


CAPÍTULO XVÍ 


DE LAS CONDISCIONES É INCLINACIONES DE LOS INDIOS EX (IKNERAL (l) 

No hay nasción tan bárbara ni tan viciosa donde no haya algunos de 
buen entendimiento y virtuosos, y, por el contrario, tan política y bien en¬ 
señada, que en ella no haya hombres torpes y mal inclinados, y así, aun¬ 
que en general, diré haber sido bárbaros los moradores desta gran tierra, 
no excluyo haber algunos de buen entendimiento, como adelante se pa- 
rescerá, por las leyes que tenían. Son, pues, los indios, en general, ami¬ 
gos de novedades, créense de ligero, son pusilánimos; no tienen cuenta 
con la honra, poco deseosos de adelantar su honra y nombre y opinión: 
tan dados á cerimonias, que á esta causa afirman muchos descender deP 
linaje de los judíos; son medrosos, aunque entre ellos, en comparación de 
los otros, había unos que llamaban tiacanes, que quiere decir “valientes’' : 
son vindicativos por extremo, y por livianas cosas traen entre sí pleitos, 
gastando mucho más que vale la cosa por que pleitean; guardan poco 
el secreto; no hacen cosa bien sino por miedo, y así, tienen en poco á sus 
señores si los acarician y no se les muestran graves; son tan ingratos á 
los beneficios rescibidos, que aunque se hayan criado con los españoles 
muchos años, fácilmente los dexan; son mudables, y con cualquier ra¬ 
zón se persuaden á mudar parescer ; los más dellos son simples y discurren- 
poco, y así, aunque algunos han aprendido gramática, en las otras escien- 
cias, como requieren buen entendimiento, no aprovechan nada; son tan 
cobdiciosos que por el interés llevaran á sus padres presos y de los ca¬ 
bezones, hallándolos borrachos ó en otro delicto, y esto si se lo manda la 
justicia; son amigos de estarse ociosos si la nescesidad del mantenerse 
no los fuerza tanto, que se estarán un día entero sentados en cucli¬ 
llas, sin hablar ni tener conversación los unos con los otros; la cau¬ 
sa es ser muy flemáticos, lo cual, aunque en esto dañe, aprovecha 
para acertar en los oficios mecánicos que han aprendido, porque lo que 
se hace de priesa, aunque haya mucho exercicio, pocas veces se acierta. 
Conocíalos muy bien Montezuma, y así, los gobernó mejor que ningún 
otro Príncipe de los infieles, y dixo muchas veces al Marqués (* *) que con 
el temor de la pena y exercicio del cuerpo los gobernaba y mantenía en 


(i) Al margen: “Calidad de los indios.” 

(*) Hernán Cortés, Marqués del Valle. 





LIBRO PRIMKRÜ.-CAP. XVI 


3i 


justicia. Van de buena gana á los bailes y danzas, que acaece danzar 
todo un día sin descansar. No había ninguno, por principal que fuese, 
que no se emborrachase y lo tuviese por honra, haciendo después de 
borrachos graves delictos. Son torpes si no es en el tirar de los arcos; 
en todos los otros exercicios de armas no tienen vergüenza de proveerse 
en las ocultas nescesidades donde los vean. Conservan muy poco el 
amistad; siguen fácilmente lo malo y con dificultad lo bueno; tanto que. 
en las contractaciones, hácense ya más engaños que los nuestros; cuando 
comen á costa ajena, son tragones, y apenas se hartan por mucho que 
les den, y cuando de su hacienda, muy templados y abstinentes. 
Lo que ganan de su trabajo, que, para lo que merescen, es mucho, no lo 
gastan en hacer casa, ni comprar heredad ni en dar docte á las hijas con 
que se casen, sino en vino de Castilla, y, lo que peor es, en pulcre, que 
es un vino que ellos hacen, de mal olor y gusto, y que con más furia y 
presteza los emborracha y saca de sentido, que cuanto más se lo viedan, 
tanto más lo procuran. 

Hay muchos mercaderes muy ricos de dinero, pero no se ha visto 
en su muerte que haya parescido ni que lo manden gastar en obras pías. 
Los indios ladinos, que son los que se han criado con los españoles, son 
más malisciosos que virtuosos. La razón es porque temen poco y son más 
inclinados á lo malo que á lo bueno; cuando están borrachos hablan en 
romance y descubren el odio que tienen á nuestra nasción; cuando van 
á negociar, ó van camino, aunque sea uno el que va á negociar, le acom¬ 
pañan muchos, si no son los tarascos, que las más veces van solos, porque 
son más hombres y de mejor entendimiento. Acriminan los indios los 
negocios, y con palabras y lágrimas engrandescen la injuria rescibida, 
por liviana que sea, para haber mayor venganza del que se la hizo, y 
aun suelen revolcarse en la tierra, sacarse sangre y decir que han resci- 
bido gran golpe en el cuerpo, todo á fin de que el injuriador sea molesta¬ 
do y les dé algo en el pagar de sus tribuctos, ó, no dándolos tales, como 
conviene, ó quexándose que no pueden dar tanto, escondiéndose para 
cuando los cuentan algunos dellos, ó, los más, juran- falso, sin temor 
ninguno contra los españoles, y no faltan muchos testigos para esto. 
Cierto, es lástima rescibir juramento dellos, porque, aun en la confesión, 
pocos dicen verdad. 

Viniendo mucha tierra sobrada, adrede siembran junto á las es¬ 
tancias de los españoles, para que el ganado dellas haga daño en lo 
sembrado é haya ocasión de quitar las estancias por estar en perjuicio, 
y como conoscen el favor que las justicias, por mandado del Rey, les 
hacen, molestan por cualquier cosa á los españoles, y verdaderamente, 
en este negocio, como en los demás, se conosce todos los extremos ser 
malos, porque al principio fueron con mucho rigor tractados de algunos 
que no se acordaban si eran cristianos, aunque en alguna manera, en 
los Capitanes, aquel rigor era nescesario, porque no se atreviesen á pro¬ 
seguir en las traiciones que habían intentado. Ahora tienen tanta suelta 



32 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


que, aun para ellos, es dañosa, para el remedio de lo cual era nescesario^ 
que el A^isorrey y Audiencia tuviesen mucha mayor comisión de la que tie¬ 
nen. No hay cosa á mal recaudo que no la hurtan, y jamás la restituyen 
si no los toman con elfa. Son amigos de vil gente, y asi se hallan mejor 
con los negros, mulatos y mestizos que con los españoles; no quieren dar 
de comer á los caminantes, ó, si lo dan, de mala arte, aunque se lo 
paguen; pero si les va algún interese, salen á rescebir con música, y sólo 
á los que son justicia ó flaires tienen respecto, aunque ya no tanto. 

Los templos que hacen no es por devoción, sino por fuerza ó por 
presunción de tener mejor iglesia que sus vecinos. Entre todos los indios, 
los mexicanos son los más maliciosos y de menos virtud, y así lo fueron 
desde su principio, que por tiranía vinieron y tiránicamente poseyeron y 
ganaron lo que tenían, porque fueron advenedizos y despojaron á los 
otomíes, que eran señores naturales. 

De sus vicios é inclinaciones malas no quiero decir más, aunque 
la experiencia lo enseña, porque también entre ellos hubo varones de 
mucho consejo y de grande esfuerzo, ca de otra manera, tan gran re¬ 
pública no se pudiera gobernar y conservar en tan pujante estado. Con 
rigurosas leyes se castigaban los delictos; todos vivían en quietud; trac- 
tábase toda verdad; respectaban mucho á su Príncipe, y, finalmente, 
entre ellos, como en las demás nasciones, como dice Aristóteles, ha¬ 
bía hombres para gobierno, que llama, naturalmente, libres, y otros, 
que eran los más, para sólo obedescer, que él mismo llama, natural¬ 
mente, siervos, aunque los unos y los otros se pueden llamar bárba¬ 
ros, pues hacían tantas cosas contra toda ley natural, que aun hasta 
las bestias, con su natural instinto, guardan, pues adoraban las piedras 
y animales que eran menos que ellos; sacrificaban á los que menos podían, 
procurando en otros lo que no querían para sí; frecuentaban el pecado de 
sodomía que entre los otros pecados, por su fealdad, se llama contra 
natura, y así, como dice Sant Pablo, Dios los traía en sentido reprobado, 
cegándoles el corazón, como á Faraón, para que por sus pecados viniesen 
á pecar aun contra lo que la razón natural vedaba, hasta que Dios fuese 
servido, por su oculto é inscructable juicio, de inviar los españoles á que, 
haciendo primero las diligencias debidas, como se verá en la conquista, 
les hiciesen justa guerra hasta traerlos á que por su voluntad oyesen y 
rescibiesen el Evangelio. 




LIBRO PRIMERO.—CAP. XVII 


35 


CAPITULO XVII 

DE LA VARIEDAD DE LENGUAS QUE HAY ENTRE LOS INDIOS 


Bien paresce, como la experiencia nos enseña y la Divina Escriptura 
manifiesta, por el pecado de la soberbia, hasta estas partes haberse de¬ 
rramado la confusión de lenguas, porque las que hay en la Nueva Es¬ 
paña con mucho trabajo se podrían contar, tan diferentes las unas de 
las otras, que cada una paresce ser de reino extraño y muy apartado, 
y esto es tan cierto que en un pueblo que se llama Tacuba, una legua 
de México, hay seis lenguas diferentes, las cuales son; la mexicana, aun¬ 
que corrupta, por ser serranía donde se habla; la otomí, la guata, la 
mazaua, la chuchumé y la chichímeca, aunque es de saber que en toda 
la Nueva España y fuera della es la mexicana tan universal, que en 
todas partes hay indios que la hablan como la latina en los reinos de 
Europa y Africa, y es de tanta estima la mexicana como en Flandes y 
en Alemania la francesa, pues los Príncipes y caballeros destas dos nascio- 
nes se prescian de hablar en ella mas que en la suya propria. Así, en 
la Nueva España y fuera della, los señores y principales la deprenden de 
propósito para preguntar y responder á los indios de diversas tierras. 
Después de la lengua mexicana, la tarasca es la mejor, y algunos quieren 
decir que háce ventaja á la mexicana, aunque no se habla sino en la pro¬ 
vincia de Mechuacán. 

De las demás lenguas no tengo que escrebir, pues, como dixe, son 
tantas, que quererlas contar sería dar gran fastidio. Baste decir, en 
conclusión desto, que, como en la latina y castellana, unos hablan con 
mas primor que otrosasi es en todas las leng'uas de los indios, aunque en 
la mexicana y tarasca, así por la pronunciación como por la variedad 
de vocablos, hay más lugar de hablar unos mejor que otros. La mexicana 
paresce mejor á las mujeres que otra lengua ninguna, y así la hablan es¬ 
pañolas con tanta gracia que hacen ventaja á los indios, é ya esto muchos 
anos ha, ha mostrado la experiencia que el castellano habla las lenguas de 
todas las nasciones no menos bien que ellas cuando las deprenden, y 
todas las otras nasciones jamás con entera propriedad y limpieza hablan 
la castellana.* Era grandeza y argumento de gran majestad que cuando 
se había de dar alguna embaxada á Montezuma ó á otro Príncipe no 
tan grande como él, el que la traía la decía en su lengua propria, y el 
intérprete que la entendía la decía á otro, y otro que entendía aquélla, en 
otra lengua, hasta que, desta manera, por seis ó siete intérpretes, venía 
Montezuma á oir la embaxada en lengua mexicana, y respondiendo en 
la misma lengua, la repuesta venía al que traía la embaxada por los mis¬ 
mos intérpretes. Usábase también, por la reverencia que se tenía al Prín- 

3 



34 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


cipe, que el que le había de hablar, había de decir lo que quería á uno de 
los que con él estaban, y así, de mano en mano, por una misma lengua, 
venía al Príncipe lo que quería el que primero hablaba, y por la misma 
manera rescebía la repuesta. 


CAPITULO xvni 

DE LOS SACRIFICIOS Y AGÜEROS DE LOS INDIOS 


Como Lucifer, príncipe de los ángeles condenados con sus secuaces, 
pretendió igualarse con Dios, y sea de tal naturaleza y condisción que ja¬ 
más conoscerá su error, porque el ángel, á lo que una vez se determina, 
para siempre se determina, echado del cielo, viendo que, aunque en¬ 
gañó al primer hombre, le levantó Dios hasta ponerle en el asiento que él 
perdió, ha procurado y procura, desde que perdió tan alto asiento, es¬ 
torbar que el hombre no suba á él, y para esto el principal medio que 
procuró, fué hacer que muchos de los hombres no diesen la honra y 
gloria al verdadero Dios, auctor de todo lo criado, haciéndoles enten¬ 
der ser muchos los dioses, que aun en buena razón natural repugna, por¬ 
que no puede haber más de una summa causa causadora de tan ma¬ 
ravillosos efectos como vemos, y así, atribuyéndose á sí la honra y 
gloria que á sólo Dios se debe, se hizo adorar en diversas partes del 
mundo, con diversos rictos y cerimonias, debaxo de diversas figuras y 
diversos nombres de animales: unas veces, dándoles á entender que el 
sol era dios ; otras, que la luna, hasta traerlos á tan gran error, que, á los 
bructos animales que mataban y comían y hasta las piedras, tuviesen por 
dioses, porque, errando en lo que principalmente se ha de creer y amar, 
que es un Dios verdadero, se perdiesen, y como hombres que iban sin 
luz y sin camino, diesen para siempre consigo en lo profundo del infier¬ 
no ; y así, si en alguna parte, con cruelísima tiranía, sembró tan abomina¬ 
ble error, fué en este Nuevo Mundo, adonde, como luego parescerá, á 
costa de los cuerpos y almas de sus ciegos moradores, ha hecho por mu¬ 
chos años miserable estrago, hasta que, con la venida de los españoles y 
religiosos que luego vinieron, fué Dios servido alumbrarlos y librarlos de 
tan insufrible tiranía. 

Había ciertas maneras de templos donde el demonio era adorado, 
que se llamaban Teupa, unos-baxos y otros muy altos, á los cuales se 
subía por muchas gradas: en lo alto de arriba estaba puesto el altar. 
En la provincia de México el principal demonio que adoraban é á quien 
tenían dedicado el más sumptuoso templo se llamaba Ochipustl Vehilobus, 
de quien el templo tomaba nombre. Los templos pequeños eran como 
humilladeros, cubiertos por lo alto con algunas gradas, en lo alto de las 




LIBRO PRIMERO.-CAP. XVIII 


35 


‘«cuales estaba el ídolo que adoraban, y en algunas partes, en su compañía, 
■ponían las figuras y estatuas de algunos señores muertos. 

Los templos grandes siempre estaban por lo alto descubiertos, y al 
vderredor, un gran pretil, con sus entradas al altar. Hacíanse los sa¬ 
crificios hacia do el sol salía, porque le tenían por dios. En estos templos 
había dos maneras de servientes: unos que llamaban teupisques, que quie¬ 
re decir '‘guardasque tenían cuenta con la lumbre y limpieza de los 
templos; otros que se decían tlamazcacaueue, que tenían cargo de abrir 
el costado y sacar el corazón del que había de ser sacrificado y mostrarlo 
al sol, untando con él la cara del demonio á quien se hacía el sacrificio. 

Estos, para convocar el pueblo á la fiesta, desde lo alto, como nos¬ 
otros las campanas, tocaban bocinas, las cuales eran caracoles de la mar, 
horadados; otros eran de palo. En el entretanto, por debaxo de los tem¬ 
plos, tocaban otros ciertos instrumentos, y al són dellos bailaban y can¬ 
taban canciones en alabanza de su demonio, delante del cual, en papel 
ensangrentado, ponían su encienso, que ellos llaman copal, y la sangre que 
ellos ponían en el papel, la sacaban de las orejas, de la lengua, de los 
brazos y piernas, y esto era en lugar de oración. Otras veces, en lugar de 
oración, arrancando hierbas y poniéndolas encima, daban á entender que 
estaban afligidos y que pedían consuelo á su ídolo. Esto han hecho mu¬ 
chas veces, y los que bien lo miran, verán en los caminos esta manera de 
oración y sacrificio, sin hallar quién lo hizo. Eran con esto tan agoreros, 
que miraban en los cantos de las aves, en el sonido del aire y del fuego, 
en el soñar y en el caerse alguna pared y desgajarse algún ramo de sus 
árboles. Por estos agüeros decían que adevinaban los malos y buenos sub- 
cesos de los negocios que emprendían y las muertes y desgracias que ha¬ 
bían de subceder. Tenían y adoraban por dioses, lo que aborresce todo 
entendimiento, algunos árboles, como cipreses, cedros, encinas, ante los 
cuales hacían sus sacrificios; y porque el cristiano entienda, si lo viere, 
-cuando eran adorados por dioses los tales árboles, sabrá que los plan¬ 
taban por mucha orden al derredor de las fuentes, y así, para manifesta¬ 
ción desto, ha querido Dios que, poniendo una cruz entre estos árboles, 
se sequen luego, como acontesció en Santa Fee, legua y media de México. 

Delante de estos árboles ponían los indios fuego y sahumerio de 
copal, que es, como dixe, su encienso. También entre las peñas y lugares 
fragosos hacían sus secretas adoraciones, y así hallaban cabezas de lobos, 
de leones y culebras hechas de piedra, á quien adoraban. Solían las más 
veces sacrificar y ofrescer sus ofrendas cuando era menester agua para 
las mieses ó cuando habían de entrar en batalla, ó dar las gracias por la 
victoria alcanzada. En estos sacrificios y celebraciones de fiestas había tan 
grandes borracheras que con sus madres y hijas, que también la ley 
natural aborresce, pues muchos de los animales bravos no lo hacen, te¬ 
nían ayuntamiento carnal. Y porque este capítulo no dé fastidio por ser 
largo, dividiéndole con el siguiente, diré en particular las fiestas y mane¬ 
ras de sacrificios que los indios tenían. 




36 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


• CAPITULO XIX 

DE LAS FIESTAS Y DIVERSIDAD DE SACRIFICIOS QUE LOS INDIOS TENÍAN^ 

Comenzaban los indios su año desde el primero día de Marzo. Te¬ 
nían veinte fiestas principales, cada una de veinte en veinte días, y la 
postrera caía á veinte y cinco. Cada año señalaban con cierta figura, 
hasta número de cincuenta y dos, y el indio que los había vivido, decía 
que ya había atado los años, y que ya era viejo. Las fiestas, sin las estra- 
vagantes y los sacrificios que en ellas se hacían, eran las siguientes: 

La primera, que caía en el primero día de Marzo, se llamaba Xilo- 
mastli. En este día dexaban los pescadores de pescar, como que dixesen 
que dexaban el agua, porque en aquel tiempo las mazorcas de maíz no 
estaban acabadas de cuajar, las cuales se llaman jilotes, y así pintaban 
su dios con un jilote en la mano. En esta fiesta sacrificaban niños, aho¬ 
gándolos primero en canoas. Llamábase el demonio á quien lo sacrificaban 
Tlaloc. 

La segunda fiesta caía á veinte é uno de Marzo, día de Sant Benicto. 
A esta fiesta llamaban los indios Tlacaxipegualistle, que quiere decir 
^'desolladme y comerme heis'', porque ataban por la cinta á una gran 
piedra, con recias cuerdas, á un indio, y dándole un escudo y una es¬ 
pada que ellos usaban de palo, y por los lados enxertas ciertas navajas 
de piedra, le decían que se defendiese contra otro vestido todo de una piel 
de tigre, con armas iguales, pero suelto. Trabábase entre los dos la ba¬ 
talla, y las más veces, ó casi todas, mataba el suelto al atado, y desollán¬ 
dolo luego, desnudándose la piel de tigre, se vestía la del muerto, la car¬ 
naza afuera, y bailaba delante del demonio, que llamaban Tlacateutezca- 
tepotl, y el que había de pelear contra el atado, ayunaba cuatro días, y 
ambos se ensayaban muchos días antes, cada uno por sí, ofresciendo 
sacrificios al demonio para que alcanzase victoria el uno del otro. 

La tercera fiesta caía á diez de Abril. Llamábase Tecostli, y el demo¬ 
nio á quien se celebraba Chalcuitli, porque le ponían al cuello un collar de 
esmeraldas que ellos llama chalcuitl. Sacrificaban en esta fiesta niños y 
ofrescían mucho copal, papel y cañas de maíz; sacrificaban luego una 
india, atados los cabellos al derredor de la cabeza, porque el demonio á 
quien la sacrificaban los tenía así. En esta fiesta daban de comer los pa¬ 
rientes más ricos á los otros, y lo que una vez ofrescían, no lo ofrescían 
otra. En esta fiesta ponían nombres á los niños recién nascidos. 

La cuarta fiesta caía á treinta de Abril. Llamábase Queltocoztli, 
porque ponían al demonio cañas de maíz con hojas, ofresciendo tamales 
amasados con frisóles al demonio. Los padres, en esta fiesta, ofres- 




LIBRO PRIMERO.—CAP. \lX 


3? 


‘cían ios niños de teta a! demonio, como en sacrificio, y convidaban á co¬ 
mer á los parientes. Llamábase este sacrificio Teycoa. 

La quinta fiesta, que los indios llamaban Toxcatl, caía á veinte de 
Mayo. Era muy gran fiesta, porque el demonio á quien estonces hacían 
^sacrificio, se decía Tezcatepocatl, que quiere decir ‘‘espejo humeador’*, 
el cual era el mayor de sus dioses. Llamábanle por otro nombre Titla- 
.caua, que quiere decir “de quien somos esclavos''. A éste atribuían los 
bailes y cantares, rosas, bezotes y plumajes, que son las más ricas joyas 
que ellos tienen. En esta fiesta se cortaban las lenguas y daban la carne 
al demonio y hacían tamales de la semilla de bledos y de maíz, que lla¬ 
man cuerpo de su dios, y éstos comían con gran reverencia y acata¬ 
miento. 

La sexta fiesta caía á nueve de Junio (*). Llamábase Elcalcoalistli, que 
quiere decir “comida de ecel”, que es en cierta manera de maíz cocido. 
El demonio á quien se hacía la fiesta se llamaba Quezalcoatl, que quiere 
decir “culebra de pluma rica". Era dios del aire. Pintaban á éste sobre 
un manojo de juncos; sacrificábanle de sus naturas, y hacían esto porque 
tuviese por bien de darles generación, y los labradores le ofrescían los 
niños recién nascidos, convidando á sus parientes, como lo hacen los 
cristianos en los bautismos de sus hijos. 

La séptima fiesta caía á veinte y nueve de Junio. Llamábase Teuli- 
listli. En esta fiesta los mancebos llevaban en andas, sobre los hombros, 
al demonio, vestido como papagayo; iban delante dél muchos tañendo 
flautas, y otros, al son dellas, bailando; poníanle en la mano un ceptro 
de pluma, con un corazón de pluma ensangrentado. Llamábase este demo¬ 
nio Tlaxpilc, que quiere decir “presciado señor". Este día la Iglesia ro¬ 
mana eelebra la fiesta de los sanctos apóstoles Pedro y Pablo. 

La oetava fiesta caía á diez y nueve de JulHo. Llamábase entre los in¬ 
dios Guestequilutl, y el demonio á quien se hacia, Uzticiual. Sacrificábase 
en esta fiesta una mujer con insignias de mazorcas de maíz. 

La novena fiesta caía á ocho de Agosto: Micailhuitl, que quiere de¬ 
cir “fiesta de muertos", porque en ella se celebraba la fiesta de los niños 
muertos. Bailaban con tristeza, cantando canciones doloriosas, como en¬ 
dechas; sacrificaban niños al demonio, el cual se llamaba Titletlacau (**), 
que quiere decir “de quien somos esclavos". Es el mismo que Tezcate¬ 
pocatl, que es “espejo humeador", salvo que aquí le pintaban con diversas 
colores, según los diversos nombres que le ponían. 

La déscima fiesta caía á veinte y ocho de Agosto. Llamábase Guei- 
micalguitl, porque en ella levantaban un árbol muy grande, en lo alto del 
cual sentaban un indio y otros muchos, y por cordeles que estaban pen- 


(*) En el Ms. “Julio” equivocadamente. Otro tanto sucede en la siguiente 
■fiesta, donde también se lee “Julio”. 

(**) En otro lugar “Titlacaua”. No es raro ver en esta Crónica nombres 
indios escritos con algunas variantes. 





38 


CRÓNICA DE r^\ NUEVA ESPAÑA 


dientes del árbol, trepando, subían á derribarle, tomándole primera de- 
las manos unos tamales que ellos llamaban teusaxales, que quiere de¬ 
cir “pan de dios’', y por tomar unos más que otros, le derribaban abaxo. 
Había más hervor en esto que entre los cristianos en el tomar de! pan 
bendito. Hecho esto, al indio que había caído, embarrándole muy bien la 
cabeza, le echaban en el fuego, porque, aunque se quemase, no hiciese 
daño á los cabellos y cabeza, para que después la comiesen asada y el 
cuero della se pusiese otro para bailar delante del demonio á quien la 
fiesta era dedicada. 

Destas diez fiestas, porque seguir las demás seria muy largo, en¬ 
tenderá el cristiano lector cuán á costa de sus vidas servían los in¬ 
dios á los demonios, pues hubo sacrificio en el templo de Vchilobus 
donde se sacrificaban ocho mili hombres, no entendiendo que si fueran 
dioses, como falsamente creían, no los dexaran vivir tan viciosa y 
bestialmente, pei*mit¡éndoles hacer tan sanguinolentos y espantosos sa¬ 
crificios, pues ninguno hacían sino era matando hombres ó sacándose 
.sangre. Sacrificios se ofrescieron en la ley de naturaleza y en la EscripUi- 
ra; pero era de lo que la tierra producía y en testimonio y reconosci- 
miento de que Dios lo había criado todo, y aunque como señor de las 
vidas de los hombres y de todo lo demás, mandó á Abraham que sa¬ 
crificase á su hijo Isaac, lo cual era figura de la muerte del Redemp- 
tor y exemplo singular de la fee que debemos tener, é ya que alzaba el 
cuchillo, quiso que un ángel le tuviese el brazo y sacrificase en lugar del 
hijo un carnero que luego allí paresció, dándonos, por esto, á entender 
ser Dios de vida y de gracia y misericordia, y que, por esto, como la Es- 
criptura Divina dice, no quiere la muerte del pecador, sino que se con¬ 
vierta y viva. 


CAPITULO XX 


DE LOS RAILES Ó AREITOS DE LOS INDIOS 


Por la manera que el demonio procuraba con sacrificios de sangre 
ser adorado, ansí también procuró que en los bailes y canciones que 
los indios hacían en sus fiestas no cantasen otra cosa sino en su ala¬ 
banza, atribuyendo á sí la bestia infernal lo que á sólo Dios se debe. 

Entraban en estos bailes ó ximitotes muchos indios de diversas eda¬ 
des; emborrachábanse primero para, como ellos decían, cantar con más 
devoción; andan en rueda, de cuatro en cuatro, ó de seis en seis, y así se 
multiplican, según hay la cantidad de bailadores; tienen para entonarse, 
así en el cantar como en el bailar, dos instrumentos en medio de la rueda: 
uno, como atabal alto que llega casi á los pechos, y otro, como tambo¬ 
ril de palo, todo hueco, y en el medio sacadas dos astillas, una par de 
otra, del mismo gordor del palo; en axjuéllas toca un indio diestro con 



LIBRO PRIMERO.-CAP. XX 


39 


dos palos que tienen el golpe guarnescido con nervios; suenan más de 
una legua; júntanse á esta danza más de diez mili indios muchas veces; 
la manera de su cantar es triste; acorvan la cabeza, inclinan el cuerpo, 
llevan el brazo derecho levantado, con alguna insignia en la mano; pa- 
rescen en la manera de bailar hombres que, de borrachos, se van cayendo. 
Cantaban en estos bailes, después de las alabanzas del demonio, los he¬ 
chos fuertes de sus antepasados, llorando sus muertes, iban vestidos, 
como dixe en el Comentario de la jura hecha al invictísimo Rey don 
Filipe (*), de diversas pieles de animales, que tenían por cosa de majestad 
y fortaleza, adornados de ricas piedras y vistosas plumas. En estos bailes, 
cuando esta tierra se comenzó á conquistar, tractaban los indios la muerte 
y destruición de los españoles á que el demonio los persuadía. Son los in¬ 
dios tan aficionados á estos bailes, que, como otras veces he dicho, aun¬ 
que estén todo el día en ellos, no se cansan, y aunque después acá se les 
han quitado algunos bailes y juegos, como el del batey y patol de frisó¬ 
les, se les ha permitido, por darles contento, este baile, con que, como 
cantaban alabanzas del demonio, canten alabanzas de Dios, que sólo 
nieresce ser alabado; pero ellos son tan inclinados á su antigua idola¬ 
tría que si no hay quien entienda muy bien la lengua, entre las sacras 
oraciones que cantan mesclan cantares de su gentilidad, y para cubrir 
mejor su dañada obra, comienzan y acaban con palabras de Dios, in¬ 
terponiendo las demás gentílicas, abaxando la voz para no ser enten¬ 
didos y levantándola en los principios y fines, cuando dicen “Dios’\ Cier¬ 
to sería mejor desnudarlos del todo de las reliquias y rastros de su gen¬ 
tilidad, porque ha contescido, según dicen religiosos de mucho crédicto, 
estar haciendo el baile alrededor de una cruz y tener debaxo della so¬ 
terrados los ídolos y parescer que sus cantares los endereszaban á la 
cruz, dirigiéndolos con el corazón á los ídolos. 

Hacen otro baile que llaman del palo, en el cual son muy pocos los 
diestros. Es uno el que lo hace, echado de espaldas en el suelo; levanta 
los pies, y con las plantas y dedos trae un palo rollizo del grueso de una 
pierna, y, sin caérsele, lo arroja en el aire y lo torna á rescebir, dando 
tantas vueltas con él en tantas maneras, unas veces con el un pie y 
otras con ambos, que es cosa bien de ver, aunque no es menos, sino más, 
ver en una maroma puesta en muy alto hacer vueltas á los trepadores 
en Castilla, que las más veces les cuesta la vida, y creo que no en estado 
seguro. 


(*) Esta obra de Cervantes de Salazar ha sido completamente desconocida de 
los bibliógrafos. Tampoco la cita García Icashalceta, que puso diligente cuidado 
en averiguar todas las obras que fueron escritas por aquel autor. 





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CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO XXI 

DE LOS MÉDICOS Y HECHICEROS 


De los médicos y cirujanos que entre los indios había, los más eran 
hechiceros y supersticiosos, y todos no tenían cuenta con la complexión 
de los cuerpos ni calidad de los manjares, tanto que, si á los que hoy hay 
les preguntan la virtud de las hierbas y polvos con que curan, y en qué 
tiempo se han de aplicar, no lo saben, y sólo responden que sus padres 
curaban así, y en responder esto no piensan que han hecho poco, de ma¬ 
nera que el que se cura con ellos corre gran riesgo, y si sanan es por 
mucha ventura; y eran y son muchos dellos tan embaidores en algunas de 
sus curas, que así para ganar como para ser tenidos por médicos, hacen 
entender al que tiene dolor de muelas que le sacarán un gusano que le 
causa el dolor, y para esto, entre algodón, llevan metido un gusanillo, y 
limpiando las muelas del paciente con el algodón, descubren el gusano, 
3^ así, con los miserables nescios, ganan crédicto y hacienda, dexándolos 
con su dolor, como antes. Hay otros que afirman que sacan espinas del 
corazón, haciendo otros embustes como el dicho, aunque la experiencia 
ha enseñado haber indios que el mal del bazo curan metiendo una aguja 
más larga que de ensalmar, pero muy delgada, por el lado del bazo, 
desaguando por allí la enfermedad. 

Lo principal con que curan los que saben hacer algo es con bre- 
vajes, que ellos llaman patles, los cuales son tan peligrosos las más 
i^eces que quitan presto la vida. Con estos bebedizos hacen á las mujeres 
echar las criapturas, y á las que están de parto dicen que las ayudan. Co- 
noscen unas mariposas tan venenosas que, dándolas á beber hechas pol¬ 
vos, matan luego, j si los polvos son de las mismas mariposas, más pe¬ 
queñas, matan en diez días, y si son de las muy chicas y muy nuevas- 
consumen y acaban la vida al que las toma, poco á poco. 

Tienen por costumbre estos médicos, en las caídas, desnudar al pa¬ 
ciente 3'' flotarle las carnes y estirarle los miembros, y vuelto de bru¬ 
ces, pisarle las espaldas, y esto vi yo é oí decir al enfermo que se 
sentía mejor. Hay entre estos médicos tan grandes hechiceros, que di¬ 
cen que darán hierbas con que conciben á los que se aborrescen y olviden 
todo rencor. Déstos, por arte del demonio, que de otra arte no puede ser, 
se vuelven muchos en figuras de diversos animales, como de tigre ó león, 
3' es así que, dando una cuchillada á un león que entró entre unos indios 
á llevar un muchacho, otro día, el español que le hirió, halló un indio que 
era el hechicero, herido en la misma parte donde había herido al león. 
Esto afirman muchos españoles haberlo visto: cada uno crea lo que le 
paresciere, que el demonio muchos engaños puede hacer. 



LICUO PRIMERO.-CAP. XXU 


41 


Hay entre estos hechiceros médicos algunos que hacen parescer lo per¬ 
dido y decir quién lo hurtó, y dan aviso del que está muy lexos, si le 
va bien de salud .ó no. Solían también estos médicos hechiceros, ahora 
fuesen hombres, ahora fuesen mujeres, para ver si el enfermo había de 
sanar ó morir, ponían delante dél un ídolo, que llamaban Quezalcoatl, 
que quiere decir “culebra emplumada”, y ellos, sentados en un petate, so¬ 
bre una manta, echaban, como quien juega á los dados, veinte granos de 
maíz, y si se apartaban y hacían campo, pronosticaban que el enfermo 
había de morir, y si caían unos sobre otros, que viviría y que aquella 
enfermedad le había venido por somético (*). Todo esto pueden liacer, 
porque el diablo, cuyos ellos son, se lo enseña, para engañar á otros. La 
lástima es que no faltan españolas ni españoles que los crean y se avu- 
den dellos en sus nescesidades y maldades, no entendiendo que van con¬ 
tra la fee que rescibieron en el baptismo, y que las enfermedades, como 
son naturales en los hombres, no se pueden ni deben curar sino con me¬ 
dicinas naturales, si no fuese que en virtud de Dios, auctor de la na¬ 
turaleza, como hacían los discípulos y apóstoles, curasen milagrosamente 
de presto las enfermedades, que es con medio sobrenatural, lo cual 
no quiere Dios que se haga sino cuando hobiere nescesidad ó causa 
para ello, como quería que se hiciese en la primitiva Iglesia, para 
que la fee cresciese y los hombres se confirmasen en ella. Finalmente, 
como el demonio entendía en todas las obras destos indios, no se des¬ 
cuidaba en hacer daño, enseñándoles medicinas falsas y vanas y oer- 
niciosas supersticiones, las cuales dejaremos por venir al capítulo si- 
^ guíente. 


CAPITULO XXII 

DE L.AS GUERRAS Y MANERA DE PELEAR DE LOS INDIOS 


Por tener siempre ganancia el insaciable demonio, nunca se ocupaba 
en otra cosa, salvo en dar orden cómo ninguno de los miserables in¬ 
dios se escapase de sus manos, y así, á la contina, engendraba entre 
los unos y los otros tan grandes rancores y discordias, que casi no ha¬ 
bía pueblo que con el vecino no tuviese guerra, y eran las leyes dellos 
tan crueles, principalmente entre los mexicanos y tlaxcaltecas, que nin¬ 
guno perdonaba la vida á otro. No se usaba, como las leyes humanas per¬ 
miten, que el vencedor, pudiendo matar al vencido, usando de misericor¬ 
dia, le hiciese su esclavo ó lo diese por rescate, sino que, no solamente 


(*) Adjetivo anticuado equivalente á “sodomítico”. 




42 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


los vencedores mataban á los vencidos y los sacrificaban cuando los traían- 
vivos, pero después de muertos los desollaban y se vestían de sus cueros 
y comían, cocidas, sus carnes; los señores, las manos y muslos, y los 
demás, lo restante del cuerpo. Acóntesela, y esto pocas veces, que si á 
alguno de los captivos dexaban con la vida, había de ser señor ó muy 
principal, al cual daban licencia para que libremente fuese á su tierra y 
llevase las nuevas del castigo riguroso que en los prisioneros se había he- 
cho, y que dixese á los indios que escarmentasen de trabar con ellos 
otíra vez batalla, si no, que se diesen por sus masceguales y esclavos si 
querían vivir en quietud, porque sus dioses les favorescían, y si quisiesen 
hacer lo contrario, que supiesen que harían con ellos lo que habían hecho 
con los que habían captivado. 

Preguntará alguno, y con razón, qué es la causa, pues entre las otras 
nasciones no se pretende más que la victoria y despojo, en ésta sea lo 
principal el matar al contrario, y, después de muerto, tractarle tan cruel¬ 
mente. La experiencia ha enseñado tres causas : la primera, el dar con¬ 
tento en esto al demonio, que así lo mandaba; la otra, ser más ven¬ 
gativos los indios y de menos piedad que las otras gentes ; la tercera, 
ser más pusilánimes y más cobardes que todos los hombres del mun¬ 
do, porque los valientes y animosos nunca piensan que á los que una 
vez han vencido ternán ánimo para volverlos á acometer, y el ánimo 
generoso conténtase con vencer, y no con matar, lo cual se ha de ha¬ 
cer cuando para vencer ó defenderse no hobiere otro remedio. 

Las armas con que los indios peleaban eran arcos, flechas y ma¬ 
canas, en lugar de espadas, con rodelas no muy fuertes. Llevaban á la 
guerra los más ricos vestidos y joyas que tenían. El Capitán general, ves¬ 
tido ricamente, con una devisa de plumas sobre la cabeza, estaba en mitad 
del exército, sentado en unas andas, sobre los hombros de caballeros 
principales; la guarnición que alrededor tenía era de los más fuertes y 
más señalados; tenían tanta cuenta con la bandera y estandarte, que, 
mientras la veían levantada, peleaban, y si estaba caída, como hombres 
vencidos, cada uno iba por su parte. Esto experimentó el muy valeroso 
y esforzado Capitán D. Fernando Cortés en aquella gran batalla de 
Otumba, donde, como diremos en su lugar (*), con ánimo invencible, rom¬ 
pió el exército de los indios, y derrocando al Capitán, venció la batalla, 
porque luego el exército se derramó y deshizo. Y porque conste, como 
en otra parte diré, cuando tractare de la justificación de la guerra que 
á estos indios se hizo, cómo los indios mexicanos fueron tiranos y no 
verdaderos señores del principado y señorío de Culhua, es de saber que 
con su señor vinieron de más de ciento y sesenta leguas gran copia de 
indios de una gran ciudad que ahora se llama México la Vieja, y llegando 
poco á poco á esta tierra, porque venían despacio, reparando en algunas 
jiartes cinco ó seis años, donde dexaban sus armas é insignias., por fuerza 


(*) Lih. IV, cap. CXXX. 




LIBRO PRIMERO.—CAP. XXII 


43 


de armas quitaron el imperio y señorío á los naturales desta provincia 
é hicieron su principal asiento en el alaguna, para que, estando fuertes, 
pudiesen conquistar y señorear toda la demás tierra. Llamaron á es^r 
ciudad, en memoria de la antigua suya, Vieja México Tenuchititlan. 

El señor dellos, á cabo de cierto tiempo que habían hecho asiento, les 
dixo que se volviesen á su tierra antigua, y como todos respondieron que 
no querían, porque estaban á su contento, él se fué con algunos de los su¬ 
yos, y á la despedida les dixo que del occidente vendrían hombres barbu¬ 
dos muy valientes, que los subjectarían y señorearían, lo cual fué así des¬ 
pués de muchos años; y porque se sepa la causa de la venida désíos, 
decían los indios muy viejos de la antigua México, que estando en aque¬ 
lla gran ciudad haciendo un solemne sacrificio al demonio, apareció un ve¬ 
nado muy crescido, nunca en aquella tierra visto, y tomándole, hecho 
muy pequeños pedazos, le cocieron, y todos los que comieron dél, que 
serían más de seis mili personas principales, murieron, por lo cual, los 
demás, amedrentados, tiniendo por cierto que el demonio estaba enojado, 
y que los había de destruir, divididos en dos partes, cada uno con su 
Capitán, salieron de su antigua patria. Los unos fueron hacia el norte; 
los otros, camino desta ciudad, donde, como dicho es, por fuerza de 
armas usurparon esta provincia, en la cual introducieron todos los rictos 
y costumbres que tenían en su tierra; y así, porque hace al propósito 
deste capítulo, era costumbre que los que habían de ser caballeros, en 
un templo velasen primero sus armas, las cuales eran un arco y fle¬ 
cha, una macana y una rodela á su modo, con muchos plumajes ricos para 
la cabeza, y luego, el que en batalla había muerto á otro, se podía poner 
un almaizal colorado con unos cabos largos labrados de pluma, los cuales 
le ceñían el cuerpo. El que había muerto á dos indios en batalla, se ponía 
una manta de pinturas, con un águila en ella, plateada, y habiendo muerto 
cuatro, se encordonaba el cabello en lo alto de la cabeza: á éste llama¬ 
ban tequigua, nombre de honor y gloria. En habiendo muerto cinco, mu¬ 
daba el traje del cortar del cabello hacia las orejas, hechas dos rasuras: 
á éste llaman quachic, que es título más honroso. Habiendo muerto seis, 
se podía cortar el cabello de la media cabeza hasta la frente; lo otro, 
que iba hacia las espaldas, largo, que caía abaxo de los hombros: á 
éste llamaban zozocolec, que quiere decir ‘‘muy valiente’’. Habiendo 
muerto siete, se podía poner un collar de caracoles por la garganta, en 
señal que había tenido las otras honras y títulos de valiente: llamaban 
á éste quaiinochitl; tenía libertad para hablar y comunicar con los Ca¬ 
pitanes y comer con los señores. Finalmente, el que había muerto diez 
se diferenciaba de los demás porque traía el cabello cortado igualmente 
por todas partes, el cual le llegaba hasta los hombros: á éste llamaban 
tacatlec, que quiere decir “don fulano”; hacíanle señor de algún pue¬ 
blo, donde descansaba lo restante de su vida. De manera que el que era 
pobre, para subir á ser señor, era nescesario que cresciese en virtud y 
esfuerzo por los grados que tengo dicho, si primero no le tomaba la muerte. 





'44 


CRÓNICA DE LA NÜEV'A ESPA?7a 


CAPÍTULO XXIIÍ 


D£ MANERA Y MODO QUE LOS INDIOS TENÍAN EN SUS CASAMIENTOS 


Cosa cierta es y averiguada que ía firmeza del matrimonio con¬ 
siste en el libre consentimiento de la mujer y el varón, y éste en todas las 
nasciones ha sido y es, porque es cierto que también entre los infieles 
hay verdadero matrimonio; y porque el consentimiento de las voluntades, 
en el cual tiene su fuerza, por diversos modos y maneras le declararon 
das nasciones, según sus rictos y costumbres, no poco hará al propósito de 
nuestra historia, aunque me alargue algo, tractar los rictos y cerimonias 
con que los moradores desta tierra hacían sus casamientos, para lo cual 
es de saber que entre los mexicanos, el que era principal y quería casar 
su hijo ó hija, lo comunicaba primero con sus parientes y amigos, y 
•tomado el parescer dellos, los casamenteros preguntaban qué docte ten- 
^dría la novia y qué hacienda el novio, lo cual sabido, se tractaba con 
ccuántas gallinas y cántaros de miel se habían de celebrar las bodas. Con¬ 
certado, y venidos los novios, se asentaban en una estera, asidos de las 
míanos, añudando la manta del novio con la ropa de la novia, en la cual 
cerimonia principalmente consistía el matrimonio. Hecho esto, el padre 
del novio, y si no el pariente más cercano, daba de comer con sus pro- 
prias manos á la novia, sin que ella tocase con las suyas á la comida, 
la cual había de ser guisada en casa del mismo padre del novio; luego, 
por consiguiente, la madre de la novia, ó la parienta más cercana, daba de 
comer al novio. Acabada desta suerte la comida y de estar todos bien 
borrachos, que era lo que más solemnizaba la fiesta, los convidados se 
iban á sus casas, y los novios, en los cuatro días siguientes, no enten¬ 
dían en otra cosa que en bañarse una vez por la mañana y otra á media 
noche, y el quinto día se juntaban, y si la novia no estaba doncella, que- 
xábase el novio á sus padres como á personas que debieran guardarla, 
ios cuales tornaban á llamar [á] los convidados al sexto día, y de los ces- 
tillos en que ponen el pan, horadaban uno por el suelo y poníanle entre 
los otros para servir el pan en la comida, la cual acabada, el que se ha¬ 
llaba con el cestillo en la mano y el pan en las faldas, entendía luego 
el negocio, y, haciendo que se espantaba, lo echaba de sí juntamente 
con el pan. Luego, todos á una, levantándose, reprehendían á la novia 
por la mala cuenta que de si había dado, y así, enojados, se despedían. 
Por esto muchas veces los novios repudiaban y desechaban sus mujeres. 
Al contrario, si en la tornaboda todos los cestillos estaban sanos, los 
•convidados, acabada la comida, se levantaban, daban la norabuena á 
los novios y especialmente el más anciano hacía una larga plática á la 
novia, alabándola de buena y de la buena cuenta que había dado de sí, 



LIBRO PRIMERO.—CAP. XXIV 


4^ 


y entre otras cosas le decía que en buen signo y estrella había nascido,. 
y que el sol la había guardado, y que con muy gran razón la había de 
querer su marido; que los dioses la guardasen y hiciesen bien casada. 
Acabado este razonamiento, que duraba gran rato, muy contentos se 
volvían los convidados á su casa. 

La edad de los que se habían de casar era de veinte y cinco años 
arriba, porque hallaban que si de menos años los casaban, ellos y sus 
hijos eran para poco trabajo, y para cargarse, como siempre tuvieron 
de costumbre, era nescesario tener fuerza, y así dicen los viejos que á 
esta causa vivían estonces más y tenían menos enfermedades que aho¬ 
ra, y esta cirimonia de casarse no tenía la gente baxa, porque los mas- 
ceguales ó plebeyos, llamados sus parientes y juntos para la fiesta, se 
casaban, dándose aquel ñudo en la ropa que arriba diximos, y acabada 
la comida y borrachera, era toda la fiesta concluida. 

Otros, en esta misma provincia, cuando sin convites se querían casar, 
así por ser pobres como por ser gente baxa, usaban que el que se quería 
casar llevase á cuestas una carga de leña y la pusiese á la puerta de la 
que pedía por mujer, y si ella tomaba la carga y la metía en casa, era 
hecho el matrimonio, y si no, él buscaba otra por la misma vía con quien 
se casase. 


CAPITULO XXIV 

DO SE TRATA LA CERIMONIA CON QUE LOS INDIOS DE MECHUACÁN SE CASABAN 


El Maestro fray Alonso de Veracruz, maestro mío en la sancta Teo¬ 
logía, en el libro doctísimo que escribió del matrimonio de los fieles é 
infieles (*), resume las cerimonias con que los indios nobles de Mechuacán 
contraían su matrimonio, y por ser cosa notable y digna que nuestra na¬ 
ción la sepa, determiné escrebirla aquí. Tractando, pues, primero entre 
sí los padres del novio con quién casarían su hijo, y resumidos, inviaban' 
un mensajero al padre de la que pretendían casar con su hijo, y junta¬ 
mente inviaban dones y joyas, y el mensajero decía que fulano, caballero 
é príncipe, quería á su hija para mujer de su hijo. Los padres della res¬ 
pondían: “Así se hará.'' Con esto se volvía el mensajero, y en el entretan¬ 
to ellos, con los parientes de la moza, tractaban del casamiento, y determi¬ 
nados de efectuarle, adereszaban la novia y las criadas que habían de ir 
con ella, la cual, ante todas cosas, llevaba una ropa rica para el esposo y 
otras joyas y dones; llevaba asimismo el axuar y preseas de casa nesce- 


(*) Titúlase Speculum coniugiorum aeditum per R. P. Illephoxsum a Vera- - 
CRUCE. México, Juan Pablos, 7556. Un tomo en 4.'' 




46 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


sarias y una hacha de cobre para partir la leña que se había de quemar en 
los templos de los dioses y una estera hecha de juncos donde se sentase. 
En compañía destas mujeres iba un sacerdote de los ídolos á la casa del 
esposo, adonde todo también estaba muy bien adereszado. El pan que se 
había de comer en la boda era diferente de lo que se solía comer, y lle¬ 
gados á casa del esposo, el sacerdote tomaba las donas della y las dél, 
y por su mano, dando al esposo las donas de la esposa y á la esposa las 
donas del esposo, les decía así: ''Plega á los dioses os hagan buenos ca¬ 
sados y que el uno al otro os guardéis siempre lealtad.’’ Contraido desta 
manera el matrimonio, los padres de los desposados les decían: "Mira 
que de aquí adelante os améis mucho, y el uno al otro de hoy resciba 
dones; no haya entre vosotros liviandad, ninguno haga adulterio”, y es¬ 
pecialmente decían á la esposa: "Mira que no te hallen en la calle ha¬ 
blando con otro varón, porque nos deshonrarás.” El sacerdote, volvién¬ 
dose al esposo, decía: "Si hallaras á tu mujer en adulterio, déxala, y 
sin hacerle mal, invíala á casa de su padre, donde llore su pecado.” Aca¬ 
bados estos razonamientos, los parientes y amigos comían con los novios, 
y después de la comida, el padre del novio les señalaba una heredad en 
que trabajasen, y al sacerdote y á las mujeres que habían venido acom¬ 
pañando á la nuera les daba ciertas ropas, inviando con ellos algunos 
dones al padre de la novia. Desta manera, quedando en uno los novios, 
el matrimonio quedaba firme y consumado. 

Entre la gente baxa no había tanta solemnidad ni cerimonia, porcjue 
se contentaban, para hacer el casamiento, de que lo tractasen entre sí, 
sin inviar dones ni que viniese el sacerdote, salvo que el esposo daba al¬ 
guna cosa á la esposa y della rescibía él algo, y así, sin otras palabras, 
por mandarlo sus padres, se juntaban, y el padre de la esposa decía: 
"Hija, en ninguna manera dexes á tu marido en la cama de noche y te 
vayas á otra parte; guarte no hagas maleficio, que serás para mí mal 
agüero y no vivirás muchos días sobre la tierra; antes, si mal hicieres, 
matarán á mí y á ti.” Cuando se casaban de secreto, ahora fuesen nobles, 
ahora plebeyos, decían: "Tú me labrarás la heredad para mí é yo texeré 
ropa para tu vestido y te coceré el pan que comas y serviré en lo nesce- 
sario.” Tenían asimismo otra manera de casarse, sin palabras ni cerimo- 
nias, porque, mirándose amorosamente el uno al otro, se juntaban, y des¬ 
pués de muchos años que estaban juntos sin hablar en casamiento, decía 
el varón á la mujer: Hiparandes catumguini tenibuine, que quiere decir 
"3^0 te tomé por mujer” ó "huélgome de haberte tomado por mujer”. Ella 
respondía algunas veces enquam, que quiere decir “sea así”, aunque al¬ 
gunas veces callaba. Esta manera de casarse tenían cuando el varón, ó 
había tenido á otra que estaba viva, ó cuando ella había tenido otro ma¬ 
rido y estaba ya muerto, ó cuando venía á noticia de los parientes haber 
estado tanto tiempo juntos. La mujer que por todas las maneras dichas 
tomaban, era la mujer legítima y la principal, y de quien los hijos que 
nascían eran herederos 3^ subcesores en la casa de su padre. Tenían otras 


LIBRO PRIMERO.—CAP. XXV 


47 


muchas mujeres, y á esta causa era muy grande la multitud de los in¬ 
dios que estonces había, y el no haber ahora tanto número, copia y can¬ 
tidad, proscede de la prohibición del uso de tantas mujeres como antigua¬ 
mente tenían, que defiende nuestra religión, y no los malos tractamientos, 
como algunos mala y temerariamente dicen. 

Casábanse estos indios principalmente por el servicio que sus mu¬ 
jeres les habían de hacer y ropas que les habían de texer; faltando esto, 
faltaba el amor, y así, fácilmente las dexaban y tomaban otras. Por 
esta causa, lo que ninguna nasción hace, no tenían cuenta con que fue¬ 
sen feas ni hermosas, ni de baxo ni alto linaje, antes, que es cosa mise¬ 
rable, muchos caciques casaban sus hijas con hombres baxos para servirse 
•dellos y de sus haciendas, de lo cual se entenderá en todas gentes y 
en todos estados ser la cobdicia, y especialmente en esta nasción, raíz 
jy causa, como dixo Sant Pablo, de todos los males. 


CAPITULO XXV 

QUÉ JUECES TENÍAX LOS INDIOS Y CÓMO LOS DELINCUENTES 
ERAN CASTIGADOS 


En SU idolatría no se halla por sus pinturas (que servían de me¬ 
moriales) los indios haber tenido jueces que los gobernasen y mantu¬ 
viesen en justicia, que es lo que de ninguna nasción he leído, y lo que 
más arguye y prueba ser bárbaros y poco políticos, es ver que obedes- 
cían en todo al señor á quien eran subjectos, y tenía en ellos tanto po¬ 
der que, sin contradicción, mandaba lo que quería, de manera que por 
injusto que fuese se cumplía, sin apellación ni otro remedio alguno, 
que no era pequeña tiranía. Tenían estos señores y caciques á esta causa 
tan avasallados á sus súbditos, que dellos y de sus mujeres, hijos y ha¬ 
ciendas disponían á su parescer. Tenían para el castigo de los delin¬ 
cuentes ciertos tiacanes, que quiere decir “hombres valientes'’, con los 
cuales executaban la justicia en los culpados, en los cuales principalmente 
se castigaban el adulterio y el ladronicio con todo rigor, porque el homi¬ 
cidio, si no era con traición, ó cometido contra mujer, no se punía como 
entre nosotros. 

Al adúltero, si no era persona noble, porque no se supiese el pecado 
que había cometido, alíorcaban de una viga en su misma casa, y lo mismo 
hacían con la adúltera, echando luego fama que por engaño del demonio 
ó por alguna otra causa se habían ahorcado. Enterrábanlos en el mismo 
lugar donde parescía haberse ahorcado. A los adúlteros, siendo hombres 
plebeyos y de poca suerte, llevaban al campo, y, entre dos piedras, les 
machucaban la cabeza. Esta ley se cumplía, y su pena se executaba con 



48 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


tanta severidad, que aunque no hubiese más de un testigo, ni bastaba ha¬ 
cienda, favor ni parentesco con el cacique para que el adúltero dexase de 
ser castigado, aunque dicen algunos que en ciertas fiestas se perdonaba 
por las borracheras que en ellas había, durando las cuales parescia no 
tener tanta culpa el que hubiese cometido adulterio. 

Con los ladrones también se habían diferentemente los caciques como 
con los adúlteros, porque si el ladrón era noble, no moría muerte natural, 
sino cevil, condemnado á perpectua servidumbre ó á perpectuo destierro; 
si era mascegual, que quiere decir hombre baxo, llegando á cinco ma¬ 
zorcas de maíz el hurto, moría por ello ahorcado, y si el noble ó de poca 
calidad hurtaban del templo alguna cosa, por liviana que fuese, le abrían 
luego el costado con navajas de piedra en el mismo templo donde había 
hecho el hurto, y sacándole el corazón, lo mostraban al sol como á dios 
que había sido ofendido, en cuya venganza los sacrificadores comían el 
cuerpo del sacrificado. Ahora, después que Dios los visitó y alumbró de 
la ceguedad en que estaban, se gobiernan de otra manera, y los que 
poco .podían, están libres de la tiranía y vexación de los más poderosos. 

Hay entre ellos, á nuestro modo, gobernadores y alguaciles, aunque 
los alguaciles son, como antes he dicho, tan executivos, de su natural 
condisción, que por pequeño interese no tienen cuenta con padre, her¬ 
mano ni hijo; si lo hallan borracho ó en otro algún delicto, lo llevan 
á'la cárcel de los cabellos. Acusan muchas veces, que es argumento de 
gente bárbara, el padre al hijo y el hijo al padre, en juicio y fácilmente, 
sin fuerza alguna, el uno testifica contra el otro, no guardándose la 
cara, como la ley natural los obliga; y así no sé si tenga por acertado 
darles cargo de justicia y pedirles juramento como á nosotros, porque 
como no están tan firmes en la fee, como es nescesario, fácilmente se 
pérjuran, como cada día se vee. 


CAPITULO XXVI 

DEL MODO Y MANERA CON QUE LOS SEÑORES Y OTROS CARGOS PREE:\1INENTES - 
SE ELEGÍAN Y DABAN ENTRE LOS INDIOS 


Ninguna cosa hacían los indios que fuese de algún tomo, que en ella 
no hubiese alguna cerimonia diferente de las que las otras nasciones usa¬ 
ban en semejante caso; y así, cuando éstos alzaban á alguno por señor 
ó le elegían para algún cargo honroso, queriendo hacer primero prueba 
del valor de su persona, le hacían estar desnudo en carnes delante de los 
principales que le habían de elegir, al cual, sentado en cuclillas, cruzados 
los brazos, hacían un largo razonamiento, dándole á entender cómo había 
nascido desnudo; y que habiendo de subir á tanta dignidad, como era. 



LIBRO PRIMERO.—CAP. XXVII 


49 


mandar y gobernar á otros, era nescesario que orimorr. 

SI y considerase cuán gran cargo era «'obernar á i ^orriegese a 

en justicia, sin que ninguno se quexase^ y que esto™'írmás^dTT*'"r 
que de los hombres; y que si lo hiciese bien, ganarla muy graníe hoZ 7 
tendría muchos amigos y subiría á mayores cargos - é si lo H., 
contrario, que sena infame y deshonraría á sus parientes y amio-os^^^no^ 
que cuanto en más alto lo ponían, confiados que haría el deber t' 
n», afrentosa seria su caída si „„ hiciese bJsu ^ T 

líos que al presente tema por amigos y favorescedores, le serhnlie 
niigos y perseguirían cuanto pudiesen. 

Hecho este razonamiento, con pocas palabras él les daba las ^ra 
cías, y respondía que con el favor de los dioses él baria su oficio 
lo mejor que pudiese, para que los dioses fuesen dél bien erv dos 
y ellos quedasen contentos. Dada esta reouesta r 

denso (que es entre ellos copal) al dios del fuego, dé?a”ntóTcual 

íole ut „“rdt„tli' 

LdT ^ ° le habían 


CAPITULO XXVII 

DE LA CUENTA DE LOS AÑO^S QUE LOS INDIOS TENÍAN Y DE ALGU.VAS 
SEÑALADAS FIESTAS 


polidr^ourer bárbaros y que carescían de la principal 

P , que es el escrebir y conoscimiento de las artes liberales que son 
as que encaminan é guían al hombre para entender la verdad' de Tas 

Te noTentTleVT^r nescesidad les enseñó tva 

lúe usablT eTil T cosas por las pinturas de 

que usaban, eran confusas y entendianlas muy pocos, y así. en el regirse 

los aLTJiíír'"'’, ^^bía mucha certidumbre, solamente 

T a cl T r T' sacerdotes, entendían algo, 

y por onde se regían (según algunos de los que la sabían me 


4 




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CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


han contado) era que su año comenzaba del primero día de Marzo, que 
era fiesta muy solemne para ellos (como entre nosotros el primero día 
de Enero, que llamamos Año Nuevo); de veinte á veinte días hacían 
mes, que es una luna, y al principio del mes celebraban una fiesta, aunque 
había otras extravagantes, que eran muy más principales, allende de esta 
particular cuenta, de las cuales diré algo en el siguiente capítulo, por¬ 
que de las veinte que tenían, con que señalaban sus meses, ya dixe algu¬ 
nas, las cuales más servían para la cuenta de los meses y tiempos que 
para tenerlas por fiestas muy principales. 

Allende desta principal cuenta de su año, tenían otra que llamaban 
[de] años, y era que contaban de cincuenta en cincuenta los años; de ma¬ 
nera que el año grande que ellos decían tenía cincuenta años, y el año co¬ 
mún, veinte meses, y acabado el año grande, era grande el miedo que to¬ 
dos tenían de perescer, porque los teupixques ó sacerdotes de los tem¬ 
plos decían y afirmaban que al fin de aquel año habían de venir los dioses 
á matarlos y comerlos á todos, y así, en el día postrero deste año, echaban 
los ídolos por las sierras abaxo, en los ríos, y lo mismo hacían con las 
vigas y piedras que para edificar sus'casas tenían. Apagaban todo el 
fuego, y á las mujeres preñadas metían en unas caxas, y los hombres, 
armados y adereszados con sus arcos y flechas, esperaban el subceso, 
y pasado aquel riguroso y temeroso día, se juntaban todos, como libres 
de tan gran infortunio, á dar gracias al sol y á los dioses, porque no los 
habían querido destruir, y para mayor reconoscimiento del beneficio res- 
cibido y manifestación de su alegría, sacrificaban luego á los dioses los 
esclavos que les parescía, sacando fuego nuevo, que, ludiendo un palo 
con otro, hacían. Este sacrificio se hacía principalmente al dios del fue¬ 
go, porque los había socorrido con lumbre para calentarse y guisar sus 
comidas. Al indio (que es cosa bien de reir) que había vivido dos años 
grandes, que eran ciento, tenían gran miedo y se apartaban dél, diciendo 
que ya no era hombre, sino fiero animal. 


CAPITULO XXVIII 

DE ALGUNAS FIESTAS EXTRAVAGANTES QUE LOS INDIOS TENÍAN 


Las fiestas con que los indios contaban sus meses y años no eran 
tan principales y solemnes que no hubiese otras extravagantes, en las 
cuales hacían muy mayor fiesta y solemnidad al demonio, de las cuales 
diré algunas, por cumplir con mi propósito, dexando las demás para su 
tiempo y lugar, con otras cosas peregrinas y dignas de saber, de las cua¬ 
les se hará libro por sí. 

De las fiestas extravagantes, la primera y muy principal se llamaba 
Suchi ylluitl, que quiere decir ''fiesta de flores'’. En ella los mancebos. 




I.IBRO PRIjMERO.-CAP. XXVI11 


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:por sus barrios, cuanto podían galanamente adereszados, hacían solemnes 
bailes en honra y alabanza de su dios. Caía esta fiesta dos veces en el 
•año, de docientos en docientos días, de manera que en un año caía una 
vez y en el siguiente dos. Para esta fiesta guardaban los indios, entre 
• año, los cascarones de los huevos de los pollos que las gallinas habían 
sacado, y en este día, en amanesciendo, los derramaban por los caminos 
y calles, en memoria de la merced que dios les había hecho en darles 
pollos. Llamábase este día Chicomexutli, que quiere decir siete rosas”. 

Había otra fiesta, y era que cuando algún indio moría borracho, los 
otros hacían gran fiesta con hachas de cobre de cortar leña en las manos, 
danzando y bailando, pidiendo al dios de la borrachera que les diese tal 
muerte. Esta fiesta, principalmente, se hacía en un pueblo que se dice 
Puztlan. 

Había otra fiesta más general que, aunque principalmente se hacía 
á un dios llamado Paxpataque, también se hacía á cuatrocientos dioses, 
sus compañeros, dioses y abogados de la borrachera. Tenían diversos 
nombres, aunque todos en común se llamaban Tochitl, que quiere decir 
"‘"conejo”, á los cuales, después de haber cogido los panes, hacían su 
fiesta, danzando y bailando, pidiendo su favor y tocando con la mano, 
con gran reverencia, al demonio principal ó á alguno de los otros; bebían 
y daban tantas vueltas, bebiendo cuantas eran menester, hasta que cada 
uno cayese borracho. Duraba la fiesta hasta que todos habían caído. 

Había otra fiesta en la cual los indios hacían un juego que llamaban 
patole, que es como juego de los dados. Jugábanle sobre una estera, pin¬ 
tada una como cruz, con diversas rayas por los brazos. Los maestros 
deste juego, cuando jugaban, invocaban el favor de un demonio que 
llamaban Macuisuchil, que quiere decir “cinco rosas”, para que les diese 
dicha y ventura en el ganar. 

Había otra fiesta que se hacía á un demonio llamado Oceloocoatl, que 
quiere decir “pluma de culebra”. Era dios del aire; pintábanle la me¬ 
dia cara de la nariz abaxo, con una trompa por donde sonaba el aire, 
según ellos decían; sobre la cabeza le ponían una corona de cuero de ti¬ 
gre, y della salía por penacho un hueso, del cual colgaba mucha pluma 
de pato, y della un pájaro. Cuando celebraban esta fiesta los indios, ofres- 
cían muchos melones de la tierra, haciendo solemnes bailes y areitos, los 
cuales, no sin emborracharse, duraban todo el día. 

De otras fiestas extravagantes que hacían en conmemoración de los 
muertos diré en el último capítulo deste primero libro, cuando hablare 
^de las obsequias que á los muertos se hacían. 



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CRÓNICA DE LA NUEV^A ESPAÑA 


CAPITULO XXIX 

DE LOS SIGNOS Y PLANETAS QUE LOS INDIOS TENÍAN 


Como estos miserables hombres vivían en tanta ceguedad, siguiendo^ 
por maestro al demonio, padre de mentiras, en ninguna cosa acertaban,, 
así en la ley natural como en el conoscimiento de otras cosas naturales, 
que, sin lumbre de fee, alcanzaron los sabios antiguos, como era el nú¬ 
mero y movimiento de los cielos, el curso y propriedades de los planetas, 
y signos, y así, éstos, á tiento y sin verdad alguna, como el demonio los 
enseñaba, tenían los planetas y signos de la manera siguiente: 

Al primero planeta llamaban tlaloc; reinaba siete días, los nombres 
de los cuales eran cipaltli, ecatl, cali, vexpali, coatí, miquiztli, mazatl. 
El que nascía en el signo de cipaltli había de ser honrado y llegar á 
mucha edad, porque tenían noticia que Cipaltli fue un principal que- 
había vivido mucho tiempo, y por esta causa les paresció tomar este 
nombre para su cuenta. El segundo día se llamaba ecatl, que quiere 
decir ‘‘aire^\ El que nascía en este signo había de ser hombre parlero 
y vano. El que nascía en el signo de cali, que quiere decir ‘‘casa”, había 
de ser desdichado en sus negocios y no había de tener hijos. El signo de 
vezpali, que quiere decir “lagarto ó lagartija”, denotaba que el que 
nascía en él había de tener grandes enfermedades y dolores. Miquiztli, 
que quiere decir “muerte”, significaba que viviría poco y tristemente 
y con nescesidad el que en él nasciese. Mazatl significa “venado”, y eL 
que nasciese en este signo había de ser medroso y hombre pusilánimo. 

El segundo planeta se llamaba tezcatepuca, nombre de demonio, entre 
ellos muy venerado. Reinaba seis días, los cuales se llamaban tochitl, altliz, 
izquiltli, vzumatl, tetle, acatl. Tuchitl se interpreta “conejo”. El que 
nascía en este signo había de ser hombre medroso y cobarde, como el que 
nascía en el signo del venado. Atl, que quiere decir “agua”, daba á 
entender que el que nasciese en su día había de ser gran desperdiciador 
y destruidor de haciendas. Izcuintli significa “perro”. El que. nascía en 
este signo había de ser hombre de malas inclinaciones y ruines costum¬ 
bres. Ocultli, que quiere decir “ximio”, denotaba que el que nasciese 
en su día había de ser hombre gracioso y decidor. Tletli se interpreta 
“fuego”. El que nasciese en este signo había de vivir mucho tiempo. 
Acatl significa “caña de carrizo”. El que nascía en este signo había de 
ser hombre vano y de poco ser y manera. Miquitlantecutli se interpreta 
principal entre los muertos, nombre proprio de demonio. Reinaba en los 
mismos días ó signos que tlaloc, planeta primero. Seguíase luego tlapol- 
teutl, que era otro planeta que reinaba en los mismos días que los ya 
dichos; tomó nombre de un demonio que los indios adoraban por dios. 





LIBRO PRIMERO.—CAP. XXX 


53 


Tonaíiu, que quiere decir “sor’, que era el más venerado planeta de todos, 
porque los días que reinaba eran prósperos. Los nombres dellos eran 
^ocelotl, quauíl, oli, teepatli, citlali. 

Luego, subcesive, venían los días de otro nombre de demonio que 
llamaban tlaltecultli y otro que llamaban macuiltonal. Su operación era 
como la de los ya dichos planetas. Duraba la cuenta destos planetas do- 
cientos y tres días, y, acabados, comenzaban á contar desde cipactli. 
Este era el orden que tenían en su diabólica y falsa astrología, la cual 
quise escrebir para que más claramente constase el engaño en que estos 
miserables han vivido hasta estos nuestros tiempos, los cuales, para 
ellos, han sido más que adorados, así para la íumbre de sus almas 
«'Como para la libertad de sus personas, la cual, aunque no fuese tanta, 
por lo mal que usan della, no les haría daño. 


CAPITULO XXX 

DE LAS OBSEQUIAS Y MORTUORIOS DE LOS INDIOS 

Mucho hace al propósito desta nuestra historia, en este último ca¬ 
pítulo, tractar de las obsequias y mortuorios de los indios: lo uno, porque 
se vea cómo en la muerte y después della el demonio no tenía menos 
cuidado de engañarlos y hacerse adorar dellos que en la vida; lo otro, 
porque los sacerdotes y religiosos que de nuevo vinieren á predicarles la 
ley evangélica, estén advertidos para quitarles muchas destas cirimonias 
de que aún hasta ahora usan, especialmente en partes donde no son muy 
visitados. 

La manera, pues, de enterrarse no era una, sino diferente, como entre 
nosotros, según el estado y calidad de las personas, y, entre otras cosas, 
tenían sus demonios, que llamaban dioses de los muertos, á los cuales, en 
los entierros, hacían sus sacrificios. A íos señores, después de muertos, 
amortajaban sentados en cuclillas, de la manera que los indios se sien¬ 
tan, y. alderredor, sus parientes le ponían mucha leña, quemándole y 
haciéndele polvos, como antiguamente solían los romanos. Sacrifica¬ 
ban luego delante dél dos esclavos suyos, para que, como ellos falsa¬ 
mente decían, tuviese servicio para el camino. Los polvos del señor 
ponían en un vaso rico ó sepoltura cavada de piedra. En otras par¬ 
tes no quemaban á los señores, sino, como se ha visto en nuestros días 
en algunos entierros que se han descubierto, los componían y adornaban 
con penachos y plumajes y piedras presciosas, las mejores que tenían; 
poníanles bezotes de oro, anillos y orejeras, que son de hechura de 
cañón de candelero; poníanles también brazaletes de oro y plata; ente¬ 
rraban con ellos á sus esclavos, aunque algunos dellos pedían primera 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


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la muerte para seguir á sus señores, presciándose de fieles, y entendiendo- 
que por esta fidelidad habían de ser en la otra vida muy honrados. A éstos 
daban á beber los casquillos de las flechas, con que luego se ahogaban; 
á otros, dándoles á entender que iban á descansar con sus señores, de su 
voluntad y con mucho contento se ahorcaban. Para estas obsequias se 
juntaban los parientes y amigos del muerto y otros sus conoscidos que 
venían de otros pueblos, y poniéndose en torno delante del muerto, po¬ 
nían las ropas que en vida vestía; y puesto cacao y breva je y otros sahu¬ 
merios, comenzaban, con tono muy triste, á cantar diabólicos cantares 
ordenados por el demonio, su maestro, en los cuales, entre otras cosas 
que del muerto contaban, decían cómo había sido valiente en las guerras 
y diestro en las armas, gran compañero, amigo de convites y que á sus mu¬ 
jeres había tractado con mucho regalo y auctoridad, y que había dado jo¬ 
yas y hecho mercedes á los servidores y amigos que tenía, y que de la.^- 
preseas que había traído de la guerra había hecho servicio á los dioses. 
Acabado este canto, al cual las mujeres del muerto ayudaban con so¬ 
llozos y otras señales de tristeza, echaban rosas sobre la sepoltura y unas 
mantas ricas, á las cuales hacían todos el mismo acatamiento que hicieran 
al muerto cuando vivo, las sillas y asientos del cual guardaban con tanto 
acatamiento, que no permitían sentarse en ellas sino al subcesor y here¬ 
dero legítimo, de adonde es que todos los principales no comen con sus 
mujeres (que es una muy ruin costumbre), sino con los caciques y se¬ 
ñores, lo cual hoy hacen, siguiendo su gentilidad. 

Cuando enterraban algún Capitán señalado en la guerra, le ponían 
en la sepoltura armado de las más ricas armas que tenía, como cuando 
iba á la guerra, con mucha parte de los despojos. Puestos á los lados 
todos los caballeros y hombres de guerra, con lloroso canto celebraban 
sus proezas y valentías, diciendo: *^Ya es muerto y va á descansar nuestro 
buen amigo y compañero y valeroso Capitán’", y si el tal, como atrás dixe. 
había subido á ser señor por sus hazañosos hechos, por extenso contaban 
sus valentías y cómo de grado en grado había subido y tenido tanta 
fortuna, que meresciese en .su muerte ser tan honrado; y uno de los más 
viejos, animando á los demás, estando el cuerpo delante, decía: ‘^Mance-» 
bos y Capitanes: animaos y señalaos mientras viviéredes en la guerra, 
para que cuando muriéredes os enterremos con tanta honra como á este 
Capitán valeroso”, cuyo entierro acababan con tanto ruido de música df- 
caracoles y atabales y otros instrumentos de guerra. 


9 



LIBRO PRIMERO.—CAP. XXXI 


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CAPITULO XXXI 

DONDE SE PROSIGUEN LOS ENTIERROS Y OBSEQUIAS DE LOS INDIOS 


A los mercaderes y tractantes enterraban con las alhajas y joyas en 
que tractaban, y porque el principal tracto dellos era en pieles de tigres 
y venados, echaban con ellos muchas de aquellas pieles, envueltas en 
ellas muchas piedras finas y vasos de oro en polvo, con gran copia de 
plumajes ricos, de manera que los que en la vida no habían gozado de 
aquellas riquezas, paresce que morían con contento de saber que las lle¬ 
vaban consigo al lugar de los muertos, que creían ser de descanso, y 
como ninguno volvía á dar la nueva de la tierra de tormento donde iban, 
jamás se desengañaron hasta que Dios los alumbró. 

A los mancebos, después de muertos, adereszaban de lo mejor que 
ellos poseían, y porque morían en su juventud y parescía á los que Que¬ 
daban que tendrían nescesidad de comida, echábanles en la sepoltura 
muchos tamales, frisóles, xícaras de cacao y otras comidas. Poníanles en 
las espaldas, como carga, mucho papel y otro como rocadero, que servía 
de penacho hecho de papel, para que con todo este aparato fuese á 
rescebir al señor de la muerte. 

El entierro de las mujeres se hacía casi por el mismo modo. A las se¬ 
ñoras enterraban con grande majestad, vestidas ricamente, y algunas 
criadas, que se mataban por acompañar á sus señoras y hacerles algún 
servicio en la jornada, paresciéndoles que morirse era como pasar de 
una tierra á otra, y que lo que era nescesario en la vida había de ser nes- 
cesario en la muerte, y por esto, enterraban á las criadas cargadas de 
comida. Acabado el entierro, el marido y parientes, y todas las señoras, 
hacían un solemne llanto; el marido diciendo que le había sido buena 
mujer y texido buenas mantas y camisas; las señoras y mujeres prin¬ 
cipales decían que había sido muy honrada, que había bien criado sus 
hijos y hecho mercedes á sus criadas. De allí, después deste llanto, se 
iban al templo del dios de la muerte, donde hacían sus sacrificios y se 
la encomendaban. 

A las otras mujeres de menos suerte enterraban con menos pompa 
y ruido, salvo que en los estados había diferencia, porque á las viudas en¬ 
terraban diversamente que á las casadas, y esta diferencia también guar¬ 
daban con las doncellas, que, con las casadas, echaban en la sepoltura 
los adereszos de la cocina y el exercicio principal en que solía entender, 
rueca ó telar. En la sepoltura de la viuda echaban alguna comida y llevaba 
el tocado y traje diferente de la casada. La doncella iba vestida toda de 
blanco, con ciertos sartales de piedras á la garganta; echaban en la se¬ 
poltura rosas y flores; los padres hacían gran llanto, y de ahí á un poco 



56 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


se alegraban, diciendo que el sol la quería para sí, y encomendábanla 
luego á una diosa que se llamaba Atlacoaya, en cuya ñesta sacrificaban 
indias, las cuales daban á comer á los dioses, que, por número, eran 
cuarenta. 

Estas y otras muchas cerimonias ordenadas por el demonio tenían 
los indios desta tierra, las cuales, por ser muy varias, é mi intento 
tractar del descubrimiento y conquista de la Nueva España, no las es¬ 
cribo, por extenso, contento con haber dado en este primero libro des¬ 
ta mi crónica alguna noticia de los rictos y costumbres que en esta 
tierra había; porque no era razón que habiendo de escrebir el descubri¬ 
miento y conquista della, no dixese primero algo de lo que á su inteli¬ 
gencia pertenescía, remitiéndome en lo demás á un libro que sobre 
esto está hecho, el cual, á lo que pienso, saldrá presto á luz, y porque, 
para tractar del descubrimiento y conquista desta tierra (que será en el 
segundo libro), abren el camino los muchos pronósticos que los indios 
tenían de la venida de los españoles, decirlos he en el capítulo siguiente. 


CAPITULO XXXII 

DE LOS PRONÓSTICOS QUE LOS INDIOS TENÍAN DE LA Vr.NIUA 
DE LOS ESPAÑOLES Á ESTA TIERR^V 

Muchos años antes que los españoles conquistasen esta tierra debaxo 
del nombre y bandera del gran César Don Carlos, Emperador quinto deste 
nombre, los indios tenían dello grandes agüeros y tan ciertos pronósticos, 
que, como si lo vieran, lo afirmaban por muy cierto, y así los demás se re¬ 
celaban, y de mano en mano venía el antiguo pronóstico á noticia de los 
presentes, aunque en cada edad tenían nuevas adevinanzas por sacerdotes 
y hombres sabios antiguos, á quien todos los demás daban mucho crédicto. 
La primera profecía y adevinación desto fué de aquel Capitán y caudillo 
que de la antigua México traxeron cuando comenzaron á conquistar y 
poblar esta tierra, el cual, como dixe en el capítulo (en blanco) (*), vien¬ 
do que los suyos no querían volverse á su antigua tierra, les dixo: “Aun¬ 
que pasen muchos años en medio, del occidente vendrán hombres barbu¬ 
dos y muy valientes, los cuales, por fuerza de armas, aunque no sean 
tantos como vosotros, os vencerán y subjectarán, poniéndoos debaxo del 
imperio y señorío de otro mejor y más provechoso señor que yo; tomaréis 
nueva ley, conosceréis un solo Dios y no muchos; cesarán los sacrificios 
de los hombres; en vuestro vivir siguiréis su manera y modo; quebran¬ 
tarán y desharán los ídolos de piedra y madera que tenéis y no se derra¬ 
mará más sangre humana; porque el Dios que conosceréis es muy grande 


(*) Lib. I, cap. XXII. 




LIBRO PRIMERO.—CAP. XXXII 


^7 


y piadoso. Esta gente vendrá después, poco á poco, á nosotros, y de 
ahí adelante se irá dilatando por muchas gentes y lugares de toda esta 
tierra ; estad advertidos, aunque no faltará después quien os lo diga, y sed 
ciertos que será así.'^ Acabada esta breve plática, no sin lágrimas de los 
^que bien le querían, se despidió y volvió á su tierra con algunos que le 
acompañaron. 

Después deste pronóstico y adevinanza, luego que comenzaron los 
Reyes y Emperadores á gobernar y señorear esta tierra, por boca del 
demonio, que muchas veces se lo dixo por palabras no muy claras y por 
señales que vieron en el cielo y grandes agüeros en la tierra, barrun¬ 
taron y entendieron que del occidente habían de venir hombres en traje, 
lengua, costumbre y ley diferentes, más poderosos que ellos, y asi, al¬ 
gunos años después desto, un indio muy viejo, sacerdote de un demonio 
que se decía Ocilophclitli, muy poco antes que muriese, con palabras muy 
claras, dixo: ‘'Vendrán del occidente hombres con largas barbas, que uno 
valdrá más que ciento de vosotros; vendrán por la mar en unos acales 
muy grandes, y, después que estén en tierra, pelearán en unos grandes 
animales, muy mayores que venados, y serán sus armas más fuertes que 
las nuestras; daros han nueva ley y desharán nuestros templos y edifi¬ 
carán otros de otra manera; no habrá en ellos más de un Dios, el cual 
adoraréis todos; no derramaréis vuestra sangre ni os sacarán los corazo¬ 
nes; no tendréis muchas mujeres; viviréis libres del poder de los caciques 
que tanto os oprimen, y aunque al principio se os hará de mal, después 
entenderéis el gran bien que se os siguirá.'' Acabado este razonamiento, 
ya que quería expirar, le oyeron hablando con el demonio, que decía: “Ya 
no más: vete, que también yo me voy.” Rindió el ánima con estas pa¬ 
labras. Dixeron los indios que de ahí adelante, mientras vivieron, nunca 
vieron en aquel pueblo señal de fuego ni oyeron voces en el aire como 
casi continuamente oían y vían. Sabido esto por toda la tierra, se comen¬ 
zaron llantos generales que duraron muchos días. 

Después destos pronósticos, adevinanzas y agüeros, en tiempo de 
Motezuma, el último Rey é Príncipe de los mexicanos, hubo muchos sacer¬ 
dotes y hombres viejos que, hablando diversas veces con el demonio, su¬ 
pieron cómo unas tierras cercadas de agua (eran éstas las islas de Sancto 
Domingo, Puerto Rico y Cuba), lexos de estas tierras estaban conquista¬ 
das y pobladas de otra gente que había venido de una mu}' gran tierra, 
muy lexos de aquellas tierras cercadas de agua, y que esta gente vendría 
muy presto á esta tierra, y que aunque no fuese mucha, sería tan fuerte, 
que cada uno podría más que muchos dellos; llamarlos y han hijos del 
sol y teotles, que quiere decir “dioses”, y que las señales que antes desto 
verían serían grandes humos por el aire y cometas por el cielo, andando de 
una parte á otra, y que del levante al poniente verían ir una llama de fue¬ 
go á manera de hoz, yendo discurriendo como garza en el vuelo, y que 
oirían grande ruido y voces, aullidos y gritos por los aires de espíritus 
malos que lamentarían la venida de los nuevos hombres. 





58 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


Estos pronósticos, agüeros y adevinanzas y otros muchos más que^ 
por no tenerlos por tan ciertos como éstos no hago dellos aquí mención^ 
publicaban los indios después que los nuestros entraron en esta tierra, 
variando y multiplicando más cosas de las que la verdad de la historia 
suele admitir, las cuales, aunque por su variedad fueran sabrosas de oir, 
remitiéndolas á su propio lugar, donde se tractará más por extenso, pa¬ 
saré al segundo libro, del cual comenzará el descubrimiento desta tierra. 



LIBRO SEGUNDO 

DEL DESCUBRIMIENTO DE LA NUEVA ESPAÑA 

CAPITULO I 

DE LA PRIMERA NOTICIA QUE TUVIERON LOS ESPAÑOLES DE LA COSTA 
DE LA NUEVA ESPAÑA 

Gobernando Diego Velázquez la isla de Cuba, Francisco Hernández 
de Córdoba (i), Cristóbal Morante y Lope Ochoa de Caicedo, vecinos- 
de Cuba, armaron tres navios en el año de mili é quinientos y diez 6 
seis: unos dicen que con favor de Diego Velázquez, el cual era muy 
inclinado á descubrir; otros dicen que á su costa. El fin que llevaron estoj- 
armadores dicen algunos que fue para descubrir y rescatar (aunque se 
tiene por más cierto que para traer esclavos de las islas de Guanajos, 
cerca de Honduras). Fué Capitán destos tres navios Francisco Hernández 
de Córdoba; llevó en ellos ciento y diez hombres, y por piloto á Antór: 
de Alaminos, natural de Palos, y por veedor á Bernardino Iñiguez de la 
Calzada. También dicen que llevó una barca de Diego Velázquez, cargada 
de matalotaje, herramientas y otras cosas para las minas, para que s» 
algo traxesen, le cupiese parte. Desta manera salió Francisco Hernández 
del puerto de Sanctiago de Cuba, el cual, estando ya en alta mar, decla¬ 
rando su pensamiento, que era otro del que parescia, dixo al piloto: ‘‘No 
voy yo á buscar lucayos (lucayos son indios de rescate), sino en demanda 
de alguna buena isla, para poblarla y ser Gobernador della; porque si ia 
descubrimos, soy cierto que ansi por mis servicios como por el favor que 
tengo en Corte con mis deudos, que el Rey me hará merced de la gober¬ 
nación della; por eso, buscadla con cuidado, que yo os lo gratificaré mti}^ 
bien y os haré en todo ventajas entre todos los demás de nuestra com¬ 
pañía.'' 

Aceptando el piloto las promesas y ofrescimientos, anduvo más 
de cuarenta días arando la mar y no hallando cosa que le paresciese bien. 
Una noche, al medio della, estando la carabela con bonanza, la mar so¬ 
segada, la luna clara, la gente durmiendo y el piloto envuelto en una 


(i) Al margen: “Francisco Hernández.” 






6o 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


^bernia, oyó chapear unas marecitas en los costados de la carabela, en lo 
cual conosció estar cerca de tierra, y llamando luego al contramaestre, 
dixo que tomase la sonda y mirase si había fondo, el cual, como lo halló, 
dixo á voces: “Fondo, fondo'’; tornando á preguntarle el piloto “en que 
brazas”, respondió “en veinte”; mandóle el piloto que tornase á sondar, 
entendiendo por la repuesta que estaban cerca de tierra. Muy alegre se 
fué el piloto al capitán Francisco Hernández, diciéndole: “Señor, al¬ 
bricias, porque estamos en la más rica tierra de las Indias”; pregun¬ 
tándole el Capitán: “¿Cómo lo sabéis?”, respondió: “Porque, siendo 
yo pajecillo de la nao en que el almirante Colón andaba en busca desta 
tierra, yo hube un librito que traía, en que decía que, hallando por este 
rumbo fondo, en la manera que lo hemos hallado ahora, hallaríamos 
grandes tierras muy pobladas y muy ricas, con sumptuosos ediñeios de 
piedra en ellas, y este librito tengo yo en mi caxa.” Oyendo esto el Capitán 
tiniendo por cierta la ventura que buscaba, dixo á voces: “Navega la 
vuelta de tierra, que, vista, saltaremos en ella, y si ansí fuere lo que 
decís, no habréis perdido nada y creeremos lo demás que estuviere es- 
cripto.” Navegando otro día, á las diez de la mañana, con grande ale¬ 
gría vieron tierra, y de barlovento una isla pequeña que se llamó Cozu- 
mel, por la mucha cantidad de miel que en ella había. El piloto, no pit- 
diendo tomar aquella isla, surgió muy bajo, más de treinta leguas, y sal¬ 
taron en tierra el Domingo de Lázaro, á cuya causa llamaron á aquell '. 
tierra Lázaro ; á los que saltaron, que serían hasta doce hombres, acu¬ 
dieron luego indios, los cuales, haciendo una raya muy larga en el suelo, 
les dixeron por señas que si de aquella raya pasaban, los matarían á 
todos. El Capitán, no espantándose de nada desto, les mandó que pasa¬ 
sen adelante, para ver si había algún edificio de los que el piloto decía. 
De ahí á poco acudió mucha gente de guerra, que de tal manera maltra¬ 
taron á los españoles, que, matando dos dellos, á los demás, heridos de 
muchos flechazos, hicieron retraer á los navios. El piloto salió con diez 
é seis flechazos y el Capitán con más de veinte, por lo cual les fué for¬ 
zado arribar á Cuba para curarse, y así, viniendo á la Habana, escri¬ 
bieron á Diego Velázquez el subceso de lo pasado y cómo querían ir 
á Sanctiago de Cuba á acabar de curarse. 

Sabida esta nueva por Diego Velázquez (aunque con pesar de las he¬ 
ridas de sus amigos), contento con el nuevo descubrimiento, comenzó 
luego á hacer gente para vengar el daño que sus amigos habían rescebido 
de los indios de Lázaro. Hecha ya la gente, llegó Francisco Hernández 
de Córdoba con los demás compañeros, de los cuales, Diego Velázquez, 
informándose más por extenso, cobró nuevo ánimo para emprender esta 
jornada, la cual dilató hasta que el piioto Alaminos sanase de las he¬ 
ridas que había rescebido. Esto es lo qtie algunos dicen, aunque hay otros 
que, aunque no en el todo, varían en algo, y es que, en saliendo Francisco 
Hernández del puerto, encaminando su derrota á las islas de Guanajos á 
rescatar lucvoyos (que son indios de servicio para las minas y haciendas 




LIBRO SEGUNDO.—CAP. I 


6i 


de los españoles), engolfándose con tiempo que no le dexó ir á otro cabo, 
fué á dar en tierra no sabida ni hollada de españoles, do halló unas sali¬ 
nas en una punta que llamó de las Mujeres, por haber allí torres de 
piedra con gradas y capillas cubiertas de madera y paja, en que estaban 
puestos muchos ídolos que parescían mujeres. De allí se fué á otra parte 
que llamó cabo de Cotoch, donde andaban unos pescadores que, de : 
miedo se retiraron en tierra, y llamándolos, respondían cotoch que quie¬ 
re decir “casa’', pensando les preguntaban por el lugar, para ir á él; de 
aquí se quedó este nombre al cabo desta tierra. 

Poco más adelante, hallaron ciertos hombres que, preguntados cómo 
se llamaba un gran pueblo que estaba allí cerca, dixeron Tectetlan que 
quiere decir “no te entiendo” ; pensando los españoles llamarse así, y co¬ 
rrompiendo el vocablo, le llamaron Yucatán hasta hoy. De alli fué Fran¬ 
cisco Hernández á Campeche, lugar grande, al cual (como dixe), llamó 
Lázaro, por llegar á él el Domingo de Lázaro. Salió en tierra, tomó amis¬ 
tad con el señor y rescató allí (aunque esto no lo tengo por muy cierto). 
De Campeche fué á Champotón, pueblo grueso, cuyo señor se llamaba 
Mochocoboc, hombre de guerra, el cual no les consintió entrar ni resca¬ 
tar, ni dió provisión alguna como los de Campeche habían hecho. Francis¬ 
co Hernández, ó por no mostrar cobardía, ó por probar para lo que eran 
aquellos indios, sacó su gente, no bien armada, y los marineros á que to¬ 
masen agua, y ordenó su escuadrón para pelear, si menester fuese. Mocho¬ 
coboc, por desviarlos de la mar y que no tuviesen cerca la guarida, hizo 
señas que fuesen tras de un collado donde la fuente estaba; temieron los 
nuestros de ir allá, por ver ser los indios muchos, y, á su modo, muy bien 
armados, con semblante y determinación de combatir; por lo cual, Fran¬ 
cisco Hernández mandó soltar el artillería de los navios para espantarlos. 
Los indios se espantaron del gran ruido de los tiros y del fuego y humo 
que dellos salía; atordeciéronse algún tanto del ruido, aunque no huyeron, 
antes arremetieron con buen denuedo y concierto, con gran grita, que es 
con la que ellos mucho se animan, tirando piedras, varas y saetas. Los es¬ 
pañoles se movieron á buen paso, y siendo cerca dellos, dispararon las ba¬ 
llestas, y con las espadas mataron muchos, por hallarlos sin armas defensi¬ 
vas. Los indios, con la presencia de su señor, aunque nuñea tan fieras he¬ 
ridas habían rescebido, duraron en la pelea hasta que vencieron, y así, en 
la batalla y en el alcance y al embarcar, mataron más de veinte españoles y 
hirieron más de cincuenta. Quedó Francisco Hernández con treinta y tres 
heridos ; embarcándose, llegó á Sanctiago de Cuba, destruido, aunque con 
buenas nuevas de la tierra, y el año siguiente, como diremos luego, Diego 
Velázquez invió á Joan de Grijalva á seguir el descubrimiento, y á Es¬ 
paña á pedir la gobernación, por la parte de su barca (como Gómara 
escribe) (*). 

(*) Historia general de las Indias. Primera parte. Capítulo ‘'yucaián 
V . Historiadores primitivos de Indias, tomo /. Biblioteca de Autores Españoles 
de Ribadencira, tomo XXII, pág. 185. 





62 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


Entre estos dos paresceres hay otro, y es que, llegado Francisco 
Hernández con tiempo á la costa de Yucatán, á una parte que se dice 
Campeche, los indios, después de haber él saltado en tierra, por las nuevas 
que habían tenido de sus vecinos, le hickron tornar á embarcar, sin dexar- 
le reposar ni tomar agua ni otros bastimentos. Embarcado, y queriendo 
volver á lo que iba (que era á los Guanajos), dióle un tiempo que le echó 
nueve ó diez leguas abaxo hacia la Nueva España, adonde cerca de la 
costa había un puerto que se dice Champotón, junto al cual entra un pe¬ 
dazo de mar que paresce río, y allí, por suplir la nescesidad que llevaban, 
tornó á saltar en tierra, y, queriendo entrar en el pueblo, salió á él mucha 
gente de guerra, por el aviso que tenían de sus comarcanos; donde, 
trabándose una recia batalla, murieron muchos indios y algunos españo¬ 
les, y los demás, no pudiendo sufrir la multitud de los indios, se retra- 
xeron y metieron en los navios, y, alzando velas, fueron á dar á la costa 
de la Florida, para tomar agua, de la cual tenían gran nescesidad, donde, 
como iban heridos y fatigados, acometidos por los indios, les fué forzado 
tornarse á embarcar é irse á la isla de Cuba, donde, como dixe, se supo 
la nueva de lo que les había subcedido; por lo cual, ahora digamos qué 
es lo que sobre ello proveyó Diego Velázquez. 


CAPITULO II 

DE LO QUE DIEGO VELÁZQUEZ HIZO SABIDO EL SUBCESO 
DE FRANCISCO HERNÁNDEZ 


Después que Diego Velázquez se informó del Capitán Francisco Pler- 
nández y del piloto Alaminos, de la tierra descubierta y de la prosperidad 
que prometía? con alegre ánimo, como solía las demás cosas, comenzó á 
hacer una Armada con determinación de inviar por General della al Fran¬ 
cisco Hernández, de quien, por su virtud y esfuerzo, tenía mucho con¬ 
cepto, el cual á la sazón murió y dexó por heredero de sus bienes y de la 
aución y derecho que tenía y le podía pertenescer de lo descubierto á Die¬ 
go Velázquez, el cual, viendo que el negocio era de mucha importancia 
y de confianza, determinó de cometerle á Joan de Grijalva (i), su sobrino, 
el cual se detuvo hasta que el piloto Alaminos sanó, porque no había 
otro tan diestro como él. 

La Armada fué de cuatro navios, muy proveída, así de buena gente 
como de armas y mantenimientos. Dió el mejor navio á Joan de Grijalva. 
porque era General, y de los otros hizo Capitanes á Pedro de Alvarado 
y Alonso de Avila y á Francisco de Alontejo; hizo Alférez general á 


(i) Al margen: “Grijalva." 




LIBRO SEGUNDO.—CAP. II 


63 


Bernardino Vázquez de Tapia, de los cuales hablaré adelante en el dis- 
* curso desta historia. La demás gente era muy buena y muy lucida, porque 
eran hombres hacendados y que tenían indios en la isla, y como leal ser¬ 
vidor del Rey, invió Oficiales para la Real hacienda, entre los cuales iba 
por Tesorero un Fulano de Villafaña, al cual dió muchas cosas de rescate 
de ropa y mercaduría para dar á los indios por comida ó oro y plata, y 
para hacer con buen título este viaje, lo hicieron saber á los flaires jeró- 
nimos, pidiéndoles licencia para ello, los cuales, en aquel tiempo, goberna¬ 
ban las Indias por el Cardenal D. Francisco Ximénez, Gobernador de 
Castilla por el Rey D. Carlos, desde la isla Fernandina; dieron licencia, 
y de su mano inviaron por Veedor á una persona de mucha confianza 
Puesto todo á punto en Sanctiago de Cuba, do residía Diego Velázquez, 
hizo alarde de docientos hombres, todos vecinos de la misma isla, con 
los marineros, que eran los que bastaban para el viaje, y por que Dio^ 
(sin el cual no hay cosa acertada) guiase en su servicio tan buena em¬ 
presa, después de haber bendecido las banderas y hecho otras cerinionias 
en semejantes casos acostumbradas, oyendo todos, después de haber con¬ 
fesado y reconciliado unos con otros, una misa al Espíritu Sancto, en or¬ 
den, con música de atambores y pifaros (*), se embarcaron, acompañándo¬ 
los hasta el puerto Diego Velázquez, el cual, abrazando al General y á loa 
demás Capitanes, les hizo un breve razonamiento en la manera siguiente: 

“Señores y amigos míos, criados y allegados: Antes de ahora tendréis 
entendido que mi principal fin y motivo en gastar mi hacienda en se¬ 
mejantes empresas que ésta, ha sido el servir á Dios y á mi Rey na¬ 
tural, los cuales serán muy servidos de que con nuestra industria se des¬ 
cubran nuevas tierras y gente, para que con nuestro buen exemplo y 
doctrina, reducidas á nuestra sancta fee, sean del rebaño y manada de los 
escogidos. Los medios para este tan principal fin son: hacer cada uno 
lo que debe, sin tener cuenta con ningún interés presente, porque Dios, 
por quien acometemos tan arduo y tan importante negocio, os favoresce- 
rá de tal manera, que lo menos que os dará serán bienes temporales.’' 

Acabada esta plática, el General y los demás Capitanes y personas 
principales, con menos palabras, respondieron que harían todo su deber 
cuanto en sí fuese, como su merced vería por la obra, y así, no sin lᬠ
grimas de los que quedaban y de los que se despedían, con gran ruido 
de música y tiros que dispararon de los navios, se hicieron á la vela, 
y, sin subcederles cosa que de contar sea, llegaron á la Habana, puerto 
de la misma isla, ciento y cincuenta leguas de donde salieron. 


(*) Fe.? anticuada’. “Pífano.” 





64 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO III 

DE LO QUE EN LA HABANA SE HIZO Y DE LO QUE^ DESPUÉS QUE DELLA 
SALIERON, SUBCEDIÓ 

Llegados con buen tiempo á la Habana, se reformaron de bastimentos, 
y otras cosas nescesarias para el viaje; estuvieron allí algunos días, 
deseosos todos de ver la nueva tierra, por las cosas que della decía el 
piloto Alaminos; salieron de allí al cabo de la isla que se dice Guani- 
guanico, ó Punta de Sant Antón, y en el puerto, después de haberse to¬ 
dos confesado, se tresquilaron las cabezas, que fué la primera vez que 
los españoles lo hicieron en las Indias, porque antes se presciaban de traer 
coletas. Hicieron esto porque entendieron que el cabello largo les había 
de ser estorbo para la pelea. Navegaron ciertos días con próspero tiempo, 
sin siibceder cosa memorable; llegaron á una tierra que les paresció 
fresca y de buen arte, é yendo cerca de la costa della, veían á trechos 
muchos como oratorios ó ermitas blanqueando; prosiguiendo desta ma¬ 
nera su viaje por la costa adelante, é ya que se quería poner el sol, lle¬ 
garon á un ancón y puerto que hacía la mar, donde estaba un pueblo, 
el cual, cerca de la mar, tenía un templo con una torre grande de piedra 
y cal, muy sumptuoso; tenía en cuadro por la una pared ochenta pies; 
subíase á lo alto dél por treinta gradas; había arriba una torre cuadrada, 
dentro de la cual salía otra torre que se andaba alderredor, donde los 
indios parescía haber tenido sus ídolos, los cuales, como después se supo, 
con la venida de los nuestros, habían alzado. La torre principal tenía 
arriba un poco de plaza, con un andén ó pretil á la redonda, entre el cual 
y la torre había espacio de más de doce pies. Víase della gran parte de 
la costa y tierra de Yucatán; parescíase un pueblo muy torreado. Cerca 
deste templo ó mezquita, que los indios llamaban cu, había otros edificios 
de piedra, á manera de enterramientos; había asimismo unos mármoles 
enhiestos, de una hechura extraña, que parescían cruces. El templo estaba 
un tiro de ballesta de láTmar, y el pueblo un poco más adentro, en la tie¬ 
rra; tenía casas de piedra con portales sobre postes; era muy fresco de 
aguas y arboledas. El templo era muy celebrado por toda aquella tierra, 
á causa de la mucha devoción con que á él concurrían de diversas partes 
en canoas, especialmente en tiempo de verano. Pasando un estrecho de 
mar, venían y hacían allí sus oraciones, ofrescían muchas cosas á los 
ídolos, haciéndoles muy grandes y solemnes sacrificios, no solamente de 
brutos animales, pero de hombres y mujeres, niños, viejos, niñas y vie¬ 
jas, conforme á las fiestas que los sacerdotes del templo publicaban. Fi¬ 
nalmente, no de otra manera era estimado este templo entre ellos que la 
casa de Meca entre los moros. 

Allegando aquí los nuestros, salió mucha gente de guerra á ellos, con 
arcos y flechas y otras armas. Estonces, el Capitán mandó armar á sus 



libro segundo. -C.\p. IV 


G5 


soldados y sacar los bateles para saltar en tiem ■ i , 

algunos tiros, lo cual viendo los indios se volvieron n° 
las niño, , viejos y s,.s 

Otros pueblos cercanos. En el entretanto el Paníf' u' ^ 

toda stl gente, y luego subieron al templo, ’y de^sde lo'aío'^01'^!'™" 
muchos pueblos con n.ucbos edificios que blanqueabl desde leaírvtoT 
garon mucho los nuestros de ver tierra nunc;i víc+o ~ t ' ^ " 

sumptuoso edificio. Paseáronse por él, y dicen que aquí mlndó'el^Capilán 
que el sacerdote que traían dixese misa al cual oor nn It^k 
presto el ornamento, trató algo descomedidamente, por ÍrcuaT eV k 
batalla que después hubo, le castigó Dios. Hecho esto el r^nv’ ^ 
con alguna gente en el pueblo y procuró tomar algunas indií^s paralr 
suvos'^T'’ H tratamiento, los invió á los 

Xmrni-^Srrrs^^ 

templo. ,ue tenía un pu.blo\„rreado, cuarórnco CrdVah^^^^^ 

«ron que Yucatán. Por esta orden se informó el íap '£ de otrí mu 

crq„e’';erb“ ^ 


CAPITULO IV 

CÓMO GRIJALVA SALIÓ DE C02UMEL Y DE LO DEMÁS QUE LE SUBCEDIÓ 

más tWrf ' Á embarcar para costear la isla y descubrir 

mas tierra, e yendo asi, vieron desde lejos una persona que desde la costl 

deta^sTaUs: '’r .—: » 

leguas. ^ ‘ trecientas y cincuenta 

babí!rd?cttlTd,^Te'rjVh" >' " 

4 la otra tierra que se paUa y le 'haTaÚTbl ÍrerLtttX 

5 




66 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


gado á ella, la fué costeando, y vió cómo cerca de la mar parescían al¬ 
gunos pueblos torreados y que sus edificios eran de piedra y cal, lo cual 
no menos les paresció que la isla de Cozumel. Yendo todavía costeando, 
acontesció que, habiendo un día navegado al ueste y norueste, otro día, 
cuando amanesció, se hallaron todos los navios adonde habían estado el 
día antes por la mañana, y fué la causa que las aguas corrientes que por 
aquella parte había, venían de hacia el puerto de Honduras y Caba¬ 
llos, las cuales corrían hacia aquella parte con gran velocidad, por lo cual, 
tornando á navegar, llegaron á una bahía que la mar hacía, á manera de 
laguna en la tierra, y tiniendo el piloto sospecha que era algún estrecho 
que apartaba y dividía la una tierra de la otra, porfió á entrar cuanto 
pudo con los navios hasta que dieron en poca hondura, de manera que no 
pudieron pasar adelanté por lo cual, el Capitán mandó sacar algunos 
bateles y que en ellos fuese alguna gente á descubrir lo que de ahí ade¬ 
lante había. Fueron, y después de haber andado mucho, no descubrie¬ 
ron cosa notable, y, de cansados, se volvieron. 

Este ancón ó bahía tan grande que apartaba aquellas dos tierras, dio 
ocasión á que después, tornando los nuestros á bojar aquella tierra, dixe- 
sen los pilotos que aquel ancón salía al Puerto Deseado, y así, dixeron que 
la tierra de Yucatán (i) era isla y que aquella agua dividía las dos tie¬ 
rras, haciéndolas islas. A esta bahía llamaron los nuestros bahía de la As¬ 
censión, porque en tal día llegaron á ella, y como se tuvo por entendido 
que aquel agua corría por mucha distancia, y que la tierra de Yucatán se 
acababa allí, acordaron todos de volver por donde habían venido é ir cos¬ 
teando toda la tierra de Yucatán: salieron con muy gran trabajo, porque 
casi estaban encallados los navios. De allí, costeando la costa de Yucatán, 
volvieron á la isla de Cozumel, á la cual habían llamado la isla de Sancta 
Cruz, porque el día de Sancta Cruz de ]\Iayo habían llegado á ella. Desde 
allí, tornando á navegar, atravesando la costa de Yucatán para verla y 
cercarla toda y saber lo que en ella había, llegaron á una punta que salía á 
la mar, sobre la cual estaba un edificio de cal y canto, que, saltando los 
nuestros en tierra, supieron ser un templo de grande devoción, donde 
venían á hacer oración y sacrificios mujeres de religión, por lo cual, el 
Capitán llamó [á] aquella punta la Punta de las Mujeres. No faltó quien 
dixo que en aquella tierra había amazonas, aunque los nuestros nunca 
las vieron, porque decían algunos indios que con la venida de los es¬ 
pañoles se habían retirado la tierra adentro. 

Desde allí fueron navegando por la costa muchos días hasta que 
se vieron en gran nescesidad de agua, y queriéndola tomar, determinaron 
de acercarse á tierra, y porque hallaban siempre menos fondo, acordóse 
que fuesen delante los navios más pequeños. Yendo así ya legua y me¬ 
dia de la tierra, los navios que iban delante comenzaron á rastrear por el 
arena y lama, tanto, que salía la señal arriba, por lo cual acordaron de 


(i) Al wargen: “Yucatán”. 






LIBRO SEGUNDO.— CAP. V 


G? 

dar la vuelta á la mar, pero no lo pudieron hacer con tanta presteza que 
primero no se vieron en muy gran peligro. Finalmente, saliendo con muy 
gran trabajo, tornando á seguir su camino costa á costa, llegaron donde 
el mar hacía una vuelta hacia la tierra, que parescía puerto, y allí, el 
piloto Alaminos, que fué el que había llegado allí con Francisco Hernán¬ 
dez de Córdoba, reconosció ser la tierra de Campeche, de donde los in¬ 
dios habían echado á Francisco Hernández. Surgieron en aquella punta 
que hacía puerto, y aquel día todo y la noche siguiente el Capitán hizo 
sacar los bateles y que los Capitanes y personas principales de los otros 
navios viniesen al suyo para tractar y comunicar lo que sería bien que 
se hiciese, y estando todos juntos, el Capitán les dixo así: 

“Señores y amigos míos: Ya veis la nescesidad grande que de tomar 
agua tenemos, y que estamos en tierra donde los moradores della son 
muchos y enemigos nuestros, como paresce por el mal tratamiento que hi¬ 
cieron al Capitán Alonso Hernández de Córdoba, como por sus ojos 
vió el piloto Alaminos, que está presente. Riesgo veo y peligro, de una 
parte y de otra, pero parésceme, salvo vuestro mejor consejo, que debe¬ 
mos antes rescebir la muerte de nuestros enemigos, procurando la con¬ 
servación de nuestra vida, que de pusilánimos y flacos dexarnos morir de 
sed, pues no hay género de mayor cobardía que dexarse el hombre 
matar no haciendo la resistencia (aunque faltase esperanza de vencer) 
que es obligado en ley natural, y así, si, señores, os paresce, pues somos 
muchos más que los de Francisco Hernández, y no menos que ellos obli¬ 
gados á hacer el deber, yo determino que mañana, antes que amanezca, 
salgamos los que cupiéremos en los bateles, y puestos en tierra, inviare- 
mos por la demás gente, y así, antes que los indios nos puedan ofender 
al desembarcar, sin ser sentidos, estaremos en tierra, puestos á punto para 
resistirles si nos acometieren.” 

Acabando de hablar el General, como los Capitanes y la demás gente 
principal, tenían el mismo propósito que su caudillo, con alegre semblante 
vinieron todos en su parescer, y así, otro día, muy de mañana, se puso 
por obra lo que el General había ordenado. 


CAPITULO V 

CÓMO GRIJALVA SALTÓ EN TIERRA Y DE LO QUE CON LOS INDIOS LE AVINO 


Otro día, bien de mañana, los nuestros, conforme á lo que el día antes 
se les había dicho, sacaron los bateles y pusieron los tiros en ellos. En¬ 
trado el General con los demás Capitanes y gente que cupo á punto de 
guerra, saltaron en tierra, y, antes que fuese bien de día, los que que¬ 
daban en los navios se juntaron con los que primero habían saltado, 
rt" así, todos juntos, se llegaron á un edificio, como teatro, que estaba 




68 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


cerca de la costa donde Grijaiva quisiera que luego se dixera misa, por¬ 
que el día antes había avisado á Joan Díaz, clérigo, que sacase el orna¬ 
mento para cuando fuese menester, y como en aquel lugar, más que en 
otro, había aparejo para que todos oyesen misa, y entendió que el sa¬ 
cerdote se había olvidado de sacar el ornamento, riñóle con más cólera 
de la que fuera razón, diciéndole algunas palabras ásperas que á todos 
los de la compañía pesó y paresció mal, por lo cual paresce que permitió^ 
Dios que otro día, peleando con los indios, le dieron un flechazo en la 
boca que le derribaron tres dientes, y á no llevar cerrada la boca, como- 
él confesó, le pasara la flecha; lo cual, entendiendo él que había sido 
por su pecado, como públicamente había afrentado al sacerdote, ansí, 
públicamente, dando exemplo de hombre arrepentido, le pidió perdón, 
tratándolo de ahí adelante como lo deben ser los puestos en tal dignidad. 
Esto es lo más cierto que acontesció á Gri jaiva con el sacerdote en este 
lugar, y no en el que antes dixe, como algunos piensan. El sacerdote,, 
pues, antes que otra cosa respondiese ni se hiciese, invió por el ornamen¬ 
to, y revestiéndose, comenzó la misa, al medio de la cual asomaron en 
gran concierto muchos escuadrones de indios, y marchando en son de 
guerra, llegaron á un tiro de ballesta del edificio donde la misa se decía. 
Los nuestros no se alteraron. 

Acabádose la misa, el Capitán hizo poner en orden su gente, con los 
tiros de campo delante, y deseando hablar con los enemigos de paz, fuese 
poco á poco hacia ellos, haciendo señales de paz. Como los indios vie¬ 
ron que los nuestros se iban acercando, ellos se fueron, poco á poco, re¬ 
trayendo, hasta que los nuestros llegaron donde estaba un poco de agua- 
muy buena, y como el intento de Gri jaiva y de los suyos era hartarse de 
agua y proveer los navios dc^la, mandó hacer alto, y así, bebieron todos 
hasta que se hartaron, porque la sed, con la falta del agua, había ido en 
aum.ento. Luego, como el Capitán vió que los indios no acometían, no 
quiso él acometerlos, para convidarlos á paz y amistad; antes, en eí 
entretanto, mandó que se traxesen vasijas para llevar agua á los navios, 
en lo cual se ocuparon aquel día y otros dos. 

Los indios, visto que los nuestros habían asentado junto á los pozos, 
pusieron su real cerca de una arboleda grande, un tiro de ballesta de los 
nuestros, y, según después paresció, tenían determinado de pelear con 
los nuestros, lo cual suspendieron hasta que llegaron tres ó cuatro es¬ 
cuadrones de mucha gente que esperaban, por dar más á su salvo la 
batalla; pero no osando aún con esto determinarse, por ver que los 
nuestros se estallan en el lugar que habían tomado, pensando que debían 
de ser más de los que parescían, inviaron algunos indios, como espías, 
para que reconosciesen el lugar de los españoles y viesen cómo estaban* 
fortalescidos y las armas y gente que había, á los cuales el Capitán y los 
demás, por su mandado, rescibieron y trataron muy bien, y dándoles al¬ 
gunas cosas de las de Castilla, les dixeron por señas que dixesen á su* 
señor que ellos no venían á hacerles mal ni á quitarles sus haciendas,.. 



LIBRO SEGUNDO.-CAP. VI 69 

iii dar otra pesadumbre, sino tener su amistad y contratar con ellos, y 
tomar de aquella agua que había en aquellos pozos. 

Los indios respondieron en pocas palabras, con muestra de enojo, 
que no había para qué. Al segundo día, perseverando en su propósito, 
inviaron tres ó cuatro mensajeros, por los cuales dixeron al Capitán que 
■qué hacían allí, que se fuesen; si no, que los echarían por fuerza. El Ca¬ 
pitán respondió que en acabando de tomar el agua se iría, y que no resci- 
biesen pesadumbre si se detuviesen algún día en hacer el aguada, porque 
ya les habían dicho que no venían á hacerles enojo. 

Desta manera, fueron y vinieron tres ó cuatro veces, llevando la 
misma repuesta al Capitán, hasta que, no pudiéndose ya sufrir los in¬ 
dios, no habiendo acabado de tomar el agua los nuestros, inviaron más 
mensajeros, diciendo que luego á la hora se fuesen, si no, que los mata¬ 
rían á todos. El Capitán respondió que ya acababan de hacer el aguada 
y que luego se irían, y volviéndose al escribano con quien solían hacer 
semejantes auctos, le pidió delante los Capitanes y otras personas, estan¬ 
do presentes los indios, le diese por testimonio que él y los suyos no ve¬ 
nían á hacerles mal, y que si, defendiéndose, los ofendiesen, fuese á su 
culpa, porque él y los suyos no habían venido sino por agua y á con¬ 
tratar con ellos, si lo tuviesen por bien. Esto dió á entender el Capitán, 
lo mejor que pudo, á los mensajeros, y así, se fueron luego; inconti¬ 
nente vinieron otros con uno como brasero de barro, con lumbre y ceniza, 
do delante de los nuestros echaron cierto sahumerio que hacía mucho 
humo y olía bien, y, poniéndole cerca del Capitán, le dixeron: ''los en 
el entretanto que este sahumerio se acaba, porque, donde no, moriréis 
luego.’’ El Capitán, viendo que ya se le iban desvergonzando, con rostro 
airado, les requirió delante el mismo escribano que estuviesen quedos y 
le dexasen acabar de tomar agua, pues estaban donde no les ofendían en 
cosa, 3^ que él no se iría hasta que hubiese acabado de tomar el agua, 
pues era cosa que ninguna nasción la podía negar á otra no habiendo pres- 
cedido enemistad. 


CAPITULO VI 

DE LA BATALLA QUE GRIJALVA HUBO CON LOS INDIOS 
Y DE LO QUE EN ELLA PASÓ 

Grijalva, viendo que los indios que habían traído el brasero, sin res¬ 
ponder cosa con enojo se habían apartado y vuelto á los suyos, mandó 
que todos estuviesen á punto para cuando moviesen arma los contrarios, 
los cuales, estando muy atentos al acabar del humo, comenzaron á mo¬ 
verse en gentil orden, con denuedo grande de pelear, viniéndose poco 
á poco hacia los nuestros, tirando muchas piedras con hondas y arrojan¬ 
do varas y dardos. El Capitán mandó, so pena de muerte, que ninguno 




70 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


de los suyos se moviese hasta que él hiciese señal; y viendo que ya la.s 
saetas daban en el real y que no se debía sufrir sin que hiciese la re¬ 
sistencia debida, diciendo pocas palabras en aJta voz, con que animaba á 
los suyos, dió á entender que peleab?ui para defenderse; y haciendo 
señal, mandó á Bernardino Vázquez de Tapia, su Alférez general los 
acometiese. Dentro de poco espacio se trabó una brava batalla, que duró- 
en aquel lugar do se juntaron más de dos horas. 

Los indios, como traían pensado, poco á poco peleando, se fuerom 
retrayendo á una arboleda, donde, como á celada, traxeron [á] los nues¬ 
tros, á los cuales, en breve espacio, cercó gran multidud de indios, los cua¬ 
les hicieron notable daño en los nuestros. Aquí Murió Juan de Guetaria, 
hombre de suerte, sabio y esforzado, cuya falta se sintió después 
mucho. 

El General, viéndose cercado y que de refresco acudían enemigos 
y que los suyos iban desfallesciendo, así por las heridas como por el 
cansancio, mandó cargar los tiros y recogió toda la más gente que pudo, 
con el Alférez general, al lugar donde él estaba, que era más conve¬ 
niente para hacer daño en los enemigos, de adonde, animando á los 
suyos y diciéndoles que se acordasen que eran españoles, y que ya no 
peleaban por la honra, sino por la vida, acometió á los enemigos como 
si comenzara de nuevo, mandando soltar los tiros y tirar las ballestas. 

En este lugar dieron á Grijalva el flechazo que diximos en el ca¬ 
pítulo pasado, sin otros que le hicieron mucho desangrar, porque los* 
indios eran muchos, y en la parte donde estaban, más poderosos, á causa 
que detrás de los árboles se guardaban y flechaban á su salvo á los 
nuestros. Viendo esto el General y que si de allí no salía no podía 
escapar hombre de los suyos, tirando del Alférez, á grandes voces 
mandó á los suyos salir de aquella espesura lo mejor que pudiesen á lo 
llano; en lo cual los nuestros, como les era forzado volver las espaldas, 
iban con paso largo, no tiniendo lugar de ofender; recibieron muchas 
pedradas y flechazos hasta que salieron á lo llano, donde juntándose, 
hicieron alto, donde desde el arboleda no podían alcanzar los arcos. Es¬ 
tuvieron allí hasta cerca de la noche, defendiéndose, según algunos dicen, 
lo mejor que pudieron; aunque es opinión de otros, que estando puestos 
en aquel lugar los nuestros no fueron más acometidos de los indios, 
de los cuales hubo muchos muertos; de los nuestros algunos, y los de¬ 
más en muclias partes del cuerpo heridos. 

Otro día, viendo el Capitán cómo los indios no salían á hacerle 
guerra, recogió su gente á par de los pozos, adonde se curó él y los 
demás heridos. Los Capitanes y otras personas principales, viendo que 
su General estaba tan mal herido, le rogaron muchas veces se metiese en 
un navio con algunos de los que tenían heridas peligrosas, y que en el 
entretanto que él y los demás heridos convalescían, ellos entrarían en el 
pueblo y harían todo el daño que pudiesen, para que de ahí adelante 
los indios no tuviesen atrevimiento de acometer á los españoles. El 



LIBRO SEGUNDO.—CAP. VII 


7 


General, agredesciéndoles con buenas palabras su voluntad y celo, res¬ 
pondió que él no venía á vengar injurias ni á pelear con los indios, sino 
á descubrir aquella tierra, para que dando della noticia á Su i\Iajestad 
proveyese cómo en ella se desarraigase la idolatría y otros pecados ne¬ 
fandos con que Dios era gravemente ofendido, y se plantase la fee 
católica; y así, luego en nombre de Su Majestad y para Su Majestad, 
delante del escribano, que se lo dió por testimonio, y de los demás que 
estaban presentes, por Diego Velázquez, que le había enviado, tomó po¬ 
sesión de aquella térra; hecho lo cual, mandó que primero se embarcasen 
todos los heridos y después los demás, para que si los indios quisiesen 
acometerles, hubiese quien los pudiese resistir. 

El día antes que esto se hiciese, estando algunos de los nuestros 
en los navios, acontesció que como estonces, siendo las aguas vivas, 
echaron las amarras cerca de la tierra en tres ó cuatro brazas, y de ahí 
á poco comenzó la mar á menguar, quedaron los navios casi en seco, 
acostados en la lama y arena, de manera que las gavias tocaban en el 
agua, lo cual fué gran confusión para los nuestros, porque á venir un 
poco de viento que levantara la mar, los navios se hicieran pedazos y 
los nuestros quedaran aislados, puestos á gran riesgo, por estar tan he¬ 
ridos y tantos enemigos tan cerca, sin haber reparo alguno adonde se 
acoger; pero como el otro día siguiente volvió pleamar, se tornaron á 
endereszar los navios, poniéndose como estaban cuando surgieron; y así, 
porque otra vez no subcediese lo mesmo, mandó el Capitán que con los 
bateles y con las anclas los sacasen á la mar, lo cual se hizo con mucho 
trabajo. 


CAPITULO VII 

CÓMO EL CAPITÁN Y SU GENTE SE EMBARCÓ Y DE LO QUE DESPUÉS SUBCEDIÓ 

Nadando ya los navios en el agua que habían menester, el Capitán 
se embarcó con su gente, guiando su navegación por la costa, y nueve ó 
diez leguas hacia Champotón, antes que llegasen á él, hallaron una gran 
bahía, donde se hacía una isleta, en la cual vieron un grande y sumptuoso 
templo, y por él algunos indios que debían ser sacerdotes. Hiciéronles 
señas que viniesen, pero, ó porque no las entendieron, ó porque no osa¬ 
ron, no vinieron. Veían los nuestros desde los navios las casas del pue¬ 
blo, algunas de las cuales eran sumptuosas, y un río que corría cerca dél. 
Quisieran los que venían sanos saltar en tierra, pero por estaf herido el 
Capitán y otros muchos que aún no habían convalescido, temerosos no 
les subcediese alguna desgracia, lo dexaron de hacer, y así siguieron su 
viaje sin entrar en Champotón, tomando la derrota que era menester 
para costear y descubrir la tierra. Siguiendo desta suerte su viaje, uno 
de los navios comenzó á hacer mucha agua, de tal manera que á no 



CRÓNICA DE I.A NUEVA ESPAÑA 


72 

hallar un puerto quince ó veinte leguas de Champotón, peligraran los 
que iban en él; habíase maltractado cuando se trastornó con los demás 
en Campeche. En este puerto adereszaron el navio, porque tuvieron lu¬ 
gar de saltar en tierra sin contradicción de enemigos, á causa de unas 
arboledas que cerca estaban, las cuales tomaron por reparo. 

Adereszado el navio, el Capitán siguió su viaje, y porque habia que¬ 
dado concertado que Diego Velázquez, que los inviaba, despacharía otro 
navio con gente y bastimentos, para que hobiese oportunidad de poblar, 
y porque los que viniesen estuviesen avisados de que Grijalva y los su¬ 
yos habían pasado por allí, hicieron unas letras en un árbol grande, y 
en un calabazo que colgaron del árbol pusieron una carta que decía 
el Capitán Grijalva había llegado allí y que iba adelante descubriendo 
tierra, con propósito de no volver allí hasta pasados dos meses; y fué 
así que el Gobernador Diego \^elázquez despachó el navio y por Capi¬ 
tán del á Cristóbal de Olid, el cual partió con mucha y buena gente, 
adereszado de armas, artillería y bastimentos, y no hallando rastro de 
Grijalva se volvió, lo cual fué causa que Grijalva no poblase en muchas 
partes que pudiera, porque el navio que esperaba había de traer la fa¬ 
cultad para ello. 

A este puerto, donde Grijalva dejó estas señales llamaron los pilotos 
el Puerto Deseado, los cuales, tomando el altura del sol y del norte, se 
tornaron á rectificar que la mar de la bahía de ^la Apsención (*) venía á 
aquel Puerto Deseado, afirmando que Yucatán era isla. Saliendo de allí, 
navegando y costeando la tierra, pasaron por unas bocas que la mar hacía 
en la tierra y dentro hacía grandes lagunas. A estas bocas llamaron los 
nuestros los Puertos de los Términos. Yendo así navegando, llegaron á 
la boca de un río grande que traía mucha corriente, tanto que por muy 
largo trecho metía el agua dulce en la mar. Entraron con los navios en 
él con trabajo, y habiendo subido obra de media legua, descubrieron un 
pueblo, al parescer grande y de mucha frescura; surgieron allí, y poco 
después de estar surtos vinieron muchas canoas grandes llenas de indios 
bien adereszados con ricas mantas y armas muy lucidas, con vistosos 
plumajes en las cabezas, los arcos embrazados á manera de guerra. 

Como los nuestros desde los navios se vieron rodear por todas par¬ 
tes de tanta gente que traía denuedo de pelear, sobresaltáronse algún 
tanto, y asi se adereszaron todos para defenderse si fuesen acometidos; 
é ya que los indios se iban acercando, el General mandó que les hiciesen 
señal de paz y como que los llamaban para hablar con ellos. Los indios, 
entendida la seña, sin ningún recelo se juntaron con los navios, del uno 
de los cuales el Capitán por señas dió á entender á una canoa donde venía 
con otros principales uno como señor, que fuese á la nao capitana, donde 
estaba el General, la cual salió luego de entre las otras, y por las señas 
que los otros navios le hicieron llegó á la nao capitana, desde la cual 


O Ascensión. 



LIBRO SEGUNDO.—CAP. VIII 


7^ 

el General y otros caballeros le mostraron mucho amor y dieron señas 
<le tanta amistad, que aquel señor y los principales que con él iban su¬ 
bieron al navio, donde el General los abra^zó y mostró cuanto él pudo el 
contento que tenía de verlos en el navio. Hízoles dar de comer y beber; 
regalólos mucho, y antes que se despidiesen, les dixo que él no venia ,á 
hacerles mal, sino á tener su amistad, y que en confirmación desto le 
rogaba rescibiesen aquellas camisas, ropas y otras joyas que les daba, 
para que tratando con los suyos les diese á entender que los hombres de 
España no eran tequanes, que quiere decir '‘crueles'', porque tequán 
quiere decir “cosa brava", sino piadosos y amigos de hacer placer, 

Rescebidos los dones, los indios, á vista de todos los demás, muy ale¬ 
gres, volvieron á su canoa, á la cual siguieron todas las demás y rodeán¬ 
dola estuvieron todas paradas un gran rato para saber de aquel señor 
y sus compañeros lo que habían pasado con el General; acabada su plᬠ
tica, que no tardó mucho, todos juntos se fueron al pueblo. Lo que 
della resultó paresció luego por la obra, porque otro día vinieron algu¬ 
nos indios muy bien adereszados, los cuales, con mucho comedimiento y 
amor dieron al General algunos plumajes ricos y otras cosas de estima 
que había en su tierra, á los cuales Grijalva rescibió con muy alegre ros¬ 
tro, mandándoles dar de comer y beber y algunas ropas de seda, que 
los indios tuvieron en grande estima; é ya que se querían despedir, les 
dixo que ellos traían alguna nescesidad de comida, que si no les daban 
enojo, saltarían en tierra, para que por rescate se la diesen. Los indios 
respondieron que su señor no rescibiría pena dello, pero que esperasen, 
que o¿ro día volverían con la repuesta. 


CAPITULO VIII 

CÓMO VINO EL SEÑOR DE AQUELLOS INDIOS A LA NAO CAPITANA, 

Y DE LO QUE LUEGO PASÓ 

Vueltos los indios con gran contento y alegría, así por les presciosos 
dones que llevaban como por el amor con que el General y los suyos 
los habían tratado, entraron acompañados de muchos indios que los 
estaban esperando á la lengua del agua, adonde estaba su señor, al cual, 
muy alegres, dando la embaxada del Capitán con la reverencia y ceri- 
monias que suelen, pusieron los dones y presente delante de su señor, 
el cual, como después se supo y paresció por la obra, los tuvo en mucho, 
por ser cosas jamás vistas en su tierra; y aunque bárbaro, no queriendo 
que en liberalidad y magnificencia los extranjeros le hiciesen ventaja, 
adereszándose lo más ricamente que él pudo, acompañado de los prin¬ 
cipales de su tierra y casa, también confonne á su calidad vistosamente 
adereszados, con gran ruido y armonía de música de caracoles y otros 
instrumentos, entró en las canoas, llevando consigo presentes de oro. 




74 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


plata, piedras y plumas y mucha cantidad de comida. Grijaiva, como 
vió que se acercaban y que venían magnifestando mayor amistad, mandó 
se tocasen en todos los navios los atambores y pifaros, de lo cual el se¬ 
ñor del dicho pueblo no rescibió poco contento. Gri jaiva antes desto te¬ 
nía proveído cuando vió salir al señor para los navios, que todos se 
adereszasen lo más lucidamente que pudiesen, y los Capitanes de los 
otros navios con algunos de su Capitanía se viniesen á la capitana, para 
que con mayor auctoridad rescibiesen á aquel señor que con tanta ma¬ 
jestad venía. 

Subió el señor, que los indios llaman cacique, á la capitana con gran 
estruendo de música de los nuestros y de los suyos, abrazáronse los 
dos con grande amor, y tomando el General por la mano al cacique le 
truxo por el navio, mostrándole cosas que él no había visto, al cual 
todos los demás Capitanes y personas principales, como estaba ordenado, 
hablaron con grande amor y él á ellos. Las otras personas principales 
que con el cacique entraron, del General y Capitanes fueron tractados 
como su calidad pedía. El cacique, acabando de ver lo que en el navio 
había, con grande comedimiento echó á la garganta al General una ca¬ 
dena de rosas y flores muy olorosas, y púsole en la mano una flor com¬ 
puesta de muchas flores, que ellos llaman súchil; púsole en los molledos 
de los brazos, á su costumbre, dos grandes axorcas de oro ; dióle piedras 
y plumajes ricos, mandando poner luego delante dél muchas aves, ta¬ 
males, frísoles, maíz y otras provisiones de comer, con que no poco se 
alegi'ó el General y su gente. Esto así hecho, tornando el General á 
abrazar al cacique, le hizo sentar en una silla de espaldas y poner luego 
dos mesas, la una para donde él y el cacique solos comiesen, y la otra 
para sus Capitanes é indios principales que el cacique traía. Comieron 
todos con mucha alegría. Acabada la comida, el cacique, agradesciendo 
la honra que se había hecho, dixo al General que el día pasado ciertos 
criados suyos le habían dicho que su merced quería saltar en tierra, y 
que para ello le habían pedido su licencia; que él y todos los suyos es¬ 
taban á su servicio, que viniese norabuena, porque él y los su3'Os sabían 
que en hospedar á personas de tan buen corazón hacían servicio á sus 
dioses, y que no podían creer sino que gente tan buena fuese hija del 
sol. 

Dichas estas y otras muchas sabrosas palabras, que por señas en¬ 
tendían los nuestros, el General le dió algunas cosas, que aunque no 
eran de mucha estima, por ser extrañas, él las tuvo en mucho, y con 
esto le dixo que le agradescia mucho tan buena voluntad, la cual pagaría 
más largamente cuando po'r allí volviese, porque le parescía que era 
merescedor, por su mucha bondad, de que se le hiciese todo servicio. 

Acabados estos y otros comedimientos, porque ya era hora, mandó el 
General echar los bateles al agua, donde entraron todos los que cupieron. 
El General se metió en un batel con los Capitanes y el señor con sus 
principales en su canoa, y así juntos, acompañados de todos los demás, 




rjBRO SEGUNDO.—CAP. IX 


7^ 

con mucha música, saltaron en tierra, donde luego, dándolo por testi- 
monio un escribano, tomó posesión en nombre de Su Majestad, por 
Diego Velázquez, de aquella tierra. 

Llamábase el pueblo Potonclian, y la provineia Tabasco, cuyo río 
se llamó de ahí adelante de Gríjalva por haber entrado en él el General 
Joan de Grijalva. Hecho este aucto, el General con los suyos fué á la 
casa del cacique, que era muy sumptuosa, en la cual fué muy festejado, 
donde en el entretanto dió á entender al señor cómo hada el occiden¬ 
te (i), muy lejos de allí, había una gran tierra que llamaban España, 
cuyo Rey era muy poderoso, así por la mucha gente que tenía, como 
por los grandes haberes y provincias que poseía, y que ellos eran sus 
vasallos inviados por él á descubrir aquellas tierras y tractar con los mo¬ 
radores dellas y enseñarles cómo no se había de creer en las piedras 
ni animales, ni en el sol, ni en la luna, que ellos falsamente tenían por 
dioses, sino en un solo Dios hacedor y criador del cielo y de la tierra, al 
cual los españoles y cristianos adoraban, y que esto lo entendería ade¬ 
lante con la comunicación y amistad que tendría con los españoles. 

El cacique, que debía de ser de buen entendimiento, respondió que 
el Rey de los nuestros debía de ser, como el General decía, muy podero¬ 
so, pues tenía vasallos tan fuertes que osasen, siendo tan pocos, venir 
á tierras extrañas, llenas de tantas gentes, que para uno dellos había 
más de tres mili ; é que pues decía que había de volver por allí, que él hol¬ 
gaba mucho dello para entender dél como de su amigo aquella nueva 
religión y adoración de un solo Dios que le decía, y que paresciéndole 
tal, dexaría la suya, porque verdaderamente entendía que aquellos sus 
dioses eran muy feos y crueles, pues les pedían sacrificios de hombres 
y mujeres. 

No poco contento el General con la repuesta del cacique, con lágri¬ 
mas y otras muestras de mucho amor se despidió dél y se tornó á em-- 
barcar, acompañándole el cacique y principales hasta que se metió en 
el batel, desde el cual se tornó á despedir tan amorosamente como de 
antes. 


CAPITULO IX 

CÓMO GRIJAT.VA SE TORNÓ Á EMBARCAR Y COSTEÓ LA TIERRA 
Y DE LO DEMÁS QUE LE ACONTESCIÓ 

Embarcados que fueron los nuestros, comenzaron á navegar cos¬ 
teando la tierra, cerca de la cual, andadas quince leguas, llegaron á la 
boca de un río que parescía grande, el cual, porque tenía muchas pal¬ 
mas, llamaron de ahí adelante el Río de Palmas, y pasando ade- 


(i) Al margen: “Oriente. 




y 6 CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 

lante, de trecho á trecho, vieron muy cerca del agua unos bultos grandes 
•y blancos que parescían humilladeros ó oratorios. Deseando saber el 
General qué cosa fuesen, mandó á Bernardino Vázquez de Tapia, su 
Alférez general, y á otro hombre de cuenta, que saltasen en un batel 
y entrando en tierra viesen qué eran aquellos bultos que tanto cam¬ 
peaban; y haciéndolo, vieron que eran unos edificios hechos de ma¬ 
deros y ramas muy texidas á manera de tolvas de molinos, á los cuales 
edificios se subía por unas escalerillas muy angostas; estaban casi lle¬ 
nos de arena, hecho en medio un hoyo, el cual los moradores de aquella 
tierra henchían de agua de la mar, la cual con el gran sol que por allí 
hace, cuajándose se volvía en sal muy buena y de muy buen gusto; gas¬ 
tábase mucho la tierra adentro. Prosiguiendo la navegación, vieron los 
nuestros muchos ríos, y algunos dellos muy caudales, que entraban en la 
•mar, y todos los días, en poniéndose el sol, si la costa era limpia, sur¬ 
gían en ella, y si no había buen surgidero, metíanse en la mar, poniéndose 
al reparo. 

Fué cosa maravillosa, como después acá ha parescido, que siendo, 
como es, aquella costa tan brava y tan peligrosa, que ningún navio osa en 
este tiempo llegarse á la costa que no perezca, estonces, navegando y 
•surgiendo tan cerca della por tantos días, ninguno peresció, habiéndose 
perdido después acá muchos, lo cual es gran argumento de que Dios alla¬ 
naba las asperezas y quitaba los peligros para que su sancto Evangelio 
fuese predicado en tierras tan extrañas, donde el demonio por tantos años 
había tiranizado [á] aquellas miserables gentes. 

Prosiguiendo su viaje, pasaron cerca de unas sierras, cuyas grandes 
peñas daban en la mar ; parescíanse entre sierra y sierra unas tierras de 
gran frescura y de hermosas arboledas y bocas de ríos que, con gran 
copia de agua, entraban en la mar. Veíanse asimismo, desde las gavias 
de los navios, la tierra adentro otras muy grandes sierras, y lo que era 
Jlano muy fresco. De ahí á pocas' leguas, yendo navegando un día, 
vieron por delante islas y arrecifes que se hacían en la mar á una parte 
y á otra por donde navegaban, por lo cual les era forzado ir sondando 
con cuidado de no dar en algún baxo. Yendo así, no lexos de las naos, 
vieron dos ó tres canoas con indios que andaban pescando; el General, 
como los vió, mandó saltar en un batel al Alférez con otros de la com¬ 
pañía, para que, dando caza á las canoas, tomase alguna dellas; salió 
luego otro batel para atajarlas que no se fuesen, y así, se dieron tanta 
7>riesa, que aunque las canoas huían mucho, en breve tiempo, se fueron 
acercando á ellas. Los indios, viendo que no se podían escabullir, dexando 
de remar, tomando unas navajas de pedernal que traían en las canoas, 
comenzáronse á sacrificar, sacándose sangre de las orejas, narices y len¬ 
gua y de los muslos y otras partes del cuerpo, ofresciendo la sangre que 
salía al sol, creo que ofresciéndose á él como á su dios y defensor, puestos 
en aquel peligro. Este fué el primero sacrificio de sangre que los nues¬ 
tros vieron en esta tierra. Tomaron los de los bateles una ó dos canoas 




LIBRO SEGUNDO,-CAP. X 


77 


con los indios que en ellas iban, los cuales llevaron al General. El los res- 
cibió muy bien y hizo muchos regalos y buen tractamiento, dándoles de 
comer y de beber, vistiéndoles camisas de las nuestras y dándoles algu¬ 
nas joyas; preguntóles por señas qué tierra era aquélla y cómo se llá- 
maba, respondiéronle que era Culhua (i), y que era tierra muy grande y 
muy rica, muy llena de gente y con un gran príncipe que la gobernaba, 
á quien obedescían otros grandes señores. La tierra parescía muy 
hermosa; tenía muchas sierras la tierra adentro, y una más alta que 
todas, nevada por la cumbre, que se llama la Sierra Nevada de la Ve- 
racruz. 

El Capitán, después de haberse informado de los indios y dádoles 
todo el contento que pudo, inviándolos cargados de muchas cosas, les 
dixo que se volviesen á sus canoas y se fuesen con Dios. Los indios, 
como de su natural condisción sean pusilánimos, tiniendo entendido que 
no habían de volver más á su tierra, como los inviaron cargados de tantos 
dones, fué muy grande el alegría con que volvieron á los suyos, á los 
cuales, por lo que después paresció, dixeron muy grandes bienes de los 
nuestros, lo cual fué ocasión que todos aquellos pueblos comarcanos, 
perdiendo el miedo, cuando los nuestros saltaron en tierra, venían á ver¬ 
los y traían algunas cosas de comida. 


CAPITULO X 

CÓMO GRIJALVA^ PROSIGUIENDO SU VIAJE, SURGIÓ EN UNA ISLETA 
Y DE LO QUE ALLÍ SUBCEDIÓ 

Prosiguiendo el General su viaje cerca de la tierra, llegó á una isla 
pequeña que tenía muchos árboles silvestres, como matorrales. Deseoso 
el Capitán de ver qué cosa fuese, para tomar más lengua de la tierra, 
determinó surgir entre la tierra firme y la isleta; surtos los navios, sa¬ 
lió la gente, en los bateles, á la isleta, en la cual hallaron ciertos cues mal¬ 
tratados y envejecidos del antigüedad, y en ellos, algunas personas muer¬ 
tas y sacrificadas, algunas frescas y otras de muchos días, con otras 
muchas cosas y señales de sacrificios, especialmente unos nava jones de 
pedernal, como hierros de lanzas grandes, con que los sacerdotes y sacri- 
ficadores abrían los pechos á los sacrificados para sacarles el corazón, el 
cual ofrescían á sus ídolos. Esto hacían con tanto primor, que, poniendo 
al que había de ser sacrificado desnudo sobre una piedra que tenía de- 
baxo de los lomos, haciéndole levantar el pecho, de manera que se pares- 
ciesen las costillas y ternillas, tocando primero con la mano en el lado 
del corazón, de una herida se lo sacaban palpitando, con tanta facilidad 
como si mataran un pollo. Hallaron asimismo algunas joyuelas de oro 


(i) Al margen \ “Ulna.” 





CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


7 ^ 

y piedras verdes y azules de poco valor. Estas señales y derramamiento 
de tanta sangre dió ocasión á que los nuestros llamasen á aquella isla Isla 
de Sacrificios. Está de la tierra firme un cuarto de legua. No hallando 
en ella persona viva de quien pudiese informarse, otro día determinó el 
General de saltar en tierra con los bateles; los indios, con las buenas 
nuevas que los indios de las canoas les habían dado, sin ningún recelo 
vinieron á ver al Capitán, trayéndole alguna comida y fructas, lo cual íué 
gran refresco para los nuestros, porque tenían ya gran nescesidad de 
mantenimientos. Estuviéronse todo aquel dia cerca de una boca de un río 
pequeño, de agua muy buena, que entra en la mar, donde algunos se la¬ 
varon y otros nadaron, no hartándose de aquella agua por la nescesidad 
grande que della otras veces habian pasado. A puesta del sol se volvieron 
á dormir á los navios. 

Gtro día, el General, saltando en tierra, mandó llevar muchas ropas, 
joyas, piedras, cuentas y ojras cosas de mercería para rescatar y des¬ 
cubrir si los indios tenían oro ó plata y piedras presciosas, puestas estas 
cosas de rescate sobre unas mesas, para que los indios las pudiesen ver 
y rescatar las que quisiesen. Llegaron muchos dellos que, así por la bue¬ 
na conversación que hallaron, como por lo que aquellas cosas tan nuevas 
ó sus ojos les contentaban, comenzaron á rescatar algunas dellas, dando 
en pago unas hachas de Chinantla, que son de un cobre que reluce como 
oro, de las cuales, creyendo Grijaiva que era oro baxo, tomó muchas, 
aunque dicen algunos que ciertas dellas tenían calzados los filos con oro; 
rescató asimismo otras cosas de pluma y algodón y algunas piedras que 
los indios llaman chalchuites. Llegó Gri jal va á aquella isleta día de Sant 
Joan, y como, preguntados los indios cómo se llamaba aquella tierra, 
respondieron que Ulua, llamaron al puerto Sant Joan de Ulua. 

Habiendo Grijalva rescatado las cosas que dixe, creyendo ser las 
hachas de oro baxo, y "que conforme á la muchedumbre que dellas tenía, 
no podía dexar de volver muy rico, trató de volverse luego sin poblay. 
como aquel que no había conoscido su buena ventura, y así, otro día, 
llamando [á] los Capitanes y personas principales, les habló en esta ma¬ 
nera : 

“vSeñores y amigos míos: Entendido tengo que entre nosotros hay dos 
paresceres; el uno contrario del otro, porque algunos de vosotros sois de 
parescer que, por las buenas muestras que hay en esta tierra, poblemos 
en ella, inviando alguna persona á Diego Velázquez para que nos invíe 
más gente y bastimentos; otros, decís que no traigo poder para poblar, 
sino para descubrir, y que á eso venistes, y no á otra cosa, y que pues 
esto está hecho, que os queréis volver á Cuba, donde tenéis vuestros in¬ 
dios y haciendas, y que si, volviendo, os paresciere acertada la jornada, 
daréis la vuelta conmigo, como lo habéis hecho. Cierto, no puedo dexar de 
estar dtibdoso y perplexo entre dos paresceres tan diversos, pues cada 
uno dellos paresce tener razón. Mi parescer es, salvo el vuestro, que, pues 
Diego Velázquez no ha inviado á Cristóbal de Olid, como prometió, que 







LIBRO SEGUNDO.-CAP. X 


79 


debe de querer que nos volvamos y que no poblemos hasta que vea la reía- 
ción que llevamos. Estos indios son muchos y están en su tierra proveídos 
de lo nescesario; nosotros estamos en el ajena, faltos de bastimentos y 
armas, y no tantos cuantos seríamos menester. Podría ser que, como gen¬ 
te tan diferente de la nuestra, el día que nos vean hacer asiento piensen 
que les queremos quitar la tierra, y así, se levantarán contra nosotros, 
y el negocio de la población no tendrá firmeza.'’ 

Acabada esta plática, Alonso de Avila y Pedro de Alvarado, que eran 
de parescer contrario del de Grijaiva, rogándose el uno al otro para que 
respondiese, después de hecho su comedimento, Pedro de Alvarado dixo 
asi: “Entendido tenemos todos, señor y valeroso Capitán nuestro, que 
con todo cuidado habrá vuestra merced mirado este negocio, y que en 
él hay tanta dificultad como paresce, por lo que vuestra merced nos ha 
dicho ; pero como ninguna cosa haya tan dubdosa ni perplexa que por 
entrambas partes tenga igual contradicción, y ninguna tan cierta que no 
pueda en alguna manera ser contradicha, debemos siempre, los que con¬ 
sultamos, tener cuenta con el provecho, si va acompañado con hacer el 
deber, y así, aunque haya algunos inconvenientes, si lo que se hace vale 
más, no se ha de tener cuenta con ellos. Esto digo porque, aunque ex¬ 
presamente Diego Velázquez no dió licencia para poblar, tampoco lo pro¬ 
hibió, sino que, á la partida, delante de los más de nosotros, dixo: “Ya 
sabéis, Gri jaiva, cuánto importa este descubrimiento; hacerle heis con 
todo cuidado, y dél me daréis relación, y, sobre todo, os encomiendo que. 
visto lo que subcediere, hagáis en todo como yo haría si presente fuese”. 
De las cuales palabras se vee claro que fio ató á vuestra merced las manos 
para no poder hacer asiento en esta tierra, que tantas muestras ha dado 
de riqueza, cuanto más que, aunque expresamente lo vedara, ni Dios ni 
Su Alteza del Rey, nuestro señor, dello serán deservidos; porque muchas 
veces acontesce que cuando se hace la ley es nescesaria, y andando el 
tiempo, según lo que se ofresce, no hace mal el que la quebranta, porque 
el principal motivo deíla es el bien común, y cuando falta y se sigue daño, 
cesa su vigor, y cerca desto, si apretamos más el negocio ¿qué pesar 
puede rescibir Diego Velázquez poblando por él, en nombre de Su Al¬ 
teza, pues el descubrimiento se encamina para esto? A lo que vuestra 
merced dice que somos pocos y que los indios son muchos, y que los 
más de nosotros desean volver á Cuba, no hay que parar en esto, pue.s 
estando contormes, pocos valemos por muchos, y no somos tan pocos 
que, inviando luego mensajero á Diego Velázquez, no nos podamos en¬ 
tretener, aunque durase la guerra un año, la cual tengo entendido que 
no habrá, porque si los indios, con el buen tractamiento que en tan pocos 
días les hemos hecho, nos tienen tanta voluntad, ¿qué harán cuando por 
muchos les hiciéremos buenas obras?, pues el amistad no se conserva sino 
con buenas obras y largo tiempo en el deseo de los de contrario parescer. 
Lo que se puede responder es que, asentado vuestra merced y nosotros, 
mudarán parescer, ó por vergüenza ó por no poder ser de los primeros en 



8o 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


esta conquista, y si afgunos hobiere que todavía porfíen en irse, vavan- 
con Dios y sirvan de mensajeros, que no serán tantos que nos puedan ha¬ 
cer falta/’ 

Acabada esta plática, Alonso Dávila y los demás Capitanes dixeron 
que eran de aquel parescer si su merced venía en él; pero como Grijalva 
pensaba que estaba rico con las hachas de rescate, y tenía algunos al oído- 
que le decían que con el haber que llevaba podría descansar en Cuba, 
ó volver á la misma empresa con más pujanza, replicó desimuladaniente 
que miraría el negocio y haría lo que conviniese. 


CAPITULO XI 

CÓMO GRIJALVA SE EMBARCÓ Y PARTIÓ PARA LA ISLA DE CUBx\ 

Grijalva, aunque los más y más principales de su exército eran de 
parescer que se poblase, por haber hallado tanta comodidad, se entró 
aquel día en los navios con otra ocasión de la que parescía, y á la media 
noche dixo al piloto mayor. Alaminos, que alzasen anclas y se hiciesen 
á la vela. Lo que cerca desto algunos dicen es que, aunque topó con su 
buena ventura, no la conosció, dexándola ir de entre las manos para 
Hernando Cortés, de cuyos valerosos hechos será lo principal desta his¬ 
toria. En esta jornada no subcedió cosa que de contar sea, porque no 
veía Grijalva la hora de llegar á Cuba, pensando que iba muy rico y que 
había hecho mucho en llevar tan buenas y tan ricas muestras de la tie¬ 
rra, para dar nuevas de las cuales se adelantó Pedro de Alvarado, y llegó 
por tierra primero un Joan de Cerv^antes, que había visto venir la flota, 
el cual dió nueva á Diego Velázquez de la venida de la flota de Grijalva. 
Pesó mucho desto, como era razón, á Diego Velázquez, y más cuando supo 
que los más del exército habían sido de parescer que se poblase y que hu¬ 
biese sido tan para poco su sobrino que no lo hubiese hecho, pues había 
llevado tantos y tan buenos caballeros, y la tierra que había descubierto 
era tan aparejada para ello, y así, antes que Pedro de Alvarado llegase, 
publicó luego que tenía determinación, como lo hizo, de tornar con más 
pujanza á armar otra flota y gastar en ella toda su hacienda y la de sus 
amigos, para lo cual comenzó á tractar con Andrés de Duero, que era 
muy su amigo y hombre de mucha cordura, á quién sería bien encargar 
la jornada, para que con honra saliese con la empresa, porque, como 
por el subceso había parescido, Francisco Hernández de Córdoba, aun¬ 
que valiente y animoso, había sido desgraciado, y aunque quisiera, por 
la poca gente que llevaba, no podía poblar, y Grijalva, aunque pudo, no 
se atrevió. 

En el entretanto que él con Andrés de Duero tractaba este nego¬ 
cio llegó Pedro de Alvarado y luego Grijalva, los cuales luego invia- 
ron las muestras de la tierra descubierta, que eran las hachas que de- 
ximos, cotaras, plumajes, ropas de pluma y algodón y algunas joyas de 



LIBRO SEGUNDO,-CAP, XI 


bi 

oro y plata, las cuales muestras, como pusieron nuevo ánimo á Die^o 
Velázquez para hacer nuevo gasto, así le acrescentaron el enojo contra 
Grijalva; y como el que entendía que en el esfuerzo y prudencia del 
General consistía el buen subceso de lo que emprendía, puso al prin¬ 
cipio los ojos sobre dos ó tres caballeros, que el uno se llamaba Vasco 
Porcallo y el otro Diego Bermúdez y el otro Garci Holguín, de lo cual 
no poco se agravió Pedro de Alvarado, porque dixo que si no le hacían 
General no volvería á la jornada, aunque después, por medio de Andrés 
de Duero, tornó á ella, por ser, como había visto, digna de emplearse 
en ella cualquier hombre de valor. 

La elección de uno destos caballeros se estorbó por las envidias y 
emulaciones que entre ellos había y porque Diego Velázquez se recataba 
de lo que le subcedió con Hernando Cortés, no se le alzasen con la go¬ 
bernación de la tierra, de la cual los Reyes Católicos, por sus cédulas y 
provisiones le habían hecho Adelantado, dando licencia los flaires je- 
rónimos para que armase y descubriese y de lo así poblado tuviese cierta 
parte, comenzó á comprar navios y á hacer otros muchos gastos, en los 
cuales, como después paresció en las cartas de pago, dicen que gastó con 
la ayuda de sus amigos, más de cien mili ducados. Ya que en el puerto 
había doce muy buenos navios y la munición y lo demás nescesario para 
la navegación, tornó á pensar á quién encomendaría tan importante ne¬ 
gocio, que con fidelidad, esfuerzo y seso le acometiese y saliese con 
él; y como en los negocios de dubda aprovecha mucho un buen ter¬ 
cero, Andrés de Duero, que era grande amigo de Hernando Cortés, y 
le favorescía y ayudaba cuanto podía, porque había conoscido dél que 
tenía aquellas partes que eran nescesarias para emplearle en tan buen 
negocio, dicen que de secreto dixo á Diego Velázquez que ninguno otro 
convenía que fuese por General sino Hernando Cortés, porque los de¬ 
más caballeros parescían bulliciosos y entre ellos había grandes com¬ 
petencias sobre quién iría; é que yendo alguno dellos, se habían de que¬ 
dar los demás, que no habían de dexar de hacer falta; y que yendo, había 
de haber disensión y desgracias, y que ninguno dellos estaba tan obli¬ 
gado á servirle como Hernando Cortés, por haberle siempre honrado y 
puesto en cargos y haberle casado y hecho Alcalde, y que en todo lo 
que se había ofrescido, había mostrado ser bien bastante para aquella 
jornada, y que por estas y otras razones que él sabía, no debía á otro 
que á Cortés confiar la jornada. ' 


6 




82 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO XII 

CÓMO DIEGO VELÁZQUEZ, PERSUADIDO POR ANDRES DE DUERO, ELIGIÓ 

POR GENERAL DE SU ARMADA Á FERNANDO CORTES Y LO QUE DELLOS SE 

DIXO 

Diego Velázquez, visto que las razones de Andrés de Duero, de quien 
él tanto crédicto tenia, eran bastantes, á su parescer, según en aquel 
tiempo estaban las cosas, determinó de elegir á Fernando Cortés por Ca¬ 
pitán general de la Armada; y asi luego, antes que con él hiciese las 
capitulaciones, le mandó pregonar por General con trompetas y ataba¬ 
les. Oído por todos los vecinos de Sanctiago de Cuba el pregón, no faltó 
quien, pronosticando, dixo á otros en la plaza: ''Diego Velázquez ha 
elegido por General del Armada á Hernando Cortés; él le echará el 
agraz en el ojo”, y asi luego, acabadas de firmar las capitulaciones, dio 
á entender no haberse engañado el que dixo aquello. Comenzó Cortés á 
hablar á muchos, convocó á otros, asi en secreto como en público, ha¬ 
ciendo á cada uno grandes promesas y no pudo recatarse tanto, aunque 
era muy avisado, que no descubriese algo de lo que tenia en su pecho, 
que venido á noticia de Diego Velázquez, no le hizo buen estómago, 
principalmente que Andrés de Cuéllar, hombre ya anciano y deudo de 
Diego Velázquez, le habia dicho, luego como supo la elección: "Hijo, 
mal habéis hecho, porque con quien habéis tenido enojo, no debí ades 
tractar negocio en que después se pueda vengar, porque los hombres, 
por hacer su provecho, no tienen cuenta con muchas obras buenas, si 
liay alguna que haya dado desgusto.” 

En el entretanto que estás cosas se decían, Hernando Cortés adque¬ 
ría amigos, gastaba lo que tenía, y aun se empeñaba, porque sabía que 
en la guerra cuando gasta el Capitán es amado y tenido y hace las cosas 
á su gusto. Pasaron en esto veinte y cinco días, é ya que la gente estaba 
hecha y todo á punto, quiso Diego Velázquez revocar lo hecho y seña¬ 
lar á Alonso de Mendoza, compañero en el cargo de Alcalde de Her¬ 
nando Cortés, Entendiendo esto Cortés, hizo que no lo entendía, y dióse 
toda la priesa que pudo, haciendo Alférez general de la gente á Villarroel, 
que después se llamó Antón Serrano de Cardona; hizo que se hiciese 
alarde de los que al presente estaban en Sanctiago de Cuba, sacando de 
repente, sin comunicarlo con Diego Velázquez, una bandera muy hermo¬ 
sa, la cual con atambor y pífato llevó arbolada Villarroel. 

Juntáronse cincuenta hombres de pie y de caballo; difirió Cortés 
el dar de los demás cargos hasta que estuviesen en la Habana; fuese 
con esta gente, galanamente adereszado en calzas y en jubón, con la 
espada en la cinta y una ascona (*) en la mano, al son del atambor, mar¬ 
chando hacia la iglesia, donde diciendo la misa un flaire llamado Fray 


C) «azcona.» 




LIBRO SEGUNDO.—CAP. XIII 


83 


Bartolomé de Olmedo, de la Orden de la Merced, bendixo la bandera, 
lo cual hecho, se volvieron en ordenanza á casa de Cortés, donde estaba 
.adereszado para todos muy bien de comer; gastaron todos los soldados 
aquel día en jugar y en otros pasatiempos hasta la noche, que Cortés les 
dió una cena tan espléndida como habia sido la comida; al cabo de la 
cual, trabándose entre ciertos soldados una pendencia, mataron á un 
hombre que se decía Joan de la Pila, carpintero de ribera, el cual había 
de ir en el Armada: estuvo Hendido en el suelo sin que nadie le alzase ni 
hiciese alboroto, hasta que á las dos de la noche. Cortés con toda la 
gente que había en su casa se fué á la iglesia, y acabando de oir misa 
del mismo flaire, á las tres de la mañana, tomando consigo veinte sol¬ 
dados se fué á la casa de Alonso de Mendoza, y llamando á la puerta 
dixo á los que le respondieron: ‘‘Llamad acá al señor Alonso de Men¬ 
doza, que le quiero hablar.Dende á poco salió Alonso de Mendoza 
armado con una hacha encendida delante; mandó abrir la puerta, salu¬ 
dáronse amigablemente, apartáronse á solas y hablaron más de una hora 
en secreto. Créese que lo que con él tractó fué decir que Diego Ve- 
lázquez estaba arrepentido y que no sabía por qué; que él no dexaría la 
jornada, porque su corazón le daba que había de ser muy próspera y 
que había de tener muy buen fin; y que si en algo se pusiese Diego 
Velázquez, que le suplicaba, pues era Alcalde y compañero, le favores- 
ciese, porque adelante se lo pagaría. Estas y otras palabras se cree que 
Cortés dixo á Alonso de Mendoza, por otras que él después dixo á algu- 
.nos de sus amigos. 


CAPITULO XIII 

CÓMO HERNANDO CORTÉS SE HIZO Á LA VELA, Y DE LA PLÁTICA 
QUE HIZO Á SUS SOLDADOS 

Vuelto Cortés á su posada, no con poco contento de lo que había 
tractado con Alonso de Mendoza, estando juntos todos les soldados, 
que serían hasta ochenta, rogándoles que con cuidado le oyesen, les 
habló desta manera: “Señores y amigos míos: Si tuviésedes como yo 
entendido la buena dicha y ventura que en esta jornada que empren¬ 
demos se nos promete, ninguno habría de vosotros que ya no le pesase 
de estar más aquí, porque aliende de lo que vosotros sabéis de la riqueza 
y prosperidad de aquella tierra que Francisco Hernández y Joan de Gri- 
jalva dexaron para nosotros, hay otras muchas razones que os deben 
mover para embarcarnos muy contentos: primeramente, ser los prime¬ 
ros que, poblando, plantaréis la fee católica y pondréis en policía [á] aque¬ 
lla gente bárbara, que es tanta en número que no se puede numerar; Su 
Majestad del Rey, nuestro señor, tendrá cuenta con vuestras personas 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


84 

como con primeros conquistadores: daros ha renta, haceros ha señores* 
de vasallos y honraros ha, como confío que hará, cuando sepa vuestros 
señalados servicios. Esta isla está ya tan llena de gente, que para vues¬ 
tras personas no hay lo que merescéis; razón será que, como valerosos,, 
busquéis vuestra buena fortuna y os enseñoréis della, que yo hallo que 
muchas veces acude y responde á los buenos pensamientos cuando por los. 
medios que convienen se ponen por obra; navios tenemos y todo lo nesce- 
sario para la jornada; no falta sino que con alegre ánimo acometamos este- 
negocio ; conoscido me tenéis en paz y en guerra, que con mi poca posibi¬ 
lidad no os he faltado; menos os faltaré ahora, pues tengo más poder para 
haceros mejores obras é yo más nescesidad del ayuda de vuestras perso¬ 
na?, que yo no puedo pelear más de por un hombre; y si con alguna ra¬ 
zón vosotros tenéis contento de llevarme por vuestro caudillo, mucho-, 
mayor le tengo yo de llevaros por compañeros, pues sé que ni en fide¬ 
lidad ni esfuerzo (que son dos cosas principales en el buen soldado y con» 
las cuales la guerra se hace dichosamente) no debéis dar ventaja á otros 
muchos. Diego \’'elázquez, por ruines terceros desconfía de mí, y no tiene 
razón, porque mi intento es de servir á Dios y al Rey, como leal va¬ 
sallo ; y que en -esto yo me quiera adelantar, no debe pesar á alguno. Si 
á ia partida, que será luego, hobiere algún estorbo, estad advertidos que 
no habéis de consentir que de las manos se os vaya la buena ventura.'' 

Acabada esta plática, el Alférez y otros principales, en nombre de los 
demás, le dieron las gracias, y lo que le respondieron en pocas palabras, 
decía así: “Señor y Capitán nuestro: Ni queremos ser soldados de otro, 
ni que otro sea nuestro Capitán; y pues decís, como lo entendemos, que 
cmpr'^ndemos negocio en que tendremos buena dicha y ventura, co¬ 
menzadle vos primero, como caudillo nuestro, y salgamos ya de aquí 
para donde nuestra buena ventura nos llama." 

Dichas estas palabras, Hernando Cortés salió de casa, en la delan¬ 
tera, con su gente en orden, que le seguía; baxó por una cuesta abaxo que 
daba en la lengua del agua, en la cual estaban ya esperando los bateles; 
mandó que se embarcasen poco á poco, é ya que los más estaban em¬ 
barcados, que no quedaban con él sino cinco ó seis soldados, llegó Diego 
\>lázquez, caballero en una muía, con cuatro mozos de espuelas es¬ 
pañoles y la color algo mudada; aunque él se reportó cuanto pudo, dixo 
á Cortés: ‘'Hijo, ¿qué es esto que hacéis?; ¿qué mudanza es esta?; 
¿para qué os embarcáis sin tener pan y otras cosas nescesarias para la 
jornada? Deteneos; por vida vuestra, hasta mañana, que de mis estan¬ 
cias se traerá pan y carne y lo demás que menester fuere, porque no 
querría que vos y los que con vos van padesciesen nescesidad." Cortés 
le respondió, con determinación de no volver atrás, atendiendo el fin 
con que Diego Velázquez le rogaba que se detuviese: “Señor, beso á 
vuestra merced las manos,, que no hay al presente tanta nescesidad, por¬ 
que los navios están bien proveídos, y donde yo voy no padescerán mis. 
soldados nescesidad, que bien sabe vuestra merced que para mi y para 




LIBRO SEGUNDO,-CAP. XIV 


85 


ellos lo sabré buscar/’ Calló Diego Velázquez, no sabiendo qué se hacer, 
y porque no se le desmandase Cortés, no le replicó. 

En esto llegó el batel de la capitana, y entrando en él con los sol¬ 
dados, quitando el sombrero á Diego Velázquez, le dixo; ‘‘Señor, Dios 
qitede con vuestra merced, que yo voy á servir á Dios y á mi Rey, y a 
buscar con estos mis compañeros mi ventura.” Así se metió en la capi¬ 
tana, y Diego Velázquez, muy enojado, aunque lo disimuló cuanto pudo, 
se volvió á su casa. Cortés luego se metió á la mar, mandando soltar 
un tiro, que era señal para que todas las demás velas, que eran doce 
'Cntre chicas y grandes, hiciesen lo mismo y, siguiéndole, se juntasen con 
él. Y porque Góniara (*), que siguiendo á Motolinea, dice, por no haber 
sido bien informado ni vió, como yo, las capitulaciones que entre Diego 
Velázquez y Cortés se hicieron, que Hernando Cortés iba por com¬ 
pañero y no por Teniente de Diego Velázquez, y que había gastado con 
Diego Velázquez mucha cantidad de pesos de oro, para hacer lo que 
debo á la verdad de la historia, y para que conste el gran valor de 
Hernando Cortés, pondré al pie de la letra las capitulaciones que con 
- él hizo Diego Velázquez, y pues en el discurso de todo lo de adelante 
tengo de tener principal cuenta con tan excelente Capitán, antes que pro¬ 
siga su navegación y jornada, diré quién fué y las cosas que le acontes- 
cieron en Cuba, para que, como yo le oí muchas veces decir, los hombres 
entiendan que después de Dios, de su buen seso, diligencia y valor, han 
•de hacer caudal para venir á ser estimados, como ello fué, no estribando, 
como algunos hacen, en la virtud ajena; pensando por ella merescer la 
gloria que por ella alcanzó el que primero la tuvo. 


CAPITULO XIV ^ 

DEL TRESLADO DE LAS CAPITULACIONES QUE ENTRE DIEGO VELÁZQUEZ 
Y HERNANDO CORTÉS PASARON 

Y porque el que leyere esta historia, llegando á este capitulo, no juzgue 
atrevidamente, paresciéndole que me contradigo, es de saber que aunque 
en lo que antes tengo escripto dixe que las capitulaciones é instruición 
que Diego Velázquez hizo con Hernando Cortés fué después que tuvo 
nueva de un Joan de Cervantes y de Pedro de Alvarado de la venida de 
Grijaiva, pasa así que creyendo Diego Velázquez, como paresce por 
la cabeza desta instruición, que la armada de Grijaiva debía estar en 
algún riesgo, determinó de proveerla con la que luego armó con Her¬ 
nando Cortés, y al mismo tiempo que se hizo esta instruición Pedro de 
Alvarado estaba ya en la costa de Cuba; de manera que cuando esta 

C) CoxguíSTA DE MÉJICO, capitulo titulado “La diligencia y gasto que hizo 
Cortés en armar la flota”, V. Historiadores primitivos de Indias, tomo h 
Biblioteca de Autores Españoles de Rihadcneira, tomo XXII, pág. zgg. 




86 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


instruición se publicó, como dixe, ya había nueva de la venida de Gri- 
jaiva, aunque cuando se ordenó estuvo secreta; que de lo uno á lo otro- 
hubo muy pocos días. Dice, pues, la instruición así: 

“Por cuanto yo, Diego Velázquez, Alcaide y Capitán general é Re¬ 
partidor de los caciques é indios desta Isla Fernandina, por Sus Al¬ 
tezas, etc. (i), invié los días pasados, en nombre y servicio de Sus Al¬ 
tezas, á ver y bojar la isla de Yucatán, Sancta María de los Remedios, 
que nuevamente había descubierto, y á descubrir lo demás que Dios 
Nuestro Señor fuese servido, y en nombre de Sus Altezas tomar la 
posesión de todo, una Armada con la gente nescesaria, en que fué y nom¬ 
bré por Capitán della á un Joan de Grijaiva, vecino de la villa de la 
Trinidad desta isla, el cual me invió una carabela de las que llevaba, 
porque hacía mucha agua, y en ella cierta gente que los indios en la 
dicha Sancta María de los Remedios le habían herido, y otros ado- 
lescidos, y con la razón de todo lo que le había ocurrido hasta otras islas 
é tierras que de nuevo descubrió; é la una es una isla que se dice Cozumel, 
y le puso por nombre Sancta Cruz, y la otra es una tierra grande que 
parte della se llama Ulúa, que puso por nombre Sancta María de las 
Nieves, de donde me invió la carabela y gente y me escribió cómo iba 
siguiendo su demanda, principalmente á saber si aquella tierra era isla 
ó tierra firme, é ha muchos días que de razón había de haber sabido 
nuevas dél, de que se presume, pues tal nueva dél hasta hoy no se sabe, 
que debe de tener ó estar en alguna extrema nescesidad de socorro; é 
asimismo, porque una carabela que yo invié al dicho Joan de Gri jaiva 
desde el puerto desta ciudad de Sanctiago, para que con él y la Armada 
que llevaba se juntase en el puerto de Sant Cristóbal de la Habana, por¬ 
que estuviese muy más proveído de todo, y como al servicio de Dios 
y de Sus Altezas convenía fuese, cuando llegó adonde pensó hallar al 
dicho Joan de Grijalva, no le halló porque se había hecho á la vela y 
era ido con toda el Armada, puesto que dexó aviso del viaje que la dicha 
carabela había de llevar; y como la dicha carabela, en que iban ochenta 
ó noventa hombres, no halló la dicha Armada, tomó el dicho aviso y fué 
en seguimiento del dicho Joan de Grijalva; y según paresce y se ha sa¬ 
bido por relación de las personas heridas y dolientes que el dicho Joan 
de Grijalva me invió, no se había juntado con él ni della había sabido 
ninguna nueva, ni los dichos dolientes y heridos la supieron á la vuelta, 
puesto que vinieron mucha parte del viaje costa á costa de la isla de 
Sancta María de los Remedios, por donde había ido, de que se presume 
que con tiempo forzoso podrían decaer hacia tierra firme ó llegar á 
alguna parte donde los dichos ochenta hombres podrían correr detri¬ 
mento por H navio, ó por ser pocos, ó por andar perdidos en busca del 
dicho Joan de Grijalva, puesto que iban muy bien pertrechados de todo 
lo nescesario; y demás desto, porque después que con el dicho Joan de 


(i) /j / margen : “ Patente. 



LIBRO SEGUNDO.—CAP. XIV 


87 

Grijalva ¡nvié la dicha Anuada, he sido informado de muy cierto por un 
indio de los de la dicha isla de Yucatán, Sancta María de los Remedios, 
cómo en poder de ciertos caciques principales della están seis cristianos 
captivos y los tienen por esclavos y se sirven dellos en sus haciendas, 
que los tomaron muchos días ha de una carabela que con tiempo for¬ 
zoso por allí aportó perdida, que se cree que alguno dellos debe ser 
Nicuesa, Capitíán que el muy católico Rey don Femado, de glo¬ 
riosa memoria, mandó ir á Tierra Finne; y redimirlos será grandísimo 
servicio de Dios Nuestro Señor y de Sus Altezas. Por todo lo cual, 
paresciéndome que al servicio de Dios Nuestro Señor y de Su Alteza 
convenía enviar así en seguimiento y socorro de la dicha Armada que el 
dicho Joan de Grijalva llevó, y busca de la dicha carabela que tras él 
en su seguimiento fué, como á redemir, si posible fuese, los dichos cris¬ 
tianos, que en poder de los dichos indios están captivos, acordé, ha¬ 
biéndolo muchas veces mirado y pensado, pesado y platicado con per¬ 
sonas cuerdas, de inviar, como invío, otra Armada tal y tan bien bas¬ 
tecida y aparejada, así de navios é mantenimientos como de gente y todo 
lo demás para semejante negocio nescesario; que si por caso, á la gente 
de la otra primera Armada y de la carabela que fué en su seguimiento, 
hallase en alguna parte cercada de infieles, sea bastante para la socorrer 
é decercar; é si ansí no los hallare, por sí sola pueda seguramente andar 
y calar seguramente en su busca todas aquellas Indias é islas y tierras y 
saber el secreto dellas y hacer todo lo demás que al servicio de Dios 
Nuestro Señor cumpla é al de Sus Altezas convenga; y para ello he 
acordado de la encomendar á vos, Hernando Cortés, é os inviar por 
Capitán della, porque por experiencia que de vos tengo del tiempo que 
en esta isla en mi compañía habéis servido á Sus Altezas, confiando 
que sois persona cuerda y que con toda prudencia y celo de su real 
servicio daréis buena cuenta y razón de todo lo que por mí, en nombre 
de Sus Altezas, os fuere mandado acerca de la dicha negociación, y 
la guiaréis y encaminaréis como más al servicio de Dios Nuestro Señor 
y de Sus Altezas convenga; y porque mejor guiada la negociación de 
todo vaya, lo que habéis de hacer es mirar é con mucha vigilancia y 
cuidado inquerir é saber, es lo siguiente: 

''Primeramente, el principal motivo que vos y todos los de vuestra 
compañía habéis de llevar es y ha de ser, para que en este viaje sea 
Dios Nuestro Señor servido y alabado, y nuestra sancta fee católica 
ampliada, que no consentiréis que ninguna persona de cualquier calidad 
y condisción que sea diga mal á Dios Nuestro Señor ni á su sanctísima 
Madre ni á sus sanctos, ni diga otras blasfemias contra su sanctísimo 
nombre por ninguna ni alguna manera, lo cual, ante todas cosas les 
amonestaréis á todos; y á los que semejantes delictos cometieren, cas¬ 
tigarlos heis conforme á derecho con toda la más riguridad que ser 
pueda. 

"Item, porque más cumplidamente en este viaje podáis servdr á Dios 





88 


CRÓXICA DE LA XUEVA ESPAÑA 


Nuestro Señor, uo consentiréis ningún pecado público, así como aman¬ 
cebados públicamente, ni que ninguno de los cristianos de vuestra com¬ 
pañía haya acceso ni coito carnal con ninguna mujer fuera de nuestra 
ley, porque es pecado á Dios muy odioso, y las leyes divinas y humanas 
lo prohíben; y proscederéis con todo rigor contra el que tal pecado ó 
delicto cometiere, y castigarlo heis conforme á derecho por las leyes que 
en tal caso disponen. 

^'Item, porque en semejantes negocios, toda concordia es muy útil y 
provechosa, y por el contrario, las disicnsiones y discordias son dañosas, 
y de los juegos de naipes y dados suelen resultar muchos escándalos y 
blasfemias de Dios y de sus sanctos, trabajaréis de no llevar ni llevéis 
en vuestra compañía personas algunas que se crea que no son muy ce¬ 
losas del servicio de Dios Nuestro Señor y de Sus Altezas, y tengáis 
noticia que es bullicioso y amigo de novedades é alborotador, y defen¬ 
deréis que en ninguno de los navios que lleváis haya dados ni naipes, 
y avisaréis dello así á la gente de la mar como de la tierra, imponiéndoles 
sobre ello ciertas penas, las cuales executaréis en las personas que lo 
contrario hicieren. 

''Item, después de salida el Armada del puerto desta ciudad de Sanc- 
tiago, tendréis mucho aviso y cuidado de que en los puertos que en esta 
Isla Fernandina saltáredes, no haga la gentle que con vos fuere enojo 
alguno ni tome cosa contra su voluntad á los vecinos, moradores é in¬ 
dios della; y todas las veces que en los dichos puertos saltáredes, los 
avisaréis dello con apercebimiento que serán muy bien castigados los que 
lo contrario hicieren; é si lo hicieren, castigarlos heis confonne á jus¬ 
ticia. 

"Item, después que con el ayuda de Dios Nuestro Señor hayáis res- 
cebido los bastimentos é otras cosas que en los dichos puertos habéis de 
tomar, y hecho el alarde de la gente é armas que lleváis de cada navio 
por sí. mirando mucho en el registrar de las armas no haya los fraudes 
que en semejantes casos se suelen hacer, prestándoselas los unos á los 
otros para el dicho alarde; é dada toda buena orden en los dichos navios 
é gente, con la mayor brevedad que ser pueda, os partiréis en el nombre 
de Dios á seguir vuestro viaje. 

"Item, antes que os hagáis á la vela, con mucha diligencia miraréis 
todos los navios de vuestra conserva, é inquiriréis y haréis buscar por 
todas las vías que pudierdes, si llevan en ellos algunos indios é indias 
de los naturales desta isla; é si alguno hallardes, lo entregad á las jus¬ 
ticias. para que sabidas las personas en quien en nombre de Su Alteza 
están depositados, se los vuelvan, 3^ en ninguna manera consentiréis que 
en los dichos navios vaya nin^in indio ni india. 

Item, después de haber salido á la mar los navios y metidas las 
barcas, iréis con la barca del navio donde vos fuéredes á cada uno dellos 
por sí, llevando con vos un escribano, é por las copias tornaréis á llamar 
la gente de cada navio según la tenéis repartida, para que sepáis si falta 


LIBRO SEGUNDO.—CAP. XIV 


.alguno de los contenidos en las dichas copias que de cada navio hobi^re¬ 
des hecho, porque más cierto sepáis la gente que lleváis: y de cada co¬ 
pia daréis un treslado al Capitán que pusierdes en cada navio, y de las 
personas que halláredes que se asentaron con vos y les habéis dado di¬ 
neros y se quedaren, me inviaréis una memoria para que acá se sepa. 

'’ltem, al tiempo que esta postrera vez visitáredes los dichos navios, 
mandaréis y apercibiréis á los Capitanes que en cada uno dellos pu¬ 
sierdes, y á los Maestres y pilotos que en ellos van y fueren é [á] cada 
uno por sí é á todos juntos, tengan especial cuidado de seguir é acompañar 
el navio en que vos fuéredes, é que por ninguna via y forma se aparten 
de vos, en manera que cada día todos os hablen, ó á 1q menos lleguen 
á vista y compás de vuestro navio, para que con ayuda de Dios Nues¬ 
tro Señor lleguéis todos juntos á la isla de Cozumel, donde será vues¬ 
tra derecha derrota y viaje, tomándoles sobre ello ante vuestro escri¬ 
bano juramento y poniéndoles graves y grandes penas; é si por caso, lo 
que Dios no permita, acaesciese que por tiempo forzoso ó tormenta de 
la mar que sobreviniese, fuese forzado quie los navios se apartasen y 
no pudiesen ir en la conserva arriba dicha y allegasen primero que vos 
á la dicha isla, apercebirles heis é mandaréis so la dicha pena que ningún 
Capitán ni Maestre, so la dicha pena, ni otra persona alguna de los que en 
los dichos navios fuere, sea osado de salir dellos ni saltar en tierra por 
ninguna via ni manera, sino que antes siempre se velen y estén á buen 
recaudo hasta que vos lleguéis; y porque podría ser que vos ó los que 
de vos se apartasen con tiempo, llegasen á la dicha isla, mandarles heis 
y avisaréis á todos, que á las noches, faltando algún navio, hagan sus 
faroles por que se vean y sepan los unos de los otros; y asimismo, vos 
lo haréis si primero llegardes, y por donde por la mar fuéredes, porque 
todos os sigan y vean y sepan por dónde vais; y al tiempo que desta 
isla os desabrazáredes, mandaréis que todos tomen aviso de la derrota que 
han de llevar, y para ello se les dé su instruición y aviso, porque en todo 
haya buena orden. 

"'Item, avisaréis y mandaréis á los dichos Capitanes y Maestres y á 
todas las otras personas que en los dichos navios fueren, que si primero 
que vos llegaren á algunos de los puertos de la dicha isla é algunos indios 
fueren á los dichos navios, que sean dellos muy bien tractados y res- 
cebidos, y que por ninguna vía ninguna persona, de ninguna manera 
é condisción que sea, sea osado de les hacer agravio, ni les decir cosa 
de que puedan rescebir sinsabor ni á lo que vais, salvo como están 
esperando, y que vos les diréis á ellos la causa de vuestra venida; ni les 
demanden ni enterroguen si saben de los cristianos que en la dicha isla 
Sancta María de los Remedios están captivos en poder de los indios, por¬ 
que no los avisen y los maten, y sobre ello pondréis muy recias y graves 
penas. 

'’ltem, después que en buen hora llegardes á la dicha isla Sancta 
Cruz, siendo informado que es ella, así por información de los pilotos 



go 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


como por'IMelchior, indio natural de Sancta María de los Remedios, que 
con vos lleváis, trabajaréis de ver y sondar todos los más puertos y en¬ 
tradas y aguadas que pudiéredes por donde fuéredes, así en la dicha 
isla como en la de Sancta María de los Remedios é Punta Llana, Sancta 
María de las Nieves, y todo lo que halláredes en los dichos puertos 
haréis asentar en las cartas de los pilotos, y á vuestro escribano en la 
relación que de las dichas islas y tierras habéis de hacer, señalando el 
nombre de cada uno de los dichos puertos é aguadas é de las provincias 
donde cada uno cayere, por manera que de todo hagáis muy cumplida 
y entera relación. 

"Item, llegado que con ayuda de Dios Nuestro Señor seáis á la dicha 
isla de Sancta Cruz, Cozumel, hablaréis á los caciques é indios que 
pudierdes della y de todas las otras islas y tierras por donde fuéredes, 
diciéndoles cómo vos is por mandado del Rey, nuestro señor, á los ver 
y visitar, y darles heis á entender cómo es un Rey muy poderoso, cuyos 
vasallos y súbdictos nosotros y ellos somos, é á quien obedescían muchas 
de las generaciones deste mundo, é que ha sojuzgado y sojuzga muchas 
partidas dél, una de las cuales son en estas partes del mar Océano donde 
ellos é otros muchos están, y relatarles heis los nombres de las tierras é 
islas; conviene á saber, toda la costa de Tierra Firme hasta donde ellos 
están, é la Isla Española, é Sant Joan é Jamaica y esta Fernandina y las 
que más siipierdes; é que á todos los naturales ha hecho y hace mu¬ 
chas mercedes, y para esto, en cada una dellas, tiene sus Capitanes é 
gente, é yo, por su mandado, estoy en esta Isla; y habida información 
de aquella adonde ellos están, y en su nombre, os invío, para que les 
habléis y requiráis se sometan debaxo de su yugo, servidumbre é amparo 
real, é que sean ciertos que haciéndolo así é serviéndole bien y lealmente, 
serán de Su Alteza y de mí en su nombre muy favorescidos y ampa¬ 
rados contra sus enemigos, é decirles heis cómo todos los naturales des¬ 
tas islas ansí lo hacen, y en señal de servicio le dan y envían mucha 
cantidad de oro, piedras, plata y otras cosas que ellos tienen; y asimismo 
Su Alteza les hace muchas mercedes, é decirles heis que ellos asimismo 
lo hagan, y le den algunas cosas de las susodichas é de otras que ellos 
tengan, para que Su Alteza conozca la voluntad que ellos tienen de 
servirle y por ello los gratifique. También les diréis cómo sabida la 
batalla que el Capitán Francisco Hernández, que allá fué, con ellos 
hubo, á mi me pesó mucho; y porque Su Alteza no quiere que por él 
ni sus vasallos ellos sean maltratados, yo en su nombre os invío para 
que les habléis y apacigüéis y les hagáis ciertos del gran poder del Rey 
Nuestro señor, é que si de aquí adelante ellos pacíficamente quisieren 
darse á su servicio, que los españoles no tendrán con ellos batallas ni 
guerras, antes mucha conformidad é paz, é serán en ayudarles contra sus 
enemigos, é todas las otras cosas que á vos os paresciere que se les debe 
decir para los atraer á vuestro propósito. 

^Ttem, porque en la dicha isla de Sancta Cruz se ha hallado en 




LIBRO SEGUNDO.—CAÍ'. XIV 


OI 

muchas partes della, y encima de ciertas sepoltnras y enterramientos 
cruces, las cuales diz que tienen entre si en mucha veneración, traba¬ 
jaréis de saber é inquerir por todas las vías que ser pudiere é con 
mucha diligencia y cuidado la significación é por qué la tienen ; y si la 
tienen, por que hayan tenido ó íiengan noticia de Dios Nuestro Señor, 
é que en ella padesció hombre alguno, y sobre esto pondréis mucha vi¬ 
gilancia, y de todo por ante vuestro escribano tomaréis muy entera re¬ 
lación, así en la dicha isla como en cualesquier otras que la dicha cruz 
halláredes por donde fuéredes. 

''Item, tendréis mucho cuidado de inquerir y saber por todas las 
vías y formas que pudiéredes, si los naturales de las dichas islas ó de 
algunas dellas tengan alguna secta ó creencia ó ricto ó cerimonia en que 
ellos creen ó adoren, ó si tienen mesquitas ó algunas casas de oración, 
ó ídolos ó otras semejantes cosas, .y si tienen personas que administren 
sus cerimonias, así como alfaquis ó otros ministros, y de todo muy por 
extenso traeréis ante vuestro escribano entera relación, por manera que 
se le pueda dar fee. 

''Item, pues sabéis que la principal cosa que Sus Altezas permiten que 
se descubran tierras nuevas, es para que tanto número de ánimas como 
de innumerable tiempo acá han estado y están en estas partes perdidas 
fuera de nuestra sancta fee, por falta de quien della les dé conosci- 
miento verdadero, trabajaréis por todas las maneras del mundo, si por 
caso tanta conversación con los naturales de las islas é tierras donde 
vais tuvierdes, para les poder informar della, cómo conozcan, á lo me¬ 
nos, haciéndoselo entender por la mejor vía é orden que pudierdes, cómo 
hay un solo Dios verdadero, criador del cielo y de la tierra y de todas 
las otras cosa*s que en el cielo y en el mundo son, y decirles heis todo 
lo demás que en este caso pudierdes y el tiempo para ello diere lugar, y 
todo lo demás, que mejor os paresciere que al servicio de Dios Nuestro 
Señor y de Sus Altezas conviene. 

"Item, llegados que á la dicha isla de Sancta Cruz seáis é por todas 
las otras tierras por donde, fuéredes,' trabajaréis por todas las vias que 
pudiéredes de inquerir y saber alguna nueva del Armada que Joan de 
Gri jaiva llevó, porque podría ser que el dicho Joan de Grijalva se ho- 
biese vuelto á esta isla é tuviesen ellos dello nueva y lo supiesen de cierto, 
é que estuviesen en alguna parte ó puerto de la dicha isla ; é asimismo, 
por la misma orden, trabajaréis de saber nueva de la carabela que llevó 
á su cargo Cristóbal de Olid, que fué en seguimiento del dicho Joan de 
Grijalva. Sabréis si llegó á la dicha isla, é si saben qué derrota llevó, é si 
tienen noticia ó alguna nueva della é adónde están y cómo. 

"Item, si dieren nueva ó supiéredes nuevas de la dicha Armada que 
está por allí, trabajaréis de juntaros con ella, y después de juntos, si’ 
hubiéredes sabido nueva alguna de la dicha carabela, daréis orden y 
concierto para que quedando todo á buen recaudo ó avisados los unos 
de los otros de adónde os podréis esperar y juntar, porque no os tornéis 



92 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


á derramar, é concertaréis con mucha prudencia cómo se vaya á buscar 
la dicha carabela é se traiga adonde concertáredes. 

^'Item, si en la dicha isla de Sancta Cruz no supiéredes nueva de que 
el Armada haya vuelto por ahí ó esté cerca, y supiéredes nuevas de la 
dicha carabela, iréis en su busca, y hallado que la hayáis, trabajaréis 
de buscar y saber nuevas de la dicha Armada que Joan de Grijalva 
llevó. 

'"Item, hecho que hayáis todo lo arriba dicho, según y como la opor¬ 
tunidad del tiempo para ello os diere lugar, si no supiéredes nuevas de la 
dicha Armada ni carabela que en su seguimiento fué, iréis por la costa 
de la isla de Yucatán, Sancta María de los Remedios, en la cual, en 
poder de ciertos caciques están seis cristianos, según y como Melchior, 
indio natural de la dicha isla, que con vos lleváis, dice que os dirá, y tra¬ 
bajaréis por todas las vías y maneras que ser pudiere por hal)er los di¬ 
chos cristianos por rescate ó por amor, ó por otra vía donde no inter¬ 
venga detrimento dellos ni de los españoles que lleváis ni de los indios, 
y porque el dicho Melchior, indio natural de la dicha isla, que con vos 
lleváis, conoscerá los caciques que los tienen captivos, haréis que el di¬ 
cho Melchior sea de todos muy bien tractado y no consentiréis que por 
ninguna vía se le haga mal ni enojo, ni que nadie hable con él, sino vos 
solo y mostrarle heis mucho amor y hacerle heis todas las buenas obras 
que pudiéredes, porque él os le tenga y os diga la verdad de todo lo que 
le preguntáredes y mandáredes, y os enseñe y muestre los dichos ca¬ 
ciques; porque como los didios indios en caso de guerra son mañosos, 
podría ser que nombrasen por caciques á otros indios de poca mane¬ 
ra, para que por ellos hablasen y en ellos tomasen experiencia de lo que 
debían de hacer; y por lo que ellos dixesen é tiniendo al dicho Melchior 
buen amor, no consentirá que se nos haga engaño, sino que antes avisará 
de lo que viere, y, por el contrario, si de otra manera con él se hiciere. 

"Item, tendréis mucho aviso y cuidado de que á todos los indios de 
aquellas partes que á vos vinieren, así en la mar como en la tierra, adonde 
estuviéredes, á veros y hablaros ó á rescatar ó á otra cualquier cosa, sean 
de vos y de todos muy bien tratados y rescebidos, mostrándoles mucha 
amistad é amor é animándolos según os paresciere que al caso ó á las 
personas que á vos vinieren lo demanda, y no consentiréis, se graves pe¬ 
nas, que para ello pondréis, que les sea hecho agravio ni desaguisado 
alguno, sino antes trabajaréis por todas las vías y maneras que pu¬ 
diéredes, cómo cuando de vos se partieren vayan muy alegres, contentos 
y satisfechos de vuestra conversación y de todos los de vuestra com¬ 
pañía, porque de hacerse otra cosa Dios Nuestro Señor y Sus Altezas 
podrían ser muy desenddos, porque no podría haber efecto vuestra de¬ 
manda. 

''Item, si antes que con el dicho Joan de Grijalva os juntárades, 
algunos indios quisieren rescatar con vos algunas cosas de las que vos 
lleváis, porque mejor recaudo haya en todas las cosas de rescate y de 


LIjíRO segundo.—CAP. XIV 


93 

lo que dello se hobiere, llevaréis u^a arca de dos ó tres cerraduras y 
señalaréis entre los hombres de bien de vuestra compañía los que os pa- 
resciere que más celosos del servicio de Sus Altezas sean, que sean per¬ 
sonas de confianza, uno para Veedor y otro para Tesorero del rescate 
que se hobiere y rescatáredes, así de oro como de perlas, piedras pres- 
ciosas, metales é otras cualesquier cosas que hobiere; y si fuere el arca 
de tres cerraduras, la una llave daréis que tenga el dicho Veedor y la 
otra el Tesorero, y la otra tendréis vos ó vuestro Mayordomo, y todo se 
meterá dentro de la dicha arca y se rescatará por ante un escribano que 
dello dé fee. 

'Ttem, porque se ofrescerá nescesidad de saltar en tierra algunas 
veces, así á tomar agua y leña como á otras cosas que podrían ser me¬ 
nester, cuando la tal nescesidad se ofresciere, para que sin peligro de 
los españoles se pueda hacer, inviaréis, con la gente que á tomar la dicha 
agua y leña fuere, una persona que sea de quien tengáis mucha con¬ 
fianza y buen concepto, que sea persona cuerda, al cual mandaréis que 
todos obedezcan, y miraréis que la gente que así con él enviardes sea 
la más pacífica y quieta y de más confianza y cordura que vos pudiére- 
des y la mejor armada, y mandarles heis que en su salida ó estada no 
haya escándalo ni alboroto con los naturales de la dicha isla, y mira¬ 
réis que salgan é vayan muy sin peligro, y que en ninguna manera duer¬ 
man en tierra ninguna noche ni se alexen tanto de la costa que en breve 
no puedan volver á ella, porque si algo les acaeciere con los indios, pue¬ 
dan de la gente de los navios ser socorridos. 

'Ttem, si por caso algún pueblo estuviere cerca de la costa de la- 
mar, y en la gente dél viéredes tal voluntad que os parezca que segu¬ 
ramente, por su voluntad é sin escándalo dellos é peligro de los nuestros, 
podáis ir á verle é os determináredes á ello, llevaréis con vos la gente* 
más pacífica é cuerda y bien armada que pudiéredes, y mandarles heis 
ante vuestro escribano que ninguno sea osado de tomar cosa ninguna 
á los dichos indios, de mucho ni poco valor, ni por ninguna vía ni ma¬ 
nera, so graves penas que cerca dello les pondréis, ni sean osados de 
entrar en ninguna casa dellos ni de burlar con sus mujeres, ni de tocar 
ni llegar á ellas, ni Ies hablar, ni decir, ni hacer otra cosa de que se 
presuma que se pueden resabiar, ni se desmanden ni aparten de vos por 
ninguna vía ni manera, ni por cosa que se les ofrezca, aunque los indios 
salgan á vos, hasta que vos les mandéis lo que deben hacer, segiin el 
tiempo y nescesidad en que os hallardes é viéredes. 

'Ttem, porque podrá ser que los indios, por os engañar y matar, os 
mostraran buena voluntad é incitaran á que vais á sus pueblos, tendréis 
mucho estudio y vigilancia de la manera que en ellos veáis; y si fuéredes, . 
iréis siempre muy sobre aviso, llevando con vos la gente arriba dicha y 
las armas muy á recaudo, y no conseíitiréis que los indios se entre¬ 
metan entre los españoles, á lo menos muchos, sino que antes vayan y 
estén por su parte, haciéndoles entender que lo hacéis porque no que- 




94 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


réis que ningún español les haga ni" diga cosa de que resciban enojo; 
porque viéndose entre vosotros muchos indios, pueden tener cabida para 
que abrazándose los unos con vosotros, salgan los otros, que como son 
muchos podriades correr peligro y perescer, y dexaréis muy apercibidos 
los navios, así para que estén á buen recaudo, como para que si nesce- 
sidad se os ofresciere, podáis ser socorrido de la gente que en ellos de- 
xáis, y dexarles heis cierta seña, así para que ellos hagan, si en nesce- 
sidad se vieren, como para que vos la hagáis si la tuviéredes. 

''Item, habido que, placiendo á Nuestro Señor, hayáis los cristianos 
que en la dicha isla de Sancta María de los Remedios están captivos, y 
buscado que por ella hayáis la dicha armada y la dicha carabela, segui¬ 
réis vuestro viaje á la Punta Llana, que es el principio de la tierra 
grande que ahora nuevamente el dicho Joan de Grijaiva descubrió, y 
correréis en su busca por la costa della adelante, buscando todos los 
ríos y puertos della hasta llegar á la bahía de Sant Joan y Sancta María 
de las Nieves, que es desde donde el dicho (*). 

(*) El autor interrumpió en este punto el traslado dé las capitulaciones; pero 
pensaba continuarlo, puesto que dejó una hoja en blanco entre los folios /o y 71 . 
Como no lo hizo, y á fin de que el documento no quede incompleto, tomamos la 
parte que, falta del publicado por D. Luis Torres de Mendoza en su Colección de 
DOCUMENTOS DE América, tomo XII, pág. 22$, Dice así la continuación: “Juan de 
Grijalva me envió los heridos é dolientes é me escribió lo que hasta allí le había 
ocurrido, é si allí le faltardes, juntaros heis con él; y porque entre los españoles 
que lleváis y allá están no haya diferencias ni disensiones, juntos que seáis, cada 
uno tenga cargo de la gente que consigo lleva, y entramos juntamente é muy con¬ 
formes, consultaréis todo aquello que vierdes que más é mejor al servicio de Dios 
Nuestro Señor é de Sus Altezas sea, conforme á las instrucciones que de sus Pater¬ 
nidades é mías el dicho Juan de Grijalva llevó, y ésta que en nombre de Sus Al¬ 
tezas agora yo os doy, y juntos que, placiendo á Dios Nuestro Señor, seáis, si 
algún rescate ó presente hobiere de valor por cualquier vía, recíbase en presencia 
de Francisco de Peñalosa, Veedor nombrado por sus Paternidades. 

”Item, trabajaréis con mucha diligencia é solicitud de inquerir é saber el se- 
creto de las dichas islas é tierras y de las demás á ellas comarcanas, y que Dios 
Nuestro Señor haya sido servido que se descubran é descubrieren, así de la ma¬ 
nera é conversación de la gente de cada una dellas en particular, como de los ár¬ 
boles y frutas, hierbas, aves, animalicos, oro, piedras presciosas, perlas é otros ni,e- 
tales, especería é otras cualesquier cosas que de las dichas islas é tierras pudierdes 
saber é alcanzar, é de todo traer entera relación por ante Escribano; é sabido que 
en las dichas islas é tierras hay oro, sabréis de dónde é cómo lo han, é si lo ho¬ 
biere de minas y en parte que vos lo podáis haber, trabajar de lo catar é verlo, 
para que más cierta relación dello podáis hacer, especialmente en Santa María de 
las Nieves,, de donde el dicho Grijalva me envió ciertos granos de oro por fundir 
é fundidos, é sabréis si aquellas cosas de oro Jabradas se labran allí entre ellos, ó 
las traen ó rescatan de otras partes. 

”Item, en todas las islas que se descubrieren saltaréis en tierra ante vuestro 
Escribano y muchos testigos, y en nombre de Sus Altezas tomaréis y aprehende¬ 
réis la posesión dellas con toda la más solemnidad que ser pueda, haciendo todos 
los autos é diligencias que en tal caso se requieren é se suelen hacer, y en todas 
ellas trabajaréis por todas las vías que pudierdes y con buena manera y orden, 
de haber lengua de quien os podáis informar de otras islas é tierras y de la ma¬ 
nera y nulidad de la gente della; é porque diz que hay gentes de orejas grandes y 
anchas y otras que tienen las caras como perros, y ansimismo dónde y á qué parte 
están las amazonas, que dicen estos indios que con vos lleváis, que están cerca de 
allí. 

’^Item, porque demás de las cosas de suso contenidas y que se os han encar- 




LIBRO SEGUNDO.-CAP. XV 


9=> 


CAPITULO XV 

DE QUIÉN FUE HERNANDO CORTÉS Y DE SUS COSTUMBRES Y LINAJE (l) 

Fué Hernando Cortés, á quien Dios con los de su compañía tomó 


gado é dado per mi instrucción, se os pueden ofrescer otras muchas, é que yo, como 
ausente, no podría prevenir en el medio é remedio dellas, á las cuales vos, como 
presente é persona de quien yo tengo esperiencia y confianza, que con todo estudio 
é vigilancia teméis el cuidadoso cuidado que convenga de las guiar é mirar y 
encaminar é provecer como más al servicio de Dios Nuestro Señor é de Sus Al¬ 
tezas convenga, proveeréis en todas según é como más sobradamente se puedan 
é deban hacer é la oportunidad del tiempo en que os hallardes para ello os diere 
lugar, conformándoos en todo lo que ser pudiere con las dichas instrucciones arriba 
contenidas, é de algunas personas prudentes é sabias de las que con vos lleváis, 
de quien tengáis crédito é confianza, é por esperiencia seáis ciertos que son celosos 
del servicio de Dios Nuestro Señor é de Sus Altezas, é que os sabrán dar su 
parescer. 

"Item, porque podría ser que entre las personas que con vos fueren desta 
Isla Fernandina hobiere alguno que debiere dineros á Sus Altezas, trabajaréis por 
todas las vías que pudierdes, en todos los puertos que en esta isla tocardes y gente 
quisiere ir con vos, si alguna dellas debe por cualquier vía en esta isla dineros 
algunos á Sus Altezas, é si los debiere, fagáis que los paguen, é si no los pudieren 
pagar luego, que dén fianzas en la isla bastantes que los pagarán por la tal persona, 
é si no los pagare ó diere fianzas que por él los pague, no le llevaréis en vuestra 
compañía por ninguna vía ni manera. 

”Item, trabajaréis después que hayáis llegado á Santa María de las Nieves, 
ó antes, si antes os paresciere ó hobiérdes hallado el armada ó carabela, de con 
'toda la más brevedad que fuere posible de me enviar en un navio del que menos 
nescesidad tuvierdes y que bueno sea, toda la razón de todo lo que os hobiere ocu¬ 
rrido y de lo que habéis hecho y pensáis hacer, y enviarme heis todas las cosas 
de oro é perlas é piedras preciosas, especería é animalicos é frutas é aves é todas 
las otras cosas que pudierdes haber habido, para que de todo yo pueda hacer en¬ 
tera é verdadera relación al Rey Nuestro Señor y se lo envíe para que Su Alteza 
lo vea y tenga muy entera é completa relación de todo lo que hay en las dichas 
tierras é partes é tengáis noticia que hay ó pueda haber. 

”Item, en todas las causas, así ceviles como criminales que allá entre unas per¬ 
sonas con otras ó en otra cualquier manera se ofrescieren ó acaescieren, conos- 
ceréis dellas y en ellas conforme á derecho é justicia é no en otra manera, que 
para todo lo susodicho é para cada una cosa é parte dello é para todo lo á ello 
anexo é conexo é dependiente, yo, en nombre de Sus Altezas, vos doy é otorgo 
poder complido é bastante, como é según que yo de Sus Altezas lo tengo, con todas 
Giis incidencias é dependencias, anexidades é conexidades, ca en nombre de Sus 
Altezas mando á todas é cualesquier personas de cualquier estado, calidad é condi¬ 
ción que sean, caballeros hidalgos, pilotos mayores é maestres é pilotos contramaes¬ 
tres, é marineros, é hombres buenos, así de la mar como de la tierra, que van ó 
fueren ó estovieren en vuestra compañía, que hayan é tengan á vos el dicho Fer¬ 
nando Cortés por su Capitán, é como á tal vos obedezcan é cumplan vuestros man¬ 
damientos é parezcan ante vos á vuestros llamamientos é consultas é á todas las 
otras cosas nescesarias é concernientes al dicho vuestro cargo, é que en todo é para 
todo se junten con vos é cumplan é obedezcan vuestros mandamientos é os den 
todo favor é ayuda en todo é para todo, so la pena ó penas que vos en nombre de 
Sus Altezas les pusierdes, las cuales é cada una dellas vos las poniendo agora por 
escripto como por palabra, yo desde agora para entonces é de entonces para agora, 
las pongo é he por puestas y serán executadas en sus personas é bienes de los 
que en ellas incurrieren é contra lo susodicho fueren ó vinieren ó consintieren 
ir ó venir ó pasar ó dieren favor é ayuda para ello, é las podades executar é 
mandar executar en sus personas é bienes. Fecha en esta ciudad de Santiago, 
puerto desta Isla Fernandina, á veinte é tres de Octubre de mil c quinientos é 
é diez é ocho años.” 

(i) Al margen: “Vida de Cortés.” 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


96 

por instrumento para tan gran negocio, natural de la villa de Medelliiv 
que es en Extremadura, una de las mejores provincias de España. Fué 
hijo de Martin Cortés de ]\Ionroy, no rico, aunque de noble casta, y 
de D.^ Catalina Pizarro, del alcunia (*) de los Pizarros y Altamiranos, 
también noble. Nasció en el año de mili é cuatrocientos y ochenta y cinco. 
Diéronle sus padres á criar á un ama, con menos aparato del que des¬ 
pués el valor de su persona le dió. Crióse siempre enfermo, y tanto que 
muchas veces llegó á punto de morir. 

Dicen que su ama, siendo muy devota del apóstol Sant Pedro, se 
lo ofresció con gran devoción con ciertos sacrificios dignos de mujer 
cristiana que hizo, y así piadosamente se cree que por tomarle la piadosa 
mujer por intercesor y abogado, de ahí adelante convalesció; por lo cual, 
después que vino á los años de discreción, tuvo siempre especial de¬ 
voción al apóstol Sant Pedro, tomándole por su intercesor y abogado, 
de tal manera que desde que tuvo alguna posibilidad, cada año lo me¬ 
jor que él podía celebraba su fiesta. Siendo de edad de catorce años le 
inviaron sus padres á Salamanca (i), donde en breve tiempo estudió 
Gramática, porque era muy hábil; quisieran sus padres que siguiera el 
estudio de las leyes, mas como su ventura le llamaba para empresa tan 
importante, dexando el estudio por ciertas cuartanas que le dieron, de 
las cuales sanó dentro de ciertos meses, que volvió á su tierra, en este 
comedio el Comendador de Lares se aprestaba para pasar á las Indias. 
Cortés era ya de diez é nueve años; pidió licencia á sus padres, la cual le 
dieron de buena gana, porque entendían dél que era inclinado á la gue¬ 
rra y había mostrado en algunas cosas que se le ofrescieron que, prosi¬ 
guiéndola, sería valeroso en ella. 

Fletóse en un navio de Alonso Quintero, que iba en conserv^a de 
otros cuatro navios; llegaron todos juntos á las Canarias, y en la Go¬ 
mera, hecha oración á Sancta ]\Iaría del Paso, tomaron refresco. Alonso 
Quintero, codicioso de vender bien sus mercadurías en la isla de Sancto 
Domingo, sin dar dello noticia á sus compañeros, se hizo á la vela una 
noche. Poco después le hizo tan recio tiempo que le volvió al puerto de 
do había salido, quebrado el mástil. Rogó á los compañeros que mien¬ 
tras le adereszaba le esperasen; hiciéronlo, aunque no se lo debían; par¬ 
tieron todos juntos, y después de haber navegado así muchos días, viendo 
Quintero el viento próspero, engañado con la cobdicia, que engaña á 
muchos, tornó á adelantarse, y como aquella navegación era nueva y los 
pilotos eran poco diestros en ella, vino Quintero á dar adonde no sabía 
si estaba bien ó mal. No pudo disimular la turbación y tristeza. Visto 
esto, los pasajeros se entristecieron mucho, y los marineros, no menos 
turbados, se descargaban de la" culpa echándola los unos á los otros. Los 
bastimentos les comenzaron á faltar, y el agua que traían vino á ser tan> 


(*) Substantivo anticuado: “Alcurnia.” ^ ^ 

(i) Al margen: “Esto de Cortés para cuando Obando estaba en la España.” 





LIBRO SEGUNDO.-CAP. XVI 


97 


poca que no bebían sino de la llovediza cogida en las velas, que por 
esto era de peor gusto. Cresciendo los trabajos, crescía en todos la con¬ 
fusión y turbación; animábalos el mozo Cortés, como el que se había de 
ver en otros mayores aprietos. 

Estando así confusos é ya más congoxosos de la salud del ánima que 
del cuerpo, temerosos de dar en tierra de caribes do fuesen comidos, el 
Viernes sancto, cuyo día y lugar los hacía más devotos, vino una paloma 
al navio, asentóse sobre la gavia, que parescía á la que vino á Noé con 
el ramo de la oliva; lloraban todos de placer y daban gracias á Dios, 
creyendo que estaban cerca de tierra; voló luego la paloma y ellos en- 
dereszaron el navio hacia do la paloma iba volando, siguiendo este norte 
y estrella. El primero día de Pascua de Resurrección, el que velaba des¬ 
cubrió tierra, diciendo á grandes voces “¡tierra!, ¡ tierra nueva, por 
cierto, á los que andan perdidos por la mar, de grandísima alegría y 
contento, con la cual Cortés, aunque mostró placer, no fué tan grande 
que diese muestra de haber temido como los demás. 

El piloto reconosció la Punta de Samana, y desde á tres ó cuatro días 
entraron en el puerto de Sancto Domingo, para ellos muy deseado, d.» 
hallaron las otras cuatro naos que había muchos días que estaban en 
el puerto. Otros dicen, y tiénese por cierto, que antes que Cortés se 
determinase de hacer esta jornada, pidió licencia á sus padres para seguir 
la guerra en el reino de Ñápeles; y que, ó por ir tan pobre de posibilidad 
cuanto rico de pensamientos, ó porque la edad estonces hacía su oficio, 
llegando á Valencia mudó propósito, de adonde se volvió á sus padres é 
hizo la jornada que hemos dicho. 


CAPITULO XVI 

DO SE PROSIGUE LO QUE EL PASADO PROMETE 

Pasados estos y otros trabajos, sin los cuales pocas veces los hombres 
vienen á tener estima, saltó Cortés en Sancto Domingo, y derecho se fué 
á casa de Don Nicolás de Ovando, Comendador de Lares, Gobernador 
que estonces era de la isla; y después de haberle besado las manos y 
dicho que era de Extremadura, le dió ciertas cartas de recomendación. 
El Comendador le rescibió graciosamente, y después de haberle pregun¬ 
tado algunas particularidades de la tierra, le dixo que se fuese con Dios 
á su posada y que si algo se le ofresciese en que pudiese ser aprovechado, 
^e lo dixese, porque lo haría de buena voluntad. Con esto se despidió 
Cortés, besándole las manos por el ofresvumiento, y de ahí adelante, aun¬ 
que estaba muy pobre, y tanto que de una capa se servían tres amigc»5 
para salir á negociar á la plaza, se dió luego al trabajo de las minas y 
otras granjerias de la tierra, tomando algún principio para el fin tan 
dichoso que sus grandes pensamientos prometían. 


7 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


98 

Dicen otros que saltando en tierra, no halló en la ciudad de Sancto 
Domingo al Comendador á quien llevaba las cartas, y que su Secretario, 
luego que le conosció, le aconsejó pidiese al Cabildo de la ciudad vecin¬ 
dad, para que como á vecino le diesen solar para edificar casa y tierras 
donde labrase, en el entretanto que otra cosa se ofrescía en que más 
fuese aprovechado. Aceptó el consejo y dióle gracias por él, y venido el 
Gobernador á la ciudad, le besó las manos y pasó sobre ello lo que hemos 
referido. Luego de ahí á pocos días, á causa de una gran señora viuda 
que se llamaba Anacaona, se rebelaron las provincias de Aniguayagua 
y Guacayarima, á cuya reducción y pacificación iba Diego Velázquez, 
persona, como al principio deste libro dixe, de calidad y de todo buen 
crédicto. Fue con él Cortés todo lo mejor adereszado que él pudo, lo cual 
fué causa que el Gobernador le diese ciertos indios en tierra del Dayguac 
y la Escribanía del Ayuntamiento de la villa de Achúa, que el Comen¬ 
dador había fundado, donde Cortés vivió seis años dándose á granjerias 
y sirviendo su oficio á contento de todo el pueblo. 

En este tiempo quiso pasar á Veragua, tierra afamada de muy rica; 
dexó de hacerlo por un dolor grande que le dió en una pierna. Decían 
sus amigos que eran las bubas, porque siempre fué amigo de mujeres, y 
las indias mucho más que las españolas inficionan á los que las tratan. 
Con esta enfermedad, sea como fuere, que ella le dió la vida de.^pués de 
Dios, excusó la ida con Nicuesa y se libró de los trabajos y peligros en 
que se vió Diego de Nicuesa y sus compañeros; porque andando des¬ 
cubriendo y no poblando, buscando mejor tierra, traía la gente descon¬ 
tenta, de manera que hizo algunas crueldades con ella, y asi ninguna cosa, 
le subcedió bien. 

Fué Cortés hombre afable y gracioso; presciábase de ganar amigos 
y conservarlos, aunque fuese á costa de su hacienda; hacía con mucho 
calor lo que podía con ellos; procuró siempre el amistad de los mejores 
y que más podían; tenía muy claro juicio y aprovechábase muy bien 
de lo que había estudiado; nunca se determinaba á negocio sin pensarlo 
muy bien y consultarlo con los amigos de quien se confiaba; era amigo 
de leer cuando tenía espacio, aunque era más inclinado á las armas; 
veneraba y acataba mucho á los sacerdotes; procuró siempre cuanto en 
sí fué la pompa y auctoridad del culto divino; honraba á los viejos y 
tenía en mucho á los valientes y animosos, y, por el contrario, era poce 
amigo üe los pusilánimos y cobardes. 

Cuando vino á mandar y tener cargo de General, supo dar^e maña 
cómo de los más fuese amado y temido; gastaba su hacienda con libe¬ 
ralidad, especialmente cuando pretendía más señorío, como hizo cuando 
los de Narváez, porque entendía que ganadas las voluntades, era fácil 
el ganar las haciendas; perdonaba las ofensas de buena voluntad cuando 
los que las cometían se arrepentían dellas; en el castigar era misericor¬ 
dioso; regocijábase mucho con las damas, y era muy comedido y liberal 
con ellas; jugaba todos juegos sin paresccr tahúr, mostrando tan 




LIKRO SEGUNDO.-CAP. XV11 


91 


buen rostro al perder como al ganar; en las fiestas y banquetes que hizo 
fué muy largo. Edificó en México dos casas muy sumptuosas; cúlpanle 
todos no haber hecho iglesia, conforme á la grandeza de las casas; los 
que le defienden, dicen que era su pensamiento hacer el templo más 
sumptuoso que el de Sevilla, y que por no haber estonces oficiales es¬ 
pañoles lo dexó. Como quiera que sea, él se descuidó más de lo que con¬ 
venía. Cúlpanle también muchos de no haber pedido ó dado perpectuidad 
de indios á los conquistadores, como pudiera, á causa de tenerlos siempre 
debaxo de la mano; pues él, aunque tan valeroso, no pudiera sin ellos 
conquistar tan grandes reinos y señoríos; no falta quien le defiende 
desto, aunque como hombre no podía acertar en todo. Cúlpanle asimismo 
muchos de los conquistadores que en el repartir de las ganancias de la 
guerra tomaba lo más y mejor para sí; podía ser que como á cada uno 
paresciese que merescía más que el otro, le cresciese en el ojo lo que Cor¬ 
tés meresciendo tanto tomaba para sí. 

Fué Cortés hombre de mediana disposición, de buenas fuerzas, dies¬ 
tro en las armas y de invencible ánimo; de buen rostro, de pecho y es¬ 
palda grande, sufridor de grandes trabajos á pie y á caballo; parescía 
que no se sabía cansar; velaba mucho y sufría la sed y hambre mucho 
más que otros; finalmente: cuán dichoso y valeroso Capitán fuese, cuán 
avisado en el razonar, cuán recatado con los enemigos, cuán deseoso de 
que el Evangelio se promulgase, cuán piadoso y amigo de los suyos y 
cuán leal á su Rey, parescerá claro por el discurso desta historia, en la 
cual no tractaré de su muerte hasta que hable cómo y por qué partió desta 
tierra para España, donde quedó; y porque he dicho cómo pasó á las 
Indias, é Diego Velázqiiez le encomendó el descubrimiento y conquista 
desta tierra, diré por los capítulos siguientes cómo casó en Cuba y las 
pasiones que tuvo con Diego Velázquez, tocando primero el pronóstico 
que de su prosperidad tuvo. 

CAPITULO XVII 

DEL PRONÓSTICO QUE HERNANDO CORTES TUVO DE SU BUENA ANDANZA 

No es de pasar en silencio, antes que trate las pasiones que Cortés 
tuvo con Diego Velázquez, el pronóstico que él muchas veces contó de 
la prosperidad en que vino; porque con haber estado en Pueriío de Plata 
con otros dos compañeros, tan pobre que se huyeron por no tener con 
qué pagar el flete, estando en Azúa sirviendo el oficio de escribano, 
adurmiéndose una tarde soñó que súbitamente, desnudo de la antigua po¬ 
breza, se vía cubrir de ricos paños y servir de muchas gentes extrañas, 
llamándole con títulos de grande honra y alabanza; y fué así que grandes 
señores destas Indias y los demás moradores dellas, le tuvieron en tan 
gran veneración que le llamaban Teult, que quiere decir ''dios y hijo del 
sol y gran señor'’, dándole desta manera otros títulos muy honrosos; y 




100 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


aunque él como sabio y buen cristiano sabia que á los sueños no se había- 
de dar crédicto, todavía se alegró, porque el sueño había sido conforme á' 
sus pensamientos, los cuales con gran cordura encubría por no parescer 
loco, por el baxo estado en que se vía, aunque no pudo vivir tan reca¬ 
tado que en las cosas que hacía no mostrase algunas veces la gran pre¬ 
sunción que tenía en su pecho encerrada. Dicen que luego, después del 
sueño, tomando papel y tinta dibuxó una rueda de arcaduces; á los llenos 
puso una letra, y á los que se vaciaban otra,, y á los vacíos otra, y á los 
que subían otra, fixando un clavo en los altos. Afirman los que vieron 
el dibuxo, por lo que después le acaesció, que con maravilloso aviso v 
subtil ingenio, pintó toda su fortuna y subcesos de vida. 

Hecho esto, dixo á ciertos amigos suyos, con un contento nuevo y 
no visto, que había de comer con trompetas ó morir ahorcado, é que* 
ya iba conosciendo su ventura y lo que las estrellas le prometían; y así 
de ahí adelante comenzó más claro á descubrir sus altos pensamientos, 
aunque, como luego diremos, la fortuna le contrastaba cuanto podía para 
que entendamos que, como dixo Aristóteles, la virtud y la ciencia se 
alcanzan con dificultad. 


CAPITULO XVIII 

DE LAS PASIONES QUE HUBO ENTRE DIEGO VELÁZQUEZ Y HERNANDO CORTÉS 

Después que Hernando Cortés tuvo entendida la tierra y conosció 
los motivos é intentos de Diego Velázquez, que eran pretender la gober¬ 
nación de Cuba, porque estonces era Teniente de D. Diego Colón, hijo 
del Almirante, primero descubridor, del cual se ha de hablar en la 
primera parte desta historia, comenzó, como hombre bullicioso, á tractar 
con ciertos amigos suyos, que sería bien dar aviso al Almirante, que es¬ 
taba en Sancto Domingo, cómo Diego Velázquez trataba de alzarse con 
la gobernación de Cuba, para la conquist'a de la cual había sido inviado 
Diego Velázquez en nombre de Colón y de los Reyes Católicos en el 
año de mili é quinientos y once (i). 

Hecha cierta liga para este efecto entre Cortés y sus compañeros, 
escribieron ciertos capítulos contra Diego Velázquez, determinando de 
irse secretamente á la Yaguana, que estaba de allí más de ciento y cin¬ 
cuenta leguas, y de allí con canoas pasar un golfo de más de trienta le-^ 
guas para entrar en Sancto Domingo. No pudo ser el negocio tan se¬ 
creto que Diego Velázquez no lo viniese á entender, y así mandó luego 
prenderlos, con determinación de inviarlos luego al Almirante con los 
capítulos que habían hecho, para justificar su causa. 

Había al presente en el puerto de la villa de Barucoa un buen navio,. 


(i) Al margen: “1511. 









LIBRO SEGUNDO.—CAP, XVIII 


lOÍ 


»en el cual mandó meter á Cortés bien aprisionado y debaxo de sosota (*); 
pero él tuvo manera, aunque con mucho trabajo, cómo quitarse las pri¬ 
siones y salirse por un escotillón á tal diora de la noche que los ejue en 
el navio estaban dormían muy profundamente. Dubdoso qué haría, por¬ 
que no sabía nadar, abrazándose con un madero, con grande ánimo se 
echó al agua; á la sazón era la mar menguante, y á esta causa la co¬ 
rriente le metió la mar adentro más de una legua de la otra parte del 
navio. Quiso su ventura que, aunque ya estaba cansado, volviendo la 
cresciente, le tornase á tierra. En el camino vió gran copia de tiburones 
y de lagartos, de que no poco temió que le tragasen; y asi, por este 
miedo como porque el trecho era grande, vino á desfallescer tanto que 
muchas veces estuvo determinado de soltar el madero y dexarse ahogar, 
porque ya no podía sufrir el trabajo; pero esforzándose lo más que pudo, 
encomendándose á Dios y á su abogado el apóstol Sant Pedro, se halló 
en seco en la costa, que una grande ola le había echado, y no como dice 
Gómara (**), que trocando sus vestidos con el mozo que le servía y salien¬ 
do por la bomba, se metió en un esquife. 

Estando, pues, en la playa tornó en sí, tanteó la tierra, y abriendo los 
ojos, no se puede decir el contento que rescibió reconociendo dónde es¬ 
taba ; pero entendiendo que ya se acercaba el día y que echándole menos 
las guardas del navio le habían de buscar por todas partes, fuera de 
camino se escondió entre unos matorrales, y cuando fué tiempo se metió 
en la iglesia de la villa, desde la cual, como vivía cerca Joan Xuárez y 
su hermana Catalina Xuárez, comenzó á tratar amores con ella. En este 
comedio, Juan Escudero, alguacil mayor, por dar contento á Diego 
Velázquez, le espió tanto para prenderle que un día, por ver Cortés me¬ 
jor á la hermana de Joan Xuárez, que era de buen parescer y entendimien¬ 
to, saliendo al cimenterio de la iglesia, el Alguacil mayor, entrando por la 
otra puerta, se abrazó con él y lo llevó á la cárcel. Los Alcaldes prosce- 
dieron contra él y le sentenciaron rigurosamente, de cuya sentencia apeló 
para Diego Velázquez, que verdaderamente era bueno y piadoso, el cual, 
revocando la sentencia y comutándola en una pena muy liviana, de ahí 
adelante le favoresció por medio de Andrés de Agüero, el cual privaba 
mucho con Diego Velázquez por ser muy cuerdo y valeroso, y no como 
otros dicen, mercader. Otros afirman, y es creíble de la bondad de Diego 
Velázquez, que un Joan Juste, que á la sazón era Alcalde ordinario, por 
ciertas pasiones que había tenido con Cortés, le perseguía, y que Diego 
Velázquez, como Gobernador, le amparaba y defendía. Dicen también 
otros, lo que es contrario desto, que dos veces le mandó prender. 

Como quiera que fué. Cortés, así por el valor de su persona, como 

(*) En la Crónica de López de Gómara se lee: “Y metiéronlo [á Cortés] en 
lina nave so sota.” Conquista de Méjico, capítulo titulado “Algimas cosas que 
acontecieron en Cuba á Fernando Cortés.” V. Biblioteca de Autores Españoles de 
Rihadencira, tomo XXII, pág. 

(**) Conquista de Méjico, loe. cit. 



102 


CRÓXICA DE LA XUE\^A ESPAÑA 


por medio de Andrés de Duero, vino en tanta gracia con Diego Veláquez, 
que por su comisión, como paresce por la instruición dello arriba inserta, 
acometió y salió con el mayor negocio que romano ni griego jamás em¬ 
prendió ni consiguió. 


CAPITULO XIX 

CÓMO SE CASÓ CORTÉS, Y DE UN GRAN PELIGRO DE. QUE SE LIBRÓ 

Acabadas las pasiones, Diego Velázquez procuró que Cortés se ca¬ 
sase con Catalina Xuárez, y efectuado el casamiento como él lo deseaba, 
lo festejó lo más que pudo, pofque era muy inclinado á honrar y favo- 
rescer á sus amigos, especialmente en tales casos, y porque hasta eston¬ 
ces se habían hecho pocos casamientos. 

Era Joan Xuárez hijo de Diego Xuárez y de María de Marcaida, ve¬ 
cinos de Sevilla. Pasó á la isla española con el Comendador de Lares, 
D. Fray Nicolás de Ovando, Pasó Catalina Xuárez por doncella de la 
hija del contador Cuéllar, suegro que fué de Diego Velázquez, y des¬ 
pués del descubrimiento de jMéxico vinieron otras dos hermanas suyas 
á Cuba y de allí á IMéxico, las cuales murieron sin casarse, aunque estaba- 
tractado con personas honradas. IMurió después Catalina Xuárez en Cu- 
yoacan por Octubre del año de veinte y dos, después de ganado México. 
No tuvo Cortés della hijo alguno. 

Antes de todos estos subcesos, porque convenía que pasase por gran¬ 
des trances el que había de verse en tan gran pujanza, viniendo Cor¬ 
tés un día de las bocas de Bain para Barucoa, donde á la sazón vivía, ya 
anochecido, se levantó una gran tempestad que trastornó la canoa en que 
venía, y él, como no sabía nadar, por gran ventura se abrazó con la canoa 
media legua de tierra, y atinando á una»lumbre de pastores que estaban 
cenando á la orilla del mar, ayudándole la marea y viento que corría 
hacia tierra, se halló bien fatigado en la orilla, donde conoscido por los 
pastores, desnudándole de la ropa que traía mojada, le cubrieron con la 
mejor que se hallaron, encendiendo en el entretanto mayor fuego do se 
calentase y se enxugase su ropa; diéronle aquella noche á cenar de lo que 
tenían, y á la mañana, vestido de su ropa, que estaba ya enxuta, se fué 
á su casa, que no estaba lexos de allí, agradesciendo con muy bueñas- 
palabras, porque las tenía tales, el beneficio rescebido. 


CAPITULO XX 

DO SE PROSIGUE LA NAVEGACIÓ'N Y JORNADA DE HERNANDO CORTÉS 
Y PROVISIÓN DEL ARMADA 

Partiéndose Hernando Cortés del puerto de Sanctiago de Cuba á diez 
é ocho de Noviembre, tan á pesar, como todos dicen, de Diego Veláz- 





LIBRO SEGUNDO.—CAP. XX 


io 3 

quez, invió luego una carabela á Jamaica para cargarla de bastimentos, 
mandando al capitán della que con lo que comprase se viniese á la Punta 
de Sant Antón, que está al fin de la isla de Cuba hacia poniente, y él en el 
entretanto, con los demás que llevaba, se fué á Macaca, do compró tre¬ 
cientas cargas de pan y mucha cantidad de tocinos, y de allí, yéndose á 
la Trinidad, compró un navio de Alonso Guillén y tres caballos y tre¬ 
cientas cargas de maíz. Allí tuvo aviso que pasaba un navio cargado 
de vituallas que Joan Núñez Sedeño inviaba á vender á unas minas. 
Mandó luego que Diego de Ordás le saliese al camino, y pagando lo 
que era razón, por fuerza ó por grado, le tomase las vituallas. Diego de 
Ordás lo hizo así, compró mili arrobas de pan y mili é quinientos to¬ 
cinos y muchas gallinas, yéndose con todo esto, ^como le era mandado, 
á la Punta de Sant Antón. 

En el entretanto, Cortés recogió en la Trinidad y en Matanzas y 
en otros lugares cerca de docientos hombres de los que habían ido con 
Grijaiva, é inviando los navios delante con los marineros y algunas per¬ 
sonas de quien él se confió, con toda la demás gente se fué por tierra á 
la Habana, que estonces estaba poblada, á la parte del sur, á la boca 
del río Onicaxonal. Los vecinos de allí, temiendo enojar á Diego Ve- 
lázquez, no quisieron venderle bastimentos algunos, y él, como iba puesto 
en justificar su negocio lo mejor que pudiese, aunque era más poderoso 
que ellos, no quiso tomar nada por fuerza, y así comprando de uno que 
cobraba los diezmos y de un receptor de bulas dos mili tocinos y otras 
tantas cargas de maíz é yuca é ajos, contento de haber proveído me¬ 
dianamente su flota, prosiguió su viaje. 

Llegaron luego en una carabela ciertos caballeros, de los cuales eran 
los principales, y que después fueron Capitanes en la conquista de la 
Nueva España, Francisco de Montejo, Alonso de Avila, Pedro de Al- 
varado y Cristóbal de Olid. Rescibiólos Cortés con muy alegre rostro, 
porque eran personas de mucha cuenta y de quien^ después se ayudó 
mucho. Así en conserva llegaron á Guaniguanico, donde ordenando su 
gente y concertando su matalotaje, vino un criado de Diego Velázquez, 
que se decía Garnica, con cartas por las cuales le rogaba afectuosamente, 
con palabras de mucho amor, no se partiese hasta que se viesen. Este 
mismo mensajero traxo también cartas y mandado de Diego Velázquez 
para Francisco de Montejo, Alonso de Avila, Pedro de Alvarado, Diego 
de Ordás, Cristóbal de Olid, Morales, Escobar y Joan Velázquez de 
León, que todos habían sido sus criados y capitanes, si no era Alonso 
de Avila, á quien tenía por particular amigo, encargándoles y mandán¬ 
doles que impidiesen el viaje á Cortés, y que como leales amigos se lo 
prendiesen y enviasen á buen recaudo. Los más dellos vinieron en que 
era bien, pues Cortés daba tan claras muestras de quererse alzar contra 
Diego Velázquez, de quien tan buenas obras había rescebido, que le 
prendiesen, aunque algunos eran de parescer contrario, diciendo que 
aquel era el hombre que ellos habían menester, y no á Grijalva, que de 


04 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


las manos dexó la buena ventura para sí y para otros; y como siempre 
vencen los que son más, determinóse muy en secreto que en el navio de 
Diego de Ordás hiciesen un banquete, para el cual convidando á Cortés, 
después de haber comido, le pudiese prender con alguna gente que para 
ello tenían puesta de secreto. 

Cortés, no sabiendo de las cartas que á aquellos caballeros se habían 
dado, nada receloso del convite, le aceptó con alegre rostro, y metiéndose 
con pocos en una barca para entrar en el navio de Diego de Ordás, 
tuvo aviso, créese que de alguno de los que contradixeron, de lo que 
estaba tratado; fingió luego vómito de estómago, y metiendo la mano 
echó un'poco de flema, y así diciendo que se sentía mal dispuesto y que 
no estaba para comer, agradesciéndoles mucho la comida, aunque en su 
pecho sentía otra cosa, se volvió á su navio, adonde llamó luego á los 
que entendía que eran sus amigos, y á unos rogó que estuviesen aper- 
cebidos y á punto para lo que se ofresciere, y á otros de quien más se 
confiaba, descubrió el secreto y la intención que contra él tenía Diego 
Velázquez de impedirle la jornada, dándoles en esto á entender cuánto 
á todos importaba que él y no otro la hiciese, porque si Diego Velázquez 
la cometía á otro, no sería tan amigo dellos como él. Los unos y los 
otros, con juramentos y palabras de mucho amor, le ofrescieron sus 
personas y vidas, prometiéndole de morir donde él muriese. 

Confiado Cortés de la promesa déstos, que eran los más de la flota, 
se dió luego tan buena maña y tanta priesa que aquella noche hizo em¬ 
barcar toda la gente, y antes del día salió del puerto, que fué la peor 
repuesta que se podía dar á Diego Velázquez. Todavía los Capitanes, 
aunque se hacían á la vela, estaban en propósito de prender á Hernando 
Cortés, cuando para ello hobiese tiempo; pero como Dios queria otra 
cosa, levantóse de súbito una tan gran tormenta, que de tal manera 
apartó los unos de los otros, que apenas iba navio con navio. Visto esto, 
los Capitanes mudaron el propósito, y algunos dellos lo manifestaron á 
Hernando Cortés, prometiéndole de serle leales amigos, pues veían que 
claramente Dios era servido que él y no otro prosiguiese tan importante 
negocio. El, como sagaz, no descubriendo el vómito que había fingido, 
por no darles á entender que les había tenido miedo, de ahí adelante los 
tractó con más amor y hizo mayor confianza dellos, diciendo que como 
con Diego Velázquez habían sido tan leales, así lo serian de ahí adelante 
con él, y él quedaría obligado á morir por ellos cuando se ofresciese. 


CAPITULO XXI 

DE LOS NAVÍOS Y GENTE DE CORTÉS, Y LA BANDERA Y LETRA QUE TOMÓ 

Llegados todos los navios y gente del armada de Cortés á Sant 
Antón, hizo luego allí alarde, y halló que llevaba quinientos é cincuenta 





LIBRO SECJUNDO.-CAP. XXI 


t OD 


españoles, de los cuales los cincuenta eran marineros. Repartió toda la 
gente en once compañías y diólas á los capitanes Alonso de Avila, Alonso 
Hernández Puerto Carrero, Diego de Ordás, Francisco de Montejo, Fran¬ 
cisco de Moría, Francisco de Saucedo, Joan de Escalante, Joan Ve- 
lázquez de León, Cristóbal de Olid y á un Fulano de Escobar, y Cor¬ 
tés como General tomó otra; y así los once Capitanes, cada uno con su 
gente, se embarcaron en once navios, para que cada Capitán tuviese car¬ 
go de su gente y navio. Nombró por piloto mayor de la flota á Antón 
de Alaminos, porque era el que mejor entendía el viaje, á causa que 
en el primero descubrimiento había ido con Francisco Hernández de 
Córdoba y después con Grijalva. Aliende de toda esta gente, para el ser¬ 
vicio della llevaba Cortés docientos isleños nascidos en Cuba y ciertos 
negros y algunas indias para hacer pan, y diez y seis caballos é yeguas. 
De matalotaje se halló que había cinco mili tocinos, seis mili cargas de 
maíz, mucha yuca y gran copia de gallinas, vino, aceite y vinagre el 
que era menester, garbanzos y otras legumbres abasto, mucha buhone¬ 
ría ó mercería, que era la moneda y rescate para contratar con los indios., 
porque, aunque tenían mucho oro y plata, no tenían moneda dello, ni de 
otro metal, sino era en ciertas partes, unas como pequeñas almendras 
que ellos llamaban cacauatl, y destas hoy por más de quinientas leguas de 
tierra usan los indios en la Nueva España en lugar de moneda menuda, 
porque también usan de la nuestra; y de comida y bebida repartió Cortés 
matalotaje y rescate por todos los navios, conforme á lo que cada uno 
había menester. 

La nao capitana, donde Cortés iba, era de cien toneles; otras había 
de á ochenta y de á sesenta, pero las más eran pequeñas y sin cubierta, 
como bergantines. La bandera que Hernando Cortés tomó y puso en 
su navio era de tafetán negro, su devisa era una cruz colorada en medio 
de unos fuegos azules y blancos; el campo y orla negros; la letra que 
iba por la orla decía: 'CA^migos, la cruz de Cristo sigamos, que si en 
ella fee tuviéremos, en esta señal venceremos’\ Era tan devoto de la 
Cruz, que doquiera que llegaba, habiendo para ello lugar decente, ponía 
una cruz en el sitio más alto que hallaba, para que de lexos pudiese ser 
vista y adorada de los que después por allí pasasen; queriendo también 
dar á entender á los moradores de aquellas tierras á quien iba á conver¬ 
tir á nuestra sancta fee, que en otra señal como aquella Jesucristo, Dios 
y Hombre, murió para que el hombre se salvase y heredase el cielo, para 
el cual Dios le había criado; y aunque dicen algunos que los primeros 
descubridores hallaron cruces, los indios más las tenían acaso que por 
saber lo que eran ni lo que significaban, como muchos de los antiguos 
las tenían, por tormento, afrenta y oprobio, salvo si no decimos que 
Dios por sus ocultos juicios quiso que las hobiese en todas las partes 
del mundo, y en estas para que los moradores dellas, que habían de ser 
alumbrados por los españoles, con devoción considerasen el misterio que 
^n tal señal por tanto tiempo les había estado encubierta, y en otras para 


io6 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


dar á entender que después que en tal señal, el que era y es vida, Jesu¬ 
cristo Nuestro Señor y Dios, por darnos vida murió, fuese tan honrosa 
que todo cristiano se arrodillase á ella como al mismo Cristo que en 
ella nos redimió, por lo cual Cortés con gran razón, como el Emperador 
Constantino, poniéndose debaxo desta fuerte bandera y estandarte, dixo 
lo que él: “En esta señal venceremos'', y fué así que le fué tan favo¬ 
rable, que Príncipe en el mundo no hizo tan señaladas cosas. 


CAPITULO XXII 

DE LA PLÁTICA Y R7\ZONAMIENTO QUE CORTES HIZO Á SUS COMPAÑEROS 

Ordenado todo como tenemos dicho, Hernando Cortés, en quien era 
nescesario para tan dichosa jornada concurriesen, como concurrían á la 
igual, saber y esfuerzo, paresciéndole que era razón, pues ya estaba todo 
á punto y no faltaba otra cosa sino el comenzar, animase á sus com¬ 
pañeros; y para que todos tuviesen entendido cuánto importaba la jor¬ 
nada que emprendían, haciendo señal de silencio, puesto en parte de 
donde de todos pudiese ser oído, les habló en la manera síguienlle: 

“Señores y hermanos míos: Entendido tengo que cada uno de vos¬ 
otros en particular habrá hecho su consideración del viaje y conquista 
que al presente intentamos, y cómo en ella ponemos el cueipo á tantos 
trabajos y la vida á tantos peligros, entrando por mar que hasta nuestros 
días no ha sido de cristianos navegado, y procurando tan pocos en nú¬ 
mero como somos (aunque muchos, como espero en Dios, en virtud y 
esfuerzo), entrar por tierras tan grandes que con razón las llaman Nuevo 
Mundo, moradas y habitadas, como tenemos entendido, de casi infinitos 
hombres, en lengua, costumbres y religión y leyes tan diferentes de 
nosotros, que siendo la similitud causa y vínculo de amor, no pueden 
dexar de extrañarnos mucho; y no habiendo de presente, aunque les 
hagamos muy buenas obras, cómo se confíen de nosotros, sernos enemi¬ 
gos, recatándose de que los engañemos, principios tan duros y ásperos 
verdaderamente no se pueden hacer fáciles y sabrosos, si no se considera 
la grandeza del fin en quien van á parar; y pues este es el mayor y 
más excelente que en la tierra puede haber, que es la conversión de tan 
gran multitud de infieles, justo es que, pues llevamos oficios de após¬ 
toles y vamos á libertarlos de la servidumbre y captiverio de .Satanás, 
que todo trabajo, heridas y muertes demos por bien empleadas; pues 
.haciendo tanto bien á estas bárbaras nasciones y tanto servicio á Dios, 
lo mejor ha de redundar en nosotros, porque este es el mayor premio 
del que hace bien, que goza dél más que aquel á quien se hace, como del 
que hace mal, lloverle encima. Ofensas hemos hecho lodos á Dios tan 
grandes, que por la menor dellas, según su justicia, merescemos muy 
bien el infierno; y pues, según su misericordia, nos ha hecho tanta 





LIBRO SEGUNDO.—CAP. XXII 


107 

merced de tomarnos por instrumento para alanzar al demonio destas 
tierras, quitarle tantos sacrificios de carne humana, traer al rebaño de 
las escogidas tantas ovejas roñosas y perdidas, y, finalmente, hacer á 
la Divina Majestad tan señalado servicio entre tantos trabajos y peli¬ 
gros como se nos ofrescerán, grande alivio y verdadero consuelo 
es saber que el que muriere, muere en el servdcio de su Dios y predi¬ 
cación de su fee, y el que quedare, si algo nos debe mover lo temporal, 
permanescerá en tierra próspera, illustrará sus descendientes, hallará 
descanso en la vejez de los trabajos pasados, y nuestro Rey é señor ten¬ 
drá tanta cuenta con nuestro servicios, que gratificándoles como puede, 
anime á otros que, con no menos ánimo que nos, acometan semejantes 
empresas; y porque veáis claro que en esta jornada se interesan el 
servicio de Dios, la redención destos miserables, el rendir al demonio, 
el servir á nuestro Rey, el illustrar vuestras personas y el ennoblescer 
y afamar vuestra nasción, el ganar gloria y nombre perpéctuo, el escla- 
rescer vuestros descendientes y otros muchos y maravillosos prove¬ 
chos, que no todos, sino cualquiera dellos basta á inflamar y encender 
cualquier ánimo, cuanto más el del español; será supérfluo y aun sos¬ 
pechoso con más palabras tractar cuánto nos conviene, pues hemos puesto 
la mano en la esteva del arado, por ningún estorbo volver atrás, que 
grandes cosas jamás se alcanzaron sin trabajo y peligro. Lo que de mí 
os prometo es que con tanto amor procuraré el adelantamiento de vues¬ 
tras personas como si fuésedes hermanos míos carnales, y porque todos 
miran al Capitán, no se ofrescerá trabajo ni peligro que en él no me 
halle yo primero. Esto era lo que pensaba deciros. Ea, caballeros va¬ 
lerosos ; si á mis palabras habéis dado el crédicto que es razón, comen¬ 
zadme á seguir; y si hay algo que responderme, lo haced luego, que 
tan buena fortuna no es razón dexarla de las manos. 

Acabado este razonamiento, fué grande el contento que todos mos¬ 
traron y el esfuerzo que tomaron, y tomando la mano uno de los Ca¬ 
pitanes, que algunos dicen que fué Pedro de Alvarado, otros que Fran¬ 
cisco de Montejo, le respondió así: 

‘‘Valeroso y excelente Capitán nuestro, á quien Dios proveyó por tal 
para adelantamiento nuestro y pró de tantas nasciones como esperamos 
conquistar; no tenemos que responderte, más de que, pues has hablado 
conforme á lo que quieren ánimos españoles, que nos hallarás tan á tu 
voluntad, pues esta es la nuestra, que en ninguna cosa echarás menos 
nuestra fidelidad, amor é esfuerzo, diligencia y cuidado ; y pues á cada 
uno de nosotros y á todos juntos conviene seguirte, por lo que nos pro¬ 
metes, la última palabra nuestra es que mandes lo que se debe hacer, 
pues nosotros estamos esperándolo para obedescerte.^^ 

I\íuy alegre Cortés con la repuesta de sus compañeros, dicha pri¬ 
mero una misa al Espíritu Sancto, poniendo por intercesor á su abo¬ 
gado Sant Pedro, hizo señal de que todos se hiciesen á la vela. 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


108 


CAPITULO XXIII 

CÓMO CORTÉS PARTIENDO PARA COZUMEL, UN NAVÍO SE ADELANTÓ 
Y DE LO QUE SUBCEDIÓ 

Acabado el razonamiento de Cortés y la repuesta de los suyos, todos 
con alegre ánimo, oida primero una misa que se dixo al Espíritu Sancto. 
'se comenzaron á embarcar cada Capitán en su navio, como de antes es¬ 
taba concertado. Yendo todos en conserva, dicen que un navio, ó con 
tiempo (y esto es lo más cierto) ó porque era más velero, se adelantó y 
vino á surgir á un puerto que más tiene manera de playa que de puerto: 
estaba algo escondido y hacia un poco de abrigo. Puestos allí, no sa¬ 
biendo dónde estaban, vieron, mirando á la costa, una lebrela que. como 
'Sintió ruido de gente y reconosció ser voces de españoles, coleando y 
ladrando dió muestras de querer pasar adonde el navio estaba. Los nues¬ 
tros, padesciendo ya nescesidad de comida, considerando que donde 
aquella lebrela estaba, debía de haber gente española que los socorriese, 
metiéronse algunos en una barca, y pasando de la otra parte, no hallaron 
más de la lebrela, la cual hizo grandes extremos de alegría, coleando, 
saltando, ladrando y corriendo de una parte á otra. 

Los nuestros la regalaron mucho y traxeron consigo, la cual, pro¬ 
veyéndolo Dios así, les fué tan provechosa que sola cazó muchos cone¬ 
jos, de que los nuestros se sustentaban, y acompañada de dos ó tres 
cazó muchos venados, tanto, que no solamente proveyó bastantemente á 
la nescesidad de la hambre, pero hízose dellos tanta cecina en el navio 
que después, llegados los otros, la repartieron entre ellos. Lo que se 
pudo saber de hallar aquella lebrela fué que con tiempo un navio de es¬ 
pañoles dió en aquella costa, y sin perderse estuvieron allí algunos 
días, y después como con nescesidad se hiciesen á la vela, dexaron allí la 
lebrela sin acordarse della, para que después, por oculto juicio de Dios, 
fuese ayuda de otros perdidos. 


CAPITULO XXIV 

CÓMO CORTÉS, PROSIGUIENDO SU VIAJE, LLEGÓ Á LA ISLA DE COZUMEL 

Yendo Hernando Cortés con su flota á vista de tierra en demanda 
de la Nueva España, habiendo salido con muy buen tiempo, que fué 
una mañana, á diez é ocho' días del mes de Hebrero (i) del año del 
Señor de mili é quinientos y diez é nueve, habiendo, como es uso, dado 
nombre á todos los Capitanes y pilotos, que fué de Sant Pedro su abo- 


(i) Al margen: “A 18 de hebrero. 







LIBRO SEGUNDO. — CAP. XXIV I O 9 

gado, avisándoles asimismo, proveyendo para lo porvenir, que todosr^ 
tuviesen ojo á la capitana, que llevaba un gran farol para de noche, 
y cómo el viaje que habian de hacer desde la Punta de Sant Antón, que 
es en Cuba, para el cabo de Cotoche, que es la primera punta de Yu¬ 
catán, como era casi leste oeste, como quien dice de oriente á occidente: 
y como después habían de seguir la costa entre norte y poniente, la 
primera noche que comenzaron á navegar para atravesar aquel pequeño 
estrecho, que es de poco más de sesenta leguas, levantóse el viento nor¬ 
deste con tan recio temporal que desbarató la flota, de manera que cada 
navio filé por su parte, aunque todos llegaron sin perderse ninguno, de 
uno en uno y de dos en dos, á la isla de Cozumel, do estaba el navio 
que halló la lebrela. 

Los indios de la isla, como vieron surtos tantos navios, temieron, y al¬ 
zando el hato, se meaieron al monte, y otros se escondieron en cuevas. 
Viendo esto Cortés, mandó á ciertos soldados que, adereszados como con¬ 
venía, saltasen en tierra y viesen qué había; los soldados fueron á un tem¬ 
plo del demonio que no estaba lexos de la costa; era el templo sumptuoso 
y de hermoso edificio; allí luego hallaron un pueblo de buenas casas de 
cantería; entraron dentro, estaba despoblado, hallaron alguna ropa de al¬ 
godón y ciertas joyas de oro, que llevaron á su Capitán. Holgóse Cortés 
de verlas, y traídos algunos indios, haciéndoles buen tratamiento, mostrán¬ 
doles cuanto amor pudo y dándoles algunas cosidas que hay entre nos¬ 
otros, con alegre semblante los invió á los suyos, lo cual fué causa que 
los demás indios poco á poco comenzasen á salir y á venir, trayendo á 
los nuestros pan de maíz, fructas y mucho pescado, que de todo esto 
había abundancia en aquella isla. Rescibíanlos muy bien los nuestros, 
porque así estaban avisados de su General, el cual para más asegurar 
aquellos indios, dió al señor, llamado Calatuni, que había venido con 
ellos, ciertas cosas de mejor parescer y de más prescio, las cuales dió' 
á entender el señor ó cacique que tenía en mucho; y así, después de 
despedido, le invió muchos presentes de comida, los cuales Cortés, dán¬ 
doles otras cosas, rescibió alegremente; y para más asegurarlos y que 
entendiesen que él ni los suyos no venían á hacerles mal, hizo una cosa 
que les aprovechó mucho, y fué que mandó traer delante de los indios 
todas las preseas y oro que los soldados habían traído del pueblo, para 
que los indios, conosciéndolas, cada uno tomase lo que era suyo. Desto, 
como era razón, se maravillaron los indios mucho, y tomando cada uno 
lo que conosció ser suyo, muy contentos se volvieron á su señor, el 
cual de ahí adelante con más amor proveyó abundantemente á los nues¬ 
tros. 


J lo 


CRÓXICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO XXV 

CÓMO EX COZUMEL CORTES TUVO LENGUA DE JERÓNIMO DE AGUILAR 

Estando desta manera Cortés, y cresciendo siempre entre los suyos 
y los indios de Cozumel la contractación y amistad, tuvo noticia que en 
la costa de Yucatán la tierra adentro había cinco ó seis españoles, los 
cuales los indios de Cozumel dieron á entender por señas, diciendo que 
eran unos hombres como los nuestros, y tocándose sus barbas, daban á 
•entender que las de aquellos eran largas y crescidas. Entendiendo Cor¬ 
tés ser españoles, le tomó gran voluntad de saber dellos; pero como era 
dificultoso, y él deseaba proseguir su jornada, no hizo tanto caso como 
debiera; pero como Dios encaminaba los negocios mejor que Cortés lo 
podía desear, saliendo Cortés dos ó tres veces del puerto de Cozumel en 
demanda de la Nueva España, con tiempo que le hizo muy bravo, se 
volvió, y entendiendo por esto que Dios quería que aquellos cristianos 
saliesen de captiverio y volviesen al servicio de Dios, invió á Diego de 
Ordás y á Martín de Escalante por Capitanes de dos bergantines, y en el 
batel de la capitana invió una canoa á aquellos españoles, dándoles por 
ella á entender que él era venido allí con once navios, y que lo mejor que 
pudiesen se entrasen en aquel batel, en guarda del cual inviaba dos ber- 
'gantines, para que con más seguridad se viniese con ellos. Estos Capi¬ 
tanes, sospechando que Aguilar no sabría leer muy bien, escribieron otra 
carta de letra de redondo, que contenía lo mismo que la del General, 
añidiendo que les esperarían seis días. Dieron la una carta y la otra á 
dos indios que llevaban de la isla de Cozumel, los cuales, aunque con mu¬ 
cho miedo, porque tenían guerra con los de aquella costa, entraron la 
tierra adentro. Los nuestros esperaron la repuesta los seis días que 
prometieron y otros dos después. Entretanto, Cortés estaba con pena, 
creyendo, ó que los españoles eran muertos, ó que los indios no habían 
llevado las cartas; y así, haciendo muy buen tiempo, determinó de em¬ 
barcarse y proseguir su viaje. Saliendo con tiempo próspero, súbitamen¬ 
te se levantó'una tan gran tempestad que pensaron todos perescer, y así 
les fué forzado, que fué la tercera vez, tornar al puerto. 

Los indios que llevaban las cartas, para darlas secretamente á Agui¬ 
lar y á los otros españoles, las metieron entre el rollo de los cabellos, 
que los traían muy largos. Dieron las cartas á Aguilar, el cual estuvo 
muy dubdoso si las mostraría al cacique, su señor, ó si se iría con los 
mensajeros; y finalmente, así por cumplir con su fidelidad, como por¬ 
que no se le siguiese algún peligro, fué con ellas á su señor, y diciéndole 
lo que contenían, el señor le dixo sonriéndose: “Aguilar, Aguilar, mucho 
sabes, y bien has cumplido con lo que debes al amor y fidelidad que como 
buen criado debías tener y has hecho más de lo que pensabas, porque te 





LIBRO SEGUNDO.—CAP. XXV 


l l l 

hago saber que yo antes que tú tuve estas cartas en mis manos’’ ; y íué 
así, porque los indios, no sólo guardan l'.delidad á su señor, pero al ex¬ 
traño cuando le van á hablar; y así, éstos, de secreto, aunque los núes 
tros les habían mandado lo contrario, acudieron primero al señor. 

Entendido, pues, por el cacique lo que las cartas contenían, admi¬ 
rándose de que el papel supiese hablar y que por tan menudas señale n 
los ausentes magnifestascn sus conceptos, porque entre los indios, como 
antiguamente los egipcios (según escribe Artimidoro), no se entendían 
por letras, sino por pinturas, reportándose un poco el señor, que se había 
alterado con las nuevas (porque, como adelante diremos, le era muy pro¬ 
vechoso Aguilar) (i), le dixo: ‘‘Aguilar, pues ¿qué es ahora lo que tú quie 
res?”, al cual respondiendo Aguilar, dixo: “Señor, no más de lo que tú 
mandares.” Convencido el cacique con el comedimiento de Aguilar, h 
tornó á decir: “¿Quieres ir á los tuyos?” Replicó Aguilar: “Señor, si 
tú me das licencia, yo iré y volveré á servirte.” El cacique con rostro 
más sereno y alegre le dixo: “Pues vee enhorabuena, aunque sé que no 
has de volver más.” Con todo esto le detuvo dos días esperando si ¿1 
se iba ó arrepentía, y como vió que no hacía lo uno ni lo otro, le llanvj 
y dixo: “Aguilar, grande ha sido tu bondad, tu humildad, fidelidad y 
esfuerzo con que en paz y en guerra me has siempre servido; digno eres 
de mayores mercedes que yo te puedo hacer; y aunque por una parte 
me convida el amor que te tengo y la nescesidad en que me tengo 
de ver, caresciendo de tu compañía, por otra, este mismo amor, me- 
rescido por tus buenos servicios, y lo que yo debo á señor, me fuerzan 
á que te dé libertad, que es la cosa que el captivo más desea; y pues es 
esta la mayor merced que yo te puedo hacer, vete norabuena á los tuyos, 
y ruégote por esta buena obra que te hago y por otras que te habré 
hecho, que me hagas amigo desos cristianos, pues como por ti he en¬ 
tendido, son tan valientes.” 

Aguilar, rcscebida la licencia, con grande humildad se le postró á 
los pies, y con muchas lágrimas en los ojos (creo que del demasiado 
contento) le dixo: “Señor, tus dioses queden contigo, que yo cumplir^ 
lo que me mandas como soy obligado”. De allí se fue á despedir de 
otros indios principales con quien tenía amistad.-Dicen que el cacique 
le invió acompañado con algunos indios hasta la costa, donde le guiaron 
ios indios que le traxeron las cartas. Andando por la costa, halló cómo 
los bergantines le habían esperado por allí ocho días, é muchas cruces 
levantadas de cañas gruesas, á las cuales, hincado de rodillas, con gran 
des lágrimas adoraba y abrazaba, paresciéndole que ya estaba en tierra 
de cristianos y que su largo deseo era cumplido; y como vió que lo.', 
bergantines no parescían por la costa, entristecióse algún tanto; y oen 
sando en el remedio que tendría para conseguir su deseo, yene o más 
adelante, vió los ranchos hechos de palmas do los nuestros habían es- 


(i) Al margen'. “Agiiihr,’' 



112 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


lado; y creyendo que estaban dentro, con gran alegría apresuró el paso, 
V como llegado no halló á nadie, desmayó mucho: pero como'Dios 
io guiaba, yendo pensativo por la costa abaxo, andada una legua, topó 
con una canoa llena de arena, la cual vació con ayuda de tres indios 
que con él iban. Tenía la canoa podrido un lado y por él hacía agua. 
Aguilar se metió con elíos en la canoa para ver si podría navegar, y 
como vió que hacía tanta agua, haciendo saltar los dos en tierra, se 
quedó con el uno, acostándose al lado que no hacía agua; y como vi*i 
que desta manera podía navegar, salió á tierra para buscat algún palo 
con que remase. Proveyó Dios que halló una duela de pipa con que muy 
á su placer pudo remar; y así yendo la costa abaxo en busca de los 
navios, atravesando por lo más angosto, que por lo menos serían cinco 
leguas, dió en la costa de Cozumel, y por las grandes corrientes vino á 
caer dos leguas de los navios. Como los vió, saltó en tierra con el compa¬ 
ñero, é yendo por la playa adelante otro día, que era primer domingo 
de Cuaresma, ya que el General y su gente habían oído misa y estaban 
á pique para tornarse á partir, un español llamado Angel Tintorero, que 
salía de caza aquella mañana de los montes, estando sacando camotes, 
que es una fructa de la tierra, alzando la cabeza vió venir á Aguilar, 
y dándole el corazón lo que era, le dixo: ‘'Hermano, ¿sois cristiano?'' 
y respondiendo Aguilar que sí, sin más aguardar, Angel Tintorero res¬ 
pondió: “Pues 3^0 voy á pedir las a.lbricias al GeneraP^ el cual había 
mandado cient pesos al primero que le diese nuevas del cristiano que 
tanto deseaba ver. 

Corrió tanto Angel Tintorero, por que otro no ganase las albricias, 
diciendo á los que topaba que venían indios de guerra, haciéndoles desta 
manera volver al real, que llegó casi sin habla do el General estaba, al 
cual pidió las albricias, y otorgándoselas, fué tanta la alegría con que 
hablaba, que casi fuera de sí, unas veces le llamaba Señoría y otras 
Merced. Finalmente, contando lo mejor que pudo lo que le había subce¬ 
dido y cómo Aguilar venía, fué tan grande el alegría que rescibió toda 
la gente, que con haber mandado Cortés, debaxo de pena, que ninguno 
saliese á verle, los más del exército, unos en pos de otros, salieron por 
tierra, y casi todos los marineros por la mar se metieron en las bar¬ 
cas á buscarle: y cuando los delanteros que iban por tierra toparon 
con él, dieron muchas gracias á Dios, y abrazándole le preguntaron 
diversas cosas. Aguilar estaba tan alegre que apenas podía responder. 
Acompañado, pues, de mucha gente llegó á la tienda del General; ve¬ 
nía desnudo en carnes, cubiertas sus vergüenzas con una venda, que 
los indios llaman mástil; tresquilada la cabeza desde la frente y lados 
hasta la mollera, lo demás con cabellos muy crescidos, negros y encor- 
rdonados, con una cinta de cuero colorado que le llegaba más abaxo 
lie la cinta; llevaba un arco en la mano y un carcax con flechas col¬ 
gado del hombro, 3’^ del otro una como bolsa de red, en la cual traía la 
comida, que era cierta fructa que llaman camotes. Venía tan quemado 




LIBRO SEGUNDO.— CAP. XXVI 


ll 3 

del sol, que parescía indio, sino fuera por la barba que la traía cres- 
cida, y los indios de aquella tierra acostumbraban á pelársela con unas 
como tenazuelas, como hacen las mujeres las cejas; venía todo enbr- 
xado, que es untarse con un cierto betún que es colorado como alma¬ 
gra, aprovecha esto contra los mosquitos y contra el calor del sol; 
venía acompañado del indio de la canoa; otros dicen que con los dos 
indios que le llevaron las cartas. 

Y porque pretendo no callar otras opiniones, escribe Motolinea, á 
quien siguió Gómara (*), que el primer domingo de Cuaresma que Cor¬ 
tés y su gente habían oído misa para partirse de Cozumel, vinieron á 
decirle cómo una canoa atravesaba y venía á la vela de Yucatán para 
la isla, é que venía derecha hacia do las naos estaban surtas, y que salió 
Cortés á mirar á do iba, y como vió que se desviaba algo de la flota, 
dixo á Andrés de Tapia que con algunos compañeros encubiertamente 
fuesen por la orilla del agua hasta ver si los que iban en la canoa sal¬ 
taban en tierra; hiciéronlo así, la canoa tomó tierra tras de una punta 
y salieron della cuatro hombres desnudos, los cuales traían los cabellos 
trenzados y atados sobre la frente, como mujeres, con los arcos en las 
manos y á las espaldas carcaxes con flechas; acometiéronlos los nues¬ 
tros con las espadas desenvainadas para tomarlos: los tres dellos, como 
eran indios, huyeron; el otro, que era Aguilar, se detuvo, y en la len¬ 
gua de los indios dixo á los que huían que no temiesen, y volviendo el 
rostro á los nuestros, les dixo en castellano; ^^Señores, ¿sois españoles?’^ 
Otros dicen que dixo: ^^Señores, ¿sois cristianos?’^ Respondiéronle que 
sí, se alegró en tanta manera que lloraba de placer, é hincándose luego 
de rodillas, alzando las manos al cielo, dió muchas gracias á Dios por 
la merced que le había hecho en sacarle de entre infieles, donde tantas 
ofensas se hacían á Dios, y ponerle entre cristianos. Andrés de Tapia, 
atajándole la plática, llegándose á él lo abrazó amorosamente y dió la 
mano para que se levantase; abrazáronle asimismo los demás, y así se 
vino con los indios compañeros, hablando con Andrés de Tapia, dándole 
cuenta cómo se había perdido, hasta que llegó do estaba el Capitán. 


CAPITULO XXVI 

CÓMO AGUILAR LLEGÓ DO ESTABA CORTES, Y DE CÓMO LE SALUDÓ 
Y FUE RESCEBIDO 

Era tan grande el deseo que los nuestros tenían de ver á Aguilar 
é de oir las extrañezas que había de contar, que unos se subían en lu¬ 
gares altos, otros se adelantaban á tomar lugares do Cortés estaba, 
otros iban muy juntos con él, para entrar juntamente é oirle lo que diría. 

(*) Conquista de Méjico, capitulo titulado: “Venida de Jerónimo de Aguilar 
á Fernando Cortés.” 


8 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


I 14 

Llegado, pues, Aguilar do Cortiés estaba, desde buen espacio atrás, incli¬ 
nada la cabeza, hizo grande reverencia; lo mismo hicieron los indios que 
con él venían, y luego, llegándose más cerca, después de haberle dado á 
Cortés la norabuena de su venida, se puso con los indios en cuclillas, po¬ 
niendo todos á los lados derechos sus arcos y flechas en el suelo; po¬ 
niendo las manos derechas en las bocas, untadas de la saliva, las pusie¬ 
ron en tierra, y luego las traxeron al lado del corazón, fregando las ma¬ 
nos. Esta era la manera de mayor reverencia y acatamiento con que aque¬ 
llos indios [veneraban] (*) á sus Príncipes, dando, como creo, á entender, 
que se allanaban é hmnillaban á ellos como la tierra que pisaban. 

Cortés, entendiendo ser esta cerimonia y modo de salutación, tornó 
á decir á Aguilar que fuese muy bien venido, porque era dél muy 
deseado, y desnudándose una ropa larga, amarilla con una guarnición de 
carmesí, con sus propias manos, se la echó sobre los hombros, rogán¬ 
dole que se levantase del suelo y se sentase en una silla. Preguntóle cómo 
se llamaba é respondió que Jerónimo de Aguilar, y que era natural de 
Ecija. A esto, diciéndole Cortés si era pariente de un caballero que se 
llamaba Marcos de Aguilar, respondió que sí. Sabido esto, le volvió á 
preguntar si sabía leer y escrebir, y como respondió que sí, le dixo si 
tenía cuenta con el año, mes y día en que estaba, el cual lo dixo todo 
como era, dando cuenta de la letra dominical. Preguntadas otras cosas 
desta manera, le mandó traer de comer; Aguilar comió y bebió poco. 
Preguntado que por qué comía y bebía tan templadamente, respondió 
como sabio, porque á cabo de tanto tiempo como había que estaba acos¬ 
tumbrado á la comida de los indios, su estómago extrañaría la de los 
cristianos; y siendo poca la cantidad, aunque fuese veneno, no le haría 
mal. Dicen que era ordenado de Evangelio, y que á esta causa, como 
adelante diremos, nunca se quiso casar. Hízole Cortés muchos regalos y 
caricias, conosciendo la nescesidad que tenía de su persona, para en¬ 
tender á los indios que iba á conquistar, y porque era largo para de una 
vez informarse del subceso de su vida y cómo había venido á aquel es¬ 
tado, le dixo que se holgase y descansase hasta otro día, mandando al 
mayordomo que lo vestiese, el cual estonces no la tuvo por mucha mer¬ 
ced, porque como estaba acostumbrado de tanto tiempo á andar en car¬ 
nes, lio podía sufrir la ropa que Cortés le había echado encima. 


(*) Falta en el Ms. la palabra “veneraban” ú otra análoga, para el buen sentido 
de la frase. 




LIBRO SEGUNDO.-CAP. XXV ll 


113 


CAPITULO XXVII 

DE LO QUE OTRO DÍA AGUILAR CONTÓ 


Otro día, con no menos gente, preguntándole Cortés cómo había ve¬ 
nido en poder de aquellos indios, dixo: Señor, estando yo (i) en la 
'guerra del Darien y en las pasiones de Diego de Nicuesa y Blasco Nú- 
ñez de Balboa, acompañé á Valdivia, que venía para (2) Sancto Domin- 
-go á dar cuenta de lo que allí pasaba al Almirante y Gobernador y por 
gente y vituallas y á traer (3) veinte mili ducados del Rey. Esto fué el 
año de mili é quinientos y once; é (4) ya que llegábamos á Jamaica se 
perdió la carabela en los baxíos que llaman de Las Víboras ó de los 
Alacranes ó Caimanes (5). Con dificultad entramos (6) en el batel vein¬ 
te (7) hombres sin velas é sin pan ni agua é con ruin aparejo de remos.'' 
Esto dice Motolinea. Otros que oyeron á Aguilar dicen que los que en¬ 
traron en el batel no fueron sino trece (8), de los cuales murieron luego 
los siete, porque vinieron (9) á tan gran nescesidad que bebían lo que 
orinaban; los seis vinieron (10) á tierra, de los cuales los cuatro fueron 
sacrificados por los indios; quedaron los dos, que fueron Aguilar y un 
Fulano de Morales. 

Prosiguiendo Aguilar su plática, dixo: “E desta manera anduvimos 
catorce días, al cabo de los cuales nos echó la corriente, que es allí muy 
grande y va siempre tras del sol, á esta tierra (ii), á una provincia que 
se dice Maya, En el camino murieron de hambre siete de los nuestros, 
3^ viniendo los demás en poder de un cruel señor, sacrificó á Valdivia y 
á otros cuatro; y ofresciéndolos á sus ídolos, después se los comió, ha¬ 
ciendo fiesta, según el uso de la tierra, é yo (12) con otros seis que¬ 
damos (13) en caponera, para que estando más gordos, para (14) otra fies¬ 
ta que venía, solemnizásemos con nuestras carnes su banquete (15). En- 

(1) Tachado'. “Señor estando yo.’’ Suplido', “que estando.” 

(2) Tacli.: “acompañé á Valdivia que venía para.” Supl.: “acompañó á Val¬ 
divia que iba á.” 

(3) Tach.: “traer.” SupL: “llevar.” 

(4) Tach.'. “Esto fué el año de mili é quinientos y once; e.” Supl.: “y que.” 

(5) Añadido: “y que.” 

(6) Tachado: “entramos.” Suplido: “entraron.” 

(7) Tach.: “veinte.” Supl.: “20.” 

(8) Tach.: “Esto dice Motolinea. Otros que oyeron á Aguilar dicen que los 
que entraron en el batel no fueron sino trece.” 

(9) Tach.: “vinieron.” Supl: “llegaron,” 

(10) Tach.: “vinieron.” Supl: “fueron.” 

(11) Tach. desde “de los cuales los cuatro fueron sacrificados”, hasta “y va 
•siempre tras del sol á esta tierra”. 

(12) Tach.: “é yo.” Supl: “y que él.” 

(13) Tach.: “quedamos.” Supl: “quedaron.” 

(14) Tach.: “para,” 

(15) Tach.: solemnizásemos con nuestras carnes su banquete.” Supl: “solem¬ 
nizasen, y que.” 




CRÓNICA DE LA NUEV^A ESPAÑA 


116 

tendiendo nosotros (i) que ya se acercaba el fin de nuestros (2) días^ 
determinamos (3) de aventurar la vida de otra manera; asi que que¬ 
bramos (4) la jaula donde estábamos (5) metidos é huyendo por unos mon¬ 
tes, sin ser vistos de persona viva, quiso Dios que, aunque íbamos ( 6 } 
muy cansados, topásemos (7) con otro cacique enemigo de aquel de 
quien huíamos (8). Era este hombre humano, afable é amigo de hacer 
bien; llamábase Aquincuz, gobernador de Jamancona; diónos la vida (9), 
aunque á trueco de gran servidumbre en que nos (10) puso; murió de 
ahí (ii) á pocos días, é yo luego serví (12) á Taxmar, que le subcedió en 
el estado. 

’Tos otros cinco mis (13) compañeros murieron en breve, con la ruin 
vida que pasaban; quedé yo (14) solo é un (15) Gonzalo Guerrero, marine¬ 
ro, que estaba con el cacique de Chetemal, y casó con una señora prin¬ 
cipal (íe aquella tierra, en quien tiene (16) hijos; es (17) capitán de un 
cacique llamado Nachancam, é por haber habido muchas victorias con¬ 
tra los enemigos de sus señores, es (18) muy querido y estimado; yo le 
invié la carta de vuestra merced y rogué por la lengua se viniese (19), 
pues había tan buen aparejo y detúveme esperándole (20) más de lo que 
quisiera; no vino, y creo que (21) de vergüenza, por tener horadadas las 
narices, labios y orejas y pintado el rostro y labradas las manos al uso 
de aquella tierra, en la cual los valientes solos pueden traer labradas las. 
manos; bien creo que dexó de venir (22) por el vicio que con la mujer 
tenía y por el amor de los hijos.'’ 

También hay otros que dicen (que no puso poco espanto en los oyen¬ 
tes) que Aguilar en esta plática dixo que saltando de la barca los que 
quedaron vivos, toparon luego con indios, uno de los cuales con una 
macana hendió la cabeza á uno de los nuestros, cuyo nombre calló; y 

(1) Tachado: “nosotros.” 

(2) Tach.: “nuestros.” Stipl: “sus.” 

(3) Tach.: “determinamos.” SupL: “determinaron.” 

(4) Tach.: “quebramos.” Snpl.: “quebraron.” 

(5) Tach.: “estábamos.” SupL: “estaban.” 

(6) Tach.: “íbamos.” Supl.: “iban.” 

(7) Tach.: “topásemos.” Supl.: “topasen.” 

(8) Tach.: “huíamos.” SupL: “huían.” 

(9) Tach.: “diónos la vida.” Supl.: “dióles la vida.” 

(10) Tach.: “nos.” Stipl: “los.” 

(11) Tach.: “ahí.” Supl: “allí.” 

(12) Tach.: “é vo luego serví.” Supl: “y luego sirvió.” 

(13) Tach.: “mis.” 

(14) Tach.: “quedé yo.” Supl.: “quedó.” 

(15) Tach.: “é un.” Supl: “y.” 

(16) Tach.: “tiene.” Supl: “tenía.” 

(17) Tach.: “es.” Supl: “era;” 

(18) Tach.: “es.” Supl: “era.” 

. '‘yo le invié la carta de vuestra merced y rogué por la lengua se 

viniese.” Supl : “dixo que le había enviado la carta de Cortés y le rogó que se 
viniese.” 

(20) Tach.: “y detúveme esperándole.” Supl: “y que le detuvo esperando.” 

(21) Tach.: “no vino, y creo que.” Supl: “y que creía que dexaba de venir.” 

(22) Tach. desde “bien creo que dexó de venir”, hasta el final del capítulo. 





LIBRO SEGUNDO.—CAP. XXVIlí 


^^7 

que yendo aturdido, apretándose con las dos manos la cabeza, se metió, 
en una espesura do topó con una mujer, la cual, apretándole la cabeza, 
le dexó sano, con una señal tan honda que cabía la mano en ella. Quedó 
como tonto; nunca quiso estar en poblado, y de noche venía por la co¬ 
mida á las casas de los indios, los cuales no le hacían mal, porque tenían 
entendido que sus dioses le habían curado, paresciéndoles que herida tan 
espantosa no podía curarse sino por mano de alguno de sus dioses. Hol¬ 
gábanse con él, porque era gracioso y sin perjuicio vivió en esta vida 
tres años hasta que murió. 

Esta plática y relación puso gran admiración á los que la oyeron, y 
cada día, así Cortés como los suyos, le preguntaban otras muchas cosas 
^ue por ser dignas de memoria y del gusto de la historia pondré en el 
capítulo siguiente. 


CAPITULO XXVlií 


DE LA VIDA QUE AGUILAR PASÓ CON EL SEÑOR Á QUIEN ÚLTIMAMENTE SIRVIÓ 
Y DE LAS COSAS QUE EN SU SERVICIO HIZO 


Dicen los que particularmente comunicaron á Aguilar, cuya relación 
sigo en lo que diré, que cuando vino á poder deste cacique, los primeros 
tres años le hizo servir con gran trabajo, porque le hacía traer á cuestas 
la leña, agua y pescado, y estos trabajos sufríalos Aguilar con alegre 
rostro (i) por asegurar la vida, que tan amada es. Naturalmente (2) 
estaba tan subjecto y obedescía con tanta humildad, que no sólo con 
presteza hacía lo que su señor le mandaba, pero lo (3) que cualquier 
indio por pequeño que fuese (4), tanto, que aunque estuviese comiendo, 
si le mandaban algo, dexaba de comer por hacer el mandado (5). Con 
esta humildad ganó el corazón y voluntad (6) de su señor y de todos 
los de su casa y tierra (7). Y porque es malo de conoscer el corazón del 
hombre y (8) el cacique era sabio y deseaba ocupar á Aguilar, como 
después hizo, en cosas de mucho tomo (9), viendo que vivía tan casta¬ 
mente que aun los ojos no alzaba á las mujeres, procuró tentarle mu- 


(1) Tachado: “y estos trabajos sufríalos Aguilar con alegre, rostro.” Suplido: 
^‘lo cual hacía con alegría.” 

(2) Tach.: “que tan amada es. Naturalmente,” Supl,: “y que,” 

(3) Tach.: “y obedescía con tanta humildad, que no sólo con presteza hacía 
lo que su señor le mandaba, pero lo.” Supl.: “que hacía de buena gana lo.” 

(4) Tach.: “por pequeño que fuese.” SupL: “le mandaba.” 

(.Ó Tach.: “hacer el mandado.” Supl.: “obedecer.” 

(6) Tach.: “y voluntad.” 

(7) Tach.: “y tierra.” 

(8) Tach.: “es malo de conoscer el corazón del hombre, y.” 

(9) Tach.: “ocupar á Aguilar, como después hizo, en cosas de mucho tomo.* 
Supl: “ocuparle en cosas mayores.” 




CRÓNICA DE LA NUEVx\ ESPAÑA 


£í8 

Chas veces (i), en especial una vez que (2) le invió de noche á pescar 
á' la mar, dándole por compañera una india muy hermosa, de edad de- 
Catorce años, la cual había sido industriada del señor para que provo¬ 
case y atraxese á su amor (3) á Aguilar; dióle una hamaca en que ambos 
durmiesen* Llegados á la costa, esperando tiempo para entrar á pescar, 
que había de ser antes que amanesciese, colgando la hamaca de dos ár¬ 
boles, la india se echó en ella y llamó á Aguilar para que durmiesen 
juntos; él fué tan sufrido, modesto y (4) templado, que haciendo cerca 
del agua lumbre, se acostó sobre el arena; la india unas veces lo llama¬ 
ba, otras le decía que no era hombre, porque quería más estar al frío 
qué abrazado y (s) abrigado con ella; él (6), aunque estuvo vacilando 
muchas veces, al cabo se determinó de vencer á su sensualidad (7) y 
cumplir lo que á Dios había prometido, que era de no llegar á mujer 
infiel, porque le librase del captiverio en que estaba. 

Vencida esta tentación y (8) hecha la pesca por la mañana, se volvió 
á su señor, el cual en secreto, delante de otros principales, preguntó á 
la india si Aguilar había llegado á ella, la cual (9), como refirió lo que 
pasaba, el señor (10) de ahí adelante tuvo en mucho á Aguilar, confián¬ 
dole su mujer y casa, de donde fácilmente se entenderá cómo sola la 
virtud, aun cerca de las gentes bárbaras, ennoblesce á los hombres. Hí- 
zose Aguilar de ahí adelante amar y temer, porque las cosas que dét 
se confiaron tractó siempre con cordura, antes que viniese en tanta mu¬ 
danza de fortuna. Decía que estando los indios embixados con sus arcos, 
y flechas un día de fiesta, tirando á un perro que tenían colgado de muy; 
alto, llegóse (ii) un indio principal á Aguilar (12), que estaba mirándolo, 
detrás de un seto de cañas, y asiéndole del brazo le dixo: ‘‘Aguilar,. 
¿qué te paresce destos flecheros cuán certeros son, que el que tira al ojo 
da en el ojo, y el que tira á la boca da en la boca?; ¿qué te paresce (13) 
si poniéndote á ti allí, si te errarían?’’ Aguilar (14), con grande liumiL 
dad, le (15) respondió: “Señor, yo soy tu esclavo y podrás hacer de mí 
lo que quisieres; pero tú eres tan bueno que no querrás perder un es¬ 
clavo como yo, que tan bien te servirá en lo que mandares.” El india 


(1) Añadido: “y.” 

(2) Tachado: “vez que.” 

(3) Tach.: “y atraxese á su amor.” 

(4) Tach.: “sufrido, modesto y.” 

(5) Tach.: “abrazado y.” 

(6) Tach.: “él.” Supl.: “y que.” 

(7) ,, Tach. i “vencer á su sensualidad.” Supl.: “vencerse,”' 

(8) Tach.: “Vencida esta tentación y.” 

(9) Tach.: “la cual.” 

(10) Tach.: “el señor.” Supl.: “el cacique.” 

(11) Tach.: “llegóse.” Supl.: “se le llegó.” 

(12) Tach.: “á Aguilar.” 

(13) Tach.: “¿qué te paresce.” 

'(Í4) 'Añadido: “dice que.” 

(15) Tachado: “le.” 




LIBRO SEGUNDO.—CAP. XXIX 


119 


después dixo á Aguilar que aposta le había inviado el cacique para sa¬ 
ber, como ellos dicen, si su corazón era humilde. 


CAPITULO XXIX 

CÓMO AGUILAR EN SERVICIO DE SU SEÑOR VENCIÓ CIERTAS BATALLAS 


Estando Aguilar (i) muy en gracia de su señor, ofrescióse (2) una 
guerra con otro señor comarcano, la cual había sido en (3) años atrás muy 
reñida y ninguno había sido vencedor; y así, durando los odios (4) entre 
ellos, que suelen (5) ser hasta beberse la sangre, tornando á ponerse en 
guerra, Aguilar le dixo: '‘Señor, yo sé que en esta guerra tienes razón y 
sabes de mí que en todo lo que se ha ofrescido, te he servido con todo 
cuidado; suplicóte me mandes dar las armas que para esta guerra son nes- 
cesarias, que yo quiero emplear mi vida en tu servicio, y espero en mi Dios 
de salir con la victoria.'" El cacique se holgó mucho, y le mandó dar 
rodela y macana, arco y flechas, con las cuales entró en la batalla; y 
como peleaba con ánimo español (6), aunque no estaba exercitado en 
aquella manera de armas, delante de su señor hizo muchos campos y 
venciólos (7) dichosamente. Señalóse y mostróse mucho en los recuentros, 
tanto que ya (8) los enemigos le tenían gran miedo y perdieron mucho 
del ánimo en la (9) batalla campal (10) que después se dió, en la cual 
Aguilar (ii) fué la principal parte para que su señor venciese y subjectase 
á sus enemigos. 

Vencida esta batalla (12), cresciendo entre los indios comarcanos la 
envidia de los hechos de Aguilar, un cacique muy poderoso invió á de¬ 
cir á su señor que (13) sacrificase luego á Aguilar (14), que estaban los 
dioses enojados dél porque había vencido con ayuda die hombre extraño 
de su religión. El cacique respondió que no era razón dar tan mal pago á 
quien tan bien le había servido, y que debía de ser bueno el Dios de 
Aguilar, pues tan bien le ayudaba en defender la razón. Esta repuesta 
indignó tanto aquel sewor, que vino con mucha gente, determinado con 


(1) Tachado: “Estando Aguilar.” Suplido: “Decía también que estando.” 

(2) Tach.: “ofresciose.” SupL: “se ofreció.” 

(3) Añadido: “los.” 

(4) Tachado: “los odios.” SupL: “la enemistad.” 

(5) Tach,: “suelen.” SupL: “suele.” 

(6) Tach.: “y como peleaba con ánimo español.” SupL: “y que.” 

(7) Tach.: “y venciólos.” SupL: “y los venció.” 

(8) Tach.: “Señalóse y mostróse mucho en los recuentros, tanto que ya.” 
SupL: “y assí.” 

(9) Tach.: “en la.” SupL: “en otra.” 

(10) Tach.: “campal.” 

(11) Tach.: “Aguilar.” SupL: “él.” 

(12) Tach.: “Vencida esta batalla.” SupL: “y.” 

(13) Añadido: “le.” 

(14) Tachado: “á Aguilar.” 




120 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


traición de matar á Aguilar y después hacer esclavo á su señor; y así, 
ayudado y favorescido (i) de otros señores comarcanos, vino con gran 
pujanza (2) de gente, cierto que (3) la victoria no se le podía ir de las 
manos. 

Sabido esto por el señor de Aguilar, estuvo muy perplexo y aun (4) 
temeroso del subceso; entró en (5) consejo con los más principales; 
llamó á Aguilar para que diese su parescer; no faltaron entre los del 
consejo (6) algunos que desconfiando de Aguilar, dixesen (7) que era 
mejor matarle que venir á manos de enemigo que venía tan pujan¬ 
te (8). El señor reprehendió ásperamente (9) á los que esto aconsejaban, 
y Aguilar se levantó (10) con grande ánimo y (ii) dixo: “Señores, no te¬ 
máis, quie yo espero en mi Dios, pues tenéis justicia, que yo saldré (12) 
con la victoria, y será desta manera que al tiempo que las haces se jun¬ 
ten, yo me tenderé en el suelo entre las hierbas con algunos de los más 
valientes de vosotros, y luego nuestro exército hará que huye, y nues¬ 
tros enemigos con el alegría de la victoria y alcance, se derramarán é 
irán descuidados; é ya que los tengáis apartados de mí con gran ánimo, 
volveréis sobre ellos, que estonces yo los acometeré por las espaldas; é 
así, cuando se vean de la una parte y de la otra cercados, por muchos 
que sean desmayarán, porque los enemigos cuando están turbados, mien¬ 
tras más son, más se estorban (13)/’ 

Agradó mucho este consejo al señor (14) y á todos los demás, y sa¬ 
lieron luego (15) al enemigo; Aguilar llevaba una rodela y una espada 
de Castilla en la mano (16); é ya que estaban á (17) vista de los enemi¬ 
gos (18), Aguilar en alta voz, que de todos pudo ser oído, habló desta 
manera: “Señores, los enemigos están cerca; acordaos de lo concertado, 
que hoy os va ser esclavos ó ser señores de toda la tierra.” Acabado de 


(1) Tachado: “y favorescido.” 

(2) Tach.: “pujanza.” SupL: “número.” 

(3) Tach.: “cierto que.” SupL: “creyendo que." 

(4) Tach.: “perplexo y aun.” 

(5) Tach.: “entró en.” SupL: “tuvo su." 

(6) Tach.: “entre los del consejo.” 

(7) Tach.: “dixesen.” SupL: “dixeron." 

(8) Tach.: “enemigo que venía tan pujante.” SupL: “enemigo tan poderoso.” 

(9) Tach.: “ásperamente.” 

(10) Tach.: “se levantó.” 

(11) Tach.: “3\” 

(12) Tach.: “Señores, no temáis, que yo espero en mi Dios, pues tenéis justicia, 
que yo saldré.” SupL: “que no temiesen, que esperaba en su Dios que, pues tenían 
justicia, que saldría.” 

(13) Tach. desde “y será desta manera, que al tiempo que las haces se junten", 
hasta “cuando están turbados, mientras más son, más se estorban”. SupL: “y 
que para esto él se quería emboscar con algunos en la hierba, y que en comenzándo¬ 
se la batalla huyesen y revolviesen después, que él daría en las espaldas.” 

(14) Tach.: “señor.” SupL: “cacique.” 

(15) Tach.: “luego.” 

(16) Tach.: “Aguilar llevaba una rodela y una espada de Castilla en la mano." 

(17) Añadidosn.'' 

(18) Tachado: “de los enemigos.” 







LIBRO SEGUNDO,—CAP. XXIX 


I2I 


decir esto, se juntaron las haces (i) con grande alarido; Aguilar con 
otros se tendió entre unos matorrales, y el (2) cxército comenzó á huir 
y el de los enemigos á seguirle; Aguilar, cuando vió que era tiempo, 
acometió con tanto esfuerzo que, matando é hiriendo en breve, hizo tanto 
estrago que luego de su parte (3) se conosció la victoria (4), porque 
los que iban delante, fingiendo que huían, cobraron tanto ánimo y (5) 
revolvieron sobre sus enemigos con tanto esfuerzo, que matando mu¬ 
chos dellos, pusieron los demás en huida (6). Prendieron á muchos 
principales, que después sacrificaron. Con esta victoria aseguró su tierra 
y estado el señor de Aguilar de tal manera que de ahí adelante no había 
hombre que osase acometerle. Esta y otras cosas que Aguilar hizo le 
pusieron en tanta (7) gracia con su señor, que un día, amohinándose con 
un su hijo, heredero de la casa y estado, por no sé qué que le había 
dicho, le dió un bofetón. El muchacho, llorando, se quexó á su padre, 
el cual mansamente dixo á Aguilar que de ahí adelante mirase mejor 
lo que hacía, porque si no tuviera respecto á sus buenos servicios, le 
mandara sacrificar. Aguilar le respondió con humildad que el muchacho 
le había dado causa y que á él le pesaba dello, y que de ahí adelante no 
le enojaría. El señor, volviendo adonde el hijo estaba, le mandó azotar, 
porque de ahí adelante no se atreviese á burlar con los hombres de más 
edad que él. Quedó con esto muy confuso Aguilar, aunque más favores- 
cido y de todos tenido en más (8). 

Después desto pasaron por aquella costa los navios de Francisco 
Hernández de Córdoba y los de Grijalva, y como los indios tuvieron 
algún trato con ellos, tuvieron (9) en mucho á Aguilar, porque parescía 
á los otros, aunque siempre tuvieron en él muy grande recaudo (10) por¬ 
que no se fuese. 

Dicen, como escribe Fray Toribio, que la madre de Aguilar, como 
supo que su hijo estaba en poder de indios y que comían carne hu¬ 
mana, que tomó tanta pena, que tornándose loca, de ahí adelante nunca 
jamás quiso comer carne cocida ni asada, diciendo que era la carne 
de su hijo; y estas y otras muchas cosas se dicen de Aguilar, que por 


/i) Tachado-, “pintaron las haces.” Supl.\ “embistieron.” 

(2) Tach.: “Aguilar con otros se tendió entre unos matorrales, y el." Su¬ 
plido: “y estando Aguilar emboscado, el.” 

(3) Tach.: “con tanto esfuerzo, que mj:\tando é hiriendo, en breve hizo tanto 
estrago, que luego de su parte.” SupL: “y luego.” 

(4) Añadido: “de su parte.” 

(5) Tachado: “cobraron tanto ánimo y.” 

(6) Tach.: “sobre sus enemigos con tanto esfuerzo, que matando mucho' 
dellos, pusieron los demás en huida.” SupL: “y matando muchos, desbarataron el 
exército enemigo.” 

(7) Tach.: “tanta.” SnpL: “mucha.”. 

(8) Tach. desde “que un día, amohinándose con un su hijo", hasta “aunque 
más favorescido y de todos tenido en más.” 

(9) Tach.-. “tuvieron.” SupL: “estimaron.” 

(10) Tach.: “tuvieron en él muy gran recaudo." SupL: “miraban mucho por él." 




122 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


no ser tan averiguadas dexo de escrebir; y volviendo al proceso de la. 
historia, diré algo de la isla de Cozumel y tierra de Yucatán (i). 


CAPITULO XXX 

QUÉ TIERRA ES YUCATÁN Y POR QUÉ SE LLAMÓ ASÍ, Y LO QUE LOS RELIGIOSOS' 
DE SANT FRANCISCO DESPUÉS HALLARON EN ELLA 

Justo es que, pues hemos de proseguir conforme á la verdad de la-, 
historia la dichosa jornada de Cortés, que primero que vaya adelante, 
diga algo de la isla de Cozumel y de lo que en ella hizo Cortés antes que 
se partiese, el cual, cuando vió que los indios tenían ya tanta amistad 
con los nuestros, que se sufría por lengua de Aguilar desengañarlos 
de la idolatíría en que estaban; y así, juntando los más que pudo, y entre 
ellos á todos los principales y á los que eran sacerdotes de los demonios, 
asentado en alto, y á par dél Aguilar, en pie en el principal templo dellos, 
les habló en la manera siguiente: 

''Hermanos é hijos míos: Ya sabréis é habréis visto y entendido del 
tracto y comunicación que con vosotros hemos tenido, que aunque somos 
tan diferentes en lengua, costumbres y religión, nunca os hemos hecho- 
enojo ni dado pesadumbre ni pretendido vuestra hacienda, lo cual si 
bien lo miráis, claramente os da á entender que tenemos los corazones 
piadosos y que no deseamos ni queremos más que teneros por amigos, 
para que si entre vosotros hobkre alguna cosa buena que imitar la si¬ 
gamos, y así vosotros hagáis lo mismo, conosciendo haber algo entre 
nosotros que debáis seguir. Ya os dixe al principio, cuando entré en esta 
isla, que yo y estos mis compañeros veníamos por mandado de un gran se¬ 
ñor que se dice D. Carlos, Emperador de los romanos, cuyo señorío es á la 
parte del occidente, para que le reconoscáis por señor, como nosotros 
hacemos y porque veáis cuánto le debéis amar, sabiendo que así en las. 
costumbres y policía humana, como en la religión, estábades engañados, 
nos invió para que principalmente os enseñásemos que sepáis que hay 
un solo Dios, que crió el cielo y la tierra, y que las criapturas que ado¬ 
ráis no son dioses, pues veis que son menos que vosotros, y que el de¬ 
monio os traiga engañados parece claro, pues contra toda razón natural 
manda y quiere que los innocentes y sin culpa sean sacrificados. Este 
mismo hace que contra toda ley natural y contra la generación humana, 
los hombres tengáis acceso con otros hombres, habiendo Dios criado las 
mujeres para semejante usoi coméis os unos á otros, habiéndoos Dios 
dado tanta v^ariedad de animales sobre la tierra, de aves en el aire y pe- 

(i) Tachado desde “Dicen, como escribe Fray Toribio”, hasta el final del ca¬ 
pítulo. Supl.: “Era Aguilar estudiante cuando pasó á las Indias, y hombre dis¬ 
creto, y por esto se puede creer cualquiera cosa dél, y porque era, según algunos 
dixeron, de Evangelio, nunca se casó.” 







LIBRO SEGUNDO. -Cy\P. XXX 


12 ^ 


ces en el a;^a. Nuestro Dios es clementísimo; crió todo Ío que veis para 
servicio del hombre, y para que después que muriese, creyéndole y guar¬ 
dándole su ley en esta vida, para siempre después le gozase; y pues sois, 
como nosotros, nascidos y criados para adorar y gozar á este gran Dio.s^ 
que todo lo que veis crió, y que por llevarnos para sí murió en la cruz, 
resucitando para que después resucitásemos, quebrantad y deshaced 
esas feas estatuas de piedra y madera, que ellas no son dioses, ni lo 
pueden ser, pues las fabricaron vuestras manos; y para que mejor lo 
creáis, quiéroos descubrir una maldad con que hasta ahora os han en-- 
ganado los ministros del demonio, perseguidor vuestro, y es que como 
ésas figuras son huecas por de dentro, métese un indio por debaxo y 
por una cerbana habla y da repuesta, fingiendo que las figuras hablan: 
y porque ño penséis que os engaño, delante de vosotros derribaré un 
ídolo y haré que los sacerdotes confiesen ser así lo que digo.^’ Diciendo 
esto, hizo pedazos un ídolo y luego los demás compañeros los otros: con¬ 
fundiéronse los sacerdotes y dixeron públicamente que aquel secreto na 
lo podía revelar ni magnif.estar otro que aquel gran Dios de quien ha¬ 
blaba el General. 

Fue cosa de ver cómo los indios ayudaron luego á los cristianos á 
quebrantar los ídolos. Alegre desto, como era razón, Hernando Cortés, 
hizo poner cruces, dándoles á entender que en una como aquéllas Dios, 
hecho hombre, había padescido por librar al hombre de la servidumbre 
del demonio. Dióles luego una imagen de Nuestra Señora, diciéndoles 
que aquella era figura de la Madre de Dios, de quien El había nascido; 
qué la tomasen por abogada y á ella pidiesen el agua y buenos tempo¬ 
rales, porque se los daría, porque nadie podía tanto con Dios como ella.- 
Rescibieron esta imagen los indios con gran devoción y reverencia y ado-’ 
ráronla de ahí adelante, alcanzando todo lo que pedían, y aficionáronse 
tanto á los nuestros, que á todos los navios que después por allí pasaron, 
rescibieron de paz é hicieron muy buen tractamiento, proveyéndolos de 
todo lo nescesario, mostrándoles la imagen que Cortés les había dado/ 
al cual llamaban señor y padre; y como vían que los nuestros, quitándose 
las gorras se hincaban de rodillas y la adoraban, crescía en ellos la feo 
y devoción. 

Después que Cortés hubo acabado su plática y derrocado los ídolos, 
puesto las cruces y dado la imagen, diciéndoles otras cosas de nuestra 
sancta fee, abrazó á los señores y á los sacerdotes, encomendándoles 
mucho se acordasen de lo que les había dicho; dióles algunas joyas: des¬ 
pidióse dellos no sin muchas lágrimas y otras muestras de grande amor 
entre los nuestros y ellos. 



124 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO XXXI 

DO SE PROSIGUE LA MATERIA DEL PRECEDENTE 


Esta isla de Cozumel, donde tan bien fueron rescebidos los nuestros, 
llamóse por Joan de Grijalva, Sancta Cruz (i), porque el día de la Cruz 
de Mayo la descubrió ; y aunque hemos dicho que después de derrocados 
los ídolos, Cortés hizo poner cruces, dicen algunos que en un cercado 
almenado de buen edificio, en medio dél hallaron una cruz de cal y canto, 
de más de estado y medio en alto, á la cual los moradores de la isla ado¬ 
raban por dios de ia lluvia; de manera que cuando tenían falta de agua 
iban á ella los sacerdotes, y con ellos los hombres y mujeres, niños y 
niñas, y con gran devoción, ofresciéndole copal, que es entre los indios 
como encienso, sacrificándole codornices pa^a le aplacar, le demanda¬ 
ban agua. Afirmaban los viejos que jamás la habían pedido, que luego 
ó dentro de poco tiempo no lloviese, lo que no les acóntesela con los otros 
dioses. 

Tiene esta isla de box, según algunos dicen, diez leguas, y según 
otros, más, y según otros, menos. Está en el mismo altor que México, 
que son diez é nueve grados; dista de la Punta de las Mujeres ó 
Amazonas, que llaman cabo de Cotoche, cinco leguas largas; hay en 
esta isla buenos edificios de cal y canto, especialmente los templos; la 
gente andaba desnuda; cubrían sus vergüenzas con una tirilla de lienzo; 
su principal mantenimiento era pescado, á cuya causa entre ellos había 
grandes pescadores. Hay venados pequeños y puercos monteses también 
pequeños ; son negros, tienen una lista blanca por medio y el ombligo en 
el lomo ; andan las más veces en manada, defiéndanse bravamente, y 
cuando los acosan se encierran en cuevas, para sacarlos de las cuales les 
hacen un seto de rama alderredor, y echándoles humo, salen luego, y 
como están cercados, con facilidad los cazadores los flechan y alancean. 

Es esta isla montuosa; en lo llano habitan los moradores; es de buen 
teinple y sana, y dase mucho maíz; hay gran copia de aves, que llaman 
gallinas de la tierra: mucha miel y cera. Tenía cinco mili moradores, 
aunque ahora hay muy muclios menos; la causa es porque estonces cada 
uno tenía las mujeres que podía sustentar. 

Había en ella cinco pueblos y muchas cuevas, donde vivían los mo¬ 
radores. Sembraban en las resque’ mjaduras de las piedras. Está por 
un río grande abaxo quince leguas de Yucatán, y por la tierra treinta. 
Es subjecta á Yucatán y allí traen su tribucto. E porque he tocado en 


(i) Al margen: “Cruz de Yucatán.'* 






LIBRO SEGUNDO.— CAP. XXXII I2S 

Yucatán, será bien saber, que en gran parte de aquella tierra, de los 
cuatro elementos paresce que faltan los tres, porque es toda como un 
peñasco, y así la llaman mal país; apenas se vee tierra. Siembran los 
moradores en las grietas y resquebrajos que hacen las peñas, y acude 
bien por la humedad de los ríos y arroyos que corren por debaxo, 
aunque diez y doce estados de hondo llevan los ríos sus peces; tómase el 
agua debaxo de la tierra. Paresce también que falta el elemento del aire,, 
por ser la tierra llana y llena de arcabucos muy espesos; con todo esto 
es tierra sana; abunda de cera y miel; hay mucha copia de algodón, 
que ahora la hace muy rica por la ropa que en ella se labra; danse mucho 
las legumbres y fructas de la tierra. Hay al presente monesterios de 
Sant Francisco y algunos pueblos de españoles, el principal y cabeza 
de los cuales se llama Mérida. Señalóse en la conquista desta tierra y 
población della D. Francisco de Montejo, de lo cual diré en la primera 
parte desta historia. Agora, viniendo al viaje de Cortés, diré cómo tomó 
á Champotón y lo que en él le subcedió. 


CAPITULO XXXII 

CÓMO HERNANDO CORTÉS TOMÓ Á CHAMPOTÓN, Y DE LO QUE LE SUBCEDIÓ 

Salió Cortés con su flota en demanda del navio que le faltaba, que 
con el tiempo se perdió al salir de la Punta de Sant Antón y Cabo de 
Corrientes, que por ser pequeño no pudo sufrir el tiempo. Llamábase 
El Guecho. Cresce la mar mucho cerca de Campeche, y es esto cosa de 
mirar en ello, porque en toda la mar del Norte no cresce ni decresce 
sino muy poco, desde la Mar del Labrador á Paria. Tráense dello di¬ 
versas razones, aunque las menos satisfacen. 

Prosiguiendo Cortés su derrota, llegó á una ensenada que hace unas 
isletas, cerca de una de las cuales, que Grijaiva llamó Puerto de Tér¬ 
minos, halló el navio sano y entero, y toda la gente buena, proveída de 
mucha cecina que con la lebrela habían cazado; y había tanta copia de 
conejos, que los mataban á palos. Llamó Cortés á aquel puerto el Puerto 
Escondido; alegróse grandemente en haber hallado el navio sin haber 
subcedido desgracia; regocijáronse mucho los unos con los otros, pre¬ 
guntándose cómo les había ido, porque los de la flota creyeron que el 
navio había dado al través, y estaban ya desconfiados de toparle, ó que, á 
lo menos, morirían de hambre los que en él iban, por no ir muy bien 
proveídos. Los del navio también creyeron que, ó la flota era desbara¬ 
tada, ó que habían pasado muy adelante. El Capitán del navio se llamaba 
Escobar. 

Juntos, pues, todos, aunque hasta allí habían padescido muchos tra¬ 
bajos, con buen tiempo navegando la vía de Sant Joan de Lúa, llegaron 



126 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


..á un rio muy grande que Grijalva descubrió, por lo cual le llamaron el 
Rio de Grijalva, é por otro nombre el rio de Tabasco ó de Champotón, 
en la boca del cual surgió el General, no atreviéndose á entrar con los 
navios gniesos, desde los cuales vieron luego gran población no lexos 
del rio. Acudieron á la lengua del agua muchos indios á manera de 
guerra, con arcos y flechas, plumajes y devisas, pintados á la usanza de 
guerra; venian determinados de no dexar desembarcar á ninguno de los 
nuestros, paresciéndoles que les subcederia como con los navios que antes 
habian ojeado. Cortés, dexando guarda la que era menester, saltó 
con la demás gente en los bateles con ciertas piezas de artillcria y los 
suyos bien armados; entró por el rio arriba, aunque la corriente no les 
ayudaba nada; andada legua y media, vieron un gran pueblo con casas 
de adobes cubiertas de paja y cercado de madera con gruesa pared al¬ 
menada y con sus troneras para flechar á los enemigos. Estonces, dicen 
unos que los indios entraron en muchas canoas y muy enojados re¬ 
prehendiendo á los nuestros, porque se habian atrevido á entrar por su 
tierra. Otros dicen que desde la playa los amenazaban. 

Acercóse Aguilar á ellos, y por Aguilar y por un indio que traia, 
lo mejor que pudo les dió á entender que no venia á hacerles mal, sino 
á ser su amigo y contratar con ellos. Los indios, ó porque estaban lexos, 
ó porque no querian entenderlo, respondieron que no entendian. Cor¬ 
tés estonces se acercó hasta zabordar en tierra, y el indio, como vido 
tiempo para su deseo, saltó en tierra y fuese á los otros indios, dicién- 
doles que aquellos hombres advenedizos tenian mal corazón y que eran 
crueles y robadores; que no los rescibiesen ni proveyesen de cosa. Hizo 
este indio con sus palabras tanta fuerza en los pechos de los demás 
indios que fué muy dificultoso, como diremos, el subjectarlos. Hizoles 
Cortés señal de paz y rogóles por Aguilar que le oyesen; pidióles alguna 
comida para pasar adelante; ellos en una canoa le inviaron un poco de 
maiz y tres ó cuatro gallinas de la tierra, diciéndole que tomase aquello 
y que se fuese luego; si no, que le harian cruda guerra, y tractarían á él 
y á los suyos como habian tractado á los otros sus compañeros. Replicóles 
el General con toda templanza que no fuesen tan crueles é que ya veian 
que para tantos hombres era poca comida aquella; que le traxesen más, 
que él se la pagaria. Los indios, mientras más blandamente les habla- 
l^a, más se indignaban contra él, tornando á amenazarle que si no se 
iba, matarian á él y á los suyos. Esto era á hora de visperas. 

Cortés, vista la crueldad y mala intención de aquellos indios, reco¬ 
gióse á una isleta que el rio alli hace, y en la noche cada uno pensó en¬ 
gañar al otro, porque los indios levantaron la ropa y sacaron las mujeres 
y niños, juntando toda la gente de guerra, para dar en los nuestros; 
y Cortés invió tres hombres el rio arriba á buscar el vado, y aunque 
el rio es muy grande, como era verano, le hallaron. Mandó á éstos 
que pasado el rio diesen vuelta al pueblo para ver si por alguna parte 
podía entrar, los cuales, habiéndolo bien visto, volvieron y dixeron que 




LIBRO SEGUNDO.—CAP. XXXII 


27 


por las espaldas un arroyo arriba se podía entrar. Entendido esto por 
Cortés, lo más secretamente que pudo invió á Alonso de Avila, Capitán 
que era de un navio, persona de quien Cortés tenia mucho concepto, con 
'Ciento y cincuenta hombres de pie, para que aquella noche, encubiertamen¬ 
te, se pusiese cerca del pueblo por la parte que los tres hombres habían 
dicho que se podía entrar, con aviso que cuando él desde los bateles 
mandase soltar un tiro, acometiese con grande esfuerzo al pueblo. En el 
entretanto que Alonso de Avila iba con su gente, el General mandó que 
los Capitanes de los navios saltasen con sus soldados en los bateles, y él 
se metió en otro con hasta treinta soldados, mandando á Alonso de 
Mesa, que era el artillero, que cargase dos tiros á la proa del batel, y 
así, puestos todos á punto, con pocas palabras los animó desta ma¬ 
nera : 

“Señores y amigos míos: Nosotros como cristianos hemos hecho el 
deber, convidando á estos indios con la paz y comprándoles la comida, 
de que tanta nescesidad tenemos, nos la niegan; y como si les hubiésemos 
hecho algún daño, nos tienen por sus enemigos. Resta que tornándolos á 
convidar con la paz y amistad, si no la admitieren, los acometamos, como 
está concertado, con toda furia, para que hagan por temor lo que no 
quieren por amor, y pues todos habéis de pelear, no por quitar la vida 
á otros, sino por sustentar la vuestra, razón es que cada uno haga lo 
que debe.^’ 

Dichas estas palabras, se fué llegando á tierra poco antes que ama- 
nesciese, é ya los indios estaban en la playa despidiendo contra los nues¬ 
tros muchas flechas. El General hizo señal de paz, y por Aguüar les 
rogó le oyesen; díxoles lo que otras veces, y finalmente, pasada una 
hora en demandas y repuestas, diciendo Cortés que había de entrar 
en el pueblo y ellos que no, mandó soltar el tiro, y saltando luego en 
tierra con toda la gente los acometió con grande esfuerzo; luego Alonso 
de Avila por la rezaga, como estaba concertado, dió en el pueblo. Los 
indios, como se vieron cercados y sintieron la celada, espantados de los 
tiros y del ardid de los nuestros, quedando muchos dellos muertos, 
desampararon el pueblo, metiéndose en el monte. Cortés, con muy poco 
daño de los suyos, entró en el templo de los ídolos, que era fuerte y 
muy grande, donde puso su gente; halló poca presa, aunque mucha co¬ 
mida; y aquella noche, puestas sus guardas y centinelas, descansó hasta 
'Otro día, en el cual subcedió lo siguiente. 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


I 2 S 


CAPITULO XXXIII 

DE LO QUE Á CORTÉS LE ACAESCIÓ EL DÍA SIGUIENTE CON LOS INDIOS 
DEL RÍO DE GRIJALVA 

Otro día, después de curados los heridos, que serían hasta cuarenta,. 
mandó Cortés que le traxesen allí los indios presos, y por la lengua de 
Aguilar les dixo: ‘'Amigos y hermanos míos: Porque sepáis que nos¬ 
otros no os venimos á hacer mal, aunque vosotros nos le habéis pro¬ 
curado, os podéis ir libremente á vuestro señor y decirle heis de mi 
parte que de los heridos y muertos y de todo el daño hecho á mí me 
pesa más que á ellos, aunque, como sabéis, vosotros tenéis la culpa, pues 
habiéndoos sido rogado tantas veces con la paz no la habéis querido. 
Diréis también á vuestro señor, de mi parte, que yo le deseo tener por 
amigo, y que si no lo rescibe por pesadmnbre, me venga á ver, porque 
tengo muchas cosas que le decir de parte de Dios y del gran señor que 
me invía; y si no quisiere venir, decirle heis que yo le iré á buscar, y le 
rogaré por bien me provea de comida, porque no es razón en tierra 
poblada de hombres tan valientes como vosotros muramos de hambre. 
Traerle heis á la memoria cómo los indios de Cozumel nos rescibieron 
y proveyeron de lo nescesario, quedando, [cuando] (*) nos partimos, por 
muy amigos nuestros. 

Los indios se partieron muy alegres, como aquellos que habían co¬ 
brado su libertad, é aunque con muchas palabras encarescieron á su 
señor y á otros principales el buen tratamiento que Cortés les habia 
hecho y relataron por extenso lo que les había encargado, no por eso el 
señor mudó propósito, antes más endurescido juntó gente de cinco pro¬ 
vincias, en que habría más de cuarenta mili hombres, entre los cuales 
venían los señores y caudillos que los regían, conjurados de morir todos 
ó matar [á] aquellos pocos españoles y comerlos con gran regocijo en la 
primera fiesta principal que viniese. 

Otro día vinieron hasta veinte indios bien adereszados á su modo, 
que parescían hombres principales, y dixeron á Cortés que su señor le 
rogaba que no quemasen el pueblo, que ellos le traerían vituallas. Cortés, 
respondiéndoles graciosamente, les dixo que él no se enojaba con las 
paredes, pues soltaba los hombres que tenía presos, é que ya les había 
otras veces dicho que de parte de Dios y de un gran rey, su señor, te¬ 
nía que decirles cosas que si las oyesen les darían gran contento. Los 
indios, que más eran espías que embaxadores, se volvieron, y por ase¬ 
gurar á los nuestros, otro día vinieron con alguna comida, la cual Cortés 


(*) Falta la palabra “cuando”, que hemos suplido entre corchetes, para que 
la frase tenga perfecto sentido. 





LIBRO SEGUNDO.—CAP. XXXII 


129 


les pagó con algunas cosas de Castilla. Dixéronle después de haberle 
dado la comida y rescebido el rescate, que su señor decía que libremente 
podía entrar por la tierra adentro á rescatar comida. Holgó mucho desto 
Cortés, creyendo que, como habían sido vencidos y sentido las grandes 
fuerzas de los españoles, querían más la paz que la guerra. Cortés les 
respondió que se lo agradescía mucho y que así lo haría. 

En el entretanto los indios se acaudillaron en partes donde de los 
nuestros no pudiesen ser vistos, para acometerlos cuando fuese tiempo. 
Cortés, no recelando la celada, otro día invió tres Capitanes, los cua¬ 
les fueron Alonso de Avila, Pedro de Alvarado y Gonzalo de Sandoval, 
cada uno con ochenta compañeros; el uno de los Capitanes dió en unos 
maizales cerca de un pueblo, y rogando á los indios le vendiesen maíz, 
los cuales no queriendo, de palabra en palabra vinieron á las armas, y 
fué la furia con que los indios acometieron tan grande, que parescía llo¬ 
ver flechas sobre los nuestros. Resistió la capitanía lo que pudo, hasta 
que se vinieron retrayendo á una parte donde los indios los pusieron en 
grande aprieto, y murieran todos sin quedar hombre si las otras dos 
compañías no acudieran á la grita. Trabóse de nuevo una brava batalla 
que duró hasta la noche, en la cual murieron algunos españoles y fue¬ 
ron heridos muchos, y de las armas; casi los más se encalmaron; hicieron 
grande estrago en los indios, aunque por ser tantos no los pudieron 
vencer. 

Luego otro día, como Cortés entendió la malicia é odio en que los 
champotones perseveraban, después de haber llevado aquella noche todos 
los heridos á las naos, hizo que muy de mañana, luego después de haber 
oído misa, saltasen en tierra los sanos, é juntó en campo quinientos, 
hombres y doce de á caballo, que fueron los primeros que en aquella 
tierra entraron. Ordenólos y repartiólos por sus capitanías, poniéndolos 
por los caminos hacia el lugar do había de ir, que se llamaba Acintla, 
que quiere decir en nuesijra lengua “lugar cerca de agua’’. Ordenó el arti¬ 
llería, de la cual llevaba cargo Alonso de Mesa, el cual en lo más de la 
conquista fué muy nescesario. Los indios, en el entretanto, no se descui¬ 
daban nada, porque no era amanescido cuando en número de más de 
cuarenta mili en cinco escuadrones salieron á buscar á los nuestros, y 
como gente práctica en la tierra, los esperaron entre unas acequias de 
agua y ciénagas hondas y malas de pasar. 

Cuando los nuestros se vinieron á juntar con los indios, se hallaron 
muy embarazados y comenzaron á perder el orden que llevaban. El Ge¬ 
neral, con los de á caballo, fué hacia do entendió que estaba la mayor 
fuerza de los enemigos, mandando á la gente de pie que caminase por 
una calzada que de una parte y de otra estaba llena de agua; él pasó- 
con los de á caballo por la mano izquierda do iba la gente, y no pudo 
llegar á los contrarios tan presto como pensó, ni ayudar á los suyos. En 
el entretanto, los indios acometieron con gran furia á los nuestros con 
varias flechas y piedras de honda; teníanlos cercados y metidos en una 


9 





CRÓNICA DE LA NUEV^A ESPAÑA 


l'ÓO 


hoya á manera de herradura; pusiéronlos en tan gran peligro, aunque 
los nuestros hacían gran daño en ellos con las ballestas, escopetas y 
artillería, que se vieron muy fatigados, asi porque los indios eran mu¬ 
chos y acometían siempre de refresco, mudándose unos y viniendo otros, 
como porque se reparaban con los árboles y valladares. 

Los nuestros se dieron priesa á salir de aquel mal paso, metiéndose 
hacia un lado á otro lugar más espacioso y llano y con menos acequias, 
donde se aprovecharon más de las armas y especialmente de los tiros, 
los cuales hicieron mucho daño, porque como los enemigos eran mu¬ 
chos, daban siempre en lleno. Con todo esto, como los enemigos eran 
tantos y los españoles se iban cansando y había siempre más heridos, 
los arremolinaron en tan poco estrecho de tierra, que les fué forzado 
para defenderse pelear vueltas las espaldas unos á otros; y aun desta 
manera estuvieron en muy gran peligro, porque ni tenían lugar de ju¬ 
gar el artillería ni de hacer campo con las armas, porque los de á caballo 
aún no habían llegado. Estando en tan estrecho trance aparesció uno 
de á caballo, que pensaron los nuestros ser el General ó Francisco de 
Moría; arremetió á los indios con muy gran furia (i); retirólos gran 
espacio; los nuestros cobraron esfuerzo y acometieron con gran ánimo, 
hiriendo y matando en los indios; el de á caballo desaparesció, y como 
los indios eran tantos, revolvieron sobre los nuestros, tornándolos á 
poner en el estrecho que antes; el de á caballo a^oIvíó y socorrió á los 
nuestros con más furia é ímpetu que de antes: esto hizo tres veces, hasta 
que Cortés llegó con los de á caballo, harto de pasar arroyos é ciénagas 
y otros malos pasos, el cual, viendo su gente en tan gran peligro, les 
dixo en alta voz: ‘'Adelante, compañeros; que Dios y Sancta María es 
con nosotrO|6 y el Apóstol Sant Pedro, que el favor del cielo no nos 
puede faltar si hacemos el deber.'' Dichas estas palabras arremetió á 
más correr con los otros de á caballo por medio de los enemigos: lan¬ 
zólos fuera de las acequias y retráxolos en parte do á su placer los pudo 
desbaratar. Los indios dexaron el campo, y confusos y sin orden se 
metieron huyendo por las espesuras, que no paró hombre con hombre. 
Acudieron luego los de á pie y siguieron el alcance, en el cual mataron 
más de trecientos indios, sin otros muchos que hirieron. Pasó esta ba¬ 
talla Lunes sancto (* *). 

El General, conseguida esta victoria, mandó tocar á recoger: fueron 
los heridos de flechas y piedras sesenta; dicen que no murió ninguno: 
mandólos el General curar todos; dieron muchas gracias á Dios por la 
merced que les había hecho en librarlos de tantos enemigos: comen- 


(i) AI margen: “Cliampotón.” 

(*) Herrera (Década II, libro IV, capitulo XI) dice también que el día en que 
se verificó esta batalla fué Lunes santo; pero como el domingo siguiente fué 
Domingo de Ramos (V, capítulo XXXVII de cí/ a‘C rónica y capítulo XII de la 
7nism-a Década en Herrera), hay raaón para creer que el Lunes santo á que se re 
fieren ambos autores fué el lunes de la semana de pasión. 








LIBRO SEGUNDO.—CAB. XXXIV 


iSl 

jzaron á tractar quién sería el de á caballo; los más decían ser el Apóstol 
5anctiago, aunque Cortés, como era tan devoto de Sant Pedro, decía ser 
su abogado, al cual en aquel día con gran devoción se había encomen¬ 
dado; y aunque no está cierto cuál de los dos Apóstoles fuese aquel 
caballero, lo que se averiguó por muy cierto fué no haber sido hombre 
humano ni alguno de los de la compañía; de adonde consta claramente 
cómo Dios favorescía esta jornada, para que su sancta fee se plantase 
en tierra do por tantos millares de años el demonio tiranizaba. 


CAPITULO XXXIV 

CÓMO VENCIDOS LOS CHAMPOTONES, CONVENCIDOS POR BUENOS 
COMEDIMIENTOS, SE DIERON POR AMIGOS 

Acabada esta batalla, que se concluyó con la noche, los nuestros 
descansaron en el real dos días, porque estaban cansados y fatigados de 
la hambre. En el .entretanto, Cortés invió algunos de los indios que tenía 
presos al señor y á otros comarcanos caciques que con él se habían jun¬ 
tado á hacer la guerra, á decirle que le pesaba del daño hecho entre 
ambas las partes, y que ellos lo habían mirado mal en no tener cuenta 
con los ofrescimientos que les había hecho y con no admitir el aviso 
que cerca de lo que les convenía, les quería dar de parte Dios y de 
aquel gran Emperador por cuyo mandado venía á comunicarlos, y que 
por lo Subcedido entenderían cuán poca razón habían tenido, pues tan 
pocos españoles habían vencido á tantos indios, y que con todo esto, él 
les perdonaba la culpa que en esto habían tenido si luego venían á él á 
darle razón por qué habían estado tan endurescidos y habían porfiado 
tanto contra tan buenos comedimientos, y que les apercebía que si dentro 
de dos días no venían, que él los iría á buscar por toda la tierra, des¬ 
truyendo y talando cuanto hallase y no dando vida á hombre que to¬ 
pase. 

Como la repuesta se tardó algo, al tercero día Cortés salió al campo 
con determinación de buscarlos; en esto vinieron hasta cincuenta indios 
principales de parte de todos aquellos señores que habían sido en la liga, 
los cuales, humillándose al Capitán, hablaron desta manera: “Los que 
aquí venimos somos tus esclavos, y de parte de nuestros ¿cñores, que 
también se ofrescen por tus esclavos, te hacemos saber que están muy 
pesantes de haberte enojado, aunque han llevado la peor parte, y dicen 
que bien paresce que tenían poca razón y tii mucha, pues sus dioses, 
siendo nosotros tantos, no quisieron darles la victoria, y que pues ellos 
conoscen su culpa y tu mucha razón y el gran esfuerzo con que has 
peleado, te suplican los perdones y rescibas por tus amigos, que ellos te 
guardarán para siempre esta fee y palabra que te dan, en testimonio de 


i32 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


lo cual te piden les hagas merced de darles licencia para enterrar los 
muertos y seguridad para venirte á besar las manos y oir todo lo que 
les quisieres decir. 

Cortés con alegre rostro respondió en pocas palabras que se holgaba 
hubiesen venido en conoscimiento de su error y que les daba licencia 
para lo que pedían, y que en la venida de los señores no le mintiesen,, 
porque ya no los oiría por mensajeros. Despidiéronse con grandes co¬ 
medimientos los indios, y después de dada la repuesta, sus señores les 
preguntaron extensamente del asiento y orden de los nuestros, la gra¬ 
vedad y severidad con que el General los había rescebido y respondido, 
las armas y bullicio de gente y otras particularidades que no en poca 
admiración los pusieron; y así juntos, antes que ninguno fuese á su 
casa, trataron si sería bien cumplir la palabra ó volver sobre los nues¬ 
tros. 

Finalmente, después de grandes altercaciones, se resumieron en ir á 
ver al Capitán, por no poner en condisción sus personas y estados, en¬ 
tendiendo que sus fuerzas no eran iguales con las de los nuestros y que 
parescíamos invencibles é inmortales. Con esta determinación salieron á 
su modo ricamente vestidos, acompañados de muchos indios, con joyas 
de oro que valdrían hasta cuatrocientos pesos, para presentar al General. 
Fué la cantidad tan poca, porque en aquella tierra no labran oro, ni 
hay minas de plata; llevaron, que era lo que más hacía al caso, mucho 
bastimento de pan, gallinas y fructas. El señor principal iba acom¬ 
pañado de los otros señores, entre dos de los más principales; la demás 
gente iba un poco atrás. 

Llegaron do el General estaba, y poniendo delante dél los criados el 
presente, ellos le hicieron un grande acatamiento. Levantóse Cortés de 
la silla y abrazó primero [á] aquel señor, y luego á todos los demás por su 
orden. Hecho esto, un indio, haciendo gran comedimiento, se puso al 
un lado entre aquel señor y el General. Aguilar se puso del otro lado, 
para declarar lo que el indio quería decir, al cual señor, haciendo gran 
comedimiento y reverencia á Cortés, dixo todo lo qu él por su propria 
boca pudiera decir, para que lo dixese á Aguilar. Es esta costumbre 
entre ellos, que cuando el señor con quien hablan no entiende la lengua, 
ponen á un criado á que hable, pues el criado del otro señor ha de de¬ 
clararlo, y así guardan entre ellos su auctoridad y reputación. Lo que este 
señor dixo por boca de su criado, é interpretado por Aguilar fué que 
él y aquellos señores humildemente se ofrescían por sus criados, y que 
de lo pasado les pesaba mucho, porque habían sido engañados; que de 
ahí adelante le servirían en todo, é que en señal desto le traían aquel oro 
y joyas y ofrescían aquel bastimento para el real, y que ellos y la tierra 
toda estarían siempre á su servicio y le obedescían como á su señor, 
aquel gran Príncipe en cuyo nombre habían venido. 

Holgóse Cortés en extremo con lo que el señor les dixo, tornóle á 
abrazar é hízole grandes caricias; dió á él y á los otros señores cosas de- 





LIBRO SEGUNDO.—CAP. XNXIV 


l33 


irescate, con que mucho se holgaron; díxoles que él y los suyos serían 
muy sus amigos. 

Acabadas estas palabras y otras de mucha amistad que entre el Ge¬ 
neral y ellos pasaron, aquel señor y otros, oyendo el relinchar de los 
caballos, que estaban atados en el patio, preguntaron que qué habían 
los tequanes, que quiere decir ''cosas fieras''. Respondióles Cortés que es¬ 
taban enojados porque no había castigado gravemente su atrevimiento, 
pues se habían puesto á hacer guerra á los cristianos. Ellos amedrenta¬ 
dos, creyendo ser esto así, traxeron muchas mantas do se echasen los 
caballos y muchas gallinas que comiesen para aplacarlos; decíanles que 
no estuviesen enojados y que los perdonasen, porque de ahí adelante 
serían muy amigos de cristianos. A esto Cortés y los que allí se hallaron 
desimularon mucho, porque por estonces convenía así. 

Preguntóles qué había sido la causa por que con él se habían habido 
tan ásperamente, pues con otros que por allí habían pasado como ellos, 
se habían habido humanamente. Respondieron que los otros navios y los 
que en ellos venían eran pocos y los primeros que por allí visto habían, 
y que contentándose con rescatar algunas cosidas y con pedir pocas cosas 
para comer, se habían pasado de largo; pero que ahora tantas naos y 
tantos hombres los habían puesto en gran sospecha que les venían á 
tomar el oro y su tierra y haciendas; y que tiñiéndose ellos por hombres 
esforzados entre todos sus vecinos y que no reconoscían señorío á na¬ 
die, ni que dedos ningún otro señor sacaba tribuctos ni gente para sa¬ 
crificar, les había parescido gran cobardía siendo ellos tantos y los nues¬ 
tros tan pocos no matarlos á todos; y que para esto, el indio que se 
había huido los había animado mucho, diciendo ser los nuestros ro¬ 
badores, de mal corazón, amigos de mandar y señorearlo todo, pero que 
se habían engañado, así en creer al indio, como en pensar que podían 
destruir á los nuestros. Dixeron tras esto que los tiros y las espadas 
desnudas y las grandes heridas que con ellas los nuestros hacían, los 
había en gran manera espantado, y que aquellos tequanes, que eran los 
caballos, eran tan bravos y tan ligeros que con la boca los querían comer 
y parescía no correr sino volar, pues los alcanzaban por mucho que ellos 
'Corrían, y que sobre todo aquel caballo que primero vieron, les quitaba la 
vista de los ojos y había puesto gran espanto, de adonde cuando los otros 
TÍnieron, se tuvieron por perdidos, y que siempre creyeron que d caballo 
y el hombre era todo uno. 


i34 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO XXXV 

CÓMO CORTÉS DIXO ALGUNAS COSAS Á AQUELLOS SEÑORES 
TOCANTES AL SERVICIO DE DIOS Y DEL EMPERADOR 

Pasadas estas cosas, luego que Cortés entendió que la amistad na- 
era fingida, haciéndolos asentar, por lengua de Aguilar les habló desta 
manera: “Señores y amigos míos: Todas las veces que os invié á hablar 
para que viniésedes en la amistad que ahora tenemos, os dixe que de 
parte de Dios y del Emperador, mi señor, tenía que deciros algunas cosas 
que os importaba mucho saber, las cuales, por estar sospechosos de 
nuestra amistad no quesistes oir; y pues ahora entendéis cómo jamás 
hemos pretendido vuestro daño, será bien que con todo cuidado oigáis- 
lo que cerca de Dios y del Rey os quiero decir; y así, ante todas cosas, 
sabed que no hay más de un Dios, criador y hacedor de todo lo que veis,.. 
y que no puede haber sino uno, porque Este lo ha de poder todo y saber 
todo, ca si hobiese otros, no podría sustentarse la unidad y concordia 
que hay en todas las cosas criadas. Este Dios es tan poderoso que de nada 
crió el cielo y la tierra, los ángeles y los hombres; es tan bueno que lo^ 
sustenta todo; es tan justo que ni el bueno queda sin galardón, ni el 
malo sin castigo; quiso tanto al hombre que, viendo cómo el demonio 
le había engañado, se hizo hombre, nasciendo de madre virgen; murió 
por él, porque el hombre, aunque le veis morir, el ánima, que es imagen 
de Dios, nunca muere, y después vendrá tiempo que el cuerpo se junte 
con el ánima para nunca más apartarse; de manera que el hombre que 
en esta vida, creyendo en un solo Dios, vivió bien, cuando este mundo 
se acabe, que será el día del Juicio, resucitará en cuerpo y en ánima,., 
para gozar deste Dios para siempre jamás, que es verdadera gloria ; y, 
por el contrario, el que no creyere en El, ó el que habiendo creído, vi¬ 
viere mal, en aquel tiempo tomará su cuerpo para ser atormentado parai 
siempre en las penas del infierno; y para que sepáis de raíz vuestra per¬ 
dición y engaño, sabréis que después que Dios crió los ángeles, uno dellos- 
que se llama Lucifer, con muchos que le siguieron, se quiso igualar con 
su Criador, por la cual ofensa fué echado del cielo con sus compañeros. 
A éste y á ellos llamamos diablos, que quiere decir caviladores, porque* 
con el pesar que tienen de que el hombre suba al asiento que ellos per¬ 
dieron, procuran con gran cuidado, quitando la honra al verdadero Dios, 
tomarla para sí, haciéndose adorar de los hombres como si fuesen ver¬ 
daderos dioses; y así, debaxo de diversas figuras procuran ser venerados, 
en lo cual hay dos grandes engaños: el primero, que hacéis dios de una 
piedra, que no siente, ó de un animal, que matáis para comer; el otto, 
que os piden vuestra vida y sangre, la cual nunca os dieron ni puedem 
dar ni quitar; y así, para que se pierdan vuestras ánimas y después'- 








LIBRO SEGUNDO.-CAP. XXXV 


135 


vuestros cuerpos, os permiten y mandan que os comáis unos á otros; 
que el más poderoso tiranice al más flaco; que uno pueda tener muchas 
mujeres y, lo que peor es, que unos con otros tengáis acceso carnal y 
que cometáis otros nefandos y abominables pecados que claramente son 
contra toda razón natural y muestran que el dios, si tal se puede llamar, 
que los consiente, es malo y nefando. El Dios que yo os predico 
no quiere sino vuestro bien, y quiéreos tanto, que no quiere que hagáis 
cosa mala por la cual muráis para siempre; y si la hicierdes, que os pese 
delJa, volviéndoos á El, el qual ha querido que el Rey de España y Em¬ 
perador de los cristianos, mi señor, por comisión de un Sumo Sacerdote 
que en la tierra está en lugar de Dios, rigiendo y apacentando las áni¬ 
mas, me inviase con esta gente que veis á buscaros, como á hombres que 
estáis fuera del camino, y alumbraros como á ciegos que estáis con los 
engaños del demonio, y á que conoscáis los errores, pecados y maldades 
en que por engaño de los demonios habéis vivido; por esto debéis mucho 
á este gran señor, reconocelde y servilde tan grand merced, admitiéndole 
de vuestra voluntad por Principe y señor vuestro, para que él por sus 
ministros os enseñe la ley cristiana y sustente y conserve en justicia; y 
porque yo vengo en su nombre á daros á entender lo que he dicho, rué¬ 
geos que en su nombre me rescibáis y deis vuestra palabra de conoscer 
y creer un solo Dios y servir y obedescer á este Emperador de los cris¬ 
tianos/’ 

Acabada esta plática, que aquellos señores y los vasallos que con ellos 
iban oyeron con gran atención, admirados y aun convencidos con la 
fuerza de la verdad que no habían oído, dieron muchas gracias al Ge¬ 
neral, y aquel señor con consentimiento y ruego de los demás, por sí é 
por ellos respondió desta manera: “Señor, gran merced es la que nos 
has hecho en darnos á entender la ley que vosotros tenéis y guardáis, y 
cierto, debemos mucho á ese gran señor que te invía, y no menos á tí, 
porque veniste. Nosotros, aunque no tan claramente como querríamos, 
por ser esta la primera vez que nos hablas, conoscemos los vicios en 
que hemos vivido, y que no son dioses, sino diablos, como dices, los que 
hasta ahora habernos adorado, pues siempre nos han dexado vivir mal 
y querido que con nuestra sangre y vida les hagamos sacrificio. Nos¬ 
otros, pues, desde ahora para siempre nos ponemos en tus manos con 
nuestros vasallos, tierras y haciendas, para que las ofrescas á esc Empe¬ 
rador de los cristianos que tanto nos ama, y seguiremos la ley que por 
ti nos predica.” 

Con estas palabras se despidieron muy graciosamente de Cortés, y 
en llegando á sus casas le inviaron nuevo refresco y con él doce ó trece 
indias para que hiciesen tortillas, entre las cuales vino una que después, 
bautizándola, llamaron Marina, y los indios, Malinche. Esta sabía la len¬ 
gua mexicana y la de aquella tierra, por lo cual, como adelante diré, fué 
muy provechosa en la conquista de la Nueva España. 


Cr6nICx\ de la nueva ESPAÑA 




CAPITULO XXXVI 

CÓMO MARINA VINO A PODER DE LOS NUESTROS Y DE QUIÉN FUÉ (l) 

Ya que Dios, para la conversión y bien de tantos infieles, había 
proveído de Aguilar, quiso que entre las esclavas que estos señores in- 
viaron fuese una Marina, cuya lengua fué en gran manera para tan 
importante negocio nescesaria; y pues se debe della en esta historia 
hacer notable mención, diré quién fué, aunque en esto hay dos opinio¬ 
nes: la una, es que era de la tierra de México, hija de padres esclavos, 
y comprada por ciertos mercaderes, fué vendida en aquella tierra; la 
otra y más verdadera es que fué hija de un principal que era señor de 
un pueblo que se decía Totiquipaque y de una esclava suya, y que 
siendo niña, de casa de su padre la habían hurtado y llevado de mano 
en mano [á] aquella tierra donde Cortés la hallé. Sabía la lengua de toda 
aquella provincia y la de México, por lo cual fué tan provechosa como 
tengo dicho, porque en toda la jornada sirvió de lengua, desta manera: 
que el General hablaba á Aguilar y el Aguilar á la india y la india á 
los indios. 

Repartió Cortés estas esclavas entre sus Capitanes para el servicio 
dellos, y cupo Marina á Puerto Carrero. Esta india se aficionó en tanta 
manera á los nuestros, ó por el buen tratamiento que le hacían, visto 
cuánto convenía regalarla, ó porque ella de su natural inclinación los 
amaba, alumbrada por Dios para no hacerles traición, que aunque mu¬ 
chas veces fué persuadida, unas veces por amenazas y otras por pro¬ 
mesas de muchos señores indios, para que dixese unas cosas por otras, 
ó diese orden cómo los nuestros peresciesen, nunca lo quiso hacer, antes, 
de todo lo que en secreto le decían, daba parte al General y á otros Ca¬ 
pitanes, y así los hacía siempre vivir recatados. Casóse después esta in¬ 
dia, en la prosecución de la conquista, con Joan Xaramillo, conquistador 
y hombre que en la guerra sirvió valientemente. 


(i) Al margen: “Marina, 






LIBRO SlíGUNDO.—CAP. XXX VI í 


Í37 


CAPITULO XXXVIÍ 


CÓMO CORTÉS PARTIÓ DL CHAMPOTÓX Y VINO AL PUERTO 
DE SANT JOAN DE LUA 

Después que Cortés hubo pacificado los champotones, deseoso de 
llegar al fin de su esperanza, adereszando su viaje y proveyendo sus 
navios, determinó otro día, que era Domingo de Ramos, hacer una so¬ 
lemne procesión, para la cual convidó [á] aquellos señores indios y á sus 
vasallos, los cuales, como son amigos de novedades, vinieron de muy 
buena gana, ricamente adereszados y tantos en número (porque tam¬ 
bién vinieron las mujeres y niños) que cubrían los campos. Hizo Cor¬ 
tés la procesión con ramos en las manos, con toda pompa, auctoridad. 
devoción y lágrimas que pudo, la cual solemnidad^ miraron los indios 
con gran atención 3^ cuidado, y hubo entre ellos algunos que dixeron 
que el Dios de los cristianos era el verdadero 3' el Todopoderoso, pue.^ 
gentes de tanto esfuerzo y valor, con tanta auctoridad y pompa, con tanta 
reverencia y veneración, con tantos instrumentos de música y voces, le 
servían y adoraban. Cortés, no dexando el ramo de la mano, llamó á 
Aguilar, y para despedirse de aquellos señores y de los demás indios le 
dixo que Ies dixese: “Señores 3’ amigos míos: Yo confío en el Dios 
que adoro y os he predicado, que es solo verdadero Dios y señor nues¬ 
tro, que adelante entenderéis la mucha verdad que con vosotros he tra¬ 
tado, y sé que encomendándoos á El 3^ á su Sanctísima Madre, cuyas 
imágenes os dexo que adoréis, no le pediréis cosa, como acontesció á los 
de Cozumel, que no la alcancéis, y alumbrará vuestros entendimientos 
para que mejor conoscáis la ceguedad en que hasta ahora habéis estado; 
3' pues el Emperador 3^ Rey, mi señor, nos ha inviado para que siendo vos¬ 
otros nuestros amigos vengáis en este conoscimiento, ruégoos mucho 
porque después yo os inviaré sacerdotes que os enseñen, que tengáis 
vuestro corazón puesto en sólo Dios, y con los cristianos que por aquí 
pasaren uséis de toda caridad, guardando la palabra que me tenéis dada 
de servir en lo que pudiéredes á este gran Príncipe que me invia.'*’ 

Acabada esta breve plática los abrazó, y ellos, diciendo que harían 
todo lo que les mandaba, le acompañaron hasta que con toda la gente se 
metió en los navios y se hizo á la vela. Saludólos Cortés desde los na¬ 
vios con una hermosa salva de artillería; prosiguió su derrota sin subce¬ 
derle cosa memorable; llegó al río de Alvarado, cuyo puerto es Sanl 
Joan de Lúa; no entró por él, como dicen algunos, porque tiene baxíos 
á la boca, y así, sí no son barcas pequeñas, no entran navios de más 
carga, y si este río se pudiera navegar con navios gruesos, fuera im¬ 
portante negocio para la seguridad y contratación de la Nueva España, 
porque se pudiera hacer en él puerto muy abrigado: y así por no haber 




138 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


otro, sirve el de Sant Joan de Lúa, tan descubierto para el norte, que- 
muchas veces da con los navios al través. 

Hay otro puerto, que es el de Diauste y Papalote, pero no se cursa, 
porque es puerto muy abierto. Tiene un peñolcillo, detrás del cual surgen- 
los navios. 

Deste rio de Alvarado al puerto de Sant Joan de Lúa no hay más 
de ocho leguas, por lo cual, saliendo de Champotón, que es el río que 
se llamó de Grijalva, no tuvo Cortés nescesidad de desembarcar en el' 
río de Alvarado, sino derecho tomar puerto en Sant Joan de Lúa, donde 
hasta hoy le toman todos los navios que vienen de España. Llegó Cortés 
á este puerto con su armada sana y salva Jueves sancto, año de 
MDXIX (*). 


(♦) En el Ms. se escribe equivocadamente ‘"MDIX.” 






LIBRO TERCERO 

DE LA SEGUNDA PARTE DE LA CRONICA GENERAL DE LAS INDIAS (*)• 


CAPITULO I 

DE LO QUE HIZO CORTÉS DESEMBARCANDO EN SANT JUAN DE LUA 

Antes que entrase en el puerto, vieron los que iban en los navios 
cantidad de indios andar por la costa, y capeando á los nuestros hacían 
señas para que se acercasen. El General, después que hubo tomado puer¬ 
to, no quiso que nadie fuese aquel día á tierra sin su licencia y man¬ 
dado, recatándose no hubiese alguna celada. Los indios, como vieron 
que ninguno de los nuestros saltaba en tierra, dos principales dellos se 
metieron en dos canoas con sus ixineros, y buscando al señor del Arma¬ 
da, como de un navio les hicieron señas cuál era la capitana donde 
Cortés venía, llegáronse á bordo. Aguilar, que siempre iba con el Ge¬ 
neral y Marina, preguntándoles qué era lo que querían, respondieron 
que hablar al General. Dixéronles que entrasen. Ellos, como vieron al 
General, haciendo su acatamiento, le dixeron que Teudile, gran mayor¬ 
domo de Motezuma y gobernador de aquella tierra, inviaba á saber qué 
gente y de dónde era aquella que venía, qué buscaba y si quería parar 
allí ó pasar adelante. 

Tenía ]\Iotezuma, según era grande su poder, mucha noticia de los 
españoles desde Champotón, por vía de los mercaderes que lo corrían 
todo. Invió estos mensajeros Teudile, para luego dar aviso á su señor 
NIotezuma de la venida de los españoles y de lo que pretendían, para 
que estuviese advertido de lo que debía de hacer, porque, como adelante 
diré, no se holgaba nada Motezuma con la venida de los nuestros, por 
los pronósticos que tenía. Cortés, aunque no les respondió, luego resci- 
biólos con alegre cara, é hizolos sentar sobre una caxa junto á su silla, 
mandando á todos los del navio estuviesen quedos, sin hacer bullicio, 
porque aquellos principales no se alterasen y rescibiesen algún miedo. . 


(*) Véase lo que acerca de este título se ha dicho en el ¡^’ólogo. 





140 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


Luego ellos desenvolvieron una manta y sacando della una sonajera 
de oro fino á manera de limeta y cinco rodelas de plata, con gran co¬ 
medimiento las presentaron á Cortés, diciéndole que de parte del gran 
señor Motezuma, cuyos esclavos eran ellos, rescibiese aquel pobre pre¬ 
sente. Dicen que aquí estuvo Cortés muy confuso, porque Aguilar ya no 
entendía aquella lengua mexicana, que es de los Naguales, que corre 
por toda la Nueva España, aunque luego se entendió de Marina, que 
la entendía. Dicen otros que estonces no se supo que Marina supiese 
la lengua mexicana, porque venía con Puerto Carrero en su navio, hasta 
que después de haber* saltado en tierra, oyendo que unos nidios intér¬ 
pretes, que eran de los que truxo de Cuba, interpretaban falsamente, en 
gran daño de los nuestros lo que Cortés respondía, habló á Aguilar en 
la lengua que él sabía, diciendo que aquellos perros respondían al revés 
de lo que el General decía. Aguilar, muy alegre, lo dixo á Cortés, el cual, 
llamando á la l^Jarina por lengua del Aguilar, le dixo que fuese fiel in¬ 
térprete, que él le haría grandes mercedes y la casaría y le daría li¬ 
bertad, y que si en alguna mentira la tomaba, la haría luego ahorcar. 
Ella fué tan cuerda y sirvió tan fielmente hasta que algunos de los 
nuestros entendieron la lengua que, aunque fuera española é hija del 
General, no lo pudiera hacer mejor. 

Volviendo, pues, á la confusión que Cortés tuvo, acordándose de 
los indios de Cuba, por ellos respondiendo á aquellos principales, les 
dixo que él venía en demanda de aquella tierra de muy lexos, por man¬ 
dado de un muy gran señor, para conoscer y tractar á su señor Motezuma, 
de quien tenía grandes nuevas, y para decirle algunas cosas de parte 
de Dios, que á él y á toda su gente convenía mucho, é que á esta causa 
se había de desembarcar y detenerse allí algunos días. Los principales 
respondieron que se holgaban mucho dello y que lo irían á decir á Teudi- 
le, su señor, el cual tenía gran deseo de los ver. Acabadas estas y otras 
razones que entre ellos pasaron, mandó Cortés darles colación de con¬ 
servas y fructas de Castilla y de beber de nuestro vino, con el cual se 
holgaron demasiadamente, dando á entender el uno al otro cuán bien 
les sabía. Acabada la colación se despidieron de Cortés con mucha crian¬ 
za, el cual, como era tan avisado y sabía á lo que obliga el que da y 
es liberal, mandó sacar unos bonetes de grana, cuchillos, tixeras y al¬ 
gunas sartas de cuentas, margaritas y diamantes falsos, lo cual repartió 
entre los dos con rostro tan alegre que claramente mostraba meterlos 
en las entrañas y desear darles mucho más. Dicen que los indios, visto 
el contento con que Cortés les daba aquellas cosas, se atrevieron á pe¬ 
dirle un poco de la conserva y del vino. Cortés se lo mandó dar, y 
■ellos se despidieron dél muy contentos para Teudile, á quien dixeron 
^que había de dar todo lo que llevaban. 






LIBRO TERCERO.—CAP. II 


i4r 


CAPITULO II 

CÓMO DESPUÉS DE LLEGADO CORTÉS AL PUERTO DE SAN JOAN DE LÚA, INVIÓ- 
DOS BERGANTINES Á BUSCAR PUERTO Y DE LO QUE LES AVINO 

La noche antes que Cortés saltase en tierra determinó, para ver si 
podría hallar mejor puerto, inviar dos bergantines que corriesen la costa; 
en el uno invió á Montejo, y en el otro á Rodrigo Alvarez, por ser per¬ 
sonas de crédicto y confianza. Encomendóles que llevasen la vía de Pa¬ 
nuco, porque por aquella costa le habían dicho que había puerto; nave¬ 
garon la costa abaxo, y descubrieron á do es ahora Villa Rica la Vieja y 
corrieron toda la costa de Almería y toda la demás costa casi hasta Isla 
de Lobos, adonde les dió tiempo tan bravo que nunca pensaron salir con 
la vida del peligro en que se vieron; faltóles luego, aunque el tiempo 
abonanzó, el agua, y de tal manera que pensaron perescer de sed. Para 
socorrer á esta nescesidad el artillero mayor, con otros dos compañeros, 
queriendo salir á tierra se ahogó, y el otro, esforzándose lo más que 
pudo, no sin muy gran trabajo y grandes heridas de la mucha reventa¬ 
zón que lel agua hcce en aquellos arrecifes, salió á tierra; el otro se vol¬ 
vió con muy gran miedo y no sin notable peligro á los bergantines. Luego 
otro día, atando sogas con sogas hasta la reventazón, echaron el escu- 
tillón todo lo más largo que pudieron, para que asiéndose á él, el que 
había quedado en tierra pudiese volver al navio, el cual con gran difi¬ 
cultad tomó el cabo, y halando los marineros con muchos golpes de mar, 
le metieron en el navio. 

En el entretanto, Montejo y Rodrigo Alvarez mandaron que todas 
las armas se atasen á la tablazón del un bergantín para que la misma 
tormenta las echase á tierra, determinados de zabordar en tierra con los 
bergantines, por no perescer de sed; é ya que querían hacer esto, se le¬ 
vantó un noríie con un gran aguacero, y como todos estaban tan sedientos, 
aunque el viento los fatigaba, holgaron mucho con el aguacero, porque 
con sábanas y algunas vasijas tomaban el agua; y era tanta su sed, que 
algunos abrían la boca al agua que corría por las velas abaxo, que no 
debía ser tan buena como la del río Tajo. Mataron una tonina, porque 
si no era el pan, todo el demás bastimento habían echado á la mar para 
quitar la ocasión de la sed, y con el norte llegaron aquel día cerca de 
Sant Joan de Lúa, puerto de Villa Rica la Vieja, donde se abrigaron á 
un peñol que está allí, paresciéndoles ser puerto mejor que el de Sant 
Joan de Lúa. Fueron al real á dar mandado cómo habían hallado puerto; 
saltaron todos en tierra, y descalzos, las cabezas descubiertas, fueron en 
procesión desde donde desembarcaron hasta una iglesia que el General 
había mandado hacer, donde llegando, con muchas lágrimas y gran ale¬ 
gría, postrados por tierra, dieron muchas gracias á Dios por haberlos 
librado de tan grandes peligros. 



142 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


Cortés se alegró mucho con ellos, porque por los vientos que habían 
corrido entendió el gran peligro en que se habían visto, y porque de 
Sant Joan de Lúa se hace tanta mención, será bien decir por qué se llamó 
así. Es, pues, de saber que si dicen Ulúa quiere decir ‘‘árboL^ ó una re¬ 
sina que dél sale, de la cual los indios hacían sus pelotas con que jugaban, 
que como los españoles con las manos arrojan la pelota, así ellos, des¬ 
nudos en carnes, la rechazaban y daban con el encuentro del anca; y si 
dicen Sant Joan de Culhúa, quiere decir de aquella generación ó gente 
que se enseñorearon de la tierra de México; y así, antes que los mexi¬ 
canos se enseñoreasen de tan grandes provincias, los indios naturales de 
aquella tierra la llamaban Chalchicoeca, que quiere decir “en el agua 
clara’h 


CAPITULO ITI 

DEL BUEN RESCIBIMIENTO QUE EL GOBERNADOR TEUDILE HIZO A CORTÉS 
Y EL PRESENTE QUE EL SEÑOR DE MEXICO LE INVIÓ 

Después que Cortés asentó su real, y con sus amigos, como adelante 
diremos, dió orden y manera cómo se descargase de la obligación que á 
Diego Velázquez tenía, y, en nombre del Rey, por los de su exército 
fuese elegido, y, -como parescerá, casi forzado á aceptar el cargo de Ge¬ 
neral, el Domingo de Pascua por la mañana vino Teudile del pueblo 
de Cotasta, que era ocho leguas de allí, muy como señor, acompañado 
de más de cuatro mili indios bien ataviados y sin armas; los más dellos 
vinieron cargados con muchas cosas de comer, que mataron la hambre á 
todo el real. Teudile entró, acompañado de los más principales á do el 
General estaba, el cual, como ya estaba avisado, -se adereszó lo mejor que 
pudo y se asentó en una silla de espaldas, acompañado de todos los Ca¬ 
pitanes, adeneszados lo mejor que pudieron para mostrar el aiicturidad 
de su Capitán á los indios, y puesto delante de Cortés, como vió el auctu- 
ridad con que estaba asentado, haciendo primero una grande inclinaciónj 
se sacó sangre de la lengua con una paja, porque la traía, al uso y cos¬ 
tumbre de aquella gente, horadada. Fué esta la mayor reverencia y aca¬ 
tamiento que se le pudiera hacer entre los indios, porque sacar sangre 
de la lengua ó del brazo ó echar encienso, nunca lo acostumbraban sino 
cuando hacían gran sacrificio á los ídolos que por dioses tenían. Hecho 
este comedimiento, sacó ciertas joyas de oro y otras de pluma muy vis¬ 
tosas y mantas de algodón ricamente labradas, [y] mandando poner de¬ 
lante todo el refresco de comida, que era muy grande, por lengua de 
Marina y de Aguilar habló de esta manera: 

“Señor y valiente Capitán: Bien te acordarás cómo los indios que 
te fueron á visitar al navio antes que desembarcases, te preguntaron 
qué era lo que querías y á qué eras venido, para dar dello relación al 





LIBRO TERCERO.- CAP. III 148 

gran Emperador Motezuma, cuyo esclavo yo soy, los cuales como tú res¬ 
pondiste que de parte de un gran Rey é señor tuyo le venías á conoscer y 
visitar, fueron con esta repuesta y ahora son venidos con mandado del 
gran señor Motezuma, para que yo te resciba y sirva lo mejor que pu¬ 
diere, y en su nombre te ofresca estas joyas, las cuales te invía, agrades- 
ciéndote mucho la venida y teniendo en gran merced que tan gran señor 
como dices que es el Emperador le quiera conoscer.'' Cortés, aunque 
luego sospechó, como después paresció, que aquellos eran cumplimien¬ 
tos de Motezuma, el cual ninguna cosa deseó tanto como ver ido de 
su tierra á Cortés, respondió levantándose primero de la silla y abra¬ 
zándole muy amigablemente, haciéndole juntamente sentar en un ban- 
<1111110: ‘^Mucho te agradesco, señor, el trabajo que has tomado de venir 
desde tu casa hasta aquí, pero haces lo que debes al servicio de tan gran 
Príncipe como Motezuma, al cual dirás que le beso las manos, y que estas 
joyas, por ser suyas, las tengo en mucho, é inviaré al Emperador, mi 
'Señor, como prendas del amor y conoscimiento con que tu señor Mote- 
zuma le paga." Y luego, haciendo sacar un sayo de seda, una medalla, 
un collar de cuentas de vidrio y otros sartales, los dió por la mano á 
Teudile, el cual lo rescibió con mucho comedimiento, rindiéndole mu¬ 
chas gracias, porque eran cosas que él ni los suyos jamás habían visto, 
y como tan peregrinas, túvolas en tanto que luego las invió á su señor 
Motezuma, no diciendo que Cortés se las inviaba, sino que él porque las 
viese, le servía con ellas, pues era su esclavo; invióle asimismo con estas 
cosas un lienzo que los indios labran de algodón, en el cual, porque le¬ 
tras ni modo de escrebir no tenían, iba pintado todo el real, los navios 
y cómo habían los nuestros saltado en tierra, señalada la persona de 
Cortés y las de los Capitanes y de otras personas principales, tan al na¬ 
tural como si muchos años los hubieran tractado. 

Como vió Hernando Cortés el contento que Teudile mostraba con 
las cosas que le había dado y que allí delante dél las había dado á ciertos 
indios principales para que luego las llevasen al pueblo de Cotasta, sin¬ 
tiendo que con ellas había de inviar la enibaxada á Motezuma, mandó 
que delante dél saliesen todos los españoles con sus armas en ordenanza, 
al paso y son del pífaro y atambor, y que luego trabasen una muy reñi¬ 
da escaramuza, y que también los de caballo con sus cascabeles y adargas 
hiciesen otra escaramuza, de la cual Teudile y los suyos se maravillaron 
mucho, porque pensaban hombre y caballo ser una misma cosa; tuvo 
pavor, aunque Cortés se reía con él. Mandó, hecho esto, al artillero 
mayor que, puestas las piezas de artillería en el orden y asiento que es 
menester para dar batería á una ciudad, disparase, sin quedar ninguna, 
contra cierto baluarte, para que los indios viesen la gran furia de los 
tiros y considerasen el mucho daño que podrían hacer en las personas, 
pues en las paredes le hacían tan señalado. 

Muy espantado quedó de todo esto Teudile, y como era hombre de 
•buen juicio, fácilmente coligió que con aquellas armas y bestias, aunque 



144 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


no eran muchos los nuestros, podían salir con lo que intentasen; y que- 
sintiese esto, y aun muchos de los principales, paresció claro por el nuevo 
respecto con que de ahí adelante tractó á Cortés, aunque antes, como 
dixe, le honró como á sus dioses. Preguntóle Cortés que le parescía 
de todo lo que había visto; respondió con gran reverencia: '‘Señor, todo 
lo que he visto nunca he visto, y así no puede dexar de ser nuevo y ma¬ 
ravilloso para mí, porque, aunque sois hombres como nosotros, sois de 
otro color y talle; vuestro traje es en todo diferente del nuestro, y esos 
hombres que andan tan altos y corren tanto y tienen cuatro pies me ad¬ 
miran mucho, pero lo que me ha mucho atemorizado, son aquellas armas 
gordas que echan fuego y suenan tanto, que me paresció que relampa¬ 
gueaba y tronaba el cielo/' Y los navios, asimismo, dixo que le ha¬ 
bían admirado á causa que eran grandes casas de madera que andaban 
sobre el agua. 

Cortés se holgó mucho con esta repuesta, porque della entendió que 
los nuestros y nuestras armas le habían puesto miedo y que todo lo 
haría saber á su señor IMotezuma, como luego lo hizo, despachando in¬ 
dios por la posta, para que de palabra y por pintura diesen á entender 
á r^íotezuma todo lo que pasaba. 

Dicen que Cortés, para tener espacio de hablarle, convidó á Teudile 
á comer y que le asentó á su mesa. Hízose servir muy como señor, para 
que de todo diese relación á Motezuma. Acabada la comida, después 
de haber reposado un poco, ya que Teudile se quería despedir para vol¬ 
verse á su pueblo. Cortés le hizo la plática siguiente: 


CAPITULO IV 

DE LA PLÁTICA QUE CORTES HIZO Á TEUDILE Y DE LO QUE Mx\S SUBCEDIÓ 

“Teudile, fiel criado y gobernador en esta provincia de Áíotezuma: 
Porque sé que de todo lo que has visto, has dado y das larga cuenta 
á tu señor, será bien que de propósito entiendas quién soy, quién me 
invía y para qué; para que veas lo que debes avisarle, y tu señor lo que 
debe de hacer. Yo me llamo Hernando Cortés, soy Capitán principal de 
toda esta gente que ves, soy vasallo y criado del mayor señor y más 
poderoso que hay en el mundo, el cual, tiniendo noticia desta gran 
tierra y del mucho valor de tu señor Motezuma, me invió á que le vi¬ 
sitase y hablase de su parte, y de parte de Dios le avisase conosciese los 
errores grandes en que él y todos los suyos viven, adorando muchos dio¬ 
ses en figura de animales, con sacrificios de hombres sin culpa é inocen¬ 
tes, viviendo en muchas cosas contra toda razón y ley natural, no ha¬ 
biendo ni pudiendo haber más de un solo Dios, criador de todo lo que 
vemos y no vemos, el cual, en sus sacrificios, como clementísimo, no- 






. LIBRO TERCERO,-CAP. IV 


145 

pide las haciendas de los hombres ni la sangre, ni que pierdan la vida, 
sino dolor y lágrimas por haberle ofendido. Sin el conoscimiento deste 
Omnipotente y solo Dios, ninguno puede ser salvo, porque sólo El es el 
que puede matar el alma y darle vida. Hízose hombre nasciendo de una 
virgen sin corrupción de su virginidad, para que muriendo por el hombre, 
que luego al principio que le crió le había ofendido, le librase de la 
muerte eterna y le diese la gloria, para la cual le había criado. Para 
conseguir tan gran bien como éste, conviene que yo vea á tu señor y 
le enseñe la gran ceguedad en que con honrar á sus vanos ídolos hasta 
ahora ha vivido, y yo sé que cuando entienda los muchos Reyes é seño¬ 
res que obedescen é sirven al Emperador, mi señor, y el gran deseo que 
con la obra magnifiesta que tiene de que tu señor y todos vosotros os 
salvéis, le sirvirá como los demás Príncipes y señores y le querrá muy de 
su voluntad reconoscer por señor. Sabido has quién soy, quién me invía y 
á lo que vengo; diráslo todo á tu señor Motezuma, y que yo estoy de¬ 
terminado de en ninguna manera dexar de verle y hablarle y enseñarle 
más despacio lo que te tengo dicho y otras cosas muchas que tú ni él, si 
no es con el curso del tiempo, podréis entender.'’ 

Después que Teudile, con muy gran atención hobo oído esta plática, 
le pesó de una cosa y se rió de otra; pesóle de la determinación de Cor¬ 
tés, porque también pesaba á Motezuma; rióse de que Cortés dixese que 
un tan gran Príncipe y señor como era Motezuma sirviese al Emperador; 
y así, disimulando el pesar y descubriendo la risa, dixo así: 

''Cortés, hijo del sol (que era el mayor título que le podía dar, 
porque al que principalmente adoraban de los dioses era el sol): Mu¬ 
cho creo que holgará mi señor Motezuma de verte y conoscerte, así por 
ver lo que nunca ha visto, como por salir de esos errores en que dices 
que vivimos: pero á lo que dices que Motezuma reconoscerá y servirá 
al Emperador, tu señor, no sé cómo puede ser esto, porque mi señor tiene 
tantos reinos y señoríos debaxo de su mano, manda tantía tierra y obe- 
déscenle tantos vasallos que no puede haber señor en el mundo que tanto 
pueda como él; pero con todo esto, yo le inviaré mensajeros que le di¬ 
gan lo que me has dicho, y antes de muchos días tendrás la repuesta." 

Con esto se despidió Teudile, haciendo luego postas para su señor, 
inviando pintado lo que había visto y diciendo de palabra á los mensa¬ 
jeros muy por extenso lo que había oído. Hecho esto, se partió para 
Cotasta, que fué un pueblo muy fresco, dexando, para que los nuestros 
conosciesen lo que los amaba y quería, á par del real dos indios principa¬ 
les que mandasen á dos mili indios que allí dexaba, que sirviesen con gran 
diligencia y cuidado á los españoles. Hicieron los indios de ramas cu¬ 
biertas con paja sus moradas; en el día de carne proveían largamente 
el real de gallinas, galli-pavos, venados, conejos y de todas las maneras 
de fructa que se daban en la comarca; y en el de pescado, de mucha va¬ 
riedad de peces de diversos gustos y sabores, de los cuales en aquella, 
costa hay gran copia; proveyó asimismo Teudile de muchas mujeres 


10 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


146 

para que cociesen el pan y guisasen la comida á los nuestros á su modo 
y gusto; y como se desengañó que los caballos no comían carne, mandó 
que les traxesen toda la hierba y maíz que hobiesen menester. 


CAPITULO V 

DEL PRESENTE QUE MOTEZUMA INVIÓ Á CORTÉS Y DE LA REPUESTA QUE LE DIÓ 


No eran pasados siete días, habiendo casi setenta leguas de la Ve- 
racruz á México, cuando los embaxadores vinieron, los cuales antes que 
dixesen la repuesta que su señor inviaba, sacaron una vestidura de oro 
y pluma á manera de coselete, con mucha pedrería, guarnescida por los 
cabos de cuero colorado, y del mismo pendían unas cintas con que la 
ropa se ataba á los brazos y á las piernas; por almete desta ropa que 
parescía coselete, traxeron una gran cabeza de águila hueca por de den¬ 
tro, de oro y pluma, que resplandescía á maravilla, por el pico de la cual 
veía el que se la ponía; volaban por cima desta cabeza muchos y muy 
grandes plumajes de ricas plumas de diversos colores, que son con los 
que en la guerra y en sus bailes mucho se adornan los Capitanes y otros 
varones fuertes, que en su lengua llaman tiacanes. Suplicaron á Cortés 
con muy grandes comedimientos que porque aquella ropa era con la 
que vestían al mayor de sus dioses en los días de fiesta y regocijo, y 
especialmente cuando de sus enemigos habían conseguido alguna victoria, 
se la vistiese, para rescebir el presente que su gran señor Motezuma le 
inviaba y para oir la repuesta que daba á su embaxada que por Teudile 
había inviado. Fué el motivo de Motezuma inviar esta ropa, estar avi¬ 
sado de Teudile que los nuestros eran inmortales; y así por muchos días 
los llamaron teules, que quiere decir ''dioses^', y que era razón que pues 
el mayor de sus dioses vestía aquella ropa, que Cortés, que era el mayor 
de los del real, se la pusiese, el cual, ó por gozar de la más nueva honra 
■que á Príncipe se ha hecho en el mundo, ó por complacer á los mensa¬ 
jeros y que no dixesen que tenía en poco ropa tan presciosa, se la vistió 
sobre el jubón y calzas, y era por el oro y pedrería tan pesada, que fué 
nescesario que algunos caballeros de los que con él estaban la ayudasen 
á soliviar. Puesto desta manera, rescibió dos ruedas grandes, una de 
oro y otra de plata; la de oro se llamaba el sol, porque en el medio della, 
con gran artificio y muy al natural, estaba el sol esculpido, con otras 
muchas labores hechas alrededor, de vaciadizo, de lo cual hobo é hay 
muy diestros oficiales en esta tierra; pesaba cient marcos. La otra, que 
era de plata, se llamaba la luna, porque en medio estaba esculpida su 
figura ; pesaba cincuenta y dos marcos. Cada una dellas tenía diez pal¬ 
mos de ancho y treinta de ruedo. Sacaron luego mucha cantidad de jo¬ 
yas y piedras de oro y plata, muchas plumas riquísimas y de gran es- 






L/IBRO TERCERO.-CAP. V 


Í47 


tima entre ellos; muchas mantas y ropas de algodón, blancas y otras 
labradas de pelos de conejo y plumas muy hermosas de ver. Era el pre¬ 
sente tan rico que valía más de treinta mili ducados. 

Dado el presente, de los indios principales que con él venían, dos, 
haciendo grandes reverencias á Cortés, se rogaron al hablar. Finalmente, 
tomando la mano el más viejo, dixo: “El gran señor Motezuma, cuyos 
esclavos somos cuantos vivimos en esta tierra, dice que se huelga mu¬ 
cho con tu venida y con las nuevas que le traes de un solo Dios, en 
quien se ha de creer y poner todo el corazón y esperanza, y con lo que 
le dicen del gran Emperador de los cristianos, al cual desde ahora res- 
cibe por amigo y hará por él y en su servicio todo cuanto pudiere; por¬ 
que, pues es señor de hombres como vosotros á quien nosotros como á 
dioses tenemos y reverenciamos, debe ser tan poderoso y gran Príncipe 
como le has significado, y que á esta causa mandará que todo el tiempo 
que aquí estuvieres, te sirvan sus vasallos como á su persona misma; 
pero que á lo que dices de hablarle, lo tiene por muy dificultoso, así de 
su parte como de la tuya; de la suya, porque él está enfermo y flaco 
y no puede baxar tan acá; de la tuya, porque la jornada es muy larga 
y en ella hay muchas sierras asperísimas de pasar y grandes despobla¬ 
dos, donde tú y los tuyos padesceréis grandes trabajos, y que demás 
desto has de pasar por tierras de enemigos suyos, hombres de mal cora¬ 
zón y muy crueles y sin piedad, que procurarán hacerte todo el daño que 
pudieren y estorbarte el paso.’' Todas estas escusas ponía Motezuma, 
porque veía que ya era llegado el tiempo en que él había de perder su 
señorío y sus vasallos habían de profesar otra ley, por los maravillosos 
pronósticos que de la venida de los españoles tenía, los cuales trata en 
su Tercera Parte el padre Motolinea (*). 

Cortés, oída la repuesta de Motezuma delante de Teudile, que á 
todo se halló presente, reportándose un poco, mandó sacar las mejores 
ropas de seda que tenía, con algunas buenas joyas, las cuales dió á Teudi¬ 
le para que las inviase en su nombre á Motezuma, su amo, y es de saber 
que aunque en lo pasado he usado deste vocablo, señor, que los indios 
jamás á sus señores llaman sino amos, paresciéndoles que á solos los 
dioses se debía el nombre de señores, lo cual entre los romanos también 
sintió un Emperador, mandando por público pregón que ninguno, so pena 
de muerte, le llamase señor. 

Cortés, cuantos más estorbos para su deseo le ponía Motezuma, tanto 
más deseaba verle y hablar con él, porque esto tiene todo lo que se 
prohíbe y vieda; y como estaba con este deseo, sin tener cuenta con 
examinar ni inquerir las escusas de Motezuma, si eran verdaderas ó 
falsas, como aquel á quien su buena fortuna llamaba para negocio tan 
grande, replicó á los mensajeros con ánimo denodado desta manera: 
“Diréis á vuestro amo Motezuma que, pues con tantos trabajos, por 

O Motolinia {Fr, Toribio de), Historia de los indios de Nueva Españ.v En 
el tomo I de la Colección de documentos para la Historia de México, 1858. 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


148 

más de dos mili leguas, metidos en casas de madera, he venido por man¬ 
dado del Emperador, mi señor, no á otra cosa sino á verle y á hablarle, 
que no haría yo lo que debía si me volviese sin hacerlo, porque lo que 
íe quiero decir es de parte.de Dios y de mi Rey, y á él importa tanto 
oirme como á mí hablarle, y á mí me conviene tanto hacer esto que si 
pensase morir mili veces no lo dexaría, que esta costumbre tenemos, 
ios cristianos criados de los reyes, que damos por bien empleada la 
muerte, pues resulta della gloria á los descendientes, cuando en cosa justa 
morimos obedesciendo á nuestro Rey y señor, y que, pues yo estoy de¬ 
terminado de no caer en la indignación de mi Dios y de mi Rey, que no 
quiera que á cabo de tanto tiempo y de tan larga jornada me vuelva sin 
ver y hablar á tan gran Príncipe como Motezuma, á quien el Emperador, 
mi señor, desea tractar y comunicar por cartas, pues por presente conver¬ 
sación no puede/’ 

Teudile, que no estaba muy contento desta repuesta, sin dexar res¬ 
ponder al que vino de parte de Motezuma, dixo; ''Tú haces cierto lo 
que debes al servicio de tu señor, aunque como Motezuma, mi amo,., 
dice, ha de ser muy dificultoso y aun peligroso el poder verle, por las 
causas que te ha dicho; pero, pues tú estás tan determinado de verle, 
que no sé si después de puesto en ello te arrepintirás; yo despacharé 
luego estos mensajeros que declaren á mi amo Motezuma tu determina¬ 
ción, y en el entretanto que vuelven, te suplico descanses y tomes placer, 
que no te ha de faltar cosa de las que hobieres menester, y porque me 
paresce que aquí estás mal aposentado, sería bien que te vinieses á un 
pueblo que está de aquí cinco leguas, donde estarás á tu contento/’ Cor¬ 
tés, agradesciéndole la buena voluntad y ofrescimiento, dixo que él no- 
se mudaría de allí hasta que tuviese repuesta de Motezuma. Con esto 
se despidió Teudile para Cotasta á despachar los mensajeros. 


CAPITULO VI 

CÓMO EL SEÑOR DE CEMPOALA INVIÓ CIERTOS INDIOS Á VER LOS ESPAÑOLES,.. 

Y CÓMO SUPO CORTÉS LAS DIFERENCIAS QUE HABÍA ENTRE l.OS SEÑORES 

DE LA COSTA Y LOS SEÑORES DE MÉXICO 

Como era tan gran Príncipe Motezuma y los mercaderes y lengua 
de México se extendían por muchas provincias y reinos, entendió la ve¬ 
nida de los nuestros, los navios y número de gente, la manera del vestir 
y figura del rostro, y cómo en Champotón de toda la costa se habían 
juntado diversas haces á no Dtra cosa sino á matar y comer á Cortés 
y á sus compañeros, porque como ellos eran tantos y los nuestros tan 
pocos, creyeron que sin dificultad harían lo que intentaban, y quedaron 
tan burlados de su deseo, que fueron afrentosamente vencidos y muchos 
dellos muertos, sin que ninguno de los nuestros faltase, y que era tan 
grande el esfuerzo y valentía de cada uno de los nuestros, que tenía eiL 







LIBRO TERCERO.-CAP. VI 


149 


.poco á docientos y trecientos indios, y así pensaban que eran inmorta- 
Íes, y por esta causa dioses; y como con esto supo también Motezuma 
que el Dios de los nuestros podía mucho, pues estando los españoles 
por tres veces en tanto aprieto había iiiviado un hombre sobre una bes¬ 
tia blanca, que peleaba con tanta furia que les quitaba la vista de los 
ojos y entorpecía las manos, desaparesciendo y paresciendo cuando que¬ 
ría, extendióse la fama de tan nuevo y nunca visto negocio por toda 
la tierra de tal manera, que cuando Cortés saltó en tierra, luego después 
de pasadas las cosas que he dicho con Teudile, muchos señores de la 
costa secretamente inviaron criados suyos para que viesen á Cortés y 
á sus compañeros, en especial el señor de Cempuala, uno de los mayores 
señores de la costa, el cual, espantado de las cosas que de los españoles 
se decían, invió de los más bien entendidos de su casa hasta veinte cria¬ 
dos, porque siendo tantos y tales le traxesen mejor relación, porque en 
lo que uno no advirtiese, miraría otro, los cuales, como llegaron, que 
no estaban de allí más de una jornada y con los otros indios no tenían 
comunicación, apartáronse á un lado del real de los cristianos, mirando 
con mucho cuidado á los nuestros que en él estaban. 

Cortés, que no se dormía nada, porque al que bien vela todo se le 
revela, miró en aquellos indios, y como los vió juntos y apartados de los 
otros indios, diferentes en rostros y trajes, y mirar con tanto cuidado, 
preguntando quién eran ó qué querían aquellos indios, diciéndole que 
eran masceguales, que quiere decir como labradores ó hombres baxos 
y de poca suerte, no se satisfizo, porque ni parescían masceguales ni 
estaban con tanto descuido que no se debiese mirar en ellos y sospechar, 
como ello fué, que debía de haber otra cosa de lo que parescía; y así 
para salir desta sospecha, mandó que se los traxesen delante. Ellos vi¬ 
nieron de buena voluntad. Cortés los rescibió humanamente y metió en 
su tienda; preguntóles que de dónde eran y á qué venían; ellos res¬ 
pondieron que de un pueblo cerca de allí, que se decía Cempuala, y que 
el señor dél, que era en aquella costa el más principal, los inviaba á que 
viesen aquellos feules ó dioses que habían venido de tan lexas tierras en 
tan grandes acales, cuya fama tenía espantados desde Cozumel y Cham- 
potón toda aquella tierra. 

Cortés les mostró buen rostro y agradesció mucho á su amo haberlos 
inviado; dióles algunas cosas de rescate; mostróles los caballos y las 
armas y el asiento del real; mandóles dar de merendar y á beber del 
vino, que no les supo mal; é ya que los quería despedir para que diesen 
relación á su amo de lo que habían visto, miró cómo los indios de 
Culhúa no se llegaban á ellos ni los hablaban, habiendo tantos por allí 
alrededor. Maravillado desto, preguntó á Marina qué era la causa de 
que aquellos indios no se comunicaban con los otros; Marina respondió 
que los indios que le habían venido á ver no eran naguales ó mexicanos 
y que se llamaban totonaques, diferentes en lengua y costumbres de los 
mexicanos, y aunque en cierta manera, subjectos á Motezuma, reco- 


i5o 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


noscían á otro señor que era el que al presente tenían, lo cual, especial¬ 
mente entre indios, era bastante causa de discordias y poca amistad. 

No pesó á Cortés con esto, porque de las palabras de Teudile había 
conoscido que Motezuma tenía enemigos, y que á esta causa, por tener¬ 
los subjectos, tenía Capitanes y guarniciones de gente por toda la costa 
y para certificarse más desto, apartó en secreto á tres ó cuatro dellos, 
que le parescieron más ancianos y que le darían mejor razón, y pre¬ 
guntándoles por lengua de Marina qué señores había por aquella costar 
y cómo vivían y si entre ellos había guerras, los indios le respondieron 
que de pocos años á aquella parte los señores de aquella costa obedescían 
al gran señor Motezuma y tribuctaban á él y al señor de Tezcuco y al 
de Tacuba, porque de otra manera no se podían Jibrar de las tiranías 
de Motezuma y del poder de sus armas, que había venido siempre en 
crescimiento, porque antes con él y con los señores que estaban la tierra 
adentro, habían tenido continuas y crueles guerras, y lo que al presente 
los señores de aquella costa sentían mucho era, no el reconoscer á Mo¬ 
tezuma por supremo señor, sino las vexaciones y malos tractamientos 
que las guarniciones de Motezuma les hacían. 

Cortés holgó por extremo saber estas ocultas pasiones y las fuer¬ 
zas que Motezuma había hecho y hacía, porque entendió, como ello 
filé, que á no haber pasiones, Motezuma era tan poderoso que en nin¬ 
guna manera pudiera reducirle al servicio del Emperador, y así hizo 
nuevos regalos á estos indios, dióles cosas de rescate y algunas para su 
señor, y que le dixesen que él era venido para ser su gran amigo, por 
lo que dél había oído, y para favorescerle y ayudarle contra cualquiera 
que le tuviese enojado; y porque pensaba presto ir á verle y hablarle 
despacio, no quería decir más. A los indios rogó viniesen otra vez á 
verle, porque se holgaría mucho con ellos, pues los otros indios no eran 
parte para estorbárselo. Los indios respondieron que harían todo lo que 
su merced mandaba, y que si fuese á do su señor estaba sería muy 
bien rescebido, porque era dél muy deseado. Con esto se partieron muy 
alegres, aunque lo quedó más Cortés en haber entendido el medio con 
que se había de conseguir su fin tan deseado. 


CAPITULO VII 

CÓMO CORTÉS RESCIBIÓ LA REPUESTA DE MOTEZUMA 
Y CÓMO BUSCÓ SITIO PARA POBLAR 

Rescibió Motezuma los presentes de Cortés, y aunque por su ex- 
trañeza y novedad le dieron contento, mucho le pesó cuando los men¬ 
sajeros le dixeron que Cortés estaba determinado de venir á verle, 
aunque más estorbos hobiese que su Alteza decía, contando, como ellos 
suelen, todo lo demás que Cortés respondía, con grandes encárese!- 






LIBRO TERCERO. -CAP. VII l 5 l 

mientos. Oída esta repuesta, aunque disimuló el pesar que sentía, lo 
mejor que pudo, despachó luego otros mensajeros con un presente de 
mantas ricas, labradas de algodón y oro, con ciertas piezas muy vistosas 
hechas de oro y pluma, y mandóles que yendo primero donde Teudile 
estaba, dixesen á Cortés que rescibiese aquel presente, y que en lo 
que tocaba á la venida no lo pensase, porque no era cosa que le con¬ 
venía; y que si algo hobiese menester, que todo se le daría, así para 
volver á su tierra, como para pasar adelante, y dicen que encargó á los 
mensajeros que dixesen á Teudile que en todas maneras, dándole esta 
repuesta, procurase cómo Cortés se volviese y dexase la tierra. Teudile, 
venidos los mensajeros, se fué con ellos y con el presente donde Cor¬ 
tés estaba, y después de habérselo dado en nombre de Motezuma, le 
comenzó á persuadir se, volviese á su tierra, ó pasase adelante, porque 
pensar de ver á Motezuma era cosa imposible por el riesgo y peligro 
que en ello había, y porque claramente su señor decía que no le visitase, 
pues entre Príncipes bastaba el comunicarse por mensajeros, sin que 
fuese exército armado. Añidió Teudile que si tanto deseo tenía de ver 
á Motezuma, que fuese con tres ó cuatro compañeros, que las guardas 
de su señor le acompañarían y defenderían por do fuese. Cortés se 
rió desta razón postrera, y aunque se enojó por las escusas de Mo- 
tezuma lo más desimuladamente que pudo, en pocas palabras respondió 
á Teudile en esta manera: ''Teudile, dirás á Motezuma que nosotros 
los españoles no solemos por miedo ni amenazas dexar de proseguir 
lo que una vez intentamos, especialmente si nuestro Rey nos lo manda. 
El Emperador y Rey, mi señor, me mandó que aunque me costase la 
vida, no volviese hasta ver y hablar á Motezuma, con el cual, como 
otras veces he dicho, tiene gran deseo de comunicarse por cartas y 
embaxadores; y pues es este mi propósito, decirle has que yo iré presto 
á verle y á besarle las manos, y no es menester que sobre esto vengan 
ni vayan más mensajeros. A lo que dices que vaya con tres ó cuatro 
compañeros solamente y no con tanta gente, que paresce que va en son 
de pelear, dirás que cualquiera destos mis compañros es tan valiente 
que sabiendo el camino iría solo, sin que fuesen parte los enemigos de 
Motezuma para ofenderle; pero que porque yo sé que tiene muchos 
enemigos y muy valientes, quiero ir acompañado de algunos para que 
á mis ventajas haga castigo en ellos si me quisieren estorbar el ca¬ 
mino.'^ 

Dixo Cortés estas palabras, asi para espantar á Teudile, como para 
que las supiese, como luego las supo, Motezuma. Despidióse con esto 
Teudile, no tan graciosamente como las otras veces, porque no menos 
le pesó que á Motezuma la determinación de Cortés. 

Otro día cuando amanesció, toda la gente de los indios se había ido 
y quedaron las chozas tan vacías que ninguna persona paresció en ellas, 
y esto hicieron aquella noche que Teudile se despidió de Cortés tan se¬ 
cretamente que ninguno de los del real de los españoles lo sintió. Re- 


i52 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


celóse desto Cortés, paresciéndole que el negocio iba de mal arte, y así 
mandó estar á toda su gente á punto, inviando espías y corredores para 
ver si había alguna celada ó los indios intentaban algo; y como ni de 
guerra ni de paz paresció indio, determinó de buscar por toda aquella 
costa si había algún puerto mejor del que tenían y asiento donde más 
cómodamente pudiesen poblar, porque á esto le habían convidado mucho 
las ricas muestras de la tierra y la manera de la gente, que era mucha 
más y más lucida y de mejor color que la de las islas, que era desco¬ 
lorida y poco bien tratada. 

Invió al piloto mayor Antón de Alaminos con dos bergantines para 
que, costeando la tierra, buscase puerto y asiento conveniente. Navegó 
más de veinte días; padesció muchos trabajos, llegó con mucha difi¬ 
cultad hasta el río de Panuco, por los muchos arrecifes y grandes co¬ 
rrientes que había. Corrida la costa, no halló, como tengo dicho antes, 
sino un peñol que estaba salido en la mar; aquí fue \^illa Rica la Vieja 
Tomó Cortés lo mejor, que fué al abrigo de aquel peñol, porque tenía 
cerca dos buenos ríos y pastos, como era menester. En el entretanto 
que se buscaba el puerto. Cortés levantó su real, y metiendo la ropa 
en los navios, él con los de á caballo y con cuatrocientos compañeros 
tomó el camino que traían los que le proveían, y á tres leguas, á par 
de un hermoso río, de los cuales hay en aquella costa muchos, y cerca 
déste está hoy fundada la Veracruz, vadeando el río, llegó á un pe¬ 
queño pueblo que estaba de la otra parte, del cual toda la gente se 
había salido por temor de los nuestros, desde el cual pueblo vino a 
dar á otros tres ó cuatro tan pequeños que ninguno subía de docientas 
casas, en las cuales, aunque hallaron muchos bastimentos de maíz, fri¬ 
sóles, miel, calabazas y otras semillas de que los indios usan para sus 
brevajes, hallaron también mucho algodón y plumajes ricos. Cortés, 
como vió que los nuestros se aficionaban á la ropa, mandó por público 
pregón que ninguno tomase cosa alguna so pena de muerte, si no fuese 
de los bastimentos, porque sin éstos no podían vivir. El motivo de Cor¬ 
tés de mandar pregonar esto fué dar á entender á los indios, como 
después lo conoscieron, que no venía á robarlos ni á quitarles sus ha¬ 
ciendas, sino á comunicarlos y tractar con ellos, para tener entrada para 
conseguir el principal fin que llevaba, que era la conversión dellos y el 
reconoscimiento del Emperador, que tanto bien les hacía. 

Aprovechó tanto el rigor con que Cortés executaba sus manda¬ 
mientos y el no perdonar al desobediente, que ningún Príncipe ni Ca¬ 
pitán fué tan acatado y obedescido de los suyos como él, lo cual fué 
causa que de ahí adelante todo le subcediese más prósperamente de lo 
que pensaba. 

Tornóse de allí, y mandó descargar los navios, para que si algún 
temporal viniese no los desbaratase y para despachar algunos dellos 
con cartas para el Emperador, pidiendo más gente y dando aviso de lo 
que hasta entonces había entendido de la tierra. 






LIBRO TERCERO.—CAP. VIH 


I 53 


CAPITULO VIH 

DEL RAZONAMIENTO QUE CORTES HIZO Á LOS SUYOS Y DE LA ELECCIÓN 
DE CABILDO EN LA VERACRUZ 

Después que hubo Cortés asentado donde es ahora la Veracruz, los 
principales que le seguían le requirieron delante de un escribano que, 
pues la tierra daba tan buenas muestras, poblase luego en nombre 
de Su Majestad y no le acontesciese lo que á Grijaiva. Cortés, que no 
deseaba otra cosa, porque lo tenía así maneado, respondió que lo oía 
é que para el cumplimiento dello les respondería otro día, porque era 
razón pensar negocio que tanto importaba; y así, rogándoles que para 
otro día se hallasen en su casa, les habló en la manera 'siguiente: “Se¬ 
ñores y amigos míos: Ayer me requeristes delante de Pero Fernández, 
escribano de Su Majestad, que comenzase á poblar, porque no me 
acaesciese lo que á Grijalva, por lo cual, considerando yo por una parte 
cómo fué por Diego Velázquez tan justamente reprehendido, y por otra 
el habernos Dios traído á una tierra de tan buen temple, tan rica, tan 
poblada de gente, tan abundosa de comida, me ha parescido que, pues, 
de poblar se han de seguir muchos provechos y ningún inconveniente, 
que será bien tomar vuestro parescer y ponerlo luego por la obra, porque 
desde allí podríamos entrar poco á poco la tierra adentro y ver á Mo- 
tezuma, que es lo que yo más deseo, y para este fin tenemos tan bue¬ 
nos principios como son el amistad del señor de Cempoala y de otros 
comarcanos suyos, contrarios, como tenemos entendido, de Alotezu- 
ma; porque subjectados por fuerza, será cosa acertada hacernos fuer¬ 
tes, edificando ante todas cosas una fortaleza. También proveeremos 
con esto de inviar á las islas por bastimentos y alguna gente, é inviar un 
navio á España con persona de confianza, para dar noticia á Su ]\ía- 
jestad de lo subcedido, inviándole el oro y plata y otras cosas ricas que 
Motezuma me presentó, para que Su Majestad, entendiendo nuestra 
buena ventura, que debaxo de su venturoso nombre nos ha subcedido, 
tenga por bien de hacernos toda merced y darnos todo favor, invián- 
donos la gente y los demás adereszos que para esta jornada son me¬ 
nester; y porque en toda población es nescesario que haya justicia y re¬ 
gimiento para que la república sea bien gobernada, yo, como Capitán 
general, en nombre de Su Majestad, paresciendo así á todos vosotros, 
determino nombrar Alcaldes y Regidores y los demás oficios que son 
nescesarios para nuestra buena gobernación; y porque yo he respondido 
á lo que me requeristes, y he dicho otras cosas que me han parescido 
convenir, vos ruego me respondáis á todo, porque en el consejo de 
muchos se suele acertar.'’ 

Oída esta plática, que á todos contentó mucho, en nombre de todos 
los demás del real respondieron ciertos caballeros en esta manera: “Se- 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


i54 

fior: Gran confianza tenemos que Dios ha de hacer prósperamente nues¬ 
tros negocios, pues vuestra merced ha hablado de tal manera que pa- 
resce que entendía nuestros corazones y voluntades, porque todo lo 
que vuestra merced ha dicho y determina hacer deseábamos nosotros 
todos; por tanto, lo que tenemos que responder es que vuestra merced 
ponga luego por obra lo que ha dicho, pues es lo que al presente más 
nos conviene/’ 

Cortés, oída esta repuesta, pidió luego por testimonio delante del es¬ 
cribano que presente estaba, cómo en nombre de Su Majestad tomaba 
posesión de aquella tierra con las demás por descubrir. Hecho este aucto 
y diligencia, nombró luego por Alcaldes á Puerto Carrero y á Montejo; 
por Regidores á Alonso de Avila, á Alonso de Grado, á Pedro de Alva- 
rado y á Escalante, y por Procurador general á Francisco Alvarez Chi¬ 
co, que era hombre de negocios, y por Alguacil mayor á Gonzalo de San- 
doval, y por escribano de Cabildo á un Godoy. Hecho este nombramiento 
por su mano, delante del escribano que había nombrado, dió las varas 
á Alonso Fernández Puerto Carrero y á Francisco de Montejo, dicién- 
doles así: “Yo, Hernando Cortés, Capitán general por Su Majestad, in- 
viado por Diego Velázquez, su Gobernador en la isla de Cuba, os doy 
y entrego estas varas, para que en nombre de Su Majestad exerzáis y 
uséis el oficio de Alcaldes en esta nueva población, y os encargo y re¬ 
quiero que aceptando el dicho cargo, hagáis justicia, sin tener respecto á 
persona alguna; y á vos el escribano que presente estáis, pido me deis 
por testimonio cómo los dichos Puerto Carrero y Montejo aceptan los 
dichos cargos de Alcaldes en nombre de Su Majestad y prometen de ha¬ 
cer justicia.” Los Alcaldes, hecha la solemnidad en tal caso acostumbrada, 
tomando las varas se asentaron y mandaron al escribano que diese por 
testimonio en manera que hiciese fee todo lo que Hernando Cortés pe¬ 
día. Púsose por nombre á la nueva población la Villa Rica de la Vera- 
cruz, en memoria que el Viernes de la Cruz habían entrado en el puerto 
que se llama hoy Sant Joan de Lúa. 


CAPITULO IX 

CÓMO CORTÉS RENUNCIÓ SU OFICIO EN MANOS DE LOS ALCALDES Y CÓMO 
FUE ELEGIDO DE LOS DEL PUEBLO POR CAPITÁN GENERAL 

Hecha esta diligencia, Hernando Cortés, como lo había ya tractado 
con los que había hecho Alcaldes y Regidores, delante del mismo escri¬ 
bano, quitándose la gorra á todo el regimiento, dixo: “Señores, ya sa¬ 
bréis cómo por los flaires jerónimos que residen en la Isla Española y 
de allí en nombre de Su Majestad gobiernan las Indias, yo fui nom¬ 
brado por Diego Velázquez Teniente de gobernador en la isla de Cuba 
por el Almirante de las Indias, para descubrir y rescatar en esta tierra 




LIBRO TERCERO.-CAP. IX 


ib5 

que Grijaiva descubrió; y porque me paresce que los susodichos no tu¬ 
vieron tan bastante poder como convenía, yo desde ahora para siempre 
renuncio el cargo de Capitán general en manos de los señores Alcaldes y 
Regidores que presentes están y me desisto dél, para que en nombre de 
Su Majestad provean á quien más convenga, hasta que Su Majestad 
mande otra cosa; y á vos, escribano que presente estáis, pido y requiero 
me deis por testimonio cómo hago la dicha dexación de Capitán general 
para que, como tengo dicho, este regimiento nombre por Capitán general 
al que mejor visto le fuere, y así lo torno á pedir por testimonio.'’ Los 
Alcaldes respondieron que se saliese fuera, para determinar lo que más 
convenía al servicio de Su Majestad y bien de aquella república. 

Hernando Cortés, hecho su comedimiento, se fué á su casa. Los Al¬ 
caldes y Regidores en el entretanto trataron muchas cosas convenientes 
al bien de aquella república, determinando, como lo tenían ya en sus 
pechos, de elegir por su caudillo y Capitán á Hernando Cortés; y para 
que la elección tuviese más fuerza, llamaron á todo el pueblo, al cual 
después de junto, uno de los Alcaldes dixo así: ‘^Señores, ya tendréis 
entendido cómo Hernando Cortés, nuestro Capitán general, por razones 
que á ello le movieron, ha renunciado el cargo de Capitán general en 
nuestras manos, para que nosotros le proveamos en nombre de Su Ma¬ 
jestad á quien mejor nos paresciere. En el entretanto que Su Majestad 
manda otra cosa, estamos todos los deste regimiento de parescer que 
Hernando Cortés nos gobierne y sea nuestro Capitán general y Justicia,, 
pues se lo debemos por el buen tratamiento que nos ha hecho y porque 
en él caben, como habéis visto, todas las partes y calidades que deben 
concurrir en un buen Capitán y Gobernador; y pues todos tenemos en¬ 
tendido esto, gran error sería y aun cosa peligrosa dexar al que tene¬ 
mos conoscido, por elegir otro que no sabemos cómo lo hará, que cierto, 
como la experiencia lo enseña, los cargos preeminentes truecan á los 
hombres de manera que el que ayer os parescía manso, afable y humilde, 
mañana, puesto en el cargo, no le conosceréis, hallándole tan otro como 
si nunca hobiera sido aquel que el día antes conoscistes; por lo cual, si 
03 paresce, para que esta elección tenga más fuerza, os ruego deis vuestro 
consentimiento, que nosotros descargamos nuestras conciencias con dar 
el nuestro y avisaros de lo que habéis de hacer." Tuvo tanta fuerza este 
razonamiento y era tan sabio y bienquisto Hernando Cortés, que sin 
dar la mano á uno que respondiese en nombre de todos, juntos respon¬ 
dieron á la par: ‘‘Cortés, Cortés es el que nos conviene, y así pedimos, 
y si nescesario es, requerimos á vuestras mercedes le elijan y nombren 
luego por nuestro Capitán general, que nosotros desde ahora le habe¬ 
rnos por elegido y nombrado." 

El regimiento, visto esto, determinó otro día por la mañana, acom¬ 
pañado de los principales del pueblo, ir á casa de Hernando Cortés, el 
cual ya tenía nueva de lo que pasaba, y estaba esperando lo que él, con 
tanta sagacidad, había tractado. Entró el regimiento; Cortés los rescibió 



i56 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


< con mucha gracia, preguntándoles, como si de nada estuviera advertido, 
á qué era su venida. Estonces uno de los Alcaldes á quien ya el regimiento 
y la demás república había cometido que tratase el negocio, respondió 
así: Señor, ayer renunció vuestra merced el oficio de Capitán general 
y se descargó con nosotros para que como nos paresciese, hasta que Su 
Majestad determinase otra cosa, le proveyésemos en persona tal que nos 
mantuviese en justicia y acabase esta jornada que tenemos comenzada ; 
y visto por todos nosotros que ninguno puede mejor regir y gobernarnos, 
venimos á vuestra merced á suplicarle y requerirle, y si nescesario es. 
mandarle, acepte el cargo de nuestro Capitán general y Justicia mayor, 
porque todo el pueblo está de parescer de no elegir á otro, ni admitirle, 
aunque nosotros le elijamos; por lo cual será bien que vuestra merced 
quiera á quien le quiere. Esto es lo que venimos á pedir á vuestra mer¬ 
ced, porque, como tenemos entendido, vuestra merced nos mantendrá 
en justicia y nosotros seremos regidos y gobernados por el que deseamos. '* 

Cortés, á estas palabras, desimulando lo más que pudo el contento 
que tenía, respondió: ‘^Señores, aunque es grande la merced que me 
hacéis en eleginne por vuestro caudillo, en más tengo la voluntad y 
amor con que me elegís, porque sin haberos hecho tan buenas obras como 
yo quisiera, tenéis de mí confianza de que haré el deber, y pues me lo 
habéis de mandar, haré lo que me rogáis, y así, en nombre de Su Ma¬ 
jestad, hasta que de otra cosa sea ser\ddo, acepto el cargo de vuestro 
Capitán general y Justicia mayor, y prometo cuanto en mí fuere de 
exercer y usar el dicho cargo bien y legalmente.'’ 

No hubo Cortés acabado de aceptar, cuando luego los Alcaldes y Re¬ 
gidores y los demás principales del exército acometieron á besarle las 
manos, dándole muchas gracias por haber aceptado. Despidió Cortés con 
alegre rostro á los demás del pueblo, y quedándose con el regimiento, 
comenzó á tractar de cosas que convenían para lo de adelante. El cabildo, 
tomando ocasión desto para pedirle lo que tenía pensado, dixo: 


CAPITULO X 

CÓMO EL REGIMIENTO PIDIÓ Á CORTÉS LE VENDIESE CIERTOS BASTIMENTOS 
Y LO QUE ÉL RESPONDIÓ 

''Señor: porque sabemos que, pudiendo, en ninguna cosa vuestra 
merced nos faltará, nosotros tenemos detenninado que, atento á que de 
nuevo ha venido un navio con bastimentos, y no siendo conoscidos en 
esta tierra, sería dificultoso y peligroso por el presente sustentarnos en 
ella, suplicar á vuestra merced que tomando dél y de los demás lo que 
hobiere menester para sí y para sus criados, lo demás, tasado en justo 
prescio, nos lo dé y reparta, que para la paga todos nos obligaremos ó lo 
pagaremos de montón de lo que nos cupiere en la guerra, sacado primero 
el quinto que á Su Majestad se debiere. Juntamente con esto suplica- 




LIBRO TERCERO.-CAP. XI 


iSy 

mos á vuestra merced mande apresciar los navios y artillería para que 
de montón los paguemos, para que de común sirvan de traer bastimentos 
de las islas para el proveimiento desta villa y exército, que desta manera 
seremos más bien proveídos y más barato que por vía de mercaderes, 
que venden por prescios excesivos.'' 

Cortés respondió que cuando en Cuba había hecho el matalotaje y 
bastecido la flota no lo había hecho para revendérselo, como habían 
hecho otros, sino para dárselo, aunque en’ ello había gastado su hacienda 
y la de sus amigos, y que le pesaba de que no fuese más, para que co- 
nosciesen lo que deseaba hacer por ellos; pero que él confiaba en Dios 
que gastado aquel proveimiento no les faltaría. Con esto mandó luego 
á los maestres y escribanos de los navios acudiesen con todos los bas¬ 
timentos que en las naos había, al cabildo, y que el regimiento los re¬ 
partiese por cabezas igualmente, sin mejorar ni aun á su persona, porque 
en la guerra tanto comía el chico como el grande y el viejo como el 
mozo; y en lo que tocaba al vender de los navios, respondió que miraría 
lo que más conviniese á todos, y que eso haría cuando menester fuese. 

Pretendió Cortés, como sabio, porque no le faltaban émulos, con li¬ 
beralidad y largueza de ánimo, hacer de los enemigos amigos, lo cual 
intentó siempre con mucha prudencia; y porque hasta ahora ninguno ha 
dicho la manera que Cortés tuvo para ser elegido sin contradicción, de¬ 
cirla he en el capítulo siguiente. 


CAPITULO XI 

DE LA MANERA QUE CORTES TUVO PARA SER ELEGIDO EN LA VERACRUZ 
POR CAPITÁN GENERAL 

Aunque desde Guaniguanico, como después se supo. Cortés tenía . 
tratado lo que después hizo con sus amigos, conosciendo la buena ven¬ 
tura que Grijalva dexó, no quiso, por no hacerse sospechoso, darlo á. 
entender hasta que fuese menester, aunque de secreto, como yo supe 
de Diego de Coria, que fué su paje de cámara, estuvo recogido ocho 
noches enteras escribiendo; créese, como después paresció, que se aper- 
cebía para lo que contra él había de hacer Diego Velázquez ; porque des¬ 
pués, antes que viniese Narváez, hubo una cédula del Rey, que decía 
que si prendiesen á Hernando Cortés, no hiciesen justicia dél, sino que lo 
remitiesen á España. 

Cortés, aliende de lo que escrebía al Rey, escribió ciertas cartas á 
su padre y al licenciado Céspedes, para que en corte solicitasen sus ne¬ 
gocios. Hecho esto, pocos días después que llegó á Sant Joan de Lúa> 
recatándose de los amigos y deudos de Diego Velázquez que traía en su 
compañía, hablando de secreto y tratando su negocio con los de su tierra, 
que eran muy valerosos, y con otros amigos de quien él se confiaba, invió - 



i58 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


á Joan Velázquez de León, deudo de Diego Velázquez, con docientos y 
cincuenta soldados, entre los cuales, para desimular mejor el negocio, 
iban muchos de sus privados y conoscidos amigos y para que también le 
avisasen de lo que pasaba. El motivo público, aunque otro era el secreto, 
fue para que Joan Velázquez por tierra entrase descubriendo los más 
cercanos pueblos y traxese comida; mandóle, para asegurarle más, que 
no se alexase mucho ni se detuviese sino muy pocos días. Partióse Joan 
Velázquez y luego otro día, no dexando ir de la mano su buena ventura 
renunció, como dixe, el cargo de General para tenerle por el Rey y no 
por Diego Velázquez. 

Detuvóse Joan Velázquez tres días, y cuando vino halló lo que no 
quisiera, aunque lo desimuló cuanto pudo, porque ya no era parte para 
contradecirlo; aunque, como adelante diré, no faltaron amigos de Diego 
Velázquez que lo murmuraban de secreto, é ya que no lo podían estor¬ 
bar, daban orden como Diego Velázquez lo supiese. 

Estando así las cosas, para que se conosca la simplicidad que los 
indios tenían, dicen testigos de vista, que después que Joan Velázquez 
se volvió, toparon los indios con un perro que de cansado se había que* 
dado atrás, al cual con grandes comedimientos y reverencias, poniéndole 
sobre una manta, le traxeron en hombros y venían detrás más de tre¬ 
cientos indios cargados de aves, conejos y venados guisados de diversas 
maneras, con ricas xícaras de cacao para que bebiese cuando tuviese 
sed; hacían esto creyendo que el perro era dios, por venir en compañía 
de los españoles, á los cuales ellos llamaban teules, que quiere decir “dio¬ 
ses”; y cuando el perro no queria comer ni beber porque iba harto, cre¬ 
yendo que estaba enojado, con palabras amorosas le suplicaban no se 
indignase contra ellos y que mandase lo que quería, que ellos lo harían 
luego. 

Desta manera, llegados do el capitán estaba, le suplicaron dixese al 
perro no estuviese más enojado; el perro saltó de la manta, y los indios 
temieron pensando que los quería comer; metióse debaxo de la silla del 
Capitán, el cual, desimulando la risa, les dixo que aquel no era dios, 
sino una fiera muy brava que cuando se enojaba despedazaba los hom¬ 
bres, y que él le diría que no estuviese enojado, porque él los tenía por 
amigos; y así, para que de ahí adelante los indios temiesen y dixesen 
cómo los españoles tenían aquel animal por amigo, acaeció que saliendo 
debaxo de la silla retozó un rato con Cortés, que los indios lo vieron. 




LIBRO TERCERO.-CAP. XII 


i5q 


CAPITULO XII 

¥ 

^CÓMO CORTÉS FUE Á CEMPUALA Y DEL RESCIBIMIENTO QUE EL SEÑOR 

DELLA LE HIZO 

Cortés y sus compañeros, no estando muy contentos del primer sitio 
que habían tomado, acordaron de ponerse al abrigo del peñol, que tenia 
de la una parte y de la otra ocho ó nueve leguas, las cuales anduvieron 
los navios costa á costa. Cortés con cuatrocientos compañeros fué camino 
de Cempuala; llegó á un río que parte ténninos con tierra de Motezuma, 
y como iba grande no lo pudo vadear hasta la orilla de la mar, donde el 
río hace una reventazón; volviendo el río arriba en demanda de Cempuala 
halló chozas y casillas de pescadores, donde hicieron alto, porque no 
sabían dónde estaban ni qué camino habían de tomar, hasta que con 
la lengua Cortés se informó de ciertos indios y los tomó por guías, los 
cuales llevaron á los nuestros á un pueblo pequeño subjecto á la ciu¬ 
dad de Cempuala, no lexos della, y porque era ya tarde y no se podía 
entrar en Cempuala sino muy de noche, determinó Cortés quedarse 
allí; fortificóse lo mejor que pudo; fué regalado y bien tratado por los 
indios de aquel pueblo, porque le dieron abundantemente de comer, 
sirviéndole como si fuera su señor. 

De allí invió Cortés mensajeros al señor de Cempuala, haciéndole sa¬ 
ber cómo quedaba allí é que á la mañana iría con toda su gente á verle, 
pues él no había querido venir adonde él estaba. Rescebido este men¬ 
saje por el señor de Cempuala, mandó luego que muy de mañana partie¬ 
sen cient indios cargados de gallinas y con ellos ciertos principales que, 
después de haber ofrescido aquel presente, dixesen á Cortés cómo su se¬ 
ñor se había alegrado mucho con su venida y que le estaba esperando 
para hacerle en su pueblo todo servicio; y que no había dexado de ir á 
verle por falta de voluntad, sino porque estaba tan cargado en carnes 
que no se podía menear. 

Cortés rescibió el presente dando las gracias á los mensajeros, á los 
cuales hizo almorzar con su gente y dió á beber del vino de Castilla para 
aficionarlos é inclinarlos á su amistad. Después que la gente hubo al¬ 
morzado, Cortés mandó hacer señal de partida; puestos todos en orde¬ 
nanza con su pífaro y atambor y con dos falconetes á punto, por si algo 
acontesciese, caminaron la vía de Cempuala, siguiendo á las guías que el 
señor de Cempuala había inviado. Estaba el camino muy bueno, porque 
el señor lo había mandado adereszar á mano; llegaron á un buen río, 
el cual pasaron á vado, y desde allí comenzaron á ver á Cempuala, que 
estaría como una milla. Ya que estuvieron juntos, holgaron mucho los 
nuestros de ver un pueblo tan populoso y de tan buenos edificios, con 
tantas aguas, huertas y jardines, tanto que los nuestros, por su her- 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


lÓO 

mesura, llamaron á esta ciudad Sevilla, diciendo unos: ‘‘Aquélla paresce 
á la casa del Duque de Medina’’; otros, “aquélla á la casa del Duque 
de Arcos”. Salieron del pueblo muchos hombres y mujeres de todas eda¬ 
des, por mandado de su señor, á rescebir á los nuevos huéspedes; ofres- 
cieron los indios á los nuestros muchas flores y rosas, de las cuales en 
aquel pueblo había en gran abundancia. Llegaron á Cortés ciertos prin¬ 
cipales, á su modo ricamente vestidos, los cuales, en nombre de su señor, 
le dieron la norabuena de la venida, echándole al cuello una hermosa 
cadena de rosas y flores; pusiéronle en la cabeza sobre la celada una 
guirnalda de flores muy olorosas, y para que llevase en la mano le dieron 
un manojo de flores, compuestas y ordenadas de tal manera que hacían 
una graciosa labor, á la cual llaman los indios súchil. 

Cortés rescibió esto con muy alegre rostro; abrazólos y hízoles mu¬ 
chas caricias. Entraban los indios muy sin temor entre la ordenanza 
del escuadrón, con semblante de alegría, dando á cada uno de los nues¬ 
tros la buena venida. Desta manera y con este regocijo, con mucha mú¬ 
sica de los nuestros y dellos, entró Cortés en Cempoala. A la entrada 
del pueblo salió la gente más noble y más ataviada, que era de señores y 
principales; por la una parte, y por la otra, de las calles, había gran mul¬ 
titud de gente abobada de ver caballos, tiros y hombres tan extraños; 
había entre esta gente muchas señoras acompañadas de sus criadas, que 
todas daban á entender el contento que rescebían con la venida de los 
nuestros, los cuales, llegados que fueron al medio del pueblo, vieron un 
cercado muy grande, con sus almenas, blanqueando de yeso y espejuelo 
tan bruñido que con el sol resplandescía tanto que á seis españoles de á 
caballo que iban delante por descubridores les había parescido plata cha¬ 
pada, ó porque lo parescía, ó porque llevaban el pensamiento en la plata y 
oro que buscaban. Pasaron luego los nuestros, desengañados de lo que 
los de á caballo se habían engañado, por el patio de los teucales, que son 
los templos del demonio. Ya que llegaban cerca de la casa del señor, 
salió él muy bien adereszado é acompañado de personas ancianas muy 
bien ataviadas; llevábanle de brazo dos señores principales, porque esta 
era la costumbre entre ellos cuando un señor rescibía á otro, á la manera 
de los Reyes de Siria. Acercándose Cortés y el señor, cada uno hizo al 
otro su cortesía al modo de su tierra, y saludándose con pocas palabras, 
por lengua de los intérpretes, el señor, dexando personas principales que 
aposentasen y diesen lo nescesario á Cortés y á su gente, haciendo gran 
comedimiento, se despidió de Cortés, volviéndose á entrar en su palacio. 
Cortés con toda su gente se aposentó en el patio grande de los templos y 
cupieron muy bien todos, porque las salas eran muy grandes, y aunque 
los indios habían dado muestras de mucho amor. Cortés se fortalesció, 
poniendo los tiros, frontero de la puerta, haciendo á los que les cabía 
su guarda velar toda la noche. Mandó Cortés que ninguno, so pena de 
la vida, saliese de los aposentos sin su licencia. En el entretanto, los in¬ 
dios proveyeron con gran cuidado la cena para los nuestros, que fué muy; 



LIBRO TERCERO.-CAP. XIII 


Ibl 

abundante; traxeron hierba é maíz para los caballos, que siempre la 
hay verde. 


CAPITULO XIII 

DE LO QUE OTRO DÍA PASÓ ENTRE EL SEÑOR DE CEMPOALA Y CORTÉS 

Otro día por la mañana el señor de Cempoala, bien acompañado de 
principales, fue á visitar á Cortés; dióle algunas buenas joyas de oro, 
muchas mantas de algodón y algunas piezas ricas hechas de oro y pluma, 
podía valer todo el presente dos mili ducados. Díxole: '‘Señor, descansa 
y huélgate tú y toda tu gente como si estuvieses en tu casa, porque yo 
te amo y deseo servir.'^ Cortés le rindió las gracias con palabras amo¬ 
rosas y comedidas, porque lo sabía bien hacer, y con esto el señor se des¬ 
pidió, diciendo á la salida á ciertos caballeros de los nuestros que le iban 
acompañando, que avisasen de todo lo que hobiesen menester, que no 
les faltaría; y fué así, que de lo que sobraba proveían los navios. 

Estuvo Cortés desta manera, rescibiendo y dando presentes quince 
días, hasta que un día, inviando al señor ciertas ropas de seda, que él 
tuvo en mucho, le invió á decir que pues le había venido á ver tantas 
veces, que él quería, si no rescebía dello pesadumbre, irlo á visitar á su 
casa. Respondió el señor que holgaba mucho dello y que rescebía gran 
merced. Cortés luego otro día, dexando toda su gente en orden y con¬ 
cierto, tomó cincuenta compañeros, á los cuales mandó que se adereszasen 
de paz é guerra lo mejor que pudiesen, porque así lo hacía él; fuese 
con ellos á palacio; el señor salió á la puerta de la casa á rescebirlo, y 
después de haberse hecho el uno al otro grandes comedimientos, Corfés 
tomó por la mano al señor, y juntos entraron en su aposento y se asen¬ 
taron en unos banquillos que los señores usan, todos hechos una pieza; 
y apartándose la gente del uno y del otro, quedando solos con sola la 
lengua, comenzaron á tractar de negocios; y como Cortés, para ver lo que 
había de hacer adelante, deseaba mucho informarse de las cosas de la 
tierra y había topado con aquel señor, que era cuerdo y de buen enten¬ 
dimiento, estuvieron muy gran rato en preguntas y repuestas. Cortés le 
dió cuenta de su venida y de quién era el Emperador que le inviaba; dió¬ 
le asimismo á entender que el principal motivo por que el Emperador 
de los cristianos le había inviado, era para desengañar á tantas gentes 
como el demonio con falsa religión había engañado y, finalmente, todas 
las otras cosas que dixo en Champotón y las que había dicho á Teu- 
dile. 

El señor oyó estas cosas con gran atención y maravillado de la ex- 
trañeza dellas, porque jamás las había oído; y después de haber res¬ 
pondido á lo que tocaba á la adoración y creencia de un solo Dios y al 
engaño que hasta estonces tenían de tantos dioses, dixo “cómo sus ante- 


II 



i 62 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


pasados habían vivido siempre en entera libertad, sin reconoscer á otro 
señor, y que de pocos años á aquella parte él y su pueblo estaban tirani¬ 
zados con la fuerza y poder de los señores de México, los cuales á los 
principios se contentaban con que adorásemos sus dioses con los nuestro^^ 
y después, poco á poco, por armas, se han enseñoreado de nosotros y de 
toda esta tierra y serranía que se llama de Totonacapa, que casi llega hasta 
Panuco; y porque algunos pueblos desta tierra procuraron de defen¬ 
derse por armas desta tiranía y no pudieron, por la mucha pujanza de 
Motezuma, hales echado mayores tribuctos y puesto en mayor servn*- 
dumbre; y en la guerra cuando procuramos resistir, hase tan cruelmente 
con nosotros que á los que llevan presos no los toman por esclavos, 
por no darles vida, sino sacrifícalos luego á los dioses de la victoria 
y Gómenlos en sus danzas y bailes y en otras fiestas que hacen en me¬ 
nosprecio nuestro. Por este miedo estamos en esta tiérra casi todos he¬ 
chos esclavos, muy abatidos, padesciendo intolerable servidumbre, así 
por los grandes tribuctos que pagamos, como por las vexaciones que nos 
hacen los Oficiales y recogedores de Motezuma. De aquí, señor, verás 
si de buena gana desearé yo ser vasallo de un tan bueno y tan gran Prín¬ 
cipe como dices que es el Emperador, tu señor.'' 

Diciendo estas palabras y otras de gran lástima comenzó á llorar, 
suplicando á Cortés se condoliese de las tiranías que él y los suyos pa- 
descían, porque si esto no hacía, ya no tenían otro remedio sino ma¬ 
tarse; pero diciendo esto, encaresciendo el gran poder de Motezuma, 
dixo: “Mas, ¿quién podrá vencer á tan gran señor, que aliende de su 
mucho poder está aliado y abrazado con otros dos señores los mayores 
de la tierra, el uno el señor de Tezcuco y el otro el señor de Tlacopa.^ 
Allégase á esto ser México inexpunable, lo uno, por estar asentado y 
puesto sobre agua; lo otro, porque sus moradores son casi infinitos y 
muy exercitados en la guerra, y Motezuma, su señor, es el más rico 
Príncipe del mundo, aunque tiene continua guerra con los de Tlaxca- 
la, Guaxocingo y Cholula, que caen en la serranía de los Totonaques." 
En esto había dos opiniones: la una y más creíble, que Motezuma tenía 
guerra con esta gente sin apretarlos, como pudiera, para que los suyos 
se exercitasen en la guerra y para que de los enemigos traxesen esclavos 
y gente para sacrificar y comer; la otra opinión es que los tlaxcaltecas eran 
muchos y muy fuertes y puestos en lugares ásperos, donde no podían 
ser vencidos sino cuando baxaban á lo llano. 

Conforme á esta opinión, prosiguiendo el señor su plática, dixo á 
Cortés: “Si te confederas con los tlaxcaltecas, yo te ayudaré cuanto pu¬ 
diere y así serás poderoso contra Motezuma." Cortés le agradesció mucho 
habérsele descubierto y ofrescido su amistad y la de sus amigos, y cierto 
no se puede decir el contento que recibió en saber que tenía ya medio 
conveniente para conseguir el fin que pretendía. Consoló mucho al señor 
de Cempoala; díxole que él confiaba en su Dios, que era solo y verda¬ 
dero, que antes de muchos días le pondría en su antigua libertad y le 








LIBRO TERCERO,—^CAP, lílV 


l63 


'Vengaría de los agravios rescebidos, pues por su parte tenía la razón, que 
’^^hacía justa la guerra, y que él no había vertido sino para deshacer agra¬ 
vios y para que de ahí adelante no se sacrificasen más hombres á los de¬ 
monios, enemigos de nuestras almas y cuerpos, y á que unos no comie¬ 
sen á otros, que era cosa contra toda razón y piedad, Dixole más, que el 
buen recogimiento y rescebimiento que en su casa había hallado no le 
perdería, y que lo mismo haría por aquellos sus amigos, á los cuales 
convenía que llamase y dixese á lo que había venido, para que todos le 
tuviesen por amigo y se hiciesen bien sus negocios, y con esto también 
les dixese que con el favor de su Dios cada uno de aquellos sus compa¬ 
ñeros era más valiente que mili indios. 

Dicho esto, se levantó y pidió licencia al señor para ir á ver la otra 
gente y navios que estaban en Quiaustlan, donde pensaba tomar asiento 
porque bastaba lo que allí había estado. El señor de Cempoala le replicó 
que si quería estar allí más días, que él se holgaría dello; y que si no, 
que cerca estaban los navios para comunicarse cuando fuese menester. 
Rogóle luego que en prendas de su amistad y amor rescibiese veinte don¬ 
cellas totonaques, todas señoras y hijas de principales, entre las cuales 
ie daba una sobrina suya, que era la más hermosa señora de vasallos. 
Cortés rescibió el presente con todo amor, por no enojar al que se lo 
daba, y así se partió llevando muchos indios principales ,que le acom¬ 
pañaron hasta la mar y otros de servicio; acompañaron muchas mujeres 
á las doncellas, por ser tan principales, y mientras Cortés estuvo en los 
navios, fué muy bien proveído de todo lo nescesario, de donde entendió 
que el amistad con los de Cempoala sería firme y verdadera. 



CAPITULO XIV 

DE LA LLEGADA DE CORTES Á QUIAUSTLAN Y DE LO QUE ALLÍ AVINO 

Aquel mismo día que Cortés partió de Cempoala llegó á buena hora 
á Quiaustlan, y los navios no habían llegado, de que se maravilló mucho 
y no le pesó menos, porque haber tardado tanto tiempo en camino tan 
breve no lo tenía por bueno. Estaba bien cerca de allí un pueblo puesto 
en un repecho poco apartado del peñol; llamábase el pueblo Quiaustlan, 
que quiere decir ^dugar de pluviaCortés, como vió que estaba tan cerca, 
ó porque no tenía que hacer, ó por ver desde lo alto si parescían los na¬ 
vios, sabiendo de los de Cempoala que era de un señor totonaca, de los 
opresos de Motezuma, determinó subir allá en orden, como iban. Los de 
á caballo se quisieran apear, porque la subida era áspera, pero Cor¬ 
tés se lo estorbó, diciendo que no convenía que los indios entendiesen 
haber lugar tan áspero donde los caballos no pudiesen subir; subieron 
poco á poco, y antes que llegasen á las casas toparon con dos indios que, 
por ser de diferente lengua, no los entendió Marina. 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


164 

Entrado Cortés en el pueblo, como vio que no parescía indio ninguno,, 
sospechó que los indios que había tomado eran espías y que había algún 
engaño, mas por no mostrar flaqueza entró por el pueblo hasta que topó- 
con doce indios ancianos y de mucha aucturidad, que traían consigo un 
intérprete de la lengua mexicana. Salían á rescebir á Cortés en nombre 
de su señor, porque ya estaban avisados de los indios de Cempoala. Sa¬ 
ludaron á Cortés, dixéronle que su señor holgaba mucho con su venida ; 
Cortés se lo agradesció, y preguntados que por qué se habían escondido, 
respondieron que porque jamás habían visto hombres semejantes, pero 
que después que el señor de Cempoala los había asegurado con decir 
que era gente buena y pacífica, habían perdido el miedo y salido á res- 
cebirle por mandado de su señor. Cortés los siguió hasta una plaza, don¬ 
de el señor estaba esperando bien acompañado. Saludáronse los dos 
con muestra de mucha amistad; el señor tomó un braserillo de barro > 
con ascuas, y echando en él cierta resina que paresce anime blanco y 
huele bien, incensó á Cortés, porque era cerimonia que á solos los dioses, 
y á los grandes señores se hacía en señal de reverencia. 

En el entretanto que aquellos indios principales aposentaban la gente 
de Cortés, el señor se metió con él debaxo de unos portales de la plaza,, 
donde Cortés con los intérpretes le dió á entender quién era, de dónde 
venía y para qué, como había hecho con los otros señores. El señor le 
dixo lo mismo que el de Cempoala, no con poco temor de que Motezuma 
se había de enojar por haber hospedado á Cortés sin su licencia y man¬ 
dado. Estando con este miedo, asomaron obra de veinte indios por la 
otra parte de la plaza con unas varas cortas y algo gruesas, á manera de 
Alguaciles, que en la mano traía cada uno y en la otra un moscador 
grande de pluma con que se hacían aire, por el calor de la tierra, aunque 
no los usan sino hombres principales. El señor, como los vió, comenzó á 
temblar de miedo y lo mismo hicieron los que con él estaban. Cortés, 
preguntó la causa; respondiéronle que aquellos eran los recaudadores de 
las rentas de Motezuma y que temían que le dirían cómo habían hallado» 
allí aquellos españoles, por lo cual temían ser gravemente castigados. 
Cortés los esforzó diciéndoles que Motezuma era su amigo, y que nO' 
solamente no se enojaría ni les haría mal por ello, pero se lo agradesce- 
ría; y si de otra manera lo hiciese, que él los defendería, pues traía 
consigo hombres tan valientes que cada uno bastaba á pelear con mili 
mexicanos, y que esto lo tenía ya entendido Motezuma por la guerra de 
Champotón. 

No bastaron aquellas palabras para asegurar [á] aquel señor y á los 
suyos, porque luego se quiso levantar para rescebirlos y aposentarlos. 
Cortés lo detuvo, y dixo: “Por que veas cuánto podemos yo y los nues¬ 
tros, manda luego á los tuyos que los prendan, y si se defendieren, les 
den de palos, que yo estoy aquí con los míos para defenderte contra todo • 
el poder de Motezuma, cuanto más, que yo sé que por mi respecto no te 
osará enojar.’^ Cobró tanto ánimo el señor con estas palabras y encendió-' 







LIBRO TERCERO. -CAP. XV 


l65 


sele tanto la cólera con la memoria de los malos tratamientos pasados, 
^que los mandó prender; y porque se defendían, los apalearon; pusie¬ 
ron á cada uno por sí en prisión en un pierde amigo (*), que es un palo 
largo en que les atan los pies al un cabo y la garganta al otro y las manos 
en medio, de manera que por fuerza han de estar tendidos en el suelo. 
Puestos los indios de esta manera, preguntaron si los matarían; Cortés 
rogó que no lo hiciesen, porque mas convenía tenerlos a buen recaudo 
con guardas que de noche y de día mirasen por ellos para que no se 
fuesen, y que él inviaría á decir á Motezuma como ellos habían tenido 
la culpa de su prisión, por los agravios que hacían. Paresció bien al señor 
este consejo, aunque él más se holgara de matarlos. Mandólos meter en 
una sala del aposento de los nuestros, y mandando hacer un gran fuego 
dixo que los pusiesen alderredor dél con muchas guardas para que nin¬ 
guno se pudiese huir. Puso también Cortés algunos españoles para mejor 
guardia á la puerta de la sala. Fuése á cenar á su aposento, donde él y 
los demás fueron bien proveídos de lo que el señor les invió. 


CAPITULO XV 

DE LA ASTUCIA Y ORDEN QUE CORTES TUVO PARA REVOLVER 
LOS INDIOS TOTONAQUES CON MOTEZUMA 


Ya que era bien de noche, paresciendo á Cortés que todos reposa¬ 
ban y que los guardas indios estarían durmiendo, invió á decir á los 
españoles que guardaban los presos, que quitasen las prisiones á dos de¬ 
dos sin que los demás lo sintiesen. Los españoles lo hicieron tan bien 
que, cortándoles las cuerdas, que eran de mimbres, traxeron dos dellos 
adonde Cortés estaba, el cual hizo que no los conoscía, y preguntán¬ 
doles con Aguilar y Marina quién eran y qué querían y por qué estaban 
presos, respondieron que eran vasallos de Motezuma y que por su man¬ 
dado habían venido á aquella tierra á cobrar ciertos tribuctos que los de 
aquel pueblo y provincia pagaban á su señor, y que no podían saber qué 
fuese la causa porque los habían prendido y maltratado, porque hasta 
estonces los salían á rescebir al camino y con mucho comedimiento los 
traían á sus casas, donde les hacían todo servicio y placer, y que de 
tan súbita mudanza no podían entender qué fuese la causa, sino estar 
allí los nuestros, que decían ser inmortales y que temían no matasen á 
los que quedaban en la prisión, primero que Motezuma lo supiese, por¬ 
que eran serranos bárbaros y vengativos, deseosos de rebelarse contra 
Aíotezuma por darle enojo y ponerle en costa, y que esto lo habían 
intentado otras veces; por tanto, que le suplicaban hiciese cómo ellos y 
los otros sus compañeros no muriesen ni quedasen en poder de sus ca- 


(*) ‘'Pie de amigo” según Gomara, Herrera y otros cronistas. 





i66 


CROmCA DE LA' NUEVA ESPAÑA 


pítales enemigos, de lo cual Motezuma, su señor, rescibiría gran pesar 
por aquellos que eran sus criados viejos, no merescedores de que por 
tan buen servicio les diesen tan mal galardón. 

Cortés, mostrando en el rostro^ y palabras pesar de lo hecho, les 
dixo: “Pena tengo que Motezuma, vuestro señor, haya sido deservido- 
donde yo estoy, que tanto procuro su amistad y contento, y asi estad 
ciertos que por ser criados de tan valeroso Príncipe, yo miraré por vos¬ 
otros, como lo haré por todas las cosas que al señor Motezuma toca¬ 
ren; dad gracias á Dios porque estáis libres, para que yo pueda inviar 
luego cierto despacho á México; por eso comed y esforzáos para partir 
Juego y mirad no os descuidéis, porque si éstos os cogen otra vez os co¬ 
merán vivos, y á los que quedan presos, yo procuraré cómo no se les 
haga mal y que vivos y sanos vuelvan á México.'^ 

Ellos se lo agradescieron mucho; comieron brevemente, porque no- 
veían la hora de salir del pueblo. Cortés los despidió luego, haciéndolos 
sacar por do ellos guiaron, dándoles algo que comiesen por el camino: 
encargóles mucho por la buena obra que dél habían rescebido, que dixe- 
sen á Motezuma, su señor, cómo él deseaba hacerle todo servicio, por 
lo mucho que de su persona se decía, é que tenía gran contento de ha¬ 
bérsele ofrescido tiempo en que por la obra mostrase lo que tenía en el 
corazón, soltándolos á ellos y trabajando que el aucturidad de tan gran 
Príncipe no viniese á menos, é que aunque su Alteza había desechado su 
amistad y la de los españoles, como lo mostró Teudile, yéndose sin 
despedirse dél y ausentándole la gente, no dexaría él de servirle y bus¬ 
car para esto cualquier ocasión; y que tenía bien entendido que sus 
vasallos, pensando que le servían, habían dicho que su señor no le que^ 
ría ver ni conoscer ni dexarle entrar la tierra adentro, porque tales pa¬ 
labras no eran dignas de tan gran Príncipe como él, especialmente que 
él no iba con aquellos sus compañeros sino á servdrle y decirle de¬ 
parte de un solo Dios y del Emperador, su señor, cosas que le con¬ 
venían mucho y secretos que jamás hobiese oído; é que si por él que¬ 
daba, sería su culpa, aunque todavía confiaba de su buen seso que, 
mirándolo bien, holgaría de oirle y hablarle y ser amigo de un tan po¬ 
deroso Príncipe como el Emperador.^’ Ellos quisieran mucho llevar con¬ 
sigo sus compañeros, pero Cortés les replicó que no llevasen pena, que él 
les prometía de hacerlos soltar y que luego lo hiciera sino [fuera] (*) por 
no enojar á los del pueblo, que le habían hospedado y hecho buen tra¬ 
tamiento, y que no era razón irles á la mano en su casa hasta atraerlos 
con buenas palabras ; que fuesen con tanto sin cuidado y le traxesen re¬ 
puesta, que él cumpliría lo prometido. 

Los mexicanos se partieron muy alegres, prometiendo en todo cum¬ 
plir su mandado. 


(*) Falta la palabra “fuera” para el buen sentido. 





LIBRO TERCERO.—CAP. XVI 


167 


CAPITULO XVI 

CÓMO LOS TOTONAQUES SE LEVANTARON CONTRA MOTEZUMA 
Y LO QUE SOBRE ELLO 'HICIERON 

Otro día en amanesciendo, echaron menos los presos que se habían 
soltado; y el señor, temiendo, como ello fué, que iban camino de Mé** 
xico á dar mandado á Motezuma, rescibió tanta pasión que quiso ma¬ 
tar á los que quedaban y hacer cruel justicia en las guardas, sino raerá 
porque Cortés defendió á los unos y excusó á los otros, diciendo que 
no era razón matar los presos, que eran personas inviadas por su se¬ 
ñor, y que, según derecho natural, ni tenían culpa ni merescían pena 
por hacer lo que su señor les mandaba. Excusó á los guardas, diciendo 
que de veinte se hubiesen huido dos, porque el preso vela cuando los 
otros duermen, para salir de prisión; y porque los demás no se huyesen, 
que se los entregase á él, porque los echaría en los navios con buenas 
prisiones, de donde no pudiesen salir. 

Con esto se aplacó el señor y mandó entregar los presos á Cortés, 
el cual, delante del señor, les riñó ásperamente y mandó á sus soldados 
que los echasen en cadenas. En el entretanto, el señor, sin que Cortés 
lo supiese, entró en consejo con los principales de su pueblo, propo¬ 
niendo si sería m.ejor pedir perdón á Motezuma, inviándole su tribucto 
con otros presentes, ó ya que habían preso á los cogedores y tenían á 
Cortés por amigo, levantarse contra Motezuma, desechando de sus cer¬ 
vices el yugo de servidumbre en que estaban opresos. 

Hubo dos paresceres muy contrarios entre sí, el uno de temerosos y 
pusilánimes; el otro de esforzados y amigos de su libertad. Decían los 
temerosos que lo mejor era aplacar á Motezuma, inviándole embaxa- 
dores con los tribuctos y otros ricos presentes, desculpándose de la lo¬ 
cura y dislate que habían cometido contra la majestad mexicana, á la 
cual de nuevo pedían perdón de su culpa y humildemente se sometían; 
y que aunque confesaban haber errado, y por esto ser dignos de rigu¬ 
roso castigo, todavía, confiando en la clemencia de su gran señor Mo¬ 
tezuma y de que aquellos españoles los habían forzado á hacer tan gran 
desatino, Motezuma los perdonaría y rescibiría en su gracia. Los de 
contrario parescer dixeron que era muy mejor morir defendiendo su 
libertad que vivir en tan áspera y perpectua servidumbre, y que no había 
para qué esperar misericordia de Motezuma, pues sabían que con nin¬ 
guno que lo hobiese ofendido usaba della; y que pues esto había de 
ser así, y al presente tenían de su parte [á] aquellos hombres inmortales 
y medio dioses, que no había que temer, sino suplicar á su Capitán los 
favoresciese, como antes se lo tenía prometido. Finalmente, como las 
razones destos tenían más fuerza y todos deseaban verse libres de la ti- 



i68 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


ranía de Motezuma, determinaron de rebelarse contra él y suplicar á 
Cortés los favoresciese. 

Con esta determinación, acompañado de todos los principales, fue 
el señor á hablar á Cortés, al cual en pocas palabras dixo: “Señor, yo 
sé que los prisioneros que se soltaron habrán dicho á Motezuma el mal 
tractamienío que les hecimos, y esto fué porque tú lo mandaste y nos¬ 
otros holgamos dello, por vernos libres de la tiranía que padescemos. 
Hemos determinado, después de lo haber bien mirado, de levantarnos 
contra Motezuma, procurando nuestra libertad. Por tanto, tú cumple tu 
palabra y danos favor, que nosotros determinamos de morir primero 
que vivir más en servidumbre.” Cortés holgó en extremo con esto, porque 
vió que no había otro camino para conseguir lo que deseaba sino éste, 
y disimulando el contento, respondió al señor: “Mira bien lo que haces, 
porque ya sabes que Motezuma es muy poderoso y tiene muchos amigos”, 
pero que si así lo querían, que él sería su Capitán y los defendería va¬ 
lerosamente, porque era razón querer y amar á los que le querían y ama¬ 
ban, y no á Aíotezuma, de quien era él desechado, habiéndole convi¬ 
dado tantas veces con su amistad; y porque para la defensa dellos con¬ 
venía saber qué gente podrían juntar de guerra, les dixo que le dixesen 
la verdad para que él viese cómo había de repartir sus soldados cuando 
Motezuma los acometiese por diversas partes. Ellos respondieron que en 
la liga se podrían juntar hasta cient mili hombres. 

Cortés, visto esto, dixo que avisasen de lo que estaba tractado á 
todos los señores comarcanos amigos suyos y enemigos de Motezuma, 
para que cuando fuese menester se juntasen y supiesen que su favor 
no les faltaría; y que decía esto, no porque tuviese nescesidad dellos 
ni de su exército, que él solo y sus compañeros con el favor de su gran 
Dios bastaban para los de Culhúa, aunque fuesen otros tantos más, 
pero para que estuviesen á recaudo y avisados, si por caso Motezuma 
inviase gente de guerra contra algunas tierras de los confederados, to¬ 
mándolos de sobresalto; y también porque si tuviesen nescesidad de so¬ 
corro, le avisasen con tiempo, para que él los favoresciese y ayudase con 
los suyos. Pusieron tanto ánimo y esfuerzo á aquellos indios las pala¬ 
bras de Cortés que, aunque de suyo eran pusilánimes y estaban acos¬ 
tumbrados, aunque de tan lexos, á reverenciar y tener á Motezuma 
como á dios, por otra parte, como eran orgullosos y no bien conside¬ 
rados, determinaron con grande alegría de despachar luego sus men¬ 
sajeros por todos aquellos pueblos, haciéndoles saber lo que tenían acor¬ 
dado y rogándoles que, pues tenían de su parte fá] aquellos teules ó dioses 
tan valientes y esforzados, que con gran presteza se juntasen y estuvie- 
.sen á punto para dar aviso cuando Motezuma inviase contra ellos su 
exército, porque luego serían socorridos por aquel valeroso Capitán 
que determinaban seguir, para desechar de sus cervices el insufrible 
yugo de servidumbre que Motezuma les tenía echado. 

Entendido este aviso, como los que no deseaban otra cosa por verse 





LIBRO TERCERO.-CAP. XVII 


69 


libres de la tiranía que padescían, respondieron que así lo harían, y 
porque el señor de Cempoala viese cómo le obedescían y daban las gra¬ 
cias por el aviso, le inviaban sus mensajeros para que con ellos más 
largamente fuesen avisados de lo que debían hacer. 

Rebelóse toda aquella serranía, do había gran número de indios; 
publicaron luego guerra á fuego y á sangre contra Motezuma; no dexa- 
ron á cogedor ni á hombre que fuese de Cuihúa á vida, deseosos de har¬ 
tarse de la sangre de aquellos que tan opresos los tenían. Usó destas 
mañas y artes Cortés para ganar las voluntades á todos y hacer su hecho, 
como deseaba, porque de otra guisa era imposible; y porque Motezuma 
no pudiese sospechar que él había sido causa de la rebelión de los toto- 
naques, dió orden, según luego diré, cómo con la buena gracia del señor 
de Ouiaustlan, los cogedores que habían mandado prender fuesen suel¬ 
tos; habló á dos dellos en secreto, avisándoles dixesen á Motezuma 
cómo ellos y sus compañeros volvían con las vidas á su tierra, y que si 
su persona y gente fuese menester para castigarlos y reducirlos á su 
servicio, que no le faltarían, aunque estaba agraviado de no haberle que¬ 
rido admitir á su servicio y amistad, no habiendo venido á otra cosa 
más que á ésta. 

Los indios, no viendo la hora que irse, en pocas palabras dixeron que 
harían todo lo que su Merced mandaba. 


CAPITULO XVII 

DE LA FUNDACIÓN DE LA VILLA RICA DE LA VERACRUZ 
Y DE LO QUE MÁS SUBCEDIÓ 

En el entretanto que esto pasaba, ya los navios estaban detrás del 
peñol; fuélos á ver Cortés; llevó consigo muchos indios de los pueblos 
rebelados que estaban por allí cerca, aunque los de Cempoala eran los 
principales, así por ser vasallos de mayor señor, como por ser los prime¬ 
ros que se determinaron á volver por su libertad. A éstos todos, dán¬ 
doles á entender Cortés que convenía, para su defensa, que él y los su3^os 
-se hiciesen fuertes en algún pueblo edificado al modo y manera de los 
cristianos, les mandó cortar mucha madera y traer la piedra que era 
nescesaria para hacer casas en aquel lugar que trazó, á quien puso nom¬ 
bre la Villa Rica de la Veracruz, como había determinado cuando en 
Sant Joan de Ulúa nombró Alcaldes y Regidores. Repartió Cortés los so¬ 
lares conforme á los vecinos que había de haber; señaló los sitios y 
asientos donde se había de edificar la iglesia y hacer la plaza, las casas 
de cabildo, cárcel, atarazanas, descargadero, carnicería y otros edificios 
públicos que para el buen gobierno y ornato de la villa convenían; trazó 
asimismo una fortaleza sobre el puerto, en sitio que á todos paresció 
•''muy conveniente. Comenzóse este edificio y los demás á labrar de tapie- 



170 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


ría, así porque la tierra era buena para ello como porque de presente 
rio había otros materiales. 

Estando los nuestros en el hervor destas obras, vinieron de México 
dos mancebos bien apuestos, sobrinos de Motezuma, con cuatro viejos 
de mucha experiencia y aucturidad, bien tratados, como ayos y consejeros 
de los mancebos, con los cuales venían muchos indios para su servicio. 
No pudieron llegar tan de súbito que algunos indios de Cempoala no 
diesen luego aviso á Cortés, el cual se sentó luego en una silla de espaldas, 
mandando á todos los principales de su compañía que, quitadas las ga¬ 
rras, en pie, estuviesen alderredor de su silla, á las espaldas de la cual 
se pusieron dos pajes y su alférez Antonio de V^illarroel. Puesto asi Cor¬ 
tés para representar el aucturidad que convenía, mandó por los intérpretes 
decir [á] aquellos señores que venían de México que esperasen un poco; 
ellos se detuvieron hasta que por otros mensajeros Cortés mandó que en¬ 
trasen, los cuales á la entrada do Cortés estaba, quitándose las cotaras, sa¬ 
cudiéndolas y poniéndolas en la cinta á las espaldas, encubiertas con la 
manta de que iban vestidos, baxas las cabezas, tocando con la mano dere¬ 
cha en tierra, la besaron como hacian con el gran señor Motezuma, y sin 
hablar palabra, llegando donde Cortés estaba, le presentaron plumajes muy 
ricos, maravillosamente labrados, muchas mantas extrañamente tejidas de 
algodón, plumas y pelos de conejo y ciertas piezas de oro y plata, labradas 
con piedras y otras vaciadas y un casquete lleno de oro, como se sacaba 
de las minas, que se llamaba entre los mineros oro en grano, á diferencia 
del oro en polvo. Pesaría todo, según escribe Gomara (i) (*), dos mil y 
noventa castellanos ; y á lo que dice Motolinea (2), de quien principalmente 
se aprovechó Gomara, tres mili ducados. Com.o quiera que sea, ó porque 
así lo sentía Motezuma, ó por dar á entender la sed que Cortés y los suyos 
traían del oro, le dixeron que si se hallaba bien con aquella medicina para 
la enfermedad del corazón, que le inviaría más; diéronle con esto mu¬ 
chas gracias por haber soltado aquellos dos criados de su casa y haber 
sido parte de que los demás no fuesen m.ucrtos, y que si del todo quería 
hacer placer á su señor Motezuma, diese orden cómo los que estaban pre¬ 
sos se soltasen, que en las cosas que se ofresciesen se lo agradescería 
mucho su señor, y que así, á su contemplación y por su respecto, perdo¬ 
naba á los que se le habían alzado y eran rebeldes, con tal que conos- 
ciendo su culpa se emendasen de ahí adelante, aunque tenía entendido 
ser tales que presto cometerían otro delicto, para pagarlo todo junto con 
mayor castigo de sus personas y exemplo de otros; porque á no haberle 
rescebido y hospedado tan amorosamente como lo habían hecho, de que 
él se holgaba mucho, no bastara cosa á que no los mandara gravemente 


(1) Al margen: “Gomara.” 

(=^) Conquista de Méjico, capitulo titulado “rundnción de la Villa Rica de la 
Veracruz”. V. Biblioteca de los Autores Españoles, de Ribadcneira, tomo XXIL 

(2) Al marg.: “Motolinea.” 





LIBRO TERCERO.-CAP. XVII 


I7Í 

castigar conforme á la gravedad de su desacato y á la gravedad de sir 
delicto. En lo demás dixeron que por estar su señor Motezuma no bien 
dispuesto y muy ocupado en las guerras que al presente tenía y con otros 
muy importantes negocios de la gobernación de sus reinos y señoríos» 
á que no podía dexar de acudir, no respondía cuándo y adónde se po¬ 
drían ver, pero que, habiendo lugar, se daría manera y traza en ello. 

Cortés, á la embaxada, no respondió cosa, porque no le supo bien 
la excusa de Motezuma; pero rescebidos los embaxadores y presentes, 
con alegre rostro, los mandó aposentar todo lo bien que pudo en unas 
tiendas de campo que mandó armar par del río, hechas de manera que 
los embaxadores no pudiesen entender la urdimbre de su tela; invió á 
llamar al señor de Quiaustlan, que era uno de los rebelados contra Mo¬ 
tezuma ; díxole la verdad que con él siempre había tratado, cómo habían 
venídole embaxadores de Motezuma, de los cuales tenía entendido que 
Motezuma no se atrevería á hacerles guerra, sino que antes pretendía 
reducirlos á su amistad; pero que mirase lo que hacía, que lo que le 
convenía era proseguir lo comenzado y echar de sí el duro yugo de ser¬ 
vidumbre que Motezuma había puesto sobre sus cuellos. Por tanto, que 
él y los confederados podrían de ahí adelante estar libres de la subjección 
mexicana y que para esto él no les faltaría, como era razón y era 
obligado. 

Entendiendo- Cortés de aquel señor que con estas palabras se iba ale¬ 
grando, para acabar de concluir su delgada trama, le dixo antes que 
respondiese; ‘^pero ruégote, porque Motezuma no diga que no le damos 
en algo contento, que si dello no rescibes pesadumbre, que le inviernos 
libres los criados que le tenemos presos, porque así me lo invía á rogar. 

El señor, con muy gran contento, que le había nascido de lo que pri¬ 
mero Cortés le había dicho, le respondió que hiciese en todo á su vo¬ 
luntad, porque él en nada excedería della, pues él y los suyos y sus 
amigos pendían de su favor y estaban debaxo de sus alas. Con esto, des¬ 
pedido con muchos comedimientos, muy alegre se volvió á su casa, lo 
mismo fueron los embaxadores mexicanos, porque llevaban libres á sus 
amigos y de Cortés habían sido muy bien tratados; dióles, para aficio¬ 
narlos más, como tenía de costumbre, muchas cosas de rescate, de lino, 
lana, cuero, hierro, vidrio. Iban por el camino tratando con los presos, 
como después se entendió, el valor y esfuerzo grande de los españoles y 
cómo en breve tiempo, si no se volvían á su tierra, aunque eran pocos, 
hinchirían toda la tierra y serían señores della hasta pasar de la otra parte 
de México. Trataban de la diferencia del traje, armas y costumbres de 
los nuestros, que todo era muy nuevo é inusitado para ellos. En el entre¬ 
tanto Cortés derramó la fama por toda aquella tierra del miedo que Mo¬ 
tezuma le tenía y de cómo estando él allí, aunque todos se alzasen, no 
osaría tomar armas contra ellos, que les dió mayor osadía para proseguir 
la rebelión comenzada, y así, no quedó indio en toda la serranía de los 
totonaques que no se rebelase apellidando libertad y tomando armas con- 


172 


CRÓNICA DE r.A NUEVA ESPAÑA 


tra las guarniciones mexicanas; vengáronse de los agravios que les ha¬ 
bían hecho, lo cual fué causa que ciertas guarniciones de las mexicanas 
hiciesen guerra á los de Cempoala. 


CAPITULO xvni 

CÓMO SE TOMÓ Á TIPANCINCO POR FUERZA POR CORTES Y LOS SUYOS 

Pocos días después que esto subcedió, los vecinos de Cempoala in- 
viaron á pedir socorro de españoles á Cortés, porque se vían muy afli¬ 
gidos con la gente de guarnición de Culhúa que Motezuma tenía allí: 
diéronle á entender cómo ello pasaba, para más moverle á que les inviase 
socorro, las muchas crueldades que aquella guarnición hacía, talándoles 
los árboles, quemándoles las sementeras, destruyéndoles las tierras y la¬ 
branzas, prendiendo y matando los que las labraban. 

Confina Ticapacinga con los totonaques y con tierras de Cempoala; 
era en aquel tiempo, á su modo, un lugar bien fuerte, porque estaba 
asentado cerca de un río y tenía una fortaleza puesta sobre un peñasco 
alto, de la cual casi por todas partes, bien de lexos, se podían ver los 
•enemigos. En esta fortaleza, por ser tan fuerte y estar entre aquéllos, 
que cada día se rebelaban, procurando, como es natural, su antigua liber¬ 
tad, tenía Motezuma mucha gente de guarnición, la cual, viendo que los 
tesoreros y recaudadores de las rentas reales, afligidos y acosados por los 
rebeldes de aquella comarca, se acogían allí, salía haciendo todo el daño 
que podía por apaciguar la rebelión, y, en castigo de los delictos cometi¬ 
dos, destruía todo cuanto hallaba. Prendió y castigó gravemente muchas 
personas. 

Cortés, vista la nescesidad en que sus amigos estaban, luego fué á 
Cempoala y de allí, en dos jornadas, con algunos de á caballo y con un 
pujante exército de aquellos indios amigos, llegó á Ticapacinca, que es¬ 
taba poco más de ocho leguas de la ciudad de la Veracruz. Dice aquí 
Motolinea que con los de caballo llevó Cortés algunos de pie, y así es 
creíble, por que se hiciese mejor la guerra. Los de Ciilhiia, pensando 
que les había de subceder con los nuestros como con los cempoaleses, 
salieron al campo; pero antes que se trabase la batalla, como vieron la 
braveza y denuedo de los de caballo, calmaron y echaron á huir á la 
fortaleza, que estaba cerca de allí; pero no pudieron llegar tan presto que 
los de caballo no llegasen con ellos hasta el peñasco, y viendo que no 
le podían subir por su aspereza, se apearon cuatro dellos con Cortés, y 
á las vueltas, entrando con ellos en la fortaleza, se detuvieron en la 
puerta, hiriendo y matando á los rué la querían cerrar, hasta que lle¬ 
garon los demás españoles y muchos de los amigos. Entrególes el General, 
con gran humildad, la fortaleza y pueblo, rogándoles que no les hiciesen 
ya más daño, así á los de Motezuma como á los vecinos; rogóles asi¬ 
mismo dexasen ir libres á los soldados, mas sin armas ni banderas. Hizo- 




LIBRO TERCERO. - CAP. XIX 


173 

se así, que fue cosa bien nueva para los indios. Los vencedores comie¬ 
ron aquí algunos de los enemigos muertos, y hubo quien con un niño 
gordo, bien asado, hizo fiesta y banquete á uno de los Capitanes indios. 
Aquí fué donde la primera vez vieron los nuestros comer carne humana 
á los indios. 

Alzada esta victoria, que fué la primera que Cortés hubo contra la 
gente de Motezuma, se volvió á la mar por el camino que vino. Quedó 
aquella serranía de ahí adelante libre del miedo y tiranías de Motezuma, 
y la fama desto se extendió tanto por los que eran amigos y no amigos de 
Cortés, que de ahí adelante, cuando se les ofrescía alguna guerra, le su¬ 
plicaban les diese alguno de aquellos teules, que con él, llevándole por 
Capitán, tendrían por segura la victoria. 

Fué tan dichoso este principio para el fin y motivo de Cortés como 
fué el subceso de Champotón. Vueltos los nuestros á la Veracruz con¬ 
tentos, como era razón, de la victoria habida, hallaron que había llegado 
Francisco de Salcedo con la carabela que Cortés había comprado á Alonso 
Caballero, vecino de Cuba, que había dexado allí dando carena. Traxo 
setenta españoles y nueve caballos é yeguas, con que los nuestros no poco 
se regocijaron y animaron, por ser ayuda para mejor proseguir su 
desino (*). 


CAPITULO XIX 

CÓMO CORTÉS Y LA VILLA INVIARON PRESENTES AL EMPERADOR 

Deseoso Cortés de proseguir su intento, que era la demanda de Mé¬ 
xico, de quien tan señaladas cosas había oído, dió priesa en que se aca¬ 
basen las casas y fortalezas de la Veracruz, para que los soldados y 
vecinos cómodamente viviesen y se reparasen contra las lluvias, y para 
que también, cuando se ofreciese, tuviesen donde resistir á los enemigos, 
y así, después de concertadas muchas cosas tocantes á la guerra, mandó 
sacar á tierra las armas y pertrechos de ^erra, y cosas de rescate, las vi¬ 
tuallas y otras provisiones que estaban en los navios. Entrególas al 
cabildo, como se lo tenía prometido, y teniéndolos á todos juntos con 
otros principales que no tenían oficios públicos, les habló en esta ma¬ 
nera: “Señores, ya me paresce que es tiempo que Su Majestad del Em¬ 
perador, nuestro señor, sepa por relación de alguno de nosotros que la 
lleven, cómo ha sido servido en estas partes y la gran esperanza que de 
riquezas promete esta tierra, y así, si á vuestras mercedes paresce, será 
bien que ante todas cosas repartamos por cabezas lo que hemos habido en 
la guerra, sacando primero el quinto que á su Majestad pertenesce, y por¬ 
que esto mejor se haga, nombro por Tesorero del Rey á Alonso de 
Avila, y del exército á Gonzalo Mexía, para que, como es uso y cos- 


(*) “Designio, 



^74 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


“tumbre, pasando por manos de Oficiales el negocio, se tráete con más 
fidelidad y confianza/^ Paresció bien lo que el General dixo á todo el 
regimiento y á los demás caballeros que á él vinieron, y suplicáronle lo 
pusiese luego por obra, porque, no sólo holgaban que aquellos caballeros 
fuesen Tesoreros, mas que ellos los confirmaban y rogaban lo quisiesen 
ser. Aceptaron de buena gana los señalados sus cargos ; comenzaron, 
.acabada la junta, á entender en ello con toda fidelidad, y por que en el 
negocio no hobiese sospecha, mandó Cortés sacar y traer á la plaza, 
que todos lo pudiesen ver, la ropa de algodón que había allegada, las 
cosas de pluma, que eran muy de ver, todo el oro y plata que habia, que 
pesó veinte y siete mili ducados, y entregándolo todo por peso y cuenta á 
los Tesoreros, dixo al cabildo que, conforme á razón y justicia, lo re¬ 
partiesen. Ellos, no olvidados de la buena obra que dél habían rescebido, 
respondieron que no tenían qué repartir, sacado el quinto que al Rey per- 
tenescía, porque lo demás era menester para pagarle los bastimentos que 
les había dado y la artillería y navios, de que todos en común se apro¬ 
vechaban ; por tanto, que le suplicaban lo tomase todo y inviase al Rey 
su quinto de lo que mejor le paresciese. El, empero, que siempre pro¬ 
curó con buenos comedimientos y obras ganar amigos, les dixo que aún 
no era tiempo de tomar lo que le daban, porque veía que ellos lo habían 
más menester para ayuda á sus gastos y pagar sus deudas, y que de pre¬ 
sente no quería más parte de la que le venía como á su Capitán general. 
Rogóles con esto que porque tenía pensado de inviar al Rey más de 
lo que le venía de su quinto, que no rescibiesen pesadumbre si excediese 
de lo acostumbrado, pues era lo primero que se inviaba y había cosas 
que no se sufría partir ni fundir. 

Halló en todos, como suelen los más españoles, gran voluntad para 
con su Rey. Esto es lo que dice ]\Iotolinea, y después Gómara (*), que en 
lo más de su historia le siguió. Dicen otros de los que se hallaron pre¬ 
sentes que ningún repartimiento se hizo, sino que, apartando el General 
lo más y mejor que le paresció, se quedó con lo otro, y dello invió parte 
á su padre Martín Cortés y parte dello dió á los procuradores que habían 
de ir para sus negocios á España; é incidentemente, por los de la repú¬ 
blica, Lo que apartó para inviar al Rey, fué lo siguiente: Las dos ruedas 
de oro y plata que dió Teudile de parte de Motezuma, un collar de oro 
de ocho piezas, en que había ciento y ochenta y tres esmeraldas pequeñas 
engastadas y docientas y treinta y dos pedrezuelas como rubíes, de no 
mucho valor; colgaban dél veinte y siete como campanillas de oro y unas 
cabezas de perlas ó berruecos; otro collar de cuatro trozos torcidos, con 
ciento y dos rubiejos (**) y cienío y setenta y dos esmeraldas, diez perlas 
buenas, no mal engastadas, y por orla veinte y seis campanillas de oro, 


(♦) Conquista de Méjico, capítulo titulado “El presente que Cortés envió 
al Emperador por su quinto,” V. Biblioteca de Autores Espartóles, de Rihade- 
neira, tomo XXII, pág. 322. 

(**) “rubinejos”. 




LIBRO TERCERO.—CAP. XIX 


175 


entrambos collares eran de ver y tenían otras cosas primas sin las dichas ; 
muchos granos de oro, ninguno mayor que garbanzo, así como se hallan 
en el suelo; un casquete de granos de oro sin fundir, sino así, grosero, 
llano y no cargado; un morrión de madera chapado de oro y por de 
fuera mucha pedrería, y por bebederos veinte y cinco campanillas de 
oro, y por cimera un ave verde, con los ojos, pico y pies de oro; un ca¬ 
pacete de planchuelas de oro y campanillas alderredor, y por la cubierta 
piedras; un brazalete de oro muy delgado; una vara como ceptro real con 
dos anillos de oro por remate y guarnescidos de perlas; cuatro arrexaques 
de tres ganchos, cubiertos de pluma de muchos colores y las puntas de 
berrueco, atado con hilo de oro; muchos zapatos como esparteñas de ve¬ 
nado, cosidos con hilo de oro, que tenían la suela de cierta piedra blanca 
y azul muy delgada y transparente; otros seis pares de zapatos de cuero 
de diverso color, guarnescidos de oro, plata y perlas; una rodela de 
palo y cuero y á la redonda campanillas de latón morisco y la copa de 
una plancha de oro, escupida en ella Vitcilopuchtli, dios de las batallas, 
y en aspa cuatro cabezas con su pluma ó pelo al vivo y desollado, que 
eran de león, de tigre, de águila y de un buarro; muchos cueros de 
animales y aves adobados, con su pelo y pluma; veinte y cuatro rodelas 
de oro, plmiia y aljófar, primas y muy vistosas; cinco rodelas de pluma 
y plata, cuatro peces de oro, dos ánades y otras aves huecas y vaciadas 
de oro, dos grandes caracoles de oro, que acá no los hay, é un espan¬ 
toso cocodrilo con muchos hilos de oro gordo alderredor; una barra de 
latón y de lo mismo ciertas hachas y unas como azadas; un espejo grande 
guarnescido de oro, y otros chicos; muchas mitras y coronas de pluma 
y oro, labradas y con mili colores, perlas y piedras; muchas plumas 
gentiles y de todas colores, no teñidas, sino naturales; muchos pluma¬ 
jes y penachos grandes, lindos y ricos con argentería de oro y aljófar ; 
muchos ventalles y amoscadores de oro y pkuna y sola pluma, chicos y 
grandes y de toda suerte, pero todos muy hermosos; una manta como 
capa de algodón, texida de muchas colores y de pluma, con una rueda 
negra en medio, con sus rayos y por de dentro rasa; muchas sobrepe¬ 
llices y vestimentas de sacerdotes, palias, frontales y ornamentos de tem¬ 
plos y altares; muchas otras destas mantas de algodón, blancas sola¬ 
mente ó blancas y negras, escacadas ó coloradas, verdes, amarillas, azu¬ 
les y otros colores, del envés sin pelo ni color y de fuera vellosas como 
felpa; muchas camisetas, jaquetas, tocadores de algodón, cosas de hom¬ 
bre, muchas mantas de cama, paramentos y alhombras (*) de algodón y 
otras algunas cosas que todas tenían más prescio y valor por su extrañeza 
y novedad que por su riqueza, aunque las ruedas tenían de por sí harta 
estima; y lo que mucho maravilló á ciertos plateros de España, fue ver 
un pez fundido, las escamas del cual la mitad eran de oro y la otra 
mitad de plata, ambos metales en su género bien finos. 


(*) Palabra anticuada. ‘'Alfombras. 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


176 

Inviáronse con estas cosas algunos libros, cuyas letras eran como las 
que dice Artimidoro, giroglificas, de las cuales al principio usaron los 
egipcios. Eran figuras de hombres, de animales, árboles, hierbas, las 
cuales pintadas declaraban, como nosotros por nuestras letras, los con¬ 
ceptos de los que escrebían, aunque confusamente; eran estos libros, 
no como los nuestros, sino como rollos de papel engrudado, que desco¬ 
gidos daban á entender lo que contenían. Era este papel hecho de cier¬ 
tas hojas de árboles; paresce papel de estraza, aunque es más liso y 
blanco. 

Al tiempo que se adereszaba este presente, los cempoaleses, para cier¬ 
ta fiesta que hacían, tenían muchos hombres para sacrificar; pidióselos 
Cortés con mucha instancia para inviarlos al Rey con el presente; pero 
ellos, hechos muchos comedimientos, no osaron dárselos, diciendo que 
sus dioses se enojarían grandemente y no les darían agua y les quitarían 
los mantenimientos y que matarían á sus hijos y á ellos. Porfió tanto 
Cortés que, aunque muy contra su voluntad, temerosos no les hiciese 
algún daño, le dieron cuatro mancebos bien dispuestos y dos mujeres 
de buena gracia y disposición. Era costumbre, aunque más largamente 
toqué esto en el libro primero, que los que habían de ser sacrificados, si 
eran habidos de guerra, adereszados lo mejor que podían con plumajes 
en la cabeza y espada y rodela en las manos, bailaban en lo alto del cu, 
cantando cantares tristes como endechas, llorando su muerte, ofresciendo 
su vida á los dioses. Lo mismo hacían los que no eran de guerra, salvo 
que no llevaban armas. Hecho esto, se tendían de espaldas y sacábanles 
los sacerdotes el corazón con tanta presteza que, porque lo vieron per¬ 
sonas de crédicto, diré una cosa maravillosa; y fué, que sacando una vez. 
el corazón los tlaxcaltecas á un indio mexicano, echando el cuerpo por 
las gradas del cu, se levantó y anduvo tres ó cuatro pasos por las gradas, 
que serían ocho, porque hasta estonces le duraron los espíritus vitales. 

Estos cuatro mozos, con los demás que habían de ser sacrificados, an¬ 
daban cantando por las calles y pidiendo limosna para su sacrificio y 
muerte. Era cosa de ver cómo todos los miraban y daban de lo que te¬ 
nían, diciéndoles que hacían gran servicio á los dioses en ofrescerles su 
sangre y vida para el bien de los que quedaban vivos. Traían en las 
orejas arracadas de oro con turquesas y unos pedazos de oro en el labio 
baxo, que hacía descubrir los dientes. 

Los señores con el oro traían metidas en el mismo labio piedras 
presciosas, que en España paresció bien feo, aunque entre ellos era 
mucha gala y ornato; y en esto había tanta diferencia, que cada uno traía 
las piedras y oro como había peleado y mostrado el valor de su persona, 
tanto que al que no era de casta ó valiente por su persona, no le era lí¬ 
cito traer sino una paja por oro y un pedernal por piedra presciosa. 




LIBRO TERCERO.—CAP. XX 


7 


CAPITULO XX 

DE LO QUE EL CABILDO Y CORTÉS ESCRIBIERON AL REY 

Puesto ya á punto el presente para el Rey, entró Cortes en cabildo 
con los demás principales del pueblo y díxoles que, así para llevar el pre¬ 
sente como para tratar de los negocios que á todos convenían con Su 
Majestad, era nescesario que, como era costumbre en todos los pueblos, 
el regimiento nombrase y eligiese procuradores, á los cuales dixo que 
también daría su poder y su nao capitana en que fuesen. El Regimiento 
señaló á Alonso Hernández Puerto Carrero y Francisco de Montejo, que 
estonces eran Alcaldes. Holgó dello Cortés y dióles por piloto á Antón 
de Alaminos, y como iban en nombre de todos, tomaron de montón lo 
que de oro habían menester para ir á negociar y volver. Lo mismo hL 
cieron en lo del matalotaje para la navegación, Dióles, como había dicho, 
Cortés su poder y una instrucción de lo que habían de hacer en su nom¬ 
bre en Corte y en Sevilla y en su tierra, porque habían de dar á su padre 
Martín Cortés y á su madre doña Catalina Pizarro ciertos dineros y las 
buenas nuevas de su prosperidad y adelantamiento. Invió con ellos la 
relación y auctos que había hecho, así en Cuba como en la Nueva Es¬ 
paña, sobre lo cual escribió una larga carta al Emperador (*), dándole su¬ 
maria cuenta de lo que le había subcedido desde que salió de Cuba hasta 
el día de la fecha, y por que el Emperador estuviese advertido antes que 
otro le advertiese. Lo que especialmente escribió fué las pasiones y dife¬ 
rencias que hubo entre él y Diego Veiázquez en Sanctiago de Cuba, las 
cosquillas que había en su real por haber en él muchos de la parcialidad 
de Diego Velázquez, los trabajos que todos habían pasado, la volun¬ 
tad que tenían á su real servicio, la grandeza y riqueza de aquella tierra,, 
la esperanza grande que tenía de ponella debaxo de su real nombre, la 
tiranía y dominio que el demonio tenía sobre toda ella. Ofresciósele 
de ganar la ciudad de México y haber á las manos vivo ó muerto al 
gran rey Motezuma, el fin de todo. Recontando sus servicios señalados, 
le suplicaba le hiciese mercedes en los cargos y provisiones que había 
de proveer en aquella nueva tierra para remuneración de sus trabajos y 
gastos que hizo en descubrirla y ganarla. 

El regimiento de la Veracruz escribió otra carta por sí, firmada so¬ 
lamente de los Regidores, que con brevedad decía lo que aquellos pobres 
hidalgos habían hecho en descubrir y ganar aquella tierra, y casi del 
mismo tenor otra en nombre de toda la república, firmada de los más 
principales que en ella había. 

(*) Debe ser la primera carta que Cortés escribió al Emperador. Tiene la- 
fecha de 20 de Julio de 1519; pero no se ha descubierto manuscrita ni impresa^ 
Está citada por Pedro Mártir, Gómara y el mismo Cortes. V. Biblioteca Hispano¬ 
americana, por José Toribio Medina. Santiago de Chile, 1897. Tomo /. 


12 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


.78 

Escribió otra, prometiendo por ella que en su real nombre todos 
• ellos tendrían y guardarían aquella villa con el mayor aumento que pu¬ 
diesen, y que por esto morirían, hasta que Su Majestad otra cosa man¬ 
dase. Suplicáronle con mucha humildad diese la gobernación de aquella 
tierra y de la demás que conquistasen á Hernando Cortés, su cabdillo y 
Capitán general y Justicia mayor, elegido por ellos mismos para quitar 
pasiones y hacer mejor lo que conviniese al adelantamiento del estado 
real, y que porque habían visto que para este fin convenía él más que 
otro, le habían elegido en nombre de Su Majestad. Suplicaban también 
con mucho calor que por evitar ruidos, escándalos y peligros y muertes 
que se siguirían si otro los gobernase y fuese su Capitán, si acaso había 
hecho merced destos cargos á otro, los revocase, porque esto era lo que 
más convenía y que no sentían ni debían decir otra cosa. Al fin le su¬ 
plicaron fuese servido de responderles con toda brevedad y hacerles 
merced de despachar los procuradores de aquella su villa con el buen 
despacho que deseaban y suplicaban (*). 

Con estas cartas y poderes que Cortés y el cabildo dieron, se par¬ 
tieron de Quiaustlan los procuradores Alonso Hernández Puerto Ca¬ 
rrero y Francisco de ]\íontejo y Antón de Alaminos en una razonable 
nao, á veinte y seis días del mes de Julio del año de mili é quinientos y 
diez é nueve, con las dichas cartas, auctos y testimonios y relación que 
dicho tengo; tocaron de camino en el IMarién de Cuba; y diciendo que 
iban á la Habana, pasaron sin detenerse por la Canal de Bahama (i) y 
navegaron con harto próspero tiempo hasta llegar á España. 

Escribieron estas cartas los de aquel consejo y exército, recelándose 
de Diego Velázquez, que tenía muy mucho favor en Corte y Consejo de 
Indias, y porque andaba ya la nueva en el real con la venida de Fran¬ 
cisco de Salcedo, que Diego Velázquez había habido la merced de la 
gobernación de aquella tierra del Emperador con la ida á España de 
Benito Martín, lo cual, aunque ellos no lo sabían de cierto, era muy gran 
verdad, según en otra parte se dice. 


CAPITULO XXI 

CÓMO SE AMOTINARON ALGUNOS CONTRA CORTÉS Y DEL CASTIGO 
QUE EN ELLOS HIZO 

Aunque casi de común parescer, por el seso y valor de Cortés, le ha¬ 
bían elegido por su caudillo y Justicia mayor, no faltaron, como acon- 

(*) De las Relaciones ó cartas que el regimiento de la Villa Rica de la VerO' 
crac remitió al Emperador, se conservan dos: una de 6 de Julio de 1519, y otra 
de 10 de Julio del mismo año. Ambas se publicaron en la Colección de documen¬ 
tos INÉDITOS PARA LA HISTORIA DE España (tomos IV y 1 respectivamente). La 
segunda se reprodujo en el tomo 1 de los Historiadores de Indias. V. Biblioteca 
DE Autores Españoles, de Rivadeneira, tomo XXII. 

(i) Al margen: “La canal de Bahama.” 


I 






LIBRO TERCERO.—CAP. XXI 


179 


tesce en todas las cosas humanas, contradicciones, porque algunos, por 
ser criados de Diego Velázquez, y algunos por ser sus amigos, y otros, 
ó por ir tras las voces destos, ó porque estaban descontentos de no ha¬ 
berlos puesto Cortés en cosas que no merescían, comenzaron entre sí 
á murmurar de la elección porque les paresda, como ello fue, que ya 
Diego Velázquez estaba fuera de parte; é que habiendo sido el principal 
auctor, era excluido de aquella felice y próspera tierra, afirmando con 
esto ser más elegido por astucia, ardid, halagos y sobornos que por ra¬ 
zón é justicia; y que el haberse hecho de rogar para que aceptase el cargo 
de Capitán general había sido con maña y disimuladamente, y que á esta 
causa no era válida la elección en perjuicio de Diego Velázquez, que le 
había inviado, especialmente que para esto se requería el aucturidad y 
poder de los flaires jerónimos, que por los Reyes Católicos gobernaban 
las islas; que, según se decía, ya Diego Velázquez era Gobernador de la 
tierra de Yucatán, en cuyo destricto estaba Cortés, el cual, como entendió 
que poco á poco se iba encendiendo el fuego, aunque no humeaba mucho, 
Drimero que levantase tanta llama que no pudiese ser apagado, informado 
de los principales auctores, sin alterar el real, los prendió y metió en un 
navio para inviarlos á España presos, pero como de su natural condis- 
ción era benigno y clemente, rogado por algunos á quien deseaba com- 
olacer, los soltó; y fué quitar los grillos al furioso y darle armas, porque 
olvidados del beneficio rescebido, perseverando en su mal propósito, 
usando mal de la facultad del perdón, procuraron alzarse con un bergan¬ 
tín y matar al Maestre, para irse á su salvo á la isla de Cuba á dar aviso 
á Diego Velázquez de lo que pasaba, y del gran presente que Cortés in- 
viaba al Emperador para ganarle la voluntad y ser confirmado por Go¬ 
bernador y Capitán general, como había sido elegido. 

Querían dar estos amotinadores este aviso á Diego Velázquez para 
que, cuando los procuradores de Cortés pasasen por la Habana, Diego 
Velázquez los prendiese y quitase el presente, estorbando cómo el fin y 
motivo de Cortés no fuese adelante, y en el entretanto Diego Velázquez 
pudiese avisar al Emperador de lo que pasaba, para que no se tuviese 
por bien servido de Cortés y de los demás que le habían seguido. 

Cortés, entendida la conjuración, viendo que convenía antes que 
más se afistolase la llaga cortar algunos miembros, mostrando, porque 
así convenía, más enojo del que tenía en su pecho, prendió muchos dellos 
y con grande aviso, tomándoles su confesión, hallando ser unos más cul¬ 
pados que otros, les dió diversas penas, porque ahorcó á Joan Escudero y 
á Diego Cermeño, piloto, grandes cortadores de espada; y era el Cer¬ 
meño tan ligero, que con una lanza en la mano saltaba por cima de otra 
atravesada sobre las manos levantadas de los dos más altos hombres que 
había en el exército. Tenía también tan vivo el olfato que, andando por la 
mar, olía la tierra quince leguas y más antes que llegase á ella. 

Pidieron á éstos, como se acostumbra en España, dos mujeres pil- 
blicas; unos dicen que ellos no las quisieron, y otros que Cortés no quiso, 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


180 

por lo que estonces convenía, el cual, la primera vez que los perdonó 
les dixo que de ahí adelante mirasen cómo vivían, porque les prometía 
por vida del Emperador que, si recaían, los mandaría ahorcar. Con todo 
esto, al firmar de una sentencia, subió en un caballo y lloró, condoles- 
ciéndose de lo que hacía; y por no ser importunado dió de espuelas al 
caballo, yéndose de allí con algunos que le acompañaron á un pueblo allí 
cercano. 

Mandó cortar el pie á otro y azotar á otros dos (i), que fueron Gon¬ 
zalo de Umbría y Alonso Peñate. Desimuló con algunos otros, porque vió 
convenir así. Desta manera puso gran miedo á muchos que se iban ya 
inclinando. Quieto y pacífico su exército, hízose temer; aseguró su ne¬ 
gocio, porque á descuidarse, Diego Velázquez tuviera aviso y fuérale 
fácil estorbar, prendiendo [á] los procuradores, la buena ventura á Cor¬ 
tés; porque después lo procuró, inviando una carabela de armada tras 
Puerto Carrero y Monte jo, porque no pudieron pasar tan secretos por la 
isla de Cuba que Diego Velázquez no lo supiese. 


CAPITULO XXII 

DEL HAZAÑOSO HECHO DE CORTÉS CUANDO DiÓ CON LOS NAVÍOS AL TRAVÉS 

Andaba pensando Cortés cómo conseguiría su fin tan deseado, que 
era verse en México con el señor Motezuma, y aunque se le ofrescían 
muchos inconvinientes, como eran ser la tierra tan larga, tan poblada 
de gente, los estorbos que Teudile había propuesto, los enemigos mu¬ 
chos que estaban en el camino, el deseo de muchos de los suyos que 
tenían de volver á Cuba y la dificultad que de salir con tan gran empresa 
á todos se of rescía; con todo esto, echando como dicen el pecho al agua, 
entendiendo que jamás grandes cosas se consiguen sin gran trabajo y 
diligencia, acompañando á su singular esfuerzo maravillosa prudencia,, 
determinó de dar con los navios al través, cosa cierto espantosa y que 
pocos capitanes hasta hoy han hecho, aunque Gómara (2) (* *) en este lugar 
cuenta otro semejante hecho de Barbarroxa del brazo cortado, que por 
tomar á Bugía quebró siete galeones, que comparado por sus partes con. 
el de Cortés, es muy inferior. 

Para salir, pues, con tan memorable hazaña de manera que los suyos 
no se alborotasen, llamó de secreto á los maestres y pilotos, y haciéndoles 
grandes caricias y nuevas ofertas, dándoles en breve á entender la gran 
fortuna y buena ventura que éntre las manos tenían, les rogó que con todo 
secreto, so pena de la vida, diesen barreno á los navios, de manera que 


(1) ^i7 margen', “castigo.” 

( 2 ) Al margen: “Gómara.” 

(*) Conquista de Méjico, capitulo titulado “Cortés da con los navios al través”- 






LIBRO TERCERO.—CAP. XXII 


l8l 

por ninguna vía se pudiese tomar el agua, y que hecho esto, cuando él 
•estuviese con mucha gente, entrasen do él estaba algunos pilotos y dixesen 
que los navios estaban cascados y comidos de broma para no poder na¬ 
vegar ; que su Merced viese lo que sobre ello mandaba hacer, y esto como 
que venían á darle cuenta por que después no los culpase. 

Poniendo por obra los maestres y pilotos con el secreto que se les 
había encargado el negocio, vinieron algunos dellos á Cortés delante 
de muchos que se hallaron presentes, y con alguna alteración que cubría 
lo secreto del pecho, le dixeron: “Señor, los navios ha más de tres me¬ 
ses qué están surtos é ahora, yéndolos á requerir é visitar, los hallamos 
tan abromados y tan abiertos que por veinte partes hacen agua y se van 
á fondo, y paréscenos que se van á fondo y no tienen remedio. Vuestra 
Merced vea lo que manda.’' Cortés, oyendo esto, mostró pesarle mucho; 
los presentes creyeron ser así por haber tantos días que los navios es¬ 
taban surtos; y después de haber por gran rato tractado lo que se debía 
hacer, mandó Cortés, que pues ya no había otro remedio, -sacasen dellos 
la xarcia y lo demás que se pudiese aprovechar y los dexasen hundir. Los 
Maestres, sacando primero los tiros, armas, vituallas, velas, sogas, ánco¬ 
ras y todo lo demás que podía aprovechar, dieron al través con cinco na¬ 
vios que eran de los mejores. No mucho después quebraron otros cuatro 
con alguna dificultad, porque ya la gente entendía el propósito y ardid de 
su Capitán; y así comenzaron á murmurar y'tratar mal dél, quexándose 
por corrillos que los llevaba al matadero y que les había quitado todo el re¬ 
fugio, así para ser proveídos de fuera, como para si se ofresciese algún 
peligro, tener con que librarse dél. 

Cortés, visto que muchos de los principales, que eran las principales 
fuerzas de su exército, estaban bien en lo hecho, juntos todos, [les dixo] : 
“Señores y amigos míos: A lo hecho no hay remedio; Dios paresce que 
quiere seamos los primeros que señoreemos tan grande y próspera tierra; 
los que de vosotros no quisiéredes participar de tan buena andanza, que¬ 
riendo más volveros á Cuba que ir conmigo en demanda de empresa tan 
señalada, lo podéis hacer, que para esto queda ahí un buen navio, aunque 
yo no sé con qué cara podéis volver, quedando conmigo tantos y tan bue¬ 
nos caballeros.” 

Aprovechó mucho esta plática, porque unos mudaron el propósito y 
otros, de vergüenza, se quedaron, aunque hubo muchos que no tuvieron 
empacho de pedirle licencia; créese eran marineros y hombres de baxa 
suerte que querían más navegar que pelear. Reprehendidos por Cortés 
y por otros caballeros, se quedaron, haciendo de las tripas corazón. 

Visto esto, porque no hobiese logar de arrepentimiento en algunos 
otros, mandó dar Cortés á la costa con el navio que quedaba, quitando á 
todos la esperanza de la vuelta y dándoles á entender que en sólo 
Dios y en su esfuerzo y valentía habían de confiar de ahí adelante; é 
que pues les era nescesario, ó pasar adelante, ó no dexarse vilmente 
morir, hiciesen el deber, pues á los osados siempre ayudaba la fortu- 


i 82 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


na, y que el cobarde moría más presto y con más afrenta suya é de los 
suyos. 

Estas palabras, con la nescesidad que había de hacer lo que debían, 
dieron mucho ánimo y aliento á todos, y fué muy alabado Cortés y más 
querido de ahí adelante por el buen consejo y astucia que en tan difi¬ 
cultoso negocio había tenido. 


CAPITULO XXIII 

DE LO QUE Á CORTÉS SUBCEDiÓ CON CIERTOS NAVÍOS DE CARAY 

Cortés, que no ocupaba el pensamiento en otra cosa, salvo en cómo 
saldría con la empresa que entre manos tenía comenzada, ordenado pri¬ 
mero lo que era menester para el buen gobierno y defensa de la villa, 
que estaba ya casi acabada, dexando en ella ciento y cincuenta españoles. 
y por Capitán dellos á Francisco Alvarez Chico (y no á Pedro Dircio, 
como dicen fray Toribio y Gómara (*), porque el año de veinte y cuatro 
fué Teniente de Gobernador en la Villa Rica Pedto Dircio), y á Joan de 
Escalante por alguacil mayor, dexando con esta guarnición dos caballos, 
dos tiros con muchos indios de servicio é cincuenta pueblos de amigos 
y aliados, de los cuales, cuando fuese menester, se podrían sacar cin¬ 
cuenta mili hombres de guerra, encomendando que la fortaleza se aca¬ 
base, publicó su partida. Salió con los demás españoles, con indios de 
servicio é muchos amigos. 

Vino á Cempoala, que estaba cuatro leguas de la nueva villa, donde 
acabado de llegar le dixeron que andaban cuatro navios de Francisco 
de Garay por la costa. No le supo bien; recelóse de algún estorbo que 
impidiese su jornada; volvióse luego á la villa, para que desde allí, es- 
tando fortalescido, pudiese defenderse y ofender si se ofresciese. 

Supo, como llegó, que el alguacil mayor Escalante habia ido á infor¬ 
marse de quiénes fuesen y qué querían y á convidarlos á que alojasen 
en su pueblo. Supo también que los navios venían hacia el Norte é que 
habían corrido la costa de Panuco y rescatado hasta tres mili pesos de 
ruin oro é algunos bastimentos é que no les habia contentado la tierra 
por no ser tan rica como pensaban. 

Cortés, como supo que los navios estaban surtos y que no habían 
querido salir á tierra, aunque los habían convidado á ello, fué hacia allá 
con una escuadra de su compañía. Llevó consigo á Escalante, por ver 
si alguno de los de los navios salía á tierra, para tomar lengua é infor¬ 
marse de lo que quería; é después de andada una legua, topó con tres 
españoles que habían salido de los navios, el uno de los cuales dixo que 
era escribano y los otros dos testigos, que venían á notificarle ciertas 

(*) Conquista de Méjico, capítulo titulado ‘‘Que los de Cempoallan derroca¬ 
ron sus ídolos por amonestación de Cortés”. 





LIBRO TERCERO.—CAP. XXIII 


l83 


escripturas que estonces no mostraron y á requerirle que partiese la 
tierra con el capitán Caray, echando mojones por parte conveniente, 
porque también él pretendía aquella conquista por primero descubridor 
y porque quería asentar y poblar en aquella costa veinte leguas de allí 
hacia poniente, cerca de Nautlan, que ahora se llama Almería. Cor- 
tés, con gracioso semblante, aunque sentía otra cosa, les dixo que pri¬ 
mero que nada le notificasen se volviesen á los navios y dixesen al Ca¬ 
pitán que se viniese á la Veracruz con su armada, porque allí hablarían 
mejor en lo que conviniese y se sabría que era lo que pretendía, e que 
si tuviese alguna nescesidad, le socorrería cuanto mejor pudiese; y que 
si venía, como ellos decían, en servicio del Rey, que él holgaba mucho 
dello, porque se presciaba de guiar y favorescer á los semejantes, pues 
estaba él allí también por el Rey y todos eran unos. Ellos dixeron á esto 
que en ninguna manera el capitán Caray ni hombre de los suyos saldría 
á tierra ni vendría do él estaba. Esto dice Cómara (*), aunque conquista¬ 
dores que se hallaron en ello, afirman no venir allí Caray, sino cierta gente 
suya con un Teniente. 

Cortés, como quiera que fuese, oída esta repuesta, entendió lo que 
sospechaba; prendiólos y púsose tras un medaño de arena alto, frontero 
de las naos, donde cenó y durmió. Estuvo allí hasta bien tarde del día si¬ 
guiente, esperando si Caray ó algún piloto ó otra cualquiera persona 
saldría á tierra para tomarlos é informarse de lo que habían navegado 
y el daño que dexaban hecho, con intento que por lo uno los inviaría 
presos á España, y [por] lo otro sabría si habían hablado con gente de 
Motezuma. No cociéndosele el pan, viendo que los de los navios se res¬ 
celaban mucho é que no llegaban á tierra, entendió que debía de haber 
alguna mala trama urdida, y para certificarse desto usó de un ardid, y 
fué, que hizo que tres de los suyos trocasen los vestidos con aquellos 
que habían venido, y que llegando á la lengua del agua, como que eran 
de los navios, capeando, llamasen. Los de los navios, ó porque por los 
vestidos creyeron ser de los suyos, ó porque los llamaron, inviaron en 
un esquife doce hombres adereszados con ballestas y escopetas. Los 
de Cortés, vestidos de los hábitos ajenos, como estaban enseñados, se 
apartaron hacia unas matas que por allí había, como que buscaban som¬ 
bra por el recio sol que hacía, que era á mediodía, para hablar más á 
placer, y también por no ser conoscidos. 

Los del esquife echaron en tierra dos escopeteros é dos ballesteros é 
un indio, los cuales caminaron derechos hacia las matas, pensando que 
los que estaban debaxo dellas eran sus compañeros. Arremetió estonces 
Cortés con otros algunos y tomáronlos antes que tuviesen lugar de vol¬ 
ver al barco, aunque se quisieron defender. El uno dellos, que era pi¬ 
loto, encaró la escopeta contra el capitán Escalante y no dió fuego, de 
cuya causa no le mató. Los de las naos, visto el engaño y burla no pa- 


(*) Conquista de Méjico, loe . cit . 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


184 

raron allí más, 3^ haciéndose á la vela, no esperaron á que llegase el 
esquife. De estos siete se informó Cortés cómo Gara}^ había corrido mu¬ 
cha costa en demanda de la Florida, y tocado en un río y tierra cuyo 
rey se llamaba Panuco, donde hallaron que había oro, aunque poco, é que 
sin salir de las naos habían- rescatado hasta tres mili pesos de oro y ha¬ 
bido mucha comida á trueco de cosas de rescate, pero que nada de lo 
andado y visto había dado contento á Francisco de Garay, por no hallar 
mucho oro y no ser bueno lo poco que había. 


CAPITULO XXIV 

CÓMO CORTÉS VOLVIÓ Á CEMPOALA, Y HECHO UN PARLAMENTO 
Á LOS SEÑORES DELLA, LES HIZO DERROCAR LOS ÍDOLOS 

No pudiendo haber Cortés más claridad de los negocios de Garay, se 
volvió á Cempoala con los mismos españoles que había sacado de la 
Villa Rica. Salióle á rescebir el señor del pueblo con otros muchos prin¬ 
cipales que le acompañaban; comieron juntos aquel día; hízole grandes 
caricias Cortés; renovóse el amistad. 

Otro día, estando el señor de Cempoala con todos los principales en 
sus aposentos, por la lengua les hizo Cortés esta plática: ‘‘Señor y 
amigo mío, y vosotros, nobles caballeros: Entendido habréis el amistad 
y amor verdadero que os tengo, pues le he bien mostrado por las obras, 
siendo parte para que alanzásedes de vuestras cervices el duro yugo de 
servidumbre del gran señor Motezuma, que de pocos años acá tenía 
puesto sobre vosotros, y de aquí entenderéis que lo que ahora os quiero 
decir va con el mismo amor 3’' amistad, porque sé que, no solamente con¬ 
viene al autoridad de vuestras personas y aumento de vuestro estado, pero 
(que es lo que más se ha de mirar) al descanso 3^ gloria perpectua de 
vuestras almas, que son inmortales, y salidas de vuestros cuerpos han 
de tener, conforme al bien ó el mal que en esta vida hobiéredes he¬ 
cho, holganza ó pena perpectua. 

"’Haos tenido el demonio, que vosotros llamáis Tlacatecolotl, por mu¬ 
chos años muy engañado, para después para siempre atormentar vues¬ 
tras almas, haciéndoos entender que hay muchos dioses, no habiendo ni 
pudiendo haber más de uno. Ráceos adorar animales, bestias, fieras que 
vosotros soléis matar; háceos que sacrifiquéis á las piedras que ponéis 
en los cimientos de vuestras casas, negocio, por cierto, de harto desatino, 
porque en la tierra todas las demás criapturas sirven al hombre y no el 
hombre á ellas; por lo cual es menester que sepáis que hay un solo Dios, 
tan grande que en todo lugar está, tan poderoso que hizo los cielos 3" la 
tierra y la mar con todo lo que hay en ella, tan sabio que todo lo rige, 
tan bueno que perdona los pecados, tan justo que á nadie dexa sin cas¬ 
tigo. Este, por redemir al hombre, que por su culpa se había perdido, se 






LIBRO TERCERO.—CAP. XXIV 


l83 


hizo hombre y murió por nosotros en una cruz como ésta. En éste creed, 
á éste adorad, porque sólo éste es nuestro Dios, criador y auctor nuestro. 
Haréisle gran servicio si, dexando la falsa religión en que hasta ahora 
habéis vivido por engaño del demonio, derrocáredes y deshiciéredes 
vuestros ídolos, que no son sino palos y piedras, retratos de vuestro 
perseguidor, y levantad con gran reverencia la cruz en que fuistes re- 
demidos y creed que el que en ella murió os dará bienes temporales sin 
derramamiento de vuestra sangre, victoria contra vuestros enemigos y 
después la gloria para que fuistes criados.” 

Oída esta plática con gran atención por aquel señor y sus caballeros, 
obrando Dios en sus corazones, respondieron en pocas palabras que les 
había parescido muy bien lo que les había dicho y que delante dél que¬ 
brantarían los ídolos, y poniendo la cruz, la adorarían, como se lo había 
dicho, porque entendían que aquel Dios que en ella murió debía de ser 
muy bueno, pues puso su vida por los hombres; y que pues los cristianos, 
que creían en él, eran tan valientes y sabios, no había que buscar otro 
Dios y que á éste rescebían y querían. 

Alegróse en extremo Cortés con esta repuesta; abrazó al señor y á 
otros principales; derrocáronse luego los ídolos; ayudaron los nuestros 
en ello ; púsose una cruz grande en el templo mayor y otras en otros 
templos menores; hízose confederación con otros pueblos comarcanos 
contra Motezuma; ellos le dieron rehenes para que estuviese cierto y se¬ 
guro que le serían verdaderos y leales amigos y no faltarían de la pa¬ 
labra que habían dado, prometiendo de proveer de lo nescesario á los 
españoles que quedaban de guarnición en la Veracruz; ofresciéronle toda 
la gente de guerra que hobiese menester; diéronle mili tamemes, que 
son hombres de carga para el servicio del exército, para hacer agua y 
leña y llevar los tiros; rescibió los rehenes, que fueron muchos, pero los 
señalados eran Mamexi, Teuch y Tamalli, hombres muy principales. 

Cortés dexó al señor de Cempoala un paje suyo de edad de doce 
años, muchacho bien apuesto, para que aprendiese bien la lengua; y por 
que le tratasen bien, dixo que era su hijo; y así, después que los nues¬ 
tros se partieron, tuvieron muy gran cuenta con él, haciéndole muchos 
regalos y buen tratamiento. 

Concertadas las cosas desta manera, se despidió Cortés del señor de 
Cempoala con muchos abrazos y lágrimas. Salieron con él buen trecho 
del pueblo todos los principales y mucha gente del pueblo, deseándole 
toda buena andanza contra el gran señor Motezuma. 


i86 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO XXV 

DE LO QUE Á CORTÉS SUBCEDiÓ DESPUÉS QUE PARTIÓ DE CEMPOALA 

Partido Cortés de Cempoala, que por su grandeza y asiento llamó' 
Sevilla la Nueva, que fué á diez é seis días de Agosto del mismo año 
que entró en la tierra, sacó consigo, dexada la guarnición (que dixe) en, 
la nueva villa, cuatrocientos españoles (otros dicen que trecientos), con 
quince caballos (aunque otros dicen que trece), con seis tirillos y con 
mili y trecientos indios, así nobles y de guerra como tamemes, en que 
también entran los de Cuba. Los amigos eran de la serranía que llaman 
Totonicapan. Dicen algunos, y así lo escriben Fray Torobio y Góma- 
ra (i) (* *), que la gente de Motezuma dexó á Cortés y que le hizo gran 
falta para acertar el camino; pero muchos conquistadores de quien yo me 
informé, que se hallaron en la jornada, dicen que dos Capitanes de Mo¬ 
tezuma que gobernaban lo subjecto al imperio de Culhúa, le acompa¬ 
ñaron desde Cempoala hasta Tlaxcala y más adelante, y que con mali¬ 
cia llevaron á Cortés por la rinconada, por tierras ásperas y fragosas, 
de diversos temples, unas muy calientes, para que con la aspereza de 
los caminos y destemplanza de las tierras enfermasen y muriesen los 
nuestros y así se excusase su ida á México. 

Las tres primeras jornadas que nuestro exército caminó por tierras 
de aquellos sus amigos fué muy bien rescebido y hospedado, especial¬ 
mente en Xalapa. Juntáronse aquí Cortés y Pedro de Alvarado, que 
traían partido el exército entre sí, por no ser molestos á los pueblos do 
llegaban, y allí, por descuido, se quedó un potrillo que venía con las 
yeguas y caballos, que después pasado año y medio le hallaron hecho buen 
rocín entre una manada de venados, de los cuales nunca se había apar¬ 
tado, que, enfrenado, fué un buen caballo y sirvió bien en la guerra. 

El cuarto día llegó el exército á Sicochimalpo, que es un lugar muy 
fuerte, puesto en áspero lugar, porque está en una ladera de una agria 
sierra. Tiene hechos á mano dos escalones que sirven de entrada, tan 
angostos que apenas pueden entrar hombres de á pie, cuanto más de á 
caballo. Si los vecinos quisieran, fuera imposible entrar los nuestros; 
pero, como después se supo, tenían mandado de Motezuma para hospe¬ 
darlos y proveerlos y aún les dixeron que pues iban á ver á su señor 
Motezuma, que estuviesen ciertos que era su amigo y que por todas sus 
tierras serían muy bien rescebidos. 

Tenía este pueblo en lo llano muchas aldeas y alearías (**) de á trecien¬ 
tos y á quinientos vecinos labradores, que por todos serían hasta seis mili 


(i) Al margen: “Gómara.” 

(*) Conquista de ^Méjico, capítulo titulado “El encarescimiento que Olintlec 
hizo del poderío de Moteczuma”. 

(**) Substantivo anticuado. “Alquerías.” 




LIBRO TERCERO.-CAP. XXVI 1 87 

vecinos. Sacaba de allí Motezuma, cuando quería, cuatro ó cinco mili 
hombres de guerra. Llamábase la provincia del nombre del pueblo; era 
subjecto á Motezuma; gobernábala un señor que por extremo proveyó 
bien el exército y dió lo nescesario para la jornada de adelante. Agra- 
descióselo Cortés, dándoles á entender que seria muy servido Motezuma, 
á quien él iba á ver por mandado de un grandísimo señor que se llamaba 
el Emperador de los cristianos; dióle de paso á entender otras cosas de 
nuestra religión y poder de los cristianos, de que aquel señor quedó muy 
espantado. Despedido dél desta manera, pasó una sierra muy alta por el 
puerto que llamó Nombre de Dios, por ser el primero que en estas par¬ 
tes había pasado, el cual era sin camino, tan áspero y alto que no hay en 
España otro tan dificultoso de subir, ca tiene tres leguas de subida. Pa¬ 
sóle seguramente, porque á haber contradicción se padesciera gran tra¬ 
bajo y peligro. Hay en esta sierra muchas parras con uvas y árboles 
con miel; á la baxada había otras alcanas de una villa y fortaleza que 
se llama Texuán, que asimismo era de Motezuma, donde asimismo con 
el pueblo de atrás fueron muy bien resoebidos y proveídos de lo nes- 
cesario, porque así lo tenía mandado Motezuma. Díxoles Cortés algunas 
cosas, dándoles cuenta de su venida; despidióse dellos con mucha gra¬ 
cia. Antes que llegase á este pueblo, no creyendo que fuera tan bien 
proveído, mandó soltar dos tiros; salieron los indios al ruido, dixeron 
que no los espantase, que ellos le proveerían de lo nescesario. Cortés 
les respondió lo hiciesen así, porque si no, se enojarían los tiros y les 
echarían el cerro encima. 

Desde allí anduvo tres jornadas por tierra despoblada, inhabitable y 
salitral, donde fueron bien menester los regalos pasados y el buen trata¬ 
miento que el exército tuvo, porque pasó nescesidad de hambre y mucha 
más de sed, á causa de ser toda el agua que toparon salada, y muchos 
españoles que con la demasiada sed bebieron della adolescieron, aunque 
ninguno murió. Sobrevínoles luego un turbión de piedra y con él un gran 
frío que los puso en mucho trabajo y aprieto, ca los españoles lo pasa¬ 
ron aquella noche muy mal, porque acudió sobre la indispusición que 
llevaban. Los indios corrieron tanto riesgo que aina perescieran; mu¬ 
rieron algunos de los de Cuba, así por ir mal arropados, como por no- 
estar hechos á las frialdades de aquellas montañas. 

CAPITULO XXVI 

DE LO QUE ACAESCIÓ Á CIERTOS ESPAÑOLES DE LA NUEVA VILLA ENTRETANTO 

QUE MARCHABA EL EXERCITO, Y DE LO QUE MÁS SUBCEDió A CORTES 

EN EL CAMINO EN ZACATANI 

En el entretanto que nuestro exército caminaba para México, doce 
españoles, con los cuales iba Escalante, que era Alguacil mayor, porque 
con el cargo de Capitán quedaba en la villa Francisco Alvarez Chico,. 


i88 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


persona de mucho gobierno, salieron della á ranchear, y no dándose 
[á] acato (*), dieron en un pueblo que los nuestros llamaron Almería, 
donde estaba una guarnición de Motezuma de quince mili hombres, los 
cuales, como estaban avisados por su señor que, como pudiesen, tomando 
algún español, se lo inviasen, porque, aunque desde que entraron los 
nuestros en el puerto, tenía por las pinturas que le inviaban noticia de 
nuestro exército y de las cosas dél, deseaba ver alguno de los nuestros, 
porque los tenía por más que hombres; y desta causa, por haber alguno 
á las manos, trabaron batalla con los nuestros, la cual duró hasta la 
noche. Murió en ella Escalante; tomaron á uno mal herido; los demás 
con la escuridad de la noche se escaparon por las sierras, dando mandado 
á la Villa Rica. El herido llevaron los indios en una hamaca á México;, 
y por mal curado murió en el camino. No lo quiso ver Motezuma porque 
ya iba muy corrompido, pero mostráronle las cabezas del que murió en 
la batalla y del que fallesció en el camino. Mirólas por gran rato y dixo 
que ya se desengañaba de pensar ser aquellos hombres inmortales, aunque, 
como lo mostraban en los rostros, debían ser muy valientes. Dicen que 
se le mudó el «color, porque por los pronósticos que tenía, entendió que 
habían de ser de aquellos los que le habían de quitar su señorío y traer 
nueva ley, ritos y costumbres á su tierra. 

Volviendo al camino que hacía nuestro exército, á la cuarta jornada 
de mala tierra, prosiguiendo su viaje adelante, subió una sierra muy 
áspera, y porque hallaron en la cumbre della al parescer como mili 
carretadas de leña cortada, puesta en orden á manera de baluarte, cerca 
de una torrecilla donde había unos ídolos, llamaron á aquel puerto 
el Puerto de la Leña, pasado el cual, dos leguas adelante, dieron en tierra 
estéril y pobre, y de ahí vinieron á im lugar que se llamaba Zacatlani, 
y no Castilblanco, como dice Gómara (**), porque está más adelante. Es¬ 
taba este pueblo en un valle muy hermoso que se dice Zacatami, en el cual 
■había casas muy bien labradas, porque eran de cantería, especialmente 
las del señor, que eran muy grandes y de mucha majestad; tenía muy 
grandes salas y aposentos, y, finalmente, era tan real que hasta estonces 
los nuestros no habían visto cosa semejante. Aquí Cortés mandó azotar á 
un soldado porque había hecho cierto agravio á un indio, contra lo que él 
tenía mandado, con que mucho se hizo respetar de los suyos y amar y 
servir de los extraños. 

El señor del pueblo se llamaba Olintetl, el cual rescibió á Cortés 
con mucho amor. Aposentóle en su casa; proveyó á toda su gente muy 
cumplidamente; hízolo así porque, como después él dixo, tenía manda¬ 
miento de Motezuma que honrase y sirviese en cuanto pudiese á Cortés; 
y así, por hacer todo lo á él posible por fiesta y alegría de la llegada 
de los nuestros, sacrificó cincuenta hombres, y esto poco antes que los 


(*) Substantivo anticuado. “Acatamiento. 

(**) Conquista de Méjico, ¡oc. cit. 







LIBRO TERCERO.-CAP. XXVI 


189 

nuestros llegasen, porque hallaron la sangre fresca y limpia. Hubo 
muchos del pueblo que traxeron en hombros y en hamacas las personas 
señaladas del exército hasta entrar en los aposentos, que es como si los 
llevaran en andas; honras fueron ambas las mayores que pudieron hacer, 
y sólo por mandárselo así Motezuma. Salió el señor, que era tan gordo 
que los nuestros le llamaron el Temblador, á la puerta de la casa á rescebir 
á Cortés; llevábanle de los brazos dos mozos fuertes, los más nobles de 
su casa; rescibiéronse con mucho amor y comedimiento. Dixo á Cortés 
que por estar tan pesado en carnes, como veía, no le había salido á res¬ 
cebir ; que fuese bien venido y descansasen él y los suyos en aquel su pue¬ 
blo y casa, porque serían con toda voluntad hospedados. 

Cortés, por los intérpretes, que eran Marina y Aguilar, le dió las gra¬ 
cias. Entráronse desta manera juntos al aposento, que estaba adereszado 
para Cortés, donde en el entretanto que se adereszaba la comida, senta¬ 
dos comenzaron á hablar, estando en pie muchos caballeros de los nues¬ 
tros y de los de la casa y familia de aquel señor. Cortés por lengua de 
Marina y Aguilar le dixo la causa de su venida y otras muchas cosas 
tocantes al honor y gloria de Dios y de su Rey, casi por la misma mane¬ 
ra que las había dicho á los caciques y señores con quienes antes ha¬ 
bía tratado. El señor mostró holgarse mucho con tan nueva relación 
de cosas. Respondióle prudentemente, porque era hombre de mucha ex¬ 
periencia y bien entendido en negocios, así de guerra como de paz. 
Al cabo de la plática le preguntó Cortés (porque vía la majestad y gran¬ 
deza con que se servía) si era amigo, aliado ó vasallo de Motezuma. A 
esto estuvo callado un gran rato, tanto que le dixo Cortés casi como 
enojado que cómo no le respondía. Estonces, como quien despierta de 
sueño, con un sospiro arrancado de las entrañas, rasándosele los ojos 
de agua, como maravillado de aquella pregunta, respondió: ''¿Y quién 
no es esclavo 7 vasallo de Motezuma?'', dando, á lo que se pudo colegir,, 
á entender el grande y tiránico poder de Motezuma, del cual le parescía 
que no había señor en el mundo que se pudiese librar. 

A esto Cortés le replicó que de la otra parte del agua había otro muy^ 
mayor señor, que era el Emperador y Rey de España, á quien servían mu¬ 
chos Príncipes y Reyes, y que él era uno de los menores vasallos suyos, 
que por su mandado venía á ver aquella tierra y conoscer á Motezuma y 
á los otros señores della. Rogóle fuese servidor de tan gran Príncipe y 
que en reconoscimiento desto, si tenía oro, le sirviese con él. A esto res¬ 
pondió que no haría otra cosa sino lo que su señor Motezuma le man¬ 
dase, así en tener la amistad de aquel tan gran Príncipe que decía, como- 
de inviarle oro, aunque tenía harto. A esto no replicó Cortés, porque 
le paresció que no era tiempo y vió en él y los suyos que eran hombres 
de corazón y gente belicosa; y por- no parescer que le atajaba, le rogó¬ 
le dixese el estado y grandeza de Motezuma, pues iba á besarle las ma¬ 
nos, el cual le respondió, como holgándose de haberse ofrescido aquella 
ocasión, y dar á entender que no podía haber otro señor tan grande como - 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


190 

el suyo: “Motezuma es señor de muchos Reyes y tan grande que en el 
mundo no conoscemos otro igual, cuanto más superior; sírvenle muchos 
señores en su casa, los pies descalzos y los ojos puestos en el suelo; tiene 
treinta vasallos que cada- uno tiene cient mili combatientes; sacrifica 
cada año veinte mili personas y algunas veces cincuenta mili ; reside en 
la mayor, más linda y más fuerte ciudad de todo lo poblado, porque esta 
puesta sobre agua, y para su semcio hay más de cuarenta mili acales, 
que son canoas; su casa y corte es grandísima, muy noble y muy gene¬ 
rosa ; acuden á ella muchos Príncipes de toda la tierra; sírvenle á la con¬ 
tina grandes señores; sus rentas y riquezas son increíbles, porque no hay 
nadie, por gran señor que sea, que no le tribute, y ninguno tan pobre que 
no le tribute algo, aunque no sea sino la sangre del brazo; sus gastos 
son excesivos, porque aliende de las expensas de su casa, tiene con¬ 
tinuamente guerra, sustentando grandes exércitos,” Maravillóse Cortés 
y los nuestros de tan grandes cosas, y cierto eran así, como después pa- 
resció, aunque no dexaron de creerle por ser hombre de tanta auctoridad 
y que lo decía como hombre que lo había visto. 

Estando así en estas pláticas, llegaron dos señores del mismo valle á 
ver á los nuestros. Presentaron á Cortés cada uno cuatro esclavas y sen¬ 
dos collares de oro de no mucho valor. Rescibiólos muy bien Cor¬ 
tés; respondióles por las lenguas que les agradescía el presente y volun¬ 
tad ; ofrescióles su persona cuando la hobiesen menester; hablaron un 
rato con Olintetl; despidiéronse luego y fuéronse. 

Era Olintetl, aunque tribuctario de Motezuma, señor de veinte mili 
vasallos; tenía treinta mujeres, todas en una casa, con más de cient otras 
que las servían; tenía dos mili criados para su servicio y guarda. El 
pueblo era grande; tenía trece templos, cada uno sumptuoso, con muchos 
ídolos de piedra de diferentes figuras, abogados para diferentes casos; 
sacrificábanse delante déstos, conforme á lo que se les pedía, hombres, 
niños, mujeres, palomas, codornices y otras cosas con sahumerios y 
gran veneración. 

En este pueblo y en su comarca tenía Motezuma cinco mili soldados 
en guarnición y frontera; tenía postas de hombres dobladas, puestas por 
breves trechos, que llegaban hasta México, por las cuales en muy poco 
espacio sabía, por muy lexos que fuese, lo que pasaba. 

Acabó Cortés de entender la grandeza é mucho poder de Motezuma., 
aunque antes había entendido gran parte, y fué tan grande su valor que 
ni en público ni en secreto mostró arrepentimiento de haberse puesto en 
tan grave y dificultoso negocio; antes, cuanto más dificultades, incon¬ 
venientes y temores le representaban algunos de los que con él iban., 
diciéndole que para un español había tres mili indios y que ellos estaban 
en su tierra tan amigos, como había visto, de obedescer á su señor, que 
tenían por gloria morir por él, y él, que estaba en el ajena, no sabida ni 
entendida, y que no con armas, sino á puñados de tierra, podrían ser 
todos hundidos y acabados, por ser el número de los enemigos casi in- 








LIBRO TERCERO.—CAP. XXVII 


191 

finito, le eran mayores espuelas para ir á ver y señorear tan gran poder 
'Como él vía y todos le decían, [y] con ánimo invencible que le prometía el 
dominio y señorío de tan gran imperio, dixo las palabras que por devisa 
en las columnas traía el Emperador, con el favor de Dios: “Señores, 
pues llevamos tan buena empresa, “plus ultra’', que quiere decir “má^ 
adelante”. 


CAPITULO XXVII 

CÓMO CORTÉS, PROSIGUIENDO SU JORNADA, FUE RESCIBIDO EN CASTILBLAN'CO 
Y DESPACHÓ MENSAJEROS A LOS TAXCALTECAS 

Estuvo Cortés en Zacatlan cinco días, porque tenía fresca ribera y 
la gente de aquel valle era apacible; puso muchas cruces en los templos, 
derrocando los ídolos, como lo hacía en cada lugar que llegaba y por 
los caminos, y dexando muy contento á Olintetl, porque le dió algunas 
cosillas y le trató con mucho amor y respecto, acompañándole los prin¬ 
cipales buen trecho fuera del pueblo, se despidió- Fuéronle sirviendo 
muchos indios hasta otro pueblo que los españoles, por la ocasión que 
para ello daba, llamaron Castilblaiico. Era de Yztacmachtitlan, uno de 
aquellos señores que le presentaron las esclavas y collares; estaba dos 
leguas de Zacatlan, río arriba. Está este pueblo en llano, par de una 
ribera; tiene dos leguas á la redonda, muchas caserías que casi tocaban 
unas con otras; extendíase su señorío todo por hermosa población y 
por lo llano del valle cerca del río tres ó cuatro leguas; en un cerro muy 
alto estaba la casa del señor, con la mejor fortaleza que había en toda 
la tierra y mejor cercada de muro, barbacana y cavas; en lo alto del 
cerro había una población de cinco ó seis mili vecinos, de muy buenas 
casas y gente algo más rica que la del valle abaxo, y porque la fortaleza 
blanqueaba mucho desde lexos y las casas que estaban en lo alto, lla¬ 
maron los nuestros al pueblo Castilblanco. 

Fué aquí Cortés muy bien resoebido, porque estaban ya avisados; 
reposó allí tres días, para repararse del camino y trabajo pasado que el 
exército tuvo en el despoblado; hiciéronle muchos mitotes, que son dan¬ 
zas y bailes á su costumbre y otras fiestas, así por obedescer á Motezuma, 
como, porque son algo envidiosos, por parescer á Olintetl ; detúvose tam¬ 
bién por esperar los mensajeros cempoaleses que había inviado desde el 
pueblo antes á los taxcaltecas. Lo que contenía la embaxada era que 
él estaba informado del señor de Cempoala y de los demás señores de 
aquella comarca, amigos y confederados suyos, las grandes guerras v 
enemistades que con tanta razón tenían con Motezuma, de quien mu¬ 
chos años atrás habían rescebido muchos daños y agravios; que él iba 
á México y había de pasar por su tierra, que les rogaba lo tuviesen por 
bien; y que si querían favorescerse dél en sus guerras contra Motezuma, 
«que él lo haría con la voluntad y amor que verían. Movieron á Cortés 


192 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


á que inviase estos mensajeros los nobles y otra gente principal que 
de Cempoala venía con él, diciéndole que los taxcaltecas eran muchos 
y muy fuertes y grandes enemigos de Motezuma, pues continuamente, 
tenían guerra con él y que sabiendo ellos que los cempoaleses y totona- 
ques, sus amigos y aliados, se habían confederado con los nuestros, ofres^ 
cerían con gran voluntad sus casas y personas, aunque á los principios 
subcedió al contrario, creo que por experimentar los taxcaltecas el valor 
y esfuerzo que en los nuestros había. 

Creyó Cortés que fuera así como los cempoaleses se lo habían dicho, 
porque hasta estonces le habían tratado mucha verdad, y así pensaron 
que lo trataban en esto, porque eran bastantes las enemistades y guerras 
que los taxcaltecas tenían con Motezuma, para pensar que, viniendo los 
nuestros en su ayuda, los salieran á rescebir y acarisciarían, como ellos 
habían hecho. Aquí tuvieron los nuestros noticia que Taxcala era una 
ciudad tan grande que tenía seiscientas plazas, y hubo quien con ánimo- 
generoso dixese: “Buenos vamos, que á cada uno de nosotros caben dos^ 
plazas.'' 


CAPITULO XXVIII 

CÓMO LAS CUATRO CABECERAS DE TAXCALA, OÍDA LA EMBAXADA DE CORTÉS,, 
ENTRARON EN SU ACUERDO, Y DE LAS DIFERENCIAS QUE ENTRE ELLOS 
HUBO. 

En el entretanto que Cortés iba á Castilblanco y reposaba allí, los 
cuatro embaxadores cempoaleses entraron en Taxcala con cierta señal' 
que solían llevar los mensajeros, á manera de correos, para ser conos- 
cidos é ir seguros. A la entrada dieron mandado cómo venían así de 
parte de Cortés como de los de Cempoala. Saliéronlos á rescebir á su eos- 
tumbre algunos principales de Taxcala; lleváronlos á las casas de su- 
cabildo, donde después de haberles dado de comer, se juntaron á ca¬ 
bildo los cuatro señores que llaman cabeceras de Taxcala, con otros mu¬ 
chos de sus principales que eran del consejo de gobernación y guerra. 
Estando así juntos, mandaron entrar los embaxadores, los cuales, hecha- 
gran reverencia, como en lugar de tanta majestad se requería, estuvie¬ 
ron en pie un rato sin hablar palabra, esperando les mandasen dixesen á* 
lo que eran venidos. Estonces Xicotenga, que era uno de ios cuatro se¬ 
ñores que gobernaban aquella provincia, les dixo que propusiesen su em- 
baxada. Los embaxadores-estonces, hecho otro comedimiento, rogándose 
los unos á los otros, dieron los tres la mano y el proponer al más anciano, 
el cual, haciendo cierta cerimonia, tendiendo la mano, trayéndola á la- 
boca, dixo: 

“Muy valientes y grandes señores, nobles caballeros: Los dioses os 
guarden y den victoria en las guerras y batallas que tenéis contra vues- 





LIBRO TERCERO.—CAP. XXVIÍI 


193 

tros enemigos. El s-eñor de Cempoala y los otros señores totonaqucs se en¬ 
comiendan mucho en vosotros y os hacen saber que de allá, de las partes 
de oriente, en grandes acales, han venido unos teules, hombres barbudos, 
muy fuertes y animosos, los cuales les han ayudado y favorescido contra 
las guarniciones de Motezuma y los han puesto en grande libertad. Su Ca¬ 
pitán se llama Fernando Cortés. Dice que él y los suyos son vasallos de 
un muy poderoso y gran Rey y que de su parte viene á verse con Mo¬ 
tezuma, vuestro capital enemigo. Dicen los cempoaleses y totonaques que 
será bien que, como ellos, tengáis por amigos á estos valientes, porque 
aunque son pocos, valen más que muchos de nosotros ; y porque enten¬ 
demos que para contra Motezuma su amistad os será provechosa, acon¬ 
sejamos á Cortés, que ha de pasar por esta ciudad, inviase mensajeros 
haciéndoos saber su venida, el cual por nosotros os besa las manos y 
dice que para verse con Motezuma, como el Emperador, su señor, le 
manda, le es nescesario pasar por esta vuestra ciudad; que os suplica 
lo tengáis por bien, pues su deseo es contentaros en todo lo que se os 
ofresciere, poniendo á ello su persona y gente, y que tiene sabido las gue¬ 
rras que de muchos años á esta parte tenéis traído con él y los agravios 
y daños, aunque les habéis hecho otros, que habéis rescebido; si para 
esto su ayuda os es nescesaria, os la ofresce.'" 

Acabada esta embaxada, Magiscacin, que era otro señor de los cuatro^ 
los mandó sentar un poco; y después de haber callado todos algún es¬ 
pacio, les dixo en nombre de aquella insigne república fuesen bien ve¬ 
nidos y que besaban las manos á los cempoaleses y totonaques por el 
consejo que les daban y que holgaban mucho de que se hubiesen librada 
del duro imperio y señorío de Motezuma; y porque era menester espa¬ 
cio para responder á lo demás que tocaba á la venida de Hernando Cor¬ 
tés, que se holgasen en aquella ciudad algunos días, como en propria casa,, 
en el entretanto que se resumían en lo que debían hacer. 

Con esto se salieron los mensajeros 'del Ayuntamiento, y quedando^ 
ellos solos tuvieron silencio por un rato, mirándose unos á otros. Cada 
uno esperaba que el otro hablase primero, hasta que Magiscacin, que era 
uno de los que gobernaban la señoría de Taxcala, hombre de mucho 
reposó y juicio, de noble condisción, bienquisto en aquella república, 
tomando la mano, ó porque era más antiguo, ó porque en las cosas de¬ 
consejo era el que primero proponía, dixo: “Caballeros, señores y ami¬ 
gos míos que aquí os habéis juntado para oir la embaxada que los cem¬ 
poaleses han traído: Entendido tendréis tres cosas della: la primera,, 
que nuestros amigos, enemigos de nuestro enemigo, nos aconsejan hos¬ 
pedemos á estos caballeros que, según su valor y manera, más parescen 
dioses que hombres como nosotros: la segunda que dellos podremos ser 
a3rudados para tomar venganza de nuestro enemigo que, á la contina, con 
su poder, nos tiene encerrados en estas sierras sin poder gozar de los 
mantenimientos y trajes que las otras gentes gozan: la tercera es que 
nos pide el Capitán destos invencibles y valientes caballeros que le 

i3 



194 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


demos pasaje por nuestra tierra y le hospedemos el tiempo que en ella 
estuviere, ofresciéndonos su persona y las de sus caballeros. Cosa es 
esta que en buena razón no se le puede negar, especialmente yendo como 
va contra nuestro enemigo, y nuestros dioses nos enseñan á hacer cari¬ 
dad con los peregrinantes; si no los rescebimos, parescerá que somos 
crueles y, lo que más se ha de huir, que somos cobardes, que no los osamos 
rescebir, temiendo que nos han de hacer algún daño, teniendo entendido 
lo contrario por experiencia y por lo mucho que dellos dicen los de nues¬ 
tra nación. 

^'Lo que sobre todas tres cosas me paresce que debemos responderle 
es que venga norabuena y salir con toda alegría á le rescebir, porque 
si los españoles, que los cempoaleses y los otros que los han tratado 
llaman dioses y los tienen por inmortales, quieren, fácil les será pasar 
por nuestra tierra á nuestro pesar y destruirnos á todos, de lo cual res- 
cibiría nuestro capital enemigo Motezuma gran contento. Allégase á 
esto, que no poco confirma mi paresoer, lo que nuestros antepasados nos 
dexaron en nuestros anuales y pinturas: que vendrían unos hijos del sol, 
en trajes y costumbres diferentes de nosotros, de muy lexos tierras, en 
unos acales grandes, mayores que casas, y que, aunque en número no 
serían muchos, serian tan valientes que uno podría más que mili de 
nosotros; que destruirían nuestros ídolos é introducirían nueva reli¬ 
gión, costumbres y leyes, y que luego cesaría el imperio y mando de Mo¬ 
tezuma, y que estos invencibles dioses harían su asiento en esta nuestra 
tierra y que vendrían inviados por un grandísimo señor que un Dios muy 
poderoso favorescía é ayudaba para que cesase el derramamiento de san¬ 
gre, la tiranía, la sodomía y otros abominables delictos que hasta ahora 
por subjestión de un Príncipe de tinieblas, que nosotros llamamos Tlaca- 
tecolotl, con tanto perjuicio nuestro, han reinado. Y pues vemos cum¬ 
plido lo que nuestros antepasados profetizaron tan claramente y las 
fuerzas humanas no bastan á resistir al poder divino y á las cosas que 
del cielo vienen, no hay para qué ya yo os diga más, sino que todos con 
alegre ánimo salgamos á rescebir á estos dioses, que me paresce vienen 
en nombre de algún poderoso Dios, y mirad lo que en fin desta mi plᬠ
tica os digo, porque así me lo dice mi corazón: que si hiciéredes lo con¬ 
trario, morirán muchos de los nuestros y, aunque no queráis, entrarán 
por fuerza en nuestra tierra y casas, porque no se puede dexar de cum¬ 
plir lo que nuestros antepasados, que eran mejores que nosotros, nos 
dixeron en sus escripturas. Esto es lo que siento; vosotros ved lo que 
os paresce, que el tiempo os dirá, si lo contrario quisierdes hacer, habe¬ 
ros yo aconsejado bien.^'‘ 

Como Magiscacin era hombre de mucha prudencia y de afable con¬ 
versación, era tenido en su república en grande estima, aunque la gente 
de guerra seguía más á Xicotencatl, por ser bullicioso y aun venturoso en 
las batallas; y así, aunque hasta que habló Xicotencatl paresció bien á 
todos su razonamiento, los republicanos y hombres de auturidad y expe- 








LIBRO TERCERO.—CAP. XXIX 


IQD 


riencia, que eran los menos, estuvieron en su parescer, porque, como 
luego respondieron, tenían por acertado subjetarse á la voluntad de los 
dioses, ir contra la cual sería locura; pero luego Xicotencatl, que á la 
sazón era Capitán general del estado, por quien principalmente se go¬ 
bernaban las cosas de la guerra, conturbando el parescer de Magiscacin, 
deseoso de venir á las manos con los nuestros, engañado con los buenos 
subcesos que poco antes había tenido en dos batallas campales contra 
mexicanos, persuadido desto, contradixo^apasionadamente el parescer de 
Magiscacin, diciendo desta manera. 


CAPITULO XXIX 

DE LA BRAVA PLÁTICA QUE XICOTENCATL HIZO CONTRADICIENDO 

Á xMAGISCACIN 

“Valerosos y esforzados caballeros. Capitanes, muro y fortaleza de la 
inexpugnable señoría de Taxcala: Si no tuviera entendido [que Magis¬ 
cacin] (*) desea más el descanso y buen tratamiento de vuestras personas 
que la gloria que con vuestros belicosos trabajos habéis de alcanzar, ha¬ 
ciéndoos cada día más señalados contra el emperador Motezuma, que 
todo lo ha subjectado, sino ha sido á vosotros, creyera que sus aparentes 
y bien ordenadas razones tuvieran fuerza para que yo y todos vosotros 
viniéramos en su parescer, perdiendo la mejor ocasión que jamás se nos 
ha ofrescido para señalar y mostrar nuestras personas, haciéndolas memo¬ 
rables para todos los siglos venideros; y porque entendáis la razón que 
tengo en contradecir, respondiendo en suma á lo que Magiscacin dixo, os 
descubriré lo que por ventura todos no sabéis. 

"''Dice Magiscacin que el hospedar á los forasteros es precepto de los 
dioses y que en buena razón se usa. Esto es cuando los huéspedes no 
vienen á hacer daño; pero si cuando, para conoscer nuestras fuerzas, 
vienen á hacerse amigos, el daño es mayor, porque con dificultad re¬ 
sistimos al enemigo casero. Dice también que estos españoles, que él 
sin razón llama dioses, son los que han de señorear esta tierra, conforme 
á los pronósticos que dello hay. A esto respondo dos cosas: la una, que 
los más de los pronósticos han sido falsos; la otra, que no sé yo si son 
estos ó otros los pronosticados; á lo menos, parésceme que no haremos 
el deber si no viéremos para qué son, porque si los halláremos morta¬ 
les como nosotros somos, no nos habrán engañado; y si fueren inmor¬ 
tales y más poderosos que nosotros, fácil será el reconciliarnos con ellos,, 
porque no me parescen á mí dioses, sino monstruos salidos de la espu¬ 
ma de la mar, hombres más nescesitados que nosotros, pues vienen ca¬ 
balleros sobre ciervos grandes, como he sabido; no hay quien los harte: 

V) Faltan las palabras “que Magiscacin” ú otras análogas para el buen scH’- 
tido. 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


196 

dondequiera que entran, hacen más estrago que cincuenta mili de nos¬ 
otros ; piérdense por el oro, plata, piedras y perlas; paréscenles bien las 
mantas pintadas; son holgazanes y amigos de dormir sobre ropa, vi¬ 
ciosos y dados al deleite,' á cuya haraganía el trabajo, la labor y coa,, 
debe ser odioso; y así, creo que, no pudiéndolos sufrir el mar, los ha echa¬ 
do de sí; y si esto pasa, como digo, ¿qué mayor mal podría venir á nues¬ 
tra patria que rescebir en ella por amigos á tales monstruos, para que 
quedemos obligados á sustentarlos á tanta costa de nuestras haciendas, 
que aun para hartar de maíz aquellos mochos venados que traen, no 
bastarán nuestros campos?; pues para ellos, ¿qué gallinas, qué conejos, 
qué liebres bastarán? Donosa cosa sería que estando nosotros habitua¬ 
dos á tanta esterilidad, pues aun sal no tenemos, ni mantas de algodón 
con que nos cubramos, contentos con el maíz é hierba de la tierra, vi¬ 
niésemos á ponernos en mayores trabajos, haciéndonos esclavos para 
sustentar los advenedizos. No es, pues, razón que los que derramamos 
nuestra sangre por defender nuestra patria y vivir sin servidumbre, me¬ 
tamos en ella por nuestra voluntad quien nos haga tribuctarios. 

'^Informaos de los mercaderes que van y vienen á esta Señoría y 
entenderéis que es poco lo que yo os he dicho, y considerad que si cuando 
vencemos á los de Culhúa y traemos los enemigos vencidos y atados no 
caben á bocado cuando los comemos en nuestras parentelas, ¿qué nes- 
cesidad padesceremos si, rescibiendo á éstos, los hemos de sustentar? 
De adonde, pues la invencible Taxcala no tiene otras riquezas que el 
arco, flechas, macana y fuerte rodela, ni otro mayor bien que la tos¬ 
tada y arrojadiza vara con que atravesamos al enemigo, no hay para 
qué rendir y entregar nuestra defensa á los que no conoscemos, pues 
estamos en ásperas y fuertes sierras. Muchos sois en número y no me¬ 
nos valientes en esfuerzo; los que vienen no saben la tierra ni los pasos; 
fácil será, si quieren venir, el resistirlos y aun hacerlos volver atrás, 
huyendo. Yo en lo que en mí es no os faltaré, y prometo, como lo ha¬ 
béis visto, de ser reí primero y acometer al más fuerte; de adonde, si de 
los dioses, como es razón, estáis confiados que nos darán victoria, sí 
pensáis que sois los mismos que tantas veces habéis vencido exércitos de 
Motezuma, si queréis vuestra libertad, que excede á todo prescio, si 
amáis á vuestras hijas y mujeres, si procuráis que vuestra religión esté 
en pie, y si, finalmente, no queréis perder el nombre de taxcaltecas que 
tanto temor pone á nuestros enemigos, seguidme, morid conmigo, que 
más vale que por estas tan importantes cosas muramos como valientes 
en el campo que, perdiéndolas como mujeres, las ofrescamos desde nues¬ 
tras casas á los forasteros, de quien tanto mal nos puede venir. 

Mucho alteró los pechos de los oyentes este bravo razonamiento de 
Xicotencatl; comenzó entre ellos un murmurio, hablando los unos con 
los otros, iban cresciendo las voces, declarando cada uno lo que sentía; 
y como eran los paresceres diferentes, que los republicanos seguían el de 
Magiscacin y los soldados y capitanes el de Xicotencatl, estaba aquel. 






LIBRO TERCERO.— CAP. XXX 


197 


Ayuntamiento muy diviso, hasta que Temilotecutl, uno de los cuatro 
señores que estonces era Justicia mayor, haciendo señal que quería ha¬ 
blar, callando todos, con una madura gravedad que puso atención, dixo 
así. 


CAPITULO XXX 

DE LA PLÁTICA QUE HIZO TEMILUTECUTL, JUSTICIA MAYOR DE TAXCAL.' 

“Señores y amigos míos: No me maravillo que, como acontesce en 
todas las consultas que importan algo, haya contradicción y variedad de 
paresceres en ésta, porque no hay negocio en las cosas humanas tan 
claro que no tenga haz y envés, y que, tratado por buenos entendimientos, 
por muy fácil que sea, no se haga dificultoso. Acontesce también para 
la determinación de algunas cosas en las cuales uno dice sí y otro no, 
que conviene ni del todo seguir el sí ni del todo dexar el no, como se ha 
ofrescido en el negocio que ahora entre las manos tenemos, en el cual los 
señores Magiscacin y Xicotencatl son contrarios, porque el señor Magis- 
cacin dice se resciban estos nuevos huéspedes, y lo contrario defiende el 
señor Xicotencatl. Ambos, aunque contrarios, tienen razón, y cada uno 
debe ser alabado por su buen parescer; pero, si á vosotros, señores, pares* 
ce, ha de ser tomando de cada uno lo que más conviniente fuere para la 
determinación de nuestro negocio; y así, cada uno de vosotros, señores, 
quedará contento de haber con razón defendido su parte. Será, pues, el 
medio que resultará de los dos extremos, que usemos de un mañoso ardid 
que creo aplacerá á todos, especialmente al muy valeroso y sagaz Xico- 
tencatl el viejo, padre de nuestro General, que por estar ciego no sigue la 
gueiTa, y es que inviernos nuestros embaxadores al capitán Cortés con 
graciosa repuesta, diciéndole que con su venida rescebimos todos mucha 
merced y que cuando venga á esta ciudad será muy bien rescebido. 

'"En el entretanto que él viene con su gente, el señor Xicotencatl ten¬ 
drá concertado con los otomíes le salgan al camino, y alli le dará la ba¬ 
talla una vez é muchas hasta que veamos para qué son éstos que de tan 
lexos vienen, que nos dicen ser dioses; y por otra parte, como dixo 
el señor Xicotencatl, tienen hambre y sed y aman las cosas que, siendo 
dioses, habían de menospreciar y tener en poco, lo cual arguye ser hom¬ 
bres, y aun no tan abstinentes como nosotros. Si los nuestros vencieren, 
nuestra ciudad y provincia habrá ganado perpetua gloría y quedaremos 
con mayores fuerzas contra nuestro cotidiano enemigo Motezuma, libres 
de las pesadumbres y trabajos que el señor Xicotencatl ha contado; y si 
fueren tan valientes y tan valerosos que los nuestros no los puedan em- 
pescer, diremos que los otomíes son bárbaros y gente sin conoscimiento 
ni comedimiento, é que sin nuestra voluntad y parescer y sin saberlo 
nosotros, para se lo poder estorbar, no sabiendo lo que hacían, salieron 
á ellos; por manera que, como, señores, veis, si esto se hace, el señor 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


198 

!Magiscacin y el señor Xicotencatl han dicho bien y nosotros jugamos al 
seguro. Este es mi parescer; ahora ved, señores, qué es lo que á todos 
os paresce, y si otro medio hay mejor yo le seguiré, porque no es otro 
mi fin sino procurar querer y hacer todo lo que más al bien común 
pertenesciere, dexada toda honra y gloria de salir con mi parescer.” 

Acabado Temilotecutl su razonamiento, que dió gran contentamiento 
á todos, sosegó y aplacó las diferencias; y así, unánimes y sin contra¬ 
dicción alguna, determinaron se pusiese luego por obra lo que había dicho, 
porque cierto en las cosas dubdosas que por ambas partes tienen pro y 
contra, un buen medio hace mucho y no puede prosceder sino de muy 
buen seso y gran experiencia de negocios. 

Fué cosa de ver cómo antes que saliesen de su cabildo se levantaron 
todos y abrazaron á Temilutecutl, dándole gracias y diciéndole que era 
la prudencia de su república, que los dioses estaban en su corazón y ha¬ 
blaban en su boca; alabaron mucho, demás del medio que había dado, 
la templanza y humildad con que había comenzado y acabado su plᬠ
tica. 

Sosegados todos y tornándose á sentar, como lo tenían de costumbre, 
mandaron llamar á los mensajeros; diéronles la repuesta que estaba de¬ 
terminada, aunque, con ocasión de cierto sacrificio; los detuvieron hasta 
que supieron que Cortés venía; y los otomíes, por industria de Xicoten¬ 
catl, le salieron al encuentro y pasó entre ellos lo que después diré. Y 
porque al presente se hace mención de los embaxadores, y no son de 
callar ni pasar en silencio las cerimonias de que usaban y cómo eran 
rescebidos y despachados, diré en el capitulo que se sigue, por ser mii}^ 
nuevo y peregrino, lo que en ellas había. 


CAPITULO XXXI 

DE LAS INSIGNIAS DE LOS EMBAXADORES Y DE CÓMO ERAN RESCEBIDOS 

Y DESPACHADOS 

Eran, como es del derecho de las gentes de los indios de la Xueva 
España, tan inviolables los embaxadores, tenían tan diferentes señales 
de las que se usan entre todas las otras nasciones del mundo, eran tra¬ 
tados y rescebidos con tanta cerimonia y honor, que demostraban ser 
cosa sagrada, tanto que, aunque estas gentes, bárbaras de su condisción, 
son más vengativas que todas las del mundo, respetaban á los embaxa¬ 
dores de sus mortales enemigos como á dioses, teniendo por mejor violar 
cualquiera otra cerimonia y rito de su falsa religión que pecar contra 
los embaxadores, aunque fuese en cosa muy pequeña, porque por la tai, 
no menos que si fuera muy grave, eran con mucho rigor castigados, 
diciendo que, pues los embaxadores se confiaban dellos, no debían en uh 
punto ser engañados. 






LIBRO TERCERO.—CAP. XXXI 


199 


Su manera, pues, de caminar para ser conoscidos en tierras de sus 
enemigos era que cada uno llevaba una delgada manta, de punta á 
punta torcida, revuelta al cuerpo, que cubria el ombligo, con dos nudos 
á los lomos, de manera que de cada nudo sobrase un palmo de manta. Con 
esta manta había de entrar cubierto cuando diese la embaxada; sin ésta 
llevaba otra de algodón grueso, de tal manera doblada, que hacía un pe¬ 
queño bulto enroscado; llevábala echada con un pequeño cordel por el 
pecho y hombros; llevaba en la mano derecha una flecha por la punta, 
las plumas hacia arriba, y en la izquierda una pequeña rodela y una re¬ 
decilla en que llevaba la comida que le bastaba hasta llegar do había de 
dar la embaxada. Entrando por tierra de enemigos, había de ir el ca¬ 
mino derecho sin salir dél á la una ni á la otra parte, so pena de perder 
la libertad y derechos de embaxador y estar condenado á muerte, la cual 
le daba el señor á quien llevaba la embaxada. 

Llegado que era al pueblo donde había de parar, era luego conosci- 
do por el traje, y los oficiales de la casa del señor á quien iba le salían 
á rescebir; mandábanlos reposar en la calpisca, que era casa del común 
del pueblo, donde, conforme á la calidad del señor que le inviaba, se le 
hacía en el comer y en todo lo demás el tratamiento más ó menos, según 
convenía. Hecho esto, los oficiales decían al señor cómo había venido 
mensajero, al cual mandaba que viniese; iba después de haber almorzado 
primero, porque la comida era muy tarde, muy compuesto, callado y como 
recapacitando consigo lo que había de decir, acompañado de los princi¬ 
pales de la casa, con rosas en las manos que ellos le habían dado. Llegado 
á palacio paso ante paso, los ojos en tierra, entraba donde el señor es¬ 
taba sentado con toda la majestad á él posible; haciéndole un muy gran 
acatamiento, se ponía en la mitad de la sala, sentado sobre sus panto¬ 
rrillas, pegados los pies y recogida la manta con que todo se cubría. 
Hacíale señal el señor que hablase, y luego él, hecho otro' acatamiento, 
la voz baxa, los ojos en tierra, con muy grandes cortesías y comedi¬ 
mientos y ornato de palabras, de que se presciaban mucho, proponía su 
embaxada. Oíale el señor con los principales que con él estaban, senta¬ 
dos á su uso y costumbre, que era sobre unos banquillos baxos de una 
pieza que ellos llaman ycpales, con muy gran atención, baxas las ca¬ 
bezas, puestas las bocas sobre las rodillas. 

Acabada la embaxada, no se le respondía palabra hasta otro día, si 
no fuese muy principal, y dando algunas gracias, salian con él algunos 
de los que en la sala estaban; volvíanle á la calpisca, mandándole pro¬ 
veer de lo nescesario. En el entretanto el señor trataba con los prin¬ 
cipales de su consejo la repuesta que se le había de dar para otro día. Xo 
le respondía el señor, sino alguno de los principales por él; echábanle en 
la redecilla tanto bastimento que bastase para llegar á su tierra, y se¬ 
gún la hacienda y liberalidad del señor, se le daban algunos presentes. 
Rescibíalos si su señor no le había mandado lo contrario, porque si era 
embaxador de amigo, era afrenta y agravio que se hacía al que los daba 




200 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


no rescebirlos ; y si de enemigo, no podía sin licencia de su señor. Salían 
los mismos que le habían traído á la calpisca con él cuando le despedían 
hasta sacarle del pueblo, donde, hechos muchos ofrescimientos, él llevaba 
la repuesta á su señor y ellos se volvían á casa. 

Los embaxadores que eran de alguna Señoría ó provincia nunca iban 
solos, porque por lo menos iban cuatro; eran hombres escogidos, de 
auturidad .en las personas y los más facundos y elocuentes que podían 
hallar, para que, ó desafiando ó haciendo paces, ó tratando de concier¬ 
tos, tuviesen mayor eficacia sus palabras y consiguiesen el efecto que 
deseaban. 

Otras muchas particularidades dexo, porque no son tan principales. 
Ahora, viniendo á Hernando Cortés, digamos lo que hizo en el entre¬ 
tanto que los embaxadores volvían. 


CAPITULO XXXII 

DE LO QUE Á CORTÉS SUBCEDIÓ YENDO Á TAXCALA 

Como había sido Cortés aconsejado por los cempoaleses que inviase 
sus mensajeros á la Señoría de Taxcala y habían ya pasado ocho días 
que no venían, preguntó á los principales de Cempoala que iban con 
él cómo no venían. Ellos le respondieron que debía de ser lexos, ó que 
por la majestad y grandeza, segó» su costumbre, no los despacharían 
tan aína, según yo dixe en el capítulo prescedente. Cortés, viendo que se 
dilataba su venida é que aquellos principales le certificaban tanto la 
amistad y seguridad de los taxcaltecas, determinó de partir con todo el 
campo para allá, confiado que le subcedería de otra manera que le avino, 
é á la salida del valle topó poco después una gran cerca de piedra seca, 
de estado y medio de alta y ancha veinte pies, con un pretil de dos palmos 
por toda ella para pelear de encima: atravesaba todo aquel valle de una 
sierra á otra; no tenía más de una sola entrada de diez pasos y en aquella 
doblaba la una cerca sobre la otra á manera de revellín por trecho de cua¬ 
renta pasos, de manera que era tan fuerte y tan mala de pasar que 
habiendo quien la defendiera, se vieran los nuestros en trabajo. 

Parósela Cortés á mirar, y como aquel que velaba por sí y por todos, 
dando con el caballo una vuelta por más de media legua, así para ver 
la fuerza de aquella cerca, como para ver si había algunas asechanzas, 
preguntando luego para qué era y quién la había hecho, respondió Yztac- 
niichtitlan, que le acompañó hasta allí, que era para dividir los términos 
entre él y los taxcaltecas y qíie sei^vía de mojones y también de fuerza 
para resistir á los taxcaltecas si quisiesen por fuerza de armas entrar 
en sus tierras, y que á este fin sus antecesores la habían hecho muchos 
años había, porque en el aquel tiempo los taxcaltecas eran vasallos del se¬ 
ñorío que Motezuma tenía é habían hecho muchas correrías en aquellos 






LIBRO TERCERO.— CAP. XXXII 


:io 1 


sus términos, aunque al presente ya eran amigos, aunque los taxcaltccas 
enemigos de Motezuma. 

De aquí entendió Cortés más claramente que los taxcaltccas eran más 
valientes que todos los demás indios, pues aquéllos habían hecho aquel 
muro tan bravo para defensa dellos, aunque á los nuestros más les pa- 
resció costoso y fanfarrón que provechoso, porque, rodeando un poco, 
había paso por donde los enemigos podían entrar. 

Como nuestro exército se detuvo algún tanto mirando aquella obra 
tan magnífica, diciendo cada uno su parescer y reparando principalmente 
en que tan larga y ancha cerca estuviese tan bien hecha, sin mésela de 
cal ni barro, é Yztacmichtitlan no entendía lo que hablaban, ni por qué 
se habían reparado, pensó que temían y recelaban de ir adelante; dixo y 
con ahinco rogó al Capitán que no fuese por allí, pues había otro ca¬ 
mino por donde podría ir seguro y servido, todo por tierras de su señor 
^íotezuma; que temía que los taxcaltccas habían de hacer de las suyas, 
que era gente muy bellicosa y que por quedar amigos de Motezuma, 
les saldrían al encuentro y harían algún daño. 

Mamexi y los otros principales de Cempoala le aconsejaban lo con¬ 
trario, diciéndole que en ninguna manera fuese por donde Yztacmichtitlan 
pretendía encaminarle, porque lo hacía con engaño y malicia, por apar¬ 
tarlo del amistad de los taxcaltccas, gente muy valiente y valerosa, te¬ 
meroso que si los nuestros se juntaban con los taxcaltccas, su señor Mo¬ 
tezuma sería menos poderoso. Cortés, entre paresceres tan diversos da¬ 
dos, como parescía, con sana y buena voluntad, estuvo suspenso por 
una pieza, deliberando en lo que se determinaría; y así, al fin, se arrimó 
al consejo de Mamexi porque le tenía más conoscido y tenía mejor con¬ 
cepto dél, y también por no mostrar cobardía, que es lo que siempre el 
buen caudillo ha de pretender, pues en él está el desmayo ó esfuerzo 
de los suyos; y así, prosiguiendo el camino de Taxcala que había co¬ 
menzado, se despidió de Yztacmichtitlan, tomando dél trecientos sol¬ 
dados. Entró por la puerta de la cerca y luego, poniendo en orden su 
gente, poniendo los tiros á punto, comenzó á marchar, yendo él con 
algunos de á caballo siempre media legua delante para descubrir el 
campo, y si algo hobiese, dar aviso y poner su gente en concierto y modo 
de pelear, y también para escoger buen lugar para la batalla ó para 
asentar el real si otra cosa no subcediese. 

Andada, pues, una legua topó con un espeso pinar todo lleno de hilos 
y papeles que enredaban los árboles y atravesaban por el camino. Rié¬ 
ronse mucho los nuestros cuando vieron esto, aunque se detuvieron en 
quitar hilos y papeles para pasar. Entendieron, como después se supo, 
que esta era obra de hechiceros que habían dado á entender á los tax- 
caltecas que aquellos hilos y papeles habían de tener tanta virtud que, 
'ó los nuestros no habían de poder pasar, ó si pasasen habían de perder 
las fuerzas para no poder resistir cuando fuesen acometidos. 

Salidos del pinar los nuestros, andadas más de tres leguas desde la 


202 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


cerca, mandó el Capitán decir á la infantería que caminase apriesa 
porque era ya tarde, y él con los de caballo fuese casi una legua de¬ 
lante, donde encumbrando una cuesta dieron los dos de á caballo que 
iban delanteros en obra de quince ó diez é seis indios con espadas y ro¬ 
delas y penachos pendientes de las espaldas y de la cabeza, que ellos 
acostumbran traer en la guerra, los cuales eran escuchas y estaban pues¬ 
tos, como paresció, para dar aviso cuando los nuestros llegasen, porque 
como los vieron, echaron á huir, ó de miedo ó por dar aviso. 

Llegó luego Cortés con otros tres compañeros á caballo, y por más 
que voceó ni señas que les hizo, no quisieron esperar; y porque no se le 
fuesen sin saber algo, los siguió. Alcanzólos, pero ya que estaban juntos 
y remolinados, determinados de morir antes que de rendirse, comenzaron 
á jugar de las espadas y rodelas. Hacíales señas Cortés que estuviesen 
quedos; acercábase á ellos, pensando tomarlos á manos y con vida, pero 
ellos, no curando desto, jugaron de las espadas; pelearon y defendié¬ 
ronse tan bien de los seis de á caballo, que hirieron dos dellos y les ma¬ 
taron dos caballos de dos cuchilladas, y aun, á lo que vieron algunos de 
los nuestros, eran tan valientes y de tan buenos brazos que á cercén y con 
riendas cortaron las cabezas á los caballos que mataron, y esto no íué 
porque hicieron golpe, sino porque las espadas eran de navajas de pe¬ 
dernales muy agudas, y aunque tenían muchas fuerzas, sabían muy dies¬ 
tramente cortar. 

Esta refriega fué principalmente con los seis de á caballo que primero 
llegaron, porque en esto acudieron otros cuatro y tras ellos los demás, 
Retraxéronse por orden los indios, jugando sus espadas sin muestra de 
temor, hasta que Cortés, viendo que con grande alarido y grita descen¬ 
dían muy en orden más de cinco mili indios de guerra á socorrer á 
los suyos, invió á gran priesa uno de á caballo que dixese á la infan¬ 
tería caminase con toda furia. El escuadrón de los indios allegó tarde, 
porque ya las escuchas estaban alanceadas por el enojo grande que Cor¬ 
tés rescibió de ver que le habían muerto dos caballos, y siendo tan pocos 
y habiéndoles hecho señal, no haber querido rendirse ni detenerse. 


CAPITULO XXXIII 

DE LO QUE HICIERON LOS INDIOS Y DE LO QUE DESPUÉS INVTARON 
A DECIR AL CAPITÁN 

En el entretanto que la* infantería caminaba, el escuadrón de los in¬ 
dios llegó y arremetió con buen ánimo y denuedo contra el Capitán v 
sus compañeros; tiráronles muchas flechas; acercáronse á los nuestros 
cuanto las lanzas les daban licencia, los cuales mataron y alancearon á 
todos los que más se metían; acercóse entretanto la infantería y artillería, 
y como del recuesto lo vieron los Capitanes de los indios, hicieron señal 




LIBRO TERCERO.—CAP. XXXIII 


2 o 3 


de retirar; volviéronse luego en buena orden, dexando el campo á los 
nuestros, los cuales cuando llegaron no hallaron más que los caballos é 
indios muertos. En este rencuentro los de á caballo entraban y salían 
por los enemigos á su salvo sin rescebir daño; mataron hasta sesenta 
dellos, porque tenían como cosa nueva más miedo á los caballos que á 
los caballeros, diciendo que aquellos venados mochos eran muy mayo¬ 
res que los suyos é que corrían más, é que por algún encantamento anda¬ 
ban los'nuestros encima dellos. 

Retirado, pues, bien de los nuestros el escuadrón de los indios, in- 
viaron luego los señores de Taxcala dos de los embaxadores que Cortés 
les había inviado con otros suyos á decirle cómo ellos habían sabido lo 
que había pasado, y que les había pesado mucho de que aquella gente 
bárbara se hobiese así atrevido; que sopiese que eran ciertas comunidades 
y behetrías de indios que sin su licencia y como les parescía, hacían lo 
que querían, aunque se holgaban que algunos dellos hobiesen pagado la 
pena que merescían por su loco atrevimiento, y que ellos eran sus amigos 
y deseaban verle en su pueblo para hacerle todo servicio, pues eran tan va¬ 
lientes ; é que si querían que les pagasen los caballos que aquellos oto- 
míes les habían muerto, que luego les inviarían oro ó joyas por ellos, 
porque hombres tan valientes como eran él y los suyos, merescían ser 
muy servidos de tal gente como la taxcalteca. 

Cortés, aunque barruntó, como ello era, que el recaudo era falso, 
para tomarle sobre seguro, respondió "como siempre sagaz y blanda¬ 
mente que les tenía en merced su ofrescimiento y buena voluntad y que 
sería con ellos lo más presto que pudiese, porque lo deseaba mucho; y 
disimulando la pena que la falta de los caballos muertos le hacían, y más 
de que los indios tuviesen entendido que los caballos eran mortales, cer¬ 
ca desto les dixo que no había nescesidad de que se los pagasen, que otros 
muchos le vendrían muy presto de adonde aquéllos habían nascido. Vol¬ 
viéronse con esto los mensajeros, llevando consigo los cuerpos de los 
indios alanceados, para enterrarlos conforme á su rito y religión. Cortés 
mandó luego enterrar los caballos, por que no supiesen que morían. 
Dicen otros que creyó ser el recaudo verdadero, por ser dos de los 
cempoaleses los mensajeros que con los otros venían, que á venir solos 
era más creíble. 

Pasó Cortés casi una legua más adelante; llegó casi á puesta de sol 
cerca de un arroyo, lugar cómodo para asentar el exército, por ser 
fuerte y de agua; paró allí porque la gente venía muy cansada; dobló, 
porque dormía en el campo, las velas de pie y las de á caballo, y aun 
dicen otros que por sus cuartos velaron de ciento en ciento, que nc 
poco los aseguró. Aquella noche reposaron todos según que les cupo, 
mejor de lo que pensaron, porque no tuvieron ningún alarido ni re¬ 
bato. 

Otro día llegaron á unas casas de otomíes, en las cuales no hallaron 
más de algunos muertos de las heridas rescebidas el día antes; quemaron 


204 CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 

las casas y comieron tunas, más de hambre que de vicio, porque no las 
osaron comer hasta que vieron que las comían los tamemes que consigo 
traían; y porque es fruta muy espinosa que aunque se tome con guantes 
los pasa, los nuestros, primero que entendieron que echándolas en el 
suelo y volviéndolas con la suela del zapato se les quitaban las espinas, 
las metían por las puntas de las espadas chamuscándolas á la llama 
de las casas que ardían, de que no poco se reían los indios. Otro día, 
salido que fué el exército de aquella alearía quemada, llegando á un 
mal paso, que era en una quebrada honda que la señoreaban sierras 
alderredor, antes que la pasasen, un perro sintió espías; ladró, acudió un 
herrador llamado Lares, excelente hombre de caballo, mató dos; hu¬ 
yéronle los demás. En esto llegaron los otros dos mensajeros cempoaleses 
que Cortés había inviado, corriendo, sudando, demudada la color, mal¬ 
tratados, llorando y que apenas, de miedo que traían, podían hablar; 
vinieron derechos á Cortés, echáronse en el suelo, abrazáronse con sus 
pies, como pidiendo favor y socorro; asegurólos Cortés; pidióles por las 
lenguas que dixesen cómo venían así. Respondieron que los malos y 
perversos taxcaltecas, violando, como aquellos que no tenían ni reco- 
noscían superior, el derecho inviolable de la embaxada, los habían atado 
y guardado para sacrificarlos otro día, en amanesciendo, al dios de la 
victoria, diciendo y afirmando que la tendrían cierta si ellos muriesen; é 
que aquella noche, desatándose el uno al otro se habían escapado, porque 
también habían oído decir que después de sacrificados, habían de ser 
para buen comienzo de la guerra sabroso manjar, é que así habían de 
hacer con los barbudos y con todos los demás que con ellos venían. 

CAPITULO XXXIV 

DEL SEGUNDO RECUENTRO QUE CORTES HUBO CON LOS DE TAXCALA 
Y DE LA CELADA QUE LE PUSIERON 

Poco después que los mensajeros contaron lo que con los taxcalte¬ 
cas les había acontescido, obra de un tiro de ballesta, asomaron por 
detrás de un cerrillo hasta mili indios bien armados; acercáronse á los 
nuestros con el alarido y grita que suelen, y los acometieron tirándoles 
muchos dardos, piedras y saetas. Cortés les hizo muchas veces señal de 
paz; hablólos con farautes, rogándoles que estuviesen quedos, porque 
él no venía á hacerles mal; requirióselo en forma por ante escribano y 
testigos, como si hobiera de aprovechar algo ó ellos entendieran qué que¬ 
ría decir hacer requerimientos ; y así, después acá en nuestros días se 
han engañado muchos flaires (i), creyendo que sin gente de guerra que 
les guardase las espaldas podían convertir los indios y hales acontes¬ 
cido al revés, porque después de haberles dado muchas voces y tratado 


(i) Al margen-. ‘“Engaño contra los frailes." 




LIBRO TERCERO.—CAP, XXXIV 


200 


con mucha blandura y amor, han rescebido cruelmente la muerte de 
sus manos. 

Viendo, pues, Cortés que mientras más les rogaba más se encendían, 
determinó defenderse; y así, trabada la batalla con engaño que tenían 
pensado, comenzaron á retraerse, llevando á los nuestros tras sí hasta me¬ 
terlos en una emboscada de más de cien mili indios de guerra que es¬ 
taban el arroyo arriba, que por unas quebradillas que había hacían el 
paso asperísimo en gran manera y de tanto peligro que los nuestros se 
vieron perdidos, donde, después del favor divino, que claramente conos- 
cieron, el ánimo y esfuerzo invencible de Cortés aprovechó mucho. 

Aquí dicen que Teuch, uno de los nobles y principales de Cempoala, 
dixo, cortado y desmayado, á Marina: “¡Oh, ]\farina y cómo veo la 
muerte de todos nosotros delante de los ojos! ¡No es posible que ha 
de quedar vivo ninguno!” Marina, con ánimo varonil y espíritu pro- 
fético, le respondió: “No tengas miedo ni desmayes asi, que el Dios 
destos cristianos es muy poderoso; quiérelos y ámalos mucho, y presto 
verás, cómo siendo vencedores, los saca deste peligro.” 

No mucho después que Marina dixo estas palabras tan llenas de 
esfuerzo y de fee, diéronse tan buena maña los nuestros, que, aunque con 
muy gran trabajo, salieron presto de aquel paso, donde los indios amigos, 
por no ser sacrificados, haciendo como dicen de las tripas corazón, pe¬ 
learon como deben los que pelean por la vida, aunque las acequias, 
guardadas y defendidas con mucha gente de guerra, eran á todos los 
nuestros grande estorbo, y embarazó tanto que muchos de los enemigos 
se atrevían á abrazarse con los caballos y quitar las lanzas á los caba¬ 
lleros. Perdiéranse allí muchos españoles si los indios amigos, como 
diestros en el agua y con fidelidad maravillosa no les ayudaran. Cortés 
iba delante con los de á caballo peleando y haciendo lugar á la infantería ; 
volvía de cuando en cuando á concertar el escuadrón; decíales: “Señores, 
acordaos que sois cristianos y españoles y que ahora es menester vuestro 
animoso corazón con que la nación nuestra se señala entre todas las del 
mundo; mirad que peleáis por Jesucristo, por defender su honra y vues¬ 
tra vida, i Esfuerzo, esfuerzo, que Dios es con nosotros y éstos no pue¬ 
den durar mucho!” 

Con estas y otras palabras, dignas de tal Capitán, alentó tanto á la 
gente que peleaba, que con nuevo esfuerzo salieron en fin de aquellas 
quebradas á campo raso y llano donde, pudiendo correr los caballos y 
jugar el artillería, dos cosas que pusieron gran espanto, hicieron gran 
daño en los enemigos, á los cuales tiñiéndolos en poco, se metían en eUos 
haciendo gran matanza, hasta que no pudiéndolo sufrir los indios, en 
orden se fueron retrayendo á un recuesto donde se hicieron fuertes. 
Quedaron este día en el un recuentro y en el otro muchos indios muer¬ 
tos y heridos; de los españoles hubo algunos heridos, pero ninguno 
muerto. 

Dieron los nuestros en voz alta con increíble alegría muchas gracias ■ 



2o6 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


á Dios por la victoria que les había dado. Fué de ver, como acontesce 
en negocios que han sido tan peligrosos, cómo los indios amigos abra¬ 
zaban á los españoles y entre sí los unos á los otros decían: “Grande y 
poderoso Dios es este de los cristianos, pues siendo tan pocos que aun¬ 
que fueran pájaros no se pudieran escapar de las manos de los enemigos 
y de tan peligrosos pasos, han salido victoriosos.'’ 

Fué también de ver el regocijado y alegre coloquio que entre ^fari¬ 
ña y el indio cempoalese pasó, diciendo él cuán bien había profetizado, 
y replicando ella que jamás había tenido miedo, teniendo por cierto que 
el Dios de aquellos cristianos no les había de faltar. Tocáronse los ins¬ 
trumentos que había entre los indios amigos y los nuestros, los cuales 
hicieron bailes y danzas á su uso, mirándolo los enemigos del recuesto, 
que no poco los movía á indignación y enojo. 

Estando así las cosas, un indio. Capitán de cierta parte del exército 
de los enemigos, acompañado de ciertos principales de su capitanía, 
haciendo señal de paz, baxó adonde Cortés estaba. Díxole que él veía, 
como por la experiencia había parescido, que él y los suyos eran inven¬ 
cibles y que creía ser dioses inmortales; que le suplicaba la guerra no 
pasase adelante, porque él procuraría con los otros Capitanes de que le 
tuviesen por amigo y dexasen entrar en Taxcala. 

Cortés se alegró con esto, y con la gracia que solía le respondió que 
fuese así, que él no venía á dar mal por mal, que su Dios, que sólo era 
verdadero, lo vedaba y prohibía; y que aunque él con tanta razón podía 
estar enojado dellos, que queriendo ser sus amigos, se desenojaría y los 
rescibiría por tales. Con esto se despidió el indio, y tratando de las pa¬ 
ces con los otros Capitanes, le dieron tantos de palos que volvió descala¬ 
brado, diciendo á Cortés que aquellos bellacos, hombres de mal corazón, 
estaban obstinados en su malicia, aparejados para hacerle todo mal; 
que mirase por sí, porque él y los de su compañía serían sus amigos. 
Cortés le hizo curar; regalóle y agradescióle su buena voluntad; díxole 
que con su gente se apartase á un lado con una seña levantada para que 
los cristianos no le hiciesen daño en la batalla y rencuentros que con 
los enemigos habían de tener. 


CAPITULO XXXV 

DEL DESAFÍO QUE HUBO ENTRE UN INDIO TAXCALTECA Y OTRO CEMPOALESE, 
Y DE CÓMO DIEGO DE ORDÁS ROMPIÓ LOS ENEMIGOS 

Estando así los enemigos puestos sobre aquel recuesto en su orden 
y concierto, escaramuzando algunas veces con los nuestros, un indio 
que dicen era otomí, muy valiente y bien dispuesto, exercitado en la 
guerra, en la cual había hecho cosas señaladas, baxó armado á su modo 
con espada y rodela; hizo señas á los indios de nuestro real, diciendo 







LIBRO TEB CERO—CAP. XXXV 


207 


que saliese el que dellos fuese más valiente, con las mismas armas en 
campo con él, porque les haría conoscer persona por persona que era 
mejor y más valiente que ellos. Había entre los indios amigos de los 
nuestros un cempoalese, hombre noble y no menos exercitado en guerra, 
que viendo callar á los demás, agraviado de que el enemigo tuviese tanto 
atrevimiento, confiado de que los españoles le habían de socorrer si le 
viesen en aprieto, que no poco le puso ánimo, se fué á Cortés y le dixo: 
''Señor, no es justo que aquel perro que allí está tenga tan en poco á les 
que contigo venimos, que diga que es mejor y más valiente que nos¬ 
otros y que esto lo probará por su persona; está allí braveando, y 
como vees esperando que alguno salga á él; dame para ello licencia, 
porque deshaga esta injuria, que yo confío que en tu buena ventura le 
venceré y te traeré su cabeza.’’ 

Cortés se holgó desto, alabóle su buen propósito, animóle con las 
mejores palabras que supo, abrazólo y mandó que fuesen con él algu¬ 
nos amigos suyos hasta ponerle de la otra parte donde el enemigo estaba, 
porque le paresció que, como taxcalteca, había de ser más exercitado en 
guerra y en su persona y orgullo demostraba ser más valiente. Por lle¬ 
var el juego hecho y que su cempoalese no perdiese nada, mandó á un 
español que algo lexos tuviese cuidado de mirar por el cempoalese, y si 
le viese ir de vencida y que el enemigo le apretaba, le socorriese y li¬ 
brase. 

Puestos en campo los dos, á vista de los exércitos, comenzaron á ju¬ 
gar de sus espadas y rodelas, afirmándose con gentil denuedo el uno 
contra el otro; y después de muchos golpes que se tiraron, que reparaban 
con las rodelas, viendo el cempoalense que duraba la batalla más de lo 
que quisiera, descubrióse el pecho, cebando al enemigo, el cual, tirándole 
á lo que le vió descubierto, rescibiéndole el golpe en la rodela, el cem¬ 
poalense le dió una gran cuchillada sobre el hombro, de la espada, y acu- 
diéndole con otros lo derribó en tierra y cortó la cabeza, la cual, como 
levantó en alto, acudió la grita de todos los amigos, festejando su vic¬ 
toria. Los indios que con el taxcalteca habían baxado, muy cabiscaídos, 
dexando allí el cuerpo, se volvieron donde el resto del exército estaba. 

Había debaxo de aquel recuesto una gran caverna que caía sobre un 
mal paso, por donde, para ir adelante, por fuerza habían de pasar los 
nuestros, el cual paso defendían muy á su salvo desde la caverna gran 
copia de flecheros. Visto esto por Diego de Ordás, hombre de grandísi¬ 
mas fuerzas y ánimo, pidió á Cortés sesenta soldados que él escogiese 
y que le aseguraría el paso. Cortés se los dió y él los escogió tales y tan 
buenos, que aunque más espesas que granizo venían sobre ellos las fie- 
chas, pasaron adelante, y matando muchos de los enemigos que en la ca¬ 
verna estaban, pusieron en huida á los demás. Pasaron los caballos de 
diestro, que no eran más de trece, que cuando se vieron en lo llano, re¬ 
linchando, dieron muestra que eran señores del campo, y aunque bestias, 
paresce que se alegraron en verse fuera de aquellas barrancas; y de las 



2o8 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


flechas que sobre ellos caían, murieran todos si no fuera porque los ro¬ 
deleros que los llevaban en medio, rescibían las flechas. Dicen que era 
cosa maravillosa ver cómo se apeñuscaban (*), no andando más de lo que 
los soldados querían y vían que era menester. 

Visto por los que estaban en el recuesto que allí no había ya más que 
esperar, fingiendo que del todo se apartaban de la guerra, en breve des¬ 
aparecieron todos, aguardando otra ocasión, como lo hicieron, para 
acometer á los nuestros. 

Retirados los enemigos, los nuestros aquella tarde bien alegres con la 
victoria, caminaron hacia un pueblo que se llamaba Tecoacinco, pueblc. 
bien pequeño; asentaron el real en un alto, donde estaba una torrecilla 
y templo de indios; llamáronla después los nuestros y con mucha razón 
la Torre de la Victoria, por las muchas que Dios les había dado desde 
allí contra los taxcaltecas. Hiciéronse fuertes en ella, levantando de paja 
y rama que traían los tamemes muchas chozas; ayudaron en esto los in¬ 
dios amigos con mucho cuidado, ó por vengarse de sus enemigos ó por 
no venir á sus manos; acariciábalos mucho Cortés, porque, ó por ver¬ 
güenza, ó por amor, hiciesen el deber; durmieron aquella noche todos^ 
que fué la primera de Septiembre, en aquel sitio harto sobresaltados, 
pOi'que como la tarde antes habían visto los cerros cubiertos de gentes de 
guerra, temieron ser acometidos. ]\Iandó velar Cortés por esto toda 
la noche en tres cuartos al exército, tomando él con la parte que le cabía 
el alba, que era cuando más se temían que vendrían los enemigos; pero 
no vinieron, porque no acostumbran pelear de noche. 

Otro día, que fué segundo de Septiembre, en amanesciendo invió 
Cortés mensajeros á los capitanes de Taxcala á rogarles é requerirles 
fuesen amigos y le dexasen pasar por sus tierras, porque él no iba á 
hacerles daño ni á aliarse con Motezuma contra ellos, sino á hacer lo 
que el Emperador, su señor, le había mandado. Con esto, dexando do- 
cientos españoles y el artillería y tamemes, y por su Capitán á Pedro de 
Alvarado, tomó los demás españoles y los indios amigos que traía, corrió 
el campo y con los de á caballo, antes que los de la tierra se juntaseuj 
quemó cuatro ó cinco lugares ; volvió con hasta cuatrocientas personas 
presas sin rescebir daño, aunque le siguieron hasta la torre peleando. 
Halló allí la repuesta que los capitanes de Taxcala le inviaban, y era que 
otro día vendrían á verle y responderle como vería, repuesta cierto bien 
soberbia, aunque de pocas palabras, porque prometía mucho más de lo 
que después hicieron. Cortés, oído este recaudo que le paresció bravo y 
de mucha determinación, especialmente que los prisioneros le habían, 
certificado que se habían juntado ciento y cincuenta mili hombres para 
venir sobre él otro día y tragárselos vivos, puso toda diligencia cómo el 
exército estuviese bien apercebido. 


(*) “Apeñuscaban” por “apiñaban”. 




LIBRO TERCERO. -CAP. XXXVI 


209 


CAPITULO XXXVI 

DE LO QUE MÁS PARTICULARMENTE LOS PRISIONEROS DIXERON A CORTÉS, 
V CÓMO OTRO DÍA VINO EL EXÉRCITO TLAXCALTECO SOPARE ÉL 

Por que el capitán que no procurare saber lo que su enemigo intenta, 
fácilmente será engañado y vencido, Cortés, que nunca dormía, unas 
veces por halagos y otras por amenazas y tormento, procuró infonnarse 
más largo de los prisioneros. Juntó algunos de los más ancianos y que 
mejor razón le podían dar; preguntóles que si aquel tan pujante exército 
era de solos otomíes ó de taxcaltecas, ó de los unos y de los otros, y 
qué era la causa que estaban tan obstinados en no dexarle pasar por 
sus tierras y qué número de gente era la qut la señoría de Taxcala podía 
poner en campo, de qué ardides usaban y sí peleaban de noche y qué era 
á lo que más miedo tenían. 

Ellos respondieron por el orden que les había preguntado, diciendo: 
‘'Señor, tus prisioneros somos y la verdad te hemos de decir, sin que 
por fuerza la descubramos, porque tienes buen corazón y nos haces buen 
tratamiento. La gente que has visto es otomí y taxcalteca, subjecta toda 
á los señores y Capitanes de Taxcala, aunque ellos no querrían que su¬ 
pieses que Taxcala te hace guerra, porque se tienen por tan valientes que^ 
siendo vencidos, no quieren que tú sepas ser ellos; quiérente tan mal 
porque tienen por cierto que vas á ser amigo de su mortal enemigo Mo- 
tezuma, y á esta causa están concertados de no parar hasta darte la 
muerte, y de ti y de los tuyos hacer muy solemnes sacrificios y ofrendas 
á sus dioses, que nunca tales se hubiesen hecho, y luego dar un banquete 
general de vuestra carne, que nosotros llamamos celestial. Y porque se¬ 
pas quien es Taxcala y quién son sus Capitanes, sabrás que aquella gran 
Señoría se reparte en cuatro cuarteles ó apellidos; llámanse Tepeticpac, 
Ocotelulco, Tizatlan, Quiauztitlan, esto es, como si en romance dixése- 
mos "los serranos, los del pinar, los del yeso, los del agua''. Cada ape¬ 
llido destos tiene su cabeza y señor á quien todos acuden y obedescen. 
Estos así juntos hacen el cuerpo de la república y ciudad; mandan en 
paz y en guerra cuatro señores, pero el que dellos es ahora General del 
exército, porque es muy valiente y ardid (*) y el que peor está contigo, es 
Xicotencatl. Este lleva el estandarte de la ciudad, que es una grúa de oro 
con las alas tendidas y muchos esmaltes y argentería; tráela en tiempo de 
guerra, como verás mañana, detrás de toda la gente, y en tiempo de paz 
delante. Magiscacin, que es el otro Capitán, es muy noble y no estás 
mal con él. Será la gente que contra ti se ha juntado ciento y cincuenta 
mili hombres de guerra; usan de diversos ardides con los indios sus 
enemigos, pero con vosotros no hay ese aparejo porque peleáis de otra 


(*) Adjetivo anticuado. “Ardido.’* 


14 




210 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


manera. Lo que habéis de procurar para prevalescer contra éstos y que 
no os ofendan, es que no os tomen en quebradas y pasos angostos y 
que no peléis con ellos estando puestos en recuestos ni entre tunares, 
porque alli los flecheros son más señores y se guardan mejor. Lo que 
más temen son esos truenos que parescen del cielo y esos venados gran¬ 
des que corren mucho que paresce, no habiéndoos visto á pie. que ellos 
y vosotros sois de una pieza; también se maravillan de las grandes he¬ 
ridas que dan los tuyos con las espadas que traen de hierro. Esto es lo 
que sé; tú mirarás lo que te conviene."’ 

De ahí á poco que esto supo Cortés, asomaron los cuatro capitanes de 
Taxcala con todo su exército que cubría el campo. Vió bien, como los 
prisioneros le habían dicho, la señal del General, y esto fué, como ha¬ 
bían prometido el día antes, cuando amanescía; era gente muy lucida y 
bien annada á su uso y costumbre, aunque por venir pintados con bixa 
y xaguas, parescían demonios; traían grandes penachos que campeaban á 
maravilla; traían hondas, varas con aminto (*) que pasaban una puerta, 
era el arma que más temían los nuestros; lanzas, espadas de pedernal, 
arcos y flechas sin hierba, que no poco aprovechó; traían asimismo porras, 
macanas, caxcos, brazaletes y grebas de madera, doradas ó cubiertas de 
pluma y cuero; las corazas eran de algodón, tan gruesas como el dedo, 
llámanse escaupiles; las rodelas y broqueles, muy galanos y para ellos 
bien fuertes, ca eran de palo y cuero y con latón y pluma; otras texidas 
de caña con a]|^odón, y son las mejores, porque no hienden; destas se 
aprovecharon después los nuestros, porque las suyas perescieron presto 
por los muchos y grandes golpes que en ellas rescebían de los enemigos. 
< \^enia el campo en muy gentil orden, repartido en sus escuadrones, 
y en cada cuartel sonaban muchas bocinas, caracoles y atabales que cierto 
era bien de ver. Nmica españoles vieron en campo tan hermoso exército 
y tan grande después que las Indias se descubrieron, porque los de Mé¬ 
xico nunca salieron á campo. Esta gran junta y aparato fué para pocos 
más de trecientos españoles, que tuvieron á Dios tan de su parte que 
pudieron vencer este y otros exércitos. Púsose cerca de los nuestros no 
más de una barranca grande en medio. 

Cortés que así los vió, como si tuviera presente la victoria, se alegró, 
dando á entender á los suyos que aquella era buena coyon tura en que con 
el favor de Dios habían de mostrar el valor y esfuerzo de la nación es¬ 
pañola para espantar á Motezuma mucho antes que á él llegasen. La 
gente que, ya del recuentro pasado, sabían para qué eran los indios, es¬ 
forzóse y deseó presto venir á las manos. 


(*) “ Amiento. 





LIBRO TERCERO.—CAP. XXWll 


211 


CAPITULO XXXVII 

■DE LAS BILWEZAS QUE LOS TAXCALTECAS HACÍAN, Y CÓMO ACOMETIERON 

Á CORTÉS 

Como los enemigos se vieron tantos y tan venturosos y acostumbra¬ 
dos á vencer á sus vecinos, paresciéndoles que por ser tan pocos los 
nuestros, aunque entendían que tantos por tantos eran más valientes 
que ellos, comenzaron entre sí á bravear y decir palabras llenas de pre¬ 
sunción y soberbia que la multitud más que el esfuerzo les hacía decir. 
Decían: “¿Quién son éstos que siendo tan pocos presumen tanto de sí, 
que piensan á nuestro pesar entrar por nuestra tierra para confederarse 
con nuestro enemigo Motezuma? i Bien será que entiendan lo que po¬ 
cemos, y por que no piensen que hacemos á nuestra ventaja los negocios 
y que queremos más tomarlos por hambre que rendirlos por fuerza de 
armas, inviémosles de comer, que vienen hambrientos y cansados, porque 
después, en el sacrificio y banquete que dellos hiciéremos, los hallemos 
sabrosos!'^ Después de dichas estas palabras y otras tan arrogantes y 
más, inviaron luego trecientos gallipavos, docientas cestas de bollos de 
centli, que ellos llaman tamales, que pesarían más de cient arrobas, lo 
cual ayudó en gran manera al trabajo de los nuestros y socorrió á la 
estrecha nescesidad que padescían. Hecho esto, cuando les paresció que 
ya habrían comido, dixeron: 'Abamos á ellos, que ya estarán hartos; co¬ 
merlos hemos y pagarnos han nuestro pan y gallipavos; sabremos quién 
los mandó venir acá, y si es Motezuma, venga y líbrelos, y si es su 
atrevimiento, lleven el pago.’^ Con estos y otros semejantes fieros que 
hacían, menospreciando el número de los nuestros, aquellos cuatro Ca¬ 
pitanes inviaron hasta dos mili soldados de los muy escogidos y más 
valientes de todo el exército. Dixéronles: “Acometed [á] aquellos pocos 
extranjeros que la mar ha rebosado por no poderlos sufrir; si se os de¬ 
fendieren, mataldos, pero procuraréis de tomarlos á vida, para que vivos 
vengan á nuestro poder y nuestros dioses sean con su sangre y muerte 
aplacados; mirad que hagáis como sabios y valientes, pues sois la flor de 
nuestro exército y peleáis por nuestros dioses y patria/' Diéronles los 
Capitanes una persona señalada por Capitán, que especialmente tenía odio 
contra los nuestros, el cual mostró tanto esfuerzo, ó por mejor decir, 
odio, que dió á entender que se afrentaba de llevar tantos y tan buenos 
soldados contra tan pocos. 

Pasaron los dos mili indios con su caudillo la barranca; llegaron á la 
torre con mucho esfuerzo y osadía, salieron á ellos los de á caballo y en 
pos dellos los de á pie; trabóse la batalla y en breve, al primer acome¬ 
timiento, conoscieron los indios cu.ánto cortaban las espadas españolas; 
retraxéronse un poco, tornando luego á acometer; estonces entendieron 
más claro, por la priesa que los nuestros les daban, el valor de aquellos 



212 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


pocos que poco antes tanto ultrajaban. Finalmente, al tercer recuentro, 
sólo aquellos escaparon (que fueron muy pocos) que acertaron con el 
paso de la barranca, porque todos los demás murieron de muy fieras y 
espantosas heridas, volviéndoseles su vana presunción muy al revés de lo 
que pensaban ; pues yendo á prender, quedaron muertos. 

Como los Capitanes que de la otra parte estaban vieron la matanza 
que los nuestros habían hecho, juntos, con un alarido que le ponían en 
el cielo, acometieron tan denodadamente que llegaron, sin poderlos re¬ 
sistir, hasta el real, donde entraron muchos, á pesar de los que dentro 
estaban; anduvieron á las cuchilladas y brazos con los nuestros. Fué este 
rencuentro, por ser tantos los enemigos, de gran riesgo y peligro para 
los nuestros, ca tardaron un gran rato en matar y echar fuera á los que 
habían entrado, haciéndolos saltar por el valladar; pelearon desde el 
valladar y fuera los nuestros más de cuatro horas, primero que pudiesen 
hacer plaza. Al cabo ya que todos estaban cansados, afloxaron reciamen¬ 
te los enemigos, viendo los muchos muertos de su parte, las grandes 
heridas que habían rescebido y que no mataban á nadie de los contrarios, 
que lo tenían por cosa espantosa y nunca jamás vista, confundiéndose en 
ver que ellos eran tantos y los nuestros tan pocos y los unos no menos 
bien armados que los otros, y con esto, como enojados de sí mismos, como 
canes rabiosos, se volvieron aquel día algunas veces contra los nuestros, 
hasta que viendo que ya era tarde y que siempre llevaban lo peor, se 
retiraron, de lo que no poco se holgó Cortés, porque él y los suyos te¬ 
nían ya los brazos tan cansados de matar indios, que á tornar á volver de 
refresco otros, no pudieran dexar de ó morir muchos ó ser vencidos, si 
Dios milagrosamente no les diera nuevas fuerzas. 

Durmieron aquella noche los nuestros muy contentos, más con el poco 
miedo que tenían en saber que los indios no pelean con lo escuro, que 
con la victoria que habían ganado, aunque fué tanto mayor cuanto mayor 
el peligro en que se vieron; durmieron á placer, aunque con muy buen 
recaudo, en las estancias, velas y escuchas. Los indios, en el entretanto, 
aunque echaron menos muchos de los suyos, no se tuvieron por vencidos, 
por lo que después, como diré, hicieron. No se supo cuántos fueron ios 
muertos, porque los nuestros tuvieron ese lugar (*), ni los enemigos 
pararon á tener cuenta en ello. 

El otro día salió Cortés bien de mañana á talar el campo como la 
otra vez lo había hecho, dexando en guarda del real la mitad de su gente, 
y por no ser sentido, primero que hiciese el daño, partió antes del día; 
quemó más de diez pueblos y saqueó uno de tres mili casas, en el cual 
había poca gente de pelea, como estaban en la gran junta ; con todo eso pe¬ 
learon como por sus casas y haciendas los que dentro se hallaron, aunque 


(D Mejor diría “porque los nuestros no tuvieron ese lugar”. Gomara escribe: 
“No se pudo saber cuántos fueron los muertos; que ni los nuestros tuvieron ese 
vagar, ni los indios cuenta.” Conquista de Méjico. Cap. tif. “Los fieros que hadan 
á nuestros españoles aquellos de Tlaxcallan”. 







LIBRO TERCERO. — CAP. XXXVIII 


2 I 3 


no les aprovechó; mató copia dellos ; puso fuego al lugar; llevó muchos 
prisioneros ; tornóse á su fuerte, sin casi ningún daño á medio día, cuan¬ 
do ya los enemigos acudían á más andar para despojarle y dar en el real, 
que de cansados y calurosos, con el resestero del sol y por miedo de los 
tiros que los ojearon, se volvieron atrás hasta otro día, como diré. 


CAPITULO XXXVIII 

CÓMO LOS ENEMIGOS TORNARON Á ACOMETER Á LOS NUESTROS Y DE LAS COSAS 
PARTICULARES QUE ACONTES CIERON 

Porfiando en su demanda los enemigos, creyendo que con acometer 
muchas veces á los nuestros les subcedería mejor, vinieron, aunque no 
tantos, otro día, porque vieron que en lugar angosto la multitud dellos 
estorbaba y les hacía daño, inviando, como el día antes, comida; bravea¬ 
ron, dixeron palabras más de hombres victoriosos que vencidos ; acometie¬ 
ron con furioso ímpetu á los nuestros; pelearon cinco horas con mucho 
coraje; no pudieron matar ni prender á ninguno de los nuestros, que era 
lo que mucho procuraban; murieron dellos infinitos, porque como esta¬ 
ban apretados, aunque menos que el día antes, y se metían hacia nuestro 
real, donde había menos espacio, el artillería y escopetería hacía gran 
riza en ellos; finalmente, después de muy cansados los nuestros, y dellos 
infinitos muertos y los vivos mohínos y corridos de no haber podido 
executar su ira, se fueron sin ningún orden ni concierto, tratando que los 
nuestros debían ser encantados, pues tan poco les empecían las flechas. 
Luego otro día aquellos cuatro capitanes de Taxcala, más con maña 
que con amor, inviaron sus mensajeros á Cortés con tres maneras de 
presentes. Los que los llevaron le dixeron así: “Señor, si eres dios 
bravo que comes carne y sangre, cata aquí cinco esclavos que te invía 
la Señoría de Taxcala para que comas ; y si eres dios bueno, ofres- 
cémoste encienso y pluma; y si eres hombre, toma estas aves, este pan y 
cerezas, que tú y los tuyos comáis. Esto hicieron los señores de Taxcala 
por saber si los nuestros eran hombres como ellos, porque de no haberlos 
podido vencer ni matar alguno, y viendo que por otra parte tenían ham¬ 
bre y comían, estaban dubdosos si eran dioses ó hombres. 

Cortés, que en las cosas de veras y especialmente en las de nuestra 
religión, estaba muy recatado y advertido, no queriendo atribuirse lo que 
no debía por ningún interés, les dixo que él y los suyos eran hombres 
mortales como ellos, compuestos de las mismas calidades que ellos; pero 
que porque creían y servían á un solo y verdadero Dios y peleaban por su 
ley. los defendía y amparaba tanto, haciéndolos invencibles contra tanto 
número de enemigos; y que pues siempre les había dicho verdad, que 
de ahí adelante no tratasen mentiras ni lisonjas con él, porque se descu¬ 
brirían y redundarían, como hasta estonces habían visto, todas en su 



214 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


daño y perjuicio, y que él deseaba ser su amigo y no hacerles más daño 
del que por su culpa hasta allí habían rescebido; que no fuesen locos ni 
porfiados en pelear, porque peleaban contra la razón, que siempre fué 
invencible. 

Con estas palabras, dichas con todo el amor que pudo, procurando 
traerlos á sí, los despidió, dándoles gracias por el presente. No pudieron 
nada con gente tan bárbara y tan indignada y contumaz tan buenas ra¬ 
zones, porque otro día volvieron más de treinta mili indios de refresco, 
los cuales, deseosos de señalarse más que los pasados, pelearon con los 
nuestros hasta llegar al real tan brava y esforzadamente que fué la más 
reñida batalla que hasta estonces habían tenido; pero como Dios, cuyo 
negocio trataban los nuestros, estaba 'de su parte, á cabo de gran pieza, 
quedando muchos muertos, huyeron afrentosamente los enemigos. Y 
por que el que esto leyere vea la especial cuenta que Dios tuvo con los 
españoles, es bien que sepa que el primer día acometió todo el grande 
exército, que estaba dividido en cuatro cuarteles, gobernado, como dixe, 
por cuatro sumos Capitanes, y que por deshacer y cansar á los nuestros,, 
en los otros días nunca acometió sino un cuartel, que era de más de 
treinta mili hombres, para que el trabajo se repartiese mejor y los nues¬ 
tros fuesen acometidos con más fuerza, por lo cual los combates y ba¬ 
tallas eran más recias y más reñidas, ca cada apellido de aquellos 
procuraba de hacerlo más valientemente que el otro para ganar más 
honra, aunque fuese con más daño y más á costa suya, teniendo enten¬ 
dido que todo su mal y vergüenza recompensarían con la muerte ó pri¬ 
sión de solo un español. Con esto también es muy de considerar que en 
quince días que los nuestros estuvieron en aquella torrecilla peleando los 
más dellos, nunca los enemigos dexaron de proveer de pan, gallipavos 
y cerezas, y esto no lo hacían por darles de comer ni por hacerles bien 
alguno, sino que para con aquel achaque los que llevaban la comida viesen 
el asiento y orden del real, ó si había alguno herido, ó enterraban 
algún muerto, ó qué ánimo tenían, si estaban con más ó menos fuer¬ 
zas. Desto estaban ignorantes los nuestros, hasta que después lo su¬ 
pieron. 

Alababan los nuestros mucho á los enemigos de que no hobiesen que¬ 
rido pelear más que con armas, porque con quitarles la comida les pu¬ 
dieran haber hecho gran daño. Todas las veces que venían con provisión, 
decían no ser taxcaltecas los que hacían la guerra, sino otomíes, gente 
bárbara y sin respecto; encubrían la verdad por no confesar que la nas- 
ción taxcalteca podía ser vencida. 

Entre otros recuentros que los indios tuvieron con los nuestros, en 
uno un Capitán de un escuadrón dellos venía tan bien adereszado y 
era tan animoso y valiente que peleando solo con dos españoles, les dio 
que hacer, hasta que Lares el herrador, que era muy valiente y muy buen 
hombre de á caballo, apartando á los españoles y diciendo: “¡Vergüenza, 
vergüenza de la nación española que dos no podáis contra uno!”; volvien- 






2i5 


LIBRO TERCERO.— CAP. XXX ÍX 

do sobre el indio, aunque él le esperó con su espada y rodela procurando 
deiarretar el caballo, le dió una lanzada por los pechos de que cayo 
muerto; y fué causa que aquel día se retirasen mas presto los enemigos, 

noraue tenían los ojos puestos en el muerto. 

Fué tan severo Cortés en la diciplina militar, que porque una no¬ 
che estando en este real, se durmieron dos españoles vdando su cuarto, 
los mandó azotar. Otro día, porque un Hernando de Osma tomo una. 
manzanas de la tierra á un indio, el cual se las dio de voluntad, diciendo 
uno en alta voz, que Cortés lo pudo oir: “¿Cómo los md.os nos han de 
traer de comer, pues hay entre los nuestros quien se lo toma por fuerza , 
mandó á Alonso de Grado, Alcalde mayor, le mandase luego azotar y 
así se hizo, sin que ruegos ni suplicaciones de ninguno bastasen. Algu¬ 
nos por esto culpan á Cortés, aunque esta severidad fue por estonces 
harto nesoesaria, porque desde aquel día en adelante fue mas obedescido 
y aun temido, y así los negocios de la guerra subcedian como convenía. 

CAPITULO XXXIX 

DE LAS ESPÍAS QUE VINIERON AL REAL Y DEL CASTIGO NOTABLE 
que CORTÉS HIZO EiT ELLOS 

Sabían cada día los señores de Taxcala todo* lo que pasaba en el 
real de Cortés, porque de la torrecilla á Taxcala no había mas de seis 
leffuas. Desvelábanse en qué modo y manera podrían vengarse, siquiera 
en uno de los nuestros; y como hallaban que por fuerza de armas nunca 
les había subcedido bien, determinaron probar su ventura con engano, 
Y asi para asegurar á los nuestros y darles mayores muestras de paz, 
lo que nunca hasta estonces se había hecho, inviaron ciertos mensajeros 
de los más principales de su ciudad con ciertos tejuelos de oro no muy 
fino é algunas joyas de oro y plumajes ricos que para Tai^ala era mu¬ 
cho, por ser tierra áspera y falta de todas aquellas cosas. Entraron con 
este presente los mensajeros á do Cortés estaba y haciéndole, como son 
cerimoniosos y como estaban industriados, grande acatamiento, el ma. 
viejo dellos y que en llevar embaxadas era más exercitado, le hizo un 
largo y elegante razonamiento. Lo que en suma contenía era que os 
señores de Taxcala le besaban las manos, y que en señal de amor y de .a 
amistad que con él querían tener le inviaban aquel pobre presente, no 
porque no tuviesen voluntad de inviárselo muy mayor, sino que por a 
esterelidad de su tierra no alcanzaban más ; que se sirviese dellos y vie.e 
lo que babía menester, porque lo proveerían como mejor pudiesen. 

Cortés, creyendo que tan comedidas palabras nascían de corazones 
limpios y verdaderos, muy alegre les respondió que él no deseaba cosa 
tanto como tener aquellos señores por amigos, y que su presente, aun¬ 
que era muy rico, no le tenía en tanto por su riqueza cuanto por e 
amor y voluntad con que se lo inviaban; y que les agradescía mucho el 


2i6 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


ofrescimiento, en pago del cual le hallarían muy presto en lo que se les 
ofresciese ; y porque no fuesen vacíos, les dio ciertas cosas de España 
que, aunque entre nosotros tienen poca estima, ellos las tuvieron en mu¬ 
cho y fueron muy alegres con ellas. 

Otro día, que fué seis de Septiembre, los señores de Taxcala, creyendo 
que ya tenían hecho su negocio y que no podría subceder desmán que se 
lo estorbase, inviaron cincuenta indios de los muy honrados, que en su 
arte y manera así lo parescían á los nuestros ; dieron á Cortés de parte 
de aquellos señores mucho pan, cerezas y gallipavos, como de ordinario 
traían; preguntáronle cómo estaban los nuestros y qué querían hacer y 
si habían menester algo. Cortés les agradesció la venida y dixo que to¬ 
dos estaban buenos, que no había menester nada é que en su partida no 
estaba determinado. Oído esto por los indios, fingiendo que no se des¬ 
pedían, como hombres que tenían familiaridad con los nuestros, comen¬ 
zaron á entrar por el real y á mirar muy particularmente el asiento, 
los vestidos, armas, caballos y artillería, haciéndose más bobos y mara¬ 
villados de lo que convenía, aunque á la verdad, la novedad y extrañeza 
de las cosas españolas pedían admiración, pero ellos las miraban más 
como espías que como deseosos de ver novedades. Y como lo que se 
hace por arte no tiene aquella fuerza que lo que se hace por naturaleza, 
mirando en ello Teuch, cempoalese. hombre experto y avisado en las 
cosas de guerra, como aquel que desde niño se había criado en ella, pa- 
resciéndole mal lo que los mensajeros hacían, dixo á Cortés que no sen¬ 
tía bien de aquellos taxcaltecas, porque aunque se hacían bobos, mi¬ 
raban con mucho cuidado las entradas y salidas y lo flaco y fuerte del 
real; por tanto, que supiese si aquellos bellacos eran espías. 

Cortés le agradesció el buen aviso, maravillándose cómo él ni nin¬ 
gún español habían dado en aquello á cabo de tantos días como indios 
de Taxcala entraban en el real con comida y otros recaudos, y cierto, 
este indio no cayó en aquello por ser más sabio ni entendido que ios 
españoles, sino porque vió é oyó cómo los indios taxcaltecas hablaban 
paso con los de Iztacamichtitlan, volviendo algunas veces el rostro á 
otras partes, para sacar dellos por puntillos lo que deseaban saber. 

Cortés, sospechando lo que Tcuch y viendo que aquel bien no era bien, 
mandó luego tomar al que más á mano halló y más apartado de los otros, 
y metiéndolo do los demás no le pudiesen ver, por lengua de Marina 
y Aguilar, por buenas palabras, le preguntó á lo que era venido con los 
demás : demudóse y titubeó, ca esto es propio del delincuente por mucho 
que quiera encubrir su maldad. Amenazóle Cortés, diciéndole que le 
haría matar á tormentos si no le decía la verdad. El indio estonces, 
reportándose, dixo que él y sus compañeros, con achaque de traer co¬ 
mida, eran venidos por espiones á ver y notar los pasos por do mejor 
pudiesen dañar y ofender á los nuestros y quemar las chozas que cer¬ 
caban el real, y que porque habían por muchas vías y modos procurado 
á todas las horas del día vengarse y alcanzar alguna victoria y no les ha- 







LIBRO TERCERO.— CAP. XXXIX 


21? 


bía subcedido como pensaban, ni conforme á la antigua fama y gloria 
que de guerreros por todo el mundo habían alcanzado, tenían deter¬ 
minado de con pujante exército venir de noche, lo uno por ver si en 
aquello consistía su ventura, y lo otro porque con la escuridad de la no¬ 
che temiesen menos á los tiros, espadas y caballos, é que para esto ya 
estaba Xicotencatl, Capitán general, detrás de ciertos cerros en un valle 
frontero y cerca de los nuestros con infinita gente. 

Oída esta confesión, por ver si los demás variaban ó decían alguna 
cosa más, mandó prender otros cuatro ó cinco; y como vió que dixeron 
lo mismo que el primero y que todos eran espías, prendió á todos cin¬ 
cuenta, y allí, delante de todo el exército, mandándoles cortar las manos 
los invió á Xicotencatl, diciéndoles que le dixesen que otro tanto haría 
á cuantos le inviase que espías fuesen, y que supiese que de día y de 
noche y cada y cuando que viniese, conoscería que los españoles eran 
invencibles y á quien Dios subjectaba sus enemigos. 

Gran espanto y temor pusieron estos indios, cortadas las manos, á la 
gente de Xicotencatl, porque les paresció cosa muy nueva y que los es¬ 
pañoles no eran hombres con quien se debían burlar; creyeron que tenían 
algún familiar que les decía lo que ellos tenían en su pensamiento; y 
así los que dellos eran más valientes y más sabios, para espiar á los 
nuestros, de ahí adelante determinaron de no ponerse á peligro tan cier¬ 
to, por que no les acaesciese lo mismo ó peor que á los otros, á cuya 
causa alzaron de allí adelante los mantenimientos que solían inviar á los 
nuestros, de á do paresció claro la mala intención con que los traían. 

Otros dicen, y aún lo tienen por más cierto, según yo me informé, 
que Diego de Ordás, hombre experto en las guerras contra indios (porque 
se halló en la conquista del Darién), viendo que aquellos indios hacían 
de los bobos, no siéndolo, é que se maravillaban más de lo que permitía 
la conversación que con los nuestros tenían, dixo, á Cortés: “X'o me pa- 
rescen bien estos indios; no sería malo ver si son espías.’’ Cortés, no 
tiñiéndolos en nada, le respondió: “Calla, ¿de qué tenéis miedo?” Diego 
de Ordás le replicó: “Yo no tengo miedo, pero acertado sería saber qué 
es lo que éstos andan mirando.” Cortés mandó luego prender á uno, y 
por las lenguas que dixe, con escribano, le hizo preguntas, y aunque 
desvariaba en algo, siempre negó, y tanto que apretándole los compaño¬ 
nes sufrió el dolor hasta que se los deshicieron, sin confesar cosa. 

Cuando esto se hacía, ya estaban presos los demás y cerca del apo¬ 
sento donde éste fué atormentado; oyeron los gritos, aunque no supieron 
lo que había dicho; determinaron, por no padescer lo mismo, de decir 
la verdad si se la preguntasen; y así, poniendo al atormentado en otra 
parte, mandó llamar Cortés á tres ó cuatro dellos y díxoles que ya el 
otro había dicho la verdad, que también la dixesen ellos si no querían 
morir á tormentos. Ellos, así por el miedo como porque creyeron que 
eran descubiertos, confesaron ser espías, diciendo todo lo demás que 
antes dixe. Castigólos como está dicho. 


2iS 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO XL 

DE LO QUE CORTÉS HIZO DESPUÉS DE INVIADAS LAS ESPÍAS 
Y DE LO QUE XICOTENCATL DIXO 

Cortés, sabido por lo que las espías dixeron la determinación de los 
enemigos, hizo fortalescer lo mejor que pudo el real, puso la gente en las 
estancias, como convenía; estuvo muy sobre aviso hasta que se puso el 
sol, é vió ya que anochescía cómo comenzaba á baxar la gente de los 
contrarios, creyendo que venían muy secretos, para cercar nuestro real 
y poner en execución su propósito; pero como Cortés estaba tan avi¬ 
sado, paresciéndole que no era bien dexarlos acercar al real, por el daño 
que con el fuego podrían hacer (ca á permitir esto, no quedara español 
á vida) determinó de salirles al encuentro, porque con la escuridad de la 
noche algunos de los nuestros no desmayasen viendo la gran multitud 
de los enemigos. Dexando, pues, en el real la gente que era menester,,, 
puso la que con él había de ir en orden y mandó echar á los caballos pre¬ 
tales de caxcabeles, para que haciendo ruido paresciesen más. 

Dicen que estando las espías, cortadas las manos, contando lo que les 
había acontescido, poniendo pavor con su razonamiento á los de Xicoten- 
catl, acometió Cortés con los de caballo, gritando: ‘'¡Sant Pedro y Sanc- 
íiagol'C; y fué tan grande la furia con que los enemigos fueron asaltados 
y acometidos y el temor que de lo subcedido á las espías habían res- 
cebido, que sin hacer resistencia ni haber hombre que los animase sin 
la grita que suelen, volviendo las espaldas, se metieron por los maizales, 
de que toda la tierra estaba casi llena, llevando consigo algunos de los 
mantenimientos que traían para estar sobre los nuestros si de aquella 
vez no los pudiesen arrancar del todo. Siguiólos Cortés por entre aque¬ 
llas sementeras hasta dos leguas, de noche; mató muchos dellos, y porque 
los suyos descansasen y con el cebo de la victoria no se metiesen en parte 
donde no pudiesen salir tan presto, se volvió victorioso al real, donde los 
nuestros, velándolos los que en el real habían quedado, descansaron el 
resto de la noche hasta bien de día que, como suele acontescer, contaron 
lo que habían hecho, alegrándose los unos con los otros de la victoria 
nocturna, que era la primera en que se habían visto. Daban gracias á 
Dios, diciendo cuán á la clara los favorescía, pues en tierra no sabida 
y tan poblada y donde los enemigos, si tuvieran ánimo, puestos entre 
los maizales, hicieran grandísimo daño, habían salido sin herida, con 
estrago de sus enemigos. 

El Capitán, que como era muy valiente así era muy cristiano, jun¬ 
tando los principales, después que bobo comido, les dixo: ‘'Señores y 
amigos míos; Ya muchas veces tenéis visto el favor y merced que Dios 
nos ha hecho en las batallas que con estos bárbaros enemigos de nuestra 
sancta fee hemos tenido, que cierto paresce claro, en especial en esta* 




LIBRO TERCERO. —CAP. XL 


219 

Última batalla, que quita las fuerzas y ciega los juicios á nuestros ene¬ 
migos, que son tantos que á puñado de tierra nos podrían anegar, y por 
el contrario, nos alumbra y esfuerza de manera que para los siglos ve- 
nideros nuestras memorables victorias parescerán increíbles. Soy de pa- 
rescer, pues todo nos subcede prósperamente, y el poder de Taxcala, 
con ser tan grande, nos huyó la noche pasada, que de día y de noche 
salgamos á buscar á nuestros enemigos, hasta que de muy seguidos y 
molestados vengan á querer la paz que nosotros les ofrescíamos, y con 
nuestra buena conversación y tratamiento los haremos tan nuestros 
amigos cuanto han sido hasta ahora enemigos, para que prosiguiendo 
nuestra jornada, si Motezuma no hiciere el deber, nos ayudemos dellos 
para contra él, pues como sabéis, es Príncipe poderosísimo.^' 

Acabado este breve razonamiento, los Capitanes y la demás gente que 
le oía, alegres con la victoria pasada, le respondieron en pocas palabras: 
“No tenemos que decir á lo que vuestra Merced nos ha dicho más de que, 
aunque estamos muy contentos de las buenas andanzas que hasta ahora 
nos han subcedido, lo estamos más en tener tal caudillo, y ver que en 
el buen seso y maravilloso esfuerzo de vuestra Merced nos, favoresce 
Dios. En lo demás haga vuestra Merced su parescer, que ése es el nuestro, - 
y sepa que nunca tan de veras le siguimos y obedescimos como le segui¬ 
remos y obedesceremos de aquí adelante." 

En el entretanto que los nuestros se adereszaban para salir á los ene¬ 
migos, Xicotencait se recogió en Taxcala bien corrido de los malos 
subcesos que contra los nuestros había tenido. Magiscacin, que siempre 
fué en favor de los españoles, con los otros señores le reprehendieron 
gravemente su temeridad y atrevimiento é vana presunción, diciéndole: 
“¿No te decíamos nosotros que estos barbudos eran muy valientes é que 
su Dios debía de ser muy poderoso, pues en su virtud han podido y 
pueden tanto que ni nuestras muchas é infinitas flechas ni los duros 
golpes de nuestras macanas les han podido empecer? Más nos parescen 
dioses que hombres, y tú, de loco y atrevido, has porfiado á pelear contra 
el poder de su Omnipotente Dios, hasta que con más de ciento y cin¬ 
cuenta mili guerreros la noche pasada veniste afrentosamente huyendo, 
afrentando y escuresciendo con tu loca porfía la gloria y honra y fama 
de la muy illustre y clara Señoría de Taxcala, á la cual no has tratado 
como natural, sino como extraño; no como amigo, sino como enemigo ; 
no como ciudadano, sino como advenedizo y fugitivo; no como padre 
que debieras ser de tu patria, sino como padrastro aborrecible. ]\Ieres- 
cías, si no fuera por la gloria y honrosas canas de Xicotencatl el viejo, 
tu padre, que fueras depuesto de la dignidad en que estás, y reducido 
al número de los pecheros, para que de aquí adelante ninguno de tus 
descendientes, como hijos de hombre que tan mal ha tratado su re¬ 
pública, tome escudo ni sea armado caballero, ni coma sal ni vista mama 
de algodón." 

A Xicotencatl se le saltaban las lágrimas de los ojos, de pesar y de 


220 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


coraje, viendo que todo lo que aquellos señores le decían era así; y 
confuso de sus malos subcesos, desimulando cuanto pudo el afrenta en 
que estaba, les dixo: 

“Señores: No podéis vosotros eiicarescer tanto mi desgracia y mala 
andanza cuanto yo la siento y padezco en mi corazón, que quisiera más 
ser mili veces sacrificado que haberme puesto contra éstos, que ni sé si 
los llame dioses ni si los llame diablos, porque su furia, siendo tan 
pocos, es tanta que parescen rayos que con gran tempestad descienden 
del cielo. Con vuestro parescer los acometí, pensando que me subcediera 
de otra manera; porfié (que es en lo que me hallo culpado) hasta ver si 
vivo ó muerto os podía traer alguno dellos, y todavía los quiero y querré 
tan mal que si me lo permitiésedes volvería contra ellos, ó para quedar 
muerto, ó para matar alguno.” Magiscacin, no pudiendo sufrir que fuese 
adelante, reprehendiéndole de nuevo con más bravas y ásperas palabras 
que antes, interrompió la plática de Xicotencatl y de los demás que que¬ 
rían hablar, dexando para otro día la determinación de los negocios. 


CAPITULO XLI 

CÓMO CORTÉS TOMÓ A CIPANCINCO, Y DE LO QUE CON ALONSO DE GRADO 

LE PASÓ 

Adeudo Cortés que los enemigos no le acometían, y era porque no 
sabía lo que los señores de Taxcala habían tratado con Xicotencatl. 
se subió encima de la torre, lo que hasta estonces no había hecho, porque 
no le habían dado tanto espacio, para desde ella, como era alta, mirar 
qué poblaciones había alderredor, y así, mirando á unas partes y á otras, 
vió cuatro leguas de allí, cerca de unos riscos que hada una alta sierra, 
cantidad de humos, aunque no vió de dónde salían. Creyó, como ello fué. 
que habría allí gran población; y luego, baxando de la torre, como 
había dicho antes, dixo á los principales del exército: 

“Señores: Yo he visto desde lo alto de la torre muestras de alguna 
gran población ; pues los enemigos no vienen de paz ni de guerra, no será 
bien estar en esta dubda; acometámoslos, para que hagan por fuerza lo 
que de grado debrían.” Respondieron todos que se hiciese así, aunque 
(Aóniara (i)^(* *) dice que sin dar parte á nadie, salió. 

La verdad es que era Cortés tan amigo de parescer ajeno que, aun¬ 
que el suyo las más veces era mejor, por dar gusto y contento, siempre 
decía lo que pensaba hacer, porque si en algo se errase, ninguno le pu¬ 
diese culpar de no haberlo primero comunicado. Demarcó, pues, tan bien 
aquella tarde la tierra, que temando consigo la mitad de la gente con los 

(i) Al margen: “Contra Gómara.” 

(*) Conquista de Méjico. Cap. tit. “Cómo ganó Cortés á Cimpancinco, ciudad 
muy grande.” 





LIBRO TERCERO. —CAP. XLI 


221 


de caballo (aunque se le ofrescieron grandes contrastes que enflaquescie- 
ran á cualquier hombre valeroso, como luego diré), entró aquella noche 
por un camino ancho que le paresció, por la demarcación, que daría don¬ 
de vió los humos hasta llegar á Cipancinco. La noche era tan escura quc 
apenas se veía la sierra hacia donde caminaba; la tierra no conoscida, 
el poco uso de andar de noche, todo ponía pavor, porque no sabían dón¬ 
de podrían estar los enemigos. Con todo esto, que naturalmente ame 
drentaba, subcedió, porque asi lo ordenaba el demonio, que veía despo¬ 
jarse de su imperio con la venida de los nuestros que, no habiendo an¬ 
dado una legua, dió á un caballo una manera de torzón que dió con él 
en tierra. Sabido esto por el General, mandó que el que iba en él lo 
volviese al real. Apenas había mandado esto, cuando cayó otro caballo 
y luego otro hasta cuatro ó cinco. Visto esto por los que con él iban, 
paresciéndoles que era mal agüero y señal, le dixeron: “Señor, ^:adónde 
vamos, que paresce que salimos con mal pie? Volvámonos y hagamos 
nuestros negocios de día para que veamos lo que hacemos, que esto es 
tentar á Dios é ir á ciegas.'' Cortés, que entendía lo contrario, les res¬ 
pondió: “Para estos tiempos es menester el -esfuerzo, que el alegría y 
contento en las buenas andanzas, los necios tan bien como los sabios la 
toman; muchas cosas hay cuyo parescer es áspero, y si bien se miran 
son prósperas; no hay que mirar en agüeros ni en siniestras señales que 
el demonio causa; Dios es sobre todo; su causa y negocio tratamos y 
es nescesario que de su contrario, el demonio, sintamos estorbos é impe¬ 
dimentos ; vamos adelante y los de los caballos vuélvanse al real, porque 
os hago saber que me da el corazón que esta noche habernos de hacer 
el mayor negocio que hasta ahora habernos hecho, del cual ha de emanar 
y prosceder el amistad con Taxcala." 

Diciendo esto se le cayó el caballo de entre las piernas, de que él y 
todos se maravillaron mucho, y no faltó quien le dixo que él daría con 
todo al través, pues era aquello dar con la cabeza en la pared y porfiar 
contra la voluntad divina. Hizo alto Cortés y replicó lo dicho, diciendo 
que grandes negocios no se hacen sin gran dificultad: “Tomemos los ca¬ 
ballos de rienda y prosigamos nuestro camino, porque me paresce que 
veo mayor bien del que pensáis." Caminaron un buen rato desta manera. 
Estuvieron luego los caballos buenos, aunque nunca se pudo saber de que 
habían caído, mas de pensar que el demonio estorbaba lo que después 
se hizo, porque túzales (*), como dice Motolinea, no eran parte para que el 
caballo cayese y se tendiese en el suelo, cuanto más que á la vuelta pa¬ 
resció no haberlos y que el camino era ancho y muy hollado. 

Andando, pues, hasta perder el tino de unas peñas que parescían en 
la sierra, dieron en unos pedregales y barrancas de donde con muy gran 


(*) El autor no da la significación de “túzales”, como suele hacerlo con todas 
las palabras mejicanas. Parece que son los vivares ó madrigueras de las tucas, 
animales más pequeños que conejos que andan por debajo de la tierra. V. “Tuzas” 
en el libro IV, cap. XIX. 




222 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


dificultad y trabajo salieron. Al cabo, después de haber pasado mal 
rato, despeluzándoseles el cabello de miedo, vieron una lumbrecilla; fue¬ 
ron á tiento hacia ella, la cual estaba en una casa do hallaron dos mu¬ 
jeres, las cuales y otros dos hombres que acaso hallaron, los guiaron luego 
V llevaron á las peñas do’ Cortés desde la torre había visto los humos. 
Antes que amanesciese dieron sobre algunos lugarejos. 

No hicieron el estrago que dice Gomara (i) (*), porque mataron muy 
pocos y fué mayor el pavor y miedo que pusieron con su súbita venida 
que no el daño que hicieron, ca siempre, como cristiano, pretendió el Ca¬ 
pitán no hacer daño, sino cuando no se podía excusar. No quemaron 
aquellos lugarejos, por no ser sentidos y dar aviso á los comarcanos con 
las lumbres, y también por no detenerse, que ya llevaban lengua cómo 
allí junto estaba una gran población que era Cipancinco, lugar de veinte 
mili casas, según después paresció por la visita que dellas hizo Cortés. 

Entraron los nuestros en él con gran furia y voces, que no poco per¬ 
turbaron los ánimos de los moradores, que seguros estaban, especialmente 
•cuando vieron venir de los lugarejos algunos tan despavoridos y alterados 
que no acertaban á decir cómo los nuestros habían ido sobre ellos. Al 
primer acometimiento hicieron algún daño, por ponerles algún miedo; 
salieron á la grita y á los llantos que las mujeres hacían, que son harte 
alharaquientas, muy sobresaltados los hombres, unos en carnes, otros con 
sus mantillas, los menos con armas, porque ni tal habían pensado ni 
aquella era hora para que sus enemigos los acometiesen. Huían como 
locos y desatinados de acá para allá, sin saber adónde iban, y era tanto 
el miedo que ni el padre se acordaba del hijo, ni el marido de la mujer, 
ni el amigo del amigo. Murieron no muchos, como algunos dicen, al prin¬ 
cipio, y como Cortés vió que no resistían, mandó que no los matasen ni 
les tomasen sus mujeres y ropa. Fueron tan nobles los españoles en 
todo y siguieron tan acertadamente la voluntad de su General, que no 
solamente no les hicieron daño, pero haciéndoles señas de paz, tomaron 
muchas mujeres y niños y regalándolos y tratándolos bien, por señas los 
aseguraban y decían que fuesen á sus maridos. Otros españoles por se¬ 
ñas les pedían comida, dándoles á entender que [á] aquello venían y no 
á darles guerra. Desta manera los aseguraron, é ya que el sol era salido y 
el pueblo estaba pacificado. Cortés se subió á un alto, por descubrir tierra, 
y vió una tan gran población que le puso espanto. Preguntó cúya era y 
cómo se llamaba. Dixéronle que era la gran Señoría de Taxcalá con to¬ 
das sus aldeas. Llamó estonces á los españoles y díxoles: “¿Qué aprove¬ 
chará matar á los de aquí, pues hay tantos allí ?” Demudóse la color á mu¬ 
chos de los que allí estaban, y por ver qué sentían del negocio, volviéndose 
á Alonso de Grado que estaba más cerca, dixo: “Ya veis la gran muche¬ 
dumbre de gente que aquí vemos; ¿qué os parece que hagamosAlonso 


(i) Al margen: “Contra Gómara.” 
'(*) Conquista de Méjico, loe. cit. 





LIBRO TERCERO.—CAP. XH 


223 


‘íle Grado le respondió: ‘'Señor, para tantos muy pocos somos nosotros; si 
nos vencen, no cabemos á bocado; parésceme que demos vuelta á la mar 
y que allí nos hagamos fuertes; inviaremos á Diego Velázquez qme provea 
de socorro, porque si perseveramos aquí, ó hemos de apocarnos, mu¬ 
riendo de enfermedad, ó todos seremos comidos de nuestros enemigos; 
ya no es bien tentar á Dios.'^ 

Mucho le pesó á Cortés con esta repuesta, especialmente cuando tocó 
en Diego Velázquez, y así muy enojado replicó dos veces: “Vos habíades 
de ser, Alonso de Grado, el que tal consejo me diésedes. ¿No sabéis que 
si damos vuelta, como vos decís, que las piedras se levantarán contra nos¬ 
otros, pues no podemos ir sino en son y manera de fugitivos, á los cuales 
persigue tanto la fortuna, que no dexa, como dicen, pelo ni hueso dellos ? 
I Adelante, adelante, Alonso de Grado, que si no se excusa nuestra muerte, 
más vale que muramos prosiguiendo nuestro intento y mostrando el 
rostro á nuestros enemigos, que no como liebres, mostrándoles las es¬ 
paldas!^’ Quedó corrido Alonso de Grado y los que estaban desmayados 
volvieron sobre sí. 

Con esto, sin hacer otro daño en el pueblo, se salió á una hermosa 
fuente que allí había, donde vinieron los principales que gobernaban el 
pueblo, con más de cuatro mili hombres sin armas; traxéronle mucha 
comida, saludáronle con gran veneración, suplicáronle con lágrimas en 
los ojos no les hiciese más daño, agradesciéndole con muy fecundas pa¬ 
labras el poco que les había hecho; prometieron de servirle y obedes- 
cerle, y no solamente guardarle la fee y palabra, pero procurar de que 
hobiese amistad con los señores de Taxcala y con otros comarcanos. El 
•se lo agradesció y dixo que aunque sabía que ellos con los de Taxcala 
le habían diversas veces hecho guerra, se lo perdonaba con que de ahí 
adelante fuesen leales vasallos de Su Majestad. Hízoles muchas caricias 
y con tanto los dexó y se volvió á su real harto más alegre que el mal 
principio de l©s caballos prometía. 

Decía en el camino á los suyos: “Deprenderéis de aquí adelante á 
no decir mal del día hasta que sea pasado, pues veenios que tras buen 
sol viene la tempestad, y amanesciendo muchas veces el día nubloso y 
áspero suele acudir la tarde alegre y serena”, y llevando el pecho lleno 
del buen subceso que después le había de venir, dixo: “Veréis cómo los 
de Taxcala han de venir antes de muchos días á ser nuestros amigos, 
y si esto se hace, como espero, dichosa y bienaventurada será muchas 
veces nuestra venida.” Con esto llegó al real. Mandó luego que nadie 
hiciese enojo alguno á ningún indio, porque tenía entendido que en aquel 
día tenía acabada la guerra de aquella provincia. 


224 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO XLII 

DEL TEMOR QUE HUBO EX EL REAL DE LOS ESPAÑOLES CON LA VUELTA 
DE LOS CABALLOS QUE CAYERON EX EL CAMINO 

Cuando llegó Cortés á su real, aunque iba muy alegre del buen subce¬ 
so, halló tristes á los que en él estaban, porque habían temido, y no sin 
causa, por la vuelta de los caballos, que algún desastre le hobiese sub¬ 
cedido; ca si asi fuera, tenían por cierto su perdimiento, pues estaban 
entre tantos enemigos y les faltaba su caudillo, el cual parescía que traía 
siempre por compañera á la buena fortuna ; pero como Cortés entró 
arremetiendo el caballo y vieron algunos indios que venían en compañía 
de los que con él fueron, antes que hablase palabra conosderon el buen 
subceso de la jornada. Salieron los principales corriendo á él, apeáronle 
del caballo, el cual los abrazó á todos, y d’ixo: “Tened, señores, con¬ 
fianza que. según nos ha subcedido, seremos presto señores de Taxcala, 
que es principio para conseguir nuestro fin de vernos en ]\Iéxico,'' Con 
esto les contó por extenso todo lo que les había acaescido (según ya está 
dicho). Hubo aquel día muy gran regocijo y alegría en el real, aunque, 
como el contento nunca dura mucho, sabiendo de los que con el Capitán 
habían ido la gran población de Cipancinco y la que de Taxcala se había 
descubierto, con las palabras que Cortés había dicho, comenzaron muchos, 
á temer y recelarse, deseando verse cerca de la mar, donde se pudiesen 
hacer fuertes y esperar socorro de la isla de Cuba. Tenían, cierto, para 
temer, razón, porque se vían pocos, cansados de trabajos, en tierra 
grande, cuajada de gente y toda bellicosa, bien adereszada y con ánimo 
de no consentirlos en ella, tan apartados de la mar y sin esperanza de 
socorro; á cuya causa, como iba cresciendo entre ellos el miedo, hacían 
de secreto corrillos, hablando entre sí y tratando cómo sería bien hablar 
á Cortés, y aun requerirle, que no pasase más adelante, sino que se tor¬ 
nase á la Veracruz, pues era nescesario que yendo adelante se habían 
de acabar, ó por hambre, ó por guerra, caminando por entre tantos ene¬ 
migos, y que así sería cosa acertada dar la vuelta, lo uno para asegurar 
las personas, y lo otro para recoger más gente y más caballos, sin los 
cuales era imposible hacer la guerra. 

No se le daba desto mucho á Cortés, que cierto su corazón le pro¬ 
metía lo que después alcanzó, aunque algunos se lo decían en secreto con 
todo el encarescimiento que podían, suplicándole que antes que la gente 
se le amotinase ó se fuese sin él, lo remediase y diese orden cómo sa¬ 
liesen 'de tanto peligro. Respondíales que no debía ser tanto el temor 
como se le pintaban, y que algunos, deseosos de volver á lo que bien 
querían en Cuba, temían donde no había qué; decíales que no le viniesen 
con aquellas nuevas, porque no podía creer que cayese pensamiento de 
flaqueza en españoles, especialmente habiéndoles subcedido hasta allí 



225 


liüro tercero.—cap. xliii 


tan bien; y cierto, aunque algo creyó del miedo que su gente tenía nunca 
pensó ser tanto, hasta que una noche, saliendo de la torre donde tenía su 
aposento á requerir las velas, oyó hablar recio en una de las chozas qu-’ 
alderredor estaban. Púsose á escuchar lo que hablaban é oyó que cierto¡ 
-compañeros que dentro estaban, decían; “Si el Capitán es loco y quiere 
meterse donde no pueda salir sino hecho pedazos, seamos nosotros cuer 
dos y miremos que no nos ha de dar él la vida si por su causa nosotros 
la perdemos; digámosle claro que, ó nos volvamos, ó le dexaremos solo 
para que haga de sí á su placer.” Entre éstos había dos principales dé 
que no poco pesó á Cortés, el cual, llamando dos amigos suyos, cómo 
por testigos, les dixo que oyesen lo que aquellos hablaban, y luegó dixo* 
Ouien esto osa decir, también lo osará hacer.” 


Fuése escuchando por otras partes, é oyó que algunos decían - “Este 
nuestro Capitán ha de ser como Pedro Carbonero que, por entrar á tierra 
de moros a hacer salto, quedó allá muerto con todos los que le siguieron. 

len sera que escarmentemos en cabeza ajena, porque perdido es quien 
tras perdido va, y no puede dexar de caer el que va tras el ciego Re¬ 
mediémoslo antes que nos falte tiempo para ello, que el Capitán no nos 
puede ahorcar a todos ni hacer la guerra sin nosotros/' 

Estas y otras palabras oyó Cortés, que le dieron harta pesadumbre. 
Quisiera reprehender y aun castigar á los que las decían, pero como era 
cuerdo y reportado, entendiendo que era peor por estonces la reprehen¬ 
sión y castigo y que era tomarse con los más, acordó de llevarlos por 
bien y aun hacerles mas caricias y mejor tratamiento, para que atraídos 
a j, cuando los tuviese juntos, tuviese más fuerza lo que les pensaba 

cir, y asi, cuando vio que era tiempo, juntándolos á todos les hizo el 
razonamiento siguiente. 


CAPITULO XLIII 

del r.^zox.«iiento que cortéj hizo á sus soldados, anim.ándolos 

Á LA PROSECUCIÓN DE LA GUERRA 


y esforzados soldados mios, viva maravilla v 
espanto de todas las nascioiies del mundo: Entendido he que algunos de 
vo»,„s. no por „iodo, é,,e no pnod, caber en vueslos corLóneT 
Sino o por el deseo que tenéis de volver á Cuba y gozar de la quietud 

iornrdT'L"'*-' ° representa en acabar esta 

J nada, deseáis que demos la vuelta hacia la mar. Cierto, si de lo que 

hlmbr/TeH*”^ conviene, bien mirado, no se siguiesen peligros, muertes, 
ambre, sed, cansancio y lo que peor es, infamia y afrenta y otros mu- 

T>ret uno pesa más que el falso provech» que 

pretendéis, por daros contento, de muy buena gana viniera en vuestro 
parescer, ca yo hombre soy como vosotros y no menos deseo descanso 


i5 


226 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


y quietud; temo la muerte y recelo los peligros, y no menos que á vos¬ 
otros me fatiga el hambre y cansancio. El padre que mucho quiere al 
hijo que está enfermo, aunque le desea complacer, no le da lo que le 
pide, porque le ha de hacer mayor daño. \^osotros me escogisteis por 
vuestro padre y Capitán, é yo siempre como á hijos y soldados meresce- 
dores de todo honor os he tratado, haciéndoos siempre en todos los 
riesgos y trabajos yo la salva primero; y pues no me podéis negar que 
esto no sea así, razón será que en lo que os dixere me creáis, pues 'del 
bien ó del mal no me ha de caber á mí menos parte que á vosotros. To¬ 
dos somos españoles, vasallos del Emperador, á los cuales, en su exército, 
hecho de diversas nasciones, él suele decir: “;Ea!, mis leones de España.’^ 
Hemos pasado mar que hasta nuestros tiempos nadie navegó; hemos an¬ 
dado mucha tierra que pie de ningún cristiano, moro ni gentil holló, gran¬ 
de, muy poblada, muy rica; venimos á illustrar la fama y nombre de 
España, á acrescentar el imperio y señorío de César, á señalar nuestras 
personas, para que de escuderos y pobres hijosdalgo, mediante nuestra 
virtud y esfuerzo, César nos haga señores y queden de nosotros mayo¬ 
razgos para los siglos venideros: y lo que más es y á lo que principalmente 
habernos de tener ojo, que venimos á desengañar á estos idólatras y 
bárbaras nasciones, á desterrar á Satanás, Príncipe de las tinieblas, desta 
tierra, que por tantos años ha tenido miserablemente tiranizada, á extir¬ 
par los nefandos y abominables vicios que como padre de toda maldad ha 
sembrado en los pechos desta gente miserable. 

’^Venimos, finalmente, á predicar el sancto Evangelio y traer al re¬ 
baño de las ovejas escogidas éstas que tan fuera, como veis, están. 
Servicio es éste á que todo cristiano debe poner el hombro, pues es el 
mayor que á Dios se le puede hacer, y así la corona y triunfo de los már¬ 
tires es mayor y más excelente que la de las otras órdenes de sanctos, 
pues el amor últimamente se prueba en poner la vida por el que amamos. 
Mirad, pues, si las utilidades y provechos que os he contado son tales 
que el menor dellos pide y meresce que por alcanzarlo nos pongamos á 
todo trabajo, y si ninguna cosa buena se consigue sin trabajo, tantas y 
tan excelentes, ¿por qué las hemos de alcanzar sin dificultad? Hasta ahora 
no tenemos de qué quexarnos, sino de qué dar muy grandes gracias á 
Dios por las muchas y muy maravillosas victorias que nos ha dado contra 
nuestros enemigos. Para lo de adelante, maldad y blasfemia sería pensar 
que la mano del Señor ha de ser menos fuerte que hasta aquí. El que 
nos ha dado vigor para vencer las batallas pasadas, si en El sólo con¬ 
fiáremos, nos le dará para concluir lo que queda. 

"’Confiésoos que la gente entre quien estamos es infinita y bien ar¬ 
mada, pero también no me negaréis que nos tienen por inmortales y 
que nos temen como á rayos del cielo. Mientras más son, más se con¬ 
funden y embarazan; muerto uno, van todos como los perros tras él; 
visto lo habéis y pasado por ello; no hay que deciros sino que si volve¬ 
mos las espaldas, toda nuestra buena fortuna se trueca y muda en todo 




LIBRO TERCLRO,-CAP, XLIII 


227 


género de adversidad, porque, ante todas cosas, volvemos las espaldas á 
Dios, pues dexamos de proseguir tan alta demanda, desconfiando de su 
poder que hasta aqui ha sido tan en nuestro favor. ¿Cuándo jamás hu¬ 
yeron españoles? ¿Cuándo cayó en ellos flaqueza? ¿Cuándo no tuvieron 
por mejor morir muerte cruel que hacer cosa que no debiesen? ¿Cuándo 
emprendieron negocio que dexasen de llevarle al cabo? Poco aprovecha 
acometer é intentar cosas arduas si al mejor tiempo, por graves in¬ 
convenientes que se ofrescan, nc se acaban. Por eso se alaba la muerte 
buena, porque en ella se rematan y concluyen como en dichoso fin los 
buenos principios y medios; en el perseverar se conosce el varón fuerte, 
y nunca salió con lo que quiso sino el que bien porfió. ¿Qué cuenta da¬ 
ríamos de nosotros si al mejor tiempo de nuestra ventura la dexásemos 
y mostrándosenos la ocasión por la cara que tiene cabellos muy largos 
para asirla, que no se vaya, dexásemos que volviese el colodrillo, donde 
no tiene pelo para ser asida? Gocemos, gocemos, fuerza y valor de las 
otras gentes, esforzados soldados míos, del tiempo que tenemos, que 
mañana se nos rendirán los enemigos; que si quietud y descanso, volviendo 
el rostro, cosa cierto vergonzosa para vosotros, buscáis, poniendo vuestra 
vida en cierto y conoscido peligro, adelante le hallaréis mayor, con do¬ 
blado honor y gloria. El cobarde más presto muere que el valiente, por¬ 
que cualquiera se le atreve y acaba más presto por livianas causas ; hu¬ 
yendo muere la liebre, que en su alcance y huida convida y anima á los 
perros. De aquí á la mar hay muy gran trecho ; todos los que atrás que¬ 
dan nos serán enemigos y saldrán contra nosotros, porque nadie hay que 
sea amigo del vencido; todos huyen de la pared que se cae; breve es la 
vida, y cuando llega su fin, tanto monta haber vivido muchos años como 
pocos, porque della no se goza más del instante que se vive. Si hemos de 
morir, más vale que muramos por Dios y por nuestra honra, que de- 
xando tan alta empresa, morir en el camino apocadamente ó á manos 
de los enemigos que ahora vencimos, ó á manos de los que antes subjec- 
tamos y como á dioses nos acataron y temieron. Los más fuertes se nos 
rinden, que son los taxcaltecas; de los de Culhúa no hay que temer; y 
pues la fortuna nos es favorable, seguida, seguida y no huida, porque 
no quiere sino al que la busca; nuestra es y será si no desmayamos. Dios 
es con nos; nadie será contra nos; y pues esto es verdad, ved lo que 
queréis sobre lo dicho, que aunque piense quedar solo (que no quedaré), 
estoy determinado de seguir la buena andanza que Dios hoy nos pro¬ 
mete.'' 

Con esto acabó Cortés y todos quedaron tan persuadidos, que los 
que enflaquescían tomaron ánimo y los esforzados le cobraron doblado; 
los que no le amaban tanto, de ahí adelante le quisieron mucho; cresció 
en todos su opinión más, y cierto fué nescesaria tan facunda, larga y 
prudente oración para tan arduo negocio como entre manos tenía, darle 
el fin que deseaba, para lo cual era gran estorbo el temor que muchos 
de los soldados tenían, que atrayendo á sí los demás se amotinaran, y le 


228 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


fuera nescesario volver atrás, perdiendo la esperanza que se le prometía 
de lo venidero y el trabajo de lo pasado, que fué el mayor escalón que 
él tuvo para ponerse en la cumbre, de donde después de muchos años la. 
muerte le llevó. 


CAPITULO XLIV 

DE LA EMBAXADA QUE MOTEZUMA INVIÓ Á CORTES, Y DE LO QUE ESTANDO 

PURGADO LE AVINO 

Poco después que el Capitán hizo este razonamiento, entraron por el 
real en demanda suya seis señores mexicanos muy principales con hasta 
docientos hombres que traían consigo de servicio. Fueron rescebidos 
muy bien, porque luego los conoscieron los nuestros en su manera y 
traje, bien diferente del de las otras gentes. Entraron do Cortés estaba,, 
y haciéndole, como tienen de costumbre, con muchas cerimonias muy 
grandes reverencias, especialmente estonces, porque habían sabido las 
victorias que contra los fuertes taxcaltecas había tenido, primero que 
palabra hablasen, le dieron un solemne presente que su señor Motezuma 
le inviaba, en que había mili ropas de algodón, muchas piezas de plumas 
ricas y extrañamente labradas y mili castellanos de oro en grano muy 
fino, como de las minas se coge. Dado el presente, puestos todos seis en 
pie, el que era más principal, más antiguo y de más elocuencia, haciendo- 
primero cierta cerimonia, dixo así: 

'‘El gran señor Motezuma, señor mío y grande amigo tuyo, te sa¬ 
luda por nosotros y te desea toda prosperidad y cumplimiento de lo que 
intentas. Dice que quisiera, según tu valor, inviarte mayor presente y per¬ 
sonas si en su reino las hobiera más calificadas que nosotros; ruégate le- 
hagas saber cómo estás tú y los tuyos é que si has menester algo que él 
pueda, lo pidas, porque todo se te dará. Dice que está muy alegre con las 
muchas y señaladas victorias que de los taxcaltecas, sus enemigos, has ga¬ 
nado y que porque te desea todo bien te ruega que tú ni los tuyos vais (*) 
á México, porque el camino es áspero y fragoso y de mucho riesgo y pe¬ 
ligro, y no querría que [á] hombres de tanto valor y que él tanto ama les 
subcediese algún desastre de los muchos que pueden acaescer; y que si tir 
intención es que él reconosca por superior al Emperador de los cristia¬ 
nos, Rey é señor tuyo, que desde ahora hasta que muera él y sus des¬ 
cendientes le reconoscerán, y en señal desto cada año le dará tribucto de 
mancebos y doncellas nobles, que es el mayor reconoscimiento que entre 
nosotros se usa, y con esto le- tribuctará oro, plata, piedras, perlas, ropa 
rica y presciosos plumajes, y á ti, porque vienes en su nombre te darái. 
muchas riquezas con que próspero y rico vuelvas á tu tierra. 

Con esto acabó, y todos seis, en señal de que no querían decir más^ 


O ‘‘Vais” por “vayáis”. 








LIBRO TERCERO.—CAP. XLIV 229 

y que esperaban la repuesta, hecha cierta cerimonia, estuvieron en pie, 
las cabezas inclinadas, tendidos los brazos el uno puesto sobre el otro. 
Cortés, con la autoridad que pudo, por las lenguas les respondió que 
fuesen muy bien venidos y que besaba las manos á su gran señor Mo- 
tezuma, así por el presente que le inviaba, que era muy bueno, como por 
el amor que le tenía, y principalmente por el reconoscimiento que al Mo¬ 
narca de los cristianos en el Emperador su señor hacía; é que porque 
venían cansados del camino, porque sabía que habían rodeado por Cas- 
tilblanco y valle de Zacatami, por no encontrarse con los taxcaltecas, 
sus enemigos, les rogaba se detuviesen allí algunos días, así para que 
descansasen, como para que él se viese en lo que había de responder 
cerca del ir ó no ir á México. 

Esto hacía Cortés para que por sus ojos viesen cómo si volvían de 
guerra los taxcaltecas los nuestros peleaban, ó si viniesen de paz cómo 
los rescibía, reprehendiéndoles las locuras pasadas, repitiendo las vic¬ 
torias habidas contra ellos, para que desto entendiesen los embaxadores 
su valor y lo poco que debía recelar él ir á México, y con esto se tuvie¬ 
sen por respondidos. Los mensajeros dixeron que harían lo que man¬ 
daba. Mandó Cortés á los suyos los acarisciasen y tratasen bien, pues eran 
señores y mensajeros de tan gran Príncipe. 

A aquella sazón sentíase mal dispuesto de unas calenturas, á cuya 
causa había algunos días que no había salido á correr el campo ni á 
loacer talas, quemas ni otros daños á los enemigos; solamente se pro¬ 
veía que guardasen el fuerte contra algunos tropeles de indios que lle¬ 
gaban á gritar y escaramuzar, que era más ordinario que no inviarles 
cerezas y pan. Purgóse Cortés con cinco píldoras hechas de una masa 
que sacó de Cuba, y tomándolas á la hora que se suele hacer, acaesció 
que el mismo día, de mañana, antes que las píldoras obrasen, vinieron 
tres muy graneles escuadrones á dar por tres partes sobre el real, ó 
porque sabían que Cortés estaba malo, ó pensando que de miedo aque¬ 
llos días no habían osado salir los nuestros. Olvidado Cortés de la purga, 
cabalgó y salió á ellos con los suyos; peleó valerosísimamente hasta la 
tarde, que los desbarató y retraxo por un gran trecho. 

Esto miraban los embaxadores desde lo alto de la torre; maravillᬠ
ronse mucho del gran esfuerzo y poder de los nuestros ; encomendáronlo 
muy bien á la memoria para contarlo después á Motezuma. 

Cortés purgó el día siguiente como si estonces tomara la purga; no 
filé milagro, sino retenerse naturaleza con la nueva alteración; y tam¬ 
bién lo escribo para que se entienda cuán sufridor era Cortés de tra¬ 
bajos y males y cuán poco se popaba, siendo siempre el primero que ve¬ 
nía á las manos con los enemigos, haciendo él lo que á su imitación que¬ 
ría que hiciesen los demás. Habiendo, pues, purgado, veló luego la parte 
que de la noche le cupo como á cualquiera de los compañeros, lo cual 
le dió mayor estima y auturidad. 


200 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO XLV 

CÓMO LOS SEÑORES DE TAXCALA SE JUNTARON CON LOS DEMÁS PRINCIPALílS- 

Y SE DETERMINARON DE HACER PAZ CON CORTÉS, Y CÓMO LO ENCAR¬ 
GARON Á XICOTENCATL 

Estuvieron algunos días los señores de Taxcala tratando en particu¬ 
lar los unos con los otros las buenas andanzas y prósperas victorias de 
Cortés y cómo debía de ser ayudado y favorescido de aquel gran Dios 
que los nuestros adoran, pues en el postrer recuentro, delante de los 
embaxadores de Motezuma, estando enfermo y siendo acometido por tres 
partes, había salido con tanto esfuerzo como si estuviera muy sano, y 
con grande afrenta de los enemigos y no sin gran matanza dellos los 
había desbaratado, durando en la batalla desde la mañana hasta la tarde, 
de que no poco se debían afrentar siendo testigos dello los embaxadores 
mexicanos, con los cuales habían siempre tenido grande estima y repu¬ 
tación, paresciéndoles que proseguir en la guerra era tomarse con es¬ 
píritus celestiales, y que con la amistad de Motezuma había de crescer 
el poder de los nuestros. Determinaron de entrar todos en su consisto¬ 
rio é Ayuntamiento, llamando á él á Xicotencatl que todavía estaba de 
mal arte, y hecha cierta cerimonia, como invocando el favor de sus 
dioses para que los encaminase en que las paces se efectuasen con buena 
dicha, después que todos estuvieron á su modo sentados y que ninguno 
hablaba, Magiscacin, que como tengo dicho, era muy principal y de mu¬ 
cha bondad y seso, tomando la mano, hablando por todos, dixo así: 

Señores valerosos y esforzados capitanes en quien al presente está 
puesto todo el negocio de la guerra, y vosotros, sabios y cuerdos varo¬ 
nes á quien está cometida la administración y gobierno de la república: 
Testigos me son los dioses en quien creemos y adoramos, que es tanto 
el amor que á esta insigne y gran república tengo, que si con morir yo 
por ella y sacrificar mis hijos y parientes, ó ponerlos al cuchillo de nues¬ 
tros enemigos, yo pudiera haceros victoriosos contra estos invencibles 
hombres, lo hiciera de muy buena voluntad y pensara ganar en ello mu¬ 
cho, porque sé cuán gloriosa cosa es que uno muera por muchos; pero 
como veo que esto no puede ser, pues que el Dios de estos advenedizos 
quiere otra cosa y puede y vale más que nuestros dioses, que en nada, 
como veis, nos han favorescido, habiéndoles nosotros hecho tantos sa¬ 
crificios, veo, por otra parte, que con ser tan poderoso Motezuma, quiere 
y procura, como sabéis, el amistad destos fortísimos varones; y si solos 
pueden más que nosotros, juntándose con nuestros enemigos, ¿cuánto os 
paresce que podrán? Por cierto, tanto que de nosotros no quedará hom¬ 
bre ni quien de nosotros venga para que levante nuestra memoria. Estos 
cristianos, que así se llaman, son nobles, y muchas veces nos han ro¬ 
gado con la paz; de creer es que yéndonos á ellos, diciéndoles que nos per- 




LIBRO TERCERO.—CAP. XLVI 


23i 


donen, nos rescibirán, como otras veces han hecho con los que se les 
han atrevido, con humano y alegre rostro. 

parescer es, pues Xicotencatl es tan avisado y de tan buena 
razón, que el error que hasta ahora ha cometido en porfiar á pelear con 
Cortés, lo emiende y deshaga con ir en nombre de toda esta provincia 
con algún presente, que siempre ablanda el ánimo del airado, á los 
cristianos; y como sabe bien hacerlo, hable largamente á su Capitán, 
ofresciéndose á sí y á su república á la subjección y servicio de aquel gran 
señor en cuyo nombre viene. Desto ganaremos dos cosas muy principa¬ 
les : la una, que no nos gastaremos ni pelearemos en balde, afrentando 
nuestra nación y perdiendo cada día gente; la otra es, que después de 
amigos, diremos á Cortés cuán malos y perversos son los de Culhúa, para 
que dellos se recate, y teniéndolos por enemigos, nosotros á nuestro salvo 
podremos subjectarlos y vengarnos de algunos agravios que, por ser 
muchos más que nosotros, nos han hecho.’’ 

Acabada esta plática, todos, sin faltar ninguno vinieron en lo que 
Magiscacin había dicho, y así, algunos dellos en nombre de todos los 
demás rogaron mucho á Xicotencatl fuese con el presente á hacer paz con 
el Capitán. Entristecióse Xicotencatl y mostró bien el odio que siempre 
hasta que murió tuvo con los nuestros. Quiso replicar, pero estorbóselo 
Magiscacin, diciéndole que aquello convenía á la república, que lo hi¬ 
ciese luego, so pena de ser tenido por traidor y ser castigado conforme 
á las leyes y fueros de la Señoría de Taxcala, y que allí se determinase 
luego con el sí, con el cual rescibirían todos gran contento; y si se de¬ 
terminaba en el no, que luego desde allí sería privado de su oficio y dig¬ 
nidad y echado en crueles prisiones hasta que se le diese la pena que 
merescía. 

Xicotencatl calló por poco espacio, y como pudo más la pena, temor 
y amenazas que su república le ponía que su obstinación y pertinacia, 
fingiendo el contento que no tenía, respondió: “Nunca los dioses quieran 
que sea contra mi república y que no la obedesca en lo que me manda. 
Yo me determino de hacer vuestro mandado y de hablar á Cortés lo 
mejor que yo pudiere, inclinándole con mis palabras á que, rescibién- 
donos en su amistad, nos sea perpectuo y buen amigo.” 

Holgóse mucho con esto aquella Señoría, y en especial Alagiscacin y 
el buen viejo de Xicotencatl, que también pública y secretamente se lo 
había aconsejado y mandado. 

CAPITULO XLVI 

CÓMO XICOTENCATL VINO Á CORTÉS, Y DE LA ORACIÓN QUE LE HIZO 
Y PRESENTE QUE LE TRAXO 


Después que esto se trató en Taxcala y los taxcaltecas se certifi¬ 
caron bien de la venida de los mensajeros mexicanos, Xicotencatl se 




232 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


adereszó para llevar la embaxada; vistióse á su modo y costumbre de 
paz, cuanto más ricamente pudo; tomó consigo cincuenta caballeros de 
los más principales y más bien apuestos que, por consiguiente, se ade- 
reszaron lo más ricamente que pudieron. Iban con éstos sus criados, que 
eran muchos; llevaron, como siempre tienen de costumbre, aunque por 
la esterelidad de la tierra que estonces había, algunos presentes no muy 
ricos de súchiles, plumajes, mantas y algún oro; y por que el amistad 
fuese más firme y Cortés estuviese más cierto della, llevó también Xico- 
tencatl ciertos mancebos hijos de señores para darle en rehenes. 

Salió de la Señoría de Taxcala acompañado de todos los señores 
della; despidióse cuando fué tiempo, y poco antes que llegase al real 
de Cortés, invió tres ó cuatro de los principales que con él iban adelante 
á dar aviso cómo iba y á qué; alegráronse por extremo los nuestros. Cor¬ 
tés con la mayor auctoridad y gracia que pudo, salió á rescebir á Xico- 
tencatl cuando supo que estaba ya en el real, acompañado de los prin¬ 
cipales del exército. Saludáronse el uno al otro á su modo con gran 
comedimiento y señales de amor. Abrazólo Cortés, y tomándolo por la 
mano lo asentó á par de sí; llamó á las lenguas; todos los caballeros es¬ 
pañoles estuvieron en pie, y asimismo los principales taxcaltecas. Es¬ 
tando así todos con muchos silencio, los nuestros por oir lo que Xico- 
tencatl quería decir, y los otros por saber lo que Cortés respondería, 
Xicotencatl mandó traer allí el presente y los mancebos nobles que en 
rehenes de la confederación y amistad presentaba. Puestos delante de 
Cortés, se volvió á él y con mucha gravedad, la voz algo baxa, inclinados 
los ojos en alguna manera en tierra, levantándose algo del asiento, vol¬ 
viéndose luego á sentar, habló así: 

“Ante todas cosas, primero que algo te diga, muy fuerte y sabio Ca^ 
pitón, entendido habrás que yo soy Xicotencatl, Capitán general de la 
Señoría de Taxcala, y cómo vengo ahora en su nombre y en el mío á 
saludarte y tratar contigo de perpectua amistad y concordia; también 
entenderás el crédicto que como á Capitán general y embaxador de 
aquella Señoría me debes dar en lo que dixere Saludóte, pues, y salu¬ 
dante Magiscacin y todos los otros señores de aquella gran república, 
y como al que procuran ya tener por amigo, te desean en todo lo que 
emprendieres prósperos y dichosos subcesos. Suplicárnoste que de lo 
pasado nos perdones y admitas á tu amistad, porque te prometemos 
serte de aquí adelante, como verás, muy fieles y leales amigos. Damos 
de nuestra voluntad y con alegre ánimo (lo que hasta hoy á ningún 
Príncipe hemos hecho) vasallaje y obediencia á ese gran Emperador en 
cuyo nombre vienes, por saber que es muy bueno y muy poderoso, pues 
se sirve de tales hombres como tú, y nos dicen que traes otras leyes y 
costumbres y otra religión con adoración de un solo Dios, que no per¬ 
mite sacrificio de hombres ni cruel derramamiento de sangre ni otros 
pecados abominables en que nuestros dioses nos han tenido engañados; 
y si hemos traído contra ti y los tuyos tan continua y brava guerra, en 



LIBRO TERCERO.—CAP. XLVII 


23H 

la cual siempre hemos sido vencidos, ha sido por haber estado hasta aho¬ 
ra persuadidos de que érades otros hombres, y no sabiendo qué quería- 
des y aun temiendo que érades amigos de Motezuma, á quien y a sus 
pasados hemos tenido y tenemos por capitales y mortales enemigos. 
Tuvimos razón de sospechar esto porque vimos que desde Cempoala 
han venido contigo criados y vasallos suyos, y asi, por no perder la li¬ 
bertad en que nuestros antepasados nos dexaron, y que por tiempo inme¬ 
morial, con gran derramamiento de sangre, hambre, desnudez y otros 
trabajos hemos defendido, determinamos, hasta estar cierto de quién 
eras, defender nuestras personas y casas; y porque como sabes, el hombre 
libre debe morir primero que perder la libertad en que su padre le dexó, 
hemos estado muchos años cercados en esta aspereza de sierras, sin 
fructas ni mantenimiento, sin sal, que da sabor á toda comida, sin tra¬ 
jes ni vestidos delicados, de que usan nuestros vecinos, sin plumajes ri¬ 
cos, oro y piedras, que para rescatar algo desto era menester vender al¬ 
guno de nosotros. Todas estas faltas y nescesidades hemos padescido por 
no venir con nuestras mujeres y hijos en subjección de Motezuma, de¬ 
terminados de morir primero que hacer tal fealdad, pues nuestros ante¬ 
pasados fueron tan grandes señores como él. Ahora que hemos entendido 
de los cempoaleses que eres bueno y benigno y de noche y de día á ti 
y á los tuyos habernos hallado invencibles, no queriendo ya más pelear 
contra nuestra fortuna y contra lo que ese gran Dios tuyo quiere, nos 
damos á ti, confiados que nada perderemos de nuestra libertad, sino 
que antes nos ayudarás contra la tiranía de JMotezuma, que más con 
pujanza de gente y desenfrenada ambición, que con razón y justicia, ha 
subjectado á muchos señoríos, haciendo inauditas crueldades en los ven¬ 
cidos; y en confirmación desta amistad que contigo procuramos, te 
ofres'Cemos y damos en rehenes estos mancebos, que son hijos de los 
principales señores de Taxcala.’' (Y los ojos rasados de agua, que ya Xi- 
cotencatl no podía desimular el dolor que de rendirse en su corazón 
sentía, dixo, después de haber callado muy poco): ‘'Acuérdate. Capi¬ 
tán valentísimo, que jamás Taxcala reconosció Rey ni señor, ni hom¬ 
bre entró en ella que no fuese llamado ó rogado. Trátanos como á tuyos, 
pues te entregamos nuestras personas, casas, hijos y mujeres.^' Con 
esto acabó Xicotencatl, alimpiándose los ojos con el cabo de la rica 
manta con que venia cubierto. 

CAPITULO XLVII 

DEL CONTEXTO QUE CORTES RESCIBIÓ COX ESTA EMBAXADA 
Y DE LO QUE Á ELLA RESPONDIÓ 

Cortés, como vió que en las últimas palabras tanto se había enter- 
nescido Xicotencatl, con ser tan esforzado y diestro Capitán de su nas- 
ción, consiaerando, como sabio por sí, lo que en el pecho de aquel Ca¬ 
pitán podía haber, aunque muy alegre y regocijado con tan buena em- 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


234 

baxada y con tan buen embaxador, tomándole por las manos y abra¬ 
zándolo, antes que nada respondiese á la embaxada, le dixo: “Muy va¬ 
liente y muy deseado amigo mío Xicotencatl: No tienes de qué tener 
pesadumbre, ni de qué tener pasión, porque, como verás adelante, yo y 
los míos te seremos, así á ti como á los tuyos, tan amigos que vosotros 
no os tendréis tanta amistad, porque somos de tal condisción, que no 
solamente hacemos bien al que nos le hace, pero procuramos bien á 
quien nos hace daño, como habrás visto en los recuentros pasados, por¬ 
que es hermoso género de vencer, venciendo al mal con bien, hacer de 
enemigos amigos. Ya deseo que á la Señoría de Taxcala ofresca algo 
en que veáis el amor que os tengo y el bien que os deseo.’’ Alegróse 
con esto mucho Xicotencatl, y volviendo sobre sí, con mucho comedi¬ 
miento respondió que porque ellos tenían creído dél más que aquello, 
habían venido á su amistad. 

Cortés, prosiguiendo su repuesta, dixo: “Aunque sé que me matastes 
dos caballos, y que unas veces debaxo de que érades otomíes y no tax* 
caltecas, y otras no como valientes y esforzados que sois, sino como co¬ 
bardes y traidores, me salistes sobre seguro al camino, debiendo como 
taxcaltecas desafiarme primero, os lo perdono todo, con las mentiras y 
engaños que conmigo habéis tratado; y pues habéis visto tantas veces 
que todo ha sido en vuestro daño y perjuicio, mirad cómo tratáis estas. 
paces conmigo, porque si hay otra cosa de lo que me has prometido, 
lloverá sobre tu casa y sobre toda tu tierra, que el Dios en quien nos¬ 
otros creemos y en cuya virtud vencemos no sufre engaños ni mal¬ 
dades ; y si, como creo, perseverardes en la amistad que yo siempre os 
guardaré, como conosceréis por el tiempo, seréis en tantas cosas me¬ 
jorados, que os pesará de que no hubiésemos venido mucho antes á vues¬ 
tra tierra. En lo demás dirás al señor Magiscacin y á todos esotros 
señores que les tengo en merced el amor y voluntad que me tienen, y 
que cuando vaya á su tierra conoscerán de mí que no estuvieron enga¬ 
ñados, y esto, que será después que haya despachado estos embaxadores 
mexicanos que también de parte de su señor Motezuma vienen á pe¬ 
dirme amistad.” 

Dada esta repuesta se levantó Xicotencatl, abrazáronse los dos, salió 
Cortés con él hasta salir de su tienda y de allí hasta salir del real, le 
acompañaron algunos caballeros españoles y muchos nobles de Cem- 
poala, donde despidiéndose de todos, siguiéndole los suyos, muy alegre 
caminó para su tierra. 

Quedó Cortés y su exército harto más contento que iba Xicotencatl. 
Cortés, porque lo que había prometido le había salido tan verdadero y 
veía lo que después vió, que de aquella amistad pendía todo el subceso y 
buena andanza que tuvo. Alegróse en ver que tan gran señor se le hu¬ 
millaba, con lo cual su fama y nombre se adelantaba y su reputación 
crescía entre todos los indios, como paresció, porque luego dentro de 
muy pocos días se extendió la nueva dello por todas las Indias. 



LIBRO TERCERO.—CAP. LVIII 


235 


El exército, así de españoles como de indios, por estar ya libres del 
temor que con tanta razón podían tener, según atrás dixe, viendo que 
todos sus trabajos y temores se volvían en descanso y grandes esperan¬ 
zas, y porque de todo esto quedase adelante memoria, el muy valiente y 
cristiano Cortés, en reconoscimiento que todo venía de la mano de Dios 
é ya que tenían lugar para ello, mandó decir misa al padre Joan Díaz, 
clérigo, el cual, acabada la misa, puso por nombre á la torre la Torre de 
la Victoria en memoria de las muchas que Dios había dado allí á los 
españoles, l®s cuales estuvieron con los trabajos que la historia ha con¬ 
tado casi cuarenta días. En el entretanto que esto se hacía, Xicotencatl 
llegó á Taxcala; saliéronle á rescebir aquellos señores casi fuera de la 
ciudad; entró con ellos en su cabildo, donde era obligado á dar la re¬ 
puesta; juntáronse los que se habían hallado á inviarle con la embaxada; 
puesto allí, les dixo todo lo que con Cortés había pasado, y, ó porque lo 
sentía así, ó porque desimulaba su Odio, para buscar ocasión en que lo 
mostrase de sí, les dixo: ^‘Bien será, señores, que pues el Capitán de los 
cristianos, como habéis visto de su repuesta, nos muestra tanto amor y 
voluntad, y de su persona contra Motezuma tenemos tanta nescesidad, 
que con üoda priesa procuremos traerle á nuestra ciudad, haciéndole todo-- 
regalo y servicio.'' Paresció muy bien á todos esto, aunque no faltó quien 
sospechase que no iba dicho con verdaderas entrañas. 

Salidos de allí, se publicaron las paces por toda la provincia; hízose 
entre ellos en la ciudad grande regocijo y alegría; hubo un mitote (*), que- 
es su danza, de más de veinte mili hombres de los nobles y principales, 
adereszados lo más ricamente que pudieron ; cantaron la valentía y es¬ 
fuerzo de los españoles, el contento que tenían con su amistad, para 
mejor vengarse de su enemigo Motezuma; quemaron mucho encienso- 
en los templos, hicieron garandes sacrificios, y lo que más fué de ver, que 
las mujeres y niños se alegraron públicamente por la quietud y sosiego 
que de ahí adelante habían de tener, poniendo muchos ramos y flores 
á sus puertas, entre ellos, en señal de grande alegría. 


CAPITULO XLVni 

del rescibimiexto y servicio que los taxcaltecas 

HICIERON A cortés Y A LOS SUYOS 

Los embaxadores de Motezuma como se hallaron á la venida de Xi¬ 
cotencatl y á todo lo que dixo, y CoUdés le respondió, pesóles en gran 
manera, porque claram.ente adevinaron por la voluntad de su señor y 
por la antigua y grande enemistad que con los taxcaltecas tenían, que 
aquella nueva amistad había de redundar en daño y destruición del im- 


(*) En el Ms. “motite” equivocadamente. 



236 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 

perio y señorío de Culhúa, y procurando, lo que en ellos fue, desbara¬ 
tarla, dixeron á Cortés que mirase lo que había hecho y no se confiase 
de gente tan doblada, inconstante y mala como era la taxcalteca, porque 
lo que no habían podido conseguir por fuerza de armas, lo procurarían 
por todos los engaños posibles, y que así era su intento meterle en la 
ciudad, para que, como dicen, á puerta cerrada y á su salvo le matasen 
sin dexar hombre de los suyos. 

Cortés, que entendía la balada, aunque no estaba muy cierto de la 
amistad de los taxcaltecas, mostrando el ánimo que convenía, les res¬ 
pondió que por malos y traidores que fuesen había de entrar en la ciu¬ 
dad, porque menos los temía en poblado que en el campo. Ellos, vista 
esta determinación y lo poco que Cortés temía, le suplicaron diese licen¬ 
cia á uno dellos para ir á México á dar cuenta á Motezuma de lo que 
pasaba y llevarle la repuesta de su principal recaudo, y que se detuviese 
allí hasta pasados seis días que para ellos, y si antes ser pudiese, ven¬ 
dría con la repuesta de su señor. Cortés dió la licencia y prometió de 
hasta aquel tiempo esperar allí, así por lo que de nuevo traería el em- 
baxador, como para sanearse del amistad de los taxcaltecas. 

En el entretanto que esto pasaba, iban y venían muchos taxcaltecas 
al real de los nuestros, unos con gallipavos, otros con pan, cual con 
o.rezas, cual con agi, y algunos á sólo visitar á los nuestros y á comunicar 
y hablar con ellos. Los que traían los bastimentos no tomaban prescio y 
agraviábanse de que los nuestros se le ofresciesen y decían que su amis¬ 
tad no era para venderles los mantenimientos, sino para servirlos en lo 
que pudiesen. Había de la una parte á la otra buenas razones y comedi¬ 
mientos ; rogaban á la contina á los nuestros que fuesen á su ciudad. 
Cortés los entretenía con buenas palabras hasta que vino el mensajero 
mexicano, el cual llegó, como había prometido, al sexto día. Traxo diez 
joyas de oro ricas y muy bien labradas, mili é quinientas ropas de al¬ 
godón, mejores sin comparación que las mili primeras, hechas con ma¬ 
ravillosa arte. Rogó muy ahincadamente á Cortés, después que le dió el 
presente, que no se pusiese en aquel peligro que pensaba, que su señor 
Motezuma le hacía cierto que si en él se ponía le había de pesar mucho 
dello, porque aquellos de Taxcala eran pobres y nescesitados de todo 
buen tratamiento y que por robarle le convidaban á su ciudad; que pro¬ 
curarían, aunque fuese durmiendo, matarle, sólo porque sabían que era 
su amigo. Acudieron luego, como barruntando lo que había de decir el 
embaxador mexicano, todas las cabeceras y señores de Taxcala á rogarle 
imporlnnadamente les hiciese merced de irse con ellos á la ciudad, donde 
sería muy servido, proveído y aposentado, ca se avergonzaban que tales 
varones como ellos no estuviesen aposentados como merescían, que cho¬ 
zas no eran aposentos dignos de tales personas; y que si se rescelaba 
-dellos, que pidiese otra cualquier mayor seguridad, que se la darían, 3^ 
que supiese que lo que le habían prometido sería para siempre, porque 
no quebrantarían su palabra y juramento, ni faltarían [á] la fee de la re- 




.LIBRO TERCERO.—CAP. LIX 'iZ'j 

pública por todo el mundo; ca si tal hiciesen, sus dioses se lo demandarían 
mal y caramente. 

Cortés, viendo que aquellas palabras salían de verdadero corazón y 
que tanta importunidad con tanta seguridad no podía nascer sino de 
amor y amistad entera, y viendo que los de Cempoala, de quien tanto se 
confiaba, se lo importunaban y rogaban, determinó cargar todo el fardaje 
en los tamemes y llevar el artillería. Partióse luego en pos della para 
Taxcala, que -estaba de allí seis leguas, con el orden y concierto que se 
lía llevar para dar batalla; dexó en la torre y asiento del real, donde 
tlantas veces había sido victorioso, cruces y mojones de piedra. Salióle 
á recebir al camino buen trecho de la ciudad toda la nobleza de Taxcala 
con rosas y flores olorosas en las manos, las cuales daban á los nuestros; 
salieron todos vestidos de fiesta. Entró desta manera con un gran baile, 
que iba delante, en Taxcala á diez é ocho de Septiembre (i). Era tanta 
la gente que por las calles había, que para ir á su aposento tardó más 
de tres horas. Aposentóse en el templo mayor, que era muy sumptuoso ; 
tenía tantos y tan buenos aposentos que cupieron todos los nuestros en 
él; aposentó Cortés de su mano á los indios amigos que consigo traía, 
de que ellos rescibieron mucho favor; y porque nunca estaba descui¬ 
dado, puso ciertos límites y señales hasta do pudiesen salir los suyos, 
mandándoles so graves penas no saliesen de allí, proveyendo so las mis¬ 
mas penas que nadie tomase más de lo que le diesen, ni se aíireviese á 
hacer algún desabrimiento, por liviano que fuese, lo cual cumplieron muy 
al pie de la letra, porque aun para ir á un arroyo bien cerca del templo, 
le pedían licencia. 

Trataron muy bien aquellos señores á los nuestros; usaron de mucho 
comedimiento con el Capitán ; proveyeron de todo lo nescesario abundan¬ 
temente, y muchos dieron sus hijas en señal de verdadera amistad, así 
por guardar su costumbre, como por que nasciesen hombres esforzado.-: 
de tan valientes guerreros y les quedase cast^ para cuando otras guerras 
se ofresciesen. Descansaron y holgáronse allí mucho los nuestros veinte 
días; procuraron saber muchas particularidades; informáronse del hecho 
de Motezuma. Y porque es cosa mayor Taxcala y de más importancia 
que un capítulo decirse pueda, en los que se siguen diré algo de su gran¬ 
deza y señorío y de lo que más á los nuestros avino. 

CAPITULO XLIX 

DE ALGUNAS PARTICULARIDADES DE TAXCALA Y DE LO QUE Á CORTL.S 
LE PASÓ CON XICOTENCATL EL VIEJO Y CON MAGISCACIN 

Después que los nuestros fueron aposentados, así los señores de 
Taxcala como los demás vecinos comenzaron con mucho cuidado y 


(i) Al margen: “i8 de setiembre. 



238 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


.amor á proveerlos y regalarlos en cuanto pudieron; traxéronles luego 
más de cuatro mili gallinas, las más dellas vivas y las que eran menes- 
{JCT asadas, y en lo demás que los nuestros habían menester eran pro¬ 
veídos, con dar por señal para conoscerlos, después, á cada indio, un 
pedazo del sayo roto, y así el indio con él en la mano iba á la comunidad 
ó casa de provisión, y visto que venía con el paño de parte de algún 
español, se le daba todo lo que pedía, y por el mismo paño le conoscía el 
español que le había inviado con él; y aunque pensaron los nuestros que 
no tuvieran platos en qué comer, por hacerse la loza con tanto artificio 
y los indios carescer de aquel arte, Alonso de Ojeda, uno de los soldados, 
halló en su aposento en unas vasijas grandes de barro más de ochocien¬ 
tos platos y escudillas de loza tan bien labrada como se hiciera en Ta- 
lavera, de que no poco se maravillaron los nuestros, ios cuales se sirvie¬ 
ron desta loza y de otra mucha en que les traían la fructa y aves gui¬ 
sadas. Entrando adelante por el mismo aposento el dicho Alonso de 
Ojeda, halló un lío de petate, que es como la que nosotros llamamos 
estera, muy bien liado; sacóle afuera, y queriendo saber qué había 
dentro, con la espada cortó los cordeles con que estaba atado (é ya [á] 
aquel tiempo se habían llegado otros españoles), halló un hueso de hombre 
<ie la coxa, que es el hueso que va desde la rodilla al cuadril, tan grande 
que tenía cinco palmos. Lleváronlo luego á Cortés, por cosa digna de ser 
vista, el cual llamó á algunos viejos y entre ellos á Xicotencatl, padre 
del Capitán general, que de viejo estaba ya ciego; rraxéronle unas mu¬ 
jeres de brazo, mandóle sentar Cortés, holgóse mucho de verle, porque 
Í3enía más de ciento y treinta años, que él contaba por soles; preguntóles 
muchas cosas; respondióle muy bien á ellas, y á lo del hueso dixo que 
muchos años había que á aquella tierra de unas islas habían venido 
unos hombres tan grandes que parescían grandes árboles y con ellos 
algunas mujeres también de disforme grandeza, é que los unos habían 
muerto allí y los otros pasado adelante á tierra de México. Decía que 
ó de hambre ó de flechas, por el miedo que ponían, habían sido muertos, 
y que aquel hueso era de uno dellos. Tentaba este viejo á los nuestros 
las manos, la ropa y las barbas; maravillábase mucho de la extrañeza 
de los hombres que tocaba; decía con grande ansia de corazón que 
nunca le había pesado tanto de ser ciego como hasta estonces, por no po¬ 
der ver aquellos hombres de quien él muchos años antes tenía grandes 
pronósticos de que habían de venir, y así dixo á Cortés: “Tú seas muy 
bien venido y sepas que has de señorear el gran imperio de Culhúa y 
los míos te serán buenos amigos, que yo así se lo he aconsejado. No 
durarán mucho tiempo nuestros sacrificios, ritos y cerimonias, y nues¬ 
tros ídolos serán quebraníJados y deshechos; tomará nuevo nombre esta 
gran tierra, y los moradores della nueva religión y nuevas leyes y cos¬ 
tumbres ; reconoscerán otro gran señor, y el demonio mostrará grandes 
señales de pesar. “ 

Holgóse por extremo Cortés con estas palabras, que fueron profecía; 





LIBRO TERCERO.-CAP. L 


23g 

enternesciéronse con lágrimas los otros viejos que allí se hallaban, los 
cuales como á más viejo y más sabio respectaban al ciego Xicotencat!. 
Rizóles Cortés muchas caricias y buenos tratamientos, especialmente al 
ciego, dándoles algunos presentes y á beber de nuestro vino, que les 
supo bien, porque entendió que en el consejo de aquellos viejos consistía 
el perseverar los mozos en la amistad comenzada. 

Otro día, como entendió que el valeroso y prudente T^Iagiscacin había 
-sido su amigo y el que con todo calor había procurado su amistad, le 
invió á llamar y usó con él de muchos comedimientos, porque aliende 
de que era muy señor, le paresció en su persona, trato y conversación 
digno del buen acogimiento que le hizo. Agradescióle con muy amorosas 
palabras la voluntad que le había tenido; prometióle que por él y sus co¬ 
sas pondría su persona y amigos; dióle algunas cosas, que aunque no 
eran muy ricas, eran vistosas; holgóse con ellas mucho Magiscacin; res¬ 
pondióle que su corazón estaba ya contento con ver en su tierra á un 
hombre á quien el cielo y las estrellas habían dado tan subido valor, y 
que aquellos dones los tomaba como por prenda de mayor vínculo y 
amistad, prometiendo de los guardar para que sus descendientes goza¬ 
sen dellos. 

Acabadas estas y otras comedidas razones se despidió, inviando luego 
de las cosas que él tenía más presciadas las mejores á Cortés; y porque 
los indios más que los otros hombres son envidiosos y era menester ga¬ 
nar á todos la voluntad, no solamente Cortés á los otros señores y hom¬ 
bres principales llamó en particular, dando á cada uno de lo que tenía, 
pero á sus mujeres y hijas hizo presentes, con que vino á ser amado, 
respectado y querido de todos, que aun en sus mismos negocios que 
fuesen importantes no hacían cosa sin su parescer, de adonde paresce 
cuánto puede la liberalidad acompañada con buenas y comedidas pala¬ 
bras, con la cual el Capitán suele las más veces rendir á su contrario 
antes que con la fuerza de las armas, aunque lo uno y lo otro fué cum¬ 
plido en Cortés, el cual como swpo que de cierta enfermedad había 
muerto uno de sus soldados, mandó que ^in bullicio lo enterrasen á la 
media noche, para que los taxcaltecas, á lo menos por estonces, no 
entendiesen que los nuestros eran mortales. 


CAPITULO L 

DEL SITIO Y NOMBRE QUE EN SU GENTILIDAD TENÍA TAXCALA 

Dieen los antiguos naturales desta insigne ciudad que Taxcala tomó 
nombre de la provincia en que está edificada, por ser fértil y abundante 
de pan, y así tlaxcalan quiere decir ''pan cocido, ó casa de pan’\ Otros di¬ 
cen que la ciudad dió este nombre á la comarca y provincia y que al 
principio se llamó Texcallan, que quiere decir "casa de barranco ó de pe- 


240 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


jiascos”. Está puesta [á] orillas de un río que nasce en Atlancatepeque, 
el cual riega gran parte de aquella provincia; entra después en la Alar 
del Sur por Zatulan. Tenía cuatro barrios que se llamaban Tepeticpac, 
Ocotelulco, Tizatlan, Quiahuztlan. El primero estaba en un oerro alto, 
lexos del río más de media legua, y porque estaba en sierra le llamaban 
Tepeticpac, que es ^‘somo sierraEsta fué la primera población que allí 
hubo; estaba tan alta por causa de las guerras. El otro descendía la lade - 
ra abaxo hasta llegar al río; y porque allí había pinos cuando se pobló, 
lo llamaron Ocotelulco, que quiere decir “pinar’h Esta era la mejor y más 
poblada parte de la ciudad, donde estaba la plaza mayor, en que hacían 
su mercado, que se llama tianquistli. Aquí tenía sus casas Magiscacin, 
que eran las más soberbias y sumptuosas de la ciudad y provincia. El 
río arriba en lo llano había una población que se decía Tizatlan, por 
haber allí cierta tierra muy blanca que paresce yeso y más propiamente 
albayalde. Tenía allí su casa con mucha gente de guarnición Xicotencatl, 
Capitán general de la República. El otro barrio espiaba también en 
llano, rio abaxo, y por ser el suelo anegadizo y aguazal se dixo Quiauzt- 
lan, que quiere decir “tierra donde llueve”. 

Era, finalmente, esta ciudad mayor que Granada, más fuerte y de 
mucha más gente, bastecida en gran manera de las cosas de la tierra, 
que eran pan, gallipavos, caza y pescado de los ríos; abundaba de fructas 
y de algunas legumbres que ellos comen; es la tierra más fría que ca¬ 
liente; fuera de la ciudad, que lo más della es áspero, tiene muy buenas 
y llanas salidas; dentro, en casas de hombres principales, muchas y bue¬ 
nas fuentes. Había todos los días en la plaza mayor mercado, donde- 
concurrían más de treinta mili personas, trocando unas cosas por otras, 
porque moneda, que es el prescio común con que las cosas se compran,, 
no la había; había también en otras plazas menores otros mercados de 
menos contratación, en todos los cuales lo que se rescataba era vestido,, 
calzado, joyas de oro y plata, piedras presciosas y otras para enferme¬ 
dades, plumajes, semillas, fructas y otras cosas de comer. Había mucha 
loza de todas maneras y tan buena como se podía haber en España. Te¬ 
nía y tiene esta provincia muchos valles y muy hermosos, todos labrados 
y sembrados, sin haber en ellos cosa vacía, aunque ahora, por darse á 
las contrataciones y ser demasiadamente sobrellevados, trabajan poco- 
en el cultivar la tierra. 

Tiene en torno la provincia noventa leguas. Era república como Lt 
de Venecia, Génova y Pisa, porque no había General señor de todos: go¬ 
bernábanla los nobles y ricos hombres, especialnieníe aquellos cuatro- 
señores, ca decían que. era tiranía que uno solo los gobernase, porque 
no podía saber tanto como muchos. Los cuatro señores eran también 
Capitanes, pero sacaban de entre ellos el que había de ser General; en 
la guerra, al acometer y en el marchar, el pendón iba detrás, y acabada 
ó en el alcance, le hincaban donde todos le viesen; al que no se recogía,, 
castigábanle bravamente. La cerimonia y supertición con que empren- 





LIBRO TERCERO.—CA ?. H 


24: 


dían la guerra era que tenían dos saetas como sanctas reliquias de los* 
primeros fundadores; llevábanlas á la guerra dos principales Capitane.s 
ó dos muy valientes soldados, agüerando la victoria ó la pérdida con 
tirar una dellas á los enemigos que primero topaban; si mataba ó hería, 
era señal de victoria, y si no, de pérdida. Por ninguna cosa dexaban 
de cobrar la saeta, aunque fuese con pérdida de muchos. 

Tenía esta provincia veinte y ocho lugares, en que había docientos 
mili vecinos; son bien dispuestos, eran muy guerreros, y estonces no 
tenían par; eran pobres, porque no tenían otra riqueza ni granjeria sino 
las sementeras, caza y pesca. Había á su modo toda buena policía y 
orden; eran los vecinos y moradores muy respectados y tenidos (*) de las. 
otras gentes. Hablábase en ella tres lenguas. En el templo mayor se sacri¬ 
ficaban cada año ochocientos y mili hombres. Había cárcel pública, don¬ 
de echaban á los malhechores con prisiones; castigaban lo que entre 
ellos era tenido por pecado, porque muchos había que ellos no los tenían 
por tales. 

Acontesció, estando allí Cortés, que un vecino de la ciudad hurtó á 
un español un pedazo de oro. Cortés lo dixo á Magiscacin, el cual lo 
tomó tan á pechos que, haciendo primero la información, le hizo bus¬ 
car con tanta diligencia que se lo traxeron de Cholulan, que es otra ciudad, 
cinco leguas de Taxcala. Entregóselo con el oro á Cortés, para que 
hiciese justicia dél á su fuero y uso, pero él no quiso y agradesció á 
Magiscacin la diligencia y remitióselo para que hiciese dél lo que le pares- 
ciese, el cual mandó que con pregón público que magnifestase el delicto, 
le llevasen por ciertas calles y después le traxesen al mercado, y puesto 
sobre uno como teatro le matasen con unas porras, y fué así, acom¬ 
pañando al (**) delincuente mucha gente, á vista de los nuestros. Puesto 
en aquel teatro, inclinada la cabeza, le dieron en ella ciertos mozos ro¬ 
bustos tres ó cuatro golpes con unas porras pesadas hasta que le hi¬ 
cieron pedazos la cabeza. Maravilláronse mucho los nuestros de aquella 
justicia, y de ahí adelante los tuvieron en más, y aun los indios, que 
naturalmente son inclinados á hurtar, se recataron (lo que ahora no 
hacen) de cometer hurtos. 


CAPITULO LI 

DE CÓMO AL PRESENTE ESTÁ FUNDADA TAXCALA Y DE LOS EDIFICIOS 
Y GOBERNACIÓN DELLA (l) 

Como los indios de Taxcala, así como los demás que se fueron so¬ 
metiendo á la Corona real de Castilla, se iban aficionando á nuestra re- 


(*) Tal vea ‘'temidos”. 

(**) EnelMs.^cr. 

(i) Al margen: ‘'Ojo. Adelante para la descripción.” 






242 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


ligión, leyes y costumbres, comenzaron poco á poco á tomarlas y se¬ 
guirlas, procurando parescernos en todo lo que pudiesen, y así mudaron 
el orden y asientos de pueblos y ciudades, en lo cual especialmente se 
señalaron los taxcaltecas, porque está hoy Taxcala, que es cabeza de 
obispado, asentada en un valle, al pie de una alta sierra que en la cumbre 
hay todo el año nieve; está por las faldas llena de pinos y cedros, de que 
se han hecho, como diré, sumptuosos edificios; pasa por medio de la 
ciudad el río que anrás dixe; entra muy grande (aunque por aquí corre 
mediano) en el ]\Iar del Sur, donde hay muchos lagartos y otros ani¬ 
males fieros. Está la ciudad ordenada por sus calles, que son muy anchas 
y espaciosas; en lo baxo della tiene una plaza cuadrada y en medio della 
una muy hermosa fuente de cantería con ocho caños; en las dos cuadras 
de la plaza hay portales y debaxo dellos tiendas de diversas mercadurías; 
en la tercera cuadra hay dos casas muy sumptuosas, la una se llama la 
casa real, donde se resciben los Msorreyes y señores que de España vie¬ 
nen ó vuelven por allí; en la sala principal, alrededor de toda ella, está 
pintado cómo Cortés vino y lo demás que le subcedió hasta llegar á 
México; está muy verdadero y tan al natural que es cosa bien de ver. 
En la otra casa reside el Gobernador y oficiales del pueblo que tienen 
cargo de la república; recógense allí los tribuctos de Su Majestad 3^ 
otros sendcios tocantes á la república. En la cuarta acera hay otra casa 
donde posa el Alcalde ma3'or, que es español 3^ suele ser siempre hombre 
de cuenta; hace allí audiencia con el Gobernador 3' Alcaldes. Síguese en 
la misma acera la cárcel pública y luego un mesón con agua de pie 3" 
muchos y buenos aposentos ; está en un corredor alto, pintada la vida 
del hombre desde que nasce hastia que muere; la una pintura 3^ otra 
con muchos edificios y policía que en la dicha ciudad hay. hizo hacer y 
pintar Francisco \^erdugo. Alcalde ma3^or que fué allí, varón discreto 3^ 
republicano. Al otro lado de la fuente está el rollo, hecho de cantería, 
donde se executa la justicia. 

En lo alto de la ciudad está fundado un monesterio de Franciscos 
mu3^ sumptuoso y devoto; súbese á él por una escalera ochavada de 
cantería que tiene sesenta y tres escalones, con sus mesas muy espacio¬ 
sas, y es tan llana y tan artificiosamente labrada que por ella puede 
subir un caballo. Al pie desta escalera al un lado ha3^ un hospital donde 
se curan los enfermos, así indios como españoles. Tiene el monesterio 
una muy hermosa huerta con muchas fuentes de muy linda agua, po¬ 
blada de frutales de Castilla y de la tierra. 

La gobernación del pueblo es en esta manera: que de dos á dos 
años por su rueda, por evitar- disensiones, se elige un Gobernador de una 
de las cuatro cabeceras con cuatro Alcaldes é doce Regidores, los cuales 
todos en negocios de república se juntan con el Alcalde ma3^or, 3" otras 
veces ellos por sí hacen su cabildo. Hay muchos alguaciles, porque la 
ciudad y provincia es muy grande, que tendrá hoy cien mili vecinos y 
más. Cógese en su comarca gran cantidad de grana, con que se han en- 




LIBRO TERCERO.—CAP. LlI 


243 

riquescido los vecinos, porque son aprovechados cada año en más de cient 
mili ducados, y así la caxa de su comunidad es muy rica. 

Los campos son muy fértiles, así de maíz como de trigo y otras se¬ 
millas. Hay tierras y asientos para ganado menor muchas y muy buenas, 
donde hay muy gran copia de ganado. Hase hecho esta ciudad muy pasa¬ 
jera de carretas y arrias por industria de Francisco Verdugo, que hizo 
en los ríos y quebradas que van á México y á la ciudad de los Angeles 
treinta y tres puentes de piedra muy fuertes y vistosas, cada una de un 
ojo y algunas de dos, á cuya causa es muy frecuentada de españoles. 
Hácese todos ios sábados en la plaza el mercado general, donde concu¬ 
rren muchos españoles é gran cantidad de indios; véndense allí mu¬ 
chas cosas de Castilla y todas las demás de la tierra. Tienen los mo¬ 
radores desta ciudad gran reputación y estima entre todos los indios 
desta Nueva España, así por el antiguo renombre de su valentía, como 
por haber tan leal y valerosamente ayudado á los españoles en la con¬ 
quista de México, por lo cual el Emperador los honró, y en privilegios y 
exenciones los aventajó de todos los otros. 

Tiene esta ciudad en su comarca más de cuatrocientas iglesias, sin 
muchas que han mandado derrocar los obispos, por no ser nescesarias y 
ocuparse el culto divino y evitarse algunas demasiadas coirddas y bebidas, 
que con ocasión de las advocaciones de las iglesias los indios hacían, y 
no poderse poner en cada una ministro y sustentarse. Hanse después acá 
los taxcaltecas señalado en todas las cosas que se han ofrescido al ser¬ 
vicio de su Rey y hanlo tenido por punto de honor, como ello es. 


CAPITULO LII 

CÓMO CORTÉS IXVIÓ Á PEDRO DE ALVARADO Á MÉXICO Y DE LO QUE TRATÓ 
CON LOS TAXCALTECAS ACERCA DE LOS ÍDOLOS (l) 

Estando así los negocios. Cortés determinó de inviar á Pedro de Al- 
varado á México, para que en su nombre visitase á Motezuma y le 
hiciese saber cómo despachando ciertas cosas le iría á ver. Partió Pedro 
de Alvarado con un compañero é un criado que le sirviese ; llegó á Cho- 
lula, que fué la primera jornada, donde los principales de la ciudad le 
hicieron muy buen hospedaje, aposentándole en la mejor casa que tenían. 
Estuvo allí un día é una noche, pasó adelante y por todo el camino fué 
muy bien rescebido; llegó por sus jornadas, sin acaecerle cosa memora¬ 
ble, á la calzada de Yztapalapan, que de México está dos leguas pe¬ 
queñas, y como él no daba paso que ]\Iotezuma no lo supiese, ciertos 
criados de Motezuma que allí estaban esperándole no le dexaron pasar 
■adelante, diciéndole que no podía ver al gran señor Motezuma, que es- 

- t 

(i) Al margen-. ‘‘Léase.” 





CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


244 

taba malo de un gran dolor de cabeza, que dixese lo que quería y que es¬ 
perase allí, que ellos le traerían la repuesta. Hízolo así Alvarado, porque- 
no osó hacer otra cosa. Los principales volvieron y dixeron que por 
estar mal dispuesto su señor, no daba otra repuesta á la embaxada del 
capitán Cortés, mas de que le inviaba allí cierto presente de oro y ropa 
rica é que cuando estuviese mejor inviaría sus embaxadores, respondiendo 
á lo demás. Alvarado se volvió y vino por Guaxocingo y por Cholula, 
donde especialmente le hicieron más honra y fiesta que en los demás pue¬ 
blos. Llegó al real de Cortés, al cual y á los oficiales del Rey entregó el 
oro y ropa; holgáronse todos mucho con su venida, preguntáronle muchas 
particularidades, las cuales Alvarado contó por extenso, porque las ha¬ 
bía mirado con cuidado, para dar aviso cómo se habían de seguir ade¬ 
lante los negocios. 

A Cortés no paresció bien el dolor de cabeza de Motezuma, porque 
entendió que todavía quería no ser visto; aunque cuanto más el otro 
lo rehusaba, tanto más lo procuraba él con los mejores medios que podía; 
y así, acariciando cuanto en sí era á los taxcaltecas y viendo que en 
ellos crescía cada día la afición y que en su falsa y diabólica religión eran 
tan observantes, aunque como dando tientos, todas las veces que po¬ 
día, les hablaba con los farautes cerca del engaño en que estaban. Un 
día vió haber oportuno lugar para ello. Estando juntos los cuatro seño¬ 
res y los demás principales de Taxcala, les dixo: 

“Señores y amigos míos que en paz y en guerra sois los más seña¬ 
lados que hay en estas partes: El amor que me habéis mostrado y lo mu¬ 
cho que por él yo os debo me convidan y aun fuerzan á que lo que por' 
algunas veces os he apuntado os lo diga más claramente, porque de aquí 
adelante viváis desengañados y profeséis la verdadera religión que nos¬ 
otros los cristianos tenemos. Sabed, pues, que no hay más de un Dios, 
que crió el cielo que veis y la tierra que pisáis, y no es posible ni cabe 
en buena razón que pueda haber muchos dioses, como vosotros adoráis; 
y esto veldo por vosotros, porque si dos igualmente mandan en una casa, 
no puede ser bien gobernada, porque ni siempre pueden estar de un 
parescer, ni hay hombre que en el mandar quiera superior ni igual; y 
como no puede ser que dos hombres sean igualmente fuertes ni igualmen¬ 
te sabios, sin que el uno al otro haga ventaja, así no puede ser que haya 
muchos dioses, sino uno solo, el cual es tan poderoso que todo lo cría, 
tan sabio que todo lo rige y gobierna, tan bueno que nos sustenta y 
mantiene. Este solo Dios ninguna cosa quiere ni nos manda que no sea 
justa y buena é que nos convenga, porque El manda que ni matemos ni 
quitemos la hacienda, ni afrentemos, ni injuriemos, ni levántenlos falso 
testimonio á otro, porque no es razón que quiera yo para otro lo que 
no querría para mí. Lo contrario desto quieren y mandan vuestros falsos 
dioses, porque tenéis por bueno que no queriendo ser vosotros sacri¬ 
ficados, sacrifiquéis los innocentes; no queriendo ser robados y des¬ 
pojados de vuestra hacienda, robéis al que menos puede la suya. Des- 






LIBRO TERCERO. —CAP. LII 24$ 

•pues desto, es gran lástima que siendo el hombre señor de los peces que 
andan en el agua, de los animales que se crían sobre la tierra y de las 
aves que se crían en el aire, estéis tan engañados que subjectando á 
vuestro poder todos estos animales, á muchos dellos hechos de piedra, 
de oro, plata y barro, los adoréis, adorando por dioses á los que por 
vuestras proprias manos hacéis y podéis deshacer, no levantando el en¬ 
tendimiento á que ni pues vosotros no os hecistes á vosoííros mismos, ni 
los animales se hicieron á sí mismos, es nescesario que haya un solo Cria¬ 
dor y Hacedor de todo esto, que ni es el cielo ni la tierra, ni el agua ni 
el aire, ni las criapturas que veis, ni el hombre, sino una invisible causa, 
un sumo principio, un Dios que como no tiene cuerpo y está en toda 
parte no puede ser visto con los ojos corporales, hasta que nuestras al¬ 
mas, criadas á su semejanza, después de salidas de nuestros cuerpos, le 
vean. La razón nuestra nos dicta esto, y la fee por más alta manera nos 
lo enseña y declara. 

"’Bien sé que aunque esto que he dicho como cosa tan cierta y tan 
clara convencerá vuestros entendimientos, que por la costumbre tan lar¬ 
ga que tenéis de lo contrario, se os hará de mal creerlo y seguirlo ; pero 
yo espero en este Dios que os predico que El os alumbrará para que no 
:SÍendo parte los demonios, que contradicen, sigáis su sancta y sabrosa 
ley, entendiendo cada día mejor el error en que por tanto tiempo os ha 
tenido nuestro adversario el demonio; y porque si no es oyéndonos, no 
podéis creer ni entender lo que digo, después que haya ido á México in- 
viaré á quien oigáis y quien os enseñe. En el entretanto me haréis 
gran placer que dexéis estos ídolos, falsos y mentirosos dioses que per¬ 
miten lo que toda razón rehúsa, que, no queriendo ser comidos, comáis 
á otros.'' 

Oída esta plática, como era justo, con gran atención, respondieron 
todos que les parescía bien, pero dividiéndose en particulares paresceres, 
unos dixeron que de grado hicieran luego lo que les mandaba, siquiera 
por complacerle, si no temieran ser apedreados del pueblo; otros, que 
era recio de creer lo que ellos y sus antepasados tantos siglos habían ne¬ 
gado y sería condenarlos á todos y á sí mismos; otros, que podría ser que. 
andando el tiempo lo harían, viendo la manera de su religión y enten¬ 
diendo bien las razones por qué debían hacerse cristianos y que con la 
comunicación y trato y con ver sus leyes y costumbres se aficionarían, 
porque en lo que tocaba á la guerra ya tenían entendido que eran inven¬ 
cibles y que su Dios les ayudaba mucho. 

Cortés, oída esta repuesto, con afable y alegre rostro les replicó que 
bien estaba y que el parescer postrero llevaba más camino, que él, como 
había prometido, les daría presto quien los enseñase, é que estonces co- 
noscerían el gran fructo que sacarían y el gran consuelo que sintirían 
sus corazones; y viendo que no era tiempo de apretarles más, les rogó 
tuviesen por bien que en aquel templo donde estaba aposentado se hi¬ 
ciese iglesia para que él y los suyos hiciesen sacrificio y adoración á Dios, 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


246 

y que también ellos podrían venirlo á ver. Con muy buena voluntad 
dieron la licencia y aun vinieron muchos y los más principales á oir la 
misa que se decía cada día y á ver las cruces é imágines que allí se pu¬ 
sieron y en otros templos y torres, y aun hubo (porque Dios así lo guiaba) 
algunos que se vinieron á vivir con los nuestros. Finalmente, todos los 
de Taxcala mostraron grande amistad, pero el que más se señaló fué 
IMagiscacin, que parescía que traía escripto en el corazón el nombre de 
Cortés, no apartándose de su lado ni hartándose de oir é ver á los es¬ 
pañoles. 


CAPITULO LUI 

DE LA ENEMISTAD QUE SE HIZO ENTRE MEXICANOS Y TAXCALTECAS 
Y DE DÓNDE Y POR QUÉ CAUSA PROSCEDIÓ (l) 

Ya que Cortés se aprestaba cuanto podía para ir á México (2), pro 
curó de secreto informarse del poder y riquezas de Motezuma (3) y dé¬ 
la causa de las guerras tan bravas y tan antiguas que taxcaltecas te¬ 
nían con mexicanos; procuró también informarse del camino y de otras 
particularidades; y como á la sazón estaban en Taxcala los embaxadores 
mexicanos y los unos eran enemigos de los otros, descubrían, como 
dicen, las verdades. Para entenderlas mejor hablaba Cortés á los unos á 
escondidas de los otros, agradesciéndoles el parescer y consejo que le 
daban. Decía Magiscacin, procurando apartar á Cortés de la amistad de 
^Motezuma y del ir á México, que Motezuma era, no solamente Rey, pero 
Rey de Reyes y Príncipe de Príncipes, á quien unos por amor y mercedes 
que les hacía, y otros por temor, tenían tanto respecto y veneración que 
se tenían por muy dichosos en servirle, al comer y en otras cosas que 
se le ofrescían; y que su riqueza de oro y plata, piedras, perlas, pluma¬ 
jes y ropa rica era tan grande, que podía hacer ricos á muchos Príncipes; 
y que la ciudad donde tenía su silla y asiento era la mayor y más fuerte 
del mundo, porque estaba fundada sobre una gran laguna, y que las 
calles eran de agua y no se andaban ni podían entrar sino con canoas, 
que déstas había más de veinte mili, é que á esta ciudad concurrían todos 
los señores de la comarca y otros Príncipes de bien lexos, porque era 
la Corte y no había otro señor á quien seguir ni sendr; y que la gente que 
tenía era innumerable, porque podía, haciendo guerra en tres ó cuatro 
partes, poner en cada una un campo de docientos mili hombres de guerra, 
y que con esto él y sus mexicanos usurpaban los señoríos ajenos y exten¬ 
dían y ampliaban cada día más su imperio, usando, cuando vencían, de 
grandes crueldades, para que las otras gentes se rindiesen y subjectasen 
á su imperio, de temor de no experimentar semejante crueldad; y que 

(1) Ai margen: “Léase.” 

(2) Al mavg.: “Sitio de México.” 

(3) Al margr. “Poder de Motezuma.” 






LIBRO TERCERO.-C.\P. LUI 


247 


eran de tan mal corazón (ca esta es su manera de hablar), que nunca 
guardaban palabra, ni tenían secreto, ni se acordaban de las buenas obras 
rescebidas, por grandes que fuesen; y pues que veía que eran muchos, 
malos y tan poderosos, que 110 se metiese entre ellos, porque no le podía 
subceder bien. 

auncjue estas cosas movieran a miedo y hiciei an temblar la barba 
á otro, por ser tan verdaderas y dichas por hombre que tanto amaba 
á los españoles, á Cortés pusieron nuevo esfuerzo y ánimo, engendran¬ 
do en él mayor deseo de verlas. Desiimúó con Magiscacin, agrades- 
cióle el consejo y parescer y dixole que se vería bien en ello antes 
que nada hiciese; y por saber bien de raíz los negocios, para mejor acer¬ 
tar en lo que emprendiese, le preguntó qué tiempo había^ que^ los taxcal- 
tecas tenían guerra con los mexicanos y la causa. Magiscacin, como el 
que bien la sabía, le respondió que habría ochocientos años que los me¬ 
xicanos habían venido á poblar aquella alaguna, de muy lexos tierras y 
que eran tiranos, porque por fuerza de armas echaron á los otomíes, 
que eran señores della, y que de noventa o cient años a aquella parte los 
taxcaltecas tenían guerra con ellos por defender su patria y libertad, 
y que la principal causa por donde las guerras eran continuas y tan crue¬ 
les, que nunca tendrían fin hasta que el mundo se acabase, era^ que en 
tiempo del abuelo de Motezuma los mexicanos con ardid y engaño pren¬ 
dieron á un señor taxcalteca de los muy principales, y después de haberle 
hecho muchas afrentas y muerto con diversos tormentos, le embalsa¬ 
maron y pusieron al sol, sentado en un banquillo baxo con el brazo ten¬ 
dido ; y cuando le tuvieron muy seco, inxuto (*), y que de aquella manera 
podría durar mucho tiempo, le pusieron en el aposento del abuelo de 
Alotezuma para que cada noche, en oprobio y afrenta de los taxcaltecas, 
tuviese lumbre encendida en la mano derecha, alumbrando cuando aquel 
tirano cenaba. Cuando Magiscacin llegó á estas palabras, no pudiendo 
detener las lágrimas, con un sospiro que rompía las entrañas, dixo: ; Oh. 
dioses, que mal lo habéis hedió en no habernos vengado de tan grande 
injuria!’’ Cortés lo aplacó y prometió de vengarle, diciendo que ya era 
llegado el tiempo en que la falsa religión de los dioses se acabaría y ce¬ 
saría la tiranía de Motezuma. Esto tuvieron, aunque muy secreto, los 
taxcaltecas en sus pinturas y los mexicanos, los unos para que viéndolo 
les cresciese la saña y deseo de vengarlo; los otros para honra y gloria 
suya y afrenta de sus enemigos. 

Mucho se holgó Cortés de que los taxcaltecas tuviesen tanta razón 
de tener guerra con los mexicanos, porque entendiendo que no se po¬ 
dían confederar los unos con los otros, veía claro que sus negocios 
tendrían buen subceso. 

Despedido con esto Magiscacin, llamó á los embaxadores mexicanos, 
que iban y venían con embaxadas de Motezuma, Preguntóles lo que á Ma- 


(*) “enjuto”. 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


248 

giscacin, y como cada uno defendía su partido, dixeron que las guerras 
eran muy antiguas y muy trabadas, pero que los señores de México (como 
ello era) las habían sustentado por dos cosas; la una, por exercitar en la 
guerra á los mancebos mexicanos, que con la ociosidad se entorpecían 
y no podían ganar nada; la otra, porque los señores de México sacrifi¬ 
caban cada año, especialmente en el templo mayor de Huitcilopuchtli, 
gran número de gente, é que por «esto conservaba á los taxcaltecas, para 
tenerlos como en depósito para sus sacrificios, sin ir más lexos, como 
á Panco (*), Meztitlan, Teguantepeque, donde hacia siempre guerra; y 
trayendo de allá prisioneros, por los diversos temples de la tierra, morían 
los más primero que llegasen á México. Esto negaban muy de veras los 
taxcaltecas, porque solían prender y sacrificar tantos mexicanos cuantos 
de los taxcaltecas habían los otros sacrificado, é que muchas veces los 
señores de México los habían cercado con todo su poder por todas par¬ 
tes, pero que ellos se habían defendido, haciendo más daño del que ha¬ 
bían rescebido, y que otras veces les habían corrido la tierra hasta las 
calzadas de México. Esto debía ser así, porque después en el cerco de 
México, yendo con Pedro de Alvarado, afrentando de palabra á los me¬ 
xicanos, decían: “Bellacos, salid acá. ¿No sabéis que antes de ahora como 
á gallinas os encerrábamos en vuestras casas?” 

Cortés, como dixe, entendida tan pertinaz enemistad, comenzó luego 
á dar orden en su partida, porque viendo que dexaba las espaldas se¬ 
guras, tenia el juego por ganado, y asi invió á llamar á ]\lagiscacin. 
Díxole que estaba determinado de ir á Aléxico, que viese lo que él ó lo 
que los otros señores de Taxcalar querían que negociase con Alotezuma. 
Magiscacin no pudo sufrir las lágrimas, porque cierto amaba tierna¬ 
mente á los nuestros; pesóle de la determinación de Cortés, pero como 
vió que no se lo podía estorbar, le dixo: “Señor, pues estás ya deter¬ 
minado de ir á México, tu Dios lie favoresca é ayude como hasta ahora ha 
hecho; rescibiremos merced en que, si pudieres, alcances de Alotezuma 
que sin pena alguna, porque las tiene muy graves, puedan los suyos ven¬ 
dernos algodón y sal, que son las cosas de que al presente y siempre 
hemos tenido gran nescesidad.” Cortés se lo prometió y dixo que si otras 
cosas más hobiesen menester, que se las haría dar, como verían. 


(*) Tal vez “Panuco”. 




LIBRO TERCERO.— CAP. LIV 


249 


CAPITULO LIV 

'CÓxMO CORTÉS DETERMINÓ DE IR POR CHOLULA Y DE LO QUE RESPONDIÓ 

Á CIERTOS MENSAJEROS 

Los de Giiaxocingo, que siempre hablan sido enemigos de los taxcal- 
tecas, visto que eran tan amigos de los nuestros, se confederaron con 
•ellos, los cuales, por intercesión de Cortés, restituyeron á los de Guaxo- 
cingo muchas tierras que por fuerza de armas les habían tomado, porque 
en el hervor de sus guerras los de Giiaxocingo se habían hecho amigos 
de los mexicanos, por defenderse dedos taxcaltecas. 

Puestos los negocios en este término, ya que Cortés quería ir para 
Aléxico, cuanto Alagiscacin y los otros señores taxcaltecas procuraban 
que Cortés no fuese á México, tanto más los mensajeros de Motezuma 
que con él estaban procuraban que, ya que había de ir á Aléxico, fuese 
por la ciudad de Cholula, y esto era por sacar á los nuestros de Taxcala, 
donde pesaba mucho á Motezuma que estuviesen, recelándose de lo que 
después le subcedió. 

Alientras andaban estas cosas. Cortés tuvo nueva que Alotezuma, de 
secreto, inviaba á Cholula un exército de treiníja mili hombres de guerra; 
y para fortificarse, si por allí quisiese pasar nuestro campo, los choliite- 
cas tapiaron las bocas de las calles, poniendo sobre las azoteas de las 
casas gran cantidad de piedra ; cerraron el camino real con mucha rama 
y palos que hincaron en el suelo, haciendo otro de nuevo con grandes 
hoyos cubierto por encima, hincadas dentro estacas muy agudas, para 
que cayendo los caballos se espetasen y no pudiesen bullirse. Creyó esto 
Coríjés, porque los cholutecas, estando cerca, nunca habían inviado sus 
mensajeros, ni venido ellos, como habían hecho los de Giiaxocingo y 
otros pueblos comarcanos, por lo cual, para certificarse si la nueva era 
verdadera ó no, de consejo de los taxcaltecas invió á Cholula ciertos 
mensajeros á que llamasen á los señores y principales, diciéndoles en 
breve qué era la causa por qué no habían hecho lo que los otros pueblos. 
Ellos no quisieron venir, inviándose á excusar con cuatro ó cinco prin- 
cipalejos, diciendo que aquellos señores no podían venir, que viese lo que 
mandaba. Cortés se enojó, y tornando á inviar los mismos mensajeros 
que antes con un mandamiento por escripto, les mandó que viniesen to¬ 
dos dentro de tercero día, donde no, que los tendría por rebeldes y ene¬ 
migos é que como á tales los castigaría rigurosamente. Los cholutecas 
entraron en su consejo; hubo diversos paresceres, pero como reinaba el 
temor, sin el cual no hacen cosa acertada los indios, resumiéronse de ir 
otro día los más y más principales. Llegaron do Cortés estaba, y después 
de hecho un gran comedimiento, porque son bien cerimoniosos en esto, 
habló uno que era el más viejo y dixo: ‘^Señor y valentísimo Capifán: 
Aquí venimos tus esclavos á besarte las manos y ver lo que nos mandas; 



25 o 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


pero., ante todas cosas, te suplicamos nos perdones no haber venido- 
cuando los otros pueblos ni cuando nos inviaste á llamar, porque los 
taxcaltecas son capitales enemigos nuestros y era cosa temeraria me¬ 
ternos por las puertas de los que nos desean y procuran beber la san¬ 
gre, y también porque hemos sabido que te han dicho de nosotros muchos 
males, los cuales no es razón que creas, pues te los dicen nuestros ene¬ 
migos, á quien nunca se suele dar crédicto; y porque veas que es todo 
falso cuanto de nosotros te han dicho, vente con nosotros, porque te ser¬ 
viremos como verás y te hospedaremos en nuestra casa con más amor 
y amistad que los taxcaltecas, que no te aman tanto como paresce ni tú 
piensas/’ Cortés respondió con severidad pocas palabras, reprehendiéndo¬ 
les el no haber venido, diciéndoles que donde él estaba no había que re- 
oelar. En lo demás dixo que él se iría con ellos, por ver si era verdad 
ó mentira lo que le habían dicho; y esto quiso que pasase por ante es¬ 
cribano, para que á su tiempo, si algo subcediese, diese testimonio dello. 

Despidióse Cortés de los taxcaltecas, los cuales hicieron tan gran 
sentimiento que parescía claro salirles de las entrañas el pesar que res- 
cebían de verle ir á México y por Cholula. Magiscacin, con muchas lᬠ
grimas por el rostro, le tornó á suplicar excusase la partida; y como vió- 
que no podía, salió con él, acompañado de los demás señores y princi 
pales de Taxcala. Proveyó ^Magiscacin, para si alguna cosa acontesciese,. 
ochenta mili hombres de guerra que acompañasen nuestro exército, al 
cual, por más de media legua, acompañó toda la demás gente de Tax¬ 
cala, hasta los niños y mujeres, que cubrían los campos, llorando y 
diciendo palabras de grande amor, que mucho enternescían á los nuestros. 
Unos decían: “Vuestro gran Dios os defienda y dé victoria contra aque¬ 
llos enemigos nuestros.” Otros: ‘‘^luy solos nos dexáis, que no nos 
habéis hecho obras de extranjeros, sino de más que padres y hermanos.” 
Algunos, que eran valientes, decían: “Aunque nos hace falta vuestra 
presencia, bien es que aquel Irirano de IMotezuma sepa, como nosotros 
sabemos, vuestro grande esfuerzo y valentía.” 

Andada media legua, hizo Cortés señal de que aquella gente se 
volviese, parando nn gran rato, despidiéndose con mucho amor de los 
viejos ancianos, que no dexó pasar adelante. Aquel día no llegó á Cho¬ 
lula, por no entrar de noche; quedóse á par de un arroyo que está cerca 
de la ciudad. Otro día por la mañana salieron otros muchos señores 
de Cholula á rescebirle; suplicáronle, como vieron la gran multitud de 
los taxcaltecas, que no permitiese entrasen con él, porque no podían de^ 
xar de hacerles gran daño. Cortés, por estorbar el alboroto y escándalo 
que se podía seguir, apartó 'al General y á los otros Capitanes taxcaltecas 
y agradescióles mucho la venida. Díxoles cómo los cholutecas se recelaban 
dellos, por ser tantos y tan valientes; rogóles se volviesen á Taxcala, que 
solamente le dexasen cinco mili, porque de tan buena gente como ellos eran 
aquéllos bastaban; y que si algo se ofresciese, que cerca estaban para, 
poder hacer el oficio de verdaderos amigos. 




LIBRO TERCERO.— CAP. LV 


25i 

El General, dexando los cinco mili hombres que Cortés había pedido, 
se despidió y volvió con la demás gente muy contra su voluntad, di> 
ciendo que hasta México quisiera seguirle por ver en qué paraban lo.s 
negocios; pero que pues él así lo quería, se volvería luego, prometiendo, 
en siendo llamado, de acudir con doblada gente que aquélla; y que por 
despedida le avisaba una y muchas veces se recatase de los cholutecas, 
que era mala gente, que decía uno y hacía otro, aguardando la suya, para 
cuando menos se cataban los que trataban con ellos. 

Cortés le agradesció mucho el consejo; respondióle que le tomaría, 
porque bien tenía entendido que aquella gente era de mala digestión y de 
corazón, doblado. 


CAPITULO LV 

DEL SOLEMNE RESCIBIMIENTO QUE LOS CHOLUTECAS 
HICIERON Á LOS NUESTROS 

Después que Cortés llegó á aquel río, antes que entirase en la ciudad, 
mandó que aquella noche, de cincuenta en cincuenta, por sus cuartos, 
se velase el exército de los españoles, lo.s cuales en el camino, con ser 
trecientos é ir algunos á caballo, parescían tan pocos que Pedro de Al- 
varado volvió á los aposentos de Taxcala, creyendo que algunos queda¬ 
ban en ellos, de adonde se podrá colegir que serían más de docientas mili 
ánimas las que salieron con los nuestros, porque como dicen los que lo 
vieron, casi no quedó persona de ningún estado y condisción que no sar 
Hese al campo, haciendo el sentimiento que antes dixe. 

Otro día de mañana, como hizo á la salida de Taxcala, concertó Cor- 
^ tés su gente en orden de guerra para entrar en Cholula, porque los em- 
baxadores mexicanos que con él habían estado en Taxcala le rogaron 
que, ya que se determinaba de ir á México, fuese por Cholula. Comen¬ 
zando á marchar nuestro campo, llegaron muchos señores vestidos dé 
fiesta; dieron, á su costumbre, á Cortés y á los otros Capitanes muchos 
ramilletes olorosos, con grandes muestras de contento, por venir á su 
ciudad. Cortés, como solía, los rescibió humanamente, y como Cholula se 
divide y reparte en seis grandes barrios y señoríos, que antes entre sí 
eran contrarios, por seguir los unos la parte de ]\Iotezuma y los otros la 
de Taxcala, salieron cada uno por sí á rescebir á los nuestros. Aquí es de 
saber que como los tres barrios eran diferentes de los otros tres, por la 
causa que es dicha, los del bando de Motezuma, diciendo que serían 
señores de Cholula, prendieron y echaron en jaula á los tres señores ca¬ 
bezas de los otros tres barrios, por subjestión de Motezuma, y por gran¬ 
des presentes que les invió. Soltáronse estos tres señores y viniéndose á 
Taxcala, donde Cortés estaba, le pidieron justicia; prometió de hacérsela; 
viniéronse con él, y aquella noche que llegó al río, para salir otro día á 
rescebirle, se fueron á Cholula. Salieron con estos señores grande música 


202 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


de trompetas, atabales y caracoles, y en pos dellas las personas religiosas y 
sacerdotes de sus templos, vestidos de ropas sacerdotales á su manera; 
iban cantando, con ramilletes en las manos, con gran solemnidad; lo 
que el cantar decía era dar la norabuena de la llegada de los nuestros; 
ofrescieron en el camino muchas rosas, pan, aves y fructas; era de ver 
cuán lleno estaba todo el campo de gente. Desta manera entró Cortés 
en Cholula, en la cual, por no ser las calles muy anchas y estar las casas 
más juntas que en otros pueblos, era tanto el concurso de los vecinos 
y comarcanos que acudieron á ver á los nuestros, que 'cardaron muy 
grande espacio en llegar á los aposentos, los cuales, como eran viejos y 
maltratados y otros de los en que habían aposentado á Pedro de Alva- 
rado, díxo Pedro de Alvarado á Cortés: “Señor, mal me paresce esto, 
que éstos no son los aposentos donde á mí me aposentaron cuando vues¬ 
tra Merced me invió á México; por tanto, síganmel todos, que yo los 
llevaré á ellos'^ y fué así que tomando la delantera los llevó adonde ha¬ 
bía sido aposentado, de que los cholutecas se desabrieron, aunque por 
estonces lo disimularon, para executar después mejor la traición que te¬ 
nían armada. Cupieron muy bien los nuestros y los indios amigos en 
aquellos aposentos, porque eran muy grandes y tenían tan grandes sa¬ 
las y tantos cumplimientos que pudieran caber en ellos cincuenta mili 
hombres; el patio de la casa era tan grande que cabían en él veinte mili 
personas, porque en él estaba levantado un cu muy sumptuoso y al¬ 
derredor dél había muchos y muy crescidos árboles. 

Aquel día proveyeron los cholutecas razonablemente de comida, así 
á los nuestros como á los taxcaltecas y otros amigos. Buen rato antes 
que anocheciese, Cortés ordenó su real, porque siempre estuvo rece¬ 
loso de la traición que le ordenaban; y porque en el camino y en la ciudad 
vió algunas señales de lo que en Taxcala le habían dicho, hizo velar por 
sus cuartos á toda la gente aquella noche. 

Otro día los cholutecas traxeron muy poca comida; no venían los se¬ 
ñores á visitar á Cortés, y así de día en día se iban empeorando y dando 
á entender lo que en sus pechos fraguaban, de que Cortés tomó peor 
sospecha. Allí los embaxadores mexicanos tornaron á porfiar y á per¬ 
suadir á Cortés que no fuese á México hasta decirle, como le vieron 
perseverar en su propósito, que en México tenía su señor muchos y muy 
bravos tigres, lagartos, leones 3^ otíros fieros y espantosos animales, que 
echándoselos, bastarían en una hora á matar á todos los que con él 
venían. Cortés se rió 3^ desimuló el enojo, por no quebrar con Mote- 
zuma. Dixo á los embaxadores: “No creo yo que vuestro señor será tan 
mal comedido que porque 3^0 le vaya á ver en nombre del Emperador 
de los cristianos, Rey é señor mío, nos suelte y eche esas fieras que 
decís; y si lo hiciere, lo peor será para él 3' para sus vasallos, porque 
nosotros somos de tal calidad que no nos pueden empecer esas fieras y 
presto veréis, si nos las echan, cómo se vuelven contra vosotros, y nos¬ 
otros las hacemos pedazos. 




LIBRO TERCERO.—CAP. LVI 


253 


Mucho se maravillaron desto los embaxadores, y presto, sin que nadie 
lo supiese, dieron noticia desta repuesta á su señor Motezuma. Llegaron 
en este comedio otros embaxadores con algunos presentes, no tan ricos 
como los pasados, á porfiar que Cortés no pasase adelante. 

Viendo, pues, Diego de Ordás que por una partee los cholutecas no 
traían comida y que tanto menudeaban los embaxadores mexicanos, pro¬ 
curando estorbar la ida de los nuestros á Aléxico, dixo á Cortés, aca¬ 
bando de comer: ‘'Señor, no me parescen bien éstos y creo que no me 
engaño, como otra vez á vuestra Alerced dixe en la Torre de la Victoria.’' 
El Capitán, por que no desmayasen los que presentes estaban, dando con 
la mesa en el suelo, dixo, como muy enojado: "¡Válame Dios, Diego 
de Ordás, y qué de miedos tenéis! han de hacer éstos ni los 

otros por muchos más que sean?” 

CAPITULO LVI 

CÓMO LOS CHOLUTECAS SE CONCERTARON CON LOS MEXICANOS PARA MATAR 
Á LOS NUESTROS, Y DEL CASTIGO QUE EN ELLOS HIZO CORTÉS 

Entendiendo los embaxadores mexicanos que casi por horas iban 
y venían do Cortés estaba, que contra la voluntad de su señor procuraba 
ir á México y que ni por amenazas ni por ofertas mudaba propósito, 
teniendo de secreto poder para ello de su señor, se concertaron y aliaron 
con los cholutecas, que antes habían sido amigos de los taxcaltecas, en 
que, tomando las calles y haciéndose fuertes en las azoteas, con la cantidad 
grande de piedra que tenían escondida, de sobresalto acometiesen á 
los nuestros sin dexar hombre á vida; y por que con mayor ánimo 
acometiesen esto, les hicieron ciertos que dos leguas de Cholula estaban 
cincuenta mili hombres de guerra inviados por Alot’ezuma, así para 
asegurarlos, como para que si acaso los españoles escapasen de sus 
manos, muriesen á las de los otros. Prometieron también los mexicanos, 
de parte de Motezuma, grandes intereses, y dicen que dieron al Capitán 
principal dellos un atabal de oro; y como tras las dádivas, que suelen de ir 
conforme al proverbio, que quebrantan las peñas, las buenas y aparentes 
palabras tienen más fuerza, diciendo muchas que agradaban, movieron 
de tal manera [á] los cholutecas, que unánimes se determinaron de hacer 
lo que los mexicanos pedían, prometiendo de entregarles á los españoles 
atados ; pero como eran hombres de guerra, recelándose de la poca fee 
de los mexicanos, temiendo que debaxo de amistad no se alzasen con 
su tierra, no los consintieron entrar en la ciudad. 

Hecho, pues, el concierto todo lo más secretamente que pudieron, 
comenzaron á alzar el hato y sacar fuera los hijos y mujeres, y no á la 
sierra, como dice Gómara (*), porque Cholula no tiene sierra, sino muy 
lexos. Viendo Cortés el ruin tratamiento que los cholutecas les hacían y 

(*) Conquista de AIéjico, cap. fit. “Como los de Cholula trataron de matar á 
los españoles”. 



2:’4 . CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 

^el mal gesto que le mostraban, queriéndose partir, supo de ]\Iarina, la 
lengua, los tratos en que andaban mexicanos y cholutecas; y la manera 
por donde Alarina lo supo, fué que otra india muy amiga suya, 
mujer de un principal choluteca, apartándola muy en secreto, le dixo: 
''Hermana, por lo mucho que te quiero y por el amistad que estos días 
hemos tenido juntas, te ruego que el bien que te quiero hacer en querer 
salvar tu vida, me pagues con callar un secreto que te descubriré; y si 
piensas decirle, no te diré palabra y tú morirás antes de muchos días.” 
Marina, que era sabia y de buen entendimiento, barruntando lo que 
podía ser, le respondió, por sacarle del pecho todo lo que sabía: '‘No 
tengo yo en tan poco mi vida ni tu amistad, que aunque fuese en lo 
que me has de decir la muerte de muchos hombres, no lo callase como 
si jamás me lo hubieras dicho; por tanto, no te receles y haz cuenta 
que hablas contigo misma.” Estonces la otra, abrazándola, le dixo: 
“Estos cristianos con quien vienes son malos, roban y atalan nuestras 
haciendas, señorean las tierras por donde pasan, quieren ser de nosotros 
servidos, especialmente ahora que se han señoreado sobre los taxcaltecas; 
siendo tan pocos, presumen de hacer por muchos, y están engañados, 
porque los cholutecas y mexicanos están concertados un día desta semana, 
cuando estén más descuidados, ó cuando se quieran ir, [para] matarlos 
á todos; por tanto, porque á ti no te maten á vueltas dellos, te aviso 
te vayas comigo con las otras mujeres á una parte secreta, donde 
hemos de estar en ei entretanto que esto se hace.” 

Marina se lo agradesció mucho y contemporizó con ella,, diciéndole 
que tenía razón; y cuando tuvo lugar lo contó todo á Cortés, el cual 
difirió la partida y prendió luego á dos que andaban muy negociados 
y que le paresció que lo sabrían. Tomó á cada uno aparte, amenazóle 
con -una daga en las manos que le puso á los pechos; confesaron ambos 
una misma cosa, conñrmando lo que Marina había dicho; y tiñiéndolos 
en apartado, que otros no lo supiesen, invió á] llamar á los señores y 
principales, á los cuales dixo que no estaba satisfecho dellos por el mal 
tratamiento que le habían hecho y por el poco amor que le mostraban. 
Rogóles que no le mintiesen ni anduviesen con él en tratos ocultos, que 
si algo querían, como hombres valientes, le desafiasen y no anduviesen 
con él en traiciones. Ellos, como vieron que ninguna cosa clara les 
descubría, dixeron que eran sus amigos y servidores y que siempre lo 
querían ser y que les dixese cuándo se quería partir, para irle á servir 
por el camino armados, para si alguna cosa se le ofresciese con los 
mexicanos. Cortés, con desimulación, se lo agradesció y dixo que otro 
día se quería partir y que no quería más de los indios que [lo que] hobiese 
menester para llevar el fardaje y la comida. Pidióles <de comer; ellos se 
sonrieron, diciendo entre dientes: “¿Habéis de ser presto comidos, 
cocidos con chile, y pedís comida? Cierto, si no supiésemos que Motezuma 
os quiere para su plato, y dello no se enojase, ya os habríamos comido.” 
Aunque esto dixeron murmurando y quedo, no faltó entre los nuestros 






LIBRO TERCERO.—CAP. LVI 


255 


quien lo entendiese y se lo dixese á Cortés, el cual, como en todo lo 
demás, estuvo con el recato y reportamiento que convenía para poder 
hacer mejor el negocio, dióles priesa que les diesen tamemes, y mandó á 
los que tenían cargos en el exército anduviesen solícitos, mandando 
adereszar las cargas, para que por ninguna vía se pudiese entender la 
venganza que pretendía tomar de los que con tanto engaño para tanto 
mal como se esperaba, le habían rescebido. Llamó aquella noche á los 
Capitanes y á otros hombres principales, á los cuales dixo lo que tenía 
determinado de hacer; avisóles de que ni un punto discrepasen, por que 
no se perdiese el juego que tenía por cierto, que el castigo que pensaba 
hacer en los cholutecas había de ser causa que los mexicanos, por más 
que fuesen, se recelasen de intentar semejantes traiciones. 

Otro día, bien de mañana, los cholutecas, pensando que tenían el 
juego ganado, muy solícitos y diligentes comenzaron á traer los tamemes, 
y para más desimular, alguna provisión de comida para el camino. 
Traxeron también, según algunos afirman, aunque otros lo niegan, 
hamacas donde fuesen los enfermos ó los más regalados, para que en 
v-ellas, como en andas, los pudiesen, matar á su placer. Vinieron asimismo 
hombres escogidos por muy valientes, con armas secretas para matar 
al que de los nuestros se revolviese; y porque no acometían cosa, 
especialmente de guerra, que primero no la comunicasen con sus dioses, 
los sacerdotes sacrificaron á su Quezalcoatl diez niños de á tres años, 
las cinco hembras. Esta era especial cerimonia suya cuando comenzaban 
alguna guerra, tanto que si después les subcedía mal, echaban la culpa 
á la falta que en el sacrificio había habido. 

Los Capitanes dellos se pusieron cuanto desimuladamente pudieron 
á las cuatro puertas del patio y aposento de los españoles, con los que 
traían armas. 

Cortés, que no dormía, madrugó más que los cholutecas, y muy 
calladamente avisó á los de Taxcala, Cempoala y otros amigos de lo 
que habían de hacer á su tiempo; mandó estar á caballo á los que los 
tenían, diciendo á los demás españoles que cuando se soltase una escopeta 
•estuviesen prestos para acometer, porque les iba en ello la vida. Ya que 
era bien de día, viendo que se iban juntando los cholutecas, mandó 
llamar los Capitanes y señores dellos con achaque que se quería despedir 
dellos; entraron hasüa cuarenta dellos donde Cortés estaba y entraran 
muchos más si los dex^ran, pero como faltaba uno dellos, que era el 
más viejo y más principal, así por su nobleza como por su consejo, 
dixo Cortés que se lo llamasen; respondieron los demás indios que no 
'estaba bien dispuesto; replicó Cortés que no se iría de allí hasta que 
se lo traxesen, porque se quería despedir dél y decirles algunas cosas 
que les convenían; fueron por él, y venido, estando todos juntos, con 
rostro grave y severo, por la lengua les dixo: “Yo siempre he tratado 
con vosotros verdad y vosotros comigo mentira; yo os he amado como 
hermano, y vosotros me habéis aborrescido como á enemigo, como se 


256 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


ha parescido bien desde que entramos en vuestro pueblo; rogástesnie: 
y con dañada intención, como se ha parescido, que despidiese á los de' 
Taxcala; hícelo de grado, aunque ellos me dexaron contra su voluntad, 
barruntando lo que habíades de hacer; mandé á los de mi compañía que 
no os hiciesen -enojo ailnque ellos le rescibiesen; y magüer que no me 
habéis dado de comer, como era razón, no he consentido, como vosotros 
sabéis, que ninguno de los míos os tomase ni aún una gallina; heos 
avisado muchas veces que tratásedes comigo verdad y que si qiiexa 
alguna teníades de mí ó de los míos, me la pidiésedes como valientes 
hombres, que yo os satisfaría, porque mi venida no era para agraviar á 
nadie. En pago desto, creyendo que no se había de saber, y que la maldad 
había de poder más que la virtud, estáis concertados de nos matar hoy 
á mí y á los míos; venís de secreto armados, tenéis tomadas las calles, 
las azoteas llenas de piedra, la ropa, niños y mujeres inviados fuera; 
habéis os confederado con cincuenta mili mexicanos que están dos leguas 
de aquí, esperándome á un mal paso, para que si nos escapásemos de 
vosotros no nos librásemos dellos. Ved, pues, qué merescéis por tan gran 
maldad. Moriréis todos, y en señal de traidores vuestra ciudad será: 
asolada y hombre no quedará vivo, ni tenéis por qué negarlo, pues yo 
lo sé; ni por qué pedir misericordia, pues la gravedad del delicto no la 
meresce.’' 

Ellos, oídas tan particulares señas de la verdad, enmudescieron, y 
espantados, demudada la color, se miraban unos á otros, diciendo: “Este 
es como nuestros dioses, que todo lo saben; no hay para qué negarle 
cosa'', y así confesaron luego delante los embaxadores que se hallaban 
presentes ser verdad todo lo que Cortés había dicho, el cual apartó cuatra 
ó cinco dellos, créese que entre ellos al viejo; preguntóles, estando lexos 
los embaxadores, porque así convenía para lo que intentaba, qué era 
la causa de aquella traición; ellos contaron el negocio desde el principio- 
y dixeron cómo los embaxadores mexicanos por mandado de ^lotezunia. 
que no quería que los españoles entrasen en su tierra, los habían inducido 
á ello y que toda la culpa era de IMotezuma y de los embaxadores. Es¬ 
tonces, dexándolos, se volvió adonde los embaxadores estaban haciendo 
del ladrón fiel; díxoles cómo aquellos de Cholula le querían matar á in¬ 
ducimiento suyo é por mandado de IMotezuma, pero que él no lo creía 
porque IMotezuma era su amigo y gran señor é que los tales no solían 
mentir ni hacer traiciones, é que por esto quería castigar aquellos be¬ 
llacos, traidores y fementidos, y que ellos no temiesen, porque eran per¬ 
sonas públicas y, entre todas las nasciones, inviolables, en especial siendo 
inviados por tan gran Príncipe, á quien debía servir y no enojar, el cual 
debía ser tan valeroso y de tanta bondad que no era posible mandase cosa 
tan fea. Todos estos cumplimientos hacía é decía por no poner el negocio- 
en riesgo y descompadrar (*) con Motezuma hasta verse en México. 


(^) £« el Ms. “descompcxirar”. 





LIBRO TERCERO. -CAP. LVl 


2b7 

Los embaxadores, como tenían tanta culpa, aunque Cortés les daba 
á entender que no la tenían, se desculparon como quien defiende men¬ 
tira ; pero quedaron contentos con la seguridad de la vida. 

]\íandó, hecho esto, matar algunos de aquellos Capitanes que le pares- 
ció tenían más culpa, y dexando los demás atados, hizo disparar el escope¬ 
ta, que era la señal que tenía dada á su gente. Arremetieron los nuestros 
de súbito con gran ímpitu y grita, siguiéndolos los amigos taxcaltecas y 
cempoaleses, que pelearon valerosamente. Los del pueblo, viéndose so¬ 
bresaltados y que ninguna cosa menos pensaban que aquello, se turbaron 
de tal manera que, aunque resistían, no sabían lo que hacían. 

Fué tan grande el estrago que los nuestros y los indios amigos hi¬ 
cieron, que aunque los del pueblo estaban armados y las calles con ba¬ 
rreras y la batalla duró cinco horas, mataron más de seis mili hombres, 
quemaron todas las casas y torres que hacían resistencia, echaron fuera 
los más de los vecinos, corrían las calles sangre, no pisaban sino cuerpos 
muertos. La grita de los que subieron á las azoteas y á las torres de los 
templos y la de los indios amigos era tan grande que ponía mucho pavor. 
Proveyó Cortés que si niños, mujeres, viejos ó enfermos hallasen, no 
tocasen á ellos; hiciéronlo así, y así en todo le daba Dios victoria. Les 
más valientes se subieron á la torre mayor, que tenía cient gradas ; lle¬ 
varon consigo á los sacerdotes del templo cuya era la torre; defendié¬ 
ronse con gran esfuerzo, haciendo mucho daño en los nuestros con fle¬ 
chas y piedras. Requirióles Cortés que se diesen; díxoles que por señas 
de aquel anillo que les inviaba se diesen, porque no les haría mal al¬ 
guno. Mofaron desto todos, sino fué uno que se baxó, á quien los indios 
amigos rescibieron bien, guardaron y defendieron, como Cortés había 
prometido; los demás se abrasaron con el fuego que los nuestros les 
pusieron; blasfemaban los sacerdotes de sus dioses, quexábanse de lo 
mal que lo defendían y de lo poco que volvían por su templo, diciendo 
que mal hubiesen y que les pesaba de haberlos servido. Subióse uno á lo 
más alto de la torre é á grandes voces, dixo: ‘'Taxcala, Taxcala, ahora 
vengas tu corazón; tiempo vendrá que Motezuma vengue el nuestro.’^ 
Tardó en quemarse aquella torre aquel día y la noche hasta que amanes- 
ció. Saqueó Cortés la ciudad; los nuestros tomaron el despojo de oro y 
plata y pluma; los indios amigos muclia ropa y sal, que era lo que más 
les hacía al caso; hicieron, hasta que el Capitán mandó que cesasen, el 
estrago que pudieron. 

Los Capitanes que presos estaban, viendo la destruición y matanza que 
en su ciudad se hacía, con lágrimas y compasión grande suplicaron á 
Cortés soltase algunos dellos para ver qué habían hecho sus dioses de la 
gente menuda, y que perdonase á los que vivos quedaban, para tornarse 
á sus casas, pues no tenían tanta culpa cuanto Motezuma que los había 
sobornado. El soltó dos, los cuales tuvieron tanta autoridad en el pue¬ 
blo, que otro día estaba la ciudad tan llena y sosegada como si jamás 
hubiera faltado hombre ni habido alboroto. Luego, á ruego de los taxcal- 


17 



238 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


tecas, á quien los presos tomaron por intercesores, los perdonó y soltó, 
dexándolos libres, avisándoles que mirasen de ahi adelante cómo vivían 
y la merced que les había hecho en otorgarles la vida, y dixo que de 
aquella manera castigaría, á todos los que le mostrasen mala voluntad y 
le mintiesen y tratasen traición. Quedaron con esto muy temerosos; 
hízolos amigos con los de Taxcala, como lo habían sido en tiempos pa¬ 
sados, antes que quebrasen el amistad que entre -ellos había, como la 
rompieron por inducimiento de Motezuma y de sus antepasados. 

Los cholutecas, como era muerto su general, con licencia de Cortés, 
eligieron otro, porque Cholula era Señoría como Taxcala. 


CAPITULO LVH 

DEL ASIENTO Y POBLACIÓN DE CHOLULA, Y DE SU RELIGIÓN 

Cholula, después de Taxcala, era en la Nueva España la principal 
Señoría, porque en gente, edificios y comarca y religión, que era lo que 
principalmente se miraba entre los indios, tenía la primacía, aunque Tax¬ 
cala, fuera de la religión, era más y tenía mayor nombre. Era, pues, 
Cholula ciudad muy populosa; estaba y está al presente puesta en un muy 
hermoso llano; tiene veinte mili casas en lo que llaman ciudad, porque 
caresce de muros; y fuera, bien lexos, que ellos llaman estancias, por 
arrabales, tiene otras veinte mili casas. Era en su gentilidad la ciudad 
hermosa de ver, así por de dentro como de por fuera, á causa de las mu¬ 
chas torres que salían de los templos, que eran tantos, según algunos 
dicen, como días hay en el año; y porque algunos templos tenían dos 
torres, se contaron más de cuatrocientas. 

Gobernábase esta ciudad por un Capitán general que la república ele¬ 
gía con el consejo y parescer de algunos nobles que podían ser elegidos 
en el mismo cargo. Asistían á los negocios los principales sacerdotes, 
porque ninguna cosa emprendían pública que no se tratase primero por 
vía de religión, por lo cual á Cholula llamaban todos los indios el sanc- 
tuario de todos los dioses. Ahora gobiérnase por un Gobernador y po: 
Alcaldes y Regidores al fuero de España. Tiene un solo templo, tan sump- 
tuoso como le hay en toda Castilla ; tiénenle y administran en él los sa¬ 
cramentos. religiosos de Sant Francisco; tiene una casa de cabildo y otra 
do se hospedan los caminantes, muy buenas; hay en la plaza una muy 
hermosa fuente: las calles, al modo de Castilla, son muy largas y anchas. 
Cógese mucha cochinilla, que llaman grana de las Indias, de la cual hay 
grandes contrataciones, porque se lleva por todo el mundo. Los campos 
son muy fértiles, así para todo género de sementeras como para gana¬ 
dos ; mucha parte de la tierra se riega, por ser llana y tener un río gran¬ 
de; podríase regar mucha más, si quisiesen. Los hombres y mujeres son 
de buena dispusición y parescer. En lo de las mujeres, que dice Góma- 



LIBRO TERCERO.—CAP. LVIII 


239 

ra (*), que eran plateras y entalladoras, se engaña, ó, por mejor decir, le 
engañaron, porque nunca tratan oficios de hombres, ocupadas en hilar y 
texer. Había entre ellos muchos mercaderes que iban á tratar muy lexos de 
allí. Los vestidos de los pobres eran de nequen, que se hace de los magüe- 
yes ; los nobles y gente rica se vestía de algodón con orlas de pluma y 
pelos de conejo. 

Aquí los nuestros hallaron pobres, los que nunca habían visto hasta 
estonces ; créese que los más venían de fuera á causa de la gran religión 
que allí había, como romeros en España. Los de la ciudad estaban así, 
ó por enfermedades ó porque no tenían tierras que labrar, á causa de la 
mucha gente que la ocupaba. 

El templo de la ciudad, que tenía cient gradas, era dedicado á Que- 
zalcoatl, que quiere decir “dios del aire”, el primer fundador de aquella 
ciudad, virgen, como ellos afirmaban y de grandísima penitencia, insti¬ 
tuidor del ayuno, del sacar sangre de la lengua y orejas y de que no 
sacrificasen sino codornices, palomas y cosas de caza. Nunca se vestió 
sino una ropa de algodón blanca, muy ceñida al cuerpo, tan larga que 
cubría los pies, por mayor honestidad; encima una manta sembrada de 
cruces coloradas. Tenían ciertas piedras verdes que fueron suyas, como 
por reliquias; una dellas es una cabeza de mona, muy al natural. Iban 
y venían al tiempo que los nuestros allí estuvieron, que serían veinte 
días, tantos á contratar y muchos á ver, que era cosa maravillosa, y lo 
que más á los nuestros puso en admiración fue ver la loza que en los 
mercados se vendía, tan prima y de tan varias y diversas colores que 
en España no se habían visto semejantes. 

Meron otí^s muchas cosas que les dieron gran contento, aliende del 
suelo y cielo de aquella ciudad, que cierto son de los buenos y más ale¬ 
gres que hay en el mundo. Tiene, entre otras cosas notables, ocho leguas 
de allí, un monte que los indios llaman Popocatepec, del cual, primero 
que prosiga lo que Cortés hizo, diré algo en el capítulo que se sigue. 

CAPITULO LVIII 

X)EL MONTE QUE LOS INDIOS LLAMAN POPOCATEPEC Y LOS NUESTROS VOLCÁN 

Porque estando en Cholula los nuestros y viendo ocho leguas de allí 
un muy alto monte, cuya cumbre, como el monte de Cicilia, humeaba y 
aun echaba fuego, preguntaron á los moradores cómo se llamaba y si 
alguno había subido adonde parescía aquel humo. Respondiéndoles que 
no, los nuestros, y especialmente Cortés, tuvo gran deseo de saber qué 
había allí. 

Me paresció, aunque después trataré más largo desto, por haberse 
tenido en este lugar la primera noticia, decir lo que estonces pasó, y 
es que como los indios habían encarescido mucho la subida á aquel 


C) Conquista de Méjico, cap. tii. “Chololla, santuario de indios’*. 




200 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


volcán, por ser tan áspera y nunca pies humanos haberla hollado^ 
Cortés, que para las cosas arduas y dificultosas tenía alto é invencible 
ánimo, -estando juntos los principales de su exército, les dixo: ‘^Bieh 
sería, caballeros, que pues tan cerca tenemos aquel monte tan alto y tan 
extraño en su manera, que alguno de nosotros subiésemos á él, así porr 
que me paresce que pues hay humo y muchas veces paresce fuego, que 
debe haber piedra azufre, de que poder hacer pólvora cuando la que 
traemos se acabare, como para que estos indios, que tanto nos encares- 
cen la aspereza y dificultad de su subida, entiendan que lo que á ellos 
es imposible á nosotros es fácil. Fuera desto, que tanto, como veis, im¬ 
porta, llégase, que si se puede subir á lo alto puédese ver desde allí la 
tierra de México y la demás que alderredor del monte está, para que 
siquiera, como en traza, veamos á lo que vamos y por dónde.’' 

A todos paresció muy bien lo que Cortés dixo, aunque pocos se de¬ 
terminaron á subir, entre los cuales el principal fué Diego de Ordás, 
hombre para mucho en la guerra, el cual subió con nueve compañeros y 
muchos indios del pueblo que lo guiaban y llevaban de comer. Era la 
subida más áspera y embarazosa de lo que le habían encarescido, y aun¬ 
que algunos se arrepintieron y otros se cansaban, alentándose los unos 
á los otros llegaron á encumbrar tan alto que oyeron el ruido grande 
que dentro había, pero no osaron subir á lo alto do estaba la boca, porque 
temblaba la tierra y había tanta ceniza que impedía el camino; pero Diego 
de Ordás y otro, primero que todos se volviesen, determinaron de ver 
el cabo y misterio de tan admirable y espantoso humo y fuego que tanto 
ruido hacía, é porque Diego de Ordás les decía que sería c<jsa vergonzosa 
que españoles no saliesen con lo que se ponían y dexasen de dar relación, 
pues á ello se habían ofrescido; y así, aunque más los indios los atemori¬ 
zaban, subieron allá por medio de la ceniza y llegaron á lo postrero por 
debaxo de un espeso humo. Aliraron por un rato la boca, que era tan 
grande y desemejada que les parecía tener media legua de circuito; es¬ 
pantáronse mucho de ver aquella profunda concavidad y del ruido grande 
que dentro retumbaba, que estremecía la tierra; vieron (aunque los que 
después subieron lo niegan) tanto fuego abaxo que hervía como horno 
de vidrio. Desde allí Diego de Ordás vió á ^léxico puesto sobre el alagu¬ 
na; vió á los otros grandes pueblos que estaban en su comarca, porque el 
día hacía muy claro, y las casas principales, templos y torres blanquea¬ 
ban ; alegróse por extremo, por el contento que dello había de rescibir 
Cortés; miró bien los caminos que iban hacia Aléxico y consideró, como 
hombre de guerra, otras particularidades que después hicieron mucho al 
caso. No se pudo detener lo que quisiera, por ser tanto el calor y humo 
que los forzó á volverse por las mismas pisadas que habían subido, por 
no perder el rastro y perderse. 

Apenas (según dice Gómara) (*) se hobieron desviado y andado un pe- 


(*) Conquista de Aíéjico, ca¡^. tit. “Del monte que llaman Popocatepec". 




LIBRO TERCERO.—CAP. LVIII 


261 


dazo, cuando comenzó á lanzar ceniza y llama y luego ascuas y al cabo 
muy grandes piedras de fuego ardientes, de manera que á no hallar 
do se metieron, que fué debaxo de una peña, perescieran alli abrasados. 
Esto niega Andrés de Tapia, uno de los valerosos conquistadores que 
hubo, el cual subió allá con trecientos indios otra vez é dice haber entrado 
en este volcán ochenta brazas abaxo y afirma no haber visto salir aquel 
fuego de ordinario. La verdad de todo esto trataré más largo cuando diga 
cómo IMesa y Montaño entraron y sacaron azufre. Finalmente, como 
estos españoles baxaron y traxeron tan buenas señas, espantados los in¬ 
dios de verlos venir vivos y sanos, se llegaban á ellos con grande acata¬ 
miento, besándoles la ropa como á dioses; diéronles muchos presentidos: 
tanto se maravillaron de aquel hecho. 

La supertición que los indios comarcanos tenían cerca desto, por 
donde, se maravillaron más de la baxada de los nuestros, era tener en¬ 
tendido ser aquella una boca de infierno, adonde los señores que mal 
gobernaban ó tiranizaban la tierra, iban después de muertos á purgar sus 
pecados y de allí á un lugar de descanso y de deleite como paraíso. 

Llamaron los nuestros á esta sierra Volcán, por la semejanza que 
tiene con la de Cicilia. Es tan alta, que de muchas leguas alderredor se 
vee y jamás le falta nieve; paresce de noche que echa llama; alderredor 
de la tierra (*) es la tierra más fértil y más poblada de la Nueva España, 
porque á cuatro, á seis, á diez é hasta veinte leguas alderredor tiene los 
más principales pueblos y de más gente que hay en toda la Nueva Es¬ 
paña. El pueblo más cercano que tiene es Guexocingo, pueblo muy 
grande, muy vistoso y muy fértil,, aunque Calpa está junto á la falda. 

Estuvo diez años esta sierra, según decían los antiguos, que no echó 
humo, y el año de mili é quinientos y cuarenta tornó como primero; 
no se ha podido saber la causa. Traxo tanto ruido cuando volvió á hu¬ 
mear que puso espanto á los vecinos que estaban á cuatro leguas y más 
adelante; salió tanto humo y tan espeso, que los viejos decían no haber 
visto cosa semejante; lanzó tanto y tan recio fuego que su ceniza llegó 
á Guaxocingo, Quetlaxcoapan, Tepeaca, Cholula y Tlaxcala, que está diez 
leguas, y aún, como escribe Gómara (i) (**), que llegó á quince, cubrió 
el campo, quemó la hortaliza y árboles y aun los vestidos é hizo en otras 
cosas mucho daño, de que los moradores se atemorizaron tanto, que al¬ 
gunos de los más cercanos pensaron dexar la tierra y apartarse más 
lexos. 


(*) Tal vez “sierra”. 

(i) Al margen: “Gómara.” 

(**) Conquista de Méjico, loe. cit. 



202 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO LIX 

CÓMO MOTEZUMA CONSULTÓ CON LOS DE SU CONSEJO SI SERÍA BIEN DEXAR 
ENTRAR Á CORTÉS EN MÉXICO Ó NO 

Hecha la matanza y castigo que habéis oído en los traidores y femen¬ 
tidos cholutecas, que fué tal que los ballesteros tiraban á los indios que 
se habían subido á los árboles que estaban en el patio del templo, le¬ 
vantándose otro día los vivos que, para guarescer, se habían echado en 
el suelo y hecho mortecinos entre los muertos; y después que Lares el 
herrador traxo con algunos compañeros una yegua que el día de la batalla 
con el ruido se había soltado, que fué cosa de harto ánimo y de mucha 
dificultad; finalmente, después de haber inviado á la Villa Rica cuatro¬ 
cientas indias para servir, porque dellas había muy gran nescesidad; y 
después de haber los indios taxcaltecas sacado cuatro días arreo los 
muertos del patio y de las plazas, porque hedían mucho; y después que 
los señores de Tepeaca, vista esta tan impensada venganza, inviaron en 
presente á Cortés treinta esclavas y alguna cantidad de oro, dándole la 
norabuena y ofresciéndole su tierra y casas, de que no poco holgaron 
los nuestros por tener aquellos más de su parte, Motezuma, que no 
ignoraba nada desto, inviaba muy á menudo mensajeros por ver si po¬ 
dría excusar la venida á México de los cristianos. Cortés, que no qui¬ 
siera romper con Motezuma antes de entrar en México, amohinán¬ 
dose de tantas palabras y excusas, dixo á los embaxadores que 
asistían con él, que no entendía cómo un tan gran Príncipe como 
su señor, que por tantas veces le había inviado á decir con tantos ca¬ 
balleros que era su amigo y deseaba complacerle en todo, buscase ma¬ 
neras cómo le dañar ó matar con industria ajena, porque si no le subce¬ 
diese bien se pudiese excusar, y así hacer los negocios á su salvo; é 
que pues no hacía el deber á quien era ni mantenía su palabra como 
Príncipe y señor, que él iría á su pesar á ^México, pues de voluntad no lo 
quería, y que como había de ir amigo y favorescedor de sus cosas, iría 
como enemigo y destruidor dellas. Ellos se demudaron con estas palabras, 
porque Cortés las dixo con más alteración de la que tenía. Desculparon 
lo mejor que pudieron á su señor y rogáronle que no se enojase y que 
diese licencia á uno dellos para ir á México, pues el camino era breve 
para volver presto con la repuesta, que sería á su voluntad. Inviaron 
al que dixeron, hablándole en puridad el enojo que Cortés tenía y la 
determinación en que estaba.'Cortés dió la licencia de buena gana, porque 
entendía que de aquella manera iba -el negocio bien guiado. Volvió 
dende á seis días el mensajero con otro compañero que había ido poco 
antes; traxeron diez platos de oro, mili é quinientas mantas de algodón, 
mucha siuna de gallipavos, de pan y cacao y cierto vino que ellos con- 
ficionan de cacao y maíz; ofresciéronlo á Cortés; dixéronle y con gran- 




.LIBRO TERCERO,—CAP. LIX 


263 


des juramentos que su señor no había entendido en la conjuración y liga 
de Cliolula, ni se había ordenado tal cosa por su mandado ni parescer, 
sino que aquella gente de guarnición que alli estaba era de Acacinco y 
Azacam, dos provincias suyas y vecinas de Cholula, con quien tenían 
alianza y comparanzas (*) de amistad, los cuales por inducimiento de 
aquellos bellacos urdieron aquella maldad; y que, como vería de ahí ade¬ 
lante, sería leal y verdadero amigo, aunque siempre lo había sido, y que 
fuese norabuena á su ciudad, que allí le esperaría; y que si le había roga¬ 
do que no viniese, no era sino porque no se pusiese en trabajo ó no le 
acontesciese alguna desgracia por los caminos, que eran ásperos y de 
mala gente. 

Mucho holgó Cortés con esta repuesta, especialmente con aquella pa¬ 
labra que nunca la había podido sacar de Aíotezuma, el cual se movió 
á decirla más por el miedo que cobró del estrago y matanza que Cortés 
había hecho en Cholula, que por las palabras que el mensajero le había 
dicho, tanto que, volviéndose á los principales que con él estaban, dixo: 
“Esta es la gente que nuestro dios me dixo que había de venir y seño¬ 
rear esta tierra.'' Dichas estas palabras no sin sospiro y gran alteración 
del alma, se fué luego á visitar los templos; encerróse en el principal, 
donde estuvo en oración é ayunos ocho días enteros; sacrificó muchos 
hombres, pensando aplacar los dioses, que debían estar enojados; ha¬ 
blóle allí el diablo, con quien muchas veces solia comunicar sus cosas, 
el cual lo consoló y animó, y esforzándole le dixo que no temiese, que 
él era gran Príncipe, señor de infinitos hombres muy valientes y exerci- 
tados en guerra y que los cristianos eran muy pocos; que los dexase venir, 
que después haría dellos á su voluntad y que no cesase en los sacri¬ 
ficios, en especial en los de carne humana, no le acontesciese algún 
desastre y que procurase tener favorables y propicios á Vicilopustli y 
Tezcatepucla, para que le guardasen, porque Quezalcoatl, dios de Cholu- 
la, estaba enojado porque le sacrificaban pocos y mal, y por esta causa 
no fué contra los españoles, por lo cual, y porque Cortés le había inviado 
á decir que iría de guerra, pues de paz no quería, otorgó que fuese á 
México á verle. 

Ya Cortés, cuando llegó á Cholula, iba con poder más que el que hasta 
allí, por el ayuda de Taxcala; pero después del estrago que hizo en 
Cholula, su nombre y fama se extendió por toda aquella tierra hasta que 
]\Iotezuma y los suyos lo oían cada día por momentos, y como hasta 
estonces se maravillaron, comenzaron dende adelante á temer, y así, más 
por miedo que por amor le abrían las puertas por doquiera que iba. Pro¬ 
curó Motezuma, como consta de lo pasado, estorbar la venida á Cortés, 
poniéndole miedos con los peligros de los caminos, con la fortaleza de 
^México, con la muchedumbre de hombres y con su voluntad, que resistía, 
que era más fuerte, pues tantos señores la tenían y obedescían; pero 


(*) En el Ms. "corparanzas”. 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


264 

como vió que con nada desto se acobardaba Cortés, determinó con dᬠ
divas, que con todos los hombres pueden mucho, detenerle y vencerle, 
sabiendo que era aficionado á oro y que lo tomaba de buena gana. En¬ 
gañóse, por [que] cuanto más le inviaba, era más cebo para desear ver 
los nuestros lo que había en aquella gran ciudad; y así viendo AIo- 
tezuma la porfía de Cortés, tornó á preguntar al diablo lo que había 
de hacer en tal caso, y esto después que tomó parescer con sus Capi¬ 
tanes y sacerdotes. El demonio le dixo que dexase venir aquellos po¬ 
cos cristianos, que en una mañana los podrían almorzar á todos en 
la primera fiesta y sacrificio que hiciese. 

Estaban también ]\Iotezuma y los mexicanos deste parescer, enten¬ 
diendo que era deshonra tomarse con tan pocos, especialmente siendo 
embaxadores, aunque esta no era la principal razón, sino el temor que 
poniéndose en guerra los taxcaltecas y otomíes, como después lo hicieron, 
lo apretaran con el ayuda de tan valerosa gente como eran los es¬ 
pañoles. 


CAPITULO LX 

CÓMO SALIÓ CORTÉS DE CHOLULA PARA MÉXICO 
Y DE LO QUE EN EL CAMINO LE SUBCEDiÓ 

Después del castigo que Cortés hizo en Cholula, estuvo veinte días en 
la ciudad, así para dexarla pacífica como para informarse mejor de 
las cosas de México y saber, como lo hizo, lo que desde el A^olcán se 
parescía; y así, luego que tuvo la deseada repuesta de Motezuma, salió 
muy en orden de Cholula, despidiendo algunos indios amigos que se 
quisieron volver á sus casas, aunque los más se quedaron con él. 

Los embaxadores mexicanos, que nunca pensaron que Cortés se atre¬ 
viese á ir á México, fué de ver cómo á cada paso despachaban mensa¬ 
jeros á Motezuma, diciéndole por horas lo que pasaba. Los cholutecas 
principales acoiripañaron á Cortés, que no vían la hora que verle fuera 
de su pueblo, no por las malas obras que les hizo, sino por la ruin inten¬ 
ción que ellos tenían. 

Cortés no quiso echar por el camino que los de ^Motezuma le guiaban, 
que era por Calpa, pueblo muy junto al volcán, por ser camino, como 
desde la misma sierra habían visto, muy áspero y muy malo y donde, 
como los cholutecas decían, estaban los de ]\Iéxico en asechanza y celada 
para matar á los nuestros. Siguió otro camino más llano, más desemba¬ 
razado y más cerca; reprehendió á los mexicanos por ello; ellos respon¬ 
dieron que lo guiaban por allí, aunque no era buen camino, porque no 
pasase por tierra de Guaxocingo, que eran sus enemigos: esta fué 
falsa excusa, por lo que adelante se vió. No caminó aquel día nuestro 
exército más de cuatro leguas, por dormir en unas aldeas de Guaxocingo, 
donde fué bien rescebido y proveído de todo lo nescesario; dieron á 



LIBRO TERCERO.—CAP. L.\ 


263 


Cortés algunos esclavos, ropa y oro, aunque no mucho, porque estonces 
eran pobres, á causa que Motezuma los tenía acorralados por de la par¬ 
cialidad de Taxcala; ahora son muy sobrellevados y muy ricos, á causa 
de la grana que cogen y de otras granjerias que tienen. 

Otro día antes de comer, subió un puerto entre dos sierras nevadas, 
Ge dos leguas de subida, donde si los cincuenta mili soldados que ha¬ 
bían venido para matar los españoles en Cholula esperaran, los tomaran 
á manos, según la nieve y frío que les hizo. Desde la cumbre de aquel 
puerto se descubrían muy claro las tierras de INÍéxico, la laguna con 
sus pueblos alderredor, que es la mejor vista de todo el mundo, por ser 
muchos, muy poblados, muy fértiles y de muchos y muy hermosos edi¬ 
ficios que desde lexos campeaban maravillosamente. Holgó tanto Cortés 
con tan hermosa vista cuanto algunos de sus compañeros temieron, por¬ 
que hubo entre ellos diversos paresceres, si llegarían ó no. Los unos, 
confiando en la buena ventura de su caudillo, decían que sí, é que 
aquella era la tierra que Dios les había prometido, y que mientras más 
moros, más ganancia; los de parescer contrario decían que no conve 
nía tentar más á Dios, porque había mili para uno dellos. Levantóse con 
esta discordia una manera de motín oculto, pero Cortés con su pruden¬ 
cia y buen juicio le deshizo con cierta desimulación, acariciando á los 
unos y esforzando á los otros, dándoles grandes esperanzas para la gran 
prosperidad en que se habían de ver; y como ellos vieron que él era el 
primero de los trabajos y que tanto iba por él como por ellos, perdieron 
el miedo, aunque después de la grandeza de Aléxico, les había puesto 
miedo los árboles que á la baxada deste puerto estaban atravesados por 
el camino, que no solamente los de á caballo, pero ni aun los de á pie 
podían pasar. Demás desto, en un paso hallaron hecha una cava honda y 
larga donde se podía esconder mucha gente, para saltear á los nuestros 
cuando les paresciera. Al pasar deste puerto durmió una noche en la 
cumbre dél nuestro exército con todo el recato posible; oyeron gran vo¬ 
cería de indios mexicanos aquella noche; las velas mataron quince espías, 
y por poco Alartin López, que fué el que hizo los bergantines, matara 
á Cortés con una ballesta que tenía armada y encarada, porque con la 
obscuridad de la noche no devisaba más del bulto; ya que quería apre¬ 
tar la llave, diciendo Cortés “lA la vela!’’ se detuvo, y estonces Aíartín 
López le dixo que otra vez hablase de más lexos, no le acaesciese la des¬ 
gracia que estonces, á detenerse un poco, le pudiera subceder. Cortés le 
alabó su cuidado, y habiendo dado una vuelta al real, se volvió á su tien¬ 
da, dando gracias á Dios por haberle guardado y librado del peligro en 
que estuvo. 



266 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO LXI 

DE LO QUE OTRO DÍA.AVINO Á CORTÉS A LA BAÑADA DEL PUERTO 

Otro día de mañana, baxando nuestro exército á lo llano de la otra 
parte, halló una casa de placer en el campo, muy grande y de muchos 
aposentos, rodeada de muchas frescuras. Alojáronse todos los españoles 
en ella y los indios amigos que venían de Taxcala, Cholula y Guaxocingo,. 
y de presto, porque son muy hábiles para esto, hicieron muchas chozas 
de rama y paja, á uso de la tierra; tuvieron muy buena cena; serían hasta 
seis mili. Dicen que los vasallos de Alotezuma se comidieron á hacer cho¬ 
zas á los tamemes ó hombres de carga. Tuvieron encendidos grandes 
fuegos, y los criados de Aíotezuma, visto que era bien hacer de grado lo 
que habían de hacer por fuerza, proveyeron abundantemente á los espa¬ 
ñoles é indios de lo nescesario, y aun, por hacerles más regalo, á su cos¬ 
tumbre, les tenían mujeres de buen parescer. 

Estando allí nuestro campo, vinieron á él muchos señores principa¬ 
les de Aléxico á ver y hablar á Cortés y entre ellos un pariente de AIo- 
tezuma, el cual representaba bien, por el autoridad y acompañamiento 
con que venía, la majestad y grandeza de su señor. Diéronle tres mili 
pesos de oro, rogáronle mucho se volviese, dkiéndole que padescería 
gran pobreza, hambre y ruin camino, á causa de que en México no se 
podía entrar sino en barquillos, ni andar por la ciudad ni entrar en las 
casas sino por ellos; y que aliende de ser la ciudad muy enferma, por el 
agua sobre que estaba fundada y los malos vapores que della salían, se 
podrían ahogar y los que viviesen padescer mucho trabajo, y aun con el 
nuevo y destemplado temple no podrían tener salud, é que por esto le 
rogaban y aconsejaban se volviese; é que si lo hacía por que su señor re- 
conosciese y tributase ai Emperador de los cristianos, que le darían mu¬ 
cho tribucto puesto cada año en la mar ó donde lo quisiesen, é que para 
él le darían muchos haberes con que volviese á su tierra muy rico. 

Cortés lo rescibió con la acostumbrada afabilidad, dió á todos cosillas 
de mercería de España, especialmente al pariente de Alotezuma, á quien 
hizo, como era razón, más particulares regalos y comedimientos. Díxoles, 
desimulando bien la mohína que sentía por el contradecir tantas veces su 
ida á Aíéxico, que él holgara mucho servdr á tan poderoso Principe, si 
pudiera hacerlo sin enojar á su Rey y señor; y que pues de su ida no 
había de venir á su Alteza ningún enojo, sino mucho servdcio, honra y 
bien, y no había de hacer otra cosa más que verle, hablarle y volverse, 
que no rescibiese pesadumbre dello, pues él de otra manera no podía 
cumplir con lo que su Rey é señor le mandaba, y que estaba su Alteza 
obligado á sendrle y mandarle entrar, y responderle personalmente, pues 
era embaxador de un tan gran señor como era el Emperador de los 
cristianos, que le quería comunicar y tener por amigo. En lo demás dixo 





LIBRO TERCERO.—CAP. LXI 


2G7 


que de lo que aquellos caballeros, criados de su señor ]Motezuma, comiair. 
comerían ellos, é que aquel agua de su laguna no era nada en compara¬ 
ción de dos mili leguas de mar muy profundo que habían navegado, sólo 
t^or ver y dar su embaxada al gran señor Alotezuma y comunicarle cier¬ 
tos negocios de mucha importancia cerca de su religión y administración 
de república. 

\"olvieron con esto algunos dellos, quedando muchos y, según algunos 
dicen, bien armados de secreto para acometer á los nuestros en viéndolos 
descuidados ; pero como Cortés nunca lo estaba y entendió de los indios 
amigos que debía estar recatado, hizo saber á los Capitanes y embaxadores 
é á otras personas principales que Motezuma inviaba por horas, cómo 
los españoles no dormían de noche, ni se desnudaban las armas ni ves¬ 
tidos, 3^ que si sentían andar alguno entre ellos ó que estaba en pie, le ma¬ 
tarían luego, y que él no era parte para resistírselo, porque era esta su 
natural condisción; por tanto, que lo dixesen á sus soldados, por que se 
guardasen, porque le pesaría si, siendo así avisados, matasen alguno 
dellos. Con todo eso, aquella noche vinieron espías por fuera del camino 
para ver si era así que los españoles no dormían. Las velas y escuchas, 
nuestras toparon con tres ó cuatro dellos; matáronlos luego como habían 
sido avisados. El otro día, aunque los hallaron muertos, no osaron hablar 
en ello ni quexarse. Aprovechó tanto este ardid de Cortés que de ahí 
adelante se apartaban bien lexos los mexicanos del alojamiento de los 
nuestros, y aun dicen que Cortés avisó á los indios amigos para que di¬ 
xesen lo mismo á los mexicanos. 

Este mismo dia, en amanesciendo, comenzó á marchar nuestro campo; 
fué á un pueblo que se dice Amecameca, dos leguas de donde salió, que 
cae en la provincia de Chalco, pueblo que con sus aldeas tiene más de 
veinte mili vecinos. El señor dél salió á rescebir á Cortés muy bien acomr 
pañado, dióle cuarenta esclavas y tres mili pesos de oro y de comer 
dos días abundantemente, y en secreto, descubriendo su pecho, le dió 
muchas quexas de Aíotezuma, diciendo que á él y á otros señores comar¬ 
canos tenían muy opresos; que deseaba se ofresciese tiempo en que púr 
blicamente pudiese magnifestar sus quexas y librarse de la servidumbre 
en que estaba. Cortés no poco holgó con estas palabras, porque aquel era 
gran señor y las decía con tanta ansia que mostraba bien el pesar de su 
corazón. Estaba cerca de México para cuando fuese menester. Consolóle 
L^ortés, dióle algunas cosas de Castilla con que se alegró y holgó mucho; 
quedaron de secreto muy amigos, y otro día cuando fué tiempo, salió con 
los nuestros buen trecho de Amecameca. Allí se despidió de Cortés, tor¬ 
nándole por un poco de espacio de tiempo á hablar en puridad, diciéndolc 
lo que antes y suplicándole le avisase cuando menester fuese. 

Anduvo aquel día nuestro campo cuatro leguas; vino á un pequeño 
lugar poblado, la mitad en agua de la laguna y la otra mitad en tierra, 
al pie de una sierra áspera y pedregosa. Acompañaban á los nuestros 
muchos criados de Motezuma, proveyendo con mucho cuidado en lo que 


208 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


era menester, los cuales, aunque exteriormente mostraban amor, quisie¬ 
ron con los del pueblo aquella noche acometer á los nuestros. Inviaron 
sus espías para saber lo que de noche hacían: pero las que Cortés puso 
eran españoles, que mataron dellas hasta veinte, y así viendo los me¬ 
xicanos lo poco que los nuestros dormían y lo mal que les subcedía lo 
que intentaban, cesaron de procurar matarlos, y era cosa, como dice Go¬ 
mara (*), muy de burlar y de reir que cada hora procurasen de matar á los 
nuestros y no fuesen para ello. 


CAPITULO LXII 

CÓMO OTRO DÍA DE MAÑANA, AL TIEMPO QUE NUESTRO EXÉRCITO PARTÍA, 
LLEGARON DOCE SEÑORES Y LO QUE MÁS SUBCEDiÓ 

Luego otro día. bien de mañana, ya que se quería partir el exército, 
llegaron doce señores mexicanos con muy gran copia de gente que los 
acompañaba. El principal y á quien los demás respectaban era Cacamacin, 
sobrino de Motezuma, señor de Tezcuco, mancebo de veinte y cinco años; 
venía á su uso ricamente vestido, en unas andas á hombros, y como le 
abaxaron dellas. le iban limpiando la tierra por donde iba andando, qui¬ 
tando las piedras y pajas, que era la mayor veneración que le podían 
hacer; acompañábanle dos de los otros señores, más viejos y de más 
autoridad; iban siguiéndole los otros con la gente, que cubría el campo. 

Como Cortés supo quién era, le salió á rescebir fuera de la tienda; 
abrazóle y hizole muchos comedimientos y asimismo muy buen recogi¬ 
miento á los otros. Entraron solos los doce señores con él en la tienda, 
donde Cacamacin, con grande autoridad, con pocas palabras, dixo cómo 
él y aquellos señores venían á acompañarle; desculpó á Motezuma, que, 
por estar enfermo, no venía él mismo á rescebirle. Cortés, primero que 
adelante prosiguiese, recelándose de lo demás que después le dixo. le 
respondió ser grande la merced que él y aquellos señores le habían hecho 
en salir á rescebirle y acompañarle y que él se lo serviría adelante; que le 
pesaba de la enfermedad del gran señor Motezuma, y que aunque estu¬ 
viera bueno, no era para él tanta merced, sino para otro tan gran Prín¬ 
cipe como él, y que por eso iba él y aquellos pocos compañeros á besarle 
las manos y dar la embaxada del Emperador, su señor. 

Cacamacin y los otros señores todavía porfiaron en que los espa¬ 
ñoles se tornasen y no llegasen á México, dando á entender que allá no 
los rescibirían y defenderían el paso si porfiasen entrar, cosa cierto^ 
que con mucha facilidad pudieran hacer con quebrar la calzada, que 
fuera tanta resistencia que imposibilitara la entrada; pero como andaban 
ciegos y turbados y Dios encaminaba de otra manera que ellos pensaban 

(*) CoxouiST.\ DE MÉJICO, cap tif. “Lo que avino á Cortés, de Chololla hasta 
llegar á ^léjico. ” 







LIBRO TERCERO,— CAP. LXIl 269 

los negocios, no se atrevieron, aunque eran tantos, para resistir como 
pudieran. Dióles Cortés cosas de rescate, hablándolos amorosamente, 
como siempre lo hacía, no dexando de proseguir su jornada, procurando 
tratarlos así para que sabiéndolo Motezuma no se le hiciese tan de mal su 
venida. También salían muchos mexicanos al camino, así de la ciudad 
como de los lugares comarcanos, á ver los españoles, y maravillados de 
sus barbas, vestidos, armas, caballos, tiros y de la novedad que en todo 
mostraban, decían: '^Verdaderamente, estos son dioses.” 

Cortés les avisaba siempre que no atravesasen por entre los espa- 
ñoles ni caballos, ni se llegasen á tocarles la ropa, si no querían ser luego 
muertos. Esto hacía con gran sagacidad, lo uno porque no se desver¬ 
gonzasen con la comunicación y trato á tener en poco las armas españolas, 
sino que siempre, como no tratadas, las temiesen ; lo otro, porque dexasen 
abierto el camino para ir adelante sin ínter romperles el orden y con¬ 
cierto que llevaban, en que suele consestir la mayor fuerza de la gente. 
Desta manera, aunque era infinita la gente que los rodeaba, sin pesa¬ 
dumbre llegaron á un pueblo que se llama Ouitlauaca. Tenia dos mili 
fuegos; está todo fundado sobre agua; es pueblo muy fresco y de gran 
pescfuería, antes de llegar al cual entraron por una calzada ancha más 
de veinte pies; duró más de media legua. Eran las casas del pueblo muy 
buenas y de muchas torres. El señor dél con muchos principales salió á 
rescebir á Cortés más adelante de la calzada; hízole muy alegre y buen 
recogimiento y proveyó el exército abundantemtente de lo nescesario ; 
rogó mucho al Capitán se quedase allí aquella noche, el cual lo hizo por 
condescender con su ruego y por saber dél qué tal era el camino de alii 
á México. Hablaron los dos en secreto aquella noche gran rato; quexóse 
mucho aquel señor de los agravios que Motezuma á él y á otros hacía; 
magnifestóle'con harto recelo de ser entendido el deseo que tenía de por 
cualquier vía que fuese verse libre de su tiranía y subjección, diciendo 
que si él y los suyos, como parescían, eran dioses, que debían poner 
en su antigua libertad á muchos señores, que de secreto estaban agra^ 
viados; que sería fácil, intentándolo, salir con ello, porque todos le ayu¬ 
darían, y esto, como lo decía muy de veras, no pudo resistir á las 
lágrimas, de ver las cuales no poco se holgó Cortés, aunque mostró 
compasión. Díxole que sosegase su corazón, que presto tendfían todos 
contento, porque el gran señor Motezuma haría lo que él le rogase. Esto 
dixo así, porque si el otro descubriese algo, no entendiese Motezuma que 
iba con ánimo de hacerle guerra. En lo demás le preguntó qué tal era 
el camino para México, el cual le respondió que muy bueno y todo 
por una calzada como la que había pasado. Descansó con esto Cortés, ca 
iba con determinación de parar allí y hacer barcas para entrar en ^lé¬ 
xico, aunque con todo esto estuvo con pena y cuidado no le rompiesen 
los mexicanos las calzadas, por lo cual llevaba muy gran advertencia, 
yendo muy sobre aviso él y sus Capitanes, inviando buen trecho ade¬ 
lante dos de á caballo que descubriesen lo que había. 


270 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


Cacamacin y los otros señores le importunaron no se quedase más 
allí, sino que se fuese á Yztapalapa, que no estaba sino dos leguas ade¬ 
lante y era de otro sobrino del gran señor. El hizo lo que tanto aquellos 
señores le rogaban, porque no le quedaban sino dos leguas de allí á ^lé¬ 
xico, que podía entrar en ella otro día á buen tiempo y á su placer en 
aquella imperial ciudad. Fue, pues, á Yztapalapa, y allende que de dos 
en dos horas iban y venían mensajeros de ^Níotezuma, le salieron á res- 
cebir buen trecho el señor de Yztapalapa y el señor de Cuyoacan, tam¬ 
bién pariente y de la casa real de ]\lotezuma. Iban con ellos tantos indios 
que era bien de ver, porque toda la calzada estaba cuajada de gente: 
presentáronle esclavas, plumajes, ropa y hasta cuatro mili pesos de oro. 
Cuetlauaca, el señor de Yztapalapa, le hizo por las lenguas un muy come¬ 
dido parlamento, dándole el parabién de la venida en nombre del gran 
señor y de los otros señores sus deudos, criados y esclavos, que asi 
lo eran según estaban subjectos. Abrazó Cortés á estos dos señores; 
dióles algunas cosas, con que mucho holgaron por su extrañeza; res¬ 
pondióles graciosamente, diciendo que él venía de parte del gran Em¬ 
perador de los cristianos á servirlos, conoscerlos. tratarlos y tenerlos 
por muy amigos y darles de lo que en su tierra había. Con esto entró 
en Yztapalapa, donde Cuetlauaca hospedó á todos los españoles en su 
casa, porque era una de las grandes que había en el señorío de Mote- 
zuma. Tenía grandes patios, hermosos cuartos, altos y baxos, muchos 
y muy frescos jardines, las paredes todas de cantería y la madera muy 
bien labrada; los aposentos muchos y muy espaciosos, colgados de cor¬ 
tinas de algodón, muy ricas de su manera. Había á un lado una huerta 
con mucha fruta y hortaliza; los andenes de la huerta y jardines eran 
hechos de red de cañas, cubiertos de rosas y flores muy olorosas. Había 
estanques de agua dulce con muchos pescados; la huerta era tan grande 
que en ella había una alberca de cal y canto, de cuatrocientos pasos 
en cuadro y mili é seiscientos en torno, con escalones hasta el agua 
y aun hasta el suelo por muchas partes; tenía muchas suertes de peces, 
acudían á ellas muchas garcetas, labancos, gaviotas y otras aves, que 
muchas veces cubrían el agua, cosa cierto muy de ver. 

Es YYtapalapa de hasta diez mili casas; está fundada la mitad della 
sobre la laguna salada y la otra mitad sobre tierra firme: tiene una 
fuente en el camino para T^Iéxico, rodeada de altos árboles de mucha, 
clara y buena agua. 

^liró Cortés todas estas cosas y entendió por ellas la grandeza de 
México y ser una cosa de las más notables del mundo, é dicen que allí 
se alegró más que en otra parte, diciendo á algunos de sus amigos que 
muy presto tendrían todos el premio de sus trabajos, y esto se le con¬ 
firmó bien, por lo que luego diré del rescibimiento que Motezuma le 
hizo. 





LIBRO TERCERO.—CAP. LXIII 


271 


CAPITULO LXIII 

CÓMO SALIÓ MOTEZUMA Á RESCEBIR Á CORTES 

Primero que Cortés saliese de Yztapalapa para ir á Aléxico, aunque 
Alotezuma le había inviado á decir que viniese, todavía procuró excusar¬ 
lo, inviándole allí ciertos caballeros suyos, los cuales, no de su parte, 
sino como que le daban consejo, le dixeron que se volviese y que se le 
daría todo lo que pedir quisiese, porque de allí á México no había ca¬ 
mino, sino por agua, y que él y los suyos no sabían la manera de andar 
por aquella alaguna y que se perderían y anegarían luego. A estas plᬠ
ticas se halló Teuchi, principal de Cempoala, el cual por cierto caso 
había estado en Aléxico, y como vió que aquellos mexicanos tan clara¬ 
mente mentían, dixo á Cortés: “Señor, no creas á éstos, porque yo he 
estado en Aléxico y te llevaré hasta las casas de Alotezuma por una muy 
hermosa calzada que hay de aquí allá.” Quedaron avergonzados los 
mexicanos y Cortés los reprehendiera ásperamente, sino que se reportó 
porque no subcediese algún desmán rompiéndole la calzada, que era 
toda la resistencia, y asi les dixo que porque eran criados del gran señor 
Alotezuma, no los mandaba castigar por la mentira que le habían dicho, 
que se fuesen con Dios y no le dixesen más, porque también sabía que 
si el gran señor Alotezuma lo supiese los castigaría gravemente. Ellos 
se fueron, dándose á entender que Cortés no entendía otra cosa de lo 
que decía, y con esto, aunque infamados de mentirosos, iban contentos, 
creyendo que el honor de su señor estaba salvo. 

Cortés, que se le hacía ya tarde por entrar en la deseada ciudad, 
comenzó á poner luego en orden su gente con más aviso que hasta allí, 
porque acudía infinita gente y de toda se recelaba, por ser del imperio de 
Culhúa. 

Al salir de Yztapalapa y por el camino mandó apregonar que nin¬ 
gún indio se atravesase por el camino, si no quería ser luego muerto. 
Aprovechó tanto este pregón que, aunque la gente era tanta que fuera 
de la calzada en canoas acudían á ver á los nuestros gran número de 
hombres, iban holgadamente por la calzada. 

Está Yztapalapa dos leguas de Aléxico por una calzada muy anclia 
que holgadamente van por ella ocho caballos en ringlera; es tan dere¬ 
cha, sino es á una enconada que hace, que desde el principio se podían 
ver las puertas de Aléxico; á los lados della están Alexicalcingo, que es 
pueblo de cuatro mili casas, puestas todas sobre agua; Coyoacan, que 
tendrá seis millas, sentado sobre tierra firme, fértil, muy sano y alegre; 
y Huicilopuchco, que tendrá cinco mili casas. Tenían estos tres pueblos 
en su gentilidad muchos templos y torres muy levantadas, encaladas, que 
desde lexos con el sol resplandecían como plata ; adornaban mucho los 
pueblos y parescían bien desde afuera. Agora hay monesterios bien edi- 


272 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


ficados y que dan mucho lustre y ornamento, hechos de la piedra que 
había en los cues ó templos del demonio. El mayor trato que en estos, 
pueblos había era de sal, no blanca ni buena para comer, especialmente 
para los españoles y para los indios que eran nobles, aunque muy buena 
para salar tocinos y otras carnes; hácese de la superficie de la tierra que 
está cerca de la laguna y es toda salitral; los panes della son casi de 
color de ladrillo, redondos; hácese con artificio en cierta manera, larga 
de decir; era gran renta para Motezuma, y asi es ahora gran trato para • 
los moradores, tanto que muy lexos se lleva á otras partes. 

En esta calzada había de trecho á trecho puentes levadizas sobre los 
ojos do corría el agua, de la una laguna á la otra. La una laguna es de 
agua *dulce y es más alta que la otra, y aunque entra en ella no se mes- 
clan mucho, por las calzadas que están de por medio. 

Por este camino iba Cortés con trecientos españoles. Engáñase Gó- 
niara (*) en decir que eran cuatrocientos, porque los demás quedaron en la 
\^eracruz, y otros, como está dicho, murieron. Seguían al exército es¬ 
pañol hasta seis mili indios amigos de los pueblos que había pacificado, 
llegó cerca de la ciudad, donde se junta otra calzada, con ésta, donde 
estaba un baluarte fuerte y grande de piedra, dos estados alto, con dos 
torres á los lados y enmedio un pretil almenado y dos puertas, fuerza 
harto fuerte. Aquí se detuvo Cortés, porque salieron á rescebirle cuatro 
mili caballeros cortesanos y ciudadanos, vestidos á su usanza todo lo más 
ricamente que pudieron y todos de una manera, por su orden. Cada uno 
como llegaba á do Cortés estaba, tocando con la mano derecha la tierra 
y besándola, se humillaba, y pasando adelante, se volvía al lugar de donde 
había salido. Tardaron en hacer esto más de una hora y fué cosa de ver 
y bien extraña á los nuestros. En este lugar puso después Cortés el real 
cuando cercó la ciudad. 

Desde el baluarte se sigue todavía la calzada y tenía antes de entrar 
en la calle una puente de madera levadiza, de diez pasos ancha, por el 
ojo de la cual corría el agua; es ahora de piedra y está cerca de las casas 
que fundó Pedro de Alvarado. Hasta esta puente salió Motezuma á 
rescebir á Cortés debaxo de un palio de pluiíia verde y oro, con mucha 
argentería colgando; llevábanlo cuatro señores sobre sus cabezas; iban 
delante tres señores, uno en pos del otro, cada uno con una vara de oro 
levantada á manera de ceptros. Estas llevaba delante de sí ^Motezuma 
todas las veces que salía fuera, así por agua como por tierra, en señal 
de guión y muestra de que el gran señor iba alli, para que los que le 
topasen, aunque nó le viesen, hiciesen la reverencia y acatamiento que 
á su señor debían. Llevaban á ^lotezuma de brazo dos muy grandes 
señores, conviene á saber, Quetlauac, su sobrino, ó, como otros dicen, su 
hermano, y Cacamacin, su sobrino; venían todos tres ricamente vestidos 


(*) Conquista de Méjico, capitulo titulado “Cómo salió Motezuma á recebir 
á Cortés,” 







LIBRO TERCERO. —CAP. LXIII 

y de una manera, salvo que Motezuma traía unos zapatos de oro que 
ellos llaman cacles : son á la manera antigua de los romanos; tenían gran 
pedrería de mucho valor; las suelas estaban prendidas con correas. Los 
dos señores que le llevaban de brazo iban descalzos, porque era tan 
grande el respecto que se le tenía, que ninguno entraba d,onde él estaba 
que no se descalzase los zapatos ni osase levantar los ojos. Iban criados 
suyos delante, de dos en dos, poniendo y quitando mantas por el suelo 
para que no pisase en la tierra; iban á mediano trecho en pos dél do- 
cientos señores como en procesión, todos descalzos y con ropas de otra 
más rica librea que los tres mili primeros. Motezuma venía por medio de 
la calle y éstos detrás, arrimados cuanto podían á las paredes, los ojos 
en tierra, por no mirarle á la cara, porque, como digo, era desacato. 

Cortés, á mediano espacio, como le vió, se apeó presto del caballo 
y con él algunos caballeros. Como se juntaron, le fué á abrazar á nuestra 
costumbre; los que le llevaban de brazo le detuvieron, porque les pa- 
resció que era gran pecado que hombre alguno le tocase, pues le tenían 
como á cosa divina; saludáronse, empero, cada uno á su modo, dando 
el uno al otro la buena venida, y el otro agradesciendo el favor y merced 
de salirle á rescebir. Cortés con mucho comedimiento y muestras de 
amor le echó al cuello un collar de margaritas y diamantes y otras pie¬ 
dras de vidrio; Motezuma se le inclinó un poco, mostrando que cor? 
benignidad é imperial majestad rescebía el dón y servicio; fuese delante 
un poco con el sobrino que le llevaba de brazo, y mandó á su hermana 
que se quedase acompañando á Corsés; llevábale por la mano por medio 
de la calle, no consintiendo que español ni indio se llegase. Fué esta la 
mayor honra que Motezuma, siendo tan gran señor, pudo dar á Cortés> 
porque le igualó á sí. 

En esto los docientos caballeros de la librea, uno á uno, comenzaron 
á darle el parabién de la llegada, según y como está dicho, á su modo. 
No acabaran en aquel día si todos ó los nobles de la ciudad hubieran de 
hacer lo mismo, pero como su Rey é señor iba delante, volvían todos la 
cara á la pared, por la veneración grande que le tenían, y así no osaron 
llegar los demás que quedaban á saludar á Cortés. 

Motezuma se holgó con el collar de vidrio que Hernando Cortés le 
había echado al cuello, porque era extraño y nuevo para él, aunque nO” 
rico; y como sea condisción de Reyes querer más dar que rescebir, él, 
por no tomar sin dar mejor, como gran Príncipe, llamando á dos ca¬ 
mareros suyos, les mandó traer dos collares de camarones colorados, 
gruesos como caracoles, que ellos tenían en mucho; de cada caracol col¬ 
gaban ocho camarones de oro, muy al natural labrados y de á xeme cada 
uno. Traídos, paró Motezuma hasta que Cortés llegó, y con sus proprias 
manos se los echó al cuello con grande amor. Túvose esto por muy es¬ 
pecial favor entre los indios, ca se maravillaron mucho de que tan gran 
Príncipe hiciese tan señalado favor cual nunca había hecho otro. 

Ya en esto acababan de pasar la calle, que duró por un tercio de le- 

iS 




274 CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 

gua; era ancha, derecha y muy hermosa, llena de casas por ambas aceras. 
Tiene México, según en su lugar diré, al presente, las mejores ca¬ 
lles y casas, á una mano, de todo lo que se sabe que hay poblado en el 
mundo. A las puertas, ventanas y azoteas de aquellas tan largas aceras 
había de hombres y mujeres tanta multitud que los unos ponían admi¬ 
ración á los otros. Ellos se maravillaban de la extrañeza de los nuestros, 
de sus barbas, rostros y vestidos, de los caballos, armas y tiros, y decían: 
“Dioses ¿eben ser éstos, que vienen de do nasce el sol.'' Los viejos y 
que más sabían de las antigüedades y memorias de su gentilidad, sospi- 
rando, decían: “Estos deben de ser los que han de mandar y señorear 
nuestras personas y tierra, pues siendo tan pocos, son tan fuertes que 
han vencido tantas gentes." Los nuestros estaban abobados de ver tanta 
gente cuanta jamás no solamente no habían visto, pero ni imaginado, y 
así decían: “¿Qué es esto? ¿Es encantamento, ó hase aquí juntado toda 
la gente que dexamos atrás? Cierto, somos de buena ventura si éstos 
nos fueren amigos." Desta manera llegaron á un patio muy grande que 
era recámara de los ídolos, que fué la casa de Axayacacin, A la puerta 
tomó Motezuma de la mano á Cortés; metióle dentro á una muy gran 
sala; púsolo en un rico estrado de oro y pedrería; díxole estas palabras, 
que fueron muy de señor, deseoso de le hacer toda merced y favor: 
“En vuestra casa estáis; comed y bebed, descansad y habed placer, que 
luego torno.” Cortés, sin responderle palabra, le hizo, como acetando 
la merced, el comedimiento que á tan gran señor convenía. 

Este fué el rescibimiento que ?vIotezuma, Rey de muchos Reyes y 
poderosísimo Príncipe, hizo al muy valeroso y no menos venturoso Fer¬ 
nando Cortés en la gran ciudad de Tenuztitlan jMéxico á ocho días del 
mes de Noviembre, año del nascimiento de Christo, de mili é quinientos 
y diez é nueve años. 



LIBRO CUARTO 


CAPITULO PRIMERO 

CÓMO MOTEZUMA VOLVIÓ Á DO CORTÉS ESTABA Y DE UNA AVISADA 
PLÁTICA QUE LE HIZO 

Vué tan Príncipe y tan señor en todo Motezunia, que aposentó á 
Cortes y á los suyos, así españoles como indios, en una tan hermosa y 
grande casa que, aunque paresce increíble, había salas con sus recámaras 
que cabían, cada uno en su cama, ciento y cincuenta españoles; y lo que 
era mucho de ponderar fué que con ser tan grande la casa, estaba toda 
ella sin quedar rincón muy limpia, lucida, esterada y entapizada, con 
paramentos de algodón y pluma de muchas colores, que había bien que 
mirar en todo; había fuego y con olores en todas las salas, y tantos 
hombres de servicio para lo que menester fuese, que mostraban bien el 
gran poder de su señor. 

Como ]\íotezimia se fué, repartió Cortés el aposento, señalaaido 
dónde cada uno había de estar y con cuántos había de tener cuenta; 
puso el artillería de cara de la puerta, y desque hubo ordenado todo 
lo que era menester para adelante, se sentó á comer, sirviéndole los 
principales de los oficios que suelen tener los tales en casas de grandes 
señores; los demás, por el autoridad y respecto de Cortés y por lo 
<!ue estonces convenía, estaban arrimados á las paredes. Finalmente, 
después que todos hubieron comido una comida tan espléndida cual 
convenía de tan gran Príncipe para tal Capitán, Motezuma, luego que 
supo que todos habían comido y reposado, volvió á do Cortés estaba, 
el cual lo salió á rescebir á la puerta de la sala; hízole gran reverencia 
y Motezuma á él buen acogimiento; fuéronse juntos hasta el estrado; 
sentóse Motezuma en otro que le pusieron junto al de Cortés, también 
muy rico. Sentados ambos delante de aquellos señores mexicanos y de los 
Capitanes y caballeros de Cortés, porque para otra gente no se dió luga,r, 
Áíotezuma. primero que dixese á Cortés á lo que venía, le dió muchas 





CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


276 

y muy presciosas joyas de oro, plata, pluma y seis mili ropas de algodón,, 
muy ricas, labradas y texidas, de maravillosas colores, cosa cierto que 
magnifestó harto su grandeza y confirmó lo que traían imaginado por los. 
presentes que antes dél habían rescebido; y después de haber hecho esto, 
con toda la gravedad y majestad real que convenía, y Cortés con toda 
la gracia y comedimiento que pudo, alabando tan rico presente, Motezuma,. 
reposando un poquito, con la misma autoridad, por lenguas de ^larina y 
Aguilar, volviéndose hacia Cortés, le dixo: 

‘^Señor Capitán valeroso, y vosotros, caballeros que con él venistes: 
Testigos hago á vosotros, mis caballeros y criados de mi casa y Corte, 
cómo huelgo mucho de tener tales hombres como vosotros en mi casa 
y reino para poder hacerles alguna cortesía y bien, según vuestro 
merescimiento y mi estado; é si como habéis visto hasta ahora, os 
rogaba y aun importunaba con muchos mensajeros que no viniésedes á 
esta mi gran ciudad y casas, era por el gran miedo que los míos tenían de 
los vuestros, porque aliende que cada uno de vosotros es tan valiente 
que [á] muchos de los nuestros puede vencer y rendir, los espantábades 
con esas vuestras barbas tan largas y tan fieras, y traéis unos animales 
muy mayores que venados, que tragaban [á] los hombres, y que como ve- 
níades del cielo, abaxábades de allá rayos y relámpagos y truenos con que 
hacíades temblar la tierra y estremecer á los nuestros los corazones, y 
matábades, sin saber ellos cómo, al que os parescía ó enojaba en cualquier 
manera. Decían también que con esas vuestras espadas de hierro dábades 
tan grandes heridas que partíades al hombre por medio, y punzábades 
de tal manera con ellas que en un punto matábades al que así heríades. 
Contábannos, asimismo, que érades muy amigos de lo ajeno, deseosos de 
señorearlo y mandarlo todo, que veníades con gran sed de oro y plata, 
é que por ello hacíades desafueros y agravios é que cada uno de vosotros 
comía é vestía por diez de los nuestros, y otras cosas muchas que nos- 
amedrentaban y ponían en cuidado, para no dexaros entrar en estos mis 
reinos. Mas empero como ahora soy certificado, así de larga relacíóny 
como de alguna conversación que los nuestros han tenido con los vuestros, 
que sois hombres mortales como nosotros, aunque más valientes y más 
diestros, bien acondiscionados, amigos de vuestros amigos, sufridores 
de trabajos, é que no habéis hecho daño sino con muy gran razón, 
defendiendo vuestras personas, amparando los que con nescesidad vienen 
á vosotros, comedidos y bien criados, y he visto los caballos, que son como 
ciervos grandes, y los tiros, que parescen cebratanas, tengo por burla y 
mentira lo que de vosotros al principio me dixeron, tanto que aun los 
taxcaltecas, vuestros amigos^ estuvieron deste parescer. Ahora, como 
desengañado, no solamente os tengo por amigos, más por muy cercanos 
parientes, ca mi padre me dixo, que lo oyó también al suyo, que nuestros 
pasados y Reyes de quien yo desciendo no fueron naturales desta tierra, 
sino advenedizos, los cuales, viniendo con un gran señor que desde ha 
poco se volvió á su naturaleza, como más poderosos, señorearon esta 




LIBRO CUARTO.—CAP. I 


277 

tierra, que era de los otoniíes, y al cabo de muchos años este señor tornó 
por ellos, pero no quisieron volver por haberse casado aquí y tener hijos 
y mando, el que querían en la tierra, y complacerles el asiento, que cierto 
es muy fuerte habiendo quien k defienda. Aquel señor se volvió muy 
descontento dellos y les dixo á la partida que inviaría sus hijos á que 
los gobernasen y mantuviesen en paz é justicia y en las antiguas leyes 
y religión de sus padres, é que si esto no acetasen de su voluntad, por 
.fuerza de armas serían compelidos á ello. Por esto hemos creído siempre 
y asperado que algún día vendrían los de aquellas partes á nos subjectar 
y mandar, y así creo yo que sois vosotros, según de donde venís y la 
noticia que ese gran Emperador, señor vuestro, que os invía, tiene de 
nosotros. Por tanto. Capitán valentísimo, sed cierto que os obedesceremos, 
si ya no traéis algún engaño ó cautela, y partiremos con vos y los vuestros 
lo que tuviéremos; é ya que lo que he dicho y nosotros esperábamos no 
fuese tan cierto, por sólo vuestra virtud, fama y obras que de esforzados 
caballeros tenéis, sois merescedores se os haga todo buen tratamiento 
en estos mis reinos y Corte, ca bien sé lo que hecistes en Tabasco, 
Tecoacinco, Taxcala, Cholula y otras partes, venciendo tan pocos á 
tantos; y si traéis creído que soy dios y que, como algunos falsamente 
dicen, me vuelvo cuando quiero en león, tigre ó sierpe, es falsedad, porque 
hombre soy mortal como los otros.’’ 

Diciendo esto, se pelliscó en la mano, y dixo: ‘^Tocad mi cuerpo, que 
,de carne y hueso es, bien que como Rey me tengo en más, por la dignidad 
y preeminencia en que los dioses me pusieron. También os habrán dicho 
que los tejados y paredes de mis casas, con todo el demás servicio son 
de oro, y esto lo han afirmado los de Cempoala, Taxcala y Guaxocingo, 
que con vuestra venida se me han rebelado, y de subjectos vasallos se 
han vuelto enemigos mortales, aunque su soberbia yo se la quebrantaré 
presto. Las casas, ya veis que son de barro y palo y algunas, por mucha 
estima, de cantería. En lo demás, verdad es que tengo tesoros y riquezas, 
heredadas de mis padres y agüelos, guardadas y consen^adas de tiempo 
inmemorial á esta parte; hay en estos tesoros mucha plata, oro, perlas, 
piedras presciosas, joyas riquísimas, plumas y armas, como suelen tener 
los Reyes y Príncipes que son de antiguo principio, lo cual todo vos y 
vuestros compañeros tendréis y gozaréis cada y cuando que lo queráis, 
porque para vosotros lo tengo guardado.” 

Cuando acabó de decir esto ya no podía detener las lágrimas que 
de los ojos se le saltaban; pero, esforzándose cuanto pudo, concluyendo, 
dixo: '"Entre tanto holgad, que vendréis cansados.” 

Cortés, que bien entendió que más por miedo que por amor hacía 
aquel comedimiento, é que ya sentía lo que después le avino, le hizo 
una gran mesura y con alegre semblante le respondió en la manera 
siguiente: 


278 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO II 

DE LO QUE CORTÉS RESPONDIÓ Á LO QUE MOTEZUMA LE DIÑO 

“Gran señor y Príncipe muy poderoso: No pienses que mi venida ha 
sido por otro que por conoscerte y saludarte de parte del Emperador 
de los cristianos, Rey é señor mío, que de ti y del gran valor de tu 
persona y de la pujanza de tus estaidos tiene gran noticia, y cuanto más 
lexos está apartado de tu persona, tanto más desea conoscerte y tenerte 
por amigo, ayudándote en lo que se te ofresciere; pero especialmente 
me invió á comunicar contigo cosas de tu religión, porque á ti y á los 
tuyos, que son muy muchos, tiene por muy engañados, y así desea que tu 
y ellos salgáis del engaño en que el demonio [á ti] y á tus pasados ha 
tenido por muchos años. Comunicarte he también muchas cosas que para la 
buena administración y gobierno de tus reinos harán mucho al caso, 
ca como no habéis tenido letras ni sabéis leer, no habéis podido saber 
ni aprender las esciencias que los antiguos nos dexaron, en las cuales 
están ascondidas las leyes y preceptos para vivir virtuosamente y tener 
firme y fixo principio para saber lo que conviene á la salud y remedie 
de las almas, que son inmortales, y forzosamente con la muerte, dexando 
sus cuerpos, han de ir á dar estrecha cuenta del mal ó bien que hicieron 
á un solo Dios, juez verdadero, que á los que bien vivieron dará para 
siempre descanso, y á los que mal, para siempre tormento. Por manera, 
que si me escuchares y bien entendieres lo que adelante te diré, tendrás 
por dichosa nuestra venida y estarás en obligación grande al Emperador 
de los cristianos por haberme inviado á ti, y cierto, si no confiara mucho 
de tu natural bondad y clemencia, no hubiera porfiado tanto en quererte 
ver y saludar, contradiciéndolo tú tan eficazmente, por la falsa relación 
que, como has dicho, tenías. Yo me desengaño de lo que de ti me 
habían dicho, pues veo por mis ojos lo contrario y que eres hombre 
como nosotros, manso, apacible, humano, justiciero, clemente, liberal, 
y en todo, Príncipe, como por la obra has mostrado, tan cumplido 
y acabado que nuestro gran Dios no ha permitido que mueras en el 
engaño é ignorancia en que el demonio hasta ahora te ha tenido, y ten 
por cierto que aquel gran señor que de tanto tiempo atrás esperábades 
es el Emperador de los cristianos, cabeza del mundo, mayorazgo del 
linaje y tierra de tus antepasados. Por tanto, como á cosa suya, rescíbenos, 
ámanos y quiérenos, porque no venimos sino á servirte, enseñarte y darte 
todo placer y contento. Por tanto, reposa y sosiega tu corazón y no 
sospeches que hay otra cosa de lo que te decimos; y en lo que toca á 
ofrescerme tus tesoros, te beso las manos por la liberalidad y voluntad 
con que lo haces, y así tendrás tú entendido que importa más á tu servicio 
nuestras personas que la hacienda.’' 

Con esto acabó Cortés. Motezuma, que muy atento había estado. 





LIBRO CUARTO.—CAP. III 


279 

especialmente á lo que á su religión tocaba, muy alegre, perdido todo mal 
recelo, tomó á Cortés las manos, abrazóle y de nuevo le tornó á ofrescer 
su persona y casa; y como era cuerdo y de buen juicio, para no errar 
en el tratamiento que había de hacer á los compañeros de Cortés, le 
preguntó si aquellos de las barbas eran todos vasallos ó esclavos suyos, 
para tratar á cada uno como convenía. El le dixo que todos, ó los más, 
eran sus hermanos, amigos y compañeros, aunque entre ellos había 
algunos más principales que otros, y que los demás, como después sabría, 
eran mozos de servicio. 

Con esto se despidió Motezuma y se fué á su palacio, donde 
particularmente se informó de las lenguas cuáles eran ó no caballeros, 
y así, según que le informaron, invió á cada uno un don, y ninguno tan 
pequeño que no fuese de Rey muy poderoso; y aunque en la cantidad y 
estima de los dones hacía diferencia, también la guardaba en la forma 
de invíarlos, porque si era principal, se lo llevaba un mayordomo de su 
casa, y si marinero ó lacayo, lo inviaba con un contino. Y porque primero 
que prosiga lo que adelante subcedió, es bien que no se pase en silencio 
la casa y administración de Motezuma, diré algunas cosas extrañas para 
otros Príncipes. 


CAPITULO III 

DE LA ESTATURA Y PROPORCION DE MOTEZUMA Y DE SU CONDISClÓN 

Razón es que, pues tengo de decir en los capítulos que se siguieren 
la grandeza de la casa y majestad de servicios que Motezuma tenía, hable 
primero algo de su persona, pues era tan gran Príncipe y lo sabía tan 
bien ser, que hay pocos en la gentilidad que con él se puedan igualar. 
Era, pues, Motezuma (i) hombre de mediana disposición, acompañada 
con cierta gravedad y majestad real, que parescía bien quién era aun á 
los que no le conoscían. Era delgado, de pocas carnes, la color baza, como 
de loro, de la manera que todos los de su nación; traía el cabello largo, 
muy negro y reluciente, casi hasta los hombros ; tenía la barba muy rara, 
con pocos pelos negros y casi tan largos como un xeme ; los ojos negros, 
el mirar grave, y en todo el rostro una cierta afabilidad, acompañada con 
majestad real, que mirándole convidaba á amarle y reverenciarle. Era 
hombre de buenas fuerzas, suelto y ligero ; tiraba bien el arco, nadaba y 
hacía bien todos los exercicios de guerra; era bien acondiscionado, aunque 
muy justiciero, y esto hacía por ser amado y temido, ca así de lo que sus 
pasados le habían dicho, como de la experiencia que él tenía, sabía que 
eran de tal condisción sus vasallos que no podían ser bien gobernados y 
mantenidos en justicia sino con rigor y gravedad ; v así cuando entendió 
que hernando Cortés quedaba con el imperio y señorío sobre los indios. 


(1) Al margen: “Calidades de ]\íotezuma para su muerte,*' 



28o 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


le dixo: ‘'Pues asi lo han querido los dioses que vengas á mandarme y 
á todos mis vasallos, sabe que si no te temen mucho, que no harás cosa 
buena/’ 

Era bien hablado y gracioso cuando se ofrescia tiempo para ello; 
pero, junto con esto, muy cuerdo; era muy dado á mujeres y tomaba 
cosas con que se hacer más potente; tratábalas bien; regocijábase con 
ellas bien en secreto; era dado á fiestas y placeres, aunque por su gravedad 
lo usaba pocas veces. En la religión y adoración de sus vanos dioses 
era muy cuidadoso y devoto; en los sacrificios, muy solicito; mandaba 
que con gran rigor se guardasen las leyes y estatutos tocantes á la religión; 
ninguna cosa menos perdonaba que la ofensa, por liviana que fuese, 
que se hacía contra el culto divino. En el castigar los hurtos y adulterios, 
á que especialmente veia ser los suyos inclinados, era tan severo que 
no bastaba privanza ni suplicación para que dexase de executar la ley. 
Tenía con los suyos, por grandes señores que fuesen, tanta majestad 
que no los dexaba sentar delante dél, ni traer zapatos, ni mirarle á la 
cara, sino era con cuál y cuál, y éste había de ser gran señor y de sangre 
real. Con los españoles era más afable; holgábase con todos, especialmente 
con los caballeros y hombres de suerte, y porque los tenia en mucho, no 
los consentía estar en pie, aunque Cortés les había mandado lo tratasen 
como á Rey; trocaba con ellos sus vestidos si le parescían bien los de 
España; mudaba cuatro vestidos al día y ninguno tornaba á vestir segunda 
vez. Estas ropas se guardaban para dar en albricias, para hacer presentes, 
para dar á criados, mensajeros y soldados que peleaban y prendían 
algún enemigo, que era gran merced y favor y aun como previlegio y 
señal de caballería. Destas eran aquellas tantas y tan ricas mantas, que 
por tantas veces invió á Fernando Cortés. 

^lotezuma quiere decir lo mismo que “señudo y grave”. Era costum¬ 
bre entre ellos que á los nombres proprios de señores, de Reyes y mujeres 
ilustres añedían esta sílaba cin, que es por cortesía ó dignidad, que es 
como entre nosotros al principio del nombre se pone el Don, como Don 
Carlos. Los turcos le ponen al cabo, como Sultán, Solimán, y los moros 
Muley; y así los indios decían Motezumacin. 

Andaba éste siempre mtn^ polido, y á su modo ricamente vestido; 
era limpio á maravilla, porque cada día se bañaba dos veces; salía pocas 
veces de la cámara, si no era á comer; no se dexaba visitar de muchos; 
los más negocios se trataban con los de su consejo, y ellos ó alguno 
dellos venía á cierto tiempo á comunicarlos con él, y esto por dos ó tres 
intérpretes, por quien él respondía, aunque toda era una lengua. Iba por 
su casa á los sacrificios que se hacían en el templo mayor de Vehilobos (i), 
donde, apartado de todos los grandes de su reino, mostraba gran devoción; 
salía, la cabeza baxa, pensativo, sin hablar con nadie, y debía ser porque 
muchas veces se le aparescía el demonio, el cual, como siempre aparescía 


(i) Tachado: “Vehilobos.’' Suplido: “Vizilitpuzli.” 





LIBRO CUARTO.—CAP. I\' 


281 


'en figura fea y espantosa, siempre le dexaba turbado y atemorizado; 
llamaba luego á los sacerdotes y al papa, que era el principal entre ellos; 
pedíales parescer y consejo; no hacia cosa que no la comunicase primero 
con ellos, porque decía que sin el favor de los dioses no se podía acertar 
•en cosa, palabras cierto de gran religión y humildad si no estuviera tan 
engañado. 


CAPITULO I\^ 

DE LA MANERA DE SERVICIO QUE MOTEZUMA TENÍA EN SU COMER 

El tratamiento y manera de servicio que en su comer tenía Motezuma 
era bien diferente del uso y costumbre de los otros Príncipes del mundo, 
ca aunque comía solo, como las más veces lo hacen los Reyes, era tan 
grande la abundancia de la vianda que se le traía, tan varia y de tantas 
maneras adereszada, que podían comer della todos los principales de su 
casa. La mesa era una almohada ó un par de cueros de color; la silla, 
un banquillo baxo, de cuatro pies, hecho de una pieza, cavado el asiento, 
labrado y pintado cuan ricamente ser podía. Los manteles, pañizuelos, y 
tovallas, eran de muy delgado algodón, más blancos que la nieve, y puestos 
una vez, nunca se ponían otra. Gozaban dellos los camareros y oficiales 
de la mesa. Traían la comida cuatrocientos pajes, caballeros, hijos de 
señores; poníanla toda junta en una sala; salía Motezuma, miraba las 
viandas, é con una varita ó con la mano, señalando las que mejor le 
parescía, luego el maestresala ponía debaxo dellas braseros con ascuas 
para que no se enfriasen ni perdiesen el sabor. Guardaba tan bien esta 
costumbre, que muy pocas veces comía de otras viandas si no fuese 
algún guisado que oliese mucho y se lo alabasen los mayordomos. 

Antes que se sentase á comer venían veinte mujeres suyas de las 
más hermosas; otros dicen que eran de las más queridas, y otros, que 
eran de las semaneras, que subcedían por su orden, porque siempre salían 
veinte. Servíanle las fuentes con mucha gracia y gran reverencia y 
humildad. Sentado á la mesa, el maestresala cerraba uiia baranda de 
madera, que dividía la sala, para que la caballería que acudía á verle 
comer no embarazase la mesa, y él solo ponía é quitaba los platos, que 
los pajes no llegaban á la mesa ni hablaban palabra. Estaba sin zapatos, 
hincadas las rodillas, y desta manera, sin levantarse ni alzar los ojos, 
servia solo á la mesa. Había tan gran silencio mientras comía que ninguno 
hablaba, si no era truhán ó alguno que le preguntase algo. No entraba 
hombre, so pena de muerte, en la sala, que no entrase descalzo. 

En el beber no tenía tanta cerimonia ni majestad, porque el mismo 
maestresala que quitaba y ponía los servicios servía la copa, la cual era 
una xícara de diversas hechuras y diversas materias, porque unas veces 
era de plata, otras de oro, otras de calabaza v otras de conchas de 
pescado, de caracoles y otras hechuras extrañas. 


282 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


Asistían á la contina á la comida al lado de Motezuma, aunque algo 
desviados, seis señores ancianos, á los cuales daba algunos platos del 
manjar que les sabía bien. Ellos los tomaban y comían luego allí con 
tanta reverencia y humildad como si fueran inviados del cielo. 

Servíase siempre con mucha música de flautas, zampoña, caracol, 
hueso, atabales y otros instrumentos á nuestros oídos poco deleitables; 
no alcanzaban otros mejores. No tenían música de canto, porque ni tienen 
buenas voces ni sabían el arte, hasta que de los nuestros lo aprendieron, 
aunque en sus mitotes cantaban como al principio desta historia dixe (*). 

Había siempre á la comida enanos, jibados, contrechos y otros desta 
suerte, todos por grandeza y para mover á risa; éstos comían de los 
relieves de la mesa al cabo de la sala con los truhanes y chocarreros; lo 
demás que sobraba comían tres mili indios de guarda ordinaria, que 
estaban en los patios y plaza, y por esto se traían siempre tres mili platos 
de manjar y tres mili vasos con vino que ellos usan. Jamás se cerraba la 
botillería ni despensa, así por lo que en ella cada día entraba, como por 
lo que se sacaba, cierto, cosa de gran grandeza. No dexaban de guisar 
ni de tener cada dia en la cocina de cuanto en la plaza se vendía, que 
era, según después diremos, infinito, sin lo demás que traían cazadores, 
renteros y tribuctarios. 

Los platos, escudillas, tazas, jarros, ollas y el demás servicio era 
todo de barro muy bueno cuanto lo podía haber en España. No servía al 
Rey más de una comida, como lo demás. Tenía también muy gran vaxilla 
de oro y plata, de diversas figuras de animales y fructas : no se servía della 
en el comer; la causa era por 110 servirse con ella dos veces, que parescía 
baxeza; llevábanla, empero, cuando era menester, ó toda ó parte, á los 
sacrificios y fiestas de los dioses. Comía Motezuma carne humana pocas 
veces, y había de ser de la sacrificada y adereszada por extremo, y lo 
que dicen de los niños es burla. 

Levantados los manteles, llegaban las mujeres, que por toda la comida 
habían estado en pie como los hombres, á darle otra vez agua á manos, 
con el acatamiento que primero; y hecho esto, se iban á su aposento á 
comer con las damas, y así hacían todos los demás, si no eran los caballeros 
y pajes á quien tocaba la guarda. 

CAPITULO V 

CÓMO NEGOCIABAN CON MOTEZUMA (**) DESPUES DE COMER, 

Y LOS PASATIEMPOS QUE TENÍA 

Levantada la mesa y después de ida toda la gente, aunque nunca 
quedaba tan solo que los pajes que llaman de cámara no quedasen con 
él, allende de la gente á quien cabía la guardia, ó mandaba que se quedase 


(*) Libro 1, cap. XX. 

(**) E)i el Ms. se pone equivocadamente “Cortés" en vez de “Motezuma". 





LIBRO CUARTO.—CAP. V 


283 


algún señor de los seis que asistían á su comer, para parlar un poco con 
él ó, si el tiempo lo pedía, reposaba un poco, arrimado á la pared, sentado 
en el banquillo -en que había comido. Luego, poco después desto, hacía 
audiencia con mucha afabilidad y gravedad, mandando para ella llamar 
los secretarios, por quien respondía y decretaba lo que se había de hacer. 
Entraban los que habían de negociar, dexaban los zapatos á la puerta de 
palacio, ó los ponían en el cinto, debaxo de la manta. A este tiempo los 
muy grandes señores, ó los de la sangre real, muy parientes y hacendados, 
y los otros señores y ricos hombres, no solamente entraban descalzos, 
pero sobre las mantas ricas llevaban otras groseras y de poco prcscio, 
porque no era razón parescer, según ellos decían, los esclavos delante 
del señor tan compuestos que pudiesen vestir en su presencia ropas tan- 
buenas como él, si no eran Príncipes ó los de su linaje, cerimonia cierto 
de gran respecto y veneración y tal que pocas veces se ha oído. Los unos 
y los otros eran iguales cuando entraban por la sala en la reverencia y 
acatamiento, porque primero que llegasen á decir lo que querían, hacían 
tres reverencias y muchos cuatro; no le miraban al rostro ; hablaban 
inclinada la cabeza y tan baxo que, si no era él y los secretarios, 
nadie podía entender lo que decían, porque se tenía por tosquería y 
descomedimiento hablar alto delante de tan gran señor. El oía con mucha 
atención, como Príncipe que deseaba hacer á todos justicia, y si de 
turbado alguno no acertaba á decir lo que quería, como acontesce á 
muchos que negocian con los Príncipes, mandaba que se reportase y 
dixese el negocio á uno de los secretarios. En el entretanto negociaba 
otro, y acabando aquél, el secretario decía lo que quería el otro y proveía 
luego sobre ello. Respondía á todos con buen semblante y muy despacio 
y con muy pocas palabras, porque es de Reyes hablar poco y muy pesado. 
Esto hacía no todas veces, ni con todos, porque con los más respondía 
por los secretarios y guardábase lo que mandaba, aunque paresciese ó 
fuese injusto, que ninguno otro lo podía reponer sino él, y esto era cuando 
el que negociaba volvía otra vez y no osaba decir que había sido injusto 
lo proveído, sino que se había ofrescido, como parescía, no convenir 
aquello. Después que cada uno había negociado, se tornaba á salir sin 
volverle las espaldas, haciéndole con todo el cuerpo un muy grande 
acatamiento. 

Acabada desta manera el audiencia, entraban señores y otros muchos 
cortesanos á hacerle palacio; tomaba solaz é pasatiempo, oyendo algunos 
romances que contenían las hazañas y grandezas de sus antepasados, 
cantados á unos instrumentos redondos que suenan mucho. Holgábase 
mucho de oir hablar á truhanes y chocarreros. porque decía ser la cosa 
con que más se recreaba el espíritu, cansado de los negocios pesados y 
graves, cuales son los del gobierno de la república, y aun decía (palabra 
cierto digna de tal varón) que los chocarreros y truhanes eran graciosos 
reprehensores, porque debaxo de burlas y de ser tenidos por locos, decían 
las verdades, que muchas veces los sabios no osan declarar. Hacía á 


284 CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 

¿stos Motezuma muchas mercedes, porque particularmente les era 
aficionado. 

Otras veces se deleitaba de ver unos jugadores de pies, como los 
hay en España de manos, los cuales, echados de espaldas en el suelo, 
con los pies revuelven un palo rollizo, tan largo como tres varas, en 
tantas maneras arrojándole y recogiéndole tan bien y tan presto que 
.apenas se vee cómo; hacen, finalmente, con los pies cosas que con las 
manos los muy diestros no las podrían hacer con este mismo palo. Había 
otros, como también los hay hoy, que como pájaros, enhestándole en el 
suelo, saltaban con ambos pies encima, y otro, tomando por lo baxo el 
palo, levantando al que estaba encima, andaban haciendo mili monerías. 
Había también tan ligeros trepadores que sobre el palo, puesto sobre los 
hombros de dos hombres, hacían tan extrañas y maravillosas cosas, que, 
aunque se veen, parescen no poderse creer, sin que haya en ello alguna 
ilusión del demonio, que no había sino el grande exercicio y uso, que es 
gran maestro. Deleitábale también mucho otra manera de juego, que es 
á manera de matachines, ca se subían tres hombres unos sobre otros de 
pies, levantados sobre los hombros, y el postrero hacía maravillas como 
si estuviera de pies en el suelo, andando y bailando el que estaba debaxo 
y liaciendo otros movimientos el que estaba enmedio. Algunas veces 
miraba el juego del patoli, que paresce en algo al juego de las tablas 
reales; juégase con habas ó frisóles, hechos puntos en ellos, á manera 
de dados, de harinillas. Llámase el juego patoli, porque estos dados se 
llaman así; échanlos con ambas manos sobre una estera delgada que 
ellos llaman petate, hechas ciertas rayas á manera de aspa, y atravesando 
otras, señalando el punto que cayó arriba, quitando ó poniendo chinas 
de diferente color, como en el juego de las tablas. Es este juego entre 
ellos tan cobdicioso y de tanto gusto, que no solamente pierden muchos 
dcllos á él toda su hacienda, pero su libertad, porque juegan sus personas 
cuando no tienen otra cosa. 


CAPITULO VI 

DEL JUEGO DE LA PELOTA QUE ENTRE LOS INDIOS SE USABA 

Deleitábase Motezuma otras veces en ir á ver el juego de la pelota, 
que ahora les es prohibido á los indios, por el mucho riesgo que en él 
se corre. Llamábase aquel lugar donde el juego se hacía tlachtli, que 
es como en España trinquete.-A la pelota llaman vlamallistli. Esta se hacía 
de la goma de vlli, que es un árbol que nasce en tierras calientes, que 
punzado destila unas gotas gordas y muy blancas y que muy presto se 
cuajan, las cuales juntas, mescladas y amasadas y tratadas después, se 
paran tan negras como la pez y no tisnan ; de aquello, redondeando, 
hacían pelotas, que aunque pesadas y duras para la mano, botan y saltan 




LIBRO CUARTO. —CAP. VI 


28S 


tan livianamente como pelotas de viento y mejor, porque no tienen 
nescesidad de soplarlas. 

No jugaban á chazar, sino al vencer, como al balón ó á la chueca, que 
es dar con la pelota en la pared que los contrarios tienen por puesto, ó 
pasarla por encima; pueden darle con cualquiera parte del cuerpo que 
mejor les viene, pero había postura que perdiese el que la tocaba sino 
con la nalga ó cuadril, que era entre ellos gran gentileza, y á esta causa, 
para que más la pelota resurtiese, se ponían un cuero bien tieso sobre las 
nalgas; podíanle dar siempre que hacía bote y hacía muchos uno en pos 
de otro, tanto que parescía cosa viva. Jugaban en partida, tantos á tantos 
y á tantas rayas una carga de mantas, ó más ó menos, conforme á la 
posibilidad de los jugadores. También jugaban cosas de oro y pluma, y 
aun veces había que á sí mismos, como dixe en el juego del patoli. Erales 
permitido como el venderse, cosa bien cruel y bárbara, pues para otras 
cosas tenían poca libertad. 

Era aquel lugar do se jugaba una sala baxa, larga, estrecha y alta, 
pero más ancha de arriba que de abaxo y más alta á los lados que á las 
fronteras; hacíanlo así de industria para jugar mejor; teníanla siempre 
muy encalada y lisa, así por el suelo como por las paredes, para que la. 
pelota anduviese más ligera y hiciese más botes; ponían en las paredes 
de los lados unas piedras como de molino, con su agujero enmedio que 
pasaba á la otra parte, por do apenas cabía la pelota, que era bien raro 
y dificultoso, porque aun meterla con la mano había bien que hacer. El 
que la metía por allí ganaba el juego, y como por victoria rara y que 
pocos alcanzaban, eran suyas las capas de cuantos miraban el juego, 
por costumbre antigua y ley de jugadores, pero era obligado á hacer 
ciertos sacrificios al ídolo del trinquete y piedra por cuyo agujero metió 
la pelota. 

Visto este modo de meter la pelota, que á los miradores parescía 
milagroso, aunque podía ser acaso, decían y afirmaban que aquel tal 
debía ser ladrón ó adúltero, ó que moriría presto, pues tanta ventura había' 
tenido, y duraba la memoria desta victoria por muchos días entre ellos 
hasta que subcedía otra que hacía olvidar la pasada. 

Cada trinquete era templo, porque ponían dos imágines, del dios del 
juego y del de la pelota, encima de las dos paredes más baxas, á la media 
noche de un día de buen signo, con ciertas cerimonias y hechicerías, y 
en medio del suelo hacían otras tales, cantando romances y canciones que 
para ello tenían; luego venía un sacerdote del templo mayor con ciertos 
religiosos á lo bendecir; decía ciertas palabras, echaba cuatro veces la 
pelota por el juego y con tanto quedaba consagrado y podían jugar en 
él y hasta estonces no, en ninguna manera; esto se hacía con mucha 
autoridad y atención, porque decían que iba en ello el descanso y alivio 
de los corazones. El dueño del trinquete, que era siempre señor, no jugaba 
pelota sin hacer primero ciertas cerimonias y ofrendas al ídolo del juego, 
de donde se verá cuán superticiosos eran, pues aun hasta en las cosas 


286 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


de pasatiempo tenían tanta cuenta con sus ídolos, queriendo que en las 
burlas también fuesen burladores. A este juego llevaba Motezuma los 
españoles y mostraba holgarse mucho verlos jugar, y también, no sé si 
por darles contento, se holgaba de ver jugar á los nuestros á los naipes y 
dados. 


CAPITULO VII 

DE LAS DANZAS Y RAILES QUE EN MÉXICO SE HACÍAN 


No hay reino y señorío en el mundo, según paresce de lo escripto. 
donde los hombres no se deleiten con algún género de música, danza (*) ó 
baile; y así, aunque los indios de la Nueva España son más flemáticos 
y melancólicos que todos los otros hombres que se sabe del mundo, 
todavía tenían y tienen su diversidad y variedad de música instrumental, 
á nuestros oídos, según tengo dicho, no muy apacible, aunque al presente 
con las demás cosas que de los nuestros han aprendido, saben muy 
bien tocar flauta, cheremía, sacabuche, trompeta, hornos (i) y otros 
instrumentos nuestros á punto de canto de órgano. Motezuma, pues, 
como era tan gran señor y todos los suyos le tenian más veneración 
.que á hombre, y por esto (2) procuraban de darle todo contento, 
viendo que especialmente se deleitaba con la música, que es más 
general en los Reyes, venían las más veces (3) á regocijarle á palacio 
en un gran patio que ante las salas estaba, y muchas veces, según él se 
holgaba con este servicio y solaz (4), mandaba que viniesen á ello. 

La danza y (5) manera de bailar de los indios es muy diferente, 
como en lo demás, de las otras (6) que usan las otras nasciones. Era desta 
manera (7): que después de comer comenzaban un baile que llaman 
netotiliztle, danza de mucho regocijo y placer. Mucho antes de la comida 
tendían una gran estera, y encima della ponían dos atabales, uno chico, que 
llaman teponaztle, que es todo de una pieza de palo muy bien labrado, 
hueco y sin cuero ni pergamino por de fuera, con* cierta mosca (**) ó hen¬ 
dedura por lo alto, como dixe en el Comentario de la jura del Rey Don 
Felipe (8), Tócase con palillos, como nuestros atabales, aunque los extre¬ 
mos no son de palo, sino de lana ó de otra cosa fofa; el otro es grande, 
alto más que hasta la cinta, redondo, hueco, entallado por de fuera y pin¬ 
tado; sobre la boca tiene un ancho parche de cuero de venado, curtido y 
bien estirado, que apretado sube, y floxo abaxa el tono; táñese con las 

(*) En el Ms. “dance’’. 

(i’) Tachado: “hornos.” 

(2) Tach.: “y por esto." 

(3) Tach,: “las más veces.'*' 

(4) Tach.: “y solaz.” 

(5) Tach.: danza y." 

(6) Tach.: “otras.” 

(7) Tach.: “manera.** Suplido: “forma." 

“ Muesca.” 

(8) Tachado: “como dixe en el Comentario de la jura del rey Don Felipe.” 







LIBRO CUARTO.— CAP. VII 


287 

manos, aunque con trabajo. Concertados estos dos instrumentos con las 
voces de los que cantan, suenan mucho, aunque á nuestros oídos triste¬ 
mente. Cantaban al son destos instrumentos romances que contenían las 
victorias y hazañas de los reyes pasados, y después, encendiéndose más, 
cantaban cantares alegres, graciosos y regocijados, todo en copla por sus 
consonantes, aunque no tan artificiosas como las nuestras. 

Ya que era [hora] de comer, como apercibiendo á los que habían de 
bailar, después de la comida silbaban ocho ó diez hombres muy recio, 
tocando los atabales muy recio ; venían luego los bailadores que, para hacer 
sarao (*) al gran señor, habían de ser todos señores, caballeros y persona¬ 
jes principales, vestidos cuanto cada uno podía riquísimamente, cubiertos 
con mantas ricas, blancas, coloradas, verdes, amarillas y otras texidas 
de diversos colores; traían en las manos ramilletes de rosas ó ventalles 
de pluma, ó pluma y oro ; muchos venían por manera de gala y bravosidad, 
metidas las cabezas por cabezas de águilas, tigres y caimanes y otros 
fieros animales; lie valían ó sobre el brazo derecho ó sobre ios hombros 
alguna devisa de oro, plata ó ricas plumas. Juntábanse á este baile no mili 
hombres, como dice Gomara ("^”'* 0 ? pero más de ocho mili, que éstos casi se 
juntaron en la jura del Rey Don Felipe. Iban por sus hileras, según la 
cantidad de la gente, ó de cuatro en cuatro, ó de seis en seis, ó de ocho 
en ocho, ó más. Los señores y que eran más principales andaban junto 
á los atabales y tanto más cerca cada uno cuanto mayor señor. Bailaban 
en corro, unas veces trabados de las manos y otras sueltos, unos en pos 
de otros, moviendo á un tiempo el pie ó la mano. Guían dos que son 
sueltos y grandes danzantes: todos los demás hacen y dicen lo que 
aquéllos, sin faltar compás; cantan aquéllos, responde todo el corro; los 
postreros, cuando los danzantes son muchos, hacen un compás más para 
igualar con ios primeros, y todos acuden á un tiempo. Tardan mucho en 
esta danza, porque suelen danzar cuatro ó cinco horas sin cansarse. Unas 
veces, si cantan romances, cantan despacio y con gravedad; y si otros 
cantares, más apriesa y con más regocijo, avivando la danza, la cual, como 
dura tanto, salen algunos á beber ó á descansar sin hacer falta al compás, 
lomando á volver cuando les paresce. 

Algunas veces andan sobresalientes ciertos truhanes, diciendo gracias 
y contrahaciendo á otras nasciones en el traje y lengua, haciendo dei 
borracho, loco ó vieja, moviendo desta manera á risa á los circunstantes. 
Es más de ver este baile que la zambra de Granada; y si mujeres le 
hacen, es más gracioso 3^ vistoso. Hácenle muy pocas veces, 3^ esto en 
secreto, por su honestidad. 

Dicen que las mujeres que ]\íotezuma tenía, que eran las más hermosas 
3' las más nobles de todos sus reinos, por hacerle fiesta, danzaban desta 
manera ó en los jardines ó en la sala, sin que otro lo viese, sino eran 
algunos muy privados. 

C^') En el Ms. "serao”. 

Conquista de Méjico. Ca/’i tit, ‘•Los bailes de Méjico", 



288 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO VIH 

DE LAS MUJERES Y CASA QUE PAIL\ SU RECREACIÓN TENÍA MOTEZUMA (l)- 

Era tan gran Príncipe y señor en todo Motezuina, que ninguna cosa 
tenía, ó para su servicio ó para su contentamiento, que no fuese real 
y digna de tan gran señor, y asi por recreación y grandeza, como para 
entrar en ellas, tenia muchas casas; discurrir por las cuales sería muy 
largo; por tanto, no diré más de la morada donde á la contina residía, 
la cual en su lengua se llama tepac, que quiere decir lo que ''palacio y 
casa reaP', la cual tenia veinte puertas, que todas por su orden salían á la 
plaza y calles públicas; tres patios muy grandes é que en el uno había 
una muy hermosa fuente de mucha agua, la cual por sus caños debaxo 
de tierra iba á otras partes de la casa. Había muchas salas, cient aposentos 
de á veinte y cinco y treinta pies de largo y hueco; cient baños. El edificio 
todo de la casa que tocaba al enmaderamiento era sin clavazón, muy 
fixo y fuerte, que no poco espantó á los nuestros; las paredes, de canto, 
mármol, jaspe, pórfido, piedra negra con unas vetas coloradas como 
sangre, piedra blanca y otra que se trasluce; los techos, de madera bien 
labrada y entallada de cedros, palmas, cipreses, pinos y otros árboles, 
hechas en ellos algunas figuras de animales, como si tuvieran los- 
instrumentos que nuestros entalladores; las cámaras, pintadas y esteradas, 
muchas dellas paramentadas de ricas telas de algodón, de pelo de conejo 
y de pluma. Las camas no respondían á la soberbia de la casa y adereszo 
della, porque eran pobres y malas; eran de mantas sobre esteras ó sobre 
heno, ó esteras solas, las más delgadas puestas sobre las más gruesas, 
porque en aquel tiempo poco regalo y policía tenían los indios. Ahora 
algunos dellos que son ricos, con el andar á caballo, aún han usado algunas 
camillas de madera con un colchón y una manta, que tienen por mucho 
regalo. 

Dormían pocos hombres en esta casa real. Había mili mujeres, aunque 
otros dicen que tres mili, y esto se tiene por más cierto, entre señoras, 
criadas y esclavas. Las señoras, hijas de señores, que eran muchas y muy 
bien tratadas, tomaba para sí ]\Iotezuma, en especial las que bien le 
parescían, y las otras daba por mujeres á sus criados y á otros caballeros 
y señores, y así dicen que hubo vez que tuvo ciento é cincuenta preñadas^ 
á un tiempo, las cuales, á persuasión del diablo, movían tomando cosas 
para lanzar las criapturas, y esto para estar desembarazadas, para dar 
solaz á Motezuma, ó porque sabían que sus hijos no habían de heredar. 

Tenían estas mujeres muchas viejas por guarda, que jamás se 
apartaban dellas, no dexando que aun las mirasen los hombres, porque 
así Motezuma como los Reyes sus antepasados, procuraron en su casa toda- 


(i) Tachado el epígrafe. 





LIBRO CUARTO. —CAP. IX 


289 

honestidad y castigaban rigurosamente cualquier desacato y desvergüenza 
que en ella subcediese, y así muy raras veces acóntesela esto. Tenían 
estas señoras muy gran servicio de mujeres; andaban á su modo 
ricamente adereszadas; bañábanse muchas veces, porque era Motezuma 
muy amigo de limpieza. 

El escudo de armas que estaba á la puerta de palacio y que traían 
las banderas de Motezuma y de sus antepasados, era un águila abatida 
á un tigre, las manos y uñas puestas como para hacer presa. Algunos 
dicen que es grifo y no águila, afirmando que en las sierras de Teguacan 
hay grifos y que despoblaron el valle de Avacatlan, porque comían á 
los moradores dél. En confirmación desto dicen que aquellas sierras 
se llaman Cuitlachtepetl, de cuitlachtli, que es grifo como león. No hay 
desto mucha certinidad, más de lo que ellos decían, porque hasta ahora 
nunca los españoles (i) los han visto, que han andado toda la tierra, 
aunque los indios los mostraban pintados en sus antiguas figuras; tienen 
vello y no pluma, y dicen que eran tan recios y fuertes que con las uñas 
y dientes quebraban los huesos de los hombres y de los venados, por 
grandes que fuesen; tiran mucho á león y parescen águila; pintábanlos 
con cuatro pies, con dientes y con vello, que más aína es lana que pluma, 
con pico, con uñas y alas con que vuela. En todas estas cosas responde 
la pintura á nuestra escriptura y pinturas, de manera que ni bien es 
ave ni bien bestia. Plinio y otros naturales tienen por burla lo que se 
dice de los grifos, aunque hay muchos cuentos y fábulas dellos. De no 
haberlos visto los nuestros infieren y tienen por cierto que desde el 
principio de la idolatría de los indios desta Nueva España el demonio 
se volvía en aquella figura como en otras tan bravas y tan espantosas 
como aquélla. También había otros señores que traían por armas este grifo, 
volando con un ciervo en las uñas; otros le traían sobre otros fieros 
animales: tanto le temían por fuerte y espantoso. 


CAPITULO IX 

de la casa que para las aves y pluma tenía íAIOTEZUMA (2) 

Tenía Motezuma cerca de palacio una muy hermosa casa de muchos 
y buenos aposentos, con grandes corredores en cuadra, levantados sobre 
ricos pilares de jaspe, todos de una pieza. Había otros corredores más 
vistosos y ricos que éstos, que caían á una muy grande huerta en la cual 
había diez estanques ó más; unos de agua salada para las aves de mar, 
otros de dulce para las de río y laguna, los cuales vaciaban y henchían 
muchas veces para la limpieza de la pluma. 


(1) Tachado: ‘‘españoles." Suplido: “castellanos.*’ 

(2) Tach. el epígrafe. 

10 




2Q0 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


Andaban en aquestos estanques tantas aves que no cabían dentro ni 
fuera; eran de tan diversas maneras, plumas y hechura, que pusieron en 
admiración á los nuestros la primera vez que las vieron, los cuales, con 
ser de diferentes tierras de España, donde hay, como de otras cosas, 
gran diversidad de aves, extrañaron tanto éstas, que muy pocas dixercn 
que parescian á las nuestras. Las demás, que eran de muchos géneros 
y especies, no conoscieron, porque jamás hasta estonces ni las habían 
visto ni oído decir. 

Era tanta la solicitud con que Aíotezuma mandaba curar estas aves 
por la pluma, que á cada suerte dellas se le daba el pasto y cebo con 
que se mantenían en el campo; si con hierba, dábanles hierba; si con 
pescado, pescado; si con otras aves, dábanles aves; si con grano, frisóles, 
maíz y otras semillas; de pescado, para las aves de pescado, era lo 
ordinario diez arrobas que pescaban y tomaban en las lagunas de IMéxico. 
A algunas aves daban moscas y otras sabandijas, que era su comida. 
Había para el servicio destas aves trecientas personas y más; unos 
limpiaban los estanques, otros pescaban, otros les daban de comer, otros 
las espulgaban, otros guardaban los huevos, otros las echaban cuando 
estaban cluecas; otros las curaban, enfermando; otros, en tiempo de 
calor, les quitaban la pluma más delgada, para que se hacía tanta costa 
y diligencia; hacían dellas ricas mantas, tapices y rodelas, plumajes, 
moscadores y otras muchas cosas con oro y plata entretexida, obra cierto 
bien vistosa y muy extraña para los nuestros. 


CAPITULO X 

DE LAS AVES QUE PARA CAZA TENÍA MOTEZUMA Y DE OTRAS COSAS 
MARAVILLOSAS QUE PARA ELLA TENÍA (l) 

Había otra casa cerca désta, también muy cmnplida y de muy 
hermosos cuartos. Llamábase también la casa de las aves, no porque 
en ella hubiese más que en la otra, sino porque eran mayores, más nobles 
y de otro género, porque eran de rapiña, para cazar con ellas. Curában¬ 
las hombres sabios en aquel menester con tanto cuidado que más no 
podía ser. 

Iba algunas veces más á esta casa Motezuma que á las otras, por 
ser cosa más real haber estas aves. Deteníase, preguntando á los cazadores 
y á los que tenían cargo dellas muchas cosas, muchos secretos, que 
holgaba de saber del arte de la cetrería, y cierto tenía razón, porque 
hay hoy las más y mejores aves que en todas las otras partes del mundo. 
Tenía esta casa muchas salas altas, en que estaban homtwes, mujeres 
y niños albinos, todos blancos ojos y cabellos desde su nascimiento, 


(i) Tachado el epígrafe. 




LIRRO CUARTO.— CAP. X 


29 


como en España; y lo que más es de maravillar, es que en la Nueva Gali¬ 
cia, en un pueblo que se dice Apozol, nasció un niño, hijo de negro y ne¬ 
gra, blanco en todo más que la nieve, con sus pasas en la cabeza y las 
demás faiciones muy de negro; no vía de puro blanco. Fueron sus padres 
esclavos de Francisco Delgadillo, señor del mi.smo pueblo, y decían que en 
Guinea había así otros niños blancos y que los hijos nascían negros como 
sus abuelos. Era milagro nascer asi, por acaecer raramente, ca toda la 
demás gente tiene color de membrillo cocido. 

Había en otra sala enanos, corcovados, quebrados, contrechos y 
monstruos, que los tenía en mucha cantidad para su pasatiempo, y aun 
dicen que para este fin los quebraban y enjibaban desde niños cuando 
estaban más tiernos, diciendo que en la casa de tan gran Rey, para 
grandeza suya, había de haber cosas que no se hallasen en las casas de 
otros Príncipes. Cada manera destos enanos y monstruos estaba por sí 
en su sala y cuarto, con personas que curaban dellos. Había en las salas 
baxas muchas jaulas de vigas muy recias; en unas estaban leones, 
en otras tigres, en otras osos, en otras onzas, en otras lobos y, finalmente, 
no había fiera ni animal de cuatro pies que allí no estuviese, á solo 
efecto de decir que era tan poderoso el gran señor Motezuma, que aun 
hasta las fieras y fieros animales tenía rendidos y encarcelados en su 
ca^a. Dábanles de comer por sus raciones gallipavos, venados, perros 
y cosas de caza. Había asimismo, cosa cierto bien nueva, en otras piezas 
grandes tinajas, barreños y semejantes vasijas con agua ó con tierra. 
Sustentaban y mantenían en ellas culebras más gruesas que el muslo, 
víboras que son por extremo grandes, cocodrillos que llaman caimanes ó 
lagartos de agua, lagartos destotros, lagartijas, serpientes de tierra y 
agua, tan bravas y ponzoñosas que con sola la vista espantaban á los 
que no tenían mucha costumbre de verlas y tratarlas. Dábanles de comer 
por manera extraña, porque algunas había de su natural condisción tan 
fieras y crueles, que no bastaba criarlas desde muy pequeñas para 
amansarlas. 

Las aves de rapiña que dixe, estaban en otro cuarto, y por el 
patio en jaulas de palos rollizos, en alcándaras de toda suerte y ralea 
dellas, como alcotanes, gavilanes, milanos, buitres, azores, halcones, 
nueve ó diez maneras dellos; muchos géneros de águilas, entre las cuales 
había cincuenta mayores harto que las más caudales, y que de un pasto 
comía cada una dellas un gallo de papada, ave muy grande. Estaban 
estas águilas por sí apartadas unas de otras : tenían de ración para cada 
día todas estas aves quinientos gallos de papada ; curaban delias trecientos 
hombres de servicio, sin los cazadores, que eran infinitos. Había águila 
entre éstas tan crescida y de tan disformes garras y pico que ponía 
miedo mirarla, y hasta estos días ha habido (i) una en el Tatelulco de 
México, dicen que desde estonces, de tan disforme grandeza^ que no 


(i) Tachado: ‘‘hasta estos días ha habido.” Supl.: “mucho después hubo.” 



292 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


solamente los nuestros, pero los indios la iban á ver por cosa maravillosa. 
Comíase un carnero de una comida. 

Muchas otras aves estaban en aquel cuarto, que los nuestros no 
conoscieron, pero los indios decían ser todas muy buenas para caza, 
y así lo mostraban ellas en el talle, unas y presa que tenían. Daban á las 
culebras la sangre de las personas muertas en sacrificio, la cual chupaban 
y lamían, y aún, como algunos dicen, les echaban de la carne, la cual 
también comían los lagartos de tierra y agua, y así se criaban de espantosa 
grandeza. Los españoles (i) no vieron esto, pero vieron el suelo cuajado 
de tanta sangre, que metiendo por él un palo, temblaba; hedía tan 
terriblemente aquel lugar que no había quien lo sufriese. Era mucho 
de ver el bullicio de los hombres que entraban y salían en esta casa 
y que andaban curando de las aves, animales y sierpes. 

Los nuestros se holgaban mucho de ver tanta diversidad de aves, tanta 
braveza de bestias fieras y el enconamiento de las espantosas serpientes, 
aunque no podían oir de buena gana los espantosos silbos dellas, los 
temerosos bramidos de los leones, los aullidos tristes de los lobos ni los 
fieros gañidos de las onzas y tigres, ni los gemidos de los otros animales, 
que daban tiniendo hambre ó acordándose que estaban encerrados y no 
libres (2) para executar su saña. Todos (3) los nuestros (4) que de 
noche oían este tan vario 3” diverso ruido, al principio se atemorizaron 
mucho, hasta que la costumbre les quitó el miedo. Afirmaban que era 
tan espantoso el ruido, que así gritando (5) [se] hacía que parescía ser 
treslado del infierno y morada del diablo aquella casa; y así lo era, 
porque en una sala de ciento é cincuenta pies larga é ancha cincuenta 
había una capilla chapada de oro y plata, de gruesas planchas, con gran 
cantidad de perlas, piedras, ágatas, cornerinas, esmeraldas, rubíes, 
topacios y otras así (6), adonde Motezuma entraba en oración muchas 
noches y el diablo venía á le hablar y se le aparescía 3" aconsejaba, 
según la petición y ruegos que oía. 

Los conquistadores primeros, de quien yo largamente me informé, 
dicen (7) que no vieron esta capilla, porque Motezuma iba siempre al 
templo á hacer orarión; podía ser, como dicen los indios, que la encubriese 
Motezuma de los nuestros (8) y no quisiese mostrar aquella riqueza, 
porque no se acudiciasen á ella: y así dicen que cuando México se tomó, 
ellos mismos la destruyeron y echaron otras muchas riquezas en la 
laguna. 

Tenía también Motezuma casa para solamente graneros 3’ donde poner 


(1) Tachado: ''españoles.” Suplido: “castellanos.” 

(2) Tach.: “encerrados v no libres.” Stiph: “sin libertad.” 

(3) Tach.: “Todos.” 

(4) Tach.: “nuestros.” Supl: “castellanos.” 

(5) Añadido: “se.” 

(6) Tachado: “así.” 

(7) Tach.: “de quien 3*0 largamente me informé, dicen.” Supl.: “decían.” 

(8) Tach.: “de los nuestros.” Supl.: “á los castellanos.” 





LIBRO CUARTO.—CAP. XI 


293 

la pluma y mantas de la renta y tribuctos, que era cosa muy de ver: sobre 
las puertas había por armas un conejo. En esta casa vivían los 
mayordomos, tesoreros, contadores, receptores y todos los que tenían 
cargos y oficios en la real hacienda, y no había casa destas del Rey donde 
no hubiese capillas y oratorios del demonio que adoraban, por amor de lo 
que allí estaba, y por tanto, todas eran grandes y de mucha gente, de 
adonde paresce cuán superticioso y por cuántas maneras el demonio 
queria ser adorado y venerado. 


CAPITULO XI 

DE LA CASA QUE PARA GUARDAR LAS ARMAS TENIA MOTEZUMA (l) 

Presciábase tanto Motezuma de ser en toda manera de grandeza 
•señalada entre todos los otros Principes deste (2) Nuevo Mundo, que 
ninguna cosa dexó que de Rey fuese que no la tuviese más aventajada 
que todos los otros, y así como con las armas y multitud de los suyos 
había subjectado y vencido muchos reinos y provincias, tenía, no una, 
sino muchas casas diputadas para la guarda y limpieza de las armas. 
El blasón que sobre las puertas estaba puesto era un arco y dos aljabas, 
porque este era el género de armas que ellos más usaban. 

Las armas que en estas casas había eran muchas, porque eran muy 
muchos los que las usaban. Las armas, pues, eran arcos, flechas, hondas, 
lanzas, lanzones, dardos, porras, espadas, que ellos llaman macanas, 
broqueles y rodelas, más galanas que fuertes, cascos, grebas y brazaletes, 
no de hierro, sino de palo dorado ó cubierto de cuero y no en tanta 
abundancia como las otras armas. El palo de que hacían estas armas era 
muy recio; tostábanlo, y á las puntas hincaban pedernal ó hueso del 
pece líbica, que es enconado, y á esta cansa es peor su herida, ó de otros 
huesos que como se quedan en la herida la hacen casi incurable y enconan. 
Las espadas son de palo con agudos pedernales enxeridos por los filos, 
bien encorados y engrudados con cierto engrudo de una raíz que llaman 
zacotle y de teuxale, que es una arena recia como de vena de diamantes, 
que mezclan y amasan con sangre de murciélagos y otras aves, el cual 
pega, traba y dura por extremo, tanto que dando grandes golpes no se 
deshace. Cortaban en lo blando cuanto topaban, pero en lo duro resurtían, 
como eran los filos muy delgados y de pedernal, del cual también con 
aquel betunien hacían punzones con que barrenaban cualquier madera y 
piedra, aunque fuese un diamante, ayudándose de cierta agua que echaban 
en el agujero como quien horada perlas. Las espadas cortaban lanzas y 
aun pescuezos de caballos á cercén. Dicen algunos que mellaban el hierro: 


(1) Tachado el epígrafe. 

(2) Tach.: “deste.'’ SnpL: “de aquel.” 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


294 

verdad es que en él hacían señal con la furia del golpe, pero quebrábase 
el filo, porque en fin era de piedra. 

Ninguno era osado traer armas por la ciudad; solamente las llevaban 
á la guerra ó á la caza ó en la guarda que hacían al Rey, el cual en fiestas 
y días señalados hacía exercitar á los caballeros mozos en ellas para 
cuando fuese menester; y para animarlos, ponía premios para los que 
mejor lo hiciesen. Hallábase él presente y aun algunas veces tiraba el 
arco y esgremía del espada, que lo hacía muy bien y con mucha gracia,, 
aunque muy pocas veces, por el autoridad. 


CAPITULO XII 

DE LOS JARDINES EN QUE MOTEZUMA SE IBA Á RECREAR (l) 

Tenía este gran Rey, allende de las casas que he dicho (2), otras 
muchas de placer con espaciosos y grandes jardines con sus calles hechas 
para el paseo é regadío. Eran los jardines de solas hierbas, medicinales 
y olorosas, de flores, de rosas, de árboles de olor, que eran muchos. 
Mandaba á sus médicos hiciesen experiencias de aquellas hierbas y 
curasen á los caballeros de su Corte con las que tuviesen más conoscidas 
y experimentadas. Daban estos jardines gran contento á los que entraban 
en ellos, por la variedad de flores y rosas que tenían y por la fragancia 
y buen olor que de si echaban, especialmente por la mañana y á la 
tarde. Era de ver el artificio y delicadeza con que estaban hechos mili 
personajes de hojas y flores, asientos, capillas y otras cosas que adornaban 
por extremo aquel lugar. No consentía Motezuma que en estos vergeles 
hubiese hortaliza ni fructa, diciendo que no era de Reyes tener granjerias 
ni provechos en lugares de sus deleites; que las huertas eran para esclavos 
ó mercaderes, aunque con todo esto tenía huertos con frutales, pero 
lexos y donde pocas veces iba. 

Tenia asimismo fuera de México casas en bosques de gran circuito 
y cercados de agua, para que las salvajinas no saliesen fuera y la caza 
estuviese segura. Dentro destos bosques había fuentes, ríos y albercas 
con peces, conejeras, vivares, riscos y peñoles en que andaban ciervos, 
corzos, liebres, zorras, lobos y otros semejantes animales, en cuya caza 
mucho y muy á menudo se exercitaban los señores mexicanos. Hacían 
rodeo cuando querían hacer una caza real, para que toda ó la más viniese 
adonde Motezuma estaba; y si no era estando allí su persona, no se 
osaba hacer rodeo. Otras veces, cuando al Rey le parescía ir con todos 
sus grandes á caza de monte, era cosa de ver, como ahora se hace con 
los Visorreyes, que ocho ó diez mili indios y muchas veces más. asidos 
por las manos, cercaban cuatro ó cinco leguas de tierra, dando voces 


(1) Tachado el epígrafe'. 

(2) Tach.: “he dicho.” Supl.: “se ha dicho. 





LIBRO CUARTO.— CAP. XIII 


295 

y silbos, levantando y oxeando la caza, sacándola de sus madrigueras 
y cuevas, la echaban en campo raso, donde estaban los flecheros y los 
que tenían armas, en medio de los cuales, sobre unas andas muy ricas, 
puestas en hombros, estaba Motezuma mirando á los valientes que 
acometían á las fieras; y como casi á mano tomaban los venados, estaban 
alderredor del Rey muchos flecheros que no se meneaban de un lugar, 
puestos como muralla para que ninguna fiera rompiese por donde él 
estaba, y así seguro miraba la caza, porque no había caballos en que 
huir. 

Estas eran las casas y deleites del gran señor Motezuma, en que 
pocos ó ningún Principe se le ha igualado. 


CAPITULO XIII 

DE LA CORTE Y GOARDA DE MOTEZUMA (l) 

Si en todas las cosas pasadas el gran Rey Motezuma tenía tanta 
majestad é grandeza como de lo dicho paresce, mayor mucho, como 
convenía para conformar con las otras cosas, la tenía en la guarda y 
acompañamiento de su persona, porque cada día le hacían goarda 
seiscientos señores y caballeros muy principales, cada uno, el que menos, 
con tres ó cuatro criados, y muchos con veinte y treinta, según la 
posibilidad y renta de cada uno. Todos traían sus armas y venían á ser 
entre amos y criados más de tres mili personas, y aun hay muchos que 
dicen más de cinco mili. Todos comían en Palacio de lo que sobraba del 
plato real, como tengo dicho. Los criados, ni subían arriba ni se iban 
hasta la noche, después de haber cenado. Los señores, también con sus 
armas, se paseaban arriba por las salas sin entrar adonde estaba el 
gran señor Motezuma; unos se paseaban, aunque lo usaban muy poco; 
otros, que eran los más, estaban sentados en sus banquillos, de cuatro 
en cuatro y de seis en seis, parlando entre ellos y bien baxo, porque era 
desacato hablar alto en la casa real. Eran, finalmente, tantos los de la 
goarda, que aunque eran grandes los patios, plazas y salas, lo henchían 
todo. No falta quien diga (2) de los que se hallaron presentes, que por 
amor de los nuestros (3) y por mayor majestad y seguridad de jMotezuma, 
se había doblado la goarda, aunque los más dicen que aquella era la 
ordinaria, porque los señores estaban debaxo del imperio de Motezuma, 
que eran treinta de á cient mili vasallos y tres mili señores de lugares 
y otros muchos vasallos, personas preeminentes y de cargos. Residían en 
]\Iéxico por obligación y reconoscimiento del gran señor Motezuma 
cierto tiempo del año, y estaban tan subjectos con ser tantos y tan señores 

(1) Tachado el epígrafe. 

(2) Tach.: “diga.” Siipl.: “dixo.” 

(3) Tach.: “nuestros.” Supl.: “castellanos.” 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


296 

3^ con tantos vasallos, que ninguno osaba ir á su tierra 3^ casa sin licencia 
3^ voluntad del gran señor, y si iban, dexaban algún hijo ó hermano por 
seguridad que no se alzarían, 3^ á esta causa tenían todos casas en la 
ciudad de México. De donde paresce claro que era violéntico (i) y tiránico 
el imperio de Motezuma, pues es cierto que el Rey natural es amado y 
querido de tal manera de' los suyos que, si no fuese por el autoridad real, 
podría andar y dormir sin guarda, las puertas abiertas, si no fuese ó 
tiranizando ó estando en guerra en frontera de enemigos. 

Esta era la guarda de tantos y tan principales señores que Alotezuma 
tenía, obedescido más por temor que amado por Re3" natural. 


CAPITULO XIV 

CÓMO NINGÚN INDIO HABÍA EN EL IMPERIO MEXICANO QUE EN ALGUNA 
.MANERA NO FUESE TRIBUCTARIO Á :M0TEZUMA (2) 

Tenía el gran señor IMotezuma tan subjectos á sus vasallos, 3^ tan 
avasallados á los que de nuevo subjectaba, que ninguno había, por gran 
señor que fuese, que no le tribuctase, ca los señores y nobles le pechaban 
tribucto personal, asistiendo en la Corte lo más del tiempo del año, 
gastando allí sus haciendas, con que no poco adornaban la Corte; 3* si 
se ofrescían guerras, los señores eran los que primero iban á ellas, por 
la obligación personal que tenían, en las cuales gastaban mucho más que 
en la Corte, porque se presciaban de llevar más gente consigo y de hacer 
más servicio al gran señor, del que eran obligados. Los labradores, que 
llaman mascegoales, eran casi infinitos, porque la principal granjeria 
que tenían era la labor de los campos: éstos tribuctaban con sus personas 
3' bienes. Esta era la diferencia que había entre nobles 3" pecheros; que los 
pecheros eran en dos maneras, unos renteros, que arrendaban de otros 
las heredades, á los cuales pagaban las rentas dellas, 3" demás desto 
tribuctaban de lo que les quedaba la ma3^or parte á ]}»Iotezuma. Había 
otros pecheros que labraban sus heredades y pagaban cada año de todo 
lo que cogían de tres anegas una, 3- de todo lo que criaban, de tres uno; 
las sementeras eran maíz, frisóles, chía y otras semillas; lo que criaban 
eran perros, gallinas, aves de pluma, conejos. Otros eran oficiales que 
labraban oro y plata y piedras, entre los cuales había algunos muy primos. 
Los instrumentos con que labraban eran de piedra, cosa bien nueva 
para los nuestros (3). Otros trataban en sal, cera, miel, mantas, plumajes, 
algodón, cacao, camatli, habas y en todas fructas 3' hortalizas, de que 
.principalmente se sustentaban y mantenían. 

Los renteros que arriba dixe, pagaban por meses ó por años lo que 

(1) Tachado: “violéntico.” Suplido: “violento.” 

(2) Tach. el epígrafe. 

(3) Tach.: “nuestros.” Snpl.\ “castellanos.” 





LIBRO CUARTO.-CAP. XTV 


se obligaban; y porque era mucho, los llamaban esclavos, ca tribuctaban 
dos veces; y cuando comían huevos les parescía que el Mey les hacía gran 
merced, y estaban tan oprimidos que dicen algunos que se les tasaba lo 
que habían de comer, y lo demás era para el Rey; vestían á esta causa muv 
pobres paños, y finalmente no alcanzaban ni tenían sino una olla para 
cocer hierbas y una piedra ó dos para moler su maíz y una estera para 
dormir, y no solamente daban este pecho los renteros y los pecheros, pero 
aún servían con las personas todas las veces que el gran señor quería, 
aunque no quería sino en tiempos de guerra y caza. Era, finalmente, tanto 
el señorío que los Reyes de 'México tenían sobre ellos, que callaban aunque 
les tomasen las hijas para lo que quisiesen y los hijos, y por esto decían 
algunos que de tres hijos que cada labrador tenía, daba uno para sacrifi:^ 
car, lo cual aliende de que fuera demasiada crueldad, no permitiera que 
tanto se poblara la tierra, y así es falso, por lo que después se supo, por¬ 
que los nobles y señores no comían carne humana si no era sacrificada y 
ésta era de hombres esclavos, presos en guerra, porque por maravilla sa¬ 
crificaban al que sabían que era noble. Eran crueles, carniceros y mataban 
entre año muchos hombres y mujeres y algunos niños, aunque no tantos 
como se dicen, y éstos eran hijos de esclavos y personas condenadas ó á 
destierro perpectuo ó á servidumbre. 

Todas las rentas y tribuctos traían á México á cuestas los que no 
podían en canoas, á lo menos traían todo lo que era menester para 
mantener la casa de Motezuma; lo demás gastaban con soldados ó 
trocábanlo á oro, plata, piedras, joyas y otras cosas que los reyes estiman 
y guardan en sus recámaras y tesoros. 

Esta era la manera de tribuctar de los vasallos de Motezuma, que 
con las opresio'nes que he dicho padescían otras, y decía Motezuma que 
eran nescesarias para tenerlos subjectos en paz y justicia, según eran 
de su condisción mal inclinados. Ahora, que están debaxo de la Corona 
de Castilla, son tan libres y trátanse tan bien los muy pobres y de baxa 
suerte como estonces los muy nobles, porque es tan poco lo que tribuctan 
y tantas las granjerias en que con los nuestros (i) son aprovechados, que 
visten mantas de algodón y comen muy bien; y si de su natural condisción 
no fuesen tan apocados, tan holgazanes y amigos de borracheras, 
serían muy ricos y la tierra estaría muy ennoblescida, porque son 
muchos, y en la tierra, quiriendo trabajar, hay para ello gran aparejo. 
El tiempo dará adelante á entender lo que conviene hacer en esto, aunoue 
ya fuera bien haberlo remediado: pero han querido los Reyes de Castilla 
sobrellevados mucho, para que entiendan la diferencia que hay del tiempo 
de su idolatría al de gracia en que viven. 


(i) Tachado', “nuestros." Suplido: “castellanos.” 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


298 


CAPITULO XV 

CÓMO SE RECOGÍAN LAS RENTAS DE MOTEZUMA (l) 

El modo y manera de recoger las rentas reales era en esta manera: 
que en México había troxes, graneros y casas en que se encerraba el. 
pan, y un mayordomo mayor con otros menores que lo rescibían y 
gastaban por concierto y cuenta de libros de pintura, donde había tanta 
cuenta y razón que era maravilla. En cada pueblo había un cogedor, á 
manera de alguacil; traía vara en la una mano y un ventalle en la otra, 
en señal que era oficial del gran señor. Era éste un género de hombres 
muy aborrescible á los tribuctarios, porque eran presumptuosos (2) y 
molestos en el pedir los tribuctos, y aun trataban mal de palabra y aun 
algunas veces de obra á los pecheros (3); vengábanse de aquellos á quien 
tenían odio, en són de recoger las rentas; acudían y daban cuenta con 
pago de lo cogido y gente que empadronaban en su provincia y partido- 
que tenían á cargo; acudían todos á los mayordomos y contadores 
mayores de I\Iéxico; si traían mala cuenta, ó por engaño, morían por 
ello y aun eran punidos (4) los de su linaje, como parientes de traidores 
al Rey, y á esta causa eran tan solícitos y diligentes, que prendían á los 
pecheros (5) hasta que pagaban; y si estaban pobres por enfermedades, 
los esperaban á que sanos ganasen el tribucto; si por holgazanes., 
apremiábanlos duramente, y en fin, si no cumplían y pagaban á ciertos.^ 
plazos que les daban, podían tomar á los unos y á los otros por esclavos 
y venderlos para la deuda y tribucto, ó sacrificarlos. 

Tenía también el gran señor Motezuma muchas provincias que le 
tribuctaban cierta cantidad de cosas á manera de parias, reconosciéndole 
por supremo señor; pero esto era más honra que provecho. 

Desta manera tenía Alotezuma grandes rentas con que sustentaba su 
casa y mantenía la gente de guerra con excesivo gasto y le sobraba gran 
parte para aumentar cada día más sus tesoros, y fuera desto no gastaba 
nada en labrar cuantas casas quería, por suntuosas que fuesen, porque 
ya de mucho tiempo atrás estaban diputados muchos pueblos allí cerca 
que no pechaban ni contribuían en otra cosa más de hacer las casas, 
repararlas y tenerlas siempre en pie á costa suya propria, poniendo su 
trabajo, pagando á los oficiales, y trayendo arrastrando ó á cuestas el 
canto, la cal, la madera y todos los otros materiales. Tenían éstos también, 
que no era pequeña molestia, cargo de proveer abundantemente 'de cuanta 
leña se quemaba en las cocinas, cámaras y braseros de palacio, que eran 


(1) Tachado el epígrafe. 

(2) Tach.: ‘‘presumptuosos.” Suplido: “insolentes.*' 

(3) Tach.: “pecheros.” Supl.: “tributarios.” 

(4) Tach.: “punidos.” Supl.: “castigados.” 

(5) Tach.: “pecheros.” Su¡ 4 .: “tributarios.” 




LIBRO CUARTO.— CAP. XVI 


299 

muchos y habían menester, á lo que dicen, quinientas cargas de tamemes, 
que son mili arrobas, y los días de invierno, aunque no es muy recio, 
muchas más. Para los braseros y chimeneas del Rey traían cortezas de 
encina y otros árboles, porque era mejor fuego y por diferenciar la 
lumbre que no fuese como la de los otros, que en esto eran grandes 
lisonjeros, ó porque, como otros dicen, trabajasen más los que hacían 
leña. 

Tenía Motezuma cient ciudades grandes, cabezas de otras tantas 
provincias, imperio cierto muy grande. Destas llevaba las rentas, tribnctos, 
parias y vasallaje que dixe, donde tenía fuerzas, guarnición y tesoreros 
del servicio y pecho, á que eran obligados. Extendíase su señorío y 
mando de la mar del Norte hasta la del Sur y más de docientas leguas 
por la tierra adentro, aunque en medio había algunas provincias y 
grandes pueblos como Taxcak, Mechuacan, Panuco, Teguantepec, que 
eran sus enemigos y no le pagaban pecho ni servicio, aunque le valía 
mucho la contratación, rescate y trueque que con los unos y los otros 
tenía cuando quería, porque abundaba de lo más y mejor que para sus 
contrataciones era menester. 

Había en su señorío, muy cerca de México, otros señores y Reyes, 
como los de Tezcuco y Tacuba, que no le debían nada, sino la obediencia 
y homenaje; eran de su sangre y linaje, y por esto los reyes de México 
no casaban sus hijas con otros que con ellos, lo cual era causa que 
Motezuma fuese mayor señor, más temido y más reverenciado. 


CAPITULO XVT 

DE LA MAJESTAD Y GRANDEZA DE MEXICO EN TIEMPO DE SU IDOL.A.TRÍA (l) 

Estaba la muy grande é muy insigne ciudad de México Tenuchtitlan, 
cuando Cortés entró en ella, en el mismo sitio que ahora está; pero estaba 
sobre agua, y si no era por algunas calzadas que tenía, no se podía 
entrar á ella sino con barcas. Tenía sesenta mili casas, las cuales no tiene 
ahora, aunque son muy grandes las poblaciones que sirven como de 
arrabales, que abrazan lo principal de la ciudad, morado y habitado de 
españoles (2), como en los capítulos siguientes diré (3). Llámanse estas 
dos poblaciones, la una Sanctiago Tlatelulco, y la otra jMéxico. 

Las casas del gran señor eran muchas, como tengo (4) dicho, y muy 
grandes, que representaban el poder grande y majestad de su morador: 
las de los señores y caballeros cortesanos también eran grandes y muy 
buenas, cada una con vergel y baños y otros deleites que para su contento 
tenían; las de los otros vecinos eran chicas, baxas y ruines, sin puertas 

(1) Tachado el epígrafe. 

(2) Tach.: “de españoles.” Suplida, ‘"de castellanos.” 

(3) Tach.: “en los capítulos siguientes diré.*’ Siipl.: “adelante se dirá.” 

(4) Tach.: “tengo”. SupL: “se lia.” 



3 oo 


CRÓXICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


ni sin ventanas, porque no quería el gran Rey que fuesen mayores, para 
que en todo se diferenciasen de los nobles. Ahora el que más puede más 
presume y más lo muestra, aunque venga del linaje de aquéllos. 

En aquellas casas, por pequeñas que eran, pocas veces dexaban de 
morar dos, tres, cuatro y seis vecinos, y asi era infinita la gente, porque 
como no tenían axuar ni otro aparato de casa, donde quiera cabían 
muchos, y así cuando salían al campo ó [á] algún sacrificio y fiesta 
parescía infinita gente, que no había quien pudiese decir dónde se acogía 
tanta. 

Parescía esta ciudad mucho á Venecia en cuanto á su asiento y 
fundación, aunque en la fortaleza de los edificios, altura y parescer le 
hacía mucha ventaja Venecia. Todo el cuerpo de esta ciudad estaba 
sobre agua; tenía tres maneras de calles, anchas y espaciosas; las unas 
eran de agua sola, con muchos puentes; las otras de sola tierra; las otras 
de tierra y agua, porque la gente de á pie andaba por la parte do había 
tierra, y la otra por el agua en canoas, de manera que las más de las 
calles por la una parte y por la otra tenían terrapleno y el agua iba por 
medio. Las calles de agua, de suyo, eran limpias, porque no echaban 
inmundicias en ellas; las de tierra barrían muy á menudo. 

Casi todas las casas tenían dos puertas y ahora muy pocas, una 
sobre la calzada y otra sobre el agua, por donde se mandaban con los 
barcos; y aunque toda esta gran ciudad estaba fundada sobre agua, los 
moradores no bebían della, por ser algo gruesa, y á esta causa traían el 
agua sobre una calzada desde una legua, de una fuente que se llamü 
Chapultepec, que nasce de una serrezuela, al pie de la cual están dos 
estatuas de bulto labradas en la peña, con sus rodelas y lanzas, de 
]\Iotezuma y Axaiaca su padre, según muchos decían. Traían los 
mexicanos esta agua por dos muy gruesos caños hechos de tierra muy 
pisada, tan fuerte como piedra, desta manera que el agua nunca venía sino 
por el uno de los dos caños, porque cuando el uno estaba sucio y legamoso, 
echaban el agua por el otro, y así corría el agua más clara que el cristal. 
Desta fuente se bastece hoy (i) toda la ciudad y se proveían todos los 
estanques y fuentes, que había muchas por las casas principales; y de 
ciertos caños de madera por donde corría sobre las acequias, muchos 
indios recogían agua en sus canoas, que vendían á otros, y éste era su 
trato, por el cual pagaban ciertos derechos al gran señor Motezuma. 

Estaba la ciudad repartida en solos los dos barrios que dixe (2), que 
al uno llamaban Tatelulco y al otro México, donde moraba Motezuma, 
que quiere decir “manadero’"’ y era el más principal; por ser mayor y 
por morar en él los Reyes^ se quedó la ciudad con este nombre, aunque 
■el propio y antiguo que tenía es "I'enuchtitlan, que significa “tuna de 
piedra”, ca está compuesto de tetl. que quiere decir “piedra", y de nuchtli. 


(1) Tachado', “se bastece hoy.” Suplido: “bebe.” 

(2) Tach.: “dixe.” SupL: “se dixo'.” 






LIBRO CUARTO.-CAP. XVII 


301 


que quiere decir ‘"tuna”. El árbol, si así se puede llamar, ó cardo, porque 
es espinoso, aunque de diferente color, lleva esta fruta, que en la lengua 
de Cuba se llama tuna y entre los indios de México nuchtli, y el árbol 
nopali, el cual es casi todo hojas algo redondas, un palmo y más anchas, 
un pie largas, y un dedo gordas y enconosas; la fruta nasce por lo alto 
de las hojas; el color dellas es verde y el de las espinas pardo; nasce 
una hoja de otra, y así, plantándolas, crescen y engordan tanto, que vienen 
á ser árboles, y no solamente produce una hoja otra por la punta, mas 
echa otras por los lados. En la tierra de los chichimecas, que es estéril y 
falta de agua, les sirve de mantenimiento y bebida, porque comen las 
tunas y beben el zumo de las hojas. La fruta es á manera de higos, 
aunque no de la color, porque el hollejo es delgado y de dentro están 
llenos de granitos; las tunas son más largas, coronadas como nísperos, 
unas verdes y otras coloradas y otras moradas y otras amarillas. Las 
blancas son mejores que las otras, huelen muy bien y son muy sabrosas; 
fruta muy fresca para de verano. Y porque desta fruta dixe en el primer 
libro desta historia, pasaré adelante, por no hacer tanto á nuestro 
propósito (i). 


CAPITULO XVII 


DE ADONDE TOMÓ NOMBRE LA CIUDAD DE MEXICO 
Y CUÁNDO PRIMERO FUE FUNDADA (2) 

Hay algunos que dicen que esta tan nombrada (3) ciudad en este 
Nuevo Mundo (4) tuvo su primer nombre de su primero fundador, que 
fué Tenuch, hijo segundo de Yztacmixcoatl, cuyos hijos y decendientes 
después poblaron esta tierra de Anauac, que al presente se llama y llamará 
siempre Nueva España. También dicen otros que se llamó Tenuchtitlan, 
por las tunas de grana ó cochinilla que nasce en otros géneros de tunales. 
Nuchtii es el color de la grana, tan subido que los españoles (5) le llaman 
carmesí; tiénese en mucho y así va cresciendo de prescio en prescio hasta 
las últimas partes del mundo. Como quiera que ello sea, es cosa 
cierta, que el lugar y sitio donde primero se fundó esta ciudad se llama 
Tenuchtitlan y el natural y vecino della tenuchca. México propriamente 
no era toda la ciudad, según ya dixe (6), sino la media, porque no 
tenía más de dos barrios y éste era el uno, aunque los indios decían 
y dicen hoy México Tenuchtitlan, y así se pone en las Provisiones 
reales. México quiere decir lo mismo que ‘‘manadero ó fuente”, por 


(1) Tachado desde: “Y porque desta fruta dixe en el primer libro”, hasta el 
final del capítulo. 

(2) Tachado el epígrafe. 

(3) Tach.: “tan nombrada.” Suplido: “gran.” 

{4) Tach.: “en este Nuevo Mundo.” 

(5) Tach.: “españoles.” SupL: “castellanos.” 

(6) Tach.: “según ya dixe.” SupL: “como se dixo ” 



302 


CRONICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


las muchas y buenas fuentes y ojos de agua que alderredor tiene en 
lo que es tierra firme, y es tan buena el agua de todas que ninguna 
hay que no sea mejor que la de Chapultepeque, de adonde hasta ahora 
se provee la ciudad. No faltan muchos que dicen que esta ciudad se 
llamó México por los primeros fundadores, que se dixeron mexiti, que 
aun ahora se nombran mexica los naturales de aquel barrio ó población. 
Los fundadores mexiti, tomaron nombre de su principal dios é ídolo dicho, 
Mexitli, que es el mismo que Huicilopuchtli. Primero que el barrio que 
se llamó México se poblase, estaba ya poblado el del Tatelulco, que por 
haberle comenzado en una parte alta y enxuta de la alaguna le llamaron 
así, que quiere decir ‘'isleta'’; derívase de tlatelli, que quiere decir “isla'' 

Está Aíéxico Tenuchtitlan todo cercado de agua dulce, aunque gruesa. 
Como está puesto en la laguna, no tiene más de tres entradas por tres 
calzadas: la una viene de poniente, trecho de media legua; la otra del 
norte, por espacio de una legua hacia levante, no hay calzada, sino canoas 
para entrar; al mediodía está la otra calzada, dos leguas larga, por la 
cual entraron Cortés y sus compañeros, según está dicho (i). Y es de 
saber que aunque la alaguna en que Aíéxico está asentada paresce toda 
una, es dos y muy diferentes la una de la otra, porque la una es de agua 
salitral, amarga y mala y que no cría ni consiente ninguna suerte de 
peces, y la otra de agua dulce, que los produce, aunque pequeños. La 
salada cresce y mengua más ó menos, según el aire que corre en ella; 
la dulce está más alta, y así cae el agua dulce en la salada y no al revés, 
como algunos pensaron, por seis ó siete ojos bien grandes que tiene la 
calzada, que las ataja por medio, sobre los cuales hay puentes de madera 
bien fuertes y anchas. Tiene por algunas partes cinco leguas de ancho 
la laguna salada y ocho ó diez de largo y en circuito más de quince; 
otro tanto tiene la laguna dulce, y así entrambas bojan más de treinta 
leguas. Tienen dentro y á la orilla más de cincuenta pueblos, muclios 
deilos de á cinco mili casas y algunos de á diez mili, y pueblo, que es 
Tezcuco, tan grande como ^léxico. 

El agua que se recoge al lugar baxo, donde se hace el alaguna, viene de 
las vertientes de las sierras, que están á vista de la ciudad y á la redonda 
della, la cual agua, por parar en tierra salitral, se hace salada, y no otra 
cosa, como algunos creyeron. Hácese á la orilla de^ta alaguna mucha 
sal. de que hay gran trato. Andan en esta alaguna más de cient mili 
canoas ó barquillos de una pieza, de figura de lanzaderas de texedores; 
los indios las llaman acales, que quiere decir '‘casas de agua"; por[que] 
atl es “agua", y calli, “casa'^ Los españoles (2), como los más vinieron (3) 
de Cuba y Sancto Domingo, las llamaban canoas, acostumbrados á la 
lengua de Cuba (4). Hay en México, sólo para proveer la ciudad y traer 


(1) Tachado', “según está dicho.'’ 

(2) Tach.: “españoles.” Suplido', “castellanos.” 

(3) Tach.'. ‘‘vinieron.” SupL: “fueron.” 

(4) Tach.'. "de Cuba.” SupJ.: “de aquellas islas.” 





LIBRO CUARTO.—CAP. XVIII 


3 o 3 


y llevar gente, casi cincuenta mili; y así las acequias que corren por la 
ciudad como el agua que está cerca della, están siempre llenas destas 
canoas, cosa bien de ver, por ser negocio de tanta contratación. 


CAPITULO XVIII 

DE LOS MERCADOS DE MEXICO Y DE LA VARIEDAD DE COSAS 
QUE EN ELLOS SE VENDIA (l) 

Tenía y tiene hoy México, á su costumbre y uso, mercados, así en el 
sitio como en la contratación, tan grandes y tan poblados de gente que 
ningún pueblo en el mundo hay que mayores ni mejores los tenga; 
conforme á lo que en la tierra se usa, tiene en cada plazuela y lugar 
medianamente desocupado; todos los días hay mercado de cosas de 
comer, de manera que para proveer los españoles (2) y los indios sus 
casas no han menester salir lexos. Fuera destos mercados hay tres muy 
principales, donde á ciertos días de la semana concurre gran multitud de 
indios á vender y comprar todo lo que es menester. Llaman los indios 
al mercado tianguistli, y los españoles le llaman tiánguez, sin mudarle: 
como en otras muchas cosas, su antiguo nombre. El un tiánguez es en la 
población del Tateluíco, que es una plaza cuadrada, rodeada por las tres 
partes de portales y tiendas, y en la una acera está la casa del Gobernador 
y la cárcel; la cuarta acera ocupa el monesterio de Sanctiago, que es do 
Franciscos, del cual hablaré (3) adelante. 

En la mitad desta plaza, que es una de las mayores del mundo, está 
la horca y una fuente muy hermosa que se ha hecho de poco acá. El 
otro es en la población de México; llámase hoy el tiánguez de Sant Joan, 
que es una plaza también muy grande, de suerte que en cada una déstas 
caben cient mili personas con sus mercadurías. 

Había todos los días de la semana en estos tiánguez gente y 
mercadurías, y después, en tiempo del muy prudente (4) Don Antonio de 
Mendoza y del Visitador Tello de Sandoval se ordenó que la gente que 
acudía á estos dos tiánguez cada semana se juntase, miércoles y jueves, 
en otra plaza muy grande, más cerca de la población de los españoles (5), 
que se llama el tiánguez de Sant Hipólito, por estar cerca de la iglesia 
desde Sancto, abogado de la ciudad, por haberse ganado en aquel día 
México. Acuden á este tiánguez de todos los pueblos de la laguna, de 
manera que se viene á juntar tanta gente que apenas se puede andar á 


(1) Tachado el epígrafe. 

(2) Tach.: “españoles.” Supl.: “castellanos.” 

(3) Tach.: “hablaré.” Supl.: “se hablará.” 

(4) Tach.: “muy prudente.” Supl.: “visorrey.” 
'(5) Tach.: “españoles.” Supl.: “castellanos.” 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


3 o 4 

caballo ni á pie en él. Finalmente, son tantos los contratantes, que no 
oso (i) decir el número, porque parescerá fabuloso al que lo oyere y no 
lo hubiere visto, porque cierto no hay hormiguero de tanto bullicio como 
acude de gente á este tiánguez. Vienen también á comprar á él, y otros 
a ver. muchos españoles y españolas (2). Los que venden, las más son 
mujeres; debaxo de tendejones tienen las mercadurías puestas en el 
suelo, y cada una conosce y tiene su asiento sin que otra se lo tome. 

A causa deste mercado, como por la alaguna vienen los más á 
comprar y vender, hay tantas canoas en las acequias, que cubren el agua. 
Cada oficio y cada mercaduría tiene su lugar señalado, que nadie se lo 
puede quitar ni ocupar, que no es poca policía. Las cosas que son de 
más pesadumbre y embarazo, como piedra, madera, cal, ladrillos y otras 
cosas desta suerte, dexan en las canoas ó las ponen á la lengua del agua, 
para que allí los vayan á comprar los que quisieren. Tráense al mercado 
esteras finas y groseras que llaman petates, y las que son hechas de 
eneas, tolcuextles; las finas son de muchas maneras, porque son (3) 
pintadas á manera de alhombras, de manera que se pueden poner en 
la cámara de cualquier señor. Tráese á este mercado carbón, leña, ceniza, 
loza y toda suerte de barro pintado, vidriado y muy lindo, de que hacen 
todo género de vasijas, desde tinajas hasta saleros. Tráense cueros de 
venados, crudos y curtidos, con su pelo y sin él, y de muchos colores 
teñidos, para zapatos, broqueles, rodelas, cueras, aforros de armas de 
palo, y asimismo cueros de otros animales y aves, adobados con su 
pluma y llenos de hierba, unas grandes y otras chicas, cosa cierto pára 
ver, por las colores y extrañeza. La más rica mercaduría es mantas y 
destas muchas diferencias. Son de algodón, unas más delgadas que otras, 
blancas, negras y de todas colores, unas grandes, otras pequeñas, unas 
para camas damascadas, riquísimas, muy de ver; otras para capas, otras 
para colgar, otras para zarahuel-es (* *), camisas, sábanas, tocas, manteles, 
pañizuelos y otras muchas cosas. Téxense las mantas ricas con colores, 
y aun algunas, después de la venida de los nuestros (4), con hilos de oro 
y de seda de varias colores. Las que se venden labradas tienen la labor 
hecha de pelos de conejos y de plumas'de aves muy menudas, cosa cierto 
de ver. \^éndense también mantas para invierno, hechas de pluma, ó por 
mejor decir, del fiueco de la pluma, unas blancas y otras negras y otras 
de diversas colores : son muy blandas y dan mucho calor; parescen bien 
aunque sea en cama de cualquier señor. Venden hilado de pelos de 
conejo, telas de algodón, hilaza, madexas blancas y teñidas. 

La cosa más de ver era la volatería que se traía al mercado, aunque 
ahora no se trae tanta, porque no se ocupan tanto como solían, y esto 


(1) Tachado', “oso." Suplido: “se osa.*’ 

(2) Tach.: “españoles y españolas.” SnpL: “castellanos.” 

(3) Tachado: “de muchas maneras, porque son.” 

(*) “Zaragüelles ” 

(4) Tach.: “venida de los nuestros.” Suplido: “llegada de los castellanos.’^ 




LIBRO CUARTO.—CAP, XVIII 


3 o 3 


ha causado la demasiada libertad que tienen, ca (i) aliende que destas 
aves comían la carne y vestían la pluma y cazaban á otras con ellas, son 
tantas que no tienen número, y de tantas raleas y colores que no se 
puede decir, mansas, bravas, de rapiña, de aire, de agua, de tierra. 

Lo más rico que al mercado se traía eran las obras de oro y plata, 
unas fundidas y otras labradas de piedras, con tan gran primor y subtileza 
que muchas dellas han puesto en admiración á los muy doctos plateros 
de España (2), tanto que nunca pudieron entender cómo se habían 
labrado, porque ni vieron golpe de martillo ni rastro de cincel ni de otro 
instrumento de que ellos usan, de los cuales carescen los indios. 

Traíanse obras de pluma, figuras é imágenes de Príncipes y de sus 
ídolos, tan vistosas y tan acertadas que hacían ventaja á las pinturas 
nuestras (3). Ahora en Mechuacan se hacen imágenes de sanctos, 
azanefas de frontales, casullas, mitras, palabras de consagración, tan 
ricas y de tanto valor que valen más que de oro. Hanse llevado al Sumo 
Pontífice cosas tan bien hechas, que ni el dibuxo ni la pintura las excede. 
Hacen desta pluma un animal, un árbol, una rosa, una peña, un monte, 
un ave, y así otra cualquiera cosa de bulto, tan al propio que al que no 
la mirare le parescerá natural. Acontéceles á los oficiales desto embeberse 
tanto en lo que hacen, quitando y poniendo con gran flema una plumita 
y otra, que no se les acuerda de comer en todo el día, mirando á una y 
á otra parte, al sol, á la sombra, á la vislumbre, por ver si dice mejor 
á pelo ó contrapelo, ó al través de la haz, ó del envés. Finalmente, no 
dexan la obra de entre las manos hasta que la ponen toda perfición. 
Ráceles acertar el sufrimiento grande que tienen, del cual caresce nuestra 
nasción (4), por ser más colérica que ninguna (5). 

El oficio, después déste, más primo y más honrado es el platero. 
Sacaban al mercado los oficiales desta arte platos ochavados, el un 
cuarto de oro y otro de plata, no soldados sino fundidos y en la fundición 
pegados, cosa dificultosa de entender. Sacaban una caldereta de plata con 
excelentes labores y su asa de una fundición, y lo que era de maravillar, 
que la asa estaba suelta, y desta manera fundían un pece con una escama 
de plata y otra de oro, aunque tuviese muchas. Vaciaban asimismo un 
papagayo que se le andaba la lengua, que se le meneaba la cabeza y las 
alas. Fundían una mona que jugaba pies y manos y tenía en la mano 
un huso, que parescía que hilaba, ó una manzana, que parescía que comía. 
Esmaltan asimismo, engastan y labran esmeraldas, turquesas y otras 
piedras, y agujeran perlas, pero 110 tan bien como en Europa. Labran el 
cristal muy primamente y hacen veriles grandes y pequeños, dentro de 
los cuales meten imágines entalladas de madera, tan pequeñas que en eí 


(1) Tachado: “ca.” Suplido: “porque.” 

(2) Tach.: “de España.” Supl.: “de Castilla.” 

(3) Tach.: “nuestras.” Supl: “castellanas.” 

(4) Tach.: “nuestra nasción.” Supl: “la nasción castellana.” 

(5) Tach.: “que ninguna.” 


20 





3o6 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 

espacio de una uña figuran un Cristo en cruz con Sant Joan y Nuestra 
Señora á los lados y la Magdalena al pie, y en la misma madera en la 
otra parte otras figuras, de manera que en el veril hace dos haces, que 
si no se viese cada día paresce cosa imposible. Desta suerte se hacen y 
venden tantas cosas que seria largo tratar dellas; por tanto, volviendo 
á las cosas que demás se venden, las diré en el capitulo que se sigue (i). 


CAPITULO XIX 

DE LAS DEMÁS COSAS QUE EN LOS MERCADOS SE VENDEN (2) 

Prosiguiendo, pues, lo que en el mercado se vendía y compraba, era 
tanto y tan vario que aunque diga mucho, quedará más; porque se 
vendía (3) oro, plata, cobre, plomo, latón y estaño, aunque de los dos 
metales postreros hay poco, perlas y piedras presciosas, muchas otras 
piedras que sirven de claros espejos y son muy buenas para hacer aras 
de altares. Rácense de piedra navajas y lancetas y sácanse de donde 
nascen con muy gran primor, como quien descorteza alguna cosa; salen 
con dos filos muy parejos, tan agudas como las nuestras. Véndense mili 
maneras de conchas y caracoles, pequeños y grandes, hueso, chinaS; 
esponjas y otras menudencias muy diferentes; y para reir, muchos dijes 
para los niños; hierbas, raíces, hojas, semillas, asi para comida como 
para medicina, tantas y de tanta variedad que no se pueden contar y 
que para conoscerlas es menester gran curso y ser muy diestro herbolario, 
aunque por la mayor parte, los hombres, mujeres y niños en su gentilidad 
conoscían mucho -en hierbas, porque con la pobreza y nescesidad (que 
ahora no tienen), las buscaban para comer y curarse en sus dolencias, 
que poco gastan en médicos aunque los tienen, los cuales curan con cosas 
simples y dellas saben maravillosos secretos. Hacen y han hecho en 
algunos de los nuestros (4) curas muy señaladas. Había boticarios que 
sacaban (5) al tiánguez ungüentos, xarabes, aguas y otras cosas de 
enfermos. Casi todos los males curan con hierbas, tanto que, aun para 
matar los piojos, tienen hierba propia y conoscida. 

Las cosas que para comer venden no tienen cuento, porque muy 
pocas cosas vivas dexan de comer: culebras sin cola y cabeza, perrillos 
que no gañen, castrados; topos, lirones, ratones, lombrices, hormigas 
grandes, tostadas, y éstas por mucha fiesta. Con redes de malla muy 
menuda barren, á cierto tiempo del año, una cosa muy molida que se cria 

(1) Tachado desde “por tanto, volviendo á las cosas”, hasta el final del 
capitulo. 

(2) Tachado el epígrafe. 

(3) Taclu: “tanto y tan vario, que aunque di^a mucho, quedará más; porque 
se vendía.” 

(4) Tach.: “nuestros.” Suplido: “castellanos.” 

(5) Tach.: “Había boticarios que sacaban.” SupL: “Sacábanse.” 





LIBRO CUARTO.—CAP. XIX 


3o7 

^obre el agua de las lagunas de México y se cuaja, que no es hierba ni 
tierra, sino como cieno; hay dello mucho y cogen mucho, y en eras, como 
quien hace sal, lo vacían y allí se cuaja y seca; hácenlo tortas como 
ladrillos, y no sólo las venden en el mercado, mas véndenlas fuera de 'allíjfo 
llevándolas más de cient leguas la tierra adentro. Comen esto como 
nosotros (i) el queso, y así tiene un saborcico de sal que con chilmoli es 
sabroso. Dicen que á este cebo vienen tantas aves á la alaguna que muchas 
veces por invierno la cubren por algunas partes. 

Traían muchos animales á vender, unos vivos y otros muertos, que 
ó corriendo alcanzaban, ó en lazos tomaban vivos, ó con los arcos mataban, 
como venados enteros, que los hay muy grandes, ó hechos cuartos, 
gamas, liebres, conejos, tuzas, que son menores que ellos, perros y otros 
.animalejos que gañen como ellos, cuzatli y otros que ellos cazan y crían. 

Hay muchas tiendas de ollas grandes y pequeñas, llenas de atole, 
mazamorra, que son como poleadas, hechas de atole, de maíz y de otras 
cosas; véndese tanto desto, no solamente en los mercados, pero en 
muchas esquinas de casas, que es cosa maravillosa y pone espanto, donde 
se consume tanto mantenimiento, carne y pescado asado y cocido, en 
pan, pasteles, tortillas, huevos de diferentísimas aves; no hay número 
en el pan cocido y en grano y en mazamorra que se vende juntamente 
con habas, frisóles y otras muchas legumbres; fructas, así de las de la 
tierra como de las de Castilla, verdes y secas en gran cantidad. La más 
principal, que sirve, como en el primero libro dixe (2), de mantenimiento, 
comida y bebida y moneda, son unas como almendras que ellos llaman 
cacahuatl y los nuestros cacao, como en las islas de Cuba y Haití (3). 
No menos pone en admiración la mucha cantidad y diferencias que venden 
de colores que nosotros tenemos y de otras muchas de que carescemos (4), 
que ellos (5) hacen de hojas de rosas, frutas, flores, raíces, cortezas, 
piedras, madera y otras cosas que sería largo contarlas (6). 

Hay miel de abejas, de magüey y otros árboles; pero del magüey 
f hacen] vino, vinagre, azúcar, miel, arrope, según tengo dicho (7). Hay 
aceite de chian, que es simiente muy parescida á mostaza ó á zargatona (8), 
con el cual untan los pies y piernas, porque no las dañe el agua; también 
lo hacen de otras cosas. Este aceite es de tan gran virtud, que, untada con 
el una imagen de pintura, se conserva en la viveza de sus colores contra 
el agua y el aire. Guisan de comer con este aceite, aunque más usan la 
manteca, sain y sebo. Las muchas maneras de vino que venden es largo 
decirlas. 


(1) Tachado: “nosotros.” Suplido: “en Castilla.” 

(2) Tach.: “como en el primero libro dixe.” 

(3) Tach,: “Hatí.” Supl.: “la Española.” 

(4) Tach .: que nosotros tenemos y de otras muchas de que carescemos. 

(5) Tach.: “ellos.” 

( 6 ) Tach.: “que sería largo contarlas.” 

(7) Tach.: “tengo dicho.” Supl.: “se ha dicho.” 

( 8 ) Tach.: “ó á zargatona.” Supl.: “ó á zaragatona.” 






CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


3d8. 

Hay en el mercado estuferos, barberos, cuchillos (*) y otros, que mu- 
chos piensan que no los había en esta gente. Todas estas cosas y otras 
innumerables que callo (i), que decirlas seria dar fastidio (2), se venden, 
que vale más verlas que contarlas. 

Los que vendían en estos mercados pagaban cierto tribucto á manera 
de alcabala al gran señor, por que los guardase de ladrones, y así 
andan (3) siempre por la plaza y entre la gente unos como alguaciles, y 
al presente un español (4), con vara; y en una casa que había cerca del 
mercado estaban doce hombres ancianos, como en audiencia, librando 
pleitos que había entre los contratantes. 

La venta y compra es trocando una cosa por otra. Esta contratación 
es ya general por toda la tierra. Después de la venida (5) de los 
nuestros (6) tienen medida para todas las cosas, hasta la hierba para los 
caballos, que ha de ser tanta cuanta se pueda atar con una cuerda de una 
braza, por un tomín. Castigaban bravamente (7) al que falsaba medidas, 
diciendo que era enemigo de todos y ladrón público. Quebrábanlas, como 
hacen nuestros jueces. Trataba bien el gran señor á los que de lexos 
venían con mercadurías. Ponía fieles executores, y finalmente, en todo 
había tanta razón y cuenta, que no bastaba la multitud de gente á 
perturbarla. 


CAPITULO XX 

DE LA GRANDEZA DEL TEMPLO DE MEXICO Y CÓMO SE SERVÍA (8) 

Pocas Ó ninguna nasción hay en el mundo que no tenga religión falsa 
ó verdadera, que no honre uno, la que sigue la verdad, ó muchos dioses,. 
la que va errada; y así vemos por las escripturas y annales que los pasados 
dexaron, que cuanto alguna nasción era más valerosa y más puesta en 
policía y ornato, como fueron la griega y la romana, aunque en lo mejor 
estuvieron engañadas, tanto con más cuidado, veneración y honra, pompa 
y (9) majestad celebraron el culto divino, no emprendiendo cosa grande 
ni pequeña en que primero no la consultasen con sus oráculos, cosa de 
harta confusión para los que tratamos la verdadera adoración de un 
Dios. De adonde, después de los griegos y romanos, que tanto valieron 
y supieron, pone gran lástima las innumerables gentes deste Nuevo 
JMundo que con tanto engaño por tantos años tan bárbaramente 


(*) Mejor “cudiilleros". 

(1) Tachado: “que callo.” 

(2) Tach.: “dar fastidio.” SupL: “no acabar.” 

(3) Tach.: “andan.” SupL: “andaban.” 

(4) Tach.: “español.” SupL: “castellano.” 

(5) Tach.: “venida.” SupL: “llegada.” 

(6) Tach.: “nuestros.” SupL: “castellanos.” 

(7) Tach.: “bravamente.” SupL: “mucho.” 

(8) Tach. el epígrafe. 

(g) Tach.: “honra, pompa y,” 





LIBRO CUARTO.—CAP. XX 


3Ó9 

derramaron sangre de innocentes, siendo dello maestro el demonio, con 
tanta solicitud y gastos veneraron y siguieron falsos dioses. Y porque 
esto ya que del todo no pueda ser, porque sería muy largo, en parte 
será razón decir algo de los templos y vana religión que en México 
había. 

Llamaban, cuanto á lo primero, al templo teucalli, que quiere decir 
^Y-asa de dios’’; .está compuesto de teutl, que es “dios”, y de calli, que es 
“casa”, vocablo harto propio si fuera dios verdadero. Los españoles (i), 
como poco sabios (2) en la lengua, llamaban á los templos cues y á 
Vicilopuchtli (3), Vchilobos, que era el más sumptuoso y principal templo, 
como después diremos (4). Había muchos templos en México, según las 
perroquias y barrios, que eran muchos; estaban todos torreados; subíase 
á ellos por gradas ; en lo alto había capillas y altares, donde estaban los 
ídolos é imágines de sus dioses. Las capillas servían de enterramientos 
para los señores cúyas eran, porque los demás se enterraban en el suelo, 
alderredor de los templos y en los patios dellos; todos eran casi hechos 
por una traza; la mayor diferencia era ser los unos más altos que los otros 
y mayores y más bien adornados ó de más sacrificios, y así hablando 
del templo mayor, bastará, para entender los demás, cuya traza es tan 
diferente de la de los templos de las otras nasciones, que creo que si no 
desia, jamás de otra se haya visto ni oído. 

Tenía este templo su sitio cuadrado; de esquina á esquina había un 
tiro de escopeta; la cerca era de piedra, más alta que un hombre bien 
dispuesto, con cuatro puertas muy anchas, que respondían á las calles 
principales, que venían hechas de terrapleno. Por las tres calzadas que 
antes dixe, y por otra parte de la ciudad que no tiene calzada, sino una 
ancha calle en medio deste espacio, que era grandísimo, muy llano y muy 
pisado, con arte que se levantaba del suelo tres ó cuatro gradas, estaba 
una como cepa de tierra y piedra mesclada con cal muy maciza, esquinada 
como el patio, ancha de un cantón á otro más de setenta brazas. Como 
salía de tierra y comenzaba á crescer el montón, tenía unos grandes 
relexes y á manera de pirámide como las de Egipto; cuanto más la obra 
crescía tanto más se iba estrechando la cepa y disminuyendo los rele.xes; 
rematábase no en punta, sino en llano y en un cuadro de hasta doce ó 
quince brazas. Por la parte de hacia poniente no llevaba relexes, sino 
gradas para subir á lo alto, cada una no más alta que un buen palmo. 
Eran todas ellas ciento y trece ó ciento y catorce (otros dicen que más 
de ciento y treinta); como eran muchas y altas y de gentil piedra, 
artificiosamente labradas, desde lexos y cerca parescían por extremo 
bien. 

Era cosa muy de mirar ver subir y baxar por allí los sacerdotes, 

(1) Tachado: ‘‘españoles.” Sitl>lido: “castellanos.” 

(2) Tach.: “sabios.” SnpL: “pláticos.” 

(3) Tach,: Vicilopuchtli.” Supl.: “Vizilipuztli.” 

(4) Tach.: “como después diremos.” 



3io 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


vestidos de fiesta á su modo, con alguna cerimonia ó con algún hombre 
para sacrificar. En lo alto del templo había dos muy grandes altares, 
desviado uno de otro y tan juntos á la orilla y bordo de la pared, que no 
quedaba más espacio de cuanto un hombre pudiese holgadamente andar 
por detrás. El uno destos altares estaba á la mano derecha y el otro á la 
izquierda; no eran más altos que cinco palmos; cada uno dellos tenía sus 
paredes de piedra por sí, pintadas de cosas feas y monstruosas, con su 
capilla labrada de madera, como mazonería; tenía cada capilla tres 
sobrados, uno encima de otro, cada cual bien alto, hecho de artesones, á 
cuya causa se levantaba mucho el edificio sobre la pirámide, quedando 
una muy grande torre, • en gran manera vistosa, que de lexos parescía 
extrañamente bien. Desde ella se veía muy á placer toda la ciudad y 
laguna con sus pueblos, sin encubrirse ninguno, que era la mejor y más 
hermosa vista del mundo, y así, para dar este contento Motezuma á 
Cortés y á los suyos, los subió á él, acompañado de la principal caballería, 
hasta los altares, do estaba una placeta de buena anchura, donde los 
sacerdotes estaban bien á placer para vestirse y celebrar los oficios. 

Cortés, puesto en lo alto, mirando á una parte y á otra la más hermosa 
vista que jamás había visto, no se hartaba de verla, dando gracias á 
Dios y diciendo á los suyos: “¿Qué os paresce, caballeros, cuánta merced 
nos ha hecho Dios? Después de habernos dado en tantos peligros tantas 
victorias, nos ha puesto en este lugar de donde vemos tan grandes 
poblaciones. Verdaderamente, me da el corazón que desde aquí se han 
de conquistar grandes reinos y señoríos, porque aquí está la cabeza 
donde el demonio principalmente tiene su silla; y rendida y subjectada 
esta ciudad, será fácil conquistar todo lo de adelante. 

Acabado de decir esto, se volvió á Motezuma, diciéndole por la 
lengua que á señor de tan hermoso señorío razón era que los señores 
comarcanos reconosciesen, y que no hallaba otra falta sino que tan gran 
Príncipe y tanta gente estuviesen tan engañados, adorando y siguiendo 
al demonio, que no pretendía otra cosa que la destruición de sus vidas 
y almas. Con esto se abaxaron, no paresciendo mal á Motezuma estas 
palabras. 


CAPITULO XXI 

DE LO DEMÁS QUE EL TEMPLO TENÍA Y CÓMO SE HACÍAN LOS SACRIFICIOS (l) 

Cuando se hacían los sacrificios que ellos llamaban divinos, había 
todo género de música. Los sacerdotes se vestían y echaban sahumerios 
de diversas cosas; el pueblo todo, los hombres á una parte y las mujeres 
á otra, miraba y oraba hacia do el sol salía. En cada altar de los dos que 
está dicho había un ídolo muy grande, que cada uno representaba una 


(i) Tachado el epígrafe. 





LIBRO CUARTO.—CAP. XXI 


3n 


diferencia de dioses. Sin la torre que se hacía en las capillas sobre la 
pirámide había otras cuarenta ó más torres pequeñas y grandes en otros 
templos pequeños que estaban en el circuito del templo mayor, los cuales, 
aunque eran de la misma hechura, no miraban al oriente, sino á otras 
partes del cielo, por diferenciar el templo mayor de los otros, los cuales, 
siendo unos mayores que otros y cada uno dedicado á diferente dios, 
entre ellos había uno redondo, consagrado al dios del aire, que se llamaba 
Ouezakoatl, porque así como el aire anda alderredor del cielo, así le 
hacían el templo redondo. La entrada para este templo era‘una puerta 
hecha como boca de sierpe, pintada diabólicamente; tenía los colmillos 
y dientes de bulto, relevados; era tan fea y tan al natural, que no había 
hombre, por animoso que fuese, á quien no pusiese pavor y (i) espanto, 
especialmente á los cristianos, que les parescía verdadera boca del 
infierno; al entrar, por la oscuridad y hedor de la sangre de los 
sacrificados que dentro había, era más espantable é insufrible. Otros 
templos había en la ciudad, que tenían las gradas y subidas por tres 
partes, y algunos que tenían otros pequeños en cada esquina. 

Todos estos templos tenían casas por sí, con todo servicio y sacerdotes 
aparte y particulares dioses. A cada puerta, de las cuatro del templo 
mayor, había una sala grande con buenos aposentos alderredor, altos y 
baxos; estaban llenos de armas, ca eran casas públicas y comunes, porque 
los templos, aliende de que servían de casas de oración, eran las fortalezas 
con que en tiempo de guerra más se defendían, y por eso tenían en ellos 
la munición y almacén. 

Había otras tres salas á la par, con sus azoteas encima, altas, 
grandes, las paredes de piedra, pintadas, el techo de madera, é imaginería, 
con muchas capillas ó cámaras de muy chicas puertas y escuras allá 
dentro, donde estaban infinitos ídolos, grandes y pequeños, hechos de 
muchos metales y materiales. Estaban todos bañados en sangre y negros 
de como los untaban y rociaban con ella cuando sacrificaban algún 
hombre, y aun las paredes tenían una costra de sangre de dos dedos 
en alto y el suelo un palmo; hedían pestílencíalmente, y con todo 
esto, como la costumbre aliviana las cosas, entraban los sacerdotes cada 
día dentro con tanta facilidad como si entraran á un aposento muy rico 
y muy oloroso. No dexaban entrar dentro sino á personas muy señaladas, 
y aunque habían de ofrescer algún hombre para el sacrificio, aquellos 
ministros del demonio esperaban gentes que ofresciesen la innocente 
ofrenda, para lavarse las manos en la sangre de los que por no poder 
más los ofrescían al sacrificio. Hacían esto con tanta alegría y solicitud 
como si no mataran hombres como ellos, ni de su nasción ni ciudad, ni 
de aquellos de quien poco antes habían rescebido buenas obras: tanto 
podía el engano del demonio. Regaban (* *) con la sangre aquellos aposentos 
y aun echaban en las cocinas y daban á comer á las gallinas. Tenían un 

(i) Tachado: “pavor y.” 

(*) En el Ms. “Rogaban”, equivocadamente. 



3i2 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


estanque donde venia agua de Chapultepeque; allí se tornaban á lavar. 
Todo lo demás que las paredes del templo cercaban, que estaba vacío 
y descubierto, eran corrales para criar aves y jardines de hierbas, árboles 
olorosos, rosales y flores para los altares. Residían para el servicio del 
templo mayor cinco mili personas; todas dormían dentro y comían á 
costa dél, porque era riquísimo, ca tenía muchos pueblos para su gasto, 
fábrica y reparos, los cuales de concejo sembraban y cogían gran cantidad 
de semillas para el sustento de los que asistían en el templo, á los cuales 
eran obligados á dar pan, fructas, carne, pescado, leña cuanta era 
menester, y era menester (i) mucha más harto de la que se daba en el 
Palacio real, porque siempre la religión, aunque falsa, fué en todo 
preferida, y con todo esto aquellos pueblos, por servir á los dioses, tenían 
más libertades y vivían más descansados. 

Este era el gran templo y esta su grandeza y majestad, que en otra 
parte se particularizará más de propósito. Ahora digamos de sus 
ídolos (2), 


CAPITULO XXII 

DE LOS ÍDOLOS DEL TEMPLO MAYOR Y DE LOS OTROS MENORES (3) 

Era tanta la ceguedad de los mexicanos y aun andaban en la luz 
natural tan ciegos que, no discurriendo como hombres de buen juicio, á 
que todo lo criado era obra y efecto de alguna inmensa é infinita causa, 
la cual sola es principio y Dios verdadero, vinieron, así por engaños del 
demonio, que siempre procuró para sí la suniina veneración, como por 
sus enormes pecados (* *), en tan torpe y ciega ignorancia, y en sólo 
México, según la común opinión, tenían y adoraban dos mili dioses, 
de los cuales los principalísimos eran Vicilopuchtli (4) y Tezcatlipucatl, 
los cuales como supremios estaban puestos en lo alto del templo mayor, 
sobre los dos altares. Eran de piedra, bien proporcionados, aunque de 
feos y espantables rostros, tan grandes como gigantes bien crescidos; 
estaban cubiertos de nácar, insertas por la cobertura muchas perlas y 
piezas de oro, engastadas y pegadas con engrudo que llaman tzacotli. 
aves, sierpes, animales, peces, flores, rosas hechas á lo mosaico de 
turquesas, esmeraldas, calcidonias, ametistes (*''^) y otras pedrecillas finas, 
que hacían hermosa labor, descubriendo el nácar, que mucho resplandecía. 
Tenía cada ídolo déstos ceñida una gruesa cadena de oro al cuerpo, 
hecha á manera de culebra, y al cuello un collar grueso de oro hasta los 
hombros, de que pendían diez corazones de hombre, también de oro. 

(1) Tar/zaJo: “menester.’* 

(2) Tach. desde: “y majestad, que en otra parte,” hasta el final del capítulo. 

(3) Tach. el epígrafe. 

(*) En el Ms. se repite la palabra “vinieron**. 

(4) Tach.: “Vicilopuchtli.” Suplido: “Vizilipuztli.*' 

U*) ‘'Amatistas.*' 




LIBRO CUARTO.-CAP. XXII 


:>: :> 


Tenian asimismo una máxcara de oro muy fea y espantosa (i), con ojos 
de espejo, que de noche y de día relucían mucho y en la obscuridad 
ponían mayor pavor (2); al colodrillo tení'an un rostro de muerto, muy 
muerto, no menos espantoso. 

Todo esto entre los sacerdotes y sabios en su religión tenía sus 
sentidos y entendimientos literales, morales y aun, conforme á su error, 
anagógicos. Estos ídolos, según el pueblo decía, eran hermanos, aunque 
en los oficios y advocaciones, diferentes, ca (3) Tezcatlipiicatl era dios 
de la providencia, y Vicilopuchtli (4) de la guerra. Era éste, porque 
cada día se ofrescía, más venerado y tenido en mayor estima que los 
demás. 

Había otro ídolo de muy mayor estatura que estos dos, puesto sobre 
la capilla donde ellos estaban. Era esta capilla la mayor, mejor y más 
rica de todas cuantas había en el imperio de Motezuma, y era la causa 
porque á México acudían todas las riquezas de la tierra y la devoción 
de todos á estos ídolos. Era este ídolo muy grande, hecho de cuantas 
semillas se hallaban en la tierra, que se comen y aprovechan de algo, 
molidas y amasadas con sangre de niños innocentes y de niñas vírgines 
sacrificadas, abiertas por los pechos, para ofrescer los corazones, 
por primicias al ídolo, el cual, aunque era tan grande, era muy liviano 
y de poco peso, como si fuera hecho de corazones de cañaheja. 
Consagrábanle, acabado de enxugar, los sacerdotes, con grandísima 
pompa y cerimonias, donde se hacían grandes y excesivos gastos, porque 
se hallaba toda la ciudad y tierra presente á la consagración con 
grande regocijo é increíble devoción. Las personas devotas, con grande 
reverencia, después de bendecido, llegaban á tocarle con la mano, metían 
por la masa las más ricas y presciosas piedras que tenían, tejuelos de 
oro y otras joyas y arreos de sus cuerpos. Hecho esto, y puesto con 
grandísima pompa y ruido grande de música en su capilla, de ahí 
adelante ningún seglar podía entrar á do él estaba, cuanto más tocarle, ni 
aun los religiosos, si no era sacerdote, que en su lengua se llamaba 
Tlamacaztli. Era este ídolo muy negro; renovábanlo de tiempo á tiempo, 
desmenuzando el viejo, que por reliquias se repartía á personas 
principales, especialmente á hombres de guerra, que para defensa de sus 
personas lo traían consigo. Bendecían con este ídolo una vasija de agua 
con grandes cerimonias y palabras; guardábanla al pie del altar, con 
gran religión, para cuando el P.ey se coronaba, que con esta agua le 
consagraban, y para bendecir al Capitán general cuando le elegían para 
alguna señalada guerra, dándole á beber della. 

Hacían de cierto á cierto tiempo otro ídolo de la manera déste, 
el cual, después de desmenuzado por los sacerdotes en pequeñas partes, 

0 ) Taclia do : “y espantosa.” 

(2) Tach.\ “pavor.” SupL: “espanto.” 

(3) Tach.: “ca.'* Snpl.: “porque.” 

(4) Tach.: “ \qcilopuchtli. ” SupL: “Vizilipuztli.” 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


3i4 

le daban á comer en manera de comunión á los hombres y mujeres, los^ 
cuales para este día tan festival y de tanta devoción, la noche antes 
se bañaban, lavaban la cara'y las manos, adereszaban el cabello y casi 
no dormían en toda la noche; hacían su oración y en siendo de día 
estaban todos en el templo para la comunión, con tanto silencio y devoción; 
que con haber innumerable gente parescía no haber nadie. Si algo quedaba 
del ídolo, comíanlo los sacerdotes. Iba á esta cerimonia Motezuma con 
gran caballería, riquísimamente adereszado. Después de la fiesta, en honra, 
della, mandaba hacer grandes banquetes, muchas fiestas y regocijos. Los 
demás dioses, aunque eran tantos, cada uno era abogado para cosa 
particular; y como las enfermedades son tantas, cada uno era de la 
suya, y así para las demás nescesidades humanas, especialmente para las 
sementeras de sus maizal-es, porque cuando las cañas estaban pequeñitas 
sacrificaban niños casi recién nascidos, y cuando mayores, mayores, y así 
iban subiendo hasta que el maíz estaba en mazorca y maduro, que 
estonces sacrificaban hombres viejos. Estos sacrificios ofrescran á Ios- 
dioses de las sementeras por que se las guardasen. Y porque sería cosa 
muy larga decir las demás cosas tocantes á su vana religión, sólo diré, 
que es lo que en el capítulo siguiente se sigue, el osario que tenían en: 
memoria de la muerte (i). 


CAPITULO XXIII 

DEL OSARIO QUE LOS MEXICANOS TENIAN EN I^IEMORIA DE LA MUERTE (2) 


Como en todas las cosas que tocaban á la religión fuesen tan solícitos 
y cuidadosos los mexicanos entre todos los otros deste (3) Nuevo Mundo, 
ó por mostrar los muchos sacrificios que á sus dioses hacían, ó por 
traer á la memoria la muerte á que todos los hombres están subjectos, 
freno grande de próspera y adversa fortuna, tenían un osario de cabezas 
de hombres presos en guerra y sacrificados á cuchillo. Fuera del templo 
y enfrente de la puerta principal, lexos della más que un tiro de piedra, 
estaba hecho á manera de teatro, más largo que ancho, fuerte, de cal 
y canto, con gradas en que estaban enxeridas entre piedra y piedra 
calavernas (*) con los dientes hacia fuera. A la cabeza y pie del teatro 
había dos torres hechas solamente de cal y cabezas, que como no llevaban 
piedra ni otra materia, á lo menos que paresciese, estaban las paredes 
bien extrañas, que por una parte ponían pavor (4) y por otra hablaban 


(1) Tachado desde \ “Y porque sería cosa muy larga decir”, hasta el final de 
capítulo, 

(2) Tach. el epígrafe. 

(3) Tach.: “deste.” Suplido: “de aquel”. 

(^) Anticuado: “calaveras.” 

(4) Tach.: “pavor.” SupL: “espanto.” 





LIBRO CUARTO.— CAP. XXIV 


3l3 


al espíritu, porque donde quiera que el hombre volvía los ojos topaba 
con la muerte, para que era nascido (i). 

En lo alto del teatro, que adornaba mucho el osario, había sesenta ó 
más vigas altas, apartadas unas de otras cuatro palmos ó cinco, llenas 
de palos cuanto cabían de alto [á] abaxo, enxeridos de una viga á otra, 
dexando cierto espacio entre palo y palo, haciendo muchas aspas, en 
cada tercio de los cuales estaban ensartadas cinco cabezas por las sienes. 
Eran tantas que, según cuenta Gomara (* *), de relación de Andrés de 
Tapia y Gonzalo de Umbría, que las contaron muy de su espacio, pasaban 
de ciento y treinta mili calavernas, sin las que estaban en las torres, que 
no pudieron contar. Condena Gómara esta costumbre, por ser de cabezas 
de hombres degollados en sacrificio, como efecto que emanaba de causa 
tan cruel como era matar los innocentes; y tiene razón, porque si fueran 
las calavernas de hombres que hubieran muerto muerte natural, piadosa 
cosa fuera ponerlas adonde, muchas veces visUs, levantaran el espíritu’ 
á consideración de la muerte. Tenían tan gran cuidado de que como 
trofeos estuviesen siempre estas cabezas puestas por su orden, que había 
personas diputadas para poner otra cuando alguna se caía, porque ni el' 
número ni el orden (2) faltase, que según su supertición lo tenían por 
cosa divina y celestial (3). 


CAPITULO XXIV 

DE LA DESCREPCIÓN Y GRANDEZA QUE HOY TIENE LA CIUDAD DE MEXICO 
DESPUÉS QUE ESPAÑOLES POBLARON EN ELLA (4) 


Es cosa cierta, pues dello hay tantos testigos de vista, que como en 
su gentilidad la ciudad de Aléxico era cabeza deste Nuevo Alundo, así 
lo es ahora después que en él se ha promulgado el sancto Evangelio, 
y cierto lo meresce ser, por las partes y calidades que tiene, las cuales 
en pocos pueblos del mundo concurren como en éste. Dése rehíle interior 
y exteriormente en latín en unos Diálogos que añedí á los de Luis 
Adves (**), por parescerme que era razón que, pues yo era morador desta 
insigne ciudad y Catedrático en su Universidad, y la lengua latina tan 
común á todas las nasciones, supiesen primero de mí que de otro la 


(1) Tachado', “para que era nascido.’’ 

(*) Conquista de Méjico, cap. fif. ‘‘El osario que los mejicanos tenían para 
remembranza de la muerte”. 

(2) Tach.: “el orden.” SupL: “la orden,” 

(3) A ¡a margen inferior: “Finís,” 

(4) Tach. el epígrafe. Al margen: “No se ponga esto aquí.” 

(**) Se iimpnmieron en Méjico en i¿S4 con el título de “Francisci Cerv.\ntis, 
S-\L.\ZARrs, Toletani, ad Ludovici Vivís, Valentini, EXERCIT.\TIONE^t Aliouot 
Di.\logi. ’ Fueron reimpresos con traducción castellana y notas por Joaquín García 
Icazbalceta. México, 18/5. 



3i6 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


grandeza y majestad suya» la cual hubiera ido en muy aumento como en 
las demás cosas, si el Virrey hobiera dado más calor (i). 

Está puesta la población de los españoles (2) entre los indios de 
México y del Tlatelulco, que la vienen á cercar casi por todas panes. 
La traza es la que dió al principio Hernando Cortés, tan acertada como 
todo lo demás que hizo (3); el suelo es todo llano en la mayor parte 
dél; antiguamente había agua; las calles todas son tan anchas que 
holgadamente pueden ir por ellas dos carros que el uno vaya y el otro 
venga, y tres á la par; son muy largas y derechas, pobladas de la una 
parte y de la otra por cuerda de casas de piedra, altas, grandes y 
espaciosas, de manera que, á una mano, no hay pueblo en España (4) de 
tan buenas y fuertes casas. 

En la plaza, que es la mayor que hay en toda Europa, en el medio 
«della, está la iglesia mayor, que paresce, conforme á la grandeza de la 
ciudad, más ermita que» templo sumptuoso. La causa fué haberla hecho 
al principio, de prestado, los oficiales del Rey, en ausencia de Fernando 
Cortés, que eran Alonso de Estrada, Gonzalo de Salazar y Rodrigo de 
Albornoz. Era bastante iglesia para los pocos españoles (5) que estonces 
había. Después, venido (6) Cortés (7), esperando grandes oficiales para 
hacerla, como él decía, tan sumptuosa como la de Sevilla, se fué á España 
y así ha quedado (8) hasta ahora (9) que el Rey la manda hacer; tráense 
los materiales para ella; no la verán acabada los vivos, según la traza 
con que se pretende hacer (10). 

Toda esta plaza, con ser tan grande, está cercada por la una parte de 
portales y tiendas, donde hay grandísima cantidad de lodas mercadurías, 
y concurren á ella de fuera de la ciudad, así de españoles (ii) como de 
indios, mucha gente. La mayor parte de la acera que mira al oriente ocupa 
una casa que Hernando Cortés hizo, en la cual reside el Adrrey é Oidores, 
con tiendas por debaxo, que dan mucha renta. Es tan grande esta casa y de 
tanta majestad, que aliende de vivir el \urrey con todos sus criados en 
ella y los Oidores con los suyos, hay dentro la cárcel real, la casa 
de la moneda, una plaza donde está una tela donde los caballeros se 


(1) Tachado desde: “como en este. Descr^bile interior y exteriormente” hasta: 
“si el virrey hobiera dado más calor." SiipÜdo: “Escríbelo muy bien el Doctor 
Cervantes, catedrático de la Universidad de Aléxico, en unos diálogos latinos que 
añadió á los de Luis Vives.” 

(2) Tach.: “Está puesta la población de los españoles.” Sttpí.: “Está la 
población de los castellanos.” 

(3) Tach.: “tan acertada como todo lo demás que hizo.” 

(4) Tach.: “en España." Síipl.: “en Castilla." 

(5) Tach.: “españoles.” Sufd.: “castellanos." 

(6) Tach.: “venido.” Siipl.: “de welto." 

(7) Añadido: “de Castilla.” 

(8) Tach.: “se fué á España, y así ha quedado." Suplido: “se quedó asi.” 

(9) Tach.: “ahora." 

(10) Tach.: “traense los materiales para ella; no la verán acabada los vivos, 
según la traza con que se pretende hacer." 

(11) Tach.: “de españoles.” Suplido: “de castellano.^" 





LIBRO CUARTO.— CAP. XXIV Siy 

exerciíaii (i), allende de muchos patios y jardines que tiene el aposento 
del Virrey é Oidores. La parte por do sale á la plaza tiene unos 
corredores de arcos de cantería sumptuosísimos, á par de los cuales 
están las salas y estrados donde se hace audiencia y los aposentos donde 
asisten los secretarios della. En la misma acera, estando la calle de Sant 
Francisco en medio, se continúan los portales y tiendas hasta llegar á 
otra calle, por la cual pasa la principal acequia de la ciudad, sobre la 
cual está la otra acera que mira al norte. En ésta está la Audiencia de los 
Alcaldes ordinarios, la cárcel de la ciudad, las casas de cabildo, la 
fundición y caxa real y adentro la platería; casas todas muy grandes 
y espaciosas de cantería, con portales baxos y corredores altos de piedra, 
que por extremo hermosean la plaza. Un callejón en medio, se siguen 
los Portales que llaman de Doña Marina, con tiendas debaxo y casas 
de morada encima. En la otra acera que mira al poniente están las casas 
del Marqués del Valle, que son muy mayores y de mayor majestad que 
las del Conde de Benavente en Valladolid, en las cuales vive su 
Gobernador Pedro de Ahumada Samano y su Mayordomo mayor y 
otros oficiales de su casa (2). En la misma acera se sigue[n], estando la 
calle en medio, que va á las casas arzobispales y hospital de las bubas (3), 
otras muchas casas y algunas muy principales, como son las del 
Adelantado Monte jo, las de Alonso de Avila, Alvarado. Luego se sigue 
la otra acera que cae sobre la calle que va á las Atarazanas, que se llama 
de Tacuba, toda muy poblada de tiendas y contrataciones. Adornan mucho 
la plaza cuatro torres; las dos que están á las esquinas de la casa donde 
el Virrey é Oidores viven, que hizo el Marqués (4) ; la de la casa de 
Monte jo y la de Joan Guerrero, 

Saliendo desta tan señalada plaza, por seis calles se va á seis notables 
edificios. Por el Audiencia de los Alcaldes se va á Sant Agustín, moneste- 
rio sumptuosísimo de Augustinos, el más rico de rentas, ornamentos y pla¬ 
ta que hay en estas (5) partes. Llámase la calle del nombre del monesterio; 
hay en ella gran contratación de tiendas y oficiales y están en ella las 
carnicerías. Por la calle que está par de la esquina de las casas del 
Aíarqués, se va al hospital de Nuestra Señora, que el Marqués edificó y 
doctó, donde se curan los pobres enfermos que vienen de España (6); 
tiene grandes indulgencias y perdones; no está acabado ; lleva principios 
de muy sumptuoso edificio. En esta calle hay muchas casas principales. 
Por la otra calle, á la acera del Marqués, se va á las casas arzobispales, 
que aunque no son muy grandes, son muy fuertes, con dos torres de cal 


(1) Añadido: “justando.” 

(2) Tachado : “en las cuales vive su Gobernador Pedro de Ahumada Samamo, y 
su Mayordomo mayor y otros oficiales de su casa.” 

(3) Tach.\ “de las bubas.” Suplido: “de los incurables.” 

(4) Añadido: 

(5) Tachado: “en estas.” Suplido: “en aquellas.” 

(6) Tach.: “vienen de España.” SupL: “van de Castilla.” 



3i8 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


canto muy altas; edificada toda la casa sobre un terrapleno, que 
antiguamente era cu, tan levantado de la calle que hasta el primer suelo, 
donde el Arzobispo tiene su aposento, hay una pica en alto. Derecho, por 
esta calle, está frontero el hospital de las bubas (i), casa de gran devoción 
y para en estas (2) partes de gentil edificio. Cúranse aquí á la contina mu¬ 
chos enfermos; hácense grandes limosnas: hay muchas indulgencias y 
perdones. Las casas arzobispales y este hospital hizo Don fray Joan de 
Zum* *árraga, primer Arzobispo de México, de buena memoria (3). Luego 
por la misma acera se va por otra calle muy larga á dar á la iglesia de 
la Sanctísima Trinidad, y mucho más adelante á la fortaleza que llaman 
Atarazanas. Su Alcaide se llama Bernardino de Albornoz, Regidor de 
México (4). Debaxo destas Atarazanas están, ad perpefuam Rex 
mcmoriam (*), puestos por su orden, los trece bergantines que el ITarqués 
mandó hacer á Martin López, con los cuales se ganó esta (5) ciudad. Da 
contento verlos, y á cabo de tanto tiempo están tan enteros como cuando se 
hicieron. Cae esta fortaleza sobre el alaguna, hermosa vista, por la 
grandeza della y peñoles que en ella parescen y canoas de pesquería. 
Es ruin el edificio, y sería acertado para adelante fuese tan fuerte como 
la grandeza de la ciudad lo meresce. Por la otra calle que cruza por 
ésta que va á las Atarazanas, se va al monesterio de Sancto Domingo, 
de la Orden de los Dominicos (6). Hay en esta calle hasta más de la 
mitad della muchas tiendas de diversos oficios, y luego, antes de llegar 
al monesterio, se hace una buena plaza cuadrada, que por la una parte 
tiene unos portales de cantería y casas de morada encima, con tiendas 
debaxo. Frontero en la otra acera hay tres casas muy sumpiuosas de 
caballeros principales. El monesterio, que está entre la una acera y Ta 
otra, es muy grande; tiene un templo de sola una nave, de las mayores 
que yo [he] (7) visto, ahora se comienza y prosigue otro que será muy 
de ver (8) : tiene por las espaldas una muy hermosa huerta y acequia. Hay 
en esta casa mucho exercicio de letras. Por la otra calle, que 'llaman de 
Tacuba, que comienza desde la esquina y Torre del Relox, se va á la 
\xracruz, templo de donde salen el Jueves sancto los cofrades de la 
Veracruz, y desde ahí, por la calzada adelante, un buen trecho, está la 
iglesia de Sant Hipólito, en cuyo día se ganó esta ciudad. Esta calle se 
llama así porque va derecha al pueblo de Tacuba hasta la mitad della ó 
poco menos. Por la una acera y por la otra hay gran bullicio y ruido de 
todo género de oficiales, herreros, caldereros, carpinteros, zurradores. 


(1) Tachado: “de las bubas.” Suplido: “de los incurables.” 

(2) Tach.: “estas.” SupL: “aquellas." 

(3) Tach.: “de buena memoria.” 

(4) Tach.: “Su Alcaide se llama Bernardino de Albornoz, Regidor de México.” 

(*) Así en el Ms. Mejor se leería: “ad perpetuam rei memoriam.” 

(5) Tach.: “esta.” Suplido: “la.” 

(6) Tach.: “de la Orden de los Dominicos.” 

(7) Tach.: “yo [he].” Suplido: “se ha.” 

A8) Tach.: “Ahora se comienza y prosigue otro, que será muy de ver.” 





LIBRO CUARTO. —CAP. XXV SlQ 

^espaderos, sastres, jiibeteros, barberos, candeleros y otros muchos. De ahi 
adelante hasta la \^eracruz, por la una parte y por la otra, hay muchas y 
muy sumptuosas casas de personas principales. Es esta la más hermosa 
y vistosa calle de la ciudad; sálese por ella derecho á las huertas. Es esta 
la más hermosa salida que hay en muchas partes del mundo, por la 
grandeza y muchedumbre de las huertas, por el agua de pie y fuertes y 
hermosas casas de placer. Por la otra calle, la cual también hasta la mitad 
tiene muchas tiendas, de ahi adelante las casas principales, se va á Sant 
Francisco, monesterio de Franciscos (i). Su templo y casa es mediano: 
la huerta y patio primero son muy grandes. En este patio, que está 
rodeado de árboles con una cruz altísima de palo en medio, está hacia 
el occidente la capiha de Sant Joseph que, como dixe en el Túmulo 
Imperial que escrebi de las obsequias del invictísimo Scesar Don Carlos 
-quinto (*) (2), tiene siete naves; caben en ella toda la ciudad de 
■españoles (3) cuando hay alguna fiesta; es muy de ver, porque está 
artificiosamente cubierta de madera sobre muchas columnas ; tiene 
delante una lanza de arcos de cantería; está muy clara, porque la 
capilla es alta y descubierta toda por delante, que los arcos de cantería 
son baxos y sin^en más de ornato que de abrigo y cobertura. 

CAPITULO XXV 

DO SE PROSIGUE LA DESCRIPCIÓN Y GRANDEZA DE MEXICO (4) 

Allende destos templos que por las calles que dixe se va á ellos, hay 
el templo de Sant Pablo, que está en el destricto de los mexicanos, 
donde todas las fiestas gran cantidad de indios y algunos españoles (5) 
vecinos oyen misa. Adelante está la ermita de Sant Antón, sobre la 
calzada de Yztapalapa. Hay de la otra parte en la población de los 
•españoles un monesterio de monjas de la Madre de Dios, que aunque en 
el edificio no es señalado, en el número de monjas y en la bondad y 
observancia de la religión y calidad de sus personas es tan célebre como 
algunos de los nombrados de Castilla, porque en él hay muchas monjas, 
das más dellas hijas de hombres principales. Comiénzase ahora otra 
casa cerca désta, donde se mudarán para tener el templo y morada que 
conviene. Hacia esta parte, que también se llama México, hay muchas 
iglesias de los indios, como son Sancta María la Redonda y Sant Joan 
■y otras de los españoles sobre el acequia que corre. Al un lado del 

(i) Tachado: “monesterio de Franciscos.” 

{*) Túmulo Imperial de la gran ciudad de México. Por Antonio de Espi- 
nosa.^ México, 1560. Ha sido reproducido por García Icazhalceta en su “Bibliografía 
Mexicana del siglo xvi.” 

“que como dixe en el Túmulo Imperial que escrebi de las obsequias 
>del invictísimo Scesar Don Carlos quinto.” 

(3) Tachado: “ españoles. ” 5 «/)/íí/í) : “castellanos." 

(4) Al margen: “Ni esto, que es para otra parte.” 

(5) Tachado: “españoles.” Suplido: “castellanos.” 



320 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


morjesterio de Sant Francisco está el Colegio de los Niños Huérfanos, 
que llaman de la Doctrina, los cuales son muchos y muy bien enseñados, 
porque dentro hay siempre un capellán, un mayordomo é un maestro que 
enseña á leer y escrebir, con todo el servicio nescesario; es casa muy 
devota, aunque no de bravo edificio. Hanle concedido los Summos 
Pontifices las indulgencias de que goza Sant Joan de Letrán de Roma, y 
así tiene esta advocación el colegio. Dícense en él cada día muchas misas, 
porque mueren pocos que no manden decir misas. Gobierna esta casa un 
Rector y ha de ser uno de los Oidores, y cuatro diputados. Adelante está 
un hospital con muy buenas tiendas que los indios han hecho para renta 
dél, donde se curan los indios pobres y enfermos. Un poco más adentro en 
la ciudad, frontero de la otra parte de Sant Francisco, está el Colegio (*) 
de las Huérfanas, que es buena casa y espaciosa, de gran recogimiento, 
donde hay una madre que gobierna la casa. Hay muchas doncellas: 
unas que se resciben por amor de Dios, hasta que se cumple cierto 
número; otras que tienen padres ricos ó haciendas de que se sustenten. 
Se resciben para ser enseñadas en la doctrina cristiana y estar recogidas, 
aprendiendo á labrar y coser, hasta que es tiempo de tomar estado. 
Cásanse de las huérfanas pobres cada año cuantas puede casar la Cofradía 
de la Caridad, cuyo Rector y diputados tienen cargo de la administración 
desta casa, que cierto era bien nescesaria en esta ciudad. Hace la Cofradía 
de la Caridad, porque es la más principal y donde son hermanos todas 
las personas de suerte, muchas limosnas, no sólo en esto, mas en salir 
á rescebir los pobres y enfermos que vienen de España. Va un canónigo 
de la iglesia mayor á ello, que hasta ahora ha sido siempre el canónigo 
Sanctos. Hay en el camino un hospital que se dice de Perote, porque en 
todo lo demás del camino hay poco refrigerio. 

Hay asimismo en el districto de México las iglesias de Sancta 
Catalina y Sant Sebastián y Sancta Ana. Desde este templo comienza 
la población de los indios de Sanctiago, donde está la gran plaza que 
dixe. Hay aquí muchas iglesias de indios, pero en la plaza está un 
monesterio que se llama de Sanctiago, que es de flaires franciscos, de 
gentil edificio, é gran sitio, donde acude las fiestas á oir misa y sermón 
toda aquella población. Junto á este monesterio está un colegio también 
de buen edificio y muy grande, donde hay muchos indios con sus opas, 
que aprenden á leer, escrebir y gramática, porque hay ya entre ellos> 
algunos que la saben bien, aunque no hay para qué, porque por su 
incapacidad no pueden ni deben ser ordenados, y fuera de aquel 
recogimiento no usan bien de lo que saben. Tiene cargo deste colegio 
el guardián del monesterio; base tractado de comutarlo en españoles, y 
sería bien acertado. Y porque las insignes ciudades para el proveimiento 
de los vecinos han de tener agua de pie y esta ciudad la tenía por algunas 
calles della, al presente se trae por todas, y en cada esquina se hace un arca 


(*) En ei Ms. “Coksio”. 




LIBRO CUARTO.—CAP. XXVI 


321 


de piedra, donde los vecinos pueden tomar agua, sin la que entrará en 
muchas casas. El edificio donde se rescibe para hacer el repartimiento 
della es muy hermoso y de gran artificio. Hácele Claudio de Arceniega, 
maestro mayor de las obras de México. Es el obrero mayor que asiste 
á las obras, por elección del regimiento de la ciudad, Don Fernando de 
Portugal, Tesorero de Su Majestad. 

Está puesta toda esta ciudad con la población de indios muy en llano' 
rodéanla á tres y á cuatro leguas muchos montes y sierras; los campos 
que están á las vertientes son muy llanos, muy fértiles, alegres y sanos, 
por los cuales corren diversas aguas y fuentes. Hay en ellos muchos 
pueblos de indios con muy buenos templos y monesterios. Cógese mucha 
trigo y maíz, é hay muchas moliendas y ganado menor. Es tierra de caza 
y la laguna de mucha pesca, porque hay poca en los ríos. Tiene exidos, 
donde pasee todo género de ganados. A media legua, entre las huertas 
tiene un bosque, cercado con una muy hermosa fuente de donde viene el 
agua á la ciudad; llámase Chapultepeque. Don Luis de Velasco, Visorrey 
desta Nueva España, hizo una casa; sobre la casa, aunque pequeña, muy 
buena y sobre lo alto del bosque edificó él mismo una capilla redonda, 
la cosa más graciosa y de ver, que de su tamaño hay en toda la ciudad ; 
tiene sus petriles (*) alderredor, de donde se paresce toda la ciudad, 
laguna, campos y pueblos, que verdaderamente es una de las mejores 
vistas del mundo. Hay en este bosque muchos conejos, liebres, venados y 
algunos puercos monteses. Ciérrase todo el bosque con una puerta fuerte, 
sobre la cual puse yo esta letra: Nemiis edifitio et amenitate piilchrnm 
delitias popiili Ludovictis Vclascus, hiijus provinciae prorcx, Scaesari 
suo consecrat, que quiere decir: “Don Luis de Velasco, Visorrey desta- 
provincia, dirige al Emperador, su señor, este bosque, en edificio y fres¬ 
cura, hermoso pasatiempo de la ciudad.’" 

Estas y otras muchas cosas señaladas tiene la muy insigne, muy leal 
é muy nombrada ciudad de México, cabeza de todo este Nuevo Mundo, 
de donde han salido y salen los Capitanes y banderas que en nombre de 
Su Majestad han conquistado y conquistan, como en su lugar diré, todas 
las demás provincias que hasta ahora están subjectas á la Corona real 
de Castilla. E porque ya es razón, por la gran digresión que he hecho,, 
que ha parescido ser nescesaria, volver al contexto de la obra y historia, 
proseguiremos lo que más avino á Cortés estando en México. 

CAPITULO XXVI 

DEL HAZAÑOSO HECHO DE CORTES EX LA PRISIÓX 
DEL GRAN SEÑOR MOTEZUMA (l) 

En todas las cosas que hasta entrar en la imperial ciudad de !México‘ 
á Cortés habían subcedido, como paresce por lo que dicho tenemos, ers 


(*) Anticuado, “Pretiles, 
(i) Tachado el epígrafe. 


21 



¿'22 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


los peligros mostró grande esfuerzo y la confianza que en Dios tenia; 
en las consultas, gran prudencia, y en todo, la gran ventura que tuvo; 
pero hasta determinarse á prender al gran señor ]\íotezuma y 
determinado salir eon ello fué eosa que ningún Capitán ni Principe ha 
hecho, de todos los que por las escripturas se saben; considerando ser 
él y trecientos hombres, apartados del puerto sesenta leguas y metidos 
donde había indios easi sin número, en eiudad eereada toda de agua, la 
más grande y poderosa de todo este Xuevo Efundo, en su propria casa 
y entre tantos y tan poderosos señores de quien INlotezuma más que Rey 
era servido, amado, temido y acatado. Y porque, aunque este hecho, 
que excedia á todo ánimo humano, por su gran dificultad, no parezca 
temerario y subcedido más acaso que gobernado y regido por prudencia, 
será bien que el lector entienda que, segúin los más dicen (i), pasados 
seis días que Cortés con mucho cuidado anduvo mirando el asiento, 
fortaleza y edificios de la soberbia (2) ciudad, revolviendo en su pecho 
por la una parte lo mucho á que se había puesto, y por la otra la gran 
dificultad que había para poder salir con ello, porque muchos de los 
suyos le venían con nuevas temerosas, que aunque él las disimulaba, eran 
las más verdaderas, diciendo que los señores y los demás Capitanes, 
de secreto, trataban con Motezuma cómo todos los cristianos (3) muriesen, 
ayudaba á esto á banderas desplegadas (4) el demonio, con quien en tan 
breve tiempo habló muchas veces iMoteziima, pidiéndole consejo, el cual 
le respondía que ya era tiempo que á tan pocos hombres los sacrificase 
y hiciese fiesta con su sangre á los dioses. No estaba fuera deste parescer 
Motezuma, si por otra parte ser de su natural condisción clemente y (5) 
piadoso, y el miedo que tenía á los españoles (6) no lo estorbara. 

Estando, pues, Cortés en tan gran dubda, rescibió cartas de Francisco 
Alvarez Chico, aunque otros dicen que de Pedro Dircio, Teniente su\'0 
en (7) la Veracruz, las cuales decían así: ‘Aluy magnífico señor (8): 
Después que vuestra Merced desta villa partió, lo que hay de nuevo que 
hacerle saber es que (9) el Qualpopoca, señor de la ciudad [r;í blanco] (*). 
que después nosotros llamamos (10) Almería, me (ii) invió á decir por 


(1) Tachado desde el comienzo del capítulo, hasta: “será bien que el lector 
entienda que según los más dicen.” Suplido: “Volviendo, pues á la historia.” 

(2) Tach.: “soberbia.*' 

(3) Tach.: “cristianos.” Suplido: “castellanos." 

(4) Tach.: “á banderas desplegadas.” 

(5) Tach.: “clemente y." 

(6) Tach.: “españoles.” Suplido: “castellanos.” 

(7) Tach.: “aunque otros dicen que de Pedro Dircio, teniente suyo en.” Supli¬ 
do: “alcaide de.” 

(8) Tach.: “las cuales decían'así: Muy magnifico señor.” Supl.: “en que de¬ 
cía que.” 

(9) Tach.: “vuestra Merced desta villa partió, lo que hay de nuevo que hacerle 
saber es que.” SiipL: “de alli.” 

(*) NAUTL.^N, según se dice en varias partes de esta Crónica. 

(10) Tach.: “después nosotro.^í llamamos." Supl.: “se llama.” 

(11) Tach.: “me.” Supl: “le.” 








LIBRO CUARTO.—CAP. XXVI 


323 


SUS mensajeros (i) que tenía gran deseo de ser vasallo del Emperador, 
nuestro Rey é señor (2), y que si hasta estonces no había venido (3) á 
dar la obediencia que era obligado y á ofrescerse á su real (4) servicio 
con todas sus tierras y señorío, había sido la causa no haberse atrevido 
á pasar por tierra de sus enemigos, que estaban en el medio del camino; 
pero que si yo (5) le inviase cuatro de los teules que comigo (6) tenía, 
que con la demás (7) gente que él tenía (8) pasaría sin miedo por entre 
sus enemigos, sabiendo cierto que no le enojarían, é que vendría luego 
á dar la obediencia al Emperador de los cristianos, cuyo vasallo y esclavo 
él deseaba ser. Yo (9), creyendo ser así lo que decía, porque en lo de 
los enemigos decía verdad, le invié (10) cuatro españoles, pensando que, 
como él decía querer venir al servicio de Su Majestad, lo hicieran 
otros, pero ha salido al revés, porque en llegando los cuatro españoles, 
haciéndoles al principio buen rescibimiento y muchos regalos (ii), de 
secreto, sin que él paresciese que entendía en ello, los mandó matar (12); 
murieron los dos y los otros dos se escaparon (13) malamente heridos : 
vinieron á mí, que no fué poca ventura, y dándome cuenta de lo 
pasado (14), con cincuenta españoles (15) y dos de caballo y dos tiros de 
pólvora, con hasta ocho ó diez mili indios amigos, di sobre la ciudad, 
peleé con los vecinos della, sobre razón que habían muerto seis ó siete 
españoles ; tomóles la ciudad, maté muchos, y los demás eché fuera ; 
quemé y destruí la ciudad, porque así convino (16). Los indios amigos eran 
tan grandes enemigos dellos (17) que al que podían coger no le daban 
vida, Qualpopoca y otros señores, sus aliados, que en su favor habían 
venido, se escaparon huyendo, y de algunos (18) prisioneros que tomé, me 


(1) Tachado: “por sus mensajeros.” 

(2) Tachr. ''Emperador, nuestro Rey é señor.” Suplido: “Rey de Castilla.” 

(3) Tach.: “venido.” SiipL: “ido.” 

(4) Tach.: “real.” 

(5) Tach.: “yo,” 

(6) Tac/j.: “comigo.” 

(7) Tach.: “la demás.” Siipl.: “su.” 

(8) Tach.: “que él tenía.” 

(9) Tach.: “vendría luego á dar la obediencia al emperador de los cristianos, 
cuyo vasallo y esclavo él deseaba ser. Yo..” Suplido: “iría, y que.” 

(10) Tach.: “invié.” SupL: “invió." 

(11) Tach. desde: “españoles, pensando que, como él decía”, hasta: “hacién¬ 
doles al principio buen rescibimiento y muchos regalos.” SupL: “castellanos, á los 
cuales hizo al principio buen acogimiento, y que.” 

(12) Añadido: “v que.” 

(13) Añad.: “y.” 

(14) Tach.: “vinieron á mí, que no fué poca ventura, y dándome cuenta de lo 
pasado.” SupL: “llegaron á la Villa Rica, por lo cual el dicho Francisco Alvarez 
Cchico.” 

(15) Tach.: “españoles.” SupL: “castellanos.” 

(16) Tach. desde: “di sobre la ciudad, peleé con los vecinos della,” hasta: “y 
destruí la ciudad, porque así convino.” SupL: “fué contra él y llegaron á las manos, 
porque también se halló que había hecho matar otros seis ó siete castellanos, y que 
le tomó el pueblo y mató mucha gente y le asoló, y que.” 

(17) Tach.: “dellos.” Supl.: “suyos.” 

(18) Tach.: “y de algunos.” Supl.: “y que de algunos.” 




CRÓXICA DE LA XÜEVA ESPAÑA 


324 

informé cuyos vasallos eran los que en defensa de la ciudad estaban,, 
los cuales dixeron que de Motezuma, el cual (i) había inviado á mandar 
á Qualpopoca y á los otros señores que allí habían venido, como á sus 
vasallos y mascegoales, que sobre seguro matase á los españoles, y que 
salido vuestra Merced de la Veracruz, viniesen sobre los indios que se- 
habían aliado y ofrescido al servicio del Emperador, y que tuviesen todas 
las formas que ser pudiesen para matar los españoles que vuestra Merced 
aquí dexó, porque no se pudiesen ayudar ni favorescer á los rebeldes. 
Vuestra Merced verá sobre esto lo que conviene hacer, y mire que, pues* 
esto ha prescedido, que no puede estar en esa ciudad, donde es Rey é 
señor Motezuma, seguro/' 

Rescebida Cortés esta carta y entendidó por ella el subceso, del cual 
ya había tenido noticia en Cholula, comenzó á pasearse muy cuidadoso 
por una sala, pensando el pro y contra de tan arduo negocio, ca por una 
parte veía que si se salía de la ciudad, perdía mucho y ponía su vida y la 
de los suyos en claro peligro de muerte, afrentando su nombre y nasción, 
desdorando todo lo que hasta estonces le había prósperamente subcedido. 
Por la otra vía, que convenía prender á Motezuma, y que era este negocio 
de grandísima dificultad; pero poniendo toda su esperanza solamente en^ 
Dios, y que tomando el uno ó el otro camino veía la muerte á los ojos, 
determinóse como valeroso á prender á Motezuma, entendiendo que si’ 
le era forzoso morir, que era mejor acabar desta manera, que no huyendo, 
saliendo de la ciudad. 

Otro día de mañana, después de haberse así determinado, vinieron 
á él muchos (2) taxcaltecas con algunos españoles (3) á decirle cómo los 
mexicanos trataban ya, casi al descubierto, de romper las puentes de la 
ciudad é que ya tenían muchos pertrechos de munición puestos de secreto^ 
en las casas fuertes; que viese lo que convenía antes que el negocio 
pasase adelante. Cortés les respondió que ya él sabía la verdad del negocio 


(1) Tachado: “que tomé, me informé cuyos vasallos eran los que en defensa de 
la ciudad estaban, los cuales dixeron que de ^Motezuma, el cual.'’ Suplido: “se 
había entendido que cierta gente de guerra, de que el pueblo estaba guarnecido, 
era de Motezuma, y que.” 

(2) Tach. desde: “venido, como á sus vasallos y mascegoales”, hasta: “Otro 
día, de mañana, después de haberse así determinado, ^-ínieron á él muchps.” 
Suplido: “ido, que matasen á los castellanos y hiciesen guerra á los indios que se 
habían declarado en servicio de los castellanos, y que as^ismo, matasen á todos 
los castellanos de la Veracruz, para que los rebeldes de Motezuma no se pudiesen 
ayudar dellos, y que advirtiese que, atento esto, no podia estar con seguridad en 
México. Ya tenia Hernando Cortés alguna noticia deste caso, |pero vista la 
certificación dello, y considerando el peligro en que se hallaba, le parecía que si 
se salía de México, se ponía en evidente riesgo de perderse, aliende de la reputación- 
que tanto menoscababa; pero con ánimo generoso determinó de emprender una 
cosa muy peligrosa, que fué prender á Motezuma, y aunque algunos con quien lo 
comunicó, le ponían por delante las dificultades que se ofrecían en salir bien de 
negocio tan arduo, se resolvió de executallo, viendo las cosas en estado que le 
parecía que no tenía otro remedio sino éste, ó morir; y estando ya en este propósito^ 
fueron á él muchos.” 

(3) Tflc/í.: “españoles.” : “castellanos.” 





LIBRO CUARTO.—CAP. XXVI 


325 


é que no había en él tanto peligro como ellos pensaban, é que pues los 
•cristianos (i) tenían á Dios de su parte, no tenían que temer; que El, 
que había sido poderoso para sacarlos victoriosos de tantos peligros, lo 
sería para sacarlos (2) del que tenían presente. Con esto los despidió, y 
aquella noche se anduvo por una gran sala paseando, bien pensativo, 
tratando consigo por qué medios acabaría la prisión de Motezuma, en 
la cual estaba el no rebelarse la tierra toda. Paseándose así (3), vió una 
puerta que no había mucho que estaba encalada; mandó á dos criados 
suyos que la abriesen para ver lo que dentro había. Entró (4) y halló 
muchas piezas, unas tras otras, que servían de recámaras, llenas de muy 
ricos plumajes, de joyas, muchos (5) paños de algodón, muchos (6) 
ídolos y otras cosas desta suerte. Mandólo cerrar como de antes, lo mejor 
que ser pudo; tornóse á pasear otro buen rato (7) ; invió luego (8) á 
llamar á los Capitanes y personas de consejo, y juntos, que ninguno otro 
los pudiese oir, les dixo: 

•^Señores: Ya habréis entendido el (9) peligro en que estamos (10), 
así por la carta que me escribió Pedro Dircio, como por (ii) lo que 
los taxcaltecas y ciertos españoles hoy me han dicho. He (12) determinado, 
si á vosotros os paresce (13), de prender á Motezuma y traerle á este (14) 
aposento y ponerle la (15) guarda nescesaria, porque los mexicanos, preso 
su señor, no osarán (16) poner por obra lo que intentan, porque ha de 
caer todo sobre su señor; y si todavía porfiaren, hecho esto, á levantarse 
contra nosotros (17), muerto su señor ha de haber (18) diferencias entre 


(1) Tachado: “los cristianos.” 

(2) Tach.: “sacarlos.” Suplido: “salvallos.” ^ 

(3) Tach,: “estaba el no rebelarse la tierra toda. Paseándose así.” SupL: 
"“consistía la quietud de la tierra.” 

(4) Tach.: “Entró.” 

(5) Tach.: “muchos.” 

(6) Tach.: “muchos.” 

(7) Tach: “Mandólo cerrar, como de antes, lo mejor que ser pudo; tornóse á 
pasear otro buen rato.” SupL: “Mandó que se volviese á cerrar sin que se tocase 
á nada.” 

(8) Tach.: “luego.” 

(9) Tach.: “de consejo, y juntos, que ninguno otro los pudiese oir, les dixo: 
“Señores, ya habréis entendido el.” SupL: “con quien solía platicar los negocios; 
dixoles que ya sabían el.” 

(10) Tach.: “estamos.” SupL: “estaban.” 

(11) Tach.: “me escribió Pedro Dircio, como por.” SupL: “había llegado de la 
Villa Rica, como por.” 

(12) Tach.: “y ciertos españo-les me han dicho. He.” SupL: “referían, por 
lo cual había.” 

(13) Tach.: “si á vosotros os paresce.” SupL: “si otra cosa no les parecía.” 

(14) Tach.: “traerle á este.” SupL: “llevarle á su.” 

(15) Tach.: “y ponerle la.” SupL: “y tenelle con la.” 

(16) Tach.: “osarán.” SupL: “osarían.” 

(17) Tach.: “intentan, porque ha de caer todo sobre su señor; y si todavía 
porñaren, hecho esto, á levantarse contra nosotros.” SupL: “querían intentar, y que 
si todavía porfiasen.” 

(18) Tach.: “ha de haber.” SupL: “"había de haber.” 



1 


326 CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 

ellos sobre la elección de Emperador, y así (i) podría ser que de 
nuestra (2) parte tuviésemos (3) los más del pueblo y fuésemos (4) 
poderosos contra los otros. Salimos (5) de la ciudad no puede (ó) 
ser, sino á manera de fugitivos, y en ella y doquiera hemos de ser 
menospreciados y (7) tenidos en poco y aun muertos antes que lleguemos 
á Taxcala, cuanto más, adelante. Y (8) pues por la una vía y por la otra 
no se excusa peligro, pongamos el pecho al agua y hagamos como 
españoles el deber, poniendo toda nuestra esperanza en Dios, que El nos 
ayudará para que seamos parte cómo el demonio sea alanzado destas 
tierras.'^ 

Dichas estas palabras, les rogó que con toda libertad dixesen su 
parescer. Respondieron dos ó tres de los principales diferentemente, 
porque el uno contradixo, diciendo no ser razón tentar tantas veces 
á Dios, y que pues los indios mexicanos y Alotezuma habían pretendido 
. siempre que los españoles no entrasen en ]\Iéxico, ofresciéndoles grandes 
intereses por que se volviesen, con facilidad los dexarían volver y aun 
darían de lo que tuviesen, é que con esto, sin riesgo de sus personaos 
podrían volver ricos á su tierra. Otros contradixeroii, diciendo que el 
% hacer el deber y tomar lo más seguro no era tentar á Dios (9), pues 

no estaban ciertos de que queriendo ellos salir (10) de la ciudad, 
Motezuma los aseguraría, cuanto más dar (ii) de sus tesoros, pues 
como había parescido por la carta de Pedro Dircio (12), había mandado 
matar aquellos españoles, y en fin, como quiera que (13) saliesen de la 
ciudad, era afrentoso y peligroso, é (14) que pues habían ya entrado (15); 
no era razón con incierta esperanza de seguridad de las vidas y llevar 


(1) Tachado: “emperador, y así.” Sup^Hdo: “Rey, y que así.” | 

(2) Tach.: “nuestra.” SupL: “su.” • 

(3) Tach.: “tuviésemos.” SupL: “tuviesen á.” , 

(4) Tach.: “fuésemos.” SupL: “fuesen.” 

(5) Tach.: “Salimos.” SupL: “y que salirse.” 

(6) Tach.: “puede.” SupL: “podía.” 

(7) Tach.: “hemos de ser menospresciados y.” SupL: “habían de ser.” 

(8) Tach.: “antes que lleguemos á Taxcala, cuanto más, adelante. Y.” Supl,: 

“sin dalles lugar á llegar hasta Tlaxcala; y que.” í 

(9) Tach. desde: “excusa peligro, pongamos el pecho al agua,” hasta: “y tomar | 

lo más seguro no era tentar á Dios.” SupL: “excusaba por mejor hacer una buena 
determinación como la que había pensado, rogó á todos que libremente dixesen su I , 

parecer, hubo pareceres que se tomase acuerdo con IMotezuma, para salir de ,1 

México, pues que habiendo hecho tan grandes partidos, para que no entrasen en I 

la ciudad, también los hacia para que se saliesen della, pues la determinación de . 

prendelle era temeraria. Otros dixeron que.” 1 

(10) Tach.: “ellos salir.'” SupL: “salirse.” 

(11) Tach.: “cuanto más dar.” SupL: “ni daría.” 

(12) Tach.: “Pedro Dircio.” SupL: “la Villa Rica.” 

(13) Tach.: “españoles, y en fin, como quiera que.” SupL: “castellanos, y 
que de cualquiera manera.” 

(14) Tach.: “é.” SupL: “y.” 

(15) Tach.: “habían ya entrado.” SupL: “ya se hallaban en ella.” 


I 








LIBRO CUARTO.—CAP. XXVII J 

dineros (i), dexar de hacer tan gran servicio á Dios y al Rey, como 
era apoderarse de la ciudad, que subjectada (2), era fácil el señorear 
toda la demás tierra (3). 

Paresció á todos los demás (4) muy bien esta repuesta (5), y así se 
determinó que Cortés hiciese lo que había pensado, el cual, después de 
haberles (6) dicho el cómo, les dixo se fuesen á dormir; que por la 
mañana se haría lo que convenía (7). 


CAPITULO xxvn 

CÓMO CORTÉS PRENDIÓ AL GRAN SEÑOR MOTEZUMA (8) 

El día siguiente, á la hora que Cortés solía ir á ver al gran señor 
Motezuma, se acompañó de treinta de los suyos (9), Capitanes y personas 
principales, dexando á los demás puestos en armas, de secreto, para si 
hobiese algún bullicio, divididos de cuatro en cuatro por las encrucijadas; 
y á los que con él iban, mandó que de dos en dos ó de tres en tres, 
disimuladamente, como que se iban á pasear, se fuesen á palacio. Entró 
do el gran señor (10) Motezuma estaba, el cual lo salió (ii) á rescebir; 
metióle en una sala á do (12) tenia su estrado; entraron con él los treinta 
españoles que allí se habían juntado, quedando otros muchos á la puerta 
y en el patio, como Cortés había ordenado. Saludó á Motezuma con la 
gracia que solía; comenzó á tener palacio con él ; holgóse el señor, bien 
descuidado de lo que fortuna de ahí á poco había de hacer con él, y 
estaba contento y muy alegre con la conversación. Dió á Cortés (13) 
muchas joyas de oro y una hija suya con otras hijas de señores; la hija 
para que con ella se casase, y las demás para que le sirviesen ó las 
repartiese entre sus caballeros. El las rescibió (14) por no enojarle, dicien¬ 
do que siempre, como gran señor, le hacía mercedes de todas maneras, y 
que supiese que con aquella señora, su hija, no se podía casar porque 

(1) Tachado: “y llevar dineros.” 

(2) Tach.: “de la ciudad, que subjectada.” Sitpl. : “de México, porque si sucedía 
bien. ” 

(3) Tach.: “el señorear toda la demás tierra.” SupL: “cosa sujetar todo lo 
demás de la tierra.” 

(4) Tach.: “á todos los demás.” SupL: “á la mayor parte.” 

(5) Tach.:'* QSÍ2. repuesta.” SupL: “este consejo.” 

(6) Tach.: “haberles.” SupL: “haber.” 

(7) Tach.: “el cómo, les dixo se fuesen á dormir; que por La mañana se haría 
lo que convenía.” SupL: “la forma como lo pensaba executar, se fueron á dormir.” 

(8) Tach. : el epígrafe. 

(q) Tach.: “de los suyos.” 

(10) Tach.: “Entró do el gran señor.” SupL: “Salióle.” 

(11) Tach.: ”cstaba, el cual lo salió.*' 

(12) Tach.: “do.” SupL: “donde.” 

(13) Tach. desde: “españoles que allí se habían juntado” hasta “y muy alegre 
con la conversación. Dió á Cortés.” SupL: “castellanos, y muy alegre con su 
conversación, le dió.” 

(14) Tach.: “El las rescibió.” SupL: “Recibiólas.” 



328 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


SU ley cristiana lo prohibía, así por no ser bauptizada, como por ser él 
casado y no poder tener más de una mujer. Con todo esto Motezuma 
se la dió, diciendo que quería tener nietos de hombre tan valeroso. 

Entre estas y otras (i) pláticas, Cortés sacó del pecho la cana que 
Pedro Dircio le había escripto (2); mandó á las lenguas que la leyesen 
y declarasen á Motezuma, el cual (3) se entristeció, aguándosele bien el 
placer que había rescebido. Quexóse (4) mucho Cortés, diciendo que 
aquellos no eran tratos de Rey, sino de traidor y hombre baxo (5) y que 
se parescía bien serle enemigo (6), aunque le hacía caricias de amigo (7); 
pues los suyos decían que querían romper las puentes y levantarse contra 
los cristianos (8), no habiendo dellos rescebido pesadumbre alguna. 
Motezuma se desculpó cuanto pudo, diciendo ser maldad lo que 
Qualpopoca y los suyos le levantaban (9), y por que viese ser así, mandó 
llamar á ciertos principales; dióles una piedra que él traía al brazo con 
una figura de Vicilopuchtli, que era el ídolo mayor (10), como en señal 
real, para que luego le traxesen delante de sí (ii) y se hiciese justicia 
dél. Esto decía Motezuma por asegurar más (12) á Cortés, y porque era 
tan grande el respeto que hasta los señores le tenían, que delante dél no 
habían de osar decir otra cosa de lo que él dixese. Entendiendo esto 
Cortés, con buenas palabras (13) le dixo: '^Señor mío: Conviene que 
vuestra Alteza se vaya comigo á mi aposento y esté en él hasta que (14) 
los mensajeros traigan á Qualpopoca, que comigo será vuestra Alteza 
muy bien tratado (15), servido, acatado (16) y reverenciado, y mandará 
como hasta aquí, no sólo á sus vasallos, pero á mí y á mis compañeros; é 
yo con más cuidado miraré por la persona de vuestra Alteza como por la 
de mi Rey, y perdonadme que lo haga así, porque no me conviene hacer 
otra cosa, ca de otra manera vuestros reinos se rebelarán y revolverán, 
y vuestra persona y las nuestras correrán mucho riesgo, y estos mis 
compañeros que comigo vienen y los demás se enojarían comigo si no 

(1) Tachado: “y otras.’’ 

(2) Tach.: “Pedro Dircio le había escripto.” SupL: “había llegado de la 
Villa Rica.” 

(3) Tach.: “á Motezuma, el cual.” SupL: “y oída, Motezuma.” 

(4) Tach.: “aguándosele bien el placer que había rescebido, quexóse.” Supl: 
“quexósele.” 

(5) Tach.: “sino de traidor y hombre baxo.” 

(6) Tach.: “serle enemigo.” Supl.: “que le quería mal.” 

(7) Tach.: “de amigo.” 

(8) Tach.: “cristianos.” Supl.: “castellanos.” 

(9) Tach.: “le levantaban.” Supl.: “decían.” 

(10) Tach.: “Vicilopuchtli, que era el ídolo mayor.” Supl.: “ Vizilipuztli.” 

(11) Tach.: “le traxesen delante de sí.” StipL: “llevasen á Qualpopoca.” 

(12) Tach.: “más.” 

(13) Tach.: “con buenas palabras.” 

(14) Tach.: “Señor mío: Conviene que vuestra Alteza se vaya comigo á mi 
aposento, y esté en él hasta que.” Supl.: “que convenía que fuese con él á su 
aposento y se estuviese en él hasta que.” 

(15) Tach.: “traigan á Qualpopoca, que comigo será vuestra Alteza muy bien 
tratado.” Supl: “llevasen á Qualpopoca, que con él sería muv bien.” 

( 1 ( 5 ) Tach.: “acatado.” 





LIBRO CUARTO.— CAP. XXVII 


329 

los amparase y defendiese, sabiendo, como saben, que los vuestros se 
quieren levantar contra ellos (i). Por tanto, mandad íi los vuestros que 
no se alteren ni revuelvan, porque cualquiera alteración que subcediere 
la pagará vuestra persona (2) con pérdida de la vida; y pues está en 
vuestra mano ir callando sin que los vuestros se alboroten, haceldo, que 
así os conviene para lo presente y para lo de adelante, y en esto no 
pongáis excusa, porque se ha de hacer lo que digo (3)/’ 

Motezuma, aunque era muy señor (4), muy grave y muy reportado, 
alteróse con esto (5) demasiadamente, aunque no respondió (6) hasta 
que se sosegó un poco, y estonces, con buen semblante dixo: “Señor 
Capitán: Maravillóme de vuestro atrevimiento, que en mi casa, en mi 
ciudad y reino, y (7) con tanto peligro vuestro os pongáis en prenderme, 
ca no es persona la mía que debe ni puede ser presa, é ya que yo lo 
consintiese, no lo consentirán los míos, que son tantos y tan poderosos, 
como sabéis.'’ 

Desüa manera, en demandas y repuestas estuvieron los dos más de 
tres horas, hasta que viendo ya Motezuma que el negocio estaba en lo 
último del riesgo que podía tener, temiendo perder allí el imperio con 
la vida, le dixo: Ea, pues, vamos ; que se ha de hacer lo que tú mandas ; 
que en fin, yo veo que lo has de venir á señorear y mandar todo!” 
Volvióse á los que con él estaban, que eran señores, porque nunca estaba 
solo, y con rostro grave les dixo: “No os alteréis, que yo voy de mi 
voluntad con el capitán Hernando Cortés á su aposento, para asegurarle 
de la maldad que Qualpopoca me ha levantado.” Cortés mandó adereszar 
el aposento donde había de estar. Hecho esto, los señores, quitándose 
las mantas (8) y poniéndolas debaxo los brazos, descalzos y llorando, 


(1) Tachado desde: ‘‘y mandará, como hasta aquí, no sólo á sus vasallos”, 
hasta: “los vuestros se quieren levantar contra ellos.” Suplido: “y que miraría 
por su persona como por la de su Rey, y que le perdonase, que no pp-día hacer 
otra cosa, porque de otra manera, todos sus reinos se rebelarían, y su persona y 
las de todos los castellanos correrían riesgo, y sus compañeros se alzarían contra 
él sí no los amparase, sabiendo que sus vasallos los querían ofender, y que." 

(2) Tach.: “mandad á los vuestros que no se alteren ni revuelvan, porque 
cualquiera alteración que subcediere la pagará vuestra persona," SupL: “manda¬ 
se á los suyos que no se alterasen, porque cualquiera revolución que hubiese lo 
pagaría su persona.” 

Xí) Tach.: “y "pues está en vuestra mano ir callando sin que los vuestros se 
alboroten, haceldo, que así os conviene para lo de presente y para lo de adelante, 
y en esto no pongáis excusa, porque se ha de hacer lo que digo.” SupL: “y que 
pues estaba en su mano hacer lo que le pedía, sin rumor, le suplicaba que lo hiciese 
por excusar mayor escándalo.” 

(4) Tach.: “muy señor.” 

(5) Tach.: “con esto.” 

(6) Tach.: “aunque no respondió.” SupL: “y no respondió." 

(7) Tach.: “Señor capitán: Alaravíllome*de vuestro atrevimiento, que en mi 
casa en mi ciudad y reino, y.” SupL: á Cortés, que se maravillaba de su atrevi¬ 
miento en su casa 3^ en su ciudad y reino, que." 

(8) Tach. desde: “vuestro, os pongáis en prenderme”, hasta: “Hecho esto, los 
señores, quitándose las mantas.” SupL: “suyo, se pusiese en aquello, porque no era 
persona la suya que podía ser presa, y que 3'a que él lo consintiese, no lo consentirían 



33 o CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 

le llevaron en los hombros en unas andas al aposento, que á su modo, 
estaba ricamente adereszado. No se pudo esto hacer tan secreto que 
luego no se dixese por uoda la ciudad cómo el gran señor iba preso en 
poder de los españoles (i). Acudieron luego (2) muchos señores mal (3) 
espantados y muy alterados (4); comenzó, como era forzoso en negocio 
tan arduo y tan nuevo (5), á haber gran bullicio por toda la ciudad, y 
como los más de los señores estaban con ^íotezuma, para saber la causa 
de su prisión y ver lo que mandaba, no hubo quien osase tomar armas. 

Zxíotezuma, temeroso de que no lloviese sobre él el daño que los suyos 
podrían hacer, desimulando sabiamente la pena que su corazón (6) sentía 
con rostro alegre dixo á aquellos señores: “Amigos y criados míos: No 
hay por qué hagáis tan gran sentimiento; que yo estoy vivo y estoy en 
este aposento a mi contento; no se me ha hecho fuerza ni afrenta, porque 
he querido estar en este lugar, para asegurar al capitán Hernando 
Cortés y á los suyos de la maldad que Qualpopoca me ha levantado, 
diciendo que yo le mandé que matase á aquellos españoles, y así. venido 
que sea, pienso hacer dél justicia, porque otro no se atreva á levantar 
testimonio á su Rey. También quiero estar aquí para que Hernando 
Cortés entienda ser falsedad la que de vosotros se dice, que estábades 
determinados de romper las puentes y tomar á manos á los españoles y 
sacrificarlos á todos, cosa harto cruel y que ellos no han merescido, 
por haber estado en mi ciudad y tierra tan sin perjuicio. Yo saldré de 
aquí cuando quisiere y como quisiere, como lo veréis de aquí adelante; 
por tanto, si me amáis, es razón, como leales vasallos que yo tanto he 
amado, deseéis (*) mi contento; sosegad vuestros corazones y no tratéis 
en público ni secreto deste negocio, porque no conviene, que en ello me 
haréis gran placer.’' 

Acabadas de decir estas palabras, se le arrasaron los ojos de lágrimas, 
las cuales detuvo cuantío pudo, aunque muchos de los que le oían no 
pudieron tener tanto esfuerzo, sintiendo bien la desimulada pena de su 
señor y la suya, que mostraban claramente, por servirle, darle contento; 
y aun porque creyeron ser así lo que su señor decía, se reportaron, 
procurando hacer en todo su voluntad (7). 

los SU3’0S; y habiendo tenido muchas réplicas por más de tres horas, viendo 
!Motezuma que el negocio estaba muy apretado, temiendo de perder allí la vida, 
dixo: “Ea, pues, vamos”, y volviéndose á los señores que allí estaban, dixo que no 
se alterasen, que de su voluntad iba con el capitán Cortés á su aposento, para 
aseguralle de la maldad que le había levantado Qualpopoca, y quitándose los 
señores las mantas.” 

(1) Tachado: “españoles.” SnpL: “castellanos.” 

(2) Tach.: “luego.” 

(3) Tach.: “señores mal.” SupL: “caballeros muy.” 

(4) Tach.: “y muy alterados.” 

(5") Tach.: “como era forzoso en negocio tan arduo y tan nuevo,” 

(6) Tach.: “su corazón.” 

(*) En el Ms. “deseáis”. 

(7) Tach. desde: “Amigos y criados míos”, hasta: “procurando hacer en todo* 
su voluntad.” Suplido: “que no había para qué hacer tan gran sentimiento, pues 







LIBRO CUARTO.-CAP. XXVII 


33 l 


Cortés le puso goarda de españoles (i), de la cual era Capitán Pedro 
de Alvarado. La goarda era de treinta españoles bien adereszados, que- 
á la contina, de noche y de día, le guardaban por sus cuartos, mirándole 
de noche á la cara, así por las hechicerías de que algunos de los indios- 
usaban, como porque otros horadaban las paredes. Fué tan nescesario 
este cuidado, que un día (2) se quiso echar Motezuma (3) de una azotea 
alta diez estados, para que los suyos le rescibiesen, si un español (4) 
de los de la goarda, que iba más cerca dél, no le detuviera. Visitábale 
cada día Cortés; alegrábale y regocijábale cuanto podía, entretfeniéndole 
con la conversación de aquellos caballeros españoles (5); mandándoles 
que delante dél jugasen é hiciesen exercicios de armas, con que él mucho 
se holgaba, á los cuales hacía cada día muchas mercedes. Era servido, 
como en su palacio, de sus mismos criados y también de los españoles (6). 
á quien Cortés también mandó que le sirviesen y hablasen como á Rey, 
y así lo hicieron (7). Allí libraba pleitos, despachaba negocios y entendía 
en la gobernación de sus reinos, hablando público y secreto con todos 
cuantos quería, cosa ciertamente bien acertada para asegurarle á él y á 
los suyos (8), aunque con todo esto estaban (9) tan inquietos que de 
noche ni de día dexaban de procurar cómo sacar á su señor de la prisión, 
echando algunas veces fuego por las azoteas, porque el horadar las 
paredes era contino, por lo cual Cortés mandó á Rodrigo Alvarez ChicO' 
que con sesenta hombres le velase por las espaldas de la casa, haciendo 
los cuartos de veinte en veinte, y por la delantera de la casa con otros 
sesenta mandó que hiciese lo mismo Andrés de Monjaraz. 

El servdcio de la comida y la cama que allí tenía Motezuma eran de 
muy gran señor, porque ocupaban trecho de una piedra bien tirada los ser¬ 
vicios de la comida, que de cuatro en cuatro por hilera, los platos levan¬ 
tados, venían al aposento; todo este gran servicio se repartía entre [los] 
señores y los españoles (10) que le guardaban. La cama en que dormía era 

estaba vivo y se hallaba en aquel aposento á su contento, ni se le había hecho 
fuerza ni afrenta, y que él había querido ir allí por asegurar á los castellanos de 
lo que Qualpopoca había dicho, del cual pensaba hacer justicia, porque otro no 
se atreviese á decir otro tanto, y que pensaba estar allí para que Cortés entendiese 
que lo que dellos se había dicho era falso, pues no lo- habían merecido, habiendo 
vivido sin perjuicio de nadie, y que por tanto, pues él saldría de allí cuando 
quisiese, sosegasen sus corazones; y como siempre le habían amado, se lo mostrasen 
en aquel caso.” 

(1) Tachado', “de españoles.” 

(2) Tach. desde “La goarda era de treinta españoles”, hasta: “Fué tan nes¬ 
cesario este cuidado, que un día.” Suplido: “y si no fuera por el mucho cuidado 
que se tuyo, porque muchos horadaban las paredes y usaban de otras diligencias, 
se les hubiera ido: y un día.” 

(3) TacM “l\íotezuma.” 

(4) Tach.: “español.” Suplido: “castellano.” 

(5) Tach.: “españoles.” Supl: “castellanos.” 

(6) Tach.: “españoles.” SupL: “castellanos.” 

(7) Tach.: “y así lo hicieron.” 

(8) Tach.: “cosa ciertamente bien acertada para asegurarle á él y á los suyos.” 

(9) Añadido: “los indios.” 

(10) Tachado: “españoles.” Suplido: “castellanos.” 



332 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


de mantas de algodón, muy ricas y muy delgadas, muchas, unas sobre 
otras, bastadas como colchones y encima ricas mantas de pluma y de pelos 
de conejo; son muy calientes y de muy buen tacto (i), las cuales, por 
ser de diversas colores, parescían muy (2) bien. El aposento donde (3) la 
cama estaba (4), que estaba hecha sobre madera, conforme al táempo, 
«el suelo y todo, estaba ricamente adereszado para el frío y calor. 


CAPITULO xxvm 

DE ALGUNAS OTRAS PARTICULARIDADES QUE ESTANDO PRESO MOTEZUMA 

ACONTESCIERON (5) 


Fue tal y (6) tan bueno el tratamiento que Cortés hacía á Motezuma, 
que mandó que ninguno de sus caballeros le hablase sino quitada la 
•gorra y haciéndole una reverencia tal cual convenía á tan gran Príncipe, 
y así él todas las veces que entraba á verle le respectaba mucho, 
entendiendo que, no solamente en ello hacía el deber, pero que ayudaba 
•á su negocio. Rogóle muchas veces con la libertad, diciéndole que si era 
servido, que se podía volver á su palacio, porque él no le tenía en prisión. 
Respondióle ]\Iotezuma que se lo agradescía mucho y que él estaba bien 
allí, pues no echaba menos cosa que al real servicio de su persona 
pertenesciese y que holgaba de estar allí por tener ocasión de tratar más 
particularmente á los españoles (7), á quien cada día se iba más 
aficionando, por lo bien que le parescían, ca era gente muy sabia y 
valiente, y también (8) podría ser que, volviéndose á su aposento, 
los suyos, tiniendo más libertad para hablarle, le importunasen é 
induciesen (9) á que hiciese alguna cosa contra su voluntad, que fuese 
en daño de los españoles, é que estando allí en son de preso, podía 
excusarse con ellos, diciendo no estar en su libertad. 

Muy bien paresció á Cordés esta respuesta, aunque se recataba no 
fuese dada para asegurarle más (10). Salía Motezuma con licencia de 
Cortés y (ii) acompañado de las guardas [de] españoles {12) á visitar los 


(1) Tachado: ‘Me muy buen tacto.’* Suplido: “blandas.** 

(2) Tach.: ‘ muy," 

(3) Tach.: “donde.” Suplido: “de.*’ 

(4) Tach.: “estaba.” 

(5) Tach.: el epígrafe. 

(6) ríir/M “tal y.” 

(7) Tach.: “españoles.” Suplido: “castellanos.** 

(8) Tach.: “ca era gente muy sabia 7 valiente, y también," SupL: “y porque ” 

(9) Tach.: “é induciesen.” 

(10) Tach.: “españoles, é que estando allí en son de preso, podía excusarse con 
ellos, diciendo no estar en su libertad. Muy bien paresció á Cortés esta respuesta, 
aunque se recataba no fuese dada para asegurarle más.” SupL: “castellanos.” 

(11) Tach.: “con licencia de Cortés, y.” SupL: “del aposento.” 

(12) Tach.: “las guardas de españoles." SupL: “algunos soldados." 






LIBRO CUARTO.- CAP. XXVIII 


333 


templos y hacer oración á los dioses (i), á quien los más nobles y más* 
señores veneraban y acataban más. Asimismo pedía licencia para irse (2) 
á holgar y á pasar tiempo á ciertas casas de placer que tenía alderredor (3) 
de la ciudad una ó dos leguas, volviéndose siempre á dormir al aposento. 
Iba en piraguas y en canoas grandes, que en cada una cabían sesenta 
hombres. Delante de la suya iba una pequeña, en la cual con uno ó dos 
remeros iba un indio ricamente vestido, en pie, con tres (4) barras de oro 
atadas, levaníjadas en la mano, á manera de guión real, y así le llamaban 
Alteza y Emperador y al señor de Tezcuco Infante (5). Iban en su goarda 
cuatro bergantines, que fueron los primeros que ]\Iartín López hizo, 
los cuales quemaron después los indios cuando Cortés fué contra Narváez. 
Iban en éstos los españoles (6), muy bien adereszados (7), porque estonces 
era el tiempo cuando más podían ser ofendidos. La caza, á que Motezuma 
iba por agua (8), era á tirar á páxaros y á conejos con cebratana, de la 
cual era gran tirador. Otras veces salía á los montes á caza de fieras con 
redes, arcos y flechas y á caza de altanería, aunque no la usaba mucho, 
aunque por grandeza, como dixe (9), tenía muchas águilas reales y 
otras muchas aves muy hermosas, de rapiña. Cuando iba á la caza de 
montería le llevaban en hombros con las guardas de españoles (10) y tres 
mili indios taxcaltecas (ii); acompañábanle los señores, sus vasallos, por 
hacerle solaz (12); banqueteaba á éstos y á los españoles (13) con mucha 
gracia, dando á los unos y á los otros muchos dones y haciéndoles muchas 
mercedes. 

Era tan aficionado á dar y era con los que bien le parescían tan 
liberal, que viendo esto Cortés le dixo un día que los españoles (14) 
eran «raviesos y que como nunca andaban quedos, escudriñando la casa, 
habían tomado cierto oro y otras cosas que hallaron en unas cámaras; 
que viese lo que mandaba hacer dello. Esto era lo que él había descubierto 
cuando mandó abrir aquella puerta. Motezuma respondió: ''Eso es de 
los dioses de la ciudad, pero dexen las plumas y cosas que no son de 
oro ni de plata, y lo al (15) tomaldo para vos y para ellos, y si más queréis 


(1) Tachado', “y hacer oración á los dioses.” 

(2) Tacli.: “pedía lioencia para irse.” Suplido: “se iba.” 

(3) Tach.: “que tenía alderredor.” SupL: “que tenía en la campaña.” 

(4) Tach.: “tres.” ^upl.: “las tres.” 

(5) Tach.: “y así le llamaban Alteza y Emperador, y al señor de Tezcuco- 
Infante.” 


(6) Tach.: “españoles.” Suplido: “castellanos.” ' 

(7) Tach.: “adereszados.” SupL: “apercebidos.” 

(8) Tach.: “agua.” SupL: “la laguna.” 

(9) Tach.: “como dixe.” 

(10) Tach.: “de españoles.” SupL: “de castellanos.” 

(11) Añadido: “que por ser sus antiguos enemigos, era imposible que no sintiese 
mucho el vellos.” 

(12) Tachado: “por hacerle solaz.” i 

(13) Tach.: “á éstos y á los españoles.” Suplido: “á todos.” 

(14) Tach.: “españoles.” SupL: “castellanos.” 

(15) Tach.: “al.” SupL: “demás.” 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


334 

más os daré.” Era tan grande esta riqueza, según dice el contador 
Ojeda en un Aíemorial que me invió de lo que vido, que de oro, plata y 
ropa rica se podían henchir quince navios (i). Llamaron los españoles (2) 
á aquellos aposentos, donde esta riqueza estaba, la joyería. Las caxas 
donde la ropa rica (3) estaba, eran tan grandes que llegaban á las vigas 
de los aposentos, y tan anchas que después de vacías se alojaban en cada 
una dos soldados. Sacaron los españoles al patio más de mili cargas de 
ropa; quísolas volver Cortés á Motezuma, el cual (4) no lo permitió, 
diciendo que lo que una vez daba no lo había de tornar á rescebir. 
Repartió Cortés esta ropa entre los soldados, como le paresció. Y porque 
no es justo dexar de decir cosa que señalada sea, subcedida en tiempo 
de la prisión de Motezuma, es de saber que (5), entre otras cosas que 
de la policía de Motezuma se ponderaron, fué tener tan gran cuenta con 
la limpieza de su gran ciudad (6), que no había día en que, por lo menos, 
en cada calle no anduviesen mili hombres barriéndola y regándola, 
poniendo de noche por sus trechos grandes braseros de fuego, y en el 
entretanto que unos dormían velaban otros, de manera que siempre había 
quien de noche y de día tuviese cuenta con la ciudad y con lo que en 
ella subcedía. 

Cortés, que en todo era muy mirado, viendo que los naborías, que 
*^011 indios de sendcio, hacían grande costa á Motezuma, mandó que se 
recogesen y que no quedase más de una india á cada español (7), para 
que le guisase de comer, y que las demás se pusiesen en parte donde no 
comiesen á costa de Motezuma y que esto fuese fuera de la ciudad, 
porque Motezum.a y los suyos no rescibiesen pesadumbre. No pudo 
Cortés hacer esto lian secretamente que Motezuma no lo entendiese, el 
cual le invió á rogar se llegase á su aposento. Venido (8), con palabras 
graves y amorosas le dixo: “Muy maravillado estoy de ti hayas tenido 
en tan poco mi persona y el amor que yo á ti y á los tuyos tengo (9). 
que por no hacerme (10) gasto, mandes echar los naborías fuera de la 
ciudad, para que vayan á comer á costa de mis esclavos. ¿Qué te paresce 
que dirán los que han conoscido mi grandeza y rescebido de mí grandes 
mercedes, que amándote yo tanto y siendo tú y los tuyos tan valerosos 

(1) Tachado', “un Memorial que me invió de lo que vido, que de oro, plata y 
ropa rica, se podían henchir quince navios.’’ Suplido: “sus Memoriales, de que no 
se podía estimar porque lo vió con sus ojos.*’ 

(2) Tach.: “españoles.*’ Supl.: “castellanos.” 

(3) Tach.: “rica.” 

(4) Tach.: “el cual.” Supl.: “pero.” 

(5) Tach.: “señalada sea, subcedida en tiempo de la prisión de Motezukna, es 
dre saber que.” Supl.: “sea notable.’* 

(6) Tach.: “su gran ciudad.*' Supl.: “ATcxico.” 

(7) Tach.: “español.” Supl.: “castellano.” 

(8) Tach.: “Venido.” Supl.: “y.” 

(9) Tach.: “Muy maravillado estoy de ti hayas tenido en tan poco mi persona 
y el amor que yo á ti y á los tuyos tengo.” Supl.: “que estaba maravillado que 
hubiese tenido en tan poco su persona.” 

(10) Tach.: “hacerme.” Supl.: “hacerle.” 







LIBRO CUARTO.'—CAP. XXVIII 


333 


temiese yo los gastos, siendo tan poderoso para hacer otros mayores*" (i)” 
Acabadas de decir estas palabras, antes que Cortés le respondiese, mandó 
á ciertos principales que allí estaban, que luego pusiesen los naborías 
de los españoles (2) en unos aposentos muy buenos y que cada día (3) 
les diesen doblada ración de lo que habían menester. Cortés le besó las 
manos por ello, pidiéndole perdón si en algo había errado, diciendo no 
haber sido su intención deservirle. 

Tuvo también gran (4) cuenta Motezuma con el servicio de los 
españoles, y tanta (5), que aun hasta el (6) proveerse de las necesidades 
naturales, les señaló unas casas, que por esto se llamaron del maxixato, 
que quiere decir del proveimiento natural, con las cuales ciertos indios 
tenían gran cuenta para que siempre estuviesen limpias y aun con buen 
olor, y como esta casa era muy grande, entrando (7) Ojeda por ciertos 
aposentos, halló en uno muchos costalejos de á codo, llenos y bien atados. 
Tomó uno y sacólo fuera y abriéndole delante de algunos de sus* 
compañeros, halló que estaba lleno de piojos; tornáronle á atar de presto, 
espantados de aquella extrañeza. Contáronlo á Cortés, el cual preguntó 
á Marina y Aguilar qué quería decir cosa tan nueva. Respondiéronle que 
era tan grande el reconoscimiento que á Motezuma hacían todos sus 
vasallos, que el que de muy pobre ó enfermo no podía tribuctar, estaba 
obligado á espulgarse cada día y guardar los piojos que tomase, sin 
osarlos matar (8), para tribuctarlos á su tiempo en señal de vasallaje, y 
que como de los pobres hubiese gran número así había muchos costalejos 
de piojos, cosa cierto la más peregrina que se ha oído é que más muestra 
la tiranía y subjección que sobre los suyos Motezuma tenía, aunque 
con los nuestros (9) era tan afable y amoroso, como el que conoscía 
el valor de la gente nueva (10), que jamás pasó día que no hiciese 
mercedes á alguno ó algunos de los nuestros (ii) que estaban en su 
.guarda, y especialmente quería mucho á un Fulano de (12) Peña, con 
el cual, burlándose muchas veces, le tomaba el bonete de la cabeza, 
y echándoselo de la azotea abaxo, gustaba mucho de verle baxar por 
él y luego le daba una joya. Amó muy de veras á éste, como adelante 


. (i) Tachado desde: “para que vayan á comer á costa de mis esclavos’', hasta 
“siendo tan poderoso para hacer otros mayores?” Suplido: “y que mirase lo que 
•dirían los que conocían su grandeza y sabían lo que le amaba.” 

(2) Tach.: “españoles.” Supl.: “castellanos.” 

(3) Añadido: “se.” 

(d) Tachado: “gran.” Suplido: “tanta.” 

(5) Tach.: “españoles y tanta.” Supl: “castellanos.” 

(6) Tach.: “el.” Supl: “para.” 

(7) Añadido: “Alonso de.” 

(8) Tachado: “sin osarlos matar.” 

(9) Tach.: “nuestros.” Supl: “castellanos.” 

(10) Taeh.: “como el que conoscía el valor de la gente nueva.” 

(11) Tach.: “ó algunos de los nuestros.” Supl: “de los.” 

‘(12) Tach.: “Fulano de." 



3*36 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


diré (i), y si la desgracia de la muerte deste tan gran Principe no 
subcediera, le hiciera muy rico, porque era muy á su contento, tanto que 
todas las veces que le via, aunque fuese delante de Cortés, se sonreía y 
alegraba. Nunca comía ni se iba á holgar que no le llevase consigo, y 
cierto tenía razón, porque el Peña era gracioso, de buen aire y de buen 
parescer y avisado en lo que decía y hacía. 

Buscaba siempre Alotezuma, según era su condisción afable y 
dadivoso, ocasión cómo hacer mercedes, y así, viendo un día á Alon¬ 
so de Ojeda una bolsa grande, nueva, de las plegadas y de bolsicos,, 

labrada con seda, que se decía burjaca, se la pidió; miróla toda, 

holgóse mucho de verla, espantado de que tuviese tantas partes y tan 

bien hechas, donde guardar muchas cosas. Alegre con ella, dió un 
silbo baxo, que es manera de llamar de los señores; vinieron luego, 
ciertos principales; díxoles muy quedo que luego traxesen ciertas cosas. 
Apenas había acabado de mandarlo, cuando luego dieron á Ojeda dos 
indias muy hermosas, muchas mantas ricas, una hanega de cacao y 
algunas joyas, pagándole la burjaca harto más de lo que ella valía, aunque 
fuera de oro. Rindióle (2) Ojeda las gracias con mucha humildad, y 
como ninguna cosa conciba tanto amigos como la afabilidad y liberalidad, 
aliende de que era tan gran Príncipe, le amaban los nuestros (3) como* 
si de cada uno fuera padre y hermano. Jugaba muchas veces al bodoque- 
con Pedro de Alvarado, aunque los prescios eran bien diferentes, porque- 
cuando Pedro de Alvarado perdia le daba un chalchuite, que es una 
piedra baxa y de poco prescio, y cuando Motezuma perdía le daba um 
tejuelo de oro, que por lo menos valía cincuenta ducados, y acontescióle- 
perder en una tarde cuarenta ó cincuenta tejuelos de aquéllos. Holgábase 
las más veces de perder, por tener ocasión de dar, condisción no de otro*' 
que de Rey (4). 


CAPITULO XXIX 

DO SE PROSIGUEN OTRAS PARTICULARIDADES ACONTECIDAS 
DURANTE LA PRISIÓN DE MOTEZUMA (5) 


Deseaba ]\Iotezuma, según la afición mostraba á los españoles (6), 
hacerles en todo placer y darles contento, tanto que después de haber 
dado á Cortés una hija suya, bien hermosa, le ofresció otra muy más 


(1) Tachado: ‘^Amó muy de veras á éste, como adelante diré.” Supl.: “Aficio^ 
nóse mucho á éste. ” 

(2) Tach.: “Rindióle.” Siipl.: “dióle.” 

(3) Tach.: “nuestros.” Snpl: “castellanos.” 

(4) Tach.: “condisción no de otro que de rey.” 

(5) Tach.: el epígrafe. 

(6) Tach.: “afición mostraba á los españoles.” Suplido: “buena voluntad que- 
mostraba á los castellanos.” 





LIBRO CUARTO.—CAP. XXIX SSy 

linda (i), pensando que, así como él tenía muchas mujeres, Cortés tuviera 
muchas amigas aunque fueran hermanas. Verdad es que le pesó á Cortés, 
por el parentesco que había, por no poder rescebir á la segunda, pero (2) 
trató de casarla luego (3) con Cristóbal de Olid, el cual (4) vino luego (5) 
en ello, por ser tan linda y (6) hija de tan gran señor y mandársele 
Cortés. Como Motezuma supo el casamiento, holgó mucho (7) dello y 
envió á su yerno ^8) joyas ricas y de ahí adelante le trataba como á 
deudo. Tornáronse cristianas (9) estas dos señoras, de que también plugo 
á (10) ]\Iotezuma, al cual un día Cortés muy encarescidamente, con 
muchas y muy buenas razones, rogó (ii) que, pues que veía (12) tan 
claramente (13) el engaño de su ley (14) y se había holgado tanto con la 
conversión de sus hijas, que se hiciese cristiano, porque Dios era el que 
había criado todas las cosas y el que da y quita los imperios y señoríos (15) 
en esta vida, y en la otra le haría grandes mercedes, conservándole en este 
mundo en mayor estado y señorío (16) del que tenía, y en el otro dándole 
gloria para el alma. Como ya Motezuma se iba desengañando del error en 
que había vivido, paresciéronle muy bien las razones de Cortés, aunque 
por miedo de los suyos, no osándose determinar luego, pidió término, y 
esto secretamente, para verse en ello, diciendo (17) que por hacerle placer 
lo procuraría cuanto en sí fuese, porque se holgó mucho y le hizo grandes 
caricias, para atraerle á que se determinase, aunque vió que el demonio 
le había de ser gran contrario y que por no perder el señorío, Motezuma 
se había de resfriar y acobardar. Con todo esto (18), si no le subcediera la 
muerte, se cree (19) se hiciera cristiano. 


(1) Tachado: “y darles contento, tanto que después de haber dado á Cortés una- 
hija suya, bien hermosa, le ofresció otra muy más linda.” Suplido: “tanto que 
ofreció á Cortés otra hija más hermosa.” 

(2) Tach.: “Verdad es que le pesó á Cortés, por el parentesco que había, por 
no poder rescebir á la segunda, pero.” 

(3) Tach.: “luego.” 

(4) Tach.: “el cual.” Supl.: “y.” 

(5) Tach.: “luego.” 

(6) Tach.: “ser tan linda y.” Supl.: “su hermosura y ser.” 

(7) Tach.: “mucho.” 

(8) Tach.: “á su yerno.” Supl.: “á Olid.” 

(9) Tach.: “Tornáronse cristianas.” Supl.: “bautizáronse.” 

(10} Tach.: “que también plugo á.” Supl.: “que gustó mucho.” 

(11) Tach.: “con muchas y muy buenas razones rogó.” Supl.: “con ocasión de 
la familiaridad que con él se tenía, dixo. ” 

(12) Tach.: “que veía.” Supl.: “vía.” 

(13) Tach.: “claramente.” Supl.: “claro.” 

(14) Tach.: “de su ley.” Supl.: “de su religión.” 

(15) Tach.: “y señoríos.” 

(16) Tach.: “y señorío.” 

(17) Tar/í. desde: “Como ya Motezuma se iba desengañando del error en que 
había vivido”, hasta-: “para verse en ello, diciendo.” Supl.: “y aunque por lo que 
se pudo entender, no parecieron mal al Rey las razones de Cortés, dixo que mira¬ 
ría en ello, y.” 

(18) Tach. desde: “porque se holgó mucho y le hizo grandes caricias”, hasta'. 
“Con todo esto.” Supl: “Creyóse que aunque el demonio se lo estorbaba, que.” 

(19) Tar/i.: “se cree.” 


22 




338 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


En este comedio (i) aconíesció (2) que faltando dos indias de servicio 
á un español de los que le guardaban, le dixo (3) que se las mandase 
buscar. Dixo ^lotezuma que sí (4) mandaría, y como pasaron dos días 
que no parescian, el español (5), con demasiado atrevimiento, le tornó á 
decir que le mandase buscar las indias, que si no que... (paró aquí) (6). 
]\íotezuma, como Príncipe, respondióle (7) ásperamente, desdeñando 
su persona. El español, no considerando que lo liabía con tan gran 
Príncipe (8), le amagó con su espada, porque son desta condisción, si no es 
con su Rey, todos los más de los españoles (v^). Motezuma estonces (10) 
acordándose que en su propria casa estaba preso y de día y de noche (ii) 
con goarda de gente tan ariscada, y que ningún gran señor de los 
suyos osaba alzar los ojos cuando él le hablaba, no se pudo sufrir que 
no llorase, ni pudo ser esto tan secreto que Cortés no lo supiese luego, 
el cual, como era razón, muy enojado, quiso ahorcar al español, si no 
fuera por ruego de los Capitanes y por la falta que por estonces pudiera 
hacer, y así le mandó dar docientos azotes de manera que Motezuma lo 
viese, al cual, como ios de la guarda suplicasen que no permitiese que 
aquel español que con enojo se le había atrevido, fuese azotado, ca entre 
los españoles era más afrentoso ser azotado que el morir, iMotezuma, 
que aún no había perdido el enojo, les respondió que Cortés (12), como 
buen Capitán, hacía justicia y que su ruego no había de ser sino para 
que le perdonasen la vida, que merescia perder, é que no de otra manera 
castigara él á cualquiera señor de los de su Corte que se atreviera contra 
Cortés. Visto esto é (13) que tenía razón, los de la goarda callaron y el 
otro pagó como mal criado, pasando su carrera. 

Otro día que esto acontesció, estando velando á Motezuma, al trocar 


(1) Tachado'. ‘‘En este comedio.” 

(2) Añadido: ‘‘en esto.” 

(3) Tach.: “español de los que le guardaban, le dixo.“ Suplido: “castellano 
de los de la guarda del Rey, le pidió.” 

(4) Tach.: “Motezuma, que sí.” SupL: “que lo.” 

(5) Tach.: “el español.” SupL: “el castellano.” 

(6) Tach.: “le tornó á decir que le mandase buscar las indias, si no que... (paró 
aquí).” SupL: “se lo tornó á pedir.” 

(7) Tach.: “como Príncipe, respondióle." Supl.: “le respondió." 

(8) Tach.: “desdeñando su persona. El español, no considerando que lo había 
con tan gran Príncipe.” Supl.: “el castellano, insolentemente." 

(9) Tach.: “porque son desta condisción, si no es con su Rey. todos los más 
de los españoles.” 

(10) Tach.: “estonces.” 

(11) Tach.: “en su propria casa estaba preso, y de día y de noche." Supl.: 
“estaba preso en su casa y.” 

(12) Tach. desde: “ariscada y que ningún gran señor de los suyos osaba alzar 
los ojos cuando él hablaba”, hasta: “les respondió que Cortés.” Supl.: “feroz, se 
enterneció: llegado á noticia de Cortés, quiso ahorcarle por tan gran insolencia, pero 
á ruego de los Capitanes, le mandó azotar. Rogaron á Motezuma que pidiese á Cor¬ 
tés que no hiciese aquel castigo, porque entre los castellanos era más afrentoso que 
morir. Respondió que Cortés.” 

(13) Tach.: “esto é.” 






LIBRO CUARTO.—CAP. XXIX 


s:9 

de las velas (i), se fueron tres (2) sin haber venido las otras (3) á 
ponerse en su puesto; y como Cortés lo supo, que no sabía dormir (4), 
los mandó luego aquel día (5) azotar, porque ^íotezuma entendiese el 
~castigo que se daba á los que no hacían bien la vela (6), para que sí tenía 
pensamiento de irse no osase. Luego la otra noche, á dos horas della (7), 
vieron los españoles (8) salir á muchos indios naborias de la casa del 
maxixato, cargados de panes de liquidambar. Como vieron esto, 
fueron allá obra de sesenta dellos, y entre ellos Peña, el querido de 
Motezuma (9); tomaron mucho del liquidambar (10), que era cosa 
que corría mucho en el mercado, porque cada pan valía dos gallipavos 
ó tres gallinas. Alandólos prender á todos Cortés, y (ii) como lo supo 
Aíotezuma y vió que los alguaciles andaban de casa en casa é que ya 
había dos días que estaban presos, invió á decir á Cortés (12) que por 
qué tenía preso á Peña, su amigo, y á los otros sus compañeros, y 
respondiéndole Cortés (13) que porque habían hurtado el liquidambar y 
no había de permitir que los suyos le diesen enojo, replicóle Motezuma 
que aquello era no nada y que mandase luego (14) soltar á su amigo Peña 
y á los demás ; que el castigo en los españoles (15) no había de ser sino 
por fuerzas y desacatos. Holgó Cortés dello, y así de ahí adelante, hasta 
que se acabó el liquidambar, se aprovecharon dello los españoles, y los que 
estaban presos fueron luego sueltos (16) y Peña fué á besar las manos 
á Alotezuma, el cual le abrazó y se holgó tanto con él como si fuera 
su hermano, á quien mucho tiempo deseara ver (17). Dióle muchas cosas, 
hízole grandes caricias y rogóle que de ahí adelante no se apartase de 
su lado, y que si algo hobiese menester que se lo pidiese, porque ninguna 
cosa le negaría. 

Otro día, después que Cortés mandó soltar los presos, le convidó 


(1) ^ Tachado: “estando velando á Aíotezuma, al trocar de las velas.” Suplido: 
“mudándose la guarda.” 

(2) Añadido solásiáos.” 

(3) Tachado: “las otras.” Suplido: “los otros.” 

(4) Tach.\ “que no sabía dormir.” 

(5) Tach.: “aquel día.” 

(6) Tach.: “veía.” Suplido: “guarda.” 

(7) Tach.: “della.” 

(8) Tach.: “españoles.” Suplido: “castellanos.” 

(9) Tach.: “Como vieron esto, fueron allá obra de sesenta dellos, y entre ellos 
Peña, el querido de Motezuma.” 

(10) Tach.: “del liquidámbar.” Supl: “dello.” 

(11) Tach.: “Alándolos prender á todos Cortés y.’' Supl.: “Mandó Cortés 
prender á los que lo hicieron y.” 

(12) Tach.: “y vió que los alguaciles andaban de casa en casa é que ya había 
dos días que estaban presos, invió á decir á Cortés.” Supl.: “y que el uno era 
Peña, su privado, envióle á decir.” 

(13) Tach.: “respondiéndole Cortés.” Supl.: “respondiendo.” 

(14) Tach.: “replicóle Aíotezuma que aquello era no nada y que mandase luego.” 
Supl: “dixole que aquello no era nada, que luego mandase.” 

(15) Tach.: “españoles.” Supl: “castellanos.” 

(16) Tach.: “los españoles, y los que estaban presos fueron luego sueltos.” 

(17) Tach.: “á quien mucho tiempo deseara ver.” 




340 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


]\Iotezuma al peñol de la caza, que es hoy una de las buenas casas que 
hay en la (i) Nueva España, donde Hernando Cortés, después que fué 
Marqués del Valle, edificó una muy hermosa casa. Motezuma entró en 
una canoa, con otras muchas llenas (2) de señores, adereszados ricamente, 
con muchos ramos por lo alto, que hacían (3) sombra. Cortés entró en 
los bergantines que se habían hecho, también á su modo lo mejor que 
ser pudo adereszados, acompañado de algunos Capitanes y soldados ^ 
principales, porque los demás quedaron en guarda de la ciudad. Salieron 
todos con gran ruido de música, así de los españoles (4), como de los 
indios. Llegados al peñol, en unas casas que se hicieron de árboles y ra¬ 
mos, flores y rosas, dió Motezuma una muy real comida, en mesas dife¬ 
rentes, porque los españoles (5) comieron juntos, en mesas altas, y á la ca¬ 
becera Motezuma y al lado Cortés; los señores indios, á su costumbre, co¬ 
mieron en el suelo, y con ellos, para mayor confirmación de amistad, algu¬ 
nos caballeros españoles (6), porque así lo ordenaba el muy avisado (7)* 
Cortés, procurando por todas las vías que podía aficionar y traer á su 
amor (8) aquella gente entre quien estaba. 

Acabada la comida de ahí á una hora (9), mandó Motezuma poner 
algunas redes é (10) que por otra parte saliesen los flecheros y que otros 
con voces y ruido de instrumentos levantasen la caza. Fué cosa de ver 
cómo algunas salvajinas se enredaban y cómo los flecheros enclavaban 
animales muy pequeños, aunque fuese muy de lexos, donde se mostraba- 
bien su destreza. Holgáronse mucho los nuestros (ii) en ver caza tan 
extraña; fueron cargados de liebres y conejos, que los hay los mayores y' 
mejores del mundo. 

Acabada la caza, dió el gran señor (12) una muy solemne merienda, 
y sobre tarde volvió á la ciudad. Mostró sus casas y los secretos dellas 
á los caballeros españoles (13). Eran tan grandes, tan vistosas y tan (14) 
soberbias que representaban la grandeza y majestad de su morador, y 
no menos que en el laberinto cretense un español de los que dentro había' 
entrado (15) se perdió que no acertó á salir hasta que un criado del gran 


(1) Tachado: 

(2) Tach.: “llejnas.” 

(3) Tach.: “con muchos ramos por lo alto, que hacían.” Suplido: “y enramadas- 
para la.” 

(4) Tach.: “españoles.” SiipL: “castellanos.” 

(5) Tach.: “españoles.” Supl: “castellanos.” 

(6) Tach.: “españoles.” Supí.: “castellanos.” 

(7) Tach.: “el muy avisado.” 

(8) Tach.: “y traer á su arnor.” 

(9) Tach.: “de ahí á una hora.” 

{io)Tach.: "é." Supl.: ‘“y.” 

(11) Tach.: “nuestros.” Supl.: “castellanos.” 

(12) Tach.: “gran señor.” Supl.: “Rey.” 

(13) Tach.: “españoles.” SiipJ.: “castellanos.” 

(u) Tach.: “tan.” 

(15) Tach.: “y no menos que en el laberinto cretense, un español de los que- 
dentro había entrado.” Supl.: “y un castellano.” 




LIBRO CUARTO,—CAP. XXX 


34 í 

5eñor (i) lo sacó. Estaba lo más de la casa de tal manera fundada sobre 
agua, que debaxo della andaban en canoas, y para ir más secretamente á 
las casas de sus mujeres, iba Motezuma en canoa por agua (2) lo más solo 
<|ue podía, como quien va por debaxo de cobertizo. 


CAPITULO XXX 

CÓMO CORTÉS TRATÓ CON MOTEZUMA DE DERROCAR LOS ÍDOLOS 
É DE LO QUE ENTRE ELLOS PASÓ (3) 


Viendo Cortés que Motezuma estaba más quieto y que así él como 
ios señores mexicanos con la conversación de los nuestros (4) se iban 
cada día más aficionando á ellos; é (5), que todas las fiestas principales 
salía al templo mayor con la cerimonia acostvimbrada, que era ir arrimado 
á uno, ó entre dos señores, que lo llevaban de los brazos, y otro delante 
con (6) tres varas delgadas de oro en la mano, en señal de justicia, ó 
que iba allí la persona real, y si iba en andas, tomaba una de aquellas 
varas en su mano, llevándola como ceptro, según algunos dicen, cuando 
Taxaba dellas; é que las más de las fiestas con los sacerdotes hacía 
sacrificar muchos hombres y mujeres, doliéndose desto y de que 
estando él presente se hiciese carnicería de inocentes (7), determinó 
de hablar á Motezuma y rogarle quitase los ídolos, y para más 
moverle le dixo así: ''Gran señor y poderoso Rey á quien Dios 
omnipotente y no los falsos dioses han dado grandes señoríos: Razón 
será que entiendas que como tú estás puesto (8) en la silla real, pudiera 
poner á otro de tus (9) más baxos vasallos, y pues la gran dignidad que 
tienes la has (10) rescebido de un solo Dios, que por sus ocultos juicios 
da los reinos á quien es servido y no pueden hacer esto muchos dioses, 
lo uno porque no los hay ni puede haber, y lo otro que ya que los hobiera 
no pudieran tener todos un poder y una voluntad, bien será que salgas 
ya del engaño en que hasta ahora has vivido y me dexes (ii) que 

(1) Tachado: “gran señor.” Suplido: “Rey.” 

(2) Tach.: “por agua.” 

(3) Tach.: el epígrafe. 

(4) Tach.: “nuestros.” Supl.: “castellanos.” 

(5) Tach.: “á ellos, é.” Supl: “y.” 

(6) Añadido: “las.” 

.(7) Tachado: “carnicería de inocentes.” Suplido: “aquella bárbara crueldad.” 

(8) Tach.: “ así: “ Gran señor y poderoso Rey, á quien Dios omnipotente, y no 
los falsos dioses, han dado grandes señoríos: Razón será que entiendas que como 
tú estás puesto.” Supl: “que sería razón, que dntendieS^ que como estaba puesto 
por divina voluntad.” 

(9) Tach.: “tus.” Supl: “sus.” 

(10) Tach.: “tienes la has.” Supl: “tenía la había.” 

(11) Tach.: “bien será que salgas ya del engaño en que hasta aliora has vivido, 
y me dexes.” Supl: “sería bien que saliese de la ceguedad en que había vivido y 
le permitiese.” 



042 


CRÓXICA DE LA XUEVA ESPAÑA 

yo (i) quebrante y derrueque (2) aquellos falsos y malos (3) ídolos que 
adoráis (4), que son (5) tan crueles que no se sirven (6) sino de la sangre 
de los que no tienen (7) culpa, y poner (8) en su lugar la imagen de 
Cristo, Dios verdadero, y la de su bendicta Madre, para que de ahí 
adelante conoscan los tuyos (9) al que los hizo y redimió y ha de salvar; 
y pues tú has siempre, después que me tratas, tenido afición (10) á ser 
cristiano y te ha parescido bien nuestra ley é manera de vivir, y eres 
tan amado y obedescido de los tuyos, sé el primero en esto, para que 
los demás te sigan y no osen hacer otra cosa, y si la intentaren no serán 
todos, y si todos, yo estoy aquí con mi gente, que con el favor de Dios 
te los subjectaré y haré que en todo sigan tu voluntad mejor que hasta 
aquí’’ (ii). 

Motezuma le oyó con mucho (12) cuidado y (13) atención, y primero 
que le respondiese se detuvo un poco, sintiendo, primero que hablase, en 
su pecho, contradición y diversos paresceres; finalmente, inclinándose' 
á lo peor (14), respondió que no le parescía mal lo que había dicho, pero 
que estonces (15) no era tiempo, porque los suyos eran muchos y todos 
nascidos y criados en su adoración de dioses (16), é que ya que él quisiese 
seguir su parescer, que ellos no querrían, por tener, como era razón (17), 
en más á sus dioses que no á él. Díxole más, como aquel á quien el 
demonio tenía tan ciego: “¿Cómo quieres que haga tal, que estos dioses 
nos han dado (18) salud, bienes temporales y victorias en las guerras, y 
cuando se enojan porque los ofendemos invían (19) malos años y nos 

(1) Tachado: “3^0.” 

(2) Tach.: “quebrante y derrueque.” SupL: “derrocase.” 

(3) Tach.: “y malos.” 

(4) Tach.: “adoráis.” Supl.: “adoraba.” 

(5) Tach.: “son.” Siipl.: “eran.” 

(6) Tach.: “sirven.” Supi.: “servían.” 

(7) Tach.: “tienen.” Supl.: “teníajn.” 

(8) Tach.: “poner,” Supi.: “que pusiese.” 

(9) Tach.: “conoscan los tuyos.” Supi: “conociesen los suyos.” 

(10) Tach.: “y ha de salvar; y pues tú has siernlpre, después que me tratas, 
tenido afición.” Supl.: “y que pues desde que le trataba había mostrado voluntad.” 

(11) Tach. desde: “y te ha parescido bien nuestra ley”, hasta : “sigan tu voluntad 
mejor que hasta aquí.” Supl.: “y le había parecido bien su religión y era tan 
obedecido de los suj'os, le suplicaba que fuese el primero, para qui'e los demás 
siguiesen su exemplo, y que cuando por esto se ofreciese alguna inquietud, se ofre¬ 
cía de castigar con su gente á cualquiera que se atreviese contra él.” 

(12) Tach.: “mucho.” Supl.: “mucha.” 

(13) Tach.: “cuidado y.” 

(14) Tach.: “primero que le respondiese se detuvo un poco, sintiendo primero 
que hablase, en su pecho, contradición y diversos paresceres; finalmente, in¬ 
clinándose á lo peor.” Supl.: “con gran reposó.” 

(15) Tach.: “estonces.” Supl.: “aún.” 

(:6) Tach.: “su adoración de dioses.” Supl.: “el adoración de aquellos dioses.” 

(17) Tach.: “como era razón.” 

(18) Tach.: “Díxole más, como aquel á quien el demonio tenía tan ciego: 
“¿Cómo quieres que haga tal, que estos dioses nos han dado.” Supl.: “Dixo 
asimismo que cómo quería que tal cosa hiciese, pues aquellos dioses los habían 
dado.” 

(19) Tach.: “enojan porque los ofendemos invían.” Supl.: “enojaban enviaban.” 






LIERO CUARTO.—CAP. XXX 


castigan como quieren?” (i) Replicóle Cortés ser falso aquello y que (2) 
los demonios que en aquellas figuras de ídolos se hacían adorar no 
eran dioses, sino criapturas obstinadas en su pecado y condenadas á las 
penas eternas del infierno, é que no podían hacer mal, más del que 
Dios les permitiese, y que el bien de sola la mano de Dios venía (3), 
aunque aquellos demonios le hacían entender lo contrario, y que no 
pusiese excusa en lo que le suplicaba, porque era subgestión y engaño 
del demonio, que le tenía ciego. 

i\íotezuma tornó á responder (4) lo mismo que de antes (5), diciendo 
que sus vasallos tomarían armas contra él, y que si él fuese más poderoso 
que ellos, se irían á otros reinos y dexarían la ciudad despoblada. Tornóle 
á decir Cortés que si se rebelasen, que él los subjectaría y si se fuesen 
los traería por fuerza. Contradixo á esto (6) Motezuma ; pero después 
que vió la porfía de Cortés, pensando rendirle con amenazas [le dixo] : 
“Pues tanto porfías, haz lo que quisieres, y si mal te viniere no te quexes 
de mí, porque te hago saber que tú y los tuyos moriréis luego, ó de 
hambre (7), porque los nuestros no os darán (8) de comer, ó en guerra, 
porque todos se levantarán y no seré yo parte (9) para apaciguarlos.” 

Cortés, con el ánimo y seso que solía respondió: ''Hagan lo que 
quisieren ; que tú verás cómo no pueden nada, porque yo tengo á Dios 
de mi parte, por cuya honra y gloria vine aquí, y quiero derrocar los 
Ídolos y poner su imagen, y así tendré poco que agradescerte y razón 
de culparte por haber tenido miedos vanos y no haber creído lo que yo 
te he dicho, que tanta razón trae consigo.” Con esto (10) se despidió como 
enojado, con determinación de hacer lo que muchos dicen que después 
hizo, que fué delante de todo el poder mexicano, subiendo al cu (ii) ma¬ 
yor con una barra en las manos, quebrantar el ídolo supremo, y afirman 
muchos haberle visto, cuando esto hacía, levantado del suelo en el aire 
más de tres palmos. Otros dicen, como es Ojeda, que hizo un sumario 


(1) Tachado', ‘‘nos castigan como quieren?” Suplido: “los castigaban.” 

(2) Tach.: “ser falso aquello', y que.” Su¡d.: “que aquello era falso, porque.” 

(3) Tach.: “venía.” SupL: “procedía.” 

(4) Tach.: “tornó á responder.” Supl: “replicó.” 

(5) Tach.: “que de antes.” 

(6) Tach.: “Contradixo á esto.” 

(7) Tach.: “pero después que vió la porfía de Cortés, pensando rendirles con 
amenazas [le dixo] : “pues tanto porfías, haz lo que quisieres, y si mal te viniere 

no te quexes de mí, porque te hago saber que tú y los tuyos moriréis lujego, ó de 
hambre, : “ viendo que Cortés le apretaba tanto, dixo que pues así porfiaba, 

hiciese lo que quisiese, y si algún mal se le siguiese, no se quexase dél, porque le 
hacia saber que él y todos los castellanos morirían luego.” 

(8) Tach.: nuestros no os darán.” Supl.: “indios no los darían.” 

(9) Tach.’. ó en guerra, porque todos se levantarán, y no seré yo parte.” 
Supl.: “y los harían guerra, sin ser él parte.” 

(m) ^^sde con el ánimo y seso que solía respondió:” hasta “Con 

esto. Siipl .^; le dixo que hiciesen lo que quisiesen, que vería cómo no podían nada, 
porque tema á Dios de su parte, cuya imagen quería poner en el templo, y con 
esto.” 

(ii) Tach.: “al cu.” Supl: “al templo.” 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


Mi¬ 
de lo que vió (i), que pasados tres ó cuatro días después que Cortés 
habló á Motezuma, vinieron muchos indios con muchas maromas y unos 
vasos que son como los con que varan los navios, y subieron á lo alto 
donde el gran ídolo estaba casi cuatrocientos hombres, con mucha 
cantidad de esíeras de enea y de asentaderos de á braza, de los que 
tienen los caciques en sus casas, que son de paja, cubiertos con petates, 
y hicieron una cama muy grande, que tendría medio estado, en alto, 
para poner el ídolo encima, que no se quebrase, porque él y otros que á 
par dél estaban, según he dicho, eran muy grandes. Baxáronlos con toda 
la destreza que pudieron; su figura era vestidos como flaires, ceñidos 
también como flaires, las cabezas con cabello corío y redondo como 
ellos, salvo que las capillas eran á manera de capa lombarda. No pudieron 
abaxar estos ídolos con tanta destreza que por su pesadumbre y grandeza 
no se quebrasen algunos pedazos muy pequeños, los cuales los sacerdotes 
y los que más cerca se hallaron cogieron y envolvieron en los cabos de 
sus mantas, como reliquias de algunos sanctos; tanta era su supertición. 

Puestos los ídolos en aquella cama, fué cosa de ver la industria y arte 
de que usaron para abaxarlos por tantas y tan altas gradas como el 
templo tenía. I^Ietieron ante todas cosas cada uno de los ídolos en sendos 
vasos, atando luego unas gruesas maromas á unas argollas de metal que 
estaban en lo alto, tan grandes que por cada una podía caber la cabeza de 
un hombre y tan gruesas como la pierna, poniendo para por donde los 
vasos fuesen muy gruesas vigas juntas y ensebadas, de manera que los 
vasos, pendientes de las maromas, poco á poco descendían, halando las 
maromas por las argollas. Hicieron esto con tan gran concierto y tan sin 
voces, que no suelen hacer nada sin ellas, que puso en espanto á los 
nuestros. Puesto desta manera el un ídolo en lo baxo del templo, baxaron 
el otro por la misma arte, y puestos en unas como andas muy grandes, én 
hombros las llevaron los sacerdotes, y la caballería y la demás gente, 
que no tenía número, los acompañaron hasta ponerlos donde nunca los 
nuestros jamás los vieron, ni por cosas que les dixeron lo quisieron 
descubrir. Pudo en esto mucho la autoridad de Motezuma y la reverencia 
que le tenían y la prisión en que estaba, porque fué negocio tan nuevo 
y tan áspero para los mexicanos, que aunque todos murieran, no 
consintieran baxar los ídolos. De donde se puede bien entender, como 
de lo demás que hemos dicho, cuán grande fué el valor, prudencia y 
esfuerzo, y lo que es principal, la confianza que en Dios tenía Cortés, 
cosas que paresce haberlas puesto Dios juntas, tan grandes y señaladas 
como convenía que fuesen, para ser instrumento de que un Nuevo 
IVIundo se conquistase y, conosciendo un Dios, reconosciese á los Reyes 
de Castilla. 


(i) Tachado: “que hizo im sumario de lo que vió.” Suplido: “en sus 
M-emoriales. ” 







LIBRO CUARTO.—CAP. XXX 


345 

Dicen algunos (i) que sintieron tanto esto, así el pueblo en común 
como los señores, que muchas veces casi por puntos instigados por el 
demonio, que tanto en este negocio perdía, estuvieron determinados de 
rebelarse y ponerse en armas, aunque esto lo había prevenido también 
Cortés, que puesto más que nunca á punto con los suyos hiciera gran 
estrago (2), aunque era notable el riesgo que corría. 

Puestos, pues, los ídolos adonde á los mexicanos paresció, Cortés 
mandó luego barrer y regar lo alto del templo donde los ídolos habían 
estado y con gran solemnidad y devoción en una muy extraña y nueva 
procesión, porque todos iban armados, subieron las imagines del Crucifixo 
y de Nuestra Señora y otras, canaando los que lo sabían con gran 
devoción aquel psalmo (3) de Te Deum laudamus á vista de los mexicanos 
y con gran espanto y silencio dellos, que paresce que Dios les tenía las 
manos y enmudescía las lenguas. Cortés se vistió de fiesta ; derramó 
muchas lágrimas de alegría y devoción; fué el primero que puestas las 
imágines, hincado de rodillas, las adoró, diciendo: “Grandes é infinitas 
alabanzas sean dadas á Tí, Dios verdadero, en los siglos de los siglos, 
que has querido que al cabo de tantos años que el demonio, tu 
adversario (4), tiranizaba con tantos errores y crueldades tantas nasciones 
sentado en ese trono donde Tú ahora estás, le hayas por nuestras flacas é 
indignas manos derrocado y desterrado para los abismos donde mora. 
Suplicóte, pues nos has hecho tanta merced, seas servido de aquí 
adelante favorescernos, para que tan buenos principios consigan para 
gloria y honra tuya glorioso fin.” Diciendo estas palabras, estaban todos 
de rodillas, llorando y sollozando de contentos, así por lo que vían, como 
por las sabias y devotas palabras que á su Capitán oían (5), 

Acabadas de poner las imágines y de hacer oración, los españoles (6) 
bailaron buena cantidad de oro en cascabeles, algunos tan grandes que 
pesaba cada uno (7) cient castellanos, pendientes de unos toldos y cortinas 
ricas que estaban colgadas, por puertas, delante de los ídolos, de manera 
que ninguno podía entrar donde los ídolos estaban, que meneando los 
toldos ó cortinas no hiciesen un suave ruido como de campanillas. Todos 
estos cascabeles y cortinas mandó quitar Cortés, por que no quedase 
rastro de la supertición é idolatría de los infieles, mandando colgar un 
paño de seda como dosel, donde se pusieron las imágines, lo cual hecho 
se baxó y volvió donde Motezuma estaba, el cual, con sereno y alegre 
rostro, desimuló bien el pesar que su corazón tenía por lo hecho, mandando 


(1) Tachado desde: “De donde se puede bien entender”, hasta: “Dicen 
algunos.” Suplido: “Dixeron muchos.” 

(2) Toch.: “estrago.” Supl.: “daño en ellos.” 

(3) Tach.: “aquel psalmo.” SnpL: “el salmo.'* 

(4) Tach.: “tu adversario.” 

(5) . Tíír/zy “así por lo que vían, como por las sabias y devotas palabras que á 
su Capitán oían.” 

(6) Tach.: “españoles.” Sup'lido: “castellanos.” 

(7) Tach.: “pesaba cada uno.” Supl.: “pesaban á.“ 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


346 

luego secretamente deshacer una ramería de mujeres públicas que ganaban 
en el Tatelulco, cada una en una pecezuela, como botica (i), serían las 
casas más de cuatrocientas y así las mujeres,, diciendo que por los pecados 
públicos de aquéllas, habían los dioses permitido que viniesen á su ciudad 
y reino cristianos que pudiesen y mandasen más que él, no considerando 
cuán más feos y graves pecados eran los de la sodomía, sacrificios de 
inocentes, comer carne humana, oprimir y subjectar á los que menos 
podían, quitándoles ?u libertad y hacienda sin haber hecho por qué. 


CAPITULO XXXI 

DO SE PROSIGUE EL QUITAR DE LOS ÍDOLOS, SEGÚN LO ESCRIBIÓ FRAY TORIBIO 
MOTOLINEA, Y DEL MII.AGRO QUE DIOS HIZO INVIANDO AGUA (2) 

Porque no hay en las cosas humanas, por la variedad de los 
paresceres, negocio tan averiguado que aun los mismos que le trataron 
y vieron, en el contarlo no difieran en algo, y muchas veces en mucho, 
parescióme que haría bien, pues de los mismos conquistadores que, ó 
escribieron de propósito, como Fray Toribio, ó dexaron Memoriales, 
como Ojeda y otros, difieren entre sí, y lo que más es, muchos de los 
conquistadores de quien yo con cuidado me informé para la verdad desta 
historia, y que pues no lo vi, no paresca que sigo más á unos que á otros, 
no pudiendo ser juez de sus verdades, escrebir aquí lo que Motolinea 
dice, el cual en lo más del capítulo pasado habla de otra manera, como 
lo toqué de paso, diciendo que después de haber Cortés diversas veces 
persuadido á Motezuma se tornase cristiano, dexando la falsa adoración 
de los ídolos y la cruel y jamás vista costumbre de sacrificar innocentes, 
y vió que no aprovechaba, ó porque se le hacía áspero dexar la religión 
en que había nascido y vivido, ó por el temor que á los suyos tenía, le 
invió á decir, y con palabras ásperas, como de hombre que ya estaba 
determinado, que en todas maneras mandase á sus sacerdotes de allí 
adelante no sacrificasen más hombres si no quería que le asolase el templo, 
por el suelo, é que á esto no hubiese otra repuesta más que mandarlo, é 
que supiese que para quitar la ocasión, estaba determinado por su persona 
derrocar los ídolos. Alucho se alteró Motezuma con este mensaje, porque* 
entendió que los suyos se alterarían. Respondió que no se pusiese en tal. 
porque él, aunque quisiese, no lo podría consentir, ni los suyos lo 
permitirían y que dello no se podían dexar de seguir grandes alteraciones 
y muchas muertes de los unos y de los otros, ca los suyos, en defensa 
de su religión, como cada nasción de la suya, estaban obligados y aun 
determinados á defenderla, especialmente siendo sus dioses tan buenos . 
que les daban agua, pan, salud, victorias y los demás bienes temporales, 

frí Tachado: “camo botica.” 

(2) Tach. el ep^ígrafe. 








LIBRO CUARTO.—CAP. XXXI 


347 

y que cesando los sacrificios y fiestas que con tanta razón se les debían, 
les negarían estos bienes é ¡nviarían pestilencia, como otras veces habíau 
hecho por pecados no tan graves. 

No pudiendo Cortés sufrir esta repuesta, otro día de mañana 
apercibiendo á sus compañeros, les dixo: ‘‘Mejor nos será morir que- 
sufrir que tan públicamente, estando nosotros presentes, que seguimos su 
ley, sea Dios ofendido con tanto derramamiento de sangre de innocentes ; 
por tanto, quedando los que sois menester en guarda del palacio y bocas 
de las calles, para si algún alboroto hobiere, los demás me seguid, que 
yo quiero subir al templo y derrocar por mis manos los ídolos. Ordenado 
lo que era menester, bien armado, tomando una barra de hierro en las 
manos, subió á lo alto del templo; y después de haber invocado con pocas 
palabras el auxilio divino, delanüe de Motezuma y de los demás señores 
que lo muraban, se levantó con gran furia y dió con la barra en el rostro 
del ídolo mayor, que con ser de quince pies en alto alcanzaba á la cabeza, 
según tomaba el vuelo, levantándose del suelo más de vara y media, 
que según dicen los que siguen á Fray Toribio, no era posible sino que 
los ángeles le sostenían en el aire, sin poderle estorbar la pesadumbre de 
las armas de que estaba armado. 

Motezuma se turbó demasiadamente; aceleráronse los suyos mucho 
con determinación de ponerse en armas y matar á los nuestros; mirábanse 
unos á oííros como atónitos y espantados de ver en su casa, contra sus 
dioses, un tan gran atrevimiento; suspendieron el tomar armas hasta 
ver lo que el gran señor mandaba, el cual, á gran furia, por momentos, 
inviaba mensajeros á Cortés, rogándole y amenazándole con la muerte 
á que luego se baxase. Cortés estonces, no perdiendo nada de su coraje 
y propósito sancto, volviéndose á los nuestros y con lágrimas en los ojos 
y palabras hervorosas llenas de fee, salidas del corazón, les dixo: 
“Caballeros de Jesucristo que militáis debaxo de su bandera: Bien será 
que de cuantas cosas hacemos por nuestro provecho temporal é interese- 
mundano, buscando con tanto cuidado el aumento de nuestra honra, 
ahora, que es tiempo, busquemos y defendamos la gloria y honra de 
nuestro Dios, pues á El sólo se debe y no á estos falsos ídolos, causadores 
de tantas muertes de innocentes.'^ Dichas estas palabras, respondió á 
los mensajeros de Alotezuma: “Decid á quien os invió y á todos sus 
principales que vengan luego, que yo no cesaré de derribar y destruir 
estos ídolos, que, como muchas veces Ies tengo dicho, no son dioses, 
sino piedras y figuras del demonio." 

Mucho espantó y atemorizó esta repuesta al gran señor, porque el 
verdadero gran Señor, delante del cual no hay otro señor, le amedrentaba 
y confnndia de manera que no fné poderoso para hacer señal de guerra 
ni dar á entender á los suyos que vengasen la afrenta é injuria de sus 
dioses. Todos los idólatras, no menos que su señor, estaban abobados, 
tan sin ánimo y sin sentir que enmudescieron, como si fueran de piedra, 
hasta que Cortés hubo acabado de hacer pedazos los dos ídolos que estaban 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


348 

-en la capilla mayor. Asistieron con él pocos de los nuestros, porque los 
demás estaban en guarda, puestos donde convenía, aunque en aquella 
sazón no se hallaron todos, por haber Cortés inviado muchos á diversas 
partes fuera de México, que también da claro á entender lo mucho que 
en esto hizo el invencible Cortés, el cual, luego con gran diligencia, 
mandó quitar la sangre que por las capillas estaba helada y derramada, 
y barrerla y lavar la capilla mayor. Puso en aquélla un altar con un 
dosel de seda, donde con la procesión y devoción, que dixe, puso un 
Crucifixo é una imagen de Nuestra Señora, que él siempre en todas 
sus jornadas y caminos traía consigo. Excusó por estonces tan gran 
carnicería de innocentes que no se puede decir cuántos eran por año, 
porque el predecesor de Motezuma, que se llamaba Avizotcin, que hizo 
el templo mayor, cuando le acabó, en el primer sacrificio sacrificó ochenta 
mili cuatrocientos hombres. Duró este horrendo y abominable sacrificio 
algunos días; traían para matar como carneros á los hombres por cuatro 
calles, donde llegando al cu, los sacerdotes, con gran fiesta y regocijo 
los rescebían, diciéndoles se holgasen, pues habían de morir en servicio 
de los dioses (i). 

Desde á pocos días que Cortés hizo tan memorable hazaña, vinieron 
muchos indios cargados de cañas y mazorcas de maíz casi secas, y muy 
quexoses é indignados dixeron á Cortés: “Por que veas lo que has hecho 
y lo poco que te debemos, mira cómo después que derrocaste nuestros 
dioses nunca ha llovido ; sécanse nuestras sementeras y presto moriremos 
de hambre.'’ Cortés estonoes, con la fee que había tenido cuando derrocó 
los ídolos, les respondió como si lo viera presente: “Lo hecho está muy 
bien hecho, y para que veáis que vuestros falsos dioses no os pueden 
dar ni quitar los bienes temporales, sino que sólo un Dios, en quien 
nosotros creemos, los da y quita como quiere, sed ciertos que de aquí á 
mañana lloverá y tendréis el mejor año que jamás hayáis tenido, é yo 
y mis compañeros lo suplicaremos á nuestro Dios, poniendo por iiitercesora 
á su sanctísima Madre, por cuyas manos y méritos hemos rescibido y 
alcanzado grandes mercedes." Los indios se sonrieron, como haciendo 
burla. Cortés, que lo entendió, llamó á sus compañeros, diciéndoles io 
que había pasado y rogándoles cuan encarescidamente pudo se doliesen 
de sus pecados, propusiesen la enmienda y se reconciliasen los unos con 
los otros, si algunas enemistades había, y que para otro día de mañana 
fuesen con él á oir misa, para suplicar á Dios iiiviase agua y que aquellos 
infieles conosciesen, por la merced que Dios les haría, que sus dioses 
eran falsos y que con razón habían sido derrocados. 

Puestos todos, como en lo que iba tanto con Dios, con la mayor 
devoción que pudieron oyeron la misa que el clérigo celebró. Confesó 
antes y comulgó aquel día Cortés. Poco después de acabada la misa. 


(i) Tachado desde el comienzo del capítulo hasta: “pues habían de morir en 
servicio de los dioses.” 








LIBRO CUARTO—CAP. XXXII 


349 

antes que los nuestros descendiesen (i) del templo, estando el cielo muy 
sereno, á vista de todo el poder mexicano, se comenzó á cobrir de un 
nublado muy espeso un cerro que se dice Tepeaquilla, y vino luego tan 
recia agua que con estar tan cerca el templo del palacio, los nuestros (2) 
y los indios que estaban fuera de sus casas llegaron bien mojados. 
Llovió todo aquel dia y otros también, que hizo el año más próspero 
que nunca. Dieron los nuestros (3) muchas gracias á Dios por la merced 
que les había hecho, y los idólatras quedaron confundidos en su error (4), 
aunque muy consolados viendo que se les había excusado la hambre y 
mortandad que tenían. 

Quedó Motezuma muy espantado; alegróse y regocijóse mucho con 
Cortés, el cual, viendo tan oportuna ocasión para lo que deseaba decir 
al pueblo, le suplicó mandase juntar á todos los señores y caballería (5) 
de su ciudad, porque delante dél, cerca de su religión, les quería hacer 
una plática, que oída (6), podría ser les moviese los corazones (7) á 
creer en un Dios y aborrescer los falsos dioses,.cesando del cruel sacrificio 
de innocentes que les pedian. Motezuma holgó mucho desto, y juntos en 
palacio los más señores y caballeros que en la ciudad estaban, estando, 
presente IMotezuma, les habló así: 


CAPITULO XXXII 

DE LA PLÁTICA QUE CORTÉS HIZO Á MOTEZUMA Y Á SUS CABALLEROS 
CERCA DE SUS ÍDOLOS (8) 

“ Muchas veces, muy poderoso Rey y muy nobles caballeros y vosotros, 
religiosos varones (9), que según vuestras cerimonias y costumbres, 
después del Rey, estáis puestos en lugar supremo, he deseado que, libres > 
de toda afición á las cosas de vuestra religión (10), me oyésedes con gran 
cuidado lo que diversas veces, en suma, os he dicho, tocante á la verdadera 
religión de los cristianos y al engaño que con tanto daño de vuestras- 
almas y cuerpos hasta ahora habéis vivido; y porque unas veces con 
su Alteza, otras con algunos de los caballeros y otras con algunos de los 
sacerdotes, que presentes estáis, en particular y como de paso he tratado 
este negocio, y ninguno me ha respondido descontentarle, parescióme 
que era razón suplicar á su Alteza mandase que hoy os juntásedes todos,. 

(1) Tachado: “nuestros descendiesen.” Suplido: “castellanos baxasen.” 

(2) Tach.: “nuestros.” SupL: “castellanos.” 

(3) Tach.: “nuestros.” Supl: “castellanos.” 

(4) Tach.: “confundidos en su error.” Supl: “confusos.” 

(5) Tach.: “caballería.” Supl.: “caballeros.” 

(6) Tach.: “hacer una plática que oída.” Supl: “hablar, porque.” 

(7) Tach.: “les moviese los corazones.” Supl: “se moviesen.” 

(8) Tach. el epígrafe. 

(9) Tach.: “y vosotros, religiosos varones.” 

(10) Tach.: “afición á las cosas de vuestra religión.” Supl: “pasión.” 



35 o CRÓXICA DE LA XUEVA ESPAÑA 

para que alumbrándoos Dios, entendiendo lo que (i) dixere, tengáis 
per muy acertado el haber yo derrocado los ídolos y puesto en lugar 
dellos las iinágines de Jesucristo, Dios y Redemptor nuestro, y de la 
\ irgen Sanctísima, !Madre suya, por cuya intercesión Dios ha hecho y 
hace cada día grandes mercedes al linaje humane; para lo cual habéis 
de saber que no hay nasción en todo el mundo que si en la ley natural 
está algo advertida, y con vicios y torpedades no tiene escurescida aquella 
lumbre que desde su creación Dios le dió y comunicó, tenga que hay 
más de un sumo principio, una suma causa de todas las causas, ca (2) 
sumo es aquello sobre lo cual no hay otra cosa que más sea; y pues lo 
que es sumo no sufre superior ni igual, como aun por vuestras casas 
veréis, que no hay ninguno de vosotros que en el gobierno dellas quiera 
ni sufra tener quien le vaya á la mano como igual, cuanto más quien 
le mande como superior, nescesario es y forzoso len buena razón, 
discurriendo de un saber en otro, de un poder en otro, de una bondad 
en otra, venir, para que no haya discurso en (* *) infinito, que no puede ser 
á un tan gran poder, tan gran saber, tan gran bondad, que no haya tan 
gran poder, tan gran saber y bondad como aquella en cuyo poder de 
nada se hayan hecho las cosas, porque principio tuvieron y no son eternas, 
en cuyo saber son y serán sin error para siempre gobernadas y regidas, 
cuya bondad sin faltar las sustenta, comunicándoles su ser y haciendo de 
las más dellas señor al hombre. Xo pudiendo, pues, haber dos poderes 
infinitos ni dos saberes, ni bondades tales, forzoso es confesemos un 
solo Dios, infinitamente poderoso, infinitamente bueno, infinitamente 
sabio; y pues no puede haber dos dioses, ¿cuánto menos muchos, como 
vosotros confesáis infinitos? Y porque veáis bien el error en que estáis, 
; quién no se reirá viendo que tengáis un dios para el agua, otro para el 
fuego, otro para las batallas y otros así para muchas cosas, como si este 
nombre de dios no importase sumo poder para poderlo todo? De manera 
que si hay Dios, como ninguna nasción lo niega, y su significación importa 
tanto que no puede con ningún entendimiento ser comprendida, aun 
en buena razón es cosa superfina que lo que uno puede hagan muchos, 
porque en uno hay mayor unidad y menor discrepancia que en muchos, 
y más fuerte y poderoso es el que solo en batalla vence á muchos que 
el que es ayudado de muchos. 

En prueba de que no haya más de un Dios, también hace mucho 
al caso ver que en este vuestro gran señorío no haya más de un 
hombre, que es el poderoso Rey Motezuma, sobre tantos que aquí 
estáis, el cual solo os rige y gobierna; y si hobiera otros dos ó tres 
tan poderosos como él, él no fuera tan poderoso sobre vosotros, 
y habiendo diversas voluntades y paresceres, no pudiera ser una la 
gobernación, y así todo lo que en sí tiene unidad es más fuerte que lo 

(1) Añadido: “os.” 

(2) Techado: “ca,” Suplido: “porque.” 

(*) En el Ms,: “in.” 





\ 


LIBRO CUARTO.— CAP. XXXII 33 í 

^que consiente división, de adonde entre los nuestros dice un sabio que 
la virtud unida es más fuerte que ella misma desparcida en diversas 
partes. Y esto paresce ser asi por una comparación natural vuestra, que el 
vino que bebéis, recogido y cubierto en vasija tan grande cuanto fuere 
el vino contenido en ella, está más fuerte que si estuviese derramado 
ó en la calle en una gran vasija, donde pierde su vigor. Desto paresce 
claro que, pues, como tengo dicho, hemos de confesar un poder tan grande 
que todo lo pueda y que ninguno pueda tanto que no puede ser sino uno 
y no muchos, y asi veréis que á este poder potentisimo, único é inmenso, 
no le podemos llamar sino Dios, y no dioses; y que sea un Dios y no 
muchos dioses, paresce claro por sus obras, pues todas y cada una por si. 
como efectos de su causa, muestran unidad y no pluralidad. No crió 
muchos mundos, sino un mundo, y en éste, compuesto de diversas 
unidades, no crió muchas tierras, sino una tierra; muchos mares, sino una 
iuar; muchos fuegos, sino un fuego ; criando cuatro elementos y de cada 
uno no más de uno: una esencia de cielos, un hombre, una mujer, de 
quien descendimos; una ánima en cada uno, un sol, una luna en el cielo: 
una ley dió, una fee, un baptismo; queriendo que como es uno, así todo lo 
que hizo mostrase en su unidad ser uno su Auctor. 

''Y porque sé que no sabéis de adónde ha venido vuestro error de que 
creéis tan contra razón lo contrario desto, sabréis que cuando Dios crió el 
cielo y la tierra, crió dos maneras de criapturas excelentes sobre todas las 
otras; las unas fueron espirituales, sin comixtión de cuerpo, que llamamos 
ángeles ó espíritus celestiales ; la otra fué el hombre y la mujer, compuestos 
de ánima espiritual y del cuerpo que con los ojos veis. De los ángeles hubo 
uno muy señalado que, no conosciendo haber rescebido de Dios el excelen¬ 
te ser que tenia, se rebeló y levantó contra Dios, su criador; siguióle la 
tercera parte de los ángeles ; fueron por esta maldad echados del Cielo 
en este mundo, y como nunca se han arrepentido ni arrepentirán de su 
culpa, han desde estonces y hasta que el mundo se acabe procurado y 
procuran dos cosas: la una, perseverando en su malicia, siendo criapturas 
condenadas, querer ser adoradas por criadores y dioses, introduciendo, lo 
que la razón natural no consiente, cuanto más la fee, que haya muclios 
principios y causas eternas de una cosa. Con esta ceguera han procurado 
y procuran la segunda cosa, que es estorbar, creyendo en ellos, que los 
hombres no conoscan ni sirvan á un Dios, para que después de la muerte 
temporal gocen de aquel supremo lugar que ellos por su maldad perdieron. 
Y por que veáis que esto es así, mirad que entre vosotros, aunque sois 
malos, os paresce mal lo malo hecho y la crueldad; y que pues Dios 
quiere decir tanto como suma bondad y suma clemencia, si éstos fuesen 
verdaderos dioses, verdaderamente serían buenos; pero pues os han 
mentido tantas veces y se hacen adorar debaxo de tan feas figuras, asi 
de hombres como de fieros animales, y quieren y permiten haya sodomías, 
robos, tiranías y muertes de inocentes, ¿qué podéis pensar que sean sino 
demonios, enemigos vuestros? Cuando los habláis, responden palabras 


352 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


dubdosas para que, siguiéndose forzosamente lo uno ó lo otro, los creáis,, 
y como son tan sabios y tan antiguos y permite Dios para mayor 
condenación suya, que hagan algunas cosas, como tronar, granizar y 
otras así, pensáis que son dioses, no entendiendo, como tengo dicho, que 
Dios no quiere mal, ni liaoe mal, ni tiene ayuda de otro para hacer las 
maravillas que quiere, como vistes la semana pasada, que estando el cielo 
tan sereno, os invió á nuestra suplicación tanta agua que nunca habéi.s 
tenido tan buen año como tendréis éste. Y pues veis que lo que he dicho, 
si estáis sin pasión, convencerá vuestros entendimientos, y la prueba del 
milagro pasado ha mostrado claramente que es así lo que digo, suplicóos, 
oh, altísimo Rey, caballeros y sacerdotes, que abráis los ojos; y pues del 
creerme ó dexar de creerme os va el morir ó vivir para siempre, que con 
gran cuidado encom* *endéis á la memoria las palabras que os he dicho, 
ca (i) espero en Dios que haciéndolo asi, os alumbrará para que más 
claramente entendáis la verdad que os predico.” (*) 

Acabada esta tan sancta, tan prudente y sabia (2) plática, todos 
estuvieron suspensos por un buen rato, hablándose muy quedo unos á 
otros, los más dellos convencidos con la fuerza de la eterna verdad, 
aunque estonces con más furia, como al que le iba tanto, los combatía 
el demonio, con la larga costumbre que tenían de seguirle y adorarle. 


CAPITULO XXXIII 

DE LO QUE DESPUÉS DE HECHA ESTA ORACIÓN MOTEZUMA PROMETIÓ DE HACER 
Á CORTÉS ACERCA DE LOS SACRIFICIOS (3) 

Después que Cortés con este tan subido razonamiento hubo aplacado 
la ira de los sacerdotes, que eran los que más indignados estaban, más 
por el interese temporal que pretendían que por la veneración que á sus 
falsos dioses tenían, todos muy atentos (4) estuvieron esperando á lo¬ 
que su gran señor (5) Motezuma respondería (6), el cual con pocas 
palabras y mucha severidad dixo así, lo cual fué de boca en boca 
hasta entenderlo todos: “Por cierto, muy sabio y valentísimo Capitán, 
tú. con tu tan alto y subido razonamiento, me has dado mucho contento, 
aunque las cosas que has dicho son tan subidas que yo no las puedo 
alcanzar, aunque todavía entiendo que tienes razón y me has confundido, 
y así querría que mis sacerdotes, caballeros y vasallos estuviesen de mi 

(1) Tachado: “ca.” Suplido: “porque.” 

(*) Hay cu el texto del discurso otras ligeras variantes, no anotadas, que- 
consisten en la adición ó supresión de -una letra, modificando la ortografm, como 
“nación” por “nascion”, “bauptizar” por “bautizar”, etc. 

(2) Tach.: “tan sancta, tan prudente y sabia.” 

(3) Tach. el epígrafe. 

(4) Tach. desde: “con este tan subido razonamiento”, hasta: “todos muy 
atentos.” SupL: “hubo dicho lo referido, todos.” 

(5) Tach.: “su gran señor.” 

(6) Tach.: “respondería.” SupL: “respondía.” 





LIBRO CUARTO.—CAP, XXXIII 


353 


parescer, para que lo que tan altamente nos has dicho muy despacio nos 
lo dieses á entender. En lo demás no está mal hecho que los ídolos se 
hayan quitado, pues como has probado, son falsos dioses y enemigos 
nuestros, por lo cual tendré cuidado que de aquí adelante á la imagen de 
tu Dios y de su Madre se barran y perfumen las capillas, y pues llevas 
tanta razón que los inocentes no sean sacrificados, también mandaré que 
de aquí adelante se haga lo que dices, y para todo esto hablaré en 
particular con mis sacerdotes.” 

Jamás tan gran alegría ni contento, según él muchas veces después 
dixo, llegó al corazón de Cortés, que cuando Motezuma acabó de 
respondeide así. Dióle muchas gracias, mostróle gran amor, y con esto, 
levantándose ambos de sus asientos, se fueron juntos á su aposento,, 
acompañados de la principal caballería, porque los demás cada uno se 
fué á su casa. 

Otro día Aíotezuma muy en secreto llamó al papa, que era el sacerdote 
mayor, y á otros de los principales con él; díxoles cosas que por ser 
tan secretas no se pudieron después bien entender. Lo que se presumid 
que les dixo fué que (i) por algunos días disimulasen con los nuestros (2) 
en lo del sacrificar, aunque en lo de adorar sus dioses nadie les iría á 
la mano y que había temporizado con el capitán Cortés, por no poner 
en condisción su estado y alborotar su república, y que dexasen á los 
cristianos adorar y honrar su Dios y que ellos podrían hacer lo que 
mejor les paresciese, pues no se habían quitado de los otros templos los 
dioses que había. 

Era en su estado, nasción y condisción (3) Motezuma clemente y muy 
bien entendido, y por eso se cree (4), que por no ver alteraciones eir 
sus reinos, temporizaba (5) con los nuestros (6) y con los suyos, y, sí 
se atreviera, muchas veces mostró señales de querer (7) ser cristiano, 
entendiendo por las pláticas que Cortés le hacía, ser vano y falso lo que 
su religión profesaba. Con todo eso (8), los sacerdotes, por la autoridad 
é interese temporal que perdían, no podían desimular el odio y rancor (9) 
que contra los nuestros (10) tenían, especialmente cuando los veían oir (*) 

(*) En el Ms. “lleva.” 

(1) Tachado desde donde dice: “y mucha severidad, dixo así, lo cual fué de 
boca en boca” hasta: “Lo que se presumió que les dixo fué que.” SupL: “dixo- 
que^ le parecía bien lo que había dicho, aunque eran cosas tan altas, que muy des¬ 
pacio quena que se las diese á entender, y que mandaría que no se sacrificasen 
hombres, y otro día llamó al papa, su principal sacerdote, y le mandó que.” 

(2) Tach.: “nuestros.” SupL: “castellanos.” 

(3) Tach.: “en su estado, nasción v condisción.” 

(4) Tach.: “cree.” SupL: “entendió.” 

(5) Tach.: “temporizaba.” SupL: “contemporizaba.” 

( 6 ) Tach.: “nuestro.” SupL: “castellanos.” 

(7) Tach.: “y si se atreviera, muchas veces mostró señales de querer.” Suplidor 
“y así se creyó que por no atreverse dexó de.” 

( 8 ) Tach.: “entendiendo, por las pláticas que Cortés le hacía, ser vano y 
falso lo que su religión profesaba. Con todo eso.” 

(9) Tach.: “y rancor.” 

(10) Tach.: “nuestros.” SupL: “castellanos.” 


23 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


3 S 4 

misa y hacer oración en aquel sumptuoso templo donde ellos, peores que 
carniceros lobos, habían muerto tanta infinidad de hombres (i): 
murmuraban del negocio cada día (2), indignaban á los caballeros y gente 
noble para tomar venganza (3), tratábanlo con los privados y allegados 
de Motezuma, encaresciéndoles la injuria rescebida y la ofensa de sus 
buenos (4) dioses, que por tantos años los habían proveído de lo 
nescesario para la vida humana. Decían, estudiando siempre razones 
nuevas, que por qué habían ellos (5) de dexar la religión que por tantos 
millares de (6) años habían seguido, por tomar una nueva que no sabían 
en qué se fundaba (7). 

En el entretanto que de secreto estas y otras cosas pasaban, tramadas 
y urdidas por el demonio y por la insaciable cobdicia de los sacerdotes, 
vino aquel señor (8) Qualpopoca con un su hijo y otros quince caballeros 
que fueron participantes con él 'en el mismo delicto, de cuyo castigo diré 
en el capítulo que se sigue (9). 


CAPITULO XXXIY 

DE LA VENIDA DE QUALPOPOCA Y DEL CASTIGO QUE EN ÉL SE HIZO (lO.) 

Veinte días después, aunque otros dicen más (ii), de la prisión de 
Motezuma, tornaron aquellos (12) criados que con su sello real habían 
ido á prender (13) á Qualpopoca, los cuales, porque era gran señor, aunque 
preso, le traxeron como á tal, (14) con un hijo suyo (15) y otros quince 
caballeros, personas muy principales y de su consejo (16), que por la 
pesquisa secreta que los criados de Motezuma hicieron, paresció haber 


(1) Tachado: “donde ellos, peores que carniceros lobos, habían muerto tanta 
infinidad de hombres.” 

(2) Tach,: “del negocio cada día.” SupL: “mucho.” 

(3) Tach.: “para tomar venganza.” SupL: “para que no lo sufriesen.” 

(4) Tach.: “buenos.” 

(5) TVc/í.: “ellos.” 

(6) Tach.: “millares de.” 

(7) Añadido: “y.” 

(8) Tachado: “estas y otras cosas pasaban, tramadas y urdidas por el demonio 
y por la insaciable cobdicia de los sacerdotes, vino aquel señor.” Suplido: “andaban 
estas negociaciones, vino.” 

(9) Tach.s’. “que fueron participantes con él en el mismo- delicto, de cuyo 
castigo diré en el capítulo que se sigue.” Suplido: “que con él participaron del 
delicto de que se había quexado Cortés.” 

(10) Tach. cí epígrafe. 

(11) Tach.: “aunque otros dicen más.” 

(12) Tach.: “aquellos.” SupL: “los.” 

(13) Tach.: “á prender.” SupL: “á llamar.'* 

(14) Tach.: “los cuales, porque era gran señor, aunque apreso, le traxeron como 
i tal.” SupL: “Vino.” 

(15) Tach.: “un hijo suyo.” Supl.: “su hijo.” 

(16) Tach.: “personas muy principales y de su consejo.” 










LIBRO CUARTO.— CAP. XXXIV 


353 


•sido (i) culpados en la muerte de los españoles con su señor (2). Entró 
Qualpopoca en México acompañado, asi de los que con él venían, como de 
los (3) que le salieron á rescebir, como á gran señor que era, el cual 
venía (4) sentado en unas andas que traían á hombros criados y vasallos 
•suyos. Llegando así (5) á palacio, baxó de las andas; púsose otras ropas 
no tan ricas con mucho (6), como las que traía ; descalzóse los zapatos, 
porque delante del gran señor ninguno podía entrar de otra manera; 
esperó un rato hasta que Motezuma le mandó que entrase; llegó solo, 
quedando muy atrás los unos y los otros (7) que con él habían venido (8), 
y hechas muchas reverencias .y cerimonias de grandísimo acatamiento, 
cuanto á los dioses podía hacer (9), baxa la cabeza, sin osar (10) levantar 
los ojos, dixo: '‘Muy grande y muy poderoso Emperador y señor mío: 
Aquí está tu esclavo Qualpopoca que mandaste prender (ii); mira lo que 
mandas, ca (12) tu esclavo soy y no podré hacer otra cosa sino obedescer- 
te.’’ Motezuma respondió con gran severidad (dicen algunos) diciendo 
fuese mal venido, pues tan mal lo había hecho sobre seguro matar los 
españoles (13) y decir que él se lo había mandado, y que así sería castigado 
como traidor á los hombres extraños y á su Rey. 

Queriendo desculparse Qualpopoca, Motezuma (14) no le quiso oir, 
mandando que luego fuese entregado con el hijo y con los demás á 
Cortés, y así se hizo (15), el cual, después de haberles echado prisiones, 
apartándolos, que no pudiesen estar los unos con los otros, les tomó sus 
•confesiones y confesaron de plano haberlos muerto, pero que en batalla. 
Y preguntado Qualpopoca (16) si era vasallo de Motezuma, respondió: 
'"¿Pues hay otro señor en el mundo de quien poderlo ser?”, dando á 
entender no haberlo (17). Cortés le replicó: "Muy mayor y muy más 
fuerte y muy más poderoso es el Rey de los españoles que vos matastes 

(1) Tachado: “por la pesquisa secreta que los criados de Motezuma hicieron, 
paresció haber sido.” Supl.: “parecieron.” 

(2) Tach.: “con su señor.” 

(3) Tach.: “de los.” Supl: “de muchos.” 

(4) Tach.: “como á gran señor que era, el cual venía.” Supl: “Iba.” 

(5) Tach.: “así.” 

(6) Tach.: “con mucho.” 

(7) Tach.: “los unos y los otros.” Supl: “todos los.” 

(8) Tach.: “habían venido.” Supl.: “iban.” 

(9) Tach.: “de grandísimo acatamiento, cuanto á los dioses podía hacer.” 

(10) Tach.: “osar.” 

(11) Tach.: “mandaste prender.” Supl: “has mandado venir aquí.” 

(12) Tach.: “mandas, ca.” Supl: “ordenas, porque.” 

(13) Tach.: “(dicen algunos), diciendo fuese mal venido, pues tan mal lo había 
hecho, sobre seguro matar ios españoles.” Suf{l: “que lo había hecho mal, en 
matar sobre seguro á los castellanos.” 

(14) Tachado: “^Motezuma.” 

(15) Tach.: “y así se hizo.” 

(16) Tach.: “los unos con los otros, les tomó sus confesiones y confesaron de 
plano haberlos muerto, pero que en batalla; y preguntado Qualpopoca,” Suplido: 

■“juntos, los hizo examinar, y confesaron la muerte de los castellanos, y 
¡preguntándole.” 

(17) Tach.: “dando á entender no haberlo.” 




356 


CRÓNICA DE LA XX'EVA ESPAÑA 


sobre seguro y á traición, y así habéis venido á pagadero como malhechor, 
y ningún poder de los vuestros os escapará de la muerte (i).” Examinólos-- 
otra vez con más rigor y amenazas de tormento, y estonces (2) sin 
discrepar, todos á una voz (3), confesaron cómo habían muerto los dos- 
españoles, tanto (4) por aviso é inducimiento del gran señor (5) 
Motezuma, como por su motivo; y á los otros en la guerra que les 
fueron á dar en su casa y tierra, donde, según el fuero de guerra, los 
pudieron matar (6). 

Hecha esta confesión y retificados en ella, sentenció Cortés a. 
Oualpopoca y á los demás á que fuesen quemados. Xotificóseles la 
sentencia. Respondió Qualpopoca que aunque él padescía la muerte, 
por haber muerto aquellos dos españoles sobre seguro (7), que Motezuma, 
su gran señor, se lo había mandado, y que no se atreviera á hacerlo si 
no pensara servirle en ello. Respondido esto (8), fué llevado con el (9) 
hijo y con (10) los demás á una plaza muy grande, con mucha goarda- 
de españoles (ii) y de muchos criados de Motezuma, y puesto él y (12) los- 
demás sobre una muy gran hoguera de flechas y arcos quebrados que 
estaban muy secos, atadas las manos y los pies, se puso fuego, y allr 
tornó á confesar (13) lo que poco antes dixo (14). Hizo oración á sus 
dioses, y lo 'mismo los otros. Emprendióse el fuego, y en poco tiempo 
fueron abrasados y hechos ceniza (15) sin haber escándalo alguno, 
maravillados todos (16) los mexicanos de la nueva justicia que veían 
executar en señor tan grande y en reinos y ciudad de ^loteznma, y que- 
para esto fuesen parte hombres extranjeros y tan pocos (17). 


(1) Tachado desde: “Muy mayor y muy fuerte” hasta: “os escapará de la 
muerte. ” 

(2) Tach.: “estonces.” 

(3) Tach.: “á una voz.” 

(4) Tach.: “tanto.” SupL: “así.” 

(5) Tach.: “aviso é inducimiento del gran señor.” SupL: “orden de.” 

(6) Tach.: “que les fueron á dar su casa y tierra, donde, según el futero 
de guerra, los pudieron matar.” 

(7) Tach.: “españoles sobre seguro.” SupL: “castellanos.” 

(S) Tach.: “Respondido esto.” 

(9) Tach.: “el.” SupL: “su.” 

(10) Tach.: “con.” 

(11) Tach.: “españoles,” SupL: “castellanos.” 

(12) Tach.: “él y.” SupL: “con.” 

(13) Tach.: “tornó á confesar.” SupL: “de nueVo confesó.” 

(14) Tach.: “poco antes dixo.” Supl.: “había dicho.” 

(15) Tach.: “abrasados y hechos ceniza.” Supl.: “quemados.” 

(16) Tach.: “maravillados todos.” Supl.: “maravillándose.” 

(17) Tach. desde: “que veían executar en señor tan grande” hasta el final del 
capitulo. Supl.: “executada por hombres extraños, en tan gran ciudad y reino, en 
presencia de su Rey.” 








LIBRO CUARTO.—CAP. XXXV 


35/ 


CAPITULO XXXV 

DE LA CAUSA DE QUEMAR Á QUALPOPOCA Y A LOS DEMÁS 

Antes y después deste tan señalado castigo, porque los españoles 
'estuviesen siempre á punto si alguna revolución hobiese, les mandó por 
público pregón, con penas graves, que ninguno durmiese desnudo y que 
los que tenían caballos, los tuviesen toda la noche ensillados, con los 
frenos puestos en los arzones de las sillas. Fué nescesario esta diligencia 
y cuidado porque, según se sospechó, pretendieron los mexicanos matar 
•á los nuestros, ó cuando durmiesen, y no se atrevieron porque había 
velas de los mismos y aun de los indios amigos, ó cuando pudiesen 
tomarlos desnudos en sus camas, porque estonces, acometidos, no tendrían 
lugar de poderse armar; y así previniendo á este peligro Cortés, después 
que hubo mandado pregonar esto, por que ningún otro de ahí adelante 
se descuidase, mandó echar en un pierde-amigo á un Fulano del Barco, 
porque supo que la noche pasada había dormido desnudo. Túvolo dos 
días al sereno, al aire y al sol de aquella manera, que no bastó nadie 
á alcanzar otra cosa dél, respondiendo, como' sagaz y sabio Capitán, que 
en semejante trance y coyontura no se había de perdonar descuido, por 
liviano que fuese, cuanto más aquel en que al castigado iba la vida y 
á todos la honra. Con esta severidad militar conservó los suyos y puso 
espanto á sus enemigos, especialmente con el castigo tan nuevo y tan 
riguroso de Qualpopoca, como habéis oído, siendo tan gran señor. Y 
por que se sepa la razón que tuvo, diré extensamente la causa de haberle 
quemado, y así es de saber que, aunque Gómara (*), que en todo ó en lo 
más sigue á Fray Toribio, dice que Cortés mandó á Pedro Dircio que 
poblase á Nautlan, que hoy se llama Almería, no lo mandó sino á 
Escalante, el cual murió á la vuelta desta jornada, dicen que del trabajo 
que en ella pasó y de enojo de que un compañero suyo había dicho: 
“Huyónos el Teniente de general; ¿cómo habíamos de hacer cosa buena?*' 
Lo que otros tienen por más cierto es lo que antes está dicho; que 
los indios le mataron en esta jornada. 

Mandó, puies, Cortés á Escalante, su Teniente en la AYracruz, 
según otros dicen, su Alguacil mayor en ella, que con la mayor 
diligencia que pudiese poblase á Nautlan ó Almería, porque se 
decía que Francisco de Garay andaba cerca de allí, el cual no 
quería que entrase en aquella costa, especialmente en Nautlan. 
Viendo, pues, Escalante lo que importaba que huésped ajeno no viniese 
á gozar de lo que ellos habían trabajado, con la mayor priesa que pudo, 
así por requerimientos como con buenas palabras, procuró de atraer 
los indios de aquella tierra á su amistad y á que reconosciesen por supremo 


(*) Conquista de Méjico, cap. tit. “La causa de quemar á Cualpopoca”. 



358 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


señor al Emperador Don Carlos, y especialmente trató esto con el señor“ 
que se llamaba, según está dicho, Qualpopoca, el cual con palabras 
desimuladas le invió á decir cómo él no iba á darle la obediencia por 
tener en el camino enemigos que le estorbarían la jornada; é que si- 
quería que él en ausencia, pues personalmente no podía, hiciese lo que 
le mandaba, inviase algunos españoles, porque á ellos daría el homenaje: 
y si todavía quisiese, que él en persona fuese á darla, que con la guarda 
de los españoles y la gente que él tenía iría á hacerlo. 

Creyendo Escalante ser esto así, unos dicen que le invió diez españoles, 
y otros que no más de cuatro; otros dicen, y se tiene por más cierto, que él 
fué con ellos, y así, segim atrás queda dicho, entrando por la tierra de 
Qualpopoca, salieron muchos indios de guerra contra ellos, y aunque 
vendieron bien sus vidas, porque mataron primero muchos indios, al fin, 
de cansados y de muy heridos, quedaron allí dos dellos muertos. Los otros, 
muy heridos, escaparon lo mejor que pudieron y fueron á dar nueva á la 
Veracruz de lo subcedido. Dicen, porque en esto no hay cosa averiguada, 
que Escalante partió luego con cincuenta soldados y diez mili cempoaleses 
é que llevó dos de á caballo é dos tirillos, y que cuando Qualpopoca lo 
supo, le salió al encuentro con un gran exército bien ordenado. Peleó 
tan bien con ellos que mató siete españoles y muchos cempoaleses, más 
al cabo, aunque resistió cuanto pudo, fué vencido; perdió mucha de sü 
gente. Talóle, quemóle y saqueóle toda la tierra Escalante y tomó muchos 
captivos, los cuales después dixeron que por mandado del gran señor 
de México habían usado de aquella traición contra los españoles y que 
Qualpopoca no había osado hacer otra cosa de lo que el gran señor 
^Motezuma le había mandado, aunque debaxo de gran secreto, y que 
Qualpopoca de su voluntad no hiciera aquello, porque era muy valiente 
y jamás acostumbraba engañar con palabras á los enemigos, cuanto más 
á los cristianos, que no le habían hecho mal y que eran, según se publicaba 
por toda aquella tierra, tan buenos y tan valientes que eran más que 
hombres. Esto mismo dixeron, como está dicho, cuando fué tiempo de 
decir la verdad, que fué cuando Cortés los condenó á quemar, aunque no 
faltan algunos que digan que en todo tiempo que confesaron esto, fué 
más por excusarse de la maldad y traición que habían hecho, que porque • 
Motezuma lo hobiese mandado. Lo más cierto es lo que los indios, 
dixeron. 

Todo esto escribió Escalante á Cortés estando en Cholula, y por ello 
dicen, aunque tuvo otras causas, que viniendo á léxico tuvo luego 
propósito de prender á Motezuma, como lo liizo. Y como después vino 
Qualpopoca y confesó la verdad, para amedrentar más á Motezuma y 
dar á entender á todo el imperio mexicano su poder y valor y lo poco en 
que los tenía, añidiendo hazaña á hazaña y hecho á hecho, determinó, 
como luego diré, echar prisiones á Alotezuma. 







LIBRO CUARTO.—CAP. XXXVI 


359 


CAPITULO XXXVI 

CÓMO CORTÉS, ExXTEXDIDO LO QUE OUALPOPOCA CONFESÓ, REPREHENDIÓ 
Á MOTEZUMA Y LE MANDÓ ECHAR PRISIONES 

Luego que Oualpopoca y los demás confesaron, en el entretanto que 
los llevaban á quemar, Cortés, acompañado de los principales de su 
exército, indignado, fue adonde Motezuma estaba, al cual, hablándole 
con enojo, dixo así: “Negado me habías que tú no mandaste á Oualpopoca 
que con tan gran traición matase á mis compañeros, creyendo que la 
verdad no era más poderosa que tú y que todos los Príncipes del mundo. 
No lo has hecho como tan gran señor como dices que eres, sino como vil 
esclavo, enemigo de tu república y de tu palabra. Has sido causa que 
muriesen los nuestros, que cada uno dellos vale más que todos los 
tuyos. Has sido causa que Qualpopoca, siendo tan gran señor, con su 
hijo y con sus amigos muera y que pague lo que tú merescías. Cierto, 
si no fuera porque en otras cosas me has mostrado amor, y el Emperador, 
mi señor, me invió á que de su parte te visitase, merescías no quedar 
con la vida, porque en ley divina y humana es justo que el que mata, 
como tú has hecho, que muera; pero por que no quedes sin algún castigo 
y tú y los tuyos sepáis cuánto vale el tratar verdad y lo mucho que cada 
uno de los míos meresoe, te mandaré echar prisiones.'' Motezuma se 
alteró mucho con esta reprehensión, y como temía y tenía en tanto á 
Cortés, demudóse, que sangre no le quedó en el rostro ; no acertaba á 
responderle, de turbado, porque su pecho le acusaba, y cada vez que 
alzaba los ojos á Cortés le ponía miedo. Díxoile, como pudo, que él no 
era en culpa y que tal no había mandado; que no estuviese enojado y que 
hiciese dél lo que quisiese. Cortés no le replicó, saliéndose muy airado; 
echáronle luego unos grillos, diciéndole: ^‘Quien tal hace que tal pague." 
!Mandó esto Cortés más, según era sagaz, por ocuparle el pensamiento 
en aquel trabajo suyo, para que no se divirtiese á pensar en lo que en 
su casa se hacía contra Oualpopoca, que por castigarle, el cual, como se 
vió con grillos, lloró; espantóse grandemente de una cosa tan nueva, 
especialmente para él que era Rey de Reyes y Príncipe tan venerado 
que ninguno tanto en este Nuevo Mundo lo había sido ; porfiaba en decir 
que no tenía culpa y que no sabía nada. Espantáronse todos los señores 
y deudos suyos de tan gran novedad, que viniendo todos, como atónitos, 
donde él estaba, comenzaron á llorar con él; hincáronsele de rodillas, 
sosteniéndole con sus manos los grillos y metiendo por los anillos mantas 
delgadas para que no le tocasen á la carne. No sabían qué se hacer, porque 
si se ponían en armas, temían sería cierta la muerte de su señor, y así 
con aquel nuevo hecho espantados concibieron mayor temor, y así como 
alebrestados estuvieron quedos sin osarse menear. 

Hecha ya la justicia en Oualpopoca y en los demás culpados, habiendo 



36o 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


Cortés conseguido su deseo y hecho sin temer, como en aquella sazón 
convenía, y viendo que Motezuma era de ánimo muy noble y agradescido, 
hacia la tarde se fue donde estaba, y saludándole con risa y buena gracia, 
mandó luego que le quitasen los grillos, diciéndole que aunque por la 
confisión de los muertos era digno de mayor pena, por el amor que le 
tenía y porque de tan gran Príncipe no podía creer cosa tan mal hecha, le 
mandaba quitar los grillos. Alegróse tanto Motezuma con estas palabras 
cuanto antes se había entristecido viéndose reprehender y poner en 
prisión. Abrazó muchas veces á Cortés, dióle muchas gracias, hizo grandes 
mercedes aquel día, así á muchos de los nuestros como á muchos de los 
suyos; afirmóse, porque le convenía decirlo, que no había sido en la 
muerte de los españoles. Cortés le dió á entender que lo creía, haciéndole 
muchos regalos, suplicándole é importunándole que con toda libertad se 
fuese á su palacio, como antes estaba, porque él no deseaba sino hacerle 
todo servicio y darle todo contento. Motezuma, que era sabio y sabia 
cuán acedos tenían los suyos los pechos contra los nuestros, para no 
darles ocasión de que se alterasen, respondió se lo agradescía mucho, pero 
que por estonces no convenía y que estaba más contento en su compañía 
que no solo en su antiguo palacio; y que pues no liabía otra diferencia 
ni son de preso, más de haberse mudado á otro aposento, pues en lo demás 
gozaba y tenía todo lo que antes, no había para qué hacer mudanza. Con 
esto, más contento de lo que decir se puede, se despidió dél Cortés, para 
irse á su aposento, que cerca estaba. Acompañáronle muchos señores de 
aquellos que con I\Iotezuma estaban, tan contentos, alegres y agradescidos, 
que á no ser por los sacerdotes, que siempre estuvieron de mal arte con 
los nuestros, se esperaba gran quietud, conformidad y descanso en 
aquestos reinos. 


CAPITULO xxxvn 

CÓMO CORTÉS INVrÓ Á BUSCAR ORO Á MUCHAS PARTES DESTA NUEVA ESPAÑA 
Y EN ESTO QUÉ FUÉ SU INTENTO (l) 

Pasados ya hartos días de la prisión de Motezuma, destruidos los 
principales ídolos, estorbados por estonces los sacrificios de carne humana, 
Cortés, que siempre pensaba cómo salir dichosamente con negocio tan 
arduo, deseoso de saber hasta dónde llegaba el imperio y señorío de 
Motezuma y cómo era de los otros Príncipes obedescido y la riqueza que 
de oro y plata había <en sus señoríos y que el Emperador y Rey su señor 
fuese socorrido para las guerras, que [tenía] á la contina contra infieles y 
otras nasciones, de la mayor cantidad de oro y plata que él pudiese, dán¬ 
dole la más copiosa relación que pudiese de la tierra y gente y cosas acae¬ 
cidas, fué á visitar á Motezuma, y después de haber pasado entre ellos pa¬ 
labras de buena conversación, le dixo, como que no venía á ello: “Gran 


(i) Al margen: ‘‘1520. 





LIBRO CUARTO.—CAP. XXXVII 


3(--i 

■señor: Ya sabes, como otras veces te he dicho, que el Emperador de los 
cristianos, Rey natural mío, aunque es el más bueno y poderoso Príncipe 
del mundo, tiene guerras continas en diversas partes con infieles y otras 
nasciones poderosas, defendiendo su ley y amparando á los que contra 
^otros Príncipes le piden favor, y á esta causa, aunque es muy rico y tiene 
.grandes rentas, todavía ha menester más, para sustentar muy muchos 
Capitanes y exércitos que tiene en diversas partes ; por tanto, si le quieres 
hacer placer y á mí merced muy grande, suplicóte mandes mostrar á 
algunos de los nuestros las minas de oro y plata de donde los tuyos 
sacan tan gran cantidad, para que yo invíe á España la más que pudiere.'* 
Motezuma, con alegre semblante, le respondió: “Por cierto tú lo 
haces como bueno y leal criado de tan gran señor, y quién sea él se paresce 
bien en el gran valor de tu persona. Yo soy muy contento de hacer lo que 
pides y aun de ayudar al Emperador con parte de mis tesoros.” Diciendo 
esto, mandó llamar luego ocho indios, los cuatro plateros, grandes 
conoscedores de los mineros de plata y oro, y los cuatro que sabían bien 
la tierra á do los quería inviar. ]\Iandóles que sorteados de dos en dos 
fuesen á cuatro provincias, que eran Zoculla, JMarinaltepec, Tenich. 
Tututepeque, con ocho españoles que con ellos fuesen para saber los 
ríos, conoscer los mineros y traer muestra de oro. Partiéronse lo.s 
■españoles con los indios, y al salir de la ciudad se dividieron á las cuatro 
provincias, yendo dos españoles y dos indios á cada una dellas, todos con 
particulares señas de Motezuma para que nadie los ofendiese. A los 
que fueron á Zoculla, que está ochenta leguas de México, y son vasallos 
de Motezuma, les mostraron tres ríos con oro y de todos les dieron 
muestra dello, aunque poca, porque sacaban poco por falta de adereszos 
que para ello son menester y de industria y cobdicia, que esta es la 
que á sus aficionados enseña delgadezas y subtilezas. Estos á la ida 
y á la vuelta pasaron por tres provincias muy pobladas y de buenos 
edificios y tierra fértil, y la gente de la una, que se llamaba Tamazulapan, 
•es de mucha razón y más bien vestida que la mexicana. Los que fueron 
á Marinaltiepeque, sesenta leguas de México, traxeron muestra de oro 
que los naturales de allí sacaban y sacan de un gran río que atraviesa 
por aquella provincia. A los que fueron á Tenich, que está el río arriba 
de Marinaltepeque y es de diferente lengua, no dexaron (*) entrar ni to¬ 
mar razón de lo que buscaban el señor della, que se decía Coatelicamatl. 
porque ni reconoscía á Motezuma, ni aun le tenía por amigo, antes pensaba 
que eran espías, como Motezuma por fuerza y sin justicia dilataba sus 
señoríos; pero como le informaron quién eran los españoles, aficionóse 
mucho á ellos ; hízoles buen tratamiento, diciendo que se fuesen los 
mexicanos fuera de su tierra y que los españoles hiciesen el mandado 
á que venían, para que llevasen recaudo á su Capitán. Corriéronse mucho 
desto los mexicanos, comenzando á poner mal corazón á los españoles, 


(*) ¿dcxó? 



362 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


diciéndoles que mirasen lo que hacían, porque era malo y cruel aquel 
señor y que los mataría cuando no pensasen. Algo dubdaron los nuestros^ 
de hablar [á] aquel señor, con lo que sus compañeros dixeron, aunque ya 
tenían licencia. Púsoles también recelo el ver la gente de aquella tierra 
andar tan bien armada, porque traían lanzas de á veinte y cinco palmos, 
y algunos de á treinta, pero al fin, como españoles, no queriendo volver 
atrás, ni dar que sospechar de sí á los unos y á los otros, determinaron, 
aunque perdiesen la vida, de entrar la tierra adentro y ver á Coatelicamatl, 
el cual los rescibió muy bien; y después de haberles preguntado muchas 
cosas de su venida, de quién eran y de cómo se habían habido con 
Motezuma, y estando maravillado y atento á lo que le decían, les hizo 
luego mostrar siete ó ocho ríos, de los cuales en su presencia sacaron 
oró, el cual les dió con más de lo que él tenia, para llevar la muestra. 
Ellos le dieron una ó dos cosas de Castilla que, [por] ser peregrinas y 
extrañas, tuvo en más que todo el oro que se sacaba en aquellos ríos, y 
como aficionado á las nuevas del muy valeroso Cortés, con ellos invió- 
sus embaxadores. 


CAPITULO XXXVHI 

DE LO OUE LOS EMBAXADORES DE COATELICAMATL DIXERON Á CORTES Y DE 
LO QUE MÁS PASÓ CERCA DE LOS QUE FUERON Á VER LAS MINAS 

Llegados que fueron los embaxadores con los dos españoles á 
México, después que Cortés supo del uno dellos cómo eran embaxadores 
de un gran señor, nada amigo de IMotezuma, y del buen tratamiento 
que les había hecho y cómo no había dexado entrar en su tierra á los. 
criados de Áíotezuma, saliólos á rescebir á la puerta de una sala, que 
no fué poco favor para ellos. Abrazólos, hízoles grandes caricias, 
preguntóles cómo quedaba su señor ; respondiéronle que bueno y muy 
á su servicio; y después de haberle dado cierto presente, que nunca suelen 
venir las manos vacías, el más anciano é que más bien sabía razonar, le 
habló desta manera: ‘‘Coatelicamatl, á quien los buenos dioses han 
sustentado y aumentado en gran señorío con gran contento de sus vasallos, 
te besa por nosotros las manos y se te ofresce muy de corazón por tu 
servidor y amigo por las grandes nuevas que deí valor de tu persona ha 
oído, y así dice que cuando hubieres menester la suya, sus vasallos y 
tesoros, no te faltarán, especialmente contra Motezuma, á quien ti eme por 
enemigo, por ser tirano y ocupador de reinos ajenos. Dice más: que te 
a.visa que, pues estás en su ciudad, no te descuides, porque los mexicanos 
son traidores y de mal corazón, que nunca guardan palabra." Cortés holgó 
harto más cresta embaxada que del presente que le dieron, por ver 
que los emsmigos de Álotezuma deseaban y procuraban su amistad. 
Re‘5pondióles. como solía, á todos los que U procuraban, graciosamente: 






LIBRO CUARTO.—CAP. XXXVIII 


363 


díxoles que agradescía mucho la voluntad que su señor le tenia y que 
así la hallaría en él, y que en lo demás de recatarse no tenía descuido, 
porque ya tenía entendido que mexicanos no tenían buen corazón y 
que cuanto les faltaba de ánimo suplían con mañas y traiciones. Con 
esto les dió algunas cosidas de Castilla que llevasen á su señor; despidiólos 
con toda gracia; ellos fueron tan contentos como quedó descontento 
Motezuma y los suyos, porque no holgó nada con esta embaxada y 
ofrescimiento de amistad; porque aunque Coatelicamatl no era muy gran 
señor, era muy valiente y exercitado en guerras y su gente bilicosa y 
puesta en tierra áspera, adonde no podían de los comarcanos, por muchos 
que fuesen, ser acometidos, á lo menos, ya que lo fuesen, ofendidos. Con 
todo esto, era tan cuerdo Motezuma, que lo desimuló bien, aunque sus 
privados no lo pudieron tragar, dando claras muestras del pesar que su 
señor y ellos habían rescebido. 

Los otros españoles é indios que habían ido á Tututepeque, que está 
cerca del mar y doce leguas de Marinaltepeque, volvieron con la muestra 
del oro de dos ríos que anduvieron y con nuevas de ser aquella tierra 
aparejada para hacer en ella estancias y sacar el oro. Dió contento esto á 
Cortés, por el aparejo que se ofrescía de sacar oro para socorrer al 
Emperador, y así, rogó á Motezuma poblasen allí algunos de sus vasallos 
y el pueblo se llamase del nombre del Emperador. Motezuma mandó ir 
luego allá oficiales y trabajadores con otras muchas personas; diéronse 
tan buena maña que en muy pocos días, que fueron menos de dos meses, 
hicieron unas casas muy grandes y otras algunas menores alderredor 
para el servicio de todas y mantenimiento de los moradores. Hicieron 
en la grande un estanque tan grande que había pescado en él para muchos 
más vecinos; echaron en él más de quinientos patos, para la pluma, los 
cuales pelaban muchas veces en el año, sacándoles diversas plumas, para 
hacer diversas colores y labores en las mantas ; echaron mili é quinientos 
gallipavos y tanto axuar y adereszos de casa en todas ellas, que valía 
más de veinte mili castellanos. Había asimismo sesenta hanegas de oentli 
sembradas, diez de frisóles y dos mili pies de cacahuatl ó cacao, que 
nasce por allí muy bien. Comenzóse esta granjeria, mas no se acabó 
con la venida de Pánfilo de Narváez y con la revuelta de México que 
se siguió luego. Rogóle también que le dixese si en la costa de su tierra 
á esta mar había algún buen puerto en que las naos de España pudiesen 
estar seguras. Dixo que no lo sabía, mas que lo preguntaría ó lo inviaría 
á saber, y así hizo luego pintar en lienzo de algodón toda aquella costa 
con cuantos ríos, bahías, ancones y cabos había en lo que suyo era, y 
en todo lo pintado y trazado no parescía puerto ni cala ni cosa segura, 
sino un grande ancón que está entre las sierras que ahora llaman de Sant 
Martín y Sant Antón en la provincia de Coazaqualco, y aun los pilotos 
españoles pensaron que era estrecho para ir á los Malucos y Especería, 
mas empero estaban muy engañados y creían lo que deseaban. 

Cortés nombró diez españoles, todos pilotos y gente de mar, que fuesen 


f 


364 CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 

'Con los que ]\Iotezuma daba, pues hacia también la costa del camino. 
Partiéronse, pues, los diez españoles con los criados de Motezuma, y 
fueron á dar á Chalchicoeca, donde habían desembarcado, que ahora se 
dice Sant Joan de Lúa. Anduvieron setenta leguas de costa sin hallar 
ancón ni rio, aunque toparon muchos, que fuese hondable y bueno para 
naos. Llegaron á Coazaqiiako, y el señor de aquel río y provincia, 
llamado Tuchintle, aunque era enemigo de Motezuma, rescibió muy 
bien los españoles, porque ya sabía dellos desde cuando estuvieron en 
Potonchan. Habláronle ellos comedidamente, como los que bien lo saben 
hacer, cuando han menester, á otro; dióles aquel señor todo lo nescesario; 
hablóles muy graciosamente; preguntóles muchas cosas; holgóse por 
extremo de verlos; tocábalos y mirábalos muchas veces, admirado de 
la extrañeza de su traje, barbas, espadas y dispusición de sus personas^ 
y decía, volviéndose á los suyos: ‘'Verdaderamente éstos deben de 
ser hijos del sol, pues hacen tan señaladas cosas y pocos son tan poderosos 
contra tantos. Cierto, tengo entendido que éstos han de ser, según nuestros 
antepasados dixeron, los que en estas partes han de ser muy señores y 
han de traer nueva religión, nuevas leyes y costumbres.’’ Abrazólos y 
díxoles entre otras cosas lo mucho que se holgaba de que el tirano de 
Motezuma tuviese en su ciudad varones tales que le hiciesen perder 
el orgullo y soberbia que sobre todos los Príncipes de la tierra tenia. 
Dicho esto, les mandó dar barcas, que eran unas canoas grandes, para 
mirar y sondar el rio; ellos lo midieron y hallaron seis brazas de hondo 
donde más: subieron por él arriba diez leguas. Es la ribera dél de grandes 
poblaciones y fértil, á lo que paresce y después acá se ha visto. Sin esto 
aquel señor invió á Cortés cosas de oro, piedras, ropas de algodón, de 
pluma, de cuero, y bravos tigres con sus cadenas á muy gran recaudo. 


CAPITULO XXXIX 

DE LA EMBAXADA QUE TUCHINTLE INVIÓ A CORTÉS, 

Y DE LO QUE ÉL RESPONDIÓ 

Invió con los españoles este señor dos embaxadores, muy bien 
acompañados de otros amigos y criados dellos; llevaron mucha provisión 
para todos, y los mensajeros, dones particulares; vistiéronse á la entrada 
de México de ropas ricas; adelantóse el un español; dixo en suma las 
buenas nuevas que á Cortés traía. Llegados luego los mensajeros. Cortés 
los rescibió con mucha alegría y afabilidad; hiciéronle ellos los 
acatamientos y reverencias que hacían á sus dioses, y primero que 
palabra le hablasen, le ofrescieron el presente que su señor inviaba. y 
hecho esto, haciendo ambos á dos otra manera de acatamiento, dixo el 
que »era más anciano desta manera: “Muy valiente y muy esforzado 
Capitán, hijo, a lo que creemos, del sol, que has venido de tan lexos 






LIBRO CUARTO.— CAP. XXXIX 


363 


tierras en canoas mayores que nuestras casas: Muchos dias ha que- 
Tuchintle, mi señor, y todos sus vasallos, enemigos de ^Vlotezuma,. 
tenemos grandes nuevas de ti; deseárnoste ver y conoscer, y ahora, 
después que inviaste dos de tus valientes compañeros á ver los rios 
que hay en nuestra tierra, mi señor los rescibió con gran amor; dióles 
de lo que tenia; inviate con nosotros este presente que vees, y dice que 
aunque no sea tan rico como tú meresces, que rescibas su voluntad con 
que está muy pronto para servirte en lo que se ofresciere. Ruega á sus 
dioses te den en todo toda prosperidad; prométete su persona y vasallos 
para contra Motezuma y jura de tribuctar cada año lo que bueno sea al 
Emperador, tu señor, con tal que los de Culhúa no entren en su tierra 
y le defiendas de hoy en adelante de su poder y tirania, ca como es más 
poderoso asi de gente de guerra como de riquezas, le ha hecho muchos 
desaguisados y malas obras, de que desea verse librado y vengado. Dice 
que deseaba venir á verte en persona, si no fuera por no dexar su tierra, 
sola y por temerse de la gente de Culhúa, pero que lo pospondrá todo 
si tú quisieres que te vea.’’ Acabado de decir esto, los dos sacaron ciertas 
joyas que debaxo de sus mantas traian, diciendo: “Y por que veas cuán 
de voluntad te deseamos servir y cómo 'en esto queremos parescer á 
nuestro señor y ser tan tuyos cuanto él lo procura, rescibe en señal de* 
servicio estas joyas que como á nuevo señor nuestro te ofrescemos.” 

Cortés, que por la embaxada del otro señor iba entendiendo los 
émulos que Motezuma tenía, cuando rescibió ésta, en confirmación de 
lo que él deseaba, para ayudarse de los enemigos si Aíotezunia quisiese 
intentar alguna novedad, holgó por extremo con este nuevo ofrescimiento, 
y respondiendo á los mensajeros, les dixo así: “Caballeros, leales criados- 
de vuestro señor: Mucho me he holgado con vuestra venida, más por 
el amor y voluntad que me mostráis, que por los presentes que me- 
traéis, aunque son ricos; ca cierto tengo en más ser amigo de vuestro 
señor que á todo el oro de toda la tierra; darle heis mis besamanos, 
haciéndole saber que yo, con los míos, no faltaré en todo lo que se- 
ofresciere, y que así me avise cada y cuando que menester sea, y que de- 
aquí adelante podrá estar seguro de que Motezuma no le hará ningún 
agravio, porque es mi amigo y no querrá enojar á los que yo quisiere 
bien, y que cuando sea menester que él me vea, yo le avisaré. En el 
entretanto, sosiegue y descanse, y yo soy su verdadero amigo, y en nombre 
del Emperador y Rey, mi señor, le rescibo desde hoy por su vasallo, 
y á vosotros, caballeros y embaxadores suyos, tengo en merced e 4 
ofrescimiento y merced é presente que en vuestro nombre me ofrescéis.” * 

Acabado de responder esto, les dió algunas cosas de Castilla, unas 
para su señor y otras para ellos, con que mucho se holgaron. Despidiólos 
asi, quedando él muy contento, así por el mensaje, como por lo que del 
río le dixeron los españoles, ca afirmaron que del río de Grijalva hasta 
el de Panuco no había río bueno. Dicen algunos que se engañaron env 
esto. 


366 


CRÓNICA BE LA NUEVA ESPAÑA 


Tornó de allí á pocos días á ínviar otros españoles con algunas cosas 
»de Castilla, que diesen á Tuchintle, y que supiesen mejor su voluntad y 
la comodida/d de la tierra y del puerto bien por entero. Fueron y volvieron 
muy contentos y ciertos de todo, por lo cual despachó luego Cortés á 
Joan Velázquez de León por Capitán de algunos españoles, para que 
poblase allí y hiciese una fortaleza. 


CAPITULO XL 

CÓMO HERNANDO CORTÉS PIDIÓ ORO Á CACAMACIN, REY DE TEZCUCO, 

Y DE LO QUE MÁS SUBCEDIÓ 

Procuraba Cortés cuanto podía de inviar oro al Emperador, por la 
nescesidad en que estaba, y así, aunque entendió que Cacamacin no 
era muy su amigo, le dixo que pues era tan gran señor, que después de 
Motezuma no había otro como él, le rogaba mucho le ayudase con algún 
oro del tesoro que tenía, pues era para favorescer al Emperador en las 
guerras que tenía; pues había oído cuán gran señor era y que algún día 
'Se lo agradescería. Cacamacin se sonrió, desimulando el odio que en su 
pecho tenía contra los españoles; respondióle que le placía y dióle luego 
un criado de su casa, de los principales, que fuese con Joan \^eláquez 
de León, Rodrigo Alvarez Chico, Francisco de Álorla, Alonso de Ojeda, 
Hernando Burgueño y Melchior de Alavés, personas de cuenta y 
confianza, á Tezcuco, y traxesen del oro que tenía en sus casas, con que 
no le tocasen en los chalchuites ni á los plumajes que él tenía para sus 
fiestas. Partieron de México estos españoles con aquel indio principal; 
llevaban una yegua y un caballo para si algo fuera menester. Saliendo 
por la calzada de Tepeaquilla, llegando al tiánguez de Tlatilulco, el indio 
se fué escondiendo, de manera que yendo en su rastro los españoles, 
volvieron sin perderle al aposento de donde habían salido. Cortés 
estonces, entendida la maldad, para que Cacamacin supiese que no se 
había de burlar con él, después de haberle ásperamente reprehendido, 
delante de sus ojos mandó ahorcar al indio, cosa que no poco espantó 
á Cacamacin, el cual, por aplacar á Cortés, dió luego otro, mandándole 
de veras lo que había de hacer y avisando á los principales de su ciudad 
rescibiesen y tratasen muy bien á los españoles. Fué así que antes 
que llegasen á la. ciudad, los rescibieron con gran muestra de alegría; 
lleváronlos á la casa real; diéronles allí luego colación; é ya que era 
noche hicieron á cada uno una cama de un codo en alto, de mantas 
ricas y delgadas, con rosas y ramilletes por encima, y á la yegua y al 
caballo hicieron otras dos de mantas gruesas. 

Aquella noche se velaron los españoles por sus cuartos los unos á 
los otros. Había en el patio tantos braseros encendidos que pasaban 
• de más de ciento y cincuenta, cuya claridad era tanta que parescía de 





) 

f 


LIBRO CUARTO.—CAP. XLI 307 

'dia. Ofrescieron aquella noche para cada uno dos indias hermosas; 
créese que por ser infieles no llegaron á ellas. 

Otro día de mañana comenzaron á buscar el oro por los aposentos ó 
recámara de Cacamacin. Alonso de Ojeda, andando buscando oro con 
los demás, entrando por una sala obscura, tropezó en unos jarros, 
sacó uno dellos á lo claro y halló que todos estaban llenos de miel cuajada 
y más blanca y más hermosa que la del Alcarria; holgaron todos con ella 
tanto como con el oro. Andando más adelante, halló una caxa grande, 
llena hasta más de la mitad de ropa rica, y lo demás hasta la boca, de 
oro, con media braza de perlas muy ricas; recogieron todo el oro. Dixeron 
los criados de Cacamacin que si querían ropa, tomasen la que quisiesen. 
Los españoles no osaron hasta que por la alaguna inviaron á pedir licencia 
á Cortés por una carta que le inviaron. El les respondió que si muy de 
su voluntad les daban ropa, que la tomasen, y así rescibieron ochenta 
cargas de ropa muy buena, y con ella y con el oro volvieron muy contentos 
á México después de haber comido en un sumptuoso banquete que los 
'Criados de Cacamacin les hicieron. 

Cortés rescibió el oro y la ropa; guardó el oro, que fué una muy 
buena cantidad, y repartió la ropa entre los que la traxeron y entre 
otros á quien Cortés era aficionado; quedáronse con las indias que en 
'Tezcuco les dieron. A esta vuelta hallaron que estaban haciendo cuatro 
bergantines en una sala muy grande, adonde son ahora las tiendas de los 
portales. 

Poco después que esto pasó, Cacamacin se fué á su ciudad de Tezcuco, 
donde, como luego diré, no pudiendo desimular el odio que contra los 
nuestros tenía, haciendo junta de los principales de su reino lo más 
secretamente que pudo, dicen que una noche les habló en esta manera; 


CAPITULO XLI 

DE LA ORACIÓN QUE CACAMACI.N HIZO Á LOS SUYOS, PERSUADIÉNDOLES 
QUE SE REBELASEN CONTRA CORTÉS 

“Ya sabéis. Capitanes, caballeros y vasallos míos, el amor que siempre 
os he tenido, las buenas obras que os he hecho, lo mucho que de vosotros 
he confiado; sabéis también, porque lo habéis visto por vuestros ojos, 
la subjección en que nos tienen puestos estos pocos de extranjeros, pues 
se han atrevido á prender y tener en su aposento al gran señor y tío mío 
Motezunia, á quien después de los dioses se debe mayor reverencia y 
acatamiento que á hombre del mundo, porque lo meresce, así por su 
muy gran poder, como por la alta sangre de Reyes y Emperadores de 
adonde desciende. No es cosa sufridera, ni nuestro esfuerzo y valentía 
lo deben permitir, que vengan de fuera tan pocos y tan cobdiciosos ajenos 
‘de nuestra ley y religión, á echarnos de nuestras casas, á usar de nuestras 



368 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


mujeres y hijas, á servirse de nuestros amigos y deudos y, lo que más; 
debemos sentir, á quitar nuestros dioses y poner el suyo; deshacer 
nuestros templos, destruir nuestros rictos y cerimonias, en que desde 
tiempos inmemoriales á esta parte somos nascidos y criados. Ahora es 
tiempo, vasallos míos, que volvamos por nuestra religión, por nuestra 
libertad, por nuestra honra, por nuestra patria y por el gran señor 
Motezuma, que preso está. Xo aguardemos á que les venga socorra 
á estos extranjeros, ó de Taxcala ó de donde ellos vienen, porque 
si estos pocos han podido tanto, juntos con otros ¿cuánto podrán? 
Demos sobre ellos, que por defenderse, dexarán libre á Motezuma, y 
si otra cosa subcediere, yo soy su sobrino y Rey vuestro, que vengaré 
su muerte y no consentiré lo que él hasta ahora ha consentido. 
Poneos en armas, adereszad vuestras flechas y arcos, polid vuestras* 
macanas, proveed vuestras casas, y vosotros, valerosos Capitanes que 
tenéis el cargo de la guerra, acaudillad vuestros soldados; que yo est03r 
determinado de dar sobre estos advenedizos y no consentir que como á. 
mujeres nos tengan acorralados; y si otra cosa os paresce, que creo no 
parescerá, ahora es tiempo de desengañarme y avisarme, como leales 
vasallos, de lo que debo hacer; porque después de acometido el negocia 
no podemos volver atrás, sino con pérdida de nuestras haciendas, vidas 
y honras, encrueleciéndose con la indignación que dello rescibirán 
nuestros enemigos.’^ 

Acabada de hacer esta plática, los más de los Capitanes y caballeros^ 
que á la sazón se hallaron allí, más por lisonjearle que por decirle la 
verdad, le alabaron lo que había dicho, afirmando ser más poderoso que- 
para aquel negocio requería; ofrescieron sus personas y haciendas, 
diciendo no deber dilatarse, pues tanto importaba. En esto no faltaron 
algunos viejos que, como les quedaba poco de vivir, no queriendo 
lisonjearle, le dixeron mirase bien lo que intentaba, no le engañase el 
orgullo y ardimiento de la juventud, ca Cortés era muy valiente y había 
vencido mayores batallas que la que él le podía presentar; que Motezuma 
era amigo de Cortés y tan gran señor como sabía, é que por no ver su 
persona en peligro había de ayudar á los españoles y ser de su parte;* 
y que no le cegase debaxo del protesto de la religión y libertad el querer 
subceder en el imperio de IMotezuma, pues había otros que tan 
justísímamente como él lo podían pretender, y que los negocios tan 
arduos como aquel, intentados con oculta cobdicia, las más veces subcedíarr 
mal. 

Xo plugo nada este parescer á Cacamacin ni á los que le lisonjeaban;, 
hiciéronse sordos, y como en todo ayuntaifiiento pueden más los muchos, 
aunque sean más nescios que los pocos, salieron todos de aquella consulta 
determinados de hacer lo que su señor quería, lo cual no pudo ser tan- 
oculto que antes que se pusiese por obra Cortés y ^Motezuma no la 
supiesen, de donde se siguió lo que en el capítulo que se sigue diremos.. 







LIBRO CUARTO,—CAP. XLII 


369 


CAPITULO XLII 

* ' DE LA PRISIÓN DE CACAMACIN Y DE LA ASTUCIA CON QUE SE HIZO 

Como Cortés entendió la trama en que Cacamacin andaba y vió que 
era mancebo bullicioso, de mucho ánimo, aunque de poca experiencia, 
y que ó la pusilanimidad de ]\íotezuma ó el mucho amor que á los 
españoles tenía, le daban alas á que se pusiese en negocio tan peligroso, 
hizo saber á Motezuma en lo que su sobrino Cacamacin andaba, 
inviándole á decir que cómo no había de sospechar mal de su persona, 
pues habiendo prescedido lo de Qualpopoca, ahora se ponía su sobrina 
en levantarse contra él; que mirase lo que hacía, pues si proseguía adelante 
Cacamacin, lo peor había de llevar él, y al cabo todo le había de llover 
en casa, refiriendo con esto ciertas palabras que pocos días antes 
Cacamacin había inviado á decir á Motezuma, persuadiéndole que se 
soltase, y que pues había nascido señor, que lo fuese y no permitiese 
que en sus reinos, ciudad y palacio estuviese preso como esclavo, y que 
si no salía presto de aquella prisión, que él no podía hacer otra cosa 
sino levantarse por la honra de sus dioses y de su patria y Emperador. 

Alteróse mucho con este mensaje el gran señor. Respondió á Cortés 
que los dioses eran testigos que él jamás consintió ni quiso que Cacamacin, 
su sobrino, se levantase, diciéndole que la libertad que él quería tenía 
toda y que estaba en aquel aposento muy á su voluntad, por lo mucho 
que se holgaba con los españoles, y que él inviaría á llamar á Cacamacin, 
y que no viniendo, daría orden cómo lo prendiesen y luego se lo 
entregaría. 

En el entretanto que andaban estas demandas y repuestas, Cacamacin 
se puso en armas, juntó mucha gente suya y de amigos, que no le faltaban 
estonces, por estar 2 ^Iotezuma preso y ser la guerra contra los españoles; 
y por. tener el favor de toda la tierra, publicó que quería ir á sacar de 
captiverio á Motezuma y echar de la tierra los españoles, ó matarlos y 
comerlos, nueva que para muchos de los nuestros ftié bien terrible y 
espantosa, aunque Cortés con esto, no sólo no perdió el ánimo, pero 
cobró mayor coraje, queriéndole hacer luego guerra y cercarlo en su 
propia casa y ciudad, para que toda la tierra entendiese lo poco eir 
que tenía aquellas juveniles amenazas; pero Motezuma se lo estorbó- 
diciendo que Tezcuco era lugar muy fuerte y dentro en agua y que Caca¬ 
macin era orgulloso y bullicioso y tenía á todos los de Culhúa á su mandar, 
como señor de Culhuacan y Otumba, que eran muy fuertes fuerzas, y 
que le parescía mejor llevarlo por otra vía, y así Cortés guió el negocio 
todo por consejo y parescer de Motezuma, inviando á decir á Cacamacin 
que le rogaba se acordase mucho de la amistad que había entre los 
dos desde que lo salió á rescebir y meter en México, y que siempre 
era mejor paz que guerra para hombre que tenía vasallos; que dexase 


24 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


370 

las armas, porque en aquella su edad, como poco experimentado, el 
tomarlas era sabroso y el probarlas sangriento y trabajoso, como vería 
si proseguía lo comenzado; y que pues esto era lo más seguro y dello 
el Rey de España rescibiría placer, le hiciese merced de hacer lo que 
le rogaba. 

Respondió á esto Cacamacin tan soberbio como si fuera siguiendo 
la victoria, diciendo que él no quería amistad con quien le quitaba la 
honra y reino, subjectaba sus personas, oprimía su patria, deshacía su 
religión, y que la guerra en que se ponía era para deshacer todos estos 
agravios, y que así, estaba determinado, primero que dexase las armas, 
vengar á su tío y á sus dioses y poner la tierra toda en su antigua 
libertad, y que él no sabía quién era el Rey de los españoles, ni lo 
quería oir, cuanto más saber, y que si él quería que no hobiese armas, 
que con todos sus españoles saliese luego de la tierra y que así habría 
amistad. 

Cortés, aunque se enojó mucho con esta repuesta, no quiso responderle 
por el mismo tenor, antes, con toda la blandura que pudo, le tornó á 
amonestar y requerir muchas veces se dexase de lo comenzado, y como 
vió que aprovechaba poco, rogó á ]\Iotezuma se lo mandase. ]\Iotezuma 
le invió á decir que lo más presto que pudiese, viniese á ^México para 
dar algún medio y corte en las pasiones y diferencias que con los 
españoles tenía y á que fuese amigo de Cortés, pues le estaba tan bien. 
Cacamacin le respondió áspera y descomedidamente, lo que jamás pensó 
Motezuma, diciéndole que si él fuera hombre y se tuviera en lo que era 
razón, conosciendo lo que podía, no consintiera estar preso, á manera 
de captivo, por mano de cuatro advenedizos, que con sus sabrosas palabras 
le tenían engañado, apoderándose cada día más de sus reinos y señoríos; 
y que pues él era tan poco que no volvía por sí, estaba determinado de 
perder primero la vida que volver atrás de lo que había comenzado, 
pues veía que la religión mexicana y dioses de Culhúa estaban abatidos 
debaxo de los pies de los salteadores y embaidores; la gloria y fama de 
sus antepasados infamada, y perdida la libertad de la tierra, vuelta en 
servidumbre; introducidas otras leyes y costumbres, y, finalmente, en 
todo otro nuevo y diferente estado, y esto todo por su cobardía y 
poquedad, por lo cual le certificaba que iría á México, como se lo 
ínviaba á decir, pero no las manos en el seno, sino muy á punto, con 
gran exército, la espada en la mano, para no perdonar la vida á los 
españoles, que tanta mengua y afrenta habían hecho á la nasción de 
Culhúa. 

Xo se puede decir el grande peligro y riesgo que de perderse todos 
los nuestros estuvieron, porque los más que estaban en México eran 
capitales enemigos, y lo mismo los de fuera que seguían á Cacamacin. 
el cual, por ser animoso guerrero, porfiado, y tener mucha y muy buena 
gente de guerra, ponía el negocio en gran dubda y á muchos de los 
españoles en desconfianza, por lo que velan que pasaba en casa y que 




LIBRO CUARTO.— CAP. XLil 


071 

oian y sabían qué pasaba fuera. Estaba Cortés determinado, sin más 
esperar, de salir al encuentro al camino á Cacamacin, aunque corría 
gran riesgo por los enemigos que dexaba en casa. Detúvolo Motezuma, 
remediándolo por otra vía, entendiendo que de otra manera había de 
llover sobre él. Trató con ciertos Capitanes y señores que en Tescuco 
estaban con Cacamacin, con todo el secreto posible, se lo prendiesen y 
sin entregarlo á otros se lo traxesen ellos, los cuales, ó por ser Motezuma 
su Rey, ó porque le habían siempre servido en las guerras, ó porque le 
eran aficionados, ó por las grandes dádivas (que doquiera pueden mucho) 
que rescibieron (y esto es lo más creíble), prendieron á Cacamacin un 
día, estando con él consultando las cosas de la guerra; y aunque él 
resistió lo que pudo y les afeó la traición, con todo esto, porque eran 
los m-enos de su parte, luego antes que la nueva se pudiese derramar 
por su ciudad, se metieron con él en unas canoas que para esto tenían 
apercebidas, bien armadas y con muchos remeros, para que las que en 
su seguimiento viniesen, no los alcanzasen. Dentro de pocas horas, sin 
otras muertes ni escándalos, le metieron en México, aunque le habían 
sacado de su propria casa, que cae sobre la alaguna; y como era su señor, 
antes que le diesen á Aíotezuma, vestido ricamente con sus insignias 
reales, puesto sobre unas andas muy ricas, como acostumbraban los Reyes 
de Tezcuco, que después de los de México eran los principales señores, 
le metieron por el aposento de Motezuma, pero él no le quiso ver, 
mandando que le entregasen á Cortés, el cual, con no poco contento, 
porque vió el negocio asegurado, le echó luego grillos y esposas y puso 
á recaudo y guarda, reprehendiéndole lo mejor que pudo su mal consejo. 
Dicen que á estas palabras se le saltaron las lágrimas y que no respondió 
cosa alguna. 

Otro día, por voluntad y consejo de jMotezuma, hizo Cortés señor 
de Tezcuco y Culhuacan á Quizquiscat, su hermano menor, que estaba 
en México con el tío y huido del hermano. Motezuma le dió -el título 
y corona de Rey con la solemnidad y cerimonias que usaban ; hízole un 
breve razonamiento en esta manera: “Amado y querido sobrino mío. 
que de aquí adelante te tendré en lugar de hijo: Bien has visto cómo 
corrido y afrentado de tu hermano Cacama te veniste huyendo á este 
mi palacio: no pensando jamás ser Rey, has venido á serlo siendo aún 
vivo tu hermano, por su desobediencia y malos tratos; séate aviso para 
hacer el deber, porque no hay espada con que los Reyes más se corten 
la cabeza que con el mal vivir y creerse de lisonjeros, los cuales, las 
más veces, fuerzan á los Reyes á hacer cosas de que después se arrepienten 
sin poderlas remediar.'' Quizquiscatl abrazó á Motezuma, besóle las 
manos, prometióle obediencia y luego se levantó, volviéndose á do Cortés 
estaba con todos los españoles que se hallaron en esta cerimonia real 
Dióle muchas gracias por la merced que le había hecho, prometióle ser 
tan su amigo como su hermano había sido enemigo. Hecho esto, como 
se dirá en el capítulo siguiente, se trató cómo fuese rescebido en Tezcuco. 



372 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO XLIII 

CÓMO QUIZQUISCATL FUÉ RESCEBIDO POR REY DE TEZCUCO 
Y DE LO QUE MAS SUBCEDIÓ 

Después de coronado por Rey Quizquiscatl, Cacama, que tan bu¬ 
llicioso era, lo sintió tanto que estuvo de sola tristeza muy al cabo de 
la vida. No se descuidó Cortés con él, porque tenia amigos y aficionados 
que deseaban ocasión para llevarle, como los otros le traxeron á Tezcuco;' 
y si esto subcediera, no se podían dexar de seguir grandes escándalos y 
alborotos. Finalmente, con la buena goarda que Cortés le puso y 
con el gran pesar que le tenía ocupado, hubo mucho tiempo para que 
Quizquiscatl, su hermano, fuese resoebido por Rey en Tezcuco. 

Fueron con él muchos caballeros de la casa de Motezuma, y Cortés 
invió de su compañía algunas personas principales, que no poco, 
autorizaron al nuevo Rey. Invió delante Motezuma dos embaxadores, 
avisando de lo que pasaba á los caballeros y principales que en Tezcuco 
estaban, porque los demás estaban en México con el nuevo Rey, el cual, 
acompañado de Motezuma y Cortés hasta salir de la imperial ciudad,, 
se despidió dellos, y acompañado de mucha gente, así de su ciudad como 
de la de México, fué por tierra, porque hobiese más lugar para hacerle 
fiesta. Pusiéronle muchos arcos en el camino y en ellos mucha música; 
lleváronle sobre unas andas muy ricas, en hombros, é ya que llegaba 
cerca de su ciudad, le rescibieron con muchos bailes, danzas ó mitotes. 
A la entrada de la ciudad, los Gobernadores y los demás caballeros que 
tenían cargo de la república le tomaron sobre sus hombros, metiéndolo 
en el palacio real. Uno de los más ancianos y más experto en los negocios, 
poniéndole una guirnalda de flores y rosas sobre la cabeza, habiendo gran 
silencio, aunque la gente era mucha, le dixo así: 

‘'Poderoso Quizquiscatl, Rey nuestro: Bien has visto la merced que 
los dioses te han hecho en traerte á tan gran señorío y dignidad de un 
caballero particular que, huyendo de tu hermano, estabas debaxo del 
amparo de Motezuma, sirviéndole como cualquiera de sus maestresalas, 
y esto ha sido por la soberbia y orgullo de tu hermano, que queda preso 
para no levantar cabeza en los días que viva, y por tu buena condisción, 
que cierto eres amado de todos. Séate, pues, esto exemplo y amonestación 
para que, puesto en tan alto estado, no mudes tu noble condisción, sino 
que antes te hagas más amable, pues tienes mayor poder para ello; que 
ya sabes que lo principal qué los Reyes deben conquistar y señor.:ar son 
los corazones de los vasallos, tras los cuales se sigue forzosamente el 
ofrescimiento de sus personas y haciendas. Todos los que aquí vees, que 
no caben en este gran palacio, te están mirando, no como á hombre, sino 
como á dios, alegres y contentos de verse libres del duro dominio y 
áspero gobierno de tu hermano Cacamacin. Alégrate y regocíjate, que 




LIBRO CUARTO.—CAP. XLIV 


373 

«comienzas á reinar en contento de todos; trátate como Rey; vive á tu 
placer, y los dioses te den toda prosperidad y muchos años de vida. Toda 
esta gran república por mí, á quien dió sus v-eces, te rescibe muy alegre 
por su Rey natural y señor, te acata como á padre, te venera como á 
dios, se te encomienda como hija y muchas veces te saluda, dándote la 
norabuena de tu venida.’’ 

Acabando así aquel sabio y facundo viejo, el nuevo Rey, con graves 
y agradescidas palabras, respondió desta suerte: ^‘Muchas gracias doy 
á los dioses, que tantas mercedes me han hecho, no solamente por 
haberme librado de la persecución de mi hermano y puesto en sus días 
en esta silla real que él poseía, pero por haber entrado en este nuevo 
señorío con tan buen pie, con tanto contento y alegría vuestra, como 
bien habéis mostrado en el camino, y en esta mi ciudad habéisme rescebido 
como á Rey y señor vuestro, y lo que en más tengo, como á padre. Lo 
uno y lo otro me pone en grande obligación de quereros, trataros y 
amaros como á hijos naturales, procurando cuanto en mí sea vuestro 
adelantamiento, contento y alegría, para que yo con vosotros, vosotros 
comigo, pasemos la vida contenta y alegre; y, porque habréis entendido 
que el muy valeroso y muy valiente Hernando Cortés, con contento de 
mi tío Motezuma, me ha puesto en estado tan grande, os encargo, mando 
y ruego lo respectéis, honréis y sigáis en lo que se le ofresciere, porque 
yo me confieso por gran deudor suyo; y si á los dioses paresciere, que 
toda la religión sea una, no tenemos más que desear para que todos 
seamos hermanos.” Concluyendo con esto, hechas otras muchas 
cerimonias, se fué la demás gente, quedando él con los oficiales y 
caballeros de su casa. 

Desta manera se remedió el peligro en que los españoles estaban, ca 
cierto, si hobiera dos Cacamas, no sé cómo lo pasara Cortés por mucho 
valor que tuviera, el cual se extendió á tanto, que siendo no más que 
Capitán, quitó y puso Reyes, dió señoríos y hizo notables y maravillosos 
castigos. 


CAPITULO XLR" 

DE LA MANERA QUE CORTES TUVO EX CASTIGAR UNA ESPÍA QUE ALONSO DE 
GR.\DO TRAÍA POR LA COSTA, Y DE LA GRAN CANTIDAD DE CACAO QUE 
UNA NOCHE HURTARON Á MOTEZUMA 

Pasadas estas cosas, y estando los negocios en el peso que hemos dicho, 
Alonso de Grado, que era persona principal, por algunas mohínas ó 
desabrimientos que debía tener con Hernando Cortés, tuvo muchos días 
una espía, español, en la costa, para ver si venía algún navio ó mandado 
de Diego Velázquez, para hacer algún desabrimiento á Cortés ; pero como 
sus negocios iban tan prósperos y los más de los hombres se inclinan 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


I 


374 


adonde la fortuna tiende sus velas, no faltó quien avisase á Cortés dé¬ 
lo que pasaba, y asi invió luego por el espía. Traxéronselo preso, 
metiéronlo por el patio donde estaba la guarnición de los españoles, las. 
manos atadas con una soga á la garganta. Xo hubo comenzado á entrar, 
porque estaba así ordenado, para más afrentarle, á costumbre de guerra, 
cuando comenzaron los que tenían dello cargo á tocar los atambores y á 
darle grita como á hombre infame y traidor á su Capitán, de que el 
espía rescibió muy gran afrenta y vergüenza, de manera que no osaba 
alzar los ojos. Tratóle mal de palabra Cortés, diciéndcle que si no se le 
hiciera lástima le mandara ahorcar, pero que de ahí adelante lo miraría 
con otros ojos y trataría como él merescía. Con esto, no rescibiéndole 
descargo, lo mandó echar en prisiones. Túvole así algunos días, hasta que 
por ruegos de Pedro de Alvarado y de otras personas principales le 
mandó soltar, pero no de manera que dentro de muchos días osase mirar 
al Capitán ni alzase la cabeza avergonzado de lo subcedido y malquisto 
de los más, que eran los que seguían la parcialidad de Cortés, el cual con 
la prosperidad y buen subceso se hacía amar de los que le querían y 
temer de los que le aborrescían; porque de todos, por bueno que sea el 
Capitán, es dificultoso ó imposible, por la variedad de los paresceres y 
porque la envidia nunca se emplea sino en cosas altas y subidas. 

Hecho este castigo, que á muchos de los indios principales paresció 
cosa bien nueva, una noche la gente del Capitán de naborías, que serían 
hasta trecientos entre indios é indias, entraron en una casa de cacao que 
era de Motezuma, en la cual había más de cuarenta mili cargas, que era 
estonces gran riqueza é ahora mucho más, porque suele valer cada carga 
cuarenta castellanos. Comenzaron á carrear desde prima noche hasta cerca 
del alba. Pedro de Alvarado que supo esto, dixo á Alonso de Ojeda, que 
estaba aquella noche velando á ^Motezuma: ‘^Cuando hayáis rendido 
vuestro cuarto y viéredes que es tiempo, llamadme, para que yo también 
tenga parte en el cacao. Avisóle y fué allá con cincuenta personas. Estaba 
el cacao en unas vasijas como cubas grandes, hechas de mimbre, tan 
gruesas que no las podían abarcar seis hombres, embarradas por de 
dentro y por de fuera, todas puestas por su orden, que era cosa de ver. 
Sirven de troxas, así para el maíz como para otras semillas; consérvase 
en ellas mucho lo que se echa; algunas veces las tienen cubiertas por lo 
alto y abiertas por un lado; sirven de casas abrigadas, aunque las más 
veces de troxes, debaxo de terrado. Alonso de Ojeda, como vió que el 
día venía, primero que el tiempo se le acabase, con un bracamarte que 
traía cortó los cinchos á aquellas vasijas, las cuales hinchieron luego bien 
las faldas y mantas de los que buscaban cacao: vaciaron tres vasijas, en 
que habría seiscientas cargas, que cada carga tiene veinte y cuatro mili 
almendras. 

Otro día paresció el rastro del hurto. Hizo sobre ello Cortés pesquisa, 
y como supo que había sido en ello Pedro de Alvarado, lo desimuló, 
aunque á solas le dixo su parescer; que á ser otro, hiciera lo que antes 



LIBRO CUARTO.—CAP. XLV 


375 


en !o del liquidámbar, porque no es nuevo quebrar siempre la soga por lo 
más delgado. 


CAPITULO XLV 

DE LA PLÁTICA QUE MOTEZUMA HIZO A TODOS LOS REYES Y SEÑORES DE 
SU IMPERIO, ROGÁNDOLES SE DIESEN POR VASALLOS DEL EMPERADO.R 
DON CARLOS, REY DE ESPAÑA 


Después de la prisión de Cacama y de la elección de su hermano, 
y aunque otros dicen que de su hijo, estando las cosas en mayor quietud 
que nunca, ó por persuasión de Cortés, que siempre procuraba hacer 
acertadaimente los negocios, ó porque por su motivo se movió á ello, 
deseoso de dar contento á Cortés en lo que pudiese, invió sus embaxadores 
con su anillo ó sello á los Principes y señores de su imperio, rogándoles 
se hallasen para el dia que les señalaba todos en la imperial ciudad de 
México, porque era negocio que á todos convenía. No fueron llegados 
los embaxadores, según Motezuma era obedescido y amado, cuando cada 
uno, lo más presto que pudo, se halló en la ciudad de México, conforme 
á su posibilidad con la mayor pompa y majestad que cada uno pudo; é 
ya que todos hobieron llegado para el día que se les señaló, hechas las 
cerimonias que solía, cuando hacía Cortes, se sentaron por su orden en 
el real palacio todos aquellos señores con la demás caballería de la ciudad, 
y vestido Motezuma de ropas reales, y Cortés y los suyos lo mejor que 
pudieron, hecho un asiento más alto que los demás, cubierto ricamente, 
donde Motezuma y Cortés se sentaron, sin saber nadie del emperio 
mexicano lo que Motezuma les quería decir, que fué lo que nunca 
pensaron. Hecba, pues, con la mano señal de silencio, con grande majestad 
comenzó Motezuma á decirles así ; 

“Queridos parientes, amigos y criados, míos : Entendido tendréis por 
el discurso de diez é ocho años que aquí soy vuestro Rey y Emperador, 
lo mucho que os he amado, la gran confianza que de vosotios he hecho, 
lo bien que en justicia os he mantenido, el descanso y quietud que siempre 
os he procurado. También en este mismo tiempo, he yo conoscido lo mucho 
que vosotros merescéis por haberme sido tan buenos y leales vasallos, y 
entre vosotros, algunos muy aficionados, amigos y parientes. De lo uno y 
de lo otro resulta que conforme á lo que yo os he amado y amo, y vosotros 
me habéis querido y queréis, habré bien pensado lo que os quiero decir, 
y si no creyera que así como á vosotros no convenia mucho, no os inviara 
á llamar con tanta diligencia y cuidado. Ya, pues, sabéis lo que de vuestros 
antepasados habéis oído y lo que nuestros sabios adevinos y sacerdotes, 
que cada día hablan con nuestros dioses, os han dicho, y por muy cierto, 
por muchas veces afirmado, que ni somos naturales desta tierra, ni 
nuestro reino y señorío durará mucho tiempo, porque nuestros antepasados 


376 


CRÓXICA DE LA A’UEVA E 5 PAXA 


vinieron de lexos tierras, y el Rey ó caudillo que traxeron á la tierra se 
volvió dende á poco donde vino, diciendo que inviaría dende á poco 
quien los rigese y gobernase si él no volviese; y así desde mis tatarabuelos 
hemos siempre esperado este Rey y señor que nos rigese y gobernase, 
el cual, como veis, es ya venido, pues el gran Emperador de España 
nos ha inviado á su Capitán Hernando Cortés, con los que con él vinieron, 
los cuales dicen que son nuestros parientes y que tienen de nosotros 
muchos [años] atrás, con estar tan apartados de nosotros, muy larga y 
grande noticia. Demos gracias á los dioses de que hayan venido en nues¬ 
tros días los que tanto tiempo ha deseábamos, y lo que ha de ser no se 
puede excusar, y lo que los dioses quieren, hemos de hacer aunque no que¬ 
ramos. Ruégoos mucho que comigo deis el homenaje á este Capitán en 
nombre del Emperador y Rey de España, nuestro señor, pues ya yo me he 
dado por su servddor y amigo, y de aquí adelante, aunque esté ausente, le 
obedesceréis, serviréis y tribuctaréis como hasta aquí habéis hecho á mí, 
en lo cual veré lo que me amáis y conosceré que en lo que os he amado 
no he estado engañado.'' 

Llegando á estas palabras no pudo sufrir las lágrimas ni reprimir 
los sospiros y sollozos que de su pecho salían, los cuales le estorbaron 
decir lo que más quería y enternescieron los corazones de todos los 
presentes, que eran infinitos, entre los cuales se levantó un tácito 
y callado llanto tan contino y hervoroso que los nuestros, con hacerse 
su negocio, no pudieron detener las lágrimas. Duró más de un cuarto 
de hora este sentimiento, sin poder responder aquellos Príncipes y 
señores á Motezuma, al cual, en el entretanto, tomó de las manos 
Cortés, diciéndole palabras de consuelo, porque cierto, negocio tan 
extraño y las palabras de lástima que aquellos señores decían, viéndole 
despojarse de su imperio, ponía gran lástima y habían bien menester lo 
que Cortés después dixo. 


CAPITULO XLVI 

DE LO QUE AQUELLOS PRÍNCIPES Y SEÑORES, APLACADO SU LLANTO, 
RESPONDIERON Á MOTEZUMA, Y DE LO QUE CORTÉS LE[s] DIXO 

Sintieron tanto aquellos Príncipes y señores del imperio mexicano 
las palabras que el gran señor Motezuma les dixo, y llególes á las entrañas 
tanto el ver que su natural señor se desnudaba de tan gran imperio y 
señorío y que á sí y á los suyos todos entregaba y subjectaba á Rey 
extraño y que no conoscían, sino era por fama y relación, y que desto 
pendía la mudanza de su religión, costumbres y leyes, que después de 
haber descansado algo del planto que habían hecho, algunos dellos, que 
serían los más sabios y de más poder y á quien los demás dieron la 
mano, reprimiendo las lágrimas cuanto pudieron, le respondieron así: 



LIDRO CUARTO.—CAP. XLVI 3 77 

“Muy gran señor Emperador y Rey nuestro: Todos los que aqui por 
tu mandado nos hemos juntado, parientes, amigos, criados y vasallos 
tuyos, te hemos oído con el amor, fidelidad y reverencia que te debemos, 
y si pensáramos que esto nos querías, no viniéramos acá, aunque no 
fuera sino por no ver llorar y hacer tan gran sentimiento á Monarca tan 
poderoso y señor nuestro; ¡ cómo podemos dexar de sentir mucho 
mudanza tan grande y tan nueva, en la cual, como vees, está la mudanza 
de nues 4 :ra religión, leyes y costumbres!; pero, pues así paresce á nuestros 
buenos dioses y ha tantos años que dello hay pronósticos y profecías y que 
en ti se ha de acabar el imperio mexicano, pues forzosamente hemos de 
querer lo que los dioses quieren y tú te conformas con ellos, nosotros 
queremos lo que ellos y tú queréis, y así todos contigo nos damos y 
ofrescemos á Hernando Cortés que á par de ti está sentado, por vasallos 
y súbdictos, en nombre del Emperador de los cristianos y Rey de Castilla, 
que á estas partes, según estaba pronosticado, le ha inviado.'' No pudieron 
decir más palabras, por las lágrimas y altos sollozos que los impedían. 
Finalmente, hechas ciertas cerinionias acostumbradas en semejante caso. 
Hernando Cortés pidió luego todo lo que pasaba por testimonio á ciertos 
escribanos del Rey que á esto asistieron, los cuales al pie de la letra 
escribiendo lo que había pasado, se lo dieron por testimonio, testificando 
cómo todos los Príncipes y señores del imperio mexicano con su Rey 
y Emperador Motezuma prometían vasallaje y fidelidad á Don Carlos, 
Emperador y Rey de Castilla, y que de ahí adelante le acudirían con los 
servicios y tribuctos que hasta estonces habían acudido á Motezuma su 
‘Señor. 

Acabado este negocio que tan importante ha sido y es á la Corona 
Real de Castilla, Cortés, con la gravedad que convenía y con las menos 
palabras que pudo, les dixo así: “Príncipes y sieñores, amados amigos 
míos: Mucho he holgado que con tanta voluntad hayáis seguido el parescer 
del gran señor Motezuma, pues en esto queréis lo que tantos años ha 
esperábades y lo que el verdadero y solo Dios nuestro [Señor] quiere y ha 
querido sea más en este tiempo que en otro atrás ni adelante, por vuestro 
bien, quietud y descanso; y aunque al presente no podéis dexar de sentir 
tanta novedad, en breve veréis, por el tratamiento que el Emperador y 
Rey mi señor, os hará, cuánto habéis acertado en lo que habéis hecho. En 
el entretanto, yo, que he venido en su nombre, os haré todo placer. 
IMotezuma será tan gran señor, y asimismo vosotros, como hasta ahora 
lo habéis sido. Sólo pretende el Emperador de los cristianos ser vuestro 
amigo, sacaros del error en que habéis vivido, ampararos y defenderos 
en las guerras que se os ofrescieren, y porque el tiempo que vendrá hará 
cierto lo que os prometo, por ahora no os digo más.” 

Dichas estas palabras, cada uno se fué á su casa y Dios sabe con qué 
corazón. Cortés se fué con Motezuma, agradesciéndole lo que había 
hecho, liaciéndole mayores caricias que nunca y persuadiéndole por las 
mejores razones que podía á que perseverase en lo comenzado, pues sus 


378 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


sacerdotes tantas veces le habían dicho que de la tierra oriental había de 
venir gente extranjera, blanca y barbuda, á señorear aquella tierra. 

Acabado esto, otro día se platicaba en el vulgo cómo en IMotezuma 
se acababa el linaje de- Culhúa y su señorío, y decían no fuera él ni se 
llamara Motezuma, que quiere decir ‘‘enojado'’, sino por su desdicha. 
Decían también que los dioses le habían certificado que no gobernaría 
más de ocho años y que perdería la silla, no subcediéndole en ella hijo 
ni otro heredero, de adonde sacaban que por esto no había querido hacer 
guerra contra los españoles, sabiendo que habían de ser sus subcesores, 
aunque esto no lo tenía por muy cierto, pues había reinado más de diez 
é siete años. Finalmente, variaban, no entendiendo que Dios, que quita, 
y da los reinos y señoríos, permitió que estonces se plantase esta nueva 
viña y que Satanás perdiese el señorío que por tantos años atrás con 
tanta tiranía había poseído. 

CAPITULO XLVII 

DEL ORO Y JOYAS QUE MOTEZUMA DIÓ Á CORTÉS 

Tomada ya la posesión de aquellos reinos y señoríos en nombre de- 
Su Majestad, y hecho el reconoscimiento y dado el vasallaje, como está 
dicho, pocos días después dixo Cortés á IMotezuma cómo el Emperador 
y Rey, su señor, á quien él había con todos los suyos con tanta razón dada 
la obediencia, tenía, como otras veces le había significado, nescesidad 
de dineros para los grandes gastos que tenía en las guerras que hacía; y 
que pues ya todos eran sus vasallos, diese orden cómo él con ellos 
comenzasen á tribuctarle y hacerle algún ser\dcio; por ende, que convenía 
inviar por todos sus reinos á cobrar todos los tribuctos en oro, y á ver- 
qué hacían y daban los nuevos vasallos. ]\íotezuma, aunque esto era cosa 
harto nueva para él, y para los suyos nada sabrosa, respondía con buen 
semblante, diciendo que le placía, y así, mandó que fuesen algunos 
españoles con ciertos criados suyos á la casa de las aves, los cuales, 
entrando en una sala, vieron gran cantidad de oro en planchas, tejuelos, 
joyas y piezas labradas. ]^Iaravillados de tanta riqueza, ó porque no 
quisieron, ó porque no osaron, no tomaron cosa hasta llamar primero á 
Cortés, el cual fué allá y no dexó nada que no lo llevase todo á su 
aposento. Mostró ]\Iotezuma holgarse dello, aunque sus criados y aquellos 
señores no lo podían disimular. Dió sin esto muchas y muy ricas ropas 
de algodón y pluma maravillosamente texidas en colores y figuras 
tan extrañas cuales hasta estonces jamás los españoles habían visto; dió' 
más, doce cebratanas de fuslera y plata muy labradas y vistosas con que 
él solía tirar; las unas pintadas y matizadas de ave.=;. animales, rosas, 
flores y árboles, todo tan al natural que ocupaba bien los ojos y el 
entendimiento al que las miraba; las otras eran vaciadas y cinceladas. 




LIBRO CUARTO.—CAP. XLVII SjQ 

con tan gran primor y sotileza como la pintura; las redes para turquesas 
y bodoques eran de oro y algunas de plata. Xo contento con esto, por 
mostrar bien asaz el amor que á Cortés tenía y cómo deseaba en todo 
complacerle, invió criados de dos en dos y de cuatro en cuatro y de cinco 
en cinco, con un español en compañía, á todas sus provincias y á las 
demás tierras de señores y amigos y confederados, ciento y ciento é veinte 
leguas de México, á coger oro por los tribuctos acostumbrados, ó por nue¬ 
vo servicio, para el Emperador. Fué en esto tan obedescido, que aunque 
sabían que era para Rey extraño, cada provincia y cada señor dió la 
medida y cantidad que Motezuma pidió y señaló, en joyas de oro y plata, 
en tejuelos, en perlas y piedras. 

A cabo de muchos días vinieron todos los mensajeros, aunque unos, 
según la distancia, primero que los otros. Traxeron consigo los tribuctos, 
los cuales, luego que vió Motezuma venir como convenía, los mandó inviar 
á Cortés, el cual los recogió por mano de los Tesoreros. Fundidos Tos 
tribuctos que venían en oro, sacaron de oro fino ciento y sesenta mili 
pesos; dicen algunos que fué mucho más; y de plata, que estonces no 
había mucha, por no saberla sacar, más de quinientos marcos. Repartió 
Cortés por cabezas el oro y plata entre los españoles; no se dió todo,, 
sino señalóse á cada uno según era; al de á caballo, doblado que al peón, 
y á los Oficiales y personas de cargos y cuenta se dió ventaja. Pagósele 
á Cortés de montón lo que le prometieron en la Veracruz. Cupo al Rey 
de su quinto más de treinta y dos mili pesos de oro y cient marcos de 
plata, de la cual se labraron platos, escudillas, tazas, jarros, saleros y 
otras piezas á la manera que los indios las labran y usan, para inviar al 
Emperador. Valía, allende desto, cient mili ducados lo que Cortés apartó 
de toda la gruesa antes de la fundición, para inviar por presente, con 
el quinto, en perlas, piedras, ropa, pluma, joyas de oro y plata y pluma 
á manera de las cebratanas, que por su extrañeza eran ,de gran valor, ca 
las piezas labradas de oro y plata eran peces, aves, sierpes, animales, 
árboles, fructas y otras cosas desta suerte, maravillosamente contrahechas, 
que puestas en España espantaran á cuantos las vieran. No hubo esta 
dicha, por la gran desgracia que después subcedió, como diremos, en el 
desbarato de los españoles, cosa bien lastimosa que jamás se olvidará. 
Dicen que Cortés, aunque hizo el repartimiento, no dió casi nada, y 
después cuando vió que no había otro remedio, para salvarse sino como 
cada uno pudiese salir de ^léxico, dixo á los suyos, que no debiera, 
porque fué ocasión para perderse muchos: “Tome dese tesoro cada uno 
lo que pudiere’'; y así fué que con la demasiada cobdicia, cargándose de 
oro, vinieron á morir con él. 


3So 


CRÓXICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO XLVUI 

CÓMO ACORDÓ MOTEZUMA QUE CORTES SE FUESE DE MEXICO, 

Y DE LAS CAUSAS QUE LE MOVIERON Á ELLO 

La fortuna, que jamás por mucho tiempo está en un ser, ni muestra 
el rostro de una manera, habiendo hasta este tiempo mostrádose tan 
próspera á Hernando Cortés, usando de su variedad é inconstancia, se 
le comenzó á mostrar adversa y contraria cuando menos pensaba, porque 
como se vió tan pujante y próspero, ocupaba el pensamiento unas veces 
en inviar á Sancto Domingo y otras islas dineros y nuevas de la tierra 
y de su prosperidad, convidando á los conoscidos y no conoscidos á que 
viniesen á ella con armas y caballos, porque para tan gran reino eran 
muy pocos los que con él estaban; otras veces trataba de apoderarse de 
todo el estado y señorío de Motezuma, viendo que le tenía preso y de 
su bando á los de Taxcala y á los de Coaleticamatl y Tuchintle y que 
'Sabía de cierto que los de Panuco y Tecoantepeque y los de Mechuacan 
eran mortales enemigos de los mexicanos y que le ayudarían cuando 
menester los hobiesse: otras veces se ocupaba en cómo haría cristianos 
á todos aquellos indios, lo cual procuró luego como mejor pudo, porque 
cierto siempre tuvo ojo á este fin que (como lo era) lo tenía por principal, 
aunque hasta ahora es tan dificultoso, por las malas inclinaciones de 
los indios, que ha habido siempre bien que haoer. No les asoló los ídolos 
por no indignarlos, pero vedó matar los hombres en sacrificios, puso 
cruces é imágines de Nuestra Señora y de otros Sanctos por los temples, 
haciendo que los clérigos que había, porque después vinieron los flaires. 
^dixesen misa cada día y baptizasen á los que quisieron ser baptizados, 
que fueron pocos, ó porque se les hacía de mal dexar su envejecida 
religión, ó por el miedo que tenían á los otros, que eran más. Finalmente, 
los nuestros no atendieron á esto mucho por parescerles que no era 
tiempo, esperando mejor coyuntura para que no retrocediesen. 

Cortés oía cada día misa, mandando que todos los españoles la oyesen 
y suplicasen á Dios llevase los negocios adelante con la prosperidad que 
al principio les había concedido. Estando, pues, en tan altos y tan 
prósperos pensamientos, ó por sus pecados, ó por ocultos juicios de Dios, 
comenzó Motezuma á volver la hoja; vino en este tiempo Pánfilo de 
Narváez contra él; echáronle no muchos días después los indios de 
México, tres cosas por cierto bien notables, las cuales iré prosiguiendo 
por su orden. 

La mudanza de Motezuma fue clara que invió á llamar á Corté.s, 
y con otro muy diferente rostro que el de antes y con otras palabras de 
las que él solía decir, le rescibió y habló, como luego diré. Tres cosas 
movieron á Motezuma á mudarse del propósito en que hasta estonces 
había estado, de las cuales las dos eran públicas. La una fué el porfiar de 




LIBRO CUARTO.-CAP. XLVIII 


38l 

los suyos, que siempre le daban en cara su pusilanimidad y flaqueza,, 
diciendo que como vil mascegoal se dexaba estar en prisión, siendo ei 
mayor señor del mundo; que luego, sin más traerlos en palabras, echase á 
aquellos advenedizos españoles, ó los matase, porque era grande afrenta y 
mengua suya y de todos ellos que tan poquitos extranjeros le sojuzgasen 
y acoceasen á él y á tantos señores y caballeros como en sus reinos había, 
quitándoles la honra, robándoles la hacienda, cohechándoles todo el oro 
y riqueza de los pueblos y señoríos para sí y para su Rey, que debía de 
ser pobre, pues de tan lexos inviaba por oro; y que si él quería salir de 
la prisión, que todos, como lo habían hecho, le sirvirían y pondrían en 
libertad, y si no, que tampoco ellos le querían por señor, pues no era 
para serlo, y que no esperase mejor fin que Qualpopoca, siendo tan gran 
Principe y ¿acama, siendo su sobrino. Rey de Tezcuco; que se determina¬ 
se luego al sí ó al no, porque diciendo de no, eligirían otro Rey: palabras^ 
ásperas y que mucho movieron á Motezuma al determinarse al sí. 

La otra fué que el diablo, como se le aparescía y perdía tanto con la- 
venida de los cristianos, le dixo muchas veces y con amenazas que matase 
á aquellos cobdiciosos españoles, ó los echase de su reino, pues eran tan 
sus enemigos, si no, que se iría sin que él ni los suyos cogiesen sus 
sementeras ni tuviesen salud, porque le atormentaban mucho y daban 
gran enojo las misas, el Evangelio, la Cruz y el baptismo de los cristianos. 
Motezuma le respondía que no era bueno matarlos siendo sus amigos y 
hombres de bien, pero que les rogaría se fuesen, y cuando no quisiesen 
estonces los mataría. A esto replicó el demonio que lo hiciese así, porque 
en ello le haría grandísimo placer, porque ó se había de ir él, ó los 
españoles, porque dos contrarios no podían vivir bien en una casa. 
^Motezuma con esto se despidió muchas veces del demonio, llevando en 
corazón á lo que después se determinó. 

La /tercera causa, que fué oculta, á lo que se sospechó, fué ser’ 
Motezuma algo más mudable que otro hombre y que se había repentido 
de lo que se había hecho y le pesaba de la prisión de su sobrino Cacama.. 
al cual antes había querido mucho, porque á falta de sus hijos, le había' 
de subceder el imperio, y porque conoscía que poco á poco se iban 
apoderando los españoles, haciéndose señores de sus tierras, y lo que peor 
era. de sus personas, y porque el diablo le había dicho que no podía hacer 
mayor sacrificio ni más acepto servicio á los dioses que matar ó echar de 
su tierra á los cristianos; y que si así lo hiciese, no se acabaría en él 
el imperio de los Emperadores de Culhúa, sino que antes, con mayor 
prosperidad, se iría dilatando y que reinarían tras dél sus hijos y 
descendientes y que no creyese en agüeros, pues era ya pasado el octavo 
año y andaba en el diez é ocheno de su reinado. Por estas causas y por 
otras que no se supieron, mudó parescer IMotezuma y hizo lo que en el 
capítulo que se sigue diré. 


382 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO IL 

CÓMO MOTEZUMA APERCIBIÓ DE SECRETO CIENT MILL HOMBRES 
Y LO QUE PASÓ ENTRE ÉL Y CORTÉS 

Importunado Motezuma y aun compelido, según hemos dicho, de los 
suyos, donde se verá lo mucho que muchos pueden contra la voluntad de 
uno, por muy poderoso que sea, mandó muy de secreto, sin que Cortés 
lo supiese, apercebir cient mili hombres de guerra, para matar ó echar 
de la ciudad á los nuestros, si de su voluntad no quisiesen salir della. 
Hecho esto salió desimuladamente al patio con muchos de sus caballeros 
á quien había dado ya parte del negocio; invió, por complacerlos, con 
mucha severidad y priesa, no como solía, á llamar á Cortés, el cual se 
receló luego y entendió la novedad. Dixo á los que con él estaban. “Xo 
me agrada este mensaje, plega á Dios que sea por bien, que no me ha 
parescido que lleva camino esta embaxada de lo que pretendemos. ” Tomó 
consigo doce españoles de los que más á mano halló; fué reportándose 
lo más que pudo, desimulando la alteración que llevaba: llegó con buen 
semblante donde IMotezuma estaba; saludóle muy comedidamente; 
preguntóle qué mandaba. ]^íotezuma se levantó á él con rostro grave, bien 
diferente del que solía: tomólo d-e la mano; metiólo en una sala, y como 
ya estaba algo enseñado de la pulicia castellana, mandó traer asientos 
para entrambos, y después que se hobieron sentado, estando todos los 
demás en pie y dos intérpretes á los lados, algo apartados, no con aquel 
amor que solía, le dixo: “Capitán Cortés: Alis dioses están de mí mal 
enojados porque tanto tiempo os he consentido estar en mi ciudad, 
poniendo cruces, derribando mis principales ídolos, introduciendo nueva 
religión, de que ellos están muy sentidos. Dicen que me quitarán el agua, 
destruirán las sementeras, inviarán pestilencia, y lo que más siento, harán 
señores de mi estado á mis enemigos. Ruégovos que luego, sin más 
dilación, salgáis de mi ciudad y tierra, si no queréis morir. Pedidme lo 
que quisiérdes y dároslo he, porque os amo mucho y he amado, como 
por las obras habéis visto; y si esto no fuera así no os lo rogara, porque, 
como veis, soy poderoso para haceros mal aunque fuérades muchos más 
y no penséis que os digo esto burlando, sino muy de veras y que no os 
lo diré otra vez. Tomad de mis tesoros todo lo que quisiérdes, id contentos, 
que mis dioses no han querido ni quieren pasar por lo que hasta ahora 
se ha hecho; y pues veis que no puedo hacer otra cosa, así por su honor 
como por el mío, no rescibáis pena, ca mayor es vivir entre muchos 
contra su voluntad y contra la de los dioses que á todos nos sustentan; 
por ende, cumple que así se haga en todo caso.” X^o dixo más palabra, 
esperando con gran severidad á lo que respondería Cortés, el cual, con 
esforzado y generoso ánimo, desimulando el pesar, con rostro alegre, 
viendo que no podía al hacer, poco antes que el intérprete declarase lo 
.que Motezuma había dicho, dixo á un español: “Corred y apercibid á 




LIBRO CUARTO.—CAP. L 


383 


los compañeros que estén á punto, porque se trata de sus vidas.” 
Estonces se acordaron los nuestros bien de lo que los taxcaltecas en 
su ciudad les habían dicho. Vieron claro ser bien menester gracia de 
Dios y buen corazón para salir de aquella afrenta. 

Como acabó el intérprete, Cortés, como si le dixeran lo contrario, 
respondió: “Entendido tengo, muy poderoso señor, lo que me amáis y 
agradéscooslo mucho y bien veo que por vos nunca ha quedado que 
estemos en vuestra compañía; pero pues así paresce á vuestros dioses y á 
vuestros vasallos, no quiera Dios que estemos á vuestro pesar. Vtá 
cuándo mandáis que nos vamos, que así se hará.” 

Holgóse mucho Motezuma con esta repuesta, y así replicó: “Xo 
quiero que os vais sino cuando quisiérdes; tomad el tiempo que os 
paresciere y estonces os daré á vos cuatro cargas de oro y á cada peón 
una y á los de á caballo dos.” Cortés á esto le dixo que le besaba las 
manos, pero que ya sabía cómo había dado con los navios al través, 
luego como á su tierra había llegado, é que sin otros como aquellos no 
podía volver á su tierra; por tanto, que le suplicaba mandase llamar sus 
carpinteros para cortar y labrar la madera, que él tenía, quien hiciese los 
navios (este era Martín López), y hechos los navios nos iremos luego sí 
nos dais lo que prometido habéis, “y así lo podéis decir á vuestros dioses 
y á vuestros vasallos.” 

Parescióle por extremo bien esto á Motezuma; mandó llamar luego 
carpinteros; hizo cortar la madera; proveyó Cortés de maestros á ciertos 
españoles para que hiciesen lo que Martín López ordenase. Comenzaron 
á labrar grandes pinos con mucha furia y calor por el deseo que los 
indios tenían de verlos fuera. ^Motezuma, que no debía de ‘^er muy 
malicioso, creyó ser todo así. Cortés en el entretanto habló con sus 
españoles y dixo á los que inviaba al monte: “Motezuma quiere que nos 
vamos de aquí, porque sus vasallos ni el diablo no le dexan ; conviene 
que se hagan navios; id con esos indios y córtese mucha madera, que 
en el entretanto Dios, XViestro Señor, cuyo negocio tratamos, proveerá 
de gente y remedio para que no perdamos tan buena tierra, y así es 
menester que, aunque andéis muy diligentes, paresciendo que os dais 
mucha priesa, vais muy despacio, entreteniendo el tiempo, para que no 
seáis sentidos, y de Cuba tengáis algún socorro. Id con Dios y avisadme 
por horas de lo que pasare, para que con tiempo proveamos lo que 
conviniere.” 


CAPITULO L 

DEL .MiEDO QUE LOS ESPAÍÑOLES TUVIERON DE SER SACRIFICADOS 

Estando los negocios desta manera, pasa-dos ocho días que aquellos 
hombres hablan ido á cortar madera, llegaron á la costa de Chalchicoeca. 
«que es la A'eracruz, quince navios, y como ^Motezuma por toda la costa 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


3b;4 

tenía personas de cuenta que luego por la posta le hacían saber lo que de 
nuevo subcedía, los que estaban en atalaya dieron luego mandado de la 
llegada de los navios á los Capitanes de las guarniciones, los cuales 
inviaron luego á Motezuma mensajeros que en cuatro días caminaron 
ochenta leguas y le dieron por pintura (que éstas eran sus cartas) noticia 
de lo que pasaba, el cual temió. Llamó á Cortés, que no menos receloso 
estaba, ó de algún furor del pueblo, que nunca está de un parescer, 6 
de algún antojo de ^Motezuma, Cuando Cortés supo que juntamente con 
la embaxada Motezuma salía á palacio, tuvo entendido que si pretendía 
dar en los españoles, que no quedaba hombre á vida y así, viéndolos á 
todos juntos, porque no se le osaban desmandar, les dixo: ^‘Señores y 
amigos que comigo hasta ahora por tantos trances y peligros habéis 
perseverado: Ya veis cómo ^lotezuma me invía á llamar, no á son de 
preso, sino muy de señor, y que nos tiene la lanza encima; no lo tengo 
por buena señal, habiendo prescedido lo del otro día. Yo voy á ver lo 
que quiere; estad sobre aviso; no os descuidéis punto, pues las piedras 
antes vistas hieren menos, ca si algo intentaren estos indios, podremos, 
como avisados, hacer mejor nuestro hecho. Póngaseos solo Dios delante, 
de los ojos, por quien cuanto hiciérdes es poco.” Ellos le respondieron 
tan valerosamente como él les habló, diciéndole: “Señor, siendo vos 
nuestro caudillo, en vuestra buena ventura y en mérito de la saiicta 
empresa que entre las manos tenemos, ni temor ni peligro bastarán á 
que volvamos pie atrás, porque como sabemos que vos no nos habéis 
de dexar, así nosotros no os desampararemos, aunque haciéndolo, 
pensásemos escapar la vida, porque en mucho más tenemos nuestro honor 
que la muerte, por áspera que sea.” 

Alegre con esta repuesta Cortés, y alentado como si tuviera consigo 
diez mili españoles, tomando algunos dellos, diciendo á los que quedaban, 
que estuviesen sobre aviso, se fueron donde Motezuma estaba, el cual, 
con gravedad de señor y de Príncipe que no temía, le díxo: “Señor 
Capitán: Sabed que son venidos navios de vuestra tierra en que podréis 
iros; por tanto, adereszáos lo más presto que pudiérdes, porque conviene 
así no haya dilación.” 

A Cortés no supo bien esto; pero con palabras sabrosas, desimulándolo, 
le respondió, haciendo que no entendía lo que ^Motezuma le había dicho: 
"‘Muy poderoso Príncipe: ^Merced me hacéis en mandarme que me vaya, 
porque, aunque fuera mi descontento hacerlo, por haceros servicio no lo 
tuviera por pesadumbre; pero los navios que mandé hacer no están 
acabados y cuando lo sean haré lo que vuestra Alteza manda." A esto 
le replicó Motezuma: “Once navios están en la playa cerca de Cempoala, 
y en breve tendré aviso si los que en ellos vienen han saltado en tierra 
y estonces os diré qué gente es y cuánta.” Cortés con esto se alegró en- 
gran manera, tanto que levantadas las manos al cielo, dixo con lágrimas 
de contento: ""Muchas gracias te doy. Dios verdadero y omnipotente, por 
las mercedes que á mí y á mis compañeros en la mayor nescesidad nos 







LIBRO CUARTO.-CAP. L 


385 


haces”. Y porque los que quedaban con recelo se alegrasen y cobrasen 
ánimo, despachó luego un compañero que les diese la buena nueva, la cual 
oida, no se puede decir el gozo que sintieron, porque hincadas las rodillas 
en tierra, levantadas las manos y los ojos al Cielo, á una, alabaron á 
Dios, y levantados, unos á otros se abrazaron con gran placer, como los 
que tenían ya seguras las espaldas y la empresa casi concluida. 

Estando, pues, en sus pláticas Cortés y Motezuma, llegó otro correo 
de á pie y en pintura mostró y por palabra dixo, cómo ya estaban en 
tierra ochenta de á caballo y ochocientos infantes, doce tiros de fuego, 
de todo lo cual iNlotezuma mostró á Cortés la figura en que venían 
pintados hombres, caballos, tiros y naos. Hecho esto como prudente,, 
y que vía que Cortés había de ser más poderoso, con alegre rostro se 
levantó á él, abrazándole, y haciéndole grandes caricias, le dixo: “Ahora 
os amo más que nunca; quiérome ir á comer con vos.” Cortés le rindió 
las gracias por lo uno y por lo otro; tomáronse por las manos y fuéronse 
al aposento de Cortés, el cual avisó á sus compañeros no mostrasen 
alteración, sino que todos estuviesen juntos y sobre aviso y diesen gracias 
á Dios por las buenas nuevas. Motezuma y Cortés comieron solos, con 
mucho regocijo de la una nasción y de la otra, diciéndose palabras de 
mucho amor, aunque el contento, así de los dos, como de los españoles é 
indios, emanaba de diferentes causas; porque los nuestros estaban alegres 
pensando quedar y sojuzgar el reino y gente; los otros, creyendo que se 
irían los nuestros con los demás que habían llegado en aquellos navios, 
y que así quedarían libres y sin subjección de los huéspedes que tanto 
aborrescían. 

Dicen algunos que desto pesaba á Motezuma y que, sintiéndoselo un 
Capitán suyo, le aconsejó que matase de presente á Cortés y á los que 
con él estaban, pues eran pocos, y que desta manera tendría menos 
que matar en los que venían? y que no los dexase juntar, porque serían 
más fuertes, porque muertos los que en México estaban, no osarían 
llegar los que venían. Puso este consejo en muy gran dubda á Motezuma, 
y no queriéndose determinar por su parescer, llamó á consejo á los 
señores y Capitanes, y puesto el caso y parescer de aquel Capitán, les 
encargó que con toda fidielidad y cordura le dixesen lo que más convenía, 
porque se determinaría en ello. Plubo, como siempre suele, en semejantes 
consultas, diversos votos y paresceres, pero al cabo se determinó que 
dexasen llegar á los españoles que venían, paresciéndoles cobardía matar 
primero los pocos y después los muchos, y que siendo todos juntos, la 
gloria y renombre, por todo el mundo, de su hecho, sería mayor, y que: 
matando primero los que en México estaban, se volverían los otros y no 
se podría hacer el solemne sacrificio que dellos los dioses pedían. 

Con esta determinación se iba entreteniendo aquella imperial Corte 
de Motezuma, el cual, acompañado de quinientos Capitanes y señores, 
pasaba cada día á ver á Cortés. Mandó le sii'viesen y regalasen y á los 
suyos mejor que hasta allí, pues había de durar tan poco, lo cual hicieron 


25 



386 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


los criados de Motezimia, diciendo, como después se supo, que era bien 
regalarlos como á los capones, para que en la muerte estuviesen más 
gordos y el sacrificio fuese más grueso. 

CAPITULO LI 

DE LA NOTICIA QUE RANGEL TUVO DE LA LLEGADA DE NARVÁEZ Y DE LO 
QUE SOBRE ELLO HICIERON ÉL É JUAN VELÁZOUEZ DE LEÓN 

Dicho he cómo Hernando Cortés invió á Rodrigo Rángel con sesenta 
españoles á Chinantla á buscar oro por mandado de ^Motezuma, el cual 
estaba indignado con los de aquel pueblo, porque al tiempo que los 
nuestros desembarcaron le mataron mili hombres que allí tenia con sus 
mujeres, recogiendo las rentas reales. Juntóse con Rodrigo Rangel Joan 
\^elázquez de León, con treinta compañeros que iban á Tlatetelco y á otros 
pueblos con la misma demanda de oro. Estando, pues, todos juntos en 
Chinantla, juntando el oro que habían recogido, llegaron ciertos indios 
corriendo, que les dieron nueva cómo en la costa andaban muchos navios 
é que aún no habían surgido. Oida esta nueva, Rangel y Joan \"elázquez, 
llevando consigo tres ó cuatro cargas de oro, salieron de Chinantla, y 
llegados que fueron tres leguas de Tuztepec, hacia un rio grande que 
corre por aquellos términos, hallaron grandísimas rancherías de indios y 
sin gente, las cuales rancherías no estaban hechas al tiempo que iban á 
Chinantla. Creyóse, y por muy cierto, que los indios las habían hecho 
para matar á los españoles cuando por allí volviesen: pero como vieron 
las naos que por la costa andaban, no se atrevieron, y así, desampararon 
los asientos que habían hecho. Joan A^elázquez se adelantó y poco después 
llegó Rangel á Tuztepec, y no fué tan presto que ya Joan AUlázquez no 
tuviese carta de Narv4ez, por la cual le decía que vista aquélla se llegase 
luego á la costa, para tratar con él como con amigo y dsudo de Diego 
A^eláqiiez lo que convenía, el cual estuvo algo suspenso, no determinándose 
luego en lo que había de hacer, porque por la una parte veía que Diego 
AAlázquez le era deudo y amigo, y que por esto convenía acudirse á su 
parte; por otra vía, la buena andanza de Cortés, á quien Dios tanto 
favorescía y le daba hechos los negocios, el buen tratamiento que le había 
hecho y la confianza que de su persona tenía. Al fin pudo más esto, y 
así mostró la carta á Rangel, luego como llegó, comunicando con él 
qué seria bien hacer, el cual, por ver lo que Joan A^eláquez diría, ó por 
no decir su parescer primero que él, que siempre por el parentesco que 
con Diego Velázquez tenía había sido sospechoso, le dixo que dixese él 
lo que le parescía, porque eso harían. Entendida por Joan AUlázquez 
la intención de Rangel, dixo: “Nosotros hemos jurado por nuestro 
Capitán á Hernando Cortés, y por tal nos le dió Diego A^'elázquez. Traición 
sería dexarle, meresciendo que le sigamos y muramos por él. y así, yo, 
si os paresce, estoy determinado de no hacer otra cosa, pues ya tenemos 





LIBRO CUARTO.—CAP. LLI 


S67 

lo más hecho y ninguno vendría que más bien nos trate ni más bien nos 
haga.'’ 

Rangel se holgó mucho con esta determinación; abrazólo y díxole que 
él diría á Hernando Cortés la obligación en que le era. Desta manera, 
juntando su gente, sin parar de noche ni de día, doblando jornadas, 
caminaron la vuelta de México, hasta que bien cansados llegaron á 
'Cholula, de donde dieron aviso á Hernando Cortés, el cual les escribió 
se estuviesen quedos, porque él iría allá dentro de ocho días y les diría 
lo que se había de hacer. Estando las cosas así, al cabo de los ocho 
días llegó Cortés con obra de ciento y diez hombres, de manera que por 
todos vinieron á ser docientos y diez; los demás quedaron con Pedro 
de Alvarado en México, guardando á Aíotezuma. Estuvieron allí aquel 
día y otro que llegaron. Repartió Cortés el oro entre los compañeros, 
acariciólos, regalólos, como el que sabía cuánto los había menester, é 
hizo otras cosas muchas primero que de México saliese, como lu:go 
diremos después que hayamos dicho en el capítulo que se sigue por qué 
y cómo Diego Velázquez invió á Pánfilo de Narv'áez. 

CAPITULO LII 

POR QUÉ Y CÓMO DIEGO VELÁZQUEZ INVIÓ CONTRA HERNANDO CORTÉS 
Á PÁNFILO DE NARVÁEZ 

No se puede decir el pesar y enojo que Diego Á^elázquez tenía con las 
prósperas nuevas que oía de Fernando Cortés y de la buena maña que 
en todo se había dado, pagándole (como dice Oviedo) como él había 
pagado al Almirante Colón, aunque Cortés, como ai principio dixe, con 
mucha razón estuvo obligado á seguir su buena fortuna, pues para ello 
había gastado toda su hacienda, que estonces no era pequeña, y la de sus 
amigos y puesto su vida tantas veces á riesgo. 

Estaba, pues, Diego Velázquez muy enojado, no tanto porque Cortés 
no le había hecho ningún reconoscimiento ni por lo que había gastado, 
que en esto hay diversas opiniones, cuanto por la honra é interese grande 
que había perdido en no haber acometido él por su persona tan próspero 
y dichoso viaje, que comparado el de Cuba con él era nada. Acrescentaba 
su dolor el saber cómo ya Cortés había inviado á España, al Emperador 
Don Carlos, la relación de lo subcedido y el quinto de lo rescatado, con 
hermosos presentes que de lo que á él pertenescía había hecho, inviando 
á Francisco de Montejo y Alonso Hernández Puertocarrero, sobrino del 
Conde de Medellín, por sus procuradores, personas, como convenía para 
tal negocio, de mucha calidad y seso. Estando, pues, Diego ÁVlázquez 
desta manera, determinó de no cometer el negocio [á otro] que á su 
persona, paresciéndole como él lo era, que Hernando Cortés le respectaría 
y servirían los más que con él estaban, por ser los unos sus criados, otros 
sus deudos y los demás sus amigos; pero como no era para él lo que 



388 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


había de alcanzar Cortés, ya que estaba en Guaniguanico adereszándose 
para hacer la jornada, un Oidor de la Isla Fernandina (dicen que era 
Lucas de Ayllón), llegando [á] aquel puerto por comisión del Audiencia, 
ie requirió que en ninguna manera saliese de su gobernación, porque la isla 
de Cuba y la de Sancto Domingo se despoblaban, por querer irse los más 
conquistadores y moradores dellas con él, en lo cual Dios y Su ]\Iaj estad 
del Emperador serían muy deservidos, porque los indios serían poderosos 
contra los pocos que podían quedar y que con su presencia sustentaría 
aquellas islas; y que pues podía inviar Capitanes muy bastantes, lo hiciese 
y no pusiese su persona á riesgo, á la cual querían seguir todos, los unos 
porque lo amaban mucho, y los otros (según las nuevas habían oído) 
por el gran interese que pretendían. 

Oído este requerimiento, no faltaron hombres valerosos como 
Bermúdez, Vasco Porcallo de Figueroa, Pánfilo Narváez y otros, que 
por ir cada uno con la empresa porfiaron que se quedase, diciéndole que 
valía más lo cierto que lo dubdoso y que convenía en todo caso hiciese lo 
que el Oidor decía, pues era tan en honra de su persona y servicio de' 
Dios y del Rey. 

Xo pudo Diego \^elázquez, como era afable y bien acondiscionado, 
resistir tanto al parescer de tantos que, aunque le pesó dello, no 
condescendiese luego con lo que querían, y así se volvió luego á Sanctiago 
de Cuba, donde tenía su casa. Comenzó de secreto con sus amigos á tratar 
á quién sería bien encomendar el negocio. Estuvo de parescer de inviar 
á Baltasar Bermúdez, su sobrino, y cuando se declaró no faltaron 
personas que, poniendo inconvenientes, le hicieron poner los ojos en 
Vasco Porcallo de Figueroa, al cual llamó y encargó el negocio. 

Ya que lo más estaba hecho, comenzó Diego Velázquez á entibiar 
y á mostrar pesar de habérselo encargado. Como Vasco Porcallo lo 
entendió, delante de muchos caballeros que presentes se hallaron, aunque 
comedidamente, con palabras sañudas, le dixo: ‘'Señor: Bien fuera que 
primero que vuestra Merced me pusiera en este negocio, lo pensara bien 
para no arrepentirse después y afrentarme á mí. Bien sé que no faltan 
émulos y envidiosos que les pesa de lo que vuestra Merced comigo ha 
hecho, queriéndolo cada uno para sí, y pues es uno y no muchos el que ha 
de ir por Capitán general contra Hernando Cortés, escójale vuestra 
Merced tal que después no me eche menos, porque Cortés es hombre, como 
vuestra Merced ha entendido, que sabrá defenderse y aun ofender. Yo- 
desde ahora para siempre renuncio el cargo y digo que aunque vuestra 
yicrceá y el Rey me lo manden no lo aceptaré, y plega á Dios no subceda 
el negocio como ha llevado los principios, porque hay muy pocos, aunque 
presumen muchos, que sepan avenirse con Hernando Cortés.” 

Dichas estas palabras, volvió las espaldas sin esperar repuesta, de 
que quedó bien confuso Diego Velázquez, porque conoscía que ^.'’asco 
Porcallo tenía valor; y como se le cerró tanto, no se atrevió á importunarle 
aceptase el cargo, y así, en ausencia de Baltasar Bermúdez y Vasco 



LIBRO CUARTO.—CAP. LUI 


3S9 

Porcallo, entró en consulta con algunos de sus amigos, tratando con ellos 
-á quién les parescía que eligiese. Hubo diversos paresceres, pero los 
más fueron, porque era bienquisto, ya que ninguno de los dos dichos 
iba, que fuese Panfilo de Narváez, hombre al parescer cuerdo y muy 
animoso, aunque demasiadamente confiado. 

Hecha esta determinación, uno de los que en ella se hallaron, 
determinado de ir con Pánfilo de Narváez, blasonando, como suelen los 
cobardes, en ausencia, dixo á Diego Velázquez: “Señor: Muy acertada 
ha sido la elección; yo iré en servicio de vuestra Alerced con Pánfilo 
de Narváez, y por la barba traeré preso á Hernando Cortés.’’ No pudiendo 
sufrir estas palabras un caballero que allí estaba, dixo: “Por cierto que 
el hombre más ruin y para menos que llevó Cortés consigo fué un Fulano, 
porquero mío, y que sí yo allá fuese no osaría prenderle por la mano, 
cuanto más por'la barba, y en eso afrentáis al señor Diego A^elázquez, 
pues dais á entender que invió hombre tan vil á quien vos podáis prender 
por la barba. De ningún ausente se ha de decir mal, especialmente de 
Hernando Cortés, delante del cual, si vos estuviésedes, no osaríades 
hablar.” Muy bien paresció á todos, como era razón, lo que este caballero 
dixo, y merescíalo Cortés, por las muestras que de su valor había dado. 
Mandó Diego \^elázquez que el otro callase, y así sin ir el negocio más 
ajdelante salieron todos de la consulta, acudiendo de ahí adelante á casa 
de Pánfilo de Narváez. 


CAPITULO LUI 

CÓMO SE APRESTÓ PANFILO DE NARVÁEZ, Y DE CÓMO DIEGO VELÁZQUEZ 
PROCURÓ TOMAR EL NAVÍO QUE HERNANDO CORTES INVIABA Á ESPAÑA 

En el entretanto que estas cosas pasaron, supo Diego \"elázquez que 
Hernando Cortés, con aquellos caballeros sus procuradores, inviaba un 
navio cargado de cosas de la tierra y de la plata y oro, que había podido 
allegar, en lo cual entraba el quinto y el presente que Cortés y otros 
caballeros de lo que á ellos pertenescia, inviaban. Armó luego, sabido esto, 
una ó dos carabelas, despachólas con toda prisa que pudo para tomar 
la nao que Cortés inviaba, para que todo fuese en su nombre y Cortés 
no gozase de su industria y trabajo, diciendo que así se cortaría el hilo á 
sus pensamientos y á la traición que él había hecho, como si lo fuera 
[á] acudir con lo subcedido á su Rey é señor. Invió, para mayor confian¬ 
za, en la una carabela á Gonzalo de Guzmán, que después de su muerte le 
subcedió por Gobernador. Era, empero, la ventura de Cortés tan buena 
que no se dió tanta priesa Diego Veláquez que no pasó su nao primero, 
de manera que aunque las carabelas anduvieron de acá para allá, atrás y 
delante algunos días, no pudieron hallar rastro ni saber cosa alguna, de 
que Diego Velázque rescibió gran pena, la cual se le aumentaba con las 
nuevas que le traían cada día de Cortés, diciendo las extrañas y nunca 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


390 

oídas hazañas que había hecho, el gran seso con que gobernaba los 
negocios y la mucha cristiandad con que los comenzaba y acababa, las. 
mercedes que en grandes peligros Dios le había hecho; lo cual le era 
tan áspero que, aunque redundaba en serAucio de Dios, no lo podía sufrir 
con paciencia, diciendo palabras fuera de su natural condisción, doliéndose 
que por quedar con lo poco había perdido lo mucho. 

Estando, pues, con este pesar y enojo, determinado, por cualquier 
vía que pudiese, de destruir y deshacer á Hernando Cortés, llegó á 
Sanctiago de Cuba su capellán Benito Martín, el cual le traía cartas 
favorables del Emperador y título de Adelantado, con cédula de la: 
gobernación de tcVdo lo que hobiese descubierto, poblado y conquistado ea 
tierra de Yucatán, con lo cual holgó por extremo, y más por echar á 
Cortés de la prosperidad en que estaba, que por el título que el Rey le 
dió y favores que le hacía; pero con todo esto no pudiera Diego Velázq\iez, 
favoresciéndole, hacerle tanto bien cuanto le hizo queriéndole mal, porque 
luego invió con Pánfilo de Narváez la mejor armada que él había hecho, 
que fué de once naos y siete bergantines con nuevecientos españoles y 
ochenta caballos, dando poder á Pánfilo de Narváez de su Teniente de 
Gobernador en la Nueva España, con cierta instrución secreta en que se- 
decía le mandaba en cuanto pudiese destruyese á Cortés, y si le prendiese, 
echado en hierros, le inviase á Cuba; y por que esto más presto tuviese 
efecto, anduvo él mismo por la isla recogiendo gente y bastimentOj 
volviendo á Guaniguanico donde primero había estado. Allí, después que 
todo estuvo aprestado, poco antes que Pánfilo de Narváez se hiciese á 
la vela, Diego Velázquez le habló así: “Señor Pánfilo de Narváez, á 
quien yo, como habéis visto, entre tantos caballeros he escogido para 
que vais con tan buena armada contra Cortés, que tan mal, como sabéis 
lo ha hecho comigo: Obligación tenéis á emendar el avieso que él ha 
hecho y que por vos cobre la honra, gloria y adelantamiento de mi estado 
que por él he perdido. Todo el poder que os he podido dar os doy, y sed 
cierto que haciendo el deber, os adelantaré y haré con vos lo que hiciera 
con un hermano que más que á mí amara. \Mestra parte os va, y por 
ventura el todo; émulos dexáis acá, que están á la mira; no les deis^ 
ocasión que puedan holgarse con vuestro mal subceso: muchos amigos 
lleváis y muchos quedan acá, á quien daréis gran contento si acertáredes. 
En servicio de Dios y del Rey vais; haced con maduro consejo lo que 
conviniere y mirad que con buenas palabras no os engañe Cortés, que 
sabe mucho; muy más poderoso vais que él está; vuestra será la buena; 
fortuna si no os faltare seso y diligencia. Dios vaya con vos y os favoresca 
en todo.’' 

Acabadas estas palabras le abrazó muy alegre, y Pánfilo de Narváez, 
como si ya tuviera el juego ganado, le respondió: “Señor: Aunque llevara 
la mitad menos de gente, cierto estoy de inviaros preso á Cortés, para 
que dél hagáis á vuestra voluntad, pues tan mal ha conoscido la merced 
que le hecistes. Yo os poblaré la tierra, y en vuestro nombre se hará 




LIBRO CUARTO.—CAP. LIV 


39 


todo el deber, para que el Rey entienda que por vuestra industria y buena 
dicha se le han hecho grandes servicios. A Cortés yo le conosco cómo se 
ha de tratar, y sé que llegado que sea me respectará como conviene, y 
debaxo de tratarle y rescebirle como á hijo, os le inviaré para que 
nunca más aloe cabeza.''' 

Como en Sancto Domingo se supo la pujanza de gente que Pánfilo de 
Xarváez llevaba, dicen que volvió el Licenciado Lucas Vázquez de Ayllón, 
en nombre de aquella Chancillería y de los flaires jerónimos, que 
gobernaban, y del Licenciado Rodrigo de Figueroa, Juez de residencia é 
\Asitador del Audiencia, el cual requirió so graves penas á Diego 
Velázquez y á Pánfilo de Narváez que no fuese contra Cortés, á lo menos 
con tanta gente, porque, lo uno, se despoblaban aquellas islas, y lo otro, 
sería causa de muertes y guerras ceviles y otros muchos males que no 
se podían dexar de seguir, yendo unos españoles contra otros, siendo 
tanto menester para la población de tierras nuevas, y que se perdería 
México con todo lo demás que estaba ganado y pacífico para el Rey. 
Díxoles que si agravio tenían de Cortés, que lo pidiesen delante de su 
superior, y que siendo partes, no se hiciesen jueces, que con aquella 
armada, si no porfiasen en salir, podrían descubrir nuevas tierras, en 
que Dios y el Rey serían muy servidos y ellos muy aprovechados. 


CAPITULO LIV 

DE LO QUE DIEGO VELAZQUEZ RESPONDIÓ, Y CÓMO SE PARTIÓ EL ARMADA 

Diego \^elázquez, viéndose poderoso para se poder vengar de 
Hernando Cortés, pudiendo más en él la pasión que el buen consejo que el 
Licenciado Ayllón le daba, le dixo: Señor: Ya que vuestra IMerced sabe 
que por el requerimiento que vuestra Merced me hizo de parte del 
Audiencia, dexé por mi persona de ir en esta jornada, no es razón que 
ya que hice lo uno haga también lo otro, pues <es en mi perjuicio. Cortés 
no está tan poderoso que con obra de trecientos hombres que llevó, de 
los cuales algunos serán ya muertos, pueda, aunque quiera, resistir á 
nuevecientos tan buenos y tan escogidos que lleva Pánfilo de Xarváez. 
Aquella tierra donde Cortés está es muy próspera é ya sabemos lo que 
hay en ella é que cae en el destricto de lo que el Emperador, nuestro 
señor, me ha hecho merced é que se incluye en el adelantamiento della. 
Lo por venir no lo sé; las tierras que vuestra Merced dice que se pueden 
descubrir tampoco las sabemos, cuanto más que en el descubrimiento 
dellas está más cierta la pérdida que la ganancia. Yo estoy determinado 
de seguir este viaje, porque sé que en él ha de ser Dios servido y el 
Emperador, nuestro señor, y esto haré aunque más requerimientos vues¬ 
tra Alerced me haga." 

Pánfilo de Narváez, que presente estaba, antes que el Licenciado 


392 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


Ayllón respondiese, como aquel á quien iba su parte, volviéndose al 
Licenciado, le dixo: '’Señor Licenciado: No hay razón por donde vuestra 
Merced nos quiera estorbar esta jornada. Todos somos criados y vasallos 
del Emperador y todos procuramos su seiAUcio, aunque unos entienden 
que se debe intentar de una manera y otros de otra. El señor Adelantado 
ha hecho el gasto que vuestra Merced vee; está ya á pique. Es menester 
gente para que aquella buena tierra se conquiste y pueble y que Cortés 
no se alce con lo que no es suyo. Revoluciones no las puede haber, porque 
yo conosco á Cortés y él á mi; téngole por hijo; respectarme ha como 
á padre, y cuando no hiciere el deber, no serán tan nescios los pocos 
que allá están que quieran tomarse con los muchos que vamos, 
especialmente que los más dellos son nuestros amigos, criados y parientes 
del señor Adelantado. Yo me partiré de aquí á dos horas, pues hace 
ya buen tiempo; vuestra Merced vea lo que manda, que yo protesto que 
voy en servicio de Dios y de mi Rey, por mandado del señor Diego 
AYlázquez, su Adelantado, que tiene poder para mandar hacer este 
viaje."'’ 

El Licenciado Ayllón, visto el poco respecto que á su persona y 
requerimientos se había tenido y que, aunque quisiese, no podía estorbar 
la jornada, diciéndoles mirasen bien lo que hacían, y pues estaban 
determinados de no hacer otra cosa de la que habían dicho, él también 
estaba determinado de irse con el General en la flota, para que si algo 
subcediese fuese parte para concertarlos. No plugo mucho esto á Pánfilo 
de Narváez; pero como el Licenciado era Oidor y criado de Su ]\Iajestad, 
no se ló osó estorbar, antes, para mayor desimulación, dixo que resoebía 
en ello gran merced. Con esto, mandó hacer señal para que todos se 
embarcasen, y el Licenciado, entrando en la capitana con el General, 
encomendándose todos á Dios, salieron del puerto de Guaniguanico, no 
sin lágrimas de los que iban ni de los que quedaban. Allí abrazó 
enternescidamente Diego \^elázquez á los dos y á otros caballeros que él 
particularmente amaba, á los cuales dixo: ^^Dios vaya con vosotros y os 
dé tan buen viaje cual deseáis é yo deseo; haced el deber, que en mí 
tendréis buen amigo.” Con esto, tocando las trompetas, disparando el 
artillería y descogiendo las velas, salieron con próspero viento y con 
él dentro de pocos días llegaron á Isla de Sacrificios, donde echando 
anclas, como Narváez supo que cerca de allí estaban ciento y cincuenta 
españoles de Cortés, despachó luego á Joan Ruiz de Guevara, clérigo, y 
á Alonso de Vergara, con cartas de credicto, y á requerirles le rescibieser/ 
por Capitán general y Gobernador de aquella tierra por las provisiones 
que de Diego Yelázquez traía, de las cuales en su tiempo y lugar haría 
presentación (i). 

El Capitán y los demás principales que en la isla estaban no quisieron 
oir á los mensajeros, antes, porque el negocio no se errase, los prendieron, 


(i) Al margen: “Aquí se engaña. 





LIBRO CUARTO.—CAP. LV 


3q3 


y con la gente que era menester los inviaron á buen recaudo á México 
ó adonde topasen á Cortés, porque ya tenían nuevas que salía de 
México, para que se informase dellos y viese lo que convenía hacer. 
En el entretanto, como Xarváez vió que los mensajeros no venían, mandó 
sacar á tierra los caballos, armas y artillería; pusiéronse todos á punto, 
y en buen orden de guerra se fué á Cempoala, donde los indios 
comarcanos, asi los amigos de Cortés, como los vasallos de Motezuma. 
le rescibieron bien; festejáronle, haciéndole todo servicio, creyendo ser 
amigo de Cortés y venir á verle; diéronle mantas é joyas y abundante* 
mente lo que era menester para su comida. 


CAPITULO 

DE LO QUE XARVÁEZ HIZO EX CExMPOALA Y DE CÓMO FUÉ IXFORMADO 
DE LA PUJAXZA EX QUE CORTES ESTABA 

Llegado que fué Panfilo de Narváez á Cempoala, luego conosció la 
prosperidad y grandeza de la tierra en que Cortés estaba; y aunque el 
Licenciado Ayllón en todo el camino le había venido diciendo que en 
tierra extraña y de tantos indios, donde había un tan gran Príncipe que 
todo lo mandaba, convenía tratar los negocios con gran tiento, y 
especialmente con buena intención, en la cual Dios alumbra á los hombres 
para que acierten; y que en todas maneras honrase y acariciase mucho 
á Cortés, pues estaba ya tan señor, y que no entrase con la espada en 
la mano, pues todos eran españoles y vasallos de un Rey y que pretendían 
una misma cosa; y que no confiase en que llevaba más gente, pues para 
echar á un hombre de su casa, aunque estuviese muerto, eran menester 
más de tres, cuanto más vivo, sabio, valiente, bienquisto, poderoso y 
liberal, cual era Cortés, no daban mucho contento estas palabras á 
Narváez, porque venía lleno del enojo é invídia que tenía Diego \"elázquez; 
y como también el mandar no quiere igual, cuanto más superior, v él 
deseaba hacer y deshacer los negocios á su gusto y voluntad, no acertalxi 
á encaminarlos tan bien como convenía, y así, de secreto y muchas veces 
en público, con aquellos que ayudaban á su intención, añadiendo, como 
dicen, aceite á la fragua, decía cosas no dignas de buen Capitán. Llamó 
al señor de Cempoala. hízole una larga plática, diciéndole, entre otras 
cosas, cómo él venía por Capitán sobre Cortés en nombre del Emperador 
de los cristianos y que él había de ser el que había de mandarlo todo; 
que le hiciese placer de decirle’quién era Motezuma y el poder que tenía 
y cómo se había habido Cortés con él y al presente en qué opinión 
estaba, y si era amado ó aborrescido de los indios: porque si hobie^c 
hecho cosa que no debiese, que él venía á remediarlo y aun castigarlo. 

Después que bobo dicho esto y otras cosas que fuera mejor callarlas, 
el señor de Cempoala se sonrió y aun entendió que no venía con buena 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


394 

intención. Respondióle con pocas palabras que el gran señor Motezuma, 
era tan poderoso que se espantaba que él no lo supiese, pues en el mundo, 
no había otro como él y que tenía muchos Reyes y Príncipes por vasallos, 
que le venían á servir á su Corte; que era tan rico y señor de tantas, 
tierras que no se podía contar, y que con todo eso. Cortés era tan valiente 
y se había habido tan valerosamente con él, que había entrado en su 
ciudad, á pesar de los taxcaltecas, que en el camino le hicieron brava 
guerra, y que venció muchas y muy espantosas batallas, y que al cabo,, 
los valientes taxcaltecas, conosciendo que era invencible, se habían hecho 
sus amigos y que muchos dellos le acompañaron hasta entrar en 'México 
y que Motezuma no había osado estorbarles la entrada, aunque por otras 
vías lo había procurado, y que al fin le salió á rescebir con toda su 
imperial corte fuera de su ciudad, donde después había sido muy bkn 
servido y acatado, é que delante de todo el poder mexicano había 
derrocado los grandes ídolos, é que por causas que á ello le habían 
movido prendió á ]Motezuma y le echó grillos, quemó á Qualpopoca, 
prendió y quitó el reino á Cacamacin, sin que toda la nasción mexicana 
fuese parte para estorbarlo, y que estaba al presente más bien puesto 
que nunca, muy estimado y acatado y muy poderoso en la tierra y que 
ninguno vendría á quien ellos tuviesen en tanto como á él. 

]\íucho pesó á Narváez destas palabras, aunque lo desimuló cuanto, 
pudo; replicóle, por dorar los negocios, que era muy honrado Cortés y 
que él le tenía por hijo é como á tal le venía á ayudar, no diciéndole 
más que esto. El señor de Cempoala le sirvió é hizo buen hospedaje, 
creyendo ser padre de hombre á quien ellos tenían por dios. En el 
entretanto que Pánfilo de Narváez asentó su exército y ordenó su gente 
para que cada uno estuviese en su lugar, fueron y vinieron muchos indios, 
de parte de Motezuma, que cada día le daban aviso de lo-que pasaba, y 
f.sto créese que para tomarlos á todos juntos, como le habían aconsejado^ 
y hacer el gran sacrificio que los señores y Príncipes del imperio mexicano- 
deseaban. 

Narváez, como vió que sus mensajeros no volvían y que estaban en 
poder de Cortés, íbale cresciendo el enojo y la mala intención de hacerle 
todo el mal que pudiese, la cual no pudo encubrir contra los consejos del 
Licenciado Ayllón, diciendo que había sido mal mirado y que él vendría, 
á pagadero. Luego que Narváez con tanta pujanza llegó á Cempoala, los 
de la Villa, como eran pocos y habían inviado presos á los mensajeros de- 
Narváez, se metieron por los pueblos la tierra adentro, hasta que, como; 
adelante diremos, se juntaron con Cortés. 




LIBRO CUARTO.—CAP. LVl 


393 


CAPITULO LVI 

DE LO QUE CORTÉS SINTIÓ DE LA VENIDA DE TANTA GENTE 
Y DE LO QUE SOBRE ELLO HIZO 

Primero que Cortés tuviese cartas de Rangel y Joan ATlázquez y de 
los de la Villa, de la certinidad que Pánfilo de Narváez venía contra él 
en nombre de Diego Velázquez, le puso en gran cuidado aquella tan- 
grande y nueva armada, porque, [si] por la una parte holgaba que 
viniesen españoles, por otra le pesaba que fuesen tantos; si le venían á 
ayudar, tenía por ganada la tierra; si contra él, por perdida; si venían 
de España, creía que le traían buen despacho, pero no podía creer que 
de allá viniese tanta gente ni tan presto; si venían de Cuba, temía guerra 
cevil, especialmente si en aquella armada venía la persona de Diego 
Velázquez, á quien forzosamente estaba obligado á tener más respecto 
que á otro; y siendo él, más se recelaba de los malos consejeros que de 
su condisción, que era muy noble, porque en todo el tiempo que había 
tenido gobierno, por enojo que tuviese, ni por delictos que se cometiesen, 
jamás fué de parescer que nadie muriese, comutando la pena de la 
muerte en castigo de destierro ó en otros, como no fuese efusión de 
sangre, y cierto, si él fuera, es creíble que hobiera otros medios de los 
que Pánfilo de Narváez tuvo. Con todo esto, aun creyendo ser Diego 
Wlázquez, tenía pena por dos cosas : la una porque el Cabildo 3^ Alcaldes 
de la Wracruz le habían elegido por su Capitán y Justicia mayor, y no 
habiendo mandato del Emperador, estaba obligado, especialmente no 
estando en el destricto de Yucatán, de defender su partido; lo otro, 
porque no quería tener pendencia con Diego \Ylázquez, ni que fuese 
parte para cortar el hilo á su prosperidad, especialmente estonces, que 
andaba sabiendo los secretos de la tierra, las minas, las riquezas, las 
fuerzas y los que de cierto eran amigos ó enemigos de Motezuma, para 
valerse de los enemigos y hacer su hecho. Pesábale, porque le estorbaría 
poblar los lugares que ya había comenzado, y de cristianar los indios, 
que tenía por muy principal, á causa de que muchos dellos lo pedían, 
paresciéndoles bien nuestra ley é religión y el trato }’ conversación de 
aquellos huéspedes. Pesábale de que su traza no tendría efecto y que su 
adelantamiento y el de los su3"OS, que habían llevado todo el trabajo, 
cesaría con la venida de otro General que traía mucha más gente, artillería 
3^ caballos, y que por fuerza, según la malicia humana, había de venir 
soberbio 3^ presuntuoso para no poder tener con él algún buen medio. 

Estos y otros inconvenientes le traían afligido y desasosegado, cemo 
era razón, pues al mejor tiempo de su prosperidad le contrastaba la 
fortuna; pero como Dios le había dado ánimo invencible, sufridor de 
ma3’ores trabajos que los que sospechaba, paseándose pensativo, meneando 
las manos y brazos muchas veces, le 03'eron decir: “Pues Dios, en cuya 


CRÓXICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


396 

virtud hasta ahora he tenido buenos subcesos, ha sido servido ponerme 
en i\íéxico 3^ librarme de tantos peligros, también será senddo, pues 
sabe mi intención, de llevarlo adelante/^ Otras veces, hablando con Pedro 
<ie Alvarado, Alonso de Avila y otros caballeros de su consejo, les decía: 
"‘Como Dios nos ha librado de tan gran número de infieles 3^ puesto en la 
autoridad que veis, espero y creo como si lo viese, que aunque venga 
Diego A’elázquez 3^ otra tanta más gente con él, nos ha de ayudar, 3' así, 
señores, os ruego que pues nosotros estamos en casa y los que vienen 
nos han de querer echar della 3' mandarnos, que si los negocios 
vinieren á rompimiento, vendamos bien nuestras vidas, que estonces las 
emplearemos bien 3^ á nuestra honra cuando no permitiéremos que otros 
se honren y aprovechen de nuestros sudores. Ya nosotros, aunque somos 
pocos, sabemos la tierra, tenemos muchos amigos, somos temidos 3^ 
respectados. Los que vienen aún no han bien abierto los ojos, probarles 
ha la tierra, 3" si algún bien les hicieren los indios, ha de ser por nuestro 
respecto. Busquemos buenos medios 3" si no los quisieren, con la razón y 
con las manos defendamos nuestra honra 3" hacienda.'*’ 

i\íucho ánimo ponían estas palabras á aquellos caballeros y aun 
■admiración, porque jamás le habían conoscido flaqueza, pero esto había 
sido con indios, aunque casi infinitos; pero con españoles tantos 3^ tan 
Pítenos, era cosa más que humana, 3" así, inflamados de su ánimo, auncjue 
de su cosecha eran valerosos, le animaban, diciendo: “Señor, ¿qué 
podemos perder más que la vida, de la cual está vivida la mayor parte?: 
la que queda no hay do mejor se emplee que. ó en salir con la nuestra, 
ó en no ver mandar á otros en lo que nosotros trabajamos.” Desta 
manera Cortés se alentaba con sus compañeros 3^ ellos con él, determinados 
todos de guiar los negocios lo mejor que pudiesen, y cuando más no 
pudiese ser, aventurar las personas, que era lo último que les quedaba. 

Estando los negocios en esta dubda 3’ confusión, supo de cierto, por 
mensajeros de la Villa, cómo Pánfilo de Narváez era el que venía y 
cómo se habían metido la tierra adentro 3’ preso los mensajeros. Despachó 
luego á Joan \Ylázquez de León, receloso no se juntase con Pánfilo 
de Narváez, para que luego se viniese con la gente que tenía, en lo cual 
Joan Velázquez se previno, como ya está dicho, escribiendo de parescer 
de Rangel lo que pasaba, que Cortés tuvo en tanto cuanto era razón v 
le honró mucho después por ello. 


CAPITULO LMI 

CÓMO LLEGARON LOS PRESOS Á MEXICO V LO QUE SOBRE ELLO HIZO CORTÉS 

i\íuy dubclosos iban los presos á poder de Hernando Cortés, aunque, 
como está dicho, el uno dellos era clérigo de misa, si á los legos fatigaría 
con tormentos para que dixesen más de lo que sabían, 3^ al clérigo tendría 
en áspera prisión, ó si como muchos les decían, los trataría con la humildad 




LIBRO CUARTO.-CAP. LVII 


397 

y mansedumbre que solía, aunque (*) con los muy enemigos, después de- 
vencidos. A esto los inclinaba mucho el buen tratamiento que los españoles 
é indios que los llevaban les hacian, porque los llevaban sin prisiones 
ni otra molestia, haciéndoles grandes caricias, contándoles grandes bienes 
de Hernando Cortés y aun sacándoles del pecho algunas cosas que 
pudieran callar, y que sabidas, hicieron harto provecho á Cortés. 

Desta manera llegaron á México; anticipóse un español para decir á 
Cortés cómo los de la Mlla le inviaban aquellos hombres que Pánfilo 
(le Xarváez había inviado; contóle lo que dellos había podido entender, 
para que viese lo que más convenía. Mucho holgó Corté.s con estas nuevas, 
aunque siempre recelaba de la mucha gente que venía contra él. Entraron, 
de ahí á poco los prisioneros; rescibiólos con mucha gracia, especialmente 
al clérigo, ante el cual, como muy cristiano y para exemplo de los indios 
y españoles, se hincó de rodillas con más liumiMad que el mismo 
sacerdote; pidióle las manos, abrazóle, haciéndole cuantos regalos pudo ; 
tratóle tan bien, que los días que allí estuvo le asentó á su mesa, en lo 
cual, aliende que hizo el deber, dió gran muestra de su bondad y exemplo 
para los demás. Obró tanto en el pecho del clérigo y en el de los otros 
con las copiosas mercedes que les hizo, que después que como muy amigos 
le descubrieron todo lo que en Cuba y en el viaje había pasado, cuando 
Cortés los tornó á inviar, fueron muy gran parte para aficionar á 
muchos de los que con Narváez venían y que los negocios se le hiciesen 
á su gusto. Dixéronle cuán arrepentido quedaba Diego Velázquez de no 
haber venido él en la jornada, la indignación que contra él tenía, el mal 
que le procuraba, la intención con que X'arváez venía, los requerimientos 
del Licenciado Ayllón, lo que entre los dos había pasado, la gente que 
traía, los votos y paresceres diferentes que entre ellos había, los aficionados 
que de secreto él tenía. De todo esto se supo tan bien aprovechar Cortés, 
que tomándolos unas veces alegres y contentos, otras -veces desabridos, 
procuraba saber si en el un tiempo y en el otro concertaban, y cuando 
vió que siempre decían una misma cosa y que ya no tenía más que saber 
dellos, después de haberles dado joyas ricas, les dixo: 

“Señores y padre mío: \hsto habréis la grandeza desta ciudad, la 
gran población y fertilidad de la tierra que habéis andado, en la cual, 
sin lo que se promete, hay gran aparejo en que Dios sea muy servido, eí 
Emperador muy aumentado, y nosotros y otros muchos escuderos muy 
aprovechados. Bien será que de palabra digáis al señor Pánfilo de 
Xarváez, porque le escribiré largo, el tratamiento que os he hecho y que 
su Merced se halle en todo muy cuerda y cristianamente, pues estamos 
en parte donde, si estuviéremos divisos, á puñados de tierra, según es 
la muchedumbre de los indios, podemos ser acabados 3^ miserablemente 
acabarse con nosotros nuestros buenos principios y adelantamientos. Si 
el señor Pánfilo de Xarváez, á quien 3^0 amo mucho por ser tan buen 


“aunque*’ empleado por ‘‘aun”. 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


39S 

caballero, trae Provisiones de Su Majestad, podrámelas mostrar é yo las 
obedesceré, como verá, esperando el galardón que mis trabajos han 
inerescido. Sed buenos intercesores; no digáis más de lo que habéis visto 
é oído. El señor Pánfilo de Narv^áez es tan honrado que si no hay quien 
con malas entrañas le ande á los oidos, hará lo que yo le suplico, y 
si no, como dicen, en nuestra casa estamos y procuraremos de defender 
y conservar lo que hemos ganado, y cuando más no podamos, perderemos 
la vida, por no perder nuestro derecho y venir á menos.'" 

Esto fue en suma lo que Cortés les dixo, aiinque aparte les prometió 
de serles muy amigo y hacerles todo el bien que pudiese. Ellos le 
agradescieron mucho las buenas obras, las mercedes que les había hecho 
y las palabras tan comedidas que les había dicho. Prometiéronle de decir 
a Pánfilo de Narváez todo lo que había pasado, diciendo que si, come 
él había dicho, no había malos intercesores, no podía Xarváez dexar de 
hacer la razón. Con esto se despidieron dél muy alegres: fueron con 
ellos otros españoles que los acompañaron. Dicen algunos que con ellos 
fueron los que llevaron su carta; otros, que poco después, para que los 
prisioneros tuviesen lugar de contar á Xarváez todo lo que les había 
subcedido; lo cual, cuanto más bueno fue y cuanto en mayor honor y 
gloria de Cortés, tanto más acedaba el pecho á Xarváez y á algunos de 
los que eran de su parescer. Con todo eso, el buen tratamiento y liberalidad 
de Cortés con los prisioneros hizo en el real de Xarv^áez harto daño á 
su Capitán, y á Cortés y á los suyos mucho provecho, aunque la buena 
fortuna estaba siempre muy de su parte, según el descuido que X'arváez 
tuvo, confiado de su mucha gente. 

Aquí dexo de decir lo que de secreto X^arváez pasó con los prisioneros 
V lo que ellos en particular dixeron á los principales del exército de la 
riqueza de la tierra y de la liberalidad de Cortés y de su bondad y valor, 
porque paresció claro por lo que, como diremos, después subcedió. 

CAPITULO LVIII 

DE LA CARTA QUE CORTÉS ESCRIBIÓ A XARVÁEZ Y LO QUE SOBRE ELLA 
PASÓ CON FRAY BARTOLO^IÉ DE OLMEDO 

Luego que despachó Cortés con tanta gracia y muy contentos á los 
de XaiA^áez, invió á Fray Bartolomé de Olmedo, que era hombre de buen 
entendimiento, con dos españoles, que le acompañasen y muchos indios 
que llevaban de servicio; díxoles que fuesen de su espacio, para que los 
otros tuviesen tiempo de llegar. Dos ó tres días antes, díxole en secreto: 
“Padre mío: Ya vuestra Reverencia sabe mi buena intención y el deseo 
que siempre he tenido de que nuestros negocios se acierten para que Dios 
sea muy servido y Su Majestad muy aumentado. Gran temor tengo de 
que, como viene tan pujante Xarváez, nos corte el hilo e la buena ventura 
que Dios nos ha comenzado á dar. Yo he determinado de usar con él 




LIBRO CUARTO.—CAP. LVIII 


m 


■de todos buenos comedimientos y de guiar el negocio por bien y no por 
mal, como vuestra Reverencia ha visto del buen despacho con que invié 
á los que Narváez había inviado. Ruego mucho á vuestra Señoría, pues 
tan entendido tiene mi pecho y yo escribo el crédicto que á vuestra 
Reverencia se debe dar, que con todo calor procure confederación y 
amistad, porque sería lástima que por él ó por mí quedase de llevarse 
adelante negocio tan importante. Decirle ha vuestra P.everencia el amor 
que le tengo, el deseo de servirle, el medio que querría se tomase para que 
todos tuviésemos paz y fuésemos aprovechados; y si vuestra Rev^erencia 
no le viere tan inclinado como conviene á nuestro deseo, decirle ha que 
aunque somos pocos, somos más poderosos que ellos, porque tenemos ya 
'entendida la tierra y entre nosotros hay algunos que son buenas lenguas, 
'que es la mayor parte para conciliar el amor de los indios y ganarles la 
voluntad, y que Motezuma, que es el gran señor y el que sin contradicción 
manda toda la tierra, me respecta, ama y quiere tanto, que aliende que 
en lo público me manida haoer todo servicio, de secreto me avisa de lo 
que pretenden algunos contra mí, diciendo cómo me debo reparar. 
También le dirá vuestra Reverencia que por lo que le amo y deseo servir, 
no tengo cuenta con las palabras que ha dicho, y que le suplico de aquí 
adelante no se descuide, porque aliende que hace contra su autoridad y 
lo que debe, no ganará nada en ello. Y finalmente, si vuestra Reverencia 
viere que todo no aprovecha, delante de todos los más que pudiere, en 
nombre de Su Majestad y mío, le requiera y sobre ello le encargue la 
conciencia, protestándole todos los males que de lo contrario se siguieren, 
que si Provisiones trae las exhiba y éntre sin rumor y bullicio, porque 
yo le rescibiré y obedesceré en nombre de Su Majestad, haciendo todo 
lo que á su real servicio conviene.^' 

Acabadas de decir estas palabras y otras muchas, le dió una carta 
sellada; el religioso la tomó y dixo: ‘‘Días ha que tengo entendido lo 
mucho que importa que vuestra Merced se confedere con cualquiera de 
los que vinieren, y bien vía yo que no tera posible que Diego \Ylázquez 
no echase el resto, oyendo la prosperidad desta tierra, \hiestra Merced 
hace todo lo que es en sí, y así haré yo todo el deber cuanto fuere en mí. 
Dios lo guíe y encamine y nos alumbre á todos, para que tantas ánimas 
se salven y el Rey sea de vuestra íMerced y de todos sus compañeros 
muy bien servido.” Con esto, después de haberse abrazado, porque poco 
antes había dicho misa, se despidió. 

Lo que la carta decía es lo que se sigue: “Muy magnífico señor: 
Sabido he cómo vuestra ^Merced con todos esos caballeros ha llegado 
con salud y buen viaje á ese puerto, de que todos nos hemos alegrado 
y ninguno, por lo qife á mí toca, pudiera venir con quien yo tanto me 
alegrara como con vuestra ÍMerced, porque como sabe, ha tiempo que 
le tengo por señor y verdadero amigo y conosco su pecho y nobleza 
de ánimo. Entendido habrá ya vuestra Alerced el estado de los negocios 
'desta tierra y cómo están en un punto de perderse 6 ir muy adelante. 


400 CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 

Vuestra Alerced los trate con la cordura que suele, y sepa que si nos- 
confederamos seremos todos de buena ventura y Dios y el Rey serán 
muy servidos. Para esto es menester, ó que vuestra Merced invíe las 
Provisiones que de Su Majestad trae, ó que vuestra Merced entre con 
quietud y sin bullicio, para que ni entre nosotros ni entre los indios 
haya alteración, pues todo reino dividido no puede permanescer sin 
que' presto sea desolado. Todos, los unos y los otros, somos pocos, 
aunque seamos muy amigos, para la multitud de infieles, con quien 
hemos de tener guerras, porque hay para cada uno de nosotros más 
de mili, y si nos dividimos peresceremos todos, y lo que yo he trabajado 
se acabará y vuestra Merced no podrá salir con lo que pretende. 
El amor y confederación hace las fuerzas mayores y dos pueden más 
que uno. Cerca desto y para todo lo demás vea vuestra Merced dónde 
quiere que solos nos veamos, para que en todo se dé el asiento que á 
vuestra Merced mejor paresciere; y queriendo venir en esto á mi, á quien 
todos mis compañeros, en el entnetanto que Su Majestad otra cosa 
mandase, eligieron por General y Justicia mayor, tendrá con ellos por 
muy servidores y amigos; y si pudieren más los malos consejeros que 
la buena intención de vuestra Merced, obligado estoy á no dexarme 
decaer ni perder la buena ventura que á mí y á mis compañeros Dios 
nos ha dado. Y porque en todo lo demás, como á testigo de vista y 
persona de crédicto, que suplico se le dé el que á mí, me remito al padre 
Fray Bartolomé de Olmedo, portador désta, no digo más de que Xuestra 
Señor nos alumbre á todos para que en negocio tan importante le 
acertemos á servir.""’ 


CAPITULO LIX 

DE LO QUE, RESCEBIDA LA CARTA, HIZO É DIXO NARVÁEZ Y DE OTIU\S CO.SAS 
QUE ANTES HABÍAN PASADO 

Llegaron el clérigo y los otros, dos ó tres días antes que Fray 
Bartolomé de Olmedo, y como mostraron á sus amigos los collares ricos 
de oro é otras joyas que Cortés les había dado y contaron el buen res- 
cebimiento y tratamiento que Cortés les había hecho, comenzaron muchos 
de secreto á aficionarse á Cortés; otros, viendo que sería más poderoso 
Xarváez, no vían la hora de verse en ^México de cualquier manera que 
pudiesen. Contó el clérigo á Xarváez cuán señor y cuán estimado estaba 
Cortés, aconsejándole que guiase los negocios por bien y que no quebrase 
con Hernando Cortés, que parescía estar en su casa, porque guiadas las 
cosas por amor y confederación se hacían á sabor y tenían firmeza. Xo 
estaba en esto Xarváez, aunque había diversos paresoeres, y así^ 
prosiguiendo en su presunción, decía á los indios que él era el Capitán 
general, el tlatoane, que quiere decir ‘‘señor"', y no Cortés, el cual decía, 
ser malo y los que con él estaban, y que por esto venía él á cortarle la 
cabeza y á castigar á sus compañeros y echarlos de la tierra, y que él 



LIBRO CUARTO.—CAP. LIX 


4 OI 


luego se iría y los dexaría libres de la servidumbre y siibjeccióii en que 
estaban, los cuales, como son inconstantes y amigos de novedades, 
naturalmente medrosos, viendo que eran como los que estaban en México 
y muchos más en número, con más tiros y más caballos, los servían y 
acompañaban, dexando á los que estaban en la Veracruz, especialmente 
cuando los vieron, por miedo de los de Narváez, meterse la tierra 
adentro. Congracióse Narváez con Motezuma, inviándole á decir con 
indios que iban y venían, que Cortés estaba en aquella ciudad contra la 
voluntad de su Rey, que era bandolero y cobdicioso, que le robaba su 
tierra y le quería matar por alzarse con el reino, y que por esto él, por 
mandado del Emperador, venía á soltarle de la cárcel y á restituirle 
cuanto aquellos malos le habían tomado y usurpado, y que llegado que 
fuese, los prendería y echaría en graves prisiones, matando á unos y 
desterrando á otros, conforme á sus culpas y delictos, y que hecho -esto- 
se volvería á su tierra; que por tanto, estuviese muy alegre, y que si 
en algo le hubiese menester, le ayudase, pues era todo para le mejor 
poder servir. 

Mucho se maravilló Motezuma destas cosas y estaba muy dubdoso de 
lo que haría, porque también, no pudiéndolo sufrir Cortés, decía de 
Narváez y de los suyos que eran unos hombres de poca suerte, no de su 
nasción y casta, sino vizcaínos, y que venían sin autoridad real, para 
hacer el daño que pudiesen; que convenía resistirles. 

Andando los negocios desta manera, llegó Fray Bartolomé de Olmedo ; 
rescibióle Narváez no con tanta gracia como Cortés á los que él había 
inviado; tomó la carta, leyóla, comunicóla luego con algunos de los que 
él quería bien, y no pudo dexar de mostrarla al Licenciado Ayllón. Hubo 
sobre la repuesta mucha contienda, porque unos decían uno, y otros otro, 
cada uno conforme á su seso, como amaba ó ahórresela. Vino de parte 
de los que ya estaban aficionados á Cortés el negocio tan en rompimiento,, 
que no pudiendo sufrir la mala intención y palabras de Narváez, se 
las afearon malamente, señalándose entre ellos Bernardino de Sancta 
Clara, hombre bien reportado y de mucho consejo, el cual, casi 
adevinando, como sagaz, en lo que habían de parar negocios tan mal 
guiados, y que la tierra estaba pacífica y tan contenta con Hernando 
Cortés, y el comedimiento con que había escripto, reprehendiéndole, le 
dixo; '‘Señor: ¿Qué más quiere vuestra Merced de lo que Cortés escribe?’ 
No se extienda, porque muchas veces solemios desear la buena ocasión 
con que antes fuimos importunados. Vuestra Merced habla mal en 
Cortés y él muy bien en vuestra Merced, que es harta confusión. I.a 
tierra está pacífica, todos los della le aman y desean servir, y con todo 
esto, os ofresce su amistad y no la queréis. Mirad que os ha de castigar 
Dios así á vos como á los que os siguieren. Por tanto, escribano que 
estáis presente, y vosotros, señores, que lo oís, me sed testigos y vos me 
dad por fee y testimonio cómo en nombre de Su Majestad y de todo 
este exérc'ito requiero al señor Pánfilo de Narváez, nuestro General- 


26 



402 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


que no altere la tierra, y que, según las Provisiones que trae, guie los 
negocios, comunicándolos con el señor Licenciado Ayllón, Oidor de 
Su Majestad, y con otras personas de experiencia y conciencia/' 

No osó, hecho este requerimiento, Narváez, aunque quisiera, castigar 
á Sancta Clara, porque era hombre de valor y á quien todo el exército 
tenía en mucho. Luego el Licenciado Ayllón, después de haberle hecho 
mudhos requerimientos, le mandó, como Oidor del Rey, cuanto de 
derecho lugar hobiese, so graves penas de muerte y perdimiento de 
bienes, que no fuese á IMéxico sin primero verse con Fernando Cortés 
y dar asiento en las cosas, porque de otra manera sería hacer gran 
deservicio á Dios y á Su Majestad, estorbar el baptismo, alterar la tierra 
y que todos peresciesen miserablemente á manos de sus enemigos. Díxole 
públicamente, cómo por el camino le había aconsejado lo que estonces le 
decía, y que nunca le había hallado con intención sana y buena, y que 
más había venido á vengar á Diego Velázquez que á servir á Dios y al 
Rey, y que no lo hacía como quien era, dexándose cegar de la pasión, 
no queriendo admitir consejo ni parescer de hombres de seso y bondad, 
cuales eran los que le habían aconsejado aquello que al presente le 
requería. Hecho este requerimiento y dichas estas palabras, lo pidió 
todo por testimonio. 


CAPITULO LX 

CÓMO PANFILO DE NARVÁZ PRENDIÓ AL LICENCIADO AYLLÓN Y LO INVIÓ 
EN UN NAVÍO, Y DE LA GUERRA QUE PREGONÓ CONTRA CORTÉS 

Narváez, muy enojado desto, creyendo que para adelante le había 
de ser grande estorbo el Licenciado Ayllón, le prendió por su persona, 
mandando luego prender á un Secretario del Audiencia real é á un 
Alguacil que con él venían. [Metiólos en una nao, á buen recaudo 
mandando á los marineros y al maestre y piloto que, so pena de la vida 
y perdimiento de bienes, llevasen al Licenciado Ayllón á Cuba y le 
entregasen á Diego Velázquez, al cual escribió una larga car.^, dándole 
por extenso cuenta de todo lo subcedido y de lo que pensaba hacer, 
tocando en todo lo más el deseo que tenía de vengarle de la burla que 
Cortés le había hecho, aunque para esto hallaba en muchos del exército 
contradicción, especialmente en Bernardino de Sancta Clara y en el 
Licenciado Ayllón, que le inviaba preso con el Secretario y Alguacil 
porque temía que como Oidor y persona á quien habían de respectar, 
le cortaría el hilo á sus pensamientos y sería grande estorbo para lo 
que intentaba hacer; que allá viese lo que le convenía. Escribióle 
asimismo la pujanza en que Cortés estaba, cuán bienquisto y cuán amado, 
y que había de ser dificultoso, aunque no eran tantos los que con él 
estaban como los que él traía, de quitalle la presa de las uñas, á causa 




r.IBRO CUARTO. —CAP. LX 


4o3 

►de ser muy grande la multitud de los indios que de su parte tenía, 
especialmente taxcaltecas, con los cuales tenía gran amistad y alianza. 
Escribióle que cuando más no pudiese con buenas palabras, le tomaría á 
las manos, y que hecho esto, á buen recaudo se lo inviaría preso, con 
información de los agravios que hobiese hecho, para que con más razón 
le pudiese castigar. Escribióle otras muchas cosas que no se pudieron 
saber, porque Diego \^elázquez tuvo gran cuenta con guardar la carta 
que por ventura rescibió de España, aunque no falta quien dice que el 
Licenciado Ayllón la abrió y leyó y tornó á cerrar. 

Partiéronse, pues, el maestre y piloto para Cuba ; invióse á desculpar 
Narváez con el Licenciado Ayllón, diciendo que para excusar mayores 
inconvenientes, le inviaba para que residiese en su Audiencia. El 
Licenciado no respondió á estas palabras, porque las obras daban 
testimonio de su mala intención. Hízose á la vela, y por el camino se 
► dió tan buena maña que unas veces, amenazando al maestre y piloto 
con la gravedad del delicio que ellos en llevarle preso y Narváez en 
prenderle le habían cometido, de que todos serían gravemente castigados, 
otras veces haciéndoles promesas, poniéndoles por delante el servicio 
que al Rey harían en no cumplir lo mandado por Narváez, que 
fácilmente los traxo á su voluntad; porque aliende de lo que les había 
dicho, que llevaba tanta razón, el Secretario y Alguacil, aparte, muchas 
veces les dixeron cuánto les convenía hacer placer al Licenciado; y 
aunque al principio estuvieron dubdosos, después convencidos, con muy 
gran voluntad, pasando de largo, dieron con el Licenciado en Sancto 
Domingo, donde luego aquel día, juntándose en acuerdo los Oidores con 
los flaires Jerónimos, que gobernaban, llamando al Secretario y Alguacil, 
que á lo más se habían hallado presentes, dió larga cuenta el Licenciado 
Ayllón de todo lo subcedido, suplicándoles agradesciesen al piloto y al 
maestre lo que habían hecho y se informasen de lo que sabían. 

Llamaron luego los Gobernadores y los Oidores al maestre y piloto ; 
agradesciéronles lo que habían hecho con el Licenciado Ayllón: 
prometiéronles todo favor en lo que se Ies ofresciese, y tomándoles 
otro día sus dichos, les dieron licencia para ir donde quisiesen. 

Mucho daño hizo á Narváez y provecho á Cortés la prisión del 
Licenciado Ayllón y el traerle á la Audiencia el maestre y piloto, porque 
cuanto pudo, dañó los negocios de Diego \^elázquez y aprovechó los de 
Cortés. 

En el entretanto que el Licenciado Ayllón navegaba, después de ha¬ 
berlo comunicado con los que eran de su parcialidad y amenazado á Ber- 
nardino de Sancta Clara que no le fuese contrario, pregonó [Narv’áez] 
contra Cortés guerra á fuego y á sangre, diciendo haber sido traidor con¬ 
tra Diego Velázquez; é que pues sin ningtm título se había apoderado de 
la tierra que no era suya, era bien que toda la perdiese y con ella 
la vida. Prometió con esto ciertos marcos de oro para el que prendiese 
ó matase á Cortés y á Pedro de Alvarado, Gonzalo de Sandoval é otras 



404 


CRÓXICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


personas principales de su compañía; y primero que viniese con él á las 
manos repartió su hacienda y bienes y la de los otros caballeros, como^ 
si los tuviera presos y condenados á muerte, cosas cierto harto livianas 
y no dignas de hombre de su calidad, las cuales parescieron tan mal á 
muchos de su exército, que así por lo que había pasado con el Licenciado^ 
Ayllón, como por la fama de la riqueza de la tierra y liberalidad de 
Cortés, se amotinaron muchos, tanto que un Pedro de Villalobos y un 
portugués y otros seis ó siete se pasaron de secreto á Cortés, y aun 
dicen algunos que le llevaron una carta con firmas de muchos hombres, 
principales, que se le ofrescían para cuando viniese adonde Xarváez 
estaba. También se pasó á Narváez uno de parte de Cortés, por alguna 
mohina que con él tuvo. Llamó indios, díxoles que siguiesen aquel 
español y que si se les defendiese lo matasen y traxesen muerto. Cortés 
leyó las cartas, calló las firmas, rescibió otra carta de secreto de los 
mismos aficionados en que le contaban las amenazas, desgarros y bra¬ 
vezas que Narváez decía. 


CAPITULO LXI 

DE LAS MAÑAS Y ARDIDES QUE DE LA UXA PARTE Á LA 0TIL\ HABÍA AXTES^ 
QUE CORTÉS TORXASE Á ESCREBIR Á XARVÁEZ 

En el entretanto que estas cosas pasaban, ninguno de los dos Generales, 
se descuidaba desimuladamente de echar el uno al otro el agraz en el ojo. 
Narváez, de secreto, así á los indios como [á] algunos españoles, así 
de la Villa como de los que estaban en México, procuraba atraer á 
sí, unas veces por promesas y otras por amenazas; pero Cortés, como 
era más sabio y tenía más prosperidad de oro, plata, joyas y otras cosas,, 
y tenía ya entendida la tierra, dábase mejor maña, escribiendo cartas 
de secreto, en nombre de algunos que en su compañía tenía, amigos 
de hombres principales que Narváez traía, diciéndoles el poder y valor 
de Cortés, la razón que tenía en defender lo que había trabajado, la 
prosperidad que tendrían, lo mucho que serían favorescidos si se 
acostasen á la parte de Cortés y se viniesen los que pudiesen antes que 
otro riesgo hobiese; que no dexasen lo cierto por lo dubdoso, y que- 
en aquella tierra habían de poder más los pocos, que estaban tan de 
asiento y ya conoscidos, que los muchos que venían. 

Aliende desta diligencia, dicen algunos, aunque en esto hay varias 
opiniones, que en hábito de indios venían españoles al real de Narváez, 
que eran ya doctos en la lengua mexicana, y metiéndose en las caballerizas 
con los otros indios que curaban los caballos, cuando los señores dellos 
entraban, apartándolos aparte, les daban cartas de otros amigos que con 
Cortés estaban. Diéronles muchos collares de oro y otras joyas y muy 
favorables palabras y gran esperanza de que todos los que siguiesen á. 




I.IBRO CUARTO.—CAP. LXI 


4o5 


Cortés, serian de buena ventura. Pudieron, según dicen, tanto estas pala¬ 
bras y la muestra de los presentes y dádivas, que muchos del exército de 
Narváez, quebrándole la fee y palabra, se hicieron de la parte de Cortés, 
persuadiendo á otros, diciendo que era todo burla sino seguirle, pues era 
tan liberal y dadivoso y tenia tan bien entendida la tierra, y que era 
error poner los negocios en dubda. Algunos déstos después pararon en 
mal, ó los más, porque en fin quebraron la palabra á su Capitán y le 
fueron traidores, no osando decirle lo que convenia, como habia hecho 
Bernardino de Sancta Clara y el Licenciado Ayllón. Fué la pulilla desta 
traición comiendo tanto el corazón de muchos, que al tiempo del 
menester, como después diré, los que no tomaron armas, fueron estorbo 
que otros no las tomasen. 

Hay otros, por que no callemos nada de lo que conviene á la verdad 
de la historia, que dicen que como Bernardino de Sancta Clara y el 
Licenciado Ayllón y otros algunos hombres de calidad requirieron á 
Narváez que tratase los negocios sin alteración y le vieron la ruin 
intención que traia y las malas palabras que decia, se rebelaron muchos 
on el exército, declarándose por Cortés, á que a}^idó mucho su buena 
fama, diligencia y cordura y, lo que mucho hace al caso, ser liberal. 

Con todo esto, aunque sabia mucho dello Narváez, estaba tan 
confiado, paresciéndole que tenía toda la fortuna de su mano, 
porque se veía con más gente y más caballos, que algunos buenos y 
verdaderos amigos nunca fueron parte para apartarle de su propósito, 
y así, respondió á Cortés con Fray Bartolomé de Olmedo una carta 
breve y no tan comedida como era razón, paresciéndole que en todo le 
era superior; en la cual, en suma, le decía que él era venido á aquella 
tierra con Provisiones reales á tomar la posesión della por Diego 
Velázquez, Gobernador y Adelantado de todo lo que él descubriese y 
conquistase; y que pues sabía que por sus Capitanes y á su costa había 
descubierto aquella tierra, se la dexase sin contradición, porque esto 
le sería lo más sano, y que supiese que de lo contrario no le iría bien, 
é que ya él tenía fundada una villa con Alcaldes y Regidores como él sin 
ningún poder habia hecho; y que pues le tenía por hijo, le aconsejaba 
que no tirase coces contra el aguijón ni se tomase con quien más 
pudiese, pues se ponía en ello á tanto riesgo. Luego tras esta carta invió 
á Bernardino de Quesada y á Alonso de Mata á requerirle saliese luego 
de la tierra, so pena de muerte, y notificarle las Provisiones, las cuales 
no le notificaron, ó porque no las llevaban ó porque Narváez no las osó 
confiar de nadie, ó porque se temió que Cortés, como luego lo hizo, los 
prendiera y quitara las Provisiones. Llegados que fueron, prendió luego 
á Alonso de Mata, no porque le venia á hacer requerimientos, sino 
porque sin título de escribano ni fee, que lo era, se los hacía. 


406 crónica de la nueva ESPAÑA 

CAPITULO LXII 

DE LOS PARTIDOS QUE CORTES PEDÍA Á NARVAEZ, PROCURANDO CON ÉL- 
TODA :NIANERA DE BUEN CONCIERTO 

Porfiando Cortés para que en ninguna manera después pudiese ser 
culpado delante del Rey y de su Consejo, viendo que las cartas y 
mensajeros aprovechaban poco' con NaiA^áez, por que lo ganado no se 
perdiese, tornó á escrebirle y á inviarle á decir de palabra, despachando 
para esto de tres en tres los españoles, para que de lo hecho fuesen 
testigos, con muy grandes comedimientos y que se lo dixesen tres veces 
que aceptase ó que se viesen solos en una parte alta de donde pudiesen 
ser vistos de los suyos, ó que viniese con diez compañeros ó veinte, y 
que él le saldría á rescebir con otros tantos; y que si lo uno ni lo otro 
no le contestase, ó que él le dexase en México, dándole alguna ayuda 
más de gente, y que si no quisiese ninguna, que fuese así; y que sh 
su Merced (que siempre habló comedidamente) no quisiese esto, que 
él se saldría de la ciudad y con trecientos soldados más de los que él 
tenía, que le diese, saldría á conquistar otros reinos y señoríos y haría 
la costa y socorrería á los españoles que quedasen en ^léxico; y si no,, 
que su Merced fuese á ello y que él se quedaría en México y que desde 
allí le ayudaría y socorrería cuanto pudiese, y que desta manera en poco- 
tiempo se podría hacer gran hacienda en que Dios y el Rey fuesen muy 
servidos y ellos aprovechados; y que si nada desto le contentaba, le 
mostrase las Provisiones, porque á la letra haría lo que por ellas se le 
mandase. 

Narváez, según los más dicen, aunque en todo hay contradicción por 
los apasionados, estuvo tan acedo que nada le dió contento, paresciéndole 
que de todo era señor y que Cortés hacía todos aquellos partidos porque 
no podía más, y que no podía dexar de venir á sus manos y que, perdido, 
se le rendía lo más honrosamente que podía, y así le respondió que él 
sabía lo que había de hacer é que de lo que era suyo no partiese, pues 
sabía que todo era de Diego Velázquez, por la merced que el Rey le 
había hecho y porque él le había inviado por su Teniente en aquella 
jornada y se había querido alzar con todo. 

Alucho desgusto dió esta repuesta á Cortés, y así de lo que él había 
hecho y dicho, como de lo que había respondido y tratado en público 
y en secreto, hizo una muy bastante probanza, la cual con la mayor 
presteza que pudo invió á Castilla. Dice Alotolinea, á quien en todo 
lo demás siguió Gómara (*), y es así, según los más afirman, que Pánfilo 
de Xarváez no vino en partido alguno de los que Cortés le ofresció, 
sino en que se viesen en un lugar apartado con cada diez hidalgos sobre 


(*) Conquista de Méjico, cap, tit. ‘*Lo que dijo Cortés á los suyos". 






LIBRO CUARTO.—CAP. LXIII 


407 


seguro, y con juramento firmáronlo de sus nombres; pero no vino esto 
en efecto, porque Rodrigo Alvarez Chico avisó á Cortés de lo que 
contra él se tramaba para prenderle ó matarle en las vistas. Esto dice 
que lo entendió de algunos amigos que de secreto, en hábito de indios, 
y de noche, le comunicaban, porque era hombre, como ya he dicho, de 
mucha prudencia y valor. Otros dicen que Cortés fué avisado de uno 
ó dos de los que habían de salir con Narváez á las vistas y pláticas, y 
asi Cortés no quiso después salir, inviándole á decir que, pues no se 
había querido poner en lo justo con los partidos que le había ofrescido, 
que ya no admitiría ninguno y que supiese que no habían de oantar dos 
gallos en un muladar, porque el mandar ni quería superior ni igual, y 
que él confiaba en Dios que le daría buen subceso en lo de adelante, 
como hasta allí se lo había dado, pues su intención era de servirle, y 
que negocio tan importante no se perdiese gobernado por dos cabezas 
que cada una pretendía diferentes cosas. 


CAPITULO LXIII 

DEL RAZONAMIENTO QUE CORTES HIZO Á LOS SUYOS, DETERMINADO 
DE SALIR Á BUSCAR Á NARVÁEZ 

Desbaratados los conciertos, dicen unos que ya Cortés cuando los 
ofresció estaba cerca de Taxcala, y que por desatinar á Narváez hizo 
que se volvía á México y prosiguió su jornada por otro camino, para 
tomarle sobre seguro. Otros dicen, y esto afirman los más, que nunca 
salió de México, hasta que, ó por Rodrigo Alvarez Chico, ó por algunos 
de los diez, fué avisado de la trama que Narváez le urdía, y así, 
ordenadas sus cosas lo más bien que pudo, dexando á Pedro de 
Alvarado, como después diré, en México, y tratando con él en particular 
lo que cerca de Motezuma en su ausencia se debía hacer, un día ó dos 
antes que publicase su partida, mandó á todos los Capitanes tuviesen 
avisados á sus soldados, para que acabando de oir misa y de encomendar 
á Dios Un negocio que se ofrescía y en que iba mucho, se hallasen 
juntos, para decírselo y ver lo que les parescía. Dado este aviso por los 
Capitanes, oída la misa, que fué del Espíritu Sancto, se entraron todos 
en una muy gran sala, donde deseosos de saber lo que Cortés les quería 
decir, estando muy atentos, Cortés les habló así: 

‘'Capitanes, caballeros y compañeros míos, de quien yo desde que salí 
de Cuba hasta la hora presente he siempre visto mayor valor y esfuerzo: 
Entendido habréis cómo, después que Diego Velázquez me encargó esta 
empresa por algunos que después con envidia ó malquerencia le volvieron 
el pecho, quise mudar parescer, é yo, por quererlo vosotros, señores, 
así, y entender, según el corazón me lo daba, que nos habíamos de ver 
en la prosperidad en que estamos, di orden cómo saliésemos y que 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


408 

nadie fuese parte para estorbarnos. Sabéis asimismo que para que 
nadie gozase de vuestros trabajos, y los negocios tuviesen mejor 
fundamento, después de haber yo hecho la villa de la \’'eracruz y elegido 
Alcaldes, Regidores y Escribanos, á contento de la demás república, 
aquel regimiento me eligió por su Justicia mayor y Capitán general. 
Aceptélo por el bien que pensaba y pienso haceros ; administré el cargo 
como bien vistes; entramos la tierra adentro, con las victorias que 
sabéis, hasta llegar á esta ciudad, donde nos ha hecho Dios grandes 
mercedes y favores; inviamos en nombre nuestro la relación de lo hecho 
á Su Majestad con el quinto de lo que se le debía y otros servicios 
que de nuestra voluntad le hecimos; fué Dios servido que, aunque Diego 
Velázqiiez invió á tomar el navio, pasó de largo sin que le viese : ha 
volado la fama de nuestros trabajos y de vuestra buena fortuna por 
todo el mundo, de manera que mientras el mundo durare no se perderá 
vuestro nombre; hemos hecho con el favor divino, siendo tan pocos, lo 
que muchos más no se lee ni ha oído que jamás hayan hecho. Esto todo 
ha dado tanta pena á Diego Velázquez, por no haberse determinado á 
hacer esta jornada, que ha buscado y busca todas las formas y maneras 
que puede para escurecer nuestra gloria y destruirnos, no entendiendo 
que lo que Dios da á unos, no da á otros, y que pudiera ser, viniendo él, 
no tener los negocios tan buen subceso, y como vió que el navio nuestro, 
sin poderlo él impedir, fué derecho á Su Majestad, como si cometiéramos 
alguna traición, ha echado todo el resto, gastando, por vengarse, lo que 
no gastara por hacernos bien. 

''Ha inviado, como veis, á Pánfilo de Narváez, hombre escaso y 
miserable, cabezudo y recio, poco amigo de dar contento, tan casado 
con su parescer, que ni el Licenciado Ayllón, á quien invió preso, ni 
Bernardino de Sancta Clara pudieron desquiciarle de su mal propósito ; 
trae mucha gente, muchos tiros y caballos, y en esto tiene tanta confianza, 
y no en la razón, que ha de ser el camino por donde se ha de perder; 
ha pregonado contra nosotros guerra á fuego y á sangre; no ha querido 
admitir partidos, destribuyendo nuestros bienes primero que los posea, 
condenado nuestras personas antes que nos prenda y oiga; ha dicho 
á los indios que somos traidores al Rey, y que no viene sino á castigarnos 
y dexándoles la tierra libre, volverse luego; finalmente, nos ha tratado 
como si fuéramos viles esclavos, traidores á Dios y al Rey y á nuestros 
señores, y hobiéramos cometido otros tan inormes pecados. Y si esto dice 
en nuestra ausencia, primero que venga con nosotros á las manos, ¿qué 
os paresce que hará, lo que Dios no quiera, cuando nos tenga en su 
poder? Siempre oí decir que al mayor temor, osar, y que el mayor 
remedio para vencer es que el que puede ser vencido no tenga cuenta 
con la vida, y así la experiencia lo ha enseñado que pocos, determinados 
de morir, han vencido á muchos. Obligación natural tenemos de volver 
por nuestras vidas, por nuestras haciendas y honra y que nadie se vista 
de la ropa que nosotros cosimos, especialmente, que es lo que más nos 




LIIIRO CUARTO.—CAP. LXIV 


4^9 

•debe mover, que no es bien permitamos romper el hilo para la conversión 
de tantos infieles que nos tienen ya conoscidos, respectan y aman, y 
no es justo decaer de nuestra opinión, que es muy grande entre ellos, 
y qué vuestros descendientes pierdan el honor y gloria que vosotros, 
siendo los que habéis sido, les podéis dexar. 

”Por tanto, si á vosotros os paresce y no os habéis trocado de lo que 
hasta ahora habéis sido, yo determino, dexando los que sois menester en 
México, de ir con los demás que me quisiérdes seguir á acometer á 
Narváez, porque siempre el que acomete, ó vence, ó á lo menos ya que 
sea vencido, el contrario ó queda herido ó espantado, y Dios, por quien 
principalmente hemos de pelear, nos dará su favor, cuanto más que los 
taxcaltecas nos ayudarán, é yo sé que en el exército de Narváez hay 
muchos que entienden nuestra justicia y están de nuestra parte, y como 
éstos no peleen, los demás, acometidos de repente y con buen ánimo, 
podrán poco resistir; y finalmente, después de todo esto, me resumo 
en que nos conviene primero morir que perder lo ganado, y pues esto 
no se excusa, para no venir en servidumbre, ruégoos, señores, lo hagáis, 
que yo seré el primero al trabajo y al peligro, pues no se puede esperar 
amistad ni bien de hombre que no viene en alguno de los partidos que 
le hemos ofrescido.’' 

Acabando de decir estas postreras razones, comenzaron quedo á 
hablar los unos con los otros, y como eran españoles y acostumbrados á 
trabajar y vencer, tomando la mano algunos Capitanes que ya tenían 
entendido los pechos de los que tenían á su cargo, le respondieron en 
la manera siguiente: 


CAPITULO LXIV 

DE LA REPUESTA DE LOS CAPITANES Y DE LO QUE MÁS PASÓ 

Viendo los Capitanes y otros caballeros y los demás que se hallaron 
presentes á esta plática la razón que su General tenía, uno dellos en 
nombre de todos, respondió así: “ Visto tenemos, señor y General nuestro, 
lo mucho que á vuestra Merced debemos y las buenas andanzas que 
debaxo de su imperio y bandera, desde que salimos de Cuba hasta hoy, 
Dios nos ha dado, y cierto creemos que después de la justicia de nuestra 
demanda. Dios, por vuestro valor, esfuerzo, prudencia y bondad, no 
acatando á nuestros méritos, nos ha hecho grandes mercedes, y así sería 
sinrazón no seguiros aunque mili veces muriésemos, entendiendo es¬ 
pecialmente que sois uno, y que para vos uno con daño de tantos 
caballeros y soldados, amigos y servidores vuestros, no habíades de 
procurar vuestro adelantamiento, pues sin ellos no podíades conservaros, 
sino que á todos y á cada uno de nosotros amáis y queréis tanto que 
aunque fuese á costa de vuestra sangre y vida, auerríades vernos 


410 CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 

aprovechados. Entendemos este vuestro celo y voluntad, y aunque en^ 
lo demás fuésedes errado, estábamos obligados á morir con vos, cuanto 
más yéndonos á todos en ello tanto; no es bien ni la condisción española 
lo sufre que, habiendo trabajado tanto, vengan otros con sus manos 
lavadas á gozar de nuestros trabajos y vendimiar la viña que nosotros 
hemos plantado, donde, no sólo perderíamos el provecho temporal que 
ya tenemos en las manos, pero la honra, fama y gloria y, lo que más es, 
el servicio de Dios en la conversión destos infieles. La vida bien perdida 
no es pérdida; de morir hemos todos y deuda es forzosa, y esto ha de 
ser antes de sesenta años; como ha de ser estonces, cansados y afligidos- 
y sin honor para nos y para nuestros descendientes, mejor es que 
en defensa de tantas cosas muramos luego, cuanto más que á los- 
determinados de hacer esto, como vuestra Merced dixo, las más veces 
suelen subceder bien los negocios, principalmente prescediendo tanta 
razón, pues no ha querido Narváez venir en cosa que justa sea, creyendo 
que con traer más gente, aunque no tenga razón, ha de poder más. 

Por tanto, vuestra Merced se apreste y salga lo más breve que pudiere 
desta ciudad y no aguarde á que el enemigo nos venga á buscar ; 
acometámosle, pues aun de los de su parte tenemos muchos que nos son 
aficionados y amigos, y viendo que tenemos razón no querrán pelear 
contra ella ni contra los que aman, especialmente yéndoles en ello« 
tanto, que es quedarse en la tierra con nosotros, pues lo contrario 
publica Xarváez. También, que es lo que mucho hace al caso, tienen 
tan entendido como nosotros quién es Narváez, cuán poco liberal y* 
amigo de hacer placer, y vuestra Merced cuán al contrario es désto. 
Esta es nuestra repuesta; ahora, señor, ved lo que os paresce y en lo 
demás ved quién queréis que quede y quién queréis que vaya, porque 
aunque todos desean ir con vos, por lo que conviene á la guarda de 
]\rotezuma y posesión desta gran ciudad, quedarán de buena gana los 
que mandárdes, pues es igual premio y gloria al que queda guardando^ 
el real que al que sale á la batalla.'' 

Acabado de decir esto, se asentó; callaron todos, esperando lo que 
Cortés diría, el cual no se puede decir el alegría que rescibió con 
hallarlos á todos tan de su parescer, y así, con voz varonil y esforzada, 
llena de contento y ánimo, dixo: “Dios sea con nos, caballeros, y el 
esfuerzo nuestros brazos, para que El y el Rey sean sertddos y nosotros 
no perdamos el premio de nuestros trabajos; y pues ya tengo entendida 
vuestra voluntad, id con Dios á vuestros aposentos, que yo me quiero 
recoger para tratar lo que para la partida conviene y quién será bien 
que quede por caudillo para los que hobiere de dexar en esta ciudad en. 
defensión della y goarda de Motezuma." 









LIBRO CUARTO.—CAP. LXV 


41 1 


CAPITULO LXV 

CÓMO CORTÉS HIZO SUS MEMORIAS Y DEXÓ POR CAUDILLO EX MEXICO' 

A PEDRO DE ALVAIL^DO 

Luego que Cortés tuvo entendida la voluntad de los suyos, aunque' 
todos se le ofrescieron de salir con él, no creyéndose, como era sagaz, 
de sus ofertas, procurando que así los que quedasen, como los que 
con él fuesen, todos lo hiciesen de buena voluntad, llamó en secreto 
á cada Capitán, diciéndoles que viesen de su compañía cuáles eran los 
que muy de su voluntad querían quedar ó querían ir, y como ni todos 
deseaban ir, ni todos quedar, no quiso, para que el un negocio y el 
otro se hiciesen bien, llevar más de aquellos que querían ir, ni dexar' 
más de aquellos que querían quedar. Hecha la lista y memoria de los 
unos y de los otros, llamó á Pedro de Alvarado, á quien determinó de 
dexar en goarda de Motezuma; dixole: “Determinado tengo, como, 
-señor, habéis visto, de salir al camino á Narváez, y aunque todos somos 
pocos contra él, cuanto más repartidos, no es bien que dexemos esta 
ciudad sola, porque parescerá que vamos más huyendo que buscando- 
nuestro enemigo, y así, se levantarán contra nosotros estos indios y 
tendríamos mucho que hacer con Narváez y con ellos; y aunque 
Motezuma sabe las palabras que contra nosotros ha dicho Narváez, 
yo quiero darle á entender que somos muy amigos y que salgo á 
rescebirle, dexándoos á vos para su defensa y goarda, y que lo que 
ha dicho Narváez hasta ahora ha sido fengidamente, para ver si los 
mexicanos se levantaban ó tenían ley é amistad con nosotros. Yo le 
hablaré mañana y diré cómo vos quedáis y yo voy ; conviene que en todo 
os deis buena maña, y pues quedáis vendido como yo lo voy, le acariciéis 
y regaléis, mostrando, por otra parte, dientes cuando convenga; acatarle 
heis como á tan gran señor, para que los suyos no se desmanden y 
os avise, ganándole desta manera la voluntad, de lo que hobiere y 
conviniere hacer, y pues es tan noble de condisción y, como habernos 
visto, tan amigo de españoles, no deis ocasión á que nos pierda el amor. 
Yo le dexo á Peña y á otros con quien él se huelga; tratarlos heis muy 
bien y mandarles heis que con toda desimulación procuren saber lo que 
de secreto pasare, para que para todo estéis siempre avisado, haciendo 
que siempre estén con él regocijando y festejándole con lo que él más 
se holgare, que yo confío en Dios, que aunque Narváez viene tan 
soberbio que no quiere venir en ningún buen medio, que nuestros negocios 
se han de hacer tan bien y mejor que hasta aquí, pues los encaminamos 
para su servdcio y defensa nuestra.^" 

Pedro de Alvarado le besó las manos por la merced de dexarle en 
negocio de tanta confianza, y después de haberle dicho que haría todo 
lo que le mandaba, le díxo: “Bien sé, señor, que ni todos podemos ir 


412 


CRÓXICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


con vuestra persona, ni todos podemos quedar acá; pero si pudiera ser, 
y dello vuestra IMerced no se desabriera, más quisiera ir que quedar, 
porque me paresce que doquiera que vuestra Merced va lleva consigo 
la buena dicha, y á mí no sé cómo me subcederá acá, porque ya me 
temo que los mexicanos se han de rebelar, pues aun estando vuestra 
Merced presente lo han intentado de secreto y aun casi claro; pero 
como ha de quedar otro y es nescesario que vuestra Merced parta, 
quedaré yo, pues me lo manda, haciendo, hasta perder la vida, el 
deber.*’ 

Cortés á esto le replicó que él convenía que quedase y que los mexica¬ 
nos no se desmandarían hasta ver en qué paraban los negocios con 
Narváez, que los miraban con mucho cuidado. Y cuando hobiere nescesi- 
dad de socorro, aunque sea, dexándolo todo, siendo avisado dello, vendré 
por mi persona, porque tengo en mucho la vuestra y veo lo que nos va en 
que México no se rebele, para la conquista de otros reinos y pacificación 
de los conquistados.” 

Acabando de decir esto, mandó llamar á los Capitanes que con Pedro 
de Alvarado habían de quedar, á los cuales dixo que en su ausencia 
quería ver cómo obedescían á Pedro de Alvarado, á quien dexaba en su 
lugar; y pues eran caballeros y hombres de guerra, no tenía más que 
decirles de que él esperaba en Dios de volver presto y muy contento 
para hacerlo mejor con ellos que con los que con él iban. Los Capitanes 
con mucha voluntad respondieron que harían lo que mandaba, y que 
cuando, placiendo á Dios, volviese, vería cómo era obedescido. 


CAPITULO LXVI 

CÓMO CORTÉS HABLÓ Á MOTEZUMA CERCA DE SU PARTIDA 
Y DE LO QUE ENTRE ELLOS PASÓ 

Otro día, después que Cortés trató los negocios con Pedro de 
Alvarado, llevándole consigo á él y á otros Capitanes, fué al aposento 
de Moteznma, el cual le salió á rescebir, como siempre, comedida y 
graciosamente. Asentáronse cada uno á su costumbre, y después que 
Cortés le hubo preguntado cómo le había ido aquellos días y cómo 
estaba de su salud y tratado otras cosas, de que jMotezuma rescebía 
contento, le dixo delante de aquellos caballeros que consigo llevaba y 
de algunos señores que con él asistían. 

“Muy poderoso señor: Djas ha que vuestra Alteza me dixo que era 
tiempo que nos fuésemos á nuestra cierra y que en lo que fuese menester 
nos ayudaría, y dilaté la ida por no tener navios en que ir. Ahora, como 
vuestra Alteza sabe, es venido con once navios este hermano mío. 
Pánfiío [de] Narváez, al cual determino de ir á rescebir para que nos 
volvamos juntos y ver si es menester adereszar los navios, que no 






LIBRO CUARTO.-CAP. LXVI 4l3 

podrá ser menos, por haber navegado tantas leguas. Vuestra Alteza, 
como tan poderoso Príncipe, mandará lo que para estonces es nescesario 
proveer y nosotros suplicaremos, y esté advertido de que entre nosotros 
no hay enemistad, aunque muchos de vuestros vasallos os habrán dicho 
otra cosa; y si ha dicho palabras ó dado muestra de que viene á hacerme 
algún mal y daño, ha sido con astucia y gran sagacidad (que yo no 
os tengo de tener cosa encubierta), para ver lo que vos y los vuestros 
intentábades, porque si fuésedes contra mi, con el poder que trae muy 
grande, juntándose comigo, os destruyese, y asi, ahora que ha visto el 
buen corazón de vuestra Alteza y la merced que en todo me ha hecho y 
el deseo grande que ha mostrado de ser amigo y servidor del Monarca y 
Emperador de los cristianos Don Carlos quinto, cuyos vasallos somos 
él é yo y todos los nuestros, me ha escripto esta carta (sacó estonces un 
papel doblado), por la cual de secreto me dice que pues el gran señor 
Motezuma no se ha mostrado contra mi con las enemistades que hemos 
fingido, que me ruega mucho, como á hermano suyo, le vaya á ver y 
acompañar, para que después que haya besado las manos á vuestra 
Alteza y dádole algunos presentes que trae en nombre del Emperador 
de los cristianos, nuestro Rey é señor, nos volvamos juntos á nuestra 
tierra, adereszados los navios, llevando para nuestro Rey la repuesta 
de vuestra Alteza, con la cual rescibirá muy gran contento y alegria, 
porque, como muchas veces á vuestra Alteza he dicho, teniendo noticia 
de su gran valor y poder, me invió con estos caballeros, para que en 
su nombre besase á vuestra Alteza las manos, ofresciéndole su amistad:: 
y como ha visto que me he detenido, creyendo que era muerto, ó que 
no habia llegado á esta ciudad, ha inviado á este caballero, el cual ha 
venido con más gente que yo, para que si, lo que no se usa en ninguna 
nasción, se me hobiese hecho algún mal tratamiento, lo vengase. Yo 
dexo en esta ciudad en mi lugar á Pedro de Alvarado, que vuestra 
Alteza bien conosce, caballero esforzado y muy servidor de vuestra 
Alteza, como bien sabe, con algunos Capitanes y otra gente, para servir 
á vuestra Alteza en el entretanto que yo y Narváez volvemos á 
despedirnos de vos y daros lo que el Emperador, nuestro señor, vos 
invia. A vuestra Alteza suplico, pues todos nos iremos tan presto, que 
en mi ausencia no consienta alguna revolución de las que estando yo 
presente han querido intentar, porque, como por la experiencia vuestra 
Alteza ha visto, uno de nosotros es más poderoso que muchos de los 
vuestros, por estar más exercitados en las armas y, lo principal, porque 
nuestro verdadero Dios nos da fuerzas, y así nada podrán intentar los 
vuestros que vuestra persona y ellos no lo padezcan ; por tanto, vuestra 
Alteza esté muy advertido y no diga que no le avisé si algo después 
subcediere, que nuestro intento no es otro sino que ahora rescibáis Ios- 
presentes que este caballero trae, y dándonos la repuesta, irnos lo más 
breve que pudiéremos.’’ 

Motezuma oyó con muy gran atención á Cortés; estuvo suspenso^ 


414 CRÓNICA DE LA NUE\ A ESPAÑA 

por un rato, que no le respondió, pensando qué diría, porque no sabía 
á quién creer, ó á las enemistades públicas que los suyos cada día le 
decían había entre Narváez y Cortés, ó á lo que Cortés le decía, á quien 
tenía en mucho; y como, entre los suyos, aunque bárbaros, no faltaban 
engaños y ardides, así se rescelaba después que oyó á Cortés, que debía 
iiaberle entre los dos; y como su ánimo, como el de los suyos, 
naturalmente era tímido, no considerando la pujanza de su innumerable 
gente, se determinó por estonces de dar crédicto á lo que Cortés le 
había dicho, y así le respondió con toda serenidad, como quien muy 
de veras creía lo que había oído, desimulando lo contrario que sospechaba. 


CAPITULO LXVII 

DE LO QUE MOTEZUMA RESPONDIÓ Á CORTES, Y CÓMO SE DESPIDIÓ EL UNO 

DEL OTRO 

“\’aleroso y muy esforzado Capitán de esforzados y valerosos 
■cristianos: Siempre has visto desde que saltaste en tierra, viniendo de 
la tuya, el amor que aun antes que te conosciese [te] he tenido, pues luego 
te invié mis embaxadores. te hice presentes, y cuando llegaste á esta 
ciudad, yo en persona con toda mi imperial corte te salí á rescebir 
como si fueras Rey ó Emperador. Llegado, te aposenté en lo mejor de 
mis palacios, hícete servir no como á criado de Rey, sino como á Rey; 
heme holgado con los tuyos y confieso que es gente muy belicosa, de 
mucho valor y esfuerzo ; ningún desabrimiento me han dado, antes me 
han servido y acatado como si fuera su Rey. Yo entiendo que vosotros 
merescíades mi amor por vuestras personas y por lo que comigo habéis 
hecho, aunque los más de los míos han sido siempre contra vosotros ; y 
mis dioses, que vosotros tenéis por malos y falsos, me han aconsejado 
que os mate y sacrifique por la injuria que por vuestra venida se les j 

ha hecho. Yo jamás he querido condescender con el ruego de los míos, - 
ni con el mandamiento y consejo de los dioses, porque me parescía 
que os hacía gran traición y que no guardaba las leyes del hospedar y 
rescebir mensajeros y embaxadores, que nosotros, y especialmente los 
Príncipes, debemos y solemos guardar más que las leyes de nuestra 
religión; de adonde, así por lo que yo te amo como por no violarlas, 
siempre te he avisado de lo que pasa y te rogué te fueses y llevases de mis 
tesoros para el Emperador, tu señor, lo que te paresciere, dándole mi 
besamanos, ofresciéndome por su servidor y amigo. Pedísteme tiempo 
para hacer navios en que te -fueses; comenzástelos á hacer, no los has 
acabado, de que los míos no sienten bien, y asi me han dicho que te 
detenías por no irte; yo te aviso como quien te ama, que pues al presente 
hay tantos navios en que lo hagas, te vayas, pues no veniste á tomarm.e 
mis tierras ni derrocarme mis ídolos, sino á visitarme y enseñarme cosas 
de tu religión, para que paresciéndome bien las tomase; á mí no me 


1 






LI15RC) CUARTO.-CAP. LXVIII 4l5 

han parescido mal, aunque á los míos sí, y más á los dioses. Dices que 
ese que ha venido es tu hermano y que ha hablado mal en ti y en los 
tuyos, por ver lo que yo y los míos haríamos. Sea como fuere, tii le 
sal á rescebir, y venidos que seáis, ved lo que queréis y volveos luego, 
porque yo no seré parte para excusar que no os hagan guerra los míos, 
que son muchos y en su tierra, y vosotros pocos, aunque muy valientes, 
y en el ajena. En lo demás que me ruegas, que hasta la vuelta tuya 
trate bien á Pedro de Alvarado y á los que con él quedan, y que no 
consienta que en tu ausencia haya revolución alguna, lo haré de muy 
buena voluntad; pero mira que ninguno de los que queda se desmande, 
porque los míos, como os quieren mal, en tu ausencia desearán cualquiera 
ocasión para vengarse, aunque yo, aunque querría, no podré ser parte 
para defenderlos, porque están ya hartos de haberlos yo traído tanto 
tiempo en palabras. Aconséjete, por lo bien que te quiero, que publiques 
que tu partida para tu tierra será muy presto y entre este tu hermano 
que dices y tú mira que no haya disensiones, porque ambos peresceréis 
presto. No tengo más que decirte de que tu Dios te acompañe y favoresca 
y mira lo que has menester, porque todo se te proveerá en grande 
abundancia.’' 

Cortés, oída esta repuesta, no se holgó nada, porque vió que estaba 
muy poderoso Motezuma y muy indignados los suyos. No sabía en 
qué pararían sus negocios, porque si Narváez le vencía, quedaba perdido 
y los de México destruidos; y si venciese, que había de ser gran ventura, 
aunque volviese con toda la gente, temía que en el entretanto no matasen 
á los que en México dexaba, para que hobiese menos enemigos. \hó la 
determinación de Llotezuma y el hablarle tan claro y tan sin miedo y 
que no vía la hora que los cristianos saliesen de su tierra. Todo 
esto le puso en gran confusión, pero desimulándolo en su pecho, 
mostrando en el rostro señales de gran contento, abrazando á Motezuma, 
despidiéndose dél, le agradesció mucho el amistad que le había tenido, 
[y] el consejo que le daba. Prometió en todo de hacer lo que su Alteza 
mandaba, y así, no sin lágrimas se despidieron, mandando luego 
Motezuma á sus mayordomos y criados proveyesen á Cortés lo que fuese 
menester, mandando asimismo que fuesen muchos indios é indias de 
servicio y caballeros que le acompañasen hasta donde él quisiese. 

CAPITULO LXVIII 

CÓMO CORTÉS SALIÓ DE MEXICO Y DE CÓMO MOTEZUMA SALIÓ COX ÉL 
HASTA DEXARLE FUERA DE LA CIUDAD 

Ordenadas todas las cosas que convenían, así para partirse Cortés, 
como para dexar el recaudo que convenía, puso su gente en orden como 
si hobiera por el camino de tener muchos rencuentros. Fueron todos muy 
^á punto, como los que iban determinados de morir por sí y por los que 


CRÓNICA DL LA NUEVA ESPAÑA 


4 iÓ 

quedaban en México, ó vencer, que las más veces en los hombres, 
animosos y que van apercebidos suele subceder esto segundo. En el 
entretanto que todo se adereszaba, y los unos de los otros se despedían, 
como desconfiados de jamás verse, por el magnifiesto peligro en que 
los unos iban y los otros quedaban, Motezuma no estaba descuidado, 
porque, ó por mostrar á Cortés en lo último lo que le amaba, y si era 
fingido, por mejor encubrirlo, ó por hacer lo que debía á su real persona, 
echándole mayor cargo para cuando se viese con el Emperador de los 
cristianos, con todo silencio y secreto, sin que los nuestros lo supiesen, 
mandó prevenir todos los señores que al presente se hallaron en su 
corte y todos los criados de su casa, con toda la música, para cuando 
Cortés hiciese señal de salir, ir con él; y como estaba preso y sabía que 
Pedro de Alvarado quedaba en su guarda, ya que vió que era tiempo, 
poco antes que Cortés mandase hacer señal, le llamó y dixo cómo quería 
salir con Cortés y que se volverían juntos, porque él amaba mucho- 
á Cortés y no se contentaba con que el día antes se hubiese despedido 
dél, sino que quería acompañarle hasta fuera de la ciudad. Pedro de 
Alvarado dixo que si su Alteza rescebía dello trabajo, que no lo hiciese ;, 
pero que si era muy servido dello, que Cortés rescibiría gran merced 
y favor. Motezuma replicó que quería espaciarse un poco, y que antes, 
rescibiría él dello gran contento, pero que le rogaba no dixese nada á 
Cortés, porque quería darle este placer sin que él lo supiese. Alvarada^ 
se lo prometió, aunque luego lo supo Cortés y se hizo después del 
maravillado como que no sabía nada. 

Hecha señal, cabalgó Cortés y los pocos que tenían caballos, con él; 
los demás, puestos en orden, comenzaron á salir de palacio, mirándolos 
toda la gente mexicana. No había acabado de salir la gente de Cortés 
y él con ellos de palacio, cuando de ahí á muy poco, por otra puerta,, 
sobre hombros de señores, sobre unas muy ricas andas, acompañándole 
Pedro de Alvarado, salió Motezuma con su gente y muchos señores y 
los criados de la casa real, vestido de paños reales, y juntóse con Cortés, 
echándole desde las andas los brazos encima. Cortés acometió á apearse 
y él no se lo consintió. Pasaron entre ellos palabras de mucho amor. 
Díxole Cortés, entre otras cosas, que no había él merescido tanta merced 
y favor; que cuanta más merced le había hecho de la que á él se debía, 
en tanta mayor obligación quedaba el Emperador de los cristianos, su 
señor, pues por ser criado y embaxador suyo había hecho con él lo que 
no debía sino con otro Rey como él, muy poderoso, ]\íotezuma se holgó 
mucho con este agradescimiento y reconoscimiento; replicóle que todo 
lo merescía él por su persona, aunque no viniera en nombre de tan 
gran señor como era el que le inviaba. Desta manera salieron juntos 
hasta entrar en la calzada que va á Ystapalapa. donde no consintiendo 
Cortés que pasase adelante, parados un rato, se ofrescieron el uno al 
otro, prometiéndole Cortés (que era con lo que Motezuma se holgaba)^ 
de volver muy presto con Narváez, su hermano, para irse luego com 





LIBRO CUARTO.—CAP. LXIX 


4‘7 


SU repuesta al Emperador, su señor, que los había inviaclo. Motezuma 
le abrazó y dixo que fuese así, rogándole mucho que si algo hobiese 
menester, por la posta le avisase, porque se lo inviaría luego, como 
vería. Rendidas las gracias por esto y tornádose á abrazar, diciéndose 
otras cosas muchas, se despidieron, y el uno siguió su camino, y el 
otro de su espacio, hablando con Pedro de Alvarado, se volvió á su 
palacio. 


CAPITULO LXIX 

CÓMO CORTÉS, PROSIGUIENDO SU CAMINO, HALLÓ EN CHOLULA A JOAN 

VELÁZQUEZ DE LEÓN Y Á RANGEL, CON LOS CUALES SE HOLGÓ Y 

VOLVIERON CON ÉL 

Prosiguiendo su camino Cortés en orden de guerra, muchos de los 
mexicanos se volvieron, ó porque ellos lo querían, ó porque Cortés se 
lo importunó; otros lo siguieron, á lo que parescía, por comedimiento, 
aunque lo más cierto, por dar aviso en cada jornada á Motezuma de 
lo que pasaba y Cortés hacía, el cual, sabiendo esto, desimulaba lo más 
que podía lo que iba á hacer, porque los que en México quedaban no^ 
rescibiesen algún daño, sabiendo los mexicanos que él iba contra Narváez,. 
que era lo contrario de lo que él había publicado y convenía que 
publicase. Yendo, pues, recatándose desta manera, llegó á Cho'lula, 
donde más de media legua fuera de la ciudad le salieron á rcscebir con 
toda su gente Joan Velázquez y Rangel. Abrazólos Cortés, rescibiólos 
con grande amor, hízoles grandes caricias, ofrescióles, de la buena 
andanza que Dios le diese, gran parte; y especialmente, porque á Rangel 
ganado lo tenía, agradesció mucho á Joan Velázquez su voluntad, según 
la había mostrado por la obra, que lo había hecho como sabio y buen 
caballero, y que así esperaba en Dios que antes de mucho tiempo se 
holgaría de haber hecho tan bien el deber, é que ni Diego Velázquez,. 
su pariente, ni Narváez, que era el que venía á quitarles la presa de 
las manos, lo harían con él como sus trabajos y persona merescían, pues 
lo habían hecho mal con otros á quien estaban muy obligados, y que él,, 
dándole Dios victoria (pues de otra manera no se podían concluir los 
negocios) haría el deber de tal manera que su persona sería muy 
aventajada entre todas las principales. Joan Velázquez le rindió las 
gracias y se le ofresció, como después lo hizo, muy á su seiAÚcio. 
Rangel, que se halló á estas pláticas, para animar más á Joan Velázquez 
y dar á entender á Cortés que tenía aquel negocio por propio, dixo la 
bien que Joan Velázquez lo había hecho y cómo de su propria voluntad, 
sin persuasión alguna, se había movido á servirle, vista la poca razón 
que Diego Velázquez tenía en querer que otro que no fuese su persona 
viniese á la Nueva España, y que tiniendo, ya que esto no hacía, deudos,, 
personas valerosas, amigos de Cortés, inviase á Narváez, hombre, aunque 


27 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


418 

honrado, escaso, temoso, cobdicioso y poco amigo de hacer placer y 
dar contento y, lo que peor era, no haber querido venir en medio alguno 
que bueno fuese. Cortés, como sagaz y que entendía por do iba la trama, 
tornó á volverse á Joan Velázquez, tomóle las manos, abrazóle otra vez, 
diciendo que era tal la obra que habia hecho que jamás se olvidaría della, 
y que como la mala obra llueve sobre el que la intenta, así aquélla sería 
para su honra y gloria. 

Desta manera entraron en Cholula antes que anocheciese más de 
dos horas; salieron todos los señores y principales de la ciudad, hicieron 
presentes á Cortés, rescibiéronle con mucho contento, aposentáronle en 
los mejores palacios de la dudad, proveyeron la cena abundantemeiite- 
Agradescióselo mucho Cortés, dióles algunas cosidas, que ellos, por 
ser de su mano, tuvieron en mucho, é ya que era tiempo de dormir é 
que los indios y españoles reposaban, Cortés, para hacer más fixo su 
negocio (y, como dicen, del ladrón fiel) invió á llamar á Joan Velázquez 
de León, asentóle á par de si, y estando solos, sin que nadie los oyese, 
le dixo: “Señor Joan Velázquez: Las obras buenas que en ausencia 
se hacen, paresciendo que hay más obligación á hacerlas por otros, 
obligan al que las rescibe á desentrañarse y querer más á aquel que se 
las hizo, aunque sea de extraña nasción, que á su padre y madre; y 
así, ahora yo me veo en esta obligación, para mientras viviere mirar 
por vos y por lo que os tocare, y así como á hombre que ya tengo por 
otro, yo diré en pocas palabras el fin desta mi jornada y lo que pretendo, 
para que de todo estéis advertido y me digáis vuestro parescer.” 


CAPITULO LXX 

DE LO QUE CORTÉS DIXO DE SECRETO Á JOAN VELAZQUEZ DE LEÓN 
Y DE LO QUE ÉL LE RESPONDIÓ 

“Ya, señor, sabéis, como testigo de vista, cómo Diego Wlázquez, 
dexando á otros que se le ofrescieron, después de haberlo bien pensado, 
se determinó de encomendarme esta jornada, visto el mal subceso que 
había tenido en tiempo de Francisco Hernández de Córdoba y en el de 
Grijaiva, su sobrino, y que á él no le convenía venir, por muchos 
inconvinientes y especialmente por no dexar su gobernación sola, 
acometiendo negocio dubdoso. Después que yo le acepté, gastando en él 
mis dineros, que no fueron pocos, y los de mis amigos, púsose en querer 
revocar lo que había hecho, y como era injusto no salió con ello. En 
fin vine, y porque los negocios tuviesen más firmeza y no hobiese otras 
mudanzas, como las comenzó á haber en Cuba, paresció á todos que cu 
nombre de Su Majestad se poblase luego la tierra, visto cuán buena era. 
Hecha la población, asimismo en nombre de Su Majestad, con parescer 
de todos los que érades principales y aun de todos los más dcl exército. 







r/íRRO CUARTO.—CAP. I.XX 


419 


como vuestro Capitán general, elegí Alcaldes y Regidores y los demás 
oficios que eran menester para el buen gobierno de la nueva república. 
Luego el Regimiento, sin procurarlo yo para su bien y contento, en el 
entretanto que Su Majestad otra cosa proveía, me eligió por su Justicia 
mayor y Capitán general; aceptólo, usé y exercí mi oficio y cargo lo 
mejor que yo pude, como por la obra ha parescido, pues todos están 
contentos, á nadie que yo sepa he hecho agravio, á todos he metido en 
mis entrañas, en los trabajos he sido siempre el primero, líanos dado 
Dios tantas y tan grandes victorias cuantas yo jamás he leído ni oído, 
hemos descubierto un nuevo mundo tan en servicio de Dios, honra y 
autoridad de nuestro Rey, gloria y fama de nuestra nasción, provecho 
y adelantamiento nuestro, que dexar tan dichosos y bienaventurados 
trabajos á otros que con mala intención vienen, sus manos lavadas, nos 
los usurpen y gocen sin que primero á ellos ó á nosotros cueste la vida, 
sería gran nescedad, torpeza de entendimiento, baxeza de ánimo y gran 
pusilanimidad. Hagamos lo que debemos, que ya por lo nuestro peleamos; 
que yo espero, según los recaudos [que] á Su Majestad inviamos, que 
como nuestro Rey y señor natural, á quien hemos hecho notable servicio, 
nos hará toda merced, de manera que no sean parte para impedirla todo 
lo que Diego Velázquez ha hecho y hace, ni lo que con Narváez pasaremos. 
El lo quiere todo y no quiere nada para nosotros ; aunque son más en 
número, no son más en valor y esfuerzo, cuanto más que de los que 
se han venido de Narváez tengo por cierto que muchos dellos, cuando 
vengamos en rompimiento, no tomarán armas contra nosotros, porque 
vienen muy descontentos de la cortedad y escaseza de Narváez. Por tanto, 
señor, pues os va vuestra parte, vuestro adelantamiento y descanso, 
vuestra gloria y honra con vuestros amigos, haced lo que pudiérdes, que, 
si como espero en Dios, nos da la victoria, pocos habrá á quien yo más 
honre y aproveche; y si otra cosa pensáis no me encubráis vuestro pecho, 
pues habéis conoscido de mí cuán amigo soy del amigo claro ; y si como 
tal me quisiérdes avisar de otra cosa, ahora es tiempo, porque os certifico 
por lo que os amo, que si sólo ó con algún compañero os quisiérdes 
pasar á Narváez, que por vuestro contentamiento, aunque sea contra mi 
voluntad, lo permitiré. No tengo más que deciros; ahora, debaxo de 
quien sois y de lo que de vos confío, me responded vuestro parescer.'’ 

Estonces Joan Velázquez, que hombre cuerdo y sabio era, entendiendo 
la mala intención de Narváez y lo mal que se gobernaba, y el gran valor 
de Cortés y la obligación en que íe ponía, en pocas palabras respondió 
así: ‘'Grande es el favor que vuestra Merced me ha hecho en haberse 
declarado tanto comigo, y cierto parte dél se me debe, porque antes 
de ahora soy aficionado á su servicio; en lo demás lo que tengo que decir 
es que antes faltaré á mí mismo que á vuestra Merced. Justo es lo que 
defiende y veo lo que á todos nos va en ello; Dios nos favorezca, que 
mediante tal caudillo nos subcederá adelante como nos ha subcedido 
hasta aquí. Todos los amigos y deudos que yo tengo en el real de 


420 ♦ CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 

Narváez, primero que lleguemos, • estarán avisados de lo que conviene 
y de que se desengañen de lo que con ellos hará Narváez, aunque de 
lo hecho fácilmente entenderán lo que después hará. Vamos, señor, y 
muramos por lo que hemos trabajado y derramado nuestra sangre, que 
mejor es, defendiendo nuestra honra, libertad y hacienda, perder la 
vida, que tenerla con oprobio los años que nos quedan, que naturalmente 
no pueden ser muchos.’^ 

Cortés, acabado de responder esto, lo abrazó, dióle muchas gracias,, 
hablaron en otras cosas, hasta que bien tarde Joan Velázquez se fué á 
dormir á su aposento, bien contento de lo que Cortés le había dicho; 
y no lo quedó menos Cortés, porque Joan Velázquez era muy honrado, 
bien emparentado y, lo que más era, muy bienquisto. 


CAPITULO LXXI 

CÓMO CORTÉS SALIÓ DE CHOLULA Y LLEGADO Á TAN CALA LE DIERON 

SESENTA MILL HOMBRES DE GUERRA, LOS MÁS DE LOS CUALES SE 

VOLVIERON DEL CAMINO 

Otro día de mañana determinó Cortés de salir de Cholula para^ 
proseguir su camino, y aunque algunos le dixeron que tomase alguna 
gente de guerra de aquella ciudad, para ayuda de la suya en lo que se 
ofresciese, no quiso, diciendo que los cholutecas no harían cosa buena, 
pues habían andado con él tan doblados y tan á malas, y que donde había, 
amistad por fuerza, no podía haber amor ni lealtad para cosa alguna. 
Hecha señal para partirse, los principales de la ciudad le acompañaroa 
hasta media legua, haciéndole fengidos ofrescimientos. Allí se despidió 
dellos, y andada otra media legua topó luego con gente de Taxcala que le- 
venían á rescebir, de manera que cuando entró en su ciudad iban con 
él más de cient mili hombres. Aposentáronle aquellos señores muy bien, 
hiciéronle fiestas y mitotes, dióles cuenta, especialmente á los señores y 
principales Capitanes, de cómo iba á rescebir á Pánfilo de Narváez, á 
quien tenía por hermano, aunque se decía otra cosa ; y porque se recelaba 
de algunos que iban y venían con nuevas de enemistad, quería ayudarse 
dellos, para si el negocio viniese á las manos, pues ya ellos eran sus 
amigos y se habían dado por vasallos y servidores del Emperador de 
los cristianos. Aquellos señores le respondieron con mucho amor, 
diciendo que no le faltaría todo lo que hobiese menester, y que si aquel 
Capitán cristiano, de que habían oído que venía con mucha gente, no 
hacía la razón, ellos no le dexarían hasta morir. Cortés se lo agradesció 
mucho; pidióles para servicio y para gente de guerra hasta sesenta mili 
hombres; señaló por Capitanes de los Capitanes dellos y de su gente á 
Joan Márquez y á Alonso de Ojeda. para que saliendo él primero con 
los españoles, ellos llevasen la retroguarda. aunque quedasen dos leguas 
atrás. 





LIBRO CUARTO.—CAP. LXXII 


42 1 

Ojeda y Joan' Márquez comenzaron á hacer la gente, juntaron 
sesenta mili hombres, hicieron allí ochenta picas de pino, muy largas y 
gruesas, con sus hierros tan largos como un xeme, de las cuales las 
más se llevaron á los españoles que adelante iban con Cortés, y las otras 
llevaban Joan Márquez y Alonso de Ojeda y Francisco Rodríguez y 
otros algunos españoles que con éstos iban, los cuales con los taxcaltecas 
que pudieron salieron hasta cerca de un pueblo que se dice Topoyanco, 
donde dexándolos Ojeda y Joan Márquez, volvieron á Taxcala á sacar 
la demás gente que quedaba á cumplimiento de los sesenta mili hombres; 
con todos ellos viniendo á otro pueblo que se dice Texuacan, los más 
dellos, quedando hasta tres mili que serían los hombres de carga, se 
volvieron á Taxcala. No se supo el porqué, más de que era su condisción, 
como después acá se ha visto, de no querer pelear fuera de los términos 
de su tierra. 

Llegando, pues, Joan Márquez y Alonso de Ojeda con aquellos 
pocos indios á Guatusco, donde Cortés estaba, temerosos de que Cortés 
los rescibiría mal, dándole cuenta de lo que pasaba, les respondió muy 
bien, diciendo que no se le daba nada, porque si yendo adelante lo 
habían de hacer peor, era bien que desde luego se volviesen; pero, 
previniéndose para lo que podría ser, escribió á un caballero Fulano 
de Barrientos, que estaba en Chinantla, que luego hiciese siete ú ocho 
mili hombres de guerra y con ellos le esperase en Cempoala. También 
desde aquel pueblo despachó á Joan Velázquez de León y á Antón del 
Río que fuesen á Cempoala ó adonde Narváez estuviese, haciéndole saber 
cómo él iba, y suplicándole no permitiese que en tierra tan grande y tan 
llena de infieles, siendo los unos y los otros cristianos y vasallos de un 
Rey, viniesen en rompimiento. Narváez, que más confiaba en el poder 
de su gente que en la razón que tenía, les respondió, aunque con 
blandas palabras, que él tenía por hijo á Hernando Cortés y que no tenía 
nescesidad de pedirle partidos, pues le era nescesario obedescer, y á 
Joan Velázquez echó preso, porque en el‘mensaje que le traxo dixo: 
‘^El Capitán Hernando Cortés”, aunque lo que le dixo, como luego se 
dirá, fué todo muy bueno y dicho con mucho comedimiento. 


CAPITULO LXXII 

DE LO QUE JOAN VELÁZQUEZ DE LEÓN, DE PARTE DE HERNANDO CORTES, 
DIXO Á PANFILO DE NARVÁEZ, Y DE LO QUE ÉL RESPONDIÓ 

Llegado que fué Joan de Velázquez al real de Narváez, fuese derecho 
donde estaba. Rescibióle Narváez con buena gracia, pensando que por 
aquella vía y por ser pariente de Diego Velázquez, le traería á su 
voluntad, y con él á los demás deudos y amigos de Diego Velázquez 
que con él andaban, y después de haberse dado el uno al otro el parabién 


422 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


de la venida, delante de todos los principales del exército que en la 
tienda de Narv^áez se hallaron, le habló así: 

‘*Muy magnífico señor: Hernando Cortés, nuestro Capitán y Justicia 
mayor, después que supo de la buena venida de vuestra Merced y á lo 
que venía, por muchas y diversas veces le ha suplicado se traten los 
negocios de manera que los que ahora vienen sean aprovechados, y los 
que acá estamos no perdamos nada y Dios sea servido y Su Majestad 
del Emperador y Rey, nuestro señor, aumentado y obedescido, sin 
escándalos ni muertes que, viniendo en rompimiento los unos con los 
otros, podrían subceder; que siendo así, todos irían sobre la conciencia 
de vuestra Merced, y el Rey, nuestro señor, sería muy deservido. 
Atento y considerado todo esto, el Capitán Hernando Cortés últimamente 
suplica á vuestra Merced, y si nescesario es, le requiere, acepte alguno 
de los muchos medios que ha ofrescido, ó vuestra Merced le dé á escoger 
en los que le ofresciere, porque dice que no queriendo vuestra IMerced 
hacer lo uno ni lo otro, él descarga su conciencia, y dice que él y los 
suyos perderán primero la vida que dexarse desposeer de lo que con 
tanto trabajo y riesgo de sus personas han ganado. Esto es lo que el 
Capitán Hernando Cortés [me mandó] que dixese. Ahora, si vuestra 
Merced es servido, diré de mi parte lo que deste negocio siento, y es que 
ya vuestra Merced sabe ser yo deudo muy cercano de Diego Velázquez é 
que por esta causa estoy más obligado á acudir á él y á los suyos que 
á Hernando Cortés ni á los que son de su parescer, y esto se entiende- 
siendo igual la justicia que entre Diego Velázquez y Hernando Cortés 
hobiese, y así si de parte de Cortés sobra la razón y falta á Diego 
Velázquez, obligado estoy á responder por Hernando Cortés más que 
por él, pues la razón es la que tiene y debe tener más fuerza y valor 
en el hombre, que todo parentesco por grande que sea. 

'‘Diego Velázquez, tomando en suma el negocio de principio, invió á 
Cortés por su General, el cual gastó en la jornada su hacienda y la de sus 
amigos. Llegado al puerto desta Nueva España el exército todo, porque 
hiciese asiento y no se fuese como Grijalva, en nombre de Su Majestad le 
eligió por su Capitán general y Justicia mayor; aceptólo porque vió que 
convenía. Hase dado desde estonces hasta ahora tan buena maña, ha sido 
tan venturoso, tan cuerdo y de tanto valor, que con gran contento de los 
que le hemos seguido, ha subjectado á la Corona real de Castilla innumera¬ 
bles gentes, muchos Príncipes y Reyes, y finalmente, lo que jamás se ha 
leído ni oído, con pocos ha hecho tanto, que después de haber entrado en 
México, la más fuerte y mayor ciudad del mundo, prendió á Motezuma, 
Emperador della, el cual, aún queda preso y tiene á Hernando Cortés 
tan gran respectp como si fuera Emperador de todo el mundo. Ya 
todos nosotros sabemos á qué saben las flechas y macanas de los indios; 
los más entendemos su lengua y nos son amigos, especialmente los 
taxcaltecas, que es la gente más bellicosa destas partes ; hemos derrocado 
ídolos, baptizado á muchos, y, finalmente, estamos ya como en nuestras 




LIBRO CUARTO.—CAP. LXXTII 


423 

casas; por todo lo cual no es razón que vuestra Merced, aunque traiga 
mucha más gente, nos haga agravio, no queriendo aceptar ni ofrescer 
ningún partido, paresciéndole que con la pujanza de gente puede hacer 
todo lo que quisiere. Dios vuelve por la razón y justicia, y asi creemos 
que aunque seamos muchos menos, si venimos en rompimiento, hemos 
de llevar lo mejor; por tanto, así por lo que debo á Diego Velázquez, 
mi tío, como por el amistad que con vuestra Merced he tenido, le suplico 
se reporte y guíe los negocios de otra manera, porque donde no, cuando 
no haya lugar, se ha de arrepentir mucho. 

En gran manera se alteró Narváez con la una plática y con la otra, 
y no pudiendo sufrir que Joan Velázquez llamase Capitán á Hernando 
Cortés, le dixo: ‘^No hay otro Capitán en esta tierra sino yo, y no es 
menester que habléis así ni me deis consejo, porque yo sé lo que debo 
hacer.’' Y no respondiéndole más, le mandó prender, sobre lo cual hubo 
grandes diferencias, porque los que siempre habían aconsejado bien á 
Narváez se lo contradixeron, aunque los otros, que eran de diferente 
parescer, lo aprobaron, los cuales, de secreto, por mandado de Narváez, 
procuraron atraer á Joan Velázquez; pero él á los unos y á los otros 
dixo, asi de la tierra, como de Hernando Cortés tan buenas cosas, que 
confirmó á los unos, y á muchos de los otros hizo mudar parescer, de 
manera que Narváez tuvo por bien de soltarle y enviarle sin ningún 
partido donde Cortés estaba. 


CAPITULO LXXIII 

CÓMO SANDOVAL VINO Á TAPAXIQUITA, DONDE CORTÉS ESTABA, Y DE CÓMO 
VINIERON LOS CEMPOALESES Á QUEXARSE DE NARVÁEZ, Y LO QUE SOBRE 
ELLO PASÓ 

En el entretanto que estas cosas pasaban, el campo de Cortés, 
marchando poco á poco, vino á Cotastla, donde estuvo tres días 
padesciendo gran nescesidad de comida, porque sin los indios de servicio 
y otros muchos que acompañaban el campo, los españoles eran docientos 
y más, y comieron solamente ciruelas, que á ser de otra nasción, se 
corrompieran y murieran los más. De allí, nada hartos, partieron para 
Tapaniquita, donde hallaron algún refrigerio, porque hallaron un poco 
de maíz que comer. Detuviéronse allí cuatro días, así por esperar á 
Gonzalo de Sandoval, que andaba huyendo por la sierra arriba con la 
gente de la Villa que había quedado en la mar, como por rehacerse del 
trabajo y hambre que en el pueblo antes habían padescido. Al cabo de 
los cuatro días, á toda priesa, llegaron unos indios con cartas de 
Sandoval, las cuales contaban cómo había desamparado la Villa por no 
juntarse con NarA^áez, y las demás particularidades que cerca dello 
acaecieron, y que aquella noche sería con su IMerced. Estuvo Sandoval y 
los suyos casi un día en pasar el río. Holgóse mucho Cortés con las cartas. 


CRÓNICA DE LA NUE\^\ ESPAÑA 


424 

subió luego á caballo con otros algunos caballeros y salió á rescebir á 
Sandoval, así porque lo merescía, como porque hacía mucho al caso su 
venida, para salir con la demanda que llevaba. Llegó bien tarde Sandoval, 
abrazólo Cortés, holgóse por extremo con él, que era valiente y de buen 
seso; fué hasta entrar en el pueblo, preguntándole muchas cosas, cenaron 
luego, aunque no eran menester muchos cocineros para adereszar la 
cena, que era poca y ruin. 

Otro día, á las ocho ó las nueve de la mañana vinieron muchos indios 
con dos principales: el uno se decía Teuche, y el otro Arexco, los cuales, 
en nombre de los demás que con ellos venían, se quexaron á Cortés 
gravemente de Narváez y de los suyos, diciendo que era tabalilo, que 
quiere decir en su lengua “malo’’ porque no hacía justicia á ellos ni á los 
demás indios que de los suyos se quexaban, por las fuerzas y robos 
que les hacían, no dexándoles pato, gallina ni conejo que no se lo robasen, 
y que lo que más sentían era que les tomaban las hijas y mujeres, 
usando dellas á su voluntad, haciéndolos trabajar por fuerza, é que á 
esta causa se habían ido muchos del pueblo, y que si él no lo remediaba, 
presto se irían todos los demás; que viese lo que más convenía, porque 
ellos no harían más de lo que él mandase, pues le tenían por señor y no 
conoscían á otro que á él. 

Cortés sintió mucho el mal tratamiento de los cempoaleses; aunque 
justificaba mucho su causa, condoliéndose dellos, lo que ellos tuvieron 
en mucho; dióles las gracias; rogóles se volviesen á Cempoala y que 
comunicando el negocio con sus deudos y amigos, se saliesen del pueblo 
para cuando él llegase, porque había de echar fuego á las casas y á los 
españoles que en ellas estaban, por ser malos y de mal corazón y que no 
eran de su casta y generación, sino de otra que ellos llamaban vizcaínos. 

Los indios, con esta repuesta, dándole muchas gracias y besándole 
las manos, se volvieron muy contentos, diciendo que saldrían del pueblo 
luego que supiesen su venida y que le ayudarían con todas sus fuerzas, 
viniendo á las manos con Narváez, á quien deseaban ver fuera de su 
tierra por los malos tratamientos que les hacía y había hecho. 


CAPITULO LXXn^ 

CÓMO ANTES QUE ESTO PASASE TORNÓ NARVÁEZ Á INVIAR OTROS MENSAJEROS 
Á CORTÉS Á REQUERIRLE CON LAS PROVISIONES, Y DE LO QUE SOBRE 
ELLO PASÓ 

Primero que esto subcediesé, como Narváez vió la burla que Cortés 
había hecho dél en prenderle los primeros mensajeros, entró en consejo 
con la Justicia, Regidores y Oficiales de Su Majestad y con algunos otros 
caballeros y personas principales, y con mucha indignación dixo cosas 
de Cortés que ni cabían en él ni, aunque cupieran, eran para caber en 




LIBRO CUARTO.—CAP. LXXIV 


boca de persona tan principal; finalmente, después de haberle ido á la 
mano en esto, se determinó que fuesen tres personas hábiles y de 
confianza con unos treslados de las Provisiones reales á requerir á 
Cortés. Los que inviaron fueron Bernardino de Quesada, Andrés de 
Duero y, por Escribano, Alonso de Mata, que es hoy Regidor en la 
ciudad de Los Angeles. Otros dicen que fueron Andrés de Duero y 
Joan Ruiz de Guevara, clérigo, con el mismo Alonso de Mata, los 
cuales toparon con Hernando Cortés cerca de un pueblo que se dice 
Chachula. Estonces Alonso de Mata, conforme á la instrucción que 
llevaba, comenzó á requerir á Cortés, el cual, llegándose á él, le prendió 
luego y le tomó los recaudos sin que pudiese leellos; y porque los otros, 
ora fuesen Joan Ruiz de Guevara y Andrés de Duero, ora Andrés de 
Duero y Bernardino de Quesada, porque eran muy sus amigos, aunque 
los detuvo consigo tres ó cuatro días marchando, nunca les hizo mal 
tratamiento; antes Alonso de Mata, según la información que él me dió, 
presumió que había entre ellos tracto doble contra Narváez. Pasados 
estos días los invió á todos y con ellos á dos personas muy principales 
de su real, que fueron Alonso de Avila y Joan \^elázquez de León, 
para requerir á Narváez que, pues no quería venir en ningún buen 
concierto y hacía mal tratamiento á los indios y alteraba la tierra, que 
so pena de la vida, con todos los suyos se saliese della, los cuales, como 
eran valerosos y sabían que tenían muchos de su suerte en el real de 
los contrarios, hicieron el requerimiento á Narváez sin que osase 
ofenderlos en cosa. 

En el entretanto que estas cosas pasaban, iban y venían espías, 
entrando en el real de Narváez algunos españoles, que ya eran lenguas, 
en hábitos de indios, tomando aviso de otros sus amigos de todo lo 
que en el real pasaba, que no poco daño hizo á Narváez, aunque mucho 
mayor se lo hizo su gran escaseza y ruin condisción, de la cual, por 
ser tan contrario. Cortés, no solamente sustentó los amigos, pero allegó 
y atraxo á sí á los enemigos, á los cuales se fué acercando poco á poco 
hasta llegar á Tapaniquita, adonde un Joan de León, clérigo, y Andrés 
de Duero, hablaron á Cortés no se sabe qué, más de que los despidió 
con buena gracia y muy contentos. 

Prosiguiendo adelante el camino, salieron otros dos españoles del 
campo de Narváez, que también, según dice Mata, que se halló presente, 
paresció que trataban más el negocio de Cortés que el de Narváez, y como 
esto vió Mata, cuando se halló con Narváez le dixo claramente que mirase 
por sí y no se descuidase punto, porque algunos de los suyos le tractaban 
traición, é que Cortés era muy sagaz é artero, afable y dadivoso, é que 
á esta causa sabía salir con negocios que otros no osaban intentar, y 
que no convenía se metiese en casas y cues, sino que con su gente 
puesta en orden esperase á su enemigo en el campo, donde, pues tenía 
tanta más gente que él, podría ser señor y hacer lo que quisiese. No 
paresció bien á Narváez este aviso, porque pensaba que todo se lo 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


426 

sabía, y porque el que está acostumbrado á oir lisonjas, no le sabe bien» 
la verdad, especialmente dicha por el inferior con alguna reprehensión. 


CAPITULO LXXV 

CÓMO, SABIENDO NARVÁEZ QUE CORTÉS SE ACERCABA, SALIÓ AL CAMPO Y 

ORDENÓ SU GENTE, Y DE LA PLÁTICA QUE ESTANDO Á CABALLO HIZO A 

LOS SUYOS 

Entendiendo Narváez que Cortés se venia acercando, y la 
determinación que traía, aunque le tenia en poco, por la pujanza de 
su exército, salió al campo con toda la gente, y no para tomar el 
parescer de Mata y de otros, que deseaban la victoria, sino para tomar 
contento y presunción con la vista de los suyos; ca sabía que los más 
eran buenos caballeros é que Cortés, aunque los traía tales, entre todos 
no traía más de docientos y cincuenta hombres. Ordenando, pues, su 
gente y haciendo alarde della, halló que traía novecientos y tantos 
hombres de guerra, de los cuales eran los ciento (según algunos dicen) 
de á caballo, y según otros, ochenta. Halló que traía muchos escopeteros 
y ballesteros y algunos buenos tiros, y finalmente, todos muy bien 
adereszados, y á lo que parescía (aunque después se vió lo .contrario) 
todos deseosos de venir á las manos con los enemigos; y cuando los 
tuvo puestos en concierto y orden de batalla, haciendo señal de que 
con atención le oyesen, desde el caballo les habló desta manera: 

“Valientes caballeros, escogidos entre muchos para tan próspera 
jornada: Ya veis la sinrazón que Cortés tiene y usó con Diego Velázquez 
desde que salió del puerto de Sanctiago de Cuba, alzándosele con todas 
las preeminencias que á él como á Adelantado y Gobernador pertenescían. 
Vosotros sois muchos más en número y no menos valientes en esfuerzo 
que nuestros contrarios; traemos muchos más caballos, más escopetas y 
más tiros, y no solamente somos más poderosos contra ellos, pero contra 
todos los indios que en su favor salieren. Viendo yo esto, no he querido 
venir en ningún partido de los que Cortés me ha ofrescido, porque no 
es bien que el criado parta peras con su señor, y porque sería flaqueza 
y pusilanimidad que de lo que no es suyo nos diese parte, y que nosotros, 
viniendo á ser señores y á hacer justicia por los desaguisados que ha 
hecho, nos hagamos sus iguales, haciéndonos particioneros de sus delictos, 
];ues los encubrimos ; y porque sé que me podríades decir lo que muchas 
veces algunos de vosotros me habéis dicho, que en tierra tan grande, 
ta.n extraña y tan poblada, no conviene que vengamos en rompimiento 
con los de nuestra nasción, porque vendremos á ser menos, y por 
consiguiente menos poderosos contra los indios: respondiéndoos á esto, 
digo que viniendo en concierto, adelante no han de faltar disensiones. 
]íOrque el mandar no admite igual, y vosotros, porque venís, y ellos 









LIBRO CUARTO.— CAP. LXXVI 


427 

porque estaban, habéis de tener pendencias y contiendas, é asi será peor 
la discordia é invidia interior, que el rompimiento de presente, cuantc 
más que ellos son tan pocos y tan mal proveídos de armas, que sin mucha 
sangre los podemos tomar á manos y hacer dellos lo que quisiéremos. 
Quedará un caudillo y uno que os honre y favorezca y ellos no tomarán 
más de lo que vosotros les diérdes, reconosciendo para siempre vuestro 
poder y autoridad. 

’’No tengo más para qué esforzaros, pues cada uno de vosotros- 
puede ser tan buen Capitán como yo é animar á otros, y no es menester 
esfuerzo donde sobra la razón. La ventaja está conoscida y la victoria 
delante de los ojos; si queréis, no hay quien nos ofenda, y tampoco 
creo que hay entre vosotros hombre de tan mal conoscimiento ni tan 
desleal, que quiera más para Cortés que para sí. E porque en esto esto}^ 
desengañado, concluyo con deciros que vuestro es este negocio más que 
mío. Dios nos favorezca é ayude, é con tanto nos volvamos á nuestros^ 
aposentos.'' 


CAPITULO LXXVI 

CÓMO NARVÁEZ SE VOLVIÓ Á SU ALOJAMIENTO Y DE LO QUE DE .SU PLÁTICA 
SINTIERON Y DIXERON LOS SUYOS 

Hecho este razonamiento, que era hacia la tarde, sin esperar niás^ 
respuesta, Narváez mandó hacer señal de que todos se recogiesen á sus¬ 
alojamientos, aunque algunos de los principales que á caballo estaban 
con Narváez le dixeron que, pues se acercaba Cortés, que era mejor 
esperarle en el campo que no en los aposentos. Narváez Ies respondió : 
‘'¡Anda, y base de atrever Cortés á acometer en el campo ni en poblado, 
aunque ha hecho fieros!; él debe de venir como el que no puede más, 
á ofrescerse á lo que yo quisiere." Con esto, andando hacia los aposentos» 
la gente le siguió, la cual después que estuvo en los alojamientos, como 
suele acaecer donde hay muchos, tuvo diversos paresceres. Unos que 
deseaban lisonjear á Narváez, que eran de su parecer y condisción, 
decían que había hablado muy bien y que tenía razón en todo lo que 
había dicho, porque todo pasaba al pie de la letra como él lo había 
tratado, é que con cuatro gatos, en el campo, ni en poblado, por muy 
atrevido que fuese Cortés, no osaría emprender negocio tan dificultoso. 
Otros que mejor entendían las cosas, contradiciendo á éstos, decían: 
"Mal entendéis los negocios y mal conoscéis vosotros á Hernando 
Cortés; él y los suyos han trabajado y están hechos á los trabajos; han 
usado de todos buenos comedimientos, y para echarlos de su casa es 
menester mucho, y así, como aquellos que vienen á defenderla, pelearán 
como leones desatados, é suelen los pocos, ayudados de razón y justicia, 
las más veces vencer á los muchos que lo contradicen. Hernando Cortés 
ha hecho lo que ningún Capitán en las Indias; es muy sabio y muy 


CRÓNICA DE LA NUE\L\ ESPAÑA 


428 

valiente, muy liberal y muy afable y el que primero se pone á trabajos; 
3^ si algún pleito malo tenía, él lo ha hecho bueno por justificar tanto 
su causa; y si del ave que él ha cazado no le quieren dar una pierna, 
bien es que la defienda toda, y veréis cómo cuando no nos catemos, 
ha de dar sobre nosotros, de manera que no nos demos á manos para 
defendernos, cuanto más para ofendelle, y esto será así por lo que 
barrunto de los amigos que en este real tiene y porque siempre he visto 
que el soberbio cae á los pies del humilde é reportado/' Otros hablaban 
•otras cosas, poniendo en dubda los negocios; otros, sin hablar, mirándose, 
se entendían ; otros por corrillos hablaban de secreto, y los que tenían 
gana de vencer á Cortés 3^ gozar de lo que él había trabajado, á voces 
decían á Narváez: “Señor, salgamos al campo y pongámonos en orden, 
-que para tan pocos, ó contra muchos, mejor estaremos allí que no metidos 
en casa, donde no seremos señores de nuestros caballos/' 

Toda esta confusión y variedad de paresceres había en el real de 
Narváez, 3" lo más de lo que pasaba sabía Cortés é ayudábale mucho para 
lo que luego hizo. Narváez á la boca del patio de sus aposentos mandó 
poner los tiros gruesos para defender la entrada si acaso Cortés viniese de 
repente; invió sus espías dobles (i), ordenó su gente, la que de pie era 
menester, en sus aposentos; la de á caballo puso, como después diremos, 
en otras partes; y así, aunque con sus velas, comenzaron á reposar la 
noche, y en el entretanto que todas estas cosas pasaban, hacía Cortés lo 
que diré. 


CAPITULO LXXVII 

CÓMO CORTÉS PARTIÓ DE TAPAXIOUITA Y PASÓ UN RÍO, Y DEL PELIGRO 
QUE EN ÉL HUBO Y CÓMO DE LA OTRA PARTE OÍAN LAS ESCOPETAS Y 
TIROS DEL REAL DE NARVÁEZ 

Muy en orden iba marchando Cortés, cuando llegó á un río que dicen 
de Canoas, el cual, como iba crescido y no se sabía el vado, díó bien 
que hacer á los de Cortés, porque unos buscando el vado, otros haciendo 
balsas, se ahogaron dos españoles, de que no poco pesar rescibió Cortés 
por la falta de que, siendo tan pocos, le podían hacer; pero como era 
muy cuerdo 3^ cristiano, conformándose con la voluntad de Dios, mandó 
que ninguno entrase en el río sin que él estuviese presente, y así, después 
que se hobieron hecho algunas balsas y sobre ellas anduvieron algunos 
mirando el río, 3^ otros con palos largos entraban por diversas partes de 
la orilla, tentando hasta bien abaxo donde el río se tendía mucho 
y no podía ir recogido, hallaron un mu}" buen vado, aunque no tan baxo 
que no les llegase en muchas partes el agua á más de los pechos. Desta 
manera, los unos en balsas, y los otros por el vado, pasaron el río, y 
estando pasando el río, que casi la mitad de la gente estaba de la otra 


(i) iVo sabe que cosa es espía doble. 








LIBRO C'UARTO.—CAP. LXXVIII 


429 

parte, vieron venir por unos medaños de arena dos hombres. Creyeron- 
ser espías de Narváez. Canela, el atanibor, tocó al arma, y así, en son 
de guerra, salieron á ellos algunos, y acercándoseles conoscieron que" 
eran Joan Velázqucz de León y Antón del Río, los mensajeros que Cortés 
había inviado á Cempoala, los cuales, ya que Cortés con la demás gente 
estaba de la otra parte, le dieron la repuesta de Narváez, diciendo que 
por ninguna vía quería conciertos; que le tenía en poco é hacía burla 
dél, viéndose pujante, aunque en el real le hacían saber había muchos, 
y de los principales, que le eran aficionados ; díxole otras cosas aparte, 
en secreto. 

A aquello y á lo demás, en público, dixo Cortés: “Ahora, pues 
Narváez no quiere ningún medio, ó morirá el asno ó quien le aguija; 
que bien es primero perder la vida que la honra y la hacienda, habiéndo¬ 
lo uno y lo otro ganado con tanto sudor y trabajo.^' Con esto, haciendo 
alto de la otra parte del río, oyeron los tiros y escopetas del campo de 
Narváez. 


CAPITULO LXXVIII 

CÓMO, DICIENDO Á NARVÁEZ QUE CORTES VENÍA YA DOS LEGUAS DE 
CExMPOALA, LE SALIÓ AL ENCUENTRO UNA LEGUA DE CAMINO, Y COMO NO- 
LE TOPÓ SE TORNÓ Á SUS APOSENTOS 

Como los indios de su natural condisción son noveleros y siempre 
en lo que dicen añaden ó quitan de la verdad, y aquella tierra estaba muy 
poblada dellos, no se meneaba Cortés que N’arváez no lo supiese, ni 
Narváez sin que Cortés lo entendiese, el cual, como había hecho alto en 
el río, que estaba tres leguas de Cempoala, los indios espías de Narváez, 
á gran priesa, le dixeron cómo Cortés estaba ya una legua y menos del 
pueblo. Narváez, creyendo ser así, é por hacer lo que muchos de sus 
amigos le habían aconsejado, determinó de salir á buscar á su enemigo. 
Dicen algunos, entre los cuales Motolinea, que delante de Joan Velázquez 
de León y Antón del Río, mensajeros de Cortés, hizo alarde de la gente, 
para que llevando la nueva de lo que habían visto, atemorizasen á Cortés ; 
y que después de hecho el alarde, poco antes que mandase hacer señal 
de partir, volviéndose á Joan Velázquez, le dixo: “Señor Joan Velázquez : 
Muchas veces os he dicho que por ser deudo de Diego Velázquez, é 
por vuestra persona, deseo que sigáis lo más seguro; ved, pues, ahora 
cómo os podréis defender, siendo tan pocos, de nosotros que somos 
tantos.’' Joan Velázquez le respondió: “Señor: No puedo ya perder más 
que la vida, y no dando vuestra Merced algún concierto, no puedo dexar 
á Cortés. Dé Dios la victoria al que tiene justicia, pues Dios es sobre 
todo.” 

Con esto dicen que Narváez despidió á Joan ATlázquez y á su 
compañero, mandando luego, que ellos lo oyesen, dar un pregón, diciendo 


43o CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 

que daría muy buenas albricias al que le traxese muerto ó preso á 
Hernando Cortés. Dado el pregón, hizo un caracol con los infantes, 
escaramuzó con los caballos, hizo tirar el artillería, y este era el ruido 

que Cortés y los suyos oyeron á la pasada del río. Esto hizo por dos 

fines: el uno por que Cortés se rindiese si venía tan cerca como le decían, 
oyendo el mucho espacio de tiempo que había durado el disparar del 
artillería y escopetería, y el otro atemorizar los indios de la comarca, 

que nunca habían oído tan gran ruido ni visto tanta gente barbuda 

armada, por lo cual el Gobernador que en aquella provincia tenía 
Motezuma le dió un presente de mantas é joyas de oro en nombre del 
gran señor, ofresciéndosele mucho para todo su servicio; y no contento 
con esta manera de lisonja, con ciertos indios, por la posta, invió pintado 
á Motezuma el alarde que Narváez había hecho, diciendo cómo salía al 
encuentro á Cortés, que no poco contento dió á Motezuma y á los 
mexicanos, paresciéndole, como era (*), que peleando los unos con los 
-Otros no podían ser muy poderosos contra ellos. 

Xarváez, hecha señal de partir, comenzó muy en orden á marchar 
con su cxército, andando con el maestre de campo de una parte á otra 
poniendo en concierto la gente y diciéndoles palabras de amor, dándoles 
esperanza de victoria; pero como hubo marchado una legua y Cortés 
estaba dos dellos, creyendo ser burla lo que los indios habían dicho y 
que Cortés estaba más lexos y no se osaría acercar sin que primero 
le invíase más mensajeros, en orden se tornó á sus aposentos casi ya 
de noche, proveyendo espías dobladas media legua del real y que las 
centinelas por sus cuartos de ciento en ciento velasen la noche. Hecho 
esto, los demás se descuidaron como los que no pensaban que el enemigo 
había de dar aquella noche sobre ellos. 


CAPITULO LXXIX 

DEL RAZONA.MIENTO QUE CORTES HIZO Á LOS SUYOS DESPUÉS QUE JOAN 
VELÁZQUEZ DE LEÓN LLEGÓ, PERSUADIENDOLES A QUE MURIESEN 
PRIMERO QUE PERDIESEN LO GANADO Y VINIESEN EN SUBJEClÓN 

Después de pasado el río y que todos hubieron sesteado, viendo 
Cortés que la gente estaba algo descansada, aunque el día antes había 
marchado diez leguas, ya que de Joan Velázquez habían sabido todos, 
ó lo más, la mala intención de Xarváez, su ruin condisción y mucha 
escaseza é que en su real los mejores estaban aficionados á su parte, 
sentados todos. Cortés desde un altillo, les habló en esta manera: 

“Señores y amigos míos que hasta la hora presente habéis comigo 
tan valerosamente peleado, que de cada uno de vosotros se podrían decir 


O En el Ms. “ella” por “era”, equivocadamente. 







LIKRO CUARTO.— -CAP. LXXIX 4*3 1 

tan grandes cosas como de afamados Capitanes, pues siendo tan pocos 
en número habéis sido, mediante el favor de Dios, tantos en virtud y 
esfuerzo que diez mili de vuestra nasción no se os han igualado, como 
paresce claro por este nuevo mundo que atrás y adelante de nosotros 
hemos rendido y subjectado á la Corona real de Castilla, alanzando dél 
poco á poco al demonio, Príncipe de las tinieblas : Razón será que pues 
tan buenos principios y medios hemos tenido en todo, que aliora que 
se llega el fin (el cual, siendo adverso, lo que Dios no quiera, ha de 
escurecer vuestras hazañas, y siendo próspero, como espero, las ha de 
illustrar é hacer inmortales), estéis con nuevo ardid y coraje para contra 
vuestros enemigos, los cuales, aunque son españoles como nosotros y 
muchos más en número, más bien artillados, con muchos más caballos 
y más munición, no defienden razón ni justicia, que es la que á nosotros 
ha de valer, están entre si divisos y muchos dellos desean que venzamos 
por mudar Capitán y gozar de lo que con más liberalidad nosotros les 
daremos. Ya, como veis, sin grande afrenta nuestra, ni podemos volver 
las espaldas ni debemos, como rendidos, pedir partido, porque si lo 
primero hacemos, los de atrás y los de adelante han de ser nuestros 

enemigos y nos han de correr como á liebres; si hacemos lo segundo 

hemos siempre de ser ultrajados, y los amigos que desean que venzamos, 
esos mismos, como los demás, nos tendrán en menos. La vida es breve, 
la muerte cierta, el bien vivir es bueno, pero el bien morir glorioso, 

porque toda la vida que atrás queda honra y ennoblesce si vencemos. 

Ayudámonos de los amigos que desean nuestra victoria, y con buenas 
obras haremos de los enemigos amigos y así quedaremos pujantes y 
verán los indios que no sólo contra ellos, pero contra los de nuestra 
nasción hemos sido fuertes y valerosos; y si acaso, como es siempre 
diibdosa la fortuna de la guerra, somos vencidos, los que muriéremos 
concluiremos con morir honrosamente, haciendo nuestro deber, y los que 
viviéremos, si los contrarios tuvieren valor, tendránnos en mucho, por 
habernos mostrado tan valientes y esforzados, y así querrán tenernos 
por amigos. De manera, señores y amigos míos, que -egún lo dicho, por 
todas vías nos está bien, no solamente defendernos, pero acometer para 
que el contrario pierda el ánimo, y así, si os paresce, porque no estoy muy 
seguro de los que en el real de Narváez tenemos por amigos, estoy 
determinado de que, nuestro poco á poco, vamos (*) á anochecer hoy, 
Pascua, dos leguas de aquí, para que á la media noche ó al cuarto del alba, 
demos sobre nuestros enemigos, que dormidos y soñolientos, tomados de 
sobresalto, no serán parte para que primero que vuelvan sobre sí, no los 
tengamos rendidos. Esto es lo que me paresce ; ahora vosotros, señores, 
decid si os paresce otra cosa, porque siendo mejor la seguiré yo.” 

Cosa fue maravillosa el contento grande que este razonamiento á 
todos dió y el nuevo aliento y esfuerzo que con él cobraron, y así Alonso 


O ‘'Vamos” por ‘‘ovamos’’. 



432 CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 

de Avila, tomando la mano por los demás, como era valiente y esforzado^ 
encendido con tan buenas palabras, le respondió brevemente desta manera: 

“Aíuy valeroso y muy digno Capitán nuestro: En el semblante de- 
nuestros rostros, podéis entender lo que yo en nombre de todos debo^ 
responder. Lo que habéis dicho es lo que nos conviene; donde peleáredes 
pelearemos y donde muriéredes queremos morir; no queremos vida sin 
la vuestra, ni queremos más de lo que quisiérdes, pues siempre (según 
de tan atrás hemos entendido), nunca habéis querido sino nuestra 
adelantamiento, honra y provecho, y para esto habéis tenido tan buenos 
medios que en lo presente no podemos dexar de pensar que será asi lo 
que nos prometéis, como ha sido en lo pasado. Partamos luego de aquí 
y á la hora que decís demos sobre los enemigos, porque aunque todos- 
lo sean y muchos más, se me figura que en vuestra ventura y en la 
justicia que llevamos seremos vencedores.’^ 

Dichas estas pocas y tan buenas palabras, Cortés lo abrazó, haciendo, 
lo mismo á otros principales, y mandando hacer señal comenzó en buen’ 
paso á marchar. 


CAPITULO LXXX 

CÓMO CORTÉS LLEGANDO CERCA DE CEMPOALA, CASI Á LA MEDIA NOCHE,, 
PRENDIÓ Á CARRASCO, ESPÍA, Y DE LO QUE CON ÉL PASÓ 

Aquella noche, luego que anochesció, supo X’arváez cómo Cortés* 
estaba cerca de su real tres leguas, y aunque creyó, como era de creer, 
que habiendo caminado el día antes diez leguas, aquella noche reposara' 
allí, mandó llamar á Gonzalo Carrasco, que era hombre de hecho y 
confianza, para que con un criado suyo, que se decía Hurtado, aquella 
noche, una legua del real, estuviese en vela y diese aviso de lo que 
pasase. Fué Carrasco con el criado de la media noche abaxo, y estando 
haciendo su vela, los corredores que Cortés traía un cuarto de legua 
siempre delante de sí, vieron blanquear la ropa de Carrasco, y él, como 
sintió que le habían sentido, á la pasada de un río fuése hacia un ciruelo 
á mudarse la ropa, pero los corredores de Cortés fueron tan avisados, 
que sin hacer bullicio, escondiéndose detrás del árbol adonde él iba, 
le tomaron luego. Los corredores eran Jorge de Alvarado, Gonzalo de 
Alvarado, su hermano, Francisco de Solís, Diego Pizarro, Francisco 
Bonal y Francisco de Orozco, y luego que fué preso habló recio, que era- 
señal para el criado de Narváez, que venía detrás dél, para que se 
volviese y si él. con un silbo llamase, se acercase á él. El Hurtado por 
la quebrada del río se fué sin que los corredores le pudiesen tomar, 
aunque le sintieron huir, los cuales esperaron hasta que Cortés llegó. 
Presentáronle á Carrasco las manos atadas atrás. Díxole Cortés, riéndose 
con él: “Compadre, ¿qué desdicha ha sido ésta?; ¿dónde estaba vuestra 




I 





LIBROO CUARTO.—CAP. LXXX 433 

ligereza, que así os han cazado?'' Riéronse allí un rato con el Carrasco, 
aunque él no estaba para ello, dando en albricias una rica cadena de oro 
á los primeros que le tomaron que traía sobre las armas. Pararon todos 
allí un rato, porque no estaban más de media legua de Cempoala. Preguntó 
Cortés á Carrasco que á qué había venido. Respondióle que á buscar una 
india que aquella noche le habían hurtado, y que temiendo que la habían 
llevado á los navios, había salido por allí. Cortés, riéndose mucho, le 
replicó: ‘^Compadre, gran mentira es ésa; ¿quién era el otro hombre 
que con vos venía, que se huyó?" Respondióle: “Señor, era un criada 
mío, que se dice Hurtado." Tornóle á decir Cortés: “Mejor usó de su 
nombre que vos; decidme la verdad, si no, no miraré al compadrazgo." 
Afirmóse Carrasco en lo que había dicho, pero preguntado qué orden 
tenía Narváez en su real, dixo todo lo que pasaba, y más por espantar 
á Cortés que por avisarle, diciendo cómo ya Narváez tenía nueva como 
venía y que otro día sería con él, é que por esto tenía muy grande guarda, 
velando cada cuarto de la noche cien hombres y rondando cincuenta de 
á caballo y que el artillería estaba asestada por aquella parte donde se 
pensaba que él había de venir^ y toda la demás gente muy apercebida, 
y que no sabía á qué iba, sino á la carnicería; porque de muerto ó preso 
no podía escapar y que era, como dicen, dar coces contra el aguijón, 
porque el poder de Narváez, ahora le tomasen de día, ahora de noche, 
era tan grande que, si quisiese, no quedaría hombre dellos vivo, é que 
como compadre y servidor, le rogaba y suplicaba se volviese ó se pusiese 
en sus manos, porque hacer otra cosa era locura. 

Cortés, nada alterado con tan justos temores, dixo á Carrasco: 
“'Compadre, por todo cuanto hay en el mundo, y aunque perdiese muchas 
vidas si tantas tuviese, no volveré atrás ni iré adelante, para hacer la 
baxeza que me aconsejáis. Bien veo que somos pocos, pero como hombres 
que defendemos razón y vamos determinados de morir, haremos más 
que muchos, y pues yo no tengo miedo, no me le pongáis, porque os 
certifico que desta vez ha de morir el asno ó quien lo aguija, ni tampoco 
me han de mentir mis amigos". De donde Carrasco sospechó que debía 
de tener algunas firmas de algunos del real de Narváez y aun de los 
principales, y hizo bien, aunque algunos sienten lo contrario, porque 
contra el enemigo, especialmente si es más poderoso, como no sea 
rompiéndole palabra, cualquier ardid y engaño es nescesario y justo. 

Dichas estas palabras, atadas las manos, le entregó á tres españoles, 
que con cuidado le guardasen, y comenzó á marchar, y al apartarse dixo 
á voces el Carrasco, que le oyeron muchos: “Yo juro á Dios que vais 
á la carnicería y que no daría esta noche mi parte por mili pesos" ; y 
esto dixo por las cadenas y collares de oro que llevaban los de Cortés, 
el cual, volviéndose con el caballo á él, riéndose, le dixo: “Andad acá, 
compadre; que la barba mojada toma á la enxuta en la cama"; y esto 
entendió Carrasco que lo decía porque llovía aquella noche, y él no lo 
dixo sino porque el que madruga halla más veces la ventura que busca. 

28 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


434 

Llegando, pues, tres tiros ó cuatro de ballesta de Cempoala, en 
una quebrada que alli se hace, mandó Cortés esconder los tiros y otras 
cosas que llevaba, que no eran menester y eran embarazosas para 
pelear. Detúvose allí para esperar el fardaje y el oro y plata que muchos 
indios traían, el cual con los indios y tres ó cuatro españoles dexó allí 
hasta ver en qué paraban los negocios. 


CAPITULO LXXXI 

DE LA PLÁTICA Y RAZONAMIENTO QUE CORTÉS HIZO Á LOS SUYOS 
Y DE LO QUE FRAY BARTOLOMÉ DE OLMEDO HIZO É DIÑO 

En el entretanto que el fardaje llegaba, que quedaba un poco atrás. 
Cortés ordenó su gente en tres haces, é puesto en parte de donde de 
todos podía ser bien oído, les dixo: 

'‘Señores míos, para quien más que para mí (pues no soy más 
de uno) deseo toda prosperidad y contento: Ya veis cuán cerca estamos 
de nuestros enemigos y que esta es la hora que los más reposan, y 
nosotros debemos tener más ánimo y esfuerzo; encomendaos muy de 
veras á Dios, pues el peligro y riesgo de las vidas está tan cierto que 
yo espero en su bondad nos dará victoria. Ya, como dicen, no hay que 
mostrar cara de perro en el peligro que no se puede excusar ; el ánimo 
y esfuerzo es el que le vence. Considerad que antes de tres horas, ó 
acabaremos todos muriendo por nuestra honra y hacienda, que sin estas 
dos cosas el bueno no debe desear la vida, ó, como confío en Dios, 
saldremos victoriosos, confirmándonos y perpectuándonos y aun 
adelantándonos en nuestra honra y hacienda. Aprestaos, pues, señores, 
como los que por vuestra vida, honra y hacienda habéis de pelear; 
acometamos con denuedo y cantemos luego la victoria, porque los 
enemigos, sobresaltados y divididos, la tendrán por cierta, y así los 
unos, creyendo que los otros son vencidos, se rendirán fácilmente. 
Gente tan valerosa como vosotros sois, caballeros tan esforzados como 
comigo venís, varones tan prudentes y animosos como sois los que 
siempre en tan arduas cosas me habéis seguido: no habéis menester, en 
el acometer mayores negocios que éste, palabras de Capitán, que os 
animen, porque cada uno de vosotros lo puede ser mejor que yo, ni 
habéis menester perseverancia para salir con lo que emprendiérdes, pues 
hasta aquí habéis padescido sin desmayar punto tantos trabajos; ni 
conoscimiento é humildad en la victoria conseguida, pues siempre con 
los rendidos os habéis habido más como padres que atemorizan sus 
hijos, que como soldados vengativos. Todas estas cosas, mediante el 
favor divino, han de ser parte para que mañana, antes de las diez, 
seamos señores del campo de nuestros enemigos y espero que se les ha de 
volver el sueño y lo que piensan al revés; é porque dos cosas suelen 




LIBRO CUARTO.-CAP. LXXXII 435 

inflamar y encender el ánimo generoso para que con más avilanteza 
acometa y salga con mayores empresas que ésta (que son el premio y 
prez de la honra y defender la razón), puestos los ojos en Dios, digo 
que al primero que rindiere, prendiere ó matare á Narváez le daré tres 
mili castellanos, y al segundo que á su persona llegare mili é quinientos 
y al tercero mili, y así racta por cantidad, hasta veinte soldados. La 
otra, que es la defensa de la razón, poniendo vuestro corazón en solo 
Dios, ésta de vuestro la tenéis, por lo cual, hincados todos las rodillas 
delante desta sancta cruz y de la imagen de Nuestra Señora, cada uno 
haga oración, tomando por abogada á la Madre de Dios, que ella será 
en nuestro amparo y defensa.” 

Dichas estas palabras, que á todos maravillosamente movieron, se 
hincó de rodillas con gran devoción, las manos levantadas al cielo, 
suplicando á Dios le diese victoria, pues su enemigo no quería concierto 
ninguno, é que pues á menos gente que ellos había dado victorias contra 
grandes exércitos, se la diese á ellos, pues en sólo su poder estaba el 
vencer y subjectar los contrarios. Diciendo estas palabras, con gran 
devoción todos los demás adoraron la cruz, perdonáronse los unos á los 
otros, abrazáronse y diéronse paz como los que deseaban, si la muerte 
viniese, acabar en gracia. Luego Fray Bartolomé de Olmedo, sin que 
nadie se levantase, hizo decir á todos la confesión general, protestar la 
fee, pedir perdón á los injuriados y perdonar á los ofensores y prometer 
la enmienda de la vida si Dios les diese victoria. Hecho esto, mandóles 
que rezasen un avemaria á Nuestra Señora; hízoles la forma del abso¬ 
lución depecativa (*), diciéndoles luego palabras dignas de su profesión 
y religión, concluyendo con decirles que Dios les daría victoria para 
que con mayor pujanza se volviesen á México, alanzando el demonio 
dél, predicando con obra é palabra el sacro Evangelio hasta los fines 
y términos deste nuevo mundo. 


CAPITULO LXXXII 

CÓMO HURTADO, ESPÍ.V, ENTRÓ DANDO ARMA EN EL REAL DE NARVÁEZ, 
EL CUAL SE APERCIBIÓ AUNQUE NO LO CREÍA 

Como Hurtado, la espía, se desacabulló de manera que no le pudieron 
tomar, aunque rodeó por no ir por lo llano por donde los corredores 
le pudiesen seguir, anduvo cuanto pudo, y llegando al real entró por 
él dando voces, diciendo: “¡Arma, arma!, que vienen los enemigos. 
¡Arma, arma!, que ya está cerca Cortés.” Dando estas voces entró muy 
alterado donde Narváez estaba. Díxole cómo los corredores de Cortés 
habían tomado á su amo Carrasco, y que él, como siempre quedaba atrás 
un tiro de piedra, se escapó por una quebrada, de que no le alcanzasen, 


O Así cu el Ms. 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


436 

y no supo decir más que esto, porque hacia escuro y no había podido^ 
ver cuántos fuesen, más de que por el ruido le parescía que eran más- 
de ocho. 

Mucho se alteraron algunos del real; unos decían que no era posible 
que tan noche y lloviendo caminase Cortés. Narváez le dixo: “Hija 
Hurtado, no lo creyas, que no es posible que ahora venga Cortés; ios 
á dormir, que antojarse os hía, ó por ventura lo soñastes.’^ Diciendo esto, 
pidió de beber á un paje, y Hurtado sin responder cosa alguna se salió 
y subió en un cu que dicen de Nuestra vSeñora, aposento que era de 
Joan Bono y de todos los de su camarada, y allí les dixo: “Cortés viene, 
y Carrasco, mi amo, queda preso é Narváez no lo cree, y os digo, señores, 
que lo ha de venir á creer cuando le pese y no lo pueda remediar. Dice 
que lo debo de haber soñado é yo cuando lo vi estaba tan despierto como 
ahora, si no hay fantasmas por esta tierra, pero gente de á caballo me 
paresció y voces españolas oi.^' Joan Bono que no debía do pesarle, 
dixo: “Calla, Hurtado, que no estaba loco Cortés, que de noche y 
lloviendo había de venir, quebrándose los ojos para no ver lo que ha 
de hacen’' Estonces Hurtado, como vió que todos hacían burla dél, 
diciendo que no era posible sino que, ó se le antojaba, ó que lo había 
soñado, dixo: “A cuerpo de Dios yo rebuznaré, pues tantos me hacen 
asno, y juro á Dios que ni lo soñé ni se me antojó, ni aun estaba 
borracho; que días ha hartos que no he probado gota de vino, y sí 
Cortés no diere sobre nosotros antes que amanezca, yo quedaré por lo 
que vosotros decís." Con todo esto no lo cre^xron, ó, á lo menos, no Ib’ 
quisieron creer. 


CAPITULO LXXXIII 

CÓMO CORTÉS DIÓ MANDAMIENTO Á SANDOVAL PARA PRENDER Á NARVÁEZ 
Y CÓMO ORDENÓ SUS HACES Y LES DIÓ APELLIDO 

Ya que era tiempo de dar sobre los enemigos. Cortés, para justificar 
más su causa y negocio, ante todas cosas, llamando á Gonzalo de 
Sandoval, su Alguacil mayor, le dió mandamiento para prender á Pánfilo 
de Narváez, cuyo tenor era él que sigue: 

“Yo Hernando Cortés, Capitán general é Justicia mayor en esta 
Nueva España por la Majestad del Emperador de los Romanos Carlos 
quinto, Rey de las Españas, elegido y nombrado por los Capitanes, 
caballeros y soldados que debaxo de mi mando é bandera residen, etc. A 
vos, Gonzalo de Sandoval, mi Alguacil mayor: Sabed cómo he sido 
informado que á esta Nueva España ha llegado Pánfilo de Narváez con 
gran exército é gente de armas, caballos, artillería é municiones; y sin 
darme aviso de la causa de su venida, como era obligado, siendo, como 
todos somos, vasallos de un Rey, ha comenzado á entrar de guerra por 
la tierra, que yo tenía pacífica, y la ha alterado y ha publicado muchas 







LIBRO CUARTO.—CAP, LXXXIII 437 

cosas de que los naturales desta tierra se han alborotado, y ha hecho 
.gran deservicio á Dios nuestro Señor y á Su Majestad; é aunque por mi 
parte ha sido requerido muchas veces, como consta por los requerimientos 
que le fueron hechos, que entrase de paz, sin rumor ni alteración, y que 
me diese aviso del poder ó Provisiones que traía de Su Majestad, porque 
yo estaba presto de cumplirlas é obedescerlas, no ha querido mostrármelas 
ni advertirme de cosa alguna, antes siempre ha ido aumentando 
escándalos y alborotos ; ni tampoco, siéndole por mi parte movidos é 
pedidos muchos partidos convenibles é razonables, los ha querido aceptar, 
sino seguir en todo su voluntad é propósito, de que en hacerlo así é 
darle lugar á ello, como dicho es, sería gran deservicio de Dios y de Su 
Majestad, por estorbar, como estorba, la conquista de tan grandes tierras 
é nuevo mundo, tan poblado de gentes subjectas al demonio y tan ricas 
é prósperas para el patrimonio de la Corona real : todo lo cual cesaría 
estorbando al dicho Pánfilo de Narváez lo que ha comenzado. Por 
tanto, atento las causas dichas é otras muchas que á ello me mueven 
bastantísimas, vos mando que con la gente de guerra que os paresciere 
ser nescesaria, vais al real y exército del dicho Pánfilo de Narváez y 
le prended el cuerpo, y preso y á buen recaudo le traed ante mí, para 
que provea sobre ello lo que de justicia convenga; é si el dicho Pánfilo 
de Narváez al tiempo que le queráis prender se os resistiere é hiciere 
fuerte, le matad, que para todo vos doy comisión y poder bastante, cual 
de derecho en tal caso se requiere; é mando á los Capitanes, caballeros 
y soldados de mi gobernación, que para lo susodicho vos den todo el 
favor é ayuda nescesaria; que es fecho, 

Dado este mandamiento, ordenó sus haces en tres escuadras. La 
primera dió al dicho Gonzalo de Sandoval (que era el que, como su 
Alguacil mayor, había de prender á Narv^áez), el cual llevaba hasta sesenta 
caballeros hijosdalgo, tales cuales convenía para tan arduo negocio, 
algunos de los cuales eran Jorge de Alvarado, Gonzalo de Alvarado, su 
hermano, Alonso de Avila, Joan Velázquez de León, Joan de Limpias. 
Joan Núñez Mercado. La segunda dió á Cristóbal de Olid, que era 
maestre de campo, é á Rodrigo Rangel y á Bernardino Vázquez de 
Tapia, que á la sazón era factor del Rey, é [á] Andrés de Tapia, é á Joan 
Jaramillo é á otras personas de valor é calidad. La tercera escuadra tomó 
para sí; los principales que en ella iban eran los dos hermanos Francisco 
Alvarez Chico y Rodrigo Alvarez Chico, hombres de seso y valor, Diego 
de Ordás, Alonso de Grado, Domingo de Alburquerque. Cristóbal Martín 
de Gamboa, Diego Pizarro é otros hijosdalgo, poniendo en cada escuadra 
en el avanguardia é retroguarda los más escogidos. 

Repartió á todas tres escuadras setenta picas, más largas que treinta 
y ocho palmos, con hierros de á xeme, que de encina las había man¬ 
dado hacer, con las cuales, más que con otra anua, hizo la guerra é 
alcanzó la victoria. Dióles apellido “Espíritu Sancto", por consejo y 
parescer de Fray Bartolomé de Olmedo, á quien él mucho amaba y 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


438 

respectaba, porque el Espíritu Sancto los rigese y alumbrase. Mandó 
que los piqueros de la primera escuadra, que llevaba Gonzalo de San- 
doval, entrasen delante al aposento de Narváez, y la otra escuadra fuese 
á la casa del cacique y prendiese á todos los que le velaban, porque Nar¬ 
váez le había mandado velár, por que no se fuese á quexar á Cortés, y 
que cincuenta soldados con un Capitán fuesen á la posada de Joan Juste, 
Alcalde, y le prendiesen con su compañero é con los demás Regidores 
é Oficiales de la república. Mandó á Cristóbal de Olid, porque era hom¬ 
bre muy animoso é de grandes fuerzas, que con la mayor presteza que 
pudiese tomase el artillería é que él con su gente les guardaría las espal¬ 
das á todos para que nadie de los que estaban en los otros alojamientos 
pudiese estorbarles cosa alguna. Iba una escuadra de otra trecho de un 
tiro de piedra, y por esta orden comenzando á caminar, Cortés se paró 
á hablar con Carrasco, con quien pasó lo que se sigue. 


CAPITULO LXXXIV 

CÓMO CORTÉS PREGUNTÓ Á CARRASCO CÓMO ESTABA ORDENADO EL REAL DE 
NARVÁEZ, É CÓ]nO, CREYENDO QUE NO DECÍA LA VERDAD, LE MANDÓ 
GUINDAR, É DE OTRAS COSAS 

Ya que el exército de Cortés comenzaba á marchar, Cortés, que 
había mandado que con el demás fardaje los caballos, porque eran pocos 
y ruines, se quedasen, embrazada una adarga, con una lanza en la mano 
é su espada en la cinta, á pie iba ordenando su exército; llegó adonde 
Carrasco iba, atadas las manos, y mandando hacer alto le dixo: 
"Uompadre, por vuestra vida, que me digáis de qué manera está ordenado 
el real de Narváez; cata que si no me decís la verdad no bastará el 
amistad vieja para dexar de mandaros guindar de dos picas,” Carrasco 
dixo lo que había dicho é que aquello era la verdad é que aunque le 
ahorcase no diría otra cosa. Cortés le replicó: "Pues así queréis vos. 
moriréis”, y él lo dixo burlando é ainas saliera de veras, porque los que 
le llevaban le guindaron de dos picas, que á no arremeter Rangel con 
su caballo, aunque dice el mismo Carrasco que iban otros de á caballo 
con él, y á no trompellarlos, muriera luego allí. Estuvo desto Carrasco 
cuatro ó cinco días tan malo de la garganta que no podía tragar bocado, 
aunque, según después se dirá, se vengó bien del uno dellos que más 
mal le trató. 

Caminando, pues, todos hacia el pueblo, llegaron á un camino que se 
repartía en dos, en el uno de los cuales estaba una cruz, á que todos 
se hincaron de rodillas, y hecha muy devotamente oración. Fray 
Bartolomé de Olmedo los consoló á todos y animó, diciéndoles: 
‘‘Caballeros: El Espíritu Sancto, á quien habéis tomado por vuestro 
apellido, os alumbre, favoresca y dé esfuerzo para que, como soléis.. 





LIBRO CUARTO.—CAP. LXXXV 


4^9 

peleéis valerosamente y salgáis con la victoria, de la cual depende vuestra 
vida, vuestra hacienda, vuestra honra, vuestra libertad, y, lo que más es, 
el servicio de Dios y de Su Majestad; y pues de una hora de trabajo,, 
que espero no será más, ha de prosceder tanto bien y descanso, venda 
cada uno lo más caramente que pudiere su vida, poniéndose á mayores 
cosas; que el que esto hace con esfuerzo y cordura las más veces sale 
con ellas.'" Luego, diclias estas palabras, Hernando Cortés, les dixo: 
“Ea, señores y amigos míos, que ahora es el tiempo en que habéis de 
dar cima al mayor hecho que españoles han emprendido, é de donde, 
si salimos con él, vuestro nombre y fama se extenderá por todo el 
mundo en los siglos venideros."" 

Aquí todos pararon un poco á vestirse los escaupiles, por entrar más 
descansados, é á la pasada de un riachuelo, como Ojeda dice, dexaron 
en goarda de un español tres ó cuatro caballos que llevaban. \a que 
todos estuvieron armados de los escaupiles y otras armas que de nuevo 
tomaron, como leones hambrientos, deseosos de la presa, viendo lo 
mucho que importaba el vencer, en buen paso y concierto, sin bullicio 
alguno para que no fuesen sentidos, se fueron acercando á las casas 
del pueblo, donde Toan Velázquez de León, viendo una lumbre alta, 
dixo á Cortés: '‘Señor, donde está aquella lumbre más levantada es el 
aposento de Narváez."" Cortés le dixo: “Huélgome de que con la lumbre 
nos alumbra, para que no vamos (*) á ciegas."" 


CAPITULO LXXXV 

CÓ'SIO CORTÉS ACOMETIÓ Á NARVÁEZ Y LO ROMPIÓ Y PRENDIÓ, 

Y LO QUE SOBRE ELLO PASÓ 

Xo perdiendo Cortés de vista la lumbre que estaba en el aposento 
de Narváez, mandó á Gonzalo de Sandoval que con la mayor parte 
de los piqueros guiase hacia allá, mandando á los otros Capitanes que 
con su gente (para que á Narváez no acudiese socorro) cercasen las 
tres torres donde estaban los demás; estaban todas cubiertas de paja. 
Sandoval tomó al atambor Canillas por delante, avisándole que no 
tocase hasta que acometiesen. Cortés que andaba sobre todo, entrando 
ya por las casas del pueblo, dixo á las escuadras, especialmente á la que 
había de acometer á Narváez: "Señores, abrios unos por una acera 
y otros por otra, porque el artillería pase de claro sin hacer daño, que 
está asestada contra nosotros."" No se pudo hacer esto tan calladamente 
que no dixesen á Narváez que ya entraba Cortés, el cual [Narváez] se 
vistió una cota y dixo á los que le dieron la nueva: "No tengáis pena, que 
me viene á ver."" Mandó tocar los atabales y dicen que de las otras torres 


(*) ‘'Vamos'* por “vayamos”. 



440 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


ninguno le acudió. En esto hay dos opiniones: la una es que se hicieron 
sordos y que holgaron de que Cortés entrase; la otra es, y más verdadera, 
que no pudieron salir, porque se hallaron cercados, y aunque algunos 
se holgaron dello, muchos, como adelante parescerá, rescibieron pesar. 

Llegando, pues, Gonzalo de Sandoval al principio del alojamiento 
de Narváez, las velas que estaban al pie de la primer escalera que 
entraba al patio, comenzaron á dar voces: "‘¡Arma, arma!, que entra 
Cortés.’’ Sandoval, viendo que era sentido, mandó tocar á su atambor, 
y Cortés á grandes voces comenzó á decir: ‘^¡Cierra, cierra, Espíritu 
Sancto! ¡Espíritu Sancto, é á ellos!” Así subieron por aquella primera 
escalera, y dando en el patio toparon con un cu pequeño, donde estaban 
aposentados unos negros; salió uno dellos al ruido, con una lumbre en la 
mano, y asomándose sobre el andén del cu, le dieron dos ó tres picazos, 
de que cayó muerto abaxo; luego, prosiguiendo adelante, haciéndose peda¬ 
zos los atabales de Narváez y el atambor de Canillas tocando arma, fue¬ 
ron derechos al cu de Narváez, y subidas dél cuatro ó cinco gradas que te¬ 
nía, en el llano hallaron puesta el artillería. Disparó el artillero un tiro y 
mató á dos de los de Cortés; la demás artillería no pudo disparar, por 
la priesa é ímpitu de los de Cortés, ó porque no se pudo dar fuego por 
estar los cebaderos atapados con sebo ó cera con unas tejuelas encima, 
por lo mucho que llovía. Dicen algunos que en lugar de pólvora estaba 
puesta arena, pero si esto fuera así no matara el primer tiro dos hombres, 
como está dicho. Dió luego Cortés con el artillería de las gradas abaxo, 
y pasando adelante, subió cinco ó seis gradas para entrar al aposento 
donde estaba Narváez, y con él hasta cuarenta ó cincuenta hombres, 
todos bien armados. Requirió el Gonzalo de Sandoval á Narváez que 
se diese, porque traía mandamiento de Hernando Cortés, Capitán general 
y Justicia mayor, para prendelle por alborotador de la tierra, é que si 
se defendiese le mataría. 

Mucho burló desto Narváez, y así comenzó á pelear valientemente 
con los que con él estaban; pero como los piqueros de Cortés venían tan 
determinados y las picas eran tan largas y tan gruesas, las lanzas 3 
partesanas de Narváez no pudieron resistir tanto, aunque todavía se 
defendían valerosamente. 

Visto esto por Martín López, que fué el que hizo los bergantines, 
como era alto de cuerpo, tomando un tizón, le pegó á la paja que cubría 
la torre, la cual emprendida con el fuego y humo, hizo salir á Narváez 
y á los que dentro estaban, A este tiempo dieron un picazo á Narváez 
que le quebraron un ojo, hiriéndole malamente. Dicen algunos conquis¬ 
tadores que á esto dió más lugar la traición de un camarero suyo, que 
se llamaba Avilés, que le abrazó por detrás. 

Huyendo del fuego, salió mal herido Diego de Rojas, el Alférez de 
Narváez, que era muy valiente caballero, con la bandera en la mano, y 
dándole á la salida otras heridas, cayendo con la bandera, dixo recio: 
*'¡Oh, válame Nuestra Señora!” Respondióle Cortés: ‘'Ella te valga 







LIBRO CUARTO.—CAP. LXXXVI 


441 


t* ayude’', y no quiso que le acabasen de matar, por que tuviese lugar de 
confesarse, que aun hasta aquel tiempo se mostró Cortés clemente y 
piadoso. 

Fuera ya del aposento Narváez, como estaba tan mal herido, cerró 
con él un soldado que se llamaba Pero Sánchez Farfán, y luego Gonzalo 
de Sandoval le dixo: '‘Sed preso”; y así por aquellas gradas abaxo le 
Hevaron arrastrando hasta echarle prisiones y llevarle al aposento donde 
ya Cortés se había recogido, como el que tenía el juego ya ganado. 

Puesto Narváez delante de Cortés, le dixo: “Señor Cortés: Tened 
en mucho la ventura que hoy habéis habido en tener presa mi persona.” 
Cortés, deshaciéndole su presunción, que hasta aquel tiempo no le faltó, 
le respondió: “Lo menos que yo he hecho en esta tierra es haberos 
prendido”; y sin hacerle ningún mal tratamiento ni decirle palabra que 
le pesase, le mandó poner á recaudo y que ninguno se le descomidiese. 
No le curaron aquella noche por la revuelta que andaba, hasta el otro 
día, como á las diez; invióle luego preso á la Villa Rica, donde le tuvo 
cuatro años. 


CAPITULO LXXXVI 

CÓMO DESPUÉS DE PRESO NARVAEZ, [CORTES] SE MANDÓ PREGONAR POR CA¬ 
PITÁN GENERAL, Y CÓMO ACOMETIÓ CON EL ARTILLERÍA A TRECIENTOS 
DE LOS DE NARVÁEZ QUE NO SE QUERÍAN DAR, Y DE LO QUE UNAS MUJE¬ 
RES DIXERON 

Preso Narváez, rendidas las armas de todos los que con él estaban 
y de los demás que acudieron, Hernando Cortés, con pífaro y atambor 
se mandó pregonar en nombre de Su Majestad por Capitán general y 
Justicia mayor de todo el exército, así de los de Narváez como de los 
suyos. El pregón decía: 

“Yo, Hernando Cortés, Capitán general é Justicia mayor en esta 
Nueva España por la Majestad del Emperador de los Romanos Carlos 
quinto, Rey de las Españas, elegido y nombrado por los Capitanes, caba¬ 
lleros y soldados que debaxo de mi bandera militan, etc. A todos los Ca¬ 
pitanes, caballeros y soldados del exército que hasta ahora ha sido del 
exército de Narváez, generalmente, é á cada uno en particular: Os hago 
saber cómo el dicho Pánfilo de Narváez, por mi mandamiento, está preso 
por causas bastantes que á ello me movieron, é mayormente porque ni 
servicio de Dios y de Su Majestad no convenía que en este nuevo mundo 
hubiese dos Generales discordes; atento á lo cual, vos mando, de parte 
de Su Majestad é de la mía requiero, que luego como á vuestra noticia 
llegue esta voz y mando, vengáis y parezcáis ante mí á jurarme é 
rescebirme por vuestro Capitán general, lo cual así haced y cumplid, 
como dicho es, so pena de la vida y de perdimiento de bienes al que 
lo contrario hiciere.” 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


442 

Dado este pregón, muchos, de su voluntad, y otros porque no pudieron 
hacer más, juraron á Cortés por Capitán general é Justicia mayor. En 
el entretanto que esto se hacía, los de Cortés andaban derramados por 
el real, robando á los vencidos lo que podían, é trecientos de los de 
Xarváez se hicieron fuertes en un cu que decían de Nuestra Señera, á 
los cuales dixo Carrasco, el espía: ''Señores, ahora es tiempo de dar 
sobre Cortés, porque los que le han jurado están sin armas y los suyos 
andan derramados robando las tiendas é alojamientos. Vosotros todos 
estáis bien adereszados y sin dubda haréis lo que quisiérdes.” No paresció 
mal esto á muchos de los que en el cu estaban, pero como no tenían 
cabeza é cada uno lo quería ser y entre ellos había algunos que eran 
aficionados á Cortés, no se hizo nada, mas de cuanto se estuvieron quedos 
hasta que viniese el día, y estonces viesen con la claridad lo que más les 
convenía hacer. Fué á ellos Cristóbal de Olid, de parte de Cortés, á 
rogarles é requerirles que hiciesen lo que los demás habían hecho y que 
Cortés lo haría con ellos harto mejor que lo hiciera Xarváez si 
venciera. Los más dellos le respondieron desabridamente, apellidando 
'‘Diego Velázquez é Pánfilo de X^arváez: Diego Wlázquez nuestro 
Gobernador, y X'arváez nuestro General por Su IMajestad. ¡Viva el 
Rey!^^ 

Cristóbal de Olid, acabada la grita, les tornó á decir: "AVsotros 
haréis por fuerza lo que no queréis de grado, y así después se os 
agradescerá mal lo que hiciérdes.” "No vendrá ese tiempo'', replicaron 
ellos. En el entretanto que Cristóbal de Olid volvió á do Cortés estaba. 
Carrasco tornó á decir á los compañeros: "\^amos, pues hay hartos 
caballos, á do Cortés dexó el fardaje y el oro y plata que consigo traía; 
tomallo hemos todo, porque yo sé dónde está y no tiene defensa, y 
embarquémonos con ello y vamos á Cuba á dar noticia á Diego Wlázquez 
de lo que pasó. Nfosotros iremos ricos y darle hemos parte de lo que 
lleváremos, para que pueda descansadamente hacer otra armada y 
vengarse de Cortés." 

También, aunque paresció bien esto, por la variedad de los paresceres 
y por los inconvenientes que algunos pusieron, se dexó de intentar. 
Carrasco solo se fué adonde el fardaje estaba, donde no había otra 
guarda sino Marina, la lengua, y Joan de Ortega, paje de Cortés. Tomó 
un caballo é una lanza é no osó llegar á otra cosa hasta ver en qué 
paraban los negocios. Cabalgó y volvió á la gente, la cual halló toda 
junta como la había dexado. aunque á unos dellos alegres y á otros 
tristes. 

Cortés, que deseaba tener .su negocio concluso, antes que amanesciese 
mandó llevar el artillería de X^arváez á la parte do estaban los que 
no se querían rendir, é asestada contra ellos, dixo al oído á ]^Iesa, 
artillero mayor, que disparase un tiro é que fuese por alto, para espantar 
y no matar, diciéndoles Cristóbal de Olid: "¡Ea, caballeros, daos, que 
mejor es que no morir!" Ellos respondieron: “¡Viva el Rey é Diego 








LiriRO CUARTO.—CAP. LXXXVII 44*3 

\"elázquez Visto que no aprovechaba el buen consejo y amenazas, eno¬ 
jado Cortés, dixo: “Ea, pues, artillero mayor, pues no quieren hacer el 
deber, haceldes todo mal.’' Asestó luego Mesa un tiro y disparólo; mató 
dos hombres; disparó luego otro y llevó los muslos á un soldado é hizo 
daño á otros que cabo él estaban. Viendo el pleito que andaba de mal arte 
y que les era nescesario rendirse ó morir, aunque había algunos muy 
obstinados, determinaron de decir: “;Viva el Rey é Hernando Cortés, 
nuestro Capitán general é Justicia mayor!”, repitiendo luego el apellido 
cortesiano ^'Espíritu Sancto, Espíritu Sancto”. Baxaron por la escalera 
del cu, entregaron las armas á Cortés; é otros que quedaron arriba 
tiraban ballestas y escopetas, renovando la guerra. Todo andaba confuso, 
no se entendían con las voces é ruido del artillería, hasta que finalmente, 
después que los más entregaron las armas, los otros, ya cansados y que 
les faltaba la munición, hicieron lo que los primeros. Recogidas todas 
las armas, mandó Cortés á Alonso de Ojeda y á Joan Márquez, como 
á hombres de secreto y confianza que, sin que persona otra los sintiese, 
escondiesen todas las armas en un silo, para darlas después, cuando 
fuesen menester, á sus dueños, ó repartidas como le paresciese. Ya, 
cuando esto se había hecho, comenzaba á quebrar el alba, y unas mujeres, 
que la una se decía Francisca de Ordaz y la otra Beatriz de Ordaz, 
hermanas ó parientas, asomándose á una ventana, sabiendo que Narváez 
estaba preso y los suyos rendidos é sin armas, á grandes voces dixeron : 
‘"¡ Bellacos, dominicos, cobardes, apocados, que más habíades de traer 
ruecas que espadas; buena cuenta habéis dado de vosotros; para esta 
cruz, que hemos de dar nuestros cuerpos delante de vosotros á los 
criados déstos que os han vencido, y mal hayan las mujeres que vinieron 
con tales hombres!” Los caballeros de Cortés las apaciguaron y dixeron 
que la justicia y ardid de los de Cortés habían dado la victoria y que 
110 era nuevo en el mundo pocos vencer á muchos con maña y con razón. 
Ellas, aunque no les faltó qué responder, acabándose de vestir, fueron 
á besar las manos á Hernando Cortés; dixéronle palabras de más que 
mujeres, alabándole el valor, esfuerzo y prudencia con que había tractado 
aquellos negocios. 


CAPITULO LXXXVII 

CÓMO DESPUÉS DE AMAXESCIDO, CORTES HIZO ALARDE DE LOS SUYOS É 
CUÁNTOS MURIERON, É LO QUE AL JURAR CORTES PASÓ CON CARIL\SCO, 
Y LO QUE CUIDELA EL NEGRO DIXO 

Poco antes que amanesciese, los demás que quedaban juraron a 
Cortés por su Capitán general é Justicia mayor, según é como se había 
pregonado; llegó el postrero de todos, ya que ninguno había que no 
hobiese entregado las armas y caballo, Gonzalo Carrasco, el cual, como 


444 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


venía en el caballo que había tomado en el fardaje, Cortés le dixo: 
^'Compadre, ese caballo es mío, apeaos áé\” Carrasco le respondió que 
no sabía si era suyo, y que á él le habían llevado el que tenía y que 
tendría aquel hasta que le volviesen el suyo. Cortés, sonriéndose, le 
dixo: “Apeaos ahora, compadre, que después yo os haré volver vuestro 
caballo con lo demás/' Apeado, le dixo que le jurase como todos los 
demás habían hecho. Carrasco, ó porque estaba muy confiado del 
Gompadrasgo que con Cortés tenía, ó porque era muy de Diego Velázquez 
y> le pesaba grandemente de lo subcedido, respondió que le mandase otra 
cosa, pero que juramento no lo haría. Cortés, estonces, enojado, le 
mandó prender y echar un pierde-amigo, donde estuvo tres días hasta 
que de su voluntad vino á hacer lo que todos los demás habían hecho. 
Venido el día, apoderado Cortés en la pólvora, artillería, armas y caballos 
Y rescebido de los de Narváez por Capitán general, pedido el testimonio 
dello, hizo alarde de su gente, para ver los que faltaban. Haciéndose el 
alarde vieron que no eran más de docientos y cincuenta hombres y qu£ 
no parescía el exército grande de indios taxcaltecas, que los de Narváez 
creyeron estar en guarda y defensa de los cortesianos, y los vieron con 
solas sesenta picas, sin coseletes, sin cabaHos, con muy pocas cofas, pocas 
lanzas, pocas ballestas, las espadas maltractadas, solamente armados de 
unos escaupiles á manera de sayos. Quedaron muy corridos y afrentados, 
y los más dellos, que eran hombres de suerte, se pelaban las barbas, 
diciendo: “¿Cómo ha sido esto, que estos hombres, siendo tan pocos, 
con sus albardillas nos hayan puesto debaxo de su yugo? Mal haya 
Narváez, que tan buena maña se ha dado." Cortés entendió este dolor 
y pesar : recatóse de que no supiesen dónde estaban las armas, y los 
caballos diólos á los suyos, hasta que poco á poco fué diciendo tan 
buenas palabras á los de Narváez é hacerles tan buenas obras, que vino 
á asegurarlos, aunque por estonces él no estuvo seguro, temiéndose que, 
como eran muchos y gente de presunción, no le hiciesen alguna gresgeta. 

De los suyos se halló que no habían muerto más de los dos que había 
muerto el tiro y otro herido; de los de Narváez fueron once los muertos 
y dellos dos de los que de Cortés se habían pasado á Narváez; hubo 
algunos heridos. Dice Carrasco y otros,conquistadores que de los que se 
presumió que habían hecho traición á Narváez escaparon pocos ó ninguno 
cuando después con Hernando Cortés salieron huyendo de Aléxico. 

Estando todo en este punto, Guidela, negro, hombre gracioso, aplau¬ 
diendo y lisonjeando á Cortés, como hacen los tales en semejante 
tiempo con los vencedores, riéndose muy de propósito y dando palmadas, 
se vino á do Cortés estaba. Díxole: “Estéis norabuena, Hernando Cortés, 
merescido Capitán nue.stro: buena maña os habéis dado con aquesos 
enalbardados: bien os ha dicho la suerte; dad gracias á Dios que si 
fuérades vencido como sois vencedor, no sé cómo os fuera, ni aun si 
os trataran como habéis tratado á los vencidos. A fee que sois hombre 
-de bien é que no en balde acá y en Cuba decían que sabíades mucho; y 







LIBRO CUARTO. —CAP. LXXXVIII 


^43 

por que veáis que no sólo vos sois el que lo sabéis todo, os diré lo que 
hice cuando á media noche acometistes con tanta furia, diciendo : 
“¡Cierra, cierra!”, con vuestras palas de horno. Eché á huir, diciendo: 
“No sacaréis pan de mi horno”, y no como el otro majadero de mi color, 
que quiso volar sin tener alas; subíme sobre un árbol, el más alto 
que hallé y más acopado, en el cual he estado toda esta noche como 
cuervo, y no grasnaba porque [á] alguno de los vuestros no se le antojase 
cazar á la media noche; estábame el corazón haciendo tifi, tafe, y, 
finalmente, estaba esperando cuál habrá de ser el más ruin ; pero como 
os vi acometer con tanto esfuerzo, dixe: “Este es un gallo”, y ha sido 
asi, y no es bien que en un muladar cante más de un gallo.” 

Cortés se holgó con el chocarrero, dióle una rica corona de oro que 
(según dice Ojeda) pesaba más de seiscientos pesos. El negro se la 
puso, bailó un rato, dixo muchas cosas, y entre otras: “Capitán: Tan 
bien habéis hecho la guerra con esto como con vuestro esfuerzo y 
valentía; si me echáredes en cadenas sean déstas, que á fee que á los 
que echáredes en ellas no se suelten tan presto.” 


CAPITULO LXXXVIII 

CÓMO EL SEÑOR DE CEMPOALA CON TODOS LOS PRINCIPALES QUE A LA 
MIRA HABÍAN ESTADO DIERON A CORTÉS LA NORABUENA DE LA VICTORIA 
Y DE CÓMO LA HIZO SABER A MOTEZUMA POR PINTURA 

Después que todos, así los de Cortés como los de Narváez, hobieron 
reposado dos ó tres horas de la mala noche pasada, aunque Cortés por 
aquel poco de tiempo no se descuidó con las guardas que tenía, de mirar 
por sí é por los suyos, vino el señor de Cempoala con todos los demás 
principales, cargados de guirnaldas é rosas y ramilletes. Entraron donde 
Cortés estaba, y después de haberle echado collares de rosas á los 
hombros y puesto guirnaldas en la cabeza y dado ramilletes en las 
manos, dieron de lo mismo á los otros Capitanes é personas principales 
que conoscían, y luego, con grandes muestras de alegría, aunque no 
para Motezuma y los mexicanos, haciendo primero muchas cerimonias 
de comedimientos y reverencias, dixo á Cortés: “Gran señor, muy 
valiente y muy esforzado Capitán: No puede ser sino que tú eres, como 
todos lo tenemos creído, hijo del sol, á quien -nosotros adoramos por 
nuestro principal dios, porque nos calienta, alumbra y mantiene, haciendo 
que la tierra lleve fructo y los hombres nascan y las demás criapturas 
sean producidas. Muy favorescido debes ser de tu Dios, pues de día 
y de noche peleas y eres siempre victorioso. ¡Quién pensara que contra 
tantos y más bien armados barbudos, tan bien como los tuyos, fueras 
tan poderoso que sin ayuda otra en tres horas de la noche, los hayas 
vencido y subjectado y á nosotros vengado de las injurias y agravios que 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


^46 

ellos y su Capitán (como te invié á decir) nos hacían! Verdaderamente 
paresce que traes la victoria en tu mano, y que nasciste para ser señor 
de los tuyos y de los nuestros. Tu Dios, en que crees, te ayude siempre 
y favoresca, y nosotros te suplicamos te sirvas de nosotros como de es¬ 
clavos en tu casa, y si ríie quieres hacer merced, pásate luego á otras 
casas que tengo muy principales y allí te huelga, porque te queremos 
servir mejor que nunca.” 

Cortés le abrazó muy amorosamente y lo mismo hizo á los otros 
principales; dió al señor unas joyuelas de Castilla, que él tuvo en mucho. 
Díxole: “Señor y amigo mío: Más contento rescibo la victoria que 
mi Dios me ha dado, por tu causa, que por la mía, porque me pesaba 
mucho verte afligido y que te quexases de Narváez, habiéndote yo 
hecho siempre buenas obras. De aquí adelante podrás estar seguro que 
nadie te enojará; yo soy tu amigo y muy servidor del gran señor 
Motezuma; hazle saber cuanto ha pasado y dile cuánto le amo y suplícale 
mucho tenga gran cuenta con Pedro de Alvarado y con los demás 
cristianos que con él dexé, como me lo prometió cuando dél me despedí. 
En lo demás yo haré lo que me ruegas y rescibo merced de pasarme 
á esa casa y lo haré luego. En el entretanto, con dos cristianos déstos 
vaya alguna gente tuya á traer el fardaje é tiros que dexé anoche cerca 
del pueblo, en una quebrada.” El señor puso luego por obra lo que 
Cortés mandó, y lo más presto que pudo hizo pintar en un lienzo la 
victoria que Cortés había alcanzado contra Narváez, pintando á los 
suyos en cuerpo, sin armas algunas, con varicas en las manos é apode¬ 
rados en los caballos é artillería de los de Narváez, los nuestros de la 
una parte, y de la otra á Narváez, herido en el ojo y aprisionado, é 
todas las demás particularidades que pudo. Invió esta pintura con indios 
que vieron parte dello ó lo más, y no la invió por darle contento, que 
bien sabía el corazón y pecho de su señor y de los mexicanos, sino por 
advertirle tratase bien á Pedro de Alvarado é á los demás españoles, 
porque estaba muy pujante y muy victorioso Cortés, para que excusase 
que, volviendo, no le hiciese algún desabrimiento. 

CAPITULO LXXXIX 

CÓMO CORTÉS SE PASÓ Á LAS CASAS DE DOÑA CATALINA V DE LOS REGALOS 
QUE LE HICIERON, Y CÓMO ESTANDO ALLÍ VINIERON OCHO MILL HOMBRES 
DE GUERRA CHINaNTEC.\S CON EL CAPITAN BARRIENTOS, Y DE CÓMO 
INVIÓ Á DIEGO DE ORDÁS CON TRECIENTOS ESPAÑOLES Á GUAZAQUALCO 

Había el señor de Cempoala, cuando Cortés vino la primera vez á 
aquella ciudad, dádole á su rito y costumbre, como por mujer, una señora 
de las más principales, á la cual llamaron Doña Catalina, y así había dado 
Otras á Puertocarrero, Pedro de Alvarado, Alonso de Avila, Gonzalo 
de Sandoval y á otros caballeros principales, á las cuales cada uno puso 





LIBRO CUARTO.— CAP. LXXXTX 


447 

-d nombre que le paresció. Esta Doña Catalina era la más principal y 
más rica, y como á casa de su mujer se pasó Cortés, donde mudó ci 
artilleria, y de secreto, bien de noche, se metieron las más de las armas, 
y porque era casa fuerte, á un aposento della traxeron á Narváez y á 
algunos otros de quien Cortés se recelaba, por lo cual, de noche y de 
día se velaba, tanto que algunas velas dormían debaxc de los tiros, los 
cuales estaban asestados á la boca del patio, por donde se podía temer 
la entrada. La Doña Catalina con las otras señoras, mancebas de los 
otros caballeros y mujeres, á su parescer, porque así también lo creía 
el señor de Cempoala, hacían grandes regalos á Cortés y cada una al 
suyo, aunque los demás españoles lo pasaban mal, á causa de que eran 
muchos y los indios para provechos pocos, que los más se habían huido 
por los malos tratamientos que, como dixe, Narváez le había hecho, 
y no habían vuelto, aunque después que fueron certificados de la vic¬ 
toria de Cortés, que grande contento les iba dando, por lo cual, aunque 
muy poco á poco, comenzaron á venir. 

Había todas las mañanas fiesta en la casa de Doña Catalina, y 
aunque Cortés estaba en este regalo, tomando, como dicen, el día bueno 
para pasar después el malo, trabajaba con el entendimiento, buscando 
medios cómo no estar siempre la barba sobre el hombro, dando trazas 
cómo pudiese no recatarse de tantos que, aunque le habían jurado, tenían 
el corazón en Diego Velázquez. 

Estando, pues, entre el contento y cuidado, vínole nueva cómo otro 
día serían allí ocho mili hombres chinantecas, todos bien adereszado.s, de 
arcos, lanzas, macanas y rodelas, los cuales venían con un caballero que 
se decia Barrientos. Holgóse mucho Cortés, por verse acompañado de 
aquella gente, aunque eran indios, y así, cuando llegaron los rescibió 
muy bien y determinó luego, para dividir los españoles, hacer General 
de trecientos dellos, los más de Narváez, y los otros suyos, á Diego de 
Ordás, persona principal y de esfuerzo y consejo en la guerra, para que 
^con ellos conquistase y ganase los pueblos que caían en la provincia de 
Gnazaqualco, y para esto, llamando los principales que iban por Capitanes 
y á los Alférez y sargentos, volviéndoles sus armas y caballos, les dixo : 
“Señores: Ya es otro tiempo del de los días pasados; no os he vuelto 
las anuas y caballos hasta poneros en negocio que seáis muy aprove¬ 
chados; la fidelidad y amor que tuvistes á Narváez, no conosciendo en 
él manera para aprovecharos, esa quiero que me tengáis, pues os procuro 
todo vuestro provecho; invíoos con Diego de Ordás á conquistar y ganar 
los pueblos y provincia de Gnazaqualco, donde espero en Dios que os 
adelantaréis mucho. Conviene hacer esto, fuera de lo que en ello ganáis, 
por evitar la hambre que, por ser muchos en este pueblo, padescemos.” 
Fuese con ellos Barrientos con los chinantecas, y ellos, rescibiendo á 
Diego de Ordás por su General, por mandado de Cortés, prometieron 


(^) “aunque” por “aun”. 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


448 

de hacer el deber, como por la obra lo vería, diciendo que debían la 
vida á quien tanta merced en todo les hacía. Tocaron sus atambores, 
hicieron su reseña, tendieron las banderas, cada Capitán con la letra 
que le paresció, ya que todo estaba á punto para salir. Otros dicen que 
andadas dos jornadas, yendo por Alguacil mayor del campo el duro y 
pertinaz Carrasco, aunque compadre de Cortés, y determinado de 
partirse con la demás gente Cortés para México, se estorbó el negocio 
por la novedad que de Aíéxico se supo. 

CAPITULO XC 

DEL RECAUDO QUE CORTÉS MANDÓ PONER EN LOS NAVÍOS Y HACIENDA DE 
DIEGO VELÁZOUEZ, Y DE CUÁN CARO COSTÓ LA VENIDA A PANFILO DE 
NARVÁEZ Y Á LOS INDIOS DE CEMPOALA Y SU COMARCA 

Habida esta tan señalada victoria, que pocas veces se ha visto, de 
tan pocos contra tantos, especialmente siendo todos de una nación, no 
se contentó Cortés con no decir á Narváez palabra que le desabriese, 
habiendo él oído tantas suyas, antes, añidiendo virtud á virtud, no. 
solamente permitió que Pedro de Maluenda, mayordomo de Di^o 
Velázquez recogiese y guardase los navios y la ropa y hacienda de Diego 
Á'^elázquez y Narváez y suya, pero puso persona de confianza que á 
ello asistiese y diese calor, para que ninguno de los vencedores hiciese 
agravio y para que Diego Velázquez entendiese que él hacía en todo la 
razón y que no pretendía la hacienda ajena, sino defender la suya, y 
así lo dixo á Maluenda, á quien aun dió de lo suyo, porque procuró siem¬ 
pre que aun sus enemigos rescibiesen dél buenas obras. 

Muy diferente subceso fué éste del que Diego Velázquez esperaba, 
porque habiendo Narváez inviádole preso al Licenciado Ayllón, porque 
estorbaba el rompimiento, sacando por la lista la toca, esperaba que otro 
día le traerían preso á Hernando Cortés. Tornósele este pensamiento y 
esperanza tan al revés que, sabida después esta victoria, nunca más alzó 
cabeza hasta que murió; perdió asimismo lo que gastó ó lo más dello 
en esta segunda flota, porque en la primera mucho más puso Hernando 
Cortés, y lo que Diego Velázquez había inviado era para rescate. 

Costó esta victoria la honra á Narváez y un ojo que perdió y once ó 
(según otros dicen) diez y seis hombres que murieron, y entró con tan mal 
pie, que de su desgracia cupo muy gran parte á los indios, porque 
saltando su gente en tierra, un negro que venía con viruelas las pegó 
á un indio, y como el pueblo era muy grande y muy poblado y las 
casas son pequeñas y suelen muchos vivir juntos, de uno en otro fué 
cundiendo tanto este mal, que como ellos en salud y enfermedad tienen 
de costumbre bañarse y esto fuese tan dañoso con las viruelas, murieron 
muy muchos, y los que vivieron quedaron tullidos, y los que siendo 
avisados que no se lavasen se rascaron los rostros y manos, quedaron 







LIBRO CUARTO. -CAP. XCI 


449 


muy feos por los muchos y grandes hoyos que después de sanos Ies 
quedaron. Deste mal les subcedió otro, porque nunca una gran desgracia 
viene sin compañera, y fué la hambre, porque como las más de las 
mujeres, que son las panaderas (que con una piedra muelen y amasan 
su trigo) estaban viriolentas, no podían amasar, y así los sanos como 
los enfermos vinieron, por el tiempo que la enfermedad duró, á padescer 
gran hambre é aun á morir algunos della, de la cual, como suele, se 
siguiera presto pestilencia, si las viruelas no se acabaran, y aunque 
cesara la hambre, el hedor de los cuerpos muertos, porque no los en¬ 
terraban, inficcionó tanto el aire, que se temió gran pestilencia si el aire 
que corría recio no llevara los malos vapores fuera del pueblo. Llamaron 
los indios á esta enfermedad güeyzaual, que quiere decir la “gran lepra”, 
de la cual, como de cosa muy señalada, comenzaron después á contar 
sus años, como en Castilla el año de veinte é uno. Paresce que en esto 
se esquitaron los españoles por las bubas que de los indios rescibieron, 
á las cuales, por esto, llamaron la enfermedad de las Indias. 


CAPITULO XCI 

CÓMO LOS MEXICANOS SE LEVANTARON CONTRA PEDRO DE ALVARADO 
Y LO QUE SOBRE ELLO HERNANDO CORTÉS HIZO 

En el entretanto que esto pasaba, Motezuma y los mexicanos, que 
estaban indignados con las cosas que de Cortés y de los suyos Narváez 
había inviado á decir, se amotinaron con tan gran furia y con tan gran 
copia de gente, que en los pueblos comarcanos casi no quedó ninguna 
que no fuese en dar combate á la casa donde Pedro de Alvarado 
quedaba guardando á Motezuma. Quemaron, ante todas cosas, para 
quitar el refugio á los españoles, las cuatro fustas que estaban en la 
laguna, derribaron un lienzo de la casa, que con gran dificultad y 
trabajo los españoles reedificaron; minaron otros, pusieron fuego á 
las municiones, levantaron las puentes, quitaron los mantenimientos, 
y finalmente, en la prosecución de los combates, mataron á Peña, el muy 
privado de Motezmna, no guardando la cara á la voluntad y amor que 
su señor le tenía. Defendíanse los españoles como tales, mataron muchos 
indios; pero como ellos eran tan sin cuento y el combate era tan furioso, 
los que se defendían, aunque fueran de acero, faltaran, si Motezuma, 
con miedo que Pedro de Alvarado le mataría, algunas veces no hiciera 
señal de paz. Refrenábanse con esto algún tanto los mexicanos, dando 
algún vado á los encerrados, que de noche ni de día dormían, pero lo 
que los mexicanos cesaban, aumentaban de furor cuando tornaban á 
acometer. 

Estas nuevas, porque sepamos que en las cosas humanas no hay 
contento que no venga muy aguado, supo Cortés, estando con la mayor 
alegría que jamás estuvo é con la mayor victoria, que de tantos á tantos. 

39 


CRÓNICA DE LA NUEVA IlSPAÑA 


43o 

jamás Capitán alcanzó. Sintiólas mucho porque, aunque de primero 
se las habian dicho indios, no las creyó, hasta que inviando á México 
un español á Motezuma con la nueva de su victoria, en lugar de albricias, 
volvió con muchos flechazos y heridas, trayendo por nueva cómo 
el fuego estaba muy encendido y que no solamente los mexicanos habían 
muerto á Peña, pero á otros dos españoles que se decían Juan ^íartín 
Narices y un Fulano de Valdivia, y que Don Pedro de Alvarado, á gran 
instancia, pedía socorro é ayuda, é que si la dilataba perescerian todos, 
é que Motezuma, por lo que le tocaba de no morir, había algunas veces 
aplacado á los suyos, y que él y ellos se habían levantado por entender 
que Cortés no podía vencer á Narváez, por venir con tan pujante exército, 
tan bien armado é con tantos caballos y artillería. 

Cortés, entendido esto, determinó de poner remedio luego en ello, 
y así, dexando asentada la Villa Rica cerca de la mar y poniendo en 
ella su Teniente, con la guarnición que era nescesaria para su defensa y 
guarda de Narváez, con el cual, de los más delincuentes y bulliciosos y 
que menos se esperaba podellos reconciliar, dexó algunos presos, 
escribiendo luego á Diego de Ordás, que iba una jornada ó dos de allí 
con su gente, viniese á toda furia; lo mismo escribió á Joan \>lázquez 
de León, qufí también había inviado á otra parte. Mandó de secreto 
á Alonso de Ojeda y Joan Márquez, su compañero, que sacasen las demás 
armas que erdaban guardadas y no se habian dado á sus dueños, y 
cuando todos estuvieron justos y las armas en su aposento, asi á los 
suyos como á los de Narváez, les hizo la plática siguiente: 

CAPITULO XCII 

DE LA PLÁTICA QUE CORTÉS HIZO Á TODOS LOS DEL EXERCITO, QUERIENDO 

PARTIRSE EN SOCORRO DE ALVARADO Y CÓMO VOLVIÓ LAS ARMAS, V 

LO QUE LE RESPONDIERON 

Ya que los que habían ido fuera se juntaron, llamando Cortés á 
todos los demás, así suyos como á los demás á quien no había vuelto 
las armas, rogándoles que estuviesen atentos, por lo mucho que en ello 
les iba, les dixo así: 

‘'Porque en esta junta donde todos os halláis sin faltar ninguno hay 
tres diferencias de personas: unos venistes comigo é seguístcme hasta 
la hora presente; otros fuistes de los de Narváez, vista la) razón que 
tenía, me habéis jurado por vuestro Capitán general é Justicia mayor, 
é por esto os volví luego vuestras armas é puse en nuevos descubrimien ¬ 
tos ; los otros, que habéis estado más obstinados, durándoos todavía la 
ceguedad con que Narváez se perdió, no confiándome por esto de 
vosotros no os he vuelto las armas, pero ya que sabéis que no haj; 
navios en que os vais ni armas con que peleéis ni aun Capitán que os 
acaudille y advierta de lo que debéis de hacer, como yo lo haré á quien 







LTIIRO CUARTO.— CAP. XCJI 4^)1 

ya habcis jurado: Sabed que pensando Motezunia y los suyos, según 
lo que Narváez de mi le invió á decir y según la pujanza con que venía, 
<]ue ninguno de los míos quedaría con la vida, determinó, para que de 
los enemigos tuviese menos, hacer guerra de noche y de día, á fuego 
y á sangre, á Pedro de Aivarado y á los de su compañía, que en guarda 
de Motezuma dexé. Hanle muerto tres españoles, aunque él ha muerto 
muchos indios; contraminanle la casa, está puesto en gran peligro y 
aprieto, y si con mucha brevedad no le socorremos no quedará hombre 
dellos, y el poder mexicano, que es muy grande, revolverá sobre nosotros, 
y así perderemos el más insigne y más rico pueblo del mundo, donde 
cada uno de vosotros será señor y dexará hacienda, honra y gloria á 
sus descendientes. Por tanto, ayudémonos todos; quered lo que yo 
quisiere, que es vuestro adelantamiento y honra; ca si estamos unánimes 
no hay poder en todo este nuevo mundo que nos contraste, y á vosotros, 
señores, que hasta ahora habéis estado algo pertinaces, vuelvo vuestras 
armas y entrego mi corazón y os empeño mi palabra de en todas las 
buenas andanzas haceros iguales con los que más me han amado y más 
me han seguido, porque espero que adelante habéis de hacer tanto que 
merescáis el premio que los más aventajados. Esto mismo quieren y 
desean que hagáis vuestros compañeros y también lo desean los míos. 
Por que veáis cuánto os conviene hacer lo que os ruego, tomad muy 
enhorabuena vuestras armas, y Dios os haga tan venturosos en ellas que 
Motezuma y los mexicanos entiendan el gran valor de vuestras personas, 
y ellas para los siglos venideros queden tan memoradas cuanto confio 
merescerán vuestros hazañosos hechos. Partamos de aquí con toda la 
brevedad que pudiéremos, socorramos á nuestra carne y sangre, no 
permitamos que cristianos amigos é deudos nuestros mueran á manos 
(le gente infiel y bárbara é que sean cruelmente sacrificados al demonio, 
á quien tenemos por principal enemigo y á quien venimos á desterrar 
cleste nuevo mundo, y si ni vuestra honra, ni vuestra gloria, ni vuestro 
provecho ni, lo que más es, tan gran servicio de Dios, no os mueven á 
quererme é seguirme, nunca Dios quiera que yo fuerce vuestro querer 
ni quiera más de lo que quisiérdes. Con vuestras armas os dexo en 
vuestra libertad; id donde quisiérdes, que no podréis buscar ventura 
mayor que la que yo os daré como el que la ha hallado en la gran ciudad 
de México, y primero que me respondáis, vos Alonso de Ojeda }• vos 
Joan Márquez dad á cada uno sus armas.” 

No hubo Cortés acabado de mandar esto cuando todos con muv 
gran alegría, llamándole su Capitán y señor, rescibieron sus armas 
ofresciéndole sus vidas y personas, diciendo que sin él no podían hallar 
la ventura y prosperidad que procuraban. Abrazó Cortés á los principales 
dellos, honrólos y dióles cargos, y desta manera fueron tan amigos como 
cuando lo eran de Narváez. Estando, pues, todos de un corazón y de uná 
voluntad para el socorro y favor de los que en México habían quedado, 
Cortés se aprestó para la partida en la manera siguiente. 


452 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO XCIII 

CÓMO CORTÉS SE APRESTÓ PARA SU PARTIDA V DE LO QUE EN ELLA HIZO 

Otro día de mañana, después de hecho este razonamiento^ Cortés 
hizo reseña de su exército y ordenó sus haces, dando los oficios y cargos 
que faltaban para hacer su camino. Dexó en Cempoala su recámara, 
para que despacio fuese con los enfermos que había; dexó, para que 
fuesen en su guarda, treinta ó cuarenta soldados, los principales dellos 
eran Juan Juste y Alonso Rascón ; y llegados que fueron los tamemes. 
oída misa, en son de guerra, acompañándole hasta una legua del pueblo* 
el señor de Cempoala con los demás principales, llegó aquella noche á 
un pueblo que hoy llaman La Rinconada. Otro día, partiendo de allí de 
mañana, anduvo siete leguas; asentó su real en un llano, cerca del 
camino, que hasta ahora en la Nueva España no se ha visto tan grande 
exército, porque iban en él más de mili y cient españoles con gran 
multitud de indios que los acompañaban y servían. Luego que los indios., 
que á los lados del camino tenían sus pueblos, supieron que Cortés había 
asentado en aquel llano, acudieron con mucha comida de aves, fructas y 
tamales; vinieron los caciques con guirlandas y flores; dieron la bien¬ 
venida á Cortés; rescibiólos él graciosamente; proveyéronle muy largo 
de lo que era menester hasta entrar en la provincia de Taxcala; é porque 
todo el exército no podía ir junto, á causa de que unos se cansaban más 
que otros, mandó Cortés á Alonso de Ojeda y á Joan Márquez, su 
compañero, se adelantasen y entrasen en Taxcala, para saber nuevas de 
Pedro de Alvarado é para recoger comida para los que atrás quedaban. 
Anduvieron aquel día hasta la media noche veinte leguas; llegaron á las 
primeras casas de Taxcala, que no se podían tener de cansados, donde 
reposando lo que de la noche quedaba, luego de mañana entraron en 
Taxcala, donde los rescibieron con muy alegres rostros los señores de 
la provincia. Preguntáronle por el gran señor Cortés, informáronse de 
la gran victoria que contra Narváez había tenido, maravilláronse y 
holgáronse mucho della, y más cuando supieron que tantos españoles 
venían, para que Motezuma, su enemigo, pagase la traición que había 
hecho y fuesen libres los españoles que en ^léxico habían quedado. 

CAPITULO XCIV 

DE LO QUE ALONSO DE OJEDA V JOAN MARQUEZ HICIERON, 

É DE CÓMO CORTÉS PROSIGUIÓ SU CAMINO 

Después que aquellos señores taxcaltecas se hobieron informado del 
estado y subceso de los negocios de Cortés, queriéndose volver atrás 
Alonso de Ojeda, dexando allí el compañero, para recoger mantenimien- 




LIBRO CUARTO.-CAP. XCIV 4^^ 

tos, aquellos señores, dando aviso á las alearías y pueblos de la provincia, 
para que proveyesen á Ojeda cómo con mantenimientos saliese al camino, 
dixeron que de su parte, topando al invencible y esforzado Capitán, su 
amigo y señor, le saludase y dixese le estaban esperando, para hacerle 
todo servicio y regalo, y que supiese que Pedro de Alvarado se había 
defendido valerosamente y que en el patio de Vehilobos había muerto 
más de mili principales; que se diese priesa, porque con su llegada se 
apaciguaría todo y los culpados serían castigados, y que si para esto 
fuese menester su ayuda, la darían con gran voluntad. Con esto se 
despidió Ojeda, entrando por las alearías; traxéronle mili gallinas de 
la tierra, cuatrocientas cargas de pan, cincuenta cántaros de cerezas, 
muchas cargas de tunas y docientos cántaros de agua. Con esta provisión 
que llevaban á cuestas, á su costumbre, mili y docientos hombres, salió 
de madrugada al camino; yendo con ello hacia do podían venir los 
españoles, entre unas casas de otomíes, oyó sonar un pretal de cascabeles. 
Paróse Ojeda á ver qué sería, porque no había acabado de amanescer, 
y vió que venía hacia él el General Cortés con cuatro ó cinco de á caballo 
y dos mozos de espuelas. Apretó Cortés las piernas al caballo y dixo 
á Ojeda: ‘'Estéis enhorabuena, ¿qué nuevas hay, y qué comida?, porque 
la gente viene desperescida de hambre.’’ Respondió Ojeda: "Señor, de 
todo hay buenas nuevas; yo llevo mill é quinientos hombres cargados de 
bastimentos; Joan Márquez queda en Taxcala, recogiendo más; los 
señores della besan á vuestra Merced las manos; alégranse mucho con su 
venida y están esperándola, y dicen que Pedro de Alvarado está bueno, 
aunque cada día con sobresaltos, y que ha muerto en el patio de Vehi¬ 
lobos mili principales.” 

Mucho se holgó Cortés con estas nuevas; dió muy grandes gracias 
á Dios; dixo á Ojeda: "Dios os dé buenas nuevas, que tales me las ha¬ 
béis dado.” Jorge de Alvarado, que con Cortés iba, no cabía de placer 
de que su hermano fuese vivo y lo hobiese hecho tan bien. 

Con esto se apearon de los caballos, comieron una gallina fiambre, 
que lo habían bien menester; tornaron á subir en sus caballos; dixo 
Cortés: “Yo voy á Taxcala. Por vuestra vida, Ojeda, pues lo habéis 
hecho tan bien, prosigáis con esos tamemes vuestro camino, id por el 
despoblado, porque por ahí viene la gente harto nescesitada de socorro. 
Despidióse Cortés; caminó Ojeda como le era mandado, el cual de ahí 
á poco topó con un soldado que se decía Sanctos Fernández, el cual le 
dixo cómo la gente toda á trechos venía ya muy hambrienta y nescesitada. 
tanto que si no se daba priesa morirían algunos de sed. Con esto, dándose 
mucha priesa Ojeda, topó con un Cristóbal, pregonero, y con su mujer, 
que era gitana: hallólos medio muertos en el suelo, echóles agua en el 
rostro, dióles á beber y de un ave que traía cocida, con que volvieron en 
sí. Ahora, en el entretanto que Ojeda prosigue su camino, digamos lo 
que á Cortés, aunque iba de priesa para México, acaeció en Taxcala. 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


4H 


CAPITULO XCV 

CÓMO CORTÉS^ AUNQUE DE PASO, ENTRÓ EX TAXCALA 
Y DE LO QUE- CON LOS SEÑORES DELLA PASÓ 

Aunque Cortés no vía la hora de llegar á México por socorrer á 
los suyos, entró en Taxcala y no pudo ir tan presto ni tan secreto que 
primero no tuviesen aviso aquellos señores; saliéronlo á rescebir ya que 
estaba dentro de la ciudad: apeáronle ellos proprios del caballo; me¬ 
tiéronle en la casa de Magiscacin, diéronle luego de comer a él y á los que 
con él iban, refrescóse y descansó un poco, agradesció mucho la voluntad 
con que habían mandado proveer á su gente, y después que entre ellos 
pasaron palabras de mucho amor y amistad. Cortés les preguntó muy 
por extenso el estado de los negocios de México y la cansa de su re¬ 
belión. Ellos le dixeron lo que habían dicho á Alonso de üjeda y que 
no sabían cierto qué fuese la causa, aunque se decían muchas ; pero que 
la que á ellos les parescía era ser de mal corazón Motezuma y los me¬ 
xicanos traidores y malos de su condisción, que no guardaban palabra 
que diesen ni pasaban por concierto que hobiesen hecho, y que no podían 
ver cristianos y que los debían de temer mucho, pues quedaban pocos; 
los habían acometido y hecho guerra continua de noche y de día, y que 
llegado á México sabría más claro y más por extenso lo que había pasado 
v las causas y razones de su rebelión ; que se hubiese con ellos como con 
enemigos encubiertos y que en su ausencia tanto se habírm declarado ; y 
que pues venía tan poderoso y pujante, no dexase hombre á vida de los 
que fuesen culpados, que en ellos tendría las espaldas bien seguras é 
toda el ayuda que ellos le pudiesen dar y que mirase mucho por sí, porque 
de la manera que pudiesen habían de procurar matarle ó echallo de la 
tierra. 

Cortés, que bien atento á estas palabras había estado, como dichas 
de amigos y que mejor que otros sabían los negocios, les agradesció 
mucho el amor y voluntad con que le avisaban y el ofrescimieiito que 
de su ayuda le hacían, y mostrando el poco temor que á los mexicano^i 
tenía, les respondió: “Señores y amigos míos; Si estando yo en México 
con la gente que vistes, no se osaron desmandar, ¿ qué pensáis que podrán 
hacer ahora viniendo como vengo con tan pujante exército? Si no fuerer 
buenos y leales de voluntad y corazón, yo haré que lo sean por fuerza y 
no me dormiré nada, por que no tengan lugar de hacer alguna traición : 
antes me daré tal maña que no habrán pensado la cosa, cuando yo la 
entienda y sepa y castigarla [he] de tal manera que escarmienten para 
otra.” 

Cierto, el confiar tanto Cortés, como David, de la mucha gente que 
llevaba en su exército, fué causa que después le subcediese la desgracia 
que en su lugar diremos. Los taxcaltecas, como siempre presumieron 




LIBR CUARTO.-CAP. XCVI 


455 

(le bravos y más valientes que los otros indios, é tenían por tan enemigos 
á los mexicanos, mucho se holgaron de oir á Cortés; levantaban los brazos 
á manera de pelea, dándole á entender que eran fuertes y que delante 
dél deseaban verse á las manos con ellos. Con esto, abrazando Cortés á 
aquellos señores é rogándoles proveyesen á los españoles que venían, 
subió en su caballo é á toda priesa hacia México prosiguió su camino, 
donde le dexaremos. volviendo á lo que Ojeda y Joan Márquez hicieron 
y les pasó con la gente. 


CAPITULO XCVI 

DF- CÓMO OJEDA PROSIGUIÓ SU CAMINO Y CÓMO LLEGÓ DE TAXCALA 
SU COMPAÑERO JOAN MÁRQUEZ Y DE LO QUE MÁS LES AVINO 

Prosiguiendo Ojeda su camino, era lástima de ver cómo aquí topaba 
con uno, allí con dos, acullá con tres y cuatro, unos caídos, otros que nc 
l)odían andar, otros tan enflaquescidos que apenas podían echar la palabra 
de la boca, porque como venían á pie é por despoblado y les faltó la 
comida y el agua, creyendo que les sobrara lo que al principio les habían 
dado, venían despeados, hambrientos y muertos de sed. Llegó Ojeda ya 
noche á un pinar, y en aquel llano, haciendo alto, juntó á todos los que 
por su pie podían venir, y á otros hizo traer á cuestas; juntó hasta setenta 
españoles, hizo hacer á los indios muchos fuegos, pelar docientas gallinas 
que ya traían ahogadas; asáronlas los indios, traxeron pan é agua; 
hartáronse aquellos hambrientos y sedientos hombres; comían y bebían 
con tanta agonía que no se vían hartos; dieron gracias á Dios por el 
socorro que les había inviado, que, á la verdad, creyeron espirar primero 
que llegasen á Taxcala. Ya que era la inedia noche, que todos estaban 
contentos é reposando, oyó Ojeda gran rumor de gente; preguntó á los 
indios que qué era aquello; dixéronle que venía Joan Márquez, su 
compañero, con muchos indios cargados de comida, y fué así que llegó 
luego con dos mili y quinientos indios, todos con provisión. Holgáronse 
mucho los dos compañeros, alegráronse por extremo los españoles que allí 
estaban, por el socorro que Joan Márquez traía para los que atrás 
quedaban, que no venían menos hambrientos y cansados, y así luego 
otro [día] , en amanesciendo, comenzaron á parescer muchos que venían 
cayéndose. Salieron á ellos, diéronles de comer en el pinar, é yendo adelan¬ 
te Ojeda y Joan Márquez á rescebir los demás, llegó un español que se 
decía Magallanes y otro c|ue se decía Diego Moreno, los cuales traían 
consigo mili hombres cargados de comida ; venían de hacia Tepeaca; 
viniéronse á juntar al pie de cuatro mili é quinientos indios, y estando 
los españoles é indios así juntos, dixo Alonso de Ojeda: “Yo é Diego 
Moreno iremos con alguna provisión á rescebir á los que vienen con la 
recámara y el artillería, é Magallanes y Joan Márquez se queden aquí 


456 CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 

rescibiendo á los que llegaren con la comida adereszada." Concertados 
así, Alonso de Ojeda é Diego Moreno tomaron cuatro mili indios para 
su compañía y para lo que fuese menester, é docientos con bastimentos 
'é cient cántaros de agua. Yendo así como iban por concierto, por sus 
escuadrones, asomaron nueve ó diez de á caballo, y creyendo que los 
indios era gente de guerra, se aprestaron, tomando las lanzas en las 
manos, que se les caían, no pudiéndolas sustentar de desmayados é 
desflaquescidos, y no menos lo venían los caballos, que no menos nesce- 
sidad que sus amos habían padescido. 


CAPITULO XCVTI 

CÓ.MO SALIENDO DE ENTRE LOS INDIOS DIEGO MORENO É ALONSO DE OJEDA. 

CONOSCIDOS POR LOS DE Á CABALLO, SE HOLGARON MUCHO Y CAMINARON 

ADELANTE. Y DE LO QUE MÁS LES ACONTESCIÓ 

Luego como Ojeda é Diego Moreno vieron los de á caballo y que 
se habían apercibido como que temían algo, salieron de entre los indios, 
haciéndose adelante, los cuales, como fueron vistos de los de á cabalio 
y conoscieron que eran españoles los que habían salido de entre los 
indios, aseguráronse y perdieron el miedo que habían cobrado ; con alegría 
dixeron: “Señores, ¿cristianos sois? No pensamos sino que todos érades 
indios de guerra que nos venían á matar, según vienen en orden esos 
que con vos vienen. ¿Hay algo que comamos, señores?’’, y esto decían con 
tanta flaqueza que casi no podían hablar. Ojeda y Diego Moreno los 
apearon luego, diéronles de comer y á los caballos tortillas de maíz, que 
‘Comieron con gran gana; y después que los unos y los otros tomaron 
esfuerzo, Ojeda les mostró los humos del pinar, que estarían de allí 
legua (*) y media, diciéndoles que allí quedaban Joan Márquez y Maga¬ 
llanes con mucha comida, esperando á los que viniesen. Ellos de la hambre 
pasada, como no pensaban verse hartos y oyeron esto, alegráronse mucho. 
Preguntóles Ojeda por el artillería y recámara; dixéronle que venía dos 
leguas de allí; fueron luego á buscarla, y primero que llegasen á ella, 
á trechos iban proveyendo y consolando á los hambrientos que topaban, 
mostrándoles adónde habían de ir á descansar, que eran los humos del 
pinar, donde todos, como si á cada uno mostraran su tierra natural, se 
regocijaron. 

Prosiguiendo desta manera su camino Ojeda y Diego Moreno, to¬ 
paron con Gonzalo de Alvaradu, que traía á cargo el artillería, donde 
fué de ver el alegría que los españoles que venían rescibieron con los 
que iban, y los indios que traían el artillería con los que llegaron, que 
los más eran sus amigos y conoscidos. Pararon todos, y como los que 


(*) En el Ms. “Juega”. 




Ln;Rr) cuarto.—cap. xcvíii 


4^7 


venían, así españoles como indios, venían cansados y con mucha hambre 
y sed, y entendieron que había que comer y beber, muy alegres se 
asentaron todos; los españoles proveyeron á sus es])añoles y los indios 
á los indios, de lo que traían. Hablaban poco y comían mucho; los 
hambrientos holgábanse de ver los que venían hartos, y éstos contaban 
cuentos y los otros, comiendo, escuchaban, diciendo algunas palabras 
de cuando en cuando, hasta que estuvieron contentos, que estonces, 
como dicen, todos hablaban de la oseta. Ya que los cansados y ham¬ 
brientos estuvieron satisfechos y algo descansados, preguntándoles si 
quedaban algunos atrás, respondieron que no; estonces todos, de consu¬ 
no, dieron la vuelta hacia do paresdan los humos, donde llegaron una 
hora después de anochecido. Rescibiéronse los unos y los otros con mucha 
alegría, porque ya los estómagos estaban contentos ; contábanse sus 
trabajos ; daban gracias á Dios porque estando en tan gran peligro no 
hubiesen muerto, dcxándolos para ver aquella gran ciudad de México, 
y así. con el alegría y descanso presente, la memoria de los trabajos 
pasados era más suave. Desta manera descansando, que lo habían bien 
menester, pasaron aquella noche, y lo que luego otro dia hicieron, diremos 
en el capítulo que se sigue. 


CAPITULO XCVIII 

CÓMO qUEDAXDO DE LO.S ESPADOLES LOS MÁS CANSADOS DESCANSANDO. 

LOS DEMÁS PARTIERON CON EL ARTILLERÍA HACIA TH'VXCALA 

El otro día por la mañana, quedándose allí algunos que habían 
llegado muy cansados é yendo otros de su espacio, todos los demás, 
muy alegres, caminaron hacia Taxcala, y entrando por tierra de otomíes. 
como si entraran en su tierra natural, fueron rescebidos y hospedados. 
Recogieron los que desto tenían cargo tres mili gallinas, mucho pan y 
fructa; fueron luego á Guaulipan un día antes que Cortés volviese, el 
cual, como halló tanto refresco y comida, hizo detener allí la gente hasta 
que llegase la que había quedado en el pinar, y de allí despachó al padre 
Fray Bartolomé de Olmedo con un español ó dos que le acompañaron, 
para que á toda priesa fuese á México y dixese á Motezuma que bastaba 
lo pasado y que no proscediese en su locura, porque le llovería á cuestas, 
y que se espantaba que un tan gran señor y tan cuerdo hubiese tomado 
tan mal consejo de quebrar la palabra que había dado, haciendo guerra 
á tan pocos españoles como en su casa y debaxo de su palabra y fee 
real tenia; que le rogaba no hubiese más, y que si así lo hacía serían 
amigos y no se acordaría más de lo pasado, y si no, que supiese que 
iba con mucha gente, donde tomaría satisfacción del daño que su gente 
hubiese resccbido. Con este recaudo se partió Fray Bartolomé de Olmedo. 

Dice Motolinea que en Taxcala, haciendo Cortés reseña de su gente, 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


458 

halló que llevaba mili peones é ciento de á caballo, pero Alonso de Ojeda,. 
en los Memoriales que hizo, dice que se partió de aquel pueblo á otro 
que se decía Capulalpa, y de allí otro día, para Tezcuco, donde no pudo 
llegar, haciendo noche dos leguas antes de llegar a él: pero otro día, 
ya que todos se habían juntado, de su espacio caminaron para Tezcuco, 
adonde llegaron á las nueve de la mañana. Hallaron casi sin gente aque¬ 
lla gran ciudad; nadie los salió á rescebir; la gente que había les mos¬ 
traba mal rostro; todos los demás estaban en México, porque habían 
acudido al combate que se daba á Alvarado. Vieron otras señales muy 
malas, de que nada se contentaron. Estuvo allí Cortés descansando cua¬ 
tro días, y otro día después de llegado, vino una canoa de México, que 
salió de noche por una de las acequias encubiertamente, para no ser 
vista. Venían en ella dos españoles de los que habían quedado con Pedro 
de Alvarado; el uno se decía Sancta Clara y el otro Pero Hernández. 
Holgóse mucho con ellos Cortés; diéronlc muy larga cuenta de lo pasado 
y dixéronle cómo había ya trece días que no daban guerra" á Pedro de 
Alvarado y que no le habían hecho más daño del que él sabía de los tres 
españoles. Creyó por esto Cortés que ya todo estaba muy seguro y que 
no había de qué temer, paresciéndole que por lo que Fray Bartolom«‘ 
habría dicho y por la pujanza con que él iba, ni Motezuma ni los me¬ 
xicanos se osarían desmandar. Escribió (que no debiera) á Ccmpoala. 
á los españoles que con el resto de la recámara habían quedado allí y 
á los demás que de cansados aún no habían llegado y quedaban derrama¬ 
dos por los pueblos, que ya no había guerra ni hombre que se osase 
desmandar, lo cual, para mayor daño, aseguró [á] los españoles. 


CAPITULO IC 


CÓMO CORTÉS PARTIÓ DE TEZCUCO PARA MEXICO, V CÓMO PARANDC» E.V 
TEPEAOUILLA HALLÓ RUI.XES SEÑALES, Y CÓMO. PARTIENDO DE ALLÍ, 
ENTRÓ EX MÉXICO 


Con más reposo del que hasta allí Cortés había tenido, no recelándose 
del mal grande que después subcedió, con su gente en orden, partiendo 
de Tezcuco para México, paró en Tepeaquilla, pueblo que está legua 
y media de México, á la entrada dcl cual, pasando por una pontezuela 
de madera Solís Casquete, hombre de á caballo, metiendo el caballo la 
una pierna por entre dos vigas, se le hizo pedazos, quedando el caballo 
colgado de la puente. Solís saltó en el agua; miraron en esto algunos 
de los españoles, especialmente Botello, de quien diremos adelante, que 
lo tuvieron por mal agüero y señal, diciendo que no entraban con buen 
pie y que algún mal les había de subceder, aunque el cristiano no ha de 
mirar en agüeros, y así lo hacía Cortés, .interpretando siempre é mejor 
lo que acaecía, como hacía el Gran Capitán, las malas señales. Con todo. 







LIBRO CUARTO.-CAP. IC 


4^9 

la gente halló mucho maíz é otras provisiones, pero no persona alguna 
que lo guardase, que también paresció muy mal. 

Ya que otro día de mañana se querían partir para México, buscando 
por entre las casas y dentro dellas algunos indios para que llevasen las 
cargas, Alonso de Ojeda y Joan Márquez, que desto tenían el cargo, no 
hallaron persona alguna más de un indio que dicen naboria, ahorcado de 
una viga de la casa, vestido con sus mantas y mástil; salieron algo 
alterados con esto, paresciéiidoles mal todo lo que habían visto. El exér- 
cito comenzó á andar; yendo un poco adelante por el mismo pueblo, 
hallaron en una plazuela un gran montón de pan y más de quinientas 
gallinas atadas, y tampoco, como antes, persona alguna que lo guardase 
ni á quien pudiesen preguntar cosa, y como esto caía sobre lo demás, 
tampoco á Cortés, aunque lo desimulaba, paresció bien y quisiera no 
haber escripto á los de Cempoala; pero desimulando la mala sospecha y 
ruines indicios que había visto, con alegre rostro, concertando su gente, 
los de á caballo por sí y los peones por sí, tocando el atambor é pifare, 
les dixo: “Ea, señores y amigos míos; que ya se han acabado nuestros, 
trabajos, y si los indios no han parescido es de temor y vergüenza de 
haberse atrevido contra los nuestros; con emienda los reconciliaremos 
y nos serán más amigos y todos seréis de buena ventura.’' 

Era víspera de Sant Joan cuando Cortés entró con este orden en la 
ciudad de México: estaban los indios á las puertas de sus casas sentados, 
callando, que no parescían haber hecho mal alguno, y á la pasada, 
amenazándoles en la lengua algunos de los nuestros, se sonreían, dán¬ 
doseles muy poco de sus amenazas. Tenían todas las puentes quitadas de 
unas casas á otras ; vieron claras muestras de lo que les pesaba con la 
venida de los nuestros y aun de lo que después hicieron. Llegó desta 
manera nuestro exército al aposento donde Pedro de Alvarado estaba 
guardando á Motezuma ; las puertas estaban todas cerradas: subió sobre 
los muros la más de la gente que dentro estaba; diéronse la buena venida 
y la buena estada los unos á los otros con gran alegría y regocijo de 
todos. Llegó Cortés á la puerta principal, dió golpes para que le abriesen, 
no le respondieron ni quisieron abrir, y tornando á tocar la puerta, desde 
el muro respondió Pedro de Alvarado: ''¿Quién llama y qué quiere?” 
Replicó Cortés: ‘‘Llama Hernando Cortés, vuestro Capitán, que quiere 
entrar.” Entonces Pedro de Alvarado le dixo: “Señor, ¿viene vuestra 
^Merced con la libertad que salió de aquí y con el mando y señorío que 
sobre nosotros tenía?” Diciendo Cortés que sí y, loado Dios, con más 
pujanza é mayor victoria, con grande alegría los que dentro estaban le 
abrieron la puerta, y entrando, con gran reverencia Pedro de Alvarado 
le entregó las llaves, abrazándose luego el uno al otro, y así todos los 
demás los unos á los otros. 

No se puede decir el alegría y regocijo que todos rescibieron; los 
de Alvarado contaban los trabajos y peligros en que se habían visto, 
las muertes de sus españoles, los combates que liabían rescebido, las 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


460 

defensas que habían hecho, el deseo que tenían del socorro, el amainar 
de la furia de los indios cuando supieron la venida de Cortés. Los otros 
compañeros que con el Capitán habían ido, también contaban el trabajo 
que en la priesa del camino habían rescebido, el andar de noche, el aco¬ 
meter á Narváez, lloviendo toda la noche, la pérdida de los compañeros, 
la victoria tan venturosa. Los que de nuevo venían, que eran los de 
Narváez, hallaron entre los de Alvarado muchos conoscidos y amigos 
con quien se holgaron mucho. Desta manera pasaron dos horas hasta 
•que los aposentadores comenzaron á alojar la gente, la cual, por no 
caber toda en los aposentos de Cortés, fué nescesario que mucha delia 
alojase en el templo mayor. 


CAPITULO C 

CÓMO LLEGADO CORTÉS, MOTEZUMA SALIÓ AL PATIO A RESCEBIRLE Y SIÍ 

DESCULPÓ DE LO PASADO, V DE L.\ CONTRADICIÓN QUE EN ESTO HAY 

Entró Cortés á hora de comer en México, con la gente que dixe, 
acompañado de muchedumbre de amigos tlaxcaltecas y otros; y á una 
hora después de llegado, salió, según algunos dicen (aunque Ojeda es 
cribe lo contrario) al patio, Motezuma, acompañado de los más princi¬ 
pales señores de la tierra, á rescebirle, penado, según mostraba, de lo 
que los suyos habían hecho. Desculpóse lo mejor que supo é pudo. 
Cortés le respondió pocas palabras, haciendo bien del enojado, é 
despidiéndose desta manera, cada uno se fué á su aposento. 

Otros dicen, y esto es lo más cierto, que Motezuma esperó que 
Cortés, como solía, le entrase á visitar, pues era tan gran Rey é señor 
y que á esta causa, aunque venía victorioso, no le salió á rescebir. 
Cortés, como venía tan pujante, paresciéndole que todo el imperio 
mexicano era poco, enojado de lo que había pasado, no hizo cuenta dél 
ni le quiso entrar á ver, lo cual fué la principal causa de la destruición 
de los suyos, é así dixo muchas veces é yo se lo oí en corte de Su 
Alajestad, que cuando tuvo menos gente, porque sólo confiaba en Dios, 
había alcanzado grandes victorias, é cuando se vió con tanta gente, 
confiando en ella, estonces perdió la más della y la honra y gloria ganada, 
que, cierto, para todos los Capitanes es documento notable para perder 
el orgullo en la prosperidad mundana. 

Fray Bartolomé de Olmedo, por mandado de Cortés, fué otro día 
á ver á Motezuma, para entender del estado de los negocios. Motezuma 
le respondió bien; preguntó si el Capitán venía enojado, porque no le 
había visto; respondióle el flaire que no, pero que venía cansado y que 
por esto no lo había hecho, é con esto le reprehendió del mal consejo 
que había tenido. No respondiendo á esto Motezuma, dixo: ‘^Si el 
Capitán no está enojado, yo le daré un caballo con su persona, de bulto. 






Lir,RO CUARTO.-CAP. CI 


461 

sobre él, todo de oro.” Con esto se despidió Fray Bartolomé; contó lo 
que pasaba á Cortés, el cual, extendiéndose con la victoria de Narváez 
porfió en no querer ver á Motezuma, que fué la causa de todo su daño 
y pérdida, porque, como después pasaron algunos días que no hizo caso 
de tan gran Príncipe, él y los suyos lo sintieron tanto que en breve- 
mostraron el rancor que en sus pechos tenían, aunque otros dicen que 
luego, dende á cuatro ó cinco días que Cortés llegó á México, se levan¬ 
taron. 


CAPITULO CI 

DE LAS RAZONES Y CAUSAS POR QUÉ LOS MEXICANOS SE LEVANTARON CONTRA 

PEDRO ALVARADO 

Deseaba mucho saber Cortés por qué razón en su ausencia los 
mexicanos se habían rebelado contra Pedro de Alvarado, habiendo dado 
Motezuma su palabra de no consentir alteración alguna, y no tanto 
deseaba saber esto por castigarlo, pues siempre pretendió su amistad 
y confederación, cuanto por reprehender á Pedro de Alvarado si había 
sido culpado. Juntó, pues, muchos de los principales, que todos (como 
dice Gómara) (*) no pudo ser, y con las mejores palabras que supo, con 
buena gracia, sin mostrar enojo, les rogó le dixesen la causa de la rebelión 
pasada. Ellos como eran muchos y cada uno tenía particular ocasión de 
malquerencia, como los que estaban determinados de segundar, y con 
mayor furia, desvergonzadamente y sin muestra de arrepentimiento de 
lo pasado, unos respondieron que por lo que Narváez les había inviado 
á decir; otros, que por echarlos de México, porque no los podían ver, 
para que se fuesen, como estaba concertado, en teniendo navios, y que 
esto lo habían bien mostrado cuando, combatiendo la casa, á voces decían: 
“¡Perros cristianos, cristianos perros, fuera, fuera; salid de nuestra 
tierra, usurpadores de lo ajeno!” Otros, que por libertar á Motezuma, 
como lo decían dando la guerra: “¡Soltad, soltad á nuestro gran Rey y 
señor si no queréis morir mala muerte!” Nunca jamás (aunque lo dice 
Gómara) le llamaron dios. Otros, que por robarles el oro, plata y joyas, 
que más por fuerza que de su voluntad Motezuma y otros señores les 
habían dado, diciendo que valían más de sietecientos mili ducados, dando 
voces: ‘'¡Ah, perros; aquí dexaréis el oro y joyas que habéis robado!” 
Quien, que por no ver allí á los taxcaltecas y otros indios, que les eran 
muy odiosos, por ser sus mortales enemigos. Muchos ó los más decían 
que por haberles derribado sus ídolos principales, deshecho su religión, 
destruido sus sacrificios, puesto nuevas leyes, introduciendo nueva re¬ 
ligión contraria á la suya, é que para la venganza desto el demonio 
les había dado gran priesa, conforme á lo que los más decían. 

La principal causa fué, porque viniendo el principio de su mes, que 


(*) Conquista de Méjico, cap. tit. “Las causas de la rebelión”. 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


462 

ora de veinte en veinte días, que estonces para ellos era fiesta solemne, 
pocos días después de partido Cortés, quisieron celebrarla, como solían, 
para lo cual pidieron licencia á Pedro de Alvarado, y esta licencia 
qjídiéronla con engaño para que los cristianos no sospechasen como ello 
era, que se juntaban para matarlos. Alvarado les dió la licencia con 
que á la fiesta no llevasen armas ni sacrificasen persona alguna, que 
para ellos fueron {ios cosas harto ásperas é que encendieron el fue¬ 
go; juntáronse más de sietecientos (otros dicen má.s de mili) caba¬ 
lleros é personas principales, con algunos señores, en el templo mayor. 
Aquella noche hubo muy ^gran ruido de atabales, caracoles, cornetas, 
liuesos hendidos con que silbaban muy recio; cantaron muchas canciones; 
créese por cierto que en ellas, como suelen, trataron de la rebelión que 
luego hicieron. Salieron al baile desnudos en carnes y sin cutaras, cu¬ 
biertas solamente sus vergüenzas, pero sobre las cabezas y pechos muchas 
piedras y perlas que estonces no las había sino muy raras, collares á las 
gargantas, cintas de oro colgando sobre los ombligos, muchas piedras y 
brazaletes muy ricos á las muñecas, con muchas chapas de oro y plata 
i.obre los pechos y espaldas y cabezas y manos, presciosos y ricos pe¬ 
nachos. Desta manera, á vista de los nuestros, en el patio del gran 
templo, bailaron su baile, que fue cosa bien de ver. 

CAPITULO ClI 

CÓMO SE LLAMABA ESTE BAILE Y CÓMO SE HACÍA, V SI PEDRO DE ALVAIL^DO 
ACOMETIÓ [Á] LOS INDIOS POR COBDICIA Ó POR ÜESHACER LA LIGA, 
Y LO QUE DESPUÉS SE SUPO DE LAS OLLAS 

Llamaban los indios á este baile maceualistle, que quiere decir 
"‘merescimiento con trabajo", y así al labrador llamaban maceuatli. Era 
este baile como el netotiliztli, aunque se diferenciaba el uno del otro 
algunas cerimonias. Ponían, cuando le habían de hacer, en el suelo 
de los patios muchas esteras y encima dellas los atabales y los otros 
instrumentos músicos ; danzaban en corro, asidos de las manos y por 
ringleras; bailaban al son de los que cantaban y tañían y respondían 
bailando y cantando. Los cantares eran sanctos y no profanos (aunque 
en éste trataron la conspiración contra los nuestros) en alabanza del 
dios cuya era la fiesta; pidiéronle, según su nombre é advocación, ó 
agua, ó pan, ó salud, ó victoria, ó paz, hijos, sanidad, ó otros bienes 
temporales. 

Notaron los que al principio miraron en estos bailes, que cuando 
los indios bailaban así en los templos, que hacían otras diferentes mu¬ 
danzas que en los netotiliztles, magnifestando sus buenos ó malos 
conceptos, sucios ó honestos, con la voz, sin pronunciar palabras y con 
los meneos del cuerpo, cabezas, brazos 3^ pies, á manera de matachines, 
que los romanos llamaron gesticulatores. que callando hablan. A este 




LICRO CUARTO.-CAP. CIÍI 


403 

baile llamaron los nuestros areito, vocablo de las islas de Cuba y Sancto 
Domingo. 

Estando, pues, en este baile aquellos' caballeros mexicanos, ó porque 
avisaron á Pedro de Alvarado de lo que tractaban, ó por ver baile tan 
solemne é de tan principales personas, ó por otras causas que no se sa¬ 
ben, fue allá, y lo que es más probable, por lengua de algunos españoles 
que entendieron la trama, sabiendo que se tractaba de la rebelión de 
los indios y muerte de los cristianos, tomó las puertas del patio con 
cada diez ó doce españoles, y él con cincuenta entró dentro, haciendo 
en ellos gran carnicería. Mató los más, tomóles las joyas é riquezas 
que traían, lo cual dió ocasión á que algiinos dixesen que por cobdi- 
cia de las riquezas había hecho tan grande estrago; de lo cual Cortés, 
aunque no lo creyó, rescibió pena y enojo, y como no era tiempo de 
desabrir á los suyos, que tanto había menester, dexó de inquerir el 
negocio. 

Dicen algunos que los tlaxcaltecas fueron los que malsinaron á 
aquellos caballeros mexicanos é pusieron á Alvarado en que hiciese lo 
que hizo, y cierto debieron los mexicanos en aquella su fiesta de tratar 
traición contra los nuestros, porque aunque ellos lo negaron, súpose 
después, de muchas indias que los españoles tenían de servicio, que 
por la mañana el día del baile habían puesto las mujeres infinita can¬ 
tidad de ollas con agua al fuego, para comer á los españoles cocidos en 
chile, porque pensaban tomarlos sobre seguro, é habíanlos descuidado 
con salir desnudos al baile, é tenían, según las indias dixeron, las 
armas escondidas en las casas que estaban cerca del templo, para 
tomarlas cuando menos pensasen los españoles. Fué digno castigo de 
que el sueño se les volviese al revés y pagasen por la pena del talión. 


CAPITULO CIII 

DE LO QUE CORTÉS, DESCURIERTAS LAS CAUSAS DE LA RERELIÓX, DIXO 
Á LOS SEÑORES Y PRINCIPALES, Y DE COMO OTRO DÍA SE COMENZARON 
A DESCUBRIR PARA TORNAR A ELLA 

Entendidas por Cortés las causas de su rebelión y vista la manera con 
que las dixeron, que fué bien desvergonzada, previniendo en lo que 
pudo, á lo que sospechaba, vino luego á los indios principales y señores 
y díxoles: 

“Fuertes y nobles caballeros: En las entrañas me pesa de que vos¬ 
otros ó Alvarado hayáis sido causa de la rebelión pasada. Si vosotros 
lo fuistes, pésame de que hayáis quebrado la palabra que me distes y 
entendido tan mal el amor que os tengo y las buenas obras que os he 
hecho y deseo hacer y lo que procuro ser vuestro amigo y que estéis 
desengañados de los errores en que el demonio os tiene metidos; si 


I 


464 CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 

habéis tenido la culpa, yo os la perdono con que de aqui adelante me 
seáis tan amigos como yo os he sido y seré (á esto se sonrieron, como 
haciendo burla); y si Alvarado tuvo la culpa, me pesa más. porque os 
quiero y amo como á henuanos míos, y nuestro oficio y condisción es 
hacer bien y estorbar que otros no hagan mal; y si en lo hecho ha 
habido de nuestra parte culpa, habrá castigo y grande emienda para 
en lo de adelante. En lo demás, ved si hay algo en que os pueda dar 
contento, que yo lo haré mejor que hasta aqui, y mirad que, pues que 
sois caballeros, no intentéis ni hagáis cosa que no sea de tales, por¬ 
que si la hicierdes deshonraréis vuestro linaje, seros han enemigos los 
que por mi intercesión os son amigos. Hoveros ha á cuestas, y del jue¬ 
go llevaréis lo peor, porque si con tan pocos españoles hice tanto cuan¬ 
do al principio vine, ahora que tengo tantos, como veis, más caballos 
y más artillería, ¿qué os paresce que podré? Ya sabéis cómo pelean los 
españoles, cuán bravas heridas dan con las espadas, cuán grandes fuerzas 
tienen y cómo la vida de uno ha siempre costado muchas de las de vos¬ 
otros. También sabéis que aunque en la guerra son como leones, después- 
que han conseguido la victoria son clementes, mansos y misericordiosos, 
y no como otras nasciones que, cuando vencen, hacen grandes estragos 
Y crueldades en los vencidos y en aquellos que menos pueden. No tengo 
más que deciros; ved ahora vosotros lo que os paresce, que yo no quiero 
más de lo que es razón. 

Oyeron aquellos caballeros aquestas palabras, é aunque eran buenas 
y verdaderas é llenas de amor, como cayeron en pechos dañados y 
Henos de enemistad, no respondieron más de que ellos verían lo que 
debían hacer, y con esto, sin los comedimientos acostumbrados, se 
fueron los unos por acá y los otros por allá. 

CAPITULO CIV 

CÓMO LOS MEXICANOS, PIDIENDO TIANGUEZ A CORTES (*), ALZARON POR SEÑOR 
AL HERMANO DE MOTEZUMA, É DE LO QUE ACONTESCIÓ Á ANTÓN DEL 
RÍO, QUE FUÉ LA PRIMERA SEÑAL DE LA SEGUNDA REBELIÓN 

Muy indignado estaba Motezuma de ver la poca cuenta que dél 
íiabía hecho Cortés en no haberle, como solía, ido á visitar, y aun porque 
le habían dicho que Cortés liablaba palabras en su deshonor; pero como 
naturalmente era noble de condisción, si aquellos sus caballeros que tanto 
aborrescían á los nuestros no le indignaran y vinieran con nuevas, y 
Cortés le visitara, no vinieran los negocios al rompimiento que vinieron, 
aunque se supo estar los mexicanos de tan mal arte, que por ninguna 
vía se apaciguaban, deseosos, como el demonio les daba priesa, de echar 
de la tierra á los nuestros, ó de sacrificallos y coniellos, como muchas 
veces tenían determinado y concertado. Habían para cuando entró 

(*) Así en el Ms.; pero mejor diría: “pidiendo tiánguez Cortés.” 


I 





LIBRO CUARTO.—CAP. CIV 


4^5 


Cortés, porque no hallase de comer, levantado el tiánguez que es el 
mercado. Invió Cortés á decir con la lengua á Motezuma que mandare 
como se acostumbraba, hacer tiánguez, porque los españoles comprasen 
lo que hobiesen menester. Respondió Motezuma con gravedad enojada 
que él estaba preso, y que (*) los demás deudos suyos que tenían autoridad 
y mando en la república, que soltase uno dellos, para que saliendo fuera 
mandase hacer el tiánguez, é que éste fuese el caballero que á él le 
paresciese. Cortés, no sospechando lo que subcedió, replicó que él era 
contento que su Alteza inviase al que fuese servido. Invió Motezuma á 
su hermano, e! señor de Eztapalapa, al cual, como vieron fuera los 
mexicanos é que en los combates dados á Pedro de Alvarado no habian 
podido soltar á su Rey é señor, no le dexaron volver á la prisión ni 
mcieron el tiánguez; antes le eligieron por su caudillo y Capitán y no 
me menester rogárselo mucho, porque lo tenía gana. 

Estando los negocios desfa suerte, un soldado que se decía Antón 
del Rio, saliendo de la ciudad por mandado de Cortés, para ir á Cempoa- 
.a para que traxese ciertas adargas que con lo demás de la recámara 
habían quedado, para hacer un juego de cañas y regocijarse, yendo por 
el Tatelulco para salir por la calzada de Tepeaquilla, por donde los 
españoles habían entrado, comenzaron los indios á darle muy gran .^rita 
e a seguirle con flechas y arcos, con piedras y macanas; y como la gente 
con la grita le salía de adelante hacia do él iba é otra le seguía de la qur- 
quedaba atras, por que no le tomasen allí á manos y le hiciesen pedazos” 
voIvio atras, e rompiendo con el caballo, hiriendo con la espada á los qué 
podía, paso por ellos hasta que á más correr vino huyendo á los aposentos, 
y como los nuestros lo vieron venir así é que se había apeado en eí 
aposento del Capitán, fueron todos allá para saber lo que pasaba, el 
ciial contó el negocio. Invió luego Cortés cinco ó seis de á caballo bien 
adereszados, para que descubriesen lo que había é viniesen á darle man¬ 
ado. Salieron por la calle que ya á Iztapalapa, hallaron dos ó tres puentes 
por do coman las acequias, quitadas las vigas, y gran cantidad de indios 
por las azoteas, y dando la vuelta por otras calles, hallaron que las 
puentes, que todas eran de madera, estaban quitadas, salteadas las vigas, 
quitada una y dexada otra, de manera que la puente que tenía diez vigas 
estaba con cinco salteadas, para que los de á caballo cayesen y se hiciesen 
pedazos, porque para ellos, según su ligereza, siguiendo ó huyendo no 
íes era inconviniente. 

No pasaron aquellos españoles adelante, así por el estorbo de las 
puentes, como porque les paresció muy mal la desvergüenza de los 
indios, que desde las azoteas y desde las puertas de las casas con las 
manos y cabeza les hacían señal de que pasasen adelante, para dar sobre 

Desta manera, bien confusos y descontentos, se volvieron al aposento 


(*) Sobra la palabra “que” para el buen sentido. 


3o 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


466 

de Cortés, el cual, cuando supo lo que pasaba, no se holgó nada, apercibió 
su gente, mandó tener á buen recaudo á Motezuma y á los demás pri¬ 
sioneros, esperando que más señales de guerra hobiese. 

CAPITULO CV 

DE CÓMO SE VIERON MÁS SEÑALES DE LA REBELIÓN Y DEL PRIMER COMBATE 
QUE LOS MEXICANOS DIERON Á CORTÉS 

Día era, según algunos dicen, de Sant Joan, é, según la mayor 
opinión, otro día después, cuando saliendo Alonso de Ojeda y Joan 
Márquez su compañero, á buscar de comer cerca de los aposentos, llega¬ 
ron cerca de la casa de Guatemocin, donde hallaron la puerta principal 
cerrada con adobes; quisieron pasar, é como el acequia estaba en medio 
e las vigas que hacían puentes quitadas y el agua honda, echaron muchas 
])iedras, adobes, palos y esteras é todo lo que demás hallaron para cegar 
el agua, é después de cegada pasaron é siguieron por una calleja toda 
cerrada por lo alto; saliendo della dieron en una gran troxe de madera 
Dió Ojeda el espada á Joan Márquez para subir á la troxe é ver lo que 
dentro había, el cual, después de subido, vió que estaba llena de cinchos 
de cuero con que los indios jugaban al batey, é de algunas armas. Joan 
Márquez llegó á la puerta de una casa que estaba adelante: oyó de lo 
alto de las casas dar grande grita, diciendo : Miqueteul, que quiere de¬ 
cir “Mata á ese hijo del sol”. A estas voces descendió Ojeda de la 
troxe, y tomando su espada se juntó con el compañero, que llevaba un 
alabarda. Comenzaron, como dicen ‘‘jAh, puto el postre!”, á huir por¬ 
que ya el aire resonaba con el alarido de los indios, del cual entendieron 
que toda la ciudad debía de estar levantada. Los callones (*) y vueltas 
eran tantas, que á no llevar por guia un indio tlaxcalteca, que tuvo más 
memoria, no acertaran á salir é murieran allí. Saliendo por donde habían 
entrado, hallaron aquella parte del acequia que habían cegado como estaba 
cuando la dexaron ; pasaron por ella, é yendo hacia los aposentos de Cor¬ 
tés encontraron con un papa de los indios, con los cabellos tendidos, como 
furioso y endemoniado, haciendo señales con las manos, dando voces, 
que ponía espanto. Con todo esto, la espada desnuda, tiró tras dél Alonso 
de Ojeda, el cual se le acogió (**) á una casa que allí cerca estaba, en la 
cual entró siguiéndole, y en ella halló muchas grullas mansas, que á los 
gritos de aquel papa comenzaron todas á grasnar. En esto Juan Márquez, 
su compañero, le comenzó á dar grandes voces; saliendo á ellas el Ojeda, 
le dixo el Joan Márquez: “¿Qué diablos hacéis, ó á qué os paráis á 
seguir á ese perro? ¿No veis que se arde la ciudad y dan guerra los 
indios á nuestro CapitánOjeda, como salia del ruido grande que las 
grullas hacían, atronado, dixo. “Calla, que son estas grullas que graznan 


(*) Tal vez “callejones”. 

(**) Eíi el Ms. “acojo”. 







I.TIIRO CUARTO.-—CAP. CVÍ 


467 

«en esta casa’’; pero, reparándose un poquito, se desengañó luego, porque 
el alarido de los indios crescía é ya muchos se habían subido á las azoteas. 
Como vieron esto, corrieron hacia el patio del templo mayor, donde 
liallaron en lo alto dél seis ó siete españoles que estaban atalayando 
para dar aviso á Cortés cómo venía por todas partes la gente de guerra, 
los campos llenos, y cómo comenzaban á entrar por las calles, que pa* 
rescían turbiones de lagosta (*). 

Comenzáronse luego á armar los españoles que quedaban, porque ya 
más de docientos habían salido á las calles y estaban peleando y defen¬ 
diéndoles la entrada en el entretanto que los demás se armaban. Fué 
grande la pelea y batalla de aquel día; no pudieron entrar al patio de 
V’chilobos, que era el que pretendían tomar, pero entre unas puentes é 
otras hicieron grandes albarradas para que los cristianos no pudiesen 
salir y ellos desde ellas pudiesen mejor ofender. 

Fué muy recia la pelea deste día, porque así los indios como los 
cristianos estaban descansados, y los unos, por defender lo que habían 
ganado y no perder el nombre y fama de su valentía, hacían más que 
hombres; los otros, ciegos de su pasión, como eran infinitos, no temían 
ni tenían cuenta con el morir, porque como perros rabiosos, por ofender, 
se metían por las espadas. Murió aquel día gran cantidad de indios y 
ningún español, aunque, como la batalla duró hasta ponerse el sol, hubo 
algunos heridos. Acabado este primero rencuentro, con la noche que 
venía, todos se fueron á reposar para trabajar de nuevo el día siguiente. 

CAPITULO CVI 

DEL SEGUNDO REBATO QUE LOS INDIOS DIERON Á CORTES 
y DE CUÁN REÑIDA FUÉ LA BATALLA 

Del recuentro pasado entendió Cortés cómo se debía apercebir para 
la batalla del día siguiente; pesóle (por ser los enemigos tantos y tan 
porfiados) de haber escripto lo que escribió y de no.haber inviado á llamar 
a Saucedo, que había quedado con la recámara en Cempoala y á algunos 
de la Villa Rica; procuró lo más secretamente que pudo inviar á llamar 
p Saucedo, para que viniese con los que con él estaban, y aunque todos 
estaban cansados procuró que á la media noche, algunos de los más 
valientes deshiciesen las albarradas que tomaban las calles. 

Ctro día, una hora antes que amanesciese, era cosa espantosa de 
oir el ruido que, silbando é tocando caracoles é otros instrumentos de 
guerra, los enemigos hacían. Luego como amanesció, las azoteas llenas 
de gente y las calles cubiertas, con un alarido que le ponían en el cielo, 
comenzaron á hacer cruda guerra en los cristianos. Hubo muchas muertes 
de la parte de los indios é muchos heridos de la de los cristianos. Hicieron 


(*) Anticuado: “langosta’’. 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


468 

de nuevo los indios otras albarradas, porque como eran infinitos, había 
gente sobrada para lo uno y para lo otro. Salieron los cristianos á la 
valle, tratábanlos mal con pedradas los que estaban en las azoteas, aunque 
Jos escopeteros y ballesteros derribaron muchos. En este día se señalaron 
algunos indios que con ánimo feroz y endiablado se metieron por las 
picas y espadas á herir con las macanas á los nuestros. 

Duró sin cesar todo el día la batalla, que apenas pudieron comer 
ios cristianos. Venida la noche, que puso fin á tan trabada batalla, Cortés 
mandó que hubiese velas, porque le habían dicho que aunque fuese 
contra la costumbre, porque los indios jamás pelean de noche, en aquella 
les habían de dar asalto. Veláronse de veinte en veinte; no vinieron los 
indios. A la media noche deshizo Cortés las albarradas del día antes,, 
apercibiendo los caballos para salir si el otro día volvían. 

CAPITULO CVII 

DEL TERCER RECUENTRO Y CÓMO SALIÓ CORl ÉS CON LOS DE CABALLO É 

TOMÓ LA CALLE DE TACUBA Y DE LO QUE PüDIER.\ HACER SI QUI¬ 
SIERA 

Otro día de mañana, como si nunca los indios hubieran peleado ni 
se hubiera hecho en ellos el estrago de los dos días pasados, con dobladas 
fuerzas y ánimo comenzaron á acometer. Cortés, por no darles lugar que 
hiciesen albarradas, salió con los de á caballo bien armado; comenzó él 
y los suyos á romper y alancear con gran furia, aunque de las azoteas 
rescebían gran daño, porque llovían sobre ellos piedras. Mataron á un 
Fulano Cerezo, que con él y con su caballo dieron muerto en tierra. 

Como esto vió Cortés é que prosiguiendo adelante había de topar 
con más gente, y que la de las azoteas era la que le había de acabar, 
retráxose lo mejor que pudo con los de á caballo; volvióse á los aposen¬ 
tos, puso en orden ios peones, ballesteros y escopeteros, con cada uno 
otro que le arrodelase é cubriese la cabeza, por las pedradas; en la 
retroguarda puso algunos de á caballo, dexando la gente que era menester 
para defensa de los aposentos. 

Salió desta manera, y como los unos arrodelaban á los otros, dispa¬ 
rando por su orden ballesteros y escopeteros, mataron y echaron abaxo 
mucha gente de las azoteas; la demás, como vió esto, se abaxó y metió 
en casa. Desta manera pudieron los españoles romper por la calle que 
dicen de Tacuba; ganáronla toda; hicieron cruel matanza en los indios. 

Serían los españoles de á pie ciento, y los de á caballo cuarenta. Salie¬ 
ron todos en orden de la calle de Tacuba y alegres de la victoria habida. 
Prosiguiendo por la calzada llegaron á Tacuba; descansaron allí dos 
horas, é como era tiempo de flores hicieron guirnaldas, pusiéronselas 
sobre las cabezas, volvieron á México, sin que nadie los enojase, dando 
voces: ‘^¡Victoria, victoria!^’ Pudieran los españoles, aunque fuera con 



LIBRO CUARTO.-CAP. CVII 


469 

el oro y plata que tenían, salir aquella tarde á Tacuba é ponerse en salvo, 
liaciéndose fuertes allí, que por ser tierra firme y llana, todo el poder 
mexicano no los podía ofender ; pero como los días pasados les había 
subcedido bien y de atrás tenían [á] los indios en poco, cegáronse de su 
presunción, no pensando que los negocios pudieran llegar á los términos 
que después vinieron ; y desto hubo luego claras muestras, porque al tiempo 
que los peones, siguiendo á los de á caballo mediano trecho, antes que 
llegasen á los aposentos, salieron innumerables indios á ellos que, como 
en celada, los estaban aguardando y diéronles tan cruel y brava guerra, 
que los de á caballo, como estaban en calle y tan llena de gente, no 
pudieron ser señores, ni hacerles daño, á lo menos el que les hicieran 
en campo raso. Tomáronles un español vivo, sin poderlo remediar, 
sacrificáronle luego á vista de todos, tomaron dos tiros, que luego echaron 
en el acequia. Desta manera, con gran dificultad, pudieron los españoles 
entrar en los aposentos. Conosció estonces claramente Cortés lo mucho 
que se había errado en haber salido todos de golpe cuando tomaron la 
calle de Tacuba, y confirmóse más su arrepentimiento cuando vió que 
aquella noche tornaron los indios á abrir las puentes que la noche antes 
los españoles, para que pudiesen correr los caballos, habían cegado. 

CAPITULO CVIII 

DEL CUARTO COMBATE QUE LOS INDIOS DIERON Y DE CÓMO CORTÉS TOMÓ 

EL CU DE VCHILOBOS, ADONDE TRECIENTOS SEÑORES SE HABÍAN FOR- 

TALESCIDO, V DE LO QUE MÁS PASÓ 

Aquella noche siguiente trecientos señores y personas muy principa¬ 
les, sin que de los nuestros fuesen sentidos, se subieron con sus armas 
3^ comida á lo alto del cu de Vchilobos, y luego por la mañana, como 
con los otros estaba concertado, amanescieron todas las azoteas de h 
ciudad cuajadas todas de gente y las calles asimismo, que parescía qiie 
uinta gente, habiendo muerto tanta en los tres combates pasados, nascía 
de la tierra, ó que habían resucitádo los muert'os. Acometieron los de 
bs calles con grande furia y alarido y los de las azoteas les respondían, 
diciendo: “Hoy morirán estos perros cristianos/’ 

Trabóse la batalla; los de á caballo, por la multitud de la gente é 
porque las puentes estaban abiertas, no pudieron hacer nada, ni en el 
patio de Vchilobos, aunque era muy grande y había en él enemigos, 
podían ser señores, por estar losado é deslizar los caballos y subirse á 
él por siete ó ocho gradas. Los señores que estaban en lo alto del templo, 
que eran la flor de los que peleaban, hacían, sin pelear, más daño desde 
allí que los demás peleando, porque como cada uno tenía su devisa, 
por la cual de los de abaxo eran conoscidos, y desde allí señoreando 
todo lo baxo, como estaba concertado que hacia donde hiciese señal allí 
acudiesen los que abaxo peleaban, gobernando á su salvo é viéndolo todo. 


470 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


Ó con las rodelas ó con las mantas ricas hacían señal de que éstos acudie¬ 
sen á la una parte, los otros á la otra, avisando que entrasen por donde 
mayor flaqueza había; y como los que peleaban eran como los que de- 
noche navegan, que tienen cuenta con el norte, mirando á sus caudillos y 
Capitanes, hacían mayor guerra que los días pasados. 

Como cayó en esto Cortés, llamó á Escobar, su camarero, dióle cient 
hombres, mandóle que subiese al cu y derribase de allí aquellos que sin 
pelear tanto daño hacían. Fueron allá los nuestros y comenzaron, 
arrodelándose, á subir por las gradas, y como eran muchas y altas, no 
hubieron llegado á las cuatro ó cinco primeras, cuando fué tanta fa 
piedra, trozos de madera, palos y tizones que de arriba venían, que con 
facilidad rodando y cayendo, los hicieron volver atrás, metiéndose tendidos 
debaxo de la grada primera, para que los maderos y piedras no los cogie¬ 
sen. Intentaron tres veces á subir y tantas fueron rebatidos. Supo Cortés 
lo que pasaba, tomó de la gente escogida cincuenta compañeros, atóse 
fuertemente una rodela al brazo, porque no la podía tomar con la mano, 
por estar mal herido, y hallando á los demás compañeros alebrestados, 
que no osaban subir, les dixo: ‘‘jOli, vergüenza de españoles, y cuándo 
jamás á los de vuestra nasción espantó la muerte! Si hemos de morir, 
¿cuándo se ofresció mejor ocasión que ésta para vengar nuestras, muer¬ 
tes y vender bien nuestras vidas? ¡ Ea, ea, que ahora es tiempo, que 
muertos estos perros se allanará todo!” Diciendo estas palabras, se 
cubrió con la rodela, y llevando la espada desnuda, dixo: ‘‘Los que sois 
hombres, haced como yo”; é así comenzando á subir con ánimo inven¬ 
cible, hurtando el cuerpo á las piedras y palos, los que eran animoso't. 
con coraje doblado, y los que no lo eran tanto, aburriendo las vidas de 
vergüenza, seguían á su Capitán y á los otros compañeros, de manera 
que teniéndose los unos á los otros, repujando los de abaxo á los que 
iban subiendo, aunque cayeron algunos muy mal heridos, subieron á lo 
alto. Ganaron todas las gradas; los españoles que abaxo quedaron, 
cercaron el cu, y cuando los que arriba subieron hallaron espacio donde 
podían pelear, hiciéronlo tan valerosamente que de todos trecientos 
señores no se les escaparon seis, porque los unos murieron á espada, los 
otros se despeñaron de los pretiles, é los que iban vivos abaxo, luego 
los acababan los españoles que allí habían quedado. 

Aquí dicen que peleó Cortés con tanto esfuerzo y cordura que por 
su mano sola mató y derrocó más señores que seis ni ocho de sus 
compañeros. Abrazáronse con él, con la rabia de la muerte, algunos de 
aquellos señores, por arrojarse con él de los pretiles abaxo, pero como 
era muy valiente y de buenas-fuerzas se desasió dellos. Vióse estonces 
en gran peligro de muerte Alonso de Ojeda, porque si no fuera por un 
Lucas Ginovés, que acudió á tiempo, fuera despeñado con otros que le 
tenían abrazado. Hiciéronlo todos tan valerosamente que, aunque algu¬ 
nos quedaron heridos, parescía que todos se habían revolcado en sangre. 
Subieron á lo más alto; no hallaron persona, pero toparon con muchos 



LIBRO CUARTO.-CAP. CIX 


47 í 

cántaros de cacao, muchas gallinas y muchos tamales, con que holgaron 
harto más que con oro é plata, por la nescesidad que ya comení^aban á 
padcscer. Los indios taxcaltecas y cempoaleses tuvieron aquel dia por 
muy festival, porque no dexaron cueq:)o de aquellos señores que no co¬ 
miesen con chile y tomate. 

Mucho desmayaron los demás indios con la muerte dcstos trecientos 
señores. Retraxéronse poco á poco harto antes que la noche viniese, pero 
con propósito de volver con mayor furia otro día á la batalla. 


CAPITULO CIX 

CÓ;M() otro oía íiás indignados que nunca, con nuevas maner.\s de 
PELEAR, acometieron Á LOS NUESTROS LOS INDIOS, É DE LO QUE UN 
TÍ^\XCALTECA HIZO 

Tanto más crescía la saña en los mexicanos cuanto menos daño 
podían hacer en los españoles con las varas y flechas que, como granizo 
muy espeso, daba sobre ellos; y aunque cada día era la multitud grande 
que de los mexicanos moría, era la que de refresco acudía de la comarca 
por horas tanta, que no solamente no menguaban ni desmayaban, pero 
parescía, y así lo era, que cada día crescían é con mayor acometimiento y 
furor combatían a los nuestros, buscando nuevos modos cómo ofenderlos. 
Tiraban las varas por el suelo, para herir en los pies y tobillos, y desta 
manera hirieron á más de docientos españoles, hasta que para los pies 
y piernas buscaron reparos. Eran tantas las varas y flechas que, habiendo 
españoles señalados para recogerlas, no hubo día que no se quemasen 
cuarenta carretadas dellas. 

Ya en este día era la guerra más curiosa, porque dentro combatían 
la sed y hambre. La hambre era tanta, que á los indios amigos no se 
daba cada día de ración más de una tortilla, é á los españoles cincuenta 
granos de maíz. El agua faltó de tal manera cpie fué nescesario cavar 
en el patio de los aposentos, y con ser el suelo salitral quiso Dios darles 
agua dulce, aunque Ojeda dice en su Relación, que bebían de un agua 
bien salobre que sacaban de una pontezuela que estaba en el patio de 
V'chilobos, al pie de un ciprés pequeño, pero que los indios cegaron esta 
fuente, porque allí era la furia y concurso de la batalla; estando en la 
cual, asomándose por un reparo é baluarte un indio tlaxcalteca, los 
mexicanos le dixeron: “jAh, perro, que tú y los tuyos y esos perros 
de cristianos moriréis hoy, porque ya que nosotros os dexásemos, que 
no dexaremos, moriréis de hambre y de sed.” Estonces el tlaxcalteca, 
les respondió con ánimo de español : Andá, bellacos, cuilones (que quiere 
decir “putos”), traidores, amujerados y fementidos, que no hacéis cosa 
buena sino en gavilla, e porque sepáis que nos sobra pan, tomad allá esa 


472 


CRÓNICA DE lA NUEVA ESPAÑA 


tortilla que me sobró de mi ración!” No plugo nada esto á los mexicanos, 
creyendo ser así lo que este tlaxcalteca decía, el cual, con este tan valeroso 
hecho, no poco animó á los de su nasción y aun [a] los de otras. 

Era la guerra este día por todas las partes de la ciudad y por todas 
las partes del aposento donde Cortés estaba. Los indios de Tezcuco, 
que eran más de cient mili, acometieron desde las azoteas é desde las 
calles, por las espaldas de los aposentos, lo que nunca habían hecho. 
Estaban cerca dellos á tiro de piedra, de manera que fué nescesario 
con su persona acudir allí Cortés. Por más de un hora peleó valerosí- 
simamente; hizo desde lo alto de la casa disparar muchas escopetas y 
algunos tiros pequeños, con los cuales hizo tanto daño en las azoteas 
que en breve las desampararon los que estaban más cerca. Acudió luego 
Cortés al patio de Vchilobos, donde, por ser enlosado, como está dicho, 
los caballos no podían correr. Allí jugaba el artillería, y como los indios 
eran infinitos, no había la pelota hecho una calle, destrozando y matando 
indios, cuando luego se tornaban á juntar hasta llegarse á las bocas 
de los tiros. Este día y los demás. Mesa, el artillero mayor, trabajó por 
diez hombres, porque, no solamente gobernaba el artillería, haciendo 
grande estrago, pero la defendía por su persona valerosamente. 

Subcedió, para que se vea cuánto favorescía Dios á sus cristianos, que 
queriendo los sacerdotes del templo mayor y otros caballeros mexicano.^ 
y tezcucanos quitar la imagen de Nuestra Señora del altar donde Cor¬ 
tés la había puesto, se les pegaban las manos y enflaqiiescían los bra¬ 
zos, no pudiendo por buen rato despegar las manos de donde iban á asir, y 
otros, reprehendiendo á éstos, subiendo por las gradas, se les entomecían 
las piernas y caían de su estado. Unos se deslomaban, otros se quebraban 
la cabeza, y así no pudieron hacer lo que tanto procuraron, y estaban 
tan empedernidos que miraglo tan claro no los confundía. Y porque 
fueron muchas y notables cosas las que en este día siibcedieron, iré 
contándolas por los capítulos siguientes : 


CAPITULO ex 

CÓMO UN TIRO SIN CEBARLE DISPARÓ, Y DE LO QUE LOS INDIOS 
DIXERON DE NUESTRA SEÑOR.\ Y DE SANCTIAGO 

Alesa, el artillero mayor, como vió que los indios eran tantos que casi 
atapaban las bocas de los tiros, determinó con carga mayor que nunca 
el tiro mayor ; fué, pues, el caso que ó se le olvidó, ó con la gran priesa 
que los indios le daban, no pudo cebarle. Llegaron cerca dél hasta casi 
juntarse por los lados é por la boca infinitos de los indios, tirando varas 
y disparando flechas, diciendo: ''¡Perros cristianos, ahora libertaremos 
á nuestro Rey y señor; ahora beberemos vuestra sangre y comeremos de 
vuestra carne!” Estando en esto, ó con el calor que los indios causaban 




LIP>RO CUARTO.—CAP. CX 


473 

Ó resestero grande del sol, ó porque Dios quiso hacer este miraglo, el 
tiro, sin estar cebado ni ponerle fuego, disparó eon un furioso y espantoso 
sonido, y como la bala era grande y tenía muchos perdigones, escupió 
tan furiosamente que, paresciendo más tronido del cielo que del artillería, 
hizo grandísimo estrago; mató muy muchos, asombró á todos de tal ma¬ 
nera que los más cayeron en tierra, y así atónitos poco á poco se fueron 
retirando, aunque por las otras partes de la ciudad andaba encendida la 
guerra, en la cual los nuestros [no] acabaran aquel día si no fuera por 
Nuestra Señora y por Sanctiago, de quien decían los indios que ella desde 
el altar les echaba tierra en los ojos y cegaba, de manera que les era 
forzado volverse á casa, y que él, que era un caballero muy grande, 
vestido de blanco, en un caballo asimismo blanco, el cual, con una espada 
desnuda en la mano, peleaba bravamente, sin poder ser herido, é que el 
caballo con la boca, pies y manos hacía tanto mal como el caballero con 
la espada. Decían los indios: ‘'Si no fuese por aquella mujer y por aque? 
hombre, ya todos seríades sacrificados, porque no tenéis buena carne 
para ser comidos.'’ Respondíanles algunos cristianos: “Ahí veréis cómo 
vuestros dioses son falsos y mentirosos y que no pueden nada, porque 
esa mujer que decís es la Madre de Dios, que no podistes quitar del 
altar, y ese hombre es un Apóstol de Jesucristo, abogado y defensor de 
las Españas, que se llama Sanctiago, cuyo nombre y apellido invocamos 
cuando rompemos las batallas, cuando acometemos y seguimos [á] los 
enemigos, y hallárnosle siempre favorable.” 

Esto del tiro y aparescerse Nuestra Señora y Sanctiago cuenta ^ío- 
toiinea que filé cuando Pedro de Alvarado estuvo cercado, aunque yo 
pienso que fué en esta segunda rebelión. Como quiera que sea, muchos 
afirman que pasó así, porque en tan grandes peligros los españoles estaban 
más devotos y Dios les daba mayores consuelos. 

Como por las espaldas de la casa y por el patio de \Ahilobos cesó 
algo la furia de la guerra, Diego de Ordás, que había salido con 
trecientos hombres por la calle de Tacuba, se venía retrayendo y casi 
huyendo para ampararse en los aposentos, porque los indios le daban 
mucha priesa y le habían ganado mucha tierra. Cortés, que estaba pe¬ 
leando en la calle de Estapalapa. acudió á socorrerle á caballo, atada la 
rienda al brazo, porque, como dixe, tenía la mano mal herida. Valió 
tanto sola su persona, según la temían mucho los enemigos, que diciendo: 
"¡Vuelta, vuelta, caballeros! ¡Sanctiago. é á ellos; que español jamás 
huyó!”, con lo cual se animaron los nuestros y revolvieron sobre los 
enemigos, yendo delante Cortés alanceando muchos dellos, los hizo re¬ 
tirar gran trecho. \^olvió luego Cortés á la calle donde antes peleaba, en 
la cual había dexado sesenta de á caballo y docientos peones: vió que 
se venían retirando para meterse en la fortaleza, é indignado desto, les 
dixo á grandes voces: "¡Vergüenza, vergüenza, caballeros! ¿Qué quiere 
decir que dexándoos victoriosos, en una hora de ausencia os volváis 
retirando? ¡ óriielta, vuelta, Sanctiago, y á ellos!” Arremetió contra los 


474 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


enemigos, púsoles pavor, revolvieron con grande ánimo los cristianos,, 
pusieron en huida los enemigos, siguiéronlos gran trecho, haciendo gran 
matanza en ellos hasta echarlos de la calle. Volviendo de allí Cortés L 
ver lo que se hacía por las otras partes adonde peleaban los suyos, halló 
que en la calle de Iztapalapa los indios llevaban á su amigo Andrés de 
Duero, que le habían derribado del caballo, é otros que llevaban el caballo; 
arremetió Cortés con gran furia, pasó rompiendo los indios, revolvió- 
sobre ellos y los que llevaban el caballo, el cual, suelto, se fué hacia el 
de Cortés. En el entretanto Andrés de Duero con una daga comenzó á 
desbarrigar indios: allegó Cortés alanceando á los que le estaban á la 
redonda; dexáronle todos y así pudo cobrar Andrés de Duero su caballo 
y subir en él con gran contento y alegría de Cortés en haber acertado- 
ülí á tal tiempo en socorro de un amigo que él tanto amaba. 

CAPITULO CXI 

DE OTRO C0:MBATE QUE SE DIÓ Á LOS NUESTROS Y CÓMO' CORTÉS POR SU 

PERSONA TO.MÓ OTRO CU Y CÓMO GANÓ SIETE PUENTES. CÓMO LE IXVIA- 

RON A LLAMAR LOS SEÑORES MEXICANOS Y LO QUE CON ELLOS PASÓ 

Como otro día vieron los indios que todavía los cristianos hacían 
gran resistencia é que los que estaban en los aposentos, no solamente se 
defendían valerosamente, pero hacían gran daño, determinaron, para 
que la guerra fuese, como dicen, á fuego y á sangre, poner fuego por 
muchas partes á la casa, y haciéndolo así, se encendió tan gran fuego, 
que aunque a todas acudieron los nuestros, no pudieron excusar que 
no se quemase un gran pedazo della; y porque el fuego no fuese adelante, 
fué nescesario derrocar unas paredes é una cámara, cuya tierra é polvo 
apagó el fuego, y aun, mientras duró el polvo, detuvo que los indios no 
entrasen á escala vista. Luego como cesó, con gran cuidado proveyó 
Cortés en aquel portillo de algún artillería y de escopetas, que á no 
haber aquella defensa, aquel día les entraban y no quedaba hombre á 
vida. 

Duró el combate por aquella parte todo el día y aun en la noche no 
los dexaron dormir, dándoles grita, y los de dentro, reparando aquel 
lienzo lo mejor que pudieron é porque en aquella parte bastaban cient 
españoles é vió Cortés que era menester divertir á los enemigos á otra, 
viendo que de otro cu ó torre que estaba en las casas de Motezuma, le 
hacían daño, determinó con docientos compañeros subir á él y echar de 
lo alto á los enemigos, lo cual-hizo con tanto ánimo é industria que le 
subcedió como en el cu mayor, y fué cosa miraglosa lo que también 
en el otro cu subcedió, que cebando las vigas que en él tenían para dañar 
á los nuestros, atravesadas, por las gradas abaxo, que no podían dexar 
de tomar diez hombres, por lo menos, por hilera, se volvían de cabeza, 
y así fué fácil hurtarles el cuerpo. 




LIBRO CUARTO.-CAP. CXí 


473 

Murieron todos los que se defendían en el cu, é liaxado de allí Cortés, 
entró por la ciudad, quemó más de dos mili casas, haciendo un estrago 
nunca visto, é luego, cabalgando en su caballo, con pocos que le siguieron, 
aunque todavía tenía la mano herida, porque á cabo de dos años le saca¬ 
ron un pedernal della, cubierto con una adarga, lloviendo sobre él piedras 
y flechas, ganó siete puentes, lo que hasta estonces muchos no habían 
podido hacer. Mató por su persona en aquella calle tantos indios que, 
porque no paresca fábula, escribiendo historia, lo dexo de decir. 

Las puentes tenían los enemigos alzadas y hechos muchos baluartei 
de adobes é tierra para defenderlas; hízolas cegar con la tierra de 
los mismos baluartes y adobes. Estando ya, pues, cerca de la tierra 
firme, vino uno de á caballo á gran priesa, diciendo que los señores 
mexicanos, que estaban juntos en la plaza, querían hablar con él é tra¬ 
tar de paces. Holgó mucho con esto Cortés, aunque los enemigos lo hicie¬ 
ron porque aquel día, cegadas las puentes, no tuviese lugar de irse de la 
ciudad. Mandó, primero que fuese do aquellos señores estaban, venir 
sesenta de á caballo con Pedro de Alvarado é Gonzalo de Sandoval, é 
que cuatrocientos peones con Joan Velázquez de León, en el entretanto 
que vía lo que querían los mexicanos, guardasen aquellas puentes, que 
no se las tornasen á abrir, y para mayor defensa dexó una pieza de 
artillería. 

Esto así proveído, ’fué do los señores mexicanos estaban, y ellos de 
la otra parte del agua y él désta, le comenzaron á decir palabras corteses 
V comedidas, pero fingidas y simuladas. Saludólos Cortés con mucha 
gracia y comedimiento, rogándoles que no porfiasen en su error, pues 
jamás les había hecho malas obras. Respondiéronle ellos que por qué no 
se iba, pues lo había prometido é tenía navios, y no les daba á su señor 
Motezuma. A esto replicó Cortés algunas cosas, tratando de medios y 
conciertos cómo la guerra no fuese adelante, diciéndoles que por su bien 
lo hacía y que de los combates pasados habrían entendido lo que sería 
adelante, y que aunque muchos más fuesen, no serían parte para echarle 
de la ciudad. 

Estando desta manera en demandas y repuestas, llegaron Pedro de 
Alvarado y Gonzalo de Sandova .1 con hasta ocho ó diez de á caballo 
con ellos, muy alegres y muy enramados con flores en las manos, 
diciendo cómo habían salido á tierra firme sin que nadie se lo contradixese 
é que ya los enemigos tenían las alas quebradas para no tomar más 
vuelo. Cortés los reprehendió, que paresce adevinaba lo que luego supo. 
Díxoles que ramos y rosas no eran plumas y penachos para guerra, 
sino para fiestas y bodas, y que mejor fuera e.starse quedos, como él 
se lo había mandado, que no enojar más con liviandades á los enemigos. 

Estándoles diciendo estas palabras, llegó otro de á caballo á muy gran 
priesa, porque los indios habían vuelto á ganar las puentes y tomado el 
tiro, y los españoles venían huyendo y los indios dándoles caza. Cortés, 
muy enojado, sin despedirse de aquellos señores, volviéndose á aquellos 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


Capitanes, les dixo: '‘Esto meresce quien se fia de rapaces.’’ Fué á gran 
priesa con el caballo; siguiéronle aquellos Capitanes, aunque bien aver¬ 
gonzados de lo hecho; topó con los españoles, que venían huyendo, pasó 
por ellos, entró por los enemigos, haciendo maravillas; detúvolos que 
no siguiesen á los nuestros, cobró las puentes, que aún no las habían 
podido abrir; llegó, metiéndose por los enemigos, siguiéndole no más 
de ocho de á caballo, hasta tierra firme, y como se iba metiendo más, 
dexáronle tres ó cuatro de los ocho, y entre ellos, volviéndose un Fulano 
Castaño, dixo á todos los demás que atrás quedaban, que Cortés era 
muerto. Cristóbal de Olid, que nunca le dexó, mirando atrás y viendo 
que se cerraba la calle de enemigos é que adelante había infinitos, é 
que ellos eran pocos para meterse en más aprieto, dixo á Cortés muchar- 
veces: “¡Vuelta, señor, vuelta, que vais perdido, que no nos sigue nadie 
Y los enemigos por momentos se van juntando!” Estonces volvió Cortés 
c halló que la última puente é primera á la vuelta estaba medio abierta 
y en ella caídos cuatro ó cinco caballos é dos de los dueños dellos 
muertos, el uno de los cuales se decía Joan de Soria. Hizo sacar los 
caballos, defendió que no acabasen los enemigos de abrir la puente, 
pasó por ella con solos tres ó cuatro, acudió infinita gente; fuéle 
nescesario, peleando, romper por los enemigos. Aquí sola su persona 
restauró las vidas de sus compañeros. 


CAPITULO CXII 

CÓMO TORNADO A SEGUIR LOS ENEMIGOS A CORTÉS, TORNÓ ATRAs, MATÓ 
íMUCHOS, y HALLANDO DESEMBARAZADA LA PUENTE, PASÓ CON GR.\N 
DIFICULTAD. CÓMO MARINA HABLÓ A MOTEZUMA Y ÉL A LOS SUYOS Y 
CÓMO LO HIRIERON 

Seguían todavía con gran furia los enemigos á Cortés : volvió á 
ellos, mató muchos, hízolos retirar muy gran rato, volvió á la puente, 
no halló más de un caballo, que los demás ya los habían sacado á nado : 
salvó también éste, y como ya la puente estaba más abierta, aunque 
estonces la halló desembarazada, pasó por ella con muy gran trabajo y 
dificultad y por las dem.ás no sin gran resistencia. Diéronle dos pedradas 
en una rodilla, de que le lastimaron mal. Llegó á los aposentos donde se 
habían recogido los suyos, hallólos muy confusos porque se vían sin 
caudillo, no se determinaban á cosa alguna é aun muchos creyeron que 
como iban tan pocos con él y.se habían metido tanto en los enemigos, 
sería muerto. Alegráronse y esforzáronse con su vista, que, cierto, en 
los mayores peligros tenía mayor esfuerzo y consejo que pocas veces 
en semejantes trances suelen tener los hombres. Tornaron luego los 
enemigos á abrir las puentes, y como eran tantos, ios demás, subiéndose 
los Capitanes y caudillos sobre las más cercanas azoteas, dieron bravísima 






LIBRO CUARTO.-CAP. CXII 


477 


guerra á Cortés y á los suyos, que se habían hecho fuertes en los aposen- 
tos, donde, aunque la hambre los aquexaba más que nunca, se defendían 
valientemente. 

Miró Cortés á ciertos caballeros mexicanos, muy bien adereszados, y 
entre ellos á uno de quien los otros hacían gran caudal y que lo gobernaba 
todo. Deseoso de saber quién fuese y si era aquel al que habían alzado por 
señor, mandó á Marina que de su parte lo preguntase á Motezuma, 
el cual dixo que no sabía quién fuese el elegido; que creía que siendo 
él vivo, no se atrevieran los suyos á elegir Rey, especialmente tiniendo 
subcesores, aunque, según la bárbara ley de algunas nasciones indias, 
los hermanos y no los hijos subcedían en los reinos y mayorazgos. Tor¬ 
nó Marina á preguntarle de parte de Cortés si conoscía á alguno de 
aquellos (que eran diez ó doce) muy señalados en devisas y penachos 
con mucha argentería, é traían las rodelas chapadas de oro, que con 
el sol resplandecían mucho é que eran los que más guerra hacían, porque 
estaban más cerca y animaban y regían á los demás. Motezuma los 
miró bien é aunque los conosció á todos, le respondió que algunos deilos 
le parescía ser sus parientes y. que entre ellos estaban el señor de Tez- 
cuco y el de Yztapalapa. 

Crescía la guerra; víase afligido Cortés y Motezuma, y porque los 
españoles no le matasen, ó porque verdaderamente los amaba y quería 
bien, ca jamás en ausencia ni en presencia le oyeron decir mal dellos, 
que era de lo que más pesaba á los mexicanos, invió á llamar á Marina : 
rogóle dixese al Capitán que él quería subir al azotea y desde el pretil 
hablar á los suyos, que por ventura cesarían y vendrían en algún buen 
concierto. 

Parescióle bien á Cortés, mandóle subir con docientos españoles de 
guarda, y él, adereszado y vestido con sus paños reales, púsose Marina 
á su lado, para entender lo que diría é responderían sus vasallos. Apar¬ 
táronse algo los españoles para que los mexicanos le viesen y conosciesen ; 
hicieron señal de que cesasen y callasen, con las mantas, algunos señores 
que con Motezuma subieron ; conosciéronle luego los suyos, y en esto 
se engaña Gómara (*), que casi trasladó á Motolinea, que dice que no le 
conoscieron. Sosegándose, pues, todos para oir lo que les quería decir, 
alzando Motezuma la voz, contra su autoridad real, para que de los más, 
y especialmente de aquellos señores que tanto encendían á los otros, fuese 
oído, les habló desta manera: 

“Por los dioses inmortales que nos dan los mantenimientos de que 
nos sustentamos y nos dan salud y victoria, os ruego que si en algún 
tiempo yo os he bien gobernado y hecho mercedes y buenas obras, que 
tdiora mostréis el agradescimiento debido, haciendo lo que os rogare y 
mandare. Hanme dicho que siendo yo vivo habéis elegido Rey, porque yo 
estoy en prisión y porque quiero bien á los cristianos, á“ quien vosotros 


O Conquista de Méjico, ro/>. tif. “La muerte de Motezuma”. 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


478 

rborrescéis tanto. No lo puedo creer que dexéis vuestro Rey natural por 
el que no lo es, ca los dioses me vengarían cuando yo no pudiese tomar 
venganza. Si habéis porfiado tanto en los combates, con tantas muertes 
V pérdidas de los vuestros, por ponerme en libertad, yo os lo agradesco 
mucho, pero sabed que aunque vuestra intención es buena y de leales 
'^asallos, que vais errados y os engañáis mucho, porque yo de mi voluntad 
estaba y estoy en estos aposentos, que .‘^on mi casa, como sabéis, para 
hacer buen tratamiento á estos huéspedes que de otro mundo vinieron 
á visitarme de parte de su gran Emperador. Dexad, os ruego, las armas, 
no porfiés, mirad que son muy poderosos y valientes los cristianos é que 
uno dellos que habéis muerto os cuesta más de dos mili de los vuestros; 
en los más de los rencuentros, por pocos que hayan sido, han sido 
victoriosos contra muchos de los vuestros. Han os rogado con la paz, 
no os han quitado vuestras haciendas ni forzado vuestras mujeres ni 
hijas, y si con todo esto queréis que se va3^an, ellos se irán, porque no 
quieren contra vuestra voluntad estar en esta ciudad. Yo saldré de 
aquí cuando vosotros quisiérdes, que siempre he tenido libertad para 
ello; por tanto, si como al princi})io os dixe, me amáis é 3^0 os he 
obligado á ello, cesá. cesá, por amor de mi; no estéis furiosos ni ciegos 
de pasión, que ésta nunca dexa hacer cosa acertada.’' 

Oyeron los mexicanos con muy gran atención este razonamiento ; 
hablaron quedo un poco entre sí, é como vieron que todavía Alotezuma 
se aficionaba á los españoles, que tanto ellos aborrescían y el elegido 
era de su banda v pensaba quedar con el reino y señorío que no era suyo, 
*€on gran furia y desvergüenza le respondieron: '‘Calla, bellaco, cuilón, 
afeminado, nascido para texer y hilar y no para Rey é seguir la guerra; 
esos perros cristianos que tú tanto amas te tienen preso como á masce- 
gual, y eres una gallina ; no es posible sino que ésos se echan contigo y 
te tienen por su manceba." Diciéndole estos y otros muchos denuestos, 
volvieron al combate, tiraron á Alotezuma y á los cristianos muchas 
flechas y piedras, é aunque un español tenía cuidado de rodelar á Aío- 
tezunia, quiso su desgracia que le acertó en la cabeza hacia la sien una 
pedrada. Baxó á su aposento, echóse en la cama; la herida no era 
mortal, pero afrentado é avergonzado de los sin^os que como á dios le 
obedescían, estuvo tan triste y enojado cuatro días que vivió, que ni 
<,uiso comer ni ser curado. 

CAPITULO CXIII 

.CÓMO MOTEZUMA UN DIA ANTES OüE MURIESE INVIÓ Á LLAMAR A CORTl'^ 

Y DE LAS PALABRAS -QUE LE DIXO Y DE LO QUE CORTÉS LE RESPONDIÓ 

Aunque en el entretanto que Alotezunia estaba en cama la guerra no 
cesaba y los nuestros andaban buscando modo 3' manera cómo ofender 
y defenderse, cresciéndolé el enojo y pasión al gran Rey Alotezuma é 



Lir.RO CUARTO. —CAP. CXIII 


479 


viendo que ya las fuerzas le desfallescían é que de la herida, por no 
dexarse curar, estaba pasmado é que no podía en breve dexar de morir, 
invió á gran priesa con muchos criados á llamar á Cortés, el cual fué 
á su llamado, y entrando por su aposento se le arrasaron á Motezuma 
los ojos de agua. Abrazóle con grande ansia, levantóse sobre los coxi- 
nes y llorando como un niño, tomándole las manos le dixo: ‘'No sé 
por do comience á darte cuenta de lo que este mi afligido y apasionado 
corazón siente. ¿Soy yo, valeroso Capitán y amigo mío, aquel gran 
Emperador y señor Motezuma que tú tanto porfiaste querer ver y visi¬ 
tar? ¿Soy yo aquel á quien este mundo ha temido y reverenciado no 
menos que á los inmortales dioses? ¿Soy yo aquel que con tanta pompa 
y majestad salí á rescebirte? ¿Qué mudanza de fortuna es ésta? ¿Qué 
desgracia ha sido la mía? Yo no me alcé con reino ajeno; de mis 
padres y abuelos heredé este infelice y desdichado imperio; no he hecho 
sin justicia; he vencido muchas batallas, conquistado muchos reinos y 
hecho grandes mercedes. ¿Qué mudanza es ésta? ¿qué trueque? ¿qué 
desdicha?, ¿qué infortunio?, ¿qué miseria?; que los que, descalzos los 
pies, los ojos por tierra, no osaban hablarme sino por intérpretes; que 
aquellos sobre cuyos hombros iba y caminaba, sus mantas puestas de- 
baxo del brazo, se hayan atrevido y desvergonzado contra su Rey y se¬ 
ñor, diciéndole palabras que á ningún vil esclavo se dixeran, tirando con 
piedras á la persona real? ¡Ah, Cortés, Cortés; el corazón se me hace 
pedazos; con grande rabia acabo la vida, el más apocado y envilescido 
hombre del mundo! ¡ Oh, quién viera el castigo y venganza desto, pri¬ 
mero que muriera!; pero ya no hay remedio, que más me ha muerto el 
enojo que la herida. Lo que me resta que decirte es que, pues por tu 
causa muero, tengas, como caballero que eres, cuidado de mis hijos, los 
ampares y sustentes en el reino y señorío de su padre y castigues gra¬ 
vemente á los que me han denostado, y quites la vida y el reino al que 
se ha alzado con él y á mí ha dado la muerte. Mira que es Rey y gran 
señor y te ha sido muy amigo el que te pide esta palabra y que como ca¬ 
ballero me la cumplas, que con esta esperanza mi ánima irá descansada.'' 

Cortés á todas estas razones estuvo muy atento, y aunque al principio 
reprimió las lágrimas, no pudo dexar de llorar, y tomándole las ma¬ 
nos, dándole á entender lo que le pesaba de su desgracia, le dixo: “Gran 
Príncipe y señor mío: No se aflija tu Alteza, que lo que me mandas yo 
lo haré como si el Emperador de los cristianos, mi Rey é señor, me lo 
mandara; ca conosco que por el gran valor de tu persona se te debe 
é yo te lo debo. No has querido comer ni ser curado, que tú no tenías 
herida para morir della; mueres de pesar y descontento y debías de 
considerar que donde tú no tenías la culpa ni habías hecho ni dicho 
cosa que no fuese de Rey, por donde merescieses que los tuyos se te 
atreviesen, no debías de tomar pena, sino darla á los que tuvieron la 
culpa; y pues, tú, según veo, ya no podrás, por estar tan cercano á la 
muerte, ve consolado con que tus hijos serán mirados como mis ojos y 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


480 

tu muerte la más vengada que hasta hoy ha sido, aunque yo perdiese 
muchas vidas si tantas tuviese/’ 

Motezuma, aunque era tan gran señor, como era indio, deseaba la 
venganza, porque los desta nasción la desean más que otros. Holgóse 
mucho con la repuesta de Cortés, rescibió gran descanso, y en pago dello 
ie dixo así: “Capitán muy valiente y muy sabio, á quien yo hasta este 
punto donde se conoscen los amigos he amado tanto: No puedes creer el 
contento que tu visita me ha dado y el alegría que tus palabras han en¬ 
gendrado en mi triste corazón, en pago de lo cual, porque barrunto y en¬ 
tiendo que según eres valeroso, que has de señorear y mandar toda esta 
tierra, honrando mis hijos y vengando mi muerte, te quiero avisar cómo 
yo he gobernado y mandado, para que sepas cómo de aquí adelante tú has 
de gobernar y mandar todos los indios desta gran tierra, según la expe¬ 
riencia me lo ha enseñado. Estos no hacen cosa buena sino es por miedo; 
destrúyelos el regalo y humanidad en los Príncipes; son amigos de 
holgar, dados á todo género de vicios, y si yo no los ocupara hasta hacerles 
dar tribucto de los piojos, no me pudiera valer con ellos; los pequeños 
delictos es menester castigarlos como los grandes, por que no vengan 
á desvergonzarse é á ser peores, é así los hacía yo esclavos ó los ahorcaba 
por una mazorca de maíz que hobiesen tomado. Son mentirosos, livianos, 
deseosos de cosas nuevas; aborrescen mucho, aman poco, olvidan fᬠ
cilmente los beneficios rescebidos, por grandes y muchos que sean. Es 
menester que vivas con ellos recatado, no les confies secreto de impor¬ 
tancia, ténles siempre el pie sobre el pescuezo, no te vean el rostro 
alegre, enójate por pocas cosas para no darles lugar á otras mayores; 
hazles buenas obras sin conversar con ellos ni mostrarte afable, porque 
te perderán el respecto y tendrán en poco. Finalmente, no les perdones 
cosa mal hecha y sepan que si la pensaren te la han de pagar.” 

Cortés le agradesció mucho el buen consejo; díxole que por lo que 
él había visto, su xA.lteza tenía razón, é que así haría al pie de la letra 
lo que le mandaba. Con esto le abrazó y dixo que cuando algo fuese 
menester le llamase, porque él iba á ver lo que era menester en el combate 
que los indios daban. 


CAPITULO CXIV 

DE LA MUERTE DE MOTEZUMA Y DE LO QUE CORTÉS MANDÓ HACER 
DE SU CUERPO Y DONDE LOS INDIOS LO ENTERRARON 

Otro día que dixeron á Cortés Motezuma estar muy al cabo, fué 
á verle. Preguntóle cómo se sentía; respondió muy ansioso: “La muerte, 
que es la mayor angustia de las angustias.” Cortés le tornó á decir: 
“Gran Príncipe, para ahora es tu valor y tu ánimo; forzosa es esta deuda, 
porque el que nasce es nescesario que muera; pero para que no mueras 



LIBRO CUARTO. —CAP. CXIV 


481 

para siempre y tu ánima no sea atormentada en el infierno, pues estaba 
v'oncertado que te bautizases y tú lo pediste de tu voluntad, ruégote por 
Dios verdadero, en quien solo debes creer, que lo hagas; que Fray 
Bartolomé de Olmedo te bautizará.'' Motezuma dicen que le respondió 
que quería morir en la ley é secta de sus antepasados (i) é que por media 
hora que le quedaba de vida no quería hacer mudanza; é si esto había 
de hacer en este tiempo, mejor fué que no fuese baptizado, antes, porque 
como era adulto y no estaba instructo en las cosas de la fee y todos sus 
vasallos eran de opinión contraria y los indios naturalmente mudables, 
retrocediera fácilmente y fuera peor, conforme á aquello: “Más vale 
no conoscer la verdad, que después de conoscida d'exarla." 

Con esto se salió Cortés del aposento; quedó agonizando Motezuma, 
acompañado de algunos señores de los que estaban presos; dió el ánima 
al demonio y no al que la había criado; murió como había vivido, y antes 
que se viese en este trance, haciendo una breve plática á aquellos señores 
que le acompañaban, les encargó sus hijos y la venganza de su muerte. 
Murió como gentil, deseoso hasta la postrera boqueada de la venganza 
de los suyos; jamás consintió paños sobre la herida, y si se los ponían 
quitábaselos muy enojado, procurándose y deseándose la muerte. 

Como Cortés supo que había ya más de cuatro horas que Motezuma 
era muerto, asomóse al azotea de la casa, porque todavía andaba la 
guerra y él estaba recogido con los suyos. Hizo señal á los Capitanes 
mexicanos de que cesasen y le oyesen; hiciéronlo así; díxoles por la 
lengua: “¡Mal pago habéis dado al gran señor Motezuma, á quien como 
á dios venerábades é acatábades! El es muerto de una pedrada que le 
distes en las sienes, y murió más de enojo de vuestra traición y maldad 
que de la herida, porque no quiso ser curado de la herida. Inviároslo he 
allá para que le enterréis confonne á vuestros ritos y costumbres, y mirad 
que no porfiéis más en la guerra ni hagáis un mal tras de otro, porque 
Dios, que es justo Juez, asolará por nuestras manos vuestra ciudad y 
ninguno de vosotros quedará vivo." 

Acabado de decir esto, los indios, desvergonzadamente, le respondie¬ 
ron: “¿Para qué queremos nosotros ya á Motezuma vivo ni muerto? 
Caudillo tenemos, y lo que está hecho está bien hecho. Guardáoslo allá, 
pues fué vuestra manceba y como mujer trató sus negocios, y la guerra 
no cesará hasta que vosotros ó nosotros muráis ó muramos; ca te hacemos 
saber que aunque por cada uno de vosotros mueran ocho ó diez mili de 
los nuestros, nos sobrará mucha gente. Las puentes tenemos abiertas, 
que vosotros cegastes, para que aunque huyáis, no os escapéis de nuestras 
manos, y si no salís, la hambre y sed os acabará ; de manera que por 
cualquiera vía nos vengaremos de vosotros." 

Cortés les volvió las espaldas, diciéndoles: “ Ahora, pues, á las ma¬ 
nos." Mandó luego, para que era cierto que de la pedrada había muerto 

(i) Al mürgen: “Motezuma responde que quiere morir en la ley de sus pa¬ 
sados. Ojo á Gómara.” 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


482 

Motezuma, á dos principales de los que estaban presos para que (como 
testigos de vista, dixesen lo que pasaba) tomándole á cuestas le sacasen 
de la casa. Estaba la calle por donde salieron llena de gente; llegó á ellos 
un principal con una devisa muy rica; hizo, sin hablar, muchos visajes 
y meneos como preguntando qué cuerpo sería aquél, y como le dixeron 
que era el de Motezuma, hizo señales hacia los españoles de que le 
volviesen. Corrió hacia los suyos y los indios tras dél, y era, según se 
entendió, que lo iba á decir á los otros señores, para que lo enterrasen 
como era de costumbre. Desaparescieron los indios que le llevaban de 
la vista de los nuestros. No se supo de cierto qué hicieron dél, más de 
que le debieron enterrar en el monte y fuente de Chapultepeque, porque 
allí se oyó un gran planto. 

CAPITULO CXV 

DE QUIÉN FUE MOTEZUMA Y DE SU CONDISCIÓN Y COSTUMBRES 

Fué Motezuma hijo y nieto de los Reyes y Emperadores de México, 
y aunque sus pasados fueron muy valerosos, hízoles en todo ventaja, y 
así decían los viejos, y aun lo tenían en las pinturas de sus antepasados, 
que nunca habían tenido Rey tan valeroso como era Motezuma, ni el 
imperio mexicano tan próspero y bien gobernado como en sus días; y así 
paresce, como se entiende de las escripturas, que cuando los reinos y 
señoríos están más pujantes, estonces se acaban y dan mayor caída. Desta 
manera los persas, medos, macedonios é otros imperios se fueron tro¬ 
cando y mudando, para que se vea que en esta vida no hay cosa firme 
ni estable. 

Fué, pues. Motezuma, lo que ennoblesce mucho á los Príncipes y los 
hace ser amados de los suyos y temidos de los extraños, naturalmente 
dadivoso, amigo por extremo de hacer mercedes, y así, no solamente á 
los suyos, pero á los españoles, las hizo muy grandes y muchas, sin fin 
de otro provecho, sino sólo por ser liberal. Aunque era muy regalado y 
muy servido, jamás comió ni bebió demasiado y decía que al Príncipe 
convenía ser más virtuoso que otros, porque todos le miraban é iban por 
donde él iba. Tuvo muchas mujeres, según está dicho, y era con ellas muy 
templado; tratábalas bien y honrábalas mucho, diciendo que la mujer 
no tenía más valor del que el hombre le daba y que se debía mucho á 
las mujeres por el trabajo que en el parir y criar padescían. Fué jus¬ 
ticiero, castigando gravemente los delictos; jamás pecado cierto dexó sin 
castigo, aunque fuese de su hijo. En su religión era muy devoto y muy 
curioso; tenía gran cuenta con las cerimonias y ritos de su religión. Fué 
sabio y prudente, así en los negocios de paz como en los de guerra. Dicen 
que venció nueve batallas campales. 

Aumentó mucho sus reinos y señoríos; nunca por su persona salió 
con otro en desafío ni batalla, porque esto no lo hacía sino gente baxa. 



LIBRO CUARTO.— CAP. CXVI 483 

y aunque lo hicieran caballeros, no había en todo este mundo quien pu¬ 
diese entrar en campo con él, porque ó todos eran sus vasallos, ó los 
que no lo eran lo podían ser. Guardó gravemente, porque convenía así, 
la gravedad y severidad de su persona, porque ningún Príncipe le en¬ 
traba á hablar que no le temiese y reverenciase. Cuando salía fuera, daba 
gran contento al pueblo; acompañábanle muchos; servíase con grandes 
cerimonias. Quiso mucho á los españoles; hízoles grandes mercedes, y 
lo que se pudo saber es que jamás habló mal en ellos, y si después que 
los trató procuró, contra las señales exteriores, hacerles mal, nunca se 
pudo entender, porque no quedó hombre vivo de los con quien comuni¬ 
caba sus secretos. En las fiestas y regocijos (guardando su gravedad) 
se regocijaba á sí y al pueblo. Finalmente, si muriera cristiano, fué uno 
de los mayores y más notables Príncipes que ha habido en muchas nas- 
ciones. 


CAPITULO CXVI 

CÓMO CORTÉS INVIÓ A LLAMAR Á LOS SEÑORES MEXICANOS 
Y DE LO QUE COX ELLOS PASÓ 

Luego que desaparesció el cuerpo de Motezuma, aunque los nuestros 
barruntaron, de las voces que oyeron, que ya le habían enterrado, invió 
á decir Cortés á sus sobrinos y á los otros señores y Capitanes que 
sustentaban la guerra, que quería hablarles, los cuales, como esto enten¬ 
dieron, vinieron luego, y Cortés, en pocas palabras, desde el azotea les 
dixo que pues habían muerto á su Rey é* señor y era forzoso para su 
buena gobernación elegir otro y enterrar el muerto con la pompa y 
majestad que á los demás Emperadores solían hacer, que dexasen las 
armas é atendiesen á dos cosas tan importantes; la una para su quietud 
y la otra para hacer lo que debían; y que por lo mucho que debía á 
Motezuma, como amigo suyo, se quería hallar á su entierro si no le habían 
enterrado, y si le habían enterrado, á sus honras, y que supiesen que 
por amor de Motezuma no les había hecho mayor guerra é asoládoles 
sus casas, pero que pues porfiaban tanto y tenían tan mal miramiento 
y él ya no tenía á quien tener respecto, les haría la guerra abierta, 
ofendiéndoles como pudiese. 

Ellos, tan obstinados é pertinaces como antes, le respondieron que de 
sus palabras no se les daba nada, é que hasta que se viesen libres y 
vengados, dexarían primero las vidas que las armas, y que en lo de 
elegir Rey no les diese consejo, porque ellos sabían mejor que él lo que 
debían hacer, é que en lo que tocaba al entierro de Motezuma, que no 
era menester que él le honrase, pues un Emperador de suyo estaba 
honrado y que ellos le enterrarían como á los otros Reyes sus predece¬ 
sores, é que si él quería hacerle compañía, por el amistad é amor que le 
tenía y quería ir á morar con los dioses, que saliese y matarle híaii. 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


484 

Aquí no pudo Cortés sufrir la risa, aunque no estaba nada contento. 
Díxoles que los cristianos no solían acompañar infieles. 

Prosiguiendo ellos su plática, dixeron que más querían justa guerra 
que afrentosa paz y que no se enojase, ca tendría dos trabajos; que ellos 
no eran hombres que se cebaban de palabras, é que ellos eran los que 
por reverencia de Motezuma no le habían muerto y quemado en su casa; 
que se fuese, y que si no lo hacía, sería peor para él, é que salido de la 
ciudad, podría tratar de conciertos é que de otra manera era trabajar 
en vano y que sobre esto no les hablase más, porque no había de haber 
otra cosa. 

Cortés, como los halló duros y entendió que el negocio iba de mal 
hvtQ y que le decían que se fuese para tomarlo á su placer, entre puentes, 
les replicó que si él hobiera querido, hubiera dexado la ciudad; pero que 
si les rogaba esto, era más por excusarles el daño que les hacía, ma^ 
tándoles tanta gente, que por el que él rescibía, que era poco; y con 
esto dándoles de mano, les dixo que se fuesen, porque cuando quisiesen 
arrepentirse no habría lugar. Ellos, mofando desto y haciendo, como 
entre ellos se usa, la perneta, se fueron. 

CAPITULO CXVII 

CÓMO CORTÉS OTRO DÍA DE MAÑANA SALIÓ CON TRES INGENIOS DE MADERA 
y CÓMO APROVECHARON POCO 

Viendo Cortés que ya el remedio estaba solamente puesto en las 
manos y que los mexicanos no querían paz sino guerra, determinó aven¬ 
turarlo todo, y así otro día de mañana determinó de salir con tres ingenios 
que los días antes habían hecho, los cuales los arquitectos llaman burras 
ó mantas. Llevábanlos treinta hombres, cada uno con unas ruedas por 
lo baxo; al parescer eran muy fuertes, pero como la resistencia fué 
mayor, aprovecharon poco. Salió, pues. Cortés con ellos por la calle de 
Tacuba, que hoy, como estonces, es la más principal de la ciudad. Iban 
cubiertos los ingenios con tablas más gruesas que tres dedos. 

Al principio, como los indios vieron edificios tan bravos, maravillᬠ
ronse y estuvieron algún tanto suspensos para ver qué hacían, é como 
vieron que salía Cortés con todos los españoles y con tres mili tlaxcaltecas 
y que comenzaban los unos á pelear desde el suelo, y los otros, arrimando 
los ingenios á las casas, echaban escalas para subir á ellas y derribar 
los que estaban en las azoteas, comenzaron los indios á dar grita y á 
pelear valientemente con los nuestros, y los que estaban en las azoteas 
pidiendo á los que estaban en los patios muchas y grandes piedras, con 
que dando en los ingenios en breve los deshicieron, porque, aunque los 
nuestros ganaron algunas azoteas baxas, desde las altas descargaron 
con tanta furia la pedrería que tenían ajuntada, que fácilmente, como 
está dicho, quebrantaron las mantas, empeciendo malamente á los que 




LIBRO CUARTO.—CAP. CXVIII 


485 

las llevaban y regían. Mataron en la refriega un español, al cual llevaron 
otros sus compañeros encubiertamente debaxo de un ingenio á los 
aposentos. 

Fué tanta la priesa que los indios se dieron en tirar las piedras y 

tan grande su pesadumbre y grandeza y la furia con que pelearon, 

que no dieron lugar á que los nuestros disparasen el artillería ni juga¬ 
sen el escopetería, de cuya causa volvieron los nuestros más que de 
paso é más como hombres que huían que como resestidores, y no pu¬ 
dieron más, porque aunque las otras veces, de los altos de las casas, 

con las piedras, rescebían daño, nunca como aquella vez habían sido 
tan fatigados, porque fueron muchas y muy grandes las piedras, algunas 
de las cuales pesaban á tres y cuatro arrobas é donde quiera que daban 
hacían gran daño, así que de la manera que es dicho se retiraron los 
nuestros á los aposentos, los unos cubriéndose con los ingenios, los 
otros con las rodelas, que llevaban hechas pedazos. 

Cobraron con esta victoria los enemigos grande ánimo, teniendo por 
cierto que el día siguiente la conseguirían del todo. Desde las azoteas 
más cercanas decían á los nuestros: ‘‘¡Ah, bellacos, cuilones, inventores 
de nueva secta, usurpadores de haciendas ajenas, advenedizos, nascidos 
de la espuma de la mar, heces de la tierra!; presto moriréis mala muerte, 
mañana os sacrificaremos y con vuestra sangre untaremos nuestros 
templos, que vosotros, bellacos, habéis violado. MaHnche, que así lla¬ 
maban á Cortés, pagará la muerte de Qualpopoca y la prisión de Mo- 
tezuma. Las puentes están abiertas, vosotros muertos de hambre y 
cansados. Daos, bellacos, daos, para que con vuestras vidas hagamos 
servicio á nuestros dioses y muriendo paguéis vuestras culpas y pe¬ 
cados.’' 

Los tlaxcaltecas, que con brío solían responderles, callaron, porque 
vían que sus negocios iban de mal arte. Cortés, aunque con gran ánimo 
y esfuerzo desimulaba el aflición y peligro en que se vía, allá en su 
pecho se arrepentía mili veces de no haber salido cuando pudiera; pero 
porque si él desmayaba habían de desmayar y desfallescer los demás, 
mostraba muy buen rostro al trabajo presente, diciendo que Dios no 
les había de faltar, é que los indios eran de aquella manera, que cuan¬ 
do algún buen subceso tenían salían de sí, como se encogían cuando 
huían. 


CAPITULO CXVIII 

CÓMO CORTÉS PIDIÓ TREGUAS Á LOS MEXICANOS Y NO SE LAS QUISIERON 

CONCEDER 

Dicen Motolinea y Gómara (*), aunque lo contrario es lo más cierto, y 
lo que pasó fué antes deste tiempo, que después de haber vuelto Cortés 

O Conquista de Méjico, cap. tit. “Rehúsan los de Méjico las treg^ias que 
Cortés pidió.” 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


486 

con los ingenios acometió tres veces á subir al templo mayor, donde 
quinientos principales se habían hecho fuertes é hadan gran daño porque 
estaban cerca de los aposentos, é que porfió tanto que subió y los mató 
y que no halló la imagen de Nuestra Señora que los indios no podían 
arrancar, y que quemó la Capilla de los ídolos: esto no podía ser porque 
eran de bóveda, hechas de piedra. Refiero esto, porque los que leyeren 
esta historia entiendan que no dexé cosa que alcanzase de poner, siguien¬ 
do lo que en mí fue lo más cierto é verdadero, porque en las cosas 
humanas todo tiene contradisción. 

Considerando, pues. Cortés la gran multitud de los contrarios, que 
con haber muerto tantos no parescía que faltaba ninguno, la porfía, 
el ánimo, las muchas armas con que peleaban, é que ya los suyos estaban 
cansados de pelear é que la hambre les hacía dentro de casa la guerra 
y que no deseaban cosa tanto como ver la puerta abierta y el camino 
seguro para salir, y que de ahí adelante todo había de subceder de mal 
en peor, determinó de inviar á llamar á los principales mexicanos, ó 
los cuales, en siendo venidos, les dixo: “Valientes y esforzados caballe¬ 
ros: ¿Para qué porfiáis tanto en hacernos guerra, pues siempre habéis 
llevado lo peor?; nunca os habernos hecho daño sino cuando nos le 
hecistes; huéspedes vuestros somos y deseamos vuestra amistad si que¬ 
réis la nuestra. Motezuma y vosotros nos recebistes de buena voluntad 
en vuestra ciudad y casas; no es de caballeros, ni aun vuestras leyes 
lo permiten, que á los huéspedes tratéis mal de obra ni aun de palabra. 
Dexad por algunos días las armas, descansad del trabajo pasado y pensad 
lo que más conviene, que para todo tendréis tiempo. Alirad que aunque 
hoy ha subcedido bien, en todos los días pasados habéis llevado lo peor; 
no habéis muerto á ninguno de los míos, y de los vuestros no se pueden 
contar los que han perescido. Aunque me aborrescéis, yo os amo, que esto 
nos manda nuestra buena ley; aconséjoos lo que os conviene; mirad 
no os arrepintáis algún día. Los tlaxcaltecas, si vosotros no nos queréis, 
nos convidan con su ciudad y provincia ; quieren nuestra amistad y aun 
nuestra ley é son indios como vosotros, aunque nosotros tenemos de¬ 
terminado de volver á nuestra tierra y dar relación de lo que hemos 
visto á nuestro Rey, que nos invió.'’ 

Ellos, más endurescidos que piedras y más furiosos que leones 
cmbravescidos, le respondieron que no querían paz ni amistad con cris¬ 
tianos, capitales enemigos de sus dioses y religión, y que los huéspedes 
que sus leyes mandaban honrar y tratar bien, eran los de su religión é 
costumbres, y que los cristianos no eran huéspedes, sino perros ataladores 
y destruidores de cuanto bueno ellos tenían, é que no querían treguas 
ni sosegar hora hasta que de los unos ó de los otros no quedase hombre 
á vida, para que se acabase aquella división é contradición de leyes y 
religiones, é que ya estaban desengañados de que no eran dioses ni 
hombres inmortales, é que entendían que con la ventaja de las armas 
herían y mataban más, pero que ellos eran tantos que poco á poco los 



LIBRO CUARTO. -CAP. CXIX 


487 

acabarían, pues ya lo habían comenzado, habiendo muerto dellos algunos 
é que ya ni tenían agua ni pan ni salud é que viesen cuánta gente parescía 
por las azoteas, torres y calles sin trestanta que estaba en las casas, 
y que hallarían que más presto los españoles acabarían de uno en uno 
que ellos de diez en diez mili, porque muertos aquéllos, habría otros é 
otros, é que acabados los cristianos, no vendrían más é que no eran 
simiente que había de tornar á nascer, y que para irse, por estar las 
puentes rotas y no tener barcas, había mal recaudo; que lo mejor era, 
pues no podían salir é forzosamente habían de morir de hambre, que 
se diesen y muriesen en servicio de sus dioses.” 

Esto no pudo sufrir Cortés; inviólos para perros é dixo que pues 
querían guerra, que él les hartaría della. Con esto vino la noche, y 
despedidos los unos de los otros. Cortés comenzó á tratar lo que se 
debía hacer. 


CAPITULO CXIX 

CÓMO DETERMINÓ CORTES DE SALIR AQUELLA NOCHE DE LA CIUDAD 
Y DE LO QUE BOTELLO LE DIXO Y LO DEMAS QUE CORTÉS HIZO 

Venida que fué la noche, considerando Cortés el peligro tan mag- 
nifiesto en que los suyos estaban, la hambre que de cada día más los 
afligía, las enfermedades de algunos, las muertes y heridas de otros, 
el cansancio y extrema nescesidad de todos, la multitud de los enemigos, 
su rabia y porfía, é que por ninguna vía, así de halagos como de ame¬ 
nazas, los podía atraer á su voluntad y que de cada día estaban más em¬ 
perrados é que ya no tenía pólvora ni aun pelotas, tanto que á falta dellas 
echaban en las escopetas chalchuites, que son piedras finas á manera de 
esmeraldas, muy presciadas entre los indios y aun entre los españoles, 
llamando á los principales Capitanes é á un soldado que se llamaba 
Botello (i), que decían tener familiar é que había dicho á Cortés muchas 
cosas de las que después subcedieron, les dixo: “Señores: Ya veis 
que no podemos ir atrás ni adelante; en todo hay riesgo y peligro, pero 
parésceme que el mayor es quedar y el menor aventurarnos á salir. Los 
indios pelean mal de noche; salgamos con el menor bullicio que pudié¬ 
remos, y Botello nos diga sobre esto lo que le paresce.” 

Los Capitanes respondieron diferentemente, porque á los unos les 
paresció bien lo que Cortés decía, á causa de que todos ellos estaban 
cansados é los indios no acostumbraban á pelear de noche. A los otros 
les paresció mejor lo contrario, y aun después acá paresció así á muchos 
de los conquistadores, á causa de que las puentes estaban abiertas, los 
maderos quitados, la noche obscura y que llovisnaba, é que de noche, 
despertando y acometiendo á los indios, ni los de á pie ni los de á caballo 
podían ver lo que hacían. 


(1) Al margen: “Botello.” 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


488 

Estando en esta diferencia, Botello, que de antes en lo que decía tenía 
más crédito con todos é había dicho cómo acometiendo Cortés á Narváez 
de noche le vencería é sería señor del campo, les dixo: “Señores: No 
hay que altercar. Conviene que salgamos esta noche, y sabed que yo 
moriré ó mi hermano é que morirán muchos de los nuestros, pero sal¬ 
varse ha el señor Capitán y muchos de los principales. Volverá sobre esta 
ciudad y tomarla ha por fuerza de armas, haciendo grande estrago ; é 
de día, en buena razón, paresce que no conviene salir, porque la noche 
tanto y más ayuda á nosotros que á los indios. Las puentes están abier¬ 
tas; para cerrarlas é pasarlas es menester gran trabajo; falta la pólvora 
y munición para los tiros y escopetas, que es nuestra principal fuerza ; 
de las azoteas es todo el daño, y éste cesará saliendo de noche, é si 
vamos callando, podría ser que cuando los enemigos diesen en ello, 
estén los más de nosotros en tierra firme, aunque todavía me afirmo 
en que moriremos muchos; pero si salimos de día, sería posible morir 
todos y que no tuviese efecto lo que después subcederá. Este es mi 
parescer; resúmanse vuestras Mercedes en lo que más les conviene y 
no lo dilaten, porque si el mío siguen, es nescesario no dexar pasar la 
hora.’' 

Oído por todos lo que Botello dixo, así por el crédito que tenía como 
por las buenas razones que daba, se determinaron todos que aquella 
noche saliesen y se excusase el mayor peligro que podía haber en el 
día. Comenzáronse luego todos á adereszar, armáronse como mejor 
pudieron. Cortés (que no debiera), no pudiendo llevar el tesoro que en 
una cámara había, dixo y aun hizo apregonar dentro de los aposentos, 
para que todos lo supiesen, que los que quisiesen llevar consigo oro, 
plata y joyas lo hiciese, y que cada uno tomase lo que quisiese, que él 
Ies daba licencia, lo cual fué causa (según los españoles son cobdiciosos) 
ciue aquella noche muriesen más por guardar el oro que por defender 
sus personas, ca es cierto que muchos si no fueran cargados pudieran 
correr y saltar y escapar las vidas, aunque perdiesen el oro. y fuera 
mejor seso, y no que por guardar lo menos perdiesen lo uno y lo otro, 
y así, el que menos tomó salió más rico, porque iba menos embarazado. 

La riqueza de aquel aposento era muy grande, porque subía de más 
de seiscientos mili ducados. Joan de Guzmán, camarero de Cortés, fué 
el que abrió el aposento donde el tesoro estaba. Dicen que Cortés pidió 
por testimonio delante de los Oficiales del Rey, cómo el Rey no podía 
dexar de perder aquella noche su quinto, porque no había modo para 
lo salvar, y volviéndose á los Oficiales les dixo: “Señores: En este 
tesoro está el quinto que á Su Majestad pertenesce; tomalde, porque 
desde ahora yo me descargo, y si se perdiere, mucho más pierde Su 
Majestad en perder tan insigne ciudad, que otra como ella no hay en 
el mundo.” Dióles, según dice Motolinea (i), una yegua suya y hombres 
que lo llevasen y guardasen, y en lo demás dió la licencia que dixe, 


(i) Al margen: Motolinea." 





LIDRO CUARTO.—CAP. CXX 


489 

usando de la cual (como venían hambrientos de oro los de Narváez) 
metieron tanto la mano, que muy pocos escaparon, lo cual fue ocasión 
cié que después se dixese que todos ó los más que habían sido traidores 
á Panfilo de Narváez habían acabado miserablemente. 


CAPITULO CXX 

CÓMO CORTÉS ORDENÓ SU GENTE Y HIZO UNA PUENTE DE ^MADERA PAR^V 
PASAR LOS OJOS DE LAS ACEQUIAS, Y Á QUIÉN LA DIO, Y LO QUE LUEGO 
PASÓ 


Estando ya todos aprestados é cada uno con el oro y plata que 
había podido tomar, lo más secreto que pudo, mandó Cortés dar aviso 
á todos los españoles para que ninguno quedase, que es lo contrario de 
lo que algunos sin razón dixeron, que se había salido á cencerros ata¬ 
pados, y tanto, porque mejor se vea el valor y bondad de Cortés, que 
después que aquella noche habían salido todos de los aposentos y patio 
buen rato adelante, dixo á Alonso de Ojeda que mirase no quedase 
alguno dormiendo ó enfermo; mandó también más de dos horas antes 
que de mano en mano por las cámaras se hiciese saber la salida. 

A Alonso de Ojeda se le acordó que un español que se decía Fran¬ 
cisco quedaba en su aposento, encima dci azotea, en un arrimadizo, que 
le había dado frío y calentura. Volvió corriendo, hallólo en el azotea 
echado, tiróle de los pies, tráxole hacia sí, diciéndole: '^¿Qué hacéis aquí, 
hombre, que ya todos están fuera del patio?’’ Tomóle por el cuerpo, 
púsole en el suelo, y así aquel hombre con el miedo de la muerte alcanzó 
la gente, y aun se creyó que, aunque muchos sanos murieron, se salvó 
aquél. 

Cortés, como hombre apercebido y á quien Dios en las armas dió 
tanto saber y ventura, como entendió que el concierto y orden de la 
gente es el que la fortifica, y que no se podía salir á tierra firme sin 
llevar una puente de madera, para que puesta sobre el primer ojo 
pasase la gente, en esta manera, la vanguardia dió á los Capitanes 
Gonzalo de Sandoval y Antonio de Quiñones con hasta docientos hom¬ 
bres y veinte de caballo, y la retroguarda á Pedro de Alvarado y otros 
Capitanes que con él iban, y él tomó á cargo el demás cuerpo del 
exército, proveyendo lo que era menester en la vanguardia é retroguardia. 
Dió el cargo de llevar la puente al Capitán Magarino con cuarenta 
hombres muy escogidos, é juramentados, que ninguno dexaría al otro, 
é que uno muriese por todos é todos por uno; é si como se hizo una puen¬ 
te se hicieran tres, pues había gente que las llevase, escaparan todos ó, á 
lo menos, murieran pocos, que como después, en el primer ojo, con la 
pesadumbre de la gente y con la tierra, que estaba mojada, afixó y 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


490 

encalló la puente de tal manera que, acudiendo después la furia de 
los enemigos, no pudieron levantarla, é así, como adelante diremos,, 
miserablemente acabaron muchos. 

Dió cargo Cortés á ciertos españoles de confianza, que llevasen á 
buen recaudo á un hijo y dos hijas de Motezuma y á otro su hermano 
é á otros muchos señores principales que tenía presos, con intento de 
que si los salvara, que después habría algún medio de amistad para cobrar 
la ciudad, ó que habiendo disensión, como era forzosa, viviendo los sub- 
cesores y deudos de Motezuma, favoresciendo su parte, podía tener mucha 
mano en los negocios. 

Cortés tomó para sí cient hombres de los que le paresció que más 
animosos y fuertes eran, para acudir, como después lo hizo, á las 
nescesidades que se ofresciesen. Los de á caballo tomaron a las ancas 
á los que iban cansados y heridos. Desta manera y por esta orden y 
concierto salió el campo con gran silencio á la media noche. 


CAPITULO CXXI 

CÓMO AL PONER DE LA PUENTE EN EL PRIMER OJO LOS ESPAÑOLES FUERON 
SENTIDOS Y LAS VELAS TOCARON AL AR:^ÍA, Y DE LA GENTE QUE POR 
LAS CALLES Y EN CANOAS LUEGO ACUDIÓ 

No fué sentido el exército español, según iba callando y sin rumor, 
hasta que Magarino, que iba adelante con la puente, la puso sobre el 
primer ojo. Las velas que los indios tenían allí, é tenían hecho fuego, les 
tiraron muchos tizonasos, dando grandes gritos, tocando sus caracoles; 
decían: “¡Arma, arma, mexicanos, que los cristianos se van!'' En un 
momento acudieron más de diez mili indios con flechas, arcos y macanas, 
como los que no tenían que vestir arneáes ni ensillar ni enfrenar caballos. 

Peleó, primero que el resto de los españoles llegase, valerosamente 
Magarino y sus compañeros; mataron muchos indios. Puso muy bien la 
puente; pasaron sin ofensa alguna todos los españoles é con ellos los 
indios amigos. En el entretanto, á los ojos de adelante habían acudido 
los enemigos más espesos que lagosta. Procuró Magarino con su genre 
levantar el pontón, pero como llovisnaba afixó mucho y la resisten¬ 
cia impidió que en ninguna manera le pudiese sacar, y aunque heridos 
del procurarlo algunos de los compañeros, pasaron todos adelante. Por 
el un lado é por el otro acudieron infinitos indios en canoas, gritando: 
‘‘•.Mueran, mueran los perros cristianos!" Metíanse tanto en ellos, que 
los tomaban á manos y echaban en el agua, aunque muchos se defendían 
valientemente, hiriendo y matando gran cantidad de los enemigos. 

Desta manera, acudiendo Cortés á una parte é á otra, llegaron al 
segundo ojo (que estos todos eran en la calle de Tacuba), ca en la calle 
de Iztapalapa había siete. Aquí hallaron sola una viga y no ancha; como 



LIBRO CUARTO. —CAP. CXXII 


491 


estaba mojada, los de á caballo no podían pasar, y los de á pie con 
muy gran dificultad; y como aquí acudió la fuerza de los enemigos, 
fué miserable y espantoso el estrago que en los cristianos hicieron, tanto 
cfue de los cuerpos muertos estaba ya ciego el ojo de la puente. 

Aquí animó Cortés grandemente á los suyos; peleó tan valerosa¬ 
mente, que sola su persona, después del favor divino, fué causa que todos 
no peresciesen. Halló por un lado desta acequia, tentando, vado; entró 
por él; llegábale el agua á los bastos del caballo. Siguiéronle los de á 
caballo que quedaban y aun de á pie. Púsose sobre la calzada, y dexando 
allí algunos, volvió á entrar en el agua, en la cual, peleando con algunOwS 
que le siguieron, dió lugar á que muchos peones pasasen por la viga. 
Desta manera, muriendo é ahogándose muchos de los nuestros, llegaron 
al tercer ojo, que era el postrero; pero del segundo se volvieron á la 
ciudad más de cient españoles; subiéronse al cu, pensando de hacerse allí 
fuertes y defenderse, no considerando que habían de perescer de hambre, 
lauto ciega el temor de la muerte, é así se supo que otro día, miserable¬ 
mente los sacrificaron. 

En el ojo tercero, ya antes que Cortés con el cuerpo del exércho 
llegase, había grandes muertes, porque Gonzalo de Sandoval, que llevaba 
el avanguardia, volvió á Cortés y dixo; '‘Señor, muy poca gente nos 
defiende el ojo postrero, pero están ya los españoles tan medrosos que 
si vos no vais allá, se dexarán tomar allí á manos é ahogar en el agua.^" 

Cortés, diciendo á Pedro de Alvarado lo que había de hacer, se fué 
al avanguardia, pasó la gente sin peligro de la otra parte, púsola en tierra 
firme y dexándola á Joan Xaramillo, que era uno de los valientes y 
esforzados del exército, invió á Gonzalo de Sandoval para saber cómo 
pasaba la retroguarda. En esto llegó Cristóbal de Olid á Cortés y le 
dixo que fuese á socorrer á la retroguarda, porque Pedro de Alvarado y 
toda su gente quedaban en gran peligro. Cabalgó Cortés, que se había 
apeado un poco, pasó la puente, peleó con muchos indios, é pasando 
adelante topó con Pedro de Alvarado, el cual le certificó que ya no 
quedaba ninguno por pasar, aunque muchos habían perescido, y fué así. 
Cortés estonces tomó toda la gente delante de sí, quedándose en la 
retroguarda, porque allí acudía toda la fuerza de los enemigos. 


CAPITULO CXXII 

DEL SALTO QUE DICEN DE PEDRO DE ALVARADO, Y DE CÓMO CORTÉS TORNÓ 
A RECOGER LA GENTE QUE ATRAS QUEDABA 

Fué tan brava y tan porfiada de parte de los indios la batalla, como 
aquellos que peleaban en sus casas contra los extranjeros, que ponía 
grima y espanto con la obscuridad de la noche y alarido de los indios 
oir los varios y diversos clamores de los españoles. Unos decían: ‘'¡Aquí, 


492 CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 

aquí!'' Otros: “¡Ayuda, ayuda!" Otros: “¡Socorro, socorro, que me 
ahogo!" Otros: “¡Ayudadme, compañeros, que me llevan á sacrificar los 
indios!" Los heridos de muerte y los que se iban ahogando y aquellos 
sobre los cuales pasaban los demás, gemían dolorosamente, diciendo: 
“¡Dios sea comigo! ¡Misericordia, Señor! ¡Nuestra Señora sea comigo! 
1 Válame Dios!" y otras palabras que en las últimas afliciones, peligros 
y riesgos suelen decir los cristianos. Los vencidos lamentaban de una 
manera; los vencedores daban voces de otra ; los unos pedían socorro: 
los otros apellidaban: “¡Mueran, mueran!"; y como no solamente eran 
contrarias las voces de los vencedores y vencidos, pero como en lengua 
eran tan diferentes, por ser los unos indios y los otros españoles, y no se 
entender los unos á los otros, cargando siempre más la obscuridad de 
la noche y la matanza en los cristianos, acudió Cortés otra vez con 
cinco de á caballo á la puente última, donde era la furia de la batalla, 
donde halló muchos muertos, el oro y fardaje perdido, los tiros tomados, 
muchos ahogados ó presos; oyó lamentables voces de los que morían. 
Finalmente, aunque peleaban algunos, no halló hombre con hombre, 
ni cosa con cosa, como lo había dexado. Animó y esforzó á los des¬ 
mayados, alentó á los que peleaban, recogiólos (*), llevólos delante, siguió 
tras dellos, peleando con grande esfuerzo y coraje. Dixo á Alvarado, 
que quedaba atrás con otros españoles, que los esforzase y recógese en 
el entretanto que él pasaba con aquellos que llevaban la puente. Hizo 
Alvarado lo que pudo, peleó valientemente, pero cargaron tantos enemi¬ 
gos que, no pudiéndolos resistir é viendo que si más se detenía no podía 
dexar de morir, llamando á los que le pudieron seguir á toda priesa, 
pasando por cima de cuerpos muertos é oyendo lástimas de otros que 
morían, saltando sobre la lanza que llevaba, se puso de la otra parte de 
la puente, de que los indios y españoles quedaron espantados, porque el 
salto fué grandísimo é todos los demás que probaron á saltarle no 
pudieron y cayeron en el agua, quedando algunos ahogados, saliendo 
otros con harta dificultad. Por haber sido este salto tan notable y espan¬ 
toso, quedó, como en memoria, el Salto de Alvarado, para en los siglos 
venideros. Está hoy ciego, porque la calzada corre por él; otros dicen 
que es una alcantarilla en la misma calzada que pasa á Chapultepeque. 


(*) En el Ms. “recogólos.” 





LIBRO CUARTO,-CAP. CXXIII 


493 


CAPITULO CXXIII 

CÓMO LOS ESPAÑOLES^ PASADO AQUEL OJO^ LLEGARON Á TIERRA FIRME Y 
CÓMO LOS INDIOS LOS SIGUIERON HASTA TACUBA^ Y CÓMO DESPUÉS DE 
LA PUENTE REPARÓ UN POCO CORTES Y DE LO QUE ACONTESCIÓ A UN 
ESPAÑOL 

De la puente segunda, aunque antes dixe que se habian vuelto cient 
españoles á fortalescerse en el templo mayor, dicen muchos conquista¬ 
dores que fueron trecientos, é que puestos en lo alto pelearon tres dias, 
hasta que de cansados y enflaquescidos de la hambre, se les cayeron las 
espadas de las manos, tiniendo bien poco que hacer los enemigos en 
matarlos. 

Ya, pues los demás que quedaron vivos y pudieron saltar en tierra 
firme estuvieron juntos de la otra parte, unos heridos, otros muy can¬ 
sados, Cortés, aunque los indios no le dieron mucho espacio, puso en 
orden su gente; halló que le faltaban seiscientos españoles, cuatro mili 
indios amigos, cuarenta y seis caballos é todos los prisioneros, aunque 
cerca del número de todos, unos dicen uno y otros otro, más ó menos, 
como les paresce, pero esto es lo más verdadero. Aquí no pudo Cortés 
detener las lágrimas, acordándose cómo Dios le había castigado como á 
David, por haberse ensoberbecido con el número grande de su gente, é 
así es verdad que después decía él que el confiar tanto en su gente fue 
ocasión de aquella pérdida. 

Acordóse Cortés en este paso de lo mal que lo había hecho en no 
haber visitado á Motezuma luego como vino de la victoria de Narváez; 
pesábale de aquella vez que pudo, no haberse salido de la ciudad y puesto 
en salvo; pesábale de haber repartido el oro, pues había sido causa de 
la muerte de los más que habían fenescido, porque por defender y sal¬ 
var cada uno su parte, ni se habían defendido á sí ni á otros. Consi¬ 
deraba la mudanza y trueco de fortuna; dolíale mucho ver muertos á 
manos de tan vil gente tantos españoles, hijosdalgo; llegábale á las en¬ 
trañas el verse huir, el verse cansado y con tan poca gente y con tan 

pocos caballos, sin comida alguna, en tierra extraña, donde en ninguna 
parte tenían seguridad ni sabían por dónde ir; pero, con todo esto, 
revolviendo sobre sí é viendo que á lo hecho no había remedio é que 
era nescesario proveer en lo por venir, acordándose de lo que Botello le 
íiabía dicho é de que había de volver sobre aquella ciudad é que había 
de ser señor della, esforzándose á sí propio, diciendo que la mano del 
Señor aún no estaba abreviada para hacerle mercedes, ya que todos 
los tuvo puestos en concierto, preguntó si estaba allí Martín López; 
dixéronle que sí, holgóse mucho, porque era el que había de hacer los 

bergantines para volver sobre México, y por su persona era valiente y 

cuerdo. 


494 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


En esto, los indios habían saltado en tierra y comenzaron á dar sobre 
los cristianos, los cuales en buen orden, acaudillándolos Cortés é di- 
ciéndoles: “¡Ea, señores y amigos, que ya no hay agua que nos estorbe!” 
se fueron peleando, retirando hacia Tacuba. 

En este camino, yendo muy cansado un español, se subió sobre un 
capuli, que los españoles llaman ‘‘cerezo”, en el cual se estuvo todo lo 
que quedó de la noche y hasta otro día bien tarde que volvieron los 
indios que iban en el alcance de los nuestros. Quiso Dios guardarle de 
manera, que no mirando en él, siendo tantos, después que hobieron pa¬ 
sado, que á él le parescieron más de docientos mili hombres, baxó é por 
entre los maizales, donde otros españoles se salvaron, llegó muy contento 
á do Cortés estaba, el cual, contado lo que había pasado, Cortés dió 
gracias á Dios, tiñiéndolo por buena señal. 

CAPITULO CXXIV 

CÓMO EN AQUELLA PARTE DONDE MURIERON LOS MAS DE LOS ESPAÑOLES, 

DESPUÉS DE TOMADA LA CIUDAD, UN JOAN TIRADO HIZO UNA CAPILl^A 

DONDE SE DIXO MISA POR LOS MUERTOS 

En memoria de los muchos españoles que al pasar desta última puente 
murieron en aquel propio lugar donde fué mayor la matanza, después 
de conquistada y ganada México, uno de los que escaparon de no quedar 
allí, que se decía Joan Tirado, hombre de ánimo y muy buen cristiano, 
devoto de Sant Acacio y de los diez mili Mártires, sus compañeros, en 
reverencia dellos edificó una capilla que hoy llaman de los Mártires, 
donde por aquellos muertos todo el tiempo que el Joan Tirado vivió hizo 
decir misa, y después acá, refrescando aquella memoria y sancta obra, 
algunos conquistadores han hecho decir misas, aunque no tan continua¬ 
damente como Joan Tirado, el cual, en la postrimería y fin de sus días 
murió bienaventuradamente, dando, no solamente señales de cristiandad, 
pero de sanctidad, conosciendo claramente él y los que á su muerte se 
hallaron el favor é ayuda de Sant Acacio y de sus compañeros y aun 
el de las ánimas de purgatorio, especialmente de aquellas que en gracia 
en aquel lugar pasaron desta vida. 

Está esta capilla cerca de otra iglesia, junto á la calzada que se dice 
Sant Hipólito, la cual, como ya está dicho, se edificó en memoria de la 
toma de México, porque aquel día los cristianos, como después se dirá, 
á cabo de más de ochenta días la tomaron, rindieron y subjectaron. 

CAPITULO CXXV 

CÓMO CORTÉS Y LOS QUE ESCAPARON DE AQUEL PELIGROSO PASO FUERON 
PELEANDO HASTA TACUBA, Y DE LO QUE ALLÍ LES PASÓ 

Con muy gran trabajo y dificultad, según está dicho, quedando tantos 
muertos y tantos para morir, é que en ninguna manera podían pasar 





LIBRO CUARTO. —CAP. CXXV 49 ^ 

adelante, Cortés y sus compañeros, aunque iban bien en orden y, por 
estar ya en tierra firme, alentados y con más coraje, peleando y de¬ 
teniéndolos los enemigos en el camino, pudieron, con ser la jornada tan 
breve que no había más de media legua, llegar á la ciudad de Tacuba 
en tres horas. Era tiempo de maizales y que estaban ya muy altos y casi 
para coger; salían dellos como de bosques muchos indios que á manos 
lomaban [á] los españoles, y metiéndolos adentro, de mano en mano 
los volvían á la ciudad para sacrificarlos vivos y hacer, en testimonio 
de la venganza, servicio á sus dioses, que tanto habían porfiado se hiciese 
esta tan cruda guerra con los cristianos. 

Escaparon los nuestros [á] algunos déstos, aunque á todos no pu¬ 
dieron. Señaláronse allí, después de Cortés, Alonso de Avila, Cristóbal 
de Olid, Francisco Verdugo, los hermanos Alvarados, Gonzalo de San- 
doval é otros hombres de cuenta, que aunque iban que ya no se podían 
tener, unos á otros se animaban (*), diciendo que si el morir no se excu¬ 
saba, que cuándo mejor que estonces podían vender bien sus vidas, espe¬ 
cialmente que, como adelante diré, en su Capitán vieron siempre tanto 
seso y valentía que, tiñiéndole presente, jamás temieron ni desmayaron 
porque verdaderamente, como muchos dixeron, en esta conquista supo é 
hizo más que hombre ninguno. 

Yendo, pues, desta manera peleando, llegaron á Tacuba; los de la 
retroguarda, creyendo que Cortés, que iba en el avangoardia, reposara 
en los aposentos y casa del señor de aquella ciudad, se entraron en el 
aposento de la casa. En esto hay dos opiniones : la una es que llegando 
allí los nuestros, los mexicanos que venían en su seguimiento se volvie¬ 
ron, ó porque estaban ya cansados de pelear, ó porque no osaron entrar 
en términos ajenos, temiendo que los tacubenses les salieran al encuentro, 
porque rescibieron bien á los cristianos, de lo cual se quexaron mucho 
después los mexicanos dellos y los riñeron, porque en su pueblo no 
líabían acabado de matar á los españoles. Esto dicen Motolinea y los 
tacubenses, cuyo guardián, después de convertidos, fué el dicho Moto- 
linea, fraile franciscano y conquistador. 

La verdad es, según las Memorias de muchos conquistadores, que 
los mexicanos los siguieron hasta allí, y más de una legua adelante, que 
como era de noche, los tacubenses ni ayudaron ni dañaron. Los de la 
retroguarda, como vieron que Cortés no reposaba en los aposentos, sino 
que iba adelante, á toda furia salieron, por no perderle, que sin él iban 
como los que navegan sin norte. Ya era salido el sol cuando todos vinieron 
á alcanzar á Cortés. 


O En el Ms. “se animan*'. 



496 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO CXXVT 


CÓMO CORTÉS SE MOSTRÓ SOBRE UNA QUEBRADA Á LOS DE LA RETROGUARDA, 

CON QUE LOS ANIMÓ MUCHO, Y LO QUE LES DIXO, É CÓMO TODOS SE HI¬ 
CIERON FUERTES EN UN CU 

Sin saber el camino ni de noche ni de día, sino por el hilo de los 
muertos y multitud de los enemigos que de la una parte y de la otra 
del camino estaban, los de la retroguarda caminaban. Llegaron desta 
manera á una quebrada, paso muy malo, donde los enemigos los apre¬ 
taban mucho, é cierto desfallescieran y acabaran allí si Cortés, que 
andaba peleando por lo alto, entre los maizales no paresciera, el cual, 
como los vió, les dixo: ‘‘¡Ea, amigos, arriba, arriba, á lo raso, á lo raso; 
que aquí estoy yo; ya no hay más peligro!’’ Alentáronse con su vista 
todos, pelearon con nuevo corazón, salieron á lo raso sin perder hombre, 
y acaeció que llevando uno dallos una petaquilla con tres mili castellanos 
en oro, dixo á Cortés: ‘'Señor, ¿qué haré deste oro que me estorba el 
subir y primero me matarán que salga de aquí?” Cortés respondió: "Dad 
al diablo el oro si os ha de costar la vida. Arrojadlo ó dadlo á otro, que 
3^0 le hago merced dello.” Hízolo asi é salió con los otros, é juntándose 
todos y tornando Cortés á ponerlos en concierto, 3^a que serían las nueve 
del día, tomaron un cu pequeño, templo de los dioses, que estaba en un 
alto é todo lo de alderredor raso é sin maizales. La gente se recogió en 
el patio, é Cortés con algunos escopeteros y ballesteros se subió á lo alto 
para que si los indios le entrasen, les pudiese mejor hacer la guerra. 

Aquí les dieron mucha grita, ya que no les podían hacer mucho mal, 
lo uno porque no les podían entrar en el templo, lo otro porque los 
de á caballo, como estaba el campo raso, eran señores dél. Alancearon 
cincuenta ó sesenta indios. Señalóse aquella tarde un Gonzalo Domínguez, 
hombre de grandes fuerzas y muy recio en la silla, que por su mano 
alanceó más que otros cuatro de á caballo. Con todo esto, como la gente 
de los enemigos era mucha, aunque no mataron ningún cristiano, llegᬠ
banse tanto á ellos, por hacerles daño, que las varas todas daban en el 
patio, que después de puesto el sol, que cesó la batería, tuvieron que coger 
más de cuatro carretadas dellas, con que hicieron muchos fuegos. Re¬ 
posaron los heridos. Esperó-Cortés allí, por ver si algún español venía 
de los que se habían metido por los maizales. Llegaron algunos, y entre 
ellos un Fulano de Sopuerta con muchos flechazos, que por hacerse 
muerto, escapó la vida; sanóla de las heridas, aunque eran muchas, por 
no haberle acertado ninguna por lo vacío. 

Llamaron á este cu por estonces el Templo de la Victoria, y después 



LIBRO CUARTO. —CAP. CXXVII 


497 


que México se ganó se hizo en él una iglesia que se llamó Nuestra Señora 
de los Remedios, por el que allí los cristianos rescibieron. 

Hicieran hasta este sitio muy mayor daño los indios si, como dicen 
los conquistadores, no se ocuparan en robar los cristianos muertos y 
despojarlos de la ropa, y también porque con el día, conosciendo á los 
hijos de Motezuma, conforme á sus ritos y costumbres, los más de los 
principales se juntaron á llorarlos, á los cuales sin conoscer, con la 
obscuridad de la noche, habían muerto. 


CAPITULO CXXVII 

CÓMO CORTÉS HIZO ALARDE DE SU GENTE Y LA PUSO EN ORDEN Y SALIÓ, 
PARA NO SER SENTIDO, DE NOCHE, Y DE LO QUE EN EL CAMINO LE 
ACONTESCIÓ 


Ya que el exército español había reposado más de media noche, Cor¬ 
tés, así porque los enemigos no lo sintiesen, como porque el calor del 
sol no estorbase el marchar é hiciese daño á los heridos, determinó sin 
ningún bullicio salir de allí, aunque no sabía el camino, para Taxcala, 
donde tenía intento de ir, porque cuando vino, entró por Iztapalapa y 
salió por Tacuba, camino contrario. Hizo primero alarde de la gente 
que le había quedado, así de españoles como de indios amigos; halló que 
entre los españoles, entre heridos y sanos, había obra de trecientos y 
sesenta poco más ó menos é veinte y tres caballos, y de los indios amigos 
hasta seiscientos. Echó mucho menos un paje que él quería mucho y 
había procurado defender. Hizo de la gente diez Capitanes, ó (según 
otros) ocho, de á cuarenta hombres cada capitanía. Dió la vanguardia á 
Diego de Ordás, y la retroguarda tomó él. Hizo aquí nuevo sentimiento 
de su desgracia y gran pérdida. 

Salió sin ser sentido, no llevando otra guía que el cielo, aunque su 
fin y motivo era, como está dicho, ir á Taxcala, donde confiaba, como 
fué, ser bien rescebido. Fue, como dice Motolinea, rodeando por la parte 
de occidente, ca él había entrado por la de oriente en IMéxico, y por este 
camino á Taxcala hay veinte leguas, é por donde él fué más de treinta. 
Puso los heridos y la ropa en medio de los sanos; mandó que so pena 
de la vida ninguno saliese de la ordenanza. Salieron desta manera sin 
pífaro y atambor, guiando un indio tlaxcalteca, que aunque no sabía el 
camino, dixo que poco más ó menos atinaría á llevarlos hacia Tlaxcala. 

No hubieron andado media legua, cuando las escuchas los sintieron, 
y tocando al arma, acudieron los enemigos en gran cantidad. Diéronles 
guerra, aunque no muy grande, porque era de noche y los escopeteros 
los oxeaban. Siguiéronlos más de dos leguas, hasta que los nuestros 

32 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


498 

tomaron una cuesta en que estaba otro templo con una buena torre y 
aposento. Toparon cinco de á caballo que iban delante, primero que 
aquí llegasen ciertos escuadrones de indios emboscados, que esperaban 
á los españoles, para matarlos y robarlos, y como vieron á los de á ca¬ 
ballo, creyendo que venía mayor exército, huyeron, reparando en una 
cuesta, é como reconoscieron cuán pocos eran los españoles, juntáronse 
con los indios que atrás venían, é asi todos venían dando caza á los 
nuestros hasta este templo, donde se hicieron fuertes, reposando lo que 
de la noche quedaba, aunque no tenían cosa que cenar; diéronles los 
enemigos mala alborada, aunque fué mayor el miedo que pusieron que el 
daño que hicieron. Partieron de allí los nuestros; fueron á un pueblo 
grande, que se dice Tepozotlan, por un camino muy fragoso, donde los 
de á caballo no se podían aprovechar de los enemigos, ni ellos tampoco 
de los nuestros; é porque en este pueblo hallaron muchos patos, que los 
indios crían para sacar y quitarles la pluma para las mantas, los españoles 
le llamaron el Pueblo de los Patos. Los unos huyeron, yéndose á otro 
pueblo grande que se llama Guautitlan, una legua de allí. 

Los nuestros pararon en aquel pueblo dos días, donde descansaron 
y se rehicieron algún tanto. Hallaron alguna comida, y los patos, como 
llevaban consigo la salsa, les supieron muy bien, y así mataron la hambre. 
Curaron los heridos y caballos y llevaron alguna provisión para el ca¬ 
mino, aunque, según iban, no pudieran llevar mucha aunque la hallaran. 
Salieron de allí é atravesaron en busca del camino de Taxcala, dexando 
la ladera de las montañas que habían seguido; toparon con tierra po- 
bladísima; salieron á ellos infinidad de indios que los pusieron en grande 
aprieto. Vinieron á tanta nescesidad, que comían hierbas, y esto duró 
ocho días, hasta llegar á Taxcala, fatigándolos los enemigos, aunque lo 
que más los fatigaba era la hambre, que fué tanta, que no pudiéndola 
sufrir un español, abriendo á un español que halló muerto, comió de sus 
hígados, de lo cual pesó tanto á Cortés, que le mandó luego ahorcar. 
No le pesaba al español mucho dello, por no verse morir de hambre, 
pero á ruego de algunos» se dexó de hacer la justicia. 

Yendo desta manera perdieron muchas veces el camino, porque la 
guía no le sabía y desatinaba. Al cabo llegaron á un pueblo pequeño : 
durmieron aquella noche en unos templos, donde se hicieron fuertes. 
Prosiguieron su camino por la mañana, persiguiéndolos siempre los 
enemigos, llevándolos siempre acosados como á toros, que no los dexaban 
reposar. 



LIBRO CUARTO.—CAP, CXXVIII 


495 


CAPITULO CXXVIII 

^CÓMO PROSIGUIENDO CORTÉS SU CAMINO LE DIERON UNA PEDR.\DA EN 
LA CABEZA, Y CÓMO ALONSO DE ÁVILA DIÓ UNA LANZADA A UN ESPAÑOL 
Y POR QUÉ, Y LO QUE MÁS SUBCEDIÓ 


Prosiguiendo Cortés su camino, Diego de Ordás, que llevaba la de¬ 
lantera, dió en una quebrada, donde estaban aguardando ciertos escua¬ 
drones de gente de guerra. Reparóse to>da la capitanía, porque no les 
paresció acometer, por la dificultad del lugar y porque los enemigos 
eran muchos, los cuales como vieron que los nuestros no osaban arreme¬ 
ter, arremetieron ellos, tirando muchas varas y saetas. En esto, un 
•\aliente soldado, viendo esto é que era afrenta esperar la retroguardia, 
quitando la bandera de las manos á un Fulano de Barahona, que era 
Alférez, saliendo contra los enemigos, dixo: Sanctiago y á ellos! Los 
que quisierdes, seguidme.'' Estonces, acometiendo todos, hicieron grande 
estrago en los enemigos, porque estaban en lo baxo. Pusieron á los 
demás en huida, y desta manera dexaron la quebrada, y la retroguardia 
pasó sin resistencia, aunque puestos en lo llano, no mucho después los 
iban siguiendo los enemigos. Yendo en este orden, como estaba mandado 
que nadie saliese dél, un soldado que se decía Hernando Alonso, apar¬ 
tándose como ocho pasos del escuadrón á comer unas cerezas, porque 
la hambre le aquexaba demasiadamente, Alonso de Avila le tiró una lan¬ 
za, con que le pasó el brazo, del cual, aunque sanó, quedó manco. Era 
en tanto peligro nescesario el castigo de otra manera, porque no se 
desmandaba el soldado cuando, sin poderlo remediar, le llevaban los 
indios vivo, y de mano en mano le desaparescían, haciendo resistencia 
los que primero le tomaban, y desta manera sacrificaron á muchos. 

Otro día que esto pasó, iba cresciendo la hambre, tanto que aun para 
los heridos no había que comer sino acederas, cerezas verdes y cañas de 
maíz, que todo era pestilencia, y ninguno, porque Dios los guardaba, 
murió, sino eran los que los indios tomaban á manos. Desta manera, no 
lexos de Otumba, donde, como diré, fué la señalada batalla, salieron 
á los nuestros muchos indios, donde fueron bien menester las manos, 
porque como canes rabiosos se metían por las espadas y lanzas. Aquí los 
españoles, hasta los heridos, pelearon valientemente. Salió desta batalla 
mal herido Cortés en la cabeza de una pedrada de honda que aínas se 
pasmara; é aunque todavía tenía la mano de la rienda herida y la ca¬ 
beza entrapaxada, su persona sola valió y pudo tanto que conservó y 
sustentó todo su exército. 

Hirieron á Martín de Gamboa, matáronle el caballo, hízolo como 
\aliente soldado. Reparó en aquel lugar aquella noche Cortés. Dió la 



5 oo 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


vida á cuatro ó cinco españoles que llegaron bien anochecido, sin entender 
Cortés que se habían quedado atrás, subidos en los cerezos, que hay en 
el camino muchos, por la gran hambre que ya no podían sufrir. Esta 
misma noche metieron el caballo muerto de Gamboa á los aposentos, 
del cual no se perdió nada, tanto que las tripas é uñas comieron; y aun 
al repartir hubo cuchilladas, y íué menester hallarse el Capitán presen¬ 
te. Cupo la cabeza á cinco ó seis soldados, que no poca fiesta hicieron 
con ella. 


CAPITULO CXXIX 


CÓMO YENDO EL EXÉRCITO ADELANTE SALIÓ UN INDIO AL CAMINO A DESAFIAR 
LOS ESPAÑOLES, Y CÓMO LOS MEXICANOS, HECHO SACRIFICIO EN xMÉXICO 
DE LOS ESPAÑOLES, VINIERON Á OTUMBA, Y DEL RAZONAMIENTO QUE 
CORTÉS HIZO Á LOS SUYOS 


Con esta hambre, cansancio, guerra y heridas, otro día de mañana, 
que era sábado, partió el campo de los españoles, no sin enemigos que 
le iban dando caza. Llegando á un llano salió un indio de través, alto 
de cuerpo, con ricos plumajes en la cabeza, con una rodela y macana, 
muy valiente al parescer. Desafió uno por uno á cuantos iban en el 
campo. Salió á él Alonso de Ojeda, siguióle Joan Cortés, un esclavo del 
Capitán. El indio no quiso esperar, ó porque venían dos, ó porque 
deseaba meter á los españoles en alguna emboscada. 

En el entretanto que el exército español llegaba á este paso, los 
mexicanos habían ya cruelmente sacrificado los españoles que al salir 
de México se habían vuelto, é más de docientos mili se vinieron á juntar 
con los de Otumba en unos campos muy llanos que allí hay, para acabar 
de matar á los españoles, sin que dellos quedase rastro. Vinieron lo 
más bien armados que pudieron, con muchos mantenimientos, ricamente 
adereszados. Tomaban de la una parte y de la otra las faldas de las 
sierras; tendiéronse por aquellos campos, que, como andan vestidos de 
blanco, parescía que había nevado por toda aquella tierra. Llevaban un 
General, á cuyo estandarte tenía ojo todo el campo. Venían en orden, 
repartidos por sus capitanías, cada una con su bandera, caracoles é otros 
instrumentos béllicos que servían de pifaros é atambores. Venían de su 
espacio, sin dar grita, hasta ponerse en lo llano. Estonces Cortés, como 
vió que sobre él venía tan gran poder y que los suyos se contaban ya 
])or muertos y aun los muy valientes desconfiaron de poder escapar, 
cuanto más vencer, haciendo alto, apercibiéndose para la batalla, ataló 
los maizales por más de media legua, que cerca estaban, porque desde 
ellos como de espesa arboleda los enemigos entraban y salían, haciendo 







LIBRO CUARTO.—CAP. CXXIX 


boi 


,gran daño. Puso los heridos y enfermos en medio del escuadrón, con 
guarnición de caballos del un lado y del otro; advertió á los que estaban 
buenos y tenían buenas fuerzas, que cuando fuese menester retirarse, 
cada uno llevase á cuestas un enfermo, y á los heridos que subiesen á 
las ancas de los caballos, para que pudiesen jugar las escopetas. 

Ordenado desta manera el pequeño exército español, rodeándole el 
mundo de gente, desde el caballo habló á los suyos así: “Señores y 
queridos compañeros míos: Ya veis en el trance y peligro tan grande en 
que estáis; el desmayar no aprovecha sino para hacer menos y morir 
ínás presto, y si esto no se ha de excusar, bien será que para solo nuestro 
contento muramos, peleando más fuertemente que nunca; é pues de tan 
grandes peligros como éste suelen salir los hombres poniendo bien el 
rostro á ellos, más vale que acabemos muriendo como valientes, ven¬ 
diendo bien nuestras vidas, que de pusilánimos nos dexemos vencer. No 
es cosa nueva que muchos turcos y moros, siendo gente tan bellicosa, 
acometiendo y apretando á pocos de nuestra nasción, hayan sido venci¬ 
dos y puestos en huida, cuanto más que ya sabéis cuán milagrosamente 
hemos sido hasta ahora defendidos. Pidamos el favor á Dios ; esta es su 
causa, este es su negocio, por El hemos de pelear. Supliquémosle acobarde 
é atemorice nuestros enemigos; é que si ha sido servido castigarnos por 
nuestra soberbia é presunción, como nos ha castigado en la salida de 
México 3" en el camino hasta aquí, se apiade de nosotros, levantando su 
azote. Encomendémonos á la Virgen María, Madre suya; sea nuestra 
intercesora; favorézcanos mi abogado Sant Pedro y el Patrón de las 
Españas Sanctiago. Cada uno se confiese á Dios, pues para otra cosa 
no ha}^ higar, é poniendo nuestra fee y esperanza en El, yo sé que más 
maravillosamente que nunca nos ha de favorescer é ayudar y que este 
ha de ser el día de la más memorable victoria que españoles hasta hoy 
han tenido contra infieles. Hoy espero en Dios que ha de ser el fin y 
remate del seguimiento destos perros; hoy los confundirá Dios, y nos¬ 
otros, saliendo victoriosos, entraremos'con alegría en Taxcala, de donde 
volveremos y nos dará venganza dellos.” Diciendo estas palabras se le 
arrasaron los ojos de agua; enternesciéronse los su3^os; animáronse 
cuanto fué posible, aunque dubdosos del subceso, porque por la una 
parte vían la gran ventaja que los enemigos les tenían é por la otra el 
ravor que Dios les había dado y que en lo más de lo que Cortés les había 
dicho, había salido verdadero. 


5o2 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO CXXX 

CÓMO SE DIÓ LA MEMORABLE BATALLA QUE SE DICE DE OTUMBA, Y CÓMO 
CORTÉS MATÓ AL GENERAL DE LOS MEXICANOS, Y DE OTRAS COSAS SE¬ 
ÑALADAS 


Ordenado todo de la manera que está dicho, los indios por todas 
partes, que cubrían aquellos grandes campos, con grande alarido y ruido 
de caracoles é otros instrumentos, como leones desatados, acometieron 
á los nuestros, tirándoles muchas flechas y varas, é acercábanse tanto á 
los nuestros que, aunque jugaba la escopetería y ballestería y les hacía 
muy gran daño, venían á brazos y á sacarlos del escuadrón; pero Cortés, 
que vía que toda la fuerza estaba en que los suyos estuviesen juntos 
y en orden, con su cabeza entrapaxada y la mano de la rienda (como 
he dicho), herida, alanceó muchos por su persona con un ánimo y es¬ 
fuerzo como si estuviera muy sano y peleara con pocos. Defendió tan 
bien su escuadrón, que ningún soldado le llevaron, aunque Motolinea é 
Gómara dicen que sí (*). 

Acompañaban á Cortés doquiera que se revolvía siete soldados peo¬ 
nes, muy sueltos y muy valientes, que fueron muchas veces causa de que 
abrazándose los indios con su caballo no le matasen. Era tan brioso é tan 
diestro este caballo, que hiriéndole de un flechazo por la boca, le dió 
Cortés para que le llevasen de cabestro do estaba el fardaje y en el 
entretanto tomó él otro; pero como el caballo herido tornó á oir el ruido 
é alarido de los indios, soltóse y con gran furia entró por ellos tirando 
coces y dando bocados á todos los que topaba, tanto que él solo hacía 
tanto daño como un buen hombre de caballo. Tomáronle, dos españoles 
por que los indios no le flechasen por parte donde muriese, aunque en 
las ancas y pescuezo sacó muchos flechazos. 

Andando, pues, la batalla en toda su furia é calor, señalándose 
notablemente algunos de los Capitanes y haciendo maravillas Cortés,, 
que siempre apellidaba á su abogado Sant Pedro, vinieron los enemigos 
á apretar tanto á los nuestros, que los de á caballo, para guarescer, 
se venían á meter en el escuadrón de los peones, é todos estaban ya 
remolinados y en punto de perderse, suplicando á Dios los librase de 
peligro tan grande, cuando Cortés, mirando hacia la parte de oriente, 
buen trecho de donde él peleaba, vió que sobre los hombros de personas 
principales, levantado sobre unas andas muy ricas, estaba, según paresció, 
el General de los indios con una bandera en la mano, con la cual ex¬ 
tendida y desplegada al aire, animaba á los suyos, diciendo dónde habían 


O Conquista de Méjico, cap, tif. “La batalla de Otumpan”. 






LIBRO CUARTO.-CAP. CXXX 


5 o 3 


(le acudir. Estaba este General, cuanto podía ser, ricamente adereszado: 
era muy bien dispuesto y de gran consejo y esfuerzo. Tenia muy ricos 
penachos en la cabeza; la rodela que traía era de oro y plata; la bandera 
y señal real, que le salía de las espaldas, era una red de oro que subía 
de la cabeza diez palmos. Estaban junto á las andas deste General más de 
trecientos principales muy bien armados. Relumbraba aquel cuartel con 
el sol tanto, que quitaba la vista. Había de do Cortés estaba hasta el 
General más de cient mili hombres de guerra, y viendo que la victoria 
consistía en matar al General, diciendo: ^^Poderoso eres. Dios, para 
hacernos en este día merced; Sant Pedro, mi abogado, sé mi intercesor 
y en mi ayuda'’, rompió con gran furia, como si estonces comenzara 
á pelear por entre los enemigos. Siguióle solamente Joan de Salamanca, 
que iba en una yegua overa. Fué matando y hiriendo con la lanza y 
derrocando con los estribos á cuantos topaba hasta que llegó donde el 
General estaba, al cual de una lanzada derrocó de las andas; apeóse 
Salamanca, cortóle la cabeza, quitóle la bandera é penachos. Otros dicen, 
que lo oyeron después decir á Cortés, que viéndole el General venir con 
tanta furia hacia él, entendiendo que le había de matar, se baxó de las 
andas, poniendo á otro en ellas con el estandarte real, é que con todo 
esto tuvo tanta cuenta Cortés con él, que le alanceó estando á pie, 
derrocando asimismo al que estaba en las andas. 

Fué de tanto provecho esta .tan hazañosa hazaña, que como las 
haces mexicanas tenían toda su cuenta con el estandarte real y le vieron 
caído, comenzaron grandemente á desmayar, derramándose unos á una 
parte y otros á otra. Aquellos trecientos señores, tomando á su General 
en los brazos, se retraxeron á una cuesta, donde con el cuerpo hicieron 
extraño llanto, endechándole á su rito y costumbre. Entre tanto los nues¬ 
tros, muy alegres, cantando: ‘'¡Victoria, victoria!'', siguieron mucho 
trecho á los enemigos, haciendo tal estrago y matanza en ellos, que, según 
se cree, murieron más de veinte mili. Tomaron los nuestros de los 
indios principales que mataron ricos penachos y rodelas y el estandarte 
real, armas y plumajes del General. Dió después Cortés, y con muy 
gran razón, á Magiscacin, su aficionado, uno de los cuatro señores de 
Taxcala, aquel adereszo, y lo mismo hicieron otros españoles de los de¬ 
más despojos que llevaban, destribuyéndolos entre los señores y principa¬ 
les taxcaltecas. 

Fué esta batalla la más memorable que en Indias se ha dado y donde 
más valió y pudo la persona de Cortés ; 3^ así, todos los que en ella se 
hallaron (á algunos de los cuales comuniqué), dicen y afirman que por 
sola su persona y valor llevó salvo y libre el exército español á Tlaxcala. 


CRÓNICA DE I-A NUEVA ESPAÑA 


504 


CAPITULO CXXXI 

CÓMO VENCIDA ESTA MEMORABLE BATALLA, EL EXÉRCITO ESPAÑOL PASÓ 
ADELANTE, Y DE LO QUE MÁS SUBCEDIÓ DESPUES 


Acabada de vencer esta tan señalada batalla, como los enemigos se 
derramaron por diversas partes, los españoles, alegres y orgullosos con 
el buen siibceso y próspera mudanza de fortuna, sin que de ahí adelante 
rescibiesen pesadum.bre, mas de que desde las sierras les daban grita 
los enemigos, prosiguieron su camino, cargados de despojos. Llegaron á 
una casa grande, puesta en un llano, de cuya cumbre se parescia la sierra 
y tierra de Taxcala y algunos edificios della, porque eran altos é blan¬ 
queaban mucho. Alegráronse por extremo con esta vista, como si cada 
uno viera la de su tierra, aunque por otra parte estaban algo dubdosos 
si sérían bien rescebidos é tratados como amigos, ca es de tal condisción 
la fortuna, que, si abate al hombre, pocas veces permite que otros lo 
ayuden y favorescan, y así se recelaban los españoles de ser como en 
la fortuna de antes rescebidos, porque venían pocos y huyendo, los más 
dellos heridos y destrozados, y todos hambrientos. Los tlaxcaltecas 
eran bellicosos, muchos y muy fuertes y que tenían en poco el impe¬ 
rio mexicano cuando más floresció, cuanto más á tan pocos y tan afli¬ 
gidos cristianos, los cuales tarde ó nunca hallan favor, todo el bien 
á los tales les huye, y cuanto más afligidos, tanto más se encogen y 
acobardan, especialmente delante de aquellos á quien la fortuna favo- 
resce y ayuda; pero con todo esto los nuestros tenían más esperanza de 
bien que temor ni recelo de mal: lo uno porque confiaban en Dios, que les 
favorescería como lo había hecho en los trabaxos de atrás, é lo que mucho 
los aconfiazaba era conoscer que los taxcaltecas eran nobles, enemigos 
de los mexicanos capitales é que tenían por cosa gloriosa favorescer m.ás 
que ser favorescidos. Allegábase á esto la confianza que los nuestros 
tenían en IMagiscacin, y las joyas y plumajes ricos de que los taxcaltecas 
carescían, que los nuestros les llevaban. 

Aquella noche Cortés, aunque estaba mal herido, veló é atalayó á los 
suyos, temiendo que el exército mexicano, elegido otro General, le se¬ 
guiría ó cercaría en aquella casa, aunque era bien fuerte y los mexicanos 
no solían hacer guerra de noche. Vieron los nuestros muchos fuegos é 
humos por las sierras é aun oyeron muchas voces, que fueron causa de 
que Cortés, aunque tenía nescesidad de dormir, velase. 

Luego que amanesció. salió con su gente de aquella casa, caminó un 
poco por tierra llana, subió un cerro no muy áspero, y á la baxada dél, 
porque iba siempre delante, dió en una muy linda fuente de agua dulce, 
de que todos tenían harta nescesidad, porque por todo el camino habían 








LIBRO CUARTO.—CAP. CXXXH 


5o5 


tenido falta clella y la que habían bebido era ruin, como recogida en 
balsas en tiempo de las aguas. Allí hicieron los nuestros alto, bebieron, 
refrescáronse y descansaron un poco, aunque no habían perdido de vista 
fá] los enemigos, que por las sierras estaban. 

Fueron de allí por buena tierra á un lugar que se dice Guaulipa, que 
quiere decir 'tugar que está en el gran camino’’, pueblo de dos mili casas, 
de la Señoría y provincia de Taxcala. Deste pueblo y de otras aldeas 
salieron más de una legua las indias y muchachos con mucha comida v 
refrigerio á rescebir á los nuestros; é como la piedad está más en las 
mujeres que en los hombres y las indias vieron asomar á los nuestro^, 
levantaron un gran lloro y planto, condolesciéndose dellos como si fueran 
sus hijos y hermanos. En juntándose, los hicieron parar, diéronles de 
comer, dixéronles palabras de mucho consuelo; salieron tantas que á 
cada español regalaban tres ó cuatro mujeres. Lloraban los nuestros de 
alegría y contento; enternescióse mucho Cortés viendo el estado presente 
de las cosas y dió muchas gracias á Dios porque, viniendo corrido y tan 
trabajado, hallase en gente infiel tanta piedad y regalo. Abrazó á algunas 
señoras principales, dióles algunas joyas de las que traía, agradescióles 
mucho el haberle socorrido con tanto regalo. 

No se puede encarescer el alegría de los nuestros y el contento que 
ellas mostraron con su venida. Dixéronles: "¿No os decíamos nosotras 
cuando íbades á México que los mexicanos eran traidores, envidiosos y 
de mal corazón, y que cuando no os catásedes os habían de hacer alguna 
traición?” Fuistes muchos, venís pocos; fuistes sanos, venís heridos; 
no tengáis pena, que nosotras os curaremos. En vuestra casa estáis; 
después que estéis sanos, los nuestros os ayudarán 3^ os vengaréis de 
aquellos traidores mexicanos.” 


CAPITLUO CXXXII 

rÓ.MO MAGISCACIX V XICOTEXCATL É OTROS SEÑORES VIXIEROX Á AQUEL' 
PUEBLO Á VISITAR A CORTES, Y DE LA PLÁTICA QUE MAGISCACIX LE 
HIZO 


Aquel día por la tarde ó, según algunos, el otro por la mañana, como 
la Señoría de Taxcala supo la venida de Cortés y en ella tenía muchos 
amigos, Magiscacin, que era el mayor dellos, vino luego, y con él Xico- 
lencatl, mas fué más por cumplir que por hacer el deber, y otros muchos 
señores tlaxcaltecas, y con ellos otro que después de cristiano se llamó 
don Joan Xuárez, señor y Gobernador de Guaxocingo, los cuales con 
cincuenta mili hombres de guerra querían ir á México en favor de los 
•cristianos, no sabiendo hasta estonces la gran pérdida y daño que habían 


5o6 


CRÓNICA DE LA NUE\\\ ESPAÑA 


rescebido. Otros dicen que sabiendo cómo venían tan destrozados y 
maltratados, huyendo de la furia de los mexicanos, los salieron á coi> 
solar, favorescer y amparar, queriendo mostrar en aquel tiempo el amor 
y amistad que á Cortés y á los suyos tenían. Sea como fuere, ■\lagiscacin, 
que era el más principal en la Señoría, apercibió sus amigos, adereszóse 
lo más bien que pudo, llevó muchos regalos, acompañáronle muchos, 
caballeros y señores, entró muy alegre en el pueblo do Cortés estaba, 
el cual, como supo la venida de su leal y verdadero amigo, salióle á 
rescebir con los principales de sus compañeros fuera de los aposentos. 
.Vbrazáronse con mucho amor. A IMagiscacin se le saltaron las lágrimas 
de los ojos, y Cortés y los suyos no se enternescieroii menos. Abrazó 
luego Cortés á Xicotencatl é á otros señores, é volviendo entre Magis- 
cacin é Xicotencatl al aposento, donde después que se hubieron asentado 
en una gran sala y aquellos señores tlaxcaltecas le dieron los presentes, 
ciue llevaban, viendo Magiscacin á Cortés que venía flaco y herido en 
la mano y en la cabeza y que los más de sus compañeros, porque todos, 
se hallaron allí, estaban heridos y maltratados, acordándosele de la 
prosperidad con que habían pasado para ir á ^léxico y de cómo habían 
ido tantos y volvían tan pocos y tan destrozados, y entendiendo que esto 
no podía ser sino por traición de los mexicanos, limpiándose los ojos 
con la manta rica de que venía cubierto, reprimiendo el dolor que las 
lágrimas magnifestaban, conosciendo que estonces era el tiempo en que 
había de mostrar su valor y lo mucho que á Cortés amaba, tomándole 
las manos, con voz grave y que [de] todos pudo ser oído, le habló desta 
manera: 

“Aliiy valiente y esforzado Capitán de los cristianos é á quien yo 
amo y prescio mucho: No te puedo decir el alegría que mi corazón ha 
rescebido en verte vivo, aunque no tan sano y contento como yo deseo: 
en esta nuestra tierra alégrate y desecha de tu corazón todo pesar y 
tristeza, pues sabes como sabio y experimentado en la guerra, que son 
varios y diversos los subcesos de la fortuna, la cual, como es movible, 
nunca jamás está de un ser; muchas veces los muy valientes mueren á 
manos de los cobardes, ó porque los tienen en poco, ó porque son muy 
muchos, ó por alguna traición de que los valientes no se recatan. \^alor 
tenías tú y los tuyos para contra todo el imperio mexicano, pues al prin¬ 
cipio, que veniste con tan pocos compañeros, tantas veces fuiste victorioso 
contra los invencibles tlaxcaltecas. Rescibiéronte de miedo en su ciudad 
los mexicanos; saliste contra Narváez, venciste á muchos de los tuyos 
con los pocos que llevabas; tratáronte en el entretanto los mexicanos, 
como suelen, traición, queriendo matar á los que con Motezuma dexaste, 
de donde entiendo que, pues vienes así, fué grande su traición; liante 
perseguido casi hasta aquí, rompiste la batalla que te dieron en los llanos 
de Otumba, mataste su General, heciste. como sueles, maravillas en la 
fortaleza de tu brazo. No te puedes quexar de ti, pues no has hecho 
que no debas, ca si la traición ha podido más que tu valor y esfuerzo, 








LIBRO CUARTO. -CAP. CXXXIII 


boj 

no tienes tú la culpa, sino la ciega fortuna, la mayor y más pesada quexa 
es de sí proprio; y pues tú no la tienes ni puedes tener y lo hecho no 
puede ya dexar de ser hecho, alégrate, regocíjate, que con la vida te 
vengarás de tus enemigos y volverás á mayor prosperidad de la que 
has perdido. En tu tierra y en tu casa estás y entre los tlaxcaltecas, tus 
verdaderos amigos, que jamás te negarán, líaz cuenta que somos tus 
hermanos y en el amor tan españoles como vosotros. Todos estos caba¬ 
lleros y señores que vees, te venimos á servir y á llevar con nosotros á 
nuestra ciudad y casas, donde después que tú y los tuyos hayáis sanado 
de las heridas, volveremos contigo con pujante exército, para que tomes 
venganza de tus enemigos y nuestros. Esto mismo con todo amor y 
voluntad te prometen estos señores. Ahora vee lo que mandas y quieres, 
que se hará todo á tu gusto y voluntad.” 

Acabó con esto de hablar Magiscacin; levantáronse todos los otros 
señores, y con palabras muy amorosas, haciendo á Cortés gran come¬ 
dimiento, le prometieron lo mismo que el señor Magiscacin había dicho, 


CAPITULO CXXXIII 

OE LO QUE CORTÉS RESPONDIÓ A MAGISCACIN É A LOS OTROS SEÑORES, 
Y DE LAS JOYAS QUE LES DIO, Y DE LO QUE MÁS PASÓ 


Ya Cortés y los suyos estaban algo alegres por el rescibimiento y 
regalo que las mujeres tlaxcaltecas les habían hecho, pero decir el alegría 
que él y ellos rescibieron con la venida de Alagiscacin y con el consuelo 
que les dió y ofrescimiento que les hizo, sería largo. Cada uno que hubiere 
leído el subceso pasado lo podrá entender por sí, pues cuanto mayor ha 
sido la tribulación pasada y menos esperanza había de alivio y contento, 
tanto mayor contento se rescibiría con el no pensado y repentino contento, 
y así Cortés, rescibiéndole por sí y por los suyos cuan grande imaginar 
se puede, entendiendo que salía de grandes trabajos é que para la pros¬ 
peridad que esperaba había de ser gran parte Aíagiscacin y los tlaxcalte¬ 
cas, aunque de alegría (que también es pasión, como el pesar) se le arra¬ 
saban los ojos de agua, con ánimo fuerte y agradescido, respondió así 
al buen Magiscacin: 

“Muy pinidente y valeroso señor, á quien la Señoría de Tlaxcala 
debe, con razón, tener sobre sus ojos, y á quien yo tanto debo y á quien 
justamente amo tanto como á mí: No tengo palabras con' qué enca- 
rescerte la merced que tú y estos señores con vuestra venida me 
habéis hecho, porque estonces tiene la buena obra mayores méritos y 
valor cuando hay mayor nescesidad della. No pudo haber tiempo de ma¬ 
yor aflición y trabajo para mí que aquella desdichada é infelice noche 



5o8 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


que de México salimos y el demás tiempo, que han sido ocho dias, que 
pasamos hasta llegar á esta vuestra tierra, que ya nosotros, por el bien 
que en ella comenzamos á rescebir, podríamos llamar nuestra, y así no 
puede llegar contento al que tenemos de presente, porque nos vemos ya 
entre nuestros señores y hermanos, entre la gente más fuerte y leal de 
todo este mundo, entre gente, como paresce por la obra, que más bien 
favoresce é ayuda á sus amigos y la que más bravamente hasta rendirlos 
y subjectarlos persigue á sus enemigos. Veo, valerosos señores, muchas 
cosas que me obligan á morir por vosotros, y cada una dellas es de tanta 
estima que no la sé encarescer; la palabra y fee que me habéis guardado, 
el amor y amistad que me habéis tenido, el salir á socorrerme, creyendo 
que estaba en México, el venir ahora con tantos presentes, el consolarme, 
el quererme llevar á vuestra casa, y, lo que mucho estimo, el ofrescer 
vuestras personas contra los mexicanos. Mi Dios, en quien los cristianos 
creemos, me dé vida y fuerzas para serviros tan gran merced; presto con 
vuestro regalo é ayuda seremos sanos, y sabed que conosceremos el buen 
presente cuando, como espero y confio en Dios, pusiéremos debaxo de 
vuestros pies á vuestros enemigos y nuestros los mexicanos; yo acepto la 
merced de irme con vosotros á Tlaxcala, y será cuando os paresciere y 
nosotros hayamos algún tanto descansado.'' 

Dichas estas palabras, de que Magiscacin y todos aquellos caballeros 
3^ señores holgaron de oir, mandó sacar el estandarte, penachos y armas 
del General mexicano que había muerto en la batalla de Otumba que, como 
c<ítá dicho, eran muy ricas y presciosas; púsoselas por su mano á Ma¬ 
giscacin, diciéndole: “Vístete, señor, de las armas de tu enemigo, que es 
la mayor gloria que en la guerra el corazón esforzado suele rescebir." 
Dió luego á Xicotencatl é á otros señores muchas armas, plumajes y joyas 
que del mismo despojo había habido. Holgaron mucho todos con ellas, 
especialmente Magiscacin, así por ser prenda de tan grande amigo, como 
porque hasta estonces los tlaxcaltecas nunca habían poseído armas tan 
ricas. 

Los compañeros, imitando á Cortés, su Capitán, cada uno dió á los 
otros caballeros las armas y despojos que de los mexicanos habían ga¬ 
nado, con que los tlaxcaltecas grandemente se alegraron y aun fueron 
causa (porque los dones siempre pueden mucho) que en Tlaxcala fuesen 
mu}^ servidos v curados 3^ aun, como después se dirá, que Xicotencatl 
no saliese con la suya. 

Estuvo Cortés tres días descansando en este pueblo, proveyéronle 
los dél abundantemente de lo nescesario, aunque dicen algunos conquis¬ 
tadores que compraban parte de la comida, pero no es creíble, habiéndolos 
salido á rescebir con tanto amor 3^ voluntad, salvo que algunos de los 
del pueblo, cobdiciosos de jo3"as mexicanas, pedían á los nuestros dellas. 
pero no por la comida, que désta había gran abundancia, y muchos años 
después nunca quisieron prescio por ella. 





LIBRO CUARTO.—CAP. CXXXIV 


Dog 


CAPITULO CXXXIV 


DE LAS NUEVAS QUE MAGISCACIN DIÓ Á CORTES DE JOAN JUSTE Y SUS 
COMPAÑEROS, Y DE CÓMO LE PIDIERON LICENCIA PARA SALIR A CORRER 
LA TIERRA CON ALGUNOS ESPAÑOLES, DONDE ANDABAN MEXICANOS 


Después de rescebidas las armas, joyas y presentes que de una parte 
á otra se dieron, y Magiscacin, que era muy cuerdo, entendió que Cortés 
estaba contento é alegre, díxole: “Señor, para que proveas con tiempo 
en lo que adelante has de hacer, te quiero avisar de lo que pasa é no 
has de rescebir pena, aunque caiga sobre otra mayor. Sabrás que habrá 
doce días que pasaron por Gnaulipa Joan Juste y Moría con obra de 
treinta españoles, que llevaban la plata de tu recámara, é yo, por lo que 
te amo, les di un hijo que fuese en su compañía; he sabido después acá 
por muy cierto que pocas leguas adelante dieron en las guarniciones 
mexicanas, é allí matando ellos muchos, murieron todos y entre ellos mi 
hijo, que, pues había de morir, holgué acabase peleando como caballero 
en la guerra y no en la cama, como suelen los de ruin suerte, y que 
hiciese su deber no dexando á los cristianos en cuya compañía yo le había 
dexado ir.” 

Pasó esto así como Magiscacin había dicho, porque después, yendo 
los nuestros por aquel camino, hallaron hechas unas letras en la corteza 
de un árbol, que decían: “Por aquí pasó el desdichado de Joan Juste con 
sus desdichados compañeros, muertos de hambre y entre enemigos”; lle¬ 
varon tanta hambre, que uno dellos dió á otro por muy pocas tortillas, 
que de una sentada las podía comer, una barra de oro fino que pesaba 
más de ochenta ducados. 

Mucho pesó á Cortés desta nueva, porque treinta y dos españoles y 
tan buenos como aquéllos, en tal sazón y coyuntura le habían de hacer 
mucha falta; pero como sabio y valeroso, viendo que á lo hecho no hay 
remedio, encubriendo el dolor y mostrando el contento que no tenía, 
obligando más á Magiscacin, le dixo: “Señor é grande amigo mío: Lo 
que más me pesa es de la muerte de tu hijo, que de tal padre como tú 
había de haber muchos hijos y que viviesen mucho, para que en todo, 
por muchos años, correspondiesen al valor de su padre, pero como dices, 
pues murió peleando é ya no puede dexar de ser muerto, no hay que 
decir más de que mientras que tú fueres vivo, no tengo yo de qué tener 
pena, aunque mayores desgracias me subcediesen, y sabe que aunque 
venimos heridos y cansados, con esto poco que habernos reposado, esta¬ 
mos ya tan alentados y deseosos de vernos á las manos con tus enemigos 
y nuestros, que ya nos paresce que habernos estado muy ociosos.” 

Holgóse mucho Magiscacin de oir lo uno y lo otro, porque no hay 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


5 'O 

hombre tan sesudo que la alabanza, especialmente si lleva apariencia de 
verdad, no le dé contento; y como no muy lexos de allí las guarniciones 
mexicanas hacían daño, alegrándose de oir aquellas últimas palabras á 
Cortés, le rogó que por cuanto cerca de allí los mexicanos se desvergon- 
-zaban, le diese algunos españoles de los que más sanos venían, para salir 
contra ellos. Cortés se lo otorgó, mandando saliesen algunos de á caballo 
é algunos escopeteros y ballesteros de los que menos heridos estaban. 
Salieron en busca de los mexicanos, y hallados, dieron en ellos y mataron 
muchos y á los demás echaron del asiento donde estaban. 

Volvieron muy alegres Magiscacin y Xicotencatl y la demás gente 
con las plumas y despojos que habían podido tomar. Deste su contento 
le rescibió Cortés muy grande. Despidiéronse Magiscacin y Xicotencatl 
y los otros señores, de Cortés y sus compañeros; fuéronse á la ciudad de 
Tlaxcala, para que otro día, que era el tercero, que Cortés había llegado 
'á aquel pueblo, entrase en su ciudad y le rescibiesen y regalasen. 








LIBRO QUINTO 


CAPITULO PRIMERO 

■COMO CORTÉS Y SUS COMPAÑEROS OTRO DÍA ENTRARON EN TLAXCALA Y DEC 
SOLEMNE RESCIBIMIENTO QUE EN ELLA LE HICIERON, Y DE LAS PALABRAS 
QUE MAGISCACIN DIXO Á CORTES 

Otro día después de comer, poniendo Cortés su gente en orden como 
solía caminar, salió de aquel pueblo acompañado de los principales dél, 
para ir á la gran ciudad de Tlaxcala. El camino, como aquella tierra es 
muy poblada, parescía hormiguero, según estaba lleno de los que iban 
y venían por aviso y mandado de los señores de Tlaxcala, los cuales ha¬ 
bían salido más de legua y media de la ciudad á rescebir á Cortés, con 
más de docientas mili personas, muy en orden y concierto. Fueron las 
mujeres y los muchachos en la delantera, las cuales, como de su natural 
condisción sean compasivas, en viendo á los nuestros, comenzaron á 
llorar é aun hicieron hacer lo mismo á los nuestros, diciéndoles: '‘Seáis 
muy bien venidos, señores y amigos nuestros. Vuestro Dios os sane y 
dé salud, que muy heridos y maltratados venís. ¡Oh, malos y traidores 
mexicanos, que nunca han hecho cosa que no sea por traición! Nuestros 
dioses nos vengarán dellos y nos pagarán ésta con las demás.Diciendo 
estas palabras, se allegaban á los nuestros, tocándoles y tentándoles las 
heridas, apiadándose con muchas lágrimas dellos. 

Así prosiguieron su camino hasta topar con los ciudadanos, que tam¬ 
bién los rescibieron con mucho amor é compasión. Luego llegaron los 
caballeros y gente de guerra, que abrazando con gran comedimiento á 
Cortés, se abrieron, metiéndole con toda su gente en medio hasta que 
llegaron los cuatro señores de Tlaxcala, de los cuales el más antiguo y 
principal era Magiscacin, y así fué el primero que abrazó á Cortés, } 



5i2 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


luego los otros, por su orden y antigüedad. Tomáronle en medio, fueron 
con él hablando en muchas cosas de placer é contento. Los cerros y sie¬ 
rras, para ver este rescibimiento, estaban cubiertos de gente: la música 
á la entrada de la ciudad fué muy grande. Llevó Magiscacin á su grande 
y real casa á los otros señores é á otros Capitanes y principales, y los 
demás que no pudieron estar con Cortés se repartieron por las casas de 
los caballeros, é cada uno, según su posibilidad, procuró de regalar é 
apiadar á su huésped. 

Magiscacin como vió á Cortés en su aposento y casa, dándole su cama, 
le dixo: “Señor, huelga y descansa, pierde todo cuidado y pesadumbre, 
que en tu propia casa estás. Yo luego mandaré Hamar sabios maestros 
en la cirugía, que te curen, si el que tú traes no lo sabe hacer mejor. 
Todo lo que fuere menester para ti y para los tuyos sé cierto que \ig 
faltará, y pues sano y aun enfermo sabes tan bien trabajar, descansa 
ahora algunos días para que con mayores fuerzas y aliento vuelvas á tu 
empresa comenzada, que, según yo te he prometido é confío de ti, saldrás 
con ella con mucha gloria y honra.'’ Diciendo esto, le mandó traer de co¬ 
mer, y comiendo él con él le dixo otras muchas y muy amigables palabras, 
á que Cortés, como el que bien lo sabía hacer, respondía, reconosciendo la 
merced que con tanto amor en todo ^Magiscacin le había hecho, ei cual, 
por hacerle más fiesta, mandó que después de la comida, en el patio 
de la casa, se le hiciese un festival y alegre baile. Los demás españoles, 
como tenían más nescesidad de descansar que de ver bailes, cada uno 
reposó en su casa lo que pudo. 


CAPITULO II 

CÓMO CORTÉS HALLÓ EN TLAXCALA Á JOAN PAEZ, CAPITAN, Y DE LO QUE 
CON ÉL HABÍA PASADO MAGISCACIN, Y CORTÉS DESPUÉS LE DIXO 

Ya que Cortés hubo reposado y recreádose algún tanto, Joan Páez, 
su Capitán, al cual con ochenu hombres había dexado en Tlaxcala cuando 
pasó á México á socorrer á Pedro de Alvarado, le vino á ver. Holgóse 
con él, preguntóle muchas cosas, especialmente del tratamiento que Ma¬ 
giscacin y los otros señores le habían hecho. Respondióle que muy bueno 
y que entre todos los señores tlaxcaltecas Magiscacin le era verdadero 
amigo, y que Xicotencatl, como bullicioso y envidioso, no le tenía buena 
voluntad y que de la pérdida se había holgado tanto como pesado á Ma¬ 
giscacin. Después que [entre] él y Cortés hubieron pasado muchas cosas y 
que Cortés se advertió para lo que había de hacer, supo de algunos que se 
lo dixeron, cómo IMagiscacin, entendiendo que los mexicanos se habían 
rebelado, dixo á Joan Páez: “Si te atreves á ir á socorrer á tu General 
con esos españoles que tienes, yo te daré cient mili hombres de guerra, 
y mira que creo tendrá nescesidad, porque los mexicanos son infinitos 





LIBRO QUINTO.—CAP. III 


5l3 


y grandes traidores y tan enemigos de cristianos, que no [se] les dará 
nada morir diez mili dellos porque un cristiano muera y poco á poco no 
quede ninguno.” Joan Páez dicen que le respondió que le besaba las manos 
por la merced é que donde estaba el General Cortés con tanta y tan buena 
gente no habría menester socorro, especialmente contra mexicanos, y que 
él le había mandado quedar y esperar allí, que no osaría al hacer hasta 
que otra cosa, ó por carta ó por mensajero, con señas le fuese mandado; 
é verdaderamente Joan Páez no se atrevió, ó porque los enemigos eran 
muchos, ó porque en el mandar y ser obedescido era muy severo Cortés, 
que es lo que más en la guerra le sustentó; pero con todo esto, coma 
Cortés entendió que con aquel socorro se pudiera excusar la gran pérdida 
y mortandad de los suyos, invió á llamar muy enojado al Joan Páez, al 
cual, aunque se excusaba y defendía por muy buenas razones, no ad¬ 
mitiéndole alguna, le riñó bravamente y trató con muy ásperas palabras, 
diciéndole que era un cobarde y que no merescía ser Capitán de liebres, 
cuanto más de hombres, y españoles, y que estaba en puntos de mandarlo 
ahorcar é que jamás le entraría de los dientes adentro é que había sido 
traidor á su General é homicida de sus compañeros é que por estarse- 
holgando, pudiendo ir con tanta seguridad á tan buen tiempo, se había 
quedado, poniendo vanas excusas; que se fuese con el diablo y no pa- 
resciese más delante dél y no tuviese de ahí adelante nombre ni cargo de 
Capitán, pues tan mala cuenta había dado de sí, é que no le replicase más 
palabra, porque le mandaría ahorcar. 

Salióse muy triste y muy afrentado el Joan Páez, aunque merescía 
más. Quedó Cortés con el enojo con una gran calentura, que fué causa, 
como diré, que se le pasmase la cabeza y estuviese en riesgo de morir, 
considerando, lo que nunca se le quitó del corazón hasta que subjectó á 
México, el afrenta y gran daño que por no ser socorrido le habían hecho 
los mexicanos. 


CAPITULO III 

CÓMO CORTÉS, SABIENDO DE OJEDA LO QUE XICOTENCATL Y LOS DE SU PAR¬ 
CIALIDAD DECÍAN, SE MANDÓ VELAR, Y DEL GRAN PELIGRO DE MORIR EN 
QUE ESTUVO 


Mandó Cortés á Ojeda, que era el que con los tlaxcaltecas tenía más 
amistad y sabía mejor la tierra, que buscase comida por los pueblos co¬ 
marcanos para los españoles que estaban y de nuevo habían venido, el 
cual fué ; é como el General de los tlaxcaltecas, que era Xicotencatl, estaba 
mal con los cristianos y tenía muchos de su bando y parescer, especial¬ 
mente á los hombres de guerra, por haberle oído decir mal de los es¬ 
pañoles, muchos de los pueblos decían á Ojeda: qué vino esa ciguata 

de Cortés y esotras ciguatas de sus compañeros? (y ciguata quiere decir 

33 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


5i4 

“muchacha ó mujer moza’’). Venís á comernos lo que tenemos; llevás- 
tesnos el maíz á México, dexastes los más de los compañeros muertos, 
vosotros venís heridos, huidos, destrozados y hambrientos. Mejor sería 
que con nuestras mujeres fuésedes [á] amasar pan, que vosotros no 
sois más de para comer.” 

Mucho sentía Ojeda estas ,palabras y sentía claro que saiian de 
Xicotencatl. No osaba, por la nescesidad en que los españoles estaban, 
responder como quisiera, antes, como cuerdo é como quien ya sabía la 
lengua, respondía templadamente, diciendo: “No os maravilléis que ven¬ 
gamos así, pues sabéis que la fortuna se muda y conoscéis á los mexi¬ 
canos, que son muchos y traidores, é antes habíades de tener por honra 
y gloria vuestra que, pues os distes por nuestros amigos, vengamos á 
favorescernos de vosotros, que sois caballeros y valientes, y los tales m 
suelen ni deben decir palabras afrentosas á los afligidos y que vienen á 
vuestra casa á favorescerse de vosotros." 

Con estas é otras palabras que respondía Ojeda, ios hacía callar y 
sacaba lo que quería. Dixo á Cortés lo que pasaba, y como todo nascía 
del odio que Xicotencatl tenía á los cristianos. Cortés, que á sus oídos 
le había oído decir semejantes cosas, aunque las cocía bien en su pecho 
Y le llegaban á las entrañas, dixo á Ojeda: “No se os dé nada, que es¬ 
tamos en tiempo de sufrir y desimular cosas hasta su tiempo: yo os 
prometo que si vivo, que él me lo pague todo junto, de manera que nunca 
más hable”, y porque no subcediese alguna desgracia, rebelándose la 
parte de Xicotencatl y no le tomasen descuidado, por los que estaban 
sanos y buenos repartió las velas, de manera que ni de día ni de noche 
dexaban de velar. Tuvo esta diligencia y cuidado todos los más días que 
en Tlaxcala estuvo, que fueron cincuenta, aunque !Magiscacin, su ver¬ 
dadero amigo, le decía que siendo él vivo no podía ser parte Xicotencatl 
para ofenderle. Cortés, no mostrando que por Xicotencatl lo hacía, le 
respondió que la gente española doquiera que estaba se velaba, así para 
excusar inconvenientes y daños que los hombres dormidos no pueden 
evitar, como para estar exercitados y acostumbrados á que no les hiciesen 
de mal cuando menester fuese. Paresciéronle muy bien á Aíagiscacin 
estas razones, é replicó: “Háceslo cuerdamente y no sin causa; siendo tan 
pocos, habéis salido con tantas victorias contra tantos.” 

En el entretanto que estas cosas pasaban, como Cortés había siempre 
peleado estando herido y no había tenido lugar de curarse la cabeza, 
comenzósele á pasmar, y los enojos, que ayudaban, pusiéronle en tan 
grande peligro é riesgo, que el cirujano y los otros médicos le desahucia¬ 
ron, afirmando que no podía .vivir. Sacáronle muchos huesos, y él sin¬ 
tiéndose mortal, no le pesaba tanto de morir, cuanto del gran desmán 
que había de venir á los negocios que en su pecho trataba. Estuvieron 
con su enfermedad muy tristes é afligidos sus compañeros; suplicaban 
con gran calor á Dios le diese salud y que no los dexase, huérfanos de 
tal caudillo, cu)^o valor tenían en tanto que sin él les parescía que no 




Lir.RO QUINTO. - CA1>. iV 


515 

podían acertar en cosa. Quiso Dios que, sacados los huesos, comenzó 
tener mejoría é ir convalesciendo, aunque de la mano no había acabado 
de sanar, por tener dentro el pedernal de una flecha. 

Ahora digamos las demás cosas que en el entretanto que Cortés sa¬ 
naba, en esta ciudad subcedieron. 


CAPITULO IV 

DEL DESCONTEXTO QUE LOS ESPAÑOLES TEíNÍAN^ V DE CÓMO REQUIRIERON 
Á CORTÉS SE FUESE, Y DE LO QUE ÉL LES RESPONDIÓ 

Muy descontentos estaban los más de los compañeros de Cortés, así 
por lo que los indios de la parcialidad de Xicotencatl les decían, como 
porque deseaban verse la vuelta de la mar para tornarse á Cuba, hosti¬ 
gados y escarmentados de los muchos y grandes trabajos que habían 
padescido y de los que padescían. Nunca se juntaban de diez en diez e 
de veinte en veinte y de más ó menos número, que no dixesen: “¿Qué 
piensa Cortés hacer de nosotros? ¿Quiere por ventura acabar estos 
pocos que quedamos? ¿Qué le hemos merescido? Dice que nos quiere 
mucho y quiébranos la cabeza. Estamos heridos, destrozados, cansados, 
hambrientos, sin sangre ni fuerzas, flacos, en tierra de enemigos, pocos 
nosotros y ellos infinitos, nosotros en tierra ajena, ellos en la suya; 
dicennos mili afrentas, y si por Magiscacin no fuera, no quedara hombre 
de nosotros, é al fin es indio como ellos, infiel, ajeno de nuestras leyes 
y costumbres; fácilmente mudará parescer; moriremos todos mala muer¬ 
te. ¿Qué pensamos, ó qué hacemos, que nos vemos ir á fondo y callamos? 
¿No veis cuán insaciable es la cobdicia deste hombre, de procurar honra 
y mando, que estando como está tan á la muerte, anda dando trazas 
cómo volver á México y meternos en otra pelaza como la pasada, donde 
acabemos? Quien tiene en tan poco su vida, ved en qué tendrá la nues¬ 
tra. Si no somos nescios, volvamos por nosotros, que él no mira que 
faltan hombres, armas, artillería y caballos, que hacen la guerra, y más 
en esta tierra que en otra, y, lo que es principal, no le sobra la comida, 
porque cada día la tenemos menos; los indios se cansan de darla y otros 
no quieren, por lo mucho que á causa de Xicotencatl nos aborrescen ; é 
si el exército de mexicanos viene sobre nosotros, fácilmente, como éstos 
también son indios é mudables, se aliarán y concertarán y nos entregarán 
vivos para que nos sacrifiquen; desimulan ahora con nosotros, para 
hacer carnicería cuando más seguros estemos, y así han dicho muchos 
dellos que nos engordan para después comernos. No es menester que 
aguardemos á este tiempo; miremos por nosotros, é juntándonos, en nom¬ 
bre de todos y de parte del Rey, le hagamos un requerimiento para que, 
sin poner excusa ni dilación, salga luego desta ciudad y se vaya á la 
'Veracruz antes que los enemigos tomen los caminos, atajen los puertos, 



5i6 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


alcen las vituallas y nos quedemos aislados é vendidos, protestándole 
todas las muertes y daños é menoscabos que nos puedan venir.” 

Concertados todos, ó los más, de hacer este requerimiento, aunque 
hubo algunos (aunque pocos) de contrario parescer, juntos los principales 
dellos con el Escribano, le hicieron el requerimiento que se sigue: 

“Muy magnifico señor: Los Capitanes 3^ soldados de este exérciio 
de que vuestra ^Merced es General, parescemos ante vuestra Merced y 
decimos que ya á vuestra Merced le es notorio las muertes, daños y pér¬ 
didas que habernos tenido, así estando en la ciudad de ]^Iéxico, de donde 
ahora venimos, como al tiempo que della salimos, é después de salidos, 
en todo el camino hasta llegar á esta ciudad donde al presente estamos; 
y como la ma3^or parte de la gente del exército es muerta, juntamente con 
los caballos, é toda la artillería perdida las municiones gastadas é 
acabadas, é que para proseguir la guerra y conquista comenzada nos falta 
todo, y demás desto, en esta ciudad, donde, al parescer, se nos ha hecho 
buen acogimiento 3^ mostrado buena voluntad, tenemos entendido, 3^ aun 
es cierto, que nos quieren asegurar é descuidar con fingidas palabras é 
obras, é cuando menos lo pensáremos, dar sobre nosotros é acabarnos, 
como han comenzado y tenemos por la experiencia visto, porque no es 
de creer ni se debe tener por cierto que estos indios nos guarden fee 
ni palabra, ni vayan contra sus mismos naturales 3^ vecinos en nuestra 
defensa, antes se debe entender que las enemistades 3^ guerras que entre 
ellos ha habido se han de volver en amistades 3’’ paces, para que, hacién¬ 
dose un cuerpo, sean más poderosos contra nosotros y nos destruyan y 
acaben; de todo lo cual habernos visto y entendido principios 3- ruines 
señales en los principales desta ciudad, como ya á vuestra Merced le 
constará é habrá entendido; y demás desto vemos que vuestra Merced, 
que es nuestra cabeza 3^ General, está mal herido y que los cirujanos 
que le curan han dicho que la herida es peligrosa é que temen poder 
escapar della; todo lo cual, si vuestra Merced bien lo quiere mirar y 
examinar, son bastantes causas é razones para que salgamos luego desta 
ciudad 3" no esperemos á peores términos de los que al presente los 
negocios tienen; é que porque tenemos noticia que vuestra Merced pre¬ 
tende y quiere, no advirtiendo bien en las urgentes 3^ bastantes causas 
que hay para que esta conquista cese, llevarla adelante y proseguir la 
guerra, lo que, si así fuese, sería nuestra fin é total destruición: por lo 
dicho é otras cosas que dexamos: Por tanto, á vuestra Merced pedimos 
3’’ suplicamos y si es nescesario, todas las veces que de derecho somos 
obligados, requerimos que luego salga desta dicha ciudad con todo su 
exército é va3^a á la Veracruz, para que allí se determine lo que más al 
servicio de Dios y de Su Majestad convenga, 3^ en esto no ponga vuestra 
Merced dilación, porque nos podría causar mucho daño, cerrando los- 
caminos los enemigos é alzando los bastimentos y dándonos cruel gtierra, 
de suerte que no seamos después parte para defendernos 3^ salir desta 
tierra; que si así fuese sería ma3^or daño que dexar la guerra en el 





LIBRO QUINTO.—CAP. V 


5i7 

estado en que está; é de como así lo pedimos y requerimos, vos, el presente 
Escribano, nos lo dad por testimonio, é protestamos contra vuestra Merced 
y sus bienes todos los daños, muertes y menoscabos que de no hacerlo 
así se nos recrescieren; é á los presentes rogamos que dello nos sean 
testigos, é de como así lo pedimos, requerimos y protestamos, y para 
ello, etc/^ 


CAPITULO V 

DE LO QUE CORTÉS RESPONDIÓ Y DEL RAZONAMIENTO QUE LES HIZO 

Cortés, oído este razonamiento, aunque entendió que los menos y 
de menor suerte y arte eran los que se le hacían, deseosos de volver á 
Cuba, ó de querer más servir á otros que pelear, como si todos fueran 
de aquel parescer, honrándolos en su repuesta, les hizo esta plática: 

''Señores y amigos míos, cuyo maravilloso y singular esfuerzo en 
tantos trances y peligros tengo conoscido: Es tanto el amor y voluntad 
que os tengo, por las muchas y muy buenas obras que de vosotros he res- 
cebido, que so pena de ser muy ingrato, estaba obligado á hacer, no 
solamente lo que tantos me rogáis y mandáis, pero lo que cualquiera de 
vosotros me dixere, é si esto es así ó no, vosotros lo sabéis, á quien nin¬ 
guna cosa he negado que yo pudiese é os estuviese bien; pero como 
ésta que me pedís deshace y escurece la gloria é honra que en tanto 
tiempo 3' con tantos trabajos habéis adquerido, si os paresce, por las 
causas que luego diré respondiendo á las vuestras, no conviene que os 
la conceda. Decís que estáis pobres, destrozados, cansados, heridos, sin 
armas, sin caballos, sin artillería, en tierra de enemigos, é que con fa¬ 
cilidad, para acabaros, se podrán concertar con los mexicanos, é que nos 
vamos á la Ueracruz para que desde allí nos volvamos á Cuba. Si bien 
lo miráis, no son éstas causas ni razones de pechos é corazones españoles, 
que ni por trabajos jamás se cansaron, ni por muertes ni pérdidas se 
acobardaron. \'osotros sois los mismos que ayer érades, y no sé por 
qué boca habéis dicho palabras tan contra vuestra autoridad. Ya los más 
estáis sanos, gordos y bien sustentados; ninguno, loores á Dios, ha 
muerto; hemos hallado aquí cincuenta ó sesenta españoles; llamando á 
los de la Veracruz los que están en Almería, seremos muchos más de 
los que éramos cuando por aquí pasamos abriendo el camino á pura 
fuerza de armas; la munición no ha faltado toda, que con la que hay 
nos podemos entretener en el entretanto que yo doy en orden en hacer 
pólvora, cuanto más que á la fama de lo que habéis hecho, cada día 
vendrán españoles con armas y caballos; ni hay por qué temer porque 
Xicotencatl no nos sea amigo ni que los tlaxcaltecas se confederarán con 
los mexicanos: lo uno porque si lo hubieran de hacer no aguardaran á 
que sanáramos, que en sus casas y en sus camas que nos dieron nos 
pudieron haber muerto; es muy grande y muy antiguo el odio que tienen 


5i8 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


á mexicanos; lo otro, porque*Magiscacin, á quien sigue toda la Señoría 
de Tlaxcala, es tan de nuestra banda, que primero morirá que consienta 
tan gran maldad. Siempre, señores, estando sin guerra, la deseastes, y 
estando en ella os mostrastes ardides y bellicosos. Hacer lo contrario 
(que es lo que me pedís) es no responder á quien sois, perder el nombre 
de españoles, escurescer lo hecho, perder lo ganado, cortar el hilo á la 
tela comenzada. Si nos vamos de aquí, ¿do podemos ir que no sea en 
figura de fugitivos? Los tlaxcaltecas nos menospresciarán, perseguirnos 
han los mexicanos, que dondequiera tienen sus guarniciones, y los cem- 
poaleses y totonaqnes, ¿qué honra nos pueden hacer más de la que 
á medrosos, rendidos y fugitivos? Doquiera que desta manera vamos, 
seremos afrentados, iremos corridos de nosotros proprios, los árbole^^ 
y matas nos parescerán que son enemigos; ¿Qué, pues, pensáis, señores, 
que es vuestro designio?, ¿Dónde teníades vuestro valor y esfuerzo, que 
venistes á pedir cosa tan afrentosa, tan dañosa, tan contra vuestra 
autoridad? Pesad, pesad primero los negocios, é primero que los propon¬ 
gáis, los rumiad y miraldos bien, que más quisiera la muerte, que delante 
de otra nasción me hubiérades hecho este requerimiento. Esforzáos y 
animáos, que todo nos sobrará, cobraremos á ^México, seremos señores, 
é si la fortuna nos quisiere en todo ser adversa, más vale que muramos 
peleando, que no acabemos huyendo, cuanto más que yo sé de los tlax¬ 
caltecas que quieren más ser vuestros esclavos que amigos de mexicanos. 
E porque más os certifiquéis de que tenemos en ellos las espaldas seguras, 
yo los quiero probar contra los de Tepeaca, que los días pasados mataron 
dos españoles, é si no los halláremos amigos, yo buscaré honrosa ocasión 
cómo salgamos de aquí y nos vamos á la Veracruz; é porque veáis que 
en todo deseo daros contento, los que no quisierdes atender á esta prueba 
(que creo que sí querréis) yo os inviaré á la Veracruz; pero mirá que o.s 
acordéis que en pocas ó ningunas cosas de las que os he dicho he salido 
mentiroso.'^ 

Pudieron tanto estas palabras, tuvieron tanta fuerza é autoridad, 
que todos los que habían sido en el requerimiento, muy alegres y con¬ 
tentos mudaron parescer y prometieron de nunca dexalle, y fué la 
causa, según se puede entender, el prometerles Cortés que en la guerra 
de Tepeaca harían lo que quisiesen; pero la más cierta es ser condisción 
del español nunca dexar de ir á la guerra que se ofresce, porque hacer 
lo contrario lo tiene por afrenta y menoscabo. 

CAPITULO VI 

CÓMO LOS MEXICANOS INVIARON SUS EMBAXADORES Á LOS TLAXCALTECAS. 

PROMETIÉNDOLES PERPECTUA AMISTAD SI MATABAN Á LOS ESPAÑOLES 

Pasados algunos días, en que los mexicanos se ocuparon en rehacei 
sus casas, cubrir las puentes, proveer la ciudad, y los que de fuera habíar? 




LIBRO QUINTO.—CAP. VII 


5i9 

venido se volvieron á sus tierras, hechos ya sus sacrificios y dadas las 
gracias á sus dioses, por la matanza que en los españoles habían hecho, 
como supieron que los tlaxcaltecas habían salido á rescebir á Cortés y á 
los demás que con él habían quedado, recelándose dél no se rehiciese 
y los tlaxcaltecas le ayudasen, entrando los principales señores del imperio 
mexicano en su consejo, después de mucha y larga altercación, para 
asegurar sus negocios é que los tlaxcaltecas con ayuda de los'españoles 
no tomasen más brío ni alas, ni los cristianos cobrasen coraje para ven¬ 
garse, determinaron de inviar de los más principales y sabios en el 
razonar seis embaxadores con presentes de las cosas de que más los 
tlaxcaltecas carescían, que eran sal, mantas ricas, plumajes é otras cosas 
con que, si no fueran tan valerosos, fácilmente los pudieran persuadir 

Caminaron los embaxadores bien instructos é informados de lo que 
habían de decir é hacer al dar de los presentes. Llegaron á Tlaxcala, 
inviaron delante algunos de sus criados con señales de paz é que venían 
embaxadores mexicanos, los cuales entrados, la Señoría de Tlaxcala los 
salió á rescebir al templo mayor, donde con algunos caballeros los aguar¬ 
daron donde la Señoría solía entrar en su consulta é determinar los ne¬ 
gocios. Los que estaban en aquel Ayuntamiento é Cabildo, representando 
la majestad y Señoría de Tlaxcala, eran los cuatro grandes señores della 
é otros algunos que gobernaban la república, muchos Capitanes antiguos 
é personas de consejo, parientes y deudos de los cuatro señores. 

Llegados al templo los embaxadores mexicanos, mandándolos entrar 
la Señoría, la embaxada que dieron fue la siguiente: 


CAPITULO VII 

CÓMO, HECHAS SUS CERIMONI.\S, LOS EMBAXADORES MEXICANOS PROPUSIE¬ 
RON SU EMBAXADA, Y DE LO QUE MAGISCACIN RESPONDIÓ, MANDÁNDOLOS 
SALIR 

Entrando los seis embaxadores, quedando los que con ellos venían 
fuera, hechas primero, á su costumbre, las solemnes cerimonias en 
negocio tan arduo y con gente tan principal convenientes, ofrescidos los 
muchos y grandes presentes que llevaban, el que era más viejo y mas 
principal, tomando la mano, oyéndole con gran atención la Señoría, habló 
en esta manera: 

“Muy valientes y muy poderosos señores que en este lugar juntos 
representáis la sola é muy insigne Señoría de Tlaxcala: Los Príncipes, 
grandes señores y caballeros é ciudadanos del imperio mexicano, por 
nosotros sus embaxadores muchas veces os saludan é piden y ruegan que 
ante todas cosas nos deis crédicto y entera fee á todo lo que de su parte 
os venimos á decir, para que con toda fidelidad y secreto llevemos la 
repuesta que nos diéredes." Calló, acabando de decir esto, esperando 


320 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 

• 

lo que la Señoría respondía. Estonces Magiscacin dixo: “Proseguid vues¬ 
tra plática, embaxador mexicano, que esta Señoría sabe que lo sois é 
daros ha en todo lo que dixerdes crédicto como si presentes estuviesen 
los Príncipes del imperio mexicano que os invían.” 

El embaxador, oyendo esto, hecha de nuevo otra cerimonia, prosi¬ 
guiendo su embaxada, dixo: “Ya, poderosos señores, dicen por mí los 
Príncipes mexicanos, sabéis que de muchos años acá é de tiempo inme¬ 
morial, entre nosotros é vosotros ha habido é hay bravas y crueles gue¬ 
rras, haciéndose de la una parte á la otra é de la otra á la otra grandes da¬ 
ños, muertes y estragos, siendo vecinos y partiendo términos, profesando 
una religión y siendo de una lengua é aun viviendo casi debaxo de unas 
mismas leyes é costumbres, y, lo que mucho hace al caso, siendo vuestros 
antepasados y los nuestros deudos é parientes. Querrían, pues, los señores 
mexicanos poner fin á tan bravas y encendidas guerras, é que entre 
ellos y vosotros, hecho un perdón é olvidadas las muertes é injurias 
rescebidas, hubiese perpetua paz para que unidos fuésedes más podero¬ 
sos, y de común consentimiento debellásemos y subjectásemos á nuestro 
imperio é vuestra Señoría lo mucho que sabemos que hay que conquistar, 
é se repartiese por mitad entre los unos y los otros. Dicen más, que 
viniendo en esta confederación y amistad, gozaréis de la sal, aves, plu¬ 
majes, plata, oro, piedras y otras cosas de que vosotros carescéis y el 
imperio mexicano abunda; é que como hasta ahora las guerras han sido 
encendidas, que las amistades sean firmes é perpectuas; pero que para 
que lo que os piden tenga el efecto é fin deseado é que todos vivamos 
en dichosa y bienaventurada paz, conviene que á estos pocos cristianos 
que tan heridos y maltratados escaparon de nuestras manos, los sacri¬ 
fiquéis y no dexéis más vivir, pues sabéis que en todo son muy diferentes 
de nosotros; introducían nueva religión, de que nuestros dioses están 
muy enojados; dábannos otras leyes y manera de vivir, usurpaban nues¬ 
tras haciendas, forzaban nuestras hijas y mujeres, derrocaron nuestros 
ídolos, hicieron justicia públicamente, como si fueran señores de la tierra, 
prendieron al Emperador Motezuma, murió por su causa, é poco á poco 
pretendían enseñorearse de nuestras personas. 

“Fueron grandes las causas y razones por donde matamos á los más 
dellos é á los otros herimos y echamos de nuestra ciudad y tierra, y si 
vosotros los rescebís é ayudáis y socorréis, será poner leña al fuego con 
que todos os abraséis, porque, como lo veréis, han de pretender hacer lo 
mismo que con nosotros, ca si los ayudáis y con vuestra ayuda nos vencen, 
tendrán fuerzas para subjectaros después á vosotros, y así, lo que los 
dioses no permitan, perderemos todo nuestro imperio y señorío, los dioses 
nos negarán la salud, las victorias y los demás bienes. No es razón que 
tengáis cuenta que son vuestros amigos y que se vienen á amparar con 
vosotros, porque esto érades obligados á guardarlo si fueran de vuestra 
ley y dellos en su tierra y patria hubiérades rescebido algunas buenas 
obras y no temiérades, como debéis temer, que criáis en vuestra casa el 




LIBRO QUINTO,—CAP. VIH 


521 


dragón que después os coma. Esto es lo que los Príncipes mexicanos os 
invian por nosotros á decir; ruegan os con la paz, piden os como amigos 
miréis por vuestra libertad y señorío, é si al hicierdes, protestan que toda 
la culpa que de los daños que á vos y á ellos se recrescieren será vuestra, 
é que ellos con ios dioses y con vosotros desde hoy para siempre se des¬ 
cargan.” 

Acabó de hablar el einbaxador, é Magiscacin, en nombre de la Señoría, 
rescibiendo é agradesciendo los presentes, dixo: “Negocio es este que es 
menester bien mirarle. En el entretanto que determinamos lo que se debe 
responder, os iréis á vuestras posadas.” Con esto los embaxadores se 
calieron, quedando los señores tlaxcaltecas consultando la repuesta. 

CAPITULO VIII 

DE CONSUI.TA DE LOS SEÑORES TLAXCALTECAS Y DE CÓMO MAGISCACIN 

DEFENDIÓ LA PARTE DE LOS ESPAÑOLES Y ECHÓ DE LAS GRADAS ABANO 

Á XICOTENCATL 

Contrarios efectos obró la embaxada y razonamiento de aquel em- 
baxador, porque Xicoíencatl y los que eran de su parte, como estaban 
mal con los nuestros, holgáronse con ella, no entendiendo el engaño 
que dentro tenía. Magiscacin, como los amaba y era tan sagaz é prudente, 
conosciendo que debaxo de aquellas comedidas palabras é falsos ofresci- 
mientos estaba el daño, no sólo de los españoles, pero de los tlaxcaltecas, 
tomando la mano, porque era el más antiguo de los que habían de res¬ 
ponder, volviéndose á Xicotencatl é á los otros señores, les habló desta 
manera: “Muy valientes esforzados caballeros que siempre habéis puesto 
en la fuerza de vuestro brazo los subcesos prósperos de fortuna: Bien 
será que con las melosas y blandas palabras de los mexicanos no os 
engañéis, entendiendo ante todas cosas que los que de tiempo inmemorial 
acá nos han sido capitales enemigos, no pretenden ser ahora nuestros 
amigos por nuestro provecho, sino por el suyo y aun por dañarnos más, 
y esto veréis en que siendo muchos más que nosotros y habiendo de la 
una parte á la otra tantos recuentros y refriegas, en que muchas veces 
han vencido é otras han sido vencidos, piden paz como si fueran pocos 
é siempre hobieran llevado lo peor. Pídennos que violemos y quebran¬ 
temos los derechos y buenas leyes de amistad, diciendo que los cristianos 
no son de nuestra religión, como si la fee dada á todo género de hombres 
no se debiese guardar, especialmente por nosotros, que tanto nos pres- 
ciamos dello; pídennos asimismo que los matemos ; ninguno por cierto 
tal hará, porque es negocio cruel y de bestias más que de hombres : 
porque, ¿qué honra ni gloria se puede sacar ni alcanzar en matar á lo^ 
que tenemos asegurados, enfermos, afligidos y cansados y que de nos¬ 
otros se confían y á quien nosotros como á hermanos salimos á rescebir 
y hospedamos en nuestras casas Muertos éstos, lo que los dioses no per- 


522 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


mitán, los mexicanos se hallarán con sus fuerzas antiguas, é viéndonos 
sin la defensa de los cristianos, seguros del gran daño que con su ayuda 
les podemos hacer, proseguirán contra nosotros mejor la guerra, que¬ 
brándonos la palabra que ahora nos dan; ya los conoscéis tan bien como 
vo y entendéis su fin y motivo; más vale que lo que ellos pretenden 
hacer de nosotros lo hagamos nosotros dellos. Los cristianos convalescen 
ya é presto estarán recios y no son tan pocos, que con menos podremos 
asolar y destruir á ^México y gozar á su pesar de los bienes y prosperidades 
suyas. Este es mi parescer y no creo que habrá nadie entre vosotros que 
sea del contrario, si no es enemigo de los dioses y su patria.” 

Acabado que hubo ]\Iagiscacin, Xicotencatl. que era el Capitán ge¬ 
neral, no se pudo sufrir, como el que no podía ver á los españoles, que 
sin largo razonamiento no dixese que lo mejor era muriesen los españoles 
y tuviesen amistad con sus vecinos, é que esto era el guardar la religión 
y palabra y que no se había ni debía hacer otra cosa, porque los cris¬ 
tianos eran malos y pulilla de sus haciendas y honras, y qiíe debían ser 
luego llamados los embaxadores. para que se les diese la repuesta con¬ 
forme á lo que pedían. Magiscacin y los que le seguían contradixeron 
esto; levantáronse los de la parte de Xicotencatl y defendiendo su partido, 
hubo entre todos mucha discordia, aunque los más seguían á Magiscacin, 
y así porfiando y contradiciéndose los unos á los otros, vinieron á palabras 
tan pesadas, que Magiscacin dió una coz á Xicotencatl que lo derrocó 
del asiento y echó á rodar por las gradas del cu, diciendo que era traidor 
á su patria é á los dioses, é que los cristianos eran muy buenos y tan 
valientes cuanto el había visto por sus ojos, pues siempre había salido 
vencido, y que ni los tlaxcaltecas ni los mexicanos juntos y confederados 
eran poderosos contra ellos, é que él que algún día pagaría como malo 
que era. 

Desta manera se deshizo aquella junta y consejo, sin dar otra re¬ 
puesta á los embaxadores mexicanos más de lo que habían oído y visto, 
los cuales se fueron harto confusos de lo pasado sin osar pedir la re¬ 
puesta. Xicotencatl no las tenía todas consigo, por la contradición de 
Magiscacin y porque ya los españoles estaban sanos y para pelear. 


CAPITULO IX 

CÓMO CORTÉS DIÓ LAS GRACIAS A MAGISCACIN SOBRE LO QUE HABÍA P.\- 
-SADO Y CÓMO XICOTENCATL PIDIÓ SE HICIESE GUERRA A LOS DE TF- 
PEACA 


Luego otro día que esto pasó, y según algunos dicen aquella misma 
noche, Cortés se fué al aposento de Magiscacin, acompañado de algunos 
Capitanes y caballeros, como tenía de costumbre, al cual, con mucha 
gracia y amor echó los brazos encima, que. cierto, los dos se amaban 






LIBRO OUÍXTO.-CAP. TX 


323 


mucho; rindióle las gracias, diciéndole: “¡Oh. muy valeroso y muy pru¬ 
dente caballero, honra y gloria de la Señoría de Tlaxcala! ¿ Cuándo yo y 
los nuestros te podremos pagar la merced que sabemos nos has hecho en ia 
consulta pasada, despidiendo afrentosamente á los embaxadores mexi¬ 
canos y tratando tan mal y con tanto esfuer?o á vuestro General Xi- 
cotencatl? No sé cuál tenga en más, la obra (que no puede nascer sincr' 
de pecho valeroso) ó la voluntad y amor con que por nuestra causa te 
pusiste contra los tuyos. Cierto, tengo entendido que el verdadero y solo 
Dios en quien los cristianos creemos, para la salvación y remedio de 
vosotros, alumbra tu entendimiento y te da, si lo quieres confesar, nuevas 
fuerzas para resistir y nuevas palabras para persuadir lo que quieres 
¿Qué fuera de nosotros si llegando, como llegamos, á Tlaxcala tan pocos, 
tan destrozados, tan heridos y tan enfermos, que no hubo hombre de 
nosotros que pudiese servir á otro, dieras lugar á la indignación y mal¬ 
querencia que siempre Xicotencatl nos ha tenido sin haberle hecho por 
qué? Páguete nuestro Dios (que es el que solo puede hacer mercedes) 
tu obra y voluntad, que yo é los míos confesamos que aunque derramemos 
la sangre por ti y muchas veces pongamos la vida al tablero, no te pa¬ 
garemos la menor parte de lo que te debemos; y pues yo no puedo con 
iguales obras corresponder á las tuyas, quedo contento con hacer lo que 
debo y es en mí, que con las palabras más claras y más eficaces que 
puedo te muestro el amor grande que acerca de ti está en mi corazón 
prometiéndote, como espero en mi Dios, que dándome prósperos subcesos 
en la vuelta á México, serás el mayor señor que habrá en este nuevo 
mundo, que ya, loado Dios, estamos de salud mejores y no vemos la hora 
que andar á las manos con los mexicanos, capitales enemigos vuestros y 
nuestros.'’ 

Acabándole de decir estas tan comedidas y agradescidas razones, le 
tornó afectuosamente á abrazar, no sin lágrimas de ambos, del contento 
que el uno en hablar y el otro en oir rescibía. 

Holgó tanto Magiscacin con la vista y agradescimiento de Cortés, 
que con palabras graves y llenas de contento le respondió, tomándole las 
manos: ‘^Valentísimo Capitán, amigo mío y en amor más que hijo: No 
es menester que te diga lo mucho que te amo y lo mucho en que tengo 
tu valerosa persona, pues se paresce por las muestras que he dado desde 
que te conoscí hasta la hora presente, ni aun es menester que tanto te 
encarezca lo que por ti he hecho, pues tú meresces más, é yo, ]3ara hacer 
el deber, estoy obligado á más. De la mejoría tuya y de los tuyos estoy 
muy alegre, porque sé que estando vosotros con salud y fuerzas, ni 
Xicotencatl ni los mexicanos serán parte para, haceros enojo é yo sé 
que queda tal Xicotencatl que él te rogará con la paz y te servirá en 
la guerra que se ofresciere, especialmente en la que ahora quieres em¬ 
prender contra los de Tepeaca, donde algunos de los tuyos han sido 
muertos alevosamente y otros maltratados.'’ 

Con esto Magiscacin concluyó su repuesta, y tomando de la mano á 


524 CRÓXICA DE L.\ NUEVA ESPAÑA 

Cortés se salió con él hasta despedirle en la calle, y no fué esto tan oculto 
que Xicotencatl no lo supiese, y por envidia, o porque ya no podía más. 
haciendo del ladrón fiel, determinó otro día de hablar á Cortés y ofres- 
cérsele, y asi no se le cociendo el pan, después que supo lo que Cortés 
había pasado con Magiscacin, como era hombre bullicioso y de agudo 
ingenio, viendo que no era parte para contrastar á Cortés, determinó de 
irle á hablar y así lo hizo, Fué por el camino pensativo, como el que ima¬ 
ginaba cómo de tan clara culpa se podría desculpar. 

Cortés, que más sabía que él, como le dixeron que Xicotencatl estaba 
en el patio, le salió á rescebir con mucha gracia y contento, preguntán¬ 
dole, primero que nada dixese, cómo estaba y diciéndole otras palabras 
de amor, que no poco lo confundieron; deshízole la trama del razona¬ 
miento que traía pensado, porque según él después dixo, pensaba de hablar 
á Cortés como á hombre enojado, y así, le hubo de hablar como á hombre 
que antes mostraba contento con su venida, que pesar, y así, después 
de pasadas algunas razones de comedimiento, asidos de las manos, se 
fueron ambos á sentar, donde estando presente la caballería española 
y tlaxcalteca, Xicotencatl habló desta manera á Cortés: 

“'No puedo negar, Capitán invencible, que he procurado por todas 
las vías posibles deshacer tu poder y escurecer la gloria que tan justa¬ 
mente en nuestra tierra has ganado, porque, como mejor sabes, en todos 
los provechos cada uno, naturalmente, quiere más para sí que para otro, 
especialmente en negocios de honra, donde el hijo la quiere ganar con 
su padre. Bien sabes que yo, como Capitán general de los valientes y 
esforzados tlaxcaltecas, debía y estaba obligado á ganar nombre y gloria 
para mí y para los míos, que cuanto el adversario fuese más bravo, 
tanto la gloria de haberle vencido había de ser mayor. He procurado, 
como has visto, ganar ésta de ti y de los tuyos; helo intentado muchas 
veces, y tantas he llevado lo peor, ó porque, como paresce, eres más 
valiente, ó porque debes de tener razón, ó porque ese Dios en que los 
cristianos creéis debe ser muy poderoso. Por cualquiera causa destas, 
ó por todas, yo determino de no porfiar más contra ti ni contra los 
tuyos, antes te pido y suplico me rescibas en tu gracia y amor y te sirvas 
de mí é de los que yo á cargo tengo, á tu voluntad, porque en todo me 
hallarás como á cualquiera de los tuyos; y porque lo puedas ver pres¬ 
to, ya sabes que la provincia de Tepeaca, comarcana á la nuestra, si¬ 
gue el bando y parcialidad de Culhúa y que en ella han sido muertos 
y maltratados algunos de los tuyos; yo te ofresco mi persona y gen¬ 
te para la venganza dello, y parésceme que primero que vuelvas 
sobre México, allanemos y aseguremos estas provincias amigas y de¬ 
votas del imperio y nombre mexicano, así para que nos queden las 
espaldas seguras, como para ir con más gente, con mayor nombre y 
más temidos,’’ 

Dicho esto, calló, esperando lo que Cortés respondería, el cual, aunque 
entendió que por fuerza y no de corazón le había dicho tan buenas pa- 


I 








LIBRO QUINTO.—CAP. X 


525 


labras, respondiéndole con otras semejantes, ó mejores, procurando ha¬ 
cerle verdadero amigo, abrazándole con mucho amor, le dixo así; 

''Sabio y valiente Capitán de los valientes y esforzados tlaxcaltecas-: 
Tú has hecho, procurando ganar honra de tu enemigo, lo que has podido 
hasta ahora y estabas obligado á ello, por lo cual no hay que culparte; 
pero, pues ya, como dices, has hecho todo tu deber y has entendido, por 
la razón que tenemos y porque sumamente poderoso es el Dios que 
adoramos, que adelante será tan en balde porfiar como lo ha sido hasta 
ahora, seamos amigos verdaderos y, juntos, allanemos esas provincias 
y volvamos sobre México, donde para ti y para tus descendientes ganarás 
la honra y fama que siempre como valiente y esforzado has procurado, 
que de mi parte te prometo que, olvidado de los enojos pasados, te haré 
todas las mejores obras que pudiere, hasta ponerte en aquella dignidad 
y estado que tú deseas.'' 

Mucho mostró holgarse con esto Xicotencatl, el cual, replicando po¬ 
cas palabras, aunque de mucha amistad, despidiéndose de Cortés, muy 
contento se volvió á su casa. 


CAPITULO X 

CÓMO XICOTENCATL VOLVIÓ Á HABLAR Á CORTES SOBRE LA GUERRA DE 
TEPEACA, Y DE CÓMO PRIMERO QUE LA COMENZASE INVIÓ SUS MENSAJE¬ 
ROS, Y LO QUE LOS DE TEPEACA RESPONDIERON 

Cincuenta días eran pasados después que Cortés estaba en Tlaxcala, 
curándose de sus heridas y aún no estaba bien sano, porque las heridas 
con el poco refrigerio habían sido malas de curar, cuando el General 
Xicotencatl, tiniendo prevenida la gente de guerra, le tornó á hablar, 
diciendo que ya no se podían sufrir las desvergüenzas y atrevimientos 
de los tepeaquenses y mexicanos, y que pues le habían muertó doce cris¬ 
tianos, y dexando los enemigos á las espaldas, no podía ser la guerra 
segura contra México, se determinase de comenzar luego aquella otra 
guerra, y que él estaba presto para ir en su servicio con la gente que le 
pidiese. Cortés, aunque más nescesidad tenía de curarse que de ponerse 
en guerra, por no mostrar flaqueza, que nunca se halló en él, respondió 
muy al gusto de Xicotencatl, diciéndole que se aprestase, porque él estaba 
determinado de hacer un bravo castigo en los de Tepeaca y en las guar¬ 
niciones mexicanas, que les daban favor é ayuda. Con esto se despidió 
Xicotencatl, el cual no se durmió en las pajas. Cortés, en el entretanto, 
aunque estaba bien indignado de la muerte de sus españoles y de las de 
un Fulano Coronado y de otro que las guarniciones mexicanas habían 
muerto en el despoblado, tomando los caminos para que ningún español 
pudiese ir ni venir á la mar, reportándose, por hacer la guerra más justa, 
invió sus mensajeros á los señores y principales de Tepeaca, rogándoles 


526 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


dexasen de le hacer guerra, pues era injusta, y que era más razón ser 
amigos de los tlaxcaltecas, que eran sus vecinos y tan valientes, que no 
de los mexicanos, que no sabían guardar amistad ni palabra que diesen, 
é asimismo, que ya sabían cuán alevosamente le habían muerto sus espa¬ 
ñoles, é que como quisiesen ser vasallos del Emperador de los cristianos, 
dexaría de tomar dellos justa venganza y los rescibiría á su amor y 
amistad y los defendería é ayudaría contra los que los quisiesen hacer 
agravio, y que hecha el amistad que con ellos deseaba trabar, entenderían, 
el tiempo andando, cuán bien les estaría, ansí para el aumento de su 
tierra y señorío, como para desengañarse de la falsa y cruel religión en 
que vivían, y que si quisiesen hacer otra cosa, que él, como á rebeldes y 
contumaces les haría cruel guerra, de manera que cuando quisiesen su 
amistad no les aprovechase. 

Fueron los mensajeros y dieron su embaxada, la cual, oída por los 
de Tepeaca, hicieron burla della, paresciéndoles que como uno á uno y 
dos á dos habían muerto [á] aquellos españoles, así podrían ofender á los 
que con Cortés estaban; y como los prósperos subcesos en gente favores- 
cida y que no habían bien probado á qué sabían las tajantes espadas de 
los españoles, engendraba soberbia y demasiado orgullo, respondieron 
que no querían su amistad ni la de los tlaxcaltecas, y que siendo vivo el 
gran señor de México no habían de servir y obedescer á señor que 
jamás vieron ni oyeron, y que ellos tenían buena ley y religión, rescibida 
de muy antiguo y guardada con gran cuidado 3^ que estaban determinados 
de morir en ella y no oir otra, teniendo por capitales enemigos á los 
(]ue contra la suya fuesen, queriéndoles persuadir otra, y que sobre 
esto no había de haber más razones, y que así, quedaban con las annas 
en la mano, esperando para ó matar á sus enemigos ó morir primero á 
sus manos que otra cosa hiciesen. 

Vueltos con esto los mensajeros. Cortés llamó á los señores de Tlax- 
cala. Díxoles lo que los de Tepeaca habían respondido y cómo él de¬ 
terminaba de hacerles cruda guerra, pidiéndoles su parescer; y pares¬ 
ciéndoles que era bien se hiciese así. hicieron la gente que había de ir con 
los suyos. 


CAPITULO XI 

DE LO QUE LA SEÑORÍA DE TLAXCALA RESPONDIÓ, Y DE CÓMO CORTES 
SALIÓ Á HACER LA GUERRA 

V 

Como la Señoría de Tlaxcala vió tan determinado á Cortés para lo 
que ella tanto deseaba, holgó mucho de oir lo que había propuesto, y 
respondiendo Magiscacin en nombre de toda la república, le dixo: “In¬ 
victísimo Capitán: Muchas gracias doy á mis dioses por verte ya con 
más salud y tan amado desta Señoría, porque siendo tú nuestro Capitán 
y caudillo, nada puede subceder que no sea á nuestro gusto y contento, 







LIBRO QUINTO.-CAP. XI 


527 

y si mi cansada edad no me lo estorbara y mi presencia no fuera tan 
nescesaria para proveerte desde esta ciudad en la guerra, por ninguna 
cosa dexara de ir contigo, pero en mi lugar te servirá un hijo mío que 
ahora comienza á seguir la guerra, y delante de ti, cuando estéis en el 
•campo, á nuestro uso, le armarán caballero. En lo demás que á esta Se¬ 
ñoría toca, te besa las manos por la merced que le haces, darte ha con su 
General Xicotencatl, que presente está, cincuenta mili hombres de guerra 
sin los de carga, y si fueren menester docientos mili 110 te faltarán. 
Acompañarte han otros señores, con su gente y armas, desta Señoría, 
de manera que en lo que á nosotros tocare, no tendrás qué pedir. De ti 
ciertos estamos que donde tu persona estuviere tendremos la victoria 
cierta; y porque ésta no se dilate y los de Tepeaca y sus aliados no 
hagan más daño, así en los tuyos como en los nuestros, sal hoy, porque 
el enemigo buscado, por valiente que sea, pierde mucho del orgullo, y tu 
Dios, que tantas victorias te ha dado, te favorezca é ayude en esta jor¬ 
nada, para que volviendo vencedor, como deseamos, tomes de México 
justa venganza.'’ Dichas estas palabras, todos los demás señores se levan¬ 
taron muy alegres, diciendo á una que lo que el señor Magiscacin había 
dicho era lo que ellos querían. 

Habida esta consulta y hecha esta determinación. Cortés, por darles 
contento y porque viesen cuán bien se aprestaba, mandó luego descoger 
las banderas, tocar los atambores y trompetas, adereszar las armas y 
armar los caballos, echando bando que en aquel día había de salir. Visto 
esto, Xicotencatl, que era hombre bellicoso, mandó tocar los caracoles é 
otros instrumentos de guerra, fué por los señores y Capitanes, aper¬ 
cibiéndolos que cada uno recogiese su gente, aunque como era tanta, en 
aquel día no se pudo aprestar. 

Dicen los que lo vieron, que fué cosa muy de ver la gana con que 
los unos y los otros se aprestaban, el ánimo grande que los unos res- 
cebían con los otros, el bullicio de todos. Salió primero Cortés, dexando 
cargo á Alonso de Ojeda y á su compañero Joan Márquez, que acaudi¬ 
llasen y recogiesen el exército de Tlaxcala, al cual con sus Capitanes y 
caudillos vinieron los de Cholula y Guaxocingo. 

Salió Cortés muy en orden de guerra, enarboladas las banderas, 
tocando los pifaros y atambores; acompañóle buen trecho fuera de la 
ciudad su grande amigo Magiscacin, donde, al despedirse, le encomendó 
mucho su hijo. La demás gente que no había de ir á la guerra, hasta los 
niños, se derramó por aquel campo para ver á Cortés. Echáronle todos, á 
su rito y costumbre, muchas y grandes bendiciones, deseosos todos de 
verle volver con victoria, y no iba tan desacompañado de gente de guerra 
tlaxcalteca, que no llevaba cuatro ó cinco mili flecheros para si, en el en¬ 
tretanto que la demás gente salía, se le ofresciese algún rencuentro. 


528 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


J 


CAPITULO XII 

CÓMO DESPUÉS DE HACER SALIDO CORTÉS SAIJÓ LA DEMÁS GENTE. t,A< 
DEVISAS QUE LOS SEÑORES LLEVABAN Y LA EXTIL\ÑA :\IAXERA CON QUE 
AL HIJO DE MAGISCACIN ARMARON CABALLERO 

Partido Cortés, llegó aquella noche camino de Tepeaca, á una parte 
que se dice Cunpancinco, donde estuvo tres dias hasta que el exército 
de Tlaxcala, de quien llevaba cargo Alonso de Ojeda, llegó. Salieron, 
asi de tlaxcaltecas como de cholutecas y guaxocingos, según la opinión 
de los más, sobre ciento y cincuenta mili hombres de guerra. 

Salieron todos de Tlaxcala lo más ricamente adereszados que pu¬ 
dieron y en muy gentil orden, tendidas las banderas de sus Capitanes 
y la de Tlaxcala, debaxo de la cual iban las demás. Y porque hace al 
gusto y sabor de la historia decir las devisas que los señores y el Capitán 
general llevaban como armas é insignias de sus alcuñas y linajes, es de 
saber que el General Xicotencatl en su estandarte y bandera llevaba ima 
hermosa y grande garza blanca, tan al natural texida de plumas, que 
parescia estar viva. La devisa de Chichimecatl, otro señor, era una rueda 
de plumas verdes con orla dura de argentería de oro y plata. Pistecle. 
que era otro señor, llevaba por devisa un arco con sus empulgeras y en 
cada una un pie de tigre y en la empuñadura asimismo una mano de 
tigre. Estos tres eran los más principales, aunque los dos reconoscian 
en algo á Xicotencatl. Iban debaxo destos otros muchos Capitanes y 
caudillos con sus banderas y devisas. Iban todos en hilera, por donde 
cabían, de veinte en veinte, y donde no de diez en diez, y como todos 
iban vestidos de blanco y en las rodelas y cabezas llevaban altos y ricos 
plumajes, sonando sus instrumentos de guerra, parescían por extremo 
bien, especialmente reverberando en el argentería y plumajes el sol. 

Ocupaban por do iban gran espacio de tierra. Llegaron á buena hora 
á do Cortés estaba, el cual los salió á rescebir un tiro de arcabuz; hízoles 
hacer salvas con las escopetas; rescibiólos con gran ruido de atambores 
y trompetas: abrazó á Xicotencatl y á los otros dos señores; repartiólos 
Ojeda por sus cuarteles. Parescia el campo una muy gran ciudad. 

Otro dia de mañana los corredores de la Señoría de Tlaxcala pren¬ 
dieron ciertas espías de Tepeaca. traxéronlas á Cortés, el cual las entregó 
á aquellos señores para que dellas hiciesen á su voluntad, los cuales, 
echado bando por todo el exército para que viesen armar caballero al 
hijo de Álagiscacin, después de haberse puesto todos en rueda, haciendo 
una hermosa y gran plaza, levantadas las banderas, haciendo señal de 
callar, con gran ruido de música, puestos en medio ciertos caballeros y 
algunos sacerdotes con unas navajas en una espada (*), con la cual sacrifi¬ 
caron las espías, sacáronles primero los corazones, haciendo ante todas 
cosas ciertas cerimonias. Cuando esto se hacía, el caballero novel estaba. 


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(♦) Asi en el Ms, 


I 








LIBRO QUINTO.-CAP. XITÍ S2g 

algo apartado, armado á su uso ricamente. Mandóle un caballero de 
aquellos que hiciese fuerte rodela y que se cubriese bien; tiróle fuerte¬ 
mente el corazón de una de las espías, y hecho esto, baxando el mancebo 
la rodela, con la mano llena de sangre le dió una recia bofetada en el 
carrillo, dexándole los dedos sangrientos señalados en él. Estuvo recio 
el mancebo, sin mudarse ni demudarse. Paresció esto mal á Cortés, como 
parescerá á cualquiera que esto lea; díxoles que por qué trataban tan mal 
á caballero tan presciado; respondiéronle que aquel era el uso de armar 
caballeros en el campo y que de aquella manera probaban el valor y es¬ 
fuerzo del que se armaba caballero, porque si siendo reciamente herido 
no caía, como aquél liabía hecho, era bastante prueba que cuando se 
viese en la batalla no se rindiría con fuertes golpes de su adversario. 
Calló Cortés, aunque todavía le paresció mal. 


CAPITULO XIII 

CÓMO AQUEL DÍA DIERON EN LA TIERRA DE ZACATEPEQUE, Y DEL DURO 
Y BRAVO RECUENTRO QUE ALLÍ HUBO CON LOS DE TEPEACA 

Aquel día, ó según la más cierta opinión el siguiente, así la gente 
de Cortés como la de Tlaxcala, dieron en unos muy crescidos, espesos 
y altos maizales de Zacatepeque, pueblo subjecto á Tepeaca, en medio de 
los cuales había una cava grande de tierra muerta, y de la otra parte, 
puesta en celada, mucha gente de guerra, aguardando á los de Cortés 
para tomarlos de sobresalto, y así, en pasando que pasaron la cava los 
nuestros, con grande alarido y furia, valientemente fueron salteados; 
pero como los nuestros andaban en busca dellos, reportándose un poco, 
para ver lo que habían de hacer, los escopeteros y ballesteros en breve 
hicieron harto estrago en ellos. Los de á caballo, aunque eran pocos y 
no podían en los maizales aprovecharse de los caballos como quisieran, 
se emplearon en ellos, alanceando muchos de los que huían. 

En el entretanto, por aquella parte por do ios tlaxcaltecas peleaban, 
los enemigos les hicieron mucho rostro, hiriéndose y matándose con 
gran coraje los unos á los otros, aunque los tlaxcaltecas, así por ser 
animosos y guerreros, como por el favor que en los nuestros sentían, 
llevaban lo mejor. 

Fué muy reñida aquel día esta batalla, porque de refresco acudían 
muchos de los de Tepeaca. Ya los españoles y los caballos, como la tierra 
era mullida, andaban cansados; estaban confusos, porque en tierra ex¬ 
traña y tan cubierta de los maizales, no sabían por dónde entrar ni salir, 
hasta que Ojeda, que iba en un caballo muy crescido, devisó ciertos 
edificios casi media legua de donde estaban en seguimiento de los enemi¬ 
gos; con muchos tlaxcaltecas guió allá. Llegado que fué allá, vió que 
eran unos grandes y reales aposentos; apeóse y entró dentro, matando 

34 


53o 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


los que estaban puestos á la defensa; subió á lo alto con algunos señores 
tlaxcaltecas; tendió la bandera y estandarte de Tlaxcala, para que viéndola 
Cortés y los suyos acudiesen allí. 

Eran estos aposentos en el pueblo de Acacingo. Ya el sol se quería 
poner, cuando yendo de vencida los enemigos, muchos dellos, no sabiendo 
lo que pasaba, huyeron á los aposentos, donde fueron presos y muertos 
por los tlaxcaltecas que en ellos estaban. Cortés, mirando por do podría 
salir á lo raso, que era ya hora, vió la bandera; holgóse mucho con ello, 
tiró con todos los suyos hacia allá, mostróle Ojeda desde lo alto por do 
había de subir, señoreó toda la tierra, considerando lo que después podría 
hacer. En el entretanto, de rato en rato, hasta que ya cerró bien la noche, 
acudían tlaxcaltecas con mucha cantidad de enemigos presos. Mandᬠ
balos Cortés subir arriba á lo alto, y para espantar á los demás, hacíalos 
echar de allí abaxo, donde se hacían pedazos, porque los aposentos eran 
muy altos y los arrojados daban sobre piedras. 

Hubo aquella noche para los tlaxcaltecas gran banquete de piernas 
y brazos, porque sin los asadores que hacían de palo, hubo más de cin¬ 
cuenta mili ollas de carne humana. Los nuestros lo pasaron mal, porque 
no era para ellos aquel manjar. 

Estuvo Cortés allí tres días con harta nescesidad de comida y agua, 
aunque siempre peleando, donde muchos indios hicieron grandes y muy 
notables desafíos los unos con los otros. Finalmente, después de muchas 
muertes, no acudiendo más enemigos. Cortés se fué á Tepeaca, donde 
lo que subcedió diremos luego. 

CAPITULO XIV 

CÓMO CORTÉS FL:É A TEPEACA Y ENTRÓ EN ELLA SIN RESISTENCIA, 

Y DE LO QUE MAS SUBCEDIÓ 

Marchó Cortés con su campo muy en cvdeii el camino de Tepeaca 
sin subcederle cosa que de contar sea, y como los señores y principales 
della, después del desbarato pasado se habían ido á México, entró Cortés 
sin resistencia en ella. Asentó el real de los españoles en un patio grande, 
junto á una torre fuerte y bien alta, mandando que junto á su alojamiento 
estuviesen Alarina y Aguilar, lenguas que fueron harto provechosas y 
nescesarias. El demás exército de los tlaxcaltecas se asentó fuera del 
pueblo, en unos grandes llanos, porque dentro no podía caber y por ser 
señor del campo, aunque los Capitanes y señores tenían sus aposentos 
en las casas más fuertes del pueblo. 

Estuvo el un campo y el otro, según la más común opinión, en estos 
asiento más de cuatro meses, aunque Ojeda en su Relación dice más 
de seis. Los españoles hicieron muchas correrías, donde prendieron y 
^nataron muchos de los enemigos. Hicieron muchas entradas en otros 





LBRO QUINTO. —CAP. XV 


53l 


pueblos, aunque siempre padescieron mucha nescesidad de comida y 
agua, en especial después que se acabó un charco que estaba entre dos 
sierras, que tenían hecho aposta, como xagüey, para recoger las aguas 
llovedizas; y por estar los bastimentos alzados padescieron los nuestros 
gran nescesidad dellos, la cual no tenían los indios amigos, por la carnes- 
cería que tenían de carne humana; y como la nescesidad es maestra de 
los ingenios, cayeron algunos de los nuestros en que los perrillos de la 
tierra, que son de comer, iban de noche y de día á comer de los cuerpos 
muertos. Iban allá los ballesteros y hacían su caza y volvían tan contentos 
como si hubieran cazado perdices. 

Estando por muchos días en esta nescesidad los nuestros, vino un 
cacique tepaneca, de paz; traxo á Cortés alguna comida, aunque poca, 
según los más son miserables y mesquinos; tratóle muy bien Cortés, 
pretendiendo que lo que quedaba de pacificar se hiciese sin rompimiento 
ni derramamiento de sangre. Comenzó desde aquel lugar á inviar sus 
Capitanes, unos por acá y otros por allá, con instrucción que lo que pu¬ 
diesen hacer por bien y por amor no lo hiciesen por mal. Invió á Diego de 
Ordás con docientos españoles y muchos indios amigos á Tecamachalco, el 
cua.1 [tuvo] diversas refriegas con los indios de aquel pueblo; fué y vino 
cinco veces á él, y como era grande y muy poblado, no se pudo subjectar 
tan presto. Finalmente, aunque se hicieron fuertes en las quebradas de una 
sierra, donde mucho se fortalescían, los sacó dellas y fué en su seguimien¬ 
to, haciendo en ellos gran matanza y después, al cabo, prendió más de dos 
mili y quinientos dellos, que traxo á Tepeaca, con que acabó de allanar 
aquel pueblo. 

Cortés hizo esclavos á los presos, herrólos en los rostros, inviando 
libres á las mujeres y muchachos á su tierra. De los esclavos entregó el 
quinto á los Oficiales del Rey; los demás repartió entre los que lo habían 
menester, y otros invió á Tlaxcala para que los tuviesen en guarda hasta 
que él volviese. Hizo Cortés este castigo, lo uno porque habían sido traido¬ 
res y quebrantado la palabra, lo otro por amedrentar y espantar á los de¬ 
más rebelados, que no poco aprovechó, porque no temen tanto la muerte 
como ser esclavos, y es la causa que como de su natural condisción son hol¬ 
gazanes, lio quieren con la servidumbre ser compelidos á trabajar. Fué esta 
nueva fuera del valle de Yzucar y hasta Zapotitlan, Tepexe, Acacingo y 
otros muchos pueblos, á los cuales, como después diré, fué Cortes y 
envió sus Capitanes. 


CAPITULO XV 

CÓMO ESTANDO CORTES EN TEPEACA, LOS MEXICANOS TENTARON DE .^IATAP 
CON TRAICIÓN A LOS CRISTIANOS Y CÓMO SE DESCUBRIÓ. Y EL CASTU.V 
QUE HUBO 

Inviando Cortés por diversas partes sus Capitanes con la gente que 
cada uno había menester, con la menos se quedaba en Tepeaca, esperando 



532 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


á ver lo que cada uno de los Capitanes avisaba que había de proveer, 
lo cual fué ocasión que los mexicanos, que eran más maliciosos que otros 
indios, tratasen con los de aquella comarca que matasen á los nuestros. 
Esto dicen que fué en una de dos maneras: la una, que los unos y los 
otros se diesen de paz, hiciesen muchos servicios á los nuestros, asegurán¬ 
dolos hasta verlos desarmados, y que descuidados, de noche ó de día. 
con las mismas armas, los más valientes matasen á los nuestros. La otra 
es, y ésta se tiene por más cierta, que las guarniciones mexicanas, como 
vieron repartida la gente de Cortés en diversos Capitanes y en diversas 
partes, que tiniendo aviso adónde acudía el Capitán cristiano que menos 
gente llevaba, todos los vecinos de los otros pueblos con las guarniciones 
mexicanas diesen sobre aquél de noche ó de día, y que así irían sobre 
cada uno de los otros Capitanes, y que desta manera acabarían en pocos 
meses á los españoles; y porque muerta la cabeza, que era Cortés, se podía 
esto hacer mejor que con ninguno de los otros Capitanes, viendo que 
Cortés quedaba con pocos españoles y que no se velaba mucho, á causa 
de que en Tepeaca no había muchos indios naturales della y que algunos 
de los pueblos comarcanos estaban allanados, aunque temían mucho á 
Cortés, se determinaron los Capitanes de las guarniciones mexicanas con 
los de la provincia cercar á Cortés en los aposentos donde estaba, y 
entrándole, matarle ó pegar fuego á la casa, para que ni él ni ninguno 
de los suyos pudiesen escapar, para lo cual tenían gran aparejo, por 
repartirse los indios amigos y en mucha cantidad con los Capitanes 
españoles; pero como esta traición no pudo ser tan secreta que algunas 
mujeres, parientas ó amigas ó hijas de los de la liga no lo supiesen, y 
ellas saben poco callar, aficionándose á Marina, la lengua, que era me¬ 
xicana, paresciéndoles que como extraña de la nasción española y como 
mujer de su ley é generación las guardara secreto, dos de las que sabían 
la traición, estando con ella en buena conversación y pasatiempo, después 
de haber merendado, que estonces más que en otro tiempo se descubren 
los corazones, le dixeron: “Marina: El amor grande que te tenemos y 
ser tú de nuestra ley é generación, por lo cual estás obligada á querernos 
mucho más que á los cristianos, nos fuerza á descubrirte lo que pasa, para 
que con tiempo te recojas con nosotras y no mueras mala muerte, antes 
seas señora y estés en tu libertad.’' Marina sospechó luego lo que que¬ 
rían decir; acariciólas mucho, diciendo mal de los cristianos, diciendo 
que no deseaba cosa más que verse libre. Ellas estonces, como vieron 
tan buena entrada, descubrieron la traición más largamente que aquí 
va contada. Marina Ies agradesció mucho el aviso, prometióles de guardar 
secreto y aun avisólas, para más asegurarlas, que no lo dixesen á otra 
persona. Con esto, despidiéndose á su tiempo dellas, se vino do Cortés 
estaba, al cual dixo que mandase llamar á Aguilar para que en lengua 
castellana dixese lo que ella quería descubrir, en la que Aguilar estando 
captivo había aprendido. Vino Aguilar, y Marina descubrió todo lo que 
con las indias había pasado. Mandólas llamar Cortés, confesaron sin 








r-IBRO QUINTO.-CAP. XVI 


533 


tormento, encartaron á muchos de los indios que se habían dado por 
amigos, hizo Cortés gran castigo en ellos, escribió á sus Capitanes que 
se viniesen, velóse con más cuidado en el entretanto, no permitiendo que 
alguno de los suyos estuviese descuidado. Hay otros [que] dicen que en la 
comida pretendieron los mexicanos matar á los nuestros, que pudieran 
más fácilmente si Dios, cuyo negocio se trataba, no les fuera á la mano. 
Como quiera que sea, aunque la segunda traición es la más cierta, Marina 
fue la que, siendo tan leal como se ha visto, la descubrió. 


CAPITULO XVI 

CÓMO EN EL ENTRETANTO QUE CORTES ESTABA EN TEPEACA, INDIOS D.E 

MÉXICO PUBLICARON QUE CORTÉS Y LOS SUYOS ERAN MUERTOS, Y CÓMO 

MATARON Á SAUCEDO Y OTRAS DESGRACIAS ACAESCIDAS Á ESPAÑOLES 

Los señores y principales de México, sabiendo cómo Cortés estaba 
en Tlaxcala é que ya comenzaba á hacer correrlas, recelosos de que al¬ 
gunos pueblos que estaban por ellos tiranizados y opresos no se levan¬ 
tasen y hiciesen del bando de Cortés y de los tlaxcaltecas, inviaron camino 
de la Veracruz y por, otras partes ciertos Capitanes, hombres esforzados, 
con las cabezas de algunos caballos de los que habían muerto en México, 
y también con las cabezas de algunos españoles, publicando por do iban 
que ya era muerto Malinche (que así llamaban á Cortés) por Marina 
la india, y que no había quedado hombre español ni caballo. Pudo este 
engaño tanto, que levantaron á ot’ros indios por do pasaban, para que 
matasen á los españoles que en sus pueblos estaban. 

Caminaron estos falsos mensajeros hasta llegar á Tustebeque, adonde 
estaba Saucedo, al cual había dexado Diego de Ordás con ochenta espa¬ 
ñoles al tiempo que desde Tepeaca había Cortés inviado á llamar al Diego 
de Ordás. Asimismo, á esta sazón estaba en Chinantla un Fulano de 
Barrientes, por mandado de Cortés. Acontesció, pues, que Saucedo invió 
á llamar al Barrientes con un español, á que se viniese debaxo de su 
bandera, pues era Capitán y tenía gente con quien podría estar más se¬ 
guro. Respondió Barrientes que no le conoscía y que allí le había man¬ 
dado estar Cortés y que allí estaría favoresciendo á los indios de Chi¬ 
nantla hasta que otra cosa le mandase. Volviendo el español con esta 
repuesta á Tustebeque, ya que llegaba media legua cerca de los aposentos, 
vió grande fuego levantado y que por lo alto ardían bravamente los 
aposentos. Creyó el español que por algún descuido, las indias haciendo 
pan habían pegado fuego á la casa. Llegó al río, no oyó bullicio ni rumor 
alguno de gente, antes, en llegando .al río, vió que venía hacia él una 
canoa con tres indios, porque los demás estaban escondidos; pasó (que 
no debiera) de la otra parte, donde no hubo saltado en tierra cuando los 
indios, que estaban á punto para ello, le comenzaron á herir. Defendióse 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


534 

lo que pudo, pero como eran muchos, matáronle luego. De tres indios 
chinantecas que consigo llevaba, los dos se escaparon echándose al agua: 
el otro murió con su amo, porque no le dieron lugar de hacer lo que los 
otros. 

Fué grande la matanza que los indios hicieron en aquellos españoles, 
porque á los unos quemaron vivos en los aposentos, y á los otros, que 
andaban descuidados por el pueblo, mataron, aunque algunos dellos ven¬ 
dieron sus vidas lo mejor que pudieron, como los que veian que no podían 
escapar, matando y haciendo el estrago que pudieron en los enemigos; 
pero como eran tantos, no pudo hombre dellos escapar. Dieron los indios 
chinantecas que huyeron las nuevas desto á Barrientos, el cual, por 
una parte, se holgó de no haber ido donde Saucedo estaba; por la otra 
quedó muy confuso, muy triste y pensativo, así por aquella gran pérdida, 
como por el peligro grande en que él quedaba de que los indios donde 
estaba no hiciesen dél otro tanto. Aumentóle esta congoxa la falta que 
le hacía un su amigo y compañero llamado Joan Nicolás, que poco des¬ 
pués deste desastre murió de enfermedad que le dió. Todos estos males 
causó la traición y ardid de los mexicanos, que, como adelante diré, nunca 
pensaban sino cómo matar á los nuestros. 


CAPITULO XVII 

CÓMO DIEGO DE ORDÁS FUÉ SOBRE GUACHALUCA, LA GUERTL\ QUE HIZO 
Y LA PRESA QUE TRAXO 

Prosiguiendo Cortés la guerra, invió á Diego de Ordás y á Alonso 
de Avila con docientos hombres de á pie y algunos de á caballo á que 
entrasen por la tierra de Guachaluca. Saliéronles al encuentro los indios; 
hubieron una brava y reñida batalla que duró muchas horas, donde los dos 
Capitanes, así gobernando como peleando, lo hicieron valerosamente. 
Mataron gran cantidad de los enemigos, pero todavía porfiaron otros 
días, en que llevaron lo peor. Volvieron estos Capitanes con presa de mávS 
de dos mili hombres y mujeres, aunque al principio, por espantar á los 
demás, no se daba vida á hombre. Herraron á ellos y á ellas en las caras. 
Repartiólos Cortés como convenía, invió los demás con Ojeda y Joan 
Márquez á Tlaxcala, á que los señores de aquella provincia se sirviesen 
dellos y se los guardasen, los cuales se holgaron mucho dello. Diéronle 
muchas gracias; inviáronle comida, que la había bien menester. Con 
la una presa y con la otra, como todos son vengativos, mostraron mayor 
contento del que el hombre generoso debe tener cuando vence, tratán¬ 
dolos mal de palabra y aun de obra. 

Volvieron Ojeda y su compañero, y como en el entretanto, en lo de 
Tecamachalco, los nuestros habían hecho grande estrago, toparon en el 
camino que iba á Tlaxcala y á Cholula muchos indios tlaxcaltecas y cho- 





LIBRO QUINTO.—CAP. XVIII 


535 


lutecas, cargados de indios muertos, que había hombre que llevaba dos 
á cuestas y otros que llevaban cuatro muchachos juntos, atados por los 
pies como si fueran gallinas. Decían que para comer en fresco en sus 
fiestas, y de lo que quedase hacer tasajos, cosa cierto bien horrenda y 
que de haberse quitado tan abominable costumbre Dios ha sido muy ser¬ 
vido, y ellos dello están bien confusos. 


CAPITULO xvni 

CÓMO EL SEÑOR DE GUACHALUCA INVIÓ SECRETAMENTE Á DARSE DE PAZ 
Á CORTÉS Y CON QUÉ CONDISCIÓN, Y LO QUE RESPONDIÓ 

Entendiendo el señor de Guacachula lo mal que le iba con los espa¬ 
ñoles y los tlaxcaltecas sus amigos, ó porque mudó parescer, ó porque 
hasta estonces había resistido, por dar contento á las guarniciones me¬ 
xicanas, viendo que ya Cortés se había apoderado de Tepeaca y de los 
otros pueblos comarcanos y que llevaba hilo de no dexar cosa enhiesta, 
queriendo de dos males escoger el menor, determinó de ser antes amigo 
de Cortés, extraño en todo de su nasción y linaje, que sufrir las molestias, 
denuestos y afrentas que los mexicanos hacían á los suyos, y así, secre¬ 
tamente, por ser primero socorrido y favoresddo, que sentido y muerto, 
invió dos deudos suyos, de quien él se confiaba, á Cortés, los cuales, 
llegados adonde estaba, con sola la lengua, que no quisieron que otros 
estuviesen presentes, le dixeron: 

“Gran Cortés, hijo del sol, espanto de tus enemigos: El señor de 
Guacachula, cuyos criados nosotros somos, te saluda cuanto saludarte 
puede y te suplica nos des crédito en lo que de su parte te dixéremos. 
Dice que si hasta ahora ha resistido á tus Capitanes no lo ha hecho por 
probar sus fuerzas y poder con el tuyo, que él confiesa que no puedes 
ser vencido, sino de miedo de cincuenta mili mexicanos que están en 
su tierra amenazándole, que si no se defiende de ti le han de matar con 
todos los tuyos; y como ha visto que ni él ni ellos son parte para re¬ 
sistirte, quieren tu amistad y que le tengas por servidor y quiere reconos- 
cer por supremo señor á ese gran Emperador de los cristianos en cuyo 
nombre vienes, y cree que debe ser muy grande y poderoso señor, pues 
tú, que tanto vales, publicas que eres su criado. Por tanto, te suplica le 
rescibas debaxo de tu amparo y favor, porque de mucho tiempo atrás 
está harto de ver los denuestos y afrentas que los mexicanos hacen á los 
suyos, tomándoles las mujeres, forzándoles las hijas, usurpándoles las 
haciendas; la cual tiranía y servidumbre, porque va siempre en cresci- 
miento, quiere ver quitada de su tierra; y porque desea que primero lo 
remedies que sea sentido dellos, nos invía á ti tan solos y tan sin pre¬ 
sentes, que es fuera de nuestra costumbre y usanza.” 

Cortés, que de su natural condisción era clemente y piadoso, holgó por 


536 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


extremo con esta enibaxada; condolescióse de la tiranía que aquel señor 
padescía, alegróse de poder ser parte para librarle della y deshacer otros 
tuertos y desaguisados que los mexicanos costumbraban hacer. Determinó 
de favorescer muy de veras á aquel señor, para que conoscida por otros 
su clemencia, sin venir á las manos se diesen á él. Respondió á los mensa^ 
jeros: “Yo creo todo lo que me habéis dicho y vuestro señor lo ha acertado 
en querer ser mi amigo y vasallo del Emperador de los cristianos, porque 
ya ninguno será parte para ofenderle. Desharé y castigaré los agravios que 
los mexicanos le han hecho, de manera que él quede muy contentó de 
querer mi amistad y arrepiso (*) de no haberla procurado antes. Decilde 
que vea por dónde quiere que vayan mis Capitanes con treinta ó cuarenta 
mili tlaxcaltecas, porque yo los inviaré luego, de manera que cuando los 
mexicanos no piensen, los míos estén sobre ellos.'’ Con esto, muy con¬ 
tentos y muy de secreto se partieron con la repuesta los mensajeros. 


CAPITULO XIX 

CÓMO CORTÉS INVIÓ Á DIEGO DE ORDÁS Y Á ALONSO DE AVILA CON DO- 

CIENTOS ESPAÑOLES, Y CÓMO SE ENGAÑARON CREYENDO QUE LOS DE 

GUACACHULA LES TRATABAN TRAICIÓN 

No se tardaron los mensajeros en volver, avisando á Cortés por dónde 
habían de ir los suyos, para hacer el hecho que tenían tratado. Despachó 
luego Cortés á los Capitanes Diego de Ordás y Alonso de Avila con 
docientos españoles y mucha gente tlaxcalteca; guiáronlos los mensajeros 
por buen camino y derecho atravesaron tierra de Guaxocingo. Allí, como 
los de Guacachula hablaron con los de aquel pueblo varias y diversas 
cosas tocantes á la guerra que contra las guarniciones mexicanas iban 
á hacer, y al presente no había de los nuestros intérprete que pudiese 
bien entender ni dar á entender la lengua mexicana, un español que se 
halló á las pláticas, tomando uno por otro y entendiéndolo mal, dixo á los 
Capitanes que se habían confederado los de Guaxocingo y Guacachula 
para poner á los nuestros en grande aprieto, echándolos en las manos 
de los indios de Culhúa, con quien poco antes se habían confederado 
y hecho amigos. Creyeron esto los Capitanes, porque siempre los nuestros 
andaban recatados y no estaban nada ciertos del amistad de los indios, 
como extraños en todo. Determinaron de no pasar adelante, prendieron 
á los mensajeros de Guachachula y á los Capitanes y otros principales 
de Guaxocingo; volviéronse á Cholula, y de allí escribieron una carta 
á Cortés con un Domingo García y le inviaron los presos. Motolinea 
dice que los Capitanes nuestros eran Andrés de Tapia, Diego de Ordás, 
Cristóbal de Olid; y Ojeda en su Relación, los ya dichos. 


(*) “arrepentido." 









LIBRO QUINTO.—CAP. XX 


537 

Cort'cs como leyó la carta, pesóle de lo que decía, aunque no se 
determinó en creer lo que en ella venía, por parescerle que los mensajeros 
de Guacachula le habían hablado con gran calor y lágrimas, y porque de 
los de Guaxocingo tenía buena opinión. Examinó con mucha cordura [á] 
los mensajeros y á los Capitanes cada uno por sí, y entendió de la con¬ 
fesión de todos que pasaba al revés de lo que la carta decía y que el 
español, ó de miedo, ó porque entendió mal, se había engañado, enten¬ 
diendo uno por otro, ca lo que estaba concertado y lo que los mensajeros 
dixeron á los otros indios era que meterían á los cristianos en Guacachula 
y que luego podían matar á los de Culhiia. Entendió el español que los 
de Culhúa habían de matar á los españoles después de metidos en el 
pueblo. Averiguado esto así, alegre Cortés de que los indios fuesen leales, 
los soltó, haciéndoles grandes caricias y satisfaciéndolos cuanto pudo, 
para que no fuesen quexosos; y para más satisfacerles y porque no 
acaeciese algún desastre y por ser el negocio de tanta importancia y por¬ 
que se acertase mejor, determinó de irse con ellos. 


CAPITULO XX 

CÓMO CORTÉS SE PARTIÓ CON LOS MENSAJEROS DE GUACACHUÍ.A, 

V DE LO QUE EN EL CAMINO LE ACONTESClÓ 

Cabalgó, pues. Cortés y Pedro de Al varado con él, con cuatro ó cinca 
de á caballo y otros tantos de á pie; adelantáronse los indios; comenzó á 
llover tanto que el agua les daba á la rodilla; llegaron al río de Cholula, el 
cual iba muy crescido y la puente era de vigas no bien juntas. Apeóse Al- 
varado, metiendo de diestro su yegua, y como las vigas estaban mojadas., 
deslizó la yegua, metió la una mano entre viga y viga, y por sacarla, con 
la fuerza que hizo, dió consigo en el río, y si de presto Alvarado no 
soltara la rienda, diera consigo abaxo. Nadó la yegua, que era muy sin¬ 
gular, y salió de la otra parte; paróse como esperando á su amo, sin 
irse á una parte ni á otra. Cortés como vió esto, mandó á Alonso de 
Ojeda que le pasase el caballo á nado; quitóle Ojeda la silla, cabalgó en 
él en cerro, sin desnudarse, y como tenía cuenta con la rienda, con la 
furia del agua, llevando la espada sin contera, con la otra mano se hirió 
sin sentirlo en un pie en los menudillos. 

Pasó Cortés y los demás por la puente, llegaron á Cholula, y como 
ya á Ojeda se le había resfriado la herida, comenzaba á coxquear y no 
se podía menear, de lo cual pesó bien á Cortés, porque era hombre para 
cualquier trabajo. Mandó á los indios de Cholula que lo llevasen en 
hombros á Tepeaca en una hamaca, avisándoles que mirasen por él como 
por sus ojos, si no querían ser todos muertos. Los indios, en quien más 
que en otra nascióii puede mucho el miedo, le llevaron á Tepeaca salvo, 
aunque no sano. 


538 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO XXI 

CÓMO LOS INDIOS DE GUACACHULA, DESMINTIENDO LAS VELAS^ CERCARON 

A LOS CAPITANES MEXICANOS Y CÓMO PELEARON CON ELLOS Y [Á]“ LA 

MAÑANA LOS AYUDÓ CORTÉS 

Aquella noche que los mensajeros llegaron á Guacachula, los vecinos 
del pueblo y los de Guaxocingo y tlaxcaltecas, pasada la mayor parte della, 
procurando salir verdaderos, engañando las centinelas, cercaron á los 
Capitanes mexicanos. Comenzaron á pelear bravamente con ellos y con 
los demás, confiados de que Cortés no podría tardar muchas horas, 
aunque los Capitanes cristianos les ponían gran ánimo, peleando ellos 
valerosamente, porque los indios enemigos eran más de treinta mili y de 
los más escogidos del imperio mexicano y estaban fortalescidos y como 
en su casa. Cortés partió de Cholula una ó dos horas antes del día; caminó 
bien apriesa, dió sobre los enemigos con dos ó tres horas de sol. Los de 
Guacachula, que tenían sus espías para cuando viniese, supiéronlo luego; 
saliéronle al encuentro con más de cuarenta prisioneros. Dixéronle: 
“Ahora, señor, verás cómo te diximos verdad y que el español se en¬ 
gañó." Cortés les replicó que decían verdad; abrazó á algunos, llamán¬ 
dolos tiacanes, que significa “valientes”, palabra con que ellos mucho se 
honran y animan. 

Llevaron á Cortés á una gran casa donde estaban cercados los me¬ 
xicanos, peleando más valientemente que nunca, como los que peleaban 
más por las vidas que por ofender. Teníanlos cercados los del pueblo y 
los tlaxcaltecas y guaxocingos. Llegado Cortés, dieron sobre ellos con 
tanta furia y tantos, que ni Cortés ni los españoles fueron parte (aunque 
lo procuraron) para impedir que no los hiciesen pedazos sin dexar hombre 
á vida de los Capitanes, que eran muchos. De la otra gente murieron 
infinitos, así antes como después de llegado Cortés; pero los demás, 
perdiendo totalmente el ánimo con su venida, huyeron hacia do estaba 
una guarnición de más de treinta mili mexicanos, los cuales, sintiendo lo 
que en el pueblo pasaba, venían á socorrer á sus amigos. Llegados, co¬ 
menzaron á poner fuego en la ciudad en el ínterin que los vecinos estaban 
embebecidos en matar enemigos; pero como lo sintió Cortés, salió á ellos 
con los de á caballo y con los escopeteros; rompiólos, alanceó muchos, 
retráxolos á una alta y grande cuesta, siguiólos hasta encumbrarlos, 
donde encalmados los unos y los otros, ni podían ofender ni ser ofendi¬ 
dos. Encalmáronse dos caballos, el uno dellos murió luego, y de los ene¬ 
migos, sin herida, ahogados del calor y cansados de la subida, cayeron 
muchos muertos en tierra, y llegando de refresco muchos indios amigos, 
casi sin resistencia de los contrarios, hicieron tanto estrago que en breve 
estaba el campo vacío de vivos y lleno de muertos. 

Vista esta matanza, que fué una de las grandes que en mexicanos 







LIBRO QUINTO.—CAP. XXII 


539 

se había hecho, los que quedaron vivos desampararon sus alojamientos. 
Los nuestros, siguiendo la victoria, saquearon todo cuanto toparon sin 
dexar cosa ; quemaron las casas, en las cuales hallaron muchas vituallas, 
tomaron, así de los muertos como de otros que prendieron, ricos plumajes, 
argentería, joyas de oro y plata, piedras presciosas, muchas de las cuales 
parescían, porque lo debían [ser], de las que los nuestros habían perdido á 
la salida de México. Traxeron los indios para contra los cristianos 
lanzas mayores que picas, tostadas las puntas, pensando con ellas matar 
los caballos, y no se engañaban si supieran jugarlas, pero si no es en ei 
flechar, en todas las demás armas tienen poca destreza. 

Tuvo este día Cortés de gente que acudió de Guaxocingo y Cholula, 
sin los tlaxcaltecas, más de sesenta mili hombres de guerra, á su modo 
bien adereszados. Fué cosa de considerar la brevedad con que tanta 
gente se juntó, porque Guacachula era pueblo de no más de cuatro mÜl 
vecinos, pero como de los mexicanos habían rescebido siempre malas 
obras, deseosos de la venganza, tuvieron alas en los pies, que la indigna¬ 
ción y enojo les dió. 

Guacachula está en llano, tiene un río á la una parte, que en el verano 
le sacan los vecinos todo en acequias para regar sus sementeras y huer¬ 
tas, y así es muy fresco de verano. Tiene una barranca por la cual va 
un arroyo ; encima della está un albarrada ó cerca con su pretil, de dos 
estados en alto, que era la fuerza del pueblo, por la mucha piedra que 
tenía para arrojar de allí abaxo. A la parte de ocidente tiene muchos 
cerros pelados, bien ásperos. Después acá, como allí se fundó un mo- 
nesterio de flaires Franciscos, reducido á pulicía por ellos, tiene otra 
traza. Danse en esta tierra árboles de Castilla, especialmente los que 
son de agro, y así se dan las mejores granadas, limas y naranjas del 
mundo, y lo mismo los higos. Tiene un templo ác bóveda, bien sumptuoso. 

Estuvo aquí Cortés tres días, tomando lengua de los pueblos co¬ 
marcanos para ver lo que después le convenía hacer. Estando en esto, 
le vinieron mensajeros de un pueblo que se dice Ocopetlayuca, ofres- 
ciéndose en nombre del señor dél y de los demás moradores á su servicio, 
diciendo que querían hacer lo que los de Guacachula. Está este pueblo 
tres leguas de estotro, al pie del volcán, cuya comarca veinte leguas 
alderredor, como en su lugar diremos, es la más poblada y la más fértil 
de todo lo que hasta ahora en estas partes se ha descubierto. 

CAPITULO XXII 

CÓMO CORTÉS DESDE GUACACHULA SE FUE Á YZUCAR Y ECHÓ DE ALLÍ LA.S 
GUARNICIONES MEXICANAS QUE HABÍA, Y DE CÓMO ALLÍ ELIGIÓ POR SEÑOR 
DEL PUEBLO A UN MUCHACHO QUE FUÉ EL PRIMERO QUE EN LAS INDIAS 
SE BAUTIZÓ 

Como Yzucar, que es un pueblo, como después diré, grande y fresco, 
estuviese no más de cuatro leguas de Guacachula, entendiendo los más 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


540 

dél la pujanza de Cortés y que no había fuerzas para resistirle y que las 
guarniciones mexicanas (que pasaban de ocho mili hombres) que tenían 
en sus casas, les hacían más daño que si fueran enemigos, determinaron 
para librarse de los mexicanos, no obedescerles, antes, como sus vecinos, 
inviar de secreto á llamar á Cortés, el cual, vistos los mensajeros, vino y 
entró con mucha gente. Fiié de los de Yzucar bien rescebido; trabó luego 
batalla con los mexicanos, los cuales aunque eran pocos, porfiaron hasta 
que Cortés los rompió. Mató los más, siguió los vivos hasta un río que 
estonces, como llovía, iba muy crescido, el cual no tenía puente, porque 
la que había, que era de vigas postizas, la furia del agua las había llevado. 
Ahogáronse allí los que pensaron, huyendo, escapar. Quemó Cortés luego 
los templos é ídolos, así por quitar las fuerzas á sus enemigos como por 
el menosprecio de su religión vana. Hacía esto Cortés cada vez que los 
pueblos se le ponían en defensa ; y así, los que de paz se le daban, lo 
primero que pedían era que no les quemase los templos ni derrocase 
sus ídolos. Condecendía con ellos, porque estonces vía que no era tiempo 
de hacer otra cosa. 

Muertos casi todos los mexicanos y librados de su opresión los de 
Yzucar, como su señor se había ido á meter con los mexicanos, pidieron 
á Cortés que de su mano les diese señor. Cortés, inquiriendo á quién le 
podría venir de derecho, supo que después del señor que tenían, el más 
propinco heredero de la casa y estado era un muchacho de hasta doce 
años, bien apuesto y de buena gracia, hijo del señor de Guacachula é 
nieto del señor de Yzucar. A este nombró Cortés por señor, nombrando 
asimismo dos caballeros viejos y de mucha experiencia, que hasta que 
tuviese edad le gobernasen á él y al pueblo. 

Hecho este nombramiento, con que todos los de Yzucar se holgaron 
mucho, porque aunque algunos de más edad lo pretendían, á ninguno con 
tanta razón como á este muchacho convenía, baptizáronle los religiosos 
Franciscos. Fué su padrino Pedro de Alvarado, por lo cual le llamaron 
don Pedro de Alvarado, al cual llevando después los religiosos para 
instruirle en las cosas de nuestra sancta fee, andaba triste y atemo¬ 
rizado, creyendo, como en su vana religión había visto, que le lleva¬ 
ban á sacrificar, que ansí dixo después que sus padres solían hacer, 
por lo cual un día preguntó á un religioso: ''Padre, ¿cuándo me han 
de matar y sacrificar?'', y entendiendo estonces el religioso que la tris¬ 
teza que traía era de aquello que pensaba, le llegó á sí, halagóle mucho 
y sonriéndose, le dixo: "Hijo mío, ¿y por esto andabas triste?; no 
me lo dixeras antes. No temas, alégrate y regocíjate, que en la casa 
de Dios, á quien tú has de servir y adorar, no matan á ninguno, antes 
los defienden, porque nuestro Dios no quiere la muerte del pecador, 
sino que se convierta y viva, y así en lo demás de nuestra religión con 
el tiempo verás muchas cosas que te darán contento." 

Oyendo esto el muchacho, se alegró mucho y dixo que era buena cosa 









LTliRO QUINTO.—CAP. XXUi 


341 

ser cristiano y que el Dios que no quería que nadie fuese sacrificado 
debía de ser misericordioso, manso y benigno. 

Fué este muchacho el primero que de los idólatras fue rescebido en la 
casa de Dios por el baptismo. Y porque hoy Yzucar es uno de los buenos 
pueblos de aquella comarca, será bien decir algo de su asiento y partes 
en el capítulo siguiente. 


CAPITULO XXIII 

DEL ASIENTO Y FERTILIDAD DE YZUCAR Y DE CÓMO CORTÉS MANDÓ LLAMAR 
A ALGUNOS VECINOS QUE SE HABÍAN HUIDO 

Es Yzucar en temple más caliente que frío, abundante de fuentes y 
arroyos, que por el regadío hacen su tierra muy fértil y el pueblo el más 
fresco que hay en aquella comarca. Está asentado en llano, aunque tiene 
sierras cerca. Danse en él todas las más fructas, así de Castilla como de la 
tierra, muy sazonadas y sabrosas, en especial de las que son de Castilla, 
naranjas, limas, higos, y asimismo se hace mucha y muy buena hortaliza. 
Cogefn] ahora muclio trigo y maíz los moradores, los cuales andaban y 
andan vestidos de algodón, más bien tratados que los de otros pueblos, 
porque cogen mucho algodón. 

Tenía muchos templos del demonio, sumptuosos y bien labrados. El 
río que corre junto al pueblo tiene grandes y altas barrancas. Sácanse 
dél, así por la copia del agua, como por la buena corriente que tiene, 
muchas acequias con que se riega una fértil vega que tiene, en la cual 
á esta causa hay muchas y muy buenas heredades. Todo esto es ahora 
mejorado, y Cortés lo miró estonces con cuidado. Tenía más gente 
Yzucar que Guacachula. 

Estando, pues, en este pueblo Cortés, entendió que los indios que 
iiabían sido de contrario parescer, cerca de que no se llamasen los es¬ 
pañoles, se habían metido en la sierra, y los españoles é indios amigos 
les habían tomado toda r't ropa é que el señor se había ido á México. 
Soltó ciertos prisioneros que halló ser de aquella parcialidad; hízoles 
buen tratamiento, rogóles que recogiesen la demás gente y que llamasen 
á su señor y que les prometía toda la seguridad que quisiesen, diciéndo- 
ks que aunque los españoles eran tan valientes como vían, no hacían 
mal á quien no se lo hacía, é que á los que venían de paz rcscebían como 
á hermanos. Aprovechó tanto esto, que dentro de tres días se volvieron 
todos é Yzucar se pobló como de antes estaba; tanto puede la clemencia 
y liberalidad del vencedor. Con todo esto, el señor no vino, ó porque se te¬ 
mió que Cortés no le tratase mal, ó porque era pariente del señor de 
México. 

Asentado desta manera el pueblo, tornó á haber disensión sobre la 
elección del nuevo señor entre los de Yzucar y Guacachula, porque los de 


CRÓXICxV DE LA NUEVA ESPAÑA 


542 

Yzucar quisieran que subcediera en el señorío un hijo bastardo de un 
señor del pueblo que Motezuma matara; los de Guacachula querían que 
subcediese el muchacho que estaba elegido, el cual, al fin, quedó en el 
señorío hasta que su abuelo vino de paz, ofresciéndose muy al servicio 
de Cortés, el cual le volvió en el señorío. Murió el mozo algunos años 
después, cuyo hermano subcedió no muchos años después al restituido. 

Antes que Cortés saliese deste pueblo, era tanta la fama y nombre que 
cobró, que vinieron por sus mensajeros á la obediencia ocho ó diez pue¬ 
blos bien lexos de allí á darse por sus amigos y servidores, diciendo que 
no habían muerto cristiano alguno ni tomado armas contra ellos. 


CAPITULO XXIV 

CÓMO CORTÉS VOLVIÓ Á TEPEACA Y DE ALLÍ INVIÓ SUS CAPITANES, UNOS 
A ASEGURAR EL CAMINO DE LA VERACRUZ, Y OTROS A PACIFICAR OTROS 
PUEBLOS, Y DE UN NUEVO MODO DE CRUELDAD CON QUE MATABAN A 
LOS NUESTROS 

Hechas estas cosas. Cortés, por la comodidad que allí tenía, se volvió 
á Tepeaca, de adonde invió luego á Alonso de Avila con dócientos es¬ 
pañoles y buena cantidad de indios amigos contra el pueblo de Tecalco, 
en el cual no le hicieron resistencia los vecinos, porque le desampararon, 
y lo mismo hicieron otros, huyéndose á la sierra; y viendo Alonso de 
Avila que no podía hacer nada ni hallaba ocasión en que poder señalarse, 
mohíno se volvió á Tepeaca, de donde Cortés, sabiendo el daño que 
los indios hacían en el camino de la Veracruz, porque á su salvo, así 
á los que venían del puerto, como á los que venían de las islas ó de Cas¬ 
tilla, si no caminaban muchos juntos ó iban muy recatados y bien arma¬ 
dos, hacían el daño que querían, salieron para remediar este daño, por 
mandado de Cortés, Cristóbal de Olid y Joan Rodríguez de Villafuerte, 
con docientos españoles y muchos indios amigos. Fueron por cuadrilleros 
Joan Núñez Sedeño, Alonso de Alata é un Fulano de Lagos, con cada 
cincuenta hombres; llegaron á un pueblo que se dice Yztacmichitlan, 
el cual todo estaba de guerra: detuviéronse los nuestros, corriendo la tie¬ 
rra ocho días; padescieron gran hambre, porque de tal manera ios ene¬ 
migos les alzaron los manteniniientos. que ni aun perrillo hallaron que 
comer. 

Entraron en el pueblo y hicieron fuertes en unos aposentos que tenían 
cinco salas grandes. Los enemigos, pensando tomarlos allí y que ninguno 
se les escapase, pusieron fuego de noche á los aposentos por la parte 
que soplaba el viento, y así en media hora se abrasaron aquellos edificios; 
y como los nuestros se velaban, no se hubo emprendido el fuego cuando 
saltaron en el patio, haciendo rostro á los enemigos, a los cuales, como 
pelean mal de noche, rompieron fácilmente, matando algunos. Hiciéronse 








LIBRO QUINTOO.—CAP. XXIV 543 

luego á lo largo y de allí otro día, como los enemigos no los esperaban 
ni había remedio de comida, marcharon hacia una provincia que se 
dice Tlatlacotepeque, la cual estaba alzada, retirada toda la gente en 
escuadrones en la sierra, los cuales, como muchos y bien armados, salían 
á matar y prender [á] los españoles que en busca del General venían del 
puerto; tomábanlos tres á tres y cuatro á cuatro, y el modo que tenían 
era que una guarnición dellos de dos ó tres mili hombres se salía á un 
despoblado que se dice de las Lagunas, baxo del pueblo de Teguacan. y 
allí prendiendo á los que no se dexaban primero matar, los llevaban á este 
pueblo, cabeza de toda la provincia de su nombre, y metíanlos en una 
cocina, segxin dice ]Mata en su Relación, donde tenían buen fuego; dᬠ
banles á comer, aunque no muy bien ; mostrábanles amor, para que se 
descuidasen y engordasen, y cuando al parescer dellos estaban más con¬ 
tentos, daban de sobresalto con mucha grita sobre ellos. Hacíanlos salir 
de la cocina, y como á toros ó otras fieras los esperaban que saliesen al 
primer patio, donde con muchas varas tostadas los agarrocheaban, y si 
.allí no caían, los esperaban otros nuevos agarrocheadores al segundo 
patio, donde el que se libraba del segundo, aunque se tornase pájaro, no 
podía escapar de ser miserablemente muerto. Cierto, este era nuevo y 
nunca visto género de crueldad, como inventado por el demonio, á quien 
tenían por maestro. Era lástima ver las señales de las manos ensangren¬ 
tadas por las paredes, los gritos y voces que daban, padesciendo tan cruel 
muerte. Los unos, como canes rabiosos, abalanzándose al que primero 
topaban, le ahogaban con los dientes y las manos; otros, que más pacien¬ 
cia y sufrimiento tenían, conosciendo lo que por sus pecados merescían 
y que no podían escapar de morir, hincados de rodillas, las manos levan¬ 
tadas al cielo, esperaban la muerte, en muchos, á lo que se puede creer, 
principio de vida eterna. Después, hechos pedazos, los inviaban, como 
cuartos de venados, en presente, á sus amigos, y, lo que era mayor cruel¬ 
dad. vivos inviaban algunos españoles, para que con aquel género de 
muerte ó con otro más cruel los sacrificasen, haciéndoles saber que cuanto 
más corridos y fatigados fuesen aquellos hombres, tanto más, después 
de muertos, serían sabrosos de comer, de los que esta crueldad usaban. 

Los Capitanes que invió Cortés traxeron treinta ó cuarenta princi¬ 
pales. que como á fieras pudieron cazar. Hízolos Cortés meter en un 
patio, y ellos, entendiendo que habían de morir, desnudos en carnes 
hicieron un areito ó danza, que duró media hora, cantando su muerte y 
encomendando sus ánimas á los dioses, ó por mejor decir, á los demo¬ 
nios, y así esperaron la muerte como si fuera alguna buena nueva. Fueron 
todos pasados á cuchillo. Sonóse esta nueva por aquella tierra y re¬ 
frenáronse de ahí adelante, temiendo morir como ellos. 


544 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO XXV 

DE LO QUE UN INDIO DE LOS QUE ASÍ PRENDIERON, ANTES QUE LE 
JUSTICIASEN^ CONFESÓ CERCA DE LO PASADO, Y DE OTRAS COSAS 

Ser así lo que en el capítulo pasado está dicho, muéstralo claramente 
lo que un indio, clara y espontáneamente confesó delante de Cristóbal 
de Olid y Villafuert'e. Este indio, dicen unos que fué preso; otros, y esto 
se tiene por lo más cierto, que una noche se vino do el real de los nuestros 
estaba, y que ó arrepentido de lo hecho, ó por poner miedo, dixo por una 
cuenta que ellos hacen de granos de maíz, que él y sus amigos, en el 
camino que va de México á la Veracruz habían muerto cincuenta y cinco 
cristianos, en comprobación de lo cual, sacó luego de una hoya hecha 
á mano, cerca de una torre, una cabeza de cristiano que no había más 
de tres días que lo habían muerto en el despoblado, yendo con cartas 
de Cortés á la Veracruz, la cual era de un Fulano Coronado, harto co- 
noscido entre los españoles é indios. Mata, que estonces era Escribano y 
después fué Regidor de la Puebla, dió por testimonio cuya era, para 
prosceder mejor contra los delincuentes y para certificarlo al General 
cuando con él se viese. 

En este pueblo hallaron unas casas y aposentos bien soberbios y en 
ellos una casa de fundición con sus fuelles, herramientas y carbón, y en 
una cámara muchos panes de liquidámbar, de que no poco los nuestros 
se maravillaron. Había en esta casa en tres patios tres estanques que se 
cebaba [n] de un río que, llenos, pasaba de largo por sus muescas que cada 
estanque tenía. 

CAPITULO XXVI 

CÓMO EL CACIQUE DE AQUEL PUEBLO ENTRÓ CON CIERTA GENTE EN AQUELLOS 

APOSENTOS Y SALIÓ SIN SER SENTIDO^ Y DE OTRAS COSAS QUE ACAES- 

CIERON 

Aloxados los nuestros en estos aposentos y velándose con todo cui¬ 
dado, entró una noche el cacique del pueblo, acompañado de algunos 
principales, y, lo que más fué, de algunas mujeres también principales, 
en los aposentos. Andúvolos todos, entró en la fundición, vió lo que los 
nuestros hacían y salió sin ser sentido al entrar ni al salir, que ni la ronda 
topó con él, que fuera gran negocio, ni las velas pudieron entenderlo, 
hasta que de lexos el cacique y sus compañeros dieron voces, como ha¬ 
ciendo burla del descuido de los españoles, que paresció grande, por entrar 
vestidos, como siempre andan, de blanco, que es el color que de noche 
sólo se paresce y devisa; pero no faltó quien dixo que como entre ellos 
hay muchos hechiceros, por arte del diablo habían entrado y salido. 



LIBRO QUINTO.—CAP. XXVII 


543 

Salieron de aquí los nuestros; fueron adelante hacia las lagunas, á 
un pueblo que se decía Xalacingo, donde estuvieron cinco ó seis días, 
que en todos ellos no pudieron descubrir grano de maíz, tanta era la 
solicitud y diligencia que tenían en esconderlo, por que los nuestros mu¬ 
riesen de hambre, ya que ellos no los podían matar, hasta que un ma¬ 
rinero, escondidamente, fué á la cumbre de unos montes, de los cuales 
descubrió un gran valle con mucha gente; dió aviso dello; fueron los 
nuestros, prendieron sin contradición algunos dellos, tratáronlos bien : 
soltáronlos luego, porque paresció ser gente sin culpa de las muertes de 
los españoles. Comieron los nuestros del maíz que aquéllos tenían; hartᬠ
ronse aquel día, porque los demás habían ayunado ; hicieron alguna 
mochila, aunque no como quisieran, aunque la habían bien menester. 

Estuvieron los españoles por estos y por otros pueblos sin tener 
recuentro ni subcederles cosa notable treinta días y más, en todo el 
cual tiempo, que fué cosa de mirar en ello, ni ellos supieron de Cortés 
ni Cortés dellos, de que los unos y los otros no tuvieron poca pena. La 
causa fué estar la tierra de guerra, que dos ni cuatro españoles, por no 
dar en manos de muchos enemigos, osaban salir; y así cuando estos Ca¬ 
pitanes y su gente hallaron á Cortés en Tepeaca no se puede decir lo que 
los unos con los otros se alegraron, porque los unos tenían por muertos- 
á los otros. Entendió Cortés de la relación de los Capitanes, que no 
convenía entrar más la tierra adentro, sino volviéndose á Tlaxcala, dar 
orden en cómo se hiciese la guerra contra México, porque ganada aquella 
ciudad, eran fáciles de ganar las demás, así las que estaban cerca como 
las que lexos. 


CAPITULO XXVII 

CÓMO CORTÉS DESDE TEPEACA DESPACHÓ MENSAJEROS Á LA VERACRUZ, 
É DE LAS NUEVAS QUE TUVO DE BARRIENTOS 

No aprovechó tan poco el haber Cortés inviado aquellos Capitanes, 
aunque no mataron gente, porque no los esperaron, que algún tanto no se 
asegurase el camino, creyendo los indios que siempre había de andar por 
allí guarnición española, y así pudo Cortés inviar sus mensajeros á la 
Veracruz, rogando á los que allí estaban le inviasen alguna gente y los 
caballos que pudiesen, sin hacer notable falta en la Villa Rica, porque 
quería rehacerse de gente y armas para volver sobre México. En el en¬ 
tretanto que los mensajeros iban, los principales de Tepeaca, viendo 
cómo Cortés se había enseñoreado de toda la provincia y de otros muchos 
pueblos, se unieron á él, pidiéronle perdón de su rebeldía, prometiéronle 
verdadera amistad y que en el entretanto que el señor venía, que se había 
ido á Guatemuza, señor de México, les diese señor á su voluntad, y de 
su mano, porque aquél tendrían y obedescerían como á su señor naturaL 

35 


CRÓXICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


546 

Cortés los rescibió con mucha gracia, dióles por señor á un principal, 
deudo muy cercano del otro, aunque más anciano y de más prudencia 
é juicio. Hiciéronse en esta elección las acostumbradas cerimonias y 
muchas fiestas, las cuales para Cortés fueron más alegres que otras que 
había visto, por la gran alegría que rescibió con la nueva que le tra- 
xeron unos indios mercaderes, que fué que Barrientos estaba vivo y 
sano en Chinantla y que era tan amado del señor y los demás de aquella 
provincia, que tomándole por su caudillo, habían hecho guerra á sus 
vecinos y ganado con ellos mucha honra ; y cierto el Barrientos era va¬ 
liente, diestro y animoso, y lo que más era, sabio y ardid en las cosas de 
la guerra, con las cuales partes, quedando solo, se dió tan buena maña, 
que, no solamente no le mataron, como pudieran y como sus vecinos ha¬ 
bían hecho con Saucedo, pero se gobernaron y rigieron por él. 

Invióle á llamar Cortés, y no sin copia de españoles, así por honrarle, 
como por que no se lo defendiesen los indios, los cuales le entregaron 
con mucho amor y voluntad y le dieron mucha comida y otros dones. 
Lloraron con él á la despedida, rogáronle que los favoresciese con el 
Capitán general Cortés, y que allí quedaban todos á su servicio, y que si 
algún Capitán hobiese de inviar á aquella tierra, que no fuese otro sino él, 
pues le conoscían y sabían cuán sabio y valiente era. Barrientos se k) 
prometió, el cual no viendo la hora que verse con Cortés y los suyos, no 
se detuvo en más razones. Llegado que fué al real de los nuestros. Cortés 
le salió á rescebir; dióle muchos abrazos y hízole mucha honra, dicién- 
dole: “Los soldados que tan bien aprueban como vos, justo es que todos 
los honremos'’; dando con estas palabras á entender que así honraría al 
que, como Barrientos, lo hiciese, con el cual se holgó por extremo la 
demás gente, dándole la norabuena de su venida y de su buena andanza, 
preguntándole en particular muchas cosas que fueron gustosas, así para 
el que las contaba como para los que las oían. 


CAPITULO XXVHI 

Cü.MO POCO ANTES QUE CORTES SALIESE DE TEPEACA DIÓ VIRUELAS EN 
LOS INDIOS, Y CÓMO FUNDÓ UNA VILLA QUE LLAMÓ SEGURA DE LA 
FRONTERA 

H1 negro que consigo había traído Narváez con viruelas que, según 
está dicho, las había pegado á los indios de Cempoala, vinieron su poco 
á poco cundiendo como mancha hasta dar en Tepeaca, donde della y 
su comarca murió mucha gente, de tal manera que los perros tiraban 
dellos estando vivos, porque en los muertos se cebaban como sus amos, 
y esta es la causa por qué á los indios les pesa mucho de que los nuestros 
les llamen perros ; y si no fuera por los españoles, que como sabían qué 
enfermedad era, dixeron á los indios que no se bañasen ni se rascasen, y 



LICRO QUINTO.—CAP. XXIX 547 

los que esto hicieron, ni murieron ni quedaron hoyosos. Los nuestros, 
aunque no tuvieron esta enfermedad, como les faltaba la carne y el pan 
de Castilla y vino, y el maíz es sanguino, porque los perrillos los habían 
acabado, no estaban muy sanos y deseaban volver á Tlaxcala, que era 
tierra de amigos y más bien proveída, lo cual viendo Cortés é que toda 
aquella comarca ya estaba pacífica, determinó, primero que se volviese á 
Tlaxcala, para seguridad de los españoles é de los indios amigos, fundar 
una villa en el lugar más fuerte que en Tepeaca halló. Hízolo así é una 
casa fuerte. Llamó á la villa Segura de la Frontera. Dexó en ella por 
Alcaide al Capitán Pedro Dircio, y por Regidor, con otros, á un Francisco 
de Orosco. Dexó la gente que le paresció convenir para la fuerza y po¬ 
blación de la. nueva villa, en la cual dexó algunos que estaban enfermos, 
porque no se pusiesen en camino y porque donde habían enfermado, 
sanarían mejor, tiniendo cuidado dellos sus amigos, que estaban más 
desocupados que los que con Cortés iban, á causa de la guerra, para que 
se habían de apercebir. 


CAPITULO XXIX 

CÓMO CORTÉS DESDE LA NUEVA VILLA DE SEGURA DESPACHÓ [A UN HIDAL¬ 
GO] CON CUATRO NAVÍOS DE NARVAEZ A SANCTO DOMINGO, É CÓMO VINO 
A VER A CORTÉS EL SEÑOR DE CHINANTLA 

Algunos días después que vino Barrientos no se pudo sufrir el señor 
de Chinantla, que por su persona, acompañado de muchos principales y 
con muchos dones, no viniese á ver á Cortés, el cual le salió á rescebir, 
ya obligado por lo que con Barrientos había hecho. Honróle mucho y 
sentóle á su mesa, lo cual hacía con pocos, en una silla de espaldas, lo 
cual aquel señor (porque no faltó quien le avisó dello), tuvo en tanto, 
que de ahí adelante ponía á los españoles sobre su cabeza, diciendo que 
solos ellos en el mundo merescían ser servidos de todas las otras nascio- 
nes. Usó Cortés desta manera de honra con algunos señores, y con los 
más le aprovechó mucho, ca siempre en los ánimos generosos de cualquier 
nasción que sean, puede más la honra que el provecho. 

Tiene esta tierra de Chinantla, que no es razón pasarlo en silencio, 
estando setenta leguas de la mar, un ojo de agua tan salada que della 
se hace muy blanca é muy hermosa sal. Hay algunos otros pueblos en 
esta provincia en los cuales hay algunas lagunas salidas (*), de las cuales 
se hace sal, pero no tan buena como la deste ojo. Dase en algunos pue¬ 
blos destos aquel palo tan presciado que llaman guayacan. E como ya 
Cortés veía que los negocios se iban encaminando de manera que su prin¬ 
cipal propósito, que era de ir sobre México, se efectuase, despachó á un 
hidalgo, persona de confianza, con algunos otros españoles que para su 
seguridad con él fueron á la Veracruz para que, con cuatro navios que 


O Así en el Ms. 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


548 

allí estaban de la flota de Narváez, fuese á Sancto Domingo por gente,, 
armas, artillería, pólvora, caballos, paños, lienzos, zapatos y otras muchas 
cosas. Dióle asaz la plata y oro que para esto era menester. Escribió al 
licenciado Rodrigo de Figueroa é al Audiencia, dando cuenta de todo lo 
subcedido desde que los mexicanos le habían echado de su ciudad hasta 
aquel día, encaresciendo cuanto pudo cuánto convenía inviarle socorro 
é ayuda de todo lo que inviaba á pedir, por la gran esperanza que tenía 
de recobrar á México. Y porque todo lo que sentía no lo podía declarar 
en aquella relación que inviaba, como á testigo de vista suplicaba se diese 
entero crédicto [á] aquel hidalgo que inviaba. con poder de obligarle, si 
faltase dinero, para lo que fuese menester, y sobre todo con señas par¬ 
ticulares, del que inviaba para que hiciese fee y se le diese crédicto á 
lo que dixese. Escribió por sí una carta de creencia con el oro y plata. 
Invió para aquellos señores y para otros sus amigos joyas de oro y plata, 
plumajes ricos, piedras, cosas fundidas y labradas así con piedras como 
con martillos, ropas y otras cosas las más extrañas que pudo, claras 
muestras de la gran prosperidad de la tierra. 

Llegados á Sancto Domingo los navios, leídas las cartas y relación, 
holgaron mucho todos con tan prósperas y buenas nuevas. Dió el Audien¬ 
cia, como en negocio tan importante y en donde Dios y el Emperador 
habían de ser muy servidos, el calor que pudo. Moviéronse muchos á ir. 
y tantos, que á no estorbarlo el Audiencia, la Isla se despoblara, que esto 
tiene el ánimo español, que por ir á mayores cosas, aunque en sí tengan 
muy gran dificultad, dexa con voluntad la quietud presente. No lo con¬ 
sintió el Audiencia, permitiendo que sólo fuesen aquellos cuya ausencia 
no hiciese notable falta, aunque para el calor déstos fueron algunas per¬ 
sonas de cuenta, como en su lugar diremos. 


CAPITULO XXX 

CÓMO CORTÉS SE PARTIÓ PARA TLAXCALA Y LO QUE PASÓ CON MARTÍN LÓPEZ, 
É CÓ.MO LE INVMÓ ADELANTE Á CORTAR LA MADERA 

Cortés, procurando, por holgarse con los señores de Tlaxcala, de 
tener la Pascua de Navidad allí, que era de ahí á doce días, dexando, 
según está dicho, gente de guarnición en Segura de la Frontera, determinó 
de aprestarse, y como vía que México no se podía ganar (que era su 
principal motivo) sin hacer los bergantines, mandando llamar á ]\Iartín 
López, sabio en aquel menester, le dixo que diese industria cómo se 
hiciesen seis bergantines y dixese su parescer cerca de mayor ó menor 
número y de mayor ó menor grandeza. Martín López le respondió que 
menos de doce bergantines eran pocos para la grandeza del alaguna y 
que todos no habían de ser de un tamaño, porque los más pequeños, como 
más ligeros, serían para seguir y alcanzar, y los mayores para esperar 







LIBRO QUINTO,-CAP. XXXI S^Cj 

y romper, y que se hiciese uno mayor que todos, para Capitán. Final¬ 
mente, con el parescer de otros que también entendían de la navegación 
y arte de fabricar navios, se concluyó que se hiciesen trece bergantines 
grandes y pequeños, para que no hubiese parte por donde se pudiese 
acometer la ciudad que no nadasen tres ó cuatro juntos; y porque esto 
se pudiese hacer con más presteza é Cortés se pudiese ir á la ligera, invió 
adelante, á Tlaxcala, á Martín López con todos los oficiales, para que 
cortasen la madera, inviando á decir á los señores de Tlaxcala que en 
el entretanto que él iba, que sería presto, diesen favor á Martin López 
é todos los indios que fuesen menester para cortar la madera, é que 
tuviesen entendido que sin aquellos navios que pretendía hacer no se 
podía ganar México. Ellos hicieron lo que Cortés les mandó, porque 
vían que también hacían su negocio. 

Hecho esto. Cortés, inviando dos dias antes toda la gente, así espa¬ 
ñola como índica, se partió con veinte de á caballo. Vino á dormir 
(según dice Motolinea) á Guatinchan, pueblo de sus amigos; otros dicen 
(y el Marqués en su Relación) á Cholula. Como quiera que sea, hasta 
llegar á Tlaxcala le salieron á rescebir, no sólo los pueblos que estaban 
en el camino, pero los de la comarca, con muy gran alegría y reverencia, 
como á triunfador y vengador de sus injurias; especialmente los de 
Cholula y Guaxocingo le hicieron el más solemne rescibimiento á su 
modo, que jamás á Príncipe ni señor se hizo, porque usaron con él de 
todas las cerimonias y solemnidad que en sus leyes y ritos hallaron. 
Diéronle una sumptuosa cena, que él y los suyos habían bien menester, 
según iban en pretina de la hambre de Tepeaca. 

Hechas, pues, todas las fiestas que en su rescibimiento pudieron, 
otro día de mañana, juntándose todos los principales de la provincia, le 
suplicaron que porque del mal de las viruelas habían muerto muchos 
señores, que quisiese de su mano poner los señores que le paresciese. 
Cortés les agradesció el comedimiento, preguntó por los deudos más cer¬ 
canos de los muertos, eligió aquellos con voluntad y parescer de los 
que presentes estaban, hiciéronse luego, según tenían de costumbre, nue¬ 
vas fiestas, teniendo de ahí adelante en más á los elegidos y aun ellos 
á sí mismo, por haberlo sido de mano de Cortés, á quien más que como 
á hombre veneraban y acataban. 


CAPITULO XXXI 

CÓ.MO CORTÉS ENTRÓ EN TLAXCALA V DEL RESCEBIMIENTO QUE SE LE HIZO, 

Y DE UNA PLÁTICA QUE UN SEÑOR AL ENTRAR EN LA CIUDAD LE HIZO, 

Y DE LO QUE CORTÉS RESPONDIÓ 

Al tiempo que los señores de Tlaxcala supieron que Cortés llegaba 
á una legua de la ciudad, aunque estaban con luto por la muerte de 


5:o 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


INíagiscacin y de otros señores, mudando las ropas de luto que, aunque 
eran blancas, eran toscas y de poco valor, en ropas festivales y de alegría, 
comenzaron á salir en ordenanza, cada uno en el lugar que le convenía. 
La gente de guerra salió en orden con sus banderas y señales: los ciu¬ 
dadanos, Gobernadores y Regidores, con las insignias y armas de la ciu¬ 
dad, y con ellos toda la demás gente del pueblo que pudo salir, con ramos 
y rosas en las manos, y de trecho á trecho, un cuarto de legua, levantaron 
algunos arcos triunfales cubiertos de rosas y flores. Salieron con la 
música, que en paz y en guerra usaban, después se seguía una danza ó 
baile de más de cuatro mili hombres, por extremo á su modo bien aderes- 
zados. Iban cantando las victorias que Cortés y sus ciudadanos los 
tlaxcaltecas habían ganado en la provincia de Tepeaca. Cortés, que muy 
comedido era, sabiendo el rescebimiento que se le hacía, se dió priesa 
para que le tomase más cerca de la ciudad. Topó á un cuarto de legua 
della con él, y como en el principio iban los señores y Gobernadores des¬ 
pués de la gente de guerra, apeóse y con él otros caballeros. Abrazólos, 
diéronse la bienvenida y estada los unos á los otros, y hecha cierta señal 
para que la música cesase y todos estuviesen callados, un caballero de 
los más principales y más sabio y diestro en el razonar, de toda la 
Señoría escogido para aquello, estando así los españoles como los indios 
muy atentos, hizo á Cortés este razonamiento : 

“Muy valiente, muy sabio y muy clemente Capitán, hijo del sol, que 
todos estos títulos meresces y te convienen: Esta gran Señoría de Tiax- 
cala, en cuyo nombre yo te doy la bienvenida, se ha mucho alegrado con 
tu presencia, aunque hasta ahora con las muertes que en ella ha habido 
ha estado muy triste. Hasle sido grande alivio en sus trabajos, como 
eres gran defensa y amparo en sus guerras, gran gloria y honra en su 
quietud y sosiego; seas, pues, mili veces bien venido. Tu Dios, que, como 
vemos, es tan poderoso, te alargue la vida, dé mucha salud, aumente tu 
honra y estado, engrandesca tus hazañas, perpetúe tu memoria, dilate 
tu señorío, hágate á tus enemigos temoroso y á tus amigos afable y 
dadivoso, déte siempre mayores victorias, seas aun de los que no te 
conoscieren amado y servido, vuele tu nombre y fama por todas las nas- 
ciones del mundo, seas para tus descendientes lustre y ornamento, no 
pueda la envidia escurecer tus claros hechos, sean honrados y favoresci- 
dos los de tu linaje y casa, antepóngate tu Rey y Emperador á todos sus 
valientes y victoriosos Capitanes, honre y ame á los hijos que tuvieres, 
y plega á nuestros dioses, que hasta ahora nos han dado los bienes que 
les hemos pedido, que de aquí adelante nos den larga vida, mucha ha¬ 
cienda, para que por largos años todo lo empleemos en tu servicio, y 
quieran ellos, si nuestros sacrificios y oraciones algo valen, que con tan 
buen pie entres en esta ciudad que della salgas tan pujante contra aquella 
muy grande, muy fuerte é muy enemiga nuestra, la ciudad de México, que 
sin muertes de los tuyos y de los nuestros y con poca sangre la rindas, 
subjectes y pongas debaxo de tus pies, tomando cruel y brava venganza 






LIBRO QUINTO. —CAF. XXXII 


55í 


de la muerte y destruición de los tuyos y de los daños (aunque han res- 
cebido más) que nos han hecho, para lo cual, aunque muchas veces te 
lo hemos ofrescido, de nuevo ofrescemos nuestras personas y haciendas: 
y si éstas no bastaren, que puedas vender nuestros hijos, porque tenemos 
entendido, según de lo pasado ha parescido, que en tu buena dicha y 
ventura la Señoría de Tlaxcala ha de hacer tan notables cosas que en 
todo este mundo sea la señora y la cabeza.’’ 

Acabado de hacer este razonamiento, el orador hizo á Cortés un 
gran comedimiento, apartóse á un lado, esperaron aquellos señores con 
mucho sosiego lo que Cortés diría, el cual respondió así: 

“Muy esforzados y muy valerosos señores y amigos míos, favor é 
ayuda grande para conseguir las victorias que deseo. En gran merced 
os tengo el amor y afición que, después que os distes por mis amigos, 
placerá á mi Dios, de quien todos los hombres resciben el ser y todos 
los demás bienes, que como me ha dado tan buenos y dichosos principios, 
así me dará los medios y fines para que Su Majestad sea servido y ala¬ 
bado, y vosotros, señores y amigos míos, conosciéndole como nosotros 
le conoscemos, alcancéis mayores victorias de vuestros enemigos. Déos 
este solo y verdadero Dios todos los bienes y bendiciones que me deseáis, 
cúmplanse vuestros deseos, dilátese por muchas leguas vuestro señorío, 
déos buenos temporales, alargue vuestras vidas, levante vuestras casas 
y linajes; que en lo que en mí fuere, para la venganza de vuestros ene¬ 
migos y engrandescimiento de vuestra honra y gloria, no sólo gastaré 
mi hacienda, pero derramaré mi sangre y la de los míos; y porque todo 
ha de magnifestar las obras, como cuando sea tiempo las veréis, no 
quiero deciros más palabras.” Las cuales dichas, aquellos señores, muy 
alegres, y Cortés con los suyos, volvieron á cabalgar, entrando en medio 
de aquella caballería en la ciudad de Tlaxcala, 


CAPITULO XXXII 

DEL SENTIMIENTO QUE CORTÉS HIZO POR LA MUERTE DE SU AMIGO MAGIS- 
CACIX, Y CÓMO ELIGIÓ SEÑORES, Y ENTRE ELLOS UN HIJO DE SU 
AMIGO 


Otro día por la mañana todos los señores y principales de la Señoría, 
con no tan ricas mantas, mostrando el sentimiento que por la muerte 
de Magiscacin tenían, fueron á ver á Cortés. Diéronle cuenta cómo su 
verdadero y grande amigo ]\Iagiscacin había muerto, con otros muchos 
señores y caballeros, de la enfermedad de las viruelas, que tanto daño 
había hecho desde el Puerto á aquella provincia, y que estonces era tiempo 
de mostrar cuánto lo amaba, honrando á un hijo ligítimo que le quedaba, 
en quien la memoria y generación de tan valeroso padre había de vivir 
y resucitar. Contáronle muy por extenso y con muchas lágrimas el seso 


552 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


y prudencia grande con que había gobernado aquella Señoría; cómo en 
su tiempo siempre había sido vencedora ; los sanos y maduros consejos 
que daba; la justicia que mantenía, cuán amado y respetado era de todos 
y la gran falta que por esto les hacía: y que él, como por la obra había 
visto, le debía más que ninguno de su nasción, cuanto más de la extraña, 
y cómo desde que había empezado á enfermar hasta que murió había 
mentado muchas veces el nombre de su muy amado amigo Cortés, 
deseando verle á su cabecera primero que muriese, para consolarse con 
él, y cómo, en última despedida, decirle cosas grandes que para la go¬ 
bernación de la tierra convenían mucho. Cuando llegaron á este punto 
los que hablaban, no pudo Cortés detener las lágrimas, de que no poco 
aquellos señores se consolaron, viendo que tan claras muestras daba del 
amor que á ]\Tagiscacin tenía, y así, magnifestándole también con pala¬ 
bras, les dixo: '‘Señores y amigos míos: Ninguno más que yo puede ni 
debe sentir la muerte de mi querido y verdadero amigo Magiscacin, por¬ 
que desde la hora que se me dió por amigo hasta que murió, en público 
ni en secreto, dixo ni hizo, ni aun creo que pensó, cosa que fuese contra 
la lealtad y firmeza que en verdadera amistad debe haber. Tenéis todos 
gran razón de sentir tanto como sentís su fallescimiento, porque os ha 
faltado el más valeroso, el más cuerdo y sabio Gobernador que vuestra 
Señoría ha tenido: pero, pues es nescesario y forzoso el morir, y á lo 
hecho no puede haber remedio, confiad que Dios, entre los vuestros, si 
le conoscierdes y adorades, os dará otro y otros tan valerosos como él, 
porque como tiene cuidado de cada uno de nosotros, así le tiene de las 
repúblicas y congregaciones, proveyéndoles, faltando personas bastantes 
para su gobernación, de otras tales ó mejores. En lo demás que pedís, 
nombre y elija á su hijo por su heredero y siibcesor y cabeza principal 
en vuestra república, hacerlo he con toda voluntad y amor, porque el 
gran valor del padre meresce que el hijo sea muy honrado.’' Diciendo 
esto, mandó llamar al muchacho, que sería de doce años y que bien, 
en su arte y manera, mostraba ser hijo de tal padre. Armóle delante 
de toda la Señoría caballero, al modo hispánico, de que aquellos señores 
mucho se maravillaron y alabaron la buena manera y gentiles cerimonias 
de armar caballero. Baptizáronlo luego, por que también fuese caballero 
de Jesucristo. Llamáronle don Lorenzo Magiscacin (i), no poniéndole 
otro apellido de nuestra nasción, teniendo respecto á la nobleza é virtud 
de su padre. Hecho esto, le nombró por señor del estado de su padre • 
é á otros caballeros y señores asimismo, donde es de considerar la gran 
opinión en que Cortés estaba y lo mucho que era respectado y venerado, 
pues en nasción extraña, tan á contento della, daba y quitaba señoríos y 
estados. 


(i) Al margen-. ‘‘Murió con Ñuño de Guzmán.” 








LIIÍKO QUINTO. - CAV. XXX I fl 


553 


CAPITULO XXXTIJ 

EN EL CUAL SE DA CUENTA CÓMO MAGISCACIN ANTES DE SU MUERTE PIDIÓ 

EL BAPTISMO, Y DE OTRAS SEÑALES QUE MOSTRO DE CRISTIANO, Y CÓMO 

CORTÉS PUSO LUTO POR ÉL 

Amaba tan de veras Magiscacin á los nuestros y parescióle tan bien 
nuestra sancta religión y modo de vivir, que, como ya estaba de la 
conversación de Cortés é de un religioso é un clérigo que con él anda¬ 
ban, medianamente instructo, viniendo Dios en él, para que no perdiese 
las buenas obras que había hecho y fuese de los viejos el primero que 
se salvase, dixo á Martín López, que fué el que se adelantó para hacer 
cortar la madera, que él se vía muy cercano á la muerte ; y que pues no 
podía dexar de morir, quería morir como cristiano y rescebir el agua del 
baptismo, sin el cual, como le habían enseñado, ninguno se podía salvar: 
é que en su gentilidad entendía que las ánimas habían de tener en el 
otro mundo gloria ó pena, según las obras que hubiesen hecho cuando 
estaban en sus cuerpos : y que lo mismo le había enseñado Cortés y los 
religiosos, salvo que convenía creer en un solo Dios, criador del cielo 
y de la tierra, y que vía claro ser vanidad y burla lo que de sus dioses 
se creía y tenía é que le pesaba de haber estado tantos años engañado ; 
por lo cual todo, le rogaba que primero que espirase lo baptizase. Martín 
López se alegró mucho con esto ; pero como los religiosos no estaban 
lexos y él no sabía cómo se había de hacer, suspendiólo, despachando 
con toda furia mensajeros á Cortés, haciéndole saber lo que pasaba, el 
cual invió luego á Fray Bartolomé de Olmedo, con quien Alagiscacin 
se alegró por extremo. Hízole el religioso las preguntas que convenía: 
respondió muy bien á ellas, que quería ser cristiano, vivir y morir en 
la fee y ley que los cristianos vivían y morían. Acabado de decir esto, 
rescibió el agua del baptismo, puestas las manos con gran devoción y 
fee, y de ahí á poco dió el alma á Dios, que la crió y alumbró, y cierto 
paresció que Magiscacin había de tener tan dichoso y bienaventurado 
fin, por lo que en la conversación de los cristianos había mostrado, pre¬ 
guntándoles cosas de nuestra sancta fee ; y como vía que los nuestros 
hacían tanta reverencia y acatamiento á la cruz, sabiendo lo que repre¬ 
sentaba y cómo Jesucristo, Dios nuestro, muriendo en ella, había redi¬ 
mido el linaje humano, la tenía en su ca,sa en el principal aposento della 
y cada día dos veces, hincado de rodillas, la adoraba é incensaba con sih 
príDpias manos, diciendo que desto rescebía gran consuelo, el cual, de su 
tan buena muerte, rescibió nuestra gente, especialmente Cortés, que tam¬ 
bién, como los españoles, le había enseñado. Traxo luto al modo de Cas¬ 
tilla todo el tiempo que en Tlaxcala estuvo, que entendido por los trax- 
■caltecas, lo tuvieron en mucho. 

El hijo que subcedió en la herencia, salió tan honrado v de tan buen 


CRÓNICA DE LA NUFAL\ ESPAÑA 


554 

entendimiento que cuando Cortés filé la primera vez á España, con; 
importunidad le rogó le llevase consigo, diciendo que deseaba ver y besar 
los pies á Principe tan grande y señor de tanta y tan valerosa gente. 
Cortés le llevó consigo, y.después de haberle cumplido sus deseos murió' 
y honró Cortés su enterramiento tanto que le enterraron como si fuera 
algún señor de Castilla, que esto tienen los nobles della. 

Subcedió en el ma 3 ^orasgo otro su hermano, que se llamó don Fran¬ 
cisco Magiscacin, el cual fuera tan valeroso como su padre si no muriera, 
en un año de gran pestilencia que hubo en esta tierra, que fué el de mili 
é quinientos é quarenta y cuatro. Subcedióle otro hermano que se llamó 
don Joan Magiscacin. porque los otros no dexaron hijos, y así los 
descendientes déste subceden en el estado del padre, los cuales, que pa- 
resce traerlo de herencia entre los traxcaltecas, son los que más aman 
á los nuestros y los que de los nuestros son más amados y aun entre 
los suyos tienen ganada más reputación que los demás señores, porque 
con razón se les dió y los tiempos venideros por las escripturas se le 
dará mayor. 


CAPITULO XXXIV 


CÓMO CORTÉS ENTENDIÓ EN DAR PRIESA CÓ^rO LA MADERA SE CORTASE, 
V PROCURÓ SARER DE LOS NEGOCIOS DE MÉXICO 

Tiniendo cuenta Cortés con el hacer de los bergantines, que era uno 
de los principales medios con que ^México se habla de recobrar, pidió 
cortadores de madera, los cuales en pocos días echaron grandes árboles 
en tierra, cortados á su tiempo y sazón, para que después de hechos los 
bergantines durasen más; é así hoy, que ha más de cuarenta años que se 
hicieron, están enteros y sanos en las atarazanas de México, guardados, 
con razón, en memoria de tan notable hecho. Invió á la A^eracruz por las 
velas, clavazón, sogas y la demás xarcia que era menester, de los navios 
que él había echado al través, aunque otros dicen, y es lo más cierto, que 
no había ya que traer, sino que se proveyó lo mejor que pudo de cosas 
de la tierra, como lo hizo en lo de la pez que, como le faltase, ciertos 
marineros fueron á una montaña que cerca de la ciudad estaba, de donde 
la sacaron mucha y muy buena, aunque los naturales nunca habían dado 
en ello,, por no usarla ni haberla menester. Y en el entretanto que Cortés 
entendía en esto, no se descuidaba en procurar saber lo que en Z^Iéxico 
pasaba, para prevenirse con tiempo, aunque nunca pudo tener claridad, 
á causa que como las espías habían de ser tlaxcaltecas y en los bezos é 
orejas y otras señales eran tan conoscidos que no se podían disfrazar, 
y la guarda é vela que en ^^Téxico había era grande y muy continua, no- 
se atrevían á ir á ]^Iéxico; solamente, ó de mercaderes que seguramente 
andaban por toda la tierra, ó de algunos mexicanos que los tlaxcaltecas 




LIBRO QUINTO.—CAP. XNXV 


555 


tomaban, se pudo saber que en lugar de Motezuma liabían alzado por 
señor á Cuetlauac, su hermano, señor de Iztapalapa, el que rebeló la 
tierra antes que Motezuma muriese, y el que soltó Cortés, que no debiera, 
antes de las guerras, el cual era hombre astuto, bullicioso y guerrero, v 
asi fue el auctor y causa principal de echar los españoles de México. 
Portalescióse con toda diligencia con cavas y albarradas é con otros mu¬ 
chos pertrechos é armas, dando orden cómo se hiciesen muchas é muy 
largas lanzas, que á saberlas jugar les aprovediaran mucho; y por tener 
así la gente de México como la de su comarca mejor de su mano, haciendo 
lo que suelen hacer Príncipes valerosos, publicó que él soltaba los tribuctos 
y todos los demás pechos por un año é más si la guerra durase más 
tiempo. Invió presentes á los señores, prometiéndoles de extender sus 
estados. Invió á los pueblos subjectos al imperio mexicano, que muriesen 
primero que rescibiesen ni proveyesen á los cristianos, y que si los ma¬ 
tasen le inviasen las cabezas, porque les haría grandes mercedes. Dio. 
finalmente, á entender á todos los amigos y enemigos, vasallos y no 
vasallos, que les convenía para aquello estar todos concordes y amigos 
si no querían que gente extraña los mandase y tuviese por esclavos. Ganó 
con esto mucho crédito, así entre sus vasallos, como entre los que no 
lo eran ; obligólos á todos, dióles grande ánimo y púsoles el coraje que 
en su lugar parescerá. Todo esto era así y en nada se engañaron los que 
lo dixeron, salvo en que cuando esto pasaba reinaba Guatemuza, sobrino 
de Motezuma, por fin y muerte de Cuetlauaca, que había fallescido de 
las viruelas. 


CAPITULO XXXV 


CÓMO GUATEMUZA SE ADERESZÓ PARA LA GUERRA, Y DE LAS COSAS QUE HIZO 
É DIÑO PARA CONTRA LOS CRISTIANOS 

Era tan grande el odio que los mexicanos, así antes que Motezuma 
muriese, como después, tuvieron á los españoles, que con ningunas buenas^ 
obras se les pudo aplacar, antes, de subcesor en subcesor, vino cresciendo 
tanto hasta Guatemuza que, tiniendo por valentía é mayor opinión éntre¬ 
los suyos mostrarse mayor enemigo de los nuestros que su predecesor, 
procuró hacerle ventaja en cuanto pudo, imaginando, pensando y con¬ 
sultando cómo pudiese no dexar hombre á vida de los nuestros ni aun 
de los tlaxcaltecas, que tan por amigos de los nuestros se habían decla¬ 
rado. Invió ante todas cosas muchos y muy ricos presentes (porque estos 
muchas veces más que las armas suelen hacer la guerra), á los señores así 
subjectos al imperio, como á los exentos dél, diciéndoles lo mucho que 
convenía no dar lugar á que los cristianos se arraigasen en la tierra, 
porque, como habían visto, de día en día se hacían más señores, destru¬ 
yendo lo mejor que tenían, que era su religión; prometióles con esto 


55Ó 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


ricos casamientos, confederaciones y adelantamientos de sus estados, con 
las cuales cosas atraxo á si muchos, aunque hubo algunos que no quisie¬ 
ron, ó por el miedo que tenían á los nuestros ó por verse vengados dellos 
por sus antiguas enemistades. 

Hecho esto, á todos los que en México y cerca dél estaban, de cual¬ 
quier condisción y estado que fuesen, se les mostraba humano y tan 
dadivoso que en pocos dias gastó el tesoro de los Emperadores de Mé¬ 
xico. Hacia que todos los días se hiciese exercicio de flecha, de macana 
y de las demás armas, para que estuviesen exercitados y sin miedo contra 
los nuestros; alzó los mantenimientos que pudo de la comarca, para que 
los nuestros no tuviesen que comer; juntó dentro de la ciudad inumerable 
copia de gente; retraxo gran cantidad de mujeres, niños é viejos á loí. 
montes; hizo muchas canoas; levantó y fortificó grandes y muchas 
albarradas; prometió grandes mercedes á los que contra los cristianos 
^e señalasen. Finalmente, no dexando ninguna vía y modo con que pú¬ 
chese defenderse y ofender, cuando vió que todo lo tenía á punto, 
inviando cada día para saber lo que Cortés hacía, cuando supo que ya se 
ponía en camino, juntando en su palacio imperial á todos los señores. 
Capitanes y hombres valientes, sentados todos, él en pie, oyéndole con 
gran atención, les hizo el razonamiento que se sigue. 


CAPITULO XXXVI 

DEL RAZONAMIENTO QUE GUATEMUZA HIZO A LOS MEXICANOS Y A LOS OTROS 
SUS AMIGOS, ANImUnDOLOS CONTRA LOS NUESTROS 

“Ya, Príncipes, grandes señores, caballeros. Capitanes y ciudadanos 
veis el estado en que hoy está puesto el imperio mexicano y cómo desta 
vez ha de caer para no poder jamás alzar cabeza si no hacemos en su 
defensa lo que debemos, ó si se defiende, como es razón, levantarla entre 
todos los imperios dcl mundo (si algún imperio hay que con el nuestro 
igualarse pueda). Señorearse ha sobre todas las nasciones, pondrá y 
quitará reyes, inviará por tierras no sabidas ni conoscidas sus Capitanes, 
no habrá reinos que no le reconoscan, ni quien de ahí adelante sea tan 
atrevido que ose tomar armas contra él. Y porque más claro veáis lo 
que hemos de hacer, este mi razonamiento tendrá dos partes: la primera 
-será en breve recontaros lo que todos hemos visto cerca destos nuevos 
hombres; la segunda, poneros delante de los ojos cuánto os conviene 
hacer hoy más que nunca el deber, de donde nascerá la conclusión de 
mi fin y designio. Ante todas cosas, varones fortisimos, ¿quién de nos¬ 
otros. unos por vista y otros por oídas, no sabe los grandes y muchos 
daños que estos cristianos, arrojados y echados por la mar, aún no bien 
entrados en nuestra tierra, hicieron, queriendo lo que, con mucho nues¬ 
tros dioses se han enojado, derrocar sus imágines, introducir nueva re- 







LIBRO QUINTO.—CAP. XXXVI SSy 

ligióli y nuevas leyes, pretendiendo hacerse señores de nuestra tierra, 
ciudades y casas y, lo que peor es, de nuestras personas? Prendieron 
gran señor Motezuma, que como cobarde vivió y murió: quemaron y 
hicieron justicia de Qualpopoca, y, finalmente, como si hubieran nascido 
en nuestras casas y heredado el imperio mexicano y nosotros fuéramos 
los advenedizos y esclavos, hicieron y deshicieron en nosotros y en 
nuestras cosas á su voluntad y contento, hasta que ya, no pudiendo su¬ 
frir los dioses su desvergüenza y crueldad, levantándo[sel mi predescesor 
Cuetlauaca, digno por esto de gloriosa y perpectua memoria, tomaron 
de aquellos cristianos justa y cruel venganza, matando más de seiscientos 
dellos, unos miserablemente ahogados en el agua, otros hechos pedazos 
en la tierra, y muchos que tomamos vivos en el templo que tomaron para 
su defensa, en venganza de sus maldades sacrificados; y los que de tan 
gran destrozo con su Capitán Cortés quedaron vivos, enfermos, heridos 
y destrozados, huyendo como liebres, se metieron por las puertas de los 
tlaxcaltecas, pidiendo como mujeres socorro y favor á nuestros enemigos, 
de los cuales, si hacemos el deber, confío en los dioses que no menos 
que de los cristianos nos vengaremos; y pues, como veis, los dioses son 
de nuestra parte y -hemos de pelear por su honra, por nuestra vida, por 
nuestra libertad, por nuestro imperio, por nuestra hacienda, por nuestros 
hijos y mujeres, por nuestra nasción y linaje, ¿quién de vosotros puede 
haber tan cobarde que, aunque desnudo y sin armas, como fiero león, 
no se meta por las armas de nuestros enemigos y no quiera primero 
morir que perder uno de los bienes contados, cuanto más todos? T.a ciudad 
en que estamos es fortisima; la comarca della llena de fortísimos gue¬ 
rreros vasallos y amigos nuestros; tenemos recogidos muchos manteni¬ 
mientos, hechas muchas y muy fuertes armas, levantadas muchas y muy 
grandes albarradas, quitadas todas las puentes, y en número los que en la 
ciudad estamos somos más de nuevecientos mili hombres de guerra, sin 
más de otros tantos que acudirán de refresco. Cortés tiene pocos cris¬ 
tianos, y de tlaxcaltecas y otros sus amigos no puede traer docientos 
mili; de manera que somos muchos para pocos, y, lo que más es, que 
estamos en nuestra ciudad; que para echarnos della otro poder que el 
de los dioses no basta. No veo la hora que estos nuestros enemigos no 
caigan en nuestras manos; tarde se me hace el ensangrentar mi espada 
en sus cuerpos; paresce que no estoy en mí hasta verme con ellos; ale¬ 
gróme mucho que seáis tales, que para seguirme no es menester rogᬠ
roslo; sé que moriréis donde yo muriere y sabed que yo moriré primero 
que os dexe. En el bien pelear está la victoria ; en la victoria, vuestra 
fama, nombre y gloria, que hasta los últimos fines de la tierra se ex¬ 
tenderá y durará para siempre. Deseastes batallas y en ellas para siem¬ 
pre quedastes vencedores; dilatado habéis vuestro imperio, vengado vues¬ 
tras injurias, ennoblescido vuestro linaje, illustrado vuestra nasción, y 
porque menos que esto no puedo esperar para lo por venir, sólo os ruego 
hagáis todos lo que me vierdes hacer, que desta manera yo espero que 


558 


CRÓNICA DE LA NUEVA ES LAN A 


los dioses serán muy servidos, y todos los que después de nos vinieren 
dirán: “Tal Emperador para tales vasallos y tales vasallos para tal Em¬ 
perador/' 

Hecho este tan bravo y vano razonamiento, todo aquel auditorio, 
que era muy grande y de muchos y ricos señores, muy quedo hablando 
unos con otros, levantó un ruido y susurro como de enxambre de abejas, 
alabando unos el alto razonamiento de su señor, otros diciendo que ya 
deseaban verse en la batalla. Después que todos hubieron desta manera 
hablado, levantándose dos grandes señores parientes de Guatemuza, en 
nombre de todos respondieron asi: 


CAPITULO XXXVII 

DE LA REPUESTA QUE DIERON LOS SENX)RES A GUATEMUZA 

“Muy poderoso y muy esforzado Emperador y Capitán nuestro: To¬ 
dos los que presentes estamos, de quien depende todo el resto del imperio 
mexicano, te besamos las manos, por el cuidado que como buen Prín¬ 
cipe tienes de tus reinos y señoríos. Mucho nos has obligado con el amor 
que á nos, á nuestra patria, á nuestra nasción, y, lo que más es, á nuestra 
religión, muestras, queriendo primero morir delante de nosotros, que 
feamente ser vencido. Haces lo que debes á la suprema dignidad de Em¬ 
perador que tan justamente posees, é cierto, si como los dioses dieron á 
Motezuma por Emperador para nuestra injuria y afrenta, te hubieran 
á ti dado su ceptro y silla imperial, no solamente no hubieran los cris¬ 
tianos entrado en nuestro imperio, para tener nescesidad de echarle.'^ 
dél, pero no hubieran pasado de Cempoala, ca poco aprovecha que el 
exército sea de leones si el Capitán es ciervo, y más fácilmente vencerá 
el exército de ciervos tiniendo por Capitán al león, que el exército de 
leones tiniendo por Capitán al ciervo: porque no es cosa nueva que des¬ 
mayando el Capitán, por valientes que sean los soldados, no desmayen 
luego, y así, aunque éstos no sean muy valientes, viendo que lo es su 
Capitán, se animan y menosprescian cualquier peligro. Grande es y di¬ 
chosa nuestra suerte en tenerte en negocio tan grande por Capitán y 
caudillo, y esperamos que no menos dichosa será tu fortuna en tener a 
quien mandes y rijas tantos, tan fuertes y animosos Príncipes, señores, 
caballeros. Capitanes y soldados, los cuales, viendo tu determinación y 
entendiendo lo mucho que les importa el bien pelear, no te dexarán sin 
que primero dexen la vida. Vénga Cortés y sus cristianos y tlaxcaltecas 
cuando quisieren, que siendo tú nuestro caudillo y dándonos los dioses, 
como han comenzado, favor, son pocos los que vendrán, aunque fuesen 
muchos más; y pues tienes soldados á tu gusto y voluntad y nosotros 
en ti Capitán cual no supiéramos desear, no hay más que responderte 
de que hechos, como es razón, sacrificios á nuestros dioses, con alegres 







LIDRU OUIXTO.—CAP. XXXVIII 


559 

y fuertes ánimos esperemos á nuestros enemigos, y si te paresciere, los 
vamos á buscar.” 

Dada esta repuesta, que fue tan soberbia y vana como el razonamien¬ 
to de Guatemiiza, todos muy contentos, dos á dos y cuatro á cuatro, se 
salieron de aquella gran sala, donde se determinaron, como después lo 
hicieron, de morir primero que rendirse; y como estaban esperando este 
tiempo, filé cosa de ver el bullicio, diligencia é cuidado de todos, el ade- 
reszar de las armas, el acaudillar de los soldados, el tomar las cabezas y 
los puestos de donde los suyos habían de pelear, los razonamientos y 
pláticas que los soldados hacían á sus Capitanes, los avisos que los unos 
y los otros se daban. 

Entre tanto que estos aparatos se hacían, digamos cómo Cortés se 
rehacía y aprestaba para dar sobre ellos. 


CAPITULO XXXVHI 

CÓMO CORTÉS SE REHIZO Y SE APRESTÓ PARA VENIR SOBRE MEXICO 

Xo pudo tanto la diligencia y solicitud de Guatemuza, ni fueron, 
aunque valieron mucho, de tanto poder sus einbaxadas, promesas y 
amenazas, que no hubiese muchos señores que se acostasen al bando y 
parcialidad de los tlaxcaltecas, así porque eran valientes, como porque 
estaban aliados con los cristianos, que tanto se habían señalado, aunque 
es lo más cierto, por la envidia é odio que á ios mexicanos tenían, por 
ser tiranos y opresores de las otras gentes. Otros se estaban á la mira, no 
osando determinarse, porque por la una parte vían la fortaleza grande 
de México y su casi infinita gente, por otra el gran valor de los cristianos 
y el esfuerzo é destreza de los tlaxcatecas; desta manera estuvieron 
neutrales, esperando la batalla, para seguir al vencedor. 

Entendiendo esto Cortés, aunque no muy claramente, por la dificul¬ 
tad de las espías, dió muy gran priesa en que se labrase la madera para 
los bergantines; hizo muchas picas y muchos escaupiies, mandó adere.s- 
zar las escopetas y ballestas; mandaba hacer, así á los suyos como á los 
tlaxcaltecas, que cada día se exercitasen en las armas que cada uno 
había de usar. Invió mensajeros á otros amigos de los tlaxcaltecas, nunca 
parando, sino trabajando siempre cómo saliese con su deseada empresa. 
Ayudó mucho á su buena diligencia su buena fortuna, que pocas [veces] 
aprovecha el saber cuando ésta falta, ca como después que había estado en 
^México y prendido á Motezuma, la fama de tan próspero subceso v la 
grandeza, riqueza y fertilidad de aquellos reinos se había derramado por 
todo el mundo y volado hasta donde de las Indias no se tenía noticia, 
deseando muchos, especialmente los de Cuba y Sancto Domingo, como 
más vecinos, y otros de las Canarias y algunos de España, de ver nuevas 
tierras y gozar de la prosperidad que prometían, dexando sus casa.s y 


36o 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


quietud por verse en mayor estado, con alegre ánimo se arrojaron á 
los peligros de la mar y á los que después en aquestas partes tuvieron. 
Llegaron, pues, al puerto en diversos navios cantidad de españoles, pero 
como no venían muchos navios juntos, no saltaban en tierra muchos es¬ 
pañoles, y así no llegaban á Tlaxcala cuando más sino treinta, y como 
algunos venían con menos número, dieron ocasión á los indios del des¬ 
poblado y aun á los de Tepeaca, que los acometiesen, como lo hicieron, 
según atrás está dicho, donde perdieron las vidas por buscarlas mejora¬ 
das, en lo cual puso Cortés el mejor remedio que pudo. Finalmente, 
aunque murieron desta manera algunos españoles, los demás, con harto 
deseo de ver á los nuestros, llegaron á Tlaxcala, y como de día en día 
se iban recogiendo, vinieron á hacer un buen golpe de gente, que no 
poco animó á Cortés y le encendió á que apresurase su partida primero 
que los tlaxcaltecas se resfriasen ó la buena ocasión se le fuese de la 
mano. 


CAPITULO XXXIX 

CÓJÍO CORTÉS HIZO ALARDE DE LOS SUYOS, Y DE UNA SOLEMNE PLÁTICA 

QUE LES HIZO 

Después que Cortés tuvo á punto todo lo que era menester, mandando 
el segundo día de Navidad, por la mañana, después de dicha misa, que se 
hiciese señal, cómo ya los españoles estaban avisados, para que delante 
de toda la Señoría de Tlaxcala se hiciese reseña y alarde de los que había, 
tenía ya Cortés la noche antes señalados Capitanes de á pie y de á ca¬ 
ballo, que fueron los mismos que, como atrás hemos dicho, lo habían 
sido. Hízose la seña con gran ruido de trompetas y atabales; acudieron 
todos los señores. Capitanes y caballeros tlaxcaltecas é otros que habían 
venido de Cholula, Guaxocingo é otras provincias, que tuvieron noticia 
que aquel día se había de hacer el alarde. 

Salieron los nuestros, porque sabían que habían de ser mirados y 
vTun porque pretendían ser temidos aun de sus amigos, cuanto pudieron 
bien armados. Hízose la reseña en una gran plaza, cerca del gran templo 
mayor. Cabalgó Cortés, el cual y su caballo iban armados con una ropeta 
de terciopelo sobre las armas, su espada ceñida é un azagaya en las ma¬ 
nos. Otros dicen que al hacer de la reseña estuvo asentado á la puerta 
de la sala, que caía sobre la plaza, en una silla de espaldas, con mucha 
auctoridad, y que después de hecho el alarde, con los de á caballo, esca¬ 
ramuzó, que no poco bien paresció á los indios. Lo uno y lo otro pudo ser. 

Salieron en el alarde primero los ballesteros, los cuales á la mitad 
del puesto, con mucha gracia y presteza armaron las ballestas y las dis¬ 
pararon por lo alto, haciendo luego su acatamiento y reverencia á Cortés; 
tras éstos iban los rodeleros, los cuales, llegando al puesto que los ba.- 
llesteros, echaron mano á las espadas, y cubriéndose con las rodelas, hi- 






LIBRO QUINTO,—CAP, XXXIX 


56 I 

cieron ademán de arremeter, y envainándolas luego, hicieron su acata¬ 
miento á Cortés y pasaron adelante. Siguiéronse luego los piqueros, los 
cuales calaron sus picas, mostrando querer acometer, haciendo la reve¬ 
rencia que los demás. Los últimos en la orden de á pie fueron los es¬ 
copeteros, los cuales, haciendo una muy hermosa salva, pusieron pavor 
á los indios. Tras éstos, de dos en dos, con lanzas y adargas, pasaron 
los de á caballo, y después, por la misma forma, corrieron sendas pare¬ 
jas, escaramuzando con ellos Cortés, lo cual por extremo dió gran con¬ 
tento á los indios, animólos y encendiólos en un deseo ardiente de verse 
con los enemigos mexicanos, porque entendían que con el ayuda é favor 
de gente tan valiente, tan diestra y tan exercitada, no podían dexar de 
alcanzar victoria de sus enemigos, y envidiosos de aquel orden y manera 
de alarde, dixeron á Cortés que ellos querían hacer otra reseña para 
el día siguiente, de que Cortés rescibió mucho contento, el cual halló 
que tenia de los suyos cuarenta de á caballo é quinientos y cuarenta de á 
pie, y nueve tiros, aunque con poca pólvora. De los de á caballo hizo 
cuatro escuadrones de á diez cada uno, y de los peones nueve cuadrillas 
de á sesenta cada una, en las cuales iban los Capitanes y los demás' 
Oficiales del exército, á los cuales, todos juntos, los unos á caballo y 
los otros á pie, desde su caballo les hizo la plática que se sigue : 

“Cuando considero, señores y hermanos míos, fuertes columnas sobre 
las cuales Dios en este nuevo mundo edificará nuevo edificio, el tiempo 
pasado y le cotejo con el presente, me alegro mucho é doy gracias á 
Dios, Bien os acordaréis los que comigo os hallastes con cuánto derra¬ 
mamiento de sangre, con cuánta pérdida de fuertes y valientes compa¬ 
ñeros, fuimos echados de aquella gran ciudad de México y perseguidos 
los que quedamos hasta esta provincia de Tlaxcala, llegando á ella pocos, 
y esos heridos, los más enfermos, hambrientos y destrozados. Fuimos de 
los tlaxcaltecas como hermanos suyos rescebidos. Muchas veces, con 
el largo contraste de fortuna, desmayastes, deseando veros en vuestra 
tierra y pidiéndome que nos hiciésemos á lo largo. Toda adversidad, bien 
sé, que trae consigo aflición y desconfianza, pero si miráis el estado pre¬ 
sente. entenderéis la razón que yo tuve en rogaros no volviésemos las 
espaldas, ca es cierto que nunca navegaría el piloto si pensase que 
siempre había de durar la tempestad. Súfrese el trabajo con la esperanza 
del sosiego y pásase la noche mala con esperanza del buen día. El ánimo 
fuerte y constante, como no debe ensoberbecerse con la prosperidad, así 
no debe desmayar en la adversidad. Ved, señores, la diferencia del tiem¬ 
po pasado al presente y quedaréis corridos de haber desfallescido, no 
acordándoos que Dios, que fué poderoso para dar poder á nuestros 
enemigos contra nosotros, ese mismo, volviendo por nosotros, había de 
socorrernos. Véoos muchos, muy bien armados, sanos, fuertes y recios, 
tan respectados y amados de los tlaxcaltecas y sus amigos, que no menos 
confían de vosotros que de sus dioses, y así tienen por cierta la victoria 
contra los mexicanos, comunes enemigos nuestros y suyos. Los amigoíí 

36 



562 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


entre quienes estamos no nos pueden faltar, porque habiéndose declarado 
por de nuestra parte, les conviene primero morir que dexar de pelear, 
porque serán tratados peores que esclavos de los mexicanos, perderán su 
dulce patria, su amada libertad, serán sus hijos y mujeres esclavos como 
ellos. Nosotros hemos de pelear por nuestras vidas, por nuestra honra, 
por la venganza de tantos y tan buenos compañeros como perdimos, y 
lo principal es, por la defensa y predicación de nuestra sancta fee y por 
el sei*vicio que en esto, después de Dios, á nuestro Rey é señor haremos. 
Los mismos sois que, siendo yo vuestro Capitán, muchas veces, no siendo 
tantos como ahora, habéis peleado con cient mili y docientos mili indios, 
y nunca, sino una vez, habéis sido vencidos, y esto porque lo quiso Dios 
así por nuestra soberbia. Puestos, pues, los ojos y corazones en Dios, 
con alegre ánimo, pues todo está tan á punto que no podemos desear 
cosa, emprendamos y acometamos este negocio, que aunque, como tan 
importante, tenga dificultad, soy cierto que con el favor divino saldremos 
con él. Servirse ha Dios y el Rey; illustraréis vuestras personas, deste¬ 
rraréis al demonio, ennoblesceréis vuestra nasción, enriqueceréis vuestros 
deudos, lo cual todo, siendo así, no resta sino que con César digamos: 
'‘Echada es la suerte.’’ Vamos, no donde los hados, sino donde Dios, y los 
pecados de nuestros enemigos nos llaman; y porque os veo ya tan deseo¬ 
sos de venir á las manos, que más palabras os serán superfinas y pesadas, 
séaos aviso que pasado mañana, hecho el alarde de nuestros amigos, sal¬ 
dremos de aquí.” 

Hecho este razonamiento, sin dar la mano á alguno de los Capitanes 
que respondiese, á una voz todos, muy alegres, dixeron: “Ya se nos 
hace tarde para vernos con aquellos perros. Dios nos favorezca, que con 
tal caudillo cierta tendremos la victoria.” Dicha esta breve repuesta, so¬ 
naron las trompetas y atambores, corrieron los de á caballo é después se 
fueron todos á comer, que era hora. 


CAPITULO XL 

DEL ALARDE V RESEÑA QUE OTRO DÍA, Á IxMITAClÓN DE LOS NUESTROS, 

LOS TLAXCALTECAS HICIERON 

Deseosos los tlaxcaltecas de parescer en lo que pudiesen á los cris¬ 
tianos, determinaron de hacer reseña de los combatientes que á Cortés 
podían dar, y así, después que todos estuvieron apercebidos y Cortés 
hubo oído misa, en aquel mismo lugar que se había hecho el alarde de 
los cristianos, en su presencia y de todos los nuestros, hecha con sus 
trompetas y caracoles señal de entrada, comenzaron en la primera hilera 
á salir los cuatro señores y cabeceras principales de la Señoría de Tlaxca- 
la, en los cuales, por no perder su preeminencia, iba el mozo hijo del 
prudente y buen Magiscacin. Estos iban ricamente vestidos á uso de 










LIBRO QÍUINTO. —CAP. XL 


5G3 


guerra, con rodelas y macanas, saliéndoles de las espaldas, una vara en 
alto sobre la cabeza, muy ricos plumajes con que ellos parescían más 
bravos, y como usaban horadar los bezos y las orejas y en los hoyos 
llevaban encaxadas piedras ricas, parescían más bravos. Llevaban tomado 
el cabello con una venda de oro ó plata, en ios pies ricas cotaras, que 
ellos llaman cacles. En pos destos cuatro, como pajes, iban cuatro mozos 
muy bien apuestos, con ricas flechas y arcos para cuando los señores 
los hubiesen menester. Luego se seguían cuatro estandartes con las in¬ 
signias y armas de la Señoría de Tlaxcala, ricamente labradas de pluma; 
llevábanlas cuatro capitanes muy principales. Luego por hileras, de 
veinte en veinte, pasaron sesenta mili flecheros, yendo de trecho á tre¬ 
cho un estandarte con las amias del Capitán de cada compañía. 

Cuando los primeros llegaron do Cortés estaba, le hicieron grande 
acatamiento, inclinando sus estandartes. Levantóse á ellos Cortés, qui¬ 
tándoles la gorra. Los demás como iban pasando inclinaban las cabezas 
con muy buena gracia y destreza, que la tenían más en esto que en otra 
cosa. Dispararon las flechas por lo alto, que, como eran tantas, quitaban 
la luz al sol, porque como son tan diestros disparaban en un momento 
diez y doce flechas. Tras déstos pasaron los rodeleros, que serían más 
de cuarenta mili. Cerró el alarde y reseña el número de los piqueros* 
que serían más de diez mili. Fueron por todos, según Motolinea dice, 
cient mili, pero, según Ojeda, que, en suma, escribió lo que vió, fueron 
ciento é cincuenta mili. 

Acabado este alarde, que tardó en pasar más de tres horas, Xicoten- 
catl, que era el capitán general, estando en un alto de do podía ser oído 
y señoreaba todo el exército, haciendo señal que callasen, les dixo estas 
pocas palabras: '‘Muy valientes é muy esforzados señores Capitanes y 
soldados de la Señoría de Tlaxcala: Ya sabéis cómo mañana hemos de 
salir de aquí en compañía del invencible Cortés y de sus compañeros, 
para que juntos, á fuego y á sangre, hagamos cruel guerra á nuestros 
enemigos los mexicanos. Bástaos, para deciros que hagáis el deber, trae¬ 
ros á la memoria que sois tlaxcaltecas, nombre bravo y espantoso á 
todas las nasciones deste mundo, y así, no quiero deciros que peléeis 
por vuestra libertad, por vuestra honra, por vuestra patria, por vuestros 
dioses, por vuestra vida y por vuestros amigos, pues tengo en tanto per¬ 
der el nom.bre de tlaxcalteca no haciendo el deber, que perder todo lo 
que tengo dicho, y pues son superfinas más palabras á soldados tan de 
antiguo valientes, diestros, venturosos y animosos, dexando el tiempo 
para las obras, no le gastemos en más razones.'' Con esto, para juntarse 
otro día, se fué cada uno á su casa. 



564 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO XLI 

DE LOS NAVIOS Y PERSONAS SEÑALADAS QUE EN ELLOS VINIERON 
EN AYUDA DE CORTÉS 

Primero que estas cosas subcediesen, estando Cortés en Tepeaca y 
luego que llegó á Tlaxcala, quiso Dios, para el castigo de México y para 
acabar sus abominables y nefandos pecados, que algunos de los navios 
que llevaban otra derrota, como los de Caray, é otros, que llevaban otro 
fin, como fueron los que Diego Velázquez inviaba en favor é ayuda de 
Narváez, se juntasen todos, y no pudiendo hacer otra cosa, sirviesen á. 
Cortés, y por que más claro se vea el proveimiento de Dios en esto y la 
buena ventura de Cortés, es de saber que primero llegó un navio cuyo 
maestre se llamaba Hernán Medel. Este traxo caballos, gente y armas 
y entre ellos á Joan de Burgos, hombre de suerte, que vino con criados, 
armas y caballos y sirvió desoués muy bien en la conquista de México, 
y conquistado, fué Alcalde y tuvo mucha reputación hasta que murió. 

Pocos dias después vino otro navio cuyo Capitán se llamaba Pedro 
Barba, natural de Sevilla, que después en la conquista fué natural (*) de 
un bergantín, y el maestre se llamaba Alonso Galeote, que fué muy buen 
soldado y á la vejés cegó. Traía este navio muchos mancebos hijosdalgo, 
que fueron bien nescesarios de aquella edad, para los trabajos que pades- 
cieron. Estos dos navios invió Diego Velázquez para deshacer á Cortés y 
rehacer á Narváez, de manera que la salud le vino de su enemigo. 

Francisco de Caray desde Jamaica invió á descubrir desde la Flo¬ 
rida hasta Panuco, y de sus Capitanes el primero ó segundo fué un Fu¬ 
lano de Pineda, el cual quiso señalar mojones con Cortés cerca de la 
Villa Rica y vino á dexarle la mayor parte de la gente que traía é vol¬ 
verse sin hacer nada. En socorro déste invió Caray á Antonio de Ca- 
margo con dos navios. Este fué al que no rescibieron bien los indios de 
Panuco, y así le fué forzado venir al puerto de la Villa Rica con mucha 
hambre y sed, porque los indios no le habían dexado saltar en tierra. 
Estuvo en el río treinta días surto. Cortés escribió á su Teniente le die¬ 
sen todo lo nescesario y le avisasen no pasase de allí, por que no se 
perdiesen. Saltaron muchos hijosdalgo en tierra, los cuales no pararon 
hasta verse con Cortés. Como Caray de todos estos navios no tenía nue¬ 
va, invió en socorro de Camargo á Miguel Díaz de Aitos, que fué uno 
de los mejores conquistadores que hubo. Murió muy viejo é muy rico 
en México; traxo muy buena.gente y caballos. 

Todos estos navios dieron á Cortés soldados y Capitanes á cum¬ 
plimiento del número que tenemos dicho, aunque Jerónimo Ruiz de la 
Mota, varón muy cuerdo y curioso, en sus Memorias dice que fueron 
quinientos y noventa. Estos fueron los que llegaron á Tlaxcala. De los 
que después vinieron estando Cortés en Tezcuco diré en su lugar. 


(*) Así en el Ms. Tal vez sea “capitán”. 










LIBRO QUINTO.—CAP. XLII 


565 


CAPITULO XLII 

DE LAS ORDENANZAS QUE CORTES HIZO Y MANDÓ PREGONAR PARA LA BUENA 

GOBERNACIÓN DEL EXÉRCITO, Y CÓMO CASTIGÓ Á ALGUNOS QUE LAS 

QUEBRANTARON 

Considerando Cortés que sin leyes no se podia bien gobernar el exér- 
cito, pretendiendo estorbar pecados y desafueros que la gente de guerra 
más que la de paz suele cometer, para que viniese á noticia de todos y 
nadie sin su pena las osase quebrantar, mandó pregonar las ordenanzas 
siguientes: 

''Ordena y manda Hernando Cortés, Capitán general y Justicia mayor 
en nombre de Su Magestad en esta Nueva España: 

Primeramente que ninguno blasfeme del sancto nombre de Dios ni 
de su sancta IMadre ni de ningún sancto, so pena que según la calidad de 
su persona será gravemente castigado. 

Item, manda y ordena que ningún español riña con otro ni eche mano 
á espada ni á otra arma, so pena que, según está dicho, será castigado. 

Item, ordena y manda que ninguno sea osado de jugar el caballo ni 
las armas ni el herraje, so pena que será afrentado. 

Item, ordena y manda que ninguno fuerce mujer alguna, so pena de 
muerte. 

Item, ordena 3^ manda que ninguno por fuerza tome ropa á otro, ni 
castigue indios que no sean sus esclavos. 

Item, ordena manda que ninguno sea osado salir á ranchear ni hacer 
correrías sin su expresa licencia. 

Item, ordena 3' manda que ninguno captive indios ni saquee casas 
hasta tener para ello facultad. 

Item, ordena y manda que ninguno sea osado á hacer agravio á los 
indios amigos ni tratar mal á los de carga, so pena que será castigado.” 

Publicadas estas ordenanzas, puso luego tasa en el herraje y vesti¬ 
dos, que estaban en subidos prescios, lo cual, aliende que aprovechó mu¬ 
cho, dió bien á entender el seso, valor y bondad de Cortés, el cual, como 
ya tenia tan advertidos á los suyos, ninguno quebrantó ordenanza, por 
principal que fuese, que no le castigase, ca como en el Capitán es alabada 
la clemencia con el vencido, así no se debe descuidar en ser severo 
contra los que quebrantaren sus leyes 3* preceptos, pues de guardarlos 
ó quebrantarlos pende el vencer ó ser vencido: y así, porque un espa¬ 
ñol que se llamaba Polanco tomó cierta ropa á un indio, le mandó dar 
cient azotes, 3’ porque dos negros suyos, que no tenía cosa de más valor 
para su servicio que á ellos, tomaron á unos indios una gallina y dos 
mantas, los mandó ahorcar, sin que ninguno fuese parte para que Ies 
diese otro castigo, diciendo que la ley se había de guardar más entera¬ 
mente por los de su casa que por los de fuera. A im español mandó 


566 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


afrentar públicamente, porque unos indios se le quexaron que les había. 
desgajado un árbol; á un Fulano de Mora, porque tomó por fuerza una 
gallina á un indio, le mandó ahorcar, é ya que le habían quitado la esca¬ 
lera, á importunación de todos los Capitanes, estando medio muerto, te 
quitó la soga, y quedó tal de la burla, que en más de un mes no pudo 
tragar á placer. Con este castigo é con los demás fue Cortés tan obe- 
descido que ninguno más en su tiempo, y así todo le subcedía acertada¬ 
mente. 


CAPITULO XLIII 

DEL RAZONAMIENTO QUE CORTES HIZO Á LOS TLAXCALTECAS 
AI. TIEMPO DE SU PARTIDA 

Ya que todos los tlaxcaltecas y los de Cholula y Guaxocingo estabam 
juntos en la Señoría de Tlaxcala, mandando que todos los más se jun¬ 
tasen en aquella gran plaza donde se habían hecho los alardes, por un 
intérprete les hizo este razonamiento: 

Señores Capitanes y los demás amigos míos que presentes estáis: 
El haberos rogado que os juntéis en este lugar ha sido para deciros dos 
cosas: la una, que pues os habéis declarado por enemigos de los mexi¬ 
canos, también enemigos míos, y me habéis dado vuestra feé y palabra 
de no mudar propósito, determinados de morir primero que hacer con 
ellos amistad, hagáis todo vuestro deber y peleéis como siempre habéis 
hecho, no perdiendo, antes aumentando, la gloria que habéis ganado dé 
las batallas pasadas, porque si de otra manera lo hacéis, que creo y tengo 
por cierto no haréis, perderéis afrentosamente las vidas, y los que que- 
dáredes vivos, en perpectua servidumbre con vuestros hijos y mujeres ; 
y como haciendo lo que sois obligados tendréis en mí fuerte escudo y 
las espaldas seguras, así, si dexáredes de hacerlo, el mayor enemigo que 
tendréis será á mí, porque yo sé que los mexicanos holgarían de tener 
comigo amistad porque yo os desfavoresciese, que es lo que yo, siendo 
vosotros buenos, jamás haré. La segunda cosa es que, pues sabéis que 
México, por estar en el alaguna, no se puede tomar sino con los berganti¬ 
nes que se están labrando, deis, para que se acaben, el calor é ayuda que 
habéis dado para que se comiencen, tratando bien y amigablemente á los 
españoles que los labran los que quedáredes en esta ciudad, que yo os 
prometo que no serán menos de mí gratificados los que esto hicieren que 
los que comigo van contra ]\Iéxico, pues sin los unos ni los otros no se 
puede hacer la guerra. En lo demás dexá á mí el cargo de vuestra honra, 
libertad y acrescentamiento de tierra y señorío, porque estoy determinado 
de no volver de México hasta poneros á todos en vuestra antigua libertad 
y deshacer los agravios é injurias que de los mexicanos habéis rescebida 
y poneros después en tanta gracia con el Emperador, Rey, mi señor, que 
á vosotros y á vuestros descendientes haga muy grandes y señaladas 





LIBRO QUINTO.—CAP. ^LIV 


567 


mercedes, y si de los que pensábades ir comigo, algunos os queréis que¬ 
dar, no rescibiré pesadumbre dello, porque más valen pocos que i^eleen 
con gana que muchos contra su voluntad.” 

Hecha esta plática, los señores que más cerca estaban de Cortés, por 
sí é por los suyos, en pocas palabras, respondiéndole á las dos cosas, 
dixeron que nunca tanto deseo habían tenido de pelear y morir defen¬ 
diendo su libertad como estonces, é que así, cada uno por sí é todos jun¬ 
tos, le guardarían la palabra dada; que primero quedarían ahogados en 
el alaguna, que vivos volviesen sin vencer, y que en lo que tocaba á los 
bergantines y buen tratamiento de los que los quedaban haciendo, que 
descuidase, porque lo harían todo como lo mandaba, mejor que si pre¬ 
sente estuvieren, porque entendían que sin aquellas grandes canoas no 
se podía tomar México. 

Dada esta repuesta, la demás multitud, que era grande, con las ca¬ 
bezas y manos dió á entender que así se cumpliría lo que los señores ha¬ 
bían prometido, y como el día siguiente había de ser la partida, todos se 
fueron á sus casas para adereszar y llevar, como suelen, su comida. 


CAPITULO XLIV 

CÓMO CORTÉS SALIÓ DE TI.AXCALA Y DE LO QUE MÁS SUBCEDiÓ 

Otro día, que fué de los Inocentes, mandó Cortés hacer señal de 
salir el exército para México, Fué cosa muy de ver cómo oída misa y 
hecha su oración, invocando el favor del Espíritu Sancto, los españoles 
salieron en su orden, al toque de los atambores y pifaros, tendidas las 
banderas, mirados con gran regocijo de una infinita multitud de hom¬ 
bres que quedaban y de las mujeres y niños que gran trecho de la ciudad 
los salieron acompañando. Era cosa de oir las bendiciones y rogativas 
de las mujeres, diciendo unas: ''Vayan en buen hora los cristianos; su 
Dios les dé victoria.” Otras decían: "Mirá cómo van los fuertes á que¬ 
brantar la soberbia de los mexicanos." Muchas, con lágrimas de ale¬ 
gría, decían: "Nuestros ojos os vean volver victoriosos: Dennos los dioses 
por vuestra mano venganza de aquellos perros mexicanos, que cuando 
volváis os serviremos y haremos mili regalos.” Fué también cosa no me¬ 
nos digna de mirar el concierto, plumajes, banderas, ruido de trompetas, 
caracoles, teponastles é otros instrumentos de guerra, con que salieron 
casi ochenta mili hombres, porque los demás, á cumplimiento, á ciento 
y cincuenta mili se quedaron en Tlaxcala hasta que se acabasen los ber¬ 
gantines y fuesen nescesarios en el cerco de México, donde, como ade¬ 
lante se dirá, pelearon, no como indios, sino como romanos. Llevaron 
muchos hombres de carga: iban muy proveídos de comida, muy alegres 
y regocijados, como si ya volvieran con la victoria. Iban cuatro Capitanes 
generales, sin otros muchos, lucidamente armados, y como la gente era 


568 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


mucha é vestida de blanco y en buen concierto y en los plumajes rever¬ 
beraba el sol, parescian tan bien que los nuestros se holgaban mucho de 
verlos. Acaudillábanlos, después de sus Capitanes, los dos compañeros 
que ya se entendían con ellos, Joan Alarques y Alonso de Ojeda. De¬ 
cíanles las indias en su lengua: ‘‘Nuestros dioses vayan con vosotros y 
os vuelvan victoriosos á vuestras casas; haced como valientes, que ya 
es llegado el tiempo en el cual, con el favor de los invencibles cristianos, 
las tiranías y maldades de los mexicanos se acabarán.'' 

Con este despedir, los de la ciudad se volvieron, y el exército en su 
orden como salió comenzó á marchar más apriesa. Llegó aquella noche 
á un pueblo, seis leguas de Tlaxcala, llamado Tezmeluca, que quiere 
decir “lugar de encinas". Es pueblo subjecto á Guaxocingo, donde los se¬ 
ñores dél, sabida la venida de Cortés, le salieron á rescebir alegremente. 
Acogiéronle con mucho amor, diéronle bien de cenar y á los nuestros, 
acariciaron mucho á los huéspedes tlaxcaltecas, pasaron entre ellos mu¬ 
chas cosas aquella noche, tocantes al honor de Cortés y de los suyos y aí 
deseo que todos tenían de verse libres de la dura servidumbre de los 
mexicanos. 


CAPITULO XLV 

CÓMO CORTÉS PROSIGUIÓ SU CAMINO, Y LO QUE EN ÉL LE PASÓ 


Deste pueblo partió Cortés, comenzando á subir una muy larga cuesta 
que tiene tres leguas hasta llegar á la cumbre, puerto agrio y estonces 
dificultoso y peligroso. Parte términos con tierras de Tezcuco. Durmió 
en el monte, en tierra de Guaxocingo, donde el frío fué tan grande que 
á no templarle las grandes lumbres que hicieron, por la mucha leña que 
había, ó padescieran gran trabajo, ó murieran los más, helados. 

Siendo de día prosiguió Cortés su camino todavía por el monte, en¬ 
vió delante cuatro de caballo y otros cuatro peones á que descubriesen 
tierra y diesen aviso de lo que viesen, los cuales, no andando un cuarto 
de legua, hallaron grande espesura de muy gruesos y altos pinos y en 
el camino á mano muchos atravesados, recién cortados. No quisieron 
volver luego á dar aviso de lo que habían visto, pensando que adelante 
estaría el camino desembarazado y que los árboles que allí estaban atra¬ 
vesados serían para algún edificio, pero desengañáronse yendo adelante, 
porque estaba el camino tan embarazado que en ninguna manera pudie¬ 
ron pasar. \^olvieron á Cortés, dixéronle lo que pasaba, el cual les pre¬ 
guntó si habían visto alguna gente. Respondiéronle que no, el cual, en¬ 
tendido esto, se adelantó con todos los de á caballo y algunos de pie para 
descubrir si por alguna parte había alguna celada. Mandó á los demás 
que con todo el exército y el artillería caminasen á toda furia é que Ies 
siguiesen mili indios, algunos con hachas, los cuales fueron de tanto 


4 


LIBRO QUINTO.-CAP. XL\ I SÓQ 

provecho, que cortando árboles y ramas gruesas, como iban viniendo los 
demás del exército, apartando las ramas y trozos, limpiaron y desemba¬ 
razaban el camino, de manera que pudo pasar el artillería y los caballos sin 
peligro ni daño, aunque, hasta venir á esto, se padesció muy gran tra¬ 
bajo, porque aliende de los pinos c]ue había, que eran muchos y muy 
gruesos, había otros árboles muy crescidos y malos de cortar, y cierto los 
enemigos se descuidaron con parescerles que con haber ocupado tanto 
el camino, los nuestros ni los indios amigos pudieran pasar, y si en ca¬ 
mino tan fragoso acudieran ó, como pudieran, estuvieran en celada, no 
pudieran dexar de hacer muy gran daño y estorbar que los nuestros no 
pasasen. Pusiéronse en otros pasos más llanos, creyendo que Cortés vol¬ 
viera por el mismo camino que había venido cuando en México entró 
de paz. Cortés, como sagaz, para desmentir á los enemigos, porque de 
Tlaxcala á México hay tres ó cuatro caminos, fué por éste que decimos, 
y acertólo, porque á ir por do primero había ido, hallara muchas y muy 
grandes celadas, muchos y grandes hoyos con estacas agudas, cubiertas 
por encima con mucha destreza, hechos en el camino y fuera dél, donde 
los de á caballo corrieran muy gran riesgo, y los de pie se vieran en 
mucho trabajo. 


CAPITULO XLAT 

CÓMO CORTÉS SUBIÓ Á LA CUPIERE DE AQUEL MONTE, Y CÓMO DESDE ÉL 
SEÑOREÓ LA TIERRA, Y DE LA REFRIEGA QUE HUBO CON LOS ENEMIGOS 

Pasado aquel mal paso, subida una legua, los nuestros se pusieron 
en la cumbre de aquel puerto, de la cual, descubriendo las lagunas y la 
imperial ciudad de México (i), con los otros muchos y grandes pueblos 
que dentro y en su contorno tiene, dieron gracias á Dios prometiendo de 
no volver hasta recobrar á México, ó perder las vidas, que tan de buena 
voluntad ofrescían para este negocio; y porque todos fuesen juntos, re¬ 
pararon un rato los delanteros, y llegados los que venían atrás en con¬ 
cierto, baxaron á lo llano, que hasta él les quedaban de andar tres leguas. 

Los enemigos, que desde las sierras los descubrieron, comenzaron á 
hacer muchas ahumadas, dando aviso los unos á los otros; dieron grita, 
apellidaban toda la tierra, é ya que estuvieron más de cient mili juntos, 
tomaron unas hoyas por donde los nuestros habían forzosamente de pa^ 
sar. Arremetió Cortés á ellos con veinte de á caballo, é aunque llovían 
sobre él y sobre los otros flechas, alancearon muchos, rompieron el or¬ 
den que traían, y como luego acudieron los demás españoles, fueron des¬ 
baratados, quedando muchos muertos y captivos y huyendo muchos mal 
heridos. 

Desta manera los nuestros, sin rescebir daño, desembarazaron el ca- 


(i) Al margen'. “1521." 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


Sjo 

mino, prosiguiendo por un gran llano, donde los caballos valían y podían 
mucho. Llegaron á un gran pueblo que se dice Guautepec, subjecto al 
señor de Tezcuco; durmieron allí aquella noche, y como no hallaron en 
el pueblo persona alguna y supo Cortés que cerca de allí había más de 
cient mili hombres de guerra de los mexicanos, que inviaban los señores 
de Tenuxtitlan y de Tezcuco contra los nuestros, hizo ronda y vela toda 
la noche, remudando por sus cuartos diez de á caballo. Veló él la prima; 
apercibió toda la gente. Durmió él poco aquella noche, porque velaba 
para sí é para los suyos; pero los contrarios no intentaron cosa, ó porque 
de noche no lo acostumbran, ó porque no osaron, sabiendo por sus espías 
con cuánto cuidado velaba Cortés. 

Otro día por la mañana salió de allí para Tezcuco, que está tres le¬ 
guas, de donde por todas partes, tres leguas adelante y tres leguas y 
más de ancho, desde el alaguna hasta la ladera del monte, iba todo muy 
poblado y de buenos edificios, porque el señorío y ciudad de Tezcuco 
no era menor que el de México. Moviendo Cortés para aquella ciudad, 
salieron á él cuatro indios principales, ricamente adereszados, con una 
vara y bandera de oro; la vara pesaría hasta cinco ó seis marcos. 

Cortés, que entendió ser aquella señal de paz, hizo alto para ver, 
ilegados aquellos mensajeros, lo que querían, los cuales, conosciendo lue¬ 
go á Cortés por las señas y devisa que llevaba, yéndose derechos á él, 
le saludaron con mucha gracia y reverencia y le dixeron cómo Quauna- 
cucin, su señor, les inviaba á suplicarle no permitiese que los suyos hi¬ 
ciesen daño á su tierra é á ofrescérsele que con todo su exército se apo¬ 
sentase en su ciudad, porque allí sería muy bien hospedado, servido y 
proveído de todo lo que menester hubiese y que podía ir muy sin recelo, 
porque le sería, como parescería por la obra, buen amigo, pues el valor 
de su persona lo merescía, y los mexicanos lo habían hecho con él 
tan mal. 


CAPÍTULO XLVII 

DE LO QUE CORTÉS RESPONDIÓ Á LOS EMEAXADORES, Y CÓMO SE FUE 
Á OUATÍCHAX, Y DE LO QUE MÁS SUBCEDIÓ 


í^íucho holgó Cortés con esta embaxada, aunque le paresció fingida. 
Saludó más afablemente al uno de los embaxadores más que á los otros, 
porque le conoscía de antes, y es ansí que entre las otras virtudes y gra¬ 
cias que Cortés tenía, era de fanta memoria que al que una vez hablaba 
y sabía ^u nombre, aunque después pasasen muchos años, le conoscía y 
hablaba por su nombre, y así á todos los de su exército nombraba por 
los suyos y se acordaba de qué pueblo y tierra eran naturales, tanto que 
cuando el escribano no se acordaba, lo decía él. Reparando, pues, un po¬ 
quito, para pensar lo que respondería, considerando que ya estaba entre 



LIBRO QUIXTO.-CAP, XLVll Syi 

tantos enemigos y si respondía ásperamente los indignaba, y si com 
amor, mostraba temerlos, templando lo uno con lo otro, les respondió 
por las lenguas que fuesen bien venidos y que él holgaba que quisiesen 
su amistad, que viniesen de paz, pues con la guerra no podía ganar nada, 
y que en nombre de Su Majestad tendría por amigo á su señor, y así 
le ampararía y defendería contra los que lo quisiesen ofender; pero que 
pues mostraba serle amigo, que le rogaba que, pues cuando salió de 
México, cinco ó seis leguas de Tezcuco, en ciertas poblaciones á él sub- 
jectas, le habían muerto cinco de á caballo é cuarenta y cinco peones y 
más de trecientos tlaxcaltecas que cargados venían, é le habían tomado 
mucha plata é oro, que pues no se podían excusar desta culpa, que la 
pena fuese volverle lo que les habían tomado, pues en los muertos no 
había remedio, y el castigo había de ser asolarlos á todos; y si esto no 
hiciesen, que él proscedería contra ellos por todo rigor, de manera que 
por cada español muriesen mili dellos, y que como hiciesen el deber, les 
perdonaría las injurias pasadas, é no lo haciendo, se las demandaría 
crudamente. Ellos le respondieron que aquello se había hecho por man¬ 
dado del señor de México, y que la plata y oro y lo demás se habían 
llevado los señores mexicanos que se habían hallado en aquel recuentro 
y que el señor de Tezcuco no tenía culpa, pero que ellos buscarían todo 
lo que pudiesen y que ellos se lo darían. Con esto le preguntaron sí 
aquel día iría á su ciudad ó se aposentaría en una de dos poblaciones que 
son como arrabales de Tezcuco; llámase la una Guatinchan, y la otra 
Guaxuta; están á una legua é á media de la ciudad. Deseaban ellos esto 
por lo que adelante subcedió. 

Cortés, para que no le armasen alguna celada, les dixo que no se 
había de detener hasta llegar á su ciudad de Tezcuco. Replicaron ellos 
que fuese enhorabuena é que ellos se iban adelante á apercibir á su 
señor y á adereszar la posada para él y para los suyos. Con esto se des¬ 
pidieron, y Cortés fué marchando y con todo recato entró por una de 
las dos poblaciones, que está una legua de Tezcuco, de la cual le salieron 
á rescebir con mucha comida ciertos principales. Fué luego de allí á 
Guaxuta, que está media legua, donde también con mucho amor, ofres- 
ciendo lo que hobiesen menester, los rescibieron sin dar muestras de 
otra cosa, y como toda aquella tierra estaba muy poblada, parescía, según 
había stimptuosas casas y aposentos, que allí era el cuerpo de la ciudad; 
pero yendo adelante, entró en lo más poblado della, de donde le salieron 
á rescebir á su costumbre con ramilletes de flores en las manos y llevᬠ
ronlos á una casa muy grande que había sido palacio de Quaunacaci. se¬ 
ñor de Tezcuco, padre del que á la sazón era. 

Cupieron en esta casa todos los españoles y muchos de los indios 
amigos, y como al entrar vió Cortés que no había mujeres, viejos, ni ni¬ 
ños, mandó, primero que todos se alojasen, que ninguno de los suyos, 
español ni indio, fuese osado de salir de la casa sin su expresa licencia, 
so pena de la vida. Esto hizo por dos causas: la una. por asegurar los 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


572 

indios de aquella ciudad, para que traxesen á sus mujeres y hijos; lo 
otro, para que si quisiesen usar de alguna traición, no matasen alguno 
de los suyos desmandado, y estuviese fuerte para si acaso le quisiesen 
acometer. 


CAPITULO XLVIII 

CÓJ.IO, SUBIENDO CIERTOS ESPAÑOLES Á LAS AZOTEAS, VIERON CÓMO IJOS 

VECINOS DE TEZCUCO DESAMPARABAN LA CIUDAD, Y LO OUE SOBRE ELLO 

CORTÉS PROVEYÓ 

Este día, que fue víspera de Año Nuevo, después de haber entendido 
los nuestros en aposentarse, espantados de que en tan gran ciudad hu¬ 
biese tan poca gente y que la que había anduviese tan rebotada, creyendo 
que de temor no parescía, se descuidaron algún tanto; pero algunos de¬ 
dos, deseosos de A^er más a placer aquella ciudad, ya que el sol iba deca¬ 
yendo, se subieron á las azoteas del palacio, que eran muy altas y de 
■donde no solamente lo llano, pero gran parte de los altos se señoreaban. 
Vieron, pues, que no poca admiración les causó, gran ruido y bullicio de 
gente, que unos con sus hatos á cuestas, otros con los hijos en los bra¬ 
zos, otros llevando de las manos á sus mujeres y parientas, á gran priesa 
se metían en sus canoas, yendo la laguna adentro hacia México. Vieron 
asimismo que otros muchos que, ó por parescerles así, ó por no tener 
canoas, con no menos priesa se subían á las sierras con sus haciendas y 
familias. 

Estuvieron los nuestros buen rato mirando esto, porque era cosa de 
ver el bullicio con que tanta gente dexaba su ciudad, como hormiguero 
que dexa su lugar para ir á otro. Cortés, sabiendo esto de algunos que 
lo vieron, que con toda priesa le dieron mandado, mandó llamar á mu¬ 
chos de los principales de la ciudad. Díxoles cómo Don Hernando, que 
consigo traía, era hijo de Nescaualpilcintle, su gran señor, y que se lo 
daba por Rey y señor, pues Caunacusint, su señor, se había pasado con 
ios enemigos y había alevosamente muerto á Cucuzeasin, su hermano y 
señor, por eobdicia de reinar, á persuasión de Guatemucin, mortal ene¬ 
migo de los cristianos. Dichas estas palabras, procuró estorbar la ida de 
los demás; pero como era tarde y anochesció luego, no pudo, aunque 
procuró por todas las vías posibles, haber á las manos al señor que todo 
lo había rebelado, el cual, por asegurar á Cortés y á los suyos y hacer 
mejor su hecho, había, según tenemos dicho, inviado aquellos mensajeros, 
de que tanto más se receló cuanto más comedimientos y ofrescimientos 
le habían hecho. Los que quedaron en Tezcuco comenzaron á venir á ver 
su nuevo Rey é señor y á poblar su ciudad. Estos fueron de los que se 
habían recogido á la sierra, y en breve estuvo la ciudad tan llena y tan 
poblada como de antes. Sirvieron é ayudaron por estonces á los nuestros 



LIBRO OUIXTO.-CAP. IL 


573 

cnanto pudieron, viendo que, no sólo no Ies hacían mal, pero los trataban 
muy bien, tanto puede con todas nasciones el buen tratamiento, y porque 
en su nuevo Rey conoscieron verdadero amor para con los nuestros, tanto 
que deprendió nuestra lengua y, como he dicho, se llamó don Hernan¬ 
do, porque en su baptismo fue su padrino Hernando Cortés. 


CAPITULO IL 

CÓMO DESDE Á TRES DÍAS COMENZARON ALGUNOS PUEBLOS Á VENIR DE PAZ, 
É DE LO QUE MÁS SUBCEDiÓ 

Después de haber estado Cortés tres días en la ciudad de Tezcuco sin 
haber rencuentro alguno con los indios, porque por estopees ni ellos osa¬ 
ban venir ni acometer á los nuestros, ni los nuestros osaban desmandarse, 
así por lo que Cortés les había mandado, como porque se recelaban de 
algunas emboscadas, por la comodidad que para ello había, y porque 
siempre pretendió Cortés más por bien que por mal atraer á los indios, y 
así, estando con esta determinación, vinieron tres señores, el de Guatin- 
chan y de Guaxuta y el de Autengo, tres poblaciones bien grandes, encor- 
poradas con la de Tezcuco, los cuales, como aquellos que cuando quieren, 
lo saben bien hacer, llorando, le dixeron los perdonase y rescibiese en su 
servicio y amistad, que si se habían ausentado, la causa era el miedo que 
los mexicanos con su venida les habían puesto, á cuya causa se habían 
ausent^ado; mas ahora que estaban en libertad, le servirían con todo cora¬ 
zón y serían verdaderos vasallos del Emperador de los cristianos y que 
estuviese cierto que no habían peleado contra él, é que si alguna vez lo 
habían hecho, erá más por fuerza que de su voluntad. 

Cortés les dixo por las lenguas, bien contento de su venida y des¬ 
culpa, que ya sin más pruebas debían de tener conoscido el buen trata¬ 
miento que les había hecho y que en haber dexado su tierra habían hecho 
mal, pues desconfiaban de lo que tan conoscido tenían, pero que era me¬ 
jor venir tarde que nunca al verdadero conoscimiento; y pues, como 
mostraban, se ofrescían por sus verdaderos amigos, que él los perdonaba 
y rescebía debaxo de su amparo y amistad, con tal aditamento que su¬ 
piesen los castigaría gravemente si sintiese que le eran traidores, y que 
con esto podían volverse á sus casas y traer sus mujeres é hijos. Ellos, 
aunque mostraron contento desto al parescer de los nuestros, no le lleva¬ 
ban, y así se volvieron, y de ahí á poco, por no contradecirse, ó porque 
de miedo no osaban hacer otra cosa, volvieron á sus casas con sus muje¬ 
res y hijos, lo cual sabido por los señores de México, les inviaron sus 
mensajeros, reprehendiéndolos y riñéndoles mucho lo que con los cristia¬ 
nos habían hecho, haciéndose amigos y esclavos de sus capitales enemigos 
y contrarios en el linaje, lengua, costumbres, y lo que más era, en reli¬ 
gión, de que los dioses estaban muy ofendidos; y que si lo habían hecho 


574 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


por miedo, que no le tuviesen, pues por sus ojos habían visto el estrago y 
matanza que en seiscientos españoles habían hecho, y que por exercitarse, 
más que por destruirlos, habían tenido guerra con los tlaxcaltecas, ca el 
imperio de Culhúa era sobre todos los del mundo: y que si por no dexar 
sus tierras se habían confederado con los cristianos, no se les diese nada, 

, porque en las tierras de México les darían donde mejor pudiesen poblar. 

Los señores destos pueblos, considerando que les convenía sustentar 
lo que habían prometido, atando los mensajeros, los llevaron á Cortés, los 
cuales confesaron sin tormento á lo que habían venido, aunque lo dixeron 
de otra manera como sagaces y astutos, ó como los que venían para esto 
bien enseñados. Confesaron que venían de México y por mandado de los 
señores dél, pero á rogar [á] aquellos señores fuesen á México, como 
amigos de los cristianos, á ser terceros y medianeros para la paz que los 
señores mexicanos pretendían tener con los nuestros. Desta confesión se 
rieron mucho los señores confederados y dixeron á Cortés no le engañasen 
aquellos falsos, porque México no estaba de aquel propósito, sino en des¬ 
truir á los cristianos á fuego y á sangre. Cortés, aunque entendió que men¬ 
tían los mensajeros y que aquellos señores decían verdad, haciendo, como 
dicen, del ladrón fiel, por atraer á sí á los mexicanos, si pudiese, mandó 
desatar á los mensajeros. Díxoles que él los creía é que á esta causa no los 
mandaba ahorcar. Dióles algunas cosidas, rogóles que de su parte y de la 
dedos contasen á los señores mexicanos todo lo subcedido, y que pues él no 
quería guerra, aunque tenía razón para ello, que fuesen sus amigos y que 
ya sabían que los que antes le habían hecho guerra eran muertos, los más 
á sus manos, y los otros por justicia de Dios; que ellos no tenían que tener 
respecto á nadie más de lo que les convenía; que mirasen, como bhenos, 
por la conservación de sus tierras y casas, y que si de otra manera lo hi¬ 
ciesen les llovería encima, y que desto, por útima embaxada, los avisaba. 
Los mensajeros se fueron con esto muy contentos, más por verse sueltos 
que por lo que les contentaba lo que Cortés les había dicho. Prometieron 
de volver con la repuesta, aunque nunca lo hicieron. 

Los señores de Guatinchan y Guaxuta quedaron por esta buena obra 
en mayor crédicto y amistad con el General, el cual por obras y palabras se 
lo dió bien á entender para confirmarlos más en su amor. 


CAPITULO L 

DE LA COXqURAClÓN QUE HUBO ENTRE ALGUNOS ESPAÑOLES CONTRA CORTÉS 
Y CÓMO SE SUPO, Y DEL-CASTIGO QUE HIZO EN VILLAFAÑA 

En el entretanto que estas cosas pasaban, la fortuna, que jamás está 
en un ser, procuraba de volver el rostro á Cortés, y así, habiendo, como 
acontesce entre muchos, algunos quexosos del General, procuraron por 
medio de un Fulano de Vidafaña, lo más secretamente que pudieron, le- 


LIBRO QUINTO,-CAP. L 


'75 

vantarse contra él y elegir á Francisco Verdugo, hombre valeroso, cuña¬ 
do y heredero de Diego Velázquez, casado con hermana suya, y esto sin 
que él lo supiese, porque estaban determinados, cuando de su voluntad 
no quisiese aceptarlo, forzarle á ello. Fueron en esta conjuración casi tre¬ 
cientos hombres; unos quexosos de que Cortés no los trataba tan bien 
como ellos quisieran; otros, y éstos eran los más, porque tenían en las 
entrañas á Diego Velázquez y deseaban que sus cosas fuesen adelante. 
Ya, pues, que algunos dellos, de los más animosos y más indignados, 
estaban determinados de dar de puñaladas á Cortés y apellidar el nombre 
de Francisco Verdugo en nombre de Diego Velázquez, uno dellos, que 
así Dios lo ordenaba y quería en tan gran negocio servirse de Cortés, 
se fué lo más secreto que pudo adonde él estaba é apartóle en lo más 
retraído de su aposento y díxole con el rostro demudado y la voz alterada: 
'‘Señor, si me concede vuestra Merced la vida y promete no descubrirme 
y en lo que se ofresciere hacerme merced, le diré un negocio que importa 
mucho saberlo, y si esto vuestra Merced no me concede, moriré primero 
que lo diga.” Cortés, entendiendo que debía ser cosa importante, liberal¬ 
mente le concedió todo lo que pedía. Estonces aquél le dixo que supiese 
que él era uno de los que estaban determinados de matarle y elegir á 
Francisco Verdugo, é que el que lo muñía y tramaba y tenía las firmas 
tle casi trecientos hombres era Villafaña, y que á éste convenía prender 
luego si quería saber y remediar el negocio. Llamábase éste que descu¬ 
brió la conjuración Fulano de Rojas. 

Cortés, nada alterado, antes dándole á entender que ninguno era parte 
para ofenderle, llamó de secreto á Gonzalo de Sandoval, su alguacil ma¬ 
yor; dióle mandamiento para prender á Villafaña y avisóle procurase 
tomarle un papel que traía en el pecho. Fué Sandoval con su guarda á 
poner en execución lo que Cortés le mandó, arremetió á Villafaña, y pri¬ 
mero que le pudiese quitar el papel, se lo había echado en la boca y se ha¬ 
bía comido la mayor parte. Apretáronle la garganta, hiciéronle echar lo 
que quedaba donde estaban escriptos trece ó catorce nombres de personas 
principales, de los cuales estaba bien satisfecho Cortés. 

Echáronle en prisiones, confesó luego sin tormento que él había sido 
d muñidor de la liga y conjuración, y con tormento y tormentos no quiso 
descubrir á nadie, diciendo que él solo tenía la culpa y que los nombres que 
en el papel se hallaron, con otros muchos que él se comió, los había él 
escripto de su mano para hacer memoria cómo trataría el negocio con 
ellos, é que hasta aquella hora ellos estaban salvos y él solo condemnado. 

A Cortés, aunque entendió lo contrario, no le pesó desta confesión, 
porque deseaba, castigando á uno, reconciliar así todos los demás. Con¬ 
cluyó el proceso, sentenció á muerte al Villafaña, mandóle ahorcar á 
vista de todos los del real, maravillados todos los que sabían la trama del 
•secreto que había tenido y del esfuerzo con que había negado por salvar 
á los que él mismo había metido en la danza. 


576 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO LI 

CÓMO CORTÉS OTRO DÍA MANDÓ LLAMAR Á TODOS LOS SUYOS 
Y DEL RAZONAMIENTO QUE, LEÍDOS LOS NOMBRES DEL PAPEL, LES HIZO 

Otro día, después de haber oído misa Cortés, mandó llamar á todos 
sus soldados. Honró más de lo acostumbrado [á] aquellos cuyos nombres 
ó firmas tenía en el papel, é ya que todos estuvieron juntos, así los que 
sabía que eran de su parcialidad, como los de la de Diego Velázquez, 
les habló desta suerte: 

“Caballeros y amigos míos, cuya virtud y fidelidad tengo muy co- 
nosdda de muchas pruebas que he visto en los trances y peligros que 
después que á estas partes venimos he visto: No os he llamado para 
persuadiros hagáis lo que hasta ahora habéis hecho comigo, porque esto 
sería dubdar de vuestra bondad, sino para deciros lo que en vuestras 
palabras debéis de estar recatados, para que sin enojo ó con él no se os 
suelte palabra que paresca ser contra la fidelidad que debéis guardar á 
vuestro General y Justicia, que de vuestra voluntad elegistes,* rescebistes 
y jurastes; porque si entre pocos nunca falta un malo, entre muchos no 
pueden faltar algunos que, tomando con ánimo dañado palabras airadas 
é descuidadas, procuren é intenten de destruir en vosotros la fidelidad, 
que es la más presciosa joya de los hijosdalgo, maculando vuestra honra 
y la de vuestros deudos y descendientes. Esto digo por lo que con Vi- 
llafaña (que Dios perdone) nos ha pasado, cuya traición no permitió 
Dios que por muchos días estuviese encubierta, el cual, por hacer su 
error más calificado, siendo un hombre nascido no más de para caluiiiar 
y malsinar, contrahizo los nombres y firmas de los más principales de 
vosotros y de quien yo estoy más confiado, y en este papel que os leo 
hay algunas, porque las demás se comió, por encubrir mejor su maldad, 
aunque, como el que sabía que había de morir, lo hizo como cristiano 
en no afirmarse en el artículo de la muerte en lo que falsamente había 
escripto, porque no permite Dios que la innocencia del que no pecó sea 
mucho tiempo culpada. Yo soy tan vuestro, ámoos tanto, deseo, quiero 
y procuro tanto vuestro adelantamiento, que ni los trabajos de mi persona, 
ni el derramar de mi sangre ni el perder mi vida tendría en nada con 
que, señores, vosotros fnésedes en toda prosperidad adelantados. Uno 
soy, vosotros muchos, é yo sin vosotros no soy ni puedo nada, porque 
ni soy más que un hombre ni puedo más que por uno, y así como \oé 
que sois más podéis más y vers más, os ruego por el grande amor que os 
tengo, que si yo errare en algo me advirtáis, é si alguno, por lo que no 
sé, estuviere de mí quexoso, no se quexe á otro que á mí, y si se quexare 
sea á persona de quien yo pueda tener verdadero crédicto; y sabed, seño¬ 
res y amigos míos, que si cualquiera de vosotros estuviese en el lugar 
que vosotros en nombre del Rey me pusistes, tendria tantas zozobras y 






LIBRO QUINTO. - CAP. LI 


5/7 

más que yo, é por esto dicen que la guerra paresce sabrosa al que no la 
prueba y que vee más el que vee jugar que el que juega. El culpado pagó 
lo que debía y los innocentes quedáis comigo en mayor crédicto y re¬ 
putación. El que pretendiere parescer á Villafaña ni podrá ni pennitirá 
Dios que sea menos afrentosamente castigado que él, ca al que Dios pone 
en este lugar para la gobernación y bien de muchos, siendo su celo como 
lo es el mío, le guarda y defiende de toda traición. Yo os he dicho á 
lo que os hice llamar, descubiértoos he mi pecho, no me queda otra 
cosa. Si algo, en público ó en secreto cerca desto, ó de otras cosas, me 
quisierdes decir, oirlo he de buena gana y agradescerlo he.” 

Acabado de hacer este razonamiento, á que asi los culpados como 
los sin culpa estuvieron muy atentos, los unos más inflamados, los otros 
desimulando lo que sentían, mudando parescer y alegres de que no fuesen 
descubiertos, dixeron á Cortés que todos le amaban entrañablemente y 
deseaban servir como á Capitán é Justicia, por tan merescido nombre y 
titulo, y que se holgaban de que como padre y señor los hubiese adverti¬ 
do de lo que se debían recatar. Cortés se holgó mucho con todos, mos¬ 
trando de ahí adelante á los más sospechosos mejor rostro y obras, con 
las cuales los volvió á su amor con tanta ó mayor firmeza que á los que 
de antes tenía, aunque con todo esto, de ahí adelante se recató tanto, 
que jamás se quitó cota y jubón fuerte, y cuando sus muy amigos pen¬ 
saban que dormía le hallaban velando, y cuando creían que estaba echado 
le hallaban que andaba mirando lo que los suyos hacían, de manera que 
de sueño ni de reposo tenía hora cierta para ser de repente salteado. 
Andaba de noche y de día con alguna guarda de los más amigos, cuyo 
Capitán era un Fulano de Quiñones. 


CAPITULO LII i 

CÓMO CORTÉS TUVO CIERTOS RECUENTROS CON LOS DE IZTAPALAPA, 

É DE UN GRAN PELIGRO EN QUE SE VIÓ 

Estuvo Cortés sin salir de Tezcuco ocho ó nueve días, fortalesciendo 
parte de la casa en que posaba, porque toda no podía, por ser grandísima. 
Cerró puertas, hizo saeteras, levantó pretiles en la parte que mejor le 
paresció, bastecióse de lo nescesario para más de cuatro meses, recelán¬ 
dose de que los contrarios le cercarían; pero como vió que en todo este 
tiempo no le acometían ni daban muestra dello á los que con su licencia 
salían, aunque bien adereszados por la ciudad, determinó de buscar á su.'= 
enemigos, y así, salió de Tezcuco con docientos españoles, en los cuales 
llevaba diez é ocho de á caballo y treinta ballesteros é diez escopeteros é 
cuatro mili indios amigos tlaxcaltecas. Fué boxando hacia el Mediodía el 
alaguna, yendo por la orilla hasta llegar á una ciudad que se dice Iztapa- 
lapa, que por el agua está dos leguas de México y seis de la de Tezcuco 

^7 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


578 

Tenía Iztapalapa más de diez mili vecinos, y estonces la mitad della 
V aun las dos tercias partes puestas en el alaguna, y al presente lo más 
della está en tierra firme. Tiene una hermosa fuente junto al camino que 
va á México, donde los que vienen de España para México se refrescan 
y son rescebidos de sus amigos. 

El señor desta ciudad, que era hermano de Motezuma y á quien 
los indios después de su muerte habían alzado por señor, había sido el 
principal que había hecho la guerra contra los españoles y echádolos de 
México, y así por esto como porque sabía que todavía estaban de mal 
propósito, fué Cortés contra ellos, viendo que ni por amenazas ni buenas 
palabras querían venir en su amistad. No pudo ir tan secreto Cortés que 
los de Iztapalapa no fuesen luego avisados por los de la guarnición de 
México, con humos que hicieron de las atalayas, las cuales eran las casas 
y templos de los demonios, que todos eran torreados. Sabiendo esto los 
de Iztapalapa, metieron luego la más ropa que pudieron y las mujeres é 
niños en las casas que estaban dentro del agua, y dos leguas antes que 
Cortés llegase parescieron en el campo algunos indios de guerra y otros 
por el alaguna, á su modo bien armados. No salió toda la gente con 
exército formado, porque pretendieron, como después lo intentaron, 
metiendo á los nuestros en la ciudad, matarlos con un nuevo ardid, y 
así, comenzaron los del agua y los de la tierra á escaramuzar con los nues¬ 
tros, retrayéndose y reparando hasta llevar á los nuestros aquellas dos 
leguas y meterlos en la ciudad, á la entrada de la cual salió todo el golpe 
de la gente. Pelearon más de tres horas los unos con los otros bravamente 
hasta que después de haber los nuestros muerto muchos dellos, dieron 
con los demás al agua, donde más con la priesa y alteración que con la 
hondura della, que no llegaba más de hasta los pechos, y todos son na¬ 
dadores, se ahogaron algunos; los demás saltaban en las canoas, donde 
otros los recogían. Con todo esto, fué tan reñida y sangrienta la batalla, 
que de los enemigos murieron más de cinco mili, y de los tlaxcaltecas 
pocos y de los españoles ninguno, los cuales hobieron gran despojo, pu¬ 
sieron fuego á muchas casas, y si la noche no viniera acabaran de destruir 
el pueblo, porque estonces más que otras veces, como los que se vengaban 
de los daños rescebidos, se señalaron tanto que no se podía dar á ninguno 
ventaja conoscida. 

Ya, pues, que hartos de pelear se querían aposentar, los de Yztapa- 
lapa dos horas antes habían rompido una calzada que estaba como 
presa dos tercios de legua de la ciudad, entre la alaguna dulce y la 
salada. Comenzó con gran ímpitu á salir el agua salada y dar en la 
dulce; estonces, con la cobdicfa de la victoria, los nuestros no sintieron 
el engaño, antes, como está dicho, siguieron el alcance, y como los ene¬ 
migos estaban sobre aviso, habían despoblado todas las casas de la tierra 
firme; cresció tanto el agua que ya comenzaba á cubrir el suelo donde 
los nuestros estaban. Acordóse Cortés cómo había visto rota la calzada, 
dió luego en el engaño, hizo á toda priesa salir la gente, mandando que 












LIBRO QUINTO. —C.\P; LUI 


579 

nadie se detuviese si no quería morir anegado. Salieron á toda furia, que 
sería á las siete de la noche, pasando el agua en unas partes á vuelapié 
y en otras á los pechos y á la garganta. Perdieron el despojo, ahogáronse 
algunos tlaxcaltecas, acabaron de salir á las nueve de la noche, y á dete¬ 
nerse tres horas más, corrían todos mucho riesgo. Tuvieron ruin noche 
de frío, como salían tan mojados, y la cena fue ninguna, porque no la 
pudieron sacar. Todo se les hizo liviano, considerando que á no ser con 
tiempo avisados, no quedara hombre que no muriera. Los de México, que 
todo esto supieron, dieron luego por la mañana sobre los nuestros, por¬ 
que los duelos fuesen doblados. Fuéles forzado, peleando, retirarse hacia 
Tezcuco ; apretábanlos mucho los enemigos por tierra y por agua, aunque 
dellos quedaron tendidos los que más se atrevían. Los del agua fueron 
los que menos peligraron, porque se acogían luego á las canoas. Los 
nuestros como estaban mojados y muertos de hambre y los enemigos 
eran muchos y venían de refresco, no osaron meterse en ellos, contentos 
con defenderse y matar á los que podían. Llegaron desta á m.anera á 
Tezcuco, murieron algunos de los indios amigos, y un español, que fué el 
primero que murió peleando en el campo. 


CAPITULO LUI 

DE LA COXGOXA QUE CORTÉS TUVO AQUELLA NOCHE, Y DE CÓMO OTRO DÍA 
SE LE OFRESCIEROX DE PAZ CIERTOS PUEBLOS 

Estuvo Cortés aquella noche bien pensativo, revolviendo en sí diver¬ 
sos pensamientos, ca por la luia parte se holgaba de haber escapado de 
tan gran peligro y muerto en su propio pueblo tantos enemigos, y por 
la otra estaba congoxoso de haberle sido forzado retirarse, y á esta causa 
creía que los enemigos, así los de México como los confederados, habrían 
tomado ánimo y puesto miedo á otros para que no viniesen de paz; pero 
como la matanza hecha no pudo ser oculta y ninguno de los españoles 
había quedado muerto, porque el que mataron le traxeron secreto con¬ 
sigo, desmayó mucho á los enemigos y encendió la voluntad á los que 
estaban dubdosos, y así por la mañana vinieron ciertos mensajeros de 
la ciudad de Otumba, donde fué la memorable batalla, y de otras cuatro 
ciudades junto á ella que están de la de Tezcuco á cuatro é á cinco é á 
seis leguas. 

Estos mensajeros, entrando donde Cortés estaba, con las devisas v 
señales de mensajeros, seguros en todas partes, haciéndole gran reveren¬ 
cia, diciendo cada uno la ciudad en cuyo nombre venía, dando los cuatro 
la mano al de Otumba, que era más sabio y más principal, brevemente 
habló en esta manera: 

‘'Muy valiente é invencible Capitán: Nos los embaxadores de Otum- 
:ba y de las ciudades á ella comarcanas, en nombre dellas y de los se- 



58o 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


ñores que las gobiernan, te suplicamos nos perdones los enojos que con 
las guerras pasadas te hemos dado, que han sido más por fuerza que 
contra nuestra voluntad, por las amenazas y miedos que á la contina 
los mexicanos nos han puesto, tratándonos mal con las guarniciones 
que cerca de nosotros tienen, como lo han hecho con todos los que se 
han dado, y como hemos vuelto sobre nosotros y visto que andábamos 
errados y que contra tus fuerzas no hay poder en nosotros que resista, 
te suplicamos nos perdones y rescibas en tu gracia, con que te promete¬ 
mos de serte verdaderos servidores y amigos y que desde hoy damos la 
obediencia y vasallaje al gran Emperador de los cristianos, en cuyo nom¬ 
bre vienes/’ 

Mucho holgó Cortés con esta embaxada, quitósele la congoxa, que 
no le había dexado reposar, desimuló gravemente el gran contento que 
rescibió, agradescióles la venida, y porque no sabía si era debaxo de en¬ 
gaño, les dixo que aunque se ofrescían de paz, tenía entendido cuán 
culpantes eran por lo pasado: que para que los perdonase y creyese, 
convenía que ante todas cosas le traxesen atados aquellos mensajeros que 
habían ido de México y á todos los que de aquella ciudad estuviesen en 
su tierra, é que haciendo esto entendería que eran leales y verdaderos 
amigos, é que con esto se podían volver á sus tierras y estar en ellas 
quietos y pacíficos. Hízoseles de mal esto, respondieron muchas cosas, 
y aunque mucho porfiaron, no pudieron sacar de Cortés otra repues¬ 
ta, y al fin, como no pudieron más, dixeron que ellos eran leales y 
verdaderos amigos y que por la obra lo verían de ahí adelante y que 
ellos procurarían cuanto pudiesen traer presos á los que les mandaba, 
y que si no pudiesen, que en otras cosas que se ofresciesen vería cuán 
de veras se le habían ofrescido, como á la verdad después lo hicieron. 


CAPITULO LIV 

CÓMO CORTÉS INVIÓ Á GONZALO DE SANDOVAL CON DOCIENTOS HOMBRES 
DE Á PIE É VEINTE DE Á CABALLO Á DOS COSAS MUY IMPORTANTES, QUE 
SE DIRÁN 

Estando Cortés, como dicho hemos, en Tezcuco y viendo que sus 
negocios no se hacían tan bien como deseaba, á causa que las guarniciones 
mexicanas tenían tomados los principales pasos, así los que iban á Tlax- 
cala, donde se labraba la madera para los bergantines, como los que iban 
á la Veracruz, de donde esperaba socorro, y así, por asegurar los ca¬ 
minos y hacer los negocios acertadamente, despachó á Gonzalo de San- 
doval. Alguacil mayor del exército, con veinte hombres de á caballo y 
docientos de á pie, escopeteros, ballesteros y rodeleros. Estos fueron el día 
siguiente, después que vino de la refriega de Iztapalapa. Allegábase á 
esto la nescesidad que tenía de echar de la provincia ciertos mensajeros 





LIBRO QUINTO.-CAP. LV 


58 I 

• que inviaba á la Señoría de Tlaxcala para saber en qué términos andaban 
los bergantines y proveer otras cosas nescesarias para la Villa Rica de la 
Veracruz. 

Despachado, pues, Sandoval para estos dos efectos, mandóle Cortés 
que después que hubiese puesto en los términos de Tlaxcala á los men¬ 
sajeros, volviese á la provincia de Chalco, que confina con la de Cuyoa- 
■ can, é que porque le habían inviado los de aquella provincia á decir que 
aunque eran de la liga y Señoría de Culhúa, deseaban ser vasallos del 
Emperador de los cristianos y servidores y amigos suyos, y que no lo 
osaban intentar por miedo de las guarniciones mexicanas que alderredor 
tenían, les diese favor é ayuda. Certificado que pasaba así y no había 
otra cosa, Sandoval, prosiguiendo su camino con los indios de Tlaxcala 
que habían traído el fardaje é con otros que habían venido [á] ayudar 
á los nuestros y volvían con algún despojo de las refriegas pasadas, 
subcedió que adelantándose los indios, creyendo iban bien seguros con 
que en la rezaga venían los españoles, que salieron de la alaguna y de 
otras partes donde estaban en celada muchos mexicanos y dieron en 
los tlaxcaltecas, mataron algunos dellos y á los demás quitaron el des¬ 
pojo, pero pagaron luego la culpa de su atrevimiento, porque viendo 
Sandoval la polvareda é oyendo las voces é gritos que los indios más que 
otras nasciones dan, arremetió con gran furia con los de á caballo y 
hallando á los mexicanos envueltos con los tlaxcaltecas, embistió en ellos. 
Alanceó y mató muchos, desbaratólos á todos ; llegaron luego los peones, 
que con las escopetas y ballestas hicieron grande estrago, de manera 
que los que dellos quedaron vivos, dexando el despojo que habían ro¬ 
bado y aun sus propias armas, se acogieron al alaguna y á unas po¬ 
blaciones que cerca de allí estaban. Los tlaxcaltecas y mensajeros de 
Cortés, muy alegres, cargados de nuevos despojos, entraron por la Seño¬ 
ría de Tlaxcala, en la cual, como deseados y como vencedores, fueron muy 
bien rescebidos, teniendo siempre en más el valor y esfuerzo de los es¬ 
pañoles. 


CAPITULO LV 

CÓMO GONZALO DE SANDOVAL FUE Á CHALCO Y DE LA REFRIEGA QUE CON 
LOS MEXICANOS HUBO, Y DE CÓMO LOS DE CHALCO VINIERON Á VER Á 
CORTÉS 

Puestos los mensajeros en salvo, Sandoval volvió con su gente la 
vuelta de Chalco, y como en las sierras estaban siempre las guarniciones 
mexicanas para señorear los caminos y á los que por ellos fuesen y vi¬ 
niesen, baxaron en mucho concierto más de diez mili dellos. Hicieron 
alto en un llano cerca de Chalco, presentando batalla á los nuestros, los 
cuales arremetieron con gran furia á ellos, rompieron los de á caballo 


582 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


los escuadrones mexicanos, trabóse la batalla, estuvo en peso cerca 
de dos horas, pero como los nuestros mataron y hirieron á los caudillos, 
los demás, desbaratados en breve, dexaron el campo. Desembarazado’ 
desta manera el camino, los de Chalco, que tenían sus espías y sabían ya 
la victoria que los nuestros habian ganado, yendo los nuestros y saliendo- 
ellos, se vinieron á encontrar en el camino. Holgáronse por extremo los 
unos con los otros; los españoles, por tener más amigos para su negocio, 
y los de Chalco por verse libres de la tiranía y servidumbre de los me¬ 
xicanos. Acariciaron mucho aquella noche á los nuestros, en especial á 
Sandoval, que era discreto y valeroso Capitán. 

]^íotolinea dice que los de Chalco se ajuntaron luego con los nuestros 
y que desta manera se riñó la batalla, quemando los vencedores los rañ- 
clios y asientos de los vencidos, llevando mucha presa, y que otras veces 
habían perdido. Lo que está dicho atrás, tengo por más cierto, porque 
conforma con lo que Cortés después escribió al Emperador. 

Otro día de mañana, habiendo primero hablado Sandoval muchas 
cosas con los principales de aquella provincia, determinó de partirse para 
Tezcuco, donde Cortés estaba, y como los hijos de los señores de ChalcO’ 
y Tlalmanalco, que es la cabeza de aquella provincia, é otros principales, 
deseaban ver á Cortés, se fueron con él acompañados de muchos criados y 
vasallos, llevando, como tienen de costumbre, algunos presentes entre 
ellos ciertas piezas de oro que pesarían hasta cuatrocientos pesos. Salió- 
Cortés á la puerta de la sala á rescebir á los dos hermanos, los cuales, 
haciéndole gran reverencia, después de haberle ofrescido el presente, 
como la muerte de su padre era fresca, con lágrimas en los ojos, se co¬ 
menzaron á desculpar por no le haber venido á ver, pero que supiesen’ 
que le serian leales y verdaderos amigos y que se venían á ofrescer por 
vasallos del Emperador, así porque vían que ganaban en ello, como 
porque su padre antes de su muerte muchas veces les había mandado se 
diesen á los españoles, porque era gente belicosa y que pretendía deshacer 
tiranías, y que cuando estaba al punto de la muerte les había dicho que 
de ninguna cosa llevaba tan gran pena como de no haber visto y hablada 
primero que muriese á Cortés y que con este deseo le había estado es¬ 
perando muchos días; é que ya que él no podía ver cumplido su deseo, 
les mandó y rogó que en viniendo que viniese por aquella tierra se le 
ofresciesen y tuviesen por padre y señor, é que si luego que vino no le 
habían venido á ver, había sido la causa el temor que á ios de Culhúa 
tenían é que tampoco osaran venir estonces si el Capitán Gonzalo de 
Sandoval no les asegurara el camino, y que asimismo no osarían volver 
si no les daba otros tantos españoles, y que bien sabía él que en guerra 
ni fuera della los de Chalco le habían sido enemigos, ni aun cuando en 
su ausencia los mexicanos combatían á Alvarado, y que cuando les dexó 
dos españoles para recoger maíz, los habían siempre servido y guardado 
y después llevados seguros á la provincia de Guaxocingo, que era enemiga 
de los de Culhúa. 



LIÜRO QUINTO.-CAP. LVI 


583 


Acabadas de decir estas y otras palabras, limpiándose los ojos, hecha 
cierta cerimonia de reverencia, esperaron á ver lo que Cortés respon¬ 
dería. 


CAPITULO LVI 

DE LO QUE CORTÉS RESPONDIÓ Á LOS SEÑORES DE CHALCO Y DE CÓMO 

MANDÓ A SANDOVAL VOLVIESE CON ELLOS V DE ALLÍ SE LLEGASE A 

TLANCALA 

Conosciendo Cortés que aquellos señores esperaban repuesta á todo 
10 que le habían propuesto y suplicado, con la gracia y afabilidad acos¬ 
tumbrada les dixo que de la muerte de su padre le pesaba mucho y que 
pues no podía, por ser ya muerto, agradescerle la voluntad que siempre 
le había tenido, le agradescería de presente y en cuanto viviese con ellos, 
pues tan buenos caballeros eran y tan bien habían cumplido lo que su 
padre les había mandado; y que tuviesen por muy cierto que como 
cuerdo y hombre de experiencia, en el artículo de la muerte, donde es- 
])ecialmente los padres por la despedida suelen decir á sus hijos las más 
importantes y substanciales cosas que saben, les había dicho lo que les 
convenía para de ahí adelante poseer su estado seguro y alanzar de sí 
el duro y áspero señorío de Culhúa; y que perseverando en lo que su 
padre les había mandado, se vengarían de las injurias rescebidas, porque 
él no les faltaría, y que en lo demás que pedían les diese españoles con 
quien volviesen seguros á su tierra, lo haría de muy buena gana, para 
que entendiesen, como en lo demás, los favorescía cuando menester lo 
hubiesen. 

Ellos á estas palabras, con demasiada alegría, haciendo muchas reve¬ 
rencias, lloraron de contento, como antes lo habían hecho de pesar, lo 
cual es efecto de causas contrarias cuando son intensas; diéronle muchas 
gracias, ofresciéndosele de nuevo con las personas, hijos é mujeres, y 
por que más quedasen obligados, primero que de allí partiesen, mandando 
llamar á Sandoval, le dixo que con la gente de á caballo y de á pie que 
le paresciese, fuese luego á acompañar y poner en su tierra [á] aquellos 
señores, y que después de hecho esto se llegase á la provincia de Tlaxcala 
y traxese consigo los españoles que allí estaban y á Don Hernando, her¬ 
mano de Cacamacín. 

Partió luego Sandoval bien en orden, puso aquellos señores en su 
tierra sin acontescerle cosa memorable, aunque los enemigos, como so¬ 
lían, estaban sobre las sierras. Fué bien rescebido y regalado de los de 
Chalco. Pasó de ahí á Tlaxcala, tiniendo en el camino algunos recuentros 
y, finalmente, trayendo consigo á los españoles y al Don Hernando, dentro 
de cinco ó seis días volvió á Tezcuco. 


584 


\ CRÓXICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO Lvn 

UÓMO, LLEGADO DON HERNANDO EL INDIO, CORTÉS LO ELIGIÓ POR SEÑOR 
DE TEZCUCO, Y DE LA GENTE QUE LUEGO VINO A ESTA NUEVA 

Cortés, cuando supo que Sandoval venía con tan buen despacho, le 
salió á rescebir á la puerta de la calle, así por honrarle, que bien lo me- 
rescía, como por rescebir á Don Hernando, á quien deseaba dar contento 
para atraer á sí á los tecuzcanos y hacerlos de su bando. Abrazó á San¬ 
doval, y después que le hubo dado la bienvenida, abrazó al Don Hernan¬ 
do ; hízole muchas caricias, dióle á entender lo mucho que le deseaba ver 
y cómo tenía determinado hacerle señor de Tezcuco, pues su hermano era 
tan malo que se había pasado con los mexicanos. Con estas palabras, 
tomándole por la mano, se entró á su aposento, donde le hizo sentar y 
tomar colación, preguntando primero á Sandoval, que él no lo entendió, 
qué pecho traía y con qué propósito venia, y sabiendo cuán fixo y estable 
venía en su amistad, con mayor gracia y afabilidad le trató, diciéndole 
-que como él perseverase en el amistad de los españoles y atraxese á sus 
vasallos, le haría tan gran señor como había sido Motezuma, porque 
esperaba en Dios que antes de muchos días desharía la tiranía mexicana. 

Don Fernando le respondió á esto cuerda y avisadamente (ca cierto 
era prudente y grande amigo de los españoles), que lo que su hermano 
lo liabía hecho de mal, esperaba él de hacerlo de bien y que asaz tenía en¬ 
tendida la tiranía mexicana y que cosa tan mala no podia durar mucho 
tiempo, por tener ofendidos á tantos reinos y señoríos y tener por ene¬ 
migos á los cristianos, á los cuales su Dios á ojos vistas había dado tan 
grandes y señaladas victorias, y que él con el autoridad del señorío de que 
le hacía merced en nombre del Emperador de los cristianos, procuraría 
poblar su ciudad y provincia como antes estaba, para que todos juntos 
hiciesen brava guerra á los mexicanos. 

Esto dicho, que mucho contento dió á los nuestros, Cortés, tornáji- 
dole á abrazar, mandó llamar los intérpretes, á los cuales dixo que luego 
llamasen á los principales y demás vecinos que á la sazón en la ciudad 
estaban, porque quería darles por señor á Don Hernando, que de de¬ 
recho subcedía en el señorío, y que se adereszasen de fiesta y traxesen 
toda la música, para que con la solemnidad que acostumbraban le rescibie- 
sen por señor. Desto holgaron los más de los vecinos, aunque les pesó 
á oíros, entendiendo que el poder y fuerzas de Cortés se fortificaba más 
para subjectar y hacerse señor de los indios, que tanto se recataban de 
reconoscer señor de otra nasción. Mandó asimismo Cortés á los suyos 
que todos se vistiesen y adereszasen de guerra, con las trompetas, alam¬ 
bores y atabales que había: y hecho en el patio, á la costumbre de los in¬ 
dios, de hierbas, flores y rosas, un alto y hermoso xacal, ya que para 
el efecto los unos y los otros se juntaron, salió Cortés con mucha mú- 




LIBRO QUINTO.—CAP. LVIII 


585 


sica, llevando consigo á su lado al que había de ser nuevo señor, asentán¬ 
dole par de sí en un banco, y sentado él en una silla de espaldas y toda la 
demás gente en pie, hecha señal de que todos callasen, á los vecinos y al 
nuevo señor hizo la plática siguiente: 


CAPITULO LVIII 

DE LA PLÁTICA QUE CORTÉS HIZO Á LOS CIUDADANOS 
Y NUEVO SEÑOR DE TEZCUCO, Y DE CÓ:\IO ELLOS LE JURARON POR SEÑOR 

“Entendido habréis, caballeros y los demás vecinos desta gran ciudad 
y reino de Tezcuco, que como en el cuerpo humano sin la cabeza los 
demás miembros no tienen fuerza ni vida ni cada uno puede usar el oticio 
para que fué hecho, así vuestra muy grande y señalada repúbbca, des¬ 
pués que su cabeza y señor se apartó de vosotros, ha estado inquieta, 
desasosegada y divisa en muchas parcialidades, con contrarios y diversos 
paresceres, como donde hay tanta discordia por falta de la cabeza, no 
puede haber en los miembros, que sois vosotros, fuerzas ni vigor para 
sustentaros, antes os vais apocando, yéndoos á tierras y señoríos ajenos, 
dexando vuestra dulce y amada patria. Viendo yo esto, aunque vosotros 
no me lo agradescáis, determiné inviar á llamar á Don Hernando, que 
presente veis, hermano ligítimo de vuestro ingrato señor Quaunacacin, 
para que subcediendo como ligítimo heredero en este señorío, como vues¬ 
tro natural señor os favoresca, ampare y mantenga en justicia, al cual 
daré yo toda ayuda y favor para que él sea respectado de los suyos y 
temido de sus enemigos y vosotros viváis en quietud y sosiego, llamar ic 
como á estado seguro á vuestros deudos, amigos y ciudadanos, para ene 
de hoy en adelante vuestra república florezca más que nunca. Rescebirle 
heis y jurarle heis á vuestro ricto y costumbre por vuestro señor natural, 
y por que no penséis que sospecho mal de vuestra fidelidad, cerca desto 
no os quiero decir más, por decir á Don Hernando lo que con vosotros 
debe hacer. 

^'Ya, pues, Don Hernando, sabéis que sois cabeza, y que como en ella 
e‘^tá el entendimiento para entender, los oídos para oir, los ojos para ver 
y la lengua para hablar, todas estas cosas con gran cuidado las habéis de 
emplear en cómo los viciosos sean castigados y los virtuosos remune¬ 
rados, ca desta manera vuestra república irá siempre en crescimiento, y 
sabed que como no hay cosa más buena que el buen Gobernador, así 
ninguna cosa más mala que el malo, el cual aunque tenga mucha guarda, 
no puede dormir seguro de los suyos como el bueno, que por doquiera 
que va, aunque vaya solo, todos miran por él.'’ 

Hecho este razonamiento, esperó que le respondiesen, y como había 
hablado con los caballeros y ciudadanos, tomando el más antiguo la 
mano, respondió por todos en esta manera: 


586 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


“Entendido hemos todos los que presentes vees, muy valiente y muy 
sabio Capitán de los cristianos-, la gran falta que nos ha hecho nuestro 
señor y los muchos daños que de su ausencia se han seguido, y así, es¬ 
tamos muy obligados por el remedio que al presente pones, con darnos 
por señor á Don Hernando, ligítimo subcesor y heredero en el reino y 
señorío de Tezcuco, del cual esperamos que seremos, como dices, bien 
gobernados y mantenidos en justicia, y así será causa que los demás que 
en México y en otras tierras están derramados, se junten y, como antes, 
ennoblescan su ciudad: por lo cual, Don Fernando, Rey é señor nuestro, 
hoy, como á ligítimo subcesor de tu hermano, para mientras los dioses 
te dieren vida, te rescebimos y juramos por nuestro Rey é señor natural 
y prometemos á nuestros dioses, á ti y á todos los que presentes están de 
te obedescer en todo lo que nos mandares, como no sea contra nuestra 
religión y contra nuestra patria, y asi, te suplicamos que como á tuyos 
nos rescibas y ampares debaxo de tu favor y autoridad real.’ 

Diciendo estas palabras, él 3" los demás, en señal de reconoscimiento. 
V vasallaje, hicieron cierta cerimonia, inclinando las cabezas, y luego, 
prosiguiendo su plática, dixo: ‘^Los dioses inmortales te hagan dichoso, 
venturoso contra tus enemigos; en tus dichosos años y días nos dé Dios 
nuevas victorias, muchos amigos, buenos temporales y todo nos subceda 
próspera 3" dichosamente.” 

Acabada esta repuesta, hizo señal con la mano, tocaron los cuernos y 
caracoles, teponastles y los demás instrumentos, en testimonio de su gran 
contento, tras lo cual se siguió luego la música de los españoles, que 
muy suave, alegre y regocijada les paresció, la cual acabada, respondiendo 
Don Fernando, dixo estas palabras: 

‘"Rey soy 3’a é señor vuestro, de vuestra voluntad rescebido 3^ jurado. 
Los dioses me sean contrarios, la tierra me niegue sus fructos, las fieras 
despedacen mi cuerpo, mis vasallos se rebelen, mis amigos me dexen 
3^ desamparen, todo me subceda al revés, siniestra y desdichamente, si 
en lo que en mí fuere no os tratare piadosamente, si no executare vuestras 
leyes, si no cumpliere vuestros previlegios, si no os defendiere de vues¬ 
tros enemigos, si no os mantuviere en justicia.” Diciendo esto se le¬ 
vantó en pie, llegaron los principales, hincadas las rodillas, inclinadas las 
cabezas. Abrazólos en nombre de todos los presentes y ausentes, man¬ 
dóse apregonar por Re}" é señor de Tezcuco, 3" con gran ruido se ten¬ 
dieron por el aire las banderas y estandartes n ales con las armas del 
nuevo Rey 3" de la ciudad. 

Concluido desta manera este tan solemne acto, se levantó Cortés, y 
tomándole por la mano, tratándole con más respecto que antes, le traxo 
á su aposento, donde le dixo cómo se había de haber con sus vasallos v 
qué orden tendría para atraer á los demás, los cuales como supieron la 
nueva elección, de veinte en veinte y de ciento en ciento se volvieron a 
la ciudad, que no poco contento dió á Cortés. 






ÍJBRO OUIXTO.- CAP. Lí.\ 


587 - 


CAPITULO LIX 

DE CÓMO LOS SEÑORES DE GUATINCII.\X Y GUAXÜTA VIXIERO.X Á DECIR Ñ 

CORTÉS CÓMO TODO EL PODER DE CULIIÚA VEXÍA SOBRE Éí. Y DE Í.O QUE 

ÉL RESPOXDIÓ Y HIZO 

Dos días después de la elección de Don Fernando, ya que los más 
de los tezcucanos habían vuelto á la ciudad y Cortés ganaba cada día 
mayor autoridad y crédicto, vinieron de repente muy alterados los se¬ 
ñores de Guatinchan y Guaxuta á Cortés, diciéndole que supiese de cier¬ 
to cómo todo el poder de Culhúa venía sobre él y los suyos, determi¬ 
nados de no dexar hombre á vida, y que toda la tierra estaba llena de 
enemigos; por tanto, que viese lo que habían de hacer, porque ellos no 
estaban determinados si traerían sus hijos y mujeres adonde él estaba, ó 
los meterían la sierra adentro, tanto era su temor. Cortés, nada alterado 
desta nueva, les respondió que no tuviesen miedo ni saliesen de sus casas, 
porque aunque fuesen más que las hierbas del campo, no había por qué. 
estando él allí, que temer, especialmente siendo crueles y tiranos, y que 
no era bien por vía alguna mostrar que los temían, pero como hombres 
valientes y de consejo recogiesen las mujeres, niños y viejos en las casas 
más fuertes, y los demás estuviesen apercebidcs y pusiesen sus velas y 
escuchas dobles por toda la tierra, y en viendo ó sabiendo que los con¬ 
trarios venían, se lo hiciesen saber, porque saldría luego con su gente, 
así la de á caballo [como] con la que de á pie fuese más menester, y 
verían la riza y estrago que en ellos hacía. 

Con esto, muy animados se volvieron á su tierra aquellos señores, 
poniendo al pie de la letra por obra lo que Cortés Ies había dicho, lo cual 
hicieron con mucho concierto y ánimo, por el que rescibieron en tener 
tan seguras las espaldas. 

Cortés luego aquella noche apercibió toda su gente, puso muc.has ve-* 
ías y escuchas en todas las partes que vió ser nescesario ; no se hizo vela 
por cuartos, porque ninguno durmió aquella noche, esperando que ellos ó 
los otros ó todos juntos fueran acometidos, que fuera fácil á los enemigo^ 
según eran casi infinitos, si tuvieran ánimo. Con este cuidado también 
estuvieron lo más del día siguiente y los enemigos no vinieron ni per¬ 
turbaron á los señores de Guatinchan y Guaxuta, ó porque no osaron, ó 
porque de sus espías, que es lo más creíble, entendieron cuán á punto 
estaban los unos y los otros, y así, como gavilanes de poca presa, se 
ocuparon en hacer daño en los indios de carga que proveían á los espa¬ 
ñoles, de los cuales mataron muchos alderredor del alaguna é hicieron 
otros saltos, procurando tomar indios vivos, especialmente tlaxcaltecas, 
sus mortales enemigos, para despacio encruelescerse en ellos, sacrifi¬ 
cándolos con diversos tormentos; y para hacer esto y otros mayores 
daños se confederaron con dos pueblos subjectos á Tezcuco. los má> 


588 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


cercanos al alaguna, donde hicieron acequias, albarradas y otros mu¬ 
chos reparos para desde allí, á su salvo, hacer todo el daño que pudiesen. 


CAPITULO LX 

CÓMO CORTÉS DIÓ SOBRE AQUELLOS PUEBLOS Y ELLOS LE PIDIERON PERDÓN. 

Y LO QUE SOBRE ESTO HIZO 

Entendiendo esto Cortés, para atajar el fuego que de secreto se iba 
encendiendo, y estorbar los daños que se hacían, otro día que esto supo 
salió con doce de á caballo y docientos peones, dos tiros pequeños de 
campo y algunos tlaxcaltecas. Andada legua y media, que poco más había 
hasta los pueblos, topó con unas espías, mató algunas, prendió á las más, 
alanceó á muchos que se le pusieron en defensa. Llegó á los pueblos, 
batió los fuertes, hizo mueho daño, porque quemó muchas casas, des- 
portiHó las albarradas y forzó á muchos que echándose al agua salvasen 
las vidas. 

Con esta victoria volvió tan alegre cuanto los otros quedaron de tris¬ 
tes, confusos y perdidosos, de los cuales otro día por la mañana tres 
principales con algunos que los acompañaban, vinieron á Cortés, dicién- 
dole palabras de grande arrepentimiento, suplicándole con grandes re¬ 
verencias (que las hacen bien á menudo) que no los destruyese más y 
rjue con la emienda que habría, vería cuán arrepentidos estaban de lo 
hecho, en lo cual habían sido engañados, y que primero morirían mili 
Tnuertes, que en ningún tiempo rescibiesen en sus pueblos á los mexicanos. 
Cortés, como vió que de su voluntad se habían venido y que no eran per¬ 
sonas de ,mucha cuenta y que eran vasallos de Don Fernando, á quien 
deseaba hacer placer, los perdonó con buena gracia, amenazándolos bra¬ 
vamente de que si otra les acaesciese, no dexaría hombre á vida. Fué- 
Tonse con esto. 

Otro día volvieron de la misma población unos indios descalabrados, 
diciendo cómo los mexicanos habían vuelto á fortalescerse en sus pueblos 
y que defendiéndoselo bravamente les habían muerto algunos, herido y 
prendido á muchos, y que á no defenderse se señorearan de los pueblos, 
y que pues ellos habían hecho el deber y cumplido lo que habían prome* 
tido, le suplicaban estuviese á punto para cuando le diesen aviso que los 
enemigos venían, para socorrerlos y destruirlos, porque tenían por cierto 
que habían de volver con más gente para meterse en los pueblos. Cortés 
les egradesció lo hecho, hizo- curar los heridos, de que ellos rescibieron 
gran contento; díxoles estuviesen muy sobre aviso, puestas espías^ y que 
cuando entendiesen que los enemigos venían le diesen noticia, porque lue¬ 
go saldría él en socorro, de manera que otra vez no volviesen. Con esto, 
muv contentos, aunque descalabrados, se volvieron á sus pueblos. 






lAV.RO OUIXTO.- -CAP. LXI 


5S(;. 


CAPITULO LXI 

CÓ.MO LOS DE CIIALCO PIDíEPvON SOCORRO A CORTÉS V DE LO QUE RESPüXDiÓ 
Y DE CÓ.AÍO LE VIXIERON MEXSAJEROS DE TRES PR0V1XCL\S 


En el entretanto vinieron mensajeros de la provincia de Chalco, tam¬ 
bién harto nescesitados del favor de Cortés, porque como se habían de¬ 
clarado por amigos de los cristianos y dados por vasallos del Emperador, 
los de Culhúa les hacían brava guerra, no dexáridolos de noche ni de día. 
Suplicaron con grande instancia á Cortés les diese españoles con que se 
defendiese[n], y le avisaron que supiese que los enemigos estaban tan en¬ 
carnizados que cada día convocaban y percebían gentes para acabarlos 
del todo, y que á él le convenía dar socorro, así porque ellos ya eran su¬ 
yos, como porque muertos ellos, otros de los amigos se saldrían afuera 
y los enemigos contra él se harían más poderosos. Mucha fuerza tuvieron 
estas palabras y no poco movieron el pecho á Cortés; pero como cada día 
esperaba de inviar gente á Tlaxcala para traer los bergantines, no se de¬ 
terminó á darles el socorro que pedían, porque sin hacer falta notable 
y correr mucho peligro no podía acudir á tantas partes, aunque en todo 
hacía lo que podía, y así, con las mejores palabras que supo, les dixo que 
porque á la sazón quería inviar por los bergantines y para ello tenía aper- 
cebidos á todos los de las provincias de Tlaxcala, de donde se habían de, 
traer en piezas, y tenía nescesidad, por los infinitos enemigos que de por 
medio había, de inviar para ello toda la más gente de á caballo y de á 
pie que pudiese, no podía darles al presente el socorro que pedían ; pero 
que pues las provincias de Guaxocingo y Cholula é Gnachachula eran 
vasallos del Emperador y amigos de los cristianos, fuesen á ellos y de su 
parte les rogasen, pues vivían tan cerca, les ayudasen y socorriesen, in- 
viando gente de guarnición en el entretanto que él les socorría. Ellos, aun¬ 
que no quedaron muy contentos con esta repuesta, por no perder su amis¬ 
tad, se lo agradescieron, porque en más tenían un español que cincuenta 
mili indios, y rogáronle que pues ya no se podía hacer otra cosa, para 
que fuesen creídos, les diese una carta suya y también para que con más 
seguridad y osadía se lo osasen rogar, porque entre ellos y los de las dos 
provincias, como eran de diversas parcialidades, había habido diferencia'^ 
de donde habían nascido antiguos odios. 

Estando en esto, llegaron mensajeros de aquellas provincias, Guaxo¬ 
cingo, Guacachula y Cholula, y estando presentes los de Chalco, dando 
primero, como suelen, sus presentes, dixeron á Cortés cómo los señorea 
de aquellas provincias no habían sabido dél después que había partido 
de la provincia de Tlaxcala, aunque siempre habían tenido sus velas 
puestas por las sierras y cerros que confinan con su tierra y sojuzgan 
las de México, para que viendo ahumadas, que son señales de guerra, 
le viniesen á ayudar y socorrer con sus vasallos y gente, y que porque 


CRÓXICA DE LA XUEVA ESPAÑA 


590 

3 cá habían visto más ahumadas que nunca, venían á saber cómo estaba 
y si tenía nescesidad, para luego proveerle de gente de guerra. 


’ CAPIPTULO LXII 

DE LO QUE CORTÉS RESPONDIÓ Á LOS MENSAJEROS V CÓJÍO CONFEDERÓ 
É HIZO AMIGOS A LOS DE CHALCO CON ELLOS 


Gran contento rescibió Cortés con tan buena embaxada, y más por 
-ofrescerse tan buena ocasión en que pudiese confederar á los de Chalco 
con los de aquellas provincias: y así para hacer esto mejor, mandando 
dar de beber á los mensajeros, que eran personas principales y entre ellos 
los más sabios, haciéndoles otras caricias, les dixo que á ellos agradescía 
mucho su venida, y [á] aquellos señores la enviada y el ofrescimiento, que 
tenía en tanto cuanto era razón, y que asi á él y á los suyos de ahí adelante 
tenían más obligados para hacer por ellos todo lo que se ofresciese, y 
que al presente no tenía nescesidad de su socorro, porque, bendicto Dios 
que les daba fuerzas y ánimo, aunque cada día se juntaban más enemigos, 
había salido siempre victorioso de los recuentros y batallas que con ellos 
había tenido, y que aunque fuesen muchos más, pensaba, con el favor 
de su Dios, como había hecho, destruirlos; pero que si algo se ofresciese 
en que los hubiese menester, como á sus hermanos, los enviaría á llamar; 
y que pues dellos tenia tanto crédicto y confianza y ellos habian llegado 
á tan buen tiempo, que los de Chalco estuviesen presentes, les rogaba 
mucho que olvidadas y echadas pasiones aparte, pues ya todos eran sus 
amigos y vasallos del Emperador, se confederasen y de ahí adelante se 
hiciesen buena amistad y se aliasen y confederasen, por que desta manera 
se vengasen de los de Culhúa, y que nunca, para mostrar su esfuerzo y 
valor, habian tenido mejor ocasión, que los de Culhúa molestaban y fa¬ 
tigaban á los de Chalco, á los cuales les rogaba socorriesen y ayudasen 
en el entretanto que él inviaba por los bergantines, y que por este placer 
les prometía de hacerles muy buenas obras cuando menester lo hubiesen. 

Mucho se holgaron los unos y los otros con estas palabras, porque 
se sintieron muy favorescidos. y así. con mucho amor, hecha cierta ceri- 
monia, se hicieron amigos en nombre de sus repúblicas y lo fueron de 
ahí adelante, tanto que en el discurso de la guerra se ayudaron y favores- 
-cieron como hermanos. 







LIBRO QUINTO. -CAP. LXIII 


591 


}• 


CAPITULO LXIII 

CÓMO CORTÉS SUPO QUE LOS BERGANTINES ESTABAN HECHOS Y QUE HABÍA 
LLEGADO UN NAVIO AL PUERTO, Y DEL HECHO QUE HIZO UN ESPAÑOL 


Los soldados que Cortés había dexado con Martín López en la pro> 
vincia de Tlaxcala, haciendo los bergantines, que fueron la fuerza de 
los nuestros, tuvieron nueva cómo había llegado al puerto de la Vera- 
cruz una nao en que venían, sin los marineros, treinta ó cuarenta españo¬ 
les, y entre ellos algunos ballesteros, ocho caballos y escopetas y pólvora, 
cosas para en aquel tiempo harto nesqesarias y bien deseadas, y como 
oqueilos soldados no habían sabido cómo les iba en la guerra á los de 
Cortés ni tenían seguridad para pasar donde ellos estaban, tenían gran 
pena y estaban allí detenidos otros españoles que no se atrevían á venir, 
aunque deseaban mucho traer á Cortés tan buena nueva; pero como 
^ntre los españoles jamás faltaron hombres que con grande ánimo dexa- 
sen de abalanzarse á grandes cosas, por muy peligrosas y dificultosas 
que fuesen, un criado de Cortés, mozo de hasta veinte y cinco años, aun¬ 
que estaba pregonado y mandado so graves penas que ninguno saliese de 
Tlaxcala sin expreso mandado de Cortés, como vido que con cosa ninguna 
su señor habría más placer que con saber de la venida de la nao y del 
socorro que traía é que á tan buen tiempo estuviesen acabados los ber¬ 
gantines, aunque la tierra estaba tan peligrosa, se salió de noche, la cual 
caminó á muy grande furia con el mantenimiento que pudo sacar, me¬ 
tiéndose de día en las partes más ocultas y secretas que podía hallar. 
Vióse dos ó tres veces en trance de morir. Finalmente, como hombre ven¬ 
turoso y de gran ánimo y esfuerzo, llegó muy alegre á Tezcuco, de que no 
poco se maravilló todo el real de los españoles é aun el de los indios ami¬ 
gos, como hombres más temerosos y que sabían mejor que los nuestros 
las crueldades de los enemigos y los muchos que dellos había en los pa¬ 
sos más peligrosos; le miraban y aun tocaban con las manos como cosa 
muy extraña, diciendo que si no se había hecho invisible, no sabían cómo 
Labia podido pasar sin que le matasen. Aquella noche en los dos reales, 
por las buenas nuevas, se hicieron alegrías, dieron al mancebo muchos 
de los principales y Cortés las albricias que pudieron, aunque él las meres- 
-cía muy grandes. 


592 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO LXIV 

CÓMO CORTÉS INVIÓ Á SANDOVAL POR I OS BERGANTINES 
Y DE LO QUE MÁS LE MANDÓ Y ÉL HIZO 

Aluy lleno de grandes esperanzas con tan buenas nuevas tenía Cortés 
el pecho, las cuales le rebosaban por la boca, porque después de dar gra¬ 
cias á Dios, decía palabras pronietedoras de prósperos subcesos y con 
que mucho animaba y aliviaba á los suyos de los trabajos pasados, por 
que no se le fuese de las manos su próspera fortuna. Desde á tres días 
que rescibió la nueva, despachó á Gonzalo de Sandoval con quince de 
caballo y docientos peones para que traxese seguro por sus piezas los 
bergantines y la gente que con ellos había de venir. Mandóle con esto 
que de camino destruyese, quemase y asolase el pueblo de Zultepeque. 
que los nuestros después llamaron el pueblo morisco, subjecto á la ciudad 
de Tezcuco, que alinda con los términos de Tlaxcala, porque los naturales 
dél habían muerto cinco hombres de caballo é cuarenta y cinco peones é 
trecientos tlaxcaltecas que venían de la villa de la Veracruz á la ciudad 
de México cuando Cortés estaba cercado en ella. No creyendo que tan 
gran traición se hiciera á los nuestros, aumentó la indignación y coraje 
de Cortés hallar cuando llegó á Tezcuco, en los adoratorios ó templos 
de los indios, los cueros de los cinco caballos con sus pies y manos y 
heraduras, cocidos y tan bien adobados como en todo el mundo lo pudie¬ 
ran hacer, y no contentos con esto, para mayor magnifestación de su 
traición, que ellos tenían por señalada victoria, ofrescieron á sus ídolos 
la ropa y armas de los desventurados españoles. Hallaron con esto la 
sangre dellos derramada y sacrificada por todos aquellos adoratorios y 
templos, que cierto fué cosa de tanta lástima que les renovó todas las 
tribulaciones y trabajos pasados. 

Sandoval, que desto no menos enojado estaba que Cortés, tomó el 
negocio bien á cargo, aunque Motolinea dice que en este caso siempre 
se excusaron los de Tezcuco de haber prendido y muerto los españoles, 
afirmando haberlo hecho las guarniciones de México, que después lle¬ 
varon á sacrificar y comer los españoles á Tezcuco; pero estonces, para 
que esto no sea creíble, no eran nada amigos los tezcucanos dé los nues¬ 
tros, y así, conforme á lo que Cortés escribió al Emperador, y otros 
conquistadores, dixeron [que] los de Tezcuco fueron en esta maldad; y 
porque parescerá dificultoso de creer que sin gran resistencia y muertes de 
los indios fuesen presos y muertos tantos españoles, diré cómo pasó. 





LIBRO QUINTO—CAP. LXV 


593 


CAPITULO LXV 

DE LA TRi\IClÓN CON QUE LOS DEL PUEBLO jNIORISCO 
PRENDIERON Y MATARON TANTOS ESPAÑOLES 

Yendo, pues, todos aquellos españoles juntos, confiados en- ir tantos, 
pasaron por aquel pueblo, en el cual los vecinos les hicieron muy buen 
rescibimiento para mejor asegurarlos y hacer en ellos la mayor crueldad 
que nunca se hizo. Ya que del pueblo habían salido, aunque otros dicen 
antes de entrar, baxando por una cuesta que hacía un mal paso muy 
estrecho y angosto, que por los lados no se podía subir ni daba lugar 
donde los hombres se meneasen, cuanto más los caballos, llevándolos de 
diestro, é yendo unos en pos de otros, por el angostura del paso, los ene¬ 
migos, que estaban puestos en celada de la una parte y de la otra, con 
tanta furia y alarido los tomaron en medio, que en muy breve espacio, 
matando dellos, los demás tomaron á manos para traerlos á Tezcuco, 
donde, con muchas invenciones de crueldades, los sacrificaron y saca- 
ron los corazones, untando con ellos los rostros de sus ídolos. 

Motolinea, aunque cuenta esto mismo, dice que es más de creer que 
los tomaron de noche, durmiendo, porque por toda aquella tierra no hay 
cuesta agra ni que allegue á un tiro de ballesta, ni que sea menester 
apearse del caballo para subirla ni baxarla, y que este camino es de todos 
bien conoscido, que va de la Veracruz á México, y que el principal 
pueblo donde esto acaeció fué donde hoy está la venta de Capulalpa. A 
esto lo que se puede decir es que no vive más el leal de cuanto quiere 
el traidor, y que hombres asegurados no es mucho que los maten, aunque 
sea en llano, especialmente habiendo sido tantos en prenderlos y matarlos ; 
y que no fuese de noche paresce claro por dos cosas: la una, porque los 
indios jamás acometían de noche, y la otra porque los españoles siempre 
se velan, y en lo que toca al camino, poco hay dél que no tenga cuestas 
y barrancas. 


CAPITULO LXVI 

CÓMO SANDOVAL SE PARTIÓ É DE UN RETULO QUE VIÓ, 

É DEL CASTIGO QUE EN EL PUEBLO HIZO 

Salió Sandoval con gran determinación de asolar y destruir aquel 
pueblo, así por lo que Cortés le había mandado, como porque un poco 
antes que llegase al pueblo halló escripto de carbón en una pared blanca 
de una gran sala que había en unos aposentos: “Aquí estuvo preso el sin 
ventura de Joan Juste, que era un hijodalgo de los cinco de á caballo.” 
Gran lástima puso este letrero á los que le leyeron, porque era uno de 

38 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


594 

los más valientes y de más consejo que en el real se pudiera hallar, y así. 
todos unánimes los que con Sandoval iban, determinaron de vengar á 
fuego y á sangre tan gran maldad; pero los del pueblo, conosciendo la 
traición grande que habían hecho, sabiendo que Sandoval se acercaba, 
aunque eran muchos y se pudieran poner en resistencia, determinaron á 
toda priesa, con todos los niños y mujeres, salirse dél. Sandoval los si¬ 
guió, alanceó á muchos, prendió y captivó muclias mujeres y muchachos 
que no pudieron andar tanto, los cuales se dieron después por esclavos, 
atenta la gravedad del delicto. Siguió el alcance, alanceando y matando 
no tantos cuantos pudiera, porque como iban en huida y desordenados 
no pudieron hacer resistencia. 

Aplacó su saña Sandoval con la sangre de los muertos y con la poca 
resistencia y más con los ruegos y lágrimas, que acerca de los caballeros 
pueden mucho, que las mujeres y muchachos derramaban, arrojándosele 
á los pies del caballo, confesando la crueldad de su delicto; pidieron mi¬ 
sericordia por sí, por sus padres y maridos. No se dexó Sandoval rogar 
mucho, que condisción es del ánimo fuerte y generoso ser piadoso con 
el rendido. Mandó hacer alto y que nadie de los suyos pasase adelante 
ni diese herida á indio alguno aunque pudiese, y así, antes que de allí 
partiese, haciendo señal de paz, hizo recoger la gente que quedaba en el 
pueblo y la que había ido adelante. Vinieron todos á su presencia, aunque 
algunos con recelo. Juntos todos, confesaron su maldad, diciendo que el 
demonio los había engañado y persuadido que lo hiciesen y que bien vían 
que en su mano estaba su muerte ó su vida; que hiciese como valiente 
caballero en dar vida á los que se la pedían y que bastase la sangre que 
había derramado y los que había preso y captivado, y que le prometían 
de nunca más creer al demonio y de ser muy leales vasallos del Empera¬ 
dor y grandes amigos de los cristianos. 

Con estas y otras palabras que la nescesidad y aprieto en que se 
vían les enseñaba, acabaron de ablandar el pecho á Sandoval y á sus 
compañeros, el cual, con palabras graves y severas, los amenazó con que 
si otra vez les acaesciese otra tal, aunque fuese de palabra, contra algún 
español, que los había de quemar hasta los niños en las cunas, y que. es¬ 
tuviesen ciertos que estonces no bastarían ruegos ni lágrimas. Con esto 
los dexó, diciéndoles que se acabasen de juntar é hiciesen el deber, como 
después lo hicieron. 


CAPITULO LXVn 

CÓMO EN EL ENTRETANTO QUE SANDOVAL CAMINABA. 

LOS ESPAÑOLES SALIERON CON LA TABLAZÓN DE LOS BERGANTINES 

Al tiempo que Sandoval proseguía su camino, Alonso de Ojeda, Joan 
Márquez é Joan González y otros dos españoles determinaron, porque 
se les había acabado el tiempo en que Cortés les había mandado traxesen 




LIBRO QUINTO.—CAP. LXVIÍI SqS 

los bergantines, salir con ellos, aunque eran pocos, para meterse por 
tierra ele guerra. Estos mismos españoles, saliendo de Tezcuco aquella 
noche, anduvieron catorce leguas, de manera que otro día bien temprano 
llegaron á Tlaxcala, apercibieron la gente, estuvieron cinco días en hacer 
esto; al sexto salieron con la ligazón, tablazón y demás aparato á un 
pueblo que se dice Gaulipa, donde se había de juntar la gente de guerra 
para asegurar los españoles y tamemes. Juntáronse ciento y ochenta 
mili hombres, estuvieron en aquel pueblo ocho días detenidos, aguardando 
que Cortés inviase algún Capitán con gente á rescebirlos al camino, 
aunque los tlaxcaltecas, como eran tantos y tan valientes, muchas veces 
• dixeron que no eran menester más españoles para que ellos pusiesen en 
Tezcuco los bergantines sin que un palo se perdiese, y que primero 
morirían ellos sin quedar hombre á vida, que consentir llegar á los ta¬ 
memes. Alonso de Ojeda, por no pasar de lo que su General le había 
mandado, aunque con tanta gente iba seguro, detúvose un poco, no mos¬ 
trando cobardía, sino diciéndoles que aunque se acertase y subcediese 
bien, lo que el soldado hace contra el mandamiento de su Capitán no es 
bueno y meresce ser muy bien castigado, porque no está obligado á 
más de á obedescer, especialmente á Cortés, que tan valeroso y sabio 
Capitán era. Con esto no porfiaron los indios, viendo que como ellos 
bacían, se ha de obedescer al Capitán. 


CAPITULO LXVni 

CÓMO SAXDOVAL TOPÓ CON LOS QUE TRAÍAN LOS BERGANTINES 
V EL ORDEN CON QUE VENÍAN 

Con todo esto, viendo que el Capitán que esperaban se detenía, partió 
Ojeda de Guaulipa, hizo noche en unas cabañas que eran términos de 
la gente de guerra de Capulalpa, y estando aquella noche velándose los 
señores de Tlaxcala y sus Capitanes por su orden y concierto, que á su 
modo le tenían bien grande, á hora de media noche oyeron los nuestros 
cascabeles, que eran de tres caballos en que venían tres españoles de la 
compañía de Gonzalo de Sandoval, el cual, adelantándose una legua de 
todos los demás de su compañía, como había visto grandes fuegos, invió 
aquellos tres á descubrir qué cosa era, y él los siguió con dos compañeros 
solos. Los tres, como reconoscieron que era la gente de los bergantines 
corrieron con gran alegría hacia los nuestros, á los cuales dixeron que 
allí venía el Capitán Sandoval y que la demás gente quedaría una legua 
de allí. Llegó luego Sandoval, aunque Ojeda dice que quedó con el 
cuerpo del exército, por la matanza que el día antes había hecho, y que 
los tres de á caballo volvieron luego á darle la mueva de lo que pasaba. 
Sea como fuere, va poco en esto. 

Otro día, bien de mañana, alzó el real Ojeda, marchando con el 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


396 

orden y concierto con que había salido de Tlaxcala, y como Sandoval 
también partió de mañana, viniéronse á topar á la mitad del camino, 
donde tendidas las banderas del un exército y del otro, tocando de 
ambas partes la música que traían, fué grande el alegría que los unos 
con los otros rescibieron. Apeóse Sandoval, abrazó á aquellos señores 
tlaxcaltecas y á los Capitanes y Alférez, holgóse mucho con ellos, agra- 
desciéndoles mucho la venida y el grande ánimo con que se habían deter¬ 
minado de salir sin esperarle. Ellos le preguntaron cómo quedaba el 
General, y respondiéndole que bueno y con deseo de verlos, le repli¬ 
caron que mayor le traían ellos de verlo á él, porque ya no vían la hora 
que los bergantines se armasen para verse á las manos con los mexi¬ 
canos. 

En estas y otras razones se detuvieron un rato, y como era de ma¬ 
ñana tornaron á marchar, repartiendo Sandoval la gente española de á 
caballo y de á pie, de manera que la mitad iba en la vanguardia y la 
mitad en la retroguardia. Y porque fué de ver y digno de escrebir el con¬ 
cierto con que marchaban, decirlo he en el capítulo que se sigue. Vi¬ 
nieron aquella noche á donuir al pueblo morisco, donde habían muerto 
á Joan Juste y á Moría y sus compañeros y tomádoles la plata que lle¬ 
vaban. 


CAPITULO LXIX 

DONDE SE PROSIGUE EL ORDEN Y CONCIERTO CON QUE IBAN LOS INDIOS 
HASTA LLEGAR Á TEZCUCO 

Traían la tablazón é (*) ligazón de los bergantines más de ocho mili 
hombres de dos en dos, sin salir el uno del otro, que era cosa bien de 
ver y así bien digna de escrebir é oir, pues se ha visto pocas veces que 
la tablazón é ligazón de trece fustas se llevase en hombros veinte leguas, 
por tierra cuajada de enemigos. Duraba el orden desde la vanguardia 
hasta la retroguardia casi dos leguas. En la delantera iban ocho de á 
caballo y cient españoles de á pie; á los lados della, por Capitanes de 
más de diez mili hombres de guerra, Ayutecatl y Teutepil, señores de los 
principales de Tlaxcala, y en la rezaga venían otros tantos españoles con 
otros ocho de á caballo y en ella venía por Capitán con otros diez 
mili hombres de guerra muy bien adereszados Chichimecatle, uno de los 
más principales señores de aquella provincia, con otros Capitanes que 
traía consigo. La demás gente de guerra, que era la que dixe, se volvió 
porque no era menester. , 

Había en este orden sargento mayor y otros sargentos y un General 
que iba é venía, poniendo en concierto la gente; llevaban las banderas 


(*) En el Ms. “ó”. 






LIBRO QUINTO.—CAP. LXX 


5 (j 7 

tendidas, no cesando el ruido de la música; andaba el General siempre 
al lado del General Sandoval. Caminaron por este concierto y orden 
hasta llegar á los términos de Culhúa, donde, como diré, se trocó el 
orden. 


CAPITULO LXX 

CÓMO, ENTRANDO POR LOS TERMINOS DE MEXICO, SE TROCÓ EL ORDEN, 
Y DE LO QUE DIXO EL CAPITÁN QUE LLEVABA LA DELANTERA 

Como entraron con este orden los indios tlaxcaltecas por la tierra 
de Culhúa, recelándose los Maestros de los bergantines de alguna em¬ 
boscada, porque toda era tierra de enemigos, determinaron de mudar el 
orden, mandando que en la delantera fu^se la ligazón de los bergantines, 
y que la tablazón se quedase atrás, porque era cosa de más embarazo, 
por si algo les acaeciese, lo cual, si fuera, había de ser en la delantera. 
Chichimecatl, que traía con su gente de guerra la tablazón y había ve¬ 
nido siempre en la delantera, tomólo por gran afrenta, diciendo que por 
la tierra de sus enemigos quería entrar como había venido, en la van¬ 
guardia, y que primero moriría que consintiese tal afrenta, que él y los 
de su linaje habían siempre seguido la guerra y que jamás se habían 
puesto sino en los lugares donde había de acudir el ímpitu y furia de los 
enemigos, y que así, á la entrada de México había de ir él delantero, y que 
sobre esto no le porfiasen, porque con su gente se volvería á Tlaxcala. 
Los Maestros le replicaron cuán entendido tenían su gran esfuerzo y va¬ 
lor é que no lo hacían por afrentarlo ni tener su persona en menos, sino 
porque la tablazón convenía quedase atrás, por ser de más embarazo, 
si los enemigos saliesen; y que para esto convenía que él y los suyos, 
que eran más valientes, quedasen atrás, para que si los delanteros hu¬ 
yesen, él los rescibiese y hiciese cara á los enemigos; y que porque no 
había otro que como él lo pudiese hacer, le rogaban mudase lugar y no 
lo rescibiese por afrenta, pues por darle más honra lo hacían. El, per¬ 
suadido, aunque con harta dificultad, dixo que lo haría, pero que no 
habían de ir españoles en su goarda, Sandoval condescendió con él, por¬ 
que, cierto, era muy valiente y de gran consejo en la guerra y holgó que 
ganase aquella honra, pues ya no iba en la delantera. 

Llevaban los Capitanes dos mili indios cargados con su vitualla, y 
así con este orden y concierto prosiguieron su camino, en el cual se de¬ 
tuvieron tres días. Adelantándose Martín López, halló á Cortés comiendo 
y le dixo: “Señor, bien comerá vuestra Merced hoy con el presente que 
le traemos; acuérdese vuestra Merced á su tiempo del servicio que le he 
hecho.” Cortés no pudo comer más de contento, levantóse de la mesa, 
abrazólo y apercibióse para salir. 

Al cuarto día entró en la ciudad de Tezcuco Sandoval con toda su 


CRÓXICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


598 

gente, con gran contento y ruido de todas músicas, que cierto fué cosa 
muv de ver, así por el orden y multitud de gente con que entraron, como- 
por las hermosas devisas y ricos adereszos que traían, con que mucho 
lucían. Saliólos á rescebir Cortés, vestido de fiesta, aunque armado 
de secreto, con todos los demás sus compañeros que tenía. Rescibió 
con grande alegría aquellos señores tlaxcaltecas y á los Capitanes y de¬ 
más gente. Mirábanle y reverenciábanle como á cosa del cielo, y así le 
llamaban hijo del sol. 

Tardó tanto en entrar la gente, que desde que los primeros comen¬ 
zaron hasta que los postreros acabaron se pasaron más de seis horas 
sin quebrar el hilo de la gente; é después que ya todos hubieron entrado, 
Cortés, acompañado de aquellos señores, se volvió á su aposento, donde 
de nuevo, haciéndoles grandes caricias, agradesciéndoles las buenas obras 
que habían hecho, los mandó aposentar y proveer de lo nescesario lo 
mejor que ser pudo. Ellos al despedirse le dixeron que venían con gran 
deseo de verse con los de Culhúa, que viese lo que mandaba, porque 
ellos y su gente y la demás que quedaba en Tlaxcala estaban de propósito- 
de se vengar ó morir con los cristianos, y que tenían por cierto, según 
eran grandes las maldades de los de Culhúa, que por muchos más que 
fuesen, con el ayuda y favor de los cristianos, los destruirían é asolarían 
y se enseñorearían de sus mujeres, hijos y tierras é haciendas, y que 
en esto estaban tan determinados que, aunque lloviesen mexicanos ó las 
hierbas se tornasen hombres, no habían de volver paso atrás sin que 
primero venciesen ó perdiesen la vida en la demanda. 

Cortés holgó cuanto debía con tan buena determinación : respondióles 
que nunca los tlaxcaltecas (según él había oído decir) jamás habían 
hablado ni peleado sino como nascidos para la guerra y ganar en ella 
gran prez y honra; que reposasen y descansasen, que presto les daría 
fes manos llenas. 


CAPITULO LXXI 

CÓMO, LLEGADA LA TABLAZÓN Y LIGAZÓN DE LOS BERG.\NTINES, VINO SOCO¬ 
RRO DE ESPAÑOLES Y CABALLOS QUE HABÍAN VENIDO DE SANCTO DO¬ 
MINGO, Y DE LO QUE CORTÉS LES DIÑO Y ELLOS RESPONDIERON 

Encaminaba Dios los negocios de Cortés tan prósperamente, que no 
habían acabado de llegar los tlaxcaltecas con la ligazón y tablazón de los 
bergantines, que de tanta importancia fueron, cuando luego tuvo nuevas 
cómo habían llegado navios al puerto, que fué al principio del mes de 
Marzo del año de mili é quinientos é veinte é uno. Llegó primero el teso¬ 
rero Julián de Alderete, que fué el primero Tesorero de Su Majestad 
en esta Nueva España. Vino con él el almirante Don Diego Colón, de 
España á Sancto Domingo, en fin del año de quinientos y veinte, con quien 





LIBRO QUINTO.—CAP. LX.XI 


599 

vino mucha gente, y á este mismo tiempo los indios de la costa que lla¬ 
man de Las Perlas, que es cosa notable, se rebelaron, matando muchos 
españoles, tanto que los que quedaron, dexando la tierra, se vinieron 
á Sancto Domingo y con el Tesorero y otros se embarcaron en cuatro na¬ 
vios con muchos caballos y armas. 

Traía el tesorero Alderete un navio por sí, en que traía criados, ca¬ 
ballos y armas. Vino Rodrigo de Bastidas, vecino de Sancto Domingo, 
con dos navios, el uno muy grande, cuyo Capitán era Jerónimo Ruiz de 
la ]Mota, natural de Burgos, que también fue después Capitán. Venían en 
este navio, como era tan grande, muchos hijosdalgo, y entre ellos Fran¬ 
cisco de Orduña, muchos caballos y armas y otros pertrechos. 

Vino asimismo otro navio del Licenciado Ayllón, Oidor de la Españo¬ 
la, también con hombres, armas y caballos. Llegaron á tan buen tiempo que 
no pudo ser mejor. Serían los hombres de guerra casi docientos y los ca¬ 
ballos é yeguas de silla más de ochenta, muchas y muy buenas armas, 
artillería y munición bastante, con la cual se hizo después gran hacienda, 
de manera que con los que Cortés tenía y después llegaron halló casi mili 
hombres de armas tomar, con que, como era razón, estaba muy contento. 
Fueron rescebidos estos Capitanes y la demás gente con gran alegría en 
la villa de la Veracrnz, de la cual se despacharon lo más breve que pu¬ 
dieron, porque cada día se les hacía un año hasta verse con el General, 
el cual hasta ver los nuestros no sosegaba, y así, cuando llegaron á Tez- 
cuco, porque vinieron en muy gentil orden, los salió á rescebir, acompaña¬ 
do de sus Capitanes y otros soldados de preeminencia. Rescibió al Te¬ 
sorero y á Jerónimo Ruiz de la Mota y á los otros Capitanes con muy 
grande alegría y contento, tanto que primero que le dixesen palabra, les 
dixo: ‘'Caballeros muy deseados: Más de mili veces seáis bien venidos, 
que Dios, cuyo negocio tratamos, os ha traído buenos y sanos para ade¬ 
lantaros en esta tierra y tomaros por instrumento para que su sancta fee 
se plante y el demonio pierda la silla que tanto tiempo ha tenido usur¬ 
pada.’' Con esto los abrazó, y á ellos de alegría se les arrasaron los ojos 
de agua, y respondiendo por todos el Tesorero, como Oficial del Rey, le 
dixo: “Todos nuestros trabajos, valeroso y venturoso Capitán, meresce- 
dor de la empresa que entre las manos tenemos, damos por bien emplea¬ 
dos, porque claro se nos trasluce la victoria que Dios nos ha de dar con¬ 
tra su adversario el demonio, y esperamos en Dios que pues á tan buen 
tiempo venimos, le hemos de hacer algún gran servicio, para que 
de nosotros quede perpectua memoria.” Jerónimo Ruiz, que muy 
entendido y leído era, á esto añidió otras muchas, buenas y avisadas 
razones. 

Desta manera entraron en Tezcuco, hundiéndose la ciudad del ruido 
que las músicas hacian, así de los tlaxcaltecas, que como á hermanos los 
rescibieron, como de los españoles, que como á su sangre los deseaban 
Hiciéronse aquella noche muchas alegrías; regocijáronse el otro día tan¬ 
to los unos con los otros, que no se podía entender en cuales había más 


6 oo 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


contento, ó en los que vinieron, por haber llegado á tan buen tiempo, ó en 
los que estaban, por ver que ya tenían la empresa en las manos. 


CAPITULO LXXII 

•CÓMO SE ARMARON LOS BERGANTINES Y DE LA MANERA CÓMO SE ECHARON 
AL AGUA Y CON CUÁNTA DEVOCIÓN Y SOLEMNIDAD 

En el entretanto que estas cosas pasaban, los ^laestros de los bergan¬ 
tines se dieron la priesa posible en armarlos, é ya que estaban para echar¬ 
los al agua, como estaban más de media legua del alaguna y un arroyo 
que iba á ella llevaba poca agua, abrieron una zanja por él, tan ancha 
que cupiesen los bergantines, y porque no era posible que en tan poca 
agua nadasen los bergantines, de trecho á trecho hicieron presas, de ma¬ 
nera que era nescesario saltar casi dos estados, é para que no se quebra¬ 
sen fué menester hacer invenciones é ingenios con que, aunque con tra¬ 
bajo. sin peligro, saltaban. Subcedió, que fué cosa misteriosa, estando sur¬ 
tos en una de las presas, que fueron doce, se levantó un bravo viento, tras 
el cual se siguió un muy bravo aguacero ; desamarráronse los bergantines 
que estaban amarrados, como quiera dieron aviso los indios, y á detenerse 
un poco los españoles, saltaban con el aire, que los llevaba fuera de la 
presa donde estaban, y los unos con los otros se hacían pedazos. Acu¬ 
dieron los ]Maestros, atravesaron vigas al cabo de la presa, para que si no 
los pudiesen detener, reparando el primero en las vigas, los demás se de¬ 
tuviesen, pero antes que [se] viniese á esto, saltando gente en el agua, los 
amarraron de suerte que estuvieron fixos, para con seguridad echarlos 
á la alaguna, que ya no quedaba más de una presa, de donde, como habían 
de hacer gran salto, fué nescesario con picos y almadanas romper algunas 
piedras grandes, represando el agua un poco atrás. Finalmente, con gran¬ 
de industria, hicieron uno como deslizadero para que, soltando la pre¬ 
sa aunque con mucha furia, sin peligro del gran salto, los bergantines, 
el uno tras el otro, diesen en el alaguna. Iban todos adereszados como con¬ 
venía, aunque las velas cogidas, porque con la furia del agua y viento 
que les daba en popa, no subcediese alguna desgracia. Iban advertidos 
los pilotos de, en saltando en el alaguna, hacerse á lo largo, porque con la 
furia del agua los bergantines no topasen los unos con los otros. 

Hecho e.sto así, aquella mañana se juntó todo el exército de españo¬ 
les y tlaxcaltecas, que era cosa bien de ver, por la orilla del alaguna, 
de aquella parte por donde los bergantines habían de saltar en el agua; 
y como había tanto riesgo, armada una gran tienda y en ella puesto un 
altar, revestido un sacerdote y confesados los más de los españoles, con 
gran devoción, después que hubo bendecido el agua, dixo la misa al Es¬ 
píritu Sancto, que los españoles oyeron con lágrimas y contrición, su¬ 
plicando á Dios apartase y librase de todo peligro aquellos bergantines. 







LIBRO QUINTO.—CAP. LXXIII 


6 oi 

sin los cuales no se podía hacer la guerra tan cómodamente contra los 
que tenían sus casas dentro del agua y tantas canoas de donde podían 
ofender y defenderse. Cortés, que en todo género de virtud, como debe el 
buen caudillo, se adelantaba de los demás, en este día, oyendo la misa, 
derramó tantas lágrimas y rezó sus devociones con tanta eficacia, que 
á los demás provocaba á mucha devoción. 

Acabada la misa, quitada el sacerdote la casulla, *0011 el misal en la 
mano y un hombre par dél, que le llevaba el aceite é hisopo, é otros con 
candelas encendidas é una cruz delante, todos destocados é hincados de 
rodillas, llegó do los bergantines estaban, que era cerca de la tienda; ben* 
díxoles, dixo muchas oraciones, suplicando á Dios con muy grande ins¬ 
tancia los librase de todo peligro, así del agua, fuego, aire y tierra, como 
de los enemigos. Dichas muchas oraciones, después de haber invocado 
el socorro y favor de la Virgen sin mancilla y de los Sanctos y Sanctas. 
especialmente del abogado Sant Pedro y Sanctiago, sanctiguó los ber¬ 
gantines y echóles agua bendicta, hecho lo cual, vuelto á los españoles, 
les dixo: ‘^Señores, yo he hecho todo lo que he podido; ahora todos y 
cada uno de vosotros ponga en su pecho por intercesor á Dios, el Sancto 
ó Sancta á quien más devoción tuviere, para que multiplicados, como la 
Iglesia canta, los intercesores. Dios dé buen subceso á tan importante ne¬ 
gocio. Hiciéronlo así todos con la mayor devoción que pudieron, y hecha 
luego señal para soltar la presa, salieron con gran furia los bergantines, 
sin tocar uno en otro, y sin peligro saltaron en el alaguna, y derramados 
por ella, como estaba concertado, soltaron las velas, tiraron muchos tiros, 
descogieron los Capitanes las J3anderas, tocaron la música que tenían : 
respondióles de tierra el exército de los españoles y el de los indios. Dió 
tan extremado contento, que no con menos que con lágrimas le magnifes- 
taron. El sacerdote, que aún no se había desnudado el alba, hincándose 
de rodillas, levantadas las manos al cielo, dixo aquel cántico de ‘"Te Deum 
laudainus”, el cual acabado. Cortés se volvió á su alogamiento, á entender 
en lo demás que le restaba de hacer. 


CAPITULO LXXIII 

CÓMO CORTÉS INVIÓ [Á] ALONSO DE OJEDA A LA VILLA RICA POR DOS TIROS 
V DE LO QUE LE SUBCEDiÓ EX EL CAMINO, Y CÓMO A LA VUELTA CORTÉS 
r.E ENCARGÓ LA GENTE TLAXCALTECA 

Luego como Cortés llegó á sus alogamientos, llamó á Alonso de Ojeda 
y á otros dos españoles, sus amigos. Díxole que sacase consigo cuatro ó 
cinco mili hombres tlaxcaltecas y se fuese á la Villa Rica la Vieja 3^ que 
traxese dos tiros de artillería de hierro grueso, que había dexado allí una 
nao grande que había venido de Jamaica, Partióse luego Ojeda con aque¬ 
lla gente, acometiéronle algunos de los enemigos é tuvo con ellos algunas 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPANL\ 


602 

escaramuzas en que llevaron lo peor los enemigos. Dábanles en otras 
partes desde las sierras los de Ciilhúa grita á los tlaxcaltecas; pero no 
osaban decendir, de temor, por el grande ánimo y esfuerzo, aliende del 
que de su natural tenían, que tomaban con la compañía de los españoles, 
V así los que no eran muchos les huyeron, y los que eran muchos, cuando 
se atrevían, salían descalabrados. 

Desta manera Ojeda llegó á la mar, desencabalgó los tiros, dió orden 
cómo con facilidad se llevasen puestos en unas barbacoas ó lechos de 
madera, cada uno por sí, y asimismo las cámaras. Llevaban cada lecho 
veinte indios en los hombros; remudábanse de trecho á trecho. Llevó 
también Ojeda ciertos barriles de sardina y otras cosas que halló en la 
costa, que entendió que no daría poco contento al real de los españoles, 
que nunca estuvo muy harto hasta tener la tierra subjecta. Partió con 
este recaudo, atreviéronsele algunos, como le vieron embarazado con 
aquellas cargas, pero él iba tan advertido y los indios de guerra tan en 
orden, que antes deseaban topar con enemigos, que buscar caminos por 
donde fuesen más seguros. Finalmente, después de algunos recuentros, 
de que siempre salieron con lo mejor, entrando por los términos de 
Tlaxcala, de todas las alearlas los salía á rescebir mucha gente con 
comida. Holgóse mucho Ojeda con ellos, y los unos y los otros, como 
parientes y amigos y de una nasción. Entró en Tlaxcala, descansó él' 
y sus compañeros aquel día. Hospedáronle muy bien los señores de la 
provincia, diéronle de refresco otros indios de carga y otra gente de- 
guerra, porque la que traía venía cansada: proveyéronle muy bien de todo 
lo nescesario ; salieron con él más de dos leguas, porque, cierto, tenían- 
muy en el corazón á Cortés, no queriendo jamás salir á partido de los 
que los mexicanos les hacían, respondiendo que ni quebrarían el jura¬ 
mento que habían hecho, ni reposarían hasta morir ó hacerlos esclavos. 

Despidióse Ojeda de aquellos señores y caballeros, vino á dormir 
á Xaltoca y otro día á Guaulipan, donde estuvo dos días descansando. 
Partió de allí y vino á Capulalpa, y otro día, á dos horas de la noche, 
entró en Tezcuco. Invióle á llamar Cortés, que estaba ya acostado. Res- 
cibiólo con mucha alegría, preguntóle muchas cosas, especialmente cómo 
estaba el Teniente y los demás de la Villa Rica, y como de todo le dió 
muy buena razón y traxo tan buen recaudo y vió que los indios todos le 
eran aficionados y que entendía bien la lengua, le dixo á Alonso de Oje¬ 
da: “Los que como vos hacen con tanto cuidado lo que se les encomien¬ 
da, merescen que sus Capitanes los honren y aventajen de los otros, 
para que ni ellos queden quexosos ni los que estuvieren á la mira des¬ 
mayen. \ a sabéis cómo de Tlaxcala ha venido mucha gente, que con los 
que había y han venido hay más de ciento y ochenta mili hombres. De¬ 
termino de encomendároslos todos y que vos seáis su General : por tanto, 
haced el deber como hasta ahora lo habéis hecho, que en lo que yo pu¬ 
diere os favoresceré.’ Ojeda le besó por esto las manos, diciendo que 
asaz le pagaba los servicios que le había hecho, y que en lo de adelante 







LIBRO QUINTO.—CAP. LXXIV 


6o3 


vería con cuánto mayor cuidado le serviría. Con esto se despidió muy con¬ 
tento, Luego por la mañana los carpinteros hicieron cepos para encabalgar 
los tiros que se traxeron. 


CAPITULO LXXIV 

CÓMO CORTÉS, SIN DECIR ADÓNDE IBA, SALIÓ OTRO DÍA CON MUCHA [gENTE?] 

Á BOJAR EL ALAGUNA, Y DE LO QUE LE SUBCEDiÓ 

Después que la gente de Tlaxcala hubo reposado del camino y vio 
Cortés que estaban algo desabridos por no venir á las manos con los 
mexicanos, apercibió treinta de á caballo y trecientos peones é cincuenta 
ballesteros y escopeteros y seis tiros pequeños de campo, y mandó que con 
Ojeda saliesen treinta ó cuarenta mili tlaxcaltecas, y sin decir á persona 
alguna dónde iba, porque se recelaba, y con razón, de los de Tezcuco, que 
diesen aviso á los mexicanos, salió de la ciudad y fué á la mano derecha, 
que es hacia el norte, á la otra vuelta, é andadas cuatro leguas, topó con- 
un muy grande escuadrón de enemigos. Rompió por ellos con los de a 
caballo; desbaratólos, dexando muchos muertos; puso los demás en 
huida. Los tlaxcaltecas, como son muy ligeros, los siguieron bravamente; 
mataron muchos de los contrarios, no tomando hombre á vida, porque 
estaban ya de las antiguas injurias y agravios muy sedientos de su sangre. 
Señaláronse aquel día hasta la noche, que duró el alcance, cuatro ó cinco 
Capitanes tlaxcaltecas que para entre ellos se mostraron leones, matando- 
por sus manos muchos Capitanes y principales de los enemigos; vol¬ 
vieron, aunque algo heridos, de que ellos no venían poco contentos, car¬ 
gados de ricos despojos de plumajes, mantas y rodelas. Viniéronse de¬ 
rechos á do Cortés estaba, y como varones muy animosos, le dixeron: 
"'Señor, con tu favor é ayuda esperamos que nosotros y nuestros hijos 
nos hemos de vestir y armar de los despojos que á estos perros mexicanos, 
quitándoles las vidas, hemos de tomar.” Cortés, hablándoles graciosa¬ 
mente, les respondió que lo que decían habían comenzado á cumplir por 
la obra, y que así lo habían de hacer todos los Capitanes, que tan va¬ 
lientes fuesen como ellos. 

xAcercándose la noche, no tiniendo dónde ir á poblado, asentó su 
real en el campo. Durmió aquella noche muy sobre aviso y no con menos 
recaudo los tlaxcaltecas, que después de haber asentado su real, estuvieron 
casi toda la noche con muchos fuegos encendidos, tocando atabales y 
caracoles, festejando la victoria pasada, cantando venganza contra sus 
enemigos. Velaron por sus cuartos lexos del real, en compañía de los de 
caballo, cada cuarto más de mili hombres. 

Otro día por la mañana. Cortés, hecha señal, sin decir adónde iba, 
por el recelo que tenía de los de Tezcuco que consigo llevó, salió del alo' 
gamiento y prosiguió su camino. Llegó á un pueblo que se dice Xaltoca, 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


604 

'que está puesto en otra laguna diversa de la que está entre México y 
Tezcuco, que es la de la mala agua y que ninguna cosa cría, ni en la otra 
que llaman dulce, que es tan grande como la salada, que'es tan grande 
como la que cerca á México, sino otra tercera que está á la parte del 
norte, que tiene tres buenos pueblos y de harta gente. El uno se llama 
Atlaltepeque y el otro Zumpango, donde se hace mucha cal, y el otro 
Xaltoca, abundante en pes^^ado. Tiene muchas acequias anchas y hondas 
y llenas de agua, que hacian la población muy fuerte, porque los caballos 
no podían entrar á ella, y asi, los vecinos, como si estuvieran tan for- 
talescidos que con fuerza humana no se pudieran combatir, dieron muy 
gran grita á los españoles, haciendo muy gran burla dellos, tirándoles 
muchas varas y piedras. Los españoles, á quien la mofa encendía más 
la ira, los de á pie con rodelas y espadas, se arrojaron á las acequias, 
que algunas veces el agua les llegaba á los hombros; rescibieron en los 
morriones muy duros y fuertes golpes. Finalmente, aunque con muy 
gran trabajo y con algunas heridas, entraron en el pueblo, haciendo 
lugar á los que los seguían, así indios como españoles. Hicieron allí mu¬ 
cho estrago con solas las espadas, que tuvieron harto lugar de emplearse. 
Echaron fuera los enemigos, quemaron gran parte del pueblo y con él 
los mantenimientos que hallaron. Salieron aquella noche de allí y fueron 
á dormir una legua adelante, donde hechos agua tuvieron la cena tan livia¬ 
na que casi no comieron nada, y como la cama había sido dura, en amanes- 
ciendo tomaron el camino, en el cual hallaron que los enemigos desde 
lexos, sin osarlos acometer, les dieron gran grita. Los nuestros los siguie¬ 
ron. y como la ventaja era grande, no los pudieron alcanzar. 

Desta manera, sin hacer nada estonces, llegaron á un muy grande y 
hermoso pueblo que se dice Guautitlan, que es hoy de Alonso de Avila 
Alvarado, Regidor de México, sobrino de Alonso de Avila, que tanto se 
señaló en esta conquista. Hallaron este pueblo despoblado, porque el 
señor dél, que era muy principal, de temor de los nuestros se había ido, 
y la demás gente de guerra estaba en híéxico, que está cuatro leguas de 
allí. Los nuestros durmieron allí aquella noche en los aposentos del señor 
y no sin gran recato, no los tomasen de sobresalto. 

Otro dia siguiente, pasando adelante hacia México, llegaron á un 
pueblo que se dice Tenayuca, que está dos leguas de la gran ciudad de 
México. Llegaba hasta allí estonces el alaguna. Entraron en el pueblo sin 
ninguna resistencia, é sin detenerse allí pasaron á otro pueblo que se 
dice Escapuzalco, una legua de México, que todos estos pueblos están 
alderredor del alaguna. Todo esto pasaron sin resistencia y así no pararon, 
por el deseo que Cortés tenía de llegar á una gran ciudad que estaba un 
cuarto de legua de allí, que se decía Tacuba, por donde pasaron los espa¬ 
ñoles cuando salieron de México desbaratados, á quien dicen los viejos 
de aquella ciudad que los su3’os nunca los ofendieron. Residía en esta 
ciudad el tercero señor de la tierra, cuyo descendiente es hoy Don An¬ 
tonio Cortés. Estaba fuerte de gente y de muchas acequias de agua, las 







LIBRO QUINTO.— CAP LXXV 


C)05 

cuaies, por los niuclios manantiales de la tierra eran más anchas y hondas 
que la de otros pueblos, é aunque los vecinos della se pusieron en defensa 
que estaban para ello muy á punto, Cortés les entró; mató algunos, y los 
demás, que eran muchos, echó fuera de la ciudad, y como sobrevino la 
noche no hizo otra cosa más de aposentar á los suyos en una casa del se¬ 
ñor, que era tan grande que cupieron todos en ella á placer. Veláronse 
con el cuidado que solían. 


CAPITULO LXXV 

CÓMO OTRO DÍA LOS TLAXCALTECAS SAQUEARON LA CIUDAD, Y CÓMO COR¬ 
TÉS ESTUVO AT.LÍ SEIS DÍAS ESCARAMUZANDO SIEMPRE CON LOS ENE¬ 
MIGOS 

Otro día en amanesciendo, los tlaxcaltecas y los demás indios amigos 
comenzaron á saquear y á quemar la ciudad, salvo el aposento donde 
estaban los españoles, aunque se dieron tanta priesa que dél quemaron un 
cuarto, aunque algunos dicen que por ser las casas de terrados fué 
mayor el ruido y espanto que el daño que hicieron, y esto decían ellos que 
lo habían hecho por vengarse de la matanza que en los nuestros y en sus 
naturales habían hecho cuando de México, saliendo desbaratados, pasa¬ 
ron por aquella ciudad. Lo que sé decir es, como testigo de vista, que para 
haber rescebido tan buenas obras, no nos quieren mucho. 

Estuvo Cortés seis días en esta ciudad, en ninguno de los cuales 
estuvo ocioso, antes siempre tuvo recuentros y escaramuzas con los me¬ 
xicanos que estaban cerca de ellos, é hubo algunos recuentros con tanta 
grita y barabúnda, como suelen, que paresció que el cielo se venía abaxo. 
Los tlaxcaltecas, como deseaban mejorarse con los mexicanos y los 
mexicanos se tenían por valientes, era cosa de ver los desafíos que entre 
los Capitanes y principales soldados había, desafiándose uno á uno, dos 
á dos y cuatro á cuatro. Las más veces los mexicanos llevaban lo peor 
y en los particulares desafíos no había más que morir ó vencer, porque 
se querían tan mal y tenían por tanta gloria llevar el brazo ó cabeza del 
vencido á los suyos, que jamás se tomaban á vida. Decíanse los unos á 
los otros tantos denuestos, tan extraños y tan encarescidos. que era cosa 
de ver; pero entre otras cosas, no son de pasar en silencio lo que los 
mexicanos decían á los tlaxcaltecas. Decíanles: ‘‘Vosotros, mujeres man¬ 
cebas de los cristianos, nunca osastes llegar adonde ahora estáis sino con 
el favor de vuestros amigos los cristianos. A vosotros y á ellos come¬ 
remos en chile, porque no nos presciamos de teneros por esclavos.'’ Los 
tlaxcaltecas respondían: “Nosotros, como á gente bellaca, temerosa y sin 
fee, siempre os hemos hecho huir y nunca de nuestras manos habéi-^ 
escapado menos que vencidos. Vosotros sois las mujeres y nosotros los 
hombres, pues siendo tantos y nosotros tan pocos jamás habéis podido • 


6o6 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


¿entrar en nuestros términos como nosotros en los vuestros. Los cristianos 
no son hombres sino dioses, pues cada uno es tan valiente que á mili de 
vosotros espera y mata.’’ 

Con estas y otras injurias se encendían y enojaban tanto los unos con¬ 
tra los otros, que como canes rabiosos se despedazaban sin dar lugar á 
que, si no era en la figura, paresciesen hombres, sino fieras. 


CAPITULO LXXVl 

DE LAS COSAS QUE LOS MEXICANOS DECÍAN Á LOS ESPAÑOLES 
Y DE LO QUE CORTÉS LES DIÑO V ELLOS RESPONDIERON 

Prosiguiendo en su coraje los mexicanos, deseosos de vengarse de los 
nuestros, saliendo por la calzada, fingían huir para meterlos en alguna 
celada donde los pudiesen tomar á manos y sacrificarlos, que es lo que 
ellos más deseaban y en que más mostraban el odio que les tenían, v 
como vían que no salían con esto, otras veces los convidaban á la ciudad, 
diciendo: “Entrad, esforzados, á pelear. ¿Por qué perdéis tan buena 
ocasión, que hoy seréis señores de México?" Otros decían: ‘'Venid á 
holgaros, que la comida hallaréis aparejada. ¿X^o queréis?, pues aquí mo¬ 
riréis como antaño.Otros: “los á vuestra tierra, que ya no hay Mo- 
tezuma que haga lo que vosotros queréis.'’ 

Entre estas pláticas. Cortés, con todo recato, poco á poco se fué 
llegando á una puente que estaba alzada: hizo señas á los de la una parte 
y de la otra, que callasen. Ellos, por ver lo que diría, sosegándose, le dixe- 
r-on que hablase. El estonces les preguntó si estaba allí el señor, porque 
deseaba decirle cosas que mucho le convenían. Ellos le respondieron: 
“Todos los que veis son señores; decid lo que queréis"; y él, como no 
estaba allí el señor, calló un poco. Ellos, sintiéndose desto agraviados, le 
deshonraron bravamente, diciéndole, entre otras cosas: “¿Tú piensas. 
Cortés, que ha de ser la de antaño, y que es viva aquella gallina de AIo- 
tezuma? Mal lo has pensado; que de ti y de los tu)"os hemos de hacer 
un gran banquete á los dioses." Cortés se rió; no les respondió palabra, 
porque hablaba con canalla, y diciéndoles un español que para qué parla¬ 
ban tanto estando encerrados y sin comida, por la falta de la cual, aunque 
más valientes fuesen, si no se rendían habían de morir de hambre, repli¬ 
caron con doblado enojo que no tenían falta de pan, pero que cuando la 
tuviesen comerían de los españoles y tlaxcaltecas que matasen, pues 
tenían la caza delante. Con esto arrojaron ciertas tortillas, diciendo: “Alai- 
aventurados, comed, que tenéis hambre; que á nosotros, por la bondad de 
los dioses, todo nos sobra y apartaos de ahí, si no haremos os pedazos." 
Dichas estas palabras, gritando todos, tornando con mayor furia á la 
pelea, la cual no dexaron hasta volver bien descalabrados. Cortés, como no 
pudo hablar con Guatemuci, é que para esto había venido, al cabo de los 







LIIíRO OUIXTO.-CAP. LXXVII 


607 

-seis días, determinó de volverse por el camino que había venido á Tez- 
cuco, salvo que no fue por Xaltoca, que es á trasmano. 

CAPITULO LXXVII 

CÓMO CORTÉS, VOLVIENDO Á TEZCUCO, SIGUIENDOLE LOS MEXICANOS, 
LES PUSO CELADAS V MATÓ MUCHOS DELLOS 

Los enemigos, como vieron levantar el real de los nuestros, creyendo 
que iban huyendo, determinados de seguirlos, los dexaron dormir aquella 
noche en la ciudad de Guatitlan para más asegurarlos, y luego otro día 
de mañana, saliendo de allí los nuestros, los enemigos, más espesos que 
granizo, los comenzaron á seguir, pero los de caballo, revolviendo de 
cuando en cuando, les hacían por un rato perder la furia, porque á los que 
alcanzaban dexaban tales que no volvían jamás á la burla. Con todo esto, 
como los españoles todavía marchaban, pensando que iban huyendo, como 
eran tantos, quedase el que quedase, los seguían bravamente, tanto que 
fue nescesa.rio que Cortés usase de algún ardid de los que solía, y así, 
mandó á la gente de á pie que se fuese adelante y que no se detuviesen, 
proveyendo, para la defensa dellos, que en la rezaga fuesen cinco de 
caballo, y quedándose él con veinte, mandó á los seis se pusiesen en cierta 
parte en celada y á otros seis en otra y á otros cinco en otra, y él con otros 
tres, poniéndose en otra, les dixo que cuando él apellidase ¡ Sant Pedro! 
ó ¡ Sanctiago!, diesen en los enemigos, que con el cebo de ir tras los es¬ 
pañoles, irían descuidados, pensando que todos iban juntos adelante. 
Filé así como Cortés lo pensó, el cual, desde que vió que había pasado 
gran multitud de gente, apellidando ¡ Sant Pedro!, de súbito dieron todos 
los de caballo en ellos, y como los desbarataron filé fácil de hacer gran 
matanza en ellos. Siguiéronlos dos leguas por tierra llana, quedando á 
pequeños trechos muchos de los enemigos muertos, con lo cual los vivos 
escarmentaron de tal suerte que no los osaron más seguir. 

CAPITULO LXXVIII 

DE LO QUE DEMÁS DE LO CONTENIDO EN EL CAPÍTULO PASADO OJEDA 

DICE EN SU RELACIÓN 

Cerca de lo contenido en el capítulo antes déste, Ojeda, que á todo se 
halló presente, dice otras cosas no dignas de pasar en olvido en la Rela¬ 
ción que, aprobada con otros testigos, me invió. Dice, pues, que cerca de 
Xaltoca, una legua antes, salió mucha gente de los enemigos á meterse 
en Xaltoca, y como por allí los caballos no podían correr, á causa de las 
acequias y por ser la tierra marisma. Cortés dixo á Ojeda que con la 
gente de quien tenía cargo fuese en su seguimiento. Ojeda con los señores 
tlaxcaltecas y con sus soldados siguió el fardaje. Tomaron los tlaxcal- 



Go8 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


tecas gran cantidad de mujeres y muchachos, y así entraron por el pue¬ 
blo sin hallarse otro español, sino uno que se decía jMartín Soldado. Hi¬ 
cieron gran riza en los enemigos, matando y robando, y desde á poco lle¬ 
garon los de á caballo, el primero de los cuales fué un Hernán López. 

Los indios de Xaltoca desampararon el pueblo, y pasándose de la 
otra parte de las acequias, por estar más seguros, se comenzaron á defen¬ 
der bravamente de los tlaxcaltecas, que iban en su seguimiento; pero 
como llegaron los españoles de á pie y de á caballo, rompieron por ellos, 
abrasaron el pueblo, y aquella noche vinieron á dormir á otro donde el 
General asentó su real. Ojeda aposentó su gente media legua adelante en 
otro pueblo y otros aposentos, donde los señores tlaxcaltecas por sus 
personas velaron y repartieron las velas y las espías. 

Ocupaban los escuadrones una gran legua, porque como acudió gen¬ 
te eran ciento y ochenta mili hombres. Yendo así marchando el campo 
hacia Guatitlan. como Cortés iba contento y en las burlas era no menos 
gracioso que sabio y cuerdo en las veras, viendo á Ojeda acaudillar tan 
gran número de gente, dixo á algunos caballeros que con él iban, presen¬ 
te Ojeda: “Por cierto, señores, que si Ojeda fuese á su tierra y dixese 
que había sido Capitán de ciento y ochenta mili hombres y de más de mili 
Capitanes y caballeros, que, como á cosa de disparate, le tirarían de la fal¬ 
da y aun dirían que de mosquitos era mentira, cuanto más de hombres.'' 

Con esta conversación, que la tenía muy buena, llegaron á Guatitlan,. 
donde en un cu hallaron tres mujeres metidas por su natura por unos palos 
muy agudos que les venía á salir por la boca, nuevo género, cierto, de¬ 
diabólica y bestial crueldad. Dixeron algunos, que en castigo de los adul¬ 
terios que habían cometido, estaban puestas así para que pagasen por 
la parte que habían pecado. 

Salieron de Guatitlan. Como los indios amigos eran tantos y ocupa¬ 
ban tanta tierra, levantándose entre ellos algunas liebres (que las hay 
en abundancia en esta tierra) las tomaban á manos vivas y las llevaban 
á Ojeda, el cual las daba al General, el cual dixo: “El cobarde, por mu¬ 
cho que huya, viene á manos del animoso." 

De allí pasó á otros pueblos que están asentados en el alaguna é allí 
vieron la mucha priesa con que infinitas canoas metían en los pueblos 
varas tostadas, flechas, piedras y otras municiones. Dieron los indios 
tlaxcaltecas en los aposentos reales, robaron más de quinientos cueros de 
grandes tigueres (*) é mucho oro y ropa rica. Desto dió aviso Ojeda á Cor¬ 
tés, porque vió á muchos de los tlaxcaltecas vestidos de ropa rica, de 
que ellos carescían, y que en las cabezas y brazos traían piezas de oro, 
que por su pobreza nunca usaron. Iba con Ojeda su compañero Joan 
Márquez. Díxoles Cortés: “¡Oh!, pese á vosotros, cataldos y tomaldes el 
oro, que no han menester, y dexaldes los cueros y ropas con que se vestan 
y honren, en premio de su esfuerzo y diligencia." 


O Así en el Ms. 





LIBRO QUINTO.—CAP. LXXIX 


609 


CAPITULO LXXIX 

CÓMO OJEDA V JOAN MÁRQUEZ CATARON Á LOS INDIOS TLAXCALTECA.S, V 

DEL ORO QUE LES HALLARON. Y CÓMO POR ESTO MUCHOS DELLOS SE 

AUSENTARON 

No dixo Cortés á sordos lo que está dicho arriba, porque luego con 
toda diligencia, porque se les había de pegar algo, comenzaron á catar 
[á] los indios; recogieron hasta tres mili pesos de oro; pero otro día, 
cuando volvieron á hacer lo mismo, hallaron que se habían ido, porque no 
los catasen, más de diez mili hombres, que á lo que se podía presumir, se¬ 
gún lo pasado, llevaban más de veinte mili pesos; pero catando á algunos 
de los otros, hallaron mili y sietecientos pesos, y cuando vino el otro día 
faltaban ya más de cincuenta mili hombres, que también se cree llevaban 
grandísima cantidad de oro. Andando desta manera Ojeda, halló á unos 
indios al rincón de un cu, que tenían escondida detrás de un pilar una 
carga de ropa rica, liada en un Cacastle. Comenzóla á desliar; díxole un 
indio que la dexaxe, que era naboría del General. Ojeda vió que men¬ 
tía, porque por menos lo suelen hacer; descogió la carga, y dentro della 
halló un mástil blanco, que sixA^e de pañetes pequeños; tomólo el indio, 
metióselo debaxo el brazo. Disimuló Ojeda hasta ver qué más había 
en la carga, y cuando vió que todo era ropa, quitóle el mástil; halló dentro 
dos ídolos de oro muy fino, con sus alas, envueltos en algodones, y los algo¬ 
dones y ellos salpicados de sangre. Pesaban los ídolos casi cuatrocientos 
pesos. Halló asimismo media braza de chalchuies, piedras entre ellos ricas; 
había al pie de ciento, ensartados todos en un hilo grueso de oro que pesa¬ 
ba once ó doce castellanos. El indio, como vió el pleito mal parado, díxole, 
que también lo saben hacer con muy buenas palabras: “Señor, pues me 
has tomado el oro, dame parte desos chalchuies.'' Ojeda corrió la mano 
por el cordón y dióle la mitad dellos, con que el indio quedó bien contento. 
No se prosiguió más en catarlos porque ya faltaban casi la tercia par¬ 
te, aunque los señores, ó porque no los cataron, ó por vergüenza, no se 
osaron ir. 

La ropa que llevaron de despojo en este tiempo, valía más de tres¬ 
cientos mili ducados. Ojeda, guardando los chalchuies, llevaba descubier¬ 
tos los ídolos para darlos al General; topó con Cristóbal de Olid. que 
salía de con él, el cual le dixo: “¡ Oh, qué buenas joyas, Ojeda! Dádmelas, 
que yo las daré al Capitán." Dióselas Ojeda, y como era río vuelto, no 
supo si las vió Cortés. Halló Ojeda entre los chalchuies uno labrado con 
una cara de hombre, que le daban por él en Tlaxcala quince esclavas, 
y si quisiera ropa, más de docientas cargas. 


I 


39 




6 io 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO LXXX 

DE LO QUE OJEDA ESCRIBE QUE ACAECIÓ Á CORTÉS EN TACUBA CUANDO SE 
SUBIÓ Á UN ALTO. Y DE LA GRACIA QUE PEDRO DE IRCIO DIÑO A SU 
ALFÉREZ 


Estando Cortés en Tacuba, dice Ojeda que muchas veces mandaba* 
subir una silla á lo alto de un cu, y que asentado en ella, mirando hacia 
México, daba mili sospiros, acordándosele del gran desmán que por su 
culpa y presunción le había subcedido. Arrasábansele los ojos de agua, 
y, cierto, con razón, porque para en aquel tiempo ning-ún Capitán en el 
mundo hizo tan gran pérdida. Revolvía consigo, como el que tan gran 
negocio traía sobre sus hombros, por qué vía podría restaurar el mal pa¬ 
sado y señorearse de aquella tan rica, tan fuerte 3^ tan poderosa ciudad; 
y escarmentado de lo pasado, como algunas veces yo le oí, aunque tenía 
más gente y á punto los bergantines, nada confiado desto, lo encomen¬ 
daba todo á Dios, y así le subcedió [que] un día, juntándose los mexicanos 
)■ los nuestros en la calzada, trabaron una muy brava escaramuza, por 
socorrer los nuestros al Chichimecatl, señor de Tlaxcala, y á otros señores 
que estaban en gran riesgo, ainas cogieran á manos á tres españoles, 
donde un Joan Rolante, que no debía de ser mu\^ hidalgo. Alférez de 
Pedro Dircio, soltó la bandera en el agua. Iba en la bandera una imagen 
de Nuestra Señora. Pedro Dircio, aunque se vió en aquel aprieto, reco¬ 
giendo la bandera, se volvió al Alférez, diciendo: “¡Ob, traidor; crucifi¬ 
caste al Hijo y quieres ahora ahogar á la Aladre!” Este «dicho, contán¬ 
dose después al Emperador, dixo, como era prudentísimo: ''Capitán 
que en tal aprieto decía gracias, consigo las tenía todas.” 

Esta misma tarde llegó una canoa junto á la calzada. Echó en tierra 
sólo un indio, bien dispuesto de cuerpo y á su modo bien armado, el 
cual en su lengua, haciendo fieros, comenzó en voz alta á maltratar [á] los 
españoles, desafiando á cuantos estaban en el real, que uno por uno sa¬ 
liesen á matarse con él. Dichas estas palabras, comenzó á jugar de su 
espada y rodela, 3" acabando de decir é hacer esto, dixo: '‘¡Ea, cristia¬ 
nos ! : ¿qué estáis parados ? ; salga ya alguno de vosotros con quien este día 
haga yo fiesta y sacrificio á mis dioses, que están ya sedientos de la san¬ 
gre de vosotros, por las muchas ofensas que después que venistes les 
habéis hecho ” 

Salió luego á él un bien determinado soldado que se decía Gonzalo 
Hernández, el cual se fué derecho á él con buen denuedo, pero cuando el 
indio vió que ya se acercaba, ó porque le hubo miedo, ó porque para él y 
para otros tenian annada celada, saltó en el agua. El español, enojado de 
la burla, echándose en pos dél, aunque huía bien, le alcanzó 3" dió de 
estocadas, é ya que le estaba cortando la cabeza, acudieron muchas ca¬ 
noas de gente de guerra; pero como esto vieron los nuestros, acudieron 





LIBRO QUINTO.—CAP. LXXXI 


6 il 

luego algunos, y, finalmente, si no fuera por los ballesteros y las voces 
que el General daba, y que un Diego Castellanos había muerto de un 
xarazo á un señor, con cuya muerte se ocuparon y aun desmayaron, 
sacaran y llevaran vivo al Gonzalo Hernández, el cual, como salió de su 
poder con hartos golpes, aunque había dado muchas heridas, luego los de 
las canoas se retraxeron, metiendo en una dellas al indio desafiador, 
al cual con la mayor honra que pudieron llevaron á su casa. 


CAPITULO LXXXI 

CÓMO CORTÉS ENTRÓ EN TEZCUCO Y DEL REGOCIJO CON QUE FUE RESCEBIDO 

Hechos así los negocios. Cortés dunnió en un pueblo cerca de Tezcuco, 
para otro dia de mañana entrar en él. Súpolo aquella noche Sandoval, 
que había quedado con la demás gente por General en lugar de Cortés. 
Mandó hacer aquella noche regocijos y que para el día siguiente todos 
estuviesen á punto para rescebir á Cortés, á quien ya los suyos deseaban 
ver, porque dél ni de los demás que con él habían ido hasta estonces ha^ 
bían sabido cosa, como tampoco Cortés dellos, y así los unos con deseo 
de entrar en Tezcuco y los otros con deseo de salirlos á rescebir, fue 
cosa de ver cómo todos, para cuando se encontrasen, se adereszaron. 
Salió Sandoval media legua larga de la ciudad, porque más no convenía, 
á caballo, con algunos caballeros, y los demás españoles por su orden, 
con sus atambores y banderas tendidas. Salieron con ellos muchos vecinos 
y personas principales de la ciudad, también con su música de caracoles 
y tr-anpas. 

Salió Cortés de donde había dormido, no de mañana, porque mandó 
ordenar todo el real, los tlaxcaltecas por hilera, de veinte en veinte, y los 
tezcucanos entre ellos, todos muy lucidos, los más vestidos de camisas 
y mantas ricas que ellos antes no alcanzaban, tomadas en los saltos y 
batallas que con los mexicanos habían tenido. Llevaban oro y mucha sal, 
de que siempre habían estado nescesitados. La mitad de los señores de 
'riaxcala, ricamente adereszados con plumajes ricos y otros despojos, 
iban en la retroguarda, y la otra mitad, por la misma manera, en la van¬ 
guardia, los Capitanes y Alféreces cada uno con su compañía, y como la 
gente era mucha y tan lucida y campeaba tanto, por ir vestida de blanco, 
lucia mucho y parescía muy bien; temaban mucha tierra. 

Cortés partió los de á caballo y de á pie. de manera que él con los unos 
se puso en la delantera de los indios, y los otros mandó que fuesen en 
la rezaga, de manera que siempre llevaban á los indios en medio, á los 
cuales regía su Capitán Ojeda. Iban las trompetas y atambores delante 
y detrás, y cerca de Cortés su bandera y estandarte. Iban los indios muy 
contentos, corrjo era razón, de muchas cosas, que eran haber puesto los 
bergantines en salvo, vencido batallas y en ellas muerto á muchos de 





6i2 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


SUS capitales enemigos, haciendo la salva para los muchos que después 
habían de matar en el cerco de México; iban cargados de despojos, ri¬ 
cos de joyas y sal. Desta manera, marchando los unos y los otros, 
se vinieron á juntar media legua de Tezcuco, donde Sandoval, inclinan¬ 
do su bandera, se apeó para besar las manos á Cortés; abrazáronse con 
grande amor, y lo mismo los unos españoles con los otros. Fué cosa de 
contento ver el alegría y ruido de música con que se rescibieron y cómo 
honraron los de Tezcuco á aquellos señores tlaxcaltecas, mirándolos y res¬ 
pectándolos como á más que indios. 

Desta manera á horas de comer entró Cortés en Tezcuco, donde lo 
que después hizo, se dirá en los capítulos siguientes. 


CAPITULO LXXXII 

CÓMO LOS TLAXCALTECAS SE DESPIDIERON DE CORTÉS. Y CÓMO VINIERON 
MENSAJEROS DE CHALCO Á PEDIR SOCORRO 

Como la provincia de Chalco era tan provechosa á los señores de 
México, así por la mucha renta que della tenían, como porque della se 
proveían de maíz, madera, leña y otras cosas, la cual tiene dos puertos, 
para provisión de México, muy principales, el uno se llama Chalcoatengc, 
y el otro Ayocingo, pesábales mucho que los vecinos de aquella provin¬ 
cia se hubiesen rebelado y pasado á los españoles, y así, pensando por mal 
hacer lo que no podían por ruegos ni halagos, determinaron de juntarse 
gran cantidad dellos, para destruirlos. En este comedio, que fué dos días 
después de entrado Cortés en Tezcuco, los tlaxcaltecas, como venían ri¬ 
cos y contentos, pidieron licencia á Cortés para volverse á su tierra y go¬ 
zar lo que llevaban con sus hijos y mujeres, diciendo que cuando fuese 
tiempo volverían para hacer la guerra á México. Cortés los despidió con 
mucha afabilidad y contento, trayéndoles á la memoria lo mucho que 
dellos confiaba y lo bien que les iría en el despojo de México, como de lo 
pasado lo habían entendido. 

No hubieron acabado de salir los tlaxcaltecas, cuando, de parte de 
los señores de Chalco, vinieron mensajeros á Cortés, haciéndole saber 
cómo los de Culhúa con gran poder venían sobre ellos, por las razones 
ya dichas, pidiéndole que pues ellos eran ya vasallos del Emperador y 
servidores y amigos su3^os, que con toda presteza, antes que los negocios 
viniesen á peor, los socorriese, porque ellos estaban determinados de 
morir primero que volver á la servidumbre mexicana y dexar de ser 
vasallos de un tan poderoso y buen señor como él les había dicho, ni 
dexar el amistad de tan valientes y esforzados amigos, con cuyo favor 
é ayuda pensaban, no sólo resistir á sus enemigos, pero vengarse dellos, 
como las injurias rescebidas merescían. Cortés rescibió bien los mensaje¬ 
ros, holgóse de que los de Chalco estuviesen tan enojados con los mexica- 






LTCRO QUINTO.—CAI». LXXXIII 


Gl3 


nos y tan firmes en el amistad con los españoles, porque pensaba en el 
cerco de México (como lo hizo) ayudarse mucho dellos, y así, sin más 
dilación, despachó luego á Sandoval con veinte de á caballo y trecientos 
peones, al cual encargó que marchase á toda furia y con todo cuidado 
y diligencia favoresciese aquellos señores, pues eran amigos y tan leales 
vasallos del Emperador. Sandoval partió luego, hizo noche en Tlalma- 
nalco, seis leguas de Chalco, que es la cabecera, seis leguas adelante de 
la cual estaba la guarnición mexicana en Guastepeque. 


CAPITULO LXXXIII 

CÓMO SANDOVAL LLEGÓ Á CHALCO Y ALLÍ ORDENÓ LO QUE HABÍA DE HACER, 
Y DE UN BRAVO RECUENTRO QUE HUBO CON LOS MEXICANOS 

De Tlalmanalco caminó Sandoval á Chalco, donde halló mucha gente 
junta, así de aquella provincia como de las de Guaxocingo y Guacachula, 
que estaban esperando el socorro, y dando orden en lo que se había de 
hacer ; partiéronse luego, tomaron su camino hacia Guastepeque, donde 
estaba la guarnición de Culhúa, de donde hacían gran daño á los de Chal¬ 
co. La guarnición, que era de mucha gente, salió al encuentro contra los 
de Chalco y los nuestros á un pueblo cerca de Guastepeque. Los de Chal¬ 
co, como llevaban las espaldas seguras con los españoles, con grande 
ánimo rompieron con los mexicanos. Adelantáronse Sandoval y Andrés 
de Tapia, que aquel día hicieron maravillas. No pudieron los mexicanos 
sufrir mucho tiempo las muchas lanzadas y bravas cuchilladas de los 
españoles, desampararon el campo, retraxéronse á aquel pueblo de don¬ 
de habían salido. Los nuestros los siguieron, mataron á muchos y á los 
vecinos del pueblo echaron dél, los cuales ya habían sacado las mujeres 
y niños. 

Reposaron y comieron los españoles, aunque los indios amigos, es¬ 
pecialmente los tlaxcaltecas, algunos de los cuales holgaron de venir 
esta jornada, se ocupaban en buscar ropa, porque aquella tierra es de 
mucho algodón. 

Estando así los españoles descuidados y los amigos ocupados en ro¬ 
bar, volvieron los enemigos de repente con gran furia y grita; entraron 
en el pueblo hasta la plaza de los aposentos principales, echaron muchas 
varas, flechas y piedras, con que hirieron, primero que se apercibiesen, 
á muchos de los nuestros, los cuales tocando al arma se recogieron, y con 
ellos los amigos, é así juntos salieron á grande priesa, los cuales lo hi¬ 
cieron tan bien que antes de una hora los echaron otra vez del pueblo; 
siguieron el alcance más de una legua; mataron muchos dellos. Volvie¬ 
ron aquella noche, harto cansados, á Guastepeque, donde estuvieron des¬ 
cansando dos días. 



6 i 4 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO LXXXIV 

CÓMO SANDOVAL FUE Á ACAPISTLA, DONDE REQUIRIÓ Á LOS MEXICANOS 
SE DIESEN DE PAZ, Y DE LA P>ATALLA QUE CON ELLOS HUBO 

Supo allí Sandoval que en un pueblo más adelante, dos leguas de 
Guastepeque, que se decía Acapistla, había mucha gente de guerra de 
los enemigos. Fiié allá por ver si le darían de paz é á requerirles con ella. 
Este pueblo, según después Cortés escribió al Emperador, era muy fuer¬ 
te y puesto en un alto, aunque Motolinea dice que en llano. Como los 
mexicanos vieron que los de caballo no podían subir á lo alto donde ellos 
estaban, sin esperar á requerimientos de paz, cuanto más á responder, 
llegando los nuestros, comenzaron con gran grita y palabras afrentosas 
á pelear con ellos, echándoles desde lo alto muchas galgas, varas y fle¬ 
chas, con que de sí arredraban á los nuestros. Los indios amigos no se 
osaban acercar, por la dificultad de la subida y peligro que en ello co¬ 
rrían, lo cual, como vieron Sandoval y Andrés de Tapia, que muy va¬ 
lientes y animosos eran, apeándose de los caballos y embrazando las 
rodelas, dixeron, volviendo la cara á los compañeros: ‘'Hidalgos, grande 
mengua será la nuestra, que estos perros, porque no los podemos aco¬ 
meter con caballos, piensen que han de hacer burla de nosotros. Bien será 
que sepan que no hay lugar fuerte para españoles. Subamos, caiga 
el que cayere, que nunca mucho costó poco.'’ Desta manera los dos 
juntos, apellidando "¡Sanctiago, Sanctiago y á ellos!” comenzaron á su¬ 
bir, rescibiendo muy duros y graves golpes; siguiéronlos otros muchos; ro¬ 
daban unos, arrodillaban otros; finalmente, tiñiéndose unos á otros, por¬ 
fiaron tanto, que con el ayuda de Dios, aunque fué mucha la defensa, 
entraron en el pueblo. Fueron heridos de los hombres señalados en esta en¬ 
trada Andrés de Tapia, Hernando de Osma; los otros eran muchos. Los 
indios amigos, como vieron subir á los españoles con tanto ánimo y que 
iban ganando tierra á los enemigos, siguiéronlos de tropel, y así los unos 
y los otros hicieron tan gran matanza en los enemigos y dellos se des¬ 
peñaron tantos de lo alto, que todos los que allí se hallaron afirman que 
un río pequeño que cercaba casi aquel pueblo, por más de una hora fué 
tan teñido en sangre, que no pudieron beber por estonces los nuestros 
dél, aunque estaban bien sedientos por el cansancio y el gran calor que 
hacía. Motolinea (i) (por [que] no quiero dexar de decir lo que hallé escrip- 
to) dice que echaron á los mexicanos del pueblo á lanzadas y cuchilladas y 
fueron en su alcance media legua hasta un río pequeño, de grandes ba¬ 
rrancas, de donde se despeñaron muchos, tanto que de todos (que eran 
muchos,) quedaron pocos vivos por no querer la paz ó por no merescerla, 
y que de dos arroyos el uno fué tinto en sangre y del otro bebieron. En 


(i) Al margen: “Motolinea.” 




LIÜRO QUINTO.—CAP. LXXXV 


6i5 


esto tiene gran crédito lo que Cortés escribió, ó por verlo él por sus ojos, 
ó por saberlo de muchos testigos de vista. 

Hecho esto, Sandoval se volvió á Tezcuco, quedándose los de Chal- 
co muy contentos en su tierra y con deseo de volverse á ver otra vez con 
los mexicanos. Fueron Sandoval y Andrés de Tapia más bien rescebidos 
de Cortés que nunca, porque cierto, así ellos coniQ los demás mostraron 
bien el grande y singular esfuerzo que en semejantes trances la nación 
española suele mostrar. 


CAPITULO LXXXV 

CÓMO IDO S'XNDOVAL, LOS MEXICANOS REVOLVIERON SOBRE LOS DE CHALCO^ 

Y CÓMO ANTES QUE ALLÁ FUESE SANDOVAL LOS DE CHALCO HABÍAN 

VENCIDO 

En sabiendo que supieron los de México que los españoles y los de 
Chalco habían hecho tanto daño en su gente, determinaron de inviar 
sobre ellos ciertos Capitanes con mucha gente, y esto tan presto, que los 
españoles no tuviesen lugar de poder socorrerlos. Como lo'S de Chalco 
tuvieron aviso desto, inviaron á toda priesa á suplicar á Cortés les tor¬ 
nase á inviar socorro; Cortés lo hizo así con el mismo Sandoval, y así 
con la misma gente de pie y de caballo. En el entretanto que los de ChaL 
co despacharon, llegaron las guarniciones mexicanas. Salieron los de 
Chalco al campo con ánimo español más que índico, como los que habían 
andado en compañía de españoles y los tenían cerca, y que por horas 
los esperaban. Presentóse la batalla de una parte y de la otra en un gran 
campo, con mucho ardid y ánimo; los mexicanos, por tener en poco á 
los de Chalco y haber tanto tiempo antes que los tenían subjectos y tener 
espiados á los españoles, que para aquel tiempo no podían venir en so¬ 
corro; los de Chalco no estaban menos animosos, ni con menos coraje 
salían á la batalla, porque como ya libres de la antigua subjección y alia¬ 
dos con gente tan valiente, les habían perdido todo temor y respecto; an¬ 
tes cebados en ellos, deseaban tomar venganza de todo. 

Encendidos desta manera los unos y los otros, rompieron, según sus 
fuerzas, con gran furia los unos con los otros; trabóse de tal suerte 
la batalla que por grande espacio no se pudo conoscer la victoria. Final¬ 
mente, muriendo muchos de los mexicanos, quiso Dios que los de Chal¬ 
co saliesen victoriosos. Siguieron el alcance buen trecho, haciendo gran 
matanza, como los que tenían á España en el cuerpo; tomaron cuarenta 
vivos y entre ellos un Capitán. 

Fué para ellos esta victoria de tanta importancia, porque alanzaron 
de su tierra á los que los trataban peor que á esclavos, que no se puede 
creer. Cuando Sandoval llegó, halló los campos poblados de muertos y hu¬ 
yendo por el agua en canoas los mexicanos que quedaron. Llegado que fué, 



6i6 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


los de Chalco muy ufanos por la victoria pasada, mostrándole los muertos, 
le entregaron los vivos y con aquel Capitán dos principales, y esto hi¬ 
cieron para que luego los inviase á Cortés, porque sabían que dello ha¬ 
bía de rescebir contento. El invió dellos y dellos dexó consigo, por ase¬ 
gurar más á los de Chalco. Estuvo con toda la gente en un pueblo que 
era frontera de los mexicanos, y después que le paresció que no había 
nescesidad de su estada, se volvió á Tezcuco, trayendo consigo á los otros 
prisioneros que le habían quedado. 


CAPITULO LXXXVI 

DEL SOCORRO QUE VINO Á CORTES, Y CÓMO DE LOS PRISIONEROS INVIÓ 
DOS A LOS MEXICANOS 

Como ya el camino para la villa de la Veracruz desde Tezcuco esta¬ 
ba seguro, de manera que podían ir é venir por él, los de la Villa tenían 
cada día nuevas de Cortés y él dellos, lo que antes no podían. Inviáronlc 
con un mensajero ciertas ballestas, escopetas y pólvora, con que hu¬ 
bieron gran placer, y desde á dos días le inviaron otro mensajero, ha¬ 
ciéndole saber que al puerto habían llegado tres navios y que traían mu¬ 
cha gente y caballos y que luego los despacharían; creo que eran los 
mismos de quien atrás hemos hablado. Con todo esto, procuraba Cor¬ 
tés, por todas las vías y formas que podía, atraer á los mexicanos 
á su amistad, por no destruirlos y descansar de los trabajos de las gue¬ 
rras pasadas, y asi, dondequiera que podía haber alguno de México, 
le prendía, y sin hacerle mal, sino todo buen tratamiento, le tornaba á 
inviar á México, para que por aquella vía los mexicanos se ablandasen 
y viniesen á lo bueno. Persistiendo en esto, el Aliércoles sancto, veinte 
y siete de Marzo del año de quinientos é veinte é uno, hizo traer ante 
sí á aquellos principales de México que los de Chalco le habían inviado. 
Díxoles si algunos dellos querían ir á México, que les daría libertad con 
tal que le prometiesen hablar de su parte á Guatemucin y á los otros 
señores mexicanos y les dixesen que no curasen de tener más guerra con 
él, pues habían de llevar siempre lo peor, y que se diesen, como antes 
lo habían hecho, por vasallos del Emperador, porque no los quería des¬ 
truir ni había venido á eso. sino á ser su amigo. Ellos, aunque se les hizo 
de mal, porque tenían temor que yendo con aquel mensaje los matarían, 
dos dellos se determinaron de ir, pidiéndole una carta, no porque los 
mexicanos la habían de entender, sino porque viesen que Cortés los ha¬ 
bía soltado é inviado libres, encargándoles aquel mensaje. Cortés escri¬ 
bió la carta y cerrada se la dió, dándoles á entender con la lengua que 
lo que en la carta iba era lo mismo que él de palabra les había dicho, é 
así se partieron, y Cortés mandó á cinco de á caballo saliesen con ellos 
hasta ponerlos en salvo: pero ni de los mensajeros ni de la carta hubo 




LIBRO QUINTO.—CAP. LXXXVII 


617 

repuesta, antes, como hombres empedernidos y obstinados, cuando más 
con paz los convidaban, tanto más respondían con guerra, como luego 
se dirá. 


CAPITULO LXXXVII 

CÓMO LOS MEXICANOS REVOLVIERON SOBRE LOS DE CHALCO, É HACIENDOLO 
SABER Á CORTÉS, RESPONDIÓ QUE ÉL QUERÍA IR AL SOCORRO 

El Sábado sancto los de Chalco y otros sus aliados é amigos invia- 
rori á decir á Cortés que los de México venían sobre ellos, porfiando 
de vengarse. Mostráronle pintados en un paño blanco grande los pueblos 
con sus nombres que contra ellos venían é los caminos que traían; rogᬠ
ronle con grande instancia, por ser sobrada la gente, que en todo caso 
los socorriese. Cortés les respondió que desde á cuatro ó cinco días in- 
viaría socorro. Ellos al tercero dia de Pascua de Resurección volviendo, 
le dixeron que era menester que con toda brevedad los socorriese, por¬ 
que á más andar se acercaban los enemigos. Cortés les dixo que él que¬ 
ría ir á socorrerlos é mandó pregonar que para el viernes siguiente estu¬ 
viesen apercebidos veinte y cinco de á caballo y trecientos peones. 

Estando los negocios desta manera, el jueves antes vinieron de paz 
á Tezcuco, traxeron gran presente de ropa los mensajeros de las pro¬ 
vincias de Tucupan é Alaxcalcingo é Autlan (*), grandes pueblos, con 
otros sus vecinos que estaban en su comarca. Dixéronle y con muy gran 
voluntad que venían á darse por vasallos del gran señor de los cristianos 
y á ser sus amigos, porque ellos no habían muerto español, ni ofendido 
en otra manera á Cortés, el cual los rescibió y trató muy bien. Respondió¬ 
les alegremente y en breve, porque estaba de partida para Chalco, que 
él en nombre de Su Majestad los rescebía y ampararía contra sus enemi¬ 
gos, como al presente quería hacer por los de Chalco, y con esto se fuesen 
en buen hora, hasta que más despacio los pudiese hablar. Ellos se despi¬ 
dieron muy contentos dél, porque pocos ó ningunos iban menos. 

El viernes siguiente, que fueron cinco de Abrill del dicho año, salió 
Cortés de la ciudad de Tezcuco con treinta de á caballo y trecientos 
peones, que estaban ya apercebidos, y dexó en ella otros veinte de á 
caballo é trecientos peones y por Capitán dellos á Gonzalo de Sandoval. 
Salieron con Cortés más de veinte mili amigos tlaxcaltecas y tezcucanos 
y en su ordenanza, como siempre solía. Fué á dormir á una población 
de Chalco, llamada Tlalnianalco, donde fué bien rescebido y aposenta¬ 
do, y allí, porque estaba una buena fuerza, después que los de Chalco 
fueron nuestros amigos, siempre tuvieron una buena guarnición, porque 
era frontera de los de Culhúa. 

Otro dia, que se le llegaron más de otros cuarenta mili amigos, 


p*') Debe ser Nautlan. 




6 i8 


CRÓXICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


llegó á Chalco á las nueve del día, sin detenerse más de hablar á aque* 
líos señores y decirles que su intención era dar una vuelta en torno de 
las lagunas, porque para estonces estarían ya los bergantines prestos^ 
y si alguna falta tenían, enmendados. Como les hubo dicho esto, aquel 
día, á vísperas, partió de allí é llegó á una población de la misma provin¬ 
cia donde asimismo se le llegó mucha gente. Durmió allí aquella noche; 
y porque los naturales de aquella población le dixeron que los de Cul- 
húa le estaban esperando en el campo, mandó que al cuarto del all)a 
toda la gente estuviese en pie apercebida. 

CAPITULO LXXXVIII 

CÓMO OTRO DÍA PARTIÓ CORTES DE ALLÍ, Y CÓMO HALLÓ UN PEÑOL MUY 
FUERTE, Y DE LA MANERA QUE TUVO EN ACOMETERLE 

Otro día, en oyendo misa, comenzó á caminar Cortés, tomando él 
la delantera con veinte de á caballo, mandando ir en la rezaga los diez que 
restaban, y así, con gran cuidado, pasó por entre unas sierras muy agras. 
Como á las dos, después de mediodía, llegó á un peñol muy alto é muy 
agro, encima del cual estaba mucha gente de mujeres y niños, y todas 
las laderas llenas de gente de guerra. Comenzaron luego, como suelen, 
á dar grandes alaridos, haciendo muchas ahumadas, tirando á los nues¬ 
tros con hondas y muchas piedras, flechas y varas, por manera que lle¬ 
gándose cerca rescebian mucho daño, y aunque Cortés había visto que 
no le habían osado esperar en el campo, parescíale que era otro el ca¬ 
mino y que le había errado, según los de Chalco le dixeron, que no me¬ 
nos que en el campo le esperarían. Estuvo Cortés muy dubdoso qué ha¬ 
ría, porque pasar adelante sin hacerles algún mal sabor y que los indios 
amigos pensasen que de cobardía lo hacia, parescíale mal caso, y aco¬ 
meter, cosa temeraria por la terrible fortaleza que el peñol tenía, era 
atrevimiento demasiado. Finalmente, queriendo más morir que dar 
muestra de temor, comenzó á dar una vista en torno del peñol, que tenía 
casi una legua; vióle tal que le paresció locura ponerse á ganarlo, y aun¬ 
que pudiera, cercándole, poner en nescesidad de darse á los que en él 
estaban, no quiso, por no detenerse, y así, abrazándose con aquel dicho 
que dice: Al mayor temor, osar’’, determinó de subir el risco por tres par¬ 
tes que él bien habia visto. Mandó á un Cristóbal Corral, Alférez de sesen¬ 
ta hombres, que él siempre traia consigo, que con su bandera acometiese y 
subiese por la parte más agra, y que ciertos escopeteros y ballesteros le 
siguiesen. Mandó á Joan Rodríguez de Villafuerte y á Francisco Ver¬ 
dugo, Capitanes, que con sus gentes é con otros ciertos ballesteros y es¬ 
copeteros subiesen por la otra parte, y que asimismo Pedro Dircio y 
Andrés de Monjaraz, Capitanes, acometiesen por la otra parte con los 
ballesteros y escopeteros que quedaban, é que todos á una, en oyendo 
soltar una escopeta, aunque IMotolinea dice tocar una trompeta, acome- 






LIBRO QUINTO.-CAP. I.XXXTN 619 

tiesen con grande furia é ímpitu, determinados de morir primero que 
volver atrás; é luego, en disparando la escopeta, fue cosa de ver, apelli¬ 
dando ¡ Sanctiago, y á ellos! con cuánto esfuerzo acometieron los nues¬ 
tros. Ganaron á los enemigos dos vueltas del peñol, que no pudieron su¬ 
bir más, porque con pies y manos no se podían tener, á causa de la in¬ 
creíble aspereza y agrura del cerro, especialmente que los de arriba, como 
gente fortalescida, echaban de lo alto con ambas manos, y muchas veces 
dos y tres hombres juntos, tan grandes piedras que haciéndose pedazos 
por el camino hacían gran daño. Finalmente, fué tan recia la defensa, 
que habiendo herido más de veinte españoles, mataron dos, el uno de 
los cuales perdiendo el sentido, de una pedrada que le había undido los 
cascos. Cortés con un cuchillo de escribanía se los levantó, y desta mane¬ 
ra tuvo lugar, primero que muriese, de confesarse; y á tener los enemigos 
más entendimiento, no quedara español vivo, y en fin, como Cortés vió 
que en ningua manera podía pasar de las dos albarradas é que se iban 
juntando muchos de los contrarios en socorro del peñol, que todo el cam¬ 
po estaba lleno dellos, hizo señal de recogerse. Baxaron los Capitanes 
con su gente, arremetieron los de caballo á los que en el campo estaban, 
rompiéronlos y alanceándolos los echaron del campo, y matando en ellos, 
duró el alcance más de hora y media. 

CAPITULO LXXXIX 

CÓMO CORTÉS COMBATIÓ OTRO PEÑOL, Y CÓMO AMBOS SE LE DIERON DE PAZ. 

V DE LO QUE LE DI XEROX Y ÉL LES DTXO 

Como era mucha la gente que los de caballo siguieron, derramáronse 
á una parte y á otra, y á esta causa reconoscieron mejor la tierra, de 
manera que después de haberse juntado, hubo algunos que dixeron que 
habían visto otro peñol no tan grande ni tan fuerte, con mucha gente, 
una legua de allí, y que por lo llano, cerca dél había gran poblazón y que 
no podían faltar las dos cosas que en el otro habían faltado, la una el 
agua, y la otra la facilidad de poderle entrar. Informado desto Cortés, 
aunque harto mohíno de haber hecho tan poco en el otro peñol, se holgó 
con aquellas nuevas, por suplir en lo uno lo que había faltado en lo otro, 
y así, sin más detenerse, partió luego de allí é fuese aquella noche cerca 
del otro peñol, adonde él y la gente pasó harto trabajo, porque tampoco 
halló agua ni en todo aquel día habían bebido ellos ni sus caballos; y como 
la cena que llevaban no era muy grande, pasaron aquella noche con no 
menos hambre que sed, oyendo á los enemigos el grande estruendo que 
con atabales é caracoles é grita hacían, y en siendo de día claro. Cortés 
con algunos Capitanes, comenzó á mirar el risco, el cual le paresció no 
menos fuerte que el otro, pero tenían dos padrastros. (*) más altos que él. 


C) En el Ms. “padastros”. 




620 CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 

que por todas partes le señoreaban, y no tan agros de subir. En éstos había 
mucha gente de guerra para defenderlos. Cortés con sus Capitanes y con 
otros hidalgos que le acompañaban, embrazando sus rodelas, se fueron 
á pie hacia el un padrastro, porque los caballos los habían llevado á beber 
una legua de allí. El intento de Cortés era ver estonces la fuerza del pe- 
ñol y por dónde se podía combatir, y como la demás gente lo vió ir así, 
aunque no se les había dicho nada, siguieron tras dél, y como por entre 
los padrastros llegaron hasta la halda del peñol, los que estaban en los pa¬ 
drastros como en lugar menos fuerte aunque alto, creyendo que los nues¬ 
tros querian acometer, desamparáronlos, ó por miedo, ó por socorrer á 
los suyos, que estaban en el peñol. Como Cortés vió el desconcierto de los 
enemigos y que tomados ac|uellos dos padrastros se les podía hacer desde 
allí mucho daño, muy al descuido y sin bullicio mandó á un Capitán que 
de presto con su gente tomase el padrastro más agro y fuerte. Hízolo asi 
el Capitán, y Cortés con la otra gente comenzó á subir el cerro arriba, 
donde estaba la más fuerza de la gente. Ganóles luego una vuelta y pú¬ 
sose en una altura que casi igualaba con lo alto, de donde los enemigos 
peleaban, lo cual así á los españoles como á los indios paresció cosa im¬ 
posible, y de lo que más se maravillaron que fuese tan sin sangre y pe¬ 
ligro de los nuestros. 

En este comedio un Capitán se dió tan buena maña que con su gente 
puso su bandera en lo más alto del cerro, y desde allí comenzando á sol¬ 
tar escopetas y ballestas, hacía tan mala vecindad á los enemigos, que 
ellos viéndose apretados por lo alto y por lo baxo. é que si el negocio 
iba adelante habían de perescer todos, hicieron señal, poniendo las ar¬ 
mas en el suelo, que se querían dar. Visto esto por el General, como 
siempre era su motivo traerlos por bien, aunque ellos eran malos y los 
más merescían muerte, mandó hacer señal también de paz. 


CAPITULO XC 

DU SE PROSIGUE CÓMO LOS DESTE PEÑOL SE DIERON DE PAZ Y CON ELLOS 
LOS DEL OTRO. Y LO QUE MÁS PASÓ 

Los indios, como vieron esto, dexadas las armas, baxaron todos á 
lo llano, donde los Capitanes y principales pidieron en nombre de todos 
los demás, perdón á Cortés por lo pasado, diciendo que en lo de adelante 
lo enmendarían, y ciue bien vían que era trabajar en balde tomarse con 
los españoles, que tan fuertes y valientes eran, pues para contra ellos no 
había fuerza, castillo ni sierra que ellos luego no lo allanasen, y que lo que 
habían de hacer por fuerza y á costa de su sangre y vida, lo querían ha¬ 
cer de su voluntad, para que con razón se lo agradesciese; y que para 
que viese cuán de voluntad se le daban y querían ser sus amigos y va¬ 
sallos del Emperador, inviaron luego á los del otro peñol á decirles que 




l.inRO QUINTO.-CAP. XCl 


621 


luego se diesen de paz, y lo mucho que lo acertaron en hacerlo. Cortés 
á este punto mostró más contento; díxoles que él se holgaba mucho de 
que entendiesen de los españoles dos cosas, la una que para ellos no ha¬ 
bía cosa fuerte, la otra que cuando son vencedores, son benignos y cle¬ 
mentes y que con gran facilidad perdonan las injurias y agravios, ampa¬ 
rando y defendiendo, como á bienhechores los que se les rinden, y que 
hiciesen luego lo que decían, porque si los del otro peñol perseveraban 
en su mal propósito, pagarían cruelmente por sí y por los otros. Respon¬ 
diendo á esto, luegO' cuatro ó cinco Capitanes, con muchos que los acom¬ 
pañaron, á toda priesa fueron al otro peñol. Dixéronles lo que había 
pasado y que los españoles tenían alas, que subían adonde los páxaros 
no podían, que se diesen luego, como ellos habían hecho, y que los es¬ 
pañoles eran de tan buen corazón que en rindiéndoseles los ofensores 
no sabían levantar el espada ni acordarse de agravios rescebidos, como 
con ellos habían hecho, y que, como lo entenderían adelante, aquellos 
cristianos hasta vencer eran bravos y crueles, pero que después de ven¬ 
cedores eran clementes y piadosos, y que siendo esto así, valía más ha¬ 
cer de grado luego lo que después habían de hacer por fuerza. 

Los del peñol, oídas estas razones de sus naturales y amigos, aunque 
estaban muy fortalescidos, como les faltaba el agua, y cercados habían 
de perescer de sed, baxados del peñol los Capitanes y hombres princi¬ 
pales, se fueron con sus amigos do Cortés estaba, al cual pidieron con lᬠ
grimas perdón de lo pasado. El los rescibió y perdonó con gran afabi¬ 
lidad, mostrando bien por la obra ser verdad lo que los que habían ido 
á traerlos habían dicho de palabra. Hecho esto, estuvo allí dos días, de 
donde invió á Tezcuco los heridos, é otro día se partió para Guastepec. 


CAPITULO XCI 

CÓMO CORTÉS PARTIÓ PAR.\ GUASTEPEC Y DE CÓMO ALLÍ FUE RESCEEIDO, 
Y DE LA FRESCURA DESTE PUEBLO, Y CÓMO DE ALLÍ PASÓ Á YAUTEPEC 

Aquel día á las diez de la mañana que partió del Peñol llegó Cortés 
á Guastepec, do fué bien rescebido. Aposentóse en una gran casa que 
estaba en la huerta del señor y los demás en otros aposentos alderredor 
de aquella casa, que era muy principal y fabricada conforme á la gran¬ 
deza y frescura de la huerta, la cual en aquel tiempo era la mejor que en 
todo este Nuevo Mundo ni en el antiguo hallar se podía, porque tenía 
de circuito dos grandes leguas y por medio corría un hermoso río pobla¬ 
do de la una parte y de la otra de muchos y frescos árboles, y de trecho 
á trecho, como dos tiros de ballesta, había aposentos é jardines gracio¬ 
sísimos, poblados de muchas verduras y flores é rosas y de todas las flo¬ 
res é frutas que la tierra llevaba. Había dentro caza de conejos y liebres 
y venados mansos, aves las que se podían haber, muchas sementeras, mu- 


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622 CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 

chas fuentes de clara y hermosa agua, especialmente una que regaba 
la mayor parte de la huerta, con caños encalados; es una de las buenas 
fuentes del mundo. Finalmente, tenía esta huerta, aliende de los edifi¬ 
cios, peñascos graciosos, y labrados en ellos escaleras, cenaderos, orato¬ 
rios y miradores, todo lo que se puede pedir y desear para hacer muy 
apacible y deleitosa cualquiera muy sumptuosa y real huerta, y así Mote- 
zuma la tenía en mucho y con aparato real se iba á recrear á ella. 

En esta huerta reposó aquel día Cortés con todo su exército ; hicié- 
ronle los naturales todo el placer y servicio que pudieron, especialmente 
el señor, que muy rico y comedido era. Otro día de mañana se partió, 
V á las ocho del día llegó á una poblazón bien grande que se dice Yante- 
pee, en la cual mucha gente de guerra de los enemigos le estaba espe¬ 
rando; y como llegó, paresció que querían hacer alguna señal de paz. ó 
por el temor que tuvieron, ó por engañar“á los nuestros, pero luego sin 
más acuerdo, ni hacer resistencia, comenzaron á huir, desamparando su 
pueblo. Cortés no se quiso detener; siguiólos con treinta de á caballo, 
dió tras dellos bien dos leguas hasta encerrarlos en otro pueblo que se 
dice Xiutepec. donde alancearon y mataron mucha gente. 

En este pueblo hallaron los nuestros la gente muy descuidada, porque 
llegaron primero que sus espías; mataron algunos que se quisieron po¬ 
ner en defensa, tomaron muchas mujeres y muchachos, y todos los de¬ 
más huyeron. Cortés estuvo dos días en este pueblo, creyendo que el se¬ 
ñor dél se viniera á dar de paz, y como nunca vino, cuando se partió 
hizo poner fuego al pueblo, que esto convenía estonces; é antes que dél 
saliese, vinieron ciertas personas del pueblo de atrás, llamado Yautepec, 
los cuales le rogaron los perdonase é que ellos de su voluntad querían ser 
vasallos del Emperador de los cristianos é amigos verdaderos de los 
nuestros. Cortés los rescibió de buena voluntad, porque en ellos se había 
hecho buen castigo, y así no les dixo más de que por el castigo pasado 
verían cuánto les convenía perseverar en el amistad que ofrescían. 


CAPITULO XCII 

CÓ.AíO CORTÉS FUE A OUAUNAUAC, FUERTE Y GRANDE PUEBLO. V CÓMO 

POR EL Animo de un indio tlaxcalteca vino A ser señor dél 

Aquel día que Cortés se partió, llegó á las nueve de la mañana á 
vista de un pueblo estonces muy fuerte, que se llama Quaunauac, dentro 
del cual había mucha gente de' guerra, muy lucida, y era tan fuerte d 
pueblo por la cerca de muchos cerros y barrancas que la rodeaban (por¬ 
que había alguna de diez estados y más de hondo) que ningún hombre 
de á caballo podían entrar sino por dos partes, y éstas estonces los nues¬ 
tros no las sabían, y aun para entrar por aquéllas habían de rodear más 
de legua y media. También se podía entrar por puentes de madera, pero 


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LIBRO QUINTO.—CAP. XCll 


6^3 


teníanlas, por miedo de los nuestros, alzadas, y á esta causa estaban tan 
fuertes, y á su parescer, y aun al de los nuestros, tan á su salvo, que aunque 
fueran diez veces más los españoles é indios amigos no los tuvieran en 
nada, y así, cada vez que los nuestros se atrevían á llegarse hacia ellos, 
los enemigos á su placer Ies tiraban muchas varas, flechas y piedras, 
haciendo más daño que rescebían, aunque con todo esto, siempre por¬ 
fiaron los nuestros, paresciéndoles (como fué) que no había de faltar 
manera cómo les poder entrar, y así, estando en la furia del combate, 
un indio tlaxcaltcca, muy valiente y animoso, pasó por un paso muy pe¬ 
ligroso, de tal manera que los enemigos nunca le vieron, é como ellos de 
súbito y sin pensarlo le vieron cerca de donde ellos peleaban, creyendo 
que los españoles les entraban por allí, ca nunca pudieron dar en que 
indio se atreviese á pasar por allí, y así ciegos, desatinados y espan¬ 
tados, comenzaron á ponerse en huida, y el indio tras dellos, en pos del 
cual siguieron luego tres ó cuatro mancebos, criados de Cortés, é otros 
dos soldados de una capitanía. Pasaron de la otra parte Cortés con los 
de caballo; comenzó á guiar hacia la sierra para buscar entrada, y como 
entre los nuestros y los enemigos no había más que una barranca á 
manera de cava, estándose tirando los unos á los otros muy embebecidos, 
sin atender, como diestros en guerra, á más de lo que hacían los españoles 
que habían pasado tras del indio, de improviso, con grande ánimo y grita, 
desnudas las espadas, hiriendo y matando, dieron sobre ellos, los cuales, 
como salteados y fuera de todo pensamiento que por las espaldas se les 
podía hacer alguna ofensa, porque no sabían que los suyos hubiesen des¬ 
amparado aquel paso por donde los nuestros entraron, embazaron y per¬ 
dieron de tal manera el ánimo, que no acertaban á pelear. Los nuestros 
mataban en ellos y hacían sin resistencia gran carnicería, y desque re¬ 
portándose un poco, cayeron en la burla, comenzaron á huir é ya la gente 
española de á pie con muchos tlaxcaltecas estaba dentro en el pueblo, 
quemando y saqueando las casas. Los enemigos que en ellas estaban, á 
toda furia las desampararon, y huyendo, se acogieron á la sierra, aunque 
murieron muchos dellos, y los de caballo siguieron y mataron también 
muchos, y después que hallaron por donde entrar al pueblo, que sería á 
mediodía, aposentáronse en las casas de una huerta, porque lo hallaron 
todo casi quemado, é ya bien tarde el señor de aquel pueblo, con algunos 
otros principales, viendo que en cosa tan fuerte no se habían podido 
defender, temiendo que allá á la sierra los irían á buscar, acordaron de 
venir á darse de paz, prometiendo de guardar de ahí adelante el amistad. 
Cortés los rescibió muy bien y reprehendiéndoles que por qué habían 
querido que los destruyesen y quemasen sus casas, respondieron (cosa 
cierto donosa) que por satisfacer más por sus culpas y delictos, quisieron 
más consentir primero se les hiciese daño, porque hecho, los nuestros 
después no tendrían tanto enojo dellos. 


624 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO XCIII 

CÓMO CORTÉS FüÉ A SUCHIMILCO^ Y DEL TRABAJO QUE EN EL CAMINO PASÓ, 
Y DE LA GUERRA QUE HIZO Á LOS DEL PUEBLO 

Después de haber Cortés dormido aquella noche en el pueblo, siguió 
su camino hacia México por la mañana é por una tierra de pinares des¬ 
poblada é sin ningún agua é con un puerto que tiene casi tres leguas de 
subida. Pasáronle los nuestros con grandísimo trabajo y sin beber, tanto 
que muchos de los indios amigos perescieron de sed. Pararon á siete 
leguas de donde habían salido, en unas estancias, aquella noche, y por 
ir con la fresca y sentir menos el camino, salieron en amanesciendo: 
llegaron temprano á vista de una gentil ciudad que se ilice Suchimilco, 
la cual está asentada en el alaguna dulce; y como los vecinos della estaban 
avisados de la venida de los nuestros, tenían hechas muchas albarradas 
é acequias é recogida mucha munición de varas, flechas y piedras y 
alzadas las puentes de todas las entradas de la ciudad, la cual está de 
México cuatro leguas. 

Estaba dentro mucha y muy lucida gente, determinada de se defender 
ó morir. Cortés les invió á decir, lo que siempre solía, que era mejor 
se diesen de paz, excusando los daños que se les podían seguir, que no 
perseverar en su mal propósito, pues tendrían entendido lo que les había 
subcedido á los demás. Ellos, como eran tantos y tan fortalescidos, hi¬ 
cieron las orejas sordas, dando por repuesta el tirar flechas y varas. 
Cortés, visto esto, ordenó su gente, hizo apear á los de caballo, y puestos 
todos en orden y concierto, se apeó él y con ciertos peones escopeteros, 
ballesteros y rodeleros, que llevaban cargo de rodelar á ios ballesteros y 
escopeteros, acometió la primera albarrada, detrás de la cual había 
infinita gente de guerra, y como comenzaron á disparar los ballesteros 
y escopeteros, diéronles tanta priesa é luciéronles tanto daño, sin rescebir 
casi ninguno, que los del albarrada, no pudiéndolo sufrir, feamente la 
desampararon é los españoles; con ánimos de tales, se echaron luego al 
agua y pasaron, aunque bien mojados, adelante por donde hallaban tierra 
firme, y en media hora poco más, que pelearon con los enemigos, les 
ganaron la principal parte de la ciudad é una muy fuerte puente en la 
cual estaba la principal fuerza. Los que la defendían se echaron en el 
agua, metiéndose en sus acales, y los demás retrayéndose é haciendo lo 
mesmo, pelearon fuertemente con los nuestros hasta la noche. Unos 
daban voces pidiendo paz, é otros peleaban valientemente; é moviendo 
tantas veces paz é peleando, juntamente, cayeron los nuestros en el astu¬ 
cia y ardid, que era por entretener á los nuestros y alzar ellos sus hacien¬ 
das y poner en cobro las joyas y ropas que tenían guardadas, y también 
por dilatar tiempo en el entretanto que les venía socorro de Aíéxico. 

Este día mataron los indios dos españoles, porque se desmandaron 





LIBRO QUINTO.—CAP. XCIV 


62b 


de los otros á robar y vinieron en tanta nescesidad que nunca pudieron 
ser socorridos. Esto suele hacer la demasiada cobdicia. 


CAPITULO XCIV 

DO SE PROSIGUE LA BATALLA Y SE TRATA DE UN CASO EXTRAÑO QUE SUBCEDiÓ 

Á CORTÉS 

En la tarde pensaron los enemigos cómo podían atajar á los nuestros 
de manera que no pudiesen salir de su ciudad con las vidas, é juntos 
muchos dellos determinaron venir por la parte que los nuestros habían 
entrado, los cuales como los vieron venir tan de súbito, espantáronse de 
ver su ardid y presteza. Cortés estonces, viendo que el negocio iba per¬ 
dido, con seis de caballo arremetió á ellos, rompiólos, y muchos, de temor 
de los caballos, se pusieron en huida, aunque otros fueron tan valientes 
que con sus espadas y rodelas esperaban á los de á caballo. Abrió Cortés el 
camino para que todos los suyos pudiesen salir tras dél, los cuales, cuando 
se vieron fuera de la ciudad, aunque había muchos trampales, hirieron y 
mataron á muchos de los enemigos, y como eran tantos, trabóse de tal 
manera la batalla, que los nuestros, no solamente se cansaban de matar 
y herir, pero los caballos andaban ya fatigados de tal manera que el de 
Cortés, como trabajaba más, andando de acá para allá, no pudiendo su¬ 
frir el trabajo, se dexó caer en el suelo. Cortés se apeó con gran presteza, 
y tomando la lanza con ambas manos, la jugó de manera que no menos 
mal hacía con el regatón que con el hierro. Defendiéndose desta manera 
un rato de muchos que le tenían rodeado, llegó allí un tlaxcalteca con 
su espada y rodela, que no supo por dónde entró. Díxole: ''No tengas mie¬ 
do, que yo soy tlaxcalteca.^' Ayudóle luego á levantar el caballo, que estaba 
ya algo alentado, é á subir en él á Cortés. Acudió luego un criado suyo, 
y tras él muchos españoles. Miró Cortés en el indio, que le paresció 
bien alto y muy valiente. 

Revolvió Cortés con los compañeros sobre los enemigos; dióles tan¬ 
ta priesa que desampararon el campo sin volver á su ciudad, y en el 
entretanto que los que tenían caballos para ello y los tlaxcaltecas se¬ 
guían el alcance. Cortés, con otros de á caballo que no podían seguirle, 
se volvieron á la ciudad, y aunque era ya casi noche y razón de re¬ 
posar, mandó cegar de tierra y piedra las puentes alzadas por do iba 
el agua, para que los de caballo pudiesen entrar y salir sin estorbo, y no 
se partió de allí hasta que todos aquellos malos pasos quedaron muy 
bien adereszados y con mucho aviso y recaudo de velas. Pasó aquella 
noche durmiendo á ratos, rescibiendo á los que del alcance volvían, 
aunque no fué grande, porque ya anochescía cuando se acabaron de rom¬ 
per los enemigos. 

Otro día por la mañana cabalgó Cortés, buscó con gran cuidado por 


40 




626 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


SÍ y por las lenguas aquel indio que le había ayudado, para honrarle y 
favorescerle, agradesciéndole lo que por él, en tan gran peligro, había 
hecho, y después de haberle buscado con toda la diligencia posible, ni 
entre los vivos ni entre ios muertos lo pudo hallar, porque llevarle preso 
los indios no lo acostumbraban. Creyó, según Cortés era devoto de Sant 
Pedro, que en aquella aflición y trance le socorrió é ayudó en figura de 
tlaxcalteca. Duróle á Cortés el cuidado hartos días de saber de aquel in- 
dió, y jamás pudo saber nada más de lo que presumió. 

CAPITULO XCV 

DE UN BRAVO Y SOBERBIO RAZONAMIENTO QUE GUAUTEMOCIN, SEÑOR DE 

MÉXICO, HIZO A LOS SUYOS, PERSUADIÉNDOLOS Y EXHORTÁNDOLOS A 

QUE DE IMPROVISO DIESEN SOBRE CORTÉS EN SUCHIMILLCO 

Como supo Guautemuza que los nuestros estaban en Suchimilco, 
llamando á los señores y Capitanes, para animarlos é indignarlos contra 
los nuestros, para que con la presteza posible se efectuase lo que él tanto 
deseaba, les dixo con gran coraje: '‘¿Qué es esto, señores y valientes 
Capitanes, que estando nosotros vivos, en nuestra gran ciudad de Mé¬ 
xico, cabeza del mundo, después de vencidos, rotos y desbaratados y 
muertos más de seiscientos destos perros cristianos, vuelvan delante de 
nuestros ojos á rodear nuestra ciudad, robar, destruir y quemar nuestros 
pueblos, levantar otros que en nuestro servicio teníamos, vencieron los 
fortalescidos en los peñoles, que no bastaran nuestros dioses á hacerlo, 
[y] por doquiera que van, como tigres y leones, son vencedores? Las ma¬ 
nos me quiero comer de rabia y pelarme las barbas, de que no hayamos 
puesto remedio. ¿ Qué esperamos, señores, sino que vencidos y rendidos los 
pueblos y ciudades que están alderredor de la nuestra, con mayores fuer¬ 
zas vendrán sobre nosotros estos perros cristianos, enemigos nuestros y de 
nuestros dioses? Ya el negocio está puesto en términos que, no solamente 
nos conviene pelear por nuestros amigos, por nuestra gloria y fama, 
por nuestra hacienda, por nuestra ciudad, por nuestras mujeres y hijo*", 
sino por nuestras vidas, por nuestra libertad y, lo que más es, por nues¬ 
tros dioses. ¿Para qué queremos las haciendas, los triunfos ganados, 
los amigos, las mujeres y hijos y las vidas, si hemos de perder la libertad 
y permitir que nuestros buenos dioses, de quien tantas mercedes hemos 
rescebido, sean tan gravemente ofendidos, que ellos con sus templos tan 
afrentosamente sean quemados y deshechos? Si os duele su honra, si os 
acordáis que sois mexicanos, señores del mundo; si tenéis en la memoria 
las victorias ganadas y los grandes reinos y señoríos que vosotros y 
vuestros antepasados ganaron, no sé cómo os podéis sufrir sin que, como 
leones furiosos, arremetáis y saltéis contra tan malos hombres. Cuando 
faltaren los arcos, las varas, las macanas y rodelas, las piedras y las 
demás armas, de que asaz tenéis abundancia, aguzad los dientes, dexad 







LIBRO QUINTO.—CAP. XCVI 


627 

crescer las uñas, para que despedazando con los dientes y deshaciendo 
con las uñas á estos perros, venguéis á vos y á vuestros dioses de las 
injurias rescebidas, atajando las que os pretenden hacer, y para esto 
ninguna ocasión se ha ofrescido tan buena como la presente, que están 
Cortés y los suyos en Suchimilco,-como en su casa, descuidados. Aco¬ 
metámoslos de súbito por el agua y por la tierra con todo nuestro poder, 
que no se nos puede escapar hombre dellos que no muera, y así muertos 
con su Capitán, los que están en Tezcuco quedarán para sacrificarlos 
vivos á nuestros dioses, los cuales, volviendo por su honra, no dubdéis 
sino que serán en nuestra ayuda y favor.” 


CAPITULO XCVI 

DE LO MUCHO QUE LOS MEXICANOS SE ENCENDIERON CONTR.\ LOS NUESTROS 
CON EL RAZONAMIENTO DE SU SEÑOR, Y DE CÓMO LUEGO PUSIERON POR 
OBRA LO QUE LES DIXO 

Pudo tanto y tuvo tanta fuerza el soberbio razonamiento de Guaute- 
muza con los suyos (que valiente y facundo era) que no se podría decir 
cuán encendidos quedaron todos á poner por la obra, sin faltar punto, 
todo lo que su señor les dixera; y como naturalmente y tan de atrás eran 
enemigos de los nuestros, la plática brava de su señor hizo en sus pechos 
y corazones lo que en el fuego encendido hace el aceite, y así, ciegos de 
enojo y ardiendo en ira, no respondiendo palabras compuestas y orde¬ 
nadas, como en otros casos hacían, saliendo como furiosos de su Ayunta¬ 
miento y congregación, olvidados de la comida, sin decir más que: 

Mueran los perros cristianos!”, los unos apercibieron las canoas, que 
eran más de dos mili, en las cuales entró luego la gente de guerra, que 
serían más de doce mili hombres: los otros apercibieron y juntaron los 
que habían de ir por tierra, que casi no tenían cuento; y para no ser sen¬ 
tidos, primero que llegasen á Suchimilco, no llevaron por el camino las 
banderas levantadas ni tocaron los instrumentos de guerra ni hicieron 
otros alborotos por donde fuesen sentidos, sino como diestros cazadores, 
fueron callando, por no levantar la caza, teniendo por entendido que si 
los nuestros no huían, no podían escapar de muertos ó presos. 

Salieron desta manera, haciéndoseles larga la jornada, aunque era 
bien corta, braveando, como ellos suelen, más que los de otras nasciones, 
los unos con los otros, diciendo cómo habían de matar y hender. Cortés, 
que en el entretanto no dormía, tiniendo sus espías dobladas, supo cómo 
venía gente. Subióse á una torre de un templo, para ver, como sagaz 
Capitán, qué gente y en qué orden y por dónde venía y por qué par¬ 
tes podría acometer, para proveer en lo que más conviniese. Vió como 
langosta muy espesa, así por el agua como por la tierra, venir tanta gente 
que á otro que no fuera de su ánimo y esfuerzo pusiera gran terror y 



628 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


espanto. Abaxó muy alegre, desimulando en su pecho el peligro que se 
ofrescia; dixo á sus Capitanes: '‘Estos perros vienen por el agua y por 
la tierra, pensando que nosotros estamos descuidados; armémoslos con 
quesos, que este es el día en que se han de hallar muy nescios.^^ Dichas 
estas palabras, sin hacer ruido, por que los enemigos entendiesen que 
estaban descuidados, ordenó su gente española é índica, púsola en dos 
ó tres partes, por donde le paresció que le podían acometer los enemigos. 
Acabado de hacer esto y de haberse él comendado á Dios, andando de 
una parte á otra, vió llegar los que venían por el agua y los que venían 
por la tierra, casi á un tiempo, que los unos cubrían el agua y los otros 
la tierra. Fuésc á los suyos, díxoles palabras de gran virtud y esfuerzo. 
Los Capitanes que de los enemigos venían delante traían desnudas en 
las manos las espadas que en la muerte grande de los españoles habían 
tomado; llegáronse poco á poco con gentil denuedo, apellidando los 
nombres de sus provincias y apellidando todos “¡IMéxico, México! ¡Te- 
nuxtitlan, Tenuxtitlan!”, partsciéndoles que con solo el apellido de Mé¬ 
xico Tenuxtitlan los nuestros habían de desmayar. Amenazáronlos, 
dixéronles palabras injuriosas, y entre ellas, que con aquellas espadas, 
que la otra vez en México les habían tomado, los habían de matar y sacar 
los corazones para ofrescer á sus dioses. Los nuestros callaron, guardán¬ 
dose para la obra, y como los enemigos se fueron acercando, se trabó 
la batalla bien brava y reñida, como diré. 


CAPITULO XCVII 

CÓMO SE TRABÓ LA BATALLA Y CÓMO LA VENCIERON LOS NUESTROS 

Después que todo lo tuvo Cortés tan á punto como convenía y vió 
que los enemigos se acercaban, y con tanta furia, á trecho de romper, 
viendo que por la tierra firme acudía la mayor fuerza del exército, 
mandando hacer señal, salió con veinte de á caballo é con quinientos 
indios tlaxcaltecas, los cuales repartió en tres partes, para romper por 
otras tantas. Mandóles que desque hubiesen rompido, se recogiesen al pie 
de un cerro que estaba media legua de allí, donde también había muchos 
de los enemigos. Díxoles: “Caballeros: De otros tan grandes y mayores 
trances como éste nos ha sacado Dios con victoria; pocos son éstos 
para los que nosotros en su virtud y nombre podemos vencer.” Divididos 
en la manera dicha é dichas estas palabras, cada escuadrón, apelli¬ 
dando “¡ Sanctiagorompió con gran furia por su parte por los ene¬ 
migos, á los cuales desbarataron, alancearon y mataron muchos. Re¬ 
cogiéronse al pie del cerro, donde Cortés mandó á ciertos criados suyos 
muy sueltos y ligeros, que, bien arrodelados, procurasen de subir por lo 
más agro dél, y que él, entretanto, con los de á caballo rodearía por detrás, 
que era más llano, y tomarían á los enemigos en medio, y fué así que 





Lir>RO QUINTO.—CAP. XCVIII 


629 

como los enemigos vieron que los españoles les subían el cerro, volvieron 
las espaldas, y creyendo que huían á su salvo, toparon con los de á 
caballo, y asi embazaron y casi se les cayeron las armas de las manos. 
Hicieron los nuestros y los indios tlaxcaltecas tan grande estrago en 
ellos, que en breve espacio mataron más de quinientos; los demás se 
salvaron huyendo á las sierras. 

Los de á caballo, que eran quince, porque los otros seis acertaron á 
ir por un camino ancho y llano, alanceando en los enemigos, los cuales, 
á media legua de Suchimilco, dieron sobre un escuadrón de gente muy 
lucida, que venía en su socorro, desbaratáronlos asimismo é alanzaron 
algunos, é ya que se hubieron todos juntado donde Cortés les había dicho, 
que serian las diez del día, volvieron á Suchimilco é á la entrada hallaron 
á muchos españoles que con gran deseo estaban esperando á Cortés, 
deseosos de saber lo que le había subcedido. Contáronles el grande aprie¬ 
to en que se habían visto con los enemigos y cómo habían hecho más 
que hombres por echarlos del pueblo y que habían muerto gran cantidad 
dellos y tomádo-les dos de las espadas españolas con que ellos estaban 
tan soberbios. Dixéronles asimismo cómo los ballesteros no tenían ya 
saetas ni almacén. 

Estando en esto, llegó Cortés, el cual, antes que se apease ni hablase 
palabra, por una calzada muy ancha asomó un grandísimo escuadrón de 
los enemigos dando grandes alaridos. Arremetió á ellos Cortés con sus 
compañeros, á los cuales rompiendo, forzó á que por el un lado y el otro 
della se echasen al agua. Quedaron muertos los que no hicieron otro tanto, 
que fué en gran cantidad. Hecho esto, muy cansados se volvieron á la 
ciudad, la cual Cortés mandó quemar luego, no dexando cosa en ella más 
de los aposentos donde él y los suyos estaban, para que no hubiese dónde 
meterse los enemigos. Desta manera estuvo allí tres días sin pasarse 
mañana ni tarde que dexase de pelear. 

CAPITULO XCVIII 

CÓMO CORTÉS SALIÓ DE SUCHIMILCO Y CÓMO TODAVÍA LOS ENEMIGOS LE 

SEGUÍAN, Y CÓMO REVOLVIÓ SOBRE ELLOS HASTA QUE LE DEXARON Y 

CÓMO ENTRÓ EN CUYOACAN 

Pasados los tres días, dexando quemada y asolada toda la ciudad, 
que puso gran espanto después á los moradores della, porque, cierto, se¬ 
gún dicen los que la vieron, tenía muchas y muy fuertes casas, grandes y 
sumptuosos templos de cal y canto y otras cosas muy notables, que el 
mismo Cortés en la Relación que desto escribió dexa de decir, por seguir 
su brevedad, salió al cuarto día por la mañana á una gran plaza que es¬ 
taba en la tierra firme, junto á la ciudad, donde los naturales hacían sus 
tiánguez, y estando dando orden cómo diez de caballo fuesen en la 
delantera é otros diez en medio de la gente, y él con otros diez en la 



63o 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


rezaga, los de Siichimilco, con gran grita dieron sobre los nuestros por 
las espaldas, creyendo que de miedo se iban huyendo. Cortés con los 
diez de á caballo de su compañía, revolvió sobre ellos, é habiendo alan¬ 
ceado muchos dellos, los compelió á volver las espaldas, é así los siguió 
hasta meterlos en el agua, de tal manera que tuvieron por bien de no 
volver á probar más su ventura. Volvió Cortés, y por el orden que había 
comenzado prosiguió su camino, é así llegó á las diez de la mañana á la 
ciudad de Cuyoacan, que está de la de Suchimilco dos leguas. Hallóla 
despoblada; aposentóse en las casas del señor y estuvo allí aquel día 
que llegó, porque en estando que estuviesen prestos los bergantines, 
pensaba de poner cerco á México, y así le venía muy á cuenta ver la 
dispusición desta ciudad y las entradas y salidas della y por dónde los 
españoles podían ofender ó ser ofendidos, y así otro día que llegó, to¬ 
mando consigo cinco de á caballo y docientos peones, se fué hasta el ala¬ 
guna, que estaba muy cerca, que entra en la gran ciudad de México, donde 
vió tanto número de canoas por el agua, y en ellas tanta gente de guerra, 
que ponía espanto, aunque á él más que aquéllo no lo acobardaba. 

Llegó á un albarrada que los enemigos tenían hecha en la calzada, 
mandó á los peones que la combatiesen, y aunque fué muy recia de com¬ 
batir y en la resistencia hirieron diez españoles, al fin la ganaron y ma¬ 
taron muchos indios, aunque los ballesteros y escopeteros se quedaron 
sin saetas y pólvora, que á revolver los enemigos sobre los nuestros, 
pudieran hacer muy gran daño, aunque adonde T:)odían andar los caballos, 
hacían gran estrago y ponían gran espanto. Desde aquí vió Cortés cómo 
la calzada iba derecha por el agua, bien legua y media, hasta dar en 
México, y cómo ella y la otra, que va á dar á Estapalapa. estaban llenas de 
g:"nte sin cuento. Visto bien el sitio y disposición de la ciudad, entendió lo 
mucho que convenía, para poner el cerco á México, asentar allí una parte 
de su real de la gente de pie y de á caballo. Hecha esta consideración, 
recogiendo los suyos, se volvió, quemando las casas y torres de aquella 
ciudad y destruyendo y haciendo pedazos cuantos ídolos podía topar. 


CAPITULO IC 

CÓMO CORTÉS FUÉ Á TACUBA Y DE LOS RECUENTROS QUE TUVO CON LOS 
VECINOS DE LA CIUDAD, Y DE CÓMO LE LLEVARON DOS ESPAÑOLES 
VIVOS 

Deseoso Cortés de volver adonde había dexado los demás compañeros, 
determinó desde Cuyoacan dar la vuelta por la ciudad de Tacuba, aun¬ 
que ya la había visto otra vez, por ver la comodidad que podría haber 
para asentar otra parte de su real para el cerco de México, donde se 
endereszaban todos sus pensamientos y cuidados, como el que veía que 
toda la suma de sus negocios consistía en señorearse de aquella ciudad,. 



LlliRO QUINTO.- CAP. IC 


G3l 


y así, otro día se partió para la ciudad de Tacuba, que estaba dos leguas 
pequeñas de allí, á la cual llegó á las nueve del día, alanceando y matando 
por unas partes y por otras indios que á nubadas, como pájaros, salían 
del alaguna, por dar en los indios de carga que llevaban el fardaje de 
los nuestros, á los cuales no pudieron empecer, á causa de la buena 
orden que llevaban; antes, su atrevimiento les costaba muy caro, porque 
á los que más se atrevían les costaba la vida. Hostigados desta manera 
algunos, los demás dexaron libremente pasar á los nuestros. Ojeó Cortés 
lo mejor que pudo de camino el asiento donde podría poner la otra parte 
de su real y no se quiso detener más en Tacuba para este efecto, pues 
bastaba lo que había visto, y para otro no había para qué. 

Los de México, que se extendían por tierra muy cerca de los términos 
de Tacuba, como vieron que los nuestros no paraban en aquella ciudad, 
creyendo que de miedo pasaban adelante, cobraron grande ánimo, y así, 
con gran denuedo, acometieron á dar en medio del fardaje, pero como 
los de á caballo venían bien repartidos y todo por allí era llano, revol¬ 
vieron de tal suerte sobre ellos, que aunque eran casi infinitos, los des¬ 
barataron, aprovechándose bien dellos, sin rescebir, que fué cosa mara¬ 
villosa, los de á caballo ningún daño, aunque para Cortés y mayor para 
ellos, subcedió una gran desgracia á dos mancebos, criados suyos, que le 
seguían á pie, por ser ligeros; que apartándose dél, lo que nunca habían 
hecho, los tomaron los indios vivos, sin ser vistos de los nuestros. 
Lleváronlos do nunca más parescieron; créese les darían cruda muerte. 
Pesó mucho á Cortés desta desgracia, porque á la verdad eran muy va¬ 
lientes, muy sueltos, y en los recuentros y batallas pasadas se habían 
mucho mostrado, y quisiera Cortés agradescerles y pagarles sus buenos 
servicios. Salió de los términos desta ciudad sin rescebir más daño que el 
dicho. Comenzó á seguir su camino por entre otras poblaciones, donde 
tampoco le faltaron recuentros, porque todo hervía de enemigos. 

Aquí dice Cortés que alcanzó la gente suya que había dexado, 
y que allí supo cómo faltaban aquellos dos mozos que tanto él amaba, y 
así, muy enojado, por vengar su muerte é porque los enemigos todavía 
le seguían como canes rabiosos, se puso con veinte de á caballo detrás de 
unas casas en celada, y como los enemigos vieron á los otros diez con 
toda la gente de pie y fardaje ir adelante, cebados en la caza que pensaban 
hacer, iban en su seguimiento á toda furia por el camino adelante, que 
era muy ancho y muy llano, no se temiendo de cosa alguna. Pasado que 
hubieron buena parte dellos, apellidando Cortés Sanctiago, Sanctiago!” 
dió reciamente en ellos, de manera que antes que se le metiesen en las 
acequias que estaban cerca, había muerto más de cient principales por 
extremo lucidos, cuyas armas y ropas tomaron los Capitanes tlaxcaltecas, 
que volvieron á la refriega, sabiendo que el General quedaba atrás, de¬ 
lante del cual (tanto confiaban de su valor) que peleaban como leones. 
Los enemigos, no sabiéndoles bien tan mala burla, no curaron más de 
porfiar en su propósito; volviéronse á cencerros atapados, como dicen. 



632 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


sin ir peleando, que lo hacen sin discreción é sin oirse unos á otros cuando 
tienen algún buen subceso. 

Este día durmió Cortés dos leguas adelante, en la ciudad de Guatitlan, 
que allí los suyos llegaron bien cansados y trabajados de dos cosas, la 
una de siempre pelear y no ir hora seguros, la otra de la mucha agua 
que aquella tarde les dió encima, de manera que les entraba por los ca¬ 
bezones y les salía por las piernas. Hallaron la ciudad despoblada; nin¬ 
guna cena. Comenzaron á hacer fuegos, en que no trabajaron menos 
que en lo pasado, por estar la leña mojada, y así, se hincheron más de 
humo, que se calentaron ni enjugaron. 

Otro día, porque deseaban que amanesciese, hechos patos de agua, 
comenzaron á caminar bien de mañana, alanceando de cuando en cuando 
algunos indios que les salían á gritar, como haciendo burla de que fue¬ 
sen tan mojados, con que muchos dellos se amohinaban tan de veras, que 
hicieron á hartos de los enemigos que la risa y mofa se les volviese en 
muerte. 


CAPITULO C 

CÓMO CORTÉS PROSIGUIÓ SU CAMINO Y AQUELLA NOCHE FUE Á DORMIR 
A TEZCUCO, Y DE CUÁN BIEN FUE RESCEBIDO 

Prosiguiendo Cortés su camino sin acontescerle cosa memorable, 
llegó á una ciudad que se dice Citlaltepec. Hallóla despoblada; descansó 
allí un día, donde se acabaron de enxugar los mojados, é otro día á las 
doce llegó á una ciudad que se dice Aculma, subjecta á la ciudad de 
Tezcuco, donde fué aquella noche á dormir. 

Supieron los que estaban en la ciudad la venida de Cortés; saliéronle 
á rescebir, una hora antes que se pusiese el sol, los que pudieron, porque 
los demás convenía que quedasen en la ciudad, por los rebatos, como 
diré, que habían tenido; y topándose los unos con los otros, se dieron la 
bienvenida y llegada, abrazándose tan amorosamente que no sabían los 
unos apartarse de los otros. Desta manera los unos y los otros, poco 
antes que anocheciese, por dar contento con su llegada á los que estaban 
en Tezcuco, se dieron priesa á entrar antes que el sol se pusiese. Fué 
rescebido Cortés como padre, como señor, como amigo, como Capitán, 
como triunfador, que de todos estos títulos era digno el que en todo 
se mostraba tal. Hizo el alegría mayor la pena que todos antes habían 
tenido en no saber los unos dé los otros. Contóles Cortés sus prósperos 
y dichosos subcesos, dando gracias á Dios que en todo tanto le había 
favorescido, prometiéndoles, como si lo viera presente, que en breve, 
según iban los negocios, se habían de ver señores de aquella gran ciudad, 
de la cual tan afrentosamente y con tanta pérdida de los suyos habían 
sido echados. Enterneciéronse todos mucho á esto, con la memoria de 




LIBRO QUINTO.-CAP. CI 


633 


lo pasado; contóles por orden los muchos y grandes rebatos en que se 
había visto después que salió de aquella ciudad, y ellos á él lo mucho 
que habían echado menos su presencia, porque habían tenido grandes 
sobresaltos, aunque todo les había subcedido bien, como los naturales de 
la ciudad andaban de mala, y como cada día les decían que los de Mé¬ 
xico Tenuxtitlan con todo su poder habían de venir sobre ellos, que no 
poco temor causaba á los más, especialmente viéndolo ausente, pero que 
ó en su buena ventura, ó porque Dios no había querido alzar la mano 
dellos, siempre habían sido victoriosos. 

Con estas y otras razones gustosas para todos, bien tarde se fueron 
[á] acostar, aunque no tenían colchones mollidos. 


CAPITULO CI 

DE LO QUE PASÓ Á CORTES, Y CÓMO FUERON TRATADOS EN CHINANTLA 
BARRIENTOS Y HEREDIA, Y DE LA ASTUCIA DE BARRIENTOS, CON QUE 
SE HIZO TEMER 

Halló Cortés en Tezcuco muchos españoles que de nuevo á seguirle 
en aquella jornada habían venido. Traxeron algunas armas y caballos, 
é decían que todos los otros que en las islas estaban morían por venir 
á servirle, aunque Diego Velázquez lo impedía á muchos. Cortés les hizo 
todo el placer que pudo, dióles de lo que tenía, con que volaba tanto su 
nombre, que se tenía por dichoso el que á servirle venía. 

En este comedio vinieron muchos pueblos á ofrescerse, unos por mie¬ 
do de no ser destruidos, otros por temor que á mexicanos tenían, otros 
por ser favorescidos y vengarse á su tiempo. Desta manera se halló 
Cortés con buen número de españoles y con grandísima multitud de in¬ 
dios, que no poco hacía al caso. E porque lo que adelante diré de la carta 
é industria de Barrientes, no se puede entender sin que primero diga 
otras cosas, es de saber que después que la primera vez que Cortés entró 
en México, procuró luego informarse de algunas provincias y de las gran¬ 
jerias, así de labor como de minas, que se podían hacer para el adelanta¬ 
miento de la Hacienda real. Invió después de bien informado, por consejo 
de Motezuma, á una provincia que se dice Chinantla, que es hacia la costa 
del Norte, la cual no era subjecta al imperio de Culhúa, encima de la 
Villa Rica, treinta leguas, dos españoles, que el uno se decía Hernando 
de Barrientes y el otro Heredia, para que descubriesen oro é hiciesen 
relación de los secretos de la tierra, y trocándose aquel próspero tiempo 
de Cortés con la afrentosa y sangrienta salida de la ciudad de México, 
los de las otras provincias mataron cruelmente á los españoles que Cor¬ 
tés había inviado (que había sido á diversas partes) y alzáronse con las 
granjerias, y como se habían rebelado todos, ni Cortés pudo saber de 
Barrientes ni Barrientes dél por más de un año. 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


634 

Fueron venturosos aquellos dos españoles en caer en aquella provin¬ 
cia que no reconoscía al imperio mexicano, antes era grande enemiga suya 
Rescibiéronlos muy bien y tratáronlos mejor que á sus naturales, tanto que 
el señor de la provincia hizo Capitán á Barrientos contra los de México, 
sus enemigos, que le daban guerra, por tener españoles consigo, y esto des¬ 
pués que ]\Iotezuma murió, porque antes no osaban. Salía siempre vence¬ 
dor. Tenia el compañero en otro pueblo, que también peleaba y era Capi¬ 
tán de los indios. Sustentaron los dos aquella provincia, así para que no vi¬ 
niese en poder de los mexicanos, como para que no se levantasen contra 
los nuestros. Confirmólos en este propósito con el ardid de que un día 
usó, porque como acostumbrase á llamarlos al sonido de la escopeta, dis¬ 
parando, y no viniesen, recelándose de alguna traición, derramó por el 
suelo de un aposento un poco de pólvora (i), y llamando allí álos principa¬ 
les, estando sentados, como suelen, en cuclillas (* *). tiniendo una varilla en 
la mano encendida por el un cabo, les dixo muy enojado: “\Msotros, ¿qué 
pensáis? ¿Entendéis que yo no sé vuestros pensamientos y que no sé 
por qué dexastes de venir cuando hice señal con la escopeta? ]\Iirad 
cómo andáis y no os engañe el diablo, que yo soy poderoso, tocando con 
esta vara en este suelo, de quemaros á todos, sin que yo resciba daño» 
y porque lo veáis, mirad lo que hago.'’ Diciendo esto, pegó fuego á la 
pólvora, la cual, en un momento encendida, les quemó las nalgas, y como 
era poca y echada con tiento, fué mayor el espanto que les causó que 
el daño que les hizo. 

Aprovechó tanto este ardid, que de allí adelante le temieron, reve¬ 
renciaron y obedescieron como á cosa del cielo, diciendo que del cielo 
era venido, pues sacaba fuego del suelo, y así cuando supieron que muer¬ 
tos tantos españoles, los demás con dificultad se habían escapado de las 
manos de los mexicanos é ido á Tlaxcala heridos y destrozados, le dixe- 
ron á él y á su compañero Heredia que no saliesen de la provincia, porque 
sabían que los otros sus compañeros eran muertos y que quedaban muy 
pocos vivos. Ellos se estuvieron quedos y daban muchas gracias á Dios 
por no haberse hallado en aquella refriega, aunque no creyéndolo luego, 
por no parescerles posible, adelante se certificaron. 


CAPITULO CII 

CÓMO LOS DE CHINAXTLA INVIARON DOS INDIOS, Y CON ELLOS LA CARTA; 
DE BARRIENTOS, Y DE LO QUE MÁS SUBCEDIÓ 

Después desto, sabiendo los indios de Chinantla que había españoles 
en la provincia de Tepeaca, por darle contento, lo dixeron á Barrientos y 
á su compañero, los cuales, no creyéndolo, no les dieron crédito ni mos- 


(i) Al margen: “Ojo. Lo de la i)ólvora." 

(*) En el Ms. “cuchillas”. 







LIBRO QUINTO.—CAP. CIII 


635 


traron el contento que mostraran estando certificados dello, lo cual viendo 
los indios, les dixeron que pues no lo creían, aunque la tierra estaba pe¬ 
ligrosa, que ellos inviarían dos indios valientes, grandes caminantes, que 
de noche caminasen y de día se escondiesen donde de los enemigos no 
pudiesen ser habidos. Barrientos holgó mucho dello y se lo agradesció. y 
así escribió luego á los españoles que en Tepeaca podían estar, una carta 
del tenor siguiente, trasladada al pie de la letra de su original: 

‘'Nobles señores: Dos ó tres cartas he escripto á vuestras Mercedes, 
y no sé si han aportado allá ó no, y pues de aquéllas no he visto repuesta, 
también pongo dubda haberla de aquésta. Hágoos, señores, saber cómo 
todos los naturales desta tierra de Culhúa andan levantados y de gue¬ 
rra é muchas veces nos han acometido, pero siempre, loores á Nuestro 
Señor, hemos sido vencedores, y con los de Tustebeque y su parcialidad 
de Culhúa tenemos guerra. Los que están en servicio de sus Altezas y 
por sus vasallos, son siete villas. Yo é Nicolás siempre estamos en Chi- 
nantla, que es la cabecera. Mucho quisiera saber adónde está el Capitán, 
para le poder escrebir y hacer saber las cosas de acá; y si por ventura 
me-escribiéredes adonde él está é inviáredes veinte ó treinta españoles, 
irme hía con dos principales, naturales de aquí, que tienen deseo de ver 
y hablar al Capitán, y sería bien que viniesen, porque como es tiempo 
ahora de coger el cacao, estórbanlo los de Culhúa con las guerras. Nues¬ 
tro Señor las nobles personas de vuestras Mercedes guarde como de¬ 
sean. De Chinantla, á no sé cuántos del mes de Abril de 1521 años. A 
servicio de vuestras Mercedes, Hernando de Barrientos.” 


CAPITULO CITI 

CÓMO EL CAPITÁN QUE ESTABA EN TEPEACA, RESCIBIÓ LA CARTA Y LA INVIÓ 
Á CORTÉS, Y DE LO QUE CON ELLA SE HOLGÓ 

Los indios que llevaron esta carta diéronse tan buena maña que ca¬ 
minando fuera de camino y por despoblado, no llevando otra carga 
consigo que la comida, en pocos días, sin subcederles desgracia ni ser 
sentidos, llegaron á Tepeaca. Dieron la carta al Capitán que Cortés allí 
había dexado. Leyóla con gran contento y alegría y envióla luego á Tez- 
cuco donde Cortés estaba, con ciertos españoles, para que con más se¬ 
guridad la llevasen. Leyóla muchas veces, y así la puso en la tercera 
carta y Relación que al Emperador invió. Holgó por extremo de que 
Barrientos fuese vivo, asi porque era valiente y sabio en las cosas de la 
guerra, como por tener de tan larga experiencia tan conoscida la fide¬ 
lidad de los de Chinantla, porque como en tanto tiempo no había sabido 
de Barrientos, y la incostancia de los indios es grande, tenía dél, como 
de los demás españoles, tragada la muerte. 

Escribió luego á Barrientos el estado en que estaban sus negocios 



635 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


y lo mucho que se había holgado que fuesen vivos y que hobiesen salido 
victoriosos en las batallas que en aquella tierra habían tenido, y que á 
los de Chinantla les agradesceria á su tiempo lo bien que lo habían hecho, 
y que ellos se holgasen y no tuviesen pena aunque por todas partes es¬ 
tuviesen cercados de enemigos, porque, placiendo á Dios, más presto 
de lo que pensaba les aseguraría el camino como libremente y sin daño 
alguno pudiesen ir y venir. Con estas cosas les escribió otras particu¬ 
laridades que á hombres tan cercados y tan deseosos de verse con su 
Capitán y con los suyos dieron gran contento y esperanza. 


CAPITULO CIV 

CÓMO CORTÉS, DESPUÉS DE HABER VUELTO Á TEZCUCO ENTENDIÓ EN ACABAR 
DE APRESTAR LOS BERGANTINES PARA LA GUERRA 

Después que Cortés hubo dado vuelta á las lagunas, en que tomó mu¬ 
chos avisos para poner el cerco á México por la tierra y por el agua, 
comenzó á fornescerse lo mejor que pudo de gente y de armas, dando 
priesa en que se acabasen de aprestar los bergantines, de los cuales he 
hablado antes, según la relación de algunos; y ahora, por no dexar cosa 
por tratar, que pertenezca á la verdad desta historia, diré lo que el mis¬ 
mo Cortés dice, que lo tengo por más cierto, porque dello paresce no ha¬ 
berse los bergantines echado al agua. 

Luego, pues, que Cortés llegó á Tezcuco, aunque de antes la tenía 
comenzada, prosiguió una zanja, bien media legua en largo, desde donde 
los bergantines se armaban hasta la laguna. Andaban en esta obra 
ocho mili indios cada día, naturales de la provincia de Culhuacan y Tez- 
cuco. Tardaron en abrir la zanja cincuenta días porque tenía más de 
dos estados de hondo y otros tantos de ancho. Llevábanla toda chapa¬ 
da y estacada por los lados, de manera que pusieron el agua que por ella 
iba en el peso del alaguna, y así, sin trabajo y peligro, los bergantines 
se podían llevar, aunque Martín López, por cuya industria ellos se hi¬ 
cieron, dice lo que atrás tengo dicho, que se hicieron presas y artificio 
para el salto del agua. Finalmente, dice Cortés, y con razón, que la obra 
fué grandísima y mucho para ver, y que se acabaron los bergantines y 
se pusieron en la zanja á veinte y ocho de Abrill de aquel año, y según 
dice ]\Iotolinea, por el número dicho, entendieron en la obra cuatrocien¬ 
tos mili indios. 

Echó Cortés los bergantines al agua con la cerimonia y solemnidad 
que diximos, é luego entendió en hacer alarde de la gente, del cual [se] 
trata así en el capítulo siguiente. 




LIBRO QUINTO.—CAP. CV 


637 


CAPITULO CV 

CÓMO CORTÉS HIZO ALARDE DE LA GENTE QUE TENÍA Y ELIGIÓ CAPITANES 

PARA LOS BERGANTINES 

Como los bergantines, ya del todo aprestados, se hubieron echado al 
agua, determinó Cortés hacer alarde, asi de los hombres como de armas 
y caballos. Apercibiólos dos ó tres dias antes, para que tuviesen lugar 
de poder adereszar sus armas y hacer otras cosas para aquel caso nes- 
cesarias. Venido el día, mandó Cortés tocar su trompeta; juntóse mucha 
gente de fuera, por ver el alarde, que fué bien nuevo y aun espantoso 
á los naturales. 

Púsose á caballo Cortés, aunque otros dicen que se sentó en una silla 
con un Escribano que escrebía los nombres de los soldados, armas y caba¬ 
llos. Halló que eran nuevecientos españoles, de los cuales los ochenta 
y seis eran de á caballo; ciento y diez é ocho ballesteros y escopeteros, 
(Motolinea dice dos más) y sietecientos y tantos peones, piqueros y es¬ 
padas y rodelas y alabarderos, sin los puñales que algunos traían. De 
los principales, llevaban algunos cotas, y otros cotas y armas de algodón 
encima. Halló tres tiros de hierro gruesos é quince pequeños de bronce, 
con diez quintales de pólvora y muchas pelotas. Había herreros que hi¬ 
cieron muchos casquillos é otros que hicieron saetas. Esta fué la gente, 
y no más, con que el muy valeroso y bien afortunado Cortés cercó á 
la más fuerte, á la más rica, la más grande, la más poblada y la más 
insigne ciudad de todas las hasta hoy descubiertas en este Nuevo Aíun- 
do, y tiene partes para serlo también entre las del antiguo. 

Hecho desta manera el alarde, fortalesció luego los bergantines, puso 
en cada uno un tiro, é en la capitana dos en la proa ; los demás dexó para 
el exército. Eligió Oficiales del campo y Capitanes, así para las guarnicio¬ 
nes de tierra como [para] las del agua. Nombró por Maestro de campo á 
Cristóbal de Olid, natural de Baeza; por Capitán á Pedro de Alvarado, 
natural de Badajoz ; á Gonzalo de Sandoval, natural de Medellín, que 
siempre fué Alguacil mayor. Capitán; pero de tal manera á estos tres, 
que fueron como Generales de sus guarniciones en Tacuba, Cuyoacan 
y Tepeaquilla, porque en estas tres partes se repartió todo el exército. 
Fueron Capitanes de infantería Jorge de Alvarado, hermano de Pedro 
de Alvarado: Andrés de Tapia, natural de Medellín; Pedro Dircio na¬ 
tural de Briones ; Gutierre de Badajoz, natural de Ciudad Rodrigo; 
Andrés de Monjaraz, vizcaíno, nascido en Escalona; Hernando de Lema, 
gallego. 

De los bergantines fueron Capitanes Joan Rodríguez de Villafuerte, 
natural de Medellín; Joan de Xaramillo, de Salvatierra en Extremadura: 
Francisco Verdugo, de tierra de Arévalo; Francisco Rodríguez Alaga- 
riño, de Mérida ; Cristóbal Flórez, de Valencia de Don Joan; Garci Hol- 


638 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


guin, de Cáceres; Antonio de Carvajal, de Zamora; Pedro Barba, de 
Sevilla; Jerónimo Ruiz de la Mota, de Burgos; Pedro de Briones, de 
Salamanca; Rodrigo IMorejón de Lobera, de Medina del Campo; An¬ 
tonio de Sotelo, Joan de Portillo, natural de Portillo. Dió Cortés á San- 
doval y á Alvarado seis bergantines, y déstos pusieron dos en la calzada 
que va de Tlatelulco á Tenayuca, de lo cual trataré más largo adelante. 

Esta relación, tan debida á los que bien trabajaron, debo yo á Jeró¬ 
nimo Ruiz de la Mota, varón sagaz, muy leído y cuerdo y de gran me¬ 
moria y verdad en lo que vió. 


CAPITULO CVI 

CÓMO, HECHO EL ALARDE Y ELEGIDOS CAPITANES. MANDÓ PREGONAR DE 
NUEVO LAS ORDENANZAS, Y DE LAS ARMAS FALSAS QUE HIZO DAR 

Hecho el alarde y elegidos los Capitanes y Oficiales del exército, se¬ 
gún dicho tengo, mandó Cortés, con toda la solemnidad que pudo, prego¬ 
nar las Ordenanzas que atrás están escriptas. Encargó mucho á los Ca¬ 
pitanes que las guardasen é hiciesen guardar, trayéndoles á la memoria 
cómo ninguna cosa se podía hacer acertada en la guerra no guardándose 
con toda severidad las leyes y reglas con que la guerra se sustenta y man¬ 
tiene en el deber. Habló por sí á cada una de las personas principales, 
diciéndoles que si habían de ser sus amigos y darle contento, que fuesen 
ellos los primeros en el cumplir y guardar aquellas Ordenanzas, porque á 
su imitación y exemplo los demás las guardarían enteramente, y que 
no se descuidasen, porque cada uno, según la calidad de su persona sería 
castigado, y que en lo que él hiciese, que sería el primero en cumplirlas, 
verían los demás lo que debían hacer; y cierto, ninguno las guardó tan 
bien como él, ca da gran fuerza y vigor á la ley cuando el que la hizo la 
cumple. Publicadas desta manera las Ordenanzas y encomendadas con 
tanto cuidado, los mejores las obedescieron y guardaron con gran cuidado, 
que fué la causa por qué la guerra se hizo más acertadamente. 

Estando, después de hecho esto. Cortés asentando los negocios y cosas 
que convenían para el cerco, como sagaz y sabio Capitán, deseoso de saber 
si para cualquier rebato los suyos estaban prestos, de secreto, comunicán¬ 
dolo con muy pocos, dió un arma falsa. Dióle gran contento ver la preste¬ 
za con que los de á caballo cabalgaron y el ánimo con que salieron por 
aquellas calles, los unos yendo al alaguna á ver si los enemigos habían 
desembarcado, y los de á pie acudiendo á su bandera y Capitán para ver 
lo que se les mandaba. Esto hizo ciertas veces, al cabo de las cuales se 
ordenó aquella conjuración, de que traté muchos capítulos antes déste, 
que aquí tornaré á referir, por no dexar cosa que de nuevo tenga en¬ 
tendida que pertenezca á la verdad desta historia; y así dicen que muchos 




LfBRO QUINTO.—CAP. CVII 


639 

tle los que con Narváez vinieron, amigos y servidores de Diego Velázquez, 
tomando de secreto por cabeza de la conjuración al tesorero Alderete, 
criado que había sido de don Don Fulano de Fonseca, Obispo de Burgos, 
el cual favorescía cá Diego Velázquez, por industria de un Villafaña, y 
según dicen, ayudándole Garci Holguín, tomando firmas, unas verdaderas 
y otras falsas, trataron de matar á Cortés y elegir por Capitán, sin que 
él lo supiese, á Francisco Verdugo (i). Acometieron también de secreto á 
Alonso de Avila, el cual, como leal y buen caballero, se lo reprehendió 
mucho, diciéndoles que de motines nunca se habían seguido sino muchos 
desconciertos y que tenían el General que habían menester y que se en¬ 
gañaban en querer otro que por ventura, tiñiéndole, según son todas las 
cosas, estarían más descontentos. Finalmente, descubierta la acusación, 
como en ella había, con verdad ó con mentira, muchas personas prin¬ 
cipales, el que más lo bullía, que era el Villafaña, aunque se comió las 
más de las firmas al tiempo que le prendieron, otro día amanesció ahor¬ 
cado á una-ventana. Con la muerte déste se apaciguó el motín, y Cortés, 
como dixe, fué tan cuerdo que de ahí adelante habló y trató mejor [á] 
aquellos de quien tenía mayor sospecha. Dicen los que lo oyeron á la boca 
de Cortés, que supo de quién le avisó, que Alderete con los de su bando 
tenían concertado que estando en misa, al tiempo del alzar, echasen una 
toca á Cortés á la garganta, y que luego le diesen de puñaladas. Cortés 
habló [á] aquellos de quien se fiaba y tenía por amigos; mandóles que 
uno á uno y dos á dos, armados de secreto, entrasen en la iglesia, y él 
entró con solos tres ó cuatro. Miró á Alderete, que ya estaba allá, con 
tanta severidad que luego se salió de la iglesia y no hubo efecto la traición 
y subcedió lo que dicho tengo. 


CAPITULO CVII 

CÓMO CORTÉS INVIÓ Á ALONSO DE OJEDA A CIIOLULA A CIERTO NEGOCIO, 
Y DE AHÍ A QUE APERCIBIESE A LOS DE TLAXCALA Y A LOS DEMÁS 
AMIGOS PARA IR SOBRE MEXICO 

Luego que se apaciguó aquella conjuración, vinieron ciertos princi¬ 
pales de Cholula á quexarse á Cortés de los de Topoyanco, vecinos suyos, 
porque se les entraban en sus términos, alegando lo mismo los de To¬ 
poyanco. Invió Cortés luego, porque deseaba dar contento á los indios, 
á Ojeda, al cual llamó un paje, dicho Bautistilla. Venido, le dixo que 
fuese á Cholula y desagraviase á los que hallase agraviados, ó los concer¬ 
tase lo mejor que pudiese, de manera que quedasen amigos, y que hecho 
esto se partiese luego á Tlaxcala y apercibiese la gente de guerra para 
que dentro de diez días todos estuviesen en Tezcuco para ir sobre Mé- 


(i) Al margen: “Lo de la conjuración. Ojo.” 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


640 

xico; y para incitarlos más dixo que les avisase que si dentro de aquel 
tiempo no venían, que haría la guerra sin ellos y no gozarían de la victo- 
ria y despojos que pensaba haber de sus capitales enemigos. 

Ojeda fue á Cholula, donde fué muy bien rescebido, así dellos como 
de los otros contendores, y dexando algunas menudencias que acontes- 
cieron, Ojeda dió las tierrras á cuyas eran, dexando á los unos y á los 
otros amigos. Traxéronle en presente cuatro hermosas mujeres con guir¬ 
naldas de rosas en las cabezas, costumbre usada entre ellos cuando que¬ 
rían hacer algún gran servicio. 

Habló á los de Topoyanco y á los de Cholula; díxoles que de ahí ade¬ 
lante no se quexasen más, porque se enojaría mucho el General y les 
podría costar caro, y que viesen qué gente podrían dar de guerra para 
poner el cerco á México. Los de Topoyanco prometieron doce mili hom¬ 
bres, y hartos más los de Cholula, porque era y es muy gran poblazón. 

Hecho esto, se partió luego á Tlaxcala, do fué muy bien rescebido, 
porque los de aquella provincia fueron los que más amaban á los españo¬ 
les; y después de haber descansado aquella noche, estando otro día de ma¬ 
ñana juntos en las casas del Capitán general Xicotencatl los señores y 
Capitanes de aquella Señoría y provincia, los saludó en su lengua, de parte 
de Cortés, con mucha gracia y comedimiento, con que ellos mucho se hol¬ 
garon. Díxoles cómo ya se iba cumpliendo su deseo de verse vengado de 
sus enemigos los mexicanos, 3^ que supiesen que si dentro de diez días no 
inviaban la gente de guerra, que sin ella Cortés comenzaría la guerra con¬ 
tra los mexicanos y que se quedarían sin la gloria y despojos de aquella 
victoria; por tanto, que procurasen, pues eran los más valientes indios del 
mundo, hallarse los primeros en cosa tan señalada y por ellos tan deseada, 
tan honrosa y provechosa, y que luego sin más dilación los Capitanes 
inviasen sus señas para que recogiesen y apercibiesen toda la gente en 
el entretanto que él iba á apercebir otros pueblos. 

Dado este recaudo, Xicotencatl y su hermano Teotlipel, que gober¬ 
naba por Tiangueztatoa, hijo de Aíagiscacin, y Chichimecatleque, el de 
Ocotelulco, y Aguaotoca, señores y cabezas, respondieron lo que se sigue: 


CAPITULO CVIII 

DE LO QUE XICOTENCATL, EN NOMBRE DE TODA LA SEÑORIA DE TLAXCALA, 

RESPONDIÓ Á OJEDA 

Dado por parte de Cort-és en esta manera el recaudo, Xicotencatl, 
como Capitán general, 3^ de su condisción orgulloso, sin hacerse mucho 
de rogar, tomando la mano para responder por sí y por la Señoría de 
Tlaxcala, dixo: 

“Mucho nos hemos holgado estos señores é yo de que los negocios 
esten en tal estado que sea menester que nosotros vamos y tan presto, y 



LIBRO QUINTO.—CAP, CIX 


641 

asimismo nos holgamos de que no otro, sino tú, nos lo venga á decir, 
porque te queremos mucho, aunque estamos corridos de que piense Cor¬ 
tés, hijo del sol, ó que somos tan poco sus amigos, ó tan poco enemigos 
de los mexicanos, que por cosa alguna habiamos de perder ocasión tan 
deseada, en la cual rescibiremos dos muy grandes contentos; el uno, sa¬ 
tisfacer y contentar á nuestros corazones, tomando venganza de aquellos 
perros; el otro, servir á tu valeroso é invencible Capitán, á quien amamos 
y queremos tanto los tlaxcaltecas que moriremos por él; é ya que él no 
lo meresciera, por ser enemigo de nuestros grandes enemigos, cualquiera 
otro que contra ellos nos pidiera ayuda, se la diéramos, porque nuestro 
contento y gloria es andar en guerra, especialmente tiniendo tan justas 
causas como ahora tenemos, y como tú sabes, pues nunca hemos vuelto 
la cara ni á ellos ni á otros enemigos, no hay razón para pensar que luego 
que nos avisases no nos habíamos de aprestar, y así, antes que vayas de 
aquí verás cómo luego despachamos nuestras señas y banderas, á que 
con toda brevedad salgamos á lo que tanto habernos deseado.” 

Concluyó Xicotencatl con estas palabras, que bien parlero era, y di¬ 
ciendo lo mismo los otros señores, Ojeda, contento de la repuesta, salió 
á entender en lo que más le quedaba. 


CAPITULO CIX 

CÓMO OJEDA ENTENDIÓ EN RECOGER LA GENTE Y DE LO QUE CON ELLA I.E 

ACONTESCIÓ 

Era Ojeda muy diligente, y como con amor hacía lo que Cortés le 
mandaba, no dormía ni comía con reposo hasta hacerlo lo mejor que po¬ 
día, y así, saliendo de dar aquel recaudo, invió luego á llamar á los se¬ 
ñores de Zacotepec, que eran de Chichimecatlequi y Tequepaneca, á los 
cuales con gran cuidado les encargó que con toda brevedad despachasen 
la más gente de guerra que pudiesen. Prometiéronlo y hiciéronlo así. 
Apercibió también al señor de Compancingo, que se decía Axiotecatl, el 
cual también con harto cuidado y voluntad aprestó luego su gente. Salió 
Ojeda por la comarca [á] dar priesa á los que habían de ir á la guerra, 
volviendo luego á Tlaxcala, donde, desde que entró hasta que salió, 
estuvo seis ó siete días, en los cuales dió á los tlaxcaltecas la priesa posi¬ 
ble ; y como vió que no se despachaban tan presto como él quería, porque 
tienen tal costumbre que diciendo: ‘'Luego, luego”, se tardan en concluir 
lo que prometen, tomó los que pudo, que estaban apercebidos, por de¬ 
lante; llevólos hasta Guaulipa, aunque ellos le decían no tuviese pena, 
que presto vendrían los demás. Estando, pues, en Guaulipa con los se¬ 
ñores que llevó por delante y obra de cuatro mili hombres entre sirvientes 
y apaniaguados, á una hora de la noche que hacía buena luna, entró 
mucha gente, de manera que amanescieron al pie de treinta mili hombres, 


41 



lró::í'ca de la a’ueva españa 


642 

y en aquel mismo día, cuando anochesció, había más de sesenta mili, y 
cuando el otro día vino, en la noche se hallaron al pie de docientos mili, 
todos contados por xiquipiles. 

Partió luego Ojeda de Guaulipa. Fué á dormir á Capulalpa, yendo 
en la delantera todos los señores en ordenanza. Era tanta la gente y tan 
bien ordenada que los señores habían entrado en Capulalpa y los de la 
rezaga no había acabado de salir de Guaulipa, con ir el camino lleno y el 
trecho del un pueblo al otro ser muy grande, que paresce cosa increíble. 
Fuéle forzado esperar allí aquel día, esperando que acabase de entrar la 
gente de la retroguarda. Partió otro día de Capulalpa; vino á dormir 
dos leguas de Tezcuco, de cuya entrada será bien hacer capítulo, porque 
la prolixidad no dé fastidio. 

CAPITULO ex 

CÓMO ENTRÓ OJEDA CON LOS TLAXCALTECAS Y CORTÉS LOS SALIÓ A RESCEBIR 

Había Cortés despachado otros mensajeros para otros pueblos de los 
confederados, haciéndoles saber que pues los bergantines con que á los 
mexicanos había de hacer tan gran guerra estaban acabados, y ellos ha¬ 
bían dado su palabra de en siendo llamados acudir luego, que lo hiciesen, 
pues les iba en ello verse libres de la servidumbre y tiranía de los mexi¬ 
canos. Respondieron los más muy bien, aprestándose luego á lo que se les 
mandaba, por el deseo grande que tenían de verse á las manos con sus 
enemigos, y así, como más cercanos, llegaron primero los de Cholula y 
Guaxocingo. Aviniéronse á Chalco, porque así Cortés se lo había manda¬ 
do, porque junto por allí había de entrar á poner el cerco á México. 

Poco después comenzaron á entrar los tlaxcaltecas. Adelantóse Oje¬ 
da; halló á Cortés en el acequia, que iba por los acipreses, que era por 
donde echaron los bergantines ; dixole cómo los tlaxcaltecas llegaban muy 
cerca. Holgóse mucho Cortés ; preguntóle si traía buen recaudo, y como 
le respondió que traía todos los señores y más de ciento y ochenta ó do- 
cientos mili hombres, á la cuenta que los señores daban, dixo muy alegre: 
‘'Volved luego y deteneldos, porque yo quiero salir á rescebir á esos 
señores y á su gente.’’ Cabalgó luego Cortés con ciertos de á caballo. 
Salió al rescebimiento y vió la más bien lucida y más bien ordenada 
gente que jamás había visto. Dixo á los caballeros que con él iban: 
“Grandes muestras nos da Dios de que hemos de hacer gran negocio ” 
Topó luego con los señores, que venían ricamente adereszados. Abrazólos, 
díxoles muchas y muy buenas palabras y volvió acompañado dellos, ha¬ 
blando muchas cosas, hasta entrar en su aposento. Mandólos luego apo¬ 
sentar lo más regaladamente que pudo, de que ellos se tuvieron por bien 
pagados. Entraron cinco ó seis días antes de Pascua de Espíritu Sancto. 
La demás gente, según dice Ojeda, no acabó de entrar en los tres días 
siguientes ni cabían en Tezcuco, aunque es pueblo muy grande. 




r^IBRO QUINTO.— CAP. CXI 


Ó43 

Fué cosa de ver el ánimo y deseo de pelear con que entraban los 
tlaxcaltecas, como después por la obra lo mostraron. Espantábanse los 
unos de los otros, viendo que eran tantos. 


CAPITULO CXI 

DE UNA SOLEMNE PLÁTICA QUE CORTES HIZO Á LOS SUYOS 
ANTES QUE CERCASEN Á MÉXICO 

Estando ya toda la gente junta y los bergantines aprestados, mandó 
Cortés que se juntasen todos los españoles y con ellos los señores tlaxcal¬ 
tecas, para que después supiesen por las lenguas lo que Cortés había 
dicho á los suyos, y desque todos estuvieron juntos, les habló en esta 
manera: 

“Caballeros, hermanos y amigos míos: Nunca, después que entramos 
en aquesta nueva tierra, se ha ofrescido ocasión tan importante como al 
presente tenemos, para que yo más de propósito y con más cuidado pen¬ 
sase de antes lo que ahora os diré, porque como el negocio presente, que 
presto, con el favor de Dios, intentaremos, es el mayor y de más riesgo 
que yo me acuerdo haber visto, oído, ni leído, así conviene que con toda 
prudencia y esfuerzo de ánimo se'trate y vosotros me estéis muy atentos; 
pues del persuadiros ser así, como ello es, lo que os diré, depende toda 
vuestra honra, adelantamiento y descanso. Bien sabéis, tomando el negocio 
de atrás, cómo Dios fué servido que ni Diego Velázquez ni Francisco 
Hernández de Córdoba, ni Joan de Grijalva, ni otros que lo intentaron, 
saliesen como nosotros, ni entrasen en este Nuevo Mundo con tan dichosos 
y bien afortunados principios, que no podían dexar de prometer grandes 
y prósperos fines, á los cuales no llegamos, ó por mi soberbia, confiando 
de la mucha gente que tenía, menospreciando á ^Motezuma, ó por pecados 
nuestros y oculto juicio de Dios, el cual después acá, ó por conoscer nos¬ 
otros nuestras faltas, ó por usar de mayor misericordia y creer que por 
otros medios que nosotros pensábamos, el demonio perdiese su antigua 
silla, fué servido, saliendo tan pocos y tan destrozados de aquella gran 
matanza, guardarnos y poner en corazón á los tlaxcaltecas, siendo tan per¬ 
suadidos á ello, que no nos matasen. Tráxonos sanos y recios á esta ciu¬ 
dad, donde después que llegamos sin saber cómo, sino por su inefable 
providencia, así de las Islas como de España, viniendo por otros fines, se 
hayan juntado tantos y tan buenos caballeros é hijosdalgo con armas, ca¬ 
ballos y otras cosas para la guerra nescesarias, que tenemos para de tantos 
por tantos el más lucido y fuerte exército que entre romanos y griegos yo 
he leído. Tenemos trece bergantines, acabados y echados al agua, que sen. 
después de vuestra fuerza, la mayor fuerza que pudiéramos tener para 
combatir tan grande y tan fuerte ciudad, contra los cuales no habrá cosa 
fuerte, porque con ellos entraremos por sus calles, que son todas de agua; 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


644 

batiremos las casas fuertes, amontonaremos y desharemos sus canoas aun¬ 
que son infinitas; la comida para algunos meses, así de los nuestros, como 
de los indios amigos, yo la tengo en casa, y grande aparejo, cercada Méxi¬ 
co, para que nos venga de diversas partes y en ella no pueda entrar : de 
manera que cuando con la espada no pudiéremos, con la hambre nos en¬ 
señorearemos de nuestros enemigos. Armas y munición tenemos bastante, 
docientos mili indios amigos, y los más dellos tlaxcaltecas, muy valientes, 
como sabéis, y por extremo deseosos de vengarse de los mexicanos. En 
sitie, somos mejores y más fuertes que nuestros enemigos, porque con los 
bergantines somos señores del alaguna, y con les caballos, del campo, para 
podernos, lo que nuestros enemigos no pueden, retirarnos, cuando se 
ofrezca, por tierra firme. Pues tratar de vuestro esfuerzo y valentía y 
buena ventura en la guerra no hay para qué, pues muchos menos de los 
que estáis ahora juntos habéis salido con grandes empresas. Este negocio, 
principalmente, es de Dios, á quien venimos á servir en esta jornada, pro¬ 
curando como católicos, con su favor é ayuda, alanzar el Príncipe de las 
tinieblas destos tan grandes y espaciosos reinos, lo cual, como espero, 
hecho, se le hará gran servicio. 

"Fuera deste fin y motivo, que es y debe ser el principal, considerad, 
caballeros, á lo que os obliga el nombre de españoles, nada inferior del de 
los romanos y griegos; considerad cuán bien os estará vengar las muchas 
y crueles muertes de los vuestros; considerad que ya el volver atrás es 
peor, y que no solamente ha de ser con afrenta, pero con muerte desastra¬ 
da; considerad que todas las victorias habidas y trabajos pasados, no 
rindiendo á México, han de ser de ninguna ayuda y provecho, porque 
desta ciudad se mantienen y gobiernan todas las demás provincias y rei¬ 
nos, como del estómago en el cuerpo humano se sustentan los demás 
miembros; considerad, finalmente, que nunca mucho costó poco y que 
conviene que cada uno tenga prevenida y tragada la muerte, porque en 
tales casos es forzoso el morir y derramar sangre. Los que muriéremos, 
moriremos haciendo el deber, y los que viviéremos, quedando, como es¬ 
pero, victoriosos, tendremos descanso, quietud y honra para nos y para 
los que de nosotros descendieren, contentos y alegres, como deben los 
caballeros y hijosdalgo, de haber, por la virtud de nuestras personas, 
adelantado nuestra hacienda, ennoblescido nuestro linaje, illustrado 
nuestra nasción, servido á nuestro Rey; por lo cual conviene que, pues 
los premios que se prometen son tan grandes, que en vosotros cresca el 
ardid, esfuerzo y orgullo, poniendo toda vuestra esperanza en Dios, or¬ 
denando vuestras conciencias y perdiendo rancores, si algunos hay; que 
con estos presupuestos, según de vuestra natural inclinación sois de ani¬ 
mosos, invencibles, deseosos de honra y gloria, creo ya estáis tan persua¬ 
didos, que por mejor decir, tan encendidos, que ya creo que os habrá pa.- 
rescido largo mi razonamiento con el deseo que tenéis de veros ya á las 
manos con vuestros enemigos; pero he dicho lo que habéis oído como 
aquél, que como vuestro Capitán y caudillo, estoy obligado á ello, no por 




LIBRO QUINTO.-CAP. CXII 


645 

añadiros ánimo, que éste siempre le tuvistes, sino para que trayéndoos 
á la memoria quién sois y lo que intentáis, lo emprendáis con mayor ale¬ 
gría y contento.” 


CAPITULO CXII 

DEL PÚBLICO CONSENTIMIENTO Y ALEGRÍA CON QUE CORTES FUÉ OÍDO 
Y DE LO QUE MUCHOS, UNOS Á OTROS, SE DIXERON 

Como Cortés hubo hecho este razonamiento, y los antiguos y los que 
poco antes vinieron entendieron la mucha verdad que trataba, contentos 
y alegres, mirándose los unos á los otros, sin determinarse, especialmente 
los caballeros, cuál dellos tomaría la mano para responder en nombre de 
los demás, se fueron á Cortés algunos de los más principales, como fue¬ 
ron Pedro de Alvarado, Gonzalo de Sandoval, Alonso de Avila y otros 
desta suerte. Dixéronle que ya no deseaban cosa tanto como verse con los 
enemigos, pues el morir en tal demanda no había de ser menos honroso 
que el quedar con la vida vencedores. Alabáronle mucho las muchas 
y buenas cosas que había dicho, el celo y voluntad con que las había tra¬ 
tado y cuán clara y evidentemente, como sabio y valiente Capitán, había 
tratado los negocios de la guerra. Dixéronle, en reconoscimiento desto, 
que aunque de lo pasado tenían tanta experiencia, que para lo que les 
mandaba en lo por venir, los hallaría tan á su mano que ninguna cosa ten¬ 
drían por tan principal como seguir su voluntad, en lo cual creían que 
acertarían mucho y que tendrían la dicha y ventura que en otras cosas, 
siguiéndole, habían alcanzado; y que pues todo estaba y^l tan á punto, 
que no restaba más que sitiar á México, le suplicaban lo hiciese luego,' 
pues la oportunidad y coyontura estaban tan en las manos. 

Cortés, muy contento de ver cuán bien estaban todos en el negocio, 
respondiéndoles con la gracia que solía, les dixo que él era no más de un 
hombre y no para más que otros, y que el autoridad que tenía, en nombre 
del Rey y por el Rey, la había rescebido dellos, y que así, sin ellos, no 
podía acertar en lo que pretendía y deseaba, por lo cual estaba muy 
alegre, así de que todos estuviesen de su parescer, como de que para 
executarle y ponerle por obra, por la mayor parte fuesen todos tan va¬ 
lientes y de tanto esfuerzo y consejo, que no sin razón, mediante el favor 
divino, se pudiese tener por cierta la victoria; y que en lo demás él quería 
sitiar luego la ciudad por tres partes, como antes tenía con ellos co¬ 
municado. 

Con esto, aquellos caballeros, con los cuales había ido otra mucha 
gente, se despidieron de Cortés. Los demás, todos llenos de grandes es- 
peranzas, los unos con los otros comunicaban el negocio, y como de todos 
era tan deseado, aunque eran diversos los paresceres, porque muchos en 
negocios dubdosos, cuyas salidas son inciertas, no pueden tener todos un 
parescer, en esto, á lo menos unánimes y concordes, venían todos en que. 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


646 

muriendo ó viviendo, les convenía no mudar pie del cerco hasta seño¬ 
rearse de México, ó que todos quedasen muertos. Hicieron los celosos de 
sus conciencias y los que tenían de qué, luego sus testamentos, dexando 
los unos á los otros el cuidado de cumplirlos. Confesáronse también mu¬ 
chos y reconciliáronse los que estaban entre sí discordes y enemigos, y 
hechas estas diligencias, con gran contento y alegría, se comenzaron á 
disponer al negocio que ya entre las manos tenian, esperando cómo Cor¬ 
tés ordenaría y dispondría su exército. 


CAPITULO CXIII 

CÓMO CORTÉS ORDENÓ SU EXÉRCITO, Y CÓMO PRIMERO SALIERON TODOS 
LOS ESPAÑOLES EN ORDEN Á LA PLAZA CON LOS INDIOS AMIGOS 

Para este fin mandó Cortés tornar á salir á la plaza toda la gente 
española é índica en orden de guerra, para repartir la gente en sus ca¬ 
pitanías, lo cual hizo el segundo día de Pascua por el orden siguiente: 
Repartí© (dexando para sí trecientos hombres, con los cuales había de 
meterse en los bergantines y ser caudillo dellos por el agua) en tres Ca¬ 
pitanes como Generales ó Maestres de campo toda la demás gente, para 
que por tres partes, como diré, sitiasen á México. A Pedro de Alvarado 
dió treinta de á caballo y ciento é cincuenta peones de espada y rodela 
é diez é ocho ballesteros y escopeteros, con sus Capitanes, dos tiros de 
artillería y más de treinta mili indios tlaxcaltecas, aunque Cortés dice 
en su Relación más de veinte y cinco mili, para asentar en Tacuba. A 
»'^istóbal de Olid, en compañía del tesorero Alderete, dió treinta y tres 
de á caballo, diez é ocho ballesteros y escopeteros, ciento y sesenta peo¬ 
nes, dos tiros y cerca de treinta mili tlaxcaltecas, para que se pusiese 
en Cuyoacan. A Gonzalo de Sandoval, su Alguacil mayor, dió treinta y 
tres de á caballo, aunque él dice veinte y cuatro, cuatro escopeteros, trece 
ballesteros, ciento y cincuenta peones de espada y rodela, los cincuenta 
dellos mancebos escogidos, que él traía en su compañía, con toda la 
gente de Guaxocingo, Cholula y Chalco, que á lo que dice Motolinea, 
eran más de cuarenta mili indios, y éstos habían de ir á destruir la ciudad 
de Estapalapa y tomar asiento do mejor le paresciese, para su real, jun¬ 
tándose primero con la guarnición de Cuyoacan y pasando adelante por 
una calzada del alaguna, con favor y espaldas de los bergantines, para 
que después, entrando Cortés con ellos por el alaguna, más á su placer y 
con menos riesgo asentase, como dixe, Sandoval, do mejor le paresciese. 
Para los trece bergantines con que él había de entrar escogió, fuera de 
los Capitanes, los más de los trecientos hombres, que fuesen hombres de la 
mar y exercitados en navegaciones, diestros, valientes y de buen consejo 
de los cuales halló muchos, especialmente á ^Martín López, que fué hombre 
que dixo y hizo, el cual tenía todo el cuidado de la flota como aquel por 





LIBRO QUINTO.--CAP, CXIV 


O47 

cuya industria se habían hecho los bergantines, en cada uno de los cuales 
iban veinte y cinco españoles con su Capitán y Veedor y seis ballesteros 
y escopeteros. 


CAPITULO CXIV 

CÓMO SE PARTIERON LOS MAESTROS DE CAMPO, V DE CIERTAS DIFEREN’CÍAS 

QUE HUBO ENTRE ELLOS 

Dada la orden que tengo dicha, los dos Capitanes que habían de estar 
con su gente en las ciudades de Tacuba y Cuyoacan, después de haber 
rescebido las instrucciones de lo que debían hacer, se partieron de Tez- 
cuco á veinte y dos días de Mayo. Fueron á dormir dos leguas y media 
de allí, á una poblazón buena que se dice Aculma, donde aquellos Capita¬ 
nes, sobre el alogamiento de sus gentes, tuvieron pasión, que para en 
aquel tiempo, pasando adelante, fuera bien dañosa. Cortés, como lo supo, 
porque luego fué avisado, para que el negocio no fuese adelante, invió 
un caballero (créese que era Alonso de Avila) á que los reprehendiese 
mucho y dixese el enojo con que quedaba. También dicen que les escribió 
y afeó bien el negocio. x\quei caballero, ido adonde los dos Capitanes es¬ 
taban, los reprehendió y apaciguó, y como respectaban tanto á Cortés, 
aunque tenían los pechos acedos, no lo osaban mostrar. 

Hubo también, antes que estos Capitanes saliesen de Tezcuco, en 
todo el real de Cortés alguna alteración y murmuración, por haber queri¬ 
do ser General de la flota, paresciendo á algunos principales de su com¬ 
pañía (que iban por tierra) que ellos corrían mayor peligro (tanto, donde 
quiera que iba, valia su persona), y así le riquirieron que fuese en el 
exército por tierra y no en el alaguna en la flota. Respondió que más 
peligroso era (como ello es) pelear por el agua, que por la tierra, y de más 
cuidado mirar por la flota que no por el exército, y que á esta causa 
convenía más que su persona fuese en el armada, que no en el exército 
por tierra, pues á todos convenía mirar por lo que más cumpliese. Con¬ 
vencidos con esta repuesta, callaron, vista la razón que tenía, porque pór 
la tierra muchas veces habían probado su ventura, y por el agua hasta 
estonces nunca. 

Los Capitanes, al parescer muy amigos, después de la reprehensión, 
otro día fueron á dormir á un pueblo que hallaron despoblado, del cual 
se había ido la gente á México. Luego, al tercero día, entraron temprano 
en Tacuba, que también estaba, como todos los pueblos de la costa del 
alaguna, desierto. Aposentáronse en las casas del señor, que son muy 
hermosas y grandes, y aunque era ya tarde, los naturales de Tlaxcala 
dieron una vista por la entrada de las calzadas de la ciudad de México 
y pelearon dos ó tres horas valientemente con los de la ciudad, hasta 
que la noche los despartió y se volvieron á Tacuba sin daño. 



048 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO CXV 

CÓMO LOS DOS CAPITANES FUERON Á QUITAR EL AGUA DULCE Á MÉXICO 

Y ADERESZARON ALGUNOS MALOS PASOS, Y DE OTRAS COSAS QUE HI¬ 
CIERON 

Otro dia de mañana los dos Capitanes acordaron (como Cortés les 
había mandado) de ir á quitar el agua dulce que por caños de madera, 
guarnescidos de cal y canto, entraba en la ciudad de México. El uno 
dellos fué al nasciniiento de la fuente con veinte de á caballo y ciertos 
ballesteros y escopeteros. Llegó el Capitán, y aunque había mucha gente 
en defensa, cortó y quebró los caños, peleando bravamente con los que 
se lo procuraban estorbar, lo cual hacían por el alaguna y por la tierra 
Murieron muchos indios, y de los nuestros salieron heridos algunos, pero 
al fin, después de haberse reñido aquella batalla con grande porfía de 
los unos y de los otros, los nuestros acabaron de romper los caños y 
quitaron el agua á la ciudad, que les hizo más daño que les pudieran 
hacer muchos enemigos que sobre ellos fueran. Fué este grande ardid 6 
hizo mucho efecto. 

En este mismo día los dichos Capitanes hicieron adereszar algunos 
malos pasos, puentes y acequias que por allí alderredor del alaguna es¬ 
taban, porque los de á caballo pudiesen libremente y sin peligro correr 
por una parte 3^ por otra. Hecho esto, en que con aquel día se tardaron 
otros cuatro, en los cuales siempre tuvieron grandes rencuentros con los 
de la ciudad, de los cuales murieron muchos, 3^ de los nuestros fueron al¬ 
gunos heridos, ganáronles muchas albarradas y puentes. Hobo entre los 
de la ciudad y los de Tlaxcala bravas hablas y desafíos, diciéndose los 
unos á los otros cosas bien notables y para oir. 

El Capitán Cristóbal de Olid con la gente que había de estar en guar¬ 
nición en la ciudad de Cu3^oacan, que está dos leguas de Tacuba, se par¬ 
tió, 3" el Capitán Pedro de Alvarado se quedó en guarnición con su gente 
en Tacuba, donde cada día tenía escaramuzas y peleas con los indios. 
Llegó aquel día Cristóbal de Olid á Cuyoacan á las diez de la mañana: 
aposentóse en las casas del señor de allí. Hallaron despoblado el pueblo. 


CAPITULO CXM 

CÓMO OTRO DÍA DE MAÑANA SALIÓ CRISTOBAL DE OLID A DAR UNA VISTA, 
V DE LO QUE LE SUBCEDIÓ 

Otro día de mañana salió Cristóbal de Olid con hasta veinte de á 
caballo 3" algunos ballesteros é con seis ó siete mili tlaxcaltecas á dar una 
vista á la calzada que está entre México y Eztapalapa, que va á dar á 





LIBRO QUINTO.-CAP. CXVU 649 

México. Halló muy apercebidos los contrarios, rota la calzada y hechas 
muchas albarradas. Pelearon con ellos, y los ballesteros hirieron y ma¬ 
taron á algunos, y esto continuaron seis ó siete días, que en cada uno 
dellos hubo muchos recuentros y escaramuzas, é una noche al medio 
della, llegaron ciertas velas de los de la ciudad á gritar á los de nuestro 
real. Las velas de los españoles apellidaron luego: “¡Arma!"’ Salió la 
gente y no hallaron á los enemigos, porque mucho antes del real habían 
dado la grita, la cual, como era de noche y todo estaba sosegado, paresció 
á los nuestros, como la oían tan bien, que estaba cerca. Púsoles algún 
pavor, por ser cosa tan de repente y ser cosa tan pocas veces usada, y 
como la gente de los nuestros estaba dividida en tantas partes, los de 
las guarniciones deseaban la venida de Cortés con los bergantines. Cotí 
esta esperanza estuvieron aquellos pocos de días hasta que Cortés llegó, 
como adelante diré. En estos seis días jamás tarde y mañana faltaron 
recuentros y notables desafíos, para su modo, entre los unos indios y los 
otros. Señaláronse mucho los tlaxcaltecas, así porque de antiguo eran más 
valientes que los mexicanos, como por el ánimo que los nuestros les po¬ 
nían. Los de á caballo corrían la tierra, y como estaban cerca los unos 
reales y los otros, alancearon muchos de los enemigos, cogiendo de la 
sierra todo el maíz que podían para sustentarse á sí y á sus caballos y aun 
para proveer á los demás. 

Es el maíz, como he dicho, trigo de los indios, buen mantenimiento 
para hombres y caballos y que hace gran ventaja al de que se sustentan 
los de las Islas. 


CAPITULO cxvn 

DE LA CONSULTA QUE GUAUTEMUCIN TUVO EN MÉXICO CON LOS DE SU REINO 
SOBRE LA GUERRA, Y DE UNA PLATICA QUE LES HIZO PIDIÉNDOLES SU 
PARESCER 

Viendo el nuevo señor de México, Guautemucin, cómo cada día se le 
iban muchas gentes á Cortés, que solían, aun de su voluntad, ser del im¬ 
perio mexicano, y que de lexos tierras le venían mensajeros de muchos 
señores, ofresciéndole su amistad, y gente de guerra, y que por otra parte, 
por su grande esfuerzo y consejo, había conquistado y puesto debaxo 
de su señorío de César, su señor, muchas provincias, todas pacificadas, 
y que ya tenía los bergantines en el agua, que fué lo que más pena le dió, 
é tan grande exército de españoles é indios amigos para sitiar á México, 
determinó de juntar los Capitanes y señores de su reino, para tratar del 
remedio; y cuando los tuvo á todos juntos, les habló desta manera: 

“Valientes y esforzados Capitanes, poderosos señores, que habéis re- 
conoscido y reconoscéis al imperio mexicano: He querido que nos junte¬ 
mos hoy todos, para que como hijos desta gran ciudad nuestra, donde nas- 
cimos, demos orden cómo la libremos de la servidumbre y crueles trata- 



65o 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


mientos de los cristianos, que tienen los negocios puestos en tales térmi¬ 
nos, que nos conviene mirar mucho por lo que debemos hacer, ca por la 
una parte veo que está más poderoso Cortés; tiénenos quitada el agua, 
estamos forzados á hurtarla con canoas, y esto con gran peligro nuestro; 
acúdele mucha gente de nuestros naturales; ofrescénsele muchos señores ; 
su exército de españoles tiene muy fornido; tiene echados los bergantines 
al agua, que es la mayor fuerza con que nos puede hacer daño; sitíanos 
por todas partes, para que repartida nuestra gente sea menos fuerte y 
nosotros no podamos proveernos de mantenimientos y armas sin mucho 
riesgo. Por otra parte, veo que estamos en nuestra casa, que somos muchos 
y muy bien adereszados, y que para echarnos della, haciendo nosotros el 
deber, es menester mucha más gente. Nuestra ciudad no es como las otras, 
porque aliende de que es muy grande y populosa, está toda fundada sobre 
agua, y aunque entren bergantines, cada casa es una fortaleza; los de 
caballo no tienen por donde corran; las puentes tenemos rotas, pues ce¬ 
garlas no pueden sin muchas muertes dellos. Nuestros dioses, si no re- 
sistimios, se volverán contra nosotros. Por nuestra patria, libertad y re¬ 
ligión conviene que muramos, y si, lo que no puedo creer, los cristianos 
pudieren más, con morir defendiéndonos, quedaremos contentos, pues es- 
peor perder la hacienda, honra, libertad y tierra, que la vida, caresciendo 
destas cosas, que la hacen contenta y ufana: muchos, por no vivir mucho 
tiempo con alguna grave pena, se matan de su voluntad, por no vivir 
vida penosa, queriendo perderla, siendo tan amable, de una vez, que morir 
mucho tiempo viviendo. Yo os he puesto delante de los ojos el pro y el . 
contra deste negocio, y he dicho á lo que más me inclino. Ahora vosotros 
decid vuestro parescer, para que escojamos lo que fuere mejor." 


CAPITULO CXVIIÍ 

DE LA REPUESTA DE LOS CAPITANES Y SEÑORES MEXICANOS 
Y DE LA DIVERSIDAD DE PARESCERES QUE ENTRE ELLOS HUBO 

Después que Guautemucin, que con gran cuidado fué oido, acabó su 
razonamiento, comenzaron todos á hablar muy quedo entre sí, y como su 
señor les daba libertad para decir su parescer y no todos sintiesen una 
cosa, comenzaron, hablando recio, á decir lo que sentían, variando los unos 
de los otros, porque los que de sí mucho confiaban [y] ya había persuadi¬ 
do la postrera parte del razonamiento, respondieron que la guerra en to¬ 
das maneras se debía proseguir, para de una vez concluir el negocio, por 
las razones que Guautemucin había dicho y por otras muchas que se po¬ 
dían decir. Otros, que con más cordura y peso consideraban lo uno v Ío 
otro, deseosos de la salud y bien público, fueron de parescer que no sacri¬ 
ficasen los españoles que tenían presos, sino que los guardasen, para hacer 
las amistades con los españoles, volviéndoselos sanos y libres. Otros, que 



LTÜRO QUINTO.—CAP. CXIX 


65 1 

no se osaban determinar á la una ni á la otra parte, dixeron que en el 
entretanto que ni lo uno ni lo otro se hacía, que hechos sus sacrificios, 
consultasen á sus dioses sobre lo que debían hacer, y que conforme á lo 
que respondiesen, aquello les parescía se debía hacer. 

El rey Guautemucin, aunque, por lo que mostró, parescía inclinarse 
á la guerra, todavía quisiera paz. Finalmente [paresdendo] bien á todos 
aquel medio, Guautemucin dixo que tendría su acuerdo con los dioses 


CAPITULO CXIX 

CÓMO GUAUTEMUZA SACRIFICÓ CUATRO ESPAÑOLES Y CUATRO MILL INDIOS. 

Y CÓMO SE DETERMINÓ DE SEGUIR LA GUERRA 

Luego otro día por la mañana, sin que en otra cosa se entendiese, 
mudadas las ropas, el rey Guautemucin con todos los principales de su 
consejo se fué al templo, á aquella parte déí donde estaban los dioses de 
la guerra, el cual, aunque mancebo, iba con harto mayor cuidado que su 
edad demandaba, revolviendo en su pecho grandes cosas é inclinándose 
á lo que después dél se entendió, más á hacer algún concierto con Cortés, 
que á romper con él, temiéndose de lo que después le subcedió; pero por 
no dar su brazo á torcer, viendo que los más de los suyos eran de parescer 
contrario, como entró en el templo, mandó luego sacrificar cuatro espa¬ 
ñoles que tenía vivos y enjaulados, los cuales murieron muy como cris¬ 
tianos, dando gracias á Dios que morían por su fee. Mandó luego, des¬ 
pués que los sacerdotes, con gran cerimonia y contento, les hubieron sa¬ 
cado los corazones y ofrescídolos á los ídolos, que se hiciese el acostuiU' 
brado sacrificio de indios, donde, según la más común opinión, fueron 
sacrificados cuatro mili. Hecho este sacrificio, ó por mejor decir, car¬ 
nicería, hizo su oración al demonio, el cual dicen que le respondió que no 
temiese á los españoles, pues vía cuán pocos eran y tenía entendido ser 
mortales como él, y que tampoco se le diese nada por los indios que con 
ellos venían, porque no perseverarían en el cerco, y que al mejor tiempo 
se irían, que no era creíble que aunque eran sus enemigos, no lo fuesen 
más de los españoles, que en todo les eran contrarios, é que con grande 
ánimo saliese á ellos y los esperase, porque él también ayudaría á matar¬ 
los, pues le eran tan enemigos. 

Con esta repuesta tan falsa y tan m.endrosa, eomo dada por el padre 
de mentira, Guautemucin salió muy contento; mandó alzar las puentes, 
hacer albarradas, meter bastimentos, velar la ciudad, armar cinco mili 
canoas. Con esta detenninación é adereszo estaba cuando llegaron Pedro 
de Alvarado y Cristóbal de Olid á combatir las puentes é á quitar el agua 
á México, é así confiado en aquella repuesta, no los temió, antes, tenién¬ 
dolos en poco, los amenazaba, diciendo: “Malos hombres, robadores de 
lo ajeno; presto perderéis Ib ganado y la furia, si porfiáis, en vuestra 




652 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


locura. Con vuestra sangre aplacaremos á nuestros dioses y la beberán 
nuestras culebras, y de vuestra carne se hartarán nuestros tigres y leones, 
que ya están cebados con ella”; é á los tlaxcaltecas, que era cosa de reir, 
decían á unos: ‘'Cornudos, esclavos, putos, gallinas, traidores á vuestra 
nación y á vuestros dioses, pues sois tan locos que no os arrepentís de 
vuestro mal propósito, levantándoos contra vuestros señores; aquí mori¬ 
réis mala muerte, porque, ó vos matará la hambre, ó nuestras espadas, 
ó vos prenderemos y comeremos, haciendo de vosotros sacrificio, en señal 
del cual os .arrojamos esos brazos y piernas de los vuestros, que por al¬ 
canzar victoria sacrificamos, con promesa que os hacemos de no parar 
hasta ir á vuestra tierra y asolar vuestras casas y no dexar hombre ni 
mujer en quien reviva vuestra mala casta y linaje.” 


CAPITULO CXX 

DE LO QUE LOS TLAXCALTECAS RESPONDIERON, 
y DE LO QUE SIENTE MOTOLINEA ACERCA DE LA REPUESTA DE LOS DIOSES 

Los tlaxcaltecas, que se tenían por más valientes, riéndose destas 
bravezas, les respondían: “Más os valdría daros, que porfiar en resistir 
á los cristianos, que sabéis cuán valientes son, y á nosotros, que tantas 
veces os hemos vencido, y si porfiáis en vuestra locura, no amenacéis 
como mujeres, y si sois tan valientes como presumís, haced y no habléis, 
porque es muy feo blasonar mucho y llevar luego en la cabeza; dexad de 
injuriarnos y hablar de talanquera y salid al campo y en él veremos si 
hacéis lo que decís, y estad ciertos que ya es llegado el fin de vuestras 
maldades y que se acabará muy presto vuestro tiránico señorío, y aun 
vosotros, con vuestras casas, mujeres y hijos, seréis destruidos y asolados, 
si con tiempo, como os avisamos, no mudáis parescer.” 

Estas y otras muchas palabras pasaron entre los mexicanos y tlax¬ 
caltecas, aunque hubo también obras, por los desafíos y recuentros que 
entre ellos pasaron, en los cuales las más veces se aventajaban los me¬ 
xicanos. 

Ahora, viniendo á lo del aparescer del demonio, diré lo que Mo- 
tolinea escribe, que con cuidado de muchos años lo escribió después de 
haberlo bien inquerido, é yo en esta mi Corónica deseo dar á cada uno lo 
que es suyo. Dice, pues, y así es probable, que el demonio no aparescía 
á los indios, ó que si les aparescía era muy de tarde en tarde, y que los 
sacerdotes, por su interese y para atraer á los señores y al pueblo al 
culto y servicio de sus dioses, fingían que el demonio se les aparescía v 
hablaban con él, y así nunca decían al pueblo sino cosas de que rescibiese 
contento, para que ofresciese sus ofrendas é intereses, los cuales tienen 
gran mano en las cosas sagradas, cuanto más en las profanas, de adonde 
es de creer que los sacerdotes que estonces estaban en el templo, porque 




LIBRO QUINTO.—CAP. CXXI 


653 

no cesase su falsa religión y grande interese, ó fingieron que el demonio 
decía que se hiciese la guerra, ó usaron de alguna maña y ardid para que 
hablando ellos paresciese hablar el demonio, especialmente entendiendo 
que los más de la ciudad estaban inclinados á que la guerra se hiciese. 


CAPITULO CXXI 

CÓMO XICOTENCATL, CAPITÁN DE SESENTA MILL INFANTES, SE VOLVIÓ \ 

TLAXCALA, DE DONDE LE TRAXERON ; Y TRAÍDO, LE MANDÓ CORTES 

AHORCAR 

Dicho he cómo la gente de Tlaxcala tardó tres días de entrar en Tez- 
cuco y cómo después que toda estuvo junta, ordenando Cortés las guar¬ 
niciones que habían de estar en el cerco de México, inviando á Pedro 
de Alvarado que sitiase la ciudad con treinta mili tlaxcaltecas, cuyo Ca¬ 
pitán era Xicotencatl, que nunca, hasta que lo pagó todo, anduvo de buen 
arte, y cómo Gonzalo de Sandoval por la parte de Iztapalapa asimismo 
fué á poner cerco con muchos indios amigos, y con ellos por Capitán 
Chichimecatl, andando para esto la gente española y la índica revueltas, 
subcedió que por cargar un indio, primo hermano de un señor llamado 
Piltecletl, le descalabraron dos españoles. Apaciguóle Ojeda, con promesa 
que le hizo de darle licencia que se volviese á Tlaxcala, porque á saberlo 
Cortés, sin dubda los ahorcara ó afrentara malamente. Ido, pues, aquel 
señor á su tierra, Xicotencatl, que estaba con Pedro de Alvarado, supo la 
ida de aquel señor, y como siempre tuvo el pecho dañado y nunca había 
hecho cosa que no fuese por fuerza, procurando cuanto podía dañar á 
los españoles, secretamente una noche, sin que nadie lo supiese, con al¬ 
gunos amigos y criados se descabulló, procurando con su ausencia res¬ 
friar las voluntades de los que él tenía á cargo, y que poco á poco se fue¬ 
sen todos tras dél. Pedro de Alvarado le echó luego menos, por la ma¬ 
ñana ; sintió mal del negocio y escribiólo luego á Cortés, el cual, á la hora, 
porque también le paresdó muy mal, inviando á llamar á Ojeda y á su 
compañero Joan Márquez, los despachó para Tlaxcala, mandándoles que 
luego, sin detenerse punto, se partiesen y le traxesen preso á Xicotencatl 
y á los demás señores que hallasen haberse ausentado del exército. Ellos 
se partieron luego á Tlaxcala, á la cual llegados, prendieron á Xicotencatl, 
y luego él se demudó y turbó, dándole el corazón en lo que había de parar. 
Díxoles, lo que suelen los que para su culpa no tienen disculpa, que por 
qué no prendían también á Piltcchetl, que también se había venido del 
exército. Ojeda le respondió que aquel señor se había venido á curar, y 
con su licencia, y que él no había tenido para qué venirse ; con todo esto, 
no osaron hacer otra cosa que llevar también á Piltechtl, porque ya estaba 
sano. 

Llegados que fueron á Tezcuco con los presos. Cortés no los quiso 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


654 

ver. Mandólos echar en el cepo, y desde á dos horas mandó que á vista de 
todos los indios, en una horca alta ahorcasen á Xicotencatl y que el in¬ 
térprete en voz alta dixese la causa de su muerte y traxese á la memoria 
las maldades y fieros que en Tlaxcala habia hecho cuando los españoles se 
vieron en tanta nescesidad. Murió, aunque era orgulloso y valiente, con 
poco ánimo, conosciendo bien que sus malos pasos le habían traído al 
punto en que estaba, y así, no acertó á pedir perdón de sus delictos. 
Ya que estaba muerto, acudieron muchos indios, tanto que sobre ello 
se herían á tomar de la manta y del mástil, y el que llevaba un pedazo 
dél, creía que llevaba una gran reliquia. 

Atemorizó la muerte deste Capitán mucho á todos los indios, así 
amigos como enemigos, porque era mucho estimada y temida de los unos 
y de los otros la persona de Xicotencatl. Y porque el lector deseará saber 
qué es lo que se hizo con Piltechtl, decirlo he en el capítulo siguiente. 


CAPITULO CXXII 

CÓMO CORTÉS QUISO AHORCAR Á PILTECHTL Y CÓMO RIÑÓ ASPERAMENTE 
Á OJEDA CUANDO SUPO LO QUE HABÍA PASADO 

Ahorcado Xicotencatl, que fué gran freno para que de ahí adelante 
ninguno desamparase su caudillo, por amedrentar más á los indios de 
su exército, determinó también de ahorcar á Piltechtl; mandóle sacar del 
cepo y que le pusiesen dende al otro; pero Ojeda, á quien como á cris¬ 
tiano remordía la conciencia, aunque por otra parte temía de Cortés ó 
castigo ó ásperas palabras, cuales oyó, le dixo la poca culpa que Piltechtl 
tenía, porque él le había dado licencia para que se fuese á Tlaxcala, por 
excusar que su Merced no mandase ahorcar á dos soldados españoles que 
eran de los valientes de su exército, y que, por tanto, le suplicaba no hi¬ 
ciese justicia de aquel señor. Cortés se halló algo atajado, porque le pesó 
de haber determinádose de mandar ahorcar á Piltechtl y haberle puesto 
en aquella aflición. Enojóse mucho con Ojeda y tratóle ásperamente de 
palabra, diciendo que fuera bien que luego que traxo los presos, le dixera 
la poca culpa que Piltechtl tenía, ó no le traxera en son de preso, aunque 
él había mandado que todos los que hallase en Tlaxcala traxese consigo. 
Ojeda le replicó lo que pudo, y finalmente, Cortés, considerando otros 
buenos sendcios que había hecho, no le castigó, y hablándole algo blan¬ 
damente, Ojeda le dixo: “Pues ahora sepa vuestra Merced otra cosa; 
que Xicotencatl me daba dos mili ducados porque le soltase, y si me diera 
cient mili no lo hiciera, porque no osara.” Estonces Cortés, sonriéndose, 
le dixo: “Pues, majadero, ¿por qué no tomastes los dineros y luego le 
traíades, que quien había de perder la vida, poco se le diera de dexaros 
los dineros?” Con esto se despidió Ojeda y se comenzó á entender en dar 
furia á la guerra. 




LIBRO QUINTO.—CAP. CXXIII 


6:>3 


CAPITULO CXXIII 

CÓMO CORTÉS SE EMBARCÓ, Y DE UNA NOTABLE VICTORIA QUE EN EL PEÑOÍ. 

HUBO 

En sabiendo que supo Cortés que sus guarniciones estaban en los 
lugares donde les había mandado asentar, aunque quisiera ir ])or tierra, 
para dar orden en los reales, determinó con los trecientos hombres que 
le quedaban embarcarse, porque era aquél negocio donde se requeria 
gran concierto y cuidado y donde había más riesgo y ventura, y así, otro 
día después de la fiesta de Corpus Christi, viernes, á las cuatro del alba, 
hizo salir de Tezcuco á Gonzalo de Sandoval, Alguacil mayor, con su 
gente, para que se fuese derecho á la ciudad de Iztapalapa, que estaba 
de allí seis leguas pequeñas. Llegó á ella á poco más de medio día. Co¬ 
menzó á quemar la ciudad y á pelear con la gente della, la cual, como 
vió el gran poder que Sandoval llevaba, acogióse al agua en sus canoas, 
y Sandoval se aposentó en la ciudad y estuvo en ella aquel día esperando 
lo que Cortés le mandaba y lo que le subcedía. Despachado desta suerte 
Sandoval, Cortés se metió en los bergantines y se hizo á la vela y al 
remo, y al tiempo que Sandoval andaba quemando la ciudad, llegó á 
vista de un muy fuerte y grande peñol que estaba cerca de aquella ciu¬ 
dad, todo rodeado de agua y por lo alto muy fortalescido de albarradas 
y en ellas mucha gente de guerra que consigo tenían sus mujeres y hijos, 
determinados de morir primero que de rendirse. Habían concurrido allí 
de los pueblos del alaguna, porque ya sabían que el primero rencuentro 
había de ser con los de Iztapalapa y estaban allí para defensa suya y para 
ofender á los nuestros si pudiesen, y no pudiendo, morir, como lo hicie¬ 
ron ; y como vieron llegar la flota, comenzaron á pedir socorro, haciendo 
grandes ahumadas, porque todas las ciudades del alaguna lo supiesen 
y estuviesen apercebidos, y aunque el motivo de Cortés era de ir á com¬ 
batir la ciudad de Iztapalapa por la parte que estaba en el agua, revolvió 
sobre el cerro, porque le tiraban muchas piedras y flechas. Saltó con 
ciento y cincuenta compañeros, púsolos en orden, é yendo él adelante, 
aunque era el peñol muy agro y alto, le comenzó á subir con mucha difi¬ 
cultad. Porfió tanto que les ganó las albarradas que en lo alto tenían he¬ 
chas para su defensa; entró de tal manera que ninguno de los enemigos 
escapó, ecepto las mujeres y niños, á quien mandó que no tocasen. Hirié¬ 
ronle veinte y cinco españoles; no murió ninguno, que fué muy gran 
cosa, y así la victoria fué una de las más señaladas que Cortés alcanzó y 
que más espanto puso á los enemigos, porque les paresció que aquéllos 
eran inexpunables. 



636 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO CXXIV 

DE OTRA MUY SEÑALADA VICTORIA QUE CORTÉS HUBO DE LOS MEXICANOS 

POR EL AGUA 

Como los de Yztapalapa y los del peñol habían hecho ahumadas, luego 
los de México y de las otras ciudades que están en el alaguna conoscieron 
que Cortés entraba ya por el alaguna con los bergantines, y de improviso, 
como los que estaban apercebidos, se juntó una muy gran flota de canoas. 
Era cosa de ver, que el agua estaba toda casi cubierta, y los cerros, con 
los fuegos y ahumadas, parescian arder. Ciertos señores y principales 
tomaron quinientas canoas de las mayores y más fuertes; adelantáronse 
para pelear con los nuestros, pensando vencer, é si no, tentar lo que po¬ 
dían navios de tanta fama. Las demás canoas, que eran muchas, en gentil 
concierto, iban siguiendo. Cortés, como vió traían su derrota hacia él,, 
á gran furia, con el despojo del peñol, se embarcó con los suyos; mandó 
á sus Capitanes que en ninguna manera fuesen adelante, sino que juntos, 
en buen concierto, estuviesen quedos para que pasando los enemigos, 
que de miedo no osaban acometer, acometiesen sin orden ni concierto., 
y así, acercándose, dieron, como suelen, gran grita, bravoceando y di¬ 
ciendo palabras feas. Con todo esto, no pararon á tiro de arcabuz, es¬ 
perando que las demás canoas llegasen, porque con las suyas no se 
atrevían. 

Estando así queda la una flota y la otra, deseando Cortés que aquella 
victoria naval, en la cual había de consistir todo el negocio, fuese muy 
señalada, porque si no era con los bergantines no se podía alcanzar, quiso 
Dios que aunque traían sus canoas empavesadas y en tan gran número 
que no se podían contar, que de improviso sobreviniese un viento terral, 
por popa de los bergantines, tan favorable á tiempo, que parescía milagro. 
Estonces Cortés, alabando á Dios, dixo á sus Capitanes: “¡Ea, caballe¬ 
ros, que Dios es con nosotros, pues tan claramente nos favoresce! Tién¬ 
danse las velas, apréstense los remos, y con mucho concierto rompamos 
por estos enemigos de Dios y nuestros.'’ Hizo señal, é luego todos, con 
gran furia embistieron en las canoas, que con el tiempo contrario co¬ 
menzaban á huir; deshicieron, con el grande ímpitu que llevaban los 
bergantines, muchas canoas; echaban otras á fondo, haciendo maravilloso 
y espantoso estrago; mataron infinita gente; siguieron el alcance, como 
el viento les era tan favorable, más de tres leguas, hasta encerrarlos en 
las casas de México; prendieron algunos señores y á muchos caballeros 
é otra gente. Los muertos no se pudieron contar, más de que el alaguna 
estaba tinta en sangre. Fué causa esta segunda victoria de que de ahí 
adelante los nuestros fuesen señores del agua y los enemigos perdiesen 
gran parte del ánimo. Fuéles el viento contrario, y como eran tantas 
canoas, estorbábanse las unas á las otras. 





LIBRO QUINTO.—CAP. CXXVI 


657 


CAPITULO CXXV 

DE OTRA TERCERA VICTORIA QUE CORTES HUBO DE LOS MEXICANOS 

Los de la guarnición de Cuyoacan, que podían mejor que los de Ta- 
cuba ver cómo venían los trece bergantines, como vieron el buen tiempo 
que traían y cómo venían desbaratando todas las canoas de los enemigos, 
que era, según después dixeron, cosa de ver y de que mayor contento 
rescibieron; y porque también estaban con gran deseo de ver á Cortés, 
que consigo traía tanto favor, porque los de Cuyoacan y Tacuba estaban 
entre tanta multitud de enemigos, que milagrosamente Dios los ani¬ 
ma [ba] para que no desfallesciesen, y enflaquescía los ánimos de los ene¬ 
migos para que no se determinasen á acometer á los nuestros en su real, 
que si lo hicieran, según eran infinitos, no pudieran dexar de perescer los 
españoles, aunque siempre estaban apercebidos y determinados de morir 
ó ser vencedores, como aquellos que se hallaban muy apartados de toda 
manera de socorro, salvo de aquel que de Dios esperaban; y así como 
de la guarnición de Cuyoacan vieron cómo con su flota Cortés seguía 
las canoas, tomaron su camino hacia México, así los de á pie como 
los de á caballo, é trabaron una brava pelea con los indios que estaban 
en la calzada y les ganaron las albarradas que tenían hechas y les to¬ 
maron muchas puentes que tenían alzadas, y con el favor de los ber¬ 
gantines que iban cerca de la calzada, los indios de Tlaxcala seguían 
bravamente á los enemigos y dellos mataban y dellos prendían é otros 
se echaban al agua, de la otra parte donde no iban los bergantines, y así 
fueron siguiendo esta victoria más de una gran legua, hasta llegar á la 
calzada donde Cortés había parado con los bergantines, como después 
diré. 


CAPITULO CXXVI 

CÓMO CORTÉS SALTÓ EN TIERRA Y SACÓ TRES TIROS GRUESOS, 

Y DE LO QUE CON ELLOS HIZO 

Como los bergantines anduvieron bien tres leguas, dando caza á las 
canoas, las cuales escaparon, metiéndose entre las casas de la ciudad, 
é como era ya después de vísperas, mandó Cortés recoger los berganti¬ 
nes ; llegó con ellos á la calzada, y allí determinó de saltar en tierra con 
treinta hombres, por les ganar unas dos torres de sus ídolos, pequeñas, 
que estaban cercadas con su cerca baxa de cal y canto, de adonde los 
enemigos pelearon bravamente con los nuestros, por se las defender, pero 
al fin, aunque con harto peligro y trabajo, se las ganaron, y luego Cortés 
hizo sacar en tierra tres tiros de hierro gruesos que él traía; y porque lo 


42 




638 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


que restaba de la calzada desde allí á la ciudad, que era media legua, 
estaba todo lleno de enemigos é de la una parte y de la otra de la calzada, 
que era agua, todo lleno de canoas, con gente de guerra, hizo asestar el 
un tiro de aquellos, y después de cebado lo mandó soltar por la calzada 
adelante. Hizo mucho daño en los enemigos, á causa de estar la calzada 
cuajada dellos; atemorizó mucho aquella gente, tanto que por estonces 
no osaron más pelear, aunque si supieran la desgracia, porfiaran á ven¬ 
gar el daño que el tiro había hecho, porque al dispararle se descuidó 
el artillero de tal manera que se emprendió toda la pólvora que quedaba, 
aunque era poca. Tuvo estonces Cortés gran sufrimiento de no tratar 
mal al artillero, que lo merescía, por no desabrirle y ser persona diestra 
en aquel menester, y luego esa noche proveyó que fuese un bergantín á 
Iztapalapa, donde estaba Gonzalo de Sandoval, que era dos leguas de 
allí, para que traxese toda la pólvora que había; y aunque al principio 
deste negocio la intención de Cortés había sido, luego que entrase con los 
bergantines, irse á Cuyoacan y dexar proveído cómo anduviesen á mucho 
recaudo, haciendo el mayor daño que pudiesen, pero como aquel día 
había saltado en la calzada y les había ganado aquellas dos torres, de¬ 
terminó de asentar allí real é que los bergantines estuviesen allí junto á 
las torres é que la mitad de la gente de Cuyoacan é otros cincuenta peo¬ 
nes de Sandoval viniesen allí otro día. 


CAPITULO CXXVII 

CÓMO AQUELLA NOCHE, FUERA DE SU COSTUMBRE, LOS ENEMIGOS 
DIERON SOBRE CORTÉS 

Proveído esto, aquella noche estuvo Cortés muy á recaudo con su 
gente, porque estaban en muy gran peligro, é toda la gente de ^México 
acudía allí por la calzada é por el agua. Avino, pues, que á la media 
noche, fuera de su costumbre y uso, confederados para esto y habiéndolo 
tratado de antes, pensando que los nuestros dormirían descuidados y 
que tendrían la caza en las manos, dieron en canoas y por la calzada 
gran multitud de enemigos sobre Cortés, y como no saben acometer ni 
toman ánimo sino dando grita, fueron primero sentidos é oídos que pu¬ 
diesen hacer algún daño, aunque por venir tan sin pensarse, pusieron á 
los nuestros en gran temor y rebato, porque si no era cuando tenían 
muchas y grandes victorias y, se iban señoreando de sus enemigos, jamás 
acometían de noche: pero como los nuestros estaban muy apercebidos, 
comenzaron á pelear con ellos, así por tierra como desde los bergantines, 
y como cada bergantín traía un tiro pequeño de campo, comenzaron á 
dispararlos y á tirar los ballesteros y escopeteros, y como estas municio¬ 
nes alcanzaban más que las flechas de los indios y ellos eran tantos, 
aunque los nuestros tiraban á bulto, por la escuridad de la noche, hicieron 




LIBRO QUINTO.—CAP. CXXVIII 


659 

. * • 

mucho más daño que rescibieron, y así los indios tuvieron por bien, 
hallándose burlados en lo que pensaron, retraerse, no osando ir adelante, 
porque rescibieran mayor daño, y asi dexaron á los nuestros lo que quedó 
de la noche sin acometerlos más. En este sobresalto se vio bien el admi¬ 
rable esfuerzo y reportaniiento de’Cortés, que, como si fuera de día y 
estuviera con grandes ventajas, guió el negocio, en el cual se señalaron 
muchos, y entre ellos Alonso de Avila y Martín López, que era el que 
regía la flota, y otros de cuenta, de los cuales en su lugar haré mención 


CAPITULO CXXVIII 

DE LA BRAVA REFRIEGA QUE OTRO DÍA CORTES TUVO CON LOS MEXICANOS. 

Y DE CÓMO LES GANÓ UNA PUENTE É UN ALBARRADA 

Otro día en amanesciendo llegaron al real de la calzada donde Corsés 
estaba quince ballesteros y escopételos y cincuenta hombres de espada 
y rodela é siete ó ocho de á caballo de los de la guarnición de Cuyoacan, 
é ya cuando llegaron hallaron que Cortés y los suyos andaban muy á las 
manos con los enemigos de la ciudad, que venían en canoas, y con los 
que estaban en la calzada, los cuales eran en tanta multitud que por eí 
agua y por la tierra no vían salvo gente de guerra. Daban tantos gritos 
y alaridos que parescía hundirse el mundo. 

Cortés, que ya tenia los oídos hechos á estas voces, y los ojos á ver 
millares de hombres, esforzándose para que los suyos no desmayasen, 
peleó bravamente, poniéndose en la delantera por la calzada adelante: 
ganóles una puente que tenían quitada é un albarrada que tenían he¬ 
cha á la entrada. En estos pasos, que eran tan peligrosos y dificultosos, 
por la gran resistecia que los enemigos hacían, mostraron bien los nues¬ 
tros su gran esfuerzo y espantoso porfiar, los cuales con los tiros y con 
los de á caballo hicieron tanto daño en los enemigos, que casi los ence¬ 
rraron basta las primeras casas de la ciudad; y porque de la otra parte 
de la calzada, como los bergantines no podían pasar, andaban muchas 
canoas, que hacían gran daño con varas y flechas en los nuestros, hizo 
Cortés romper un pedazo de la calzada, junto á su real, é hizo pasar 
de la otra parte cuatro bergantines. Fué esta diligencia y aviso de tan¬ 
ta importancia, que como pasaron de la otra parte, se dieron tan bue¬ 
na maña, que encerraron todas las canoas en las casas de la ciudad, de 
tal manera que por ninguna vía osaban salir á lo largo, é por la otra 
parte de la calzada los otros bergantines pelearon bravamente con las 
demás canoas, que eran más y de más gente. Finalmente, después de 
haber muerto muchos de los enemigos, y deshecho muchas casas de 
la ciudad, atreviéndose á entrar por las calles, que basta estonces no lo 
habían osado hacer, por los muchos baxos y estacas que había, pero 
como hallaron canales por donde entrar seguros, fueron siguiendo el 




66 o 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


alcance de las canoas tomando algunas dellas, quemando algunas casas 
del arrabal, de donde rescibían daño, allanando por allí el camino para 
proseguir adelante. Desta manera vino la noche, que los despartió. 


CAPITULO CXXIX 

DE LA REFRIEGA QUE SANDOVAL HUBO, Y DE L.\ INDUSTRIA QUE CORTÉS 
TUVO PARA QUE PASASE LA GENTE 

Estando desta manera la guerra trabada, sin esperanza alguna de 
confederación y concierto, otro día Sandoval con la gente que tenía en 
Iztapalapa, así de españoles como de indios amigos, se partió para Cuyoa- 
can, de adonde hasta la tierra firme viene una calzada que dura casi legua 
y media. Caminando Sandoval por esta calzada, á obra de un cuarto de 
legua, llegó á una pequeña ciudad, que también estaba en la alaguna, 
aunque por muchas partes della se podía andar á caballo. Los vecinos 
salieron de allí é comenzaron á trabar batalla con Sandoval. Duró la ba¬ 
talla buena pieza é al cabo los desbarató y mató muchos dellos, é porque 
los que quedaban ni sus vecinos no se atreviesen á pelear otra vez con 
españoles é quedasen de aquello bien escarmentados, les destruyó é quemó 
toda la ciudad sin dexarles casa donde se meter; y porque Cortés había 
sabido que los indios habían rompido mucho de la calzada y la gente no 
podía pasar sin gran dificultad, invióle dos bergantines para que le ayu¬ 
dasen á pasar, de los cuales hicieron puente por donde los peones pasa¬ 
ron, lo cual hicieron con harta contradición de los enemigos, é desque 
hubieron pasado, se fueron á aposentar á Cuyoacan, y Sandoval con 
diez de á caballo tomó el camino de la calzada donde Cortés tenía su 
real. Hallóle peleando, apeóse luego con sus compañeros y comenzaron 
á pelear con los de la calzada, con quien los de Cortés andaban revueltos. 
Allí los enemigos con una vara tostada arrojadiza atravesaron un pie 
á Sandoval-é hirieron muchos de los nuestros, pero con los tiros gruesos 
é ballestas y escopetas hicieron tanto daño, que ni los de las canoas ni los 
de la calzada osaban ya llegar con aquel atrevimiento y orgullo que solían. 

Desta manera estuvieron los nuestros seis días en continuo combate 
con los enemigos, ayudando mucho los bergantines, poique iban queman¬ 
do alderredor de la ciudad todas las casas que podían, y, lo que importó 
mucho, descubrieron canal por donde podían entrar alderredor y por los 
arrabales de la ciudad, y llegaron á lo grueso della; y esto y el buen pelear 
de los nuestros hizo por aquellos días que no aeudiesen ni eon un cuarto 
de legua las eanoas de los enemigos al real de los nuestros, que de antes 
venían tantas que era espanto. 





LIBRO QUINTO.—CAP. CXXXI 


661 


CAPITULO CXXX 

CÓMO CORTÉS INVIÓ Á SANDOVAL Á QUE ACABASE DE CERCAR Á MÉXICO, 
Y LO QUE SOBRE ESTO PASÓ 

Otro día Pedro de Alvarado, que estaba por Capitán de la guarnición 
Que estaba en Tacuba, hizo saber á Cortés cómo por la parte de Tepea- 
quilla, por una calzada que iba á unas poblazones de tierra firme é por 
otra pequeña que estaba junto á ella, los de México entraban y salían 
cuando querían, y que creía que viéndose en aprieto se habían de salir 
todos por allí, aunque Cortés más deseaba esto, que se hiciesen fuertes, 
porque en tierra firme se podía mejor aprovechar dellos, donde los caba¬ 
llos se enseñoreaban del campo y las resistencias duraban poco; pero 
porque estuviesen del todo cercados y no se pudiesen aprovechar en cosa 
alguna de la tierra firme, proveyéndose, entrando y saliendo, de lo que 
menester habían, aunque Sandoval estaba herido, le mandó que fuese á 
asentar su real á un pueblo pequeño adonde iba á salir la una de las dos 
calzadas, el cual se partió con veinte y tres de á caballo é cient peones y 
diez é ocho ballesteros, quedando cincuenta peones á Cortés de los que 
tenía de antes, y en llegando que fué otro día, asentó su real donde Cortés 
le había mandado, y en una calzadilla que estaba á partes quebrada, entre 
Sandoval y Alvarado, se pusieron Cristóbal Flórez é Jerónimo Ruiz de 
la Mota con sus dos bergantines, de que eran Capitanes, los cuales de¬ 
fendieron la entrada y salida y ofendieron cuanto pudieron. 

Desta manera quedó cercada por todas partes la muy poderosa y muy 
fuerte ciudad de México, de modo que sin ser sentido ó visto ninguno de 
los enemigos podía salir ni entrar. 


CAPITULO CXXXI 

CÓMO CORTÉS DETERMINÓ DE ENTRAR POR LA CIUDAD ADENTRO, 

É DE LAS VICTORIAS QUE AQUEL DÍA ALCANZÓ 

Repartidos los exércitos y tomados sus asientos é hechos fuertes en 
ellos, como Cortés vió que tenía algo encerrados á los enemigos, y por la 
otra parte la mucha gente de guerra de amigos que le acudía, determinó 
de entrar á la ciudad por la calzada, todo lo más que pudiese, y que ellos 
al fin de la una parte y de la otra se estuviesen para hacer espaldas á 
los nuestros, mandando que algunos de á caballo y peones de los que 
estaban en Cuyoacan, se viniesen al real, para que entrasen con él. Ordenó 
asimismo que diez de á caballo se quedasen á la entrada de la calzada, 
para asegurar las espaldas, así á él como á algunos que quedaban en 
Cuyoacan, porque los naturales de las ciudades de Suchimilco y Culhua- 



662 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


can, Yztapalapa, Ocholobusco, Alexicalcingo. Cnitlauac y Mezquique, 
que estaban en el agua y se habían rebelado, eran en favor de México, y 
no les hiciesen daño por las espaldas, é quitábales el peligro la provisión 
de los diez de á caballo que habían de andar en la calzada é otros tantos 
que había siempre mandado estar en Cuyoacan con más de diez mili in¬ 
dios amigos. jMandó, por consiguiente, á Sandoval y á Pedro de Alvarado 
que por sus estancias acometiesen aquel día á los de la ciudad, porque 
él quería por su parte ganarles lo que más pudiese, y así salió por la 
mañana del real y entró á pie por la calzada adelante con tanto ardid y 
esfuerzo que á los suyos ponía gran ánimo y á los enemigos temor. Topó 
luego con los enemigos, que estaban en defensa de una quebradura que 
tenían hecha en la calzada, tan ancha como una lanza, y otro tanto de 
hondura, y en ella tenían hecha un albarrada, con que estaban bien for- 
talescidos. Pelearon allí gran rato los unos y los otros valientemente, ha¬ 
biendo muchos heridos de la una parte y de la *otra; pero al cabo los es¬ 
pañoles, como canes rabiosos, viendo derramar su sangre, con gran coraje, 
olvidados del trabajo, se dieron tanta priesa y porfiaron tanto, que ga¬ 
naron el albarrada y siguieron por la calzada adelante á los enemigos 
hasta llegar á la entrada de la ciudad, donde, porque hubo otra más no¬ 
table victoria, la dexaré para el capítulo siguiente. 


CAPITULO CXXXTI 

CÓMO CORTÉS GANÓ UNA TORRE É UNA PUENTE MUY FUERTES 

Prosiguiendo Cortés (según está dicho) por la calzada adelante, llegó 
á la entrada de la ciudad, donde estaba una torre de ídolos muy fuerte y 
al pie della una puente muy grande levantada, con una muy fuerte al¬ 
barrada. Por debaxo de la puente corría con mucho ímpitu gran cantidad 
de agua que ponía miedo mirarla, y así, luego que llegaron los nuestros, 
con la dificultad que se les representó, tuvieron alguna desconfianza, 
la cual perdieron luego que vinieron á las manos, con el valor del pelear. 
Eran innumerables las flechas y varas é piedras que desde la torre y de 
la otra parte de la puente los enemigos tiraban, y para que hubiese re¬ 
medio de ganarles aquel paso tan peligroso, dió orden Cortés cómo ocu¬ 
pando los rodeleros y detrás dellos los escopeteros y ballesteros á los 
enemigos, los bergantines, que estaban de la una parte y de /la otra, se 
juntasen, y así hubiese lugar,de hacer más daño y desde los bergantines 
saltar en el albarrada, y así, sin peligro y con menos dificultad mucho 
de la que pensaban, ganaron aquella torre y albarrada, que fuera imposi¬ 
ble ganarla sin los bergantines, pues como los enemigos vieron ganado 
aquel paso, desmayando, comenzaron á desamparar el albarrada. Los de 
los bergantines salieron luego en tierra, é Cortés con los suyos pasó el 
agua y también los de Tlaxcala y Guaxocingo, Cholula y Tezcuco, que 



LIBRO QUINTO.—CAP. CXXXIII 


663 


serían más de ochenta mili hombres, los cuales cegaron con piedras y 
adobes aquella puente. 

Aquí Diego Hernández, aserrador, que se halló en el hacer de los ber¬ 
gantines, trabajó más que mili indios. Era hombre de espantosas fuerzas, 
porque con una piedra tamaña como una naranja, que él tiraba por medio 
de los enemigos, no hacía menos daño ni lugar que si la echara un tiro 
de artillería; tenía grande ánimo, aunque no tanto consejo. Conoscíle yo 
harto viejo y fue mi vecino algunos años, y en aquella edad parescía ser 
cierto lo que dél algunos de sus compañeros me dixeron. 

En el entretanto que esto se hacía, los nuestros, yendo adelante, ga¬ 
naron otra albarrada que estaba en la calle más principal y más ancha de 
toda la ciudad, y como aquélla no tenía agua, fué más fácil de ganar. 
Siguieron los nuestros el alcance por la calle adelante, hasta llegar á otra 
puente que tenían alzada, salvo una viga ancha por donde pasaban, é 
puestos por ella y por el agua en salvo quitáronla luego. 


CAPITULO CXXXIII 

DE LA BRAVA REFRIEGA QUE EN ESTE PASO HUBO, Y CÓMO CORTÉS GANÓ 
OTROS PASOS HASTA LLEGAR A LA ENTRADA DE LA PLAZA 

Tenían los enemigos de la otra parte de la puente hecha otra grande 
albarrada de barro y adobes. Los nuestros, como llegaron á ella y no 
pudieron pasar sin echarse al agua (y esto era muy peligroso), repararon, 
probando su ventura con pelear cuanto pudiesen, que lo habían bien me¬ 
nester, por la gran priesa que los enemigos les daban, porque allende de 
que de la una parte y de la otra de la calle había infinitos dellos, que con 
mucho coraje peleaban, desde las azoteas, que también estaban cubiertas 
dellos, con las piedras y varas hacían gran daño en los nuestros. Estuvie¬ 
ron desta manera los unos y los otros dos horas, é viendo Cortés que ya 
se sustentaban los enemigos, defendiéndose más de lo que convenía, 
mandó asestar dos tiros á la calle é que el artillero los disparase lo más 
á menudo que pudiese, y que lo mismo hiciesen los ballesteros y esco¬ 
peteros. Diéronse los unos y los otros tanta priesa y hicieron tanto daño 
en los enemigos, que en breve perdieron mucho del ánimo y afloxaron 
algo. Los nuestros lo conoscieron, y así, ciertos dellos, armados con armas 
de algodón, que eran bien pesadas, se arrojaron al agua; pasáronla, aun¬ 
que no sin harto peligro é golpes que de los contrarios rescibieron, los 
cuales, como vieron tan gran atrevimiento y que con él habían salido los 
nuestros, desampararon el albarrada y azoteas, que por dos horas habían 
defendido; huyeron bien sin orden; dieron lugar á que el resto del exér- 
cito de Cortés pasase sin peligro. Hizo cegar aquel paso con los mate¬ 
riales del albarrada é con otras cosas que á la mano halló. En el entretanto 
que esto se hacía, porque era cargo de los indios amigos y de algunos es- 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


664 

pañoles que con ellos iban, los demás con algunos indios tlaxcaltecas pro¬ 
siguieron el alcance la calle adelante, hasta que á dos tiros de ballesta 
llegaron á otra puente que ni estaba levantada ni tenia albarrada; estaba 
junto á una de las principales plazas y aposentos de la ciudad. Estaba 
esta puente desta suerte asi, porque los mexicanos no creyeron ser po¬ 
sible que los nuestros pudiesen ganar tantas puentes ni llegar hasta allí, 
y asi lo pensaron los nuestros, á quien Dios daba más victorias que podian 
pedir ni pensar. 

Vista esta coyontura y que alli era todo tierra firme, mandó Cortés 
asestar un tiro en la boca de la plaza, con el cual los enemigos, que eran 
tantos que no cabían en ella, rescibieron gran daño, porque no se dispa¬ 
raba tiro que no matase á muchos y hiciese gran daño. Con todo esto, los 
nuestros no se osaban determinar de entrar en la plaza, porque, como di¬ 
cen, estaban en sus casas y eran iiinmuerables; pero Cortés, que ya no 
temía el agua, porque allí no la había, y le parescía que no era de perder 
aquella ocasión ni mostrar cobardía á los contrarios, dixo á sus compa¬ 
ñeros, que estaban cansados de pelear: ‘'Caballeros, ¿dónde podemos, 
mejor que aquí, aventurar nuestras personas y dar á entender á estos 
perros lo mucho que Dios puede y hace por nosotros, pues los tenemos 
arrinconados siendo tantos, que si esperan, los unos á los otros se estor¬ 
barán?’’ Diciendo estas palabras, sin esperar más repuesta, como el que 
sabía lo que tenía en los suyos, diciendo: “¡Sanctiago, y á ellos!”, aco¬ 
metió. 


CAPITULO CXXXIV 

CÓMO CORTÉS ENTRÓ EN LA PLAZA Y HUYERON LOS ENEMIGOS 
Y REVOLVIENDO LUEGO SOBRE LOS NUESTROS LOS HICIERON RETIRAR 

Acometió Cortés con su gente con tanta furia, que. como los de la 
ciudad vieron la determinación de los nuestros tan puesta en obra y vie¬ 
ron la gran multitud de sus enemigos y amigos nuestros, aunque dellos 
sin los españoles tenían muy poco temor, volvieron las espaldas, y los 
nuestros y los indios amigos dieron en pos dellos hasta encerrarlos en el 
circuito del templo de sus ídolos, el cual estaba cercado de cal y canto y 
era tan grande como una villa de cuatrocientos vecinos, el cual desampa¬ 
raron luego por la gran priesa que los españoles y los indios amigos 
les daban. Estuvieron en él- y en las torres un buen rato, pero como 
los mexicanos vieron que no había gente de á caballo, que ellos mucho 
temían, volvieron sobre los nuestros, y por fuerza los echaron de las to¬ 
rres y de todo el patio y circuito, en que se vieron en muy grande aprieto 
y peligro, aunque en semejantes trances Cortés los animaba mucho, é 
como iban más que retrayéndose, hicieron rostro debaxo de los portales 
del patio, é como los enemigos los aquexaban tan reciamente, los desam- 




LIBRO QUINTO.-CAP. CXXXV 


665 


pararon y se retraxeron á la plaza y de allí los echaron por fuerza hasta 
meterlos por la calle adelante, de manera que el tiro que allí estaba 
desampararon, no pudiendo sufrir la fuerza de los enemigos, y así se 
retiraron con muy gran peligro, el cual rescibieran de hecho, si no acu¬ 
dieran tres de á caballo, los cuales arremetieron con gran furia y grita 
por la plaza adelante. Como los enemigos los vieron, creyendo ser más, 
echaron á huir. Los de á caballo mataron algunos dellos, ganáronles el 
patio y circuito de donde habían echado á sus compañeros, y haciéndose 
fuertes diez ó doce indios principales en una muy fuerte y alta torre que 
tenía cient gradas y más hasta lo alto, cuatro ó cinco españoles se la 
subieron por fuerza, y aunque los indios se la defendieron gran rato va¬ 
lientemente, se la ganaron, é sin dexar hombre á vida los mataron á todos, 
é si no acudieran luego otros cinco ó seis de á caballo, los enemigos re¬ 
volvieran, ya desengañados de que no había más de los tres de á caballo. 

Los que acudieron y los tres que estaban echaron una celada en que 
mataron de una vez más de cuarenta de los enemigos, é como ya era tar¬ 
de, Cortés mandó hacer señal de recogerse. Su gente lo hizo, y á este tiem¬ 
po cargó tanta de los enemigos, que á no hacer rostro los de á caballo, 
fuera imposible no rescebir los nuestros muy gran daño, y á no haber an¬ 
tes Cortés prevenido que se cegasen los malos pasos que atrás quedaban, 
estaba cierta la victoria por parte de los enemigos. Cegáronse tan bien 
aquellos pasos, que los nuestros pudieron en buen orden retraerse, re¬ 
volviendo de cuando en cuando los de á caballo, lo cual hicieron cuatro 
veces ó cinco, alanceando á los que quedaban en la retroguarda. 


CAPITULO CXXX\^ 

CÓMO LOS ENEMIGOS FUERON SIGUIENDO Á CORTES 
Y CÓMO Á OTRA PARTE PELEARON SANDOVAL Y ALYARADO 

Con todo esto, los enemigos iban tan emperrados y tan sedientos de 
la sangre de los nuestros, que aunque siempre rescibían daño, los nues¬ 
tros no los podían detener que no los dexasen de seguir. Todo el día se 
gastara en esto, si los enemigos, para aventajarse y hacer daño á los 
nuestros á su salvo, no tomaran ciertas azoteas que salían á la calle, de 
donde llovían piedras tan espesas como granizo. Los de á caballo sintieron 
luego que eran muy ofendidos y que si paraban se habían de ver en gran 
peligro; salieron á toda furia, y tras dellos los demás españoles, arrode- 
lándose las cabezas, y los indios amigos cubriéndose lo mejor que podían, 
y así sin peligrar ningún español, aunque hubo hartos heridos, llegaron 
á su real, dexando puesto fuego á las más y mejores casas de aquella 
calle, para que cuando otra vez volviesen por allí, de las azoteas no fuesen 
ofendidos. 

En este mismo día Gonzalo de Sandoval y Pedro de Alvarado, cada 



666 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


tino por su parte, con su gente, pelearon valerosamente y acontescieron 
cosas de notar, de las cuales adelante haré particulares capítulos, porque 
hubo personas, así de cargos, como particulares, que en este memorable 
cerco hicieron cosas señaladas, y aunque estaban los reales y sitios de 
los españoles unos de otros apartados más de legua y media (que tanto 
por todas partes se extendía la poblazón de la ciudad), era tanta la gente 
de los enemigos que á todas partes acudía, que parescía que en cada una 
dellas estaba el poder del mundo, y así paresció milagro el vencimiento 
y venganza que dellos tomó Dios, en castigo y pena de tantas veces y con 
tan feos pecados como había sido ofendido, por mano de los españoles, á 
los cuales, como paresce por lo dicho y parescerá por lo que se dixere, 
proveyó de grande esfuerzo, sufrimiento y consejo. 


CAPITULO CXXXVI 

CÓMO DON FERNANDO, SEÑOR DE TEZCUCO, ACUDIENDO CON MUCHA GENTE 
EN FAVOR DE CORTES, HIZO UNA PLATICA Á SUS HERMANOS, Y LO QUE 
RESPONDIÓ EL MAYOR DELLOS 

Dicho he mucho atrás cómo Don Hernando, señor de Tezcuco, era 
muy aficionado á los españoles, y que aunque muchacho, procuraba con¬ 
tentarlos, atrayendo, así á los suyos, como á otros, á su amistad, reconos-* 
ciendo bien la merced que Dios le había hecho, por mano de Cortés, en 
darle tan gran señorío, habiendo otros que no con menor título lo podían 
pretender, y así, correspondiendo á lo que tan obligado estaba, procuró 
cuanto pudo cómo todos sus vasallos acudiesen á la parte de Cortés v 
peleasen con los mexicanos, sus vecinos, amigos antiguos y parientes, y 
para hacer esto con más autoridad y concordia de todos los de su estado, 
como tenía seis ó siete hermanos mancebos, bien dispuestos y valientes 
y que cada uno tenia muchos amigos, juntándolos á todos, les habló en 
esta manera: 

'Aluy queridos y amados hermanos míos, que sois la gloria y fuerza 
de mi reino y con quien debo comunicar mis pensamientos: Juntado os 
he en este lugar para deciros lo que todos vosotros habéis visto y entem 
dido de mí, y es, que si me amáis como á hermano y señor vuestro, res- 
cibiré extremado contento en que toméis esta guerra en favor del inven¬ 
cible Cortés, contra los mexicanos, por propia vuestra, pues sabéis que 
los mexicanos han sido siempre tiranos y nos tienen más por vasallos 
que por amigos, procurando que así nosotros como todos los comarca¬ 
nos, y aun los que están bien lexos, pierdan su antigua libertad, en que 
sus antepasados les dexaron. A los cristianos, como tienen razón y son 
buenos, clementes y piadosos, favoresce mucho su Dios, y me paresce, á 
lo que de lo pasado he visto, que este Dios suyo los ha inviado de tan 
lexos tierras por azote y castigo destos tiranos y para vengarnos de los 



Lir.RO QUINTO.-CAP. CXXXVII 


667 


agravios que nosotros y otros muchos hemos rescebido dellos, los cuales 
vencidos y deshechos, como presto lo veréis, nosotros, siendo en favor de 
Cortés, quedaremos libres y muy señores y más poderosos contra los 
que se nos atrevieren, que yo sé que han de quedar muy corridos y aun 
temerosos los que no hubieren favorescido á Cortés. Por tanto, tii, Yztli- 
xuchll, que eres el mayor de tus hermanos y tan valiente y exercitaJo 
en la guerra como todos sabemos ser tan bueno en ella, serás General de 
todo el exército y le repartirás entre tus hermanos, para que todos vayan 
por Capitanes, y Cortés y los mexicanos entiendan el gran poder de Tez- 
cuco y lo que amamos á los unos y aborrescemos á los otros.'' Dichas 
estas palabras, callando los demás hermanos, con gran reverencia res¬ 
pondió el mayor así: 

‘‘Muy poderoso señor nuestro y muy amado hermano: No hay cosa 
que tú quieras y mandes, que nosotros, los ojos por el suelo, no la ha¬ 
gamos, aunque fuera contra razón, cuanto más habiendo tanta. Yo te beso 
las manos muchas veces por la merced que me haces y por la confianza 
que de mí tienes; yo procuraré, juntamente con mis hermanos, darme 
tan buena maña en este negocio que tú [te] tengas por muy bien servido y 
Cortés quede muy obligado á siempre conoscer la buena obra que le 
haces." 

Era este mozo de veinte y cinco ó veinte y seis años, y como dice 
Motolinea (i), que le conosció, muy esforzado é un poco alocado. Llamóse 
después Don Fernando, como su hermano ; fué muy amado y temido 
Salió con cincuenta mili combatientes muy bien adereszados y armados; 
tomó él los treinta mili para entrar por la calzada por donde Cortés esta¬ 
ba, 3^ los otros veinte mili, partidos igualmente, fueron con sus Capitanes 
á los otros dos reales. 


CAPITULO CXXXVTI 

CÓMO CORTÉS RESCIBIÓ AL GENERAL 
Y A LOS OTROS CAPITANES SUS HERMANOS, Y DE LO QUE MÁS PASÓ 

Como este socorro era tan nescesario y llegó á tan buen tiempo. Cor¬ 
tés, que muy bien sabía acariciar á sus amigos y honrarlos cuando con¬ 
venía, no contentándose con salir él á rescebir al General, dió con toda 
presteza aviso á los otros Capitanes de los dos reales que hiciesen lo mis¬ 
mo que él, y que á los Generales y demás personas principales dixesen 
muy buenas y comedidas razones, agradesciéndoles la venida. Salió, pues. 
Cortés, acompañado de los más principales caballeros de su real, buen 
trecho, á rescebir al General tezcucano, hermano de Don Fernando ; abra¬ 
záronse con gran amor y voluntad, lo cual después que hubo hecho Cor- 


(i) Al margen: “Aíotolinea, 





668 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


tés con muchos de los otros Capitanes y personas señaladas, el General 
tezcucano le dixo estas palabras: 

“Invencible Capitán de los cristianos, amigos nuestros: Don Fer¬ 
nando, mi Rey, señor y hermano, por mí te saluda muchas veces y dice 
que tu Dios, como él espera, te dé victoria contra estos tiranos que al 
presente cercados tienes; ofréscete cincuenta mili combatientes y dice que 
cuando fueren menester más, te los inviará, porque ya tiene á todos los 
de su reino tan inclinados á tu servicio y tan contrarios de los mexica¬ 
nos, que sin mandárselo muchas veces, de su voluntad vendrán á ayudarte. 
Esto es lo que el Rey, mi señor, me mandó que dixese; lo que yo de mí 
tengo que decirte es que no se ha ofrescido jornada ni empresa de guerra 
que como ésta me haya dado alegría y contento, porque veo que entre 
otras muchas causas, hay dos muy principales: la una, ser tú y los tuyos 
tan buenos y tan valientes; la otra, ser los mexicanos tan malos y haber¬ 
nos hecho malas obras, y así, te doy la fee y palabra como caballero, hijo 
de Rey y hermano de Rey, de no te faltar ni volver desta guerra hasta 
quedar muerto ó salir vencedor.'' 

Mucho se alegró Cortés con tan buenas palabras, y tornándole á abra¬ 
zar, tratándole como á Príncipe, le respondió así: ‘'Gran señor y va¬ 
lentísimo Capitán: Tú seas muy bien llegado á este mi real, donde de mí 
y de los míos serás como señor y henuano nuestro tratado. Al Rey, tu 
hermano, beso muchas veces las manos por la merced é ayuda que de 
presente me hace y por la que me ofresce para cuando sea menester. 
Nunca entendí menos del amor que me tiene, y así, en lo que se ofresciere 
me hallará tan adelante, que á ninguno tanto, y porque esto ha de pares- 
cer por la obra, quiero ahora responderte á ti. En merced grande te tengo 
la gran voluntad con que á ayudarme has venido, y á ninguno pudiera el 
Rey, tu hermano, como á ti, cometer tan grande empresa, porque aliende 
que eres de alto linaje, has mostrado tu persona en las batallas que se 
han ofrescido muy valerosamente, y así, tengo entendido que en ésta, 
que es la mayor y más importante que hasta hoy se te ha ofrescido, has 
de ganar inmortal gloria y fama, de suerte que, como espero en Dios, 
vivo y sano y muy triunfante, volverás al reino de tu hermano." 

Acabadas de decir estas palabras, que grandemente alegraron y ani¬ 
maron al General tezcucano, con gran ruido de la una música y de la 
otra, le llevó á su tienda. Los Generales de los otros dos reales rescibie- 
ron á los tezcucanos cuanto pudieron alegre y honrosamente, donde se 
ha de considerar el contento y alegría que con tan buen socorro los nues¬ 
tros rescibirían, y el pesar y dolor que sentirían los mexicanos en ver 
venir contra ellos y con tanta determinación tantos y tan bien apuestos 
enemigos, á los cuales ellos habían subjectado y tenían por vasallos y 
por amigos, y aun muchos dellos, que hacía su dolor más grave, parien¬ 
tes, hermanos, padres y hijos; quebrantándose en esto el vínculo y fuerza 
de la consanguinidad, que tanto, cerca de todas las nasciones, puede. 





LIBRO QUINTO.—CAP. CXXXVIII 


669 


CAPITULO CXXXVIII 

CÓMO VINIERON LOS DE SUCHIMILCO Y OTROS AMIGOS, 

Y DE LO QUE Á CORTES DIXERON, Y ÉL LES RESPONDIÓ 

Estaban muchos indios á la mira, aguardando á ver á lo que se de¬ 
terminarían los tezcucanos, que eran muchos y poderosos, y como vieron 
que tantos y con tanta voluntad seguían la parte de Cortés, los vecinos 
de Suchimilco, ciudad situada en la alaguna, que está cuatro leguas de 
México, y ciertos pueblos otomíes, que es gente serrana y en gran can¬ 
tidad, esclavos del señor de México, determinaron hacer lo que los tez¬ 
cucanos, porque tenían más nescesidad de ser libertados y redemidos de 
las grandes vexacioiies que, á la continua, de los mexicanos rescebian, 
y como estaban recelosos y aun temerosos de no haberlo hecho antes, pro¬ 
bando, como dicen, el vado, los unos y los otros inviaron á Cortés sus 
embaxadores, los cuales, después que le hubieron ofrescido ciertos pre¬ 
sentes, como lo tienen de costumbre, le dixeron que los señores de Su- 
cliimilco y los pueblos de aquella serranía, que llamaban otomíes, le be¬ 
saban las manos y que le suplicaban les perdonase el no haberse ofrescido 
antes á su servicio, y* que lo habían dexado de hacer, no por falta de 
amor que le tuviesen, ni por no estar más nescesitados que otros de su 
favor y amparo, siendo hasta estonces gravemente oprimidos, sino por¬ 
que esperaban la coyuntura que al presente tenían para mejor servirle y 
ellos hacerlo sin que los mexicanos y sus amigos les pudiesen ir á la 
mano; que si les daba licencia, vendrían luego los más que pudiesen á 
servirle en aquella guerra y que también traerían vitualla. Cortés, des¬ 
pués que los hubo oído con mucha atención y buena gracia é vió que los 
negocios desta manera se iban prósperamente encaminando, tratando muy 
bien á los embaxadores, les dixo que de muy buena voluntad les admitía 
su disculpa y les agradescía mucho que á tan buen tiempo se hubiesen 
determinado de venirle á ayudar, porque para ellos sería lo mejor, ca 
tenía entendido que muy presto, con el ayuda de Dios, se verían ven¬ 
gados y libres de los agravios y tiranías que habían rescebido. Díxoles 
que luego viniesen, porque de ahí á tres días pensaba combatir la ciudad 
á fuego y á sangre. 

Con esto, muy alegres los embaxadores, prometiéndole de volver 
con toda presteza con los demás sus señores y amigos, se despidieron, 
los cuales, vista la repuesta tan á su gusto, se aprestaron con tanta di¬ 
ligencia, que otro día entraron por el real de Cortés más de veinte mili 
hombres de guerra, con mucha vitualla, como lo habían prometido. Fue¬ 
ron rescebidos de Cortés con gran contento, porque, como luego diré, 
proveyeron parte del real y le aseguraron el que estaba en Cuyoacan. 



670 


CRÓNICA DE Ui NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO CXXXIX 

CÓMO CORTÉS REPARTIÓ LOS BERGANTINES PARA EL COMBATE DE LA CIU*. 

DAD, Y DE LA PLÁTICA QUE HIZO A LOS SUYOS ANTES QUE LA COM¬ 
BATIESE 

Como por el real de la calzada donde Cortés estaba, había quemado 
con los bergantines muchas casas de los arrabales de la ciudad y no osaba 
asomar canoa ninguna, por todo aquello, parescióle que para suficiente 
seguridad de los suyos, bastaba tener en torno de su real siete bergan¬ 
tines, y asi, acordó de inviar al real de Sandoval tres bergantines, y 
otros tantos al de Pedro de Alvarado, encomendando mucho á los Ca¬ 
pitanes dellos que porque por la parte de aquellos dos reales los de la 
ciudad se aprovechaban mucho de la tierra en canoas y metían agua, fme¬ 
ta, maíz é otras vituallas, que corriesen de noche y de día los unos y los 
otros del un real al otro, y que demás de impedir que no entrase provisión 
á la ciudad, harían espaldas á las gentes de los reales todas las veces que 
quisiesen entrar á combatir la ciudad. Desta manera se fueron donde 
mandó los seis bergantines, que fué cosa bien nescesaria y provechosa, 
porque no se pasaba día ni noche que no se hiciesen muy buenos saltos 
en los enemigos, tomándoles muchas canoas é mucha provisión, haciendo 
en ellos todo el estrago que podían. 

Estando ya todo á punto y proveído lo nescesario y acabada de venir 
toda la gente de los indios amigos que venían en su socorro, juntos todos 
los españoles que tenía en su real, Cortés les habló desta suerte: 

“Caballeros y hermanos míos: Ya veis cómo Dios favoresce nuestro 
negocio, y [por] mejor decir el suyo, haciéndonos merescedores de que 
seamos instrumento cómo su sacro Evangelio se predique y extienda por 
este Nuevo Mundo y se desarraigue la falsa y cruel religión destos idóla¬ 
tras, que tan hondas y tan esparcidas había echado sus raíces. Si El es con 
nos, como paresce tan claro por la obra, ¿quién será contra nos? Para no 
perder su ayuda, sin la cual no podemos nada, conviene que de nuestra 
parte hagamos todo nuestro poder en purificar y limpiar nuestras con¬ 
ciencias, para que seamos dignos de ser favorescidos y amados de Dios 
que, sin merescerlo nosotros, tan benigno y clemente se nos muestra, ti- 
niendo principalmente los ojos y el corazón puestos en su servicio y en la 
conversión destos indios mexicanos, que no han querido admitir ni res- 
cibir quien les predique, por la cual razón, ya que otras cesasen, pueden 
justamente ser conquistados. Tras este motivo, que es en quien habernos 
de poner todo nuestro pensamiento, se siguirá la prosperidad de bienes 
temporales, con los cuales los espirituales se sustentan, y pues para venir 
á esto es nescesario venir á las manos con nuestros enemigos, bien será, 
caballeros y hermanos míos, que no es menester decíroslo, os animéis y 
esforcéis mucho á resistir y vencer las muchas y grandes dificultades que 





LIBRO QUINTO. — C.-\P. CXL 


671 

se han de ofrescer hasta tomar esta ciudad, que después que estuviere 
en nuestras manos y debaxo de nuestro poder, todos los trabajos pasados 
nos serán suaves y sabrosos con el premio que esperamos; y porque cerca 
desto me paresce que no es nescesario deciros más, os advierto, para que 
hagáis lo que dicho tengo, que de aquí á dos días comenzaremos á com¬ 
batir esta ciudad á fuego y á sangre, pues para nuestro fin no tenemos 
otro medio.'' 

Hecha esta plática, que animó y esforzó tanto á los su3^os que ya 
los dos días que quedaban hasta verse con los enemigos les parescían 
años, mandó á la lengua ó intérprete que dixese á los Generales y Capi¬ 
tanes y á las demás personas principales que presentes estaban, que se 
apercibiesen y apercibiesen á los suyos, porque desde á dos días co¬ 
menzaría el combate de México, donde conoscería si lo que hasta es¬ 
tonces le habían dicho conformaba con las obras, y que ya tenían dónde 
meter las manos para ser muy ricos y vengar sus injurias y mostrar el 
valor de sus personas, y que tendría gran cuenta con los que más va¬ 
lientemente lo hiciesen, para honrarlos y ponerlos en mayor estado, y 
que, por el contrario, al que viese cobarde le mataría primero que con su 
muerte los enemigos se animasen, y que pues en tan cruda y brava gue¬ 
rra no se excusaba el morir y rescebir heridas, que procurasen morir 
como valientes, ca desta manera tendrían cierta la victoria y los muertos 
quedarían honrados y los vivos ricos y estimados. 

Con estas palabras, rescibiendo nuevo ánimo y esfuerzo, respon¬ 
dieron que á eso habían venido, ó á morir, ó salir victoriosos, que 
por la obra vería cuán determinados venían de hacer esto, pues enten¬ 
dían cuánto les importaba concluir y acabar este negocio. Con esto se 
deshizo aquella junta y cada uno procuró apercebirse para el combate lo 
mejor que pudo. 


CAPITULO CXL 

CÓ.MO PASADOS LOS DOS DÍAS, CORTÉS COMENZÓ EL COMr>ATE, 

Y DE LO QUE AQUEL DÍA PASÓ 

Pasados los dos días, el tercero por la mañana Cortés y los suyos con 
gran devoción oyeron misa, encomendándose á Dios, pidiéndole favor 
é ayuda y perdón de sus culpas pecados. Hizo oración el sacerdote., 
suplicando por la victoria, y vuelto á Cortés y los suyos, les dixo pocas 
y muy sustanciales razones, trayéndoles en suma á la memoria lo que 
Cortés poco antes les había dicho, encomendándoles mucho que los unos 
fuesen bien con los otros, y que su principal intento en aquel combate 
fuese atraer á los enemigos á paz é conoscimieiito de su engaño y error. 
Esto hecho, que mucho inflamó y encendió á los nuestros, salió Cortés 
de su real con veinte de á caballo y trecientos españoles é con gran mu- 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


672 

chedumbre de amigos y tres piezas de artillería, é prosiguiendo en gentil 
orden y concierto por la calzada adelante, á tres tiros de ballesta del real, 
toparon con los enemigos, que ya los estaban esperando. Rescibiéronlos 
con los mayores alaridos del mundo, haciendo gran burla dellos, con¬ 
fiados de la gran fortaleza en que estaban, que ésta siempre da mayor 
esfuerzo á los que desde ella se defienden, porque como los tres dias antes 
no se les había dado combate, aunque no faltaron algunos rencuentros, 
liabían abierto todo lo- que los nuestros habían cegado del agua y teníanlo 
de tal manera reparado, que estaba muy más fuerte que de antes y muy 
peligroso de ganar; pero Cortés, á quien estos peligros ni otros no des¬ 
mayaban, porque estuvo siempre muy entero, mandó repartir los ber¬ 
gantines con mucho concierto, y que juntos, fuesen por la una parte y 
por la otra de la calzada hasta llegar al primer paso, do había gran mul¬ 
titud de enemigos, y que llegados allí los rodeleros arrodelasen á los es¬ 
copeteros y ballesteros y que hiciesen todo el daño que pudiesen, y él 
con los tres tiros asestados contra el albarrada comenzó á ofender, y como 
por tres partes se vieron los enemigos tan aquexados, porque los nues¬ 
tros, como ellos eran tantos, no perdían tiro y caían como moscas, comen¬ 
zaron á afloxar, así en los gritos como en la obra, y apretándolos los nues¬ 
tros, comenzaron á desamparar el fuerte. 

Los españoles é indios amigos, ganada aquella albarrada y puente, 
pasaron de la otra parte, y como iban victoriosos, dieron con gran ánimo 
en pos de los enemigos, hiriendo y matando en ellos á su placer hasta que 
se fortalescían en otra puente y albarrada de las muchas que tenían he¬ 
chas, de las cuales, aunque con más trabajo, ganaron los nuestros algunas. 
Echaron á los enemigos de toda la calle é de una plaza de unos aposen¬ 
tos muy grandes de la ciudad. Reparó allí Cortés, y como sagaz, para no 
verse en peligro á la vuelta, mandó que de allí no pasasen los suyos, y él 
entendió luego en cegar con piedra y adobes todos los pasos que los 
enemigos habían abierto. Tuvo tanto que hacer en esto, que aunque le 
ayudaban más de diez mili indios, cuando acabó era ya más de vísperas, 
y en todo este tiempo los españoles é indios amigos jamás dexaron de 
pelear, escaramuzando con los de la ciudad y echándoles celadas, en que 
mataron muchos dellos. Cortés, de rato en rato, con los de caballo alan¬ 
ceaba cuantos podía, hasta que los acorraló y retraxo á los aposentos, 
de manera que no osaban llegar adonde los nuestros estaban. 

CAPITULO CXLI 

CÓMO CORTÉS, POR CONSEJO 'dEL GENERAL DE TEZCUCO, QUEMÓ MUCHAS 
CASAS, Y DE LO QUE LE MOVIÓ Á ELLO 

Porfiando los enemigos en su propósito, fortalesciéndose en las azo¬ 
teas, de donde hacían gran daño á los nuestros, el General tezcucano 
dixo á Cortés que nunca se haría cosa buena si, como iban ganando tierra 




LIIi?vO QUINTO.—CAP. CXLI 


673 

á los enemigos, no les iban derribando las azoteas. Cortés, viendo que 
los mexicanos estaban muy rebeldes y que mostraban determinación de 
morir ó defenderse, coligiendo dello dos cosas, la una, que había poco 
ó nada de la riqueza que al salir de México habían perdido; la otra, que 
le daban ocasión y aun forzaban á que totalmente los destruyese, aunque 
desta postrera tenía más sentimiento en el alma, determinó de tomar el 
consejo del General, que fué'bien seguro, y excusó en el discurso de la 
guerra muchas heridas y muertes de los nuestros y de los amigos. 

Movió á Cortés poner por obra este consejo, como él lo escribió al 
Emperador Don Carlos quinto, el querer atemorizar y espantar, pues 
por buenas razones no podía, á los mexicanos, para que viendo el daño 
que de aquella manera comenzaban á rescebir, para excusar su destrui- 
ción, viniesen en conoscimiento de su yerro, y así, comenzó luego á poner 
fuego á todas las casas y á aquellas grandes de la plaza, de donde la otra 
vez é de la ciudad echaron á los nuestros, que eran tan grandes, fuertes 
y espaciosas que cualquier Príncipe con más de seiscientas personas de 
su casa y servicio se podía aposentar en ellas. Quemó asimismo otras 
casas que junto á ellas estaban, que aunque eran algo menores, eran muy 
hermosas y frescas y donde Motezuma tenía todas las diferencias de 
aves que en estas partes había, y aunque desto pesaba á Cortés, pesaba 
mucho más á los enemigos, que grandemente lo mostraron, así los de 
la ciudad como los otros sus aliados, porque éstos ni otros nunca pen¬ 
saron ni jamás pudieron entender que fuerzas de hombres, siendo ellos 
vivos, bastaran á entrar tan adentro de la ciudad y quemar tan grandes 
y fuertes edificios, lo cual les puso harto miedo y los desmayó mucho. 

Cortés, como era ya tarde, recogió su gente, para volver á su real. 
Los enemigos tenían de la quemazón de las casas tan gran coraje, que 
viendo que los nuestros se volvían, con grande ímpitu cargaron sobre 
ellos, dando en la retroguardia; pero como toda la calle estaba buena y 
para correr, revolvían de cuando en cuando los de á caballo y de cada 
vuelta alanceaban muchos, aunque con todo esto no dexaban de porfiar, 
dando grita á las espaldas. 

Este día, aliende de la pena que rescibieron los mexicanos de ver 
entrar á los nuestros tan adentro en su ciudad y quemar edificios que 
ellos tenían en tanto, sintieron gran dolor y afrenta en conoscer á los 
de Chalco, Suchimilco, otomíes y los de los otros pueblos, que habían 
sido sus pecheros y tributarios, apellidar cada uno su nombre y derramar 
la sangre de aquellos á quien como á señores solían respectar y obedes- 
cer. Dióles asimismo pena lo que los tlaxcaltecas les decían, mostrándoles 
los brazos y piernas de los muertos á sus manos, los cuales decían que 
aquella noche cenarían de sus carnes y que lo que sobrase guardarían 
para almorzarlo otro día, como de hecho lo hicieron. 

Desta manera volvió Cortés á su real con los suyos, sin haber per¬ 
dido ningún español é pocos de los indios amigos, que fueron los que de 
cubdiciosos se cargaron demasiadamente de los despojos que tomaron. 

^3 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


674 

Los nuestros llegaron á su fuerte ya que anochescía, cansados, pero con¬ 
tentos, y los enemigos se volvieron tristes, cansados y afrentados, y con 
todo esto, tanta fué su dureza y pertinacia, que no quisieron pedir paz. 
aunque la matanza deste día fué muy grande y no menos la quema de 
las casas, porque, sin las principales que dixe, quemaron otras muchas. 

Los Capitanes de los otros dos reales con los seis bergantines hicieron 
mucho en divertir los enemigos, para que no se juntasen todos á una 
parte, porque fuera imposible vencerlos, porque aun así, aunque morían 
muchos, eran tantos que no parescía que faltaba alguno. Todos, final¬ 
mente, se retraxeron á sus reales sin rescebir daño ni acaescerles desgra¬ 
cia, que fué gran cosa para haber durado tanto la batalla y haber sido 
con tantos. 

CAPITULO CXLII 

CÓMO CORTÉS VOLVIÓ OTRO DIA AL COMBATE, Y DEL TRABAJO QUE PASÓ! 

EN TORNAR Á CEGAR LO QUE LOS ENEMIGOS HABIAN ABIERTO 

El otro día que se siguió, por la mañana, después de haber Cortés 
oído misa, que nunca la perdía pudiendo oirla, tornó lo más presto que 
pudo á combatir la ciudad por la misma orden y con la misma gente que 
el día pasado, porque los contrarios no tuviesen lugar de abrir las puentes 
que él había cerrado y hacer las albarradas; mas por bien que Cortés 
madrugó, madrugaron más los enemigos, ca de las tres partes y calles de 
agua que atravesaban la calle que iba del real hasta las casas grandes de 
la plaza, las dos dellas estaban ya como los días antes y más fortales- 
cidas, porque hubo más cuidado de defenderlas, tanto que muchos dellos 
perescieron de cansancio, de hambre y falta de sueño, porque toda la noche 
ocupaban los que así perescían en rehacer lo que los nuestros deshacían, 
y no podían hacer otra cosa, porque el rey Guautemucin daba gran prie¬ 
sa y lo más de la noche andaba con los obreros. Por esta causa el com¬ 
bate de aquel día fué más recio y de muy mayor peligro y tanto que 
duró desde las ocho horas de la mañana hasta la una después de mediodía, 
y como el sol tomaba á los unos y á los otros sobre cansados, padescieron 
tan gran trabajo que se encalmaron mu'chos de los enemigos. Gastaron lo? 
nuestros toda la munición y almacén, de suerte que ni pólvora, ni pelo¬ 
tas, ni saetas les quedaron; quebraron las más de las picas, traxeron casi 
deshechas las rodelas, abollados los cascos, de las macanas y piedras, y 
las espadas maltratadas. Corr todo esto, ganó Cortés dos puentes y dos 
albarradas, y como él dice en su Relación, éste y los demás combates fue¬ 
ron más peligrosos que los de otras partes, porque para ganar cualquiera 
de las albarradas y puentes era forzado echarse á nado los españoles y 
pasar de la otra parte, y esto no lo podían ni osaban hacer todos, porque 
era fácil a los enemigos alanzarlos á cuchilladas, á cuya causa fuera casi 





LIBRO QUINTO.—CAP. CXLITI 


675 

imposible la victoria, si por los lados no hubieran quemado los nuestros 
las azoteas, de donde los que saltaran en tierra rescibieran gran daño. 
Con todas estas dificultades, los españoles, así por tener presente á Cor¬ 
tés, que les daba gran ánimo, como porque ya estaban determinados de 
morir ó vencer, hicieron aquel día maravillas, y las mismas hicieron Al- 
varado y Sandoval con sus gentes por su parte, porque ganaron otras 
dos puentes y albarradas. 

Con esta victoria se volvió Cortés, dexando cegadas las dos puentes, 
aunque al retirarse rescibió algún daño, porque cargaban los enemigos 
como si los nuestros fueran huyendo, los cuales venían tan ciegos que no 
miraban en las celadas que los de caballo les ponían, en que caían y mu¬ 
rieron muchos dellos. Este día, aunque muy cansados y más heridos 
que el pasado, se recogieron los nuestros más temprano al real. 


CAPITULO CXLIIí 

DONDE SE DICE QUÉ FUE LA CAUSA POR QUÉ CORTÉS, TOMADAS Y CEGADAS 

LAS PUENTES, NO LLEVABA EL REAL ADELANTE, VOLVIÉNDOSE SIEMPRE 

Á SU PUESTO 

Podrá dubdar alguno, y con razón, que hubiere leído los dos comba¬ 
tes pasados, qué sea la causa por qué Cortés, como iba ganando tierra, 
no asentaba luego su real, volviendo de nuevo á un mismo trabajo, ga¬ 
nando con tanta dificultad y riesgo tantas veces unas mismas albarradas 
y puentes, que paresce, como él dice en su Relación, que ó era negligente, 
ó no era para sustentar lo que una vez ganaba, y así, no faltaron en aquel 
tiempo algunos que no lo entendían, que culparon á Cortés porque no iba 
mudando el real como iba ganando, diciendo que le pudiera poner la pri¬ 
mera vez en la plaza. Responde él mismo, como el que tan bien sabía hacer 
sus negocios, que por dos causas era imposible hacerlo, ó que ya que lo 
hiciese, estaba cierto el perdimiento de todos; la una causa era ser los es¬ 
pañoles muy pocos para sustentar y defender de noche las albarradas y 
puentes, porque todos eran nescesarios para pelear el día, y cansados y 
sin dormir era imposible hacer algo de noche ni de día; la otra, puesto 
el real en la plaza de la ciudad, aliende de que no tuviera Cortés de dónde 
se proveer de bastimentos y municiones con la facilidad que donde había 
asentado, los enemigos eran infinitos, y el cercador (como dice Motoli- 
nea) quedara cercado y acorralado para no poderse valer, ca de noche 
y de día, á todas horas, dieran sobre él los enemigos como hombres que 
estaban en su casa y tenían dónde se recoger, y desta manera, habiendo 
de estar en vela y pelear de noche y de día y á todas horas, no pudiera 
ser posible sustentarse muchos días, cuanto más conseguir la victoria, y 
así tuvo Cortés por mejor el ganar muchas veces unas mismas puentes que 
llevar el exército adentro de la ciudad, ca estando siempre donde estuvo 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


676 

les quitaba las vituallas y municiones, y con hambre y con guerra, poco á 
poco, como lo hizo, iba comiendo los enemigos hasta acabarlos. 


CAPITULO CXLIV 

DE LA MUCHA GENTE DE LOS PUEBLOS DEL ALAGUNA, QUE VINO EN FAVOR 

DE CORTÉS, Y DE CÓMO FORMÓ UN GRUESO EXÉRCITO DE INDIOS AMIGOS, 

Y LO QUE HICIERON 

Por todo este tiempo los vecinos de Iztapalapa, Ocholobusco, Mexi- 
calcingo, Mezquique, Cuitlauaca é los naturales de otros pueblos que 
estaban en el alaguna dulce habían estado neutrales, de manera que ni 
hacían daño á los cristianos ni favorescían á los mexicanos, no determi¬ 
nándose á la una ni á la otra parte hasta ver cómo se ponían los negocios 
de los cristianos, y como vieron que eran tan poderosos y que todo les 
subcedía bien, tanto que por ser sus amigos los de Chalco eran poderosos 
para hacerles mal y daño, determinaron de declararse por amigos de los 
españoles, así por excusar el inconveniente dicho, como por gozar de la 
libertad en que vían se habían puesto sus vecinos, y para esto, de confor¬ 
midad, inviaron sus mensajeros á Cortés, los cuales, en nombre de aque¬ 
llos pueblos, le suplicaron los perdonase por no haber hecho antes esto, 
y que mandase á los de Chalco y á los otros sus vecinos que no les hi¬ 
ciesen más daño, y que de ahí adelante los podía mandar como á criados, 
porque ellos venían con determinación de servirle tan bien como los de 
Chalco. 

Cortés les respondió que él no tenía enojo dellos, sino sólo de los me¬ 
xicanos, porque porfiaban en no querer ser sus amigos, y que para que él 
creyese que de veras se le ofrescían, porque era su determinación no 
levantar el real hasta tomar por paz ó por guerra á la ciudad de México 
y ellos tenían muchas canoas para le ayudar, le hiciesen placer de aper- 
cebir todas las que pudiesen con toda la más gente de guerra que en sus 
pueblos había, para que por el agua, en compañía de los bergantines, 
anduviesen de ahí adelante en su ayuda. Rogóles asimismo que porque 
los españoles tenían pocas y ruines chozas donde recoger y cargaban las 
aguas, que hiciesen en el real todas las más casas que pudiesen, tra¬ 
yendo con las canoas, de las casas más cercanas de la ciudad, adobes y 
madera, 

A lo uno y á lo otro respondieron con muy buena gracia, diciéndole 
que las canoas de guerra estaban á pique y que las casas las harían luego. 
Con esto se despidieron, y otro día, que fué bien de ver y que dió harta 
pena á los mexicanos, vinieron con gran multitud de canoas y piraguas, 
á su modo muy bien armadas, y así madera y adobes, de los cuales con 
gran presteza hicieron para los españoles tantas casas de la una parte y 
de la otra de las dos torres de la calzada do Cortés estaba aposentado; 





Lir.RO QUINTO.—CAP. CXLV 


677 

que desde la primera casa hasta la postrera había más trecho que cuatro 
tiros de ballesta. Había más de dos mili personas con españoles é indios 
de su servicio en estos aposentos, porque todos los demás, que eran ya 
casi docientos mili indios amigos, se aposentaron en Cuyoacan, que es¬ 
taba legua y media del real y cerca de los otros reales. 

También estos indios proveyeron de algunos mantenimientos á los 
españoles, de que tenían estrecha nescesidad, porque ochenta y más días 
que duró el cerco se mantuvieron con cerezas, de que hay grandísima can¬ 
tidad y duran más tiempo que las de España, y de tortillas, de las cuales 
no se hartaban. Fué por algunos días gran regalo algún pescado, de que 
éstos mismos proveyeron, porque se entienda que no solamente los es¬ 
pañoles pelearon con infinidad de enemigos, pero con la hambre y con el 
frío y calor é otros trabajos, que merescen para sus descendientes gran 
remuneración. 


CAPITULO CXLV 

CÓMO CORTÉS DETERMINÓ DE COMBATIR LA CIÜDAD POR TRES Ó CUATRO 

PARTES, PARA QUE SE LES DIESE DE PAZ, É DE LO QUE SOBRE ESTO 

PASÓ 

Después que ya no quedaba pueblo que algo valiese en la comarca de 
México, que no se hubiese dado á Cortés, de suerte que libremente los 
indios de aquellos pueblos entraban y salían de los reales de los espa¬ 
ñoles, unos por ayudar, otros por comer, otros por robar y por ver y 
mirar lo que pasaba, á que los hombres suelen ser naturalmente incli¬ 
nados, Cortés, que dos ó tres días arreo había entrado por la parte de su 
real en la ciudad de México, sin otras tres ó cuatro que había acometido, 
llevando siempre lo mejor y hecho gran estrago en los enemigos, creyendo 
que de cada hora se movieran á pedir paz y amistad, la cual deseaba como 
la vida, y viendo que esto no aprovechaba, determinó de ponerlos en 
más nescesidad, por ver si podría hacerlos venir á lo bueno, y así, pro¬ 
poniendo de que no se le pasase día que no combatiese la ciudad, ordenó, 
con la gente que tenía, entrarles por tres ó cuatro partes, y para esto hizo 
venir todos los hombres de guerra de aquellos pueblos del alaguna con 
sus canoas, é ya que por la mañana se habían juntado en su real más 
de cient mili combatientes, diciéiidoles por la lengua que los mexicanos, 
obstinados en su error, no querían paz, que tanto les convenía, sino ser 
pasados á cuchillo é quemados en sus casas, que pues por bien nó querían 
hacer la razón, que por mal, apretándolos cuanto pudiese, los quería for¬ 
zar á ella; por tanto, que les rogaba mucho que no apartándose de los 
bergantines, como él lo ordenaría, hiciesen todo su poder hasta rendir ó 
acabar todos los enemigos. Ellos respondieron con gran ánimo que a.sí 
lo harían é que no habían venido á otra cosa. Visto esto, Cortés mandó 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


678 

que los cuatro bergantines con la mitad de las canoas y piraguas, que 
serían hasta mili y quinientas, fuesen por la una parte, y que los otros 
tres con la otra mitad fuesen por la otra é corriesen todo lo más de la 
ciudad en torno, quemando y abrasando las casas y haciendo el mayor 
daño que pudiesen, y él entró por la calle principal adelante; hallóla toda 
desembarazada; fué hasta las casas grandes de la plaza, porque ninguna 
de las puentes estaba abierta; pasó adelante á la calle que va á salir á 
Tacuba, en que había otras seis ó siete puentes, é de allí proveyó que 
Alonso de Avila entrase por otra calle con sesenta ó setenta españoles é 
que seis de á caballo fuesen á los españoles, para los asegurar. Fueron 
con ellos diez ó doce mili indios amigos. Mandó á Andrés de Tapia que 
por otra calle hiciese lo mismo, y él con la gente que le quedaba siguió 
por la calle de Tacuba adelante. Ganaron tres puentes, las cuales cegaron 
luego é porque ya era tarde se volvieron al real con la victoria que aquel 
día Dios les había dado, dexando para otro día lo que les quedaba de 
hacer. 


CAPITULO CXLVT 

DE LA VICTORIA QUE OTRO DÍA TUVIERON LOS REALES ESPAÑOLES 
Y DE LA PORFÍA GRANDE DE GUAUTEMUZA 

Deseaba mucho Cortés que toda la calle de Tacuba se ganase, porque 
la gente del real de Pedro de Alvarado se juntase y comunicase con la 
suya é pasasen del un real al otro, y que lo mismo hiciesen los bergan¬ 
tines, ca desta manera tenía entendido que con mayor brevedad con¬ 
cluiría el negocio, y así, el día siguiente volvió á entrar en la ciudad por 
el ord :n que el día pasado, y acometió con tan gran denuedo, que por 
doquiera que iba, como á león furioso, le hacían lugar. Retraxéronse este 
día tanto los enemigos hasta lo interior de la ciudad, que paresció á los 
nuestros tenerles ganadas las tres cuartas partes de la ciudad. No menos 
buen subceso tuvieron los del real de Alvarado é Sandoval, porque ga¬ 
naron muchas puentes y albarradas y se señalaron mucho y rescibieron 
muy poco daño. De aquel día y del pasado tuvo para sí Cortés que re¬ 
sultara el quererse dar de paz los enemigos, la cual él, con victoria y sin 
ella, la deseaba y procuraba, dando dello todas las muestras que podía, 
invíando por momentos, como dicen, recaudos al rey Guautemucin, 
diciéndole muchas y muy buenas cosas, acariciándole unas veces y ame¬ 
nazándole otras; pero todo era trabajar en balde, porque estaba tan em¬ 
perrado y tan ciego de ira y enojo, que siempre cerró los oídos al buen 
consejo, diciendo: ‘‘Morir ó vencer’’; lo cual fué causa de que muchos 
de los suyos, deseándolo, no se osasen dar. Ganadas, pues, muchas vic¬ 
torias, este día los nuestros se volvieron á sus reales con mucho placer, 
aunque con pena de ver que los mexicanos estuviesen tan determinados 
de morir, que no quisiesen salir á ningún partido. 





LIBRO QUINTO.—CAP. CXLVIl 


679 


CAPITULO CXLVIÍ 

DE LA DESGRACIA QUE Á PEDRO DE ALVARADO ACONTESCIÓ 
POR QUERERSE AVENTAJAR Y SEÑALAR 

La fortuna, que nunca por mucho tiempo muestra el rostro de una 
manera, se trocó con Alvarado en la manera siguiente, el cual cebado 
(que es lo que á los más engaña) con las victorias pasadas y prósperos 
subcesos, paresciéndole que siempre había de ser asi, se descuidó en lo 
que Cortés, su General, más le había avisado. Como, pues, hubiese gana¬ 
do muchas puentes y albarradas y para sustentarlas pusiese velas de pie 
y de caballo, de noche, en ellas, é la otra gente se fuese al real, que estaba 
tres cuartos de legua de allí, é como este trabajo era insufrible, acordó 
de pasar el real al cabo de la calzada que va á dar al mercado de México, 
que es una plaza harto mayor que la de Salamanca, toda cercada de 
portales á la redonda, y para llegar á ella no le faltaba de ganar sino 
otras dos ó tres puentes, aunque eran muy anchas y peligrosas, y así es¬ 
tuvo algunos días, que siempre peleaba y había victoria; y como de los 
días antes había conoscido flaqueza en los enemigos, así por la priesa que 
él les daba, como por los bravos combates con que Cortés los apretaba, 
determinó de les pasar é ganar una puente de más de sesenta pasos de 
ancho y de hondo dos estados; pasóla, aunque con gran dificultad, y 
así por la furia con que acometió, como por lo mucho que los bergantines 
le ayudaron, ganada esta puente, siguió tras de los enemigos, que iban 
puestos en huida, si no la fingieron para hacer lo que luego hicieron. Dió 
priesa Alvarado que se cegase aquel paso, pero como no reparó hasta 
verle bien ciego, como convenía para que los caballos pudiesen entrar y 
salir, siguiendo la victoria, quedó por cegar, y como los enemigos vieron 
el peligro que atrás quedaba y que los españoles que habían pasado no 
eran más de cuarenta ó cincuenta con algunos amigos y que los de á 
caballo no podían pasar, revolvieron sobre ellos tan sin pensar y con 
tanto ímpitu que les hicieron volver las espaldas y echarse al agua. To¬ 
maron vivos tres ó cuatro españoles, que á vista de los nuestros luego 
sacrificaron. Fué cosa harto lastimosa que, pidiendo favor, no pudiesen ser 
socorridos. Murieron diciendo palabras de muy cristianos, aunque no les 
dieron lugar á muchas, porque luego les sacaron los corazones, y así Al¬ 
varado perdió esta vez, por adelantarse, sin la consideración que convenía. 
Retraxóse á su real, llevando bien aguado el placer que de las victorias 
pasadas había rescebido. 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


6'O 


CAPITULO CXLVIIT 

CÓMO CORTÉS SUPO ESTA - DESGRACIA, V DE LO QUE CON ALVAR.\DO PASÓ! 

Llegado que fué Cortés á su real, supo luego, como estaba ya más 
cerca del de Alvarado, el desmán que le había subcedido, que fué la cosa 
de que más le pesó, por caer en Alvarado, á quien él mucho quería, y más. 
como era razón, por haber dado ánimo y esfuerzo á los enemigos, que 
tan de caída iban, porque como ello fué, volvieron tan sobre sí, que de 
ahí adelante por muchos días anduvieron muy orgullosos y desvergon¬ 
zados, de suerte que mofando de los nuestros, los contrahacían y reme¬ 
daban diciendo: ‘‘Manda, Capitán”, y lo demás no acertaban; otros de¬ 
cían: “;Ay sancta Malía!” (que la r no la pronuncian); otros decían: 
“Sayo, bonete, zapatos”; y cierto, este desmán paresció ser principio de 
otros que después subcedieron. 

Pasó Cortés bien mohino al real de Alvarado, por informarse mejor 
de lo que pasaba y reprehenderle, porque unos le culpaban mucho, y otros 
no tanto. Miró do había pasado su real, y como le halló tan metido dentro 
de la ciudad y consideró los muchos y malos pasos que había ganado, se 
maravilló, y viendo cuán valerosamente lo había hecho y que fueran malas 
gracias reprehenderle, como lo había pensado, alabóle lo que había hecho 
y con amor y blandura le reprehendió el descuido de no haber cegado 
por su persona aquel paso sin encomendarlo á nadie, como él muchas 
veces se lo había dicho. Encargóle encarescidamente tuviese de allí ade¬ 
lante especial cuidado, y comunicó con él otras cosas muy importantes 
á la conclusión del cerco. Defendióse Alvarado, aunque en algo confesó 
su descuido, con la gran priesa que los suyos le daban, conoscida la fla¬ 
queza de los enemigos, á que primero que Cortés ganase el mercado, se 
aventajase en cosa tan importante de todos los demás que combatían la 
ciudad, porque ganado el mercado, restaba poco que hacer y lo que que¬ 
daba de la ciudad no se podía sustentar, á cuya causa Alvarado, por no 
contradecir á tantos que así le ahincaban, puso el pecho al negocio, y 
como tengo dicho, con el gusto de las victorias pasadas y las importuna¬ 
ciones y persuasiones de los que [le] incitaban, no advirtió á lo que tanto 
convenía, descuidándose con encargarlo á otros. 

Esto mismo acontesció á Cortés en su real, que fué muy importunado 
de todos los de su compañía que tomase el mercado y se metiese cuanto 
pudiese la ciudad adentro; pero él, que mejor que ellos entendía los nego¬ 
cios, hacia, como dicen, orejas de mercader, disimulando unas veces y 
contemporizando otras, encubriéndoles el porqué no lo hacía, represen¬ 
tándoles algunas veces los grandes inconvenientes que se ofrescían, por¬ 
que para entrar en el mercado había muchas azoteas, puentes y calzadas 
rompidas, de tal manera que cada casa por donde había de pasar estaba 
hecha como isla en mitad del agua, cosa que después puso á los nuestros 
en grande aprieto. 




LIBRO QUINTO.—CAP. CIL 


681 


CAPITULO CIL 

DE ALGUNAS ENTRADAS QUE CORTÉS HIZO, V DE LO QUE RESPONDIÓ AI 

TESORERO ALDERETE, QUE LE IMPORTUNABA SE METIESE MÁS EN LA CIU¬ 
DAD 

Pasado esto. Cortés hizo algunas entradas en la ciudad por las partes 
que solía. Combatían los bergantines y canoas por dos partes y él en 
la ciudad por otras cuatro. Mató muchos de los contrarios, porque cada 
día le venía gente de refresco, señalándose mucho, no sólo él y sus Capi¬ 
tanes, como en su lugar diré, pero otras personas particulares, de las 
cuales no se esperaban hazañas tan extrañas. Desta manera pasaron al¬ 
gunos días que Cortés y síis Capitanes volvían siempre con victoria, que 
fué causa que todos los españoles, y entre ellos principalmente el teso¬ 
rero Alderete, porfiasen importunadamente se metiese la ciudad adentro 
y tomase el mercado. Dilatábalo Cortés cuanto podía, por dos cosas: la 
una, por ver si Guautemuza y los suyos mudarían propósito; la otra, por¬ 
que los enemigos estaban muy juntos y muy fuertes é muy determinados 
de morir, y que cada casa dellos, por el agua de que estaba cercada, era un 
fuerte. Con todo esto, como los españoles por veinte días enteros no ha¬ 
bían hecho otra cosa que pelear, y casi siempre se hallaban en un mismo 
puesto, abriendo los enemigos de noche lo que ellos con tanto trabajo 
cegaban de día, como la tela de Penélope, sentían esto tanto, por con¬ 
cluir con trabajos tantas veces repetidos, que, no satisfechos de las ra¬ 
zones que Cortés les daba, le porfiaron, tornando á poner por intercesor 
á Alderete, ó que les diese otras razones más bastantes, ó que hiciese lo 
que todos le suplicaban. Cortés respondió estonces á Alderete y á otras 
personas de calidad que con él venían: “Señores: vuestro deseo y propó¬ 
sito es muy bueno, y ninguno de vosotros ni todos juntos lo deseáis tanto 
como yo, é veo que para importunármelo tenéis razón, y pues tanto me 
apretáis que me hacéis decir lo que no querría, sabed que lo he dexado de 
hacer, porque no todos como vosotros pondrán el hombro á este negocio 
que es tan peligroso y dificultoso, que me recelo que algunos que mucho 
bravean han de perder y hacernos perder, que es lo que yo mucho sentiría 
porque en la guerra hace más daño el que huye que provecho el que va 
venciendo; y si con todo esto os paresce que acometamos, como decís, 
porque no digáis que yo sólo me quiero extremar en contradecir lo que 
todos pedís, veldo bien, que á lo que os determináredes me hallaréis, y 
acordaos que si vinierdes en ello, os digo que habernos menester bien las 
manos." Alderete le replicó que todo lo tenían visto y que ninguno'había 
que no estuviese de aquel parescer, y que más querían ponerse á cualquier 
peligro, por grande que fuese, que trabajar tantas veces sin provecho, y 
que no había hombre dellos que no tuviese tragada la muerte, para no 
dexar por temor della de hacer todo lo posible, ó para vengarla, ó salir 



682 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


con la victoria. Al fin pudieron tanto estas y otras razones, que Cortés 
respondió: “Sea, pues, asi, caballeros; encomendémonos á Dios, que con 
varones tan determinados doquiera me podré yo arrojar.’’ 


CAPITULO CL 

CÓMO OTRO DÍA CORTES DIÓ ORDEN EN LO QUE SE HABÍA DE HACER 
PARA DAR EL COMBATE 

Determinado ya Cortés de echar el negocio á un cabo, llamó á consejo 
á las personas más principales y de más saber en las guerras, con las 
cuales comunicó y trató el cómo se había de dar el combate, para que 
viniese en execución su deseo; y tratado, lo hizo saber á Gonzalo de San- 
doval y á Pedro de Alvarado, diciéndoles cómo otro día siguiente había 
de entrar en la ciudad y trabajar cuanto pudiese de llegar al mercado. 
Escribióles como por vía de instrucción, inviando, para más satisfacción 
suya, dos criados bien informados, á que Gonzalo de Sandoval por la 
parte de Tacuba se viniese con diez de á caballo é cient peones é quince 
ballesteros y escopeteros al real de Pedro de Alvarado, y que en el suyo 
quedasen otros diez de á caballo, dexando concertado con ellos que otro 
día que había de ser el combate, se pusiesen en celada detrás de unas 
casas, haciendo que levantaban el real y que huían con el fardaje, porque 
los de la ciudad saliesen tras dellos y las celadas les acometiesen por las 
espaldas : é que con los bergantines que tenían y con los otros tres de 
Pedro de Alvarado ganase aquel mal paso donde Pedro de Alvarado 
había sido desbaratado, é que sin apartarse de allí, á toda priesa le cegase: 
y hecho esto, con gran tiento pasasen adelante, de suerte que en ninguna 
manera se alexasen ni ganasen paso sin dexarlo primero ciego y aderes- 
zado, é que si pudiesen sin mucho riesgo y peligro ganar hasta el mercado, 
lo procurasen, y esto no era menester decírselo, que no deseaban otra 
cosa, porque él había de hacer lo mismo; pero que supiesen que aunque 
les inviaba á decir esto, no era para obligarles á que ganasen paso de que 
les pudiese venir algún desbarato ó desmán, y que esto decía porque 
conoscía de sus personas que habían de poner el rostro donde él les 
dixese, aunque supiesen perder las vidas; y porque ellos habían de com¬ 
batir por sola una parte y él por muchas, les invió á pedir setenta ó 
ochenta hombres de pie, para que otro día entrasen con él, los cuales vi¬ 
nieron con los criados de Cortés aquella noche á dormir al real, como les 
había mandado. 





LIÍÍRO QUINTO.—CAP. CLI 


683 


CAPITULO CLI 

DEL RAZONAMIENTO QUE CORTES HIZO Á LOS SUYOS 
Y DEL ORDEN QUE DIÓ EN EL COMBATE 

Oída misa, que fue bien de mañana, estando todos juntos, Cortés les 
dixo: ‘'Caballeros y amigos míos: Bien sabéis los que estáis presentes 
y saben los demás que están en los otros reales, cómo muchas y diversas 
veces me habéis persuadido, rogado é importunado que nos metamos la 
ciudad adentro y procuremos tomar el mercado, porque ganado éste, la 
ciudad será nuestra. Yo, como habéis visto, por todas las vías que he 
podido lo he excusado, por las causas y razones que ya os he dicho; pero 
al fin habéis podido más que yo é no puedo dexar de hacer lo que me 
rogáis. Ya está dada la traza de lo que han de hacer Gonzalo de San- 
doval y Pedro de Alvarado. Ahora resta que conforme á la que diéremos, 
pues hemos de combatir por muchas partes, nos dispongamos más que 
nunca á hacer el deber, de suerte que los Capitanes no pasen de lo que se 
les mandare y los soldados no hagan más de lo que ellos les dixeren, 
porque por querer aventajarse un Capitán ó un soldado, no gobernando 
el ánimo con discreción, muchas ó las más veces se pone en peligro de 
donde no sale, ó si sale, con mucha pérdida y á gran riesgo de la com¬ 
pañía y algunas veces de todo el exército. Lo que intentamos y empren¬ 
demos es muy dificultoso; pero después del favor divino, con dos cosas 
lo alcanzaremos, conviene á saber, con seso y esfuerzo, y es bien que 
de una vez, estando como estáis determinados, probemos nuestra ven¬ 
tura. Muchos acuden en nuestro favor, armas y municiones no nos 
faltan; los enemigos, aunque están fortalescidos, están acorralados, y 
ganado el mercado y algunas casas, siempre valdrán menos. Encomen¬ 
démonos á Dios y á Sant Pedro y Sanctiago, nuestros abogados; sean 
en nuestra ayuda, que creo sí serán, pues de nuestra parte habernos hecho 
todo lo que ha sido en nosotros. Ahora, si hay algo de que me avisar, 
haceldo, por que no quede cosa por intentar que convenga,’* 

Ellos, contentos de haberle oído, le respondieron que no quedaba más 
de que mandase é ordenase lo que se debía hacer, y así ordenó luego 
Cortés que los otros bergantines guiasen las tres mili canoas y piraguas, 
como la otra vez, por las calzadas. Repartió la gente de su real en tres 
compañías, porque para ir á la plaza del Tatelusco había tres calles; por 
la una había de entrar el Tesorero é Contador con sesenta españoles é 
veinte mili indios, ocho caballos, doce azadoneros é muchos gastadores 
para cegar las acequias, allanar las puentes y derribar las casas ; por la 
otra calle había de entrar Andrés de Tapia é Jorge de Alvarado con 
ochenta españoles é más de diez mili indios é ocho de á caballo, é á la 
boca desta calle, que era la de Tacuba, habían de quedar dos tiros para 
asegurarla. Cortés había de ir por la otra calle angosta con cient peones é 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


684 

ocho de á caballo. Entre los peones había veinte y cinco ballesteros y 
escopeteros é con infinito número de amigos, avisados los de á caballo, 
que á la boca de la calle se habían de detener, sin que en ninguna manera 
le siguiesen hasta que él se lo inviase á mandar. 


CAPITULO CLII 

CÓ*MO CORTÉS ACOMETIÓ CON SU GENTE Y DEL BRAVO Y PELIGROSO COMBATE 

DE AQUEL DÍA 

Desta manera ordenado todo, según dicho es, después que Cortés 
hubo entrado bien adentro sin hallar resistencia, se apeó del caballo y 
tomó una rodela, y con los suyos en buen concierto y denuedo acome¬ 
tió á una albarrada bien fuerte y con mucha gente que estaba del cabo 
de una puente. .Asestóle un tiro pequeño y con los ballesteros y escope¬ 
teros que llevaba le dió por un buen rato recio combate hasta que la 
ganó. Pasó adelante por una calzada que tenían rota por dos ó tres 
partes, las cuales estaban todas fortalescidas por los enemigos. Divi¬ 
dió su gente Cortés; combatió todas tres partes; no las defendieron 
mucho, porque los indios amigos, que eran en gran cantidad, les entraban 
por las azoteas é por otras partes, que parescía que ya la victoria era 
por los nuestros, porque como todos entraron á un tiempo y cada cua¬ 
drilla por su cabo, hicieron maravillas, matando hombres, deshaciendo 
albarradas, ganando puentes y destruyendo casas. Los indios amigos 
siguieron la calle adelante sin hallar quien se lo contradixese. Cortés se 
quedó con obra de veinte españoles en una isleta que alli se hacía, porque 
vió que ciertos españoles andaban envueltos con los enemigos, los cuales 
los retraían algunas veces hasta echarlos en el agua, porque eran muy 
muchos y les tenían ventaja en el lugar: pero con el favor de Cortés 
revolvieron sobre ellos hasta echarlos lexos de sí. Demás desto se detuvo 
allí Cortés por guardar que por ciertas traviesas de calles los de la ciudad 
no saliesen á tomar las espaldas á los españoles que habían seguido la 
calle adelante, los cuales á este punto inviaron á decir á Cortés que habían 
ganado mucho de la ciudad y que se hallaban cerca de la plaza ó mercado, 
y que en todas maneras querían pasar adelante, porque ya oían el combate 
que Gonzalo de Sandoval y Pedro de Alvarado daban por su parte. 
Cortés les invió á decir que en ninguna manera pasasen adelante sin 
que primero las puentes que. ganasen cegasen muy bien, de manera que 
si tuviesen nescesidad de retraerse, lo pudiesen hacer sin peligro, pues 
sabían que en aquello consistía el vencer ó perderse. Ellos le replicaron 
que las puentes que habían ganado las tenían cegadas muy bien y que 
si se quería certificar dello que viniese á verlo, porque hallaría ser así 
lo que le decían. 




LIBRO QUINTO.—CAP. CLIII 


685 


CAPITULO CLIII 

DEL GRAN RIESGO Y PELIGRO EN QUE CORTÉS SE VIÓ, POR NO ESTAR 
BIEN CIEGA • UNA PUENTE 

Al tiempo que los de Cortés habían pasado una puente que tenía 
doce pasos en ancho y el agua que por ella pasaba era de hondura de 
más de dos estados, hinchéronla de madera é cañas de carrizo é poca 
tierra é adobes, y como pasaban pocos á pocos é con tiento, no se ha¬ 
bía hundido la madera y cañas, y ellos, con el gusto de la victoria, iban 
embebecidos, sin atender á lo que tanto les importaba y de que tantas 
veces, con tanta diligencia les había avisado Cortés. Pensando, pues, 
que todo quedaba fixo, llegó Cortés á aquella puente, que con justo tí¬ 
tulo, de ahí adelante se pudo llamar la puente desdichada, donde, como 
diré, murieron tantos españoles. Halló que ya los suyos venían en huida, 
porque los enemigos entendieron el peligro grande que de la mal cega¬ 
da puente atrás quedaba, los cuales, como perros rabiosos, dieron en 
ellos. Cortés, como los vió venir tan desvalidos é tan sin tiento, comen¬ 
zóles á dar voces, diciendo: Tened, tened!, (*) ¡volved, volved el rostro 
á los enemigos!” Ellos, ó porque pensaron que la puente quedaba bien 
ciega, ó porque el miedo no les dió lugar á oir y reparar, dieron consigo 
en la puente, la cual, como había estado llena de madera y carrizo, 
abaxóse toda aquella faxina é quedó tan llena de agua como de antes. 
Ya Cortés llegaba á este lugar, cuando halló que el agua estaba llena de 
españoles é indios, de manera que parescía no haber echado en ella una 
paja. Los indios, que más que todos los hombres del mundo se encarni¬ 
zan en los vencidos (señal grande de ser cobardes), cargaron tanto, que 
matando en los españoles se echaban al agua tras ellos. Acudieron luego, 
que fué lo que hizo muy gran daño, gran cantidad de canoas de los ene¬ 
migos, que tomaban y llevaban vivos á los españoles sin poder por nin¬ 
guna vía ser socorridos. Cortés, como vió de tan. súbito tan no pensado 
desmán, determinó de parar allí y morir peleando, aunque en lo que es¬ 
tonces pudo más aprovechar él y los que con él iban, era en dar las ma¬ 
nos á algunos miserables españoles que se allegaban, para que saliesen 
afuera. Unos salían heridos, otros medio ahogados, otros sin armas, 
y otros que acabando de salir expiraban. Invió Cortés á los que podía 
adelante, mandándoles que no parasen hasta llegar al real. 

En esto, sin los que había (que eran muchos) acudieron tantos de los 
contrarios y cargaron con tanta furia, que cercaron á Cortés y á otros 
doce ó quince españoles que consigo llevaba; y como él y ellos estaban tan 
embebecidos en ayudar á los que estaban caídos en el agua (que con gran¬ 
des voces pedían socorro) no miraron ni advirtieron al gran peligro en 


O En el Ms. “tener. 





686 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


que estaban y al daño tan cierto que podían rescebir, aunque estaban en 
la calzada, porque de las canoas habían saltado innumerables enemigos 
hasta venir á tomar á manos á los nuestros, como luego diré. 


CAPITULO CLIV 

DO SE PROSIGUE Y DICE EL PELIGRO QUE DE SER PRESO Ó MUERTO CORTÉ=) 
TUVO, Y DE CÓMO OLEA MURIÓ DEFENDIÉNDOLE, Y DE LO QUE HIZO 
CORTÉS SOBRE ESTO 

Fuéronse los enemigos por todas partes acercando tanto á Cortés,, 
que ciertos dellos le echaron mano, diciendo á voces: ‘^¡ Malinche, Ma- 
linche!”, é cierto, le llevaran vivo, como él confiesa en su Relación, si 
no fuera por un criado suyo, hombre muy valiente, que se decía Fran¬ 
cisco de Olea, que de una cuchillada cortó las manos á un indio que le 
tenía asido, el cual luego, por darle la vida, perdió allí la suya. Ayudó 
también (según dice Motolinea), un indio tlaxcalteca que se llamaba 
Baptista, hombre muy esforzado, que después fué buen cristiano y el 
primero que rescibió el sacramento de la Extremaunción. En su entierro, 
delante del cuerpo, llevaron sus parientes y deudos una lanza levantada, 
en memoria de su gran esfuerzo y valentía. 

Viendo, pues, Cortés, que habían muerto á Olea é á los que le habían 
librado, se quiso echar al agua á pelear, y Antonio de Quiñones, Capitán 
de su guarda de cincuenta hombres, le abrazó y por fuerza le volvió atrás, 
diciendo: “Yo tengo de dar cuenta de vos. Cortés, y no otro.’' Respondióle 
Cortés: “Déxame, Quiñones; ¿Dónde puedo yo morir mejor que con los 
míos, que por darme á mí la vida la perdieron ellos? ¿No veis cómo 
estos perros matan á los nuestros?” Replicóle Quiñones: “No se pue¬ 
de remediar eso, perdiendo vos la vida; salvemos vuestra persona, 
pues sabéis que sin ella ninguno de nosotros puede escapar.” Con todo 
esto, no podía con él hasta que medio por fuerza le sacó de allí, é así él 
y los demás peleando, se vinieron retrayendo. Murieron en este mal 
paso cuarenta y cinco españoles, las cabezas de los cuales pusieron los 
enemigos entre unos palos en el sacrificadero, los cuales iban hiriendo 
en los nuestros con gran furia. Rodelaba Cortés no sólo su persona, pero 
la de otros. Peleó este día por más que diez hombres, como enojado y 
como el que peleaba, no solamente por su vida, sino por la de los suyos. 

En esto llegó un criado suyo á caballo, hizo un poco de lugar; pero 
luego, desde una azotea baxa le dieron una lanzada por la garganta, 
que le hicieron más que de paso dar la vuelta. Fué este conflicto tan 
grande, que cayeron en el agua dos yeguas; la una salió nadando, y la 
otra mataron los indios. Murió allí un Fulano de Guzmán, mayordomo 
de Cortés, cuya muerte él sintió mucho y todos los del real la lloraron, 
porque era muy bastante y muy bienquisto. 





LIBRO QUINTO.-CAP. CLV 


687 


Esperando Cortés que la gente pasase por aquella calzadilla á poner¬ 
se en salvo, y él y los suyos deteniendo á los enemigos, llegó un mozo 
suyo para que cabalgase, porque era tanto el lodo que había en la cal¬ 
zadilla, de los que entraban y salían por el agua, que no había persona 
que se pudiese tener, mayormente con los empellones que los unos á los 
otros se daban por salvarse. Cortés cabalgó, pero no para pelear, porque 
allí era imposible á pie, cuanto más á caballo, y, si pudiera ser, antes de 
la calzadilla. En una isleta se habían hallado los ocho españoles de á caba¬ 
llo que Cortés había dexado, que no pudieron hacer otra cosa que vol¬ 
verse, y aun la vuelta fué tan peligrosa, que aquí, como dixe, cayeron 
las dos yeguas en el agua. 

En este mismo lugar, dice Cortés en su Relación, que le mataron á 
Guzmán, viniendo á traerle un caballo para en que se salvase, la muer¬ 
te del cual, como antes dixe, se sintió tanto que Cortés dice [que] hasta 
hoy está reciente el dolor de los que le conoscieron. 

CAPITULO CLV 

DE CÓMO ALVARADO Y SANDOVAL PELEARON ESTE DÍA, É DE LO QUE SUBCEDIÓ 

CON EL BERGANTÍN DE FLÓREZ, É CUÁNTO AYUDÓ EL CAPITÁN MOTA 

Este mismo día, que tan aciago fué para Cortés, Alvarado y San- 
doval se hallaron juntos con sus compañías y con dos bergantines, los 
cuales todos acertaron á estar á la parte del norte que viene de Tacú- 
ha al Tlatelulco, y para apartar las muchas canoas que de [la] parte del 
sur les fatigaban, pasaron el bergantín de Pedro de Briones por cierta 
abertura de la calzada, que estaba casi ciega. Lleváronle (como eran mu¬ 
chos), como en las manos, los indios amigos. Combatióse muy bien por 
aquella parte; llegaron muy cerca del mercado y siempre con prosperidad, 
que jamás le mataron español, como dicen otros. Repararon allí; pelearon 
bravamente gran parte del día, hasta que vieron sacrificar muchos es¬ 
pañoles, y desde á poco espacio les llegaron dos de caballo, que Cortés 
inviaba, haciéndoles saber su desgracia y que se retraxesen como mejor 
pudiesen. No fué esto oculto á los indios amigos, porque luego se pu¬ 
sieron en cobro, desamparando el bergantín, que por la mañana había 
de volver á la otra parte. Los mexicanos, como venían con victoria y 
dexaban al General y á los de su compañía retirados, cargaron todos sobre 
los de Sandoval y Alvarado y su gente con tanto ímpitu, que se tomó 
por remedio que Sandoval con ciertos de á caballo se opusiese á los ene¬ 
migos, entre el bergantín y la ciudad, corriendo sobre ellos todo el es¬ 
pacio que correr se podía, rescibiendo cuando volvían mucho daño de 
las varas y piedras que les tiraban, y en esto estuvieron hasta casi la no¬ 
che, que los españoles solos acabaron de pasar el bergantín, que se re- 
truxeron, y Sandoval con los mensajeros que Cortés le había inviado, 
se fué á ver aquella noche con él. 



688 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


Los dos bergantines que guardaban la calzada de Tenayuca, andu¬ 
vieron aquel día juntos y entraron por un canal de agua hasta cerca del 
templo, do ahora es el monesterio de Sanctiago, y acaso el capitán Fló- 
rez se halló adelánte, y pensando que á cuanto más peligro se ponía ga¬ 
naba más, con su compañero Jerónimo Ruiz de la Mota metió su ber¬ 
gantín por una calle angosta, donde paró por no poder navegar más, 
dexando á Mota atrás en una como placeta de agua, y así estuvieron 
hasta casi las tres ó las cuatro de la tarde, que vieron sacrificar los es¬ 
pañoles en la gran torre de su templo; y de ahí á poco ciertos indios 
echaron unas calzas y jubón con sus agujetas, de una azotea, en el ber¬ 
gantín de Flórez, que no poco pavor dió á los que en él estaban. 

Los indios principales, que habían rompido al General y á los de su 
compañía, acometieron por mar y tierra con gran braveza y alaridos al 
bergantín de Flórez, que más cerca tenían, lanzando en él tantas piedras y 
adobes de lo alto de las casas vecinas, que sufrieron mucho ellos y el ber~ 
gantin, el cual quisieron sacar ciando, y no pudiendo gobernar, dió en 
un carrizal, donde cargaron sobre él, como cosa rendida, los indios. Mota, 
que no menos valiente que sesudo era, por socorrer al temerario com¬ 
pañero, mandó con gran presteza zabordar su bergantín contra los ene¬ 
migos, y como la gente fuese con más espacio que la nescesidad pedía, 
saltó desde la proa en tierra tanto trecho, que fuera de aquel ímpitu é 
furia con que iba, no lo saltara en dos saltos. Siguióle el Veedor é otros 
cuatro ó cinco, é algunos con ballestas, é como acometieron con gran 
denuedo y tan de súbito, pusieron turbación en los mexicanos, los cuales 
dieron lugar á que Flórez y su bergantín saliesen libres, aunque con 
hartas heridas. Con esto, como ya la noche se acercaba, se retraxeron 
como quien escapa de las uñas del gavilán, quedando enseñado Flórez 
de ahí adelante á no ponerse á más de lo que buenamente pudiese. 


CAPITULO CLVI 

CÓMO CORTÉS SALIÓ Á LA CALLE DE TACUBA PELEANDO, Y DE LO QUE INViÓ 
Á DECIR Á LOS OTROS CAPITANES DE SU COMPAÑÍA, Y DE LO QUE LOS 
ENEMIGOS HICIERON 

Con todos estos trabajos salió Cortés con los que quedaban á la calle 
de Tacuba, que era bien ancha, y recogida la gente, se quedó en la retro- 
guarda, conoscido bien que los enemigos habían de porfiar en su segui¬ 
miento, los cuales venían tan furiosos que parescía que no habían de 
dexar hombre á vida, é retrayéndose lo mejor que pudo, amparando fá] 
los suyos, invió á decir al Tesorero y al Contador que hiciesen lo mismo 
é que fuese [n] con mucho concierto hasta recogerse en la plaza. Lo mismo 
invió á decir á Andrés de Tapia é Jorge de Alvarado, que hablan entra¬ 
do por la calle que iba al mercado. Los unos y los otros pelearon va^ 




LII^RO OUIXT(').—CAP. CIA'I C89 

lientemente é ganaron muchas albarradas y puentes que habían muy 
bien cegado, lo cual fué causa de no rescebir daño al retraerse. Puso es¬ 
panto á algunos, cuando el Tesorero y Contador combatían un albarrada, 
poco antes que se retraxesen, ver que los de la ciudad, por encima de la 
misma albarrada, echaron tres cabezas de cristianos, aunque por eston¬ 
ces, según estaban desfiguradas, no supieron si eran del real de Pedro 
de Alvarado ó del de Cortés. 

Recogidos todos á la plaza, cargó por todas partes tanta gente de los 
enemigos sobre los nuestros, que tenían bien que hacer en apartarlos 
de sí, y llegó su atrevimiento á tanto, que acometían por aquellos lugares 
y partes donde antes deste desbarato no osaban esperar á tres de á ca¬ 
ballo y diez peones. Luego- que esto pasó, los sacerdotes de los ídolos se 
subieron á los templos é torres altas del Tlatelulco, y á su costumbre, 
como hacían cuando conseguían victoria, encendieron muchos braseros 
y echaron mucho copal, que se hace de cierta goma que hay en estas par¬ 
les, que paresce mucho al anime, lo cual ofrescieron muy regocijados, 
como dando gracias á sus ídolos por la victoria que de los nuestros ha¬ 
bían alcanzado, é aunque los españoles quisieran mucho estorbárselo, 
no pudieron, porque ya los más dellos con la demás gente de amigos se 
iban hacia el real. 

Murieron en este desbarato los españoles que arriba dixe, aunque 
Cortés en su Relación (á quien se debe más crédito) dice que fueron trein¬ 
ta é cinco ó cuarenta, é más de mili indios amigos; hirieron más de treinta 
españoles, é Cortés salió herido en una pierna. Perdióse el tiro pequeño 
de campo, que había llevado, y muchas ballestas, escopetas y otras armas, 
que echaron harto menos después. 

Hecha la cerimonia de los sahumerios, por hacer desmayar á Sandoval 
y Alvarado, que estaban más cerca y frontero de los templos, llevaron 
los de la ciudad todos los españoles vivos y muertos al Tlatelulco, que es 
el mercado, y en las torres altas de los templos, para que mejor pudiesen 
ser vistos, desnudos en carnes los sacrificaron, así á los muertos como 
á los vivos; abriéndolos por los pechos, les sacaron los corazones, y con 
grande contento y reverencia los ofrescieron á sus ídolos, lo cual San¬ 
doval y Alvarado y los demás sintieron en las entrañas: púsoles gran 
tristeza y desmayo, viendo especialmente lo que los vivos hacían, aun¬ 
que por la gran distancia no los podían oir. Retraxéronse á su real, ha¬ 
biendo peleado aquel día cuanto tantos hombres podían contra tanta 
infinidad de enemigos. Ganaron hasta casi el mercado, el cual se acaba¬ 
ra de ganar aquel día si Dios, por sus ocultos juicios, ó por los pecados 
de los nuestros, no permitiera tan gran desmán. Cortés llegó á su real 
tan triste como cuando la primera vez salió por fueza de México; lo 
uno, aunque no fué tan grande esta pérdida, porque le decían que los 
bergantines, en quien estaba la fuerza y esperanza de vencer, eran perdi¬ 
dos, aunque después supo que no, puesto que, como después se dirá en 
su lugar, se vieron en grande estrecho; lo otro, porque los enemigos co- 


44 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


690 

braban grande ánimo y se atrevían á lo que nunca habían osado, derra¬ 
mando la victoria que habían habido por toda la tierra. Fue este día, como 
alegre y regocijado á los enemigos, así triste y lloroso á los nuestros y 
ia noche llena de planto y congoxa. 


CAPITULO CLVn 

DE LAS ALEGRÍAS QUE LOS ENEMIGOS HICIERON Y DE LAS PALABRAS QUE 
DIXERON Y RECAUDOS QUE INVIARON Á OTRAS PROVINCIAS 

Aquel dia y la noche siguiente los de la ciudad celebraron su victoria 
con el extremo que suelen sus pérdidas y desastres, que en lo uno y en 
lo otro son demasiadamente alharaquientos. Encendieron muchos y gran¬ 
des fuegos por todas las torres de los templos, que hacían la noche tan 
clara como si fuera de dia; tocaron tantas bocinas y atabales é otros ins¬ 
trumentos que resuenan mucho, que parescía hundirse la ciudad; salta¬ 
ron y bailaron, cantando cantares de regocijo y alegría, dando gracias 
á sus ídolos por la victoria, pidiéndoles favor para adelante, prometién¬ 
doles de hacerles un gran sacrificio de corazones de cristianos é comer 
con chile en un gran banquete los cuerpos de los tlaxcaltecas. Recontaren 
las hazañas de sus antepasados, é cotejándolas con la suya decían que 
nunca sus dioses habían rescebido tan gran servicio, ni sus pasados ha¬ 
bían muerto tan valientes y esforzados hombres. Animábanse en los 
cantares los unos á los otros á que de ahí adelante peleasen valiente¬ 
mente, porque como habían muerto á aquellos cristianos así harían á los 
demás, é que si así no fuese, lo mejor era morir, que venir en poder de 
extraña gente. Con esto abrieron todas las calles y puentes del agua, 
como de antes las tenían, y llegaron á’poner sus fuegos y vela de noche 
á dos tiros de ballesta del real de los nuestros, y como todos salían tan 
desbaratados y heridos é casi sin armas, había nescesidad de que des¬ 
cansasen y se rehiciesen. 

En el entretanto que esto hacían los nuestros, los de la ciudad, 
con gran consejo, se dieron gran priesa á fortalescerse é á inviar sus 
mensajeros á muchas provincias á ellos subjectas, haciéndoles saber 
la victoria que de los cristianos habían habido, y como los mensaje¬ 
ros no eran de los que menos hablaban, acrescentaban de tal manera 
el negocio, que de una mosca hacían elefante, diciendo cómo los me-v 
xicanos, señores del mundo, habían muerto muchos cristianos y que 
presto acabarían los que quedaban; por tanto, que los que de miedo se 
querían dar á los cristianos, que mudasen parescer, y que los que no te¬ 
nían pensamiento de rendirse á los nuestros, que se holgasen, porque 
en breve verían vengados sus corazones y sus dioses más servidos y re¬ 
verenciados que nunca, y que los unos y los otros no tratasen de paz 
con los cristianos si no querían que, después de muertos los mexicanos. 






LIBRO QUINTO.-CAP. CLVIII 


691 

los destruyesen, y sus hijos, mujeres y casas y heredades diesen á otros; 
é por que viesen que esto era así, iban mostrando (por dondequiera que 
iban, diciendo estas palabras) las dos cabezas de los caballos que habían 
muerto é algunas de los cristianos. Fueron de tanta eficacia estas pa¬ 
labras, juntamente con las claras muestras que vían de lo que decían, que 
los unos por temor [á que] si venciesen á los mexicanos serían destruidos 
y asolados, los otros por el odio y enemistad que á los nuestros tenían, 
estuvieron muy firmes en su contumacia y rebeldía, tratando de ahí 
adelante de ofender á los nuestros y jamás ayudarlos. 

En el entretanto que esto pasaba, después que los nuestros por algún 
tanto hubieron descansado y adereszándose de armas, porque los de la 
ciudad no tomasen más orgullo y se ensoberbeciesen, como de menores 
cosas solían, y para que no sintiesen flaqueza en los nuestros, ca á sa¬ 
berla, con facilidad (según eran muchos y bien adereszados) cumplieran 
lo que amenazaban, cada día salían algunos españoles de los que más 
sanos y descansados estaban, así de pie como de á caballo, con muchos 
de los indios amigos, á pelear con los de la ciudad, aunque nunca podían 
ganar más de algunas puentes de la primera calle antes de llegar á la 
plaza. 


CAPITULO CLVIII 

CÓMO SABIDO EL DESBARATO DE LOS ESPAÑOLES POR LA COMARCA^ LOS 
INDIOS DE MARINALCO É OTROS SE REBELARON, V CÓMO CORTÉS INVIÓ 
CONTRA ELLOS AL CAPITÁN ANDRES DE TAPIA, EL CUAL LOS VENCIÓ, Y 
DE LA CONFEDERACIÓN DE SUS VEINTE COMPAÑEROS 

No hubieron bien pasado dos días después del desbarato y rompi¬ 
miento de los españoles, cuando luego (porque el mal vuela) lo supo toda 
la comarca subjecta al imperio mexicano, y así los vecinos de Alarinalco 
é los pueblos de la provincia de Coisco comenzaron á hacer brava gue¬ 
rra á los indios de la provincia de Cuernauaca, subjectos á la ciudad de 
México, porque se habían dado por amigos de los cristianos y les ayuda- 
ban en lo que se ofrescía, é como ya no podían sufrir las molestias los 
de Cuernauaca de sus malos vecinos, ca les destruían sus panes y fru¬ 
tales, amenazándolos que cuando á ellos hubiesen muerto darían sobre 
los cristianos, determinaron inviar sus mensajeros á Cortés, pidiéndole 
socorro, porque no tanto se temían del mal que de presente padescían, 
cuanto del que se les allegaba, por irse juntando tanta gente contra ellos. 
Cortés, oído el mensaje, le pesó mucho que en tal tiempo le pidiesen so¬ 
corro, porque habiendo tan poco antes subcedido aquel desbarato, tenía 
más nescesidad de ser socorrido que de socorrer; pero con todo esto, 
así por no mostrar flaqueza, de que los enemigos habían de rescebir 
nuevo ánimo, como por no faltar á sus amigos, que con tanta voluntad 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


69* 

se le habían ofrescido y tanta nescesídad tenían de su socorro, determinó, 
aunque tuvo muchos contradictores, de inviar al Capitán Andrés de 
Tapia, hombre de consejo y esfuerzo, con ochenta españoles de á pie y 
diez de á caballo, al cual encargó mucho la guerra y la brevedad della, 
dándole no más de diez días de término para ir é volver, representándole 
la nescesidad en que quedaba y la contradicción de muchos. Andrés de Ta¬ 
pia se partió luego, y llegando á una poblazón pequeña, que está entre Ma- 
rinalco y Cuernauaca, halló que le estaban esperando los enemigos en 
campo raso, confiados demasiadamente en su poder. El ordenó la gente 
que llevaba, é con algunos de Cuernauaca les representó la batalla, la 
cual se trabó bien sangrienta; pero desde á poco rato, como los de á ca¬ 
ballo eran señores del campo, los nuestros desbarataron á los enemigos 
y siguieron el alcance, hiriendo y matando muchos hasta meterlos en 
Marinalco, que estaba asentado en un cerro muy alto y donde los de á 
caballo no podían subir, é viendo esto, atalaron y destruyeron cuanto ha¬ 
llaron en el llano, volviendo muy alegres dentro de los diez días con vic¬ 
toria á su real, vengados los de Cuernauaca é perdido el orgullo los de 
Cuernauaca, digo los de Marinalco, é quitada la esperanza á los demás 
de rebelarse, como pensaban. 

Era Mafinalco pueblo grande y de poca agua. Engañóse Gómara 
en decir que tenía muchas fuentes, porque después acá, por la falta y tra¬ 
bajo de traer el agua, se baxó á lo llano. 

Usó Andrés de Tapia en el discurso de la guerra de un muy avisado 
ardid y consejo para emprender mayores cosas que otro y salir con ellas, 
y fué que se juramentó con los mayores vínculos y firmezas que él pudo 
con veinte escogidos soldados de su compañía, los cuales contaré después, 
en esta manera; que juntos todos acometiesen y ninguno se apartase 
del lado del otro é que todos muriesen por uno é uno por todos, mirando 
de tal suerte los unos por los otros que á ninguno dexasen matar sin 
que todos los 'demás, con toda fidelidad, hasta librarle, se pusiesen al 
mismo riesgo, y así los de esta compañía entraban y salían con mucha 
victoria é acontescíales no solamente ayudarse á sí, pero á los de otras 
compañías, Cúpole á este Capitán la conquista que hoy va de Sant Fran¬ 
cisco á lo alto del Tlatelulco, y la echó por tierra y al principio della edi¬ 
ficó su casa, que fué de las primeras que se hicieron en México, y así por 
esto aquella calle en la traza de México se llama la calle de Tapia, el cual 
dexó hijos y poca renta para lo que sus servicios merescieron (i). 


(*) Conquista de ÍMéjico, cap. tit. “La conquista de IMalinalco y ^Matakin- 
co y otros pueblos’*. 

(i) Al margen'. “Ojo, Tapia.’’ 








LIBRO QUINTO.—CAP. CLIX 


693 


CAPITULO CLIX 

CÓMO VINIERON A CORTÉS MENSAJEROS DE LOS OTOMÍES, QUEXÁNDOSE DE 

LOS DE MATALCINGO, Y CÓMO DETERMINÓ DE INVIAR A ELLO A SAN- 

DOVAL 

En el entretanto que el Capitán Andrés de Tapia fué y vino al soco¬ 
rro que Cortés le había inviado, algunos españoles de pie y de á caballo 
entraban á pelear á la ciudad hasta llegar á las casas grandes que esta¬ 
ban en la plaza, y de allí, aunque llevaban consigo muchos indios amigos, 
no podían pasar, porque los de la ciudad tenían abierta la calle de agua, 
que está á la boca de la plaza, que estaba muy honda é ancha, y de la otra 
parte tenían una muy ancha y fuerte albarrada é allí peleaban los unos 
con los otros hasta que la noche los despartía, y luego desde á dos días 
que Andrés de Tapia vino de la guerra de Marinalco, llegaron al real 
de Cortés diez (é según Alotolinea, quince) mensajeros de los otomies, 
que eran como esclavos de los mexicanos, á quexarse de los de la provin¬ 
cia de Alatalcingo, sus vecinos, de quien rescibían grandes daños, por la 
cruda guerra que les hacían, á causa de haberse dado por amigos de los 
cristianos é por vasallos del Emperador, y que la guerra iba tan adelante 
que les destruían la tierra y les habían ya quemado un pueblo y llevado 
alguna gente y que venían destruyendo cuanto podían y con intención 
de dar en el real de los cristianos, para que saliendo juntamente los me¬ 
xicanos los acabasen. A lo más desto dió crédicto Cortés, porque de po¬ 
cos días [á] aquella parte todas las veces que los nuestros entraban á 
pelear á la ciudad, los indios los amenazaban con los de la provincia de 
Matalcingo, diciéndoles: ‘'Ya, perros cristianos, vendrán presto sobre vos¬ 
otros los de la provincia de Alatalcingo, que son muchos y muy valientes 
y tan enemigos vuestros como nosotros; tomaros han por las espaldas 
y nosotros os acometeremos por delante y desta manera no escapará 
ninguno de vosotros y haréis con vuestros cuerpos alegres nuestros ban¬ 
quetes; por tanto, si no queréis morir, alzad vuestro real é ios."” 

Los nuestros, acordándose destas palabras y de lo que los mensajeros 
habían dicho, aunque no tenían mucha noticia desta provincia, bien sabían 
que era grande y que estaba veinte y dos leguas de su real, y entendieron 
de la quexa que los otomies daban, que pedían favor é ayuda contra 
aquellos sus vecinos, é aunque le pidieron en tan recio tiempo. Cortés, 
que en semejantes trances no desmayaba, confiando en la ayuda de Dios, 
aunque, como antes está dicho, no le faltaban contradictores, se condolió 
'e aquella miserable y perseguida gente, determinando de favorescerlos : 
Ies dixo : “Dios, que no nos faltó contra Marinalco, tampoco nos fal¬ 
tará contra Matalcingo, pues hace tuerto y sinrazón.” Movióle á esto, 
allende de que hacia lo que debía á sus amigos, el deseo que tenía de 
quebrar en algo las alas á los de la ciudad, que cada día amenazaban 
con los desta provincia, mostrando gran esperanza de ser socorridos por 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


694 

los della y con su ayuda executar sus amenazas, y este socorro no le 
podían tener de otra parte que de allí, porque por todas las obras habían 
do topar primero con provincias y pueblos de los amigos confederados 
con los cristianos, y así, por no poner el negocio en condisción, mandó 
á Gonzalo de Sandoval, su Alguacil mayor, de quien confiaba mucho, que 
con diez é ocho de caballo é cient peones españoles, en que había un solo 
ballestero, fuese contra los de Matalcingo y amparase á los otomíes y 
volviese con toda la presteza que fuese posible, el cual, como no se dor¬ 
mía en cosa, salió otro día bien de mañana con su gente, llevando por de¬ 
lante los mensajeros otomíes, para que diesen aviso á los suyos cómo iba é 
que con su armas estuviesen á punto. 

CAPITULO CLX 

DE LO QUE LOS ESPAÑOLES SINTIERON ESTA PARTIDA, 

Y CÓMO SANDOVAL VENCIÓ 

Como Sandoval salió, que era persona de tanta importancia para los 
negocios, y llevó consigo tantos españoles, los demás lo sintieron mucho 
y nunca desmayaron tanto como estonces, aunque lo desimularon cuanto 
pudieron, así porque los enemigos no cresciesen en su soberbia é orgullo, 
como por no dar su brazo á torcer á los indios amigos, que, como dicen, 
andaban siempre mirando á la boca á los nuestros, los cuales, como espa¬ 
ñoles y hombres que respondían al antiguo linaje de donde descendían, 
decían muchas veces, enojados de la dilación y estorbos que se ofrescían 
para conseguir sus deseos: “¡Oh, pluguiese á Dios, que quedando con 
las vidas solamente, aunque quedásemos en cueros, tomásemos esta ciudad 
3' acabásemos ya de vencer á estos perros emperrados que tan porfiada¬ 
mente se nos defienden sin dar lugar á buena razón! ¡ Oh, si saliésemos 
ya con esta empresa, aunque ni en la ciudad ni en toda la tierra hallásemos 
oro ni plata ni otro interese!’' De donde se conoscerá claro la extrema 
nescesidad y peligro en que estaban sus personas é vidas é que 110 era su 
principal intento, como algunos pensaron, el enriquecer, sino hacer el 
deber. 

Partido, pues, Sandoval, aquel día fué á dormir á un pueblo de los 
otomíes, é otro día, muy de mañana, salió de allí y llegó á unas estancias 
de los mismos otomíes, las cuales halló sin gente y mucha parte dellas 
quemadas, é acercándose más á lo llano, junto á una ribera halló mucha 
gente de guerra de los enemigos, que habían acabado de quemar otro 
pueblo, los cuales, como vieron á los nuestros, se pusieron en huida. 
Siguiólos Sandoval y su gente, y como les daban priesa, dexaban las car¬ 
gas en el camino, é así casi á cada paso topaban los nuestros con cargas 
de maíz é muchos niños asados en barbacoa, que traían para su provisión, 
é otras cosas que ellos habían robado. Pasaron un río y repararon de la 
otra parte, haciendo rostro, pensando que estaban muy fuertes. Sandoval 



LIDRO QUINTO.—CAP. CLXI 


695 

con los de á caballo pasó el río, rompió por ellos y desbaratólos de tal 
manera que los puso en huida, corriendo á fortalescerse en su pueblo de 
Matalcingo, que estaba de allí tres leguas. Por todas duró el alcance sin 
cansarse los de caballo, hasta encerrar los enemigos en el pueblo, donde 
Sandoval esperó á los españoles de á pie y á los indios amigos, los cuales 
venían matando en los que los de á caballo atajaban y en los que de can¬ 
sados quedaban atrás. Murieron en este alcance más de dos mili de los 
enemigos. 

Llegados los de pie, que parescía que habían venido volando é que, 
como si fueran inmortales, no venían cansados, lo mismo se puede decir 
de los indios amigos que pasaban de diez mili, comenzaron todos de 
ir hacia el pueblo, donde los enemigos hicieron rostro, en tanto que las 
mujeres, niños é viejos y sus haciendas se ponían en salvo en una fuerza 
que estaba en un cerro muy alto, cerca del pueblo, pero como los nuestros 
dieron de golpe sobre ellos, hiciéronlos también retraer á la fuerza que 
tenían en aquella altura, que era muy agra y fuerte y quemaron y robaron 
el pueblo (como eran tantos los que acometían) en muy breve tiempo, é 
como ya era tarde y los nuestros de haber peleado todo aquel día estaban 
cansados, no quiso Sandoval combatir la fuerza. Los enemigos, como por 
estonces estaban tan siguros, disimulando su afrenta, ó porque así lo te¬ 
nían de costumbre, todo lo más de la noche ocuparon en dar voces y ala¬ 
ridos, tocando otros á la contina atabales y bocinas con que hicieron gran¬ 
dísimo estruendo, que fué para hacer lo que en el capítulo siguiente 
se dirá. 


CAPITULO CLXI 

CÓMO OTRO DÍA POR LA MAÑANA, QUERIENDO SANDOVAL COMBATIR LA FUERZA^ 
NO HALLÓ A NADIE, Y DE LO QUE MAS SUBCEDlÓ 

Otro día, bien de mañana, creyendo Sandoval que los contrarios es¬ 
taban en la fuerza y que no podía dexar de ser el combate sangriento y 
dificultoso, por el gran peligro que había en subir á lo alto, y que á esta 
causa habían de desmayar algunos de los suyos, juntos todos para que 
no hiciesen esto, les dixo: “Señores y hermanos míos: Ya sabéis á lo 
que somos venidos y la gran confianza que de nosotros tiene nuestro 
General. No será bien que decaigamos della, por la dificultad que se 
nos representa de poder subir por tan áspero peñol, pues somos nosotros 
mismos los que con otras tan dificultosas cosas y más hemos salido vic¬ 
toriosos ; á vencer venimos, ó á morir, y pues lo uno ó lo otro no se 
excusa, bien será que al que cayere la suerte de morir, muera como varón, 
haciendo el deber, honrando su persona, su linaje y nasción, volviendo 
por la fee que profesamos y en que hemos, para ser salvos, de morir. 
Ya sabéis lo mucho que el buen ánimo hace y lo mucho que alcanza el 
bien perseverar; acometamos como españoles, que los que quedáremos 



696 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


vivos volveremos victoriosos, cumpliendo á lo que venimos/’ Dichas 
estas palabras, todos le respondieron que ya era tarde para acometer. 

Invió Sandoval, ordenada su gente, indios espias, grandes corredores., 
á ver el orden y fortaleza que tenían los contrarios, los cuales volvieron 
y dixeron que no había hombre alguno en lo alto, de lo cual pesó miucho 
á algunos españoles y á muchos de los indios amigos, porque quisieran 
mostrarse aquel día en negocio tan arduo y peligroso. Sandoval, para 
certificarse más, invió algunos españoles; volvieron y dixeron lo mismo. 
Movió con esto Sandoval su real é dió sobre un lugar que estaba de gue¬ 
rra. el señor del cual, como vió la pujanza de los nuestros dexó las armas, 
abrió las puertas, rescibió á los nuestros con buen semblante, dióse y pro¬ 
metió de traer de paz á los matalcingas é á los de Marinalco, é no, como 
dice Gómara, á los de Coixco (*), que estaba de i\íéxico treinta leguas, y 
estas poblaciones están diez hacia el ocidenle. 

Cumplió su palabra aquel señor, porque luego los habló y atraxo y 
después los llevó á Cortés, el cual los perdonó y ellos le siiAueron muy 
bien en el cerco de -México y le proveyeron de mucha comida, porque 
Toluca es abundantísima de maíz, que es la cabeza y tiene mucha tierra 
y mucha gente : é, según dice Motolinea é otros testigos de vista, Toluca 
tiene un tan gran valle, que en él hay muchas estancias de vacas, que él 
dice casi ciento, é pocas menos de ovejas, y en las unas y en las otras 
grandísimo número de ganado, el cual bebe de un río que corre por medio 
é de otros muchos arroyos y fuentes. Entra este río por la provincia de 
Mechuacan y hácese muy grande; llámanle el río de la Barranca, 

Mucho se sintieron los mexicanos que los de ^Matalcingo y Marinalco 
se ofresciesen tan de veras á los cristianos, y desmayaron mucho, porque 
toda la esperanza de socorro tenían puesta en estas poblaciones, que la 
una dellas hacía provincia. 

Con esta victoria se volvió Sandoval al real de Cortés; fué rescebido 
como tal varón merescía, é aquel día que él entró algunos españoles es¬ 
taban peleando en la ciudad, y los mexicanos habían dicho que fuese 
allá la lengua; éste era Joan Pérez de Artiaga, que de los cristianos nin¬ 
guno la deprendió tan presto ni tan bien; fué muy provechoso antes y 
después del cerco. Llamáronle los indios Joan Pérez ]\íalinche, porque 
fué el primero que entendió á Marina. Llegado la lengua, dixeron los 
mexicanos que querían hablar sobre la paz, la cual, según paresció, no 
querían sino con condisción que los cristianos dexasen la tierra, y en 
demandas y repuestas entretuvieron á los nuestros algunos días y se 
fortalescieron, que lo habían bien menester, aunque nunca jamás se en¬ 
tendió dellos que tuviesen voluntad de no pelear, y esto paresció bien por 
un día, que, hablando con ellos Cortés tan cerca que no había en medio 
más de una puente quitada, diciéndoles que mejor era la paz que la gue- 


(*) CoNQUísTA DE MÉJICO, cap. tit. “La conquista de Malinalco y ^latalcin- 
co y otros pueblos”. 






LIBRO QUINTO.—CAP. CLXII 


697 

rra, é que excusasen la hambre que ya comenzaban á padescer, un viejo 
dellos, á vista de todos, sacó de su mochila muy despacio pan y otras co¬ 
sas, que comió con gran reposo, dando á entender que no tenían nesce- 
sidad, despidiendo á los nuestros de toda esperanza de paz. Aquel día se 
pasó en esto y no hubo combate. 

CAPITULO CLXII 

CÓiMO LOS TLAXCALTECAS, DESPUÉS DE VENIDO SANDOVAL, PELEARON SIN 

LOS ESPAÑOLES CON LOS MEXICANOS, É DE UNA PLÁTICA QUE SU GENERA!. 

ANTES HIZO, É DE CÓMO LOS xMEXICANOS ACOMETIERON A LOS NUES¬ 
TROS DE SÚBITO 

Llegado que fué Sandoval, Chichimecatl uno de los Príncipes 
tlaxcaltecas que siempre estuvo con su gente en el cuartel de Sandoval, 
viendo que después del desbarato los españoles habían afloxado algo de 
pelear con los mexicanos, determinando de ganar honra con los unos y 
con los otros, llamando á los Capitanes y personas principales que de- 
baxo de su mano tenía, les dixo: “Esforzados y muy valientes Capita¬ 
nes: Ofrescídose ha ocasión en que si, como siempre habéis hecho, lo 
hacéis, ganemos inmortal gloria para nuestros descendientes, nación y 
patria, que es lo que los caballeros guerreros suelen siempre procurar. 
Visto habéis cómo los cristianos después de aquel desbarato, aunque 
son muy valientes, han afloxado en apretar á estos perros mexicanos, 
más enemigos nuestros que de otros ningunos. Conviene que ahora 
mostremos nuestro valor y esfuerzo y que solos, sin los cristianos, los 
combatamos hoy, para que estos perros entiendan que sin ayuda de los 
cristianos somos, como habernos sido, más poderosos que ellos, aunque 
ellos muchos más que nosotros, y los cristianos conoscan que también 
sin ellos podemos pelear y vencer; por tanto, salgamos en buen con¬ 
cierto, como lo hacen los cristianos, é queden cuatrocientos flecheros 
en nuestra retroguarda, para que cuando nos retraxéremos, peleando de 
refresco, detengan la furia de los enemigos, y así cerca desto me podéis 
dar vuestro parescer y decir lo que sentís, porque paresciéndome tal, 
lo haré.'’ 

Hecho este breve razonamiento, dos de los más ancianos de aquellos 
Capitanes le dixeron en nombre de los demás: “Valentísimo Príncipe 
é General nuestro, debaxo de cuya dichosa bandera militamos; No se 
puede decir el contento que todos hemos rescebido, y así creemos que 
nuestros buenos dioses te Iq han inspirado, en que hoy, entre otras mu¬ 
chas buenas cosas que has dicho muy acertadas, digas ésta, que tanto 
al honor de nosotros importa. No hay que te responder más de que man¬ 
des y ordínes lo que luego se ha de hacer, porque nosotros donde tñ 
murieres moriremos, é donde peleares pelearemos.’’ Chichimecatl luego 
sin más detenerse, concertó su gente, dexando, como dixe, cuatrocientos 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


698 

flecheros desta parte de una puente abierta de agua; pasóla con la 
demás gente, que para cazarle allí, al retraerse los mexicanos, no la de¬ 
fendieron mucho, é acometió luego con mucha grita otra puente, apelli¬ 
dando su linaje y ciudad, donde hubo un bravo rencuentro. 

Aquí dice Motolinea que dexó los cuatrocientos flecheros. Ganóla^ 
aunque no sin mucha sangre de los unos y de los otros. Siguió los ene¬ 
migos, que de industria, para cogerle á la vuelta, huían, é ya cuando le 
tuvieron buen trecho apartado de la puente, revolvieron sobre él. Tra¬ 
bóse una muy gentil escaramuza, porque los unos y los otros, como eran 
de una nasción, aunque no de un apellido y linaje, peleaban bravamente: 
los mexicanos por defender su ciudad, y los tlaxcaltecas por echarlos 
della. Hubo muchos heridos y muchos muertos, y lo que fué más de ver. 
las pláticas, desafíos, amenazas y denuestos que de la una parte á la otra 
había, porque se decían cosas muy extrañas y nuevas á los oídos de los 
españoles; é ya que se hacía tarde, los tlaxcaltecas, que habían llevado 
lo mejor, se comenzaron á retraer. Cargaron sobre ellos, que ansí lo 
hacen, aunque sean vencidos, muy de golpe, los mexicanos, pensando, 
como dicen, que los tenían en el garlito, porque al pasar de otra puente 
como aquella habían sido desbaratados los españoles. Pasó Chichimecatl 
con todos los suyos casi sin perder ninguno, por la gran resistencia que 
los cuatrocientos flecheros hicieron. 

Perdieron este día mucha honra los mexicanos, quedaron muy co¬ 
rridos y espantados de una no vista osadía de los tlaxcaltecas, aunque 
al fin entendieron que con las espaldas que los cristianos les hacían se 
podían poner á más que aquello, y fué así que españoles hubo para so¬ 
correrlos si en algún trabajo los vieran ; pero con todo esto los nuestros 
honraron mucho aquel día á los tlaxcaltecas y alabaron el ardid y des¬ 
treza de su General. Los mexicanos, como los nuestros no peleaban como 
solían, pensando que de cobardes ó enfermos lo hacían, ó por falta de 
bastimentos, otro día al cuarto del alba dieron en el real de Alvarado un 
buen rebato. Sintiéronlo las velas, dieron al arma, salieron los de dentro, 
de pie y de á caballo, y á lanzadas los hicieron huir. Ahogáronse muchos 
dellos, é otros muchos volvieron bien heridos, é todos conoscieron por 
experiencia que á ningún tiempo se descuidaban los cristianos, antes 
estaban apercebidos. 


CAPITULO CLXIII 

DEL PELIGRO EN QUE SE VIERON ALGUNOS BERGANTINES Y DE LO BIEN 
QUE LO HIZO MARTÍN LÓPEZ, É DE LA MUERTE DEL CAPITAN PEDRO 
BARBA 

Después que los españoles que estaban heridos convalescieron é los 
que estaban cansados tomaron algún aliento, volvieron como de antes al 
combate, hallando á los enemigos no menos porfiados é indignados que 







LIBRO QUINTO.—CAP. CLXIÍI 699 

de antes. Tomáronles los nuestros otra vez las entradas y salidas, de 
que rescibieron tanta mollina y enojo, que corno desesperados juntaron 
gran cantidad de canoas y piraguas é por aquella parte donde Cortés 
estaba, acometieron con muy gran furia á los bergantines, que estaban 
los unos de los otros apartados. Fue tan grande el ímpitu con que acome¬ 
tieron y pelearon tan como rabiosos, que los nuestros pensaron que aquel 
día les ganaran los bergantines, que fuera el mayor desastre que en aquel 
tiempo les pudiera subceder. Zabordó la fusta capitana en un madero 
grueso, acudieron muchos de los enemigos, y el Capitán della, Joan Ro¬ 
dríguez de Villafuerte, la desamparó y se pasó á otra, pensando de no 
poder escapar en la suya. Martín López, que regía y gobernaba toda la 
flota é iba en la capitana á manera de piloto mayor, dióse con los demás 
compañeros tan buena maña, que como muy valiente y esforzado la de¬ 
fendió y sacó afuera. Echó al agua dos españoles, porque quisieron des¬ 
amparar la capitana é hirió á ocho porque como pusilánimos y cobardes 
se metían debaxo del tendal. Hizo aquel día maravillas, porque era hombre 
de grandes fuerzas y mucho ánimo y muy membrudo y de gran persona. 
Mató á un indio Capitán, que era después de Guautemuza el principal, 
el cual defendía un paso que era la llave de la ciudad, por donde los 
nuestros habían de pasar. Quitóle un plumaje é una rodela toda de oro; 
mató asimismo otros^ Capitanes y señores; pero la muerte de aquél hizo 
gran daño á los mexicanos y fué causa de que más en breve se tomase 
la ciudad. Hizole Cortés y con muy gran razón Capitán de la capitana, v 
públicamente le hizo grandes favores. 

Mandó, visto lo que había pasado aquel día, que los bergantines an¬ 
duviesen de cuatro en cuatro. Movióle á esto, aunque antes lo tenía 
mandado, el peligro en que también cerca de Tepeaquilla se vió el ber¬ 
gantín ó fusta de que era Capitán Cristóbal Flórez, que á no acudir 
el bergantín en que iba por Capitán Jerónimo Ruiz de la Mota, se lo 
llevaran los enemigos en las uñas, porque ya le tenían tomados los re¬ 
mos, rompida la vela, y dentro muchos de los enemigos é cercado por 
todas partes de más de docientas canoas, aunque Flórez defendía su 
parte muy como valiente. Rompieron los dos Capitanes, después de li¬ 
brado Flórez del peligro en que se había visto, por dos lados por las 
canoas y piraguas, dieron á fondo con muchas dellas, trabóse una brava 
batalla naval, que duró más de tres horas, porque pelearon los unos y 
los otros valientemente. Quitaron los nuestros los remos á los enemigos 
y con ellos hicieron harto estrago. Finalmente, aunque bien cansados 
y heridos, salieron los nuestros vencedores. Este mismo día, que tuvo 
de todo, apretaron tanto los enemigos á otro bergantín, cuyo Capitán 
era Pedro Barba, que el defenderle como caballero le costó la vida, 
porque ocupado en pelear con un montante en las manos, de una azo¬ 
tea le arrojaron una tan gran piedra sobre la cabeza, que luego cayó 
muerto, pero no vencido, porque los suyos vengaron bien su muerte, 
saliendo de aquel aprieto con victoria, aunque con pérdida de tan buen 


700 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


Capitán, la cual lloró Cortés y los otros Capitanes y personas principa¬ 
les tan tiernamente que por muchos dias duró el sentimiento della, y al 
contrario, como tenían ojo en él los enemigos, la regocijaron diciendo 
palabras é haciendo con los cuerpos meneos y señales de gran contento 
ó menosprescio de los nuestros, de manera que por la obra viene á ser 
cierto lo que dixo aquel filósofo: “De lo que tú te ríes, llora otro.” 

CAPITULO CLXIV 

CÓMO ESTANDO LA GUERRA EN ESTOS TERMINOS CORTES INVIÓ Á OJEDA 

É Á JUAN MÁRQUEZ Á TLAXCALA POR BASTI.MENTOS, É DEL GRAN PELIGRO 

EN QUE SE VIERON AL SALIR DE MÉXICO 

Padescían los reales de Cortés gran nescesidad de bastimentos, por¬ 
que, como he dicho, apenas se hartaban de cerezas de la tierra é algunas 
tortillas, que comían á deseo, á causa de la infinidad de gente que al 
cerco acudió, y asi, para algún proveimiento, determinó Cortés de inviar 
á los dos compañeros, Ojeda y Joan Áíárquez á Tlaxcala, á que traxesen 
todo el más maíz que pudiesen y juntamente los bienes de Xicotencatl, el 
que ahorcó en Tezcuco. Partieron estos dos diligentes y atrevidos com¬ 
pañeros luego por la tarde del día que se les mandó, atravesaron por 
una calzadilla que sale hacia Chapultepec, fueron aquella noche al real 
de Alvarado, donde estuvieron dos ó tres horas, é á la media noche sa¬ 
lieron de aquel real con solos veinte indios tlaxcaltecas, rodearon gran 
parte del alaguna, porque por otra parte no podían tomar el camino, y 
entre Tepeaquilla y otro pueblo donde Sandoval tenía asentado su real, 
sintieron un mormullo de mucha cantidad de gente, que como abejones 
hacían ruido. Agacháronse cuanto pudieron, para ver qué sería, é vieron 
luego descender de la sierra más de cuatro mili hombres cargados de 
armas y de mantenimientos, y en el agua, entre los carrizales, metidas 
más de tres mili canoas, rescibiendo y cargando armas y bastimentos 
para socorro de la ciudad. Los dos amigos y los demás indios á gatas por 
el suelo se fueron encubriendo hasta meterse en unas matas, donde es¬ 
tuvieron con harto miedo, esperando la muerte por momentos, porque los 
del agua y los de la tierra eran más de diez mili hombres, pero como era 
de noche y no clara y andaban embebecidos en aquel socorro, é Dios 
que no permitió que estonces muriesen, no fueron sentidos ni vistos, y 
así se estuvieron quedos hasta que todos se acabaron de embarcar, que 
sería media hora antes que amanesciese, y cuando los dos compañeros 
vieron que ya no había gente ni ruido della, atravesando, llegaron á Te¬ 
peaquilla, donde estaba el real de Sandoval, el cual andaba á caballo é 
con él un Fulano de Rojas, é como los vió, que seria una hora ó poco 
más después del sol salido, les dixo: “¿Qué buena venida es ésta?” Ellos 
le respondieron á lo que iban y le contaron lo que les había acaecido. 
Holgóse Sandoval del aviso del socorro, porque luego proveyó cómo 





LIBRO QUINTO-CAP. CLXV 


701 


siete ú ocho de á caballo guardasen aquella entrada para que de ahí ade¬ 
lante, como fué, no entrase bastimento en la ciudad. Espantóse de la 
buena ventura que habían tenido en no ser sentidos. 

Partiéronse de ahí á poco, despidiéndose de Sandoval, é llegaron 
aquella noche á Oculma, é partiendo otro día de madrugada durmieron 
en Gualipan, é otro día entraron en la ciudad de Tlaxcala, donde fueron 
muy bien rescibidos. Recogieron los bastimentos que pudieron, que fue¬ 
ron quince mili cargas de maíz y mili cargas de gallinas é más de tre¬ 
cientas de tasajos de venados, juntamente con los bienes de Xicotencatl, 
que estaban aplicados al Rey, en que había buena cantidad de oro, plu¬ 
majes ricos, chalchuitles é mucha ropa rica, treinta mujeres entre hijas, 
sobrinas y criadas suyas. Partieron de Tlaxcala y llegaron con todo esto 
á Tezcuco, bien acompañados de gente de guerra, sin subcederles desmán 
alguno. Entregaron lo más del bastimento á Pero Sánchez Farfán y á 
María de Estrada, que allí estaban por mandado de Cortés, y lo demás 
llevaron á Cuyoacan, é de allí fueron á ver á Cortés, el cual por extreme 
se alegró con el buen recaudo que traían. 

CAPITULO CLXV 

CÓMO PROSIGUIÉNDOSE EL COMBATE, UNA ISABEL RODRÍGUEZ CURABA, 

Y DE LO QUE ACONTESCIÓ Á UN ANTONIO PEINADO 

Prosiguiéndose el combate, como eran tan continuas las refriegas, 
salían de la una parte y de la otra muchos heridos, de tal manera que 
no había día que, especialmente de los indios amigos, no saliesen cient 
heridos, á los cuales una mujer española, que se decía Isabel Rodríguez, 
lo mejor que ella podía les ataba las heridas y se las sanctiguaba “en el 
nombre del Padre y del Hijo é del Espíritu Sancto, un solo Dios verda¬ 
dero, el cual te cure y sane”, y esto no lo hacía arriba de dos veces, é 
muchas veces no más de una, é acóntesela que aunque tuviesen pasados 
los muslos, iban sanos otro día á pelear, argumento grande y prueba de 
que Dios era con los nuestros, pues por mano de aquella mujer daba 
salud y esfuerzo á tantos heridos, y porque es cosa que de muchos la 
supe y de todos conforme, me paresció cosa de no dexarla pasar en silen¬ 
cio. También acontesció con españoles llevar abiertos los cascos y ponerles 
un poco de aceite y sanar en breve, porque no había otras medicinas, y aun 
con agua sola sanaron algunos, que todo esto da bien á entender lo mucho 
que Dios favorescía este negocio, para que su sacro Evangelio fuese de 
gentes en gentes. 

Solían los mexicanos, como he dicho, aunque fuesen vencidos, al re¬ 
traerse los nuestros, volver con gran furia sobre ellos, y para esto usaban 
de celadas y emboscadas los nuestros, quedándose entre las casas, sa¬ 
liendo al disparar de una escopeta; esto se hizo muchas veces, hasta que 
ya, por el daño que rescibían, cayeron los indios en la cuenta, y así, al 



CRÓNICA DE NUEVA ESPAÑA 


702 

tiempo que los nuestros se retiraban, aunque no dexaban de acometer, 
venían dando saltos como cuervos, descubriendo lo que había por las 
casas y paredones; é un día, al retraerse la capitanía de Andrés de Ta¬ 
pia, deteniéndose los ballesteros, apretando la nescesidad de proveerse á 
un soldado que se decía Antonio Peinado, se metió en una casa, é ya 
que la capitanía se había retraído buen trecho, salió á la puerta é como se 
vió perdido, aunque no de consejo y buen juicio, comenzó á dar gritos 
y golpes en la rodela con el espada, volviendo la cabeza hacia la casa, 
haciendo señas que saliesen los que dentro estaban. Los enemigos, pen¬ 
sando que, como las otras veces, era celada de españoles, se echaron todos 
al agua, no confiándose de correr por la calzada. A la grita volvió el ca¬ 
pitán Andrés de Tapia, mató con su gente más de sesenta de los con¬ 
trarios y guaresció á Peinado que aquel día no le peinasen, y si no fuera 
por buenos terceros y porque en tanto aprieto estuvo tan en sí, corriera 
riesgo de que Cortés le mandara azotar. 

CAPITULO CLXVI 

DE UA MUERTE DE MAGALLANES Y DE LO QUE SUBCEDIÓ AL TESORERO 
ALDERETE, Y DEL ÁNIMO Y ESFUERZO DE BEATRIZ DE PALACIOS 

Estando un día peleando los nuestros cerca de la casa de Guautemu- 
cin, sería á hora de misa, el tesorero Alderete se apeó del caballo, el cual 
dió á Ojeda y mandó á un paje que se llamaba Campito le armase la 
ballesta. Tiró á ciertos indios principales que estaban en las azoteas, que 
daban bien que hacer á los nuestros, por las muchas varas y flechas que 
les tiraban, con que les hacían daño. Empleó todas las xaras hasta gastar 
cuanta munición tenía; mató muchos é hizo aquel día mucho. Ojeda ca¬ 
balgó en el caballo y no paró en él mucho por los corcovos y vueltas 
que daba alderredor, desatinado de una piedra que desmandada le ha¬ 
bía dado en la cabeza. Apeóse de presto é aseguró el caballo. Subió 
en él el Tesorero, y como si tuviera entendimiento, furioso con el 
dolor de la pedrada, peleaba más que su amo, mordiendo y tirando co¬ 
ces á los enemigos. A estas vueltas vino también una vara desmandada, 
dió por la garganta á un muy valiente y diestro soldado que se decía Ma¬ 
gallanes, la cual le degolló é forzó á que se baxase de unos paredones, 
derramando mucha sangre por la herida. Llegó adonde estaba el cuerpo 
del real; echóse en los brazos de aquella piadosa mujer, Isabel Rodríguez, 
y diciendo: '‘A Dios me encomiendo y al Capitán^’, dió el ánima á Dios. 
Pesó mucho á Cortés y á los otros Capitanes de la muerte deste soldado, la 
cual vengó luego otro, que se decía Diego Castellanos, muy certero en 
tirar piedra, ballesta y escopeta. Asestó á un indio muy valiente, que 
le paresció que había muerto á Magallanes, dió con él muerto del azo¬ 
tea abaxo. \^iendo esto los contrarios, embráveseiéronse tanto, por vengar 
la muerte de aquel indio, que debía de ser Capitán, que apretaron de tal 







LIBRO QUINTO.—CAP. CLXVII 


7 o 3 

manera á los nuestros, que pocas veces lo habían hecho tanto, de ma¬ 
nera que los españoles se animaban unos á otros, diciendo: “Tened, 
señores, tened, que no nos monta nada retraernos, antes es dar más ánimo 
á los enemigos, y si hemos de morir, muramos peleando y no huyendo.” 
Desta manera hicieron rostro y pelearon valerosamente hasta que fué hora 
de retraerse para el real, que estonces era cuando en más trabajo se vían, 
como ya tengo dicho. 

Ayudó grandemente, así cuando Cortés estuvo la primera vez en Mé¬ 
xico, como cuando después le cercó, una mujer mulata que se decía 
Beatriz de Palacios, la cual era casada con un español llamado Pedro 
de Escobai\ Dióse tan buena maña en servir á su marido y á los de su 
camarada, que muchas veces, estando él cansado de pelear el día y ca¬ 
biéndole á la noche la vela, la hacía ella por él, no con menos ánimo y 
cuidado que su marido, y cuando dexaba las armas salía al campo á 
coger bledos y los tenía cocidos y adereszados para su marido y para 
los demás compañeros. Curaba los heridos, ensillaba los caballos é hacía 
otras cosas como cualquier soldado, y ésta y otras, algunas de las cuales 
diré adelante, fueron las que curaron é hicieron vestir de lienzo de la 
tierra á Cortés y á sus compañeros cuando llegaron destrozados á Tlax- 
cala, y las que, como Macedonas, diciéndoles Cortés que se quedasen á 
descansar en Tlaxcala, le respondieron: “No es bien, señor Capitán, que 
mujeres españolas dexen á sus maridos yendo á la guerra; donde ellos 
murieren moriremos nosotras, y es razón que los indios entiendan que 
son tan valientes los españoles que hasta sus mujeres saben pelear, y 
queremos, pues para la cura de nuestros maridos y de los demás somos 
nescesarias, tener parte en tan buenos trabajos, para ganar algún renom¬ 
bre como los demás soldados”; palabras, cierto, de más que mujeres, de 
donde se entenderá que en todo tiempo ha habido mujeres de varonil áni¬ 
mo y consejo. Fueron éstas Beatriz de Palacios, María de Estrada, Joana 
Martín, Isabel Rodríguez y otra que después se llamó doña Joana, mujer 
de Alonso Valiente, y otras, de las cuales en particular, como lo merescen, 
haré mención. 


CAPITULO CLXVII 

DE LO QUE OTRO DÍA SUBCEDiÓ, Y DEL DESAFÍO DE UN INDIO 
Y DE CÓMO LE MATÓ HERNANDO DE OSMA 

Otro día volvieron los nuestros al combate y dieron sobre las mismas 
casas de Guautemuza, é luciéronlo tan bien, aunque los mexicanos se 
defendían bravamente, que las desampararon y los nuestros tuvieron 
lugar de’ derribar parte dellas. Arrinconáronlos, que había hartos días 
que no lo habían hecho; tomaron lo mejor de la ciudad, porque llegaron 
al patio del templo de Vchilobos, viendo lo cual los mexicanos y que si las 
casas de Guautemucin y el templo se acababan de tomar les queidaba poco 
reparo y defensa, comenzaron á hacer tablados en el agua, en la cual en- 



7-4 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


traban más de una braza, y sobre ella tenían de alto dos paredes y de 
allí se defendían y ofendían. Aprovechóles mucho, aunque no para más 
de entretenerse en su porfía alanos días más. 

Estando la guerra -desta manera, dice Ojeda en la Relación que me 
dió, que estando Cortés sentado en una silla mirando cómo los suyos da¬ 
ban el combate, subió un indio en un azotea algo más alta que las otras, 
muy dispuesto y membrudo, vestido todo de verde, con un plumaje que 
le salía de las espaldas, alto, sobre la cabeza una vara también verde, 
con más de seiscientas plumas, llenas todas de argentería, el más bello 
que hasta aquel tiempo se había visto. Comenzó con gran denuedo á 
jugar de la espada y rodela; la espada era de las nuestras, que argüía 
mayor valentía en él. Dixo, que las lenguas lo pudiesen entender: “¡Ah, 
perros cristianos! ¿Hay alguno entre vosotros que sea tan valiente que 
ose salir aquí conmigo en desafío? Venga, que aquí lo espero, que yo 
le mataré con esta espada que vosotros, de cobardes, perdistes, y sabed 
que no me iré de aquí hasta que uno á uno mate muchos de vosotros, 
ó muera yo en la demanda.” Dichas estas bravosas palabras, hizo se¬ 
ñal con la rodela de que saliese el que quisiese de los cristianos, y aun¬ 
que entre ellos había muchos que lo pudieran hacer, como se halló más 
cerca un soldado que se decía Hernando de Osma, no lo pudo sufrir 
sin que luego, yendo de azotea en azotea, llegase do el indio estaba. Echa¬ 
ron ambos mano, é el indio le tiró un altibaxo que Osma rescibió en la 
rodela, que fué con tanta fuerza (aunque no con destreza), que la hen¬ 
dió hasta la manija, y rescibiendo este golpe el soldado le tiró por abaxo 
una estocada que le pasó un palmo de espada de la otra parte del cuerpo. 
Cayó luego el indio muerto é Osma le tomó el plumaje y el espada es¬ 
pañola, paresciéndole que arma de gente tan valiente no había de quedar 
en poder de hombres que tan mal sabían usar della. Volvió como había 
ido, pero cargó tanta gente que temió mucho Cortés no le llevasen vivo 
los enemigos, é así dió muy grandes voces é á muy gran priesa mandó 
que los ballesteros é otros compañeros que arriba estaban, le socorriesen. 
Hizo maravillas, como venía con victoria, con los que le seguían, sin 
perder el plumaje y la otra espada, que fué más mucho que lo que antes 
había hecho, á lo cual le animó mucho ver que su General le estaba mi¬ 
rando é que ya otros venían en su ayuda. Llegó do Cortés estaba, ofres- 
cióle el plumaje, diciéndole que tan rica pieza no era digna de otro que 
de él. Cortés le abrazó y tomando el plumaje en las manos se le volvió, 
diciendo: “Vos le ganastes muy como valiente y buen soldado y vos le 
merecéis, y á mí me pesa en las entrañas de no haberos conoscido tan 
bien como ahora, porque os hubiera honrado mucho, como de aquí ade¬ 
lante lo haré, y no os hubiera ofendido con el rigor y severidad militar. 

Esto dixo Cortés porque por cierta cosa que había hecho, le había man¬ 
dado afrentar, lo cual de allí adelante recompensó bien, haciéndole mu¬ 
chos favores, aunque él siempre se hizo digno de más, porque aprobó 
muy bien en lo que restó de la guerra. 






LIBRO QUINTO.—CAP. CLXVÍII 


70 5 


CAPITULO CLXVIII 

CÓMO LA GUERRA ANDABA TAN ENCENDIDA QUE HASTA LOS NIÑOS Y MUJERES 

DE LOS MEXICANOS PELEABAN Y DE LO QUE PASARON CON CASTAÑEDA 

Y CRISTÓBAL DE OLID, Y DEL ESFUERZO DE CRISTÓBAL CORRAL, ALFÉREZ 

Andaba la guerra tan trabada y tan encendida, especialmente por 
parte de los mexicanos, que cuanto peor les iba, tanto más porfiaban, de 
manera que hasta las viejas que casi no se podían menear, barrían las 
azoteas, echando la tierra y polvo hacia nosotros por cegarlos; decían co¬ 
sas £n su lengua muy de viejas y muy donosas. Los niños y los muchachos 
tenían concebido contra los españoles tan grande odio, mamado en los 
pechos de sus madres (*) y enseñado de las palabras y obras de sus pa¬ 
dres, que, como podían, tiraban piedras é varas, y los que más no podían, 
terrones, diciendo las palabras que oían á sus padres, no tiniendo cuenta 
con la muerte, aunque caían algunos dellos queriendo matar los españoles 
á sus padres. 

Tuvieron cuenta muy grande los mexicanos con Rodrigo de Casta¬ 
ñeda, que fue uno de los que mejor deprendieron la lengua, y como en la 
viveza y orgullo parescía mucho á Xicotencatl y traía un plumaje á ma¬ 
nera de los indios, decíanle muchos denuestos, llamándole “Xicotencatl 
cuilone^\ El sonreíase é decíales gracias, y desta manera los aseguraba y 
entretenía y de rato en rato disparaba la ballesta, no errando tiro, derro¬ 
cando como pájaros muchos de los enemigos. Esto hizo muchas veces 
hasta que ellos se desengañaron é desabobaron, desviándose dél cuanto 
podían, diciendo que sabía muchas ruindades y que era bellaco, que con 
palabras graciosas les quitaba las vidas, que no los burlaría más. 

Otros muchachos y mujeres que, ó por estar coxos ó mancos, no 
podían andar por las azoteas, no entendían en otro que en hacer piedras 
de manos y para las hondas, que tiraban con mucha fuerza. No dexaban 
los enemigos de usar todos los ardides que podían para amedrentar á 
los nuestros y ponerles desconfianza, porque conosciendo á Cristóbal de 
Olid, á quien por su gran valentía tenían en mucho, le llamaron por 
su nombre, é respondiéndoles, le dixeron en la lengua que si quería co¬ 
mer, é diciéndoles que sí, baxó uno é tráxole unas tortillas é unas cerezas, 
dando claro á entender que pues ofrescían comida, que les debía de sobrar, 
Cristóbal de Olid se apeó, tomó las tortillas, é haciendo burla del presente 
y dándoles á entender lo que dellos querían que él entendiese, con me¬ 
nosprecio las dió á un su criado, é asentándose en una parte donde no 
podía ser ofendido, hizo que comía de las tortillas y cerezas y después 
que estuvo un poco sentado, levantándose, alcanzando (**) las faldas del 
sayo, motejándolos de putos y de lo poco en que los tenía, les mostró las 

(*) En el Ms. “padres” equivocadamente. 

(**) Debe ser “alzando”. 

43 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


706 

nalgas, aunque cubiertas con las calzas. No lo hubo hecho, cuando los ene¬ 
migos, muy afrentados, le tiraron muchas piedras y varas que parescían 
que llovían, y de nuevo se tornó á trabar otra escaramuza tan brava que 
parescía que se abrasaban, porfiando los mexicanos en morir, que otro 
partido no querían; y como gente rabiosa, aquel día hicieron daño en los 
nuestros, aunque lo rescibieron mayor, abriendo las puentes y cegán¬ 
dolas con palos, pajas y otras cosas livianas, para que los nuestros cayesen 
como en trampa. 

Llevaba estonces la bandera Cristóbal Corral, un muy valiente sol¬ 
dado, el cual, entrando descuidadamente en una puente, cayó. Acudie¬ 
ron los enemigos, y como era hombre muy reportado, á los primeros que 
llegaron despachó con una daga, é así tuvo lugar, estribando en un ma¬ 
dero, de dar un recio salto hacia atrás, que para él fué bien adelante; 
púsose sobre la calzada y de allí avisó á los que le seguían, campean¬ 
do la bandera, aunque estaba bien mojada. Espantáronse los enemigos 
que un hombre se hubiese dado tan gran maña que se librase de un 
tan gran peligro. Confesaron y dixeron los que entre ellos llaman tiaca- 
nes (que quiere decir ''valientes”), que más quisieran tomarle la bandera 
que matarle á él, porque como entre ellos, perdiéndose la bandera y no ti¬ 
ñiéndola á ojo, todos desmayan y huyen, así tenían entendido que ha¬ 
bían de hacer los españoles. 

CAPITULO CLXIX 

CÓMO VINIENDO LOS ESPAÑOLES HUYENDO, BEATRIZ BERMÚDEZ SALIÓ Á ELLOS 
Y LOS AVERGONZÓ, Y VOLVIENDO, VENCIERON 

No es digno de pasar en silencio, puessde semejantes cosas se adornan 
y ennoblescen las historias, el hecho de una mujer española y de noble 
linaje, llamada Beatriz Bermúdez de Velasco, mujer de Francisco de 
Olmos, conquistador, ca estando los mexicanos, por los españoles, que 
por mar y tierra les daban recio combate, como desesperados y que 
les parescía que para vencer ó morir de presto no les quedaba otro re¬ 
medio sino como perros rabiosos meterse de tropel con los españoles, 
hiriendo y matando cuantos pudiesen, lo cual hicieron de común con¬ 
sentimiento, y así revolviei^n con tanta furia sobre dos ó tres capitanías, 
que les hicieron afrentosamente volver las espaldas, é ya que, más que re¬ 
trayéndose, volvían hacia su real, Beatriz Bermúdez, que estonces acaba¬ 
ba de llegar de otro real, viendo así españoles como indios amigos todos 
revueltos, que venían huyendo, saliendo á ellos en medio de la calza¬ 
da con una rodela de indios é una espada española é con una celada 
en la cabeza, armado el cuerpo con un escaupil, les dixo: "¡Vergüenza, 
vergüenza, españoles, empacho, empacho! ¿Qué es esto que vengáis hu¬ 
yendo de una gente tan vil, á quien tantas veces habéis vencido? Volved, 
volved á ayudar y socorrer á vuestros compañeros que quedan peleando, 






LIBRO QUINTO.—CAP. CLXX 


707 


haciendo lo que deben; y si no, por Dios os prometo de no dexar pasar á 
hombre de vosotros que no le mate; que los que de tan ruin gente vienen 
huyendo, merescen que mueran á manos de una flaca mujer como yo.” 
Avergonzáronse tanto con estas tan avergonzantes palabras los nuestros, 
que volviendo sobre sí como quien despierta de sueño, dieron la vuelta 
sobre los enemigos ya victoriosos, que en breve se trabó una brava ba¬ 
talla; los mexicanos, por no volver atrás, y los españoles por ir adelante 
é volver por su honra, que de tanto por tanto fué la más sangrienta y 
reñida que jamás hasta estonces se había visto. Finalmente, al cabo de 
gran espacio, los españoles vencieron, poniendo en huida á los enemigos, 
siguiendo el alcance hasta donde los compañeros estaban peleando, á los 
cuales ayudaron de tal manera que todos salieron aquel día vencedores, 
de donde se entenderá lo mucho que una mujer tan valerosa como ésta 
hizo y puede hacer con hombres que tienen más cuenta con la honra que 
con la vida, cuales entre todas las nasciones suelen ser los españoles. 


CAPITULO CLXX 

CÓMO LOS MEXICANOS TOMARON Á UN ESPAÑOL, Y DE LO QUE HICIERON CON 

ÉL Y CON OTROS, Y DE LA BATALLA QUE SE TRABÓ POR TOMAR EL CUERPO 

DE UN SEÑOR QUE MARTIN LÓPEZ MATÓ 

Los diversos subcesos, así prósperos como adversos, que en este cerco 
tan largo acontescieron, no podrán en esta historia llevar el orden del 
día y tiempo en que subcedieron, así por no poner opiniones contrarias, 
como por no ser prolixo y tratar demasiadas menudencias y porque de 
lo que pasó en los tres reales no pudo tan claro entenderse, por no poder 
ser testigos los unos de los otros. Un día, pues, de los siniestros y des¬ 
graciados que Cortés tuvo, porque la fortuna nunca estuvo en un ser, 
tiniendo nescesidad de un caballo, porque le habían muerto el que tenía, 
llamó á un Maestresala suyo, que se decía Guzmán (dicen algunos que 
éste fué el que en la gran refriega pasada murió), el cual no se atre¬ 
viendo á entrar. Cortés le dixo que no era Guzmán, sino vil y cobarde, 
pues estando á caballo no osaba entrar do él estaba á pie. Corrido desto 
el Guzmán, baxando la cabeza y dando de espuelas al caballo, dixo: ‘^La 
vida me ha de costar, pero no me dirán otra vez cobarde”, y así entró 
donde le mataron luego á él y al caballo, y como era persona de cuenta, 
en la grita que los enemigos daban y burla que de los nuestros hacían, 
decían: ‘‘Guzmán, Guzmán.'' Los nuestros creyeron que lo tenían vivo, 
pues tantas veces lo nombraban, y después se supo muy de cierto que 
muerto el caballo le llevaron vivo y guardaron con otro caballero que vivo 
habían tomado, que se decía Saavedra, é por hacer burla dellos y de los 
nuestros, los hacían bailar y servir en las cosas más viles que ellos podían. 
No los guardaron asi mucho, que de ahí á poco los sacrificaron. 



7 o8 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


En este día, ó segiín otros antes dél, mató Martín López un señor y 
Capitán mexicano en una plaza; acudieron luego los suyos á llevarle, vié- 
ronlo los españoles, que ya se retiraban, dieron mandado á ]\Iartín López, 
el cual con sus diez compañeros aguijó á quitárselo, y tras dél indios ami¬ 
gos. Trabóse desta suerte, los unos por llevarlo, y los otros por quitárselo, 
una tan reñida pendencia, que de la una parte y de la otra murieron más 
de cient indios y de los españoles salieron algunos descalabrados. Echaron 
á Martín López desde un azotea una galga ó losa sobre la cabeza, de 
que cayó luego en tierra, é á no llevar una muy buena celada le hacían 
pedazos la cabeza; con todo esto, le llevaron bien descalabrado y sin sen¬ 
tido; sanó desta herida. De ahí á ciertos días le dieron unas calenturas 
que le tuvieron en cama; sangróle un ballestero con una punta de un 
cuchillo, y aquel día estuvo en punto de perderse la flota, por la falta 
que él hacía con su ausencia. Cortés fué á su aposento, importunóle y 
rogóle mucho entrase en la capitana; respondióle Martín López que cómo 
podía entrar estando sangrado y con tanta brava calentura. Cortés le re¬ 
plicó que no quería que pelease, que bien vía que no estaba para ello, sino 
que rigese y gobernase la flota. Húbolo de hacer Martín López, por la 
nescesidad que le paresció que había, tiniendo por mejor morir él solo, que 
permitir que por su falta subcediese algún desmán. 


CAPITULO CLXXÍ 

CÓMO CORTÉS, HECHA CONSULTA CON CIERTOS CAPITANES, POR MUCHAS 
PARTES ACOMETIÓ LA CIUDAD, Y DE CÓMO SE SEÑALARON ALGUNOS 
DELLOS 

Aquel día les subcedió bien á los nuestros, porque salieron pocos he¬ 
ridos y mataron muchos de los enemigos, aunque no ganaron tanto de 
la ciudad cuanto pensaron; y así, viendo Cortés que la toma de aquella 
ciudad se le dilataba, de que estaba bien mohíno, llamó á todos los Ca¬ 
pitanes de los tres reales, así los de tierra como los del agua, á los cuales, 
tiniendo juntos, dixo: “Para lo que, señores, os he llamado es que ya 
tenéis entendido los muchos días que ha que estamos sobre esta ciudad 
sin haberla podido tomar, y que habiéndonos puesto á ello, aunque no 
sea sino por los comarcanos, estamos obligados ó á morir todos, ó acabar 
este negocio; y pues los medios que hasta ahora hemos tenido en la ma¬ 
nera de dar el combate no han bastado, soy de parescer, si así, señores, 
os paresciere, que todos nosotros con los indios que nos caben, así por 
mar como por tierra, por todas las partes que pudieren ser combatidos, 
demos á estos obstinados y empedernidos un repentino y no pensado 
combate, porque derramándose é acudiendo á diversas partes, serán me¬ 
nos en cada una y podrán menos y será imposible que no hallemos alguna 
parte flaca, por donde algún Capitán entre y tome lo más fuerte de la^ 






LIBRO QUINTO.-CAP. CLXXI 


709 


ciudad, y porque todos podamos acudir á una, saldremos cuando yo 
mandare disparar un tiro.’^ 

Paresció muy bien á todos los Capitanes lo que Cortés quería ha¬ 
cer, porque no menos que él estaban ya mohinos y aun casi corridos 
de que aquel cerco hubiese durado tanto, y así, cada uno con su com¬ 
pañía, se pusieron por tal orden y concierto que rodearon toda la ciu¬ 
dad, la cual acometieron con gran ímpitu y furia luego que oyeron dis¬ 
parar el tiro, é como los enemigos no dormían y todavía eran muchos, 
acudieron á todas las partes por donde eran acometidos, y como los que 
peleaban por su vida, patria y libertad y estaban determinados de morir 
primero que rendirse, hubo aquel día bravísimo combate, ca en él pen¬ 
saron los nuestros de concluir y no tener más que hacer. Señalóse entre 
otros el Capitán Pedro Dircio, que con algunos compañeros, á pesar de 
los enemigos y con trabajo suyo, echándose al agua, les ganó tres ó cuatro 
puentes. Señalóse asimismo Joan de Limpias Carvajal, que estonces iba 
por Capitán de un bergantín, en compañía de otros bergantines, é yendo 
hacia una calzada que va á Tenayuca topó con unas torres de ídolos, do 
estaba mucha gente de guerra en guarda de otra mucha gente que hacía 
munición y siempre allí la habían hecho para contra los nuestros. Dióles 
batería, púsoles en aprieto é tomara las torres si no acudiera luego gran 
socorro, é haciéndose á lo largo dos bergantines, dexando la gente en tie¬ 
rra, él, como mu}^ valiente, esperó con su bergantín y recogió toda la otra 
gente en él, é á no hacer esto, murieran allí todos. Salió herido y no menos 
los que esperaron, aunque mataron muchos de los enemigos. Señaláronse 
Alonso de Avila, Pedro de Alvarado, Gonzalo de Sandoval, porque cada 
uno en su puesto ganaron á los enemigos algunas puentes y pelearon muy 
valerosamente, metiéndose en el agua muchas veces hasta los pechos. 
Mataron ciertos Capitanes mexicanos que hicieron á los suyos gran falta. 

vSeñalóse mucho Andrés de Tapia con •su compañía, porque aliende de 
que ganó puentes y pasos peligrosos, por su persona mató muchos indios y 
defendió á dos de sus compañeros que estaban en gran riesgo y peligro. 
Jorge de Alvarado hizo maravillas este día, porque era muy diestro y muy 
valiente, y aunque Martín López no estaba bien sano, por la parte donde 
él gobernaba los bergantines, lo hizo como siempre solía. Cortés en la 
parte que cayó, que fué en una calzada ancha, así á pie como á caballo, 
porque todo lo hizo aquel día, gobernó y peleó cuanto un hombre valen¬ 
tísimo y muy sabio podía; ganó dos puentes y albarradas muy fuertes. 
Y, finalmente, aunque todos este día hicieron más que nunca y entraron 
más en la ciudad, sin acabar lo que pensaban, por la gran defensa que 
hallaron, se volvieron á sus reales. 



710 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO CLXXII 

CÓMO DETERMINÓ CORTES DE COMBATIR OTRO DÍA LA CIUDAD POR DOS 

PARTES^ Y DE LO QUE TAMBIÉN ESTE DÍA SE SEÑALARON ALGUNOS CA¬ 
PITANES 

Con todo esto, Cortés no paraba, buscando nuevos medios cómo salir 
con su intento, y viendo que el pasado no le había aprovechado, tornando 
á hacer junta de sus Capitanes, les dixo cómo determinaba de que por 
solas dos partes, dividido el exército igualmente, se diese el combate otro 
día, porque así podría ser que hiciesen más hacienda, y que lo que á esto 
le movía era no dexar cosa por intentar, para que en ningún tiempo, pues 
la peor quexa es de sí propio, les pesase de no haberlo probado todo. 

Concertado así esto y repartidos los bergantines en dos partes, que¬ 
dando él en la una como General, y en la otra Pedro de Alvarado, porque 
á Gonzalo de Sandoval, Andrés de Tapia, Cristóbal de Olid é otros tomó 
consigo, mandando que Pedro Dircio y Alonso de Avila é Jorge de Al- 
varado é otros quedasen con Pedro de Alvarado, é que así puestos todos 
y ordenados, en haciendo la señal, acometiesen con la mayor furia que 
pudiesen, y concertado así esto y hecha la señal, acometieron con tanta 
furia que parescía que ya se llevaban en las manos la ciudad; pero los 
enemigos estaban tan fortificados, así con las torres como con los tabla¬ 
dos que habían hecho, que dieron bien que hacer á los nuestros, y tanto 
que parescía que estonces comenzaban á pelear. Ardíase la ciudad á voces 
y gritos, y los españoles, por concluir, se pusieron á grandes peligros, y 
los contrarios, por morir defendiéndose, como leones, se venían á los 
nuestros. Murieron este día más de veinte mili indios y ellos prendieron 
ochenta y dos españoles, y á los vivos sacrificaron á vista de los nuestros. 

Este día Pedro Dircio, antes que la señal se hiciese, dixo al Capitán 
de un bergantín que estuviese presto allí, á par dél, para cuando fuese 
menester, y así, en oyendo la señal, saltó en el bergantín con su Alférez, 
diciendo al Capitán dél que embistiese hacia una torrecilla donde estaban 
más fuertes los enemigos, el cual lo hizo así; é como los contrarios es¬ 
taban en alto tiráronle tantas flechas y varas, que parescía que llovían 
del cielo, de tal manera que él y los suyos por un gran rato no se ocu¬ 
paron en otra cosa que en guardar los ojos hasta que los de la torre 
hubieron gastado la mayor parte de la munición; y aunque él y los suyos 
estaban por muchas partes del cuerpo heridos y molidos de los palazos, 
peleó tan bravamente que desde el bergantín saltó en la torre, siguiéndo¬ 
le su Alférez y los demás. Mataron muchos de los que se defendían, y los 
demás desampararon la torre, é así fué peleando hasta ganar otra que 
estaba sobre una puente, que no faltaba ya otra para llegar á la gran 
torre y fortaleza de Vchilobos. Ganárase aquel día esta fortaleza si por 
la parte donde Pedro de Alvarado estaba y otros Capitanes, los enemigos 






LIBRO QUINTO.—CAP. CLXXIII 


7II 


no los desbarataran, por haberse metido por una parte angosta, donde 
los unos no podían valer á los otros, rescibiendo de las casas gran daño, 
y aquí fué donde de los españoles muertos y presos murieron los más. 
Prosiguiendo hacia un lado, Pedro de Ircio vio gran cantidad de los con¬ 
trarios en una isleta donde se hacían fuertes é de donde notablemente 
hacían gran daño á los nuestros; acometió hacia allí con algunos de los 
suyos, que eran hombres escogidos, saltó en el agua, que le daba á los 
pechos, é rescibiendo muchos flechazos y golpes de macanas, les tomó la 
isleta, mató muchos y echó los otros al agua. 


CAPITULO CLXXIII 

DO SE PROSIGUE LO QUE CORTÉS HIZO Y CÓMO SE SEÑALARON 
ALGUNOS OTROS CAPITANES 

Cortés por su parte peleó cuanto pudo, y aunque pudo mucho, por¬ 
que ganó muchas puentes, no pudo, por la gran resistencia de los ene¬ 
migos, que concluyese el negocio y dexase él y muchos de los que con él 
estaban, de salir heridos. Gonzalo de Sandoval, á quien aquel día había 
tomado por compañero, peleó valientemente, quitando á algunos de los 
españoles de las manos de los indios. Señalóse también Cristóbal Martín 
de Gamboa, que por hallarse á caballo y ser muy animoso, aunque sacó 
muchas heridas, defendió á Cortés que no le llevasen, que ya le tenían 
cercado más de cient indios, y fuérales fácil, porque estaba cansado y 
los compañeros se habían apartado algo, tiniendo todos las manos lle¬ 
nas, y como los enemigos le traían sobre ojo, ninguna cosa tanto pro¬ 
curaban, aunque fuese á costa de las vidas de muchos, que matarle é to¬ 
marle á manos pretendían, porque desta manera tenían entendido, como 
ello fuera, que habiendo división entre los españoles, los acabaran todos 
presto y quedaran vengados y tiranos como de antes, porque como al prin¬ 
cipio desta historia dixe, vinieron de fuera, echando á los otomíes de su 
casa. 

Señalóse, aunque persona particular, un soldado de un bergantín, que 
se decía Alonso Nortes, el cual, por la mucha priesa que los enemigos 
daban, viendo que el Capitán y otros le desampararon, determinando de 
morir primero que hacer tal fealdad, se quedó con muy pocos y defendió 
el bergantín por gran pieza hasta que llegaron indios amigos. Salió con 
siete heridas é una mortal, y después de estar curado, aunque tan herido, 
salió á socorrer dos bergantines que estaban á punto de perderse, y por 
saltar del suyo en uno de los otros, cayó en el agua, donde cargaron luego 
muchas canoas de enemigos y, cierto, le mataran si á somorgujo no se es¬ 
capara de la furia de los enemigos, porque era gran nadador, y con todo 
esto, revolvió sobre la calzada é hizo harto provecho, aunque éJ no res- 
cibió ninguno mojándosele las heridas acabadas de curar. 



712 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


Casi por esta misma manera se señaló grandemente otro soldado que 
se decía Andrés Núñez, el cual, huyendo á tierra el Capitán del bergantín 
donde él iba, quedando él, peleó tan valientemente que venció y desba¬ 
rató los enemigos que á'su Capitán habían hecho huir; y luego, después 
desta victoria, llevando ya de vencida los enemigos dos bergantines y to¬ 
mados ciertos españoles, arremetió con el suyo con tanto ánimo y esfuerzo 
que desbarató los enemigos y guaresció dos españoles, que se decía el 
uno Domingo García y el otro Castillo, y después, volviendo su Capitán 
al bergantín, no le quiso rescebir, diciéndole: “Pues al peligro os fuistes. 
no es razón que ya que yo salí dél, seáis vos mi Capitán, no meresciendo 
ser soldado; y si otra cosa os paresce, ios á quexar al General, que cuando 
él sepa la verdad, dará por bien hecho lo que yo ahora hago; y si por 
fuerza queréis serlo, aquí estamos para ver quién llevará el gato al agua, 
que quien no quiso pelear con indios, bien sé que no se osará tomar comi¬ 
go/’ Volvióse el otro harto avergonzado, y aunque él no quiso, sabiendo 
Cortés lo que había pasado, confirmó en la capitanía al Andrés Núñez, el 
cual en otra refriega que hubo, con su bergantín desbarató más de tres 
mili de los enemigos y fué harta parte para que con más brevedad se to¬ 
mase la ciudad. 

Señalóse Francisco IMontaño, de quien en lo de la pólvora trataré bien 
largo, que siendo Alférez de Pedro de Alvarado subió con la bandera á 
una torre ó cu muy alto y le ganó, y así le trae hoy por armas, y fué 
causa este hecho de que con más facilidad Pedro de Alvarado ganase 
después el Tlatelulco. 


CAPITULO CLXXÍV 

CÓMO CORTÉS SE RETIRÓ Y DE LO QUE HIZO PEDRO DIRCIO 
Y DE LO QUE ANDRES DE TAPIA TRABAJÓ 

Ya que los unos y los otros estaban cansados de pelear y Cortés vió 
que aquel día había habido de todo, porque aunque había entrado bien 
adentro de la ciudad, había perdido algunos españoles é volvían muchos 
heridos, mandó hacer señal de recogerse, y porque le habían dicho que 
por la parte de Pedro de Alvarado habían hecho más daño los enemigos, 
retrayéndose, pues, con el mejor concierto que pudo, por no perder su 
costumbre, los enemigos dieron sobre él. Salía á ellos de rato en rato, 
hasta que todos los nuestros se recogieron al real, y de camino hizo Pedro 
Dircio una cosa bien digna de poner en memoria, y fué que hallando un 
bergantín atravesado en una puente de agua y que los que en él estaban 
no le podían sacar, y que á acudir los enemigos se lo llevaban ó lo que¬ 
maban (que fuera, para lo que estonces importaban los bergantines, muy 
gran daño), aunque estaba muy herido y harto cansado, se metió en el 
agua, é como era hombre de grandes fuerzas y de buena maña, ayudán- 




LIBRO QUINTO.-CAP. CLXXV 


7 i 3 

dolé algunos de los suyos, que eran pocos, puso el hombro al bergantín 
con tanto impitu que lo sacó en peso hasta ponerlo de la otra parte de la 
puente. Ya á este tiempo habían acudido muchos contrarios, y aunque le 
fatigaron bien, no quiso salir del agua hasta poner en salvo el navio, 
como lo hizo. 

Trabajó grandemente este día y otros muchos antes Andrés de Ta¬ 
pia, porque estando una vez Alvarado temeroso de que por aquella par¬ 
te donde él estaba los enemigos lo habían de fatigar demasiadamente 
y que podría ser le rompiesen, que era lo que podía oscurecer lo mucho 
que había trabajado, invió á suplicar á Cortés le inviase algún socorro, 
el cual le invió á Andrés de Tapia con su fuerte y señalada compañía, y en 
solos dos días que con él estuvo, hizo retraer los enemigos muy gran 
espacio, 'tanto que pudiera el postrero día [entrar] (*) en el Tlatelulco, y 
por no arriesgar y poner en condisción el negocio, dexó de hacerlo, y así, 
dándose Alvarado por seguro, se volvió, y en el camino había más puentes 
de ganar que por ninguna otra parte y el agua más honda que en otro lu¬ 
gar alguno de la ciudad. Hiciéronle desde las canoas los enemigos gran 
guerra, y con todo esto les cegó muchas puentes, y al cegarlas este día y 
otro, aliende de lo que por su persona peleaba, que era su mucho, para 
hacer que sus compañeros se pusiesen á todo, tomaba el azadón y traba¬ 
jaba con él, tanto que muchas veces le corría sangre de las manos, de suer¬ 
te que de dolor no podía algunas veces apretar la espada, forzado por esto 
á traerla con fiador atado á la muñeca. Fué siempre á los peligros y tra¬ 
bajos uno de los primeros. 

Destas y otras cosas hicieron muchas en este cerco personas de gran 
valor y esfuerzo, cuyos hijos y descendientes padescen hoy harta nes- 
cesidad. 

Cortés, después que se hubo recogido y visto los heridos, que des- 
to tenía gran cuidado, estuvo por buen rato imaginando qué modo 
y traza tendría para acabar de salir con lo que en las manos tenía, y así, 
comunicándolo con sus Capitanes y con los Capitanes tlaxcaltecas que 
en guerra contra indios tenían parescer y le podían dar, se determinó de 
volver al combate y no ganar puente sin que primero quemasen y echasen 
por el suelo las casas cercanas, para que desta manera los enemigos no 
tuviesen de dónde ofender ni defenderse. 

CAPITULO CLXXV 

CÓMO CORTÉS DETERMINÓ DE ASOLAR LA CIUDAD Y DEL SOCORRO 
QUE PARA ESTO LE VINO 

A esta sazón aportó un navio de Joan Ponce de León á la Villa Rica, 
que habían desbaratado en la tierra de La Florida, el cual vino á tan 
buen tiempo que más no se pudiera pensar, porque traía pólvora y ba- 


(*) Falta la palabra “entrar” ti otra semejante para el buen sentido. 




7 H 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


llestas y otras municiones de que Cortés tenia extrema nescesidad, y como 
rescibió las cartas desto al tiempo que él había determinado de aventurarlo 
todo para salir con lo que había intentado, fué grande su contento y dixo 
á los Capitanes: “Gran cuidado tiene Dios, caballeros, de hacer nuestro 
negocio, ó, por mejor decir, el suyo, pues á tan buen tiempo nos provee de 
lo que tenemos tanta nescesidad. La comarca toda está en nuestro favor, 
no podemos dexar de tener gran esperanza de la victoria, pues, á lo que 
yo puedo alcanzar, hemos hecho todo nuestro deber. Estos están tan re¬ 
beldes que ahora, que pueden menos, están con mayor determinación de 
morir que nunca, ni sé yo de lo que he leído é oído que haya en el mundo 
generación tan empedernida y porfiada. Todos los medios que he podido, 
como, señores, habéis visto, he buscado para quitarnos á nosotros de pe¬ 
ligro y á ellos de no destruíllos y acaballos; no ha aprovechado decirles 
que no levantaremos los reales, ni los bergantines cesarán de darles gue¬ 
rra, y que destruimos á los de Matalcingo y Marinalco, de donde pensa¬ 
ban ser socorridos, y que ya no tienen de dónde les pueda venir socorro 
ni de do proveerse de maíz, carne, fructas ni aun agua; y cuanto más 
destas cosas les decimos, menos muestras vemos en ellos de flaqueza, 
antes, en el pelear y en todos sus ardides los hallamos con más ánimo que 
nunca. Siendo, pues, esto así y que nuestro negocio va muy á la larga y 
que ha más de cuarenta y ocho días que estamos en este cerco, abriendo 
los enemigos de noche lo que nosotros cegamos de día, y que á cabo de 
tantos días no hemos hecho más que trabajar é derramar nuestra sangre 
y perder nuestros compañeros, que es lo que más siento, determino, como 
ya con vosotros, señores, y con los Capitanes tlaxcaltecas, tengo acor¬ 
dado, de no dar paso sin que por la una parte ó por la otra asolemos las 
casas, haciendo de lo que es agua tierra firme, y dure lo que durare, que 
peor es, no haciendo nada, consumirnos y acabarnos, y para esto llamaré 
á todos los señores y principales nuestros amigos; decirles he que luego 
hagan venir mucha gente de sus labradores y que traigan sus coas (coas 
son unos palos que sirven de azadones) para que derrocando las casas, 
echen la tierra y adobes en las acequias, dexando rasas las calzadas, para 
que los caballos puedan correr.’^ 

Paresció por extremo bien á todos los Capitanes con quien comunicó 
este negocio, el ardid é industria que Cortés tenía pensado, y le dixeron 
que aquél era el postrer remedio y que si aquél no, no se podía imaginar 
otro, y que luego les parescía que inviase á llamar los señores y principa¬ 
les tlaxcaltecas y á los otros amigos, para que con toda brevedad pre¬ 
viniesen á los labradores que-habían de servir de azadoneros. Hízolo así 
luego Cortés, é juntos que fueron aquellos señores, les dixo lo que tenía 
pensado y cuánto importaba, para que del despojo quedasen ricos é con 
grande honra, y volviesen á sus tierras é dexasen más de trabajar; que 
con toda presteza llamasen los más labradores, que pudiesen, de sus tie¬ 
rras, para que cegasen las acequias con las coas, de la tierra y adobes que 
ellos derrocasen de las casas. Oído esto, como llevaba tanto camino y 






LIBRO QUINTO.-CAP. CLXXVI 


7.5 


razón, se espantaron, diciéndole que su Dios le había avisado de cosa tan 
buena, y que sin más decirle iban luego á mandar lo que tan bien á todos 
estaba. 


CAPITULO CLXXVI 

CÓMO PASADOS CUATRO DÍAS DESTA DETERMINACIÓN, COMBATIÓ CORTES LA 

CIUDAD, Y DE CÓMO SE ENTRETENÍAN LOS MEXICANOS, Y DEL ARDID 

QUE USARON 

En el entretanto que los gastadores venían y se concertaban otras co- 
sas, pasaron cuatro días que los nuestros no salieron al combate, de donde 
entendieron bien los contrarios que debían de reposar para dar mayor 
asalto, ordenando algunos ardides y celadas para mejor hacer su hecho, 
y así ellos, como después paresció, se desvelaron en hacer nuevos reparos 
para su defensa, y lo que ellos sospecharon de los nuestros, los nuestros 
sospecharon dellos. Concertadas, pues, todas las cosas, después de haber 
oído misa, Cortés ordenó toda la gente, así la que tenía designada para 
combatir por el agua, como la que había de combatir por la tierra; dixo 
á los Capitanes pocas palabras y tráxoles á la memoria lo que estaba 
concertado, y así tomó el camino para la ciudad, y en llegando al paso 
del agua é albarrada que estaba cabo las casas grandes de la plaza, que¬ 
riéndola combatir, los de la ciudad dixeron que estuviesen quedos, porque 
querían paz. Cortés, que no deseaba cosa tanto, mandó á la gente que no 
pelease y dixo á los mexicanos que hiciesen venir allí á Guautemucin, su 
señor, para que con él se diese asiento en todo y la paz fuese perpetua. 
Respondiéronle que ya le iban á llamar, y desta manera le detuvieron más 
de una hora, y á la verdad ellos no querían paz, porque luego, estando 
los nuestros quedos como ellos pedían, comenzaron con gran furia á tirar 
flechas, varas y piedras. Viendo esto Cortés, comenzó muy enojado á 
combatir el albarrada; peleó por diez hombres aquel día, aunque halló gran 
resistencia; ganósela, entró por la plaza, hallóla toda sembrada de piedras, 
por que los caballos no pudiesen correr ; halló una calle cerrada con piedra 
seca y otra también llena de piedras, á fin que los nuestros en manera 
alguna se pudiesen aprovechar de los caballos, é con todo este estorbo se 
hizo bien la guerra aquel día, porque cegaron los nuestros aquella calle 
del agua, que salía á la plaza, de tal manera que nunca después los de la 
ciudad la pudieron abrir, y de allí adelante los nuestros comenzaron á 
asolar poco á poco las casas y cerrar y cegar muy bien lo que tenían ga¬ 
nado, y como aquel día Cortés llevaba más de ciento é cincuenta mili 
hombres é gran cantidad de gastadores, hizo mucha cosa é gran principio, 
de donde se podía colegir el próspero y deseado fin que después tuvo. 
Los bergantines también hicieron mayor daño en los enemigos que nunca» 
y así todos muy contentos, á buena hora, se volvieron á reposar al real. 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


716 

En este día, entre otras cosas señaladas que subcedieron, hubo un 
desafío no digno de poner en olvido, porque salió un indio Capitán muy 
valiente, así de cuerpo como de ánimo, con una espada y rodela de Cas¬ 
tilla é con muchos y ricos plumajes, é haciendo señal de que todos se so¬ 
segasen, por la lengua pidió á Cortés le diese el más valiente Capitán ó 
soldado que tenía, con quien se matase, porque, muriendo ó viviendo, 
quería por su persona ganar honra para siempre. Cortés le respondió, muy 
como estonces convenía, que viniese con diez como él y que estonces les 
daría un soldado que matase á todos. Replicó el indio: ‘‘Tan valiente soy 
yo como ese que tú puedes dar; por tanto, mándale salir.'' Estonces Cortés 
le tornó á decir: “Bien porfías tu muerte, y por que veas que los mu¬ 
chachos de los españoles son poderosos para matar á ti y á otros tan 
valientes Capitanes como tú, saldrá este muchacho, paje mío C^^ue, como 
vees, no le ha apuntado el borzo) á que te mate, pues no quieres venir 
con diez." Llamábase este paje Joan Núñez ]\Iercado, que después mató 
otro Capitán. Aceptó el indio el campo, aunque enojado; salieron los dos 
á la calzada; hubieron su batalla á vista de un mundo de gente, é aunque 
el indio era de grandes fuerzas y muy osado (pero no diestro) á poco rato 
dió el paje con el indio en tierra, de una estocada; matóle y tomóle las 
armas y plumajes, las cuales traxo consigo hasta donde Cortés estaba, 
el cual y los demás Capitanes de ahí adelante le hicieron grande honra. 

Quedaron desto muy afrentados y corridos los mexicanos, y aun para 
lo de adelante lo tuvieron por ruin agüero, viendo que un muchacho hu¬ 
biese muerto un Capitán en quien ellos tenían tanta confianza. 


CAPITULO CLXXVII 

CÓMO OTRO DÍA TORNÓ CORTÉS Á COMBATIR LA CIUDAD É SE SUBIÓ Á UNA 
TORRE PARA QUE LOS ENEMIGOS LE VIESEN, É DE UN HAZAÑOSO HECHO 
QUE HIZO HERNANDO DE OSMA 

Otro día siguiente, con la misma orden, entró Cortés por su parte y 
Pedro de Alvarado por la suya, é llegados [á] aquel circuito é patio gran¬ 
de donde estaban las torres de los ídolos, mandó Cortés á los Capitanes 
que con su gente no hiciesen otra cosa que cegar las calles de agua y alla¬ 
nar los pasos malos que tenían ganados, y que los amigos dellos quemasen 
y allanasen las casas é otros fuesen á pelear por las partes que solían y 
que los de caballo guardasen á todos las espaldas, y él se subió á una 
torre la más alta de aquéllas, por que los enemigos le viesen y rescibiesen 
pesar dello, que, cierto, lo rescibieron muy grande. Desde allí animaba á 
los suyos y á los indios amigos, é como lo veía todo, inviaba socorro á los 
unos y á los otros, porque como peleaban á la continua, á veces los con¬ 
trarios se retraían, y á veces los nuestros, los cuales luego eran socorridos 
con tres ó cuatro de á caballo, que les ponían gran ánimo para revolver 






LirjRO QUINTO.— -CAP. CLXXVII 717 

sobre los enemigos, é desta manera y por esta orden entró Cortés cinco 
ó seis días arreo, é siempre al retraerse echaba los indios amigos delante, 
haciendo que algunos de los españoles se metiesen en celada en algunas 
casas y que los de á caballo quedasen atrás, haciendo que se retiraban, 
por sacar á los contrarios á la plaza. Con esto y con las celadas de los 
peones, cada tarde alanceaban los nuestros muchos de los enemigos. 

Un día déstos hubo en la plaza siete ú ocho de á caballo; estuvieron 
esperando que los enemigos saliesen, é como vieron que tardaban en salir, 
sospechando que se recelaban, hicieron que se volvían, pero ellos, con 
miedo que á la vuelta serían alanceados, como solían, se pusieron por las 
paredes y azuteas de las casas, el número de los cuales era infinito, y 
como los de á caballo revolvían á los enemigos, tenían de lo alto tomada 
la boca de la calle, y desta causa no podían seguir á los enemigos, porque 
desde lo alto les hacían mucho daño y desta manera fueron forzados á 
retraerse, de que los enemigos tomaron grande ánimo para encarnizarse 
en ellos, aunque iban tan sobre aviso, que cuando revolvían los de á ca¬ 
ballo, se acogían adonde no rescibían daño, el cual, como rescibían grande 
los de á caballo, desde lo alto, se vinieron retrayendo más que despacio, 
llevando heridos dos caballos, lo cual dió ocasión á Cortés á que, como 
después diré, les armase una brava celada. 

En el entretanto, no quiero callar lo que en este día hizo Hernando 
de Osma, el cual, estando confrontados los indios tlaxcaltecas con los 
mexicanos, yendo los unos contra los otros, sobre los terrados de las ca¬ 
sas, que estaban muy juntas, y viendo que los mexicanos hacían retraer 
á los tlaxcaltecas, diciéndoles palabras afrentosas, no pudiéndolo sufrir, 
se salió de entre los españoles, que estaban en la calzada peleando con 
los demás, sin que fuese sentido ni haber dado dello noticia al General. 
Pasó á nado, armado, una acequia bien honda, y metiéndose en una casa, 
por el humero della, que salió bien tisnado, salió arriba; topó luego con 
un Capitán mexicano, que traía espada y rodela; hubo con él su batalla, 
á vista del exército español, sin poderle socorrer ninguno de los nuestros; 
hirióle tres ó cuatro veces, y al cabo le mató de una estocada, que era la 
que ellos no sabían tirar. Con esto los tlaxcaltecas tomaron grande ánimo, 
revolvieron sobre los mexicanos, yendo por Capitán delante dellos Her¬ 
nando de Osma, el cual fué causa que aquel cuartel de los tlaxcaltecas 
venciese á los mexicanos y que se les aguase el contento que habían res- 
cebido de haber retirado los de caballo é herirles los caballos. Aíaravi- 
lláronse mucho, y con razón, estando una acequia tan honda en medio, ver 
tan de repente español sobre sus azoteas, y así decían que aunque mo¬ 
rían los cristianos como ellos, que parescían más espíritus que hombres. 




7 i8 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO CLXXVIII 

DE LO QUE OTRO DÍA HIZO CORTÉS, PONIENDO CELADA Á LOS ENEMIGOS, É 

DE LO QUE HALLARON LOS ESPAÑOLES EN UNA SEPOLTURA, Y DE LO MUCHO 

QUE LA CELADA ATEMORIZÓ Á LOS MEXICANOS 

Vuelto Cortés á su real, quedando los enemigos en alguna manera 
ufanos de lo pasado, para urdirles una celada, hizo luego mensajero á 
Gonzalo de Sandoval, para que antes del día viniese donde él estaba, con 
quince de á caballo de los que entre él y Pedro de Alvarado tenían. San¬ 
doval vino antes que amanesciese con los de á caballo, é Cortés tenía ya 
de los de Cuyoacan veinte y cinco, que por todos hacían cuarenta. A los 
diez dellos mandó que luego por la mañana saliesen con toda la otra gente 
y que ellos y los bergantines fuesen por la orden pasada á combatir, 
derrocar y ganar todo lo que pudiesen, y que él, cuando fuese tiempo de 
retraerse, iría allá con los treinta de á caballo. Díxoles que pues sabían 
que estaba gran parte de la ciudad ganada, que cuanto pudiesen siguiesen 
de tropel á los enemigos hasta encerrarlos en sus fuerzas y calles de agua, 
y que allí se detuviesen peleando con ellos hasta que fuese hora de re¬ 
traerse, y que él y los treinta de á caballo pudiesen, sin ser vistos, meterse 
en celada en unas casas grandes de la plaza. Los españoles lo hicieron 
así; pelearon muy como tales, retrayendo á los enemigos hasta do Cortés 
les había dicho, é allí peleando los entretuvieron. 

Cortés salió de su real poco después de la una de mediodía, entró en 
la ciudad, puso los treinta de á caballo en aquella casa, y él, para asegurar 
el negocio, se subió en la torre alta, como solía, y en el entretanto que se 
hacía tiempo de darles señal, algunos de los españoles abrieron una se- 
poltura. Hallaron en ella, en cosas de oro, más de mili y quinientos cas¬ 
tellanos. 

Venida la hora de retraerse. Cortés mandó á los suyos que muy repor¬ 
tados y con mucho concierto lo hiciesen y que los de caballo se estuviesen 
retraídos en la plaza; hiciesen que acometían y que no osaban llegar, y 
que esto hiciesen cuando viesen que había mucha gente alderredor de la 
plaza y en ella. Los de la celada estaban ya deseando que se llegase la 
hora, porque tenían deseo de señalarse y eran todos personas de cuenta 
y estaban ya cansados de esperar. Cortés se metió con ellos, por gozar 
de tan buena caza, é ya se venían retrayendo por la plaza los españoles 
de pie y de caballo y los indios amigos, que habían entendido la balada. 

Los enemigos venían con tantos alaridos, como si ya fueran señores 
de la victoria, que parescía que hundían el mundo. Los de á caballo hi¬ 
cieron que arremetían tras ellos por la plaza adelante, é por cebarlos mejor 
de golpe se tornaron luego á retraer. Hicieron esto dos veces, de que los 
enemigos tomaron tanto ánimo que en las ancas de los caballos les ve¬ 
nían dando con las macanas, é así con toda furia se metieron en el ma- 





LIBRO QUINTO.—CAP. CLXXIX 


719 


tadero, porque gran número dellos entró por la calle donde estaba la 
celada. Estonces Cortés y los compañeros, como vieron pasar tanta gente 
y luego oyeron disparar un escopeta, que tenían por señal, salieron con 
gran furia, apellidando: “¡Sanctiago, y á ellos!”, y como tan de súbito 
se vieron los enemigos salteados de .tantos de caballo, embazaron. Cortés 
y los suyos alancearon muchos principales, derrocaron é atajaron infini¬ 
tos, para que los indios amigos que estaban avisados los tomasen. 

Hicieron, así los nuestros como los tlaxcaltecas, grande estrago en los 
mexicanos, porque los tenían en la plaza, la parte donde mejor podían 
andar los caballos y donde ellos más acorralados estaban. 

Fué esta montería muy de ver á los que de alto la miraban, y muy 
provechosa á los indios amigos, porque ninguno fué sin un brazo ó una 
pierna al hombro, para cenar aquella noche. Murieron en esta celada 
más de seiscientos de los enemigos, los más principales, esforzados y 
valientes. Fué tan grande el espanto y admiración de los que quedaron 
vivos y de los demás que lo vieron ó no pudieron socorrer, que en toda 
aquella tarde no alzaron cabeza, enmudesciendo como si no tuvieran len¬ 
gua, ni se osaron asomar en la calle ni en azotea donde no estuviesen 
muy seguros. 


CAPITULO CLXXIX 

CÓMO PRIMERO QUE LOS NUESTROS SE RETRAXESEN, LOS ENEMIGOS INVIARON 
ESPÍAS Y LOS NUESTROS LAS TOMARON, Y DE LO QUE SE SUPO DE UNA 
SEÑORA MUY PRINCIPAL QUE JOAN RODRÍGUEZ BEJARANO PRENDIÓ, É LO 
QUE DE CIERTOS INDIOS SE ENTENDIÓ 

Ya que era casi de noche, que los nuestros con esta victoria se iban 
retrayendo, los principales de la ciudad mandaron á ciertos esclavos su¬ 
yos, que lo más desimuladamente que pudiesen mirasen si los nuestros 
se retraían ó qué hacían, é como se asomaron por una calle, barruntando 
los nuestros lo que era, arremetieron diez ó doce de á caballo y siguié¬ 
ronlos de manera que ninguno se les escapó, de que los de la ciudad que¬ 
daron muy corridos y escarmentados de no inviar á otros, é de lo uno 
y de lo otro cobraron tanto temor que nunca más, en todo el tiempo que 
duró la guerra, no osaron entrar en la plaza para ir en alcance contra los 
de pie ó contra los de á caballo, ni cuando se retiraban ni cuando hacían 
que huían, aunque fuese uno solo el que viesen, ni jamás osaron salir 
á los indios amigos, creyendo que de entre los píes se les había de levantar 
otra celada; y esta de este día con tanta victoria y buen subceso fué bien 
principal causa para que la ciudad más presto se ganase, porque los na¬ 
turales della rescibieron mucho desmayo, y los nuestros y sus amigos 
doblado ánimo, especialmente con lo que de una señora muy principal 
supieron, que Joan Rodríguez Be jarano, peleando muy como valiente, 
entrando por fuerza en una casa fuerte de un señor, sacó del patio prin- 


720 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


cipal della, y trayéndola á Cortés, haciéndole él todo regalo y buen tra¬ 
tamiento, porque luego se supo que era muy principal, le dixo que no 
tuviese miedo, ni estuviese con pesar, porque los españoles trataban muy 
bien á las mujeres, aunque fuesen madres ó hijas de sus enemigos, ó ca¬ 
sadas con ellos, porque el hombre que en mujer ponía las manos era 
más afeminado que la mujer, y que pues era señora, y á la calidad de 
su persona no era dado mentir, debaxo de todo secreto le pedía le des¬ 
cubriese qué pensamiento tenía Guautemuza y los demás principales de 
su ciudad, y qué manera tendría si no quisiesen darse y venir en amis¬ 
tad con él, para acabarlos de vencer, y que si le decía lo que acerca desto 
sentía y sabía, le haría toda merced y la pondría en libertad, para que si 
quisiese se volviese á la ciudad, ó después de tomada, la casaría con algfin 
español é que haría todo lo que ella le pidiese. 

Ella, como era señora, y estando presa vió el regalo con que Cortés la 
trataba y la honra que le hacía y que no le había dicho amenazas, baxados 
los ojos, sacando del pecho un templado sospiro, le dixo: “Gran señor, no 
puedo, aunque parezca que ofendo á mi patria, dexar de agradescerte mu¬ 
cho la honra que me haces, pudiéndome tener por tu esclava; en reconos- 
cimiento de lo cual, te diré todo lo que siento y he visto, para que veas lo 
que te conviene hacer, y si te fuere bien dello, acordarte has de hacerme las 
mercedes que te pidiere. Muchos y los más han estado y están de parescer 
de dársete, aunque con algunos buenos subcesos le han mudado, pero 
Guautemuza y sus deudos y otros principales, por no desagradarle, han 
estado y están muy duros, determinados de morir primero que rendirse. 
Ya muchos pelean contra su voluntad é todos comienzan á padescer gran 
nescesidad de comida; vales faltando la munición, é otrosí, están discor¬ 
des entre sí. Conviene, si no se te dieren, que creo no darán, les aprietes 
sin cesar por todas partes y tengas tomados todos los pasos por donde 
de comida ó de agua ó de munición se puedan proveer. Han levantado 
casas de madera, porque les vas asolando las de tierra; pegarles has 
fuego, ó cortarás los palos sobre que se fundan, y aunque no duermas, 
de día y de noche los fatiga, porque con la hambre, que ya comienzan á 
padescer, y con los sobresaltos de noche, no dormirán y desta suerte no 
se podrán defender. Hete dicho lo que siento, así como porque soy se¬ 
ñora y no tengo de mentir, como porque veo la poca razón de Guautemuza 
y que los de mi linaje son contrarios de su parescer.“ 

Alucho se holgó Cortés con esta repuesta. Regalóla y acaricióla mu¬ 
cho, mandando que todos la tratasen con mucho respecto y se le diese lo 
que hubiese menester, encargando á las mujeres españolas que hiciesen lo 
mismo é la tuviesen consigo', de que ella rescibió gran contento, é vino 
después á decir otras muchas cosas que sabía. Tomó Cortés su consejo é 
aprovechó mucho, porque quiso Dios, para que su nombre fuese conos- 
cido de gente tan ciega, que del monte (como dicen) saliese quien el monte 
quemase. E porque este capítulo no sea más largo que los otros, diré en el 
siguiente lo que resta. 








721 




LIBRO QUINTO.—CAP. CLMT.X 


CAPITULO CLXXX 

DO SE PROSIGUE LO QUE RESTA DEL PASADO 

En este día, aunque hubo tanta victoria, no hobo desmán notable con 
que se aguase, ecepto que al tiempo que los de la celada salían se encontra¬ 
ron dos de á caballo é cayó el uno de una yegua en que iba, la cual se fue 
derecha á los enemigos y ellos la flecharon, é muy herida, como vió la 
mala obra que le hacían, se volvió á los nuestros y aquella noche murió. 
El caballero caído peleó muy como diestro en aquel menester, aunque 
pesó mucho á los nuestros por la muerte de la yegua, porque los caballos 
é yeguas eran los que daban la vida, por lo mucho que con ellos se hacía, 
aunque el pesar no fué tan grande porque murió entre los nuestros, ca se 
pensó muriera en poder de los enemigos, por haberse ido á ellos, los cuales 
como de cualquiera cosa pequeña, cuanto más desta, haciendo fiesta y re¬ 
gocijo, dieran pena á los nuestros. 

Los bergantines y las canoas de los amigos hicieron grande estrago, 
rompiendo por las canoas y piraguas de los enemigos, é mataron tantos 
dellos sin rescebir daño notable, que mucha del agua estaba tinta en 
sangre. 

Con este subceso tan próspero, bien alegre, como era razón, se re¬ 
cogió Cortés á su real, é pasada una hora de la noche, las centinelas to¬ 
maron dos indios de poca suerte, que de su voluntad se venían al real 
á que los tomasen; lleváronlos delante de Cortés, el cual los amedren¬ 
tó, preguntándoles sí eran espías. Ellos le dixeron que no, sino que 
eran unos pobres hombres que salían de noche á pescar por entre las 
casas de la ciudad é que andaban por la parte que della los cristianos tenían 
cegada, buscando leña, hierbas y raíces que comer. Cortés, así por lo que 
la señora había dicho, como por la manera de hablar déstos, entendió 
que no venían con malicia; preguntóles si tenían hambre; respondiéronle 
que muy grande y que ella los había forzado á meterse por entre sus 
enemigos; de adonde dixo bien el Cómico: “Dura espada es la nescesi- 
dad'\ Cortés les mandó dar luego de comer, aunque ni á él ni á los suyos 
sobraba. Mirábanse el uno al otro, como maravillados de que el Capitán 
de sus enemigos les hiciese tan buena obra cual ellos á sus amigos apenas 
hicieran. Preguntóles Cortés cómo estaban los de la ciudad; respondié¬ 
ronle que con muy gran nescesidad de comida, pero que muy determi¬ 
nados de morir primero que darse, y que por horas iba cresciendo la 
hambre. 

Pesó mucho á Cortés de que teniendo los de la ciudad dentro de su 
casa un tan bravo enemigo, quisiesen también tener por enemigos los es¬ 
pañoles, poniéndolos el enemigo de casa en tanta flaqueza, que no pu¬ 
diesen pelear con los de fuera: tanto puede una ciega porfía y obsti¬ 
nación. 


46 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


722 

Entendido esto, Cortés mandó llamar á los Capitanes con quien prin¬ 
cipalmente consultaba los negocios de guerra; díxoles lo que con los 
indios había pasado é cómo conformaba con lo que aquella señora había 
dicho. Espantáronse mucho de la ciega determinación de los mexicanos, 
é aunque quisieran que conoscieran cuán bien les estaba el mudar pares- 
cer, viendo que era ya por demás, dixeron á Cortés que no perdiese punto 
de apretarlos cuanto fuese posible, pues lo más estaba hecho, hasta aca¬ 
barlos ó ponerlos en término que, aunque les pesase, se diesen. Cortés, 
viendo que no podía hacer otra cosa é que no era razón de perder más 
tiempo, dexó ordenado aquella noche lo que luego de mañana se había de 
hacer. 


CAPITULO CLXXXI 

CÓMO CORTÉS AL CUARTO DEL ALBA DIÓ SOBRE LOS ENEMIGOS, PONIENDO 
PRIMERO ESPÍAS, Y CÓMO DERROCÓ CON LOS BERGANTINES MUCHOS DE 
LOS TABLADOS QUE TENÍAN HECHOS 

Con esta determinación, siguiendo el parescer de aquella señora, acor¬ 
dó Cortés de entrar al cuarto del alba é hacer todo el daño que pudiese é 
que los bergantines saliesen antes del día. Cortés con quince de á caballo 
y ciertos peones españoles é algunos amigos entró de golpe, habiendo 
puesto primero ciertas espías, las cuales, siendo de día, estando puesto 
él y los suyos en celada, le habían de hacer señal de salir, é fué así que, 
viendo la señal, dió sobre infinita gente, pero como eran de aquellos mi¬ 
serables que salían á buscar de comer, los más venían desarmados, y en¬ 
tre ellos algunas mujeres y muchachos, pero con todo esto, sin poderlo 
evitar, se hizo gran daño en ellos, y el mismo por doquiera que iba de la 
ciudad, tanto que de presos y muertos pasaron de ochocientas personas. 
Hacía Cortés esto por ver si apretándolos tanto, vendrían á lo bueno. 

Los bergantines, como estonces soplaba el viento y era hora desacos¬ 
tumbrada, hicieron más daño, porque como iban á vela y remo, con la 
furia é írapitu grande rompían por los tablados, dando con ellos en el 
agua, donde, con la pesadumbre de la madera é con el acudir de los ber¬ 
gantines que atrás venían, se ahogaban los más. En éstos no hubo cuenta, 
porque como quedaban debaxo del agua, no se podían contar. Tomaron 
otra gente mucha é muchas canoas que andaban pescando, en las cuales 
hicieron grande estrago los Capitanes y las otras personas principales de 
la ciudad. Viendo andar á los nuestros á hora tan desacostumbrada, que¬ 
daron tan espantados como de la celada pasada, diciendo que los cris¬ 
tianos, aunque comían y bebían como ellos, no se sabían cansar ni debían 
de dormir, pues al tiempo que todos los hombres del mundo reposan, 
velaban é trabajaban ellos, é así ninguno osó salir á pelear, y desta ma¬ 
nera los nuestros todos se volvieron al real con mucha presa y manteni¬ 
miento para los indios amigos. 





LIKRO QUINTO.—CAP. CLXXXII 


723 


CAPITULO CLXXXII 

CÓMO CORTÉS TORNÓ OTRO DÍA AL COMBATE Y CÓMO SE ACABÓ DE GANAR 
LA CALLE DE TACUBA, É QUEMÓ LAS CASAS DE GüATEMUZA Y LO DEMÁS 

Otro día de mañana tornó Cortés á entrar en la ciudad, é como ya 
los indios amigos veían la buena orden que Cortés y los suyos llevaban, 
y como el negocio estaba ya puesto en términos de que, según lo que ha¬ 
bían visto, no podía dexar de subceder prósperamente, acudieron de los 
de fuera tantos en favor é ayuda de Cortés, que no se podían contar, y 
de cada día venían casi sin cuento, de suerte que casi ya estorbaban [más] 
que ayudaban: tanto era el odio y enemistad que á la tiranía del imperio 
mexicano tenían; y con verse así los mexicanos oprimir y que ninguno ve¬ 
nía que no fuese su enemigo, porfiaron tanto que hasta ser asolados no 
dieron muestra de arrepentimiento de su porfía y endurescimiento, dicien¬ 
do que rindiéndose á los españoles, perdían su libertad (y desto paresce 
ahora lo contrario) y que dándose á los tlaxcaltecas é á otros, desta suerte 
hacían gran vileza y poquedad, é que más querían que después de muertos 
en la guerra, ó de hambre, sus enemigos los comiesen, pues no lo habían 
de sentir, que verse vivos en poder de aquellos á los cuales ellos manda* * 
ban y de los cuales habían sido tan reconoscidos y respectados. 

Finalmente, aquel día acabó Cortés de ganar toda la calle de Tacuba 
y de adereszar los malos pasos della en tal manera que los del real de 
Alvarado se podían comunicar por la ciudad con los del real de Cortés. 
Ganáronse otras dos puentes en la calle principal que iba al mercado: ce¬ 
góse muy bien el agua é quemó Cortés las casas del Rey y señor Guaute- 
muza, subcesor de Motezuma, y quemándolas, según eran grandes é reales 
(aunque convenía así) rescibió Cortés y muchos de los suyos gran pena, 
porque arruinaron el más bravo y soberbio edificio que había en este Nue¬ 
vo Mundo. 

Era Guautemuza estonces de edad de diez é ocho años hasta veinte (i), 
de donde se entenderá el invencible ánimo que en tan tierna edad tenía 
y el poco que en tanta prosperidad Motezuma mostró, aunque algunos 
lo atribuyen á prudencia, ofresciéndosele casos en que si la pusilanimidad 
y flaqueza de ánimo no fueran naturales, fuera prudencia mostrar ánimo 
y coraje, efectos de fortaleza. 

Eran las casas no menos fuertes que grandes y hermosas, porque es¬ 
taban cercadas de agua y las murallas eran muy gruesas, y fuertes, y 
así se hizo mucho y fué de grande efecto ganarlas, porque en ellas se 
fortalescían mucho los enemigos y dellas ('’') habían hecho gran daño. 

Ganáronse otras dos puentes de otras calles que iban cerca desta del 
mercado; cegáronlas muy bien, é así cegaron otros muchos pasos, de ma¬ 
nera que de cuatro partes de la ciudad, ya los nuestros tenían ganadas 

(i) Al margen: “Quautimoc, de 20 años.” 

(*) Mejor: “desde ellas.” 




724 CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 

las tres, y así los enemigos no hacían sino retraerse hacia lo más fuerte, 
que era las casas que les quedaban en el agua, porque los tablados no 
los hallaban tan buenos, por la gran fuerza con que los bergantines los 
derrocaban. Con todo esto, viéndose los enemigos ir de ^vencida y que 
cada día se apocaban, ó con la rabia de la muerte, ó por las causas que 
tengo dichas, sacando fuerzas de flaqueza, se defendían bravamente, con¬ 
tra los cuales se señalaron este día casi todos los Capitanes, así los del 
agua, como los de tierra, creo que porque ya vían la presa en las manos, 
y que por no dexarla les convenía, aunque quedasen algunos allí (que no 
quedaron) hacer todo su deber, dando buen fin y remate á lo que hasta 
estonces habían trabajado. 

CAPITULO CLXXXIII 

CÓMO OTRO DÍA CORTES GANÓ Á LOS ENEMIGOS UNA GRAN CALLE É DE CÓMO 
REVOLVIERON SOBRE CORTÉS Y DE LO QUE DECÍAN Á LOS INDIOS AMIGOS 

Otro día siguiente, que fué día del Apóstol Sanctiago, tornó Cortés 
á entrar en la ciudad por la orden que antes, siguió por ia calle grande 
que iba á dar al mercado, ganó una calle muy ancha, de agua, en que los 
enemigos tenían gran confianza y pensaban tener toda seguridad, y así se 
tardó gran rato en ganar y no con poco peligro y sin pocas heridas de la 
una parte y de la otra, y como era tan ancha no se pudo acabar de cegar, 
de manera que los de á caballo pudiesen pasar de la otra parte, é como 
estaban todos á pie y los de la ciudad vieron que los de á caballo no ha¬ 
bían pasado, vinieron de refresco con gran furia sobre los nuestros m.u- 
chos dellos y muy lucidos (que aún no habían acabado de perder su anti¬ 
gua gallardía). Hiciéronles rostro los nuestros, que tenían consigo copia 
de ballesteros, y como los indios vieron tanta resistencia é que les iba mal 
en la refriega, dieron vuelta á sus albarradas y fuerzas, donde se hicieron 
fuertes, aunque muchos dellos primero que á ellas llegasen, cayeron 
muertos con las xaras que llevaban en el cuerpo. Fueron de gran provecho 
en esta refriega y en otras las picas que los españoles de pie llevaban, las 
cuales Cortés había mandado hacer después que lo desbarataron, porque 
como los que las jugaban eran diestros dellas, hacían á veces más daño 
que los escopeteros. 

Aquel día lo que restó del pelear se empleó todo en quemar y allanar 
las casas que de la una parte y de la otra había, cosa (como tengo dicho, 
y Cortés escribe en su Relación) lastimosa de ver, ca en pocos días, con 
grande estrago de sus moradores, se vió quemada y asolada, y lo que era 
agua hecho tierra, la más grande, la más insigne y poblada ciudad deste 
Nuevo Mundo, pero no se podía hacer otra cosa, aunque con todo este tan 
grande estrago, estaban en su obstinación, tan porfiados y duros, que 
animándose los unos á los otros, decían á los indios amigos y mortales 
enemigos suyos: ^‘Quemad, talad y destruid edificios y casas de tantos 




LIBRO QUINTO.-CAP. CLXXXIV 


725 

años, que nosotros os haremos que las tornéis á hacer de nuevo y mejores, 
porque si nosotros vencemos ya vosotros sabéis que esto ha de ser así, 
pues lo tenéis entendido del imperio y subjección que sobre vosotros 
hemos tenido, y si los cristianos vencieren también las habéis de hacer 
para ellos'', y desto postrero plugo á Dios que saliesen verdaderos, aun¬ 
que los mexicanos han sido los que principalmente las han edificado con 
harto provecho y adelantamiento suyo, pagándoles su trabajo. 

Otro día, luego de mañana, volvió Cortés á la ciudad, y llegado á la 
calle del agua que había cegado el día antes, hallóla de la manera que la 
había dexado. Pasó adelante dos tiros de ballesta, ganó dos acequias gran¬ 
des de agua, que tenían los enemigos rompidas en lo sano de la misma 
calle, y llegó á una torre pequeña de sus ídolos, y en ella halló ciertas 
cabezas de los cristianos que habían muerto y sacrificado, que pusieron 
harta lástima á los nuestros, porque allí muchos conoscieron á sus amigos 
y se les refrescaron las llagas. Desde aquella torre iba la calle derecha, 
que era la misma donde Cortés estaba, á dar á la calzada del real de San- 
doval, é por la mano izquierda iba otra calle á dar al mercado, en la cual 
ya no había agua, excepto una que defendían los enemigos, é aquel día 
no pasó Cortés de allí, pero él y los suyos pelearon mucho, aunque los ene¬ 
migos llevaron lo peor. 

Volvióse Cortés con esto, sin hacer otra cosa, porque la noche sobre¬ 
venía, aunque habían peleado tanto que aunque volvieran más temprano 
lo habían bien menester. 

CAPITULO CLXXXIV 

CÓMO ALVARADO GANÓ CIERTAS TORRES CERCA DEL MERCADO, Y EL PELIGRO 
EN QUE SE VIERON LOS DE Á CABALLO, Y LO QUE CORTÉS HIZO 

El otro día siguiente, estando Cortés apercibiéndose para entrar en la 
ciudad, á las nueve horas del día, vió desde su real que salía humo de 
dos torres muy altas que estaban en el Tlatelulco ó mercado de la ciudad. 
El humo era mucho y mayor harto del que solía salir cuando los indios 
incensaban á sus dioses y les hacían sacrificios. No podía Cortés pensar 
qué fuese, y así estuvo vacilando un rato y echando diversos juicios con 
los que con él estaban. Les pareció á todos (y fué así) que Pedro de Al- 
varado y su gente debía de haber subido á aquellas torres; é cierto, aquel 
día Pedro de Alvarado y los suyos se señalaron grandemente, porque 
paresce que pelearon más que por hombres, ca quedaban muchas puente^ 
y albarradas por ganar, é siempre acudía á las defender toda la mayor 
parte de la ciudad, é como vió Alvarado que por la parte de Cortés le 
españoles iban estrechando á los enemigos, trabajó cuanto pudo por aven¬ 
tajarse y entrar al mercado, donde tenían toda su fuerza, diciendo á los 
suyos que en aquel día y de aquella vez habían de ganar todos inmorta’ 
fama y nombre si de tal manera ponían el pecho al negocio, que, ó queda- 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


\ 


726 


sen muertos, ó saliesen con él, y que era muy justo que, pudiendo, se 
aventajasen á los de Cortés, pues querer y procurar exceder á otros en 
virtud y valentía era cosa loable. Con haber, pues, hecho más que nunca, 
no pudo llegar más de á vista del mercado y ganarles aquellas torres y 
otras muchas que estaban junto al mismo mercado. En lo alto de las dos 
mandó hacer fuego, para que Cortés y los suyos entendiesen adónde ha¬ 
bía llegado, y para dar dolor y pesar á los de la ciudad y desmayarlos 
para no proseguir más en su defensa. 

Los de caballo en esta victoria, aunque pelearon como Cides, se vie¬ 
ron en gran aprieto y trabajo, tanto que les fué forzado retirarse, y al re¬ 
traerse les hirieron tres caballos, y con tanto se volvieron, y Alvarado con 
ellos, á su real. 

Peleó Cortés como siempre, ganó algunos pasos y no quiso aquel día 
ganar una puente y calle de agua que solamente quedaba para llegar al 
mercado, ocupándose tan solamente en cegar y allanar los malos pasos, 
diciendo que jamás le acaecería otra como la pasada, é que, á trueco de 
un día más, quería asegurar el juego, llevando las espaldas seguras con 
dexar todo lo de atrás fixo, como convenía. Al retraerse, le apretaron 
reciamente los enemigos, aunque fué bien á su costa, porque mataron 
muchos dellos. Despartiólos la noche, que venía, porque todavía esta¬ 
ban tan emperrados, que las muertes de los primeros no fueran parte para 
hacer volver las espaldas á los segundos: tanto ciega el rancor y deseo de 
venganza. 


CAPITULO CLXXXV 

CÓMO CORTÉS ENTRÓ EN LA PLAZA Y ALVARADO, POR OTRO CAMINO, VINQ’ 
Á ELLA, Y DEL PLACER QUE LOS UNOS CON LOS OTROS RESCIBIERON, Y 
CÓMO CORTÉS, DE PIEDAD, ENTRETUVO EL COMBATE 

Otro día entraron los Capitanes lo más de mañana que pudieron en 
la ciudad, y como no había por la parte que Cortés iba qué ganar, sino 
una traviesa de calle con agua, con su albarrada, que estaba junto á una 
torrecilla, comenzóla á combatir, é un su Alférez é otros dos españoles 
se echaron al agua, y hallando poca resistencia, pasaron de la otra parte, 
porque los contrarios desampararon aquel fuerte, que pudieran por buena 
pieza defender, y se retiraron la ciudad adentro. Cortés se detuvo en 
cegar aquel paso de su espacio y adereszarle de manera que los de á ca- 
bailo pudiesen salir y entrar por él á su salvo. Estando haciendo esto, llegó 
Pedro de Alvarado por la misma calle con cuatro de á caballo. No se pue¬ 
de decir (y así lo escribió Cortés) el placer que los unos con los otros res- 
cibieron, así por haber hallado camino, sin pensarlo, cómo el un real se 
comunicase con el otro, como porque aquel camino era el más breve y 
más seguro para acabar de dar conclusión en la guerra y á negocio tan 
importante y tan bien porfiado. 




I 






LIBRO QUINTO.—CAP. CLXXXVI 727 

Dexó Pedro de Alvarado recaudo de gente á las espaldas y lados, 
así para su defensa, como para conservar lo ganado, y como luego se 
adereszó el pasó. Cortés, con algunos de á caballo, se fué á ver el mer¬ 
cado, mandando á la gente de su real que en ninguna manera pasase ade¬ 
lante hasta que él dello diese aviso, y después que hubo un rato andádose 
paseando por la plaza con algunos de á caballo, mirando los portales della, 
los cuales por lo baxo estaban tan vacíos como llenos por lo alto, porque 
no cabían de los enemigos, los cuales, como la plaza era muy grande é 
vían que los de á caballo eran señores della, no osaron baxar ni desde lo 
alto acometer, mirándose los unos á los otros, como esto vió Cortés, se 
subió á una torre grande que estaba junto al mercado, y en ella y en otras 
halló cabezas de cristianos é de indios tlaxcaltecas, ofrescídas y puestas 
ante sus ídolos. Rogaron allí él y los suyos por ellos, que desto entre los 
nuestros se tenía gran cuidado. Miró Cortés desde aquella torre ó cu que 
Pedro de Alvarado ganó, lo que tenían ganado de la ciudad, que era de 
ocho partes las siete. 

Era esta torre ó cu la principal de lo que se dice el Tlatelulco, y en 
la cual Francisco Montado, Alférez de Pedro de Alvarado, con gran 
peligro de su persona, subió la bandera, con que grandemente animó 
á los que le siguieron, y así fué parte para que luego Alvarado ga¬ 
nase el Tlatelulco. 

Viendo, pues. Cortés que tanto número de enemigos no era posible 
sufrirse en tanta angostura, especialmente que aquellas casas que les 
quedaban eran pequeñas y puestas cada una dellas en el agua, y que por 
las calles y en el agua había montones de cuerpos muertos, sin in¬ 
finitos que en sus casas tenían escondidos, cuyo hedor fué tan pestilen¬ 
cial que mató á muchos, y que la hambre que padescían era insufrible, 
porque por las calles hallaban los españoles roídas las raíces y cortezas 
de los árboles, determinó de no combatirlos aquel día ni aun otros y ofres- 
cerles algún partido por donde no peresciese tanta multitud de gente. 

CAPITULO CLXXXVI 

DE LO QUE CORTÉS INVIÓ Á DECIR Á LOS DE LA CIUDAD Y DE LO QUE ELLOS 

RESPONDIERON 

Muchas veces (según paresce de lo dicho) había Cortés convidado con 
la paz é con otros muchos medios para tenerla con los mexicanos, é aun¬ 
que todas ellas se las negaron, siempre deseó y procuró de buscar me¬ 
dios nuevos para no ponerlos en el estrecho y trabajo en que ya los 
tenía, el cual ellos procuraron por sus manos, pues á sabiendas y como 
desesperados, siendo tan amable la vida y tan aborrescible la muerte, 
querían más morir que vivir. Ya, pues, que por su culpa los tenía puestos 
en tanta estrecheza, que en ninguna manera podían dexar, ó de morir á 
cuchillo, ó de hambre, ó venir las manos puestas pidiendo perdón, y pa- 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


728 

resciéndole que si no eran más indómitos y fieros que tigres, la gran nes- 
cesidad en que estaban los había de compeler á mudar propósito, les invió 
los mensajeros más elocuentes y facundos que pudo hallar, para que, aun¬ 
que la verdad desnuda pudiera moverlos, adornada de elegantes palabras 
y modo de decir, los moviese más fácilmente. 

Llegados los mensajeros, saludaron al Rey Guautemucin é á los otros 
señores principales que con él estaban. Suplicáronles que pues venían á 
tratar con ellos negocio de gran peso y el mayor que se les podía ofres- 
cer, que los oyesen con muy gran atención y cuidado y que no respon¬ 
diesen luego hasta que hubiesen pensado bien la repuesta, pues della, 
siendo buena, ó mala, pendía el no volver ellos más con otra embaxada. 

La suma de lo que dixeron, prometiendo Guautemucin de oirlos, fué 
la que se sigue, porque, como son verbosos, decirlo todo daría fastidio. 
''Gran señor, en quien el imperio mexicano ha subcedido, y vosotros, 
Príncipes, señores y caballeros de la Corte imperial de Culhúa: En nom¬ 
bre del invencible y bien afortunado Cortés, os saludamos. Díoeos por 
nosotros que ya sabéis las muchas veces que con la paz os ha rogado, 
y que como siempre la habéis negado, así os ha ido de mal en peor, hasta 
casi estar vuestra ciudad echada por el suelo, vuestros innumerables ve¬ 
cinos muertos y vosotros puestos en tan gran aprieto, que, porfiando, ó 
de hambre, que ya padescéis estrechísima, ó de la furia y saña de vues¬ 
tros contrarios los cristianos, no podéis escapar vivos. Ruégaos muchO; 
condolesciéndose de vuestro trabajo, que volváis sobre vosotros, y que 
pues tenéis tiempo, uséis dél, ca no es valentía, sino temeridad, faltando 
toda esperanza de vencer, porfiar los hombres en querer morir. Dice 
Cortés que si ahora os dais, que os tratará, no como á sus enemigos y 
tantas veces rebeldes, sino como á muy queridos amigos y de quien hubie¬ 
se rescebido muy buenas obras; y que si no hallardes esto ser así, podréis, 
como hombres libres, rebelaros contra él y hacer de nuevo la guerra, 
pues estáis en vuestra tierra y casas. Dice más: que no querría ya en¬ 
sangrentar su espada en vosotros, que estáis más para pedir perdón de lo 
hecho, que para pelear y tomar armas, y que pues en esto no habéis de 
perder honra, pues habéis hecho todo lo que ha sido en vosotros, y que 
todo lo demás que justo sea os lo concederá, ruégaos una y mu¬ 
chas veces que no echéis, como dicen, la soga tras del caldero, queriendo 
morir como fieras y no como hombres que usan de razón, y que él con 
esto cumple con su Dios, con su Rey, con vosotros y con sus amigos y 
vuestros, y que si así no lo quisierdes hacer, él no puede dexar de acaba¬ 
ros hasta que ninguno quede vivo. A esto, si os paresce, como al prin¬ 
cipio os suplicamos, responderéis mañana.’^ 

Guautemucin, que muy mozo y orgulloso era, aunque había estado 
bien atento, no dando lugar á más dilación ni á que los otros señores le 
contradixesen, que había muchos que lo hicieran, respondió muy enojado 
y dixo: 

Diréis á Cortés que no hable en amistad ni la espere jamás de nos- 





LIBRO QUINTO.-CAP. CLXXXVII 729 

otros, porque estarnos tan determinados de ver el fin deste negocio, 
peleando, que aunque no quede más de uno, ha de morir haciendo esto. 
Perdido hemos lo más; que perdamos lo menos, no es mucho. No que¬ 
remos vida sin libertad y sin la conversación y compañía de nuestros ami¬ 
gos y deudos que en esta guerra hemos perdido. Si muriéremos, para eso 
nascimos é iremos más presto á gozarnos con ellos, diciéndoles que los 
imitamos y hecimos lo que ellos; y también le diréis que primero que esto 
sea, todo nuestro tesoro y riquezas echaremos en el agua, donde jamás 
parezca (y así lo hicieron), porque no queremos que perdiendo nosotros 
las vidas, él y los suyos se huelguen con nuestras haciendas. Con tanto, 
os podéis ir para no volver jamás, porque será excusado pensar que ha¬ 
yamos de hacer otra cosa.'’ 

Bien mohinos y aun corridos volvieron á Cortés con la repuesta los 
mensajeros, de la cual, aunque mucho pesó á Cortés, viendo que no podía 
hacer otra cosa, determinó de proseguir el combate. 

CAPITULO CLXXXVII 

CÓMO CORTÉS MANDÓ HACER UN TRABUCO POR FALTA DE POLVORA 
Y CÓMO SE ERRÓ, Y DE LO QUE PASÓ CON LOS MEXICANOS 

Cortés entretuvo algunos días la guerra, ocupado en hacer un tra¬ 
buco, por la falta de pólvora que tenía para los tiros y escopetas, y aun¬ 
que había quince días antes tratado dello, quiso estonces ponerlo por obra, 
así porque la nescesidad de pólvora le apretaba, como porque los enemi¬ 
gos estaban tales que aunque dexase de combatirlos no podían hacerle 
daño. Llamó los carpinteros, y como no le habían hecho, cada uno ha¬ 
blaba diferentemente del otro, y aunque Cortés entendió lo que después 
fué, como le porfiaron que no se perdería nada en probarlo, consintió 
que se hiciese. Tardó en hacerse cuatro días, que fueron los que se dieron 
más de larga á los de la ciudad, para que aunque cesase el combate, la 
hambre más los afligiese. 

Hecho el trabuco, le llevaron á la plaza del mercado: sentáronle en 
uno como teatro, que estaba en medio della hecho de cal y canto cua¬ 
drado, de altura de dos estados y medio; tenía de esquina á esquina casi 
treinta pasos. Hacíanse en este asiento las fiestas y juegos de los me¬ 
xicanos, para que los representadores dellas fuesen vistos á placer de toda 
la demás gente del mercado, que era infinita. 

Puesto, pues, allí el trabuco, que tardó en asentarse tres días, salió tan 
mal acertado que espantaba los de fuera y mataba los de dentro, despi¬ 
diendo la piedra hacia atrás, habiendo de echarla adelante. Esta falta, así 
los indios amigos, como los españoles, desimularon tan bien, que asentán¬ 
dose el trabuco y después de asentado, los indios amigos amenazaban á 
los de la ciudad, diciéndoles: ''¡Ah, perros, pues queréis morir como 
venados, con este ingenio que veis os mataremos á todos y acabaremos 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


ySo 

de asolar esas pocas casas en que os hacéis fuertes! i Ea, pues, no por¬ 
fiéis tanto en vuestra nescedad; acabad, daos; que mejor es vivir que mo¬ 
rir!” Los de la ciudad respondían lo que siempre, aunque el ingenio les 
puso harto miedo y aun por él creyó Cortés que se dieran, y en todo se 
engañó, porque ni él ni los carpinteros salieron con lo que porfiaron, ni 
los de la ciudad, aunque tenían temor, movieron partido alguno ni salie¬ 
ron á los que les ofrescían; é diciendo ellos al cabo de dos ó tres días: 
'‘¿Cómo no nos matáis con ese ingenio?'^; respondían los indios amigos 
por boca de los españoles: “Porque os tenemos lástima y deseamos que 
con tiempo miréis por vosotros/^ Replicaban á esto ellos lo que otras 
veces decían : “Morir ó vencer.” 

Pasados estos días volvió Cortés á combatir la ciudad, y como había 
cuatro días que no lo había hecho, halló las calles por donde iba (cosa, 
cierto, de lástima) llenas de mujeres y niños y otra gente miserable, que se 
morían de hambre y salían traspasados é, como dicen, en los huesos, á 
buscar de comer. Cortés, que muy piadoso era, mandó á los indios amigos 
que no les tocasen, diciéndoles que no era valentía en gente tan flaca 
executar su saña. Hiciéronlo así, que no hicieran si no oyeran estas pa¬ 
labras. 

La gente de guerra no salió á pelear, antes se estuvo queda donde no 
podía rescebir daño, porque se subieron á las azoteas de sus casas, donde 
se estuvieron quedos, cubiertos con sus mantas y sin armas. Cortés eston¬ 
ces, con las lenguas y con un Escribano y muchos testigos, les requirió con 
la paz, los cuales respondían con disimulaciones, ni diciendo sí, ni diciendo 
no, gastando el día en falsos entretenimientos, lo cual, como vió Cortés, 
muy enojado, les invió á decir que pues eran tan malos y tan falsos y 
mentirosos, que él los quería combatir; por tanto, que hiciesen retraer 
aquella miserable gente, si no, que daría licencia á los indios amigos para 
que los matasen. 


CAPITULO CLXXXVIII 

DE LO QUE LOS MEXICANOS RESPONDIERON Y DEL BRAVO COMBATE 
QUE LES DIERON CORTÉS Y ALVARADO 

Los indios mexicanos, con el doblez y engaño que solían, respondie¬ 
ron se detuviese y no hiciese mal á aquella pobre gente, que ya querían 
paz. Cortés, como escarmentado de tantas, les replicó que él no vía allí 
á su Rey y señor, con quien la paz se había de tratar; que le llamasen, y 
que venido, haría todo lo que más conviniese á la paz é quietud dellos, 
los cuales hicieron como que inviaban á llamar, y muy de priesa, á Guaute- 
mucin, pero como era burla, se paresció presto, porque todos estaban 
apercebidos para pelear, y así fueron los primeros que acometieron; eno¬ 
jado Cortés de lo cual, mandó á Pedro de Alvarado que con toda su gente 
entrase por la parte de un gran barrio que los enemigos tenían, en que 







LIBRO QUINTO-CAP. CLXXXIX 


73 I 

había más de mili casas, y él entró á pie por otra, porque no había es¬ 
pacio donde los caballos anduviesen, Dixo á los suyos: ''¡Ea, amigos, 
acabemos ya con estos perros, que tantas nos han hecho y con quien,, 
como fieras, no vale razón! Echemos ya este negocio á un cabo ó aca¬ 
bemos aquí todos, que ya no hay quien lo sufra.'’ Fué el intento de 
Cortés estrechar á los enemigos cuanto pudiese, para hacerlos venir, si 
posible fuese, á que todos no acabasen. 

Hubo por la una parte y por la otra tan bravo y recio combate y tan 
gran resistencia en los contrarios, que por muchas horas, duró más 
que otro alguno, con tanto derramamiento de sangre y tantas muertes, 
especialmente de los mexicanos, que á porfía se metían por las espadas, 
que las calles y el agua, todo, nadaba en sangre. 

Señaláronse este día muchos de los españoles é muchos de los tlaxcal¬ 
tecas, que no parescían hombres, sino iras del cielo. Ganaron los nuestros 
todo aquel barrio, aunque con gran trabajo y muchas heridas, porque 
peleaban con desesperados y con hombres que no deseaban más que mo¬ 
rir, vengando cuanto pudiesen sus muertes. Cortés, por su parte, los 
arrinconó mucho, haciendo en ellos horrible y espantoso estrago. Final¬ 
mente, fué tan grande la mortandad que se hizo en ellos, que muertos y 
presos, pasaron de doce mili hombres, con los cuales los tlaxcaltecas é los 
otros indios amigos usaron de tanta crueldad, que por ninguna vía, á nin¬ 
guna suerte de persona, mujer, niño ó viejo, daban la vida, aunque Cor¬ 
tés y los otros Capitanes más los reprehendiesen y castigasen, respon¬ 
diendo que aquéllos eran sus mortales y antiguos enemigos y que mataban 
á todos porque ni hubiese mujeres dellos que pariesen ni criasen, ni que 
en ninguna manera pudiesen ser provechosas, y que los niños no habían 
de crescer ni vivir para ser tan malos como sus padres, y que los vie¬ 
jos no hacían menos mal con los consejos que los mozos con las armas, 
y que por esto era bien que dellos no quedase memoria, y cierto, aunque 
decían esto, la causa principal era su condisción natural ser tan vengati¬ 
vos y tan poco inclinados á perdonar, que por muy pequeñas causas hay 
entre ellos mortales enemistades, no condolesciéndose los unos de los 
otros, aunque los vean en extrema nescesidad, bastante prueba, dexada 
la ley cristiana, que á lo contrario nos obliga, de mujeril y afeminado 
ánimo, vil y ajeno de toda grandeza y nobleza de hombres dignos de tai- 
nombre. 


CAPITULO CLXXXIX 

CÓMO OTRO DÍA CORTÉS VOLVIÓ Á LA CIUDAD 
Y DE CÓMO LOS ENEMIGOS LE LLAMARON, Y DE LO QUE LE DIXERON 

Otro día siguiente tornó Cortés á la ciudad; mandó á los suyos que 
en ninguna manera peleasen ni hiciesen mal á los mexicanos, ios cuales, 
como vieron tan gran multitud de gente sobre sí y conoscieron que sus 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


732 

mismos vasallos á quien ellos solían mandar los venían á matar, y los 
habían puesto y ponían en tan estrecha nescesidad cuanta mayor no podía 
ser, pues asolada ya casi toda su ciudad, no tenían donde poner los pies, 
sino sobre los cuerpos muertos de los suyos, decían y clamaban: “Habed 
ya, cristianos, é vosotros, nuestros naturales (aunque mortales enemigos) 
misericordia de nosotros; despenadnos ya y sacadnos de tanta desventu¬ 
ra; acabadnos ya; quitadnos la vida, porque la muerte es mejor que ella/^ 

Dichas estas palabras, ciertos principales dellos á mucha priesa roga¬ 
ron á ciertos españoles que más cerca estaban que en todas maneras les 
llamasen á Cortés, porque le querían hablar, é como todos los españoles 
deseaban que ya aquella guerra se concluyese y tenían gran lástima del 
mal que aquéllos padescían, holgaron mucho de ir á llamar á Cortés, 
pensando que ya querían paz. 

Llegados los españoles do Cortés estaba, con mucho contento le ro¬ 
garon é importunaron se llegase á un albarrada donde estaban ciertos 
principales que con grande ansia le deseaban hablar, el cual, aunque sabia 
que había de aprovechar poco su ida, determinó de ir, así por complacer 
á los que se lo importunaban, como porque no dixesen que no hacía todo 
lo que era en sí para atraer á sus contrarios, aunque estaba cierto que en 
el señor y en otros tres ó cuatro principales estaba y había de estar la 
endurescida porfía, porque la otra gente, muertos ó vivos, deseaban ya 
verse fuera de allí. 

Llegado, pues, al albarrada, dixéronle los indios principales, que pues 
ellos le tenían por hijo del sol, y el sol con tanta brevedad como era un 
día y una noche daba vuelta á todo el mundo, que por qué él así, bre¬ 
vemente, no los acababa de matar y los despenaba, porque aunque la 
muerte siempre la habían huido, como á cosa tan aborrescible y temerosa, 
ahora la amaban y deseaban mucho más que la vida cuando estaban en 
su prosperidad, y que ya entendían que podía ser tan mala la vida que 
fuese peor la muerte, y que pues ellos viviendo morían, le suplicaban, si 
como decían era clemente y piadoso, que en todo caso muy presto los 
acabase, porque ellos se querían ir al cielo con su dios Vchilobus (este 
era el principal ídolo que ellos adoraban) que los estaba allá esperando 
para darles descanso y agradescerles mucho haber muerto en su servicio, 
ceguera, cierto, lastimosa y digna de llorar. 

Cortés á estas palabras les respondió muchas cosas, desengañándolos 
del error en que estaban; ofrescióles mucha amistad, gran tratamiento 
y la libertad que quisiesen; y ninguna cosa aprovechó, tanto puede el 
demonio, viendo en los nuestros más muestras y señales de paz que jamás 
ningunos vencidos mostraron, con ser ellos, por la bondad de Dios, siem¬ 
pre vencedores. 





r 


LIliRO QUINTO.—CAP. CXC 733 

CAPITULO CXC 

CÓMO CORTÉS INVIÓ UN PRINCIPAL MEXICANO QUE TENÍA PRESO Á LA CIU¬ 
DAD^ Y DE LO QUE LE DIXO QUE HICIESE, É CÓMO LOS SUYOS LE SA¬ 
CRIFICARON 

Puestos, pues, los enemigos en el extremo que tengo dicho, como es¬ 
taban tan determinados de morir, imaginaba Cortés cómo podría apar¬ 
tarlos de tan mal propósito, y así, revolviendo consigo muchas cosas, halló 
que era bien inviarles una persona muy principal que dos ó tres días 
antes había preso en el combate, un tío de Don Fernando, señor de Tez- 
cuco, para que éste, como persona tan señalada y á quien respectarían 
y darían todo crédicto, les persuadiese á que mudasen parescer, é así 
como lo pensó, lo llamó, al cual dixo: '‘Yo sé que tú eres caballero y 
de los más principales de la ciudad; estás mal herido; hante curado por 
mi mandado, porque así lo tenemos los cristianos de costumbre, espe¬ 
cialmente con las personas tan principales como tú; en mi poder estás, 
para hacer de ti lo que quisiere; yo quiero, por que veas que no preten* 
demos más que vuestra amistad, que tú escojas lo que más quisieres, ó 
estarte con nosotros en la libertad y autoridad que tenías en tu ciudad, ó, 
aunque no estás bien sano, volverte á ella con algunas cosas que yo te 
daré; é si esto último quieres, hasme de dar la palabra, como caballero, 
de hacer lo que yo te rogare.'’ 

El prisionero se alegró mucho con lo que Cortés le dixo, y como el 
amor de la patria puede tanto, le dixo que la una merced y la otra eran 
muy grandes y que cada una dellas le obligaban á morir por él. cuanto 
más á hacer lo que le mandase, é que pues le daba á escoger, que él que¬ 
ría volver á la ciudad con los suyos, donde había nascido, y que en lo 
demás le daba su palabra, como caballero, é por sus dioses inmortales 
prometía, de hacer con toda fidelidad lo que le mandase. 

Entendido esto por Cortés, le dixo: “Lo que te ruego mucho que ha¬ 
gas es que cuando te veas con Guautemucin le digas el tratamiento que yo 
te he hecho, y pues vees que no pueden escapar de morir, si no se dan 
por nuestros amigos, le persuadas cuanto pudieres se dexe de porfiar 
más, porque yo le dexaré tan gran señor como ahora es, porque yo no 
pretendo más que su amistad. Cata aquí ropas ricas y plumajes que lle¬ 
ves, para que con verdad puedas decir lo bien que contigo lo he hecho, 
é irán contigo de mis soldados hasta ponerte donde Guautemucin está." 

Tornó á replicar el prisionero que aquello él lo haría, por lo bien que 
les estaba y porque él se lo mandaba, y que antes de dos días después 
dél llegado sabría la fidelidad con que él lo hacía. Con esto se despidió bien 
alegre y bien acompañado. 

Los españoles le entregaron á los de la ciudad, los cuales lo res- 
cibieron con mucho acatamiento, como á persona tan señalada; lleváronle 
luego delante de Guautemucin, su señor, y como en su presencia co- 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


734 

tnenzó á tratar el buen tratamiento que había rescebido y á decir cuán 
bien sería que se tratase de paz, Guautemucin, muy enojado, no dexándole 
pasar adelante con su razón, le mandó luego sacrificar; de manera que él, 
que quiso más volver á su Patria y tan herido, que quedar con tan buen 
tratamiento entre los extraños, murió por hacer el deber, queriendo lo 
que no quisiera, si supiera lo que escogía. Con esto, la repuesta que die¬ 
ron fué venir con grandes alaridos, diciendo que no querían sino morir, 
tirando contra los nuestros muchas varas, piedras y flechas, peleando tan 
bravamente que mataron un caballo con un dalle que uno traía, hecho 
de una espada de las nuestras, pero, al cabo, les costó caro, porque mu¬ 
rieron muchos dellos. 


CAPITULO CXCI 

CÓMO OTRO DÍA ENTRÓ CORTÉS EN LA CIUDAD, Y DE LO QUE DIXO Á CIERTOS 
PRINCIPALES DELLA Y DE LO QUE ELLOS, LLOR/iNDO, LE RESPONDIERON 

Otro día Cortés tornó á entrar en la ciudad, é ya estaban los enemigos 
tales, que á los indios amigos no se les daba nada de quedarse á dormir 
en la ciudad. Llegado, pues. Cortés á vista de los enemigos, no quiso pe¬ 
lear con ellos, sino andarse paseando por la ciudad, porque tenía creído 
que cada hora se habían de salir della y venirse donde los nuestros es¬ 
taban, y por más inclinarlos á ello, se llegó cabalgando cabo una albarrada 
que tenían bien fuerte. Llamó á ciertos principales que estaban detrás, 
á los cuales él conoscía; díxoles que pues se vían tan perdidos y cónos- 
cían que, si él quisiese, en un hora no quedaría ninguno vivo dellos, que 
por qué no venía á hablarle Guautemucin, su señor, que él prometía de 
no hacerle mal ninguno, é que queriendo él y ellos venir de paz, que se¬ 
rían dél muy bien tratados y que cobrarían todo 10 que por su culpa habían 
perdido, y que estuviesen ciertos que esto sería así, porque era costumbre 
muy antigua entre los Capitanes españoles cumplir la palabra que diesen, 
é que pues el señor, como ellos decían, su enemigo, tenía tanta lástima 
dellos, que era más razón que ellos la tuviesen de sí, pues con sólo querer 
paz (que no solamente los hombres, pero los brutos animales, en su gé¬ 
nero, siempre conservan), vendrían á tener todo lo que deseaban. Es¬ 
tas y otras muchas razones les dixo Cortés, con que los provocó á 
muchas lágrimas, y así, llorando, le respondieron que bien conoscían su 
yerro y perdición é que ellos querían ir á hablar á su señor; que no se 
fuese de allí, porque presto volverían con la repuesta. 

Cortés holgó mucho desto, aunque quedó dubdoso si Guautemucin 
vendría ó no. Los indios volvieron desde á un rato; dixéronle que por¬ 
que ya era tarde su señor no venía, pero que otro día á mediodía ven¬ 
dría, sin dubda, á hablarle en la plaza del mercado. Creyólo Cortés, porque 
se lo dixeron con gran vehemencia, mostrando gran contento de venir 
con aquella respuesta. 






LIBRO QUINTO.-CAP. CXCII 


733 

Volvióse Cortés con los suyos al real, é para que Guautemucin y 
aquellos señores entendiesen lo mucho que deseaba su amistad y lo mucho 
en que los tenía y deseaba honrar, proveyó luego que para otro día, que 
en aquel cuadrado alto que estaba en medio de la plaza donde se puso el 
trabuco, se adereszase un estrado el más sumptuoso que ser pudiese, como 
los indios señores lo acostumbraban, donde Guautemucin y los otros 
señores se asentasen, é por que no faltase nada, entendiendo que no les 
había sobrado la comida, mandó se adereszase muy bien de comer. Hízose 
todo, para en aquel tiempo bien espléndidamente. 

CAPITULO CXCII 

CÓMO CORTÉS SALIÓ Á LO PUESTO É GUAUTEMUCIN NO VINO, É DE LO QUE 

INVIÓ A DECIR É CORTÉS RESPONDIÓ, Y DE LAS DEMÁS COSAS QUE PA¬ 
SARON 

Otro día de mañana fué Cortés á la ciudad, avisando primero á la 
gente que estuviese apercebida, porque si los de la ciudad tuviesen tra¬ 
tada alguna traición, debaxo de paces, no los tomasen descuidados, y lo 
mismo mandó avisar á Pedro de Alvarado, que todos habían de ir juntos, 
aunque por diferente partes, á dar asiento en aquel negocio. 

Como Cortés llegó al mercado invió á decir á Guautemucin cómo le 
estaba esperando, el cual, como inconstante y mudable (como los más de 
su nación), aunque Rey, había mudado propósito, determinando de no ir. 
pero por no hacer clara fealdad, invió á Cortés cinco muy principales 
señores, que Cortés de nombre y comunicación bien conoscía, los cuales, 
de parte de Guautemucin, le dixeron que en todas maneras le perdonase 
porque no venía, que tenía mucho miedo y empacho (palabras naturales 
de los indios) de parescer delante dél, y que también estaba mal dis¬ 
puesto, y que ellos estaban allí. Esto dixeron aquellos señores de su 
parte, que viese lo que mandaba, porque ellos lo harían con toda vo¬ 
luntad; é aunque el señor no vino, holgó mucho Cortés que aquellos 
señores viniesen, porque paresció que habría camino de dar presto con¬ 
clusión á lo que él tanto deseaba. 

Rescibiólos con muy alegre semblante, honrólos mucho, mandólos sen¬ 
tar en aquel estrado, hízoles dar luego de comer y beber, en lo cual mos¬ 
traron bien el deseo y nescesidad que dello tenían; y después de haber 
comido les dixo que hablasen á su señor y le dixesen que pues á ellos 
había rescebido con tanta voluntad y se había holgado con ellos, que qué 
haría con él; por tanto, que no se excusase con decir que tenía temor, 
porque él le prometía de no hacerle ningún enojo, ni decirle cosa que le 
pesase, sino antes darle todo contento y placer, y que pues sin su pre¬ 
sencia no se podía dar asiento en cosa, que le porfiasen á que viniese. 
Acabado de decir esto, les mandó dar algunas cosas de refresco que 
llevasen para comer, los cuales se despidieron de Cortés, haciéndole gran¬ 
des promesas de procurar que en todas maneras su señor viniese. 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


736 

Contaron á Guautemucin todo lo que había pasado, dicronle el re¬ 
fresco que llevaban; volvieron desde á dos horas, traxeron á Cortés cier¬ 
tas mantas de algodón ricas é dixéronle que en ninguna manera Guauíe- 
mucin su señor vendría ni pensaba venir y que era excusado hablar más 
en ello. 

Cortés, replicando, dixo que él no sabía la causa por qué Guautemu¬ 
cin tanto se recelaba de venir ante él, pues vía que á ellos, que él sabía ha¬ 
ber sido los principales causadores de la guerra y que la habían sustentado, 
les hacía tan buen tratamiento, dexándolos ir é venir tan seguros y sin 
rescebir enojo; por tanto, les rogaba tornasen á hablar á Guautemucin é 
cargasen mucho la mano en suplicarle de su parte viniese y como Rey 
cumpliese su palabra, pues á él y á ellos les convenía y les iba el todo en 
hacerlo y él no ahincaba por otra cosa que por su provecho. Ellos le res¬ 
pondieron que así lo harían é que de suyo le dirían otras muchas cosas 
é que otro día volverían con la repuesta, é así se fueron y también Cor¬ 
tés á su real. 


CAPITULO CXCIII 

CÓMO, VOLVIENDO AQUELLOS SEÑORES, DIXERON Á CORTES SE VINIESE Á VER 
CON GUAUTEMUCIN, É DE CÓMO VOLVIÓ Á FALTAR, É CÓMO CORTES COM¬ 
BATIÓ UNAS ALBARRADAS É DE LA GRAN MATANZA QUE EN LOS ENEMIGOS 
HIZO 

Otro día, bien de mañana, aquellos señores vinieron al real de Cortés; 
dixéronle que se fuese á la plaza del mercado de la ciudad, porque su se¬ 
ñor quería venir á hablarle allí. Cortés, aunque tantas veces burlado, en¬ 
gañándose con el gran deseo que tenía de verse con Guautemucin, cre¬ 
yendo que fuera así, cabalgó para allá. Estúvole esperando más de cuatro 
horas y nunca quiso venir ni parescer ante él, é como vió la burla y que 
ya se hacía tarde y que ni los señores de Guautemucin venían, invió á 
llamar á los indios amigos, que habían quedado á la entrada de la ciudad, 
casi una legua de donde él estaba. Habíales mandado que no pasasen de 
allí, porque los de la ciudad le habían pedido que para hablar en las paces 
no querían que ninguno dellos estuviese dentro, y como estaban á pique, 
hechos ya á la presa, no tardaron nada, ni tampoco los del real de Alvara- 
do, y como todos llegaron, díxoles Cortés: Ea, tiacanes (que quiere decir 
'‘valientes’’), pues estos perros no quieren paz, démosles guerra!” Con 
esto comenzó á combatir unas albarradas y calles de agua que tenían, por¬ 
que ya no les quedaba otra mayor fuerza. Entróles Cortés y los indios 
amigos, é al tiempo que Cortés salió de su real, dexó proveído que Gonza¬ 
lo de Sandoval entrase con los bergantines por la otra parte de las casas 
donde los enemigos se hacían fuertes, por manera que estuviesen cerca¬ 
dos, y habíale avisado que no los combatiese hasta que viese que él los 
combatía. 

Comenzado el combate, estando los enemigos así cercados y apretados,^ 




LIBRO QUINTO.-CAP. CXCIII 


i^i 

no tenían paso por donde andar, sino por encima de los muertos y por 
las azuteas que les quedaban, y á esta causa, ni tenían ni hallaban flechas, 
ni varas ni piedras con que ofender á los nuestros. Andaban los in¬ 
dios amigos con espadas y rodelas entre los nuestros, y como estaban 
favorescidos, hacían maravillas. 

Fué tanta la mortandad que en los enemigos los nuestros y ellos hi¬ 
cieron, así por el agua como por la tierra, que aquel día pasaron de más 
de cuarenta mili hombres los muertos y presos, y era tanta la grita y 
lloro de los niños y mujeres, que no había persona á quien no quebrasen 
el corazón, especialmente á los nuestros españoles, que entre todas las 
nasciones, de su natural condisción, son más clementes y piadosos, é 
así tenían más que hacer en estorbar á los indios amigos que no matasen ni 
fuesen tan crueles, que no en pelear. 

Estaban los indios amigos tan encarnizados que fué más de fieras que 
de hombres su crueldad, tanto que por ninguna vía podían ser estorbados, 
antes, como sangrientos leones, mataban y despedazaban á los mexicanos, 
que eran sus naturales y de su ley é nasción, é así, escribiendo esto Cor¬ 
tés, dice que en ninguna generación se vió crueldad tan fuera de toda or¬ 
den de naturaleza. 

Hobieron este día gran despojo, en que los nuestros tampoco fueron 
parte para estorbárselo, porque ellos eran más de ciento y cincuenta mili 
hombres é los nuestros hasta nuevecientos, é así no bastó ningún recaudo 
ni diligencia para estorbarles que no robasen, aunque los nuestros hicie¬ 
ron todo lo posible, é una de las cosas por qué Cortés los días antes había 
rehusa/do de venir en rompimiento con los de la ciudad, era porque, to¬ 
mándolos por fuerza, habían de echar, como lo hicieron, toda su riqueza 
en el agua, y donde hasta hoy nunca ha parescido, que fué, según algunos 
dixeron, increíble, é por el estrago que los indios amigos, por robar, ha¬ 
bían de hacer en ellos, que son á hurtar tan inclinados, que á cualquier 
cosa, por chica que sea, se abalanzan; é porque ya era tarde y los nues¬ 
tros no podían sufrir el mal olor de los muertos (que era pestilencial), 
se fueron á sus reales, pesándoles de no haber hallado voluntad en Guau- 
temucin para que aquel estrago tan grande, que ellos no habían podido 
evitar, se excusase. 

Aquella tarde, que volvió temprano, proveyó Cortés que para el día 
siguiente que había de entrar en la ciudad se aparejasen tres tiros grue¬ 
sos para llevarlos por delante, porque temió que como los enemigos es¬ 
taban tan juntos y no tenían por donde se rodear, queriéndoles entrar 
por fuerza, podrían entre sí ahogar á los españoles, é quería desde afuera 
con los tiros hacerles algún daño para provocarlos á salir de allí contra 
los nuestros. Proveyó asimismo que Sandoval entrase con los bergantines 
por un lago de agua grande que se hacía entre unas casas adonde estaban 
todas las canoas de la ciudad recogidas, é ya tenían tan pocas casas donde 
poder estar, que el señor de la ciudad andaba metido en una canoa con 
ciertos señores y principales, que no sabía qué hacer de sí. 




CRÓNICA DE LA NHJEVA ESPAÑA 


738 


CAPITULO CXCIV 

CÓMO OTRO DÍA CORTÉS VOLVIÓ Á LA CIUDAD, COMO I.O TENÍA ORDENADO, 

Y CÓMO GRAN SEÑOP. QUE SE DECÍA CIGUACOACIN PIABLÓ Á CORTÉS, Y 

DE LO QUE ÉL PROVEYÓ PARA QUE LOS INDIOS AMIGOS NO HICIESEN ES¬ 
TRAGO EN LOS QUE SE DABAN 

Siendo ya de día hizo Cortés, según tenia ordenado, apercebir toda 
la gente y llevar los tiros gruesos, inviando á mandar á Pedro de Alva- 
rado que le esperase en la plaza del mercado y no diese combate hasta 
que él llegase, y estando ya todos juntos y los bergantines apercebidos, 
£ué en buen orden con todos ellos por detrás de las casas del agua, donde 
estaban los enemigos. Mandó que en oyendo soltar un escopeta, entrasen 
por una pequeña parte que estaba por ganar y echasen los enemigos al 
agua hacia donde los bergantines habían de estar á punto, avisándoles 
mirasen mucho por Guautemucin y trabajasen de lo tomar vivo, porque 
de aquéllo pendía cesar la guerra é venirse de paz otras muchas pro¬ 
vincias. 

Cortés se subió en un azotea, é antes del combate habló con algunos 
principales de la ciudad, que conoscía. Díxoles con palabras muy amo¬ 
rosas é con que mostraba condolescerse mucho de su miseria y aflicción, 
que por qué causa Guautemucin no quería venir y estaba tan rebelde en 
lo que á él y á los suyos tanto convenía; que les rogaba que antes que 
á todos los destruyese, pues se vían casi sin armas y de todas partes cer¬ 
cados, que le traxesen á Guautemucin, y de su parte le dixesen que ningún 
temor hobiese de parescer delante dél, porque le trataría muy como á 
señor, é que donde no, que mirase por sí, pues no podía vivo ó muerto 
escapar de sus manos. 

Movieron mucho estas palabras á aquellos principales, dos de los 
cuales, sin responder palabra, paresció que lo iban á llamar, é desde á 
poco volvió con ellos uno de los más principales de todos ellos, que se 
llamaba Ciguacoacin, Capitán y Gobernador de todos ellos, por cuyo con¬ 
sejo se seguían todas las cosas de la guerra. Cortés le mostró muy buen 
rostro, para que se asegurase y no tuviese temor de decir lo que quisiese, 
é al fin, después de muchas razones comedidas, dixo que en ninguna ma¬ 
nera Guautemucin vendría ante su persona, porque tenía determinado de 
morir primero que hacer otra cosa, y que á él le pesaba mucho desto, por¬ 
que no podía alcanzar otra cosa de su señor; por tanto, que hiciese lo que 
quisiese. 

Cortés, como vió esto, enojado, y con razón, le replicó: “Ahora, pues 
sois tan malos, tan rebeldes y tan sin juicio, apercebíos, que yo os quiero 
luego combatir é no dexar hombre de vosotros á vida; volveos y decid 
esto á Guautemucin.’’ Ellos se fueron, y como en estos conciertos pasa¬ 
ron más de cinco horas, é los de la ciudad estaban todos encima de los 




LIBRO QUINTO.—CAP. CXCV 739 

muertos y otros en el agua, é otros nadando é otros ahogándose en aquel 
lago donde estaban las canoas, que era espacioso, era tan grande la pena, 
miseria y trabajo que padescían, que los nuestros, sin gran tristeza, no 
los podían mirar, é así, no pudiendo sufrir el terrible hedor y el verse 
acabar, sin respecto ni miramiento idel señor, por momentos salía in¬ 
finito número de hombres y mujeres, niños y viejos hacia los nuestros, 
é por darse priesa á salir, unos á otros se echaban en el agua y se aho¬ 
gaban entre aquellos cuerpos muertos, los cuales, por haber bebido agua 
salada é padescido tan gran hambre é atosigados con el pestilencial hedor 
de los que primero morían, vinieron á ser tantos que pasaron de sesenta 
mili, é porque los nuestros no entendiesen la nescesidad en que estaban, 
ni echaban los cuerpos muertos al agua, porque los bergantines no topasen 
con ellos, ni los sacaban fuera de sus casas, porque los nuestros no los 
viesen en las calles, lo cual fué causa de que entre ellos hubiese mayor 
mortandad; é así, no pudiendo ya desimular el negocio, vinieron los 
nuestros á hallar por las calles montones de cuerpos muertos, y lo mismo 
dentro de las casas, de manera que los nuestros no tenían dónde poner los 
pies, sino sobre cuerpos muertos, é como se salía tanta gente, proveyó 
Cortés, como hombre tan piadoso y cristiano que era, que por todas las 
calles estuviesen españoles de guarda para estorbar que los indios amigos 
no se encruelesciesen y encarnizasen, como solían, en aquellos miserables. 
Lo mismo mandó á todos los Capitanes de los inidios amigos, y no se pudo 
tanto estorbar, como eran tantos los unos y los otros, que aquel día no 
matasen y sacrificasen más de quince mili. 

CAPITULO CXCV 

CÓMO CORTÉS, VISTA LA REBELDÍA DE LOS MEXICANOS, LOS COMBATIÓ, 

É CÓMO GARCI HOLGUÍN PRENDIÓ A GUAUTEMUCIN É AL GOBERNADOR Y 

DE LO QUE MÁS PASÓ 

En esto, todavía los principales y gente de guerra de la ciudad se es¬ 
taban arrinconados en las azoteas y casas que^les quedaban, que eran 
bien pocas, donde ya no les aprovechaba la desimulación ni había ya lu¬ 
gar de inventar ardides con que, estando flacos, fingiesen fortaleza, por¬ 
que ya su perdición y flaqueza estaba clara, y con todo esto, como se ve¬ 
nía la tarde y ellos no se querían dar, hizo Cortés asestar los dos tiros 
gruesos hacia ellos, para ver si se darían. Hizo esto por dos causas: la 
una por espantarlos y amedrentarlos; la otra, por hacerles menos daño, 
que le rescibieran muy grande, dando licencia á los indios amigos que les 
entrasen. 

Hicieron los tiros algún daño, pero como tan poco aprovechó, mandó 
disparar la escopeta, y en disparándola fueron acometidos por los nues¬ 
tros é tomaron y ganaron aquel rincón que tenían y echaron al agua los 
que en él estaban, y otros que quedaban sin pelear se rindieron, y los 




740 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


bergantines entraron de golpe por aquel lago, rompiendo con gran furia 
por medio de la flota de las canoas, y la gente de guerra que en ella 
estaba, turbada, confusa y desfallecida, no sabía dónde estaba ni levan¬ 
taba las manos á tomar armas, é así los de los bergantines no hicieron 
más de rendirlos. 

En esta victoria fue grande la ventura de un Capitán que se decía 
Garci Holguín, el cual, viendo que una canoa, en la cual le paresció que 
iba mucha gente de manera, y que á toda furia huía de entre las otras 
canoas, aguijó con su bergantín, que iba á vela y remos, y acercándose, 
como llevaba en la proa del bergantín dos ó tres ballesteros, mandó que 
encarasen contia los de la canoa, los cuales hicieron luego señal que no 
tirasen, porque estaba allí Guautemucin. Saltó de presto Garci Holguín 
en la canoa y luego tras dél dos ó tres compañeros; prendió á Guaute- 
niucin y á Ciguacoacin y al señor de Tacuba y á otros principales que 
con él iban. 

Estuvo muy en sí Guautemucin, mostrando semblante de muy va¬ 
liente Príncipe, contento, como después diré, de haber hecho todo lo que 
pudo. Tratóle Garci Holguín con mucho comedimiento, costumbre de 
los españoles cuando rinden á sus contrarios, porque conoscen (como ello 
es) ser varia la fortuna de la guerra y que el que hoy vence puede maña¬ 
na ser vencido, lo que muchos, ciegos con la prosperidad presente, no 
consideran. 


CAPITULO CXCVl 

CÓMO GARCI HOLGUÍN LLEVÓ PRESO Á GUAUTEMUCIN Á CORTÉS 
Y DE LO QUE ENTRE LOS DOS PASÓ 

Muy alegre, como era razón, y muy acompañado, así de indios ami¬ 
gos como de españoles, Garci Holguín llevó á Guautemucin delante de 
Cortés á un azotea donde estaba, que era junto al lago. Iban con Guaute¬ 
mucin otros señores muy principales presos, que en su rostro y semblante 
mostraban más pesar de ver á su señor preso que de irlo ellos. 

Cortés le rescibió con alegre rostro, no mostrándole riguridad de ven¬ 
cedor. Mandóle asentar á par de sí, é primero que le hablase palabra, le¬ 
vantándose Guautemucin, le dixo muy reportado y con gran ánimo: 
‘invencible y muy venturoso Capitán: Hasta este punto yo he hecho 
todo lo que de mi parte era obligado para defender á mí y á los míos 
contra tu gran poder. Si mis dioses ó mi fortuna, ó tu Dios, que debe 
ser muy poderoso, me han sido contrarios, no tengo yo la culpa, de que 
estoy muy contento. En tu poder me tienes, tu prisionero soy, haz de mí 
á tu voluntad^’, é poniendo la mano en un puñal que Cortés traía, le 
dixo que la mayor merced que le podría hacer sería matarle con aquel pu¬ 
ñal, porque él iría muy descansado donde estaban sus dioses, á rescebir 








LIBRO QUINTO-CAP. CXCVII 


741 


dellos la honra y gloria que su firmeza merescia, especialmente habiendo 
muerto á manos de un tan famoso Capitán. 

Cortés, que tan piadoso era como sabio, desimulando el sentimiento 
que de la mudanza de fortuna con tan gran señor en su pecho sentía, le 
dixo: ‘'Muy valiente y poderoso Rey: No es de fuertes y valerosos Ca¬ 
pitanes, cuando son vencidos por otros, pedir la muerte, que tanto, no 
solamente los hombres, pero los brutos animales procuran evitar, y es¬ 
tonces los valientes caballeros la han de tener en poco cuando, ó no la 
pueden excusar, ó, viviendo, quedan afrentados. Tú has hecho el deber 
y no tienes tú culpa, sino tu fortuna, y así, no te tendré yo en menos, 
siendo vencido, que si fueras vencedor. Por tanto, alégrate y no desmayes, 
que más te quiero vivo que muerto y el tiempo te dirá lo bien que yo te 
he querido.^' 

Mucho se alegró Guautemucin con estas palabras, porque mostró 
luego otro semblante, y como así le vió Cortés, le rogó que desde aquella 
azotea hiciese señal á los suyos que se diesen. El lo hizo con mucha vo¬ 
luntad, y ellos, que serían hasta setenta mili, dexaron las armas, aunque 
ya estaban tales, según tengo dicho, que poco ó nada se podían apro¬ 
vechar dellas; é así preso este tan gran señor, cesó luego la guerra de 
México, con grande espanto de los de la ciudad y maravilla de todos los 
de la comarca. 


CAPITULO CXCVII 

EN QUÉ DÍA SE TOMÓ MÉXICO Y CUÁNTO DURÓ EL CERCO DELLA, Y DE LA 
MEMORIA QUE HOY SE HACE DE SU VICTORIA, Y DE OTR.\S COSAS 

Tomóse México martes, día de Sant Hipólito, trece de Agosto del año 
de mili y quinientos y veinte é uno. Duró el cerco hasta este día, que fué 
(según escribe Cortés) desde treinta de Mayo del mismo año, setenta y 
cinco días, é muchos conquistadores dicen que pasaron más de ochenta. 
Sea lo uno ó lo otro, lo que consta y está claro de lo pasado, es el gran 
trabajo que los nuestros tuvieron, los peligros y desaventuras que tu¬ 
vieron, la porfía y tesón que hubo en los unos y en los otros, donde los 
españoles mostraron sus personas tan aventajadamente como atrás queda 
dicho, aunque en la antigua España no faltaron émulos, como los tienen 
todos los claros hechos, que dixeron no haber hecho mucho Cortés y los 
suyos en haber conquistado hombres desnudos; y vino á tanto la envidia 
déstos, que dixeron haber peleado con gallos de papada, habiendo hecho la 
más memorable y hazañosa hazaña que tantos por tantos hicieron en e! 
mundo, porque decir, aliende de otros grandes bienes, el que hicieron en 
abrir puerta para dar á la Corona Real de Castilla tantos reinos y señoríos 
como hay en las tres partes del antiguo mundo, sería nunca acabar. 

Edificaron luego los nuestros una iglesia, en memoria y comemora- 
ción de aquella tan insigne y nunca oída victoria, á Sant Hipólito, en 



742 CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA i 

aquella parte y lugar donde saliendo los nuestros de Aléxico, murieron 
dellos más de seiscientos, á la mano derecha de la calzada, saliendo de la 
ciudad, aunque, como tengo atrás dicho, donde los más murieron, que es 
un poco antes en la misma calzada, un conquistador edificó una ermita. 

Ambos templos están hoy en pie, aunque mal reparados. 

Acostumbra casi desde estonces el Regimiento y Cabildo desta ciudad 
sacar el estandarte la víspera deste sancto y el día siguiente por la ma¬ 
ñana, con la mayor pompa y autoridad que puede; sácanle los Regi¬ 
dores por su orden, aunque por merced particular de Alférez, le sacó I 

una vez Rodrigo de Castañeda. Acompáñaiile el Visorrey, Audiencia, Ar¬ 
zobispo y Obispos que al presente se hallan, con todas las demás personas . 

principales de la ciudad. Sácanle de las casas de Cabildo é vuélvenle á f 

ellas. Hay misa cantada y sermón aquel día, é yo he predicado algunas 
veces. 

Tuvo Cortés sobre Aíéxico, cuando menos, docientos mili hombres 
de indios amigos, y de españoles cuando más nuevecientos, ochenta ca¬ 
ballos, diez é siete tiros de artillería, trece bergantines y seis mili canoas. 

Aíurieron de los españoles hasta cincuenta, y seis caballos, y de los in¬ 
dios amigos, para ser tan grande el número, no muchos. De los con- i 

trarios murieron más de docientos mili, porque no había cuento con los i 

que mató la hambre y pestilencia. 

Notaron los nuestros una cosa no digna de olvidar, que los recién 
muertos hedían y después no hacían gusanos, tanto que como carne mo¬ 
mia se enxugaban en muy breve, de manera que tomando á uno por el ¡j 

pie le levantaron entero, como si fuera hecho de cañahexas. La causa ^ | 

desto se cree que era el comer poca carne ó ninguna, sino era la que de 
cuando en cuando comían de los que sacrificaban, porque de la de los ' 

suyos siempre se abstuvieron, su cotidiana comida era tortillas y agi, co- 
mida muy enxuta y que engendraba pocos humores, y caer los cuerpos f > 

sobre tierra salitrosa. Aíurieron muchos nobles, porque fueron los que « 

más porfiaron. Bebían ruin agua, mas no de la salada, porque es peor que 
la de la mar. Dormían entre los muertos, de cuyo hedor inficcionados | | 

morían luego, inficcionando á otros. | 

No menos que ellos porfiaron las mujeres, queriendo morir con sus 
maridos y padres, tiniendo en poco la muerte, después de haber trabajado 
en servir los enfermos, curar los heridos, hacer hondas y labrar piedras ' 

para tirar. Peleaban como romanas, desde las azoteas, tirando tan recias ' 

pedradas como sus padres y maridos. * 

Aíandó Cortés que así españoles como indios saqueasen la ciudad. 

Los españoles tomaron el oro, plata y plumas, y los indios la otra ropa * 

y despojo, que fué en gran cantidad, y mandó en lugar de luminarias, 
señal de pública alegría, hacer grandes fuegos en las calles y plazas, y , 

fueron tan grandes que estaba la ciudad tan clara como de día. I 

Aprovecharon mucho tantos y tan grandes fuegos para purificar el ¿ 

aire, que con el hedor de tantos muertos encalabrinaba á los nuestros.. 







LIBRO QUINTO.—CAP. CXCVIII 743 

Enterraron los muertos como mejor pudieron, herraron algunos hombre? 
y mujeres por esclavos, con el hierro del Rey; en México fueron pocos, 
y asimismo en todo el tiempo que Cortés gobernó, porque volviendo Mon- 
tejo de España con el hierro del Rey, hizo junta en Sant Francisco, de 
letrados, é cuanto pudo estorbó no.se hiciesen esclavos, y á esto (como 
escribe) se halló presente Fray Toribio Motolinea. 

CAPITULO CXCMII 

CÓMO CORTÉS MANDÓ GUARDAR LOS BERGANTINES, Y DE LOS PRONÓSTICOS 
QUE PRECEDIERON DE LA DESTRUICIÓN DE MÉXICO 

Hecho esto, mandó Cortés varar los bergantines en tierra, poniendo 
en goarda dellos á Villafuerte con ochenta españoles para que indios no 
los quernasen, é á toda priesa mandó hacer unas atarazanas donde hasta 
hoy día están guardados y tan buenos y tan enteros como estonces. 

Tiene hoy la tenencia destas atarazanas y fuerza el Alcaide Bemardino 
de Albornoz, que también es Regidor de México, y en estas y otras cosas 
se detuvo Cortés cuatro ó cinco días, y después pasó el real á Cuyoacan. 
Allí acudieron los señores y principales de las provincias que se habían 
hallado en el cerco y toma de México; vinieron muy de fiesta, dieron la 
norabuena á Cortés, alegrándose con su buen subceso; dixéronle muchas 
palabras de amor, ofresciéndose para cuando en otra cosa fuesen me¬ 
nester. 

Cortés, que muy alegre estaba (que cierto no hay cosa que más con¬ 
tento haga al Capitán que la victoria de sus enemigos) los abrazó uno 
á uno, y después á todos juntos les dixo que les tenía en gran merced, 
así lo que por él habían hecho, como la voluntad con que de nuevo se 
le ofrescían, é que así él miraría de ahí adelante por sus personas y 
estados como por sus cosas proprias, y que estuviesen ciertos de que 
procuraría cuanto en él fuese con el Emperador y Rey, su señor, de fa- 
vorescerlos, para que señores y vasallos, todos de ahí adelante viviesen 
muy contentos, libres de toda opresión y tiranía. Con esto les dixo que 
se fuesen á sus tierras, pues al presente no había en qué le pudiesen ayu¬ 
dar, porque la guerra era acabada, é que cuando la hobiese los inviaría 
á llamar. Con tanto, se despidieron casi todos muy contentos de lo que 
Cortés les había dicho y porque también iban ricos del despojo y ufanos 
en haber destruido á México, que tan aborrescible les era. 

No son de callar los pronósticos que uno ó dos años antes predescie- 
ron ("*■') de la ruina y destruición de tan grande y tan temida ciudad, 
prueba grande de la variedad é inconstancia de la fortuna, que jamás 
sabe [estar] mucho tiempo en un ser (i). 

En aquel año que México se ganó oyeron aquellos vecinos dél algunas 

(*) Así en el Ms. En el epígrafe del eapítulo “precedieron’'. 

(i) vd/Pronósticos. ” 



744 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


noches gemir y llorar con muy grandes sospiros y gritos, y esto de la 
media noche abaxo. Despertaban los vecinos despavoridos é oían las vo¬ 
ces lamentables é no hallaban á quien las daba, de que tenían gran con- 
goxa é gran recelo de ló que después subcedió. Vieron en el mismo año 
muchas cometas en el cielo, que venían de hacia oriente é gran cantidad 
de mariposas, langostas y palomas torcazas que pasaban de vuelo hacia 
el ocidente, cosa bien nueva á los mexicanos; y en este mismo año pa- 
resce que, por remate y fin desta tan dañada religión, hubo más sacrificios 
que muchos años de los de atrás. Subcedió asimismo, que es lo más 
horrible y espantoso, que, viniendo unos indios, grandes hechiceros, de 
hacia la costa de la mar Océano que se dice Guatusco, hicieron delante 
de Motezuma muchas maneras de juegos nunca vistas, y entre otras se 
cortaban los pies y las manos, que parescia muy claro correr la sangre y 
estar apartados los miembros cortados de los otros, y los juntaban luego 
como si nunca los hubieran cortado, é Motezuma, por ver si era ilusión ó 
que realmente era lo que parescia, mandó luego tomar de aquellos miem¬ 
bros y echarlos á cocer en agua hirviendo é que luego se los diesen, para 
ver si los juntaban como de antes. Desto se enojaron é agraviaron mucho, 
diciendo que les daba mal pago por los servicios que le habían hecho, mas 
que ellos se verían vengados por gente extraña y nunca vista y que él 
perdería el imperio y cuando menos catase vería la laguna tinta en sangre 
y sus casas quemadas y asoladas; con esto se fueron. Rióse Motezuma, 
pero levantándose una mañana, trayéndole agua á manos, desde un co- 
rredorcillo donde se solía lavar, vió la laguna y acequias coloradas como 
la sangre y muchas cabezas, manos, pies y brazos cortados de indios; 
atemorizóse mucho, acordándose de lo que los hechiceros le habían di¬ 
cho, y con grande espanto é voces llamó á la gente de su guardia para 
que viesen lo que él había visto é vía, é venidos no vieron nada más de 
á su señor extrañamente turbado y con mayor pena que antes, en que 
no viesen los demás lo que él había visto. Quedó tal de allí adelante que 
de ninguna cosa rescibía contento; invió á llamar á toda furia á los he¬ 
chiceros; excusáronse cuanto pudieron, creyendo que Motezuma los 
mandara matar, pero al fin porfiados y asegurados con buenas palabras y 
dones, vinieron, y aunque quisieran darle algún contento, no pudieron, 
por ser las señales de suyo tan horrendas y espantosas. Dixéronle que 
en aquel año habría grandes guerras en su ciudad, con gentes nuevas, de 
extraño traje y vestidura, é que de la una parte y de la otra se derramaría 
mucha sangre, é por no desconsolarle y desmayarle más, callaron el triste 
subceso que este pronóstico mostraba. Mandóles Motezuma por esto rele¬ 
var los tribuctos que pagaban por toda su vida y hízoles mercedes de 
mucha^ cantidad de ropa é joyas ricas, con que ellos fueron tan alegres 
como él quedó triste y congoxoso. 






LIBRO SEXTO 


CAPITULO' I 

DE UN EXTRAÑO CASO QUE Á MOTEZUMA ACAESClÓ ESTANDO DETERMINADO 
DE SALIRSE DE MÉXICO 

Como Motezuma andaba ya con tan gran cuidado y tan sin contento 
por lo que había visto, entendiendo que en él se había de acabar el imperio 
mexicano, trataba consigo mismo muchas cosas, unas contrarias de otras, 
persuadiéndose unas veces que aquellos pronósticos habían de ser en su 
favor, é como el corazón le daba siempre lo contrario, desmayaba, é para 
no verse en tan grandes males, determinó de ausentarse, y para hacerlo 
de manera que de nadie fuese conoscido ni sentido, á la media noche 
se metió en una recámara donde tenía todas sus riquezas. Desnudóse sus 
ropas é vistióse un cuero de hombre, que ellos solían curar para vestirse 
{los que habían sido valientes y hecho cosas señaladas) en sus areitos y 
bailes; púsose un collar de oro con mucha pedrería, é tomó un báculo de 
palo, con ciertos cascabeles al cabo, que solían traer sus papas, é un 
encensario en la otra mano, con brasas y encienso (que llaman copal). 
Desta manera salió sin ser sentido, tomando el camino de la calzada 
de Chapultepeque; no se sabe para do iba, más de que iba llorando y 
dando grandes sospiros, volviendo el rostro de rato en rato hacia la ciudad 
de México, sintiendo grandemente los males en que se había de ver. 

En el entretanto el demonio, que no quería que IMotezuma se ausen¬ 
tase de la ciudad, acordó de aparescerse á un indio, pobre pescador, que 
andaba con una canoa pequeña buscando mariscos, y estando cansado de 
andar en este exercicio, se echó á dormir sobre la misma calzada, é á 
media noche lo comenzó el demonio á llamar por su nombre, Quahutin: 
díxole que dexase de dormir é viniese luego á su llamado. Despertó el 
indio, é como oía la voz é no vía quién le llamaba, temió mucho y no 
osaba levantarse ni ir hacia donde le llamaban; el demonio le tornó á 
llamar más recio, diciéndole no temiese, que era uno de sus dioses y el 





CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


746 

gran dios y su señor, y que si no venía le mataría luego. El indio se animó; 
fué hacia do el demonio estaba; no se sabe qué figura tomó, mas de que 
le dixo: '"Yo te tengo escogido para que me hagas un gran servicio, por 
tanto, sé hombre para ello, que yo te haré grandes mercedes. Motezuma 
ha de venir por aquí disfrazado y solo, que no le conoscerás; abrázate con 
él, llámale por su nombre y dile que adónde va, y procura de hacer que se 
vuelva, diciéndole que Vchilobos está muy enojado y te mandó que cuan¬ 
do de su voluntad no volviese, le volvieses por fuerza, ó dieses mandado 
á los mexicanos.'' El indio dixo que así lo haría. El demonio se despidió, 
é de ahí á poco, aunque hacía grande obscuridad, el indio devisó á Mo- 
tezüma, é ya que llegaba donde él tenía la canoa, le salió al camino; 
abrazólo fuertemente é díxole: ‘‘¿Dónde vas, Alotezuma, que dexas la 
ciudad desamparada, huyendo como cobarde?; vuélvete, que el Rey y 
Emperador como tú no ha de hacer tan gran vileza; no dexes á los tuyos, 
pues ellos no te dexan á ti; ten corazón y no hayas miedo de las gentes 
extrañas que vienen, que en tu casa y reino estás; espera 3^ anima á los 
tuyos, que placiendo á nuestros dioses, tendrás victoria." 

Motezuma se espantó mucho, porque yendo tan desconoscido le co- 
nosciesen y llamasen por su propio nombre y dixesen su pensamiento. 
Rogó al indio le dixese cómo se llamaba y quién le había dicho su nombre 
y pensamiento. El indio no curó de responderle á esto; porfióle se volviese 
á su casa y que en ella le diría lo que pasaba; finalmente, pudo tanto, 
aunque resistía m.ucho IMotezuma, que le hizo volver, é metidos en la 
recámara, le contó muy por extenso lo que el demonio le había dicho y 
manda)do. Motezuma, viendo que por ninguna otra vía podía ser conos- 
ddo y que era aquella la voluntad de Vchilobos, determinó de esperar lo 
que viniese; dió al indio las jo}^as y plumas que llevaba, mandándole que 
otro día volviese á su casa, y que, so pena de la vida, de lo que había pa;: 
sado, no diese cuenta á nadie, porque luego sería descubierto, pues lo ha¬ 
bía sido él saliendo más secreto. El indio calló per muchos días. 

Volvió luego otro día á casa de Motezuma, hablóle á solas, llamándole 
primero Motezuma, porque le conosció ; cargóle de mucha ropa, y de po¬ 
bre hombre le hizo caballero rico. Déste descienden hasta hoy ciertos in¬ 
dios principales que viven en el barrio de Sant Joan de México. 


CAPITULO II 

DE LA DILIGENCIA QUE PUSO-CORTÉS EN SABER DEL TESORO DE MÉXICO, 

Y DE OTRAS COSAS 

Tomada la ciudad (según dicho es) y cumplidos los pronósticos de su 
destmición. Cortés 3’' los suyos con toda diligencia procuraron saber, así 
del tesoro, que valía más de sietecientos mili ducados, que á la sazón 
que salieron de México habían perdido, como del que Motezuma y otros 






LIBRO SEXTO.—CAP. II 


747 


señores y los ídolos tenían; y fué cosa muy de notar que siendo el un 
tesoro y el otro tan grandes, con cuanta diligencia los nuestros pusieron, 
no pudieron hallar rastro dellos; y como Cortés y los suyos deseaban 
quedar ricos, en premio de sus largos y grandes trabajos, é inviar al Em¬ 
perador de su quinto gran cantidad de oro y plata é joyas, para que en¬ 
tendiese la prosperidad de la tierra y el gran servicio que le habían hecho, 
á instancia de los Oficiales dé la Real Hacienda, mandó Cortés dar tor¬ 
mento á un señor, vasallo de Guautemucin, y al mismo Guautemucin, el 
uno puesto frontero del otro. Era el tormento de fuego, é apretando más 
al vasallo que á Guautemucin, no le pudieron hacer confesar dónde el 
tesoro estaba, ó porque no sabía dél (que esto no es muy creíble) ó por¬ 
que (que esto es más cierto) tienen tan gran fidelidad y lealtad los vasallos 
y criados á sus Reyes y señores, que primero se dexan matar que des¬ 
cubrir secreto que sus señores les confían; pero como el fuego Le iba 
siempre fatigando más, volvió los ojos dos ó tres veces á Guautemucin, 
como dándole á entender le diese licencia de descubrir lo que sabía, é no 
permitiese que acabase la vida con tan rabiosa muerte. Guautemucin, que 
le entendió, le miró con rostro airado é le dixo: ‘'Caballero vil, apocado 
é inconstante, ¿qué me miras, como si yo estuviese en algún baño ó en 
otro algún deleite?; haz lo que yo, pues soy tu señor,’^ Pudieron tanto 
estas palabras, que el caballero sin descubrir cosa ninguna, con gran es¬ 
fuerzo y constancia acabó la vida; é paresciéndole á Cortés que era gran 
crueldad poner en los mismos términos á Guautemucin, le mandó quitar 
del tormento. Fué después Cortés acusado desta muerte en su residencia, 
é descargóse bastantemente con probar que el Tesorero Julián de Alde- 
rete se lo había requerido, y porque paresciese la verdad, porque muchos 
de los compañeros de Cortés afirmaban que él tenía usurpado el tesoro. 

Finalmente, después de hechas grandes diligencias é buscádole por 
muchas partes, no pudieron hallar más de una gran rueda de buen oro 
é ciertas rodelas también de oro, con algunas piezas de artillería de las 
que los indios habían tomado á los nuestros con lo demás á la salida de 
México, que hallaron en una acequia que estaba junto á las casas de 
Guautemucin (i). Lo demás, que dicen ser de increíble prescio y estima, 
hasta hoy nunca ha parescido, ni se cree parescerá; de donde se colige 
que siendo tanto, é que no podían dexar de saberlo muchas personas, 
ser espantoso el secreto que estos bárbaros guardaron, pues, ni aun mu¬ 
riendo, lo quisieron descubrir á sus hijos. 


(i) Al margen: “Las piezas y tesoro que se halló.*’ 




74 « 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO III 

DE LO QUE SE HUBO DEL DESPOJO DE MÉXICO, Y DE LO QUE CUPO 
AL EMPERADOR DE SU QUINTO 


Pasó Cortés á la ciudad de Cuyoacan después de haber descansado 
en su real cuatro ó cinco días, dando orden en muchas cosas que conve- 
nían, y después que tuvo recogido el despojo de oro y plata, con parescer 
de los Oficiales del Rey, lo mandó fundir. Hecho esto y pesado, montó 
ciento y treinta mili castellanos. Repartiólos Cortés entre los que habían 
servido, según la calidad y méritos de cada uno. Cupieron al Rey de 
quinto (i) veinte y seis mili castellanos, sin los esclavos é otras cosas 
muchas de plumajes, joyas, mantas de algodón ricas é algunas piedras, 
aunque no de mucho valor, aliende de una vaxilla de oro, labrada con 
piedras, en que había tazas, jarros, platos, escudillas, ollas é otras piezas 
de vaciadizo, harto extrañas de ver, unas como aves, otras como peces 
y como animales é otras como fructas y flores, todas tan al vivo, que 
parescían naturales, sin otras muchas joyas de hombres y mujeres é 
algunos ídolos é cebratanas de oro é plata, todo lo cual valía ciento é 
cincuenta mili castellanos, aunque otros dicen que dos tantos. Cupiéron- 
le asimismo muchas máscaras musaicas de pedrecitas turquesas, que ni 
son de tumbo ni de mucho prescio; tenían algunas puntas razonables con 
las orejas de oro y los ojos de espejos y los dientes de hombres, sacados 
de algunas calavernas, muchas ropas de diversas maneras y colores, te- 
xidas de algodón y de pelos de conejo, que es del pelo de las liebres, de 
la barriga, que en estas partes son grandes y berrendas, aunque también 
de la misma parte pelan algunos conejos. 

Inviaron con esto huesos de grandes gigantes, de los cuales después 
acá se han visto algunos, especialmente una calaverna en que cupo más de 
dos arrobas de agua, y aun dicen muchos (que yo no la vi) que cuatro. 
Inviaron tres tigres, uno de los cuales se soltó é mató dos hombres é 
hirió seis y se echó á la mar; mataron los otros, por excusar otro daño 
como el pasado. 

Muchos inviaron dineros á sus parientes, é Cortés invió cuatro mili 
ducados á sus padres con Joan de Ribera, su secretario. 

Llevaron esta riqueza Alonso de Avila é Antonio de Quiñones, Pro¬ 
curadores generales de México y de todo lo conquistado, en tres cara¬ 
belas, las dos de las cuales que llevaban el tesoro, tomó, por gran ven¬ 
taja que llevaba, un cosario francés llamado Florín, y esto más allá de 
las islas de los Azores, el cual casi en el mismo tiempo tomó también 


(i) Al margen: “26.000 al Rey. 







LIBRO SEXTO.—CAP. IV 


749 


otra nao que iba de las islas con setenta y dos mili ducados, seiscientos 
marcos de aljófar y perlas y dos mili arrobas de azúcar. 


CAPITULO IV 

DE LO QUE CON LOS PROCURADORES ESCRIBIÓ CORTÉS AL EMPERADOR, 
Y DE LO QUE DE CORTÉS LE ESCRIBIÓ EL CABILDO DE MÉXICO 

Con este presente (muestra clara de la fertilidad y grandeza de la 
tierra que había conquistado), allende de la Relación que inviaba, escri¬ 
bió Cortés una muy avisada é cristiana carta al Emperador, la cual, entre 
otras muchas cosas que contenía (que sería largo decir) principalmente 
trató dos cosas: la una, de que fuese servido que, porque aquella tan fér¬ 
til y populosa tierra parescía á España, fuese servido se llamase (como 
hoy día se llama) Nueva España; aunque, como muy bien dice Motolinea, 
tomando la denominación de más atrás, con mejor título se pudiera llamar 
la Nueva Hesperia, á imitación deste nombre que la antigua España en sus 
primeros tiempos tuvo, por una estrella que en esta tierra sale al occiden¬ 
te, que se llama Esper. La otra cosa (y en que principalmente, como era 
razón, hacía grande estribo) era que Su Majestad le inviase Obispos, 
clérigos y flaires letrados, para el asiento y conversión de los naturales 
y para que con más presteza se fundase en estas partes la nueva igle¬ 
sia que, por la bondad de Dios, en tan pocos años como ha que esta tierra 
se fundó, especialmente la iglesia mexicana, de donde todas las demás 
han tomado dechado, ha venido en tanto aumento, que paresce á la más 
antigua que en Europa se ha fundado. 

Vinieron luego que esto escribió Cortés doce flaires Franciscos, que 
por su gran bondad, vida, letras y exemplo, los nuestros los llamaron los 
doce Apóstoles. Hicieron gran fructo, y así los que después de su Orden 
y de las otras vinieron, entre los cuales, así de Prelados como de minis¬ 
tros, ha habido é hay notables personas, y en las* iglesias catedrales mu¬ 
chos prebendados de grandes letras y exemplo, de todos los cuales, así 
flaires como clérigos, acabado de concluir la historia destas partes, si 
viniere al estado de la pacificación, hablaré más particularmente, porque 
no menos bien merescen los que sustentan lo conquistado, que los que 
de nuevo lo adquirieron. 

Escribió también (con lo que tengo dicho) Cortés, y muy largo y con 
muy encarescidas palabras, el gran servicio que sus vasallos españoles en 
la conquista deste Nuevo Mundo le habían hecho, lo mucho que meres- 
cían, la fidelidad que habían guardado, los grandes trabajos que habían 
padescido, la sangre que habían derramado, la firmeza y constancia que 
habían tenido, y cómo con el favor de Dios habían hecho más que hom¬ 
bres, y que por esto y por otras muchas razones eran merescedores de 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


• y5o 

que Su Majestad los ennobiesciese mucho, honrase y pei-pectuase en parte 
de lo que habían ganado. 

No fué oculto lo que Cortés escrebía á los Cabildos de las Villas que 
ya estaban fundadas, que por no ser desagradescádos á su caudillo y Jus¬ 
ticia mayor, despacharon luego con los mismos Procuradores cartas para 
el Emperador, suplicándole mandase dar asiento en tierra tan buena, 
de suerte que los grandes servicios de Cortés y los suyos fuesen remu¬ 
nerados, afirmando, como ello era, que ningún Capitán griego ni ro- 
manojiabia ganado tanta ni tan populosa tierra como Cortés, ni ennobles- 
cido é illustrado tanto su tierra y nasción. Estas cartas y las que Cortés 
escribió, como iban duplicadas, aunque el cosario tomó los dos navios, lle¬ 
garon á España; pusieron en gran admiración á los que las leyeron é 
oyeron, é asi movieron á muchos á que, dexadas sus tierras, se viniesen á 
ésta, donde los que han trabajado y vivido virtuosamente se han aventa¬ 
jado de como estaban en las suyas. 


CAPITULO 

CÓMO FUÉ PRESO ALONSO DE .WILA Y LLEVADO Á FRANCIA, Y DEL GRAH 
ÁNIMO QUE TUVO UN AÑO ENTERO CON UNA FANTASMA QUE DE NOCHE 
SE ECHABA EN SU CAMA 

Áíemorable cosa es y digna de la grandeza desta historia referir lo 
que á Alonso de Avila, que iba por sí apartado de su compañero, por 
si algo subcediese, como subcedió, le acontesció, el cual apartado del 
otro navio, topó, saliendo de las islas de los Azores, con Florín, francés, 
cosario, de quien atrás tengo hecha mención, el cual, como venía á robar 
traía gente y artillería con que aventajarse á los que iba á buscar. Dixo 
luego (como el que iba con ventaja) á Alonso de Avila, que amainase y 
se rindiese. Alonso de Avila, como era valeroso, aunque conosció la 
ventaja, se puso en defensa; peleó gran rato, matáronle los contrarios 
cinco ó seis de los compañeros, que pocos ó ninguno quedaron con él, 
y aun dicen por más cierto que sólo un criado suyo. Entró el cosario en 
el navio, haciendo Alonso de Avila en defensa dél todo lo que pudo y 
era obligado, y como era hombre de muy buena persona é iba bien tra¬ 
tado, pretendiendo el cosario más su rescate que su muerte, no le mató, 
como pudiera, antes le hizo buen tratamiento, diciéndole que era usanza 
de guerra que el Capitán vencedor vendiese (*) al Capitán vencido, porque 
hoy era la victoria de uno y mañana de otro, y como vió luego la gran 
riqueza que en el navio había, creyendo ser de Alonso de Avila, no con¬ 
tentándose (según es grande la cobdicia humana) con lo que presente 
vía, tiniendo ojo al gran resgate que por hombre tan principal podía pe- 


(*) En el Ms, “venciese”, equivocadamente. 








LIBRO SEXTO.-CAP. V 


73 I 

dir, se volvió luego á Francia, donde dixo que traía un gran señor preso. 
El Rey lo mandó poner en una fortaleza á gran recaudo, donde no solían 
estar presos sino señores, y pensando ser tal, pidieron por él cuatrocien¬ 
tos mili ducados. 

Estuvo tres años enteros preso en aquella fortaleza, aunque bien tra¬ 
tado, pero guardado con gran diligencia, por que no se fuese; y el pri¬ 
mer año, casi desde el primero día que en aquella fortaleza entró, todas 
las noches sin faltar ninguna, después de apagadas las velas, de ahí á 
poco, sentía abrir la cortina de su cama y echarse á su lado una cosa 
que, al parescer del andar é abrir la cama, parescía persona; procuró las 
primeras noches de abrazarse con ella, y como no hallaba cuerpo, enten¬ 
dió ser fantasma. Hablóla, dixole muchas cosas é conjuróla muchas veces, 
y como no le respondió, determinó de callar y no dar cuenta al Alcaide 
ni pedirle otro aposento, porque no entendiese que hombre español y ca¬ 
ballero había de tener miedo. 

Pasados ya muchos días que, sin faltar noche, le acontesció esto, es¬ 
tando una tarde sentado en una silla, muy triste y pensativo, se sintió 
abrazar por las espaldas, echándole los brazos por los pechos; le dixo la 
fantasma: ‘‘Mosiur, ¿por qué estás triste?^' Oyó la voz é no pudo ver 
más de los brazos, que le paresderon muy blancos, é volviendo la cabeza 
á ver el rostro, se desaparesció. 

A cabo de un año que esto pasaba, viendo el Alcaide por la conver¬ 
sación que con él y con otros caballeros tenía, que podía fiarse ya algo 
dél, consintió que un clérigo que mucho se había aficionado á Alonso de 
Avila, quedase á gran instancia suya á dormir aquella noche en el apo¬ 
sento, donde hecha la cama, frontero de la de Alonso de Avila, apagadas 
las velas é cansados ya de hablar, ya que el clérigo se quería dormir, 
sintiendo que persona, abriendo las puertas, entraba por el aposento, ha¬ 
biéndolas él cerrado por sus manos, y que abría la cortina y se echaba 
en la cama, despavorido y espantado desto, levantándose con gran pres¬ 
teza, abrió las puertas y salió dando grandes voces; alteró la fortaleza: 
despertó al Alcaide, el cual acudió con la gente de guardia, pensando que 
Alonso de Avila se huía. Llegado el Alcaide, el clérigo pidió lumbre, 
diciendo que el demonio andaba en aquel aposento. Metida una hacha 
encendida, no se halló cosa más de á Alonso de Avila en su cama, el 
cual, sonriéndose, contó lo que le había pasado un año continuo, y la 
causa por qué había callado. Maravillóse mucho el Alcaide y los que con 
él venían, y tuvieron de ahí adelante en más su persona, y así miraban 
por él con menos recato. 



752 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO VI 

DE LO QUE MÁS SUBCEDiÓ, Y CÓMO ALONSO DE AVILA FUE RESCATADO 

i\Iucho pesó después á Alonso de Avila de haber descubierto lo que' 
había pasado, porque jamás sintió la fantasma, y como le había abrazado 
y hablado tan amorosamente, pensó que á no haber descubierto el secreto^ 
le dixera alguna cosa en lo tocante á su prisión, en la cual estuvo dos años 
después, porque no había tanto dinero como el que pedían para ser res¬ 
catado y no se querían los franceses acabar de desengañar, creyendo 
siempre que era algún gran señor y no un particular caballero. Salió al¬ 
gunas veces con licencia del Rey á exercicios de guerra, donde se señaló 
mucho; tenía muchos amigos por su gran bondad y valor, aunque también 
no le faltaban émulos, que de los unos y de los otros (según halla los pe¬ 
chos) suele ser causadora la virtud. Supo bien la lengua francesa, y de 
ninguna cosa le pesaba más en su prisión que de no tener que gastar, en lo- 
cual le paresce harto su subcesor y sobrino Alonso de Avila, Regidor desta 
ciudad. 

Pasados casi tres años de su prisión, subcediendo entre españoles 
y franceses aquella memorable batalla de Pavía (i), donde rotos los 
franceses, su Rey Francisco de Valois con muchos señores y caballe¬ 
ros fué preso, y así, por concierto y conveniencia fueron resgatados ca¬ 
balleros franceses por caballeros españoles, desta manera salió de la pri¬ 
sión Alonso de Avila (2). 

Vino á España, hízole el Emperador mucho favor, volvió por su 
mandado á la Nueva España, y como ya México y las demás provincias 
á ellas comarcanas estaban ya pacíficas y de paz, apetesciendo mayores 
cosas, renunció los pueblos que tenía en encomienda por sus servicios, en^ 
su hermano Gil González de Avila; y como estonces era tan señalada la 
conquista de Guautemala, aunque estaba muy lexos, fué á ella, donde se 
señaló como siempre mucho, donde después de pacificada se le dió repar¬ 
timiento de indios. 


(i) Al margen: “Batalla de Pavía.” 

G) Al margen: “Rescatóse Alonso de Avila á trueque.” 










LIBRO SEXTO.—CAP. Vil 


753 


CAPITULO VII 

CÓMO GANADA MEXICO, NO TINIENDO’ CORTÉS PÓLVORA PARA CONQUISTAR 
LAS DEMÁS PROVINCIAS, INVIÓ DIVERSAS PERSONAS POR AZUFRE, Y DE 
LO QUE CON MONTANO Y MESA PASÓ 


Ganado ya México y despachados los procuradores, como está dicho, 
Cortés se retiró á Cuyoacan, donde se comenzó á informar de los reinos 
y (i) provincias que quedaban por conquistar (2), y como para tan alto 
y engrandescido pensamiento era menester pólvora, sin la cual no se 
podía hacer la guerra, porque la que había traído y la que le había venido 
se había acabado, pensaba, como el que tan gran máquina traía sobre sus 
hombros, qué modo tendría para socorrer á tan estrecha nescesidad: é 
así, parte por la nescesidad (que es maestra de ingenios), como porque 
era muy sagaz, dió en que no podía dexar de haber azufre en el vol¬ 
cán (3), que está doce leguas de México, de que atrás tenemos hecha (4) 
mucha mención, por el grande humo y fuego que dél vía salir muchas 
veces; y como el principal material para la pólvora era el azufre, llamó á 
algunas personas de quien para aquel efecto tenía crédictb; rogóles su¬ 
biesen al volcán, é díxoles que si le traxesen azufre, serían dél muy bien 
galardonados, los cuales fueron, y como la subida era tan agria y tan 
larga, se volvieron sin hacer nada, desconfiados de que ellos ni otros 
podrían subir. Fué cosa que á Cortés dió gran pesar, pero como la nesce¬ 
sidad le forzaba á no dexar cosa por probar, llamó á Montado y á Mesa, 
su artillero, á los cuales dixo así: ^^Amigos y hermanos míos: Ya sa¬ 
béis que no tenemos pólvora, y que sin ella ni nos podemos defender, 
ni conquistar un mundo nuevo que nos queda, de que podamos ser se¬ 
ñores, y nuestros descendientes para siempre queden ennoblescidos; temo 
en gran manera que los indios, así amigos, como enemigos, sepan la falta 
que de pólvora tenemos, porque á sola el artillería y [á] los caballos temen 
como furia del cielo. También sabéis los muchos hombres que he inviado 
á que suban al volcán, para traer azufre, que no puede dexar de haberlo, 
que no solamente no han hecho nada, pero desmayan á mí é á los demás, 
como si hubiese cosa en el mundo tan dificultosa que hombres de seso 
y esfuerzo no la puedan acabar. Quien no hace más que otro, no meresce 
más que otro. Disponeos, os ruego, á este negocio, que el ánima me da 


(1) Tachado: “los reinos y.” Suplido: “las.’’ 

(2) Tach.: “conquistar.” SupL: “pacificar.” 

(3) Tach. desde: “tan alto y engrandescido pensamiento”, hasta: “no podía 
dexar de haber azufre en el volcán.” SupL: “cuanto se podía ofrecer, era necesa¬ 
ria la pólvora, y él no la tenía, pensó que sería bien reconocer si había piedra en 
el volcán.” 

(4) Tach.: “tenemos hecha.” SupL: “se ha hecho.” 


48 





CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


754 

que habéis de salir con él y que habéis de ser confusión de los que han 
ido y de los que los han creído y, lo que tengo en más, que habéis de 
ser instrumento para que por vuestra industria, Dios mediante, salgamos 
con el mayor negocio que españoles han emprendido. Visto os habéis en 
grandes peligros, y mayores son los que nos quedan si nos falta la pól¬ 
vora, porque los amigos y enemigos se volverán contra nosotros, sabiendo 
que con el artillería y escopetas no los podemos ofender. En vosotros, 
después de Dios, está conservar lo ganado y el adquerir grandes reinos y 
señoríos; por tan grandes premios, bien se sufre aventurar las vidas, 
que no podemos dexar de perder si vosotros con gran firmeza no aven¬ 
turáis las vuestras, que volviendo con ellas (como espero en Dios) y tra¬ 
yendo recaudo, yo os mejoraré entre todos los demás, como tan notable 
servicio merescerá.^’ 

Dichas estas palabras, con las cuales encendió los pechos de los dos, 
respondiendo ]\Iontaño por ambos, le dixo: “Señor: Visto tenemos lo que 
nos habéis dicho, é nosotros de nuestra voluntad nos queríamos ofrescer 
á ello, é aunque otros han ido tan bastantes y más que nosotros, estad 
cierto que estamos determinados de tomar este negocio tan á pechos, que 
ó habernos de traer recaudo, ó quedar allá muertos, porque donde tanto 
va, como, señor, habéis dicho, y nosotros entendemos, bien se emplearán 
las vidas.” 

Cortés no lo dexó pasar adelante; abrazólos con gran regocijo, agra- 
desciéndoles mucho el ofrescimiento y prometiéndoles grandes mercedes. 
Movió á Cortés llamar á Montaño saber que había subido en la isla de 
Tenerife al volcán que en ella hay, que se llama el Pico de Teida, é que 
había dicho que en él había gran cantidad de azufre, y que pues se había 
atrevido sin interese alguno á subir allí, que mejor lo haría acá, donde 
tanto á él y á los demás importaba. 


CAPITULO VIH 

CÓMO MONTAÑO Y MESA É OTROS COMPAÑEROS SE ADERESZARON PARA SUBIR 
AL V^OLCÁN, Y DE LO QUE AL PRINCIPIO LES SUBCEDiÓ 


Luego con toda presteza se adereszaron los dos para la partida, 
llevando consigo tres compañeros, uno de los cuales se decía Peñalosa, 
Capitán de peones, y el otro Joan Larios. Tomaron treinta y seis brazas 
de guindalesa en dos pedazos, que pesaban dos arrobas, y un balso de 
cáñamo para entrar en el volcán, é cuatro costales de anjeo, aforrados 
en cuero de venado curtido, en que se traxese el azufre. Fuése Cortés 
con ellos hablando hasta salir de la ciudad de Cuyoacan, donde estaba 
asentado el real; díxoles muchas y buenas palabras, viendo en ellos la 
buena gana y determinación con que iban. Llegaron aquel día antes que 






LIBRO SEXTO.-CAP. VIII 


755 

anochesciese á la provincia de Chalco; hicieron noche en im pueblo que 
se dice Amecameca, que está dos leguas de la halda del volcán, y otro día 
partieron para ir encima del puerto, porque desde él comienza la subida 
para el volcán. Fueron con ellos muchos señores y principales de aquellas 
provincias, acompañados de más de cuarenta mili hombres, por ver si 
eran otros de los que antes habían pasado y vuelto sin hacer nada, y 
como vieron que eran otros, determinaron de hacer sus ranchos alderre¬ 
dor del volcán, para (i) ver si aquellos españoles eran tan valientes que 
hiciesen lo que todos los otros no habían hecho ni ellos jamás habían visto 
ni oído. 

]\Iontaño y los otros sus compañeros, acordando de subir aquel mis¬ 
mo día, anduvieron mirando por donde mejor (2) podrían subir (3), y 
siendo poco más de mediodía, encomendándose de todo corazón (4) á 
Dios, llevando á cuestas las (5) dos guindalesas, el balso y costales (6) é 
una manta de pluma, que los indios llaman pelón, para cubrirse con ella 
donde la noche los tomase, comenzaron á subir, mirándolos infinidad 
de indios, abobados y suspensos (7), diciendo entre sí diversas cosas, 
desconfiando los (8) unos y teniendo confianza los (9) otros. En esto (10), 
y habiendo subido la cuarta parte del volcán con muy gran trabajo, 
aunque con muy gran ánimo (ii), les tomó la noche, y como en aquel 
tiempo y en aquel altura era tan grande el frío que no se podía sufrir, 
pensando si se (12) volverían á baxar (13) á tener la noche en lo más 
baxo del volcán (14), acordaron de abrir el arena y hacer un hoyo donde 
todos cupiesen, é tendidos (15) y cubiertos con la manta pudiesen de¬ 
fenderse del frío, é así, á una, desviando el arena hasta en hondura de 


(i) Tachado desde: “y como el principal material para ía pólvora” {cap. Vil), 
hasta “determinaron de hacer sus ranchos alderredor del volcán, para.” Suplido: 
“envió algunos, y como la subida era tan áspera y grande, se volvieron sin hacer 
nada, de que pesó mucho á Cortés; volvió á porfiar, enviando á Montaño y á Mesa 
el del artillería, encargándoles mucho el aventajarse á los otros en el cuidado de 
lo que los encargaba. Partieron 'los dos, acompañados de Peñalosa y de Juan ba¬ 
rios; llegaron á Chalco, y de un pueblo dicho Amecameca, dos leguas del vol¬ 
cán, acompañados de más de cuarenta mil hombres, deseosos de ver si eran aque¬ 
llos los mismos que antes habían ido al volcán, y visto que eran otros, hicieron sus 
ranchos cerca dél, para.” 


(2) 

Añadido: “lo.” 


( 3 ) 

Tachado: “subir.” Suplido: 

“hacer.” 

( 4 ) 

Tach. ; 

: “de todo corazón.” 


Cs) 

Tach.: 

“las.” 


( 6 ) 

Tach.: 

“el balso y costales.” 

Suplido: “y unos costaJes de cáñamo. 

(7) 

Tach .; 

: "'y suspensos.” 


(8) 

Tach .; 

: “los.” 


(9) 

Tach .: 

: “teniendo confianza 

los.” Suplido: “confiando.” 

(10) 

Tach. ; 

; “En esto.” 


<ii) 

Tach. : 

“aunque con muy gran ánimo.” 

(12') 

Tach. : 

“ se. ” 


(13) 

Tach .; 

: “á baxar.” 


(14) 

Tach. : 

“del volcán.” 


(15) 

Tach. : 

“é tendidos.” 





CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


756 

dos (i) palmos, dieron luego (2) en la peña, de que es todo el volcán: 
salió luego tan gran calor y con él tan gran hedor de azufre, que era 
cosa espantosa, pero como era más insufrible el frío que el calor y hedor 
que salía, tendiéndose todos juntos, tapando las narices, calentaron, y 
no pudiendo ya más (3) sufrir el calor y hedor, levantándose á la media 
noche, acordaron de proseguir la subida, que era tan dificultosa que á 
cada paso iban ofrescidos á la muerte (4). 


CAPITULO IX 

CÓMO PROSIGUIENDO LA SUBIDA DEL VOLCÁN, UNO DE LOS COMPAÑEROS 
CAYÓ EN UN RAMBLAZO, É CÓMO OTRO DELLOS SE QUEDÓ EN EL CAMINO 
DESMAYADO^ É CÓMO ESPER.\RON ALLÍ HASTA QUE VINO EL DÍA (5) 

Y así (6) como iban á escuras y los hielos eran grandes, deslizando 

uno de los compañeros, cayó en un ramblazo, más de ocho estados en 

alto, é vino (7) á encaxarse en medio de unos grandes hielos de carám¬ 
banos tan duros como acero, que á quebrarse fuera rodando más de 
dos mili estados abaxo; dióse muchas heridas, comenzó á dar grandes 
voces (8) á los compañeros, rogándoles que le ayudasen. Los compañe¬ 
ros (9) acudieron con harto riesgo de caer; echáronle la guindalesa con 
una lazada corrediza, que con mucha dificultad (10) metió por debaxo 
de los brazos é con muy mayor (ii), ayudándose con los pies é (12) 
las manos é diciendo que tirasen, le pudieron sacar, lleno de mu¬ 
chas heridas (13). Viéndose así, desta manera (14), casi perdidos, no 
sabiendo qué hacerse, porque de cansados no se podían menear, 

encomendándose á Dios (15), determinaron de no pasar adelante, 

sino esperar que amanesciese, que á tardar (16) algunas horas más 


(1) Tachado: “é así, á niia, desviando el arena Biasta en hondura de dos.” Supli¬ 
do: “y ahondando hasta dos.” 

(2) Tach.: “luego.” 

(3) Tach.: “3^a más.” 

(4) Tach,: “la subida, que era tan dificultosa, que á cada paso iban ofrescidos á 
la muerte.” Suplido: “su camino con incomportable trabajo.” 

(5) Tach. el epígrafe. 

( 6 ) Tach.: “así.” 

(7) Tach.: “é vino.” Suplido: “y fué.” 

( 8 ) Tach.: “comenzó á dar grandes voces.” Supl.: “voceó mucho.” 

(9) Tach.: “Los compañeros.” 

(10) Tach.: “que con mucha dificultad.” Supl.: “la cual con mucha dificultad.” 

(11) Tach.: “é con muy mayor.” Supl.: “y.” 

(12) Tach.: “é.” Supl.: “3^” 

(13) Tach.: “é diciendo que tirasen, le pudieron sacar, lleno de muchas heridas.” 
Supl: “le sacaron muy herido y.” 

(14) Tach.: “así, desta manera.” 

Ó5) Tach.: “encomendándose á Dios.” 

(16) Tach.: “sino esperar que amanesciese, que á tardar.” Suplido: “hasta el 
día, que si tardara.” 









LIBRO SEXTO.—CAP. IX 


757 

de (i) salir el sol, no quedara hombre vivo, según ya estaban helados 
del grandísimo frío que hacía (2). En el entretanto, vueltos los rostros 
los unos á los otros, con el vaho de la boca calentaban las manos, ha¬ 
ciéndose calor los unos á los otros, tiniendo los pies y piernas tales que 
no los sentían de frío. 

Salido el sol esforzándose lo mejor que pudieron, comenzaron á 
proseguir (3) la subida, é á cabo de media hora poco más (4) salió gran 
humareda del volcán, envuelta con gran fuego; despidió de sí una piedra 
encendida, del tamaño de una botija de una cuartilla; vino rodando á 
parar donde ellos (5) estaban, que paresció inviársela Dios para aquel 
efecto (6); pesaba muy (7) poco, porque (8) con la manta la detuvieron, 
que á tener peso, según la furia que llevaba, llevara tras sí al que la de¬ 
tuviera (9). Calentáronse á ella de tal manera que (10) volvieron en sí; 
tomando nuevo esfuerzo y (ii) aliento (como suelen españoles con pe¬ 
queño socorro) prosiguieron la subida, animándose é ayudándose unos 
á otros, y no pudieron tanto perseverar en el trabajo, que el uno dellos 
de ahí á media hora no desmayase. Es de creer que debía de ser el que 
cayó. Dexáronle allí los demás diciéndole que se esforzase, que á 
la vuelta volverían por él, el cual, encomendándose á Dios, porque le 
parescía que ya no tenía otro remedio, les dixo (13) que hiciesen el 
deber, que poco iba que negocio tan importante costase la vida á alguno. 
Ellos (14) fueron subiendo, aunque con pena, por dexar al compañero, 
é á obra de las diez (15) del día llegaron á lo alto del volcán, desde lo 
alto de la boca del cual (16) descubrieron el suelo, que estaba ardiendo, 
á manera de fuego natural, cosa bien espantosa de ver. 

Habrá desde la boca hasta donde el fuego paresce ciento y cincuenta 
estados. Dieron vuelta alderredor, para ver por dónde se podría entrar 


(1) Tachado: “de.” Suplido: “en.” 

(2) Tach.: “del grandísimo frío que hacía.” 

(3) Tach.: “esforzándose lo mejor que pudieron, comenzaron á proseguir.” Sth‘ 
plido : “prosiguieron. ” 

(4) Tach. : “é á cabo de media hora poco más.” Supl. : “y dentro de media hora.” 

(5) Tach.: “ellos.” 

( 6 ) Tach.: “que paresció inviársela Dios para aquel efecto.” Supl.: “estos cas- 
tellanos, la aial.” 

(7) Tach.: “muy.” Supl.: “tan.” 

( 8 ) Tach.: “porque.” Supl.: “que.” 

(9) Tach.: “que á tener peso, según la furia que llevaba, llevara tras sí al que 
la detuviera.” 

(10) Tach.: “de tal manera que.” Supl.: “y.” 

(11) Tach.: “esfuerzo y.” 

(12) Tach. desde: “(como suelen españoiles con pequeño socorro)”, hasta: 
“Dexáronle allí los demás.” Suplido: “Fueron caminando, pero el uno, no pudiendo 
más, desmayó; dexáronle allí.” 

(13? Tach.: “el cual, encomendándose á Dios, porque le parescía que ya no tenía 
otro remedio, les dixo.” Supl.: “díxoles.” 

(14) Tach.: “Ellos.” 

(15) Tach.: “aunque con pena, por dexar al compañero, é á obra de las diez.” 
Supl.: “y á las diez.” 

(16) Tach.: “desde lo alto de la boca del cual.” Supl.: “desde cuya boca.” 




CRÓNICA DE LA ÍÍUEVA ESPAÑA 


758 

mejor, y por todas partes hallaron tan espantosa y peligrosa la entrada, 
que cada uno quisiera no haber subido, porque estaban obligados á mo¬ 
rir, según habían prometido, ó no volver donde Cortés estaba; y como 
ea los hombres de vergüenza puede más el no hacer cosa fea, que el 
peligro, por grande que sea, determinaron, por no echar la carga los unos 
á los otros, de echar suertes cuál dellos entraría primero. Cúpole la suerte 
á Montaño, lo cual, cómo entró y lo que hizo, se dirá en el capítulo que 
se sigue. 


CAPITULO X 

CÓMO MONTAÑO ENTRÓ SIETE VECES EN EL VOLCÁN, Y LA CANTIDAD DE 
AZUFRE QUE SACÓ, É CÓMO ENTRÓ OTRO É ASIMISMO SACÓ AZUFRE, Y 
CÓMO EL MONTAÑO ANDUVO BUSCANDO POR DÓNDE PUDIESEN TODOS DE- 
CENDIR 


Entró, pues, Montaño colgado (i) de una guindalesa, en un balso de 
cáñamo, con un costal de anjeo, aforrado en cuero de venado, catorce 
estados dentro del volcán; sacó de la primera vez casi lleno el costal de 
azufre, y desta manera entró siete veces hasta que sacó ocho arrobas y 
media de azufre. Entró luego otro compañero, y de seis veces que entró 
sacó cuatro arrobas poco más, de manera que por todas eran doce arro¬ 
bas, que les paresció que bastaban para hacer buena cantidad de pólvora, 
y así determinaron de no entrar más, porque, según me dixo (2) Mon¬ 
taño, era cosa espantosa volver los ojos hacia abaxo, porque allende de la 
gran profundidad que desvanecía la cabeza, espantaba el fuego y la 
humareda que con piedras encendidas, de rato en rato, aquel fuego in¬ 
fernal (3) despedía, y con esto, al que entraba, para aumento de su temor, 
le parescía que ó los de arriba se habían de descuidar, ó quebrarse la 
guindalesa, ó caer del balso, ó otros siniestros casos, que siempre trae 
consigo el demasiado temor. 

Estaban todos muy contentos, porque, libres deste miedo, se aper- 
cebían para descendir (4), pero luego se les recresció otro grave cuidado, 
acompañado de harto temor (5), que era buscar la baxada, la cual era 
muy peligrosa (aunque no hubieran de baxar (6) cargados). Para esto 


(O Tachado desde: “porque estaban obligados á morir, según habían prometi¬ 
do” {cap. IX)y hasta: “Entró, pues, Montaño, colgado.” Suplido: “pero como hom¬ 
bres de honra y ánimo, echaron suertes para quién había de entrar; cayó la suerte 
á Montaño, el cual, colgado.” 

(2) Tach.i “me dixo.” 

(3) Tach.: “infernal.” 

(4) Tach,: “descendir.” Suplido: “baxar.” 

(5) Taclu: “recresció otro grave cuidado, acompañado de harto temor.” Supli¬ 
do: “ofreció otro cuidado.” 

(ó) Tacá.baxar.” SupL: “ir.” 








LIBRO SEXTO.—CAP. Xí 


759 

entraron en su acuerdo é determinóse IMontaño de dar una vuelta á la 
boca (i) del volcán en el entretanto que los compañeros hacían los cos¬ 
tales, é andando con gran cuidado, de ahí á poco volvió á los compa¬ 
ñeros; visto que no había (2) senda ni baxada cierta, les (3) dixo que 
para descendir (4) con menos peligro, lo mejor era baxar (5) rodeando 
el volcán, aunque desta manera se detendrían mucho más. Paresció- 
les (6) bien á todos, y así cada uno se cargó de lo que pudo llevar, sin 
dexar cosa alguna; descendieron (7) con gran tiento, porque casi (8) á 
cada paso había despeñaderos, dexándose ir de espaldas muchas veces, 
con la carga sobre los pechos, deslizándose hasta topar donde parasen 
con los pies. Anduvieron desta manera gran espacio, viendo muchas ve¬ 
ces la muerte á los ojos, por los pasos peligrosísimos que de rato en 
rato topaban, reparando y tratando por dónde sería mejor descendir, 
y algunas (9) veces eran forzados dar la vuelta atrás ó hacerse á un 
lado ó á otro, porque de otra manera estaba la muerte cierta. 


CAPITULO XI 

CÓMO POR GRAN VENTURA TOPARON CON EL COMPAÑERO QUE HABÍA QUEDADO 
DESMAYADO, Y DEL GRAN CONTENTO QUE ÉL Y ELLOS EN TOPARSE RES- 
CIBIERON, Y CÓMO ACABARON DE DESCENDIR, Y DEL ESPANTO DE LOS 
INDIOS (10) 

Andando aquellos atrevidos hombres (ii) en estos términos, vinieron 
á parar adonde habían dexado el compañero desmayado, el cual, aunque 
ya estaba desconfiado de la vida, ocupado solamente en pedir á Dios 
perdón de sus pecados, en el ruido y habla de los compañeros, no creyendo 
que era verdad, sino que lo soñaba, les dixo primero que ellos le habla¬ 
sen: ‘‘¿Son mis compañeros los que vienen?'"; é respondiéndole (la') 
ellos: “Somos"", replicó él (13): “Bendictb sea Dios, que hoy he nas- 


(1) Tachado: “Para esto entraron en su acuerdo é determinóse Montaño de dar 
una vuelta á la boca.” SupL: “é acordó Montaño de dar una vuelta á la boca.” 

(2) Tach.: “de ahí á poco- volvió á los compañeros; visto que no había ” Supli¬ 
do: “no descubriendo.” 

(3) Tach.: “les.” 

(4) Tadh.: “descendir.” SupL: “volver.” 

(5) Tach.: “lo mejor era baxar.” SupL: “fuesen.” 

( 6 ) Tach.: “Parescióles.” SupL: “Paresció.” 

(7) Tach.: “descendieron.” SupL: baxaban.” 

( 8 ) Tach.: “casi.” 

(9) Tach.: “topaban, reparando y tratando por dónde sería mejor descendir, 
y algunas.” Suplido: “hallaban, porque á.” 

(10) Tach. el epígrafe. 

(11) Tach.: “aquellos atrevidos hctobres.” 

(12) Tach.: “é respondiéndole.” Suplido: “y respondiendo.” 

(13) Tach.: “el.” 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


760 

cido/' Pararon todos un rato, y cierto (i), con grande alegría, dando 
gracias á Dios que así los había guiado. Desta manera prosiguieron su 
embaxada (2), ayudándole los compañeros á veces, que lo había bien me¬ 
nester, porque no tenía fuerzas para más que alegrarse, por verse entre 
sus compañeros (3). Fue tan grande el espanto que aquella noche res- 
cibió de cosas que ó las (4) vía ó las (5) imaginaba (tanto puede la ima¬ 
ginación) (6), que en muchos días después (según IMontaño me dixo) (7), 
no acabó de volver en sí. 

Desta manera (8), á las cuatro horas de la tarde, siendo mirados de 
gran multitud de indios que los estaban esperando, llegaron al pie del 
volcán. Corrieron á ellos con muy grande alegría los caciques y la demás 
gente que con ellos estaba; diéronles allí (9) luego de comer, porque 
desde el día antes por la tarde hasta estonces no habían comido bocado. 
Acabado que hubieron de comer, á cad^ uno pusieron en unas (10) an¬ 
das, é los costales de azufre dieron á los indios de carga (ii). Llevᬠ
ronlos en hombros, como acostumbraban á los grandes señores, acom¬ 
pañándolos por la una parte y por la otra muchos indios, que algunas 
veces tropezaban é caían unos sobre otros por irlos mirando á la cara, 
espantados de que hubiese hombres de la figura y faición dellos, que (12) 
hubiesen hecho una cosa tan espantosa, nunca hasta estonces jamás (13) 
vista ni oída, y así lo sería ahora, porque (14) nadie ha llegado más de 
hasta la mitad del volcán. 

Anduvieron seis leguas hasta llegar á un embarcadero, donde se me¬ 
tieron en canoas con gran cantidad dellas, que los acompañaban. Vi¬ 
nieron á amanescer á la ciudad de Cuyoacan, donde el General tenía 
asentado su campo, el cual (15) ya tenía nueva por muchos mensajeros 
que los señores le habían hecho, del buen recaudo que los suyos traían (16) 
y de lo mucho que habían trabajado, y como el que sabía (para animar á 


(1) Tachado: “y cierto.” 

(2) Tach.: “embaxada.” Suplido: “baxada.” 

(3) Tach.: “ayudándole los compañeros á veces, que lo había bien menester, 
porque no tenía fuerzas para más que alegrarse, por verse entre sus compañeros.” 
SupL: “ayudando al compañero.” 

(4) Tach,: “ó las.” 

(s) Tach,: “las.” 

(6) Tach,: “(tanto puede la imaginación).” 

(7) Tach.: “(según Montaño me dixo).” 

(8) Tach.: “Desta manera.” 

(9) Tach.: “allí.” 

(10) Tach.: “Acabado que hubieron de comer, á cada uno pusieron en unas.” Su~ 
pudo: “En acabando pusieron á cada uno en.” 

(11) Tach.: “é los costales de azufre dieron á los indios de carga." 

(12) Tach.: “hubiese hombres de la figura y faición dellos, que.” 

(13) Tach.: “jamás.” 

(14) Tach.: “porque.” Suplido: “pues.” 

(15) Tach.: “donde el General tenía as'entado su ca-nvpo, el cual.” SupL: “y 
Cortés. ” 

(16) Tach.: “traían.” SupL: “llevaban.” 







LIBRO SEXTO.—CAP. XI 


761 

otros) agradescer los trabajos (i), saliólos á rescebir fuera de la ciudad. 
Abrazólos, agradescióles mucho lo mucho (2) que habían hecho, pro¬ 
metióles (3) de gratificárselo muy bien, diciéndoles que habían hecho 
mucho más de lo que pensaba (4), porque habían sido causa, así de dar (5) 
á entender á los indios amigos y enemigos que no había cosa imposible 
á los españoles, como [de] quitarles el atrevimiento y osadía en que esta¬ 
ban ya puestos de levantarse contra los nuestros, por la falta de la pólvora, 
con que principalmente se había de hacer la guerra y sustentar lo ga¬ 
nado. Ellos, como victoriosos, entendiendo de su Capitán que su servi¬ 
cio y trabajo era tan grato, dando por bien empleado lo que habían pa- 
descido, olvidados (como las que paren) del peligro pasado, se ofrescieron 
de nuevo á otro que tan grande ó mayor fuese (que esta es la condisción 
y propiedad del ánimo español). Cortés los tornó á abrazar, admirado 
de que no habiendo acabado de descansar, se ofresciesen á nuevos tra¬ 
bajos. 

Con estas pláticas y otras, alegres y regocijadas (cuales suelen tra¬ 
tarse de negocios peligrosos que tienen dichosos y bien afortunados fi¬ 
nes) llegaron á la ciudad de Cuyoacan, donde, así de los demás espa¬ 
ñoles que en su,guarda quedaron, como de los indios, fueron alegre¬ 
mente rescebidos, mirados y tratados, como hombres que habían hecho 
lo que apenas de hombres se podía esperar. Mandó Cortés les diesen de 
cenar y que se les hiciese para en aquel tiempo todo el regalo posible. 
Mandó apurar y afinar el azufre; quedó en diez arrobas y media; hízose 
dél tanta cantidad de pólvora que bastó para acabar de ganar la mayor 
parte de las provincias de la Nueva España, porque en el entretanto 
acudió provisión desta munición y de otras. 

Díxome Montaño muchas veces que le parescía que por todo el 
tesoro del mundo no se pusiera otra vez á subir al volcán y sacar azu¬ 
fre, porque hasta aquella primera vez le parescía que Dios le había dado 
seso y esfuerzo, y que tornar sería tentarle; y así, hasta hoy jamás hom¬ 
bre alguno ha intentado á hacer otro tanto, de donde, como otras veces 
tengo dicho, se puede bien entender haber sido la conquista deste Nuevo 
Mundo milagrosa, y por esto los que le conquistaron dignos de gran 
premio y de otro coronista de mayor facundia que la mía (6). 


(1) Tachado: “y como el que sabía (para animar á otros) agradescer los tra¬ 
bajos.” 

(2) Tach.: “mucho.” 

(3) Tach.: “prometióles.” Suplido: “prometió.” 

(4) Tach.: “diciéndoles que habían hecho mucho más de lo que pensaba.” 

(5) Tach.: “sido causa, así de dar.” Suplido: “dado.” 

( 6 ) Tachado desde: “españoles, como quitarles el atrevimiento y osadía”, hasta 
el final del capítulo. Suplido: “castellanos. Mandó Cortés afinar el azufre, y de 
doce arrobas que llevaron quedó en diez, y se hizo pólvora.” 




762 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO XII 

DE LA ORDEN Y DILIGENCIA QUE CORTÉS TUVO V PUSO PARA ASEGURAR 
LO QUE HABÍA GANADO^ Y SABER LO QUE QUEDABA POR GANAR (l) 

Hecho Cortés señor de México y seguro que ya no le podia faltar 
pólvora, por la mucha cantidad que del azufre se había hecho, no en¬ 
soberbeciéndose nada por la gran victoria que había alcanzado, porque 
suele ser antigua querella de la próspera fortuna mudar la condisción 
á los que favoresce, antes se dió tan buena maña que á los que más le 
temían, viéndole ya tan señor, hizo mejor tratamiento y aventajó en 
mercedes, porque sabía que para dar el vuelo que pretendió y consiguió, 
le era nescesario estribar sobre los hombros de sus compañeros, y fuéle 
tan natural el hacer bien esto, que con los indios amigos y enemigos 
se hubo de la misma manera, y así entre los amigos que le habían ayu¬ 
dado repartió gran cantidad de cacao, mantas y otros bastimentos, é á los 
Capitanes é á los que como valientes se señalaron dió ricas rodelas, 
plumajes, braza'etes é otras joyas con que mucho los obligó, é por ase¬ 
gurar su juego, á los que tenía presos, hizo mercedes é invió á sus tierras, 
haciendo mensajeros á los pueblos que no le habían sido muy amigos, 
diciendo á los señores que ya él, en nombre del gran señor de los cris¬ 
tianos, el Emperador, había conquistado y ganado la gran ciudad de 
México, cabeza del imperio índico, y que los más de los pueblos co¬ 
marcanos le obedescían y servían, y que haciendo ellos esto, los trataría 
como á hermanos, donde no, que supiesen que para no ser asolados no 
tenían defensa y que sin que él hiciese más que mandarlo, sus mismos 
vecinos los destruirían. 

No fueron menester mucho estos mensajeros, porque con la nueva 
de la victoria, los más de los señores de las provincias y pueblos in- 
viaron sus mensajeros, y algunos dellos vinieron ofresciendo amistad y 
suplicando á Cortés se sirviese de sus personas y haciendas contra los 
que no le obedesciesen. Cortés los rescibió alegremente y dió de las co¬ 
sas que tenía, para más atraerlos á sí é asegurar lo mucho que había 
hecho é lo mucho que pensaba hacer. Repartió entre sus soldados, á 
cada uno conforme á la calidad de sus servicios y persona, muchas pre¬ 
seas, oro y plata, con que los más quedaron muy contentos, aunque nun¬ 
ca le faltaron quexosos, ó porque pedían más de lo que merescían, 
ó porque un hombre, por bastante que sea, no puede contentar á todos 
(que esto trae consigo la fragilidad humana). 

Repartió Cortés sus Capitanes y gente; mandóles poblar ciertas villas 
y él no quiso (porque era la fuerza de todo el resto) salir de México, 

(i) Tachado el epígrafe y el capítulo. Al margen \ “Zacatecas.” 






LIBRO SEXTO.—CAP. XIII 


763 

de donde regía, gobernaba y proveía lo que convenía hacerse; trató de 
inviar Capitanes, como adelante diré, á provincias remotas, como á Pa¬ 
nuco, á Guatemala é Honduras, con instrucciones muy católicas, cuyo 
principal motivo era que gentes tan bárbaras conosciesen un solo y ver¬ 
dadero Dios. Despachó mercaderes indios que, como mensajeros, iban 
seguros por dondequiera que entraban, para que le traxesen razón de las 
provincias y reinos que viesen, de los cuales supo poco, ó porque no vol¬ 
vían, ó porque no acertaban á entrar por donde había poblaciones, aun¬ 
que supo de ciertos indios que hacia el Norte había grandes poblaciones; 
quisieron decir lo que ahora se va descubriendo de la provincia de Có¬ 
pala ó de la tierra de la Florida, de quien tantas cosas se han dicho 
y tan pocas se han visto; de cuyo descubrimiento y conquistas diré en 
su lugar. 

Supo de una provincia que se dice Zacatecas, que tenia gentes ex¬ 
trañas y que muchos negros de los que de los españoles se habían huido 
estaban entre ellos é que habían puesto cruces; pero esto y lo de Có¬ 
pala no pudo ser, luego que Cortés ganó á México, porque estonces no 
había negros, ni aún habían acudido españoles. E porque asi de Cópala 
como de Zacatecas pienso hablar muy largo en su tiempo y lugar, con¬ 
tinuaré lo que Cortés, con ánimo invencible, fué haciendo, el cual, 
viendo que los indios mercaderes le habían traído poca razón, invió á un 
español que se llamaba Villadiego, que sabía la lengua medianamente, 
con algunos indios amigos, para que con las cosas de rescate que lle¬ 
vasen, fuesen descubriendo tierras y conosciendo gentes, para volver con 
la razón de lo que viesen, dándoles por instrucción que topando con 
alguna nueva gente no pasasen adelante, sino que viendo bien su tierra, 
trato y comunicación, le diesen luego nueva dello; pero ellos hicieron 
la ida del cuervo, porque jamás volvieron ni se supo dellos, como si nun¬ 
ca fueran. Créese, por la grande enemistad que los indios tenían á nuestra 
nasción, que los mismos que acompañaron al Villadiego le mataron, é 
que ellos por no poder dar buena cuenta dél, se metieron la tierra adentro, 
donde nunca más parescieron. 


CAPITULO XIII 

CÓMO UN ESPAÑOL ACASO DESCUBRIÓ LA PROVINCIA DE MECHUACÁN, 

É DE CÓMO CORTÉS INViÓ Á MONTANO CON OTROS ESPAÑOLES ALLÁ 

Antes desto, ó muy poco después, queriéndolo asi la buena ventu¬ 
ra de Cortés, yendo un español con ciertos indios amigos á recoger 
gallinas para proveer el exército (llámase el español Porrillas), hombre 
gracioso y de buen ánimo, muy querido de los indios, los moradores del 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


764. 

pueblo de Alatalcingo (i), poco á poco le llevaron, recogiendo gallinas, 
hasta llegar á (2) la raya de la provincia de IMechuacán, adonde nin¬ 
gún español (3) había llegado, porque por muchos días después de ga¬ 
nado ^México ninguno salió de la ciudad más de hasta Chapultepec, 
porque así convenía, hasta tener noticia de alguna provincia (4). Los de 
aquella raya (5) holgaron muclio de ver al español (6); miráronle con 
gran cuidado, tocándole con las manos, como á cosa nunca vista, re¬ 
presentándoseles que muchos como aquel eran bastantes para vencer 
y subjectar mayores ciudades que las de México, é por señas y por la 
lengua le preguntaron muchas cosas, á las cuales él respondió, ponién¬ 
dolos en gran admiración. El les preguntó qué tierra era la que tenían 
atrás é (7) qué gente la moraba (8), y después que hubo sabido muchas 
cosas, les preguntó si tenían plata y oro, y ellos, en testimonio de que 
la tenían, le dieron alguna labrada, y para que viesen más por extenso (9) 
lo que el español (10) les había dicho, le dieron dos indios, prometiendo 
él que los trataría muy bien é (ii) que volverían muy presto. Los indios 
fueron muy contentos. 

Llegado que fué (12) con ellos donde (13) Cortés estaba (14), fué 
muy bien rescebido, porque con la relación de lo que él tanto deseaba, 
traía (15) consigo hombres de aquella tierra, á los cuales él (16) mandó 
tratar muy bien é (17) que los traxesen (18) por todo el real (19), para 
que viesen la gente, armas, artillería y caballos, mandando que delante 
dellos escaramuzasen algunos de caballo (20) é disparasen dos ó tres (21) 
escopetas, de que ellos (22) no poco se espantaron. Finalmente, hechas 
estas diligencias (23), les dió muchas cosas de resgate (24), é (25) por 


(1) 
indios, 

(2) 

(3) 

(4) 

( 5 ) 

( 6 ) 

(7) 

( 8 ) 
(9) 

(10) 

(11) 

(12) 

(13) 

(14) 
(is) 
(16) 
<17) 

(18) 

(19) 

(20) 

(21) 

(22) 
( 23 > 

(24) 

(25) 


Tachado el epígrafe y el comienzo del capítulo hasta: “muy querido de los 
los moradores del pueblo de Matalcingo.” 

Tach.: “llegar á.” 

Tach.: “español.” Suplido: “castellano.” 

Tach.: “porque así convenía, hasta tener noticia de alguna provincia.” 
Tach.: “raya.” Supl: “tierra.” 

Tach.: “español.” Supl.: “castellano.” 

^ é.” Supl.: “y.” 

la moraba.” Supl.: “la habitaba.” 
viesen más por extenso.” Supl.: “se viese mejor.” 

“español.” Supl.: “castellano.” 
é.” Supl.: “y.” 

Tach.: “que fué.” 

Tach.: “donde.” Supl: “á.” 

“ estaba. ” 

“traía.” Supl.: “lle^^aba.” 

“él. ” 

é.^” Supl: “y.” • 
traxesen.” Supl.: “llevasen.” 

Tach.: “real.” Supl: “exército.” 

Tach.: “de caballo.” Supl: “caballos.” 

Tach.: “dos ó tres.” Supl: “algunas.” 

Tach.: “ellos.” 

“hechas estas diligencias.” 

“de resgate.” Suplido: “de Castilla.” 

“é.” Supl: “y.” 


Tach.: 
Tach.: 
Tach.: 
Tach. 
Tach.: 


Tach.: 
Tach.: 
Tach.: 
Tach.: 
Tach.: 


Tach.: 
Tach.: 
Tach.: 






LIBRO SEXTO. — CAP. XIII yGS 

la lengua les dixo que como los cristianos eran muy valientes y es¬ 
pantosos contra sus enemigos, así amaban y querían mucho á los que se 
les daban por amigos, defendiéndolos é amparándolos en sus peligros 
y nescesidades, y que así haría con todos los de su nasción y que presto 
los iría á ver y enseñar cuán errados habían vivido los que adoraban 
dioses y sacrificaban hombres, y que con esto se podían ir en buen hora 
á su tierra é que hasta allá irían con ellos (i) algunos indios mexicanos 
ó los que ellos quisiesen, si éstos, por ser generales enemigos de todas 
las provincias, no los querían. Ellos (2), por extremo alegres de lo que 
habían visto, y del tratamiento que habían rescebido, le besaron las 
manos, diciendo que no querían mexicanos; tomaron tlaxcaltecas en 
su compañía. Destos dos indios supo el Cazonci (3), señor de JMechua- 
cán y mortal enemigo de Moteznma, el discurso de lo pasado, lo cual 
fué causa de que, como diré, inviase á Cortés sus embaxadores (4). 
Cortés, con la nueva que tuvo de aquellos dos indios, determinó de 
inviar á llamar á Montaño y (5) sus compañeros, como hombres que 
tenían ya en el negocio pasado tan bien probada su intención; díxoles 
que él (6) los quería inviar á que descubriesen (7) la provincia de Me- 
chuacán y la de las Amazonas, que los indios llaman Ciguatlan, y que 
les daría veinte señores indios con un intérprete que sabía tres lenguas, 
mexicana, otomí y tarasca, que ésta era y es la que los indios de aquella 
provincia hablan; dióles muchas cosas de rescate, para que con ellas 
tuviesen entrada en aquella tierra; rogóles (8) que procurasen ver y 
hablar al señor della (9) y tratar con él amistad y ver desimuladamente 
la multitud de la gente, las armas, fuerzas, contrataciones, fertilidad y 
disposición de la tierra, y que pudiendo hablar despacio con el señor, le 
diesen razón de quién era el Emperador de los cristianos y (10) el Sumo 
Pontífice, y de (ii) que él venía (12) á hacer bien y no mal é (13) desen¬ 
gañarlos de muchas cosas en que estaban ciegos y que, por no haber que- 


(1) Tachado: “que hasta allá irían con ellos.” Suplido: “mandó que los acompa¬ 
ñasen. ” 

(2) Tach.: “ó los que ellos quisiesen, si éstos, por ser generales enemigos de 
todas las provincias no los querían. Ellos.” S^tpl.: “y.” 

(3) Tach.: “Cazonci.” StipL: “Cazoncin.” 

(4) Tach.: “lo cual fué causa de que, como diré, inviase á Cortés sus embaxa¬ 
dores.” 

(5) Tach.: “la nueva que tuvo de aquellos dos indios, «determinó de inviar á 
llamar á Montaño y.” SiipL: “esta nueva dixo á ]\íontaño y á.” 

( 6 ) Tach.: “como hombres que tenían 3^a en el negocio pasado tan bien proba¬ 
da su intención, díxoles que él.” SupL: “que.” 

(7) Tach.: “á que descubriesen.” SupL: “á descubrir.” 

(<S) Tach.: “tuviesen entrada en aquella tierra; rogóles.” SupL: “fuesen mejor 
recebidos, encargóles.” 

(9) Tach.: “della.” 

(10) Tach.: “el Emperador de los cristianos y.” 

(ii'^ Tach.: “y de.” SupL: “y el rey de Castilla y.'' 

(12'í Tach.: “venía.” SupL: “iba.” 

(13) Tach.: “é.” SupL: “y.” 





CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


766 

rido los mexicanos rescebir tanto bien, había querido (i) el gran Dios 
de los cristianos destruirlos y asolarlos, como haría con todos los que 
los imitasen. Prometió con esto (2) á ]\Iontaño y á sus compañeros, si 
traían buen recaudo,* de hacerles grandes mercedes, y luego, delante 
deilos, por la lengua dixo muchas cosas á los veinte señores, y entre 
otras lo que principalmente les rogó y encargó fué que yendo con 
aquellos cristianos, que eran muy valientes y hermanos suyos, los sir¬ 
viesen é (3) guardasen y que nunca los dexasen, porque desto rescibiría 
él gran contento y le pondrían en obligación de que, volviendo, los ha¬ 
ría mayores señores, y como para aquel negocio el intérprete era tan 
im.portante, aunque era hombre de baxa suerte (4), le encargó mucho 
que en las demandas y repuestas dixese y tratase toda verdad, y que 
si se viese con el señor de aquella provincia, como testigo de vista le 
contase el poder de los cristianos y cuán bien le estaría darse por vasallo 
del Emperador deilos. Después de haberle instruido en esto y otras 
cosas (viendo lo que acerca de todos los hombres el premio mueve), le 
prometió de hacerlo caballero y señor de un pueblo (como después lo 
hizo) (5). 


CAPITULO XIV 


DE LO QUE MONTANO Y LOS DEMÁS RESPONDIERON Á CORTES, 

Y CÓMO SE DESPACHARON Y PARTIERON (6) 

Montaño y sus compañeros, como habían hecho lo que era más, muy 
contentos de hacer lo que era menos, por obligar más á Cortés (ó por 
mejor decir, al Emperador) respondieron diciendo que no solamente 
aquello, pero todo lo demás que se ofresciese en servido de Dios y de 
su Rey lo harían hasta perder la vida ; que les diese cosas de rescate y 
que luego se querían partir, porque en la tardanza no hubiese riesgo. 
Cortés los abrazó y se lo agradesció mucho, tornándoles á decir que tan 
buenos servicios no perderían galardón; dióles luego cosas de rescate 
y esperó lo que los veinte señores responderían, de los cuales el más 
anciano, que siempre se tuvo entre ellos este respecto, respondiendo Dor 
sí y por los demás, aunque dixo muchas cosas (que en esto son proli- 
xos), la suma fué que todo, como lo mandaba, harían y cumplirían sin 
discrepar en cosa, y porque la obra lo magnifestaría, no le querían en- 
carescer de presente el amor grande que ellos le tenían y lo mucho que 


(1) Tachado', “querido.” Suplido', “permitido.” 

(2) Tach.: “con <esto.” 

(3) Tach.: “serviesen é.” 

(4) Tach.: “aunque era hombre de baxa suerte.” 

(5) Tachado desde: “Después de'^haberle instruido en esto”, hasta el final del 
capítulo. 

(6) Tachado el epígrafe y todo el capítulo. 






LIBRO SEXTO.-CAP. XIV 


767 

lo deseaban servir, y que por el ofresciiniento que les hacía, que vol¬ 
viendo los adelantaría en mayores estados, le besaban los pies, y que sin 
tan gran merced estaban obligados á servirle en cosas muy mayores y 
de más peligro que aquella que les mandaba. 

Cortés les agradesció mucho la buena repuesta, é por inviarlos más 
contentos les dió algunas cosas, y lo mismo hizo al intérprete, el cual, 
agradesciendo la merced presente (que era prueba de la que esperaba) 
respondiendo á lo que Cortés con tanto cuidado le había encargado, 
le dixo: “Señor, son tan buenas las obras que nos haces, que aunque 
yo no tuviera gana de servirte, me obligas y fuerzas á que no pase de 
cosa que mandares el secreto y fidelidad que debo guardar en declarar 
lo que me dixeren y responder lo que tus compañeros mandaren; mi¬ 
raré con tanto cuidado y diligencia, como si mis dioses me lo mandasen 
y por quebrantar cualquiera cosa hubieran de abrasarme vivo, inviando 
fuego del cielo, y así por ellos te prometo que en breve por las obras 
veas cómo no he sido largo en las palabras.'’ Cortés, tornando á repetir 
lo que le había prometido, le dixo que él estaba muy cierto de aquello, 
y que así lo fuese él, que en volviendo sería señor de un muy buen 
pueblo, y que de vasallo y pechero le haría señor de vasallos y pecheros 
á quien mandase, porque no todos los señores heredaban señoríos, sino 
que muchas veces muchos los venían á alcanzar y conseguir por el gran 
valor de sus personas y por notables hechos que en servicio de sus Reyes 
hobiesen hecho, y que esta era la mejor entrada para conseguir honra 
y estado para si y para sus descendientes, al revés de lo que á algunos 
subcedía, que de grandes estados, por sus vicies y maldades, vinieron á 
perderlos y dexarlos apocados y á sus hijos con ellos. 

Todas estas palabras paresció á Cortés que convenía decir [á] 

aquel intérprete, porque era de buen entendimiento y había entendido 

dél que aspiraba á mayores cosas, y con esto lo encendió con ofres- 

cimiento tan debido y con palabras que tanto le animasen, á lo cual 
todo replicó el intérprete que no tenía más que decir que lo dicho, y 
que ya se le hacía tarde para ir á cumplir lo que su Merced le man¬ 
daba. 

Aprestados, pues, todos, salieron los cuatro cristianos, los vein¬ 

te señores y el intérprete otro día por la mañana, juntos, muy ale¬ 
gres y contentos, del real; salió Cortés con ellos y algunos de los 
suyos, hasta dexarlos puestos en el camino, donde al despedir dixo 
á los veinte señores y al intérprete que allí los saldría á rescebir cuan¬ 
do volviesen, y que les encomendaba mucho hiciesen lo que les tenía 
rogado, porque así haría él lo que les tenía prometido. 



768 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO XV 


CÓMO Á CABO DE CUATRO DÍAS LLEGARON Á UN PUEBLO QUE SE DICE TAXI- 
MAROA, EN LA RAYA DE MECHUACÁN Y DE LA CERCA DEL PUEBLO, Y DEL 
RESCIBIMIENTO QUE LOS DEL LES HICIERON, Y DE LA MATANZA QUE 
EN UN TIEMPO LOS DE MECHUACÁN EN ÉL HICIERON EN LOS MEXI¬ 
CANOS (l) 

Caminaron cuatro días los españoles é indios juntos (2), sin apar¬ 
tarse los unos de los otros; no les subcedió cosa de que hacer memo¬ 
ria (3). Llegaron cerca de aquel (4) pueblo que dixe ser (5) raya de 

Mechuacán, el cual se llamaba Taximaroa, y como el señor y los vecinos 
dél tenían tan buena relación de los cristianos (6), por lo que los dos 
indias habían dicho, determinaron salir de paz á rescebirlos; fué mucha 
la gente, porque aun hoy el pueblo es muy grande y muy poblado. El 
señor y Gobernador dél con muchos principales que le acompañaban, 
abrazó primero á los cristianos; dióles (como tienen de costumbre) ro¬ 
sas ó ramilletes, que en esta historia llamo súchiles (7), y luego abrazó 
á aquellos indios señores. Pararon un rato, y por la lengua que los 

nuestros llevaban (8), el señor de Taximaroa (9) dió la bienvenida á los 

españoles (10), diciéndoles (ii) que se holgaba mucho que á su ciudad y 
casa hubiesen llegado tan buenos huéspedes; que se holgasen, porque él 
los serviría y regalaría cuanto pudiese, y que estuviesen ciertos de que 
él deseaba mucho conoscer á su Capitán y por él ser criado y vasallo del 
señor de los cristianos, porque vía que su poder era tan grande, que es¬ 
tando su persona tan lexos de México, con pocos criados y vasallos su¬ 
yos hubiese subjectado la más fuerte ciudad que en estas (12) partes 
había, y que así tenía entendido que harían todos los demás reinos y pro¬ 
vincias, y que supiesen que desde aquel pueblo adelante comenzaba el 
reino y provincia de Mechuacán, subjecta á un gran señor, que se decía 
el Cazonci (13), capital enemigo de los mexicanos, y que la tierra era 
grande y fértil y muy poblada de hombres valientes y muy diestros en 

(i) Tachado el epígrafe. 

(A Tach.: “Caminaron cuatro días los españoles é indios juntos.” Suplido l 
“Partieron, pues, todos juntos muy alegres.” 

(3) Tach.: “no les siibcedió cosa de que hacer memoria.” 

(4) Tach.: “de aquel.” Snpl: “del.” 

(5) Tach.: “que dixe ser.” 

( 6 ) Tach.: “cristianos.” Supl.: “castellanos.” 

(7) Tach.: “que en esta historia llamo súchiles.” 

( 8 ) Tach.: “que los nuestros llevaban.” 

(9) Añadido: “los.” 

(10) Tach.: “á los españoles.” 

(11) Tach.: “diciéndoles.” Suplido: “diciendo.” 

(12) Tach.: “en estas.” Supl: “en aquellas.” 

(13) Tgc/i. :“Cazonci.” Supl: “Cazoncin.” 






LIBRO SEXTO. —CAP. XV 


769 

el flechear, y que tenia entendido que aquel gran señor inviaria presto 
sus embaxadores á Cortés, ofresciéndole su persona, casa y reino. Dcsto 
los españoles (i) rescibieron gran contento, porque vieron que de tales 
muestras no se podia seguir sino próspero y alegre subceso; dixéronle 
que con el tiempo veria el gran valor dé Cortés y que por él y por sus 
compañeros conosceria el gran poder del Emperador de los cristianos, y 
que presto, comunicándose todos, se desengañarian de los errores en que 
estaban. 

En estas y otras pláticas, todos muy alegres, aunque harto más 
los españoles (2), dieron la vuelta hacia la ciudad, de (3) la cual será 
bien decir algo (4), por ser extrañamente murada; la causa era (5) la 
guerra que con los mexicanos tenian. Estaba, aunque era muy grande, 
cercada de una cerca (6) de trozos muy gruesos de encina, cortados á 
mano; tenia (7) de alto dos estados é (8) uno de ancho; parescía muy 
antigua; renovábase cada dia, sacando los trozos muy secos y metiendo 
otros recién cortados, para lo cual habia maestros y peones diputados 
que en ninguna otra cosa se ocupaban, salariados para esto (9) del 
dinero de la república. Por lo alto y por el lienzo de afuera y de dentro 
iba tan igual y tan tupida la cerca, que no pudiera ser mejor labrada 
de cantería. Acostumbraban desde su principio, por las victorias que 
contra los mexicanos tenían, de no quemar la leña vieja y seca que sa¬ 
caban, sino en sacrificio de sus dioses, haciendo ciertas cerimonias cuan¬ 
do metían la nueva, como significando que con su favor se haría aquel 
muro tan fuerte que sus enemigos nunca entrarían por él y que dél 
saldrían los vecinos y volverían victoriosos. 

Entrados que fueron en el pueblo los nuestros (10), los de la ciudad 
les traxeron mucha comida y les hicieron grandes regalos y tan buen 
tratamiento que ellos quedaron espantados, pero con todo esto aquella 
noche se velaron por sus cuartos (ii), como hombres de guerra que 
querían estar seguros, pues muchas veces, debaxo de muestras de muy 
mayor amor que aquel, está encubierta la muerte de los que nescia- 
mente se confían, como en un tiempo acaesció á los mexicanos, tiniendo 
guerra con los mechuacanenses ó tarascos; que yendo un grueso exér- 
cito dellos, por mandado de Motezuma, sobre el reino y provincia de 
Mechuacán, pensando que de aquella vez le destruirían, llegando á este 
pueblo y poniendo su real sobre la guarnición del Cazonci, que en. 

(1) Tachado: “españoles.” Suplido: “castellanos.” 

(2) Tach.: “aunque harto más los españoles.” 

(3) Tach.: “de.” 

(а) Tach.: “será bien decir algo.” 

(5) Tach.: “ser extrañamente murada; la causa era.” 

( б ) Tach.: “de una cerca.” 

(7) Añadido: “esta trinchera ó muro.” 

( 8 ) Tachado: “é.” Suplido: “y.” 

(9) Tach.: “salariados para esto.” Supl.: “pagados.” 

(jo') Tach.: “nuestros.” Supl.: “castellanos.” 

(ii) Tach.: “se velaron por sus cuartos.” Supl.: “estuvieron despiertos.”’ 

49. 





CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


lio 

esta frontera estaba, fingió que huía, dexando en la ciudad mucha 
ropa, muchos bastimentos y gran cantidad de vino. Los mexicanos en¬ 
traron, pensando que les huían, y como era dos horas antes que el sol 
se pusiese, dieron saco á la ciudad, y en lo que más metieron la mano 
fué en el comer y beber, que hartos y borrachos cayeren casi todos sin 
sentido, y cuando estaban en lo más profundo del sueño, hacia la me¬ 
dia noche dieron con gran furia los enemigos sobre ellos, y como no 
hallaron resistencia, en pocas horas hicieron tan gran matanza que 
apenas escapó hombre dellos, é otro día, porque no hediesen en la ciudad, 
los echaron en el campo, cuyos huesos cubrieron la tierra y casi hasta 
hoy hay grandísima cantidad dellos. Puso este estrago de ahí adelante 
tanto miedo á los mexicanos, que jamás después osaron asomar á la 
raya de Mechuacán. 

Otro día bien de mañana los nuestros hicieron mensajeros á Cortés, 
escribiéndole lo que pasaba, de lo cual rescibió extraño contento, diciendo 
á muchos de los principales de su exército, que al leer de la carta se 
hallaron presentes: '‘¡Bendicto sea Dios, caballeros, que tan bien en¬ 
camina nuestros negocios! Yo espero en Su Majestad Divina que ha de 
ser muy servido en estas partes.’' 

Mucho regocijaron aquellos caballeros la buena nueva hasta buena 
parte de la noche (i). 


CAPITULO XVT 

CÓMO AQUEL DÍA LOS CUATRO ESPAÑOLES CON LA DEMÁS GENTE SE PAR¬ 
TIERON EN DEMANDA DE LA CIUDAD DE MECHUACÁN, Y CÓ^IO EN ELLA 
FUERON RESCEBIDOS (2). 

En este mismo día Montaño y sus compañeros se partieron en 
demanda de la ciudad de (3) Mechuacán; tardaron en llegar seis días 
sin subcederles cosa que de contar sea, más de que cada día los acom¬ 
pañaba (4) más gente de la provincia, que de los pueblos comarcanos 
al camino salían á ver los cristianos (5), que tan gran negocio habían 
acabado con sus enemigos los mexicanos. 

De la llegada de los nuestros (6) á Taximaroa, el Gobernador 


(1) Tachado desde: “pues muclias veces, debaxo de muestras de muy mavor 
amor”, hasta el final del capítulo. 

(2) Tachado el epígrafe. 

(3) Tach.: “En este mismo día Montaño y sus compañeros se partieron en de¬ 
manda de la ciudad de.” Suplido: “Otro día los castellanos avisaron á Cortés de 
lo que pasaba, y prosiguieron su camino á.” 

(4) Tach.: “sin subcederles cosa que de contar sjea, más de que cada día los 
acompañaba.” Supi: “acompañándoles cada día.” 

(s) Tach.: “á ver los cristianos.” Supl.: “á verlos.” 

( 6 ) Tach.: “nuestros.” Supl: “castellanos.” 





LIBRO SEXTO.-CAP. XVI 


77 í 


della (i), que era vasallo del Cazonci, le hizo muchos mensajeros, y lo 
mismo los Gobernadores de los otros pueblos por donde pasaban, hasta 
inviarle pintados los españoles (2), cómo iban, cómo comían, cómo 
dormían, las armas’y vestidos que llevaban; é ya que llegaban media 
legua pequeña de la ciudad de Alechuacán, aquel gran señor, que por 
momentos estaba avisado (3) para mostrar su poder y la voluntad que 
á los nuestros (4) tenía, mandó salir ochocientos señores vestidos de 
fiesta, que cada uno tenía á diez é (5) á doce mili vasallos; salieron 
con ellos tantos de los suyos y del gran señor (6), que cubrían los 
campos, juntándose con los nuestros, é (7) abrazándose. Uno dellos, 
que parescía tener más edad y más autoridad, dándoles primero unas 
rosas, les dixo: ''El Cazonci, gran señor nuestro, cuyos todos los que 
aquí estamos (siendo señores) somos vasallos, nos mandó os saliésemos 
á rescebir y que os dixésemos fuésedes muy bien venidos, y que así por 
particulares mensajeros, desde que llegastes á Taximaroa, hasta llegar 
donde ahora estáis, os ha inviado á visitar, significándoos el contento 
que con vuestra venida tiene; díxonos que entrando en su gran ciudad 
seréis tratados como en la vuestra, donde os ruega reposéis y descan¬ 
séis y que os hace saber que de lo que deseáis entender y saber os dirá 
gran parte, é que así rescibirá gran merced de que de Cortés y del muy 
gran señor suyo el Emperador le deis copiosas nuevas, ca (8) desea 
mucho ser amigo del uno y vasallo del otro. Los españoles, que gran 
deseo llevaban de ver y hablar al Cazonci, holgando por extremo deste 
mensaje, no reposando (9), respondieron pocas palabras, aunque muy 
amorosas, no viendo la hora que verse con aquel gran señor (10). 
Lleváronlos á unos aposentos muy grandes y extrañamente labrados, 
que bien parescían (ii) ser de tan gran Príncipe; aposentáronlos allí, 
trayéndoles con grandes cerimonias de crianza y reverencia gran va¬ 
riedad de manjares que para aquel tiempo tenían adereszados; tocaron 
sus instrumentos músicos, que son muchos y muy sonoros, y luego que 
hubieron comido (12), el gran señor los fué á ver, aunque dice Mon¬ 
tano en su Relación, que antes que les traxesen de comer salió con 
gran majestad á verlos el Cazonci (13), y haciéndoles señal de 


(1) Tachado: “della.” 

(2) Tach.: “españoles.” SupL: “castellanos.” 

(3) Tach.: “aquel gran señor que por momentos estaba avisado.” Supl. : “el Rey.” 

(4) Tach.: “nuestros.” SnpL: “castellanos.” 

(s) Tach.: “é.” SupL: “y.” 

( 6 ) Tach,: “tantos de los suyos y del gran señor.” SupL: “tanta gente.” 

(7) Tach.: “nuestros é.” SupL: “castellanos y” 

( 8 ) Tach.: “ca.” SupL: “porque.” 

(9) Tach.: “españoles, que gran deseo llevaban de ver y hablar al Cazonci, hol¬ 
gando por extremo deste mensaje, no reposando.” SupL: “castellanos.” 

(10) Tach.: “aunque muy amorosas, no viendo la hora que verse con aquel gran 
señor. ” 

(iO Tach.: “bien parescían.” Supl.: “parescían bien.” 

(12) Tach.: “luego que hubieron comido.” Supl.: “en comiendo.” 

(13) Tach.: “el Cazonci.” 





772 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


paz, no consintiéndolos llegar á él, les dixo que reposa,sen, y que 
volvería luego á hablarles despacio; y de lo que pasó dirá el capitula 
siguiente (i). 


CAPITULO XVII 

CÓMO EL CAZOXCI SALIÓ OTRA VEZ Á VER Á LOS NUESTROS Y ELLOS LO' 
SALIERON Á RESCEBIR, Y DE LO QUE LES DIXO Y ELLOS RESPON* 
DIERON (2) 

De ahí á dos horas que los nuestros hubieron comido, el Cazonci, 
que por instigación del demonio, que tanto perdía en la conversión de 
aquellos indios, no tiniendo el pecho sano, tornó á salir á ver los es¬ 
pañoles; esto sería á las diez de la mañana (3), y como antes (aunque 
ellos le salieron á rescebir), no consintiéndolos llegar á él, les dixo por 
la lengua con gran severidad: Quién sois? ¿De dónde venís? ¿Qué 

buscáis?; que tales hombres como vosotros ni los hemos oído ni visto 
hasta ahora. ¿Para qué venís de tan lexos? ¿Por ventura en la tierra 
donde nacistes no tenéis de comer y beber, sin que vengáis á ver y co- 

noscer gentes extrañas? ¿Qué os hicieron los mexicanos, que estando 

en su ciudad los destruistes? ¿Pensáis hacer lo mismo comigo?; pues 
yo tan valiente y poderoso soy, que no lo consentiré, aunque he tenido 
siempre guerra con los mexicanos y han sido grandes enemigos míos.” 

Los españoles (4) no se holgaron nada con estas palabras, y aunque 
se alteraron y no poco (5), uno dellos por la lengua le respondió: “Gran 
señor, á quien tus dioses prosperen y en mayores reinos adelanten: 
No hay por qué te receles, que tus servidores (6) somos, inviados por 
el Capitán Cortés no á otra cosa que á servirte y que (7) le conozcas 
y tengas por amigo, que le hallarás tal en todo lo que se ofresciere á 

ti y á los tuyos; y pues en pocas palabras nos has preguntado muchas 

cosas á que no te podemos responder sino despacio, suplicárnoste que 
con benegnidad (8) nos oyas, que después que lo hayas hecho no te 
pesará. 


(1) Tachado: “y de lo que pasó dirá el capítulo siguiente.” 

(2) Tachado el epígrafe. 

(3) TacJi.: ‘Mos nuestros hubieron comido, el Cazonci, que por instigación del 
demonio, que tanto perdía en la'conversión de aquellos indios, no tiniendo el pecho 
sano, tomó á salir á ver los españoles; esto sería á las diez de la mañana.” Suplido: 
“comieron los castellanos, el Cazonzin los fue á ver, que sería como dos horas an¬ 
tes de mediodía.” 

(4) Tach.: “españoles.” Suplido: “castellanos.” 

(5) Tach.: “y no poco.” 

( 6 ) Tach.: “serAÚdores.” Supl: “amigos.” 

(7) Tach.: “que á servirte y que.” Supl.: “sino para que.” 

(8) Tach.: “con benegnidad.” 






LIBRO SEXTO.-CAP. XVII 


773 

’^Nosotros somos cristianos, nascidos en una tierra que se llama Es¬ 
paña (i). Venimos por mandado de un muy gran señor, que se dice 
el Emperador de los cristianos, á quien nuestro Dios puso en corazón 
que viniésemos á ver estas tierras nuevas, no porque en la nuestra nos 
falta lo que hemos menester, que antes nos sobra para pasar la vida hu¬ 
mana; venimos, después que tuvimos noticia de las tierras que hemos 
descubierto, á dos cosas principalmente; la una á comunicaros y teneros 
por amigos, dándoos de lo que nosotros tenemos que vosotros no te¬ 
néis acá, rescibiendo nosotros, por vía de contratación y amistad, de vos¬ 
otros lo que nosotros en nuestra tierra no tenemos, como se hace í (2) 
usa en todas las tierras del mundo y vosotros, según hemos entendido, 
usáis los de un reino con los de otro, lo cual es causa que los reinos 
se ennoblescan; pero la segunda cosa es la que más importa, que re¬ 
sulta del trato y comunicación que con vosotros deseamos tener, que 
es el desengañaros de una gran ceguedad y error en que el diablo (3) os 
tiene metidos, haciéndoos adorar dioses falsos y quebrantar en muchas 
cosas la ley natural, que acerca de todos los hombres tanta fuerza tiene: 
y aunque al principio os parezca esto áspero, por la costumbre que 
en vuestro error tenéis, cuando nos hayáis comunicado se os hará fácil 
y sabroso; y si hecimos guerra y destruimos á los mexicanos, fué por¬ 
que nos quebrantaron muchas veces el amistad, y por (4) traición y mal¬ 
dad (s) nos quisieron matar, y por castigar las injurias y tiranías que 
contra muchas nasciones que nos pidieron socorro é ayuda habían usado, 
y así, aunque eran muchos y muy poderosos y puestos en ciudad tan 
fuerte, no fueron parte para defenderse ni para ofendernos, porque 
nuestro Dios, que es uno y solo poderoso, peleaba contra ellos y contra 
sus dioses ó, por mejor decir, diablos, perseguidores crueles de los hom¬ 
bres (6); y si quieres, gran señor, más claro saber cómo no deseamos 
ni (7) procuramos hacer mal á nadie, infórmate de cuán buenos amigos 
y favorescedores hemos sido de los que se nos han encomendado y 
dado por amigos (8), y así entenderás, que queriéndolo tú ser nuestro, 
como lo has inviado á decir, te holgarás mucho con nuestra amistad, 
y no hay para que dés oídos á los demonios ni á otros (9) malos con¬ 
sejeros, para que hagas otra cosa de lo que debes á tu real persona, 
que nosotros en lo dicho te hemos tratado toda verdad, y si no, pues 
tienes intérpretes mexicanos, pregúntalo aparte á estos señores que 


(1) Tachado: “España.” Suplido: “Castilla.** 

(2) Tach,: “é.” SupL: “y.” 

(3) Tach.: “diablo.” Supl.: “demonio.” 

(4) Tach.: “por.” Supl: “con.” 

(5) Tach.: “y maldad. ” 

( 6 ) Tach.: “ó, por mejor decir, diablos, perseguidores crueles de los hombres.'^ 

(7) Taf/í.: “deseamos, ni.” 

( 8 ) Tach.: “y dado por amigos.” 

(9) Tach.: “demonios, ni á otros.” 




774 


CRÓNICA DE L.^ NUEVA ESPAÑA 


con nosotros vienen, que ellos te lo dirán, aunque no son de nuestro 
linaje ni nuestros aniigos (i)/’ 

Muy atento estuvo el Cazonci (2), revolviendo en su pecho grandes 
cosas, porque de las que había oído en la repuesta de aquellos espa.- 
ñoles (3), unas le daban contento y otras le ponían en temor y altera¬ 
ción (4), y así (5), reparando un poco, como pensando en alguna cosa, 
les respondió que se holgaba de haberlos oído y que reposasen y se hol¬ 
gasen (6), que él (7) daría la repuesta cuando le paresciese y fuese su 
voluntad (8), y diría lo que debían hacer; y con esto, sin haberse sen¬ 
tado (9), se despidió dellos, los cuales, aunque no quedaron nada (10) 
contentos ni seguros de tal repuesta y amistad (ii), no mostraron punto 
de flaqueza, por no caer de una gran (12) opinión en que estaban pues¬ 
tos, que era tenerlos por inmortales (13) é hijos del sol; que muchas 
veces por descuidos y atrevimientos demasiados de los nuestros, se 
desengañaron. Comenzaron á tratar entre sí (14) qué harían, y, final¬ 
mente, como los que no podían salir á parte ninguna de noche ni de día 
que no fuesen sentidos, vistos y presos (15), determinaron (encomen¬ 
dándose á Dios) (16) de estar á lo que les subcediese, lo cual fué bien 
notable, como luego diré (17). 


CAPITULO XVIII 


CÓMO EL CAZONCI MANDÓ GUARDAR Á LOS NUESTROS DE NOCHE Y DE DIA 

Y CON DOS SEÑORES LES INVIÓ Á DECIR NO SALIESEN SIN SU MANDADO, 

Y DEL TEMOR QUE TUVIERON DE SER MUERTOS 


Poco después que el Cazonci se fué á su aposento, proveyendo desde 
el principio, que lo tenía pensado, que ochocientos hombres principales, 
no sin armas secretas, de noche y de día, estuviesen en guarda de los 


(1) Tachado: “nuestros amigos.” Suplido: “nación.” 

(2) TacJi.: “Cazonci.” Supl.: “Cazonzín.” 

(3) Tach.: “en la repuesta de aquellos españoles.” 

(4) Tach.: “y alteración.” 

(5) Tach.: “así.” 

( 6 ) Tach.: “y se holgasen.” 

(7) Tach.: “él.” 

(S) Tach.: “y fuese su voluntad.” 

(9) Tach.: “sin haberse sentado.” 

(10) Tach.: “nada.” 

(iO Tach.: “y amistad.” 

(12) Tach.: “una gran.” Supl.: “la.” 

(13) Tach.: “inmortales.” Supl: “invencibles.” 

(14) Tach.: “que muchas veces, por descuidos y atrevimientos demasiados 
de los nuestros, se desengañaron. Comenzaron á tratar entite sí.” Suplido: “Tra¬ 
taban entre sí lo.” 

(15) Tach.: “vistos y presos.” 

(16) Tach.: “(encomendándose á Dios).” 

(17) Tach.: “lo cual fué bien notable, como luego diré,” 







LIBRO SEXTO.-CAP. XVIII 


775 

españoles en el patio, desimulando la guarda asentados en asientos de 
madera labrados y pintados, como hoy los tienen, mandó á dos caba¬ 
lleros de los más señalados de su casa que, haciendo una raya á la puerta 
de la entrada por donde habían entrado (i), dixesen á los españoles {2^ 
que el gran señor Cazonci Ies mandaba que en ninguna manera (3), de 
noche ni de día, por ninguna causa ni razón (4), pasasen ni atravesasen 
aquella raya sin su licencia (5). 

Mucho se alteraron desto aquellos españoles, porque les páreselo 
que eran palabras pesadas y sangrientas y que amenazaban muerte (ó), 
pero desimulando lo mejor que pudieron el temor, el (7) uno dellos con 
rostro muy (8) alegre y palabras muy comedidas (9) dixo: ‘'Decid á Su 
Alteza que en su casa y en su reino estamos y que mensajeros somos y 
que con voluntad de servirle venimos, y que así no discreparemos punto 
de lo que Su Alteza (10) manda y que si quiere que no salgamos deste 
aposento lo haremos con tanta voluntad como lo que ahora nos manda/' 

Con esta repuesta, bien contentos (ii) los mensajeros volvieron á 
su señor, el cual á hora de vísperas comenzó á hacer grandes fiestas por 
toda la ciudad y en los cues (12) encender muchos fuegos y quemar 
muchas cosas olorosas, sacrificando en ellos á sus ídolos gran cantidad 
de hombres, mujeres, muchachos, muchachas (13), niños y niñas, con 
gran estruendo y ruido de cornetas y caracoles, con continuos bailes y 
danzas de noche y de día, con canciones tan tristes y pavorosas (14) que 
parescían del infierno. Duraron estas fiestas y sacrificios diez é ocho 
días. Hízoias el Cazonci con pensamiento y voluntad que á cabo de 
‘ios veinte sacrificaría á los españoles y vería si eran mortales ó no (15): 
pero cornio Dios quería que ya comenzase á cesar el cruel y (16) 


(1) Tachado el epígrafe y el comiendo del capítulo hasta: “que, haciendo una 
raya á la puerta de la entrada por donde habían entrado.” Suplido: “Había manda¬ 
do el Cazonzin que mucho número de gente noble, disimuladamente, con armas se¬ 
cretas guardase á los castellanos, y así estaban en los patios del palacio sentados en 
los poyos y paseándose, y ordenó á dos caballeros que.” 

(2) Tach.: “españoles.” SupL: “castellanos.” 

(3) Tach.: “el gran señor Cazonci les mandaba que en ninguna manera.” 

(4) Tach.: “ni razón.” 

(5) Tach.: “ni atravesasen aquella raya sin su licencia.” SupL: “sin su licencia 
una raya que hicieron allí.” 

( 6 ) Tach.: “aquellos españoles, porque les paresció que eran palabras pesa¬ 
das y sangrientas y que amenazaban muerte.” SupL: “paresciéndoles que era mala 
señal.” 

(7) Tach.: “el temor, el.” 

( 8 ) Tach.: “muy.” 

(9) Tach.: "y palabras muy comedidas.” 

(10) Tach.: “Su Alteza.” 

(11) Tach.: “bien contentos.” 

(12) Tach.: “y en los cues.” SupL: “y en las torres de los templos.” 

(13) Tach.: “muchachos, muchachas.” SupL: “y.” 

(14) Tach.: “y pavorosas.” 

(15) Tach.: “y voluntad que á cabo de los veinte sacrificaría á los españoles y 
vería si eran mortales ó no.” SupL: “de sacrificar después á los castellanos.” 

(16) Tach.: “ya comenzase á cesar ol cruel y.” SupL: “cesase el.” 



776 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


sangriento señorío que el (i) demonio en aquellas partes tenía (2), que¬ 
riendo guardar aquellos españoles (3) y á otros que habían de ser ins¬ 
trumento del remedio de aquellos infieles, puso en el corazón de un gran 
señor, viejo de sesenta años (4), que por el Cazonci gobernaba todos sus 
estados y le era muy acepto y por cuyo consejo se regía, que una noche, 
al cabo de los diez é ocho días, le dixese: 

“Gran señor, á quien los dioses inmortales han puesto en tan alto 
estado, que muerto Motezuma y deshecho su imperio, tú solo eres el 
mayor señor deste Nuevo Mundo: Bien será (5) que con mucho acuerdo 
pienses (ó) primero lo que intentas hacer, que es (7) cosa cruel y no 
digna de tan gran Rey como tú, que quieras (8) matar á los que te vie¬ 
nen (9) á visitar y conoscer, sin que primero estes muy cierto si vie¬ 
nen (10) con buen ánimo ó malo. Mira que estos (ii) hombres y los que 
quedan con (12) su Capitán Cortés son (13) muy valientes, pues siendo 
tan pocos han vencido (14) infinitos indios; cierto (15), su Dios (que 
dicen (16) que no tienen (17) más que (18) uno) debe ser (19) muy po¬ 
deroso, pues ha quemado y destruido (20) los dioses de México (21) y 
aquel gran dios (llamado Vchilobos) (22) que con tanta reverencia los 
mexicanos (23) adoraban. Cierto, yo creo que estos cristianos deben (24) 
ser hijos del sol, y por tanto, contra sus enemigos han sido tan pode¬ 
rosos ; mi parescer es (que pues siempre, por me hacer merced, has (25) 


(1) Tachado: “que el.” Suplido: “del.” 

(2) Tach.: “en aquellas partes tenía.” 

(3) Tach.: “españoles.” Supl.: “castellanos.” 

(4) Tech.: “viejo de sesenta años.” Supl.: “anciano.” 

(5) Tach.: “le dixese: “Gran señor, á quien los dioses inmortales han puesto 
”en tan alto estado, que muerto Motezuma y deshecho su imperio, tú sólo eres 
”el mayor señor deste Nuevo Mundo: Bien será.” Supl.: “le dixo que sería bien.” 

(6) Tach.: “ pienses, : “pensase.”... 

(7) Tach.: “intentas hacer, que es.” Supl.: “intentaba, porque era.” 

(S) Tach.: “como tú, que quieras.” 

(9) Tach.: “te vienen.” Supl.: “le iban.” 

(10) Tach.: “estés muy cierto si vienen.” Supl: “estuviese muy cierto si iban.” 

(11) Tech.: “Mira que estos.” Supl: “y que mirase que aquellos.” 

(12) Tach.: “quedan con.” Supl: “tenía.” 

(13) Tach.: “Cortés, son.” Supl: “eran.” 

(14) Tach.: “han vencido.” Supl: “vencieron.” 

(15) Tach.: “cierto.” Supl: “y que.” 
ü 6 ) Tach.: “dicen.” .Supl: “decían.” 

(17) Tach.: “tienen.” Supl: “era.” 

(18) Tach.: “que.” Supl: “de.” 

(19^ Tach.: “debe ser.” Supl: “debía de ser.” 

<20) Tach.: “ha quemado y destruido.” Supl: “destruyó.” 

(21) Tach.: “de México.” Supl: “mexicanos.” 

(.22) Tach.: “Vchilobos.” Supl-: Vitzilipuztli.” 

(23) Tach.: “los mexicanos.” 

(24) Tach.: “Cierto, 3^0 creo que estos cristianos deben.” Supl: que creía 

que aquellos castellanos debían.” 

(25) Tach.: “y, por tanto, contra sus enemigos han sido tan poderosos; mi pa¬ 
rescer es (que pues siempre, por me hacer merced, has.” Supl: “pues tan victorio¬ 
sos habían quedado de sus enemigos, y que por tanto, pues siempre había.” 







LDRO SEXTO.—CAP. XIX 


777 


seguido mi (i) consejo) que te detengas y antes hables bien a estos 
cristianos que les hagas mal, porque desto no se te puede seguir daño 
alguno, antes asegurarás tus negocios para ver lo que te convenga, y 
no habiendo razón por qué, no hagas enemigos a los que te podrían ayu¬ 
dar y favorescer.'" 

Mucho contentaron estas palabras al Cazonci, porque eran muy 
verdaderas y de mucho peso y dichas por un hombre de tanta autoridad 
y de quien él tanto se fiaba, y así, agradesciéndole con muy buen sem¬ 
blante el consejo (2), mandó luego (3) que cesasen las fiestas y que los 
sacrificios no pasasen adelante, inviando (4) á cuatro principales al 
aposento donde los españoles estaban, diciéndoles que luego le invia- 
sen (5) cuatro de aquellos principales indios que entre los veinte con¬ 
sigo habían traído, porque los quería hablar é informarse dellos de 
ciertas cosas que mucho convenían. Los españoles, no menos congoxa- 
dos desto que de lo pasado, como vieron que no podían hacer otra 
cosa, dixeron á los mensajeros que de ahí á poco se los inviarían, por¬ 
que querían escoger los que más sabios fuesen, para dar relación á 
Su Alteza de lo que quería saber dellos; y aunque días había que es¬ 
taban industriados de lo que debían decir, apartando á los cuatro que 
les parescieron ser más avisados y desenvueltos y tener más afición 
á los cristianos, les dixeron lo siguiente: 


CAPITULO XIX 

CÓMO AQUELLOS ESPAÑOLES INDUSTRIARON Á LOS INDIOS, 

Y DEL RECELO CON QUE EN EL ENTRETANTO QUEDARON 

“Hermanos nuestros que tan verdaderos amigos nos habéis sido, 
así en nuestros trabajos, como en nuestras prosperidades: Muchas 
veces por el camino y después acá en este aposento donde estamos os 
hemos advertido de lo que debéis de hacer y decir cuando os veáis 
con el Cazonci. Ahora, según vemos, lo que habíades de hacer por 
nosotros, es forzoso lo hagáis por vosotros, si queréis vivir, porque, 
á lo que entendemos, el Cazonci ha querido ó quiere sacrificarnos, 
y así será bien que cuando os pregunte por nosotros le representéis 


(1) Tachado: “mi.” Suplido: “su.” 

(2) Tachado desde: “que te detengas y antes hables bien”, hasta: “y así, agra¬ 
desciéndole con muy buen semblante el consejo.” Suplido: “le rogaba que se de¬ 
tuviese, pues en ello no había inconveniente, v podría mejor considerar que era 
bien tener por amigos á los que mucho le podrían ayudar. Estas palabras contenta¬ 
ron al Cazonzin, y agradesciéndole el consejo.” 

(3) Tach.: “luego.” 

(4) Tach.: “inviando.” SupL: “y envió.” 

(5) Tach.: “donde los españoles estaban, -diciéndoles que luego le inviasen.” 
Supi: “de los castellano?, por.” 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


77S 

la (i) manera de pelear nuestra (2), las armas, los caballos, los tiros, 
las escopetas y ballestas, y cómo un cristiano (3) con cualquier arma 
déstas puede más y es más valiente (4) que diez mili indios. Decirle heis 
(porque os preguntará cómo destruimos á IMéxico) que por mucho 
que porfió y resistió, que con un tiro muchas veces morían (5) cient 
indios, y cómo (6) los caballos no pelean (7) menos que los caballeros, y 
el gran destrozo que los perros hacen en los indios enemigos de los 
cristianos, y decirle heis cómo somos (8) de tal propiedad y calidad 
los cristianos (9), que no nos sabemos cansar (10) en la guerra, pa¬ 
sándonos (ii) sin comer y beber dos y tres días, y que no sabemos (12) 
dormir cuando es (13) menester, y cómo en las cosas de la guerra so¬ 
mos (14) tan industriosos y venturosos que jamás (como habéis visto) 
hemos sido (15) vencidos, sino siempre vencedores. Diréis con esto, que 
hasta vencer á nuestros enemigos, á fuego y á sangre los asolamos, 
pero después que piden misericordia (16) y paz, se la damos y guarda¬ 
mos (17), no menos que si fuesen nuestros (18) hermanos, defendiéndolos 
y amparándolos (19) de sus enemigos como á nosotros (20) proprios. 
Diréisle también cómo el Emperador de los cristianos, que invió á 
nuestro Capitán con la gente que hoy tiene, cada día le envía 
armas de las de aquella tierra y muchos y muy esforzados caballe- 


(1) Tachado desde \ “que entre los veinte consigo habían traído” {capitulo ante- 
rior), hasta el final. Tachado también el epígrafe de éste y su comicnjso hasta: “que 
cuando os pregunte por nosotros, le representéis la.” SupL: “mexicanos, diciendo 
que dellos se quería informar. Los castellanos dixeron que los inviarían, y habiendo 
escogido los que habían de ir, los dixeron que advirtiesen que entendían que el 
Cazonzin los quería sacrificar á todos, y que para remediar este peligro era nece¬ 
sario que cuando algo les preguntase le dixesen su.” 

(2) Tachado: nuestra.” 

(3) Tach.: “cristiano.” Suplido: “castellano.” 

(4) Tach.: “cualquier arma déstas puede más y es más valiente.” SupL: “cual¬ 
quiera de aquellas armas podría más.” 

(5) Tach. : “Decirle heis (porque os preguntará cómo destruimos á i\Iéxico) que 
por mucho que porfió y resistió, que con un tiro muchas veces morían.” Suplido: 
“y que uno de aquellos tiros mataban de una vez.” 

(6) Tach.: “como.” SupL: “que.” 

(7) Tach.: “pelean.” SupL: “peleaban.” 

(8) Tach.: “y decirle hei^^ cómo somos.” SupL: “y que eran.” 

(9) Tach.: “y calidad los cristianos.” 

(10) Tach.: “nos sabemos cansar.” SupL: “se cansaban.” 

(11) Tach.: “pasándonos.” SupL: “pasándose.” 

(12) Tach.: “no sabemos.” SupL: “sabían no.” 

(13) Tach.: “es.” SupL: “era.” 

(14) Tach.: “somos.” SupL: “eran.” 

(15) Tach.: “(como habéis visto), hemos sido.” SupL: “eran.” 

(16) Tach.: “sino siempre vencedores. Diréis con esto, que hasta vencer á nues¬ 
tros enemigos á fuego y á sangre los asolamos, pero después que piden misericor¬ 
dia.” SupL: “y que asolaban con fuego y sangre sus enemigos, pero que cuando 
pedían perdón.” 

U?) Tach.: “damos y guardamos.” SupL: “daban y guardaban.” 

DS) Tach.: “nuestros.” SupL: “sus.” 

fiq) Tach.: “y amparándolos.” 

(jo^i Tach.: “nosotros.” SupL: “ellos.” 




LIBRO SEXTO.-CAP. XIX 


779 


ros (i), para que ningún Rey ni señor, por poderoso que sea, ni (2) mu¬ 
chos juntos, se atrevan (3) á ofenderlos, y cómo ninguno ha intentado 
esto‘que no haya sido muerto ó haya perdido su estado, y, finalmente, 
pues sois testigos (4) de vista, le persuadiréis procure (5) el amistad 
de Cortés, si quiere (6) conservarse en su estado y señorío, (y) y que 
no haga (8) cosa de que después se arrepienta (9). Estas y otras cosas 
que se ofrescerán le diréis para ponerle miedo y espanto, y si todavía 
vierdes que está de (10) mal propósito, diréisle que nosotros cuatro 
somos bastantes (ii) para matar á todos los que nos tiene puestos por 
guarda y á otros más que vengan (12), aliende de que nuestro (13) Ca¬ 
pitán vendrá luego y le matará y destruirá (14) su reino. Con esto id 
con Dios y hablad (15) con grande ánimo y no tengáis (ló) pena, que 
aquí estamos nosotros.’' 

Con esto se (17) fueron los cuatro indios (18) con los que habían 
venido (19) por ellos. Entraron do el Cazonci (20) estaba (211), al cual, á 
su modo, no menos que á los dioses, hicieron reverencia y acatamien¬ 
to (22), y luego (23), llamados los intérpretes, delante de algunos de su 
consejo y de aquel prudente y buen (24) Gobernador, les preguntó mu- 


U) Tachado desde: “Diréisle también cómo el Emperador”, hasta: ‘‘y muchos y 
muy esforzados caballeros.” SutiL: “y que su Rey cada día les proveía de armas y 
nueva gente.” 

(2) Tach.i “sea ni.” Supl.: “fuese ni.” 

(3) Tach.: “atrevan.” Supl.: “atreviesen.” 

(4) Tach.: “y cómo ninguno ha intentado esto que no haya sido muerto ó haya 
perdido su estado, y finalmente, pues sois testigos.” SupL: “y que pues eran tes- 
tigosi ” 

(5) Tach.: “persuadiréis procure.” Supl: “persuadiesen que procurase.” 

( 6 ) Tach.: “quiere.” Supl.: “quería.” 

(7) Tach.: “y señorío.” 

( 8 ) Tach.: “haga.” Supl.: “hiciese.” 

(9) Tach.: “arrepienta.” Supl.: “arrepintiese.” 

(10) Tach.: “Estas y otras cosas que se ofrescerán le diréis para ponerle miedo 
y espanto, y si todavía vierdes que está de.” Supl.: “y que si todavía viesen que 
tenía.” 

(11) Tach.: “diréisle que nosotros cuatro somos bastantes.” Supl.: “le di.xesen 
que solos los cuatro castellanos eran bastantes.” 

(12) Tach.: “los que nos tiene puestos por guarda, y á otros más que vengan.” 
Supl: “cuantos los guardaban y á más.” 

(13') Tach.: “nuestro.” Supl: “su.” 

(14) Tach.: “vendrá luego y le matará y destruirá.” Supl: “iría luego y le 
mataría y destruiría.” 

(15) Tach.: “Con esto id con Dios y hablad.” Supl: “y que fuesen con Dios y 
hablasenu” 

(16) Tach.: “tengáis.” Supl: “tuviesen.” 

(17) Tach.: “aquí estamos nosotros. Con esto se.” Supl: “allá quedaban ellos.” 

(18) Tach.: “indios.” Supl: “señores me.xicanos.” 

(19) Tach.: “venido.” Supl: “ido.” 

(20) Tach.: “do el Cazon-ci.” Supl: “al Cazoncín.” 

(21) Tach.: “estaba.” 

(22) Tach.: “y acatamiento.” 

(23) Tach.: “luego.” 

(24) Tach.: “y buen.” 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


780 

chas cosas, á las cuales ellos (i) respondieron tan bien y con tanto es¬ 
fuerzo y libertad como si Cortés estuviera con su exército á la puerta. 

Mucho se espantó el Cazonci y aquellos señores de lo que los 
indios dixeron, y creyéronlo todo, porque de mucho dello tenían larga 
relación, y en especial aquel Gobernador se holgó más, por haber sido 
causa de que el Cazonci no hiciese tan gran desatino como pensaba, y 
volviéndose á su señor, le dixo: “¿Qué te paresce, gran señor, si te 
aconsejé bien y cuánto lo hubieras errado si de otra manera lo hicieras?’^ 
El Cazonci le alabó el consejo y tuvo en más su persona é mandó lue¬ 
go (2) tratar bien aquellos indios, porque le dixeron que eran seño¬ 
res (3), diciéndoles por dos ó tres lenguas (4) lo mucho que se había 
holgado de hablar con ellos y de estar cierto de lo que estaba dubdoso, 
y que se estuviesen en su palacio hasta que él mandase (5) se fuesen 
con los cristianos. En el entretanto, los españoles, como había (6) pasado 
día y medio que sus indios no volvían, estaban muy (7) temerosos de 
morir (8), aunque, como españoles, conjurados y (9) determinados de 
vengar (10) de tal suerte primero sus muertes (ii), que el Cazonci y 
los suyos, cuando se desengañasen de ser (12) inmortales, entendiesen 
cuán caro les costaba la muerte de cada uno dellos, sin lo que después 
al Cazonci costaría, viniendo Cortés á vengarlos; pero al tiempo que 
más ocupados estaban en hacer estas consideraciones, cuando no se 
cataron, vieron entrar sus indios por la puerta del aposento muy ale¬ 
gres y contentos, que. les parescieron, como debía de ser así en aquella 
sazón, ángeles y no hombres. Abrazáronlos, no vieron la hora que pre¬ 
guntarles qué nuevas había, á lo cual dixeron: ''Muy buenas, que es¬ 
pantado dexamos al Cazonci y [á] aquellos señores con lo que á sus 
preguntas respondimos, y tenemos por cierto que presto, y aun con 
ricos presentes, nos inviará á nuestro General, queriendo y procurando 
su amistad más que él la dellos. 


fi') Tachado \ úXos." 

(2) Tach, desde: “en especial aqndl Gobernador se holgó más'*, hasta: “y 
tuvo en más su persona é mandó luego.” Suplido: “mandó el Rey.” 

(3) Tach.: “señores.” SupJ.: “caballeros.” 


Suplido: “castellanos, habiendo.’ 


(4) 

Tach .: “ 

por dos ó tres lenguas.” 

( 5 ) 

Añadido 

: “que.” 

( 6 ) 

Tachado 

: “españoles, como había.” Suplido 

(7) 

Tach.: “ 

muy. ” 

rs) 

Tach.: “ 

de morir.” 

(9) 

Tach .: “ 

como españoles conjurados y.” 

(10) 

Añudido 

: “su muerte.” 

(II) 

Tachado 

: “primero sus muertes.” 

(12) 

Tach.: “ 

de ser.” Suplido: “que no eran.” 





LIBRO SEXTO.—CAP. XX 


78 


CAPITULO XX 


CÓMO DE ALLÍ Á TRES HORAS, VINIENDO DE MONTERÍA EL CAZONCI, FUÉ- 
Á VISITAR AQUELLOS ESPAÑOLES Y CÓMO LES DIÓ LA CAZA, Y DE LO 
QUE POR LA LENGUA LES DIXO 


De ahí á tres horas que esto pasó, vino el Cazonci con (i) cuarenta 
ó cincuenta señores, é por pajes diez ó doce mancebos muy bien dis¬ 
puestos, y en seguimiento suyo más de veinte mili hombres, todos con 
arcos y flechas y enramados, llenos de guirnaldas, con una ( 2 ) grita 
como (3) gente vencedora. Los españoles no las tuvieron todas consigo, 
creyendo (4) que por cerimonia venían (5) de aquella manera, para ma¬ 
tarlos y sacrificarlos á sus ídolos. Apercibiéronse desimuladamente, y 
el uno dellos tuvo de trailla un lebrel muy bravo, cebado en indios; con 
determinación, si acometían, de soltarle, pero avínoles muy de otra ma¬ 
nera de lo que temieron, porque (6) entró el Cazonci por el patio hacia 
donde ellos estaban con muy buen semblante y con otro rostro del que 
hasta estonces les había mostrado (7). Llevaba su arco en la mano, todo 
lleno de engastes de esmeraldas, y á las espaldas una aljaba de oro, 
cuajada de pedrería, que con el sol el arco y aljaba relumbraban mu¬ 
cho, y solo, yendo algo apartado dél por los lados y espaldas aque¬ 
llos señores sus más (8) privados, entró por los aposentos donde los 
españoles (9) estaban, los cuales no osaron salir (10) á rescebirle más 
adelante de adonde la raya estaba hecha. Hiciéronle grande acatamien¬ 
to con rostros muy alegres, y él (ii), rescibiéndolos así, se apartó á 
un cabo, mandando poner por orden gran cantidad de venados muer¬ 
tos y vivos y gran cantidad (12) de conejos, codornices y aves de otras 
muchas suertes, muertas y vivas, que pusieron á los nuestros (13) gran 


(1) Tachado desde \ “sin lo que después al Cazonci costaría” {capítulo anterior), 
hasta el final. Tachado también el epígrafe de este capítulo y su comienzo hasta 
donde dice: “vino el Cazonci con.” SupL: “Parecieron luego sus cuatro mexica¬ 
nos muy alegres, y ellos, no menos contentos, les preguntaron do que había pasado. 
Tres horas después fué el Cazonzin acompañado de.” 

(2) Tach.: “una.” 

(3) Tach.: “como.” SnpL: “de.” 

(4) Tach.: “Los españoles no las tuvieron todas consigo, creyendo.” Suplido: 
“Bien pensaron los castellanos.” 

(5) Tach.: “venían.” SupL: “ibam” 

( 6 ) Tach.: “pero avínoles muy de otra manera de lo que temieron, porque.” 

(7) Tach.: “y con otro rostro del que hasta estonces les había mostrado.” 

( 8 ) Tach.: “aquellos señores sus más.” Suplido: “los caballeros más.” 

(9) Tach.: “españoles.” SupL: “castellanos.” 

(10) Tach.: “osaron salir.” SupL: “salieron.” 

(11) Tach.: “él.” 

(12) Tach.: “gran cantidad.” 

(13) Tach.: “nuestros.” SupL: “castellanos.” 



782 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


admiración, porque era la montería y caza mejor que en toda su vida 
habían visto ni oído (i). 

Estando todavía en pie, llamando á las lenguas y mirando á nuestros 
españoles (2), les hizo un razonamiento; otros dicen que por la (3) ma¬ 
jestad suya (4). le hizo á su Capitán general, y el Capitán lo declaró 
al intérprete de los españoles (5), y esto es lo más cierto. Lo que con¬ 
tenía el razonamiento en suma (6) era pedir perdón á los nuestros (7) 
por haberlos detenido tantos días y que la causa había sido haber estado 
aquel tiempo ocupado en las fiestas y sacrificios de sus dioses, que 
cada año acostumbraba hacer en aquel mismo mes, y que en lo que to¬ 
caba á pasar ellos adelante, á ver la tierra de las Amazonas, que no 
lo consintiria ni permitiría por vía alguna (8), porque si algo les sub¬ 
cediese en que fuesen heridos ó muertos, no quería él (9) ser la causa, 
sino inviarlos tan sanos y tan buenos á su Capitán como habían veni¬ 
do (lo). al cual les rogaba dixesen que él (11) le era muy aficionado y 
deseaba servir en todo y ser vasallo y criado fi2) del Emperador de los 
cristianos, que tan poderoso señor era, pues inviaba tal Capitán y tales 
hombres que más parescian dioses que hombres (13), pues siendo tan po¬ 
cos, según había oído, en tan breve tiempo se habían hecho señores de (14) 
todo el imperio mexicano, que tantos reinos y provincias tenía subjec- 
tas (15), y que porque era costumbre de los Reyes de IMechuacán no 
inviar vacíos á los mensajeros que los venían á visitar, que otro día por 
la mañana los despacharía con dones para ellos y presente para su Ca¬ 
pitán, al cual besaba las manos y suplicaba rescibiese lo que inviaria, más 
por prenda y señal de amistad, que por el valor, porque todo su reino 
era poco para quien tanto merescía, y que lo más presto que pudiese 
iría á besarle las manos y darle la obidiencia en nombre del Empera¬ 
dor; y en el entretanto quería inviar con ellos ciertos señores. Hecha 
esta plática, les dió toda la caza é les dixo que á su voluntad la repar¬ 
tiesen. 

No se puede decir el contento que desto los españoles (16) rescibie- 
ron, porque, esperando morir, verse libres y tan regalados, les parescía 


(1) Tachado: “ni oído.” 

(2) Tach.: “nuestros españoles.” Supl.: “los castellanos.” 

(3) Tach.: “la.” 

(4) Tac/í.: “suya.” 

(5) Tach.: “de los españoles.” 

(6) Tach.: “en supia.” 

(7) Tach.: “nuestros.” Suplido: “castellanos.” 

(8) Tach.: “ni permitiría por vía als^iina.” 

(9) rac/í.;“él.” 

(10) Tach.: “venido.” Suplido 

(11) Tach.: “él.” 

(12) Tach.: “y criado.” 

(13) Tach.: “que hombres.” 

(14) Tach.: se habían hecho señores de.” Suplido: “habían sujetado.” 

(15) Tach.: “subjectas.” 

(16) Tach.: “españoles.” Supl.: “castellanos.” 






LinRO SEXTO-CAP. XXI 


ySZ 

sueño más que verdad (i); y así le respondieron, aunque no con mu¬ 
chas palabras, con muestras de grande agradescimiento, diciéndole que 
besaban los pies á Su Alteza y que en todo había mostrado quién era, 
lo cual más largamente contarían á su Capitán, y que desto serían bue¬ 
nos testigos los señores que con ellos inviase, cuando volviesen con la 
repuesta de la cmbaxada. Desta manera se despidieron, y el Cazonci 
mandó que les traxesen gran cantidad de comida guisada que había para 
cuatrocientos hombres, inviándoles á decir que se holgasen, porque sin 
dubda otro día los despacharía sin haber más dilación, y que él quedaba 
escogiendo los señores (2) de su reino que con ellos habían de ir, los cua¬ 
les irían con el adereszo de comida que para todos convenía hasta llegar 
á México, y que para su contento irían cazadores. 

Los españoles, aunque no se les cocía el pan hasta verse fuera de aquel 
reino, porque siempre estuvieron con recelo, respondieron que besaban 
las manos á Su Alteza por la merced que de nuevo les hacía, y que 
estando en su real casa no podían dexar de holgarse. Con este entreteni¬ 
miento pasaron el resto de aquel día y la noche, esperando el tan deseado 
subceso de que estaban dubdosos. 


CAPITULO XXI 


CÓMO OTRO DÍA MUY DE MAÑANA VINIERON MUCHOS SEÑORES, Y DEL GIU-^N 
PRESENTE QUE TRAXERON, Y DE LO QUE Á LOS NUESTROS DIXERON CERCA 
DEL TRATAMIENTO DE LOS SEÑORES QUE CON ELLOS IBAN. 


Luego venido el día, vinieron muchos señores principales; traían 
consigo muchos indios cargados, y como el patio era grande y cuadrado, 
mandaron descargar por partes iguales en los cuatro ángulos del patio 
toda la ropa que traían. Había en cada parte (3) veinte cargas de ropa 
de la muy estimada y veinte asientos de madera, por maravilla bien la¬ 
brados, y cinco cargas de calzado que ellos usan de muy lindo cuero de 
venado, de blanco y amarillo y colorado, y cincuenta marcos de joyas 
de plata y oro baxo (4), En el medio de los cuatro montones (5) pu¬ 
sieron muchas esteras, que los indios llaman petates, muy ricas y del¬ 
gadas, arrolladas, y muchas mantas blancas, muy (6) ricas, sobre las 


(1) TacJwdo: ‘*más que verdad,” 

(2) Tach.: “señores.” Suplido: ‘'caballeros.” 

(3) Tach. desde: “Los españoles, aunque no se les cocía el pan” {capítulo ante¬ 
rior), hasta el fina!. Tachado también el epígrafe de este capítulo y su comienzo 
hasta: “toda la ropa que traían. Había en cada parte.” SupL: “Fueron otro día 
muchos caballeros con indios cargados que llevaban.” 

(4) Añadido: “y descargados.” 

(5) Tachado: “de los cuatro montones.” Suplido: “de todo.” 

(6) Tach.: “muy.” 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


784 

cuales pusieron tanta cantidad de piezas de plata y oro baxo y fino> 
que valdrían cient mili castellanos. 

A este tiempo ya había venido (i) el Cazonci, el cual, por su Ca¬ 
pitán general y el Capitán general por otro privado suyo y el privada 
por el intérprete, dixo á los españoles (2) que la ropa y joyas que es¬ 
taban (3) en las cuatro partes del patio el gran señor Cazonci les hacía 
merced della, y que la que estaba en medio del patio la diesen á Cortés 
su Capitán, y le dixesen^que le suplicaba que tuviese más cuenta con la 
voluntad y amor que le inviaba aquel presente, que no con lo poco que 
valía, y que como tenía prometido, él en persona, cuando más lugar tu¬ 
viese, iría á besarle las manos. Dichas estas palabras, tomó á ocho señores 
de los que allí estaban, é apartándolos de los otros, mandóles que fuesen 
á ver y visitar aquel gran Capitán de los cristianos, y los entregó á los 
cuatro españoles (4), diciéndoles por el intérprete, que aunque tenía 
entendido (5) que ellos (6) tenían tan buen corazón que no era menes¬ 
ter encomendarles aquellos ocho señores, que eran de los más queridos 
y favorescidos de su casa, que todavía, por lo que él debía á su persona 
y á lo que [á] aquellos señores quería, les encargaba y encargaba (7) mu¬ 
cho los tratasen muy bien por el camino, y que después que hobiesen lle¬ 
gado donde su Capitán estaba, le suplicaba mucho de su parte se los 
tornase á inviar sin hacerles mal alguno ni desabrimiento, sino que cuan¬ 
do ellos se quisiesen volver, pudiesen libremente, y que desde aquella 
hora quedaba por su amigo y vasallo del Emperador, y que vueltos que 
fuesen aquellos señores, él mismo, como tantas veces había dicho, iría 
á besarle las manos. 

A esto, con mucho comedimiento y reverencia, porque aún no creían 
lo que vían, todos cuatro (8) con muestras de grande alegría, respondie¬ 
ron que no eran ellos tan malos que, habiendo rescebido tantas merce¬ 
des en su casa, y á la postre haberlos dado tantas y tan buenas joyas., 
no mirasen por aquellos señores, como estaban obligados, como si fue¬ 
ran sus hermanos, y que llegados que fuesen donde su Capitán estaba^ 
verían el buen tratamiento y las cosas que les daba, porque no sabía 
rescebir sin luego gratificar, y que vueltos que fuesen á su casa real, 
le dirían con verdad haber ellos en este prometimiento quedado cortos, 
y Su Alteza se holgaría de haberlos inviado y se arrepentiría de no ha¬ 
ber ido luego. El Cazonci delante de los españoles (9) dixo pocas y 
muy graves palabras al despedirse de aquellos señores; en suma, fueron: 


(1) Tachado', “venido.” Suplido: “llegado.” 

(2) Tach.: “españoles.” SupL: “castellanos.” 

(3) Tach.'. “estaban.” SupL: ‘“estaba descargada.” 

(4) Tach.: “españoles.” SupL: “castellanos.” 

(5) Tach.: “tenía entendido.” SupL: “sabía,” 

( 6 ) Tach.: “ellos.” 

(7) Tach.'. “y encargaba.” 

( 8 ) Añadido: “castellanos.” 

(9) Tachado: “españoles.” Suplido: “castellanos.” 






LIBRO SEXTO.—CAP. XXII 


785 

auturidad y crédicto lleváis para visitar á ese hijo del sol; hacerlo 
heis con mucha cordura, dándole á entender lo que otras veces os he 
dicho, que le soy servidor y amigo y que así me hallará cuando menester 
sea, y miraréis bien en su persona y tratamiento, para que á la vuelta 
me deis cuenta.’' 

A los señores se les arrasaron los ojos de agua, y el Cazonci, sin de¬ 
cir palabra, con buen semblante, á los españoles, haciéndoles con la 
cabeza cierta manera de inclinación, se despidió dellos y se fué á su 
aposento, reprimiendo el alteración que en enviar aquellos señores res- 
cibió (i). Mandó luego (2) ir ochocientos hombres para que llevasen 
las cargas y la comida, los cuales, como hoy también usan (3), en car¬ 
gándose, salieron luego (4) de la casa real, uno en pos (5) de otro, como 
cigüeñas (6), sin ir dos juntos, por aquellos llanos, que hacían un hilo 
tan largo que no se acababa de divisar. 


CAPITULO XXII 

CÓMO YA QUE LOS ESPAÑOLES QUERÍAN SALIR, EL CAZONCI LES INVIÓ Á 
PEDIR EL LEBREL, Y LO QUE PASÓ EN DÁRSELO, Y CÓMO LO SACRI¬ 
FICÓ (7) 

Estando en esto (8), ya que los españoles (9) querían salir al pa¬ 
tio (10), el Cazonci invió ciertos señores á mucha priesa, rogando (ii) 
con muy gran instancia á los españoles (12) que, por cuanto aquel lebrel 
que tenían le había parescido el más hermoso animal que jamás había 
visto, le hiciesen tan gran placer de se le dar, que por él inviaría todo el 
oro y plata que le pidiesen, porque animal tan valiente y que había 
venido en compañía de tan fuertes y valerosos (13) hombres, no podía 
dexar de ser muy bueno para la defensa y guarda de su persona y casa, 
y que á ellos no les faltaría otro como aquél (14), que él sabía que en 
el exército de Cortés había muchos que peleaban, y que en ninguna ma¬ 
nera le dixesen de no, porque le pesaría mucho dello. 

(1) Tachado desde: “A los señores se les arrasaron los ojos de agua”, hasta: 
“reprimiendo el alteración que en enviar aquellos señores rescibió.” 

(2) Tach.: “luego.” 

(3) Tach.: “como hoy también usan.” Suplido: “conforme á su uso.” 

(4) Tach.: “luego.” 

(5) Tach.: “en pos.” Supl.: “tras.” 

( 6 ) Tach.: “como cigüeñas.” 

(7) Tach. el epígrafe. 

( 8 ) Tach.: “Estando en esto.” 

(9) Tach.: “españoles.” Suplido: “castellanos.*' 

(10) Tach.: “salir al patio.” Supl.: “partir.” 

(11) Tach.: “rogando.” Supl.: “rogándoles.” 

(12) Tach.: “á los españoles.” 

(13) Tach.: “y valerosos.” 

(14) Tach.: “como aquél.” 


5o 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


786 

Mucho pesó á los españoles deste (i) mensaje, porque era tan bueno 
el lebrel, que en aquel tiempo no tenía prescio, por ser muy grande, muy 
animoso y muy diestro en la guerra, y tan temido de los indios, que en 
soltándole, aunque hubiese diez mili indios (2) delante, no osaban parar, 
y era con esto tan presto y tan ligero y tan cebado en los indios, que lo 
primero que hacía era derrocar todos los que topaba y después que vía 
que se le alexaban mucho los que iban delante, revolvía sobre los que 
se levantaban, haciendo siempre presa en la garganta, Y como el ruego 
del señor sea mando y fuerza (3), estuvieron dubdando qué harían, y 
Peñalosa, que así se llamaba el dueño del lebrel, estuvo gran rato más 
firme y duro que su nombre (4) en darle, aunque mucho se lo porfiaban 
sus compañeros (5), temiendo (como ello fuera) que si no le dieran, fue¬ 
ran todos presos y sacrificados. Con todo esto, estuvo muy porfiado 
Peñalosa, diciendo que más quería morir que darle; pero como era hom¬ 
bre de razón, al cabo le vinieron á convencer aquellos señores indios 
que sacaron de México (6), diciéndole que, sin dubda, el Cazonci tenía 
enojados á sus dioses, por no haber sacrificado en aquellas fiestas [á] 
aquellos hombres extraños, tan grandes enemigos suyos, y que por apla¬ 
carlos quería sacrificar aquel lebrel, por matar cosa que fuese de los cris¬ 
tianos, y que tenían entendido que si no daba el lebrel, que todos moriríarx 
y también el lebrel, y que para esto mejor era que á costa d'el lebrel, pues 
era un animal, se salvasen todos ellos (7). Peñalosa dió el perro muy con¬ 
tra su voluntad, pudiendo más (como era razón) el temor de la muerte, 
que su excusada porfía; y porque no estaba para responder, uno de 
aquellos otros sus compañeros dixo (* *) á los señores que venían por el 
lebrel: ^^Decid á Su Alteza que aunque este animal es el más presciado 
que teníamos, que de muy buena gana le servimos con él, para que ten¬ 
ga alguna prenda nuestra y se acuerde de nosotros, y que si de lo que 
tenemos le paresce otra cosa bien, se sirva della, pues le debemos mucho 
más’’, y que en lo que decía que inviaría oro ó plata, que harto les había 
dado y que no eran hombres que á quien tanto debían habían de vender 
aquel lebrel; el cual aquellos señores llevaron con muy gran contento; y 
en el entretanto que el lebrel no los vió, salieron los nuestros de aquel (8) 
patio como hombres encarcelados, no viendo la hora que verse fuera; y 
fué causa haber dexado el lebrel, que por todo el camino fuesen teme¬ 
rosos, creyendo que ya que el Cazonci (9) le tenía en su poder, inviaría 

(1) Tachado’, “pesaría mucho dello. Mucho pesó á los españoles deste.” Stiplido: 
“sentiría mucho. Dió pena á los castellanos este.” 

(2) Tach.: “indios.” 

(3) Tach.: “Y como el ruego del señor sea mando y fuerza,” 

(4) Tach.: “más firme y duro que su nombre.” Suplido: “muy duro.” 

(5) Añadido: “pero.” 

( 6 ) Tachado: “aquellos señores indios que sacaron de México.” Suplido: “los 
caballeros mexicanos.” 

(7) Tac/i.: “ellos.” 

(*) En el Ms. “dixeron”. 

( 8 ) Tachado: “los nuestros de aquel.” Suplido: “del.” 

(9) Tach.: “Cazonci.” 0 * 2 ^/?/. : Cazonziii.” 







LBRO SEXTO.-CAP. XXIII 


787 

por ellos para sacrificarlos; acrecentóles este miedo (i) saber por cosa 
cierta, al cabo de dos días que habían salido, que el Cazonci había hecho 
unas (2) solemnes fiestas, en las cuales, con grandes cerimonias, pidien¬ 
do perdón á sus dioses, había sacrificado al lebrel, al cual sacrificio 
concurrieron de otros (3) pueblos comarcanos infinitos hombres y mu¬ 
jeres, diciendo que iban á ver cómo moría aquel animal tan bravo que 
tantos indios había muerto. 

Hicieron este sacrificio particularmente los sacerdotes, con nuevas 
cerimonias, diciendo al perro, como si los entendiera: ‘‘Ahora con tu 
muerte pagarás las muertes de muchos; cesarán las de los que más ma¬ 
taras, y nuestros dioses perderán la saña que contra los nuestros tenían 
por no haber sacrificado á los cristianos que en nuestro poder teníamos/’ 
Dicho esto, tendiéndole (como hacían á los hombres) de espaldas sobre 
las gradas del templo, tentándole el lado del corazón, con gran destreza, 
con una navaja de piedra, se lo abrieron, y sacándole el corazón, unta¬ 
ron los rostros de sus ídolos, haciendo luego un baile y cantando, como 
solían, tan tristemente como en las tristes muertes de los que no eran en 
culpa dellas solían hacer, cosa, cierto, espantosa y que la razón natural 
rehuye contarla, cuanto más verla y hacerla (4). 


CAPITULO XXIII 


CÓMO HASTA LLEGAR DO CORTÉS ESTABA, LOS ESPAÑOLES SE VELABAN CADA 
NOCHE, Y DE CÓMO LE ESCRIBIERON Y DE CÓMO LOS SALIÓ Á RESCEBIR, 
Y DE LO QUE PASÓ CON ELLOS (5) 


Los españoles (6) prosiguieron su camino, y aunque se vían fuera 
de la cárcel, que tal lo era aquella casa real del Cazonci (7), estaban (8) 
tan cuidadosos y la barba tan sobre el hombro (9), que no pudieron go¬ 
zar del pasatiempo del camino y de los servicios que los indios del 
Cazonci (10) les hacían, pensando que todo aquello era falso, y para 
llamarlos cuando menos pensasen, ó para que descuidándose aquellos 
ocho señores mechuacasenses (ii) los matasen, pues llevaban consigo, 


(1) Tachado: “miedo.” Suplido: “temor.” 

(2) Tach.: “unas.” 

(3) Tach.: “otros.” Suph: “los.” 

(4) Tach.: “cosa, cierto, espantosa y que la razón -natural reliuye contarla, 
cuanto más verla y hacerla.” 

(5) Tach. el epígrafe. 

( 6 ) Tach.: “españoles.” Supl: “castellano.'í.” 

(7) Tach.: “Cazonci.” Supl.: “Cazonzin.” 

( 8 ) Tach.: “esta.ban.” Supl.: “iban.” 

(9) Tach.: “y la barba tan sobre el hombro.” 

(10) Tach.: “Cazonci.” Supl.: “Cazoncin.” 

(11) Tach.: “mechuacasenses.” Supl.: “mechuacaneses.”" 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


y88 

sin los de carga, más de ochocientos hombres, y á esta causa, de día 
iban con cuidado, sin apartarse uno de otro, y de noche se velaban. 

Desta manera acabaron su jornada hasta llegar á cuatro leguas de 
Cuyoacan, donde Cortés estaba, al cual escribieron, en suma, lo que les 
había pasado y cómo traían consigo ocho señores, criados del Cazonci, 
á los cuales convenía hiciese todo regalo y buen tratamiento, porque con¬ 
formase con lo que ellos al Cazonci habían dicho, y que la gente que ha¬ 
bían visto era mucha y muy buena y la tierra muy fértil y espaciosa, y 
que de lo demás cuando llegasen le darían muy particular cuenta (i). 

Grandísimo contento dió esta carta á (2) Cortés (3) y á todos los 
de su real (4), porque (5) tenían ya (6) por muertos aquellos españoles, 
y saber que fuesen vivos, siendo tan necesarios, y que viniesen sin 
pensarlo, aumentaba su alegría (aliende de la mucha que rescibieron con 
las buenas nuevas que inviaban y por la buena maña que se habían 
dado) (7). Cortés les invió al camino cuatro hombres de á caballo, con 
algún refresco de lo que él tenía (que era bien poco). Topáronlos en la 
mitad del camino, apeáronse los de á caballo y abrazáronse los unos á 
los otros con tan grande amor (porque, á la verdad, Cortés les invió los 
más amigos) que por un gran rato, de alegría y contento, estuvieron llo¬ 
rando, cosa que los españoles, por ser más duros de corazón que las otras 
nasciones, en los casos y negocios muy tristes pocas veces suelen hacer, 
y aunque las más veces el dolor y pesar suele ser causa de lágrimas, la 
terneza del amor, con el contento de verse los que bien se quieren, tam¬ 
bién las causan, y más, como digo, en los españoles, por la firmeza y 
constancia grande que con sus amigos tienen. Hablaron los de á caballo 
á los señores mechuacanenses, abrazáronlos, diéronles la bienvenida, 
preguntáronles por su señor, con la repuesta de los cuales y con otras 
pláticas, entre los españoles bien suaves y sabrosas, llegaron cerca'’ de 
Cuyoacan, de donde á tiro de arcabuz salió Cortés con algunos caballe¬ 
ros á rescebirlos; abrazólos tan entrañablemente como si los hubiera 
engendrado, y entre él y ellos fueron muchas las lágrimas, aunque él, 
como tan valeroso, las procuraba reprimir. Díxoles, abrazándolos: 
‘'Seáis muy bien venidos, amigos del corazón, que cierto os tenía por 
tan muertos como á los que están enterrados; huélgome tanto de veros 
y deseaba tanto saber de vosotros, que me paresce que sueño lo que veo, 
porque ha más de treinta días que no sabía de vosotros, y como cosa no 

(1) Tachado desde \ “escribieron, en suma, lo que les había pasado”, hasta: 
cuando llegasen le darían muy particular cuenta.” Suplido : “avisaron de su llegada.” 

(2) Tach.: “dió esta carta á.” Supl.: “recibió.” 

(3) Añadido: “con esta nueva.” 

(4) Tach.: “y á todos los de su real.” 

(5) Añadido: “los.” 

( 6 ) Tach.: “ya.” 

(7) Tach.: “aquellos españoles, y saber que fuesen vivos, siendo tan nes- 
cesaríos, y que finiesen sin pensarlo aumentaba su alegría (aliende de la mucha 
que rescibieron con las buenas nuevas que inviaban y por la buena maña que se 
habían dado).” 





LIBRO SEXTO.—CAP. XXIV 


789 

esperada ni pensada me distes una tan grande y repentina alegría que 
me alteró tanto que no me maravillo de los que con súbito placer han 
muerto ó enfermado; tenía determinado y jurado, sabiendo que érades 
muertos, vengar tan cruelmente vuestras muertes cuales jamás otras fue¬ 
ron vengadas, .y pues Dios os ha hecho tanta merced de traeros vivos 
y sanos y con tan buenas nuevas á nuestro real, y á mí ha dado tanto 
contento que vivos os vea, en nombre del Emperador, nuestro señor á 
quien tan notable servicio habéis hecho, yo os haré muy grandes y cresci- 
das mercedes/' Con estas tan buenas, tan amorosas y tan favorables pa¬ 
labras, dieron aquellos españoles por muy bien empleados los trabajos, 
peligros y temores que habían padescido, tomando con ellas nuevo es¬ 
fuerzo y ánimo para ponerse en otros mayores, que, cierto, el buen Ca¬ 
pitán no menos anima y esfuerza con tales palabras, que con grandes 
y crescidas dádivas, y así, le respondieron que aunque de sus trabajos 
no tuviesen otra paga más de haberlos rescebido con tanto amor y dicho 
tan favorables palabras, quedaban obligados á servirle en mayores pe¬ 
ligros que los pasados. Pasado esto, Cortés rescibió muy bien á los em- 
baxadores y díxoles que en su casa, porque venían cansados, más des¬ 
pacio le darían la embaxada del Cazonci, su señor (i). 


CAPITULO XXIV 

DE LO QUE MÁS PASÓ CON AQUELLOS ESPAÑOLES Y DE LA ALEGRÍA QUE CON 
SU VENIDA HUBO EN EL REAL, Y DE LA EMBAXADA DE AQUELLOS SEÑO¬ 
RES, Y CÓMO CORTÉS LES RESPONDIÓ (2) 


Y así (3), después que hubo rescebido el gran (4) presente y tratado 
muy particularmente con Montaño y sus compañeros lo que les habír: 
parescido de la tierra y de la gente y cómo el Cazonci los había querido 
sacrificar y cómo había (5) pedido el lebrel y por qué (6), y todo lo 
demás que arriba queda dicho y lo que sobre esto se había de hacer v 
cuánto convenía rescebir bien aquellos señores y tratarlos con afabili¬ 
dad, y hechos grandes regocijos en el real, como tan buena nueva y 
subcesos demandaban, ya que entendió que habrían descansado, los (7) in- 


(1) Tachado desde \ “de lo que él tenia (que era bien poco), hasta el final dd 
capitulo. Suplido: “Salióles, pues, Cortés con algunos caballeros á rescebirlo.^-, 
holgóse mucho con los castellanos, hizo muchas caricias y honras á los indios : 
mandólos aposentar y regalar,” 

(2) Tach. el epígrafe. 

(3) Tach.: “así.” 

(4) Tach.: “gran.” 

(5) Tach.: “cómo había.” 

(6) Tach.: “y por qué.” 

(7) Tach. desde: “arriba queda dicho y lo que sobre esto se había de hacer, 
y cuánto convenía”, hasta: “ya que entendió que habrían descansado, los.” Supli¬ 
do: “sucedió.” 




790 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


vió á llamar (i), y para representar el autoridad que entre los suyos te¬ 
nía (2) (porque esto hacía mucho al caso, para con aquella gente) púsose 
una ropa larga de terciopelo, sentóse en una silla de espaldas y mandó que 
por toda la sala donde él (3) estaba todos los españoles (4) estuviesen 
en pie y destocados, con las gorras en las manos, y estando desta suerte 
con esta representación de autoridad (5), entraron los embaxadores 
de dos en dos, uno en pos de otro (6); hicieron á la entrada de la sala 
un muy gran comedimiento é á la mitad della asimismo, y cuando lle¬ 
garon donde Cortés estaba, él se levantó á ellos, y uno á uno, con muy 
buena gracia, los abrazó, y vueltos á su lugar, por la lengua les dixo 
dixesen á lo que venían. Estonces uno dellos, que de más edad y autori¬ 
dad parescía (7), haciendo á su modo y costumbre cierta manera de re¬ 
presentación de (8) cerimonia, que á una (9) también hicieron los de¬ 
más, habló desta manera: 

“Inmortal é invencible Capitán, hijo, á lo que pensamos, del sol (10): 
El Cazonci (ii), gran Rey de Mechuacán y sus subjectos, muy amado y 
querido señor nuestro, por nosotros te besa (12) las manos y dice (13) 
que por la gran fama de tus (14) maravillosos hechos, que por todo 
este (15) mundo vuela (16), te es tan aficionado que no hay (17) cosa 
que tanto desee (18) como verte y serte amigo y servidor y criado y 
vasallo del Emperador de los cristianos, cúyo vasallo y criado tú eres, 
y dice que no es mucho que sea tan poderoso Emperador tiniendo tales 
vasallos y criados como tú, y que así le ha (19) espantado mucho que 
con tan poca gente de cristianos hayáis (20) vencido y asolado (21) la 
más fuerte y poderosa ciudad del mundo, donde sus moradores estaban 

(1) Añadido: “á los embaxadores.*^ 

(2) Tachado: “entre los suyos tenía.” Suplido: “convenía.” 

(3) Tach.: “ól.” 

(4) Tach.: “españoles.” SupL: “castellanos.” 

(5) Tach.: “y destocados, con las gorras en las magnos, y estando desta suerte, 
con esta representación de autoridad.” 

( 6 ) Tach.: “uno en pos de otro.” 

(7) Tach.: “por la lengua les dixo dixesen á lo que venían. Estonces uno de¬ 
llos, que de más edad y autoridad parescía.” Supl.: “el más anciano.” 

( 8 ) Tach.: “y costumbre cierta manera de representación de.” Supl.: “cierta.” 

(9) Tach.: “que á una.” Supl.: “que al mismo tiempo.” 

(10) Tach.: “habló desta manera: “Inmortal é invencible Capitán, hijo, á lo que 
pensamos, del sol.” Supl.: “dixo que.” 

(11) Tach.: “Cazonci.” Supl.: “Cazoncin.” 

(12) Tach.: “y sus subjectos, muy amado y querido señor nuestro, por nosotros 
te besa.” Supl: “le besaba.” 

(13^ Tach.: “dice.” Supl: “decía.” 

(14) Tach.: “tus.” Supl: “sus..” 

(15) Tach.: “este.” Supl: “aquel.” 

(16) Tach.: “vuela.” Supl: “volaba.” 

(17) Tach.: “te es tan aficionado, que no hay.” Supl: “no había.” 

(18) Tach.: “desee.” Supl: “desease.” 

(19) Tach. desde: “verte y serte amigo y servidor”, hasta: “y criados como tú, 
y que así ‘le ha.” Supl: “verle y tenelle por amigo, porque le había.” 

(20) Tach.: “hayáis.” Supl: “hubiese.” 

(21) Tach.: “y asolado.” 





LIBRO SEXTO.-CAP. XXIV 


791 


tan soberbios que les parescía que el poder de sus dioses no bastaba á 
humillarlos, de adonde vinieron, casi no hallando (i) contradición, sino 
fué (2) en el Cazonci (3), nuestro Rey y señor, por tiranías (4), á di¬ 
latar tanto su imperio, que por algunas partes se extendía más de de¬ 
cientas leguas. Dice también (5) que lo más presto que pueda te ven¬ 
drá (6) á besar las manos y á ofrescerte (7) su persona, reino y amigos, 
que tiene muchos y muy buenos, y que de la comunicación y amistad 
que contigo tendrá resultará (8) el entender lo que acerca de su religión 
le conviene hacer (9), y porque de los cristianos que le enviaste y en su 
casa tuvo te informarás (10) más largo de la voluntad y amor que te 
tiene, cerca desto no decimos más, suplicándote nos respondas y (ii) 
despaches cuando te parezca’' (12). 

Cortés á esta embaxada, con la gracia á él posible (13), agradesció 
á ellos la (14) venida, diciéndoles (15) que se holgaba mucho que tales 
caballeros como ellos (16), criados y vasallos (17) de tan gran señor, 
hubiesen venido á su real (18), para pagar en parte lo mucho que al 
Cazonci (19) debía por el buen tratamiento que á sus españoles (20) 
hizo y por el presente que le invía (21), y que así le rogaba que aunque 
podían irse cuando quisiesen, descansasen algunos días y viesen des¬ 
pacio el asiento de su real, las armas, los caballos y los exercicios de 
guerra, y que en lo demás deseaba por extremo ver personalmente á tan 
gran señor, que tan poderoso fué contra el imperio mexicano, y que de 
haber venido no le pesaría, porque sabría y entendería cosas que á él 
y á su reino mucho conviniesen, y que en el ofrescerse por amigo suyo 
y vasallo y criado (22) del Emperador de los cristianos hacía más de lo 


(1) Tachado: “casi no hallando.” Suplido: “por no hallar.” 

(2) Tach.: “fué.” 

(3) Tach.: “Cazonci.” Suph: “Cazonzin.” 

(4) Tach.: “nuestro Rey y señor, por tiranías.” 

(5) Tach.: “Dice también.” SupL: “y.” 

(6) Tach,: “pueda te vendrá.” SupL: “pudiese, le iría.” 

(7) Tach.: “ofrescerte.” SupL: “ofrescer.” 

( 8 ) Tach.: “y que de la comunicación y amistad que contigo tendrá, resulta¬ 
rá.” SupL: “de donde resultaría.” 

(9) Tach.: “conviene hacer.” SupL: “conviniese.” 

(10) Tach.: “inviaste y en su casa tuvo te informarás.” SupL: “invió, se in¬ 
formaría.” 

(11) Tach.: “te tiene, cerca desto no decimos más, suplicándote nos respondas y.” 
SupL: “le tenía, no decían más de suplicalle que los respondiese y.” 

(12) Tach.: “despaches cuando te parezca.” SupL: “despachase cuando le pa¬ 
reciese.” 

(13) Tach.: “á esta embaxada, con la gracia á él posible.” SupL: “les.” 

(14) Tach.: “á ellos la.” SupL: “su.” 

(15) Tach.: “diciéndoles.” SupL: “diciendo,” 

(16) Tach.: “como ellos.” 

(17) Tach.: “y vasallos.” 

f‘ 8 ) Tach.: “venido á su real.” Suplido: “ido á él.” 

(19) Tach.: “Cazonci.” SupL: “Cazonzin.” 

(20) Tach.: “españoles.” SupL: “castellanos.” 

(21) Tach.: “invía.” SupL: “inviaba.” 

(22) Tach.: “y criado.” 



792 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


que pensaba, porque por esta vía sería más poderoso señor que nunca, 
y que en prendas de amistad, como él decía, le inviaría algunas cosas de 
la tierra de España (i), que aunque no fuesen muy ricas, por su nove¬ 
dad y extrañeza le darían gran contento. Respondiéndoles dest'a ma¬ 
nera (2), mandó luego hacer una escaramuza de á caballo y otra de á 
pie y disparar algunos tiros y escopetas, que fueron cosas espantosas 
y (3) extrañas para aquellos señores, que con muy gran cuidado y (4) 
atención las miraban. Esto hizo Cortés, como otras veces, para poner 
espanto á los que venían de fuera, y para que contándolo á sus se¬ 
ñores les pusiesen tan gran temor que no osasen emprender cosa que 
contra el poder de los cristianos fuese. De ahí á poco, rescebidas (5) 
las joyas que Cortés inviaba y saliendo con ellos algunos españoles (6), 
despidió Cortés (7) muy contentos á aquellos señores, los cuales fueron 
causa de que el Cazonci inviase á un su hermano á ver á Cortés, como 
luego diré (8). 


CAPITULO XXV 

CÓMO CORTÉS HIZO SEÑOR DEL PUEBLO DE XOCOTITLAN AL INDIO INTÉR¬ 
PRETE PARA TENERLE GRATO EN LAS COSAS DE MECHUACÁN, Y DE CÓMO 
UN HERMANO DEL CAZONCI VINO Á VER Á CORTÉS Y DE LO QUE PASÓ 
CON ÉL (9) 

Despachados los (10) embaxadores del Cazonci, con quien dice Mo- 
tolinea que (ii) invió Cortés dos españoles, á (12) que tomasen lengua 
de la (13) mar del Sur, que es al poniente de México, determinó de 
cumplir la palabra que (14) al intérprete había dado, y así, en nombre 
del Emperador, le hizo (15) Gobernador y cacique del pueblo de Xocotit- 
lan, así porque lo había muy bien merescido (16) por la verdad y fidelidad 


(1) Tachado: “de España.” Suplido: “de Castilla,” 

(2) Tach.i “Respondiéndoles desta manera.” 

(3) Tach.: “espantosas y.” 

(4) Tach.: “cuidado y.” 

(5) Tach. desde: “Esto hizo Cortés, como otras veces”, hasta: “que contra el 
poder de los cristianos fuese. De ahí á poco, rescebidas.” Supl.: “Recibidas.” 

( 6 ) Tach.: “españoles.” Supl: “castellanos.” 

(7) Tach.: “Cortés.” 

( 8 ) Tach.: “señores, los cuales fueron causa de que el Cazonci inviase á un su 
hermano á ver á Cortés, como luego diré.” 

(9) Tachado el epígrafe. 

(10) Tach.: “los.” Suplido: “estos.” 

(11) Tach.: “del Cazonci, con quien dice !Motolinea que.” Supi.: “con los cuales.” 

(12) Tach.: “españoles á.” Supl: “castellanos para.” 

(13) Tach.: “de la.” Supl: “por aquella parte de la.” 

(14) Tach.: “cumplir la palabra que.” Supl.: “remunerar.” 

(15) Tach.: “había dado, y así en nombre del Emperador le hizo.” Suplido: 
que había ido á Mechuacán; hízole.” 

(16) Tach.: “así porque lo había muy bien merescido.” 






LIBRO SEXTO.—CAP. XXV 


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que en negocio tan importante había tenido, como por animarle para en lo 
que en el reino de Mechuacán pudiese subceder. Juntóse á esto el con¬ 
tento grande que dello rescibieron todos los que de los indios eran amigos 
de Cortés, entendiendo de aquella liberalidad que á cualquiera que de los 
señores en su amistad perseverase le haría mayores mercedes, y así esta 
merced tan bien debida fué causa que muchos, contra su natural condis- 
ción, perseverasen en la palabra que tenían dada. 

Los embaxadores del Cazonci, que en el entretanto llegaron donde su 
señor estaba, le (i) dixeron tantas y tan grandes cosas en honra y ala¬ 
banza (2) de Cortés, que le pusieron en grande admiración; preguntóles 
muy particularmente por todo lo que habían visto, y como ellos no habían 
ido á otra cosa, diéronle tan particular cuenta, como si hubieran estado 
muchos meses, y así quiso venir luego á ver á Cortés si no se lo estorba¬ 
ran los de su consejo, porque haciendo llamamiento dellos, hecho primero 
cierto sacrificio para que con voluntad de los dioses fuese su partida, los 
más dellos y de los que él más crédicto tenía (3), fueron de parescer que 
un tan gran señor como él, si hubiese de ir, no fuese tan presto sin que 
primero, por los que él inviase, entendiese Cortés el señorío y majestad 
suya, y aunque hubo otros que porfiaron en que fuese luego, por haberlo 
inviado á decir tantas veces, pudo más, como acaesce en todas las con¬ 
sultas, el parescer de los más, aunque todos vinieron en que el Cazon¬ 
ci (4) inviase á un hermano suyo, que se llamaba Vchichilci, Capitán ge¬ 
neral del (5) exército, el cual después fué con (6) Cortés á Honduras, 

Invió (7) el Cazonci con su hermano más de mili personas de servicio 
y muchos caballeros, que para su servicio (8) también llevaron más de 
otras mili personas. Dióle para que presentase á Cortés mucha ropa de 
pluma y algodón, cinco mili pesos de oro baxo é mili marcos de plata re¬ 
vuelta con cobre, todo esto en piezas de aparador, é joyas de cuerpo. Dí- 
xole muchas cosas en público y otras en secreto; créese las de secreto 
debían de ser (9) mirase con cuidado si era tanto lo que de Cortés se 
decía, como sus embaxadores le habían contado, para ver si podía él (10) 
ser parte, ya que el imperio mexicano estaba deshecho, á estarse en su 


(1) Tachado desde: “como por animarle para en lo que en el reino de Mechua¬ 
cán”, hasta: “llegaron -donde su señor estaba, le.” Suplido: “Los embaxadores del 
Cazonzin llegaron á Mechoacán.” 

(2) Tach.: “y alabanza.” 

(3) Tach.: “dellos y de los que él más crédicto tenía.” 

Ü) Tach. desde: “un tan gran señor como él, si hubiese de ir”, hasta: “aunque 
todos vinieron en que el Cazonci.” 

(5) Tach.: “del.” Suplido: “de su.” 

( 6 ) Tach.: “fué con.” SupL: “acompañó á.” 

(7) Tach.: “á Honduras. Invió.” Supl: “á la jomada de Honduras. Con este 
parecer envió.” 

( 8 ) Tach.: “que para su servicio.” 

(9) Tach.: “Díxole muchas cosas en público y otras en secreto; créese las de 
secreto debían de ser.” Supl.: “Ordenóle que.” 

(10) Tach.: “él.” 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


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reino (i) sin reconoscer á nadie y apoderarse de otras ciudades, ha¬ 
ciéndose mayor señor. 

Con esto salió Vchichilci de la ciudad de Mechuacán, no sin cerimo- 
nias y sacrificios que primero se hiciesen á los ídolos. Acompañóle el 
Cazonci su hermano, con grandísima cantidad de caballeros; despidióle con 
muchos abrazos un razonable trecho de la ciudad (2). Era este Capitán 
muy valiente y muy discreto, y como llevaba gran voluntad de ver á un (3) 
hombre tan valiente (4) y sabio como (5)'Cortés, dióse la mayor priesa 
que pudo hasta llegar do estaba; el cual, como tuvo nueva de su ve¬ 
nida (6) invió (7) caballeros españoles (8) con el intérprete á rescebirle y 
darle la bienvenida, y él, por guardar su autoridad, se estuvo en su pala¬ 
cio hasta que supo que entraba por él (9). Salióle á rescebir á la primera 
sala; abrazólo é hízole grandes caricias, é tomándole por la mano, le asen¬ 
tó cerca de sí y le mandó traer de comer y beber. Mostró al vino buen 
rostro, porque no hay nación en el mundo, que aunque no lo haya bebi¬ 
do no le sepa bien (10), y después que hubo algún tanto descansado. Cor¬ 
tés (ii) por la lengua le dixo (12) que aunque deseaba mucho ver á su 
hermano el Cazonci, como él se lo había prometido (13), que se holgaba 
mucho (14) con su venida, pues era su hermano y tenía gran noticia 
del (15) valor y esfuerzo de su persona (16) y de cuán bien se había ha¬ 
bido en las cosas de la guerra, especialmente contra los mexicanos. El 
se (17) holgó mucho con esto; besó las manos á Cortés por ello, dicién- 
dole que delante dél no había ningún valiente, pero que con su persona 
y con todo cuanto tenía le serviría todas las veces que se lo mandase, y 
que le suplicaba le oyese lo que de parte del Cazonci (18) su hermano y 
señor le venía (19) á decir, suplicándole primero rescibiese aquel presen- 


(1) Tachado: “á estarse en su reino.” Suplido: “para conservarse.” 

(2) Tach. desde: “y apoderarse de otras ciudades, haciéndose mayor señor", 
hasta: “despidióle con muchos abrazos im razonable trecho de la ciudad.” Suplido: 
“y ampliar su reino.” 

(3) Tach.: “un.” 

(4) Tach.: “valiente.” Supl.: “valeroso.” 

(5) Añadido: “decían que era.” 

( 6 ) Tachado: “hasta llegar do estaba; el cual, como tuvo nueva de su venida." 
Suplido: “en el camino, y sabido por Cortés que iba.” 

(7) Añadido B.\gunos.^^ 

(8) Tac/iac?£7: “españoles.” 

(9) Tach.: “por él.” 

(10) Tach.: “porque no hay nación en d mundo, que aunque no lo haya be¬ 
bido no le sepa bien.” 

(11) Tach.: “que hubo algún tanto descansado Cortés.” 

(i2j AñadidoCorits.'^ 

(13) Tachado: “el Cazonci, como él se lo había prometido.” 

(14) Tach.: “mucho.” 

(15) Tach.: “del.” Suplido: “de su.” 

(16) Tach.: “y esfuerzo de su persona.” 

(17) Tach.: “El se.” 

(18) Tach.: “del Cazonci." Suplido: “de.” 

(19) Tach.: “venía.” Supl.: “iba.” 







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te que allí le traía. Rescebido y dádole las gracias Cortés, él le habló desta 
manera, tiniendo en el modo de su decir la autoridad y reposo que su 
hermano y otro mayor señor pudiera tener: 

“Muy poderoso é invencible Capitán Cortés (i): Muchos días ha (2), 
después que tus españoles (3) fueron á aquella nuestra (4) tierra, que el 
Cazonci (5) mi señor é yo te hemos deseado (6) ver y hablar, por los ma¬ 
ravillosos y espantosos hechos que de tu (7) persona y de los tuyos se 
cuentan. El viniera luego si no le estorbaran ciertos negocios muy impor¬ 
tantes de su reino (8), pero vendrá, á lo que entiendo (9), muy presto, y te 
hago cierto que te es (10) tan servidor y te será (ii) tan buen amigo, que 
en lo que se te ofresciere (12), los tlaxcaltecas, de quien has (13) conos- 
cido tanta voluntad, no le harán ventaja. De mí, lo que te puedo (14) de¬ 
cir es (15) que me has (16) parescido tan bien, que juntamente con lo 
que de ti he oído, no habrá (17) cosa en que tanta merced resciba (18) como 
en que me mandes y te sirvas de mí (19), porque para acá (20) entre los 
de mi (21) nasción yo te podré (22) hacer algún servicio como los Capi¬ 
tanes tlaxcaltecas; y porque los embaxadores que mi (23) hermano te (24) 
invió contaron extrañas cosas de las armas y manera de pelear de vos¬ 
otros (25) los cristianos, rescibiré (26) gran merced me (27) lo mandes 
mostrar todo y aquellas grandes canoas con que combatiste (28) la gran 


(1) Tachado desde: “Rescebido y dádole las gracias Cortés”, hasta: “Muy 
poderoso é invencible Capitán Cortés.” SupL: “y dixo que.” 

(2) Tach.: “ha.” SupL: “había.” 

(3) Tach.: “tus españoles.” SvpL: “sus castellanos.” 

(4) Tach.: “á aquella nuestra.” SupL: “á su.” 

(5) Tach.: “Cazoruci.” SupL: “Cazonzin. ” 

(6) Tach.: “mi señor é yo te hemos deseado.” SupL: “y él le deseaban.” 

( 7 ) Tar/í.: “tu.” “su.” 

(8) Tach.: “tuyos se cuentan. El viniera luego si no le estorbaran ciertos nego¬ 
cios muy importantes de su reino.” SupL: “suyos se contaban, y que su hermano 
fuera luego si ciertas ocupaciones de su reino no se lo estorbaran.” 

(9) Tach.: “vendrá á lo que entiendo.” SupL: “que á lo que entendía iría.” 

(10) Tach.: “te hago cierto que te es.” Supl.: “que le certificaba que era.” 

(11) Tach.: “te será.” Supl.: “le sería.” • 

(12) Tach.: “te ofresciere.” Supl.: “le ofresciese.” 

(13) Tach.: “has.” StipL: “había.” 

(14) Tach.: “De mí lo que te puedo.” Supl.: “y que lo que Ic podía.” 

(15) Tach.: “es.” Supl.: “era.” 

(16) Tach.: “me has.” Supl.: “le había.” 

(17) Tach.: “que juntamente con lo que de ti he oído^ no habrá.” Supl.: “que no- 
habría. ” 

(18) Tach.: “resciba.” Supl.: “recibiese.” 

(19) Tach. : “me mandes y te sirvas de mí.” Supl. : “le mandase y se sirviese dél.” 

(20) Tach.: “acá.” 

(21) Tach.: “mi.” Supl.: “su.” 

(22) Tach.: “yo te podré.” Supl.: “le podría.” 

(23) Tach.: “mi.” Supl.: “su.” 

(24) Tach.: “te.” Supl.: “le.” 

(25) Tach.: “vosotros.” í 

(26) Tach.: “rescibiré.” SupL: “recibiría.” 

(27) Tach.: “me.” Supl.: “se.” 

(28) Tach.: “combatiste.” Supl.: “combatió.” 



CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


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ciudad de México/’ Cortés, que no deseaba otra cosa, después de haberle 
con muy buenas palabras dado á entender lo mucho en que tenía su ofres- 
cimiento, le dixo que el día siguiente, después que hubiese descansado, 
le mostraría todo lo que deseaba, y así mandó luego (i) apercebir sus (2) 
Capitanes para que otro día hiciesen una trabada (3) escaramuza de pie 
y de caballo y una salva de artillería, que aunque parte desto solía hacer 
con otros embaxadores, más de propósito lo quiso hacer con este Capi¬ 
tán general, por el motivo y razón que ya tengo dicho (4). 


CAPITULO XXVI 

DE LO QUE OTRO DÍA SE HIZO Y DE CÓMO CORTÉS MOSTRÓ Á ESTE CAPITÁN 
LOS BERGANTINES Y LA DESTRUICIÓN DE MÉXICO, Y LO MUCHO QUE 
DELLO SE ESPANTÓ (5). 

El día siguiente, luego por la mañana, como (6) la gente toda esta¬ 
ba (7) apercebida. Cortés invió á llamar [á] aquel Capitán general, é lle¬ 
vándole consigo á una plaza muy grande, desde un pretil (8) mandó que se 
comenzase la escaramuza de caballo, la cual se hizo tan reñida como si 
de veras fuera. Mucho se maravilló y aun espantó el hermano del Ca- 
zonci, porque los de caballo con la furia y grita que traían le ponían pa¬ 
vor, paresciéndole que aun allí donde estaba no estaba seguro. Luego (9) 
la infantería, hecha una muy linda reseña (10), se partió en dos partes, 
ambas con sus atambores y pifaros; rompieron una batalla con tanto 
ardid y destreza, con tanto ruido de los atambores y pifaros, que muy 
bobo y como atónito estaba aquel Capitán, tras de lo cual se siguió luego 
una fingida batería, donde con gran ruido de los atambores arremetieron 
á un alto, como si fuera castillo, donde estaban otros españoles en defensa, 
y dieron el asalto, que fué cosa muy de ver para aquel que jamás lo ha¬ 
bía visto. Dispararon desde lo llano el artillería gruesa, cuyo ruido hacía 
estremecer el lugar donde Cortés estaba con el hermano del Cazonci, el 


(1) Tachado', “luego.” 

(2) Tachr. “sus.” Supl: “los.” 

(3) Tach.: “trabada.” 

(4) Tach. desde: “que aunque parte desto solía hacer”, hasta el final del capitulo^ 

(5) Tach. el epígrafe. 

( 6 ) Tach.'. “luego por la mañana, como.” SupL: “estando.” 

(7) Tach.'. “toda estaba.” 

( 8 ) Tach.'. “ [á] aquel Capitán general, é llevándole consigo á una plaza muy 
grande, desde un pretil.” SupL: “al hermano del Cazonzin y teniéndole consigo.” 

(9) Tach. desde: “la cual se hizo tan reñida como si de veras fuera”, hasta: 
“paresciéndole que aun allí donde estaba no estaba seguro. Luego.” SupL: “y aca¬ 
bada que fué, con muy buena orden.” 

(10) Tach.: “hecha una muy linda reseña.” 





LIBRO SEXTO.—CAP. XXVI 


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cual, como discreto, desimuló el pavor, aunque no dexó de alterarse, como 
en cosa que de suyo era tan espantosa, especialmente para el que jamás 
se había visto en ello. 

Acabado todo esto, de lo cual concibió en su pecho mayor opinión 
de los cristianos de la que había oído (aunque era muy grande). Cortés 
se metió con aquel Capitán en una canoa entoldada é muchos de sus 
caballeros en otras, con gran música de trompetas, é por una acequia 
muy grande vino á México, donde Cortés, mostrándole el grandísimo 
sitio de la ciudad y las casi infinitas casas y cues quemados y deshechos 
y las muchas puentes que había cegado y cómo habían quedado tan po¬ 
cos vecinos que apenas había quien paresciese por la ciudad, paresció que 
no fuerzas de hombres, sino furia del cielo, había hecho tan grande es¬ 
trago. Dicen que con tan miserable espectáculo el hermano del Cazonci 
no pudo contener las lágrimas, considerando la vuelta de la fortuna, é 
viendo que aquella ciudad, cabeza y conquistadora deste Nuevo Mundo, 
tan poderosa tantos años atrás, estuviese tan caída, y siendo tan poblada 
que parescía que el agua y tierra producía hombres, estuviese tan asola¬ 
da, tan destruida y desamparada de favor; ofresciósele, según se puede 
creer, aquella antigua soberbia, grandeza y pujanza de aquella ciudad, 
que tan grandes Emperadores había tenido, la grande é increíble riqueza, 
los triunfos y victorias habidos de tantos reinos y señoríos y la gran pros¬ 
peridad en que tantos años se había sustentado; que todo esto viniese á 
acabarse en poco más de ochenta días, cosa, cierto, miserable y que, cier¬ 
to, al que lo oyere, cuanto más al que lo viera, pusiera gran lástima y do¬ 
lor, de donde vino á entender lo que los muy poderosos Príncipes debían 
considerar que los imperios y señoríos que con injurias, agravios y tira¬ 
nías se amplían, extienden y engrandescen, cuando no se catan, por jus¬ 
ticia divina, como los edificios muy grandes mal fundados, que su gran 
pesadumbre los ayuda á caer, vienen de tal manera á ser destruidos, que 
aun las reliquias, para la memoria de su destruición, no quedan; y asi 
debía de considerar aquel Capitán que, pues contra tan gran poder había 
sido poderoso Cortés, que sería bien que su hermano no ignorase esto, 
para que no se pusiese en defensa. 

Cortés, como le vió en alguna manera afligido y tan espantado, le 
dixo por la lengua: ^^No te maravilles, esforzado Capitán, de la ruina y 
caída desta tan gran ciudad, que sus maldades y pecados lo han meresci- 
do, que ya el Dios verdadero, á quien los cristianos adoramos, aunque por 
tantos años los desimuló, no lo pudo más sufrir, y como has visto, á 
nuestras personas, armas y manera de pelear pocos son los que en el 
mundo pueden resistir, especialmente cuando tenemos razón y tratamos 
negocio que toca á nuestro Dios. Muy muchas veces convidé con la paz 
á los mexicanos y estuvieron siempre tan porfiados, que hasta que los 
destruí no quisieron volver sobre sí, y tengo entendido que era porque 
no quedasen sin el castigo que sus grandes maldades y tiranías meres- 
cían. Ahora vamos á ver las grandes canoas, ó acales, que vosotros decís. 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


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que yo mandé hacer para pelear por el agua, en que tanto los mexicanos 
con la infinidad de sus canoas confiaban/' Mostróle los trece berganti¬ 
nes, las velas y remos; hizo entrar en uno dellos cuarenta ó cincuenta 
soldados, y en poco espacio aquel Capitán vió y entendió la poca parte 
que podrían ser muchas canoas contra un bergantín, así en fuerza como 
en ligereza, y con cuánta facilidad con todos los que topase por delante 
podía echar á fondo. Paseóse por uno de aquellos bergantines, mirólos 
todos con mucho cuidado y no hizo más de maravillarse y espantarse. 
Con esto se volvieron todos. 

Ahora diremos cómo este Capitán general, más espantado que los 
embaxadores de su hermano, se despidió de Cortés, y lo que pasó con el 
Cazonci, siendo causa que luego viniese á ver á Cortés. 


CAPITULO XXVII 

CÓMO EL HERMANO DEL CAZONCI SE DESPIDIO DE CORTES Y LLEGADO DO 

SU HERMANO ESTABA, CONTÁNDOLE LO QUE HABÍA VISTO, LE HIZO 

VENIR 

De ahí á pocos días el hermano del Cazonci determinó volverse, sólo 
por hacer que su hermano viniese y se hiciese amigo y servidor de un 
tan valeroso hombre como Cortés, á quien él cada día se iba más aficio¬ 
nando, lo cual le forzó que al despedirse de Cortés, con juramento hecho 
á sus dioses, le prometiese de volver con su hermano y quedarse en su 
servicio (como Motolinea dice que lo hizo). Cortés le dió algunas cosas 
para inviarle más grato; salió con i\ hasta sacarle de la ciudad; caminó 
hasta llegar á Mechuacán lo más que pudo, despachando cada día desde 
que salió mensajeros á su hermano el Cazonci, el cual le salió á rescebir 
con toda su corte cerca de la ciudad de Mechuacán, donde, á su cos¬ 
tumbre y uso, hubo muchos bailes y danzas. El hermano, hecha cierta 
reverencia, que en tales rescibimientos á su Rey y señor (aunque hermano) 
debía hacer, le abrazó luego; en suma, yendo hablando el Capitán general 
hasta entrar en la ciudad, fué diciendo al Cazonci grandes maravillas é 
increíbles cosas para lo de acá de Cortés y su gente, á las cuales el Ca¬ 
zonci estaba muy atento y no con poco placer de haber dexado de sacri¬ 
ficar á aquellos españoles, cu3"as muertes fueran causa de su total des- 
truición. 

Otro día, después de ÍLgado este Capitán general, el Cazonci hizo 
llamar á todos sus consejeros, los cuales sentados por su orden y anti¬ 
güedad, sentado cerca dél el Capitán general su hermano, les dixo: 

‘^Ya señores, sabéis cómo queriendo yo ir á ver á Cortés, Capitán de 
los cristianos, los más de vosotros me lo estorbastes, diciendo que no 
convenía que un tan gran señor como yo fuese á ver un hombre extraño, 
sin estar primero muy cierto del valor y ser de su persona, aunque bas- 






LIBRO SEXTO.—CAP. XXVII 


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tante prueba era de lo mucho que vale, tener nuevas tan ciertas de la 
destruición de México, hecha por sus manos; y fuistes de parescer que, 
para que en todo me sanease, mi hermano, que presente está, fuese á 
visitarle y ver con mucho cuidado la manera de su persona y la de los 
suyos, la suerte de armas y la manera de pelear; y viene tan espantado 
que por todo mi reino no quisiera (como tenía pensado) haber sacrificado 
á aquellos cuatro cristianos, porque soy cierto (según son poderosos y 
valientes los cristianos), que Cortés no dexara hombre vivo de nosotros: 
por tanto, yo estoy determinado, si á vosotros os paresce, de irle á ver 
y ofrescer mi persona y reino, y por que veáis cuánto nos conviene, ruego 
que oigáis á mi hermano algo de lo mucho que á mí me ha dicho.'' 

Ellos, que no deseaban cosa tanto, estándole muy atentos, dixo el Ca- 
pitán general: “Yo, como sabéis, señores, fui á ver á Cortés sólo por en¬ 
tender lo que al Rey nuestro señor y á todos nos convenía, y cierto, aun¬ 
que había oído cosas espantosas, las que vi me espantaron tanto que no 
sé cómo os lo decir, porque en todo son los cristianos tan diferentes de 
nosotros, que el menos valiente dellos, según son animosos y diestros en 
el pelear (y con armas que en mucho hacen ventaja á las nuestras) puede 
pelear con cient valientes Capitanes de los nuestros y salir vencedor. Las 
armas son de muchas maneras, pero hay unas muy espantosas que cuando 
dan un gran tronido matan muchos indios. Esto decía porque no sabía 
cómo se llamaban las escopetas y los tiros. Fuera desto suben sobre unos 
animales muy mayores que ciervos y tan ligeros como ellos, que hacen 
todo cuanto mandan los que van encima. Tienen también muchos anima¬ 
les de la suerte de aquel que traxeron los cuatro cristianos, que nosotros, 
por aplacar á los dioses, sacrificamos. Vi la manera de pelear suya, que 
pone gran miedo mirarla, y después vi trece grandes acales, que en el 
menor dellos cupieran docientos de nosotros. Con éstos Cortés venció y 
conquistó los mexicanos, que tan fuertes estaban con su laguna. Por 
otra parte miré mucho en ello, que siendo tan valientes los cristianos, 
son muy nobles, muy humanos, muy liberales y dadivosos, de donde en¬ 
tiendo que son buenos para amigos y malos para enemigos; y así, soy de 
parescer que el Cazonci mi hermano vaya lo más presto que pudiere á 
visitar á tal hombre y tenerle por amigo." 

Todos, oídas estas palabras, que tuvieron gran crédicto, fueron de 
parescer que el Cazonci se adereszase luego con toda la majestad posible 
para la jornada y llevase grandes presentes, de que nada pesó á los nues¬ 
tros. Salidos con esta determinación de aquella junta, el Cazonci mandó 
adereszar para el camino todo lo nescesario, dexando en el entretanto 
quien gobernase su reino. 


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CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


CAPITULO XXVIII 


CÓMO EL CAZONCI FUE Á VER Á CORTÉS Y CÓMO DEL FUÉ RESCEBIDO. 

Y DE SU MUERTE ALGUNOS AÑOS DESPUÉS 

No se pudo el Cazonci dar tanta priesa para adereszarse, que no se 
detuviese algunos días, aunque fueron pocos, en comparación del ade- 
reszo y aparato con que partió. Vino por sus jornadas con toda la majes¬ 
tad á él posible (i), inviando cada día, de donde llegaba á hacer noche, 
sus mensajeros á Cortés, diciéndole cómo ya iba y adónde quedaba, y 
otras palabras de mucho comedimiento, y así (2), llegando cerca del real 
de los nuestros (3), Cortés con los principales de su exército (4), deter¬ 
minó salido á rescebir; llevó consigo la música que tenía, porque sabía 
que el Cazonci (5) traía la suya. Salió Cortés (6) poco más de media le¬ 
gua, é cuando los unos reconoscieron á los otros, fue cosa muy de ver la 
salva que con la música se hicieron, no cesando hasta que Cortés y el 
Cazonci (7) se vinieron á juntar, y estonces (8), habiendo gran silencio, 
como si hombre no estuviera en el campo, el Cazonci (9) se humilló mu- 


(1) Tachado desde: “ambas con sus atambores y pifaros; rompieron una batalla 
con tanto ardid y destreza” (capítulo XXVT), hasta el final dcl mismo. Tachado 
también todo el capitulo XXVII y el epígrafe y comienzo del XXVIII hasta: “Vino 
por sus jornadas con toda la majestad á él posible.” Suplido: “y también escara¬ 
muzó y hizo algunos acometimientos muy ordenadamente, jugando el artillería á su 
tiempo. Acabada la fiesta, Hernando Cortés, con el huéspede, en una canoa muy 
entoldada, fué á Aléxico, acompañado de muchos caballeros que iban en otras ca¬ 
noas. Vió aquella gran ciudad destruida, cosa que le enterneció mucho aquel mise¬ 
rable espectáculo. Fueron á ver los bergantines, que tanto deseaba el mechoacanés. 
Alandó Cortés que se echase uno al agua, en el cual entraron cuarenta ó cincuenta 
castellanos. >,avegaron un rato; mirólos el indio todos con mucha atención y mara¬ 
villa. Vueltos á Cuyoacan, determinó de partirse á su tierra, con muchos presentes 
que le dió Cortés, con los cuales y las muchas caricias y honra que le hizo le envió 
contento. Refirió al Cazonzin lo que había visto, engrandeciendo tanto el valor de 
los castellanos y la cortesía que le habían hecho, que se determinó de ir luego á ver 
á Cortés, y aparejó para llevalle grandes presentes. Dos- cosas, afirman, que le mo¬ 
vieron para esta jomada; la una la novedad y grandeza de ver deshecho tan gran 
imperio por hombres que mientras eran menos en número, tanto más parecía cosa 
milagrosa; 4 a otra, parecelle que triunfaba hollando reino que había sido tan gran 
enemigo suyo, y gozarse de ver sujetada y destruida tan famosa ciudad y que solía 
ser espanto de todas las naciones de aquel mundo. Partió, pues, el Cazonzin con 
gran majestad.” 

(2) Tach.: “así.” 

(3) Tach.: “nuestros.” Si//?/.“castellanos.” 

(4) Tach.: “de su exército.” 

(5) Tach.: “Cazonci.” SupL: “Cazonzin.” 

( 6 ) Tach.: “Cortés.” 

(7) Tach.: “Cazonci.” SupL: “Cazonzin.” 

( 8 ) Tach.: “estonces.” 

(9) Tach.: “Cazonci." SupL: “ 


Cazonzin. 





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LIBRO SEXTO.-CAP. XXVIII 8oi 

cho á Cortés, é Cortés (i) le abrazó é mostró (2) gran amor, é luego (3) 
por los intérpretes el Cazonci (4) le (5) dixo: 

‘‘Muy valiente y muy esforzado caballero, Capitán y caudillo de muy 
valientes y esforzados caballeros, inviado por el mayor señor que jamás 
he oído: Suplicóte cuanto puedo perdones mi tardanza en no haberte 
venido á ver cuando prometí, porque, cierto, muchas veces (como te habrá 
acontescido) los hombres (especialmente que gobiernan) piensan uno y 
hacen otro. Yo vengo á servirte y á ser vasallo, como tú lo eres, del Em¬ 
perador de los cristianos, tu Rey é señor, y asi, puedes mandarme de hoy 
en adelante en todo lo que se ofresciere, que toque al servicio del gran 
Emperador de los cristianos; y porque de lo que te ofrezco han de dar 
testimonio las obras, en prueba de que corresponderán á mis palabras, 
rescibirás hoy ciertos presentes de oro, plata, joyas é otras cosas que en 
mi reino hay, para que entiendas que ofresciéndote mi persona, es lo 
menos servirte con mi hacienda.^' 

Cortés, tan alegre de las palabras y obras del Cazonci como era razón, 
le tornó á abrazar, é por los intérpretes (6) respondió que no se maravi¬ 
llaba de que no pudiese haber venido antes á verle, aunque lo hubiese 
prometido, por la razón que él decía, que era muy justa y muy cierta (7), 
y que cada día solía subceder, y que desto no tuviese pena, porque él con 
su venida estaba tan alegre y regocijado, que no querría que le habla¬ 
se (* *) en aquello y que le besaba las manos y tenia en mucho así el 
ofrescimiento como las obras, y que el Emperador y Rey (8), su señor, le 
haría muy grandes mercedes, y que por la comunicación que adelante ten¬ 
drían con los cristianos vería y conoscería (9) el gran bien que á él y á 
los suyos dello redundaría, porque se desengañaría de (10) grandes y per¬ 
versos (ii) errores en que el demonio por tantos años los tenía enga¬ 
ñados. 

En estas y otras pláticas volvieron hacia los aposentos de Cuyoacan 
con mucha música y regocijo; aposentóle Cortés todo (12) lo mejor que 
pudo é hízole toda la fiesta que su posibilidad y aquella tierra sufrían; 
mandó á todos los españoles (13) principales que en lo que pudiesen 


(1) Tachado: “é Cortés.” Suplido: “el cual.” 

(2) Tach.: “é mostró.” SupL: “con.” 

(3) Tach.: “é luego.” SupL: “y.” 

(4) Tach.: “Cazonci.” SupL: “Cazonzin.” 

(5) rGc/r.;“le.” 

( 6 ) Tach.: “por los intérpretes.” 

(7) Tach.: “y muy cierta.” 

(*) En el Ms. “me hablásedes”, equivocadamente. 

(8) Tachado: “y Rey.” 

(9) Tar/z.: “y conoscería.” 

(10) Tach.: “de.” SupL: “de los.” 

(11) Tach.: “y perversos.” 

(12) Tach.: “todo.” 

(13) Tach.: “españoles.” Suplido: “castellanos.” 




8o2 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


diesen gusto y contento á los señores y deudos que con el Cazonci (i) ve-- 
nían, para que todos con el buen tratamiento se aficionasen á la conver¬ 
sación y amistad de los cristianos, con los cuales ellos en todo ó en lo más 
tenían gran semejanza. 

Comía el Cazonci (2) y algunos de los más principales deudos y seño¬ 
res con Cortés; sabíanles bien las comidas de Castilla y más el vino, á que 
hasta hoy son todos tan aficionados que es menester gran rigor para que 
no se emborrachen. Mandó Cortés (como lo había hecho con su herma¬ 
no) en aquellos días que allí estuvo el Cazonci (3) [que] hubiese escaramu¬ 
zas de los nuestros (4) de á pie y á caballo y algunas salvas de artillería 
y escopetería, que no menos que á su hermano le pusieron pavor, aunque 
(como luego diré) (5) vuelto á su tierra, instigándole los suyos y el (6) de¬ 
monio, que hacía la mayor guerra, no estuvo con aquella firmeza y fide¬ 
lidad (7) que había prometido. Dice Motolinea (8) que se bautizó y que 
él lo vió (9). 

Pasados después algunos años, viniendo á gobernar Ñuño de Guz- 
mán (10), presidente del Audiencia real de México, en la revolución y 
rebelión del reino de Jalisco, que por otro nombre dicen la Nueva Gali¬ 
cia, prendió al Cazonci con intento, según muchos dicen, de sacarle oro 
y plata, fingiendo que había muerto veintidós españoles y que con los 
cueros dellos hacía areitos y que con su sangre, revuelta con muchas se¬ 
millas, á su costumbre, había hecho un ídolo, que con gran reverencia, 
alegría y contento él y los su3^os adoraban; y como vió que no le podía 
sacar el dinero que quería, le mandó quemar, debaxo de lo que dicho ten¬ 
go, el cual, dicen, que cuando vió que le querían quemar y que ya no 
tenía remedio su vida, dixo á sus criados: “Después que yo esté hecho 
polvos, os encargo mucho y mando como señor vuestro, los llevéis á mi 
casa y los ofrescáis á mis ídolos.’' Los cristianos que á su muerte se ha¬ 
llaron, sabido esto, por no dar lugar á aquella idolatría, barriendo muy 
bien el suelo, echaron los polvos en un río. Fué después por esta muerte 
preso Ñuño de Guzmán y en España muy fatigado, porque paresció ha¬ 
ber hecho gran crueldad, aunque dió los descargos que pudo. 

Dexó el Cazonci dos hijos, los cuales aprendieron Gramática y nuestra 
lengua castellana, y el mayor, habiendo tenido el señorío de su padre al- 


(1) Tachado'. ‘‘Cazonci.” 

(2) Tach.: “Cazonci.” Supl.: “Cazonzin.” 

(3) Tach.: “Cazonci.” SupL: “Cazonzin.” 

(4) Tach.: “de los nuestros.” 

(5) Tach.: “(como luego diré).” 

( 6 ) Tach.: “instigándole los'suyos y el.” Suplido: “á persuasión de los suyos 
y del.” 

(7) Tach.: “y fidelidad.” 

(8) Tach.: “Dice Motolinea.” Supl.: “Hay autor que dice.” 

(9) Tach.: “y que él lo vió.” Supl.: “y muy regalado y con grandes presentes 
y contento se volvió á su tierra.” 

(10) Al margen: “Ojo. Ñuño de Guzmán.” 






LIBRO SEXTO,—CAP. XXIX 


8 o 3 


gún tiempo, murió sin dexar hijos y subcedióle el segundo, que se decía 
Don Antonio, á quien yo muy familiarmente traté. Era grande amigo de 
españoles, muy querido y obedescido de los suyos, muy bien enseñado en 
la fee católica; presciábase de tener muchos libros latinos, los cuales en¬ 
tendía muy bien. Era muy gentil Escribano y especialmente en castellano 
■escrebía con mucho aviso una carta, y no menos en latín. Y porque de las 
cosas de Mechuacán hablaré más largo cuando tenga recogidas las Me¬ 
morias y papeles de aquella provincia, cerca del Cazonci por ahora no 
diré más, viniendo á las provincias que Gonzalo de Sandoval conquistó 
y pobló. 


CAPITULO XXIX 

DE LAS PROVINCIAS QUE GONZALO DE SANDOVAL CONQUISTÓ Y POBLÓ (l) (2) 

Al tiempo que los mexicanos echaron á los españoles (3) de su ciu¬ 
dad con el estrago y matanza que en su lugar dixe (4), los pueblos y pro¬ 
vincias subjectas á México y las con él confederadas hicieron gran daño 
en los españoles (5) que por la tierra toda estaban derramados buscando 
minas de oro y plata. Y porque no es razón dexar de contar algunas gran¬ 
des crueldades que á su costumbre (como hombres muy vengativos) hi¬ 
cieron en los nuestros, diré algunas, para que se entienda la razón que de 
castigarlos tuvo Cortés (6). 

En Tututepec, que es á (7) la costa de la mar del Sur, juntándose 
gran cantidad de indios, de súbito dieron sobre ciertos españoles, é (8) 
presos, los desnudaron en carnes y metieron en un patio cercado de un 
pretil almenado, de un estado en alto, é poniéndose alderredor más de 
dos mili indios, como á toros, con varas tostadas los comenzaron á aga¬ 
rrochear (9), y como es tan terrible la muerte, que no hay animal que no 
la huya (10), procurando los miserables escaparse, se abrazaban con las 
almenas, procurando (ii) salir fuera, no haciendo otro fructo que dexar- 
las ensangrentadas, para memoria de su miserable muerte y ferina (12) 


(1) Tachado el epígrafe. 

(2) Al margen: “Primero.” 

(3) Tachado: “á los españoles.” Suplido: “á Cortés.” 

(4) Tach.: “con el estrago y matanza que en su lugar dixe.” 

(5) Tach.: “españoles.” SupL: “castellanos.” 

( 6 ) Tach. desde: ‘^Y porque no es razón dexar de contar”, hasta: “la razón que 
de castigarlos tuvo Cortés.” 

(7) Tach.: “á.” Stipl.: “en.” 

( 8 ) Tach.: “españoles, é.” SupL: “castellanos, y.” 

(9) Tach.: “comenzaron á agarrochear.” SupJ.: “agarrochearon. ’ 

(10) Tach.: “y como es tan terrible la muerte, que no hay animal que no la 
huya.” SupL: “y.” 

(11) Tach.: “procurando.” SupL: “esforzándose de.” 

(12) Tach.: “ferina.” 




CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


804 

crueldad de sus enemigos. Finalmente, viendo que no podían dexar de 
morir y que no tiniendo otras armas que las manos heridas y ensangren¬ 
tadas, guardándolas para mejor menester, hincándose todos de rodillas, 
levantándolas al cielo y animándose unos á otros, acabaron la vida muy 
como cristianos. 

En otros pueblos, como no andaban los españoles (i) tan juntos, á los 
que asían (2) pensaban (como sedientos de nuestra (3) sangre) con qué 
novedad de tormentos los podrían acabar, y así, á unos tenían muchos 
días en lo más secreto de una casa fuerte encerrados, sin darles de co¬ 
mer dos ó tres días, y después, cortándoles un miembro de su cuerpo, 
cocido ó asado se lo daban á comer: tanta era la sed de su más que muje¬ 
ril venganza (4). A otros asaban vivos á poco fuego, por que más durase 
el tormento. A otros desollaban vivos (como en nuestro tiempo hacen los 
chichimecas) que han hecho gran daño en el camino de México á los Za¬ 
catecas (5). Finalmente, como toda crueldad sea más de fieras que de 
hombres, y el ánimo generoso las aborrezca, por no indignar al lector é 
yo por lio enternecerme, dexando las demás bestiales crueldades (6), pro- 
siguiré lo que cerca desto Cortés ordenó, el cual en el año de mili y qui¬ 
nientos y veinte é uno, en fin de Octubre, desde Cuyoacan invió á Gon¬ 
zalo de Sandoval con docientos españoles de á pie y treinta y cinco 
de á caballo, con muchos indios amigos, á Tututepec y á Guatuxco (7) (que 
eran los pueblos más culpados), los cuales, como en la destruición y huida 
de México se habían (como dicho tengo) ensoberbecido y encruelecido, 
así, vista la mudanza de fortuna y el gran poder que los nuestros tenían, 
asolado México, le salieron á rescebir, puestas las manos, rindiéndosele, 
pidiéndole perdón de las cosas pasadas, jurando de ser de ahí adelante 
muy obedientes, diciendo que en lo pasado los había engañado el demo¬ 
nio, Sandoval los rescibió con buen rostro, castigando á los que noto¬ 
riamente halló culpados, representando á los demás (como dicen) el pan 
y el palo, diciéndoles el bien que se les siguiría de ser buenos de ahí ade¬ 
lante y el mal que les vendría de hacer lo contrario. 

Fué Tututepec una muy gran población, á do Motezuma tenia una 
gran guarnición de gente para la seguridad de muchos pueblos é provin¬ 
cias ricas que hay en aquella comarca, aunque en Tututepec no hay hoy 
con mucho tanta gent^ como estonces, á causa de la guarnición que es¬ 
tonces á la continua allí residía. Está de México cerca de ochenta le¬ 
guas, y no ciento y veinte, como otros dicen; y donde se pobló Medellín 


(1) Tachado: “españoles.” Suplido: “castellanos.” 

(2) l'ach.: “asían.” Supl.: “pTendían.” 

(3) Tach.: “nuestra.” Supl.: “su.” 

(4) Tach.: “tanta era la sed de su más que mujeril venganza ” 

(5) Al margen: “2.0” 

( 6 ) Tabellado desde: “Finalmente, como toda crueldad sea más de fieras que de 
hombres”, hasta: “dexando las demás bestiales crueldades.” 

(7) Al margen: “Sandoval á Tututepec. Guatusco.” 










LIBRO SEXTO.-CAP. XXX 


8o5 


es más abaxo y no muy lexos de la Veracruz, porque el año de mili y 
quinientos y veinte y cinco se pasó Medellin á la Veracruz (i). De Tu- 
tutepec pasó á poblar á Guazaqualco, creyendo que los de aquel rio esta¬ 
ban en el amistad de Cortés, como con toda solemnidad de juramento te¬ 
nían prometido á Diego de Ordás cuando fué allá en vida de Motezuma. 
No halló Sandóval el acogimiento que pensó; díxoles que los iba á visitar 
de parte de Cortés é á saber si habían menester algo. Ellos, no aplacién¬ 
doles estos comedimientos (como al enfermo de cólera le amarga la miel) 
con gran desabrimiento le respondieron que no tenían nescesidad de su 
gente ni de su amistad y que se volviesen con Dios y no estuviesen más 
allí. Sandóval con toda blandura les replicó se acordasen de la palabra que 
habían dado á Diego de Ordás, trayéndoles á la memoria cuánto les con¬ 
venía tener amistad con los cristianos y salir de la falsa religión en que 
vivían, ofresciéndoles paz, la cual ellos no quisieron, armándose é ame¬ 
nazando á Sandóval y á los suyos que si luego no salían los matarían 
cruelmente. 


CAPITULO XXX 

CÓMO GONZALO DE SANDOVAL SALTEÓ DE NOCHE UN PUEBLO Y PRENDIÓ 
UNA SEÑORA, Y DE CÓMO GANÓ Y CONQUISTÓ OTRAS PROVINCIAS 

Sandóval, como vió que buenas razones ni comedimientos no bas¬ 
taban, salteó de noche un pueblo, poniendo más pavor que haciendo 
daño, que este era su intento, donde prendió una señora, que fué gran 
parte para que los nuestros llegasen al río sin contraste y se apoderasen 
de Guazaqualco é sus riberas. Pobló Sandóval cuatro leguas de la mar 
una villa que llamó del Espíritu Sancto (2), que hoy está poblada, aunque 
de muy pocos vecinos, porque los indios se han ido apocando. Aportan 
allí algunos navios y hallan refrigerio. 

Atraxo Sandóval á su amistad á Quechullan, Ciuatlan, Quezaltepec 
y Tabasco, que duraron poco en el amistad, porque vueltas las espaldas 
los nuestros, se rebelaron con otros muchos pueblos que se habían enco¬ 
mendado en los pobladores del Espíritu Sancto por cédulas de Cortés (3). 

Casi en este mismo tiempo invió Cortés á Francisco de Orozco, her¬ 
mano de Villaseñor, con treinta de caballo y ochenta peones de á pie, 
acompañado de muchos indios amigos, á conquistar la provincia de Gua- 
xaca con su hermoso valle, del cual después tomó el título de Marqués 
el Capitán general, con la cual confina la muy rica provincia de la Miste- 
ca, con otras provincias, que todas, por la excelencia de la Misteca, se 


(i) Al margen: “Año de 25. Medellin á la Vera 
(A Al margen: “Spiritu Sto.” 

(3) Al margen: “3.®” 



8o6 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


llaman así, aunque cada una tenía su nombre, Mixtecapan, porque daban 
guerra, no como algunos dicen á Tepeaca, que está muy lexos, sino á otros 
indios amigos. 

Halló el Capitán Orozco en Guaxaca una muy gran guarnición de in¬ 
dios mexicanos con sus casas, mujeres y hijos, que sojuzgaba y oprimía 
todas aquellas provincias. Fortificáronse cuando los españoles llegaron, 
en un peñol que tenía una cerca de cal y canto, de una legua en torno; 
tenían dentro, como forzados de galera, más de mili mistecas, no para 
otro oficio sino para dar grita de noche en la vela y en las batallas, ca, 
cierto, perturbaba mucho al que no estaba acostumbrado á ella. Túvolos 
cercados Orozco ocho días arreo, dándoles de noche y de día combate, 
quitándoles el agua, é con todo esto no se querían dar, hasta que Orozco, 
según unos dicen, invió mensajeros á Cortés, los cuales volvieron al fin 
de los ocho días, y de parte de Cortés, hablando á los cercados que se 
diesen, porque así se lo rogaba el Capitán general, y así ellos, quiriendo 
ganar aquella honra (aunque ya no podían al hacer) se dieron en ausen¬ 
cia á Cortés, viéronse en tan gran aprieto, especialmente de sed, que be¬ 
bían lo que orinaban, y así cuando baxaron al río á darse, bebiendo mu¬ 
rieron muchos. 

Pocos días antes que esta victoria consiguiese Orozco, Miguel Díaz de 
Aux, muy valiente soldado y hombre de mucho punto, paresciéndole que 
estaba afrentado debaxo de la bandera de Orozco, habiendo él sido antes 
Capitán de Francisco de Garay, intentó de levantarse contra Francisco 
de Orozco y alzarse con la capitanía, paresciéndole que en ella se diera 
mejor maña que Orozco, el cual luego, como lo entendió, le echó grillos 
y envió con una hamaca con guarda de españoles á Cortés, el cual desi¬ 
muló el delicto, porque la persona de Miguel Díaz era bastante para cual¬ 
quier negocio de guerra (i). Era bien determinado, murió en esta ciudad 
muy viejo, y de allí adelante Cortés jamás le apartó de consigo y hallóse 
muy bien con él. 

Motolinea dice que Sandoval tuvo tres encuentros con estos indios, en 
los cuales murieron dellos muchos primero que se diesen ni consintiesen 
á los españoles poblar en su tierra; todo pudo ser, pero Orozco los halló,- 
como dicho tengo, empeñolados. Asentó por estonces aquella tierra é vol¬ 
vió con mucha honra donde su General estaba, inviándole él á llamar (2). 


(1) Al margen: “4.0” 

(2) Tachado desde: “Pocos días antes que esta victoria consiguiese Orozco* 
hasta el final deí capítulo. 







LIBRO SEXTO,-CAP. XXXI 


807 


CAPITULO XXXI 

CÓMO CORTÉS INVIÓ Á DESCUBRIR LA MAR DEL SUR POR OTRO CAMINO, K 

TENIDA RELACIÓN INVIÓ Á PEDRO DE ALVARADO, É DE CÓMO SE DIÓ DB 

PAZ EL SEÑOR DE TEGUANTEPEC 

Gran deseo tenía Cortés de descubrir la mar del Sur por el grande 
interese (como diré) que pretendía, y así, aunque había inviado por otra 
parte cuatro españoles á descubrirla, teniendo de nuevo noticia que no es¬ 
taba muy lexos de allí, invió otros cuatro españoles con indios mexica¬ 
nos ; los dos fueron á Zacatula, cient leguas de México; los otros dos 
á Teguantepec, que dista ciento y veinte leguas, aunque por otras partes, 
estonces ocultas, estaba más cerca la mar del Sur, por la cual Cortés pen¬ 
saba descubrir islas muy ricas de oro y piedras presciosas, especias é otras 
grandes riquezas é traer por aquel viaje á la Nueva España la especería 
de los Malucos, como después lo intentó en el año de mili y quinientos 
y veinte y siete, inviando tres navios bien adereszados, de los cuales el 
uno volvía muy rico, cargado de especería, é por no saber la navegación 
para volver, no pudo navegar y tornó á arribar á los Malucos, de do había 
salido. 

Llegados, pues, los españoles, aunque por diferentes caminos, á la 
mar del Sur, tomaron posesión, pusieron cruces, pidieron oro é otras 
cosas que traer á Cortés; traxeron indios de aquella costa, que Cortés 
rescibió y trató muy bien, é después de algunos días, dándoles cosillas 
de rescate, se volvieron muy alegres á sus tierras, llevando como todos 
los demás, por doquiera que iban, buenas nuevas de Cortés. El uno de los 
españoles que volvió más rico, que vive hoy en Guaxaca, se dice Román 
López, el cual perdió un ojo por llevar (como subceden las cosas huma^ 
ñas) su prosperidad bien aguada. 

El señor de Teguantepec, que ya de las buenas nuevas de Cortés 
estaba bien informado, viendo los dos españoles, se holgó mucho con 
ellos. Preguntóles muchas particularidades de Cortés, dióles un gran 
presente de oro, pluma, algodón y armas, que en su nombre ofresciesen 
á Cortés y le dixesen que él con su persona, casa y señorío quedaba muy 
á su servicio y que desde luego se daba por vasallo del Emperador de 
los cristianos, su Rey é señor, y que como tal le suplicaba le inviase 
socorro de españoles y caballos contra los de Tututepec que le hacían 
guerra, y la causa era porque habían sentido dél que tenía afición y amor 
á los cristianos. Cortés, que no poco holgó con el presente y la embaxada, 
despachó luego á Pedro de Alvarado con docientos españoles, cuarenta 
de á caballo y dos tiros de campo, é por la instruición que llevaba se 
fué por Guaxaca, que ya tenía Orozco pacificada, aunque halló algunos 
pueblos que le resistieron, pero no mucho, é pasando adelante llegó á 


8 o8 


CRÓNICA DE LA NUEVA ESPAÑA 


Tutepeque, el señor del cual le rescibió muy bien, con muestras de 
grande amor. Quísole aposentar dentro de la ciudad en unas casas suyas 
grandes y buenas, pero cubiertas de paja, con intento de quemar [á] los 
españoles aquella noche al primer sueño; pero Alvarado, ó porque lo sos¬ 
pechó ó porque le avisaron, no quiso quedar allí, diciendo que no era 
bueno para sus caballos, y así, se aposentó en lo baxo de la ciudad é 
detuvo al señor é á un su hijo presos, los cuales se resgataron después 
en veinte é cinco mili pesos de oro, porque es tierra rica de minas. 

Pobló Al varado hacia la costa de la mar en Tututepec una villa que 
llamó Segura de la Frontera, con el mismo regimiento que había en la 
otra Segura de la Frontera, que estaba en Guaxaca, y así la villa de 
Segura se mudó tres veces: la primera se puso en Tepeaca; la segunda, 
en Guaxaca, y la tercera en Tututepec, y después de Tututepec volvió 
á Guaxaca, donde ahora está. No tuvo Alvarado dicha de asegurar á 
Segura en Tututepec, porque los vecinos se mudaron, como luego diré. 


CAPITULO XXXII 

CÓ:aO ALVARADO SE VOLVIÓ Y LOS VECINOS SE MUDARON, Y CORTÉS INVIÓ¡ 
Á DIEGO DE OCAMPO, É DE LO QUE ACONTESClÓ Á LA VUELTA A PEDRO 
DE ALVARADO CON UN SEÑOR DE INDIOS CHONTALES 

Vuelto Pedro de Alvarado, estuvo la villa poblada con el mismo re¬ 
gimiento que antes casi seis meses. La ocasión que los vecinos tuvieron 
de despoblarla fué que habiéndoles Alvarado repartido la tierra. Cortés 
hizo novedad, tomando para sí (según algunos se quexaban) lo mejor. 
Fué el que principalmente á esto los induxo un Regidor que se decía 
Hernán Ruiz. Y por que se entienda lo poco que estonces los naturales 
entendían, no quiero pasar por una cosa donosa, y es que estando en 
aquel pueblo Pedro de Alvarado mal dispuesto de un ojo (ó por mejor 
decir de cobdicia) le preguntó el señor qué medicina sería menester para 
aquella su enfermedad é respondiéndole Alvarado que tejuelos de oro, 
el señor, por más de quince días, le traxo cada día cinco ó seis tejuelos, 
que pesaban á ciento y treinta castellanos, unos más y otros menos, y 
él poniéndoselos sobre el ojo, decía al señor que ya iba mejorando. Dióle 
asimismo una cadena que pesó siete mili y quinientos castellanos, la 
cual Alvarado echó al cuello de su caballo, porque él no la podía sufrir 
en el suyo, ni aun el caballo mucho tiempo, y así la guardó do no se la 
hurtaron. 

Invió luego Cortés á Diego de Ocampo, su Alcalde mayor, por pes- 
quesidor contra los que habían despoblado la villa; condenó á uno á 
muerte; créese fué el Regidor que dixe, porque fué la principal parte. 
Apelló, y en grado de apellación se presentó ante Cortés, el cual le mudó 
la muerte en destierro. 






LIDRO SEXTO.-CAP. XXXIIT 809 

En este comedio murió el señor de Tutiitepec, por cuya muerte se 
rebelaron algunos pueblos de la comarca. Dice Alotolinea que tornó á 
ella Pedro de Alvarado, é después de algunas muertes de españoles, los 
reduxo como antes estaban, pero Segura (como dixe) no se pobló más 
hasta que Ñuño de Guzmán la mandó poblar y llamar Antequera. Al¬ 
varado á esta vuelta invió á Francisco Flórez y á Diego de Coria á vi¬ 
sitar aquella tierra, é yendo por Guaxaca, visitando hasta Teguantepeque, 
volvieron por la costa, y en un pueblo antes de llegar á Teguantepeque, 
que se dice Tequecistlan, que es de chontales, queriéndolo visitar, pro¬ 
curaron matarlos, y reprehendiéndolos y amenazándolos por esto con el 
Tonatio, que es “hijo del soF', que así llamaron los indios á Pedro de 
Alvarado, como á Cortés llamaban Malinche, respondió el señor dellos 
muy enojado: “¿Qué diablos, Tonatio, Tonatio, teutes, teules, sois los 
españoles, que nuestros dioses no fornican, ni quieren oro, ni ropa, ni 
comen ni beben, aunque solamente beben sangre de corazones? \Tnga 
el Tonatio, que en el campo me hallará con cuarenta mili hombres”; y 
así lo cumplió, porque dende á dos meses vino sobre él Pedro de Alva¬ 
rado con ciento y cincuenta españoles y cuarenta de caballo, donde le 
halló en la delantera. Resistió al principio con gran furia; derramóse 
mucha sangre, aunque más de los enemigos, é finalmente, después de muy 
bien reñida aquella batalla, quedando vencido aquel señor, los suyos 
con él, perdiendo el brío que tenían, conosciendo por la obra lo que de 
palabra habían oído, quedaron pacíficos. 


CAPITULO XXXIII 

CÓMO CORTÉS IXVIÓ Á LA MAR DEL SUR A HACER DOS DERGANTIXES Y CÓMO 
INVIÓ Á JOAN RODRÍGUEZ DE VILLAFUERTE, É SANDOVAL FUÉ A VPILCINGO 
É A ZACATULA Y DE LO QUE MÁS PASÓ 


FTX DE LA OBRA 



APENDICE NUM. I 

ÍNDICE DE NOMBRES GEOGRAFICOS MEJICANOS, CITADOS EN LA OBRA 


El nombre con que se encabezan en versalitas los artículos es el empleado con 
más frecuencia en la Crónica; siguen las variantes en su caso, en letra cursiva, 
precedidas de la abreviatura Var. Entre corchetes se coaisigna la ortografía admi¬ 
tida por escritores de reconocida autoridad en la materia (i). 


A 

A cocineo. Véase Acacixgo. 

Acacingo (pueblo), páginas 530, 531. 
Variante: Acacinco, pág. 263. 
[Acatzinco.] (2). 

Acapistla (pueblo), pág. 614. [Yaca- 
pichtla.] 

Acintla (pueblo), pág. 129. [Centla.] 
Aculma (ciudad sujeta á Tetzcoco), 
págs. 632, 647. [Acolman.] 

Acima. V. Azua. 

Amecameca (pueblo de la provincia 
d'e Chalco), pág. 267. [Amaqueme- 
can.] (3). 

Anauac (Nueva España), pág. 301. 
[Anahuac.] 

Aniguayagua (provincia en la Isla 


Española, pacificada por Diego Ve- 
lázquez), pág. 98, 

Apozol (pueblo), pág. 291. 

Asuchualan (pueblo de los Zacate¬ 
cas), pág. II. 

Atlaltcpeque. V. Citlaltepec. 

Atlan cate PEQUE (pueblo), pág. 240. 
[Atlancatepec.] 

Atrisco (valle), pág. ii. [Atlixeo.] 

Autengo (ciudad), pág. 573. [Aten¬ 
eo.] 

Autlan (pueblo), pág. 617 (4). 

Avacatlan (valle), pág, 289. [Ahua- 
catlan.] 

Ayocingo (puerto de Chalco), pági¬ 
na 612. [Ayotzinco.] 

Azacaai (provincia), pág. 263 (5). 

Azua (villa de la Isla de Santo Do- 


(1) Para la identificación de la mayor parte de los nombres hemos consultado 

con preferencia las publicaciones de los Sres. Orozco y Berra (D. ^lanuel) y Cha- 

vero (D. Alfredo); y en algunos casos las de Motolinia, Gomara. Torquemada y 
Lorenzana. Se excluyen del índice los nombres que, además de ser inu}'' conocidos, no 
tienen variantes, como México, Yucatán, etc.; y en cambio se incluyen otros que 
no corresponden al territorio de Nueva España, principalmente cuando en ellos 
hay variantes. 

(2) ííoy Acacingo, en el Estado de la Puebla. 

(3) Hoy Ameca, ó Amecameca, en el Estado de México. 

(4) Nuestros cronistas é historiadores, al tratar de los pueblos que dieron 
la obediencia 4 Cortés en Tetzcoco, citan á Nauhtlan en vez de Autlan. 

(5) Orozco y Berra escribe Itzocan en vez de Azacam. Véase Yzucar. 





8 i2 


APÉNDICE NÚM. I 


mingo, fundada por Nicolás de 
Ovando), pág. 99. Var.: Achiia. 
pág. 98. [Azua.] 

B 

Bain (río en la Isla de Santo Do¬ 
mingo), pág. 102. [Bani.] 

Barucoa (villa, río, en la Isla de 
Cuba), págs. 100, 102 [Baracoa.] 

C 

C.\LPA (aldea de la jurisdicción de 
Huexotzingo), págs. 261, 264. [Cal- 
pan.] (i). 

Campeche (2) (ó pueblo de Lázaro, 
en la costa occidental de Yucatán), 
págs. 61, 62, 67, 72, 125. 

Capulalpa (pueblo), págs. 458. 593, 
595, 602, 642. [Calpulalpan.] (3). 

Cempoala (provincia, ciudad), pági¬ 
nas 148, 153, 160-164, 169, 170, 172, 
182-186, 191, 192, 193, 200, 201, 205, 
233, 234, 237, 255, 271, 277, 384, 393, 
394, 421, .1.24. 429, 432. 433, 434,. 
445-448, 452, 458, 459, 465, 467, 546, 
558. Var.: Cempiiala, págS’. 149, 159. 
[Cempoalia ó Cempohualla.] (4). 

Compílala. V. Cempoala. 

Cíbola (provincia del antiguo Reino 
de Nueva Galicia), pág. 25. 

Cigiiatlan. V. Ciuatlan. 

CiPANCiNCO (gran población), pági¬ 
nas 220, 221. 222, 224. [Tzimpant- 
zinco.] 

Citlaltepec (pueblo situado á la ori¬ 
lla del lago Tzompango), pág. 632, 
Var.: Atlaltepeqnc, pág. 604 [Ci¬ 
tlaltepec.] 


Citula (provincia), pág. 8. 

Ciuatlan (provincia), pág. 805. Va¬ 
riante: Ciguatlan, pág. 765. [Ciuat- 
!an.] (5). 

Coazaqualco. Y. Guazaoualco. 

Coisco. V. Coixco. 

Coixco (provincia), pág. 696. Varian¬ 
te: Coisco, pág. 691. [Cohuixco.] 
Colima (ciudad y antigua provincia 
de Michhuacan), pág. 8. 
Companclngo. V. Cunpancinco. 
Cópala (provincia, tierra de La Fio- 
rida). pág. 763. 

Cotasta (pueblo), págs. 142, 143, 145 

148, Var,: Cotastla, pág. 423. [Cuet- 
laxtla.] 

Col asila. V. Cotasta. 

CotOch. V. COTOCHE. 

CoTOCHE (cabo), págs. 8, 109, 124. 
Var.: Cotoch, pág. 61. [Cato¬ 
che.] (6). 

Coyoacan. V. Cuyoacan. 

Coyuca (pueblo), pág. 10. 

Cozumel (isla de Santa Cruz), pági¬ 
nas 60, 65, 66, 86, 89, 90, 108, 109. 
no, 112, 113, 122, 124, 128, 137, 

149. 

Cuernavaca (pueblo), págs. 9, 69.1 
692. Var.: Oitaiinanac, pág. 622. 
[Cuaunahuac.] (7). 

CuiTLACHTEPETL (sierra), pág. 289. 
[Cuytlachtepetl.] 

CuiTLAUAC (pueblo), págs. 21, 662. 
Vars.: Cnitlanaca, pág. 676. Qiiit- 
laiiaca, pág. 269. [Cuitlahuac.] (8), 
Cuitlauaca. V. Cuitlauac. 

CuLHUACAN (provincia, puebla), pᬠ
ginas 8, 369, 371, 636, 661. Var,: Ck- 
luacan, pág. 21. [Culhuacan,] 

' Ciiluacan. V. Culhuacan. 


(1) Hoy Calpan, en el Estado de la Puebla. 

(2) En lengua maya, Kimpech. 

(3) Los españoles le dieron el nombre de “Pueblo ]\Iorisco'\ 

(4) Cortés llamó á esta ciudad “Nueva Sevilla”. Hoy conserva su nombre de 
Cempoal. Dista de Veracruz cuatro leguas, y es distinto de otro Zempoal en el 
Arzobispado de Méjico, que dista de éste doce leguas. (Nota de Lorenzana.) 

(5) Ciuatlan significa “Lugar de Mujeres”. .Nuestro autor dice “Provincia 
de las Amazonas, que los indios llaman Ciguatlan”. 

(6) Fué llamado por los españoles “Punta de las Mujeres ó Amazonas”. 

(7) Hoy Cuernavaca, capital del Estado de JMorelos. 

(8) Hoy Tlahua. 







APÉNDICE NÚM. I 


8 l 3 


CuNPANCiNCO (lugar), pág. 528. Va¬ 
riante: CompancingOj pág. 641. 
[Tzompantzinco.] 

CuYOACAN (provincia, ciudad), pági¬ 
nas 22, 102, 270, 581, 629, 650, 637, 
64Ó, 647, 648, 657-662, 669, 677, 701, 

718,743,748,753,754.760,761, 

788, 801, 804. Var,: Coyoacan, pᬠ
gina 271. [Coyohuacan.] (i). 

CuYSEO (laguna), pág. 22. [Cuitzeo.] 

CH 

Chachula (pueblo), pág. 425. 

Chalco (provincia y ciudad), pági¬ 
nas 267, 581-583, 590, 612, 615-618, 
642, 646, 673, 676. 

Chai.coatengo (puerto de Chalco) pᬠ
gina 612. [Chalcoatenco.] 

Chapchicoeca, ó San Juan de Ulúa 
(puerto, costa. Hoy Veracruz), pᬠ
ginas 142, 364, 383. [Chalchiuh- 
cuecan.J 

Champoton (pueblo situado en la cos¬ 
ta occidental de Yucatán), págs. 61 
62,71,72,125,126,137,13S, 139, 
148, 149, 161, 164, 173. Var.; Po^ 
tonchan, págs. 75, 364. [Champc- 
ton.] 

Chapulicpcc, V. Chapultepeque. 

Chapultepeque (pueblo, fuente, cal¬ 
zada), págs. 10, 22, 302, 312, 321 
4S2, 492, 745, Var.: Chapulicpcc, 
págs. 300, 700, 764. [Chapultepec.] 

CiiETEMAL (cacicazgo en la provincia 
de Yucatán), pág. 116. 

Chiaaíetla (puerto en el antiguo Rei¬ 
no de Xueva Galicia), pág. 8. 

Chiapa (obispado), pág. 9. 

Chinantla (2) (provincia, ciudad), 
págs. 78, 386, 421, 533, 546, 547, 

633-636. 

Cholotamalalaca (por otro notnbrt 
Chorotcga) (3), pág. 8. 


Cholula (ciudad, río), págs. 162, 243, 
244, 249-253, 256, 258, 259, 261 
263-266, 277, 324, 358, 387, 417, 
418, 420, 426, 527, 534. 536-539, 
549. 560, 566, 589, 639, 640, 642, 
646, 662, Var.; Chohilan, pág. 241 
[Cholollan.] (4). 

Cholulan. V. Cholula. 

D 

D-\yguao (tierra de), pág. 98. [Dai- 
guao.] 

Diauste y Papalote (puerto), pági¬ 
na 108. 

E 

Escapuzalco (pueblo situado á una 
legua de México), pág. 604. [Azca- 
potzalco.] 

Estapalapa^ V. Iztapalapa. 

Eztapalapa, V. Iztapalapa. 

G 

Gaiilipa. V. Güaulipa. 

Guacachula (pueblo), págs. 535-542. 
589, 613. Vars.: Guachachiila, pᬠ
ginas 536, 589. Giiachalíica^ pági- 
ñas 534, 535. [Cuauquechollan.] (5). 

Guaca YARIMA (provincia en la Isla 
Española, pacificada por Diego Ve- 
lázquez), pág. 98. 

Guacha eluda. V. Guacachula. 

Giiachahica. V. Guac.\chula. 

Giialipan. V. Guaulipa. 

Guaxiguanico (cabo de San Antón, 
en la Isla de Cuba), págs. 64, 103, 
157. 388,390,392. 

Guastcpcc. V. Guastepeque. 

Guastepeoue (pueblo), pág. 613. Va¬ 
riante: Guastcpcc, pág. 621. [Huax- 
tepec.] 


(t) Su nombre actual es Cuyoacan. 

(2) Corresponde al Estado de Oaxaca. 

(3) Gómara escribe también Chorotega. Torqueniada: Cholulteca, y Herrera: 
Chuluteca, de la gobernación de Guatemala. 

(4) Hoy Qiolula, en el Estado de la Puebla. 

(5) Hoy Huaquechula ó Guaquechula, Estado de Puebla. 






APÉNDICE NÚM. I 


814 

Guatxnchan (pueblo, arrabal de Tetz- 
coco), págs. 549, 571, 573, 574, 587 
Van: Quatichan, pág. 570. [Coatli- 
chan.] 

Guatitlan (ciudad), págs. 607, 608, 
632. Var.: Guautitlan, págs. 498, 
604. [Cuauhtitlaii.] 

Guatusco (pueblo), págs. 421, 744. 
\^ar.: Guatiixco, pág. 804. [Cuau- 
toclico.] (i). 

Guatuxco. V. Guatusco. 

Guaulipa (pueblo), págs. 505, 509, 
595, 641, 642. Var.; Gnaitlipan, pᬠ
ginas 457, 602. Gaiilipa, pág. 595. 
Giialipan, pág. 701. [Hueyotlipan.l 

Gnaitlipan. V. Guaulipa. 

Guautspec (pueblo sujeto á Tetzco- 
co), pág. 570. [Coatepec.] 

Giiautitlau. V. Guatitlax. 

Guaxaca (obispado, provincia, ciu¬ 
dad), págs. 9, 805-809. [Huaxya- 
cac.] (2). 

Guaxocingo (gran población), pági¬ 
nas 162, 244, 249, 261, 264, 266, 
277, 505, 527- 536-539^ 549. 560 
566, 56S, 582, 589, 613. 642, 646 
662. Van: Gnc.vocingo, pág. 261. 
[Hiiexotzinco.] (3). 

Guaxuta (pueblo, arrabal de Tetzco- 
co), págs. 571, 573, 574, 587. [Hue- 
xotla.] 

Guazaqualco (provincia), págs. S, 
446, 447, 805. Var.: Coa::aqiia¡co, 
págs. 363, 364, [Coatzacoalco.] 

Gucxocingo. V. Guaxocingo. 

H 

Huiciloplichco. V. OCHOLOEUSCO. 

T 

IciacamicJiiitlan. V. Vztacmachtit- 

LAN. 


Iztapalapa (ciudad, calzada), pági¬ 
nas- 465, 497, 555, 577, 578, 580, 653, 
655, 660, 6 / 6 . Vars.: Estapalapa^ 
págs. 22, 473, 630, 646. Eztapalapa, 
págs. 465, 648. Ystapalapa, pág. 416. 
Y::tapa¡apa, págs. 270, 271. 319, 477. 
578, Ó56. 662. Ycíapalapau, pág. 243. 
[Iztapalapan.] (4). 

T 

Jalisco (provincia, obispado, ciudad), 
págs. 8. 9, 22, 802. [Xalisco.] 
Jamancona (provincia), pág. 116. 
[Xamancona.] 

M 

Marixalco (pueblo), págs. 691, 692 
693, 696, 714. [Malinalco.] 
Marinaltepcc. V. Marinaltepeoue. 
Marixaltepeoue (provincia, ciudad, 
río), págs. 361, 363. Var.: Mari¬ 
naltepcc, pág. 361. [Malinaltepec.] 
Matalcingo (pueblo), págs. 693-696, 
714, 764. [Alatlaltzinco.] 
Maxcalcingo (provincia), pág. 617. 
[Mexcaltzinco.] 

IMechuacax (provincia, ciudad), pᬠ
ginas 2, 9, 14, 22, 23, 33, 45, 299, 
305,3S0,696,763.764,705,768- 

771, 782, 790 792 793. 794, 798, 

803. [Alichliuacan.] 

Mcsquiqiic. V. Mezouioue. 
Mexicalcingo (pueblo), págs. 271, 662, 
676. [Mexicatzinco.] 

IMezouique (pueblo), págs. 662. 676. 
Var.: Mcsqiiiquc, pág. 21. [Miz- 
quic.] 

INIeztitlan (pueblo), pág. 248. [Metz- 
titlan.] 

IMisteca (proAuncia), págs. 9, 805. 
Var.: Mixtecapan, pág. 806. [I\Iix- 
tecapan.] ' 


(1) Hoy Hiiatusco, en el estado de la A^cracriiz. 

(2) Hoy Oaxaca. 

(3) Huejocingo, en el Estado de Puebla. 

(4) Hoy conserva el nombre de Iztapalapa. 







APÉNDICE NÚM. I 


8 l 5 


Mines (provincia confinante con la 
de Oaxaca), pág, 9. 

Mixtecapan. V. Misteca. 

N 

Nautlan (pueblo), págs. 183, 357, 
[Xauhtla ó Nauhtian.] (i). 

O 

OcopETi.AYUCA (pucblo, situado al pie 
del volcán Popocatepetl), pág. 539. 
[Ocuituco.] 

OcoTELULCO (cabecera de Tlaxcala), 
págs. 209, 240, 640. [Ocotelolco.] 

OciiOLOBUSCO (pueblo), págs. 662, 676. 
Var.: Huicilopuchco, pág. 271. 
[Huitzilopochco.] 

OcuLMA (2) (pueblo), pág. 701. 

Onicaxonal (río), pág. 103. [Onica- 
ginal.] 

Otumba (ciudad), págs. 42, 369, 499. 
500, 502, 506, 508, 579. [Otompa.] 

OzTUMA (pueblo), pág, 10. 

Ozumba (pueblo), pág. 9. 

P 

Panco. V. Panuco. 

Panuco (provincia, costa, río, pueblo), 
págs. 8, 20, 141, 152, 162, 182, 184, 
299. 365* 380, 564, 763. Van: Pan¬ 
co, pág. 248. [Panuco.] 

PiLCALYA (3) (pueblo), pág. 10. 

PoFOCATEPEC (monte, volcán), pági¬ 
na 259. [Popocatepetl.] 

PotoucJiau. V. Champoton. 

PuZTLAN (pueblo), pág, 51. 

Q 

O na t khan. Y, Guatinchan. 

Qnaiinauac, V. Cuernav.\ca. 


Queciiullan (provincia), pág. 805. 
[Quecholac,] 

Quetlaxcoapan (pueblo), pág. 261. 

Quezaltepec (provincia), pág. 805. 

QuiahuztlaiK V. Quiauztitlan. 

Quiaustlan (pueblo de totonacas), 
págs. 163, 169, 178. [Quiahuiz- 

tla] (4). 

OuiAuziiTLAN (cabecera de Tlaxcala), 
pág. 209. V^ars.: Quiauztlan, pági¬ 
na 240. Oiiiahíiztlan, pág. 240. 
[Ouiahuiztlan.] 

Qmaiizflau. V. Quiauztitlan. 

Oiiitlauaca. V. Cuitlauac. 

S 

Sant Joan de Culhna, V. Sant Joan 
DE Lúa. 

Sant Joan de Lúa (puerto), págs. 125, 
I3 a 138, 139, 141^ 142. 154, 157: 
364. Vars.: Sant Joan de Culhna, 
pág. 142. Sant Joan de Ulna, pági¬ 
nas 78, 86, 142, 169. [San Juan de 
Ulúa.] 

Sant Joan de Ulna. V. Sant Joan de 
Lúa, 

SicocHiMALPO (pueblo), pág. 186. [Xi- 
cochimalco.] (5). 

SucHiMiLCO (pueblo situado junto á 
la laguna de Chalco), págs. 21, 624. 
626, 627, 629, 630, 661, 669, 673. 
Var. ; SnchimUlco, pág. 626. [Xochi- 
milco.] 

SuchUnillco. V. Suchimilco. 

T 

Tacuba (ciudad), págs. 33, 150, 299, 
318, 468, 469, 493-495’ 497’ 604, 610, 
630, 631, 637, 646-648, 657, 661, 678, 
682, 687, 740. Van: Tlacopa, pági¬ 
na 162. [Tlacopan.] 


(1) Hoy Xauhtla, en el Estado de Veracruz. Los españoles le llamaron Al¬ 
mería. 

(2) Tal vez Aculman. Aculma. 

(3) Debe ser Pilcaya, de la jurisdicción de Tasco. 

(4) Los españoles le llamaron Archidona. 

(5) Hoy Xico en el Estado de Veracruz. 





8 i6 


APÉNDICE NÚM. I 


Taisiazulapan (provincia), pág. 361. 

[Tamazolapan.] (i). 

Tanaynca. Y. Texayuca. 

Tapanioüita (pueblo), págs. 423, 425, 
428, [Tampanequita.] 

Taielulco. Y. Tlatelclco. 

Tatclusco. Y. Tlatelulco. 

Taxcala. V. Tlaxcala. 

Taximaroa (pueblo, en la raya de 
Michhuacan), págs. 76S, 770, 771. 
Tecalco pueblo), pág. 542 (2). 
Tecamachalco (pueblo), págs. 531, 

534. 

Tecoacinco (lugar), págs. 208, 277, 
[Tecohuatzinco.] 

Tccoantepcquc. Y. Tegu.\xtepeque. 
Teguacax (sierra, pueblo), págs. 289, 
543. [Teohuacan.] 

Tcgiiantcpcc. Y. Teguaxtepeque. 
Teguaxtepeoue (provincia), págs. 8, 
10, 248, 809. V^ars. : Tecoantcpeqiic, 
pág. 380. Tegiianiepcc, págs. 299, 

807. [Tehuantepec.] 

Texayuca (pueblo, calzada), págs. 604. 
638, 688, 709. Van: Tanaynca, pá 
gina, 22. [Tenayocan.] 

Texich (3) (proAuncia), pág. 361. 
Tcnuchititlan, V. Texüchtitlax. 
Texuchtitlax (México), págs. 299- 
302. Vars.: Teniixtitlan, págs. 570, 
628, 633. Tcniiztitlan, pág. 274. Te- 
niichititlan, pág. 43. [Tenochtitlan.] 
Tenuxtitlan. V. Texuchtitlax. 
Tennzíitlan. Y. Texuchtitlax. 
Tepeaca (provincia, ciudad), páginas 
455 > 51S, 523-533. 535 . 537 . 542 , 545- 
547 , 549 . 550. 560, 564, 634, 635, 806, 

808. [Tepeyacac.] (4). 

Tepeaquilla (cerro, calzada, pueblo, 

distante legua y media de IMéxico), 
págs. 349, 366, 458, 4Ó5, 637, 661, 
699, 700. 


Tepeticpac (cabecera de Tlaxcala). 
págs. 209, 240. 

Tepexe (pueblo), pág. 531. [Tepexic.] 

Tepozotlax (pueblo), pág. 498. [Te- 
potzotlan.] 

Tequecistlax (pueblo de chontales). 
pág. 809. 

Tese neo, V. Tezcüco. 

Texacuax (5) (pueblo), pág. 421. 

Texuan (villa), pág. 187. [Ixhua- 
can.] (6). 

Tezcuco (ciudad). En toda la obra. 
Var.: Tese neo, pág. 371. [Tetzcoco.] 

Tezmeluca (pueblo, jurisdicción de 
Huexotzinco), pág. 568. [Tetzme- 
lucan.] (7). 

Ticapacinca. V. Tipaxcixco. 

Ticapacinga, V. Tipaxcixco, 

Tipaxcixco (pueblo), pág. 172. Va¬ 
riantes; Ticapacinca, pág. 172. Ti- 
capacinga, pág. 172. [Tizapant- 
zinco.] 

Tizatlax (cabecera de Tlaxcala), pᬠ
ginas 209, 240. 

Tlacopa. Y, Tacuba. 

Tlalmaxalco (cabecera de Chalco), 
págs. 582, 613, 617. 

Tlatelulco (barrio de ^México), pᬠ
ginas 299, 316. 638, 687, 6S9, 692, 
712, 713, 725, 727. Vars.: Taielulco, 
págs. 291, 300, 302, 303, 346, 465. 
Tatclusco, pág. 683. Tlatilnlco, pᬠ
gina 36Ó. [Tlatelolco.] 

Tlatetelco (pueblo), pág. 386. [Ta- 
taltelco.] 

Tlatiliilco. V. Tlatelulco. 

Tlatlacotepeque (provincia), página 
543 - 

Tlaxcala (provincia, ciudad). Varian¬ 
te: Taxcala. En toda la obra, in¬ 
distintamente. [Tlaxcalla ó Tlax¬ 
cala.] 


(1) Hoy Tamazulapa en la Diócesis de Oaxaca. 

(2) Hoy Tecali, en el Estado de Puebla. 

(3) Por otro nombre Chinantla. V. Chinantla. 

(4) Fué llamada Segura de la Frontera. Hoy conserva el nombre antiguo de 
Tepeaca en el Estado de Puebla. 

(5) Tal vez Teohuacan. V. Teguacax. 

(6) Cortés escribe ‘‘Ceyconacan”, y Gomara, Theuhixuacan. Hoy Ishuacan, 
Estado de Veraernz. 

(7) Hoy San Martín Tesmelucan, Estado de Puebla. 







APÉNDICE NÚM. 1 


817 


Toluca (pueblo de la jurisdicción de 
Matlatzinco), págs. 9, 20, 696. 

Topoyanco (pueblo), págs. 421, 639, 
640. 

Totiquipaque (i) (pueblo), pág. 136. 

Totonacapa (serranía), pág. 162. Va¬ 
riante: Totonicapan, pág. 186. [To- 
ton acapan.] 

Totonicapan. V. Totonacapa. 

Tucupan (provincia), pág. 617. [To- 
zapan.] 

Tustebeque (provincia), págs. 533, 
635. Var.: Tuctcpcc, pág. 386. 
[Tochtepec ó Tuchtepec.] (2). 

Tututepec (provincia, ciudad), pági¬ 
nas 803-805, 807-809. Var.: Tutnte- 
peque, págs. 361, 363, 808. [Tutu¬ 
tepec.] 

Tiitutepequc. V. Tututepec. 

Tuztepec, V. Tustebeque. 

\í 

X^piLCiNGO (pueblo en la provincia de 
Michhoacan), pág. 809. [Impil- 
cingo.] 

X 

Xalacingo (pueblo), pág. 545. [Xa- 
latzinco.] (3). 

Xalapa (ciudad), pág. 186. [Xala- 
pan.] (4). 

Xaltoca (pueblo), págs. 602-607, 608. 
[Xaltocan.] 

XiuTEPEC (pueblo), pág. 622. [Xiuh- 
tepec.] 

XoCOTITLAN (pueblo), pág. 792. 

Y 

Yautepec (pueblo), págs. 621, 622. 
[Yauhtepec.] 


Ystapalapa. V. Iztapalapa. 

Yztacmachtitlan (pueblo), pág. 191. 
Vars.: Ystacruichtitlan, pág. 542. 
Iztacainichlillan, pág. 216. [íztaca- 
maxtitlan.] (5). 

yztacmichiitlan. V. Yztacmaciitit- 

LAN. 

y.ztapalapa. V. Iztapalapa. 

y:ztapa¡apan, V. Iztapalapa. 

Yztatlan (río), pág. 20. 

Yzücar (provincia, valle), págs. 531, 
539-542. [ItzocamJ 

Z 

Zacatami (valle), págs. 188, 229. [Cal- 
tanmic.] 

Zacafani. V. Zacatlan. 

Zacatecas (provincia, minas), pági¬ 
nas II, 28, 763, 804. 

Zacatepeque (pueblo), pág. 529. Va¬ 
riante: Zacotepec. pág. 641. [Za- 
catepec.] 

Zacatlan (pueblo), pág. 191. Varian¬ 
tes: Zacatani, pág. 187. Zacaflani^ 
pág. 188. [Xocotla ó Xocotlan.] 

Zacatlani. V, Zacatlan. 

Zacatula (provincia, ciudad situada 
junto al mar del Sur), págs. 10, 18 
807, 809. 

Zacate pee. V. Zacatepeque. 

Zapotitlan (pueblo), pág. 531. 

Zatulan (pueblo), pág. 240. 

ZocuLLA (provincia), pág. 361. [Zo- 
zolla.] 

Zultepeque (pueblo), pág. 592. [Zul- 
tepec ó Zoltepec.] 

ZuMPANGO (pueblo), pág. 604. [Tzom- 
pango ó Tzompanco.] 


(1) Cervantes hace á D.*'' Marina natural de Totoquipaque. Xo encuentro citado 
este pueblo en nuestras crónicas. 

(2) Hoy Tuxtepec, en el Estado de Oaxaca. 

(3) Jalacingo, Estado de Veracruz. 

(4) Hoy Jalapa, Estado de Veracruz. 

(5) Hoy Ixtacamaxtitlan, en el Estado de Puebla. 


52 





APENDICE NUM. IT 


ÍNDICE DE NOMBRES DE PERSONAJES MEJICANOS, CITADOS EN LA OBRA 
(Véanse las observaciones y notas del Apéndice núm. i). 


A 

Anacaona (india principal), pág. 98. 
[Anacoana.] 

Aquincuz (Gobernador de Xaman- 
, cona, amo del conquistador Jeró¬ 
nimo de Aguilar), pág. 116. 

Arexco (principal de Cempoalla), 
pág. 424. 

Avizotcin (predecesor de Moteczu- 
ma), pág. 348. [Ahuizotl.] 

Axaiaca. Véase Axayacacin. 

Axayacacin (padre de Moteczuma). 
pág. 274. Variante: Axaiaca, pági¬ 
na 300. [Axayacatl.] 

Axiotecatl (i) (señor de Tzompant- 
zinco), pág. 641. 

Ayutecatl (principal de Tlaxcala). 
pág. 596. [Ayotecatl.] 

C 

Cacama. V. Cacamacin. 

Cacamacin (sobrino de Moteczuma y 
señor de Tetzcoco), págs. 268, 270, 
272, 366-372, 394, 583. Var.; Caca¬ 
ma, págs. 371, 372, 373, 375, 381. 
[Cacamatzin.] 


Calatuni (señor, cacique), pág. 109. 
[Calachoni.] 

Caunacusint (señor de Tetzcoco), pᬠ
gina 572. Var.: Quaiinacaci, pági¬ 
na 571 . Quaiinacacin, pág. 585 . 

, ^Quaiinaciicin, pág. 570. [Coana- 
cochtzin.] 

Cazonci (señor de Michhuacan), pᬠ
ginas 765, 768, 769, 771, 772, 774- 
777 , 779 , 780, 781, 783-S03. [Calt- 
zontzin.] (2). 

Ciguacoacin (principal de México. 
Capitán y Gobernador), páginas 
738, 740. [Cihuacoatl.] 

Coaleticamatl. V. Coatelicamatl. 

Coatelicamatl (señor de Tenich), pᬠ
ginas 361, 362, 363. Var.: Coaleti¬ 
camatl, pág. 380. [Coatlicamatl.] 

Ciiciiscasin. V. Quizquiscatl. 

Ciictlanac. V. Cuetlauaca. 

Cuetlauaca (señor de Itztapalapan y 
después Rey de México), págs. 270. 
555 , 557 - • Cuctlauac, pág. 555. 

Quetlaiiac, pág. 272. [Cuitlahuac.] 

CiTLHUA (tribu ó nación que pobló en 
Méjico). En toda la obra [Colhiia]. 


(1) Debe ser el mismo Ayutecatl [Ayotecatl], Tzompantzinco pertenecía á 
Tlaxcala. 

(2) El verdadero nombre es Tzintzieba. Los mejicanos le^ dieron el apodo 
de Caltzontzin; y los españoles le llamaron desde entonces Cazonci, Cazoncin, 
ó Calzoncin. 





820 


• APÉNDICE NÚM. II 


CH 

Chichimecatl (principal de Tlaxca- 
la), págs. 528, 597, 610, 653, 697, 
698. Van: Chichimécatle, pág. 596 

Chickimccatlcqnc, pág. 640. ChicJii- 
mecatlcqui, pág. 641. [Chichimeca- 
tecuhtli.] 

Chichimecatle. V. Chichimecatl. 

Chichhnecatleqne, V. Chichimecatl 

ChichimccaÜeqiiL V. Chichimecatl. 

G 

Guatemocin. V. Guautemucin. 

Gíiatemuci. V. Guautemucin. 

Gnatcmucin. V. Guautemucin. 

Gíiatemiiza. V. Guautemucin. 

Gtiantemocin. V. Guautemucin. 

Guautemucin (sucesor de Cuitlahuac 
en el Reino de México), págs. 649, 
650, 651, 674, 678, 702, 703, 715, 728, 
730. 733-741, 747 - Vars.: Gnatemo- 
cin, pág. 466. Gnatemitci, pág. 606 
Gíiatcmucin, págs. 559, 572, 616. 
Guatemiiza, págs. 545, 555, 556, 558, 
559, 723. Gtiauiemocin, pág. 626 
Guaiitcmiiza, págs. 626, 627. 651, 
678, 681, 699, 703, 720, 723. [Cuau'h- 
temoc.] 

Guaiitemuza. V. Guautemucin. 

M 

Magiscacin (señor de Ocotelolco, ca¬ 
becera de Tlaxcala), págs. 193-198, 
209, 219, 220, 230, 231, 232, 234, 237. 
239, 240, 241, 246-250, 454, 503-512 
514, 515, 518, 520-524, 526-528, 
550, 553, 562, 640. [Maxixcatzin.] 

Malinche (nombre que los mejica¬ 
nos dieron primeramente á D.® Ma¬ 
rina, la intérprete, y después á Cor¬ 
tés). págs. 135, 485, 686, 809. [Ma- 
lintzin.j 

Mamexi (principal de Cempoalla), pᬠ
ginas 185. 201. 


Mochocoboc (señor de Champoton), 
pág. 61. [Mochococob.] 

Montcznnia, V. Motezuma. 

Motezuma (Emperador de México). 
En toda la obra. Van: Moniczii- 
ma, págs. 16, 30, 31. [Moteczuma ó 
Motecuhzoma.] 

N 

Nachancam (cacique de Chetemal 
en Yucatán), pág. 116. [Nacha- 
nean.] 

Nescaualpilcintle (padre de D. Her¬ 
nando el indio, señor de Tetzcoco), 
pág. 572. [Nezahualpilli.] 

O 

Olintetl (i) (señor de Xocotlan), 
págs. 188-191. 

P 

Piltedetl. V. Piltechtl. 

Piltechetl. V. Piltechtl. 

Piltechtl (principal de Tlaxcala) 
págs. 653, 654. Vars.: Piltedetl, pᬠ
gina 653. Piltechetl, pág. 653. Pis- 
tecle, pág. 528. [Piltectetl.] (2). 

Pistede. V. Piltechtl. 

Q 

Quahutin (indio), pág. 745. 

Qualpopoca (señor de Nauhtla), pá- 
ginas 322-324, 328-330, 354-359. 369. 
381. 394 , 485. 557. [Cuauhpopoca.j 

Qiiannacaci. V. Caunacusint. 

Qiiaunacacin. V. Caunacusint. 

Quannactícin. V. Caunacusint. 

Quctlauac. V. Cuetlauaca. 

Quizquiscat. V. Ouizquiscatl. 

Ouizqutscatl (señor de Tetzcoco) 
págs. 371, 372. Van; Quizquiscat 
371 * Cucuzcasin, pág. 572. 
[Cuicuitzcatzin.] 


(1) Gomara escribe: Olintec. 

(2) En Torquemada se lee: Pitlecuhtli, 






APÉNDICE NÚM. II 


821 


T 

Tamalli (principal de Cempoalla), 
pág. 185. 

Taxmar (Gobernador de Xamancona, 
amo del conquistador Jerónimo de 
Aguilar), pág. 116. 

Temilotecutl (señor de Tepeticpac, 
cabecera de Tlaxcala), págs. 197, 
198. Var.: Teniilnteciitl, págs. 197, 
198. [Tlehuexolotzin.] 

Teniilnteciitl. V. Temilotecutl. 

Tenuch (fundador de México), pᬠ
gina 301. 

Teotlipel. V. Teutepil. 

Teouepaneca (i) (señor de Zacate- 
pec), pág. 641. 

Teuch (principal de Cempoalla), pá- 
■ ginas 185, 205, 21Ó. Vars. : Tcuchl 
pág. 271. Tcuche, pág. 424. [Teuch.] 

Teuche. V. Teuch. 

Teuchi. V. Teuch. 

Teudile (Gobernador de Cuetlaxtla y 
gran Mayordomo de Moteczuma); 
págs. 139. T40, i42-ic;i, 161, 16Ó, 
174, iSo. [Teuhtlilli.] 

Teutepil (principal de Tlaxcala), pᬠ
gina 596. Var.: Teotlipel, pág. 640 
[Teuctepil.] 

Tí ANGUEZTATOA (hijo de Maxixcatzin), 
pág. 640. [Tianquiztatoazin.] 

Tonatio (nombre que dieron los me¬ 
jicanos á Pedro de Alvarado), pᬠ
gina 809. [Tonatiuh.] 

Tuchintle (señor de Chalchitihcue- 


can), págs. 364-366, 380. [Tochin- 
tecuhtli.] 

V 

Vchichilci (hermano del Caltzont- 
zin. Capitán general del ejército de 
Michhuacan), págs. 793, 794. [Hi: :- 

ziltzin.] (2). 

X 

XicoTENCATL (Capitán general de 
Tlaxcala), págs. 194-198, 209, 217- 
220, 230-235, 240, 505, 506, 508, 510 
512-515, 517, 521-525, 527, 528, 563. 
640, 641, 653, 654, 700, 701, 705. 
Var.: Xicotenga, pág. 192. [Xicc- 
tencatl.] 

XlCOTENCATL EL VIEJO (3) (padre d'j 

Xicotencatl), págs. 197, 219, 231 
237, 238, 239. 

Xicotenga. V. Xicotencatl. 

Y 

Yztacmichtitlan (cacique del pueblo 
del mismo nombre), págs. 200, 201, 
216. [Iztacamaxtitlan.] 

Yztacmixcoatl (padre de Tenuch 
fundador de México), pág. 301. [Iz- 
tacmixcoatl.] 

Yztlixuchll (señor de Tetzcoco), 
pág. 667. [Ixtlilxodiitl.] 


(1) Según Bernal Díaz: Tacapaneca (señor de Topoyanco). Según Camargo: 
Tecpanecatl. 

(2) Los miclioacanos le llamaron: Uhitzimengari, y este apellido llevaron lo.s 
descendientes de Caltzontzin. 

(3) Los historiadores modernos hacen á Xicotencatl el viejo, y no á su hijo, 
señor de la cabecera de Tizatlan. 





INDICE 

PÁGS. 


Prólogo . v 

LIBRO PRIMERO 

ARGUMENTO Y SUMARIO DEL PRIMERO LIBRO DESTA CRÓNICA 

Cap. i. —Qué es la razón por qué las Indias del mar Océano se llaman Nue¬ 
vo Mundo.. í 

Cap. II.—De la noticia confusa que el divino Platón tuvo deste Nuevo 


Mmido. 4 

Cap. IIL— De la descripción y asiento de la Nueva España. 7 

Cap. IV. — De la calidad y temple de la Nueva España. 9 

Cap. V. — De la propriedad y naturaleza de algunos árboles de la Nueva 

España..••... n 

Cap. vi. — De las semillas 3^ hortalizas que se dan en la Nueva España, así 

de Castilla como de la tierra. 14 

Cap. VIL— De algunas aves de maravillosa propriedad y naturaleza que 

hay en la Nueva España. 16 

Cap. VIII. — De los más señalados ríos de la Nueva España, y de sus pes- 

caldos,. 18 

Cap. IX. — Donde se tracta de otros ríos y pescados . 20 

Cap. X. — De algunas lagunas y fuentes de la Nueva España. 21 

Cap. XI. — De las serpientes y culebras y otras sabandijas ponzoñosas que 

hay en la Nueva España. 23 

Cap. XII. — De los animales bravos y mansos que hay en la Nueva España. 25 

Cap. XIII, — De la caza y manera de cazar de la Nueva España . 26 

Cap. XIV. — De los metales y piedras de valor y de virtud que hay en la 

Nueva España. 27 

Cap. XV. — De la manera que -los indios tienen en el poblar . 29 

Cap. XVI.— De las condisciones é inclinaciones de los indios en general - 30 

Cap. XVII. — De la variedad de lenguas que hay entre los indios . 33 

Cap. XVIII. — De los sacrificios y agüeros de los indios. 34 

Cap. XIX. —De las fiestas y diversidad de sacrificios que los indios tenían. 36 

Cap. XX.—De los bailes ó areitos de los indios . 38 

Cap. XXL—De los médicos y hechiceros . 40 

Cap. XXII. — De las guerras y manera de pelear de los indios. 41 

Cap. XXIII.— De ila manera y modo que los indios tenían en sus casamientos. 44 

Cap. XXIV. — Do se tracta la cerinionia con que los indios de Mecliuacán 
se casaban. 45 


























824 


ÍNDICE 


PÁGS. 


Cap. XXV.—Qué jueces tenían los indios y cómo los delincuentes eran cas¬ 
tigados.... 47 

Cap. XXVI.—Del modo y manera con que los señores y otros cargos pre¬ 
eminentes se elegían y daban entre los indios.. 48 

Cap. XXVII.—De la cuenta de los años que los indios tenían y de algu¬ 
nas señaladas fiestas. 49 

Cap. XXVIII.—De algunas fiestas extravagantes que los indios tenían. 50 

Cap. XXIX.—De los signos y planetas que los indios tenían.. 52 

Cap. XXX.—De las obsequias y mortuorios de los indios.. 53 

Cap. XXXI.—Donde se prosiguen los entierros y obsequias de los indios.. 55 
Cap. XXXII.—De los pronósticos que los indios tenían de la venida de los 
españoles á esta tierra. 56 

LIBRO SEGUNDO 

DEL DESCUBRIMIENTO DE LA NUEVA ESPAÑA 

Cap. i.—D e la primera noticia que tuvieron los españoles de la costa de la 

Nueva España. 59 

Cap. II.—De lo que Diego Velázquez hizo, sabido el subceso de Francis¬ 
co Hernández. 62 

Cap. III.—De lo que en la Habana se hizo y de lo que, después que della 

salieron, subcedió. 64 

Cap. IV.—Cómo Grijalva salió de Cozumel y de lo demás que le subcedió.. 65 
Cap. V.—Cómo Grijalva saltó en tierra y de lo que con los indios le avino.. 67 
Cap. vi.—D e la batalla que Grijalva hubo con los indios y de lo que en ella 

pasó. 69 

Cap. vil—C ómo el Capitán y su gente se embarcó y de lo que después 

subcedió. 71 

Cap. VIH.—Cómo vino el señor de aquellos indios á la nao capitana y de 

lo que luego pasó...•_ 73 

Cap. IX.—Cómo Grijalva se tornó á embarcar y costeó la tierra y de lo de¬ 
más que le acontesció. 75 

Cap. X.—Cómo Grijalva, prosiguiendo su viaje, surgió en una isleta y de 

lo que allí subcedió. 77 

Cap. XI.—Cómo Grijalva se embarcó 3^ partió para la isla de Cuba. 80 

Cap. XII.—Cómo Diego Velázquez, persuadido por ^Ajidrés de Duero, eligió 
por General de su armada á Fernando Cortés y lo que dellos se dixo... 82 

Cap. XIII.—Cómo Hernando Cortés s'e hizo á la vela y de la plática que 

hizo á sus soldados. 83 

Cap. XIV.—Del treslado de las capitulaciones que entre Diego Velázquez 

y Hernando Cortés pasaron.... 85 

Cap. XV.—De quién fué Hernando Cortés y de sus costumbres y linaje... 95 

Cap. XVI.—^Do se prosigue lo que el pasado promete. 97 

Cap. XVIL—Del pronóstico que Hernando Cortés tuvo de su buena andanza. 99 
Cap. XVHL—De las pasiones que hubo entre Diego Velázquez y Hernando 

Cortés... 100 

Cap. XIX.—Cómo se casó Cortés y de un gran peligro de que se libró. 102 

C.^p. XX.—^Do se prosigue la navegación y jornada de Hernando Cortés 

y provisión del armada. 102 

Cap. XXL—De los navios y gente de Cortés y la bandera y letra que tomó. 104 
Cap. XXII.—De la plática y razonamiento que Cortés hizo á sus compañeros. 106 



























ÍNDICE 


825 


PÁGS. 

Cap. XXIII.—Cómo Cortés, partiendo para Coziimel, un navio se adelantó 

y de lo que subcedió. 108 

Cap. XXIV.—Cómo Cortés, prosiguiendo su viaje, llegó á la isla de Cozumel. 108 
Cap. XXV.—Cómo en Cozumel Cortés tuvo lengua de Jerónimo de Aguilar. iio 
Cap. XXVI.—Cómo Aguilar llegó do estaba Cortés y de cómo le saludó y 

fué rescebido... 113 

Cap. XXVII.—De lo que otro día Aguilar contó.•. 115 

Cap. XXVIII.—De la vida que Aguilar pasó con el señor á quien última¬ 
mente sirvió y de las cosas que ‘en su servicio hizo.. 117 

Cap. XXIX.—Cómo Aguilar, en servicio de su señor, venció ciertas batallas. 119 
Cap. XXX.—Qué tierra es Yucatán y por qué se llamó así y lo que los re¬ 
ligiosos de Sant Francisco después hallaron en ella. 122 

Cap. XXXI.—Do se prosigue la materia del precedente. 124 

Cap. XXXII.—Cómo Hernando Cortés tomó á Champotón y de lo que le 

subcedió. 125 

Cap. XXXIII.—De lo que á Cortés le acaesció el día siguiente con los in¬ 
dios del río de Grijalva... 128 

Cap. XXXIV.—Cómo vencidos los champotones, convencidos por buenos 

comedimientos, se dieron por amigos... 131 

Cap. XXXV.—Cómo Cortés dixo algunas cosas á aquellos señores, tocantes 

al servicio de Dios y del Emperador. 134 

Cap. XXXVI.—Cómo Marina vino á poder de los nuestros y de quién fué. 136 
Cap. XXXVII.—Cómo Cortés partió de Champotón y vino al puerto de 
Sant Joan de Lúa... 137 

LIBRO TERCERO 

DE LA SEGUNDA PARTE DE LA CRÓNICA GENERAL DE LAS INDIAS 

Cap. i. De lo que hizo Cortés, desembarcado en Sant Juan de Lúa. 139 

Cap. II.—Cómo después de llegado Cortés al puerto de Sant Joan de Lúa 

invió dos bergantines á buscar puerto y de lo que les avino. 141 

Cap. III.—Del buen rescibimiento que el Gobernador Teudile hizo á Cor¬ 
tés y el presente que el señor de México le invió..... 142 

Cap. IV.—De la plática que Cortés hizo á Teudile y de lo que más subcedió. 144 
Cap. V.—Del presente que ]\Iotezuma invió á Cortés y de la repuesta que 

le dió. 146 

Cap. vi.—C ómo el señor de Cempoala invió ciertos indios á ver los españo¬ 
les y cómo supo Cortés las diferencias que había entre los señores de la 

costa y los señores de México. 148 

Cap vil—C ómo Cortés rescibió la repuesta de Motezuma y cómo buscó 

sitio para poblar....... 150 

Cap. VIII.—Del razonamiento que Cortés hizo á los suyos y de la elec¬ 
ción de Cabildo en la Veracruz. 153 

Cap. IX.—Cómo Cortés renunció su oficio en manos de los Alcaldes y cómo 

fué elegido de los del pueblo por Capitán general. 154 

Cap. X.—Cómo el Regimiento pidió á Cortés le vendiese ciertos bastí- ^ 

mentos y lo que él respondió.•. 156 

Cap. XI,—De la manera que Cortés tuvo para ser elegido en la Veracruz 

por Capitán general... 157 

Cap, XII,—Cómo Cortés fué á Cempuala y del rescibimiento que el señor 
della le hizo... 159 


























826 


índice 


PÁGS. 


Cap. XIII.—De lo que otro día pasó entre el señor de Cempoala y Cortés.. 161 

Cap. XIV.—De la llegada de Cortés á Quiaustlan y de lo que allí avino- 163 

Cap. XV.—^De la astucia y orden que Cortés tuvo para revolver los indios 

totonaques con Motezuma. 165 

Cap. XVL—Cómo los totonaques se levantaron contra Motezuma y lo que 

sobre ello hicieron. 167 

Cap. XVIL—De la fundación de la Villa Rica de la Veracruz y de lo que 

más subcedió. 169 

Cap. XVIII.—Cómo se tomó á Tipancinco, por fuerza, por Cortés y los suyos. 172 

Cap. XIX.—Cómo Cortés y la Villa inviaron presentes al Emperador. 173 

Cap. XX.—De lo que el Cabildo y Cortés escribieron al Rey. 177 

Cap. XXL—Cómo se amotinaron algunos contra Cortés y del castigo que 

en ellos hizo. 178 

Cap. XXII.—Del hazañoso hecho de Cortés cuando dió con los navios al 

través. 180 

Cap. XXIII.—De lo que á Cortés subcedió con ciertos navios de Caray. 182 

Cap. XXIV.—Cómo Cortés volvió á Cempoala, y, hecho un parlamento á 

los señores della, les hizo derrocar los ídolos. 184 

Cap. XXV.—De lo que á Cortés subcedió después que partió de Cempoala.. 186 
Cap. XXVI.—De lo que acaesció á ciertos españoles de la nueva Villa entre 
tanto que marchaba el exército, y de lo que más subcedió á Cortés en el 

camino en Zacatani. 187 

Cap. XXVII.—Cómo Cortés, prosiguiendo su jornada, fué rescibido en 

Castilblanco y despachó mensajeros á los taxcaltecas. 191 

Cap. XXVIII.—Cómo las cuatro cabeceras de Taxcala, oída la embaxada de 
Cortés, entraron en su acuerdo y de las diferencias que entre ellos hubo. 192 
Cap. XXIX.—De la brava plática que Xicotencatl hizo, contradiciendo á 

Magiscacin. 195 

Cap. XXX.—De la plática que hizo Temilutecutl, Justicia mayor de Taxcala. 197 
Cap. XXXI.—De las insignias de los embaxadores y de cómo eran resce- 

bidos y despachados. 198 

Cap. XXXII.—De ilo que á Cortés subcedió yendo á Taxcala. 200 

Cap. XXXIII.—De lo que hicieron los indios y de lo que después invia¬ 
ron á decir al Capitán. 202 

Cap. XXXIV.—Del segundo recuentro que Cortés hubo con dos de Taxcala y 

de la celada que le pusieron. 204 

Cap. XXXV.—Del desafío que hubo entre un indio taxcalteca y otro cem- 

poalese y de cómo Diego de Ordás rompió los enemigos. 206 

Cap. XXXVI.—De lo que más particularmente los prisioneros dixeron 

á Cortés y cómo otro día vino el exército tlaxcalteco sobre él. 209 

Cap. XXXVII.—De las bravezas que los taxcaltecas hacían y cómo aco¬ 
metieron á Cortés. 211 

Cap. XXXVIIL—Cómo los enemigos tornaron á acometer á los nuestros 

y de las cosas particulares que acontescieron... 213 

Cap. XXXIX.—De las espías que vinieron aJ real y del castigo notable 

que Cortés hizo en ellos... 215 

Cap. XL.—De lo que Cortés hizo después de inviadas las espías y de lo 

que Xicotencatl dixo. 218 

Cap. XLI.—Cómo Cortés tomó á Cipancinco y de lo que con Alonso de 

Grado le pasó. 220 

Cap. XLII.—Del temor que hubo en el real de los españoles con la vuelta 
de los caballos que cayeron en el camino....... 224 





























INDICE 


827 

PÁGS. 


tAP. XLIII.—Del razonamiento que Cortés hizo á sus soldados, animándo¬ 
los á la pTosecución de la guerra.v.. 225 

Cap. XLIV,—De la embaxada que Motezuma invió á Cortés y de lo que 

estando purgado le avino.-- • • 

Cap. XLV.-—Cómo los señores de Taxcala se juntaron con los demás prin¬ 
cipales y &e determinaron de hacer paz con Cortés y cómo lo encarga¬ 
ron á Xicotencatl. 

Cap. XLVI.—Cómo Xicotencatl vino á Cortés y de la oración que le hizo 

y presente que le traxo..y 

Cap. XLVIL—^Del contento que Cortés rescibió con esta embaxada y de 

lo que á ella respondió.. 

Cap, XLVIIL—Del rescibimiento y servicio que los taxcaltecas hicieron 

á Cortés y á los suyos.... . ^35 

Cap. IL.—De algunas particularidades de Taxcala y de lo que á Cortés 

le pasó con Xicotencatl el viejo y con Magiscacin. 237 

Cap. L.—Del sitio y nombre que en su gentilidad tenía Taxcala . . . - •. 239 

Cap. LL—De cómo al presente está fundada Taxcala y de los edificios 

y gobernación della... 

Cap. Ln.—Cómo Cortés invió á Pedro de Alvarado á México y de lo que 

trató con los taxcaltecas acerca de los ídolos... 243 

Cap. LIIL—De la enemistad que se hizo entre mexicanos y taxcaltecas y de 

dónde y por qué causa proscedió. 246 

Cap. LIV.—Cómo Cortés determinó de ir por Cholnla y de lo que res¬ 
pondió á ciertos mensajeros..*..... 249 

Cap. LV.—Del solemne rescibimiento que los cholutecas hicieron á ios 

nuestros... 

Cap. LVI.—Cómo los cholutecas se concertaron con los mexicanos para 

matar á los nuestros y del castigo que en ellos hizo Cortés.... 253 

Cap. LVII.—Del asiento y población de Cholula y de su religión... 258 

Cap. LVIII.—'Del monte que los indios llaman Popocatepec y los nuestros 

Volcán.. ^59 

Cap. LIX.—Cómo Motezuma consultó con los de su consejo si sería bien 

dexar entrar á Cortés en México ó no.. 262 

Cap. LX.—Cómo salió Cortés de Cholula para México y de lo que en el 

camino le subcedió. 264 

Cap. LXI.—De lo que otro día avino á Cortés á la baxada del puerto. 266 

Cap, LXIL—Cómo otro día de mañana, al tiempo que nuestro exército 

partía, llegaron doce señores, y lo que más subcedió.. 268 

Cap. LXIIL—Cómo salió Motezuma á rescebir á Cortés. 271 

LIBRO CUARTO 

Cap. i.—C ómo Motezuma volvió á do Cortés estaba y de una avisada 

plática que le hizo. 275 

Cap. II.—De lo que Cortés respondió á lo que Motezuma le dixo. 278 

Cap. III.—De la estatura y proporción de Motezuma y de su condisción.. 279 

Cap. IV.—De la manera de servicio que Motezuma tenía en su comer- 281 

Cap. V.—Cómo negociaban con Motezuma después de comer y los pasa¬ 
tiempos que tenía. 282 

Cap. vi. — Del juego de la pelota que entre los indios se usaba. . 284 

C.\p. VIL—De las danzas y bailes que en México se hacían. 286 

Cap. VIII.—De las mujeres y casa que para su recreación tenía Motezuma.. 288 






























828 


ÍNDICE 


PÁGS. 

Cap, IX.—De la casa que para las aves y pluma tenía Motezuma. 289 

Cap. X. —De las aves que para caza tenía Motezuma y de otras cosas ma¬ 
ravillosas que para ella tenía. 290 

Cap. XI.—De la casa que para guardar las armas tenía Motezuma.■- 293 

Cap. XII.—De los jardines en que Motezuma se iba á recrear. 294 

Cap. XIII.—De la corte y goarda de Motezuma. 295 

Cap. XIV.—Cómo ningún indio había en el imperio mexicano que en algima 

manera no fuese tribuctario á Motezuma.. 296 

Cap. XV.—Cómo se recogían las rentas de Motezuma.*. 298 

Cap. XVI.—De la majestad y grandeza de México en tiempo de su idolatría. 299 
Cap. XVII.—De adónde tomó nombre la ciudad de iMéxico y cuándo pri¬ 
mero fué fundada. 301 

Cap. XVIII.—De los mercados de México y de la variedad de cosas que en 

ellos se vendía. 303 

Cap. XIX.—De las demás cosas que en los mercados se venden-.. 306 

Cap. XX.—De la grandeza del templo de México f cómo se servía. 308 

Cap. XXI.—De lo demás que el templo tenía y cómo se hacían los sacrificios. 310 

Cap. XXII.—De los ídolos del templo mayor y de los otros menores_. 312 

Cap. XXIII.—Del osario que los mexicanos tenían en memoria de la muerte. 314 
Cap. XXIV.—De la descrepción y grandeza que hoy tiene la ciudad de 

México después que españoles poblaron en ella. 315 

Cap. XXV.—Do se prosigue la descripción y grandeza de México... 319 

Cap. XXVI.—Del hazañoso hecho de Cortés en la prisión del gran señor 

Motezuma. 321 

Cap. XXVII.—Cómo Cortés prendió al gran señor Motezuma. 327 

Cap. XXVIII.—^De algunas otras particularidades que estando preso Mo¬ 
tezuma acontescieron. 332 

Cap. XXIX.—Do se prosiguen otras particularidades acontecidas durante 

la prisión de Motezuma. 336 

Cap. XXX.—Cómo Cortés trató con Motezuma de derrocar los ídolos é 

de lo que entre ellos pasó.... 3^1 

Cap. XXXI.—Do se prosigue el quitar de los ídolos, según lo escribió Fray 

Toribio Motolinea y del milagro que Dios hizo inviando agua... 346 

Cap. XXXII.—De la plática que Cortés hizo á Motezuma y á sus caballeros, 

cerca de sus ídolos.. 34p • 

Cap. XXXIII.—De lo que, después de hecha esta oración, Motezuma prome¬ 
tió de hacer á Cortés acerca de los sacrificios..-. 352 

Cap. XXXIV.—De la venida de Qualpopoca y del castigo que en él se hizo. 354 

Cap. XXXV.—De la causa de quemar á Qualpopoca y á los. demás.. 357 

Cap. XXXVI.—Cómo Cortés, entendido lo que Qualpopoca confesó, re¬ 
prehendió á Motezuma y le mandó echar prisiones. 359 

Cap, XXXVII.—Cómo Cortés invió á buscar oro á muchas partes desta 

Nueva España, y en esto qué fué su intento. 360 

Cap. XXXVIII.—De lo que ios embaxadores de Coatelicamatl dixeron á 
Cortés y de lo que más pasó cerca de los que fueron á ver las minas.. 362 
Cap. XXXIX.—De la embaxada que Tuchintle invió á Cortés y de lo que 

él respondió.^. ^64 

Cap. XL.—Cómo Hernando Cortés pidió oro á Cacamacin, Rey de Tez- 

cuco, y de lo que más subcedió. 366 

Cap. XLI. De la oración que Cacamacin hizo á los suyos, persuadiéndo¬ 
les que se rebelasen contra Cortés. 367 

Cap. XLIL—De la prisión de Cacamacin y de la astucia con que se hizo.. 369 


































ÍNDICE 


829 

tÁGá. 


Cap. XLllL—Cómo Quizquiscatl fue rescebido por Rey de Tezcuco y de 

lo que más subcedió. ........^. 

Cap. XLIV.—De la manera que Cortés tuvo en castigar una espía que 
Alonso de Grado traía por la costa y de la gran cantidad de cacao 

que una noche hurtaron á Motezuma..... 

Cap. XLV.—De la plática que Motezuma hizo á todos los Reyes y seño¬ 
res de su imperio, rogándoles se diesen por vasallos del Emperador Don 

Carlos, Rey de España.... 375 

Cap. XLVI.—De lo que aquellos Príncipes y. señores, aplacado su llanto, 

respondieron á Motezuma y de lo que Cortés^le[s] dixo. 37 ^ 

Cap. XLVII.—Del oro y joyas que Motezuma dio á Cortés... 378 

Cap. XLVIIL—Cómo acordó Motezuma que Cortés se fuese de México y 

de las causas que le movieron á ello. 380 

Cap. IL.—Cómo Motezuma apercibió de secreto cient mili hombres y lo que 

pasó entre él y Cortés.. 382 

Cap. L.—Del miedo que los españoles tuvieron de ser sacrificados. 383 

Cap. LI,—De la noticia que Rangel tuvo de la llegada de Narváez y de lo 

que sobre ello hicieron él é Juan Velázquez de León.... 386 

Cap. LII.—Por qué y cómo Diego Velázquez invió contra Hernando Cortés 

á Pánfilo de Narváez.. 387 

Cap. LIIL—Cómo se aprestó Pánfilo de Narváez y de cómo Diego Veláz¬ 
quez procuró tomar el navio que Hernando Cortés inviaba á España- 389 

Cap. LIV.—De lo que Diego Velázquez respondió y cómo se partió el 

armada. 39 ^ 

Cap. LV.—De lo que Narváez hizo en Cempoala y de cómo fué informado 

de la pujanza en que Cortés estaba. 393 

Cap. LVI.—De lo que Cortés sintió de la venida de tanta gente y de lo 

que sobre ello hizo. 395 

Cap. LVII.—Cómo llegaron los presos á México y lo que sobre ello hizo 

Cortés. 396 

Cap. LVI IT.—^De la carta que Cortés escribió á Narváez y lo que sobre 

ella pasó con Fray Bartolomé de Olmedo. 398 

Cap. LIX.—De lo que, rescebida la carta, hizo é dixo Narváez y de otras 

cosas que antes habían pasado.... 400 

Cap. LX.—‘Cómo Pánfilo de Narváez prendió al licenciado Ayllón y lo 

invió en un navio y de la guerra que pregonó contra Cortés. 402 

Cap. LXI.—De las mañas y ardides que de la una parte á la otra había antes 

que Cortés tornase á escrebir á Narváez..... 404 

Cap. LXII.—De los partidos que Cortés pedía á Narváez. procurando con 

él toda manera de buen concierto. 406 

Cap. LXIIl.—Del razonamiento que Cortés hizo á los suyos, determinado 

de salir á buscar á Narváez. 407 

Cap. LXIV.—De la repuesta de los Capitanes y de lo que más pasó. 409 

Cap. LXV.—Cómo Cortés hizo sus Memorias y dexó por caudillo en México 

á Pedro de Alvarado.... 411 

Cap. LXVI.—Cómo Cortés habló á Motezuma cerca de su partida y de lo 

que entre ellos pasó. 412 

Cap. LXVII.—De lo que Motezuma respondió á Cortés y cómo se despidió 

el uno del otro. 414 

Cap. LXVIII.—Cómo Cortés salió de México y de cómo Motezuma salió con 

él hasta dexarle fuera de la ciudad. 415 

Cap. LXIX,—Cómo Cortés, prosiguiendo ^ su camino, halló en Cholula á 



























83 o 


ÍNDICE 


PÁGS. 


Joan Velázquez de León y á Rangel, con los cuales se holgó y volvieron 

con él.•. 417 

Cap. LXX.—De lo que Cortés dixo de secreto á Joan Velázquez de León 

y de lo que él le respondió,;. 418 

Cap. LXXI.—Cómo Cortés salió de Cholula y llegado á Taxcala le dieron 
sesenta mili hombres de guerra, los más de los cuales se volvieron del 

camino... 420 

Cap. LXXII.—De lo que Joan Velázquez de León, de parte de Hernando 

Cortés, dixo á Pánfilo de Narváez, y de lo que él respondió... 421 

Cap. LXXIII.—Cómo Sandoval vino á Tapaniquita, donde Cortés esta¬ 
ba, y de cómo vinieron los cempoaleses á quexarse de Narváez y lo 

que sobre ello pasó. 423 

Cap. LXXIV.—Cómo antes que esto pasase tornó Narváez á inviar otros 
mensajeros á Cortés á requerirle con las Provisiones y de lo que sobre 

ello pasó. 424 

Cap. LXXV.—Cómo, sabiendo Narváez que Cortés se acercaba, salió al 
campo y ordenó su gente y de la p’lática que, estando á caballo, hizo 

á los suyos.•. 426 

Cap. LXXVI.—Cómo Narváez se volvió á su alojamiento y de lo que de 

su plática sintieron y dixeron los suyos. 427 

Cap. LXXVII.—Cómo Cortés partió de Tapaniquita y pasó un río y del 
peligro que en él hubo, y cómo de la otra parte oían las escopetas y tiros 

del Peal de Narváez. 428 

Cap. LXXVIII.—Cómo, diciendo á Narváez que Cortés venía ya dos leguas 
de Cempoala, le salió al encuentro una legua de camino, y como no le 

topó se tornó á sus aposentos... 429 

Cap. LXXIX.—Del razonamiento que Cortés hizo á los suyos después que 
Joan Velázquez de León llegó, persuadiéndoles á que muriesen primero 

que perdiesen lo ganado y viniesen en subjeción.. 430 

Cap. LXXX.—Cómo Cortés, llegando cerca de Cempoala, casi á la media 

noche, prendió á Carrasco, espía, y de lo que con él pasó. 432 

Cap. LXXXI.—De la plática y razonamiento que Cortés hizo á los su¬ 
yos y de lo que Fray Bartolomé de Olmedo hizo é dixo.. 434 

Cap. LXXXII.—Cómo Hurtado, espía, entró dando arma en el real de Nar¬ 
váez, el cual se apercibió, aunque no lo creía. 435 

Cap. LXXXIII.—Cómo Cortés dió mandamiento á Sandoval para prender 

á Narváez y cómo ordenó sus haces y les dió apellido.•. 436 

Cap. LXXXIV.—Cómo Cortés preguntó á Carrasco cómo estaba ordenado 
el real de Narváez é cómo, creyendo que no decía la verdad, le mandó 

guindar, é de otras cosas... 438 

Cap. LXXXV.—Cómo Cortés acometió á Narváez y lo rompió y prendió 

y lo que sobre ello pasó.... ^39 

Cap. LXXXVI,—Cómo después de preso Narváez, [Cortés] se mandó pre¬ 
gonar por Capitán general y cómo acometió con el artillería á trecientos 
de los de Narváez que no se querían dar, y de lo que unas mujeres dixeron. 441 
Cap. LXXXVII.—Cómo después de amanescido. Cortés hizo alarde de los 
suyos, é cuántos murieron, é lo que al jurar Cortés pasó con Carrasco, y 

lo que Cuídela el negro dixo... 443 

Cap, LXXXVIII.—Cómo el señor de Cempoala con todos los principales que 
á la mira habían estado, dieron á Cortés la norabuena de la victoria y de 

cómo la hizo saber á Motezuma por pintura... 445 

Cap. LXXXIX.—Cómo Cortés se pasó á las casas de doña Catalina y de los 
regalos que le hicieron, y cómo estando allí vinieron ocho mili hombres 
























ÍNDICE 


83 l 

PÁGS. 


de guerra chinantecas con el Capitán Barrientos, y de cómo invió á Diego 

de Ordás con trecientos españoles á Guazaqualco. 44 ^ 

Cap. XC.—Del recaudo que Cortés mandó poner en los navios y hacienda de 
Diego Velázquez y de cuán caro costó la venida á Pánfilo de Narváez y 

á los indios .de Cempoala y su comarca. 44^ 

Cap. XCI.—Cómo los mexicanos se levantaron contra Pedro de Alvarado y 

lo que sobre ello Hernando Cortés hizo.. 449 

Cap. XCII.—^De la plática que Cortés hizo á todos los del exército, querien¬ 
do partirse en socorro de Alvarado, y cómo volvió las armas y lo que 

le respondieron... 450 

Cap. XCIII,—Cómo Cortés se aprestó para su partida y de lo que en ella hizo. 452 
Cap. XCIV.—De lo que Alonso de Ojeda y Joan Márquez hicieron é de 

cómo Cortés prosiguió su camino.. 452 

Cap. XCV.—Cómo Cortés, aunque de paso, entró en Taxcala y de lo que 

con los señores della pasó. 454 

Cap. XCVI.—De cómo Ojeda prosiguió su camino y cómo llegó de Taxcala 

su compañero Joan Márquez y de lo que más les avino. 455 

Cap. XCVII.—Cómo saliendo de entre los indios Diego Moreno é Alonso 
de Ojeda, conoscidos por los de á caballo, se holgaron mucho y cami¬ 
naron addlante y de lo que más Ies acontesció.. 456 

Cap. XCVIII.—Cómo, quedando de los españoles los más cansados descan¬ 
sando, los demás partieron con el artillería hacia Tlaxcala.. 457 

Cap. IC.—Cómo Cortés partió de Tezcuco para México y cómo, parando en 
Tepeaquilla, halló ruinas señaladas, y cómo, partiendo de allí, entró en 

México. 458 

Cap. C.—Cómo llegado Cortés, Motezuma salió al patio á resoebirle y se 

desculpó de lo pasado y de la contradición que en esto hay. 460 

Cap. CI.—De las razones y causas por qué los mexicanos se levantaron con¬ 
tra Pedro Alvarado. 461 

Cap. CII.—Cómo se llamaba este baile y cómo se hacía, y si Pedro de Al¬ 
varado acometió [á] los indios por cobdicia ó por deshacer la liga, y lo 

que* cíespués se supo de las ollas..... 462 

Cap. CIII.—De lo que Cortés, descubiertas las causas de la rebelión, dixo á 
los señores y principalles y de cómo otro día se comenzaron á descubrir 

para tornar á ella. 463 

Cap. CIV.—Cómo los mexicanos, pidiendo tiánguez á Cortés, alzaron por 
señor al hermano de Motezuma é de lo que acontesció á Antón del Río, 

que fué la primera señal de la segunda rebelión. 464 

Cap. CV.—De cómo se vieron más señales de la rebelión y del primer com¬ 
bate que los mexicanos dieron á Cortés. 466 

Cap. CVI.—Del segundo rebato que los indios dieron á Cortés y de cuán 

reñida fué la batalla. 467 

Cap. CVII.—Del tercer recuentro y cómo salió Cortés con los de caballo é 

tomó la calle de Tacuba y de lo que pudiera hacer si quisiera. 468 

Cap. CVI i i.—D el cuarto combat e que los in dios dieron y de cómo Cortés 
tomó el cu de Vehilobos, adonde trecientos señores se habían fortales- 

cido y de lo que más pasó. 469 

Cap. CIX.—Cómo otro día, más indignados que nunca, con nuevas maneras 
de pélear, acometieron á los nuestros los indios é de lo que un tlaxcalte- 

ca hizo...... 47J 

Cap. CX, Cómo un tiro sin cebarle disparo y de lo que los indios dixeron 

de Nuestra Señora y de Sanctiago. 472 

Cap. CXI.—De otro combate que se dió á los nuestros y cómo Cortés por 
























832 


ÍNDICE 


PÁGS. 


Sil persona tomó otro cu y cómo ganó siete puentes. Cómo le inviaron 

á liamar los señores mexicanos y lo que con ellos pasó. 474 

Cap. CXIÍ.— Cómo, tornando á. seguir los enemigos á Cortés, tornó atrás, 
mató muchos y, hallando desembarazada la puente, pasó con gran dificul- 
tad. Cómo Marina habló á Motezuma y él á 'los suyos y cómo lo hirieron. 476 
Cap. CXIII. — Cómo ^Motezuma un día antes que muriese invió á llamar á 
Cortés y de las palabras que le dixo y de lo que Cortés le respondió... 47S 
Cap. CXIV. — De la muerte de iMotezuma y de lo que Cortés mandó hacer 

de su cuerpo y dónde los indios lo enterraron. 480 

Cap. CXV.—^De quién fue Motezuma y de su condisción y costumbres . 482 

Cap. CXVI. — Cómo Cortés invió á llamar á los señores mexicanos y de 

lo que con ellos pasó. 483 

Cap. CXVII. —Cómo Cortés otro día de mañana salió con tres ingenios de 

madera }’■ cómo aprovecharon poco . . 484 

Cap. CXVIIL— ^Cómo Cortés pidió treguas á los mexicanos y no se las 

quisieron conceder . . 485 

Cap. CXIX. —Cómo determinó Cortés de salir aquella noche de la ciudad 

y de lo que Botello le dixo y lo demás que Cortés hizo. .. 487 

Cap. CXX. —Cómo Cortés ordenó su gente y hizo una puente de madera 
para pasar los ojos de las acequias y á quién la dió y lo que (luego pasó.. 4S9 
Cap. CXXT.— Cómo al poner de la puente en el primer ojo los eápañoles 
fueron sentidos y las velas tocaron al arma y de la gente que por las ca¬ 
lles y en canoas luego acudió . 490 

C.\p. CXXII. —^Del salto que dicen de Pedro de AJvarado y de cómo Cor¬ 
tés tornó á recoger la gente que atrás quedaba. 491 

Cap, CXXIII.— Cómo los españoles, pasado aquel ojo, llegaron á tierra 
firme, y cómo los indios los siguieron hasta Tacuba, y cómo después de 
la puente reparó un poco Cortés y de lo que acontesció á un español... 493 
Cap. CXXIV. — Cómo en aquella parte donde murieron los más de los es¬ 
pañoles, después de tomada la ciudad, un Joan Tirado hizo una capilla 

donde se dixo misa por los muertos. . 494 

Cap. CXXV.—Cómo Cortés y los que escaparon de aquel peligroso paso fue¬ 
ron peleando hasta Tacuba y de lo que allí les pasó.*. 494 

Cap. CXXVI. — Cómo Cortés se mostró sobre una quebrada á los de la 
retroguarda, con que los animó mucho, y lo que les dixo, é cómo to¬ 
dos se hicieron fuertes en un cu. 496 

Cap. CXXVII.—Cómo Cortés hizo alarde de su gente y la puso en orden 
3' salió, para no ser sentido, de noche, y de lo que en el camino le 

acontesció.. . 

Cap. CXXVIIL — Cómo prosiguiendo Cortés su camino, le dieron una pe¬ 
drada en la cabeza, y cómo Alonso de Avila dió una lanzada á un espa¬ 
ñol y por qué, y lo que más subcedió. 499 

Cap. CXXIX.— Cómo yendo el exército adelante salió un indio ail camino á 
desafiar á los españoles y cómo los mexicanos, hecho sacrificio en Mé¬ 
xico de los españoles, vinieron á Otumba, 3' del razonamiento que Cor¬ 
tés hizo á los su3^os.:. ^oo 

Cap, CXXX.-— Cómo se dió la memorable batalla que se dice de Otumba y 
cómo Cortés mató al General de los mexicanos 3^ de otras cosas señaladas. 502 
Cap^ CXXXI. —Cómo vencida esta memorable batalla, el exército espa¬ 
ñol pasó adelante y de lo que más subcedió después. 504 

Cap. CXXXII, Como I^Iagiscacin y Xicotencatl é otros señores vinieron á 
aquel pueblo á visitar a Cortés 3’ de la plática que Magiscacin le hizo. . . 503 























ÍNDICE 


833 


pAgs. 

Cap. CXXXIII, De ilo que Cortés respondió á Magiseacin é á los otros se¬ 
ñores, y de las joyas que les dió y de lo que más pasó... 507 

Cap. CXXXIV.—De las nuevas que Magiseacin dió á Cortés de Joan Juste y 
sus compañeros y de cómo le pidieron licencia para salir á correr la 
tierra con algunos españoles, donde andaban mexicanos. 509 

LIBRO QUINTO 

Cap. i.—C óino Cortés y sus compañeros otro día entraron en Tlaxcala y del 
solemne reseibimiento que en ella le hieieron y de las palabras que Aía- 

giscaein dixo á Cortés.. 

Cap. II.—Cómo Cortés halló en Tlaxcala á Joan Pácz, Capitán, y de lo que 

con él había pasado Alagiscacin y Cortés después le dixo. 512 

Cap. III.—Cómo Cortés, sabiendo de Ojeda lo que Xicotencatl y los de su 
parciallidad decían, se mandó velar y del gran peligro de morir en que 

estuvo. 

Cap. IV.—Del descontento que los españoles tenían y de cómo requirieron 

á Cortés se fuese y de lo que él les respondió... ^15 

Cap. V.—De lo que Cortés respondió y del razonamiento que les hizo. 517 

Cap. vi.—C ómo los mexicanos inviaron sus embaxadores á los tlaxcalte¬ 
cas, prometiéndoles perp^ectua amistad si mataban á los españoles. 518 

Cap. vil—C ómo hechas sus cerimonias, los embaxadores mexicanos pro¬ 
pusieron su embaxada y de lo que Magiseacin respondió, mandándolos 
saílir. 

Cap. VIII.—De la consulta de los señores tlaxcaltecas v de cómo Magiseacin 
defendió la parte de los españoles y echó de las gradas abaxo á Xico¬ 
tencatl. ^21 

Cap. IX.—Cómo Cortés dió las gracias á Magiseacin sobre lo que había pa¬ 
sado y cómo Xicotencatl pidió se hiciese guerra á los de Tepeaca.... 522 
Cap. X.—Cómo Xicotencatl volvió á hablar á Cortés sobre la guerra de 
Tepeaca, y de cómo primero que la comenzase invió sus mensajeros y 

lo que los de Tepeaca respondieron. ^25 

Cap. XI.—De lo que la Señoría de Tlaxcala respondió y de cómo Cortés 

salió á hacer la guerra. ^26 

Cap. XII.—Cómo después de haber salido Cortés, sailió la demás gente, las 
devisas que los señores llevaban y la extraña manera con que al hijo de 

Magiseacin armaron caballero. ^28 

Cap. XIII.—Cómo aquel día dieron en la tierra de Zacalepeque y del duro 

y bravo recuentro que allí hubo con los de Tepeaca. ^29 

Cap. XIV.—Cómo Cortés fué á Tepeaca y entró en ella sin resistencia y de 

lo que más subcedió. 

Cap. XV.—Cómo estando Cortés en Tepeaca, los mexicanos tentaron de 
matar con traición á los cristianos, y cómo se descubrió y el castigo 

que hubo." 

Cap. XVI.—Cómo en el entretanto que Cortés estaba en Tepeaca, indios de 
México publicaron que Cortés y los suyos eran muertos, y cómo mataron 

á Saucedo y otras desgracias acaescidas á españoles. 533 

Cap. XVII.—Cómo Diego de Ordás fué sobre GuaehaJuca, la guerra que hizo 

y la presa que traxo... .. 53^ 

Cap. XVIII.—Cómo d señor de Guachaluca invió secretamente á darse de 

paz á Cortés y con qué condisción, y lo que respondió. 535 

Cap. XIX.—Cómo Cortés invió á Diego de Ordás y á Alonso de Avila 

53 
























834 


ÍNDICE 


PÁGS. 


con docieiitos españoles y cómo se engañaron creyendo que los de Gua- 

cachiíla les trataban traición. 536 

Cap. XX.—Cómo Cortés se partió con los mensajeros de Guacachula y 

de lo que en eQ camino le acontesció. 537 

Cap. XXI.—Cómo los indios de Guacachula, desmintiendo las velas, cerca¬ 
ron á los Capitanes mexicanos y cómo peilearon con ellos y [á] la mañana 

los ayudó Cortés. 538 

Cap. XXIT.—Cómo Cortés desde Guacachula se fué á Yzucar y echó de allí 
las guarniciones mexicanas que había y de cómo allí eligió por señor del 
pueblo á un muchacho que fué el primero que en las Indias se bautizó... 539 

Cap. XXIII.—Del asiento y fertilidad de Yzucar y de cómo Cortés mandó 

llamar á algunos vecinos que se habían huido.. 541 

C.\p. XXIV.—Cómo Cortés vdlvió á Tepeaca y de allí invió sus Capitanes, 
unos á asegurar el camino de la Veracruz y otros á pacificar otros pue¬ 
blos, y de un nuevo modo de crueldad con que mataban á los nuestros. 542 ’ 
Cap. XXV.—De lo que un indio de los que así prendieron, antes que le jus¬ 
ticiasen, confesó cerca de lo pasado, y de otras cosas ... 544 

Cap. XXVI,—Cómo el cacique de aquel pueblo entró con cierta gente en 
aquellos aposentos y salió sin ser sentido y de otras cosas que acaescieron. 544 
Cap. XXVII.—Cómo Cortés desde Tepeaca despachó mensajeros á la Ve¬ 
racruz é de las nuevas que tuvo de Barrientos. 545 

Cap. XXVIII.—Cómo poco antes que Cortés saliese de Tepeaca dió vi¬ 
ruelas en los indios y cómo fundó una villa que llamó Segura de la Fron- 

tei’a .... 546 

Cap. XXIX.—Cómo Cortés desde la nueva villa de Segura, despaolió [á un 
hidalgo] con cuatro navios de Xarváez á Sancto Domingo é cómo vino á 

ver á Cortés el señor de Chinantla.. 547 

Cap. XXX.—Cómo Cortés se partió para Tlaxcala y lo que pasó con Alartín 

López é cómo le invió adelante á cortar la madera.. 548 

Cap. XXXI.—Cómo Cortés entró en Tlaxcala y del rescebimiento que se le 
hizo y de una plática que un señor al entrar en la ciudad le hizo y de lo 

que Cortés respondió. 549 

Cap. XXXII.—Del sentimiento que Cortés hizo por la muerte de su amigo 
Magiscacin y cómo eligió señores y entre ellos un hijo de su amigo.... 551 
Cap. XXXIII.—En el cual se da cuenta cómo Magiscacin antes de su 
muerte pidió el baptismo, y de otras señales que mostró de cristiano 

y cómo Cortés puso luto por él..... 553 

Cap. XXXIV.—Cómo Cortés entendió en dar priesa cómo la madera se cor¬ 
tase y procuró saber de los negocios de México. 554 

Cap. XXXV. —Cómo Guatemuza se adereszó para la guerra y de las cosas 

que hizo é dixo para contra los cristianos. 555 

Cap. XXXVI. —Del razonamieno que Guatemuza hizo á los mexicanos y 

á los otros sus amigos, animándolos contra los nuestros. 556 

Cap. XXXVII. —De lia repuesta que dieron los señores á Guatemuza. 558 

Cap. XXXVIII. —Cómo Cortés se rehizo y se aprestó para venir sobre 

México........ . 555 

CAP. XXXIX.—Cómo Cortés hizo alarde de los suyos y de una solemne 

plática que les hizo. ^60 

Cap. XL.— Del alarde y reseña que otro día, á imitación de los nuestros, los 

tlaxcaltecas hicieron . ^52 

Cap. XLI. De dos navios y personas señaladas que en ellos vinieron en 

ayuda de Cortés. 564 

Cap. XLIL —De las Ordenanzas que Cortés hizo y mandó pregonar para 




























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835 


PÁGS. 


la buena gobernación del exército y cómo castigó á algunos que las que¬ 
brantaron...., 565 

Cap. XLIII.—Del razonamiento que Cortés hizo á los tlaxcaltecas al tiempo 

de su partida. 566 

Cap. XLIV.—Cómo Cortés salió de TlaxcaJla y de lo que más subcedió...,- 567 

Cap. XLV.—Cómo Cortés prosiguió su camino y lo que en él le pasó. 568 

Cap. XLVI.—Cómo Cortés subió á la cumbre de aquel monte y cómo desde 

él señoreó la tierra y de la refriega que hubo con los enemigos. 569 

Cap. XLVII.—De lo que Cortés respondió á íos embaxadores y cómo se fué 

á Quatichan y de lo que más subcedió... 570 

Cap. XLVIII.—Cómo subiendo ciertos españoles á las azoteas, vieron cómo 
los vecinos de Tezcuco desamparaban la ciudad y lo que sobre ello 

Cortés proveyó. 572 

Cap. IL.—Cómo desde á tres días comenzaron algunos pueblos á venir de 

paz é de lo que más subcedió... 573 

Cap. L.—De la conjuración que hubo entre algunos españoles contra Cortés 

y cómo se supo y del castigo que hizo en Villafaña.. 574 

Cap. LI.—Cómo Cortés otro día mandó llamar á todos los suyos y del ra¬ 
zonamiento que, leídos los nombres del papel, les hizo. 576 

Cap. LII.—Cómo Cortés tuvo ciertos recuentros con los de Iztapalapa é 

de un gran peligro en que ^e vió. 577 

Cap. Lili.—De la congoxa que Cortés tuvo aquella noche y de cómo otro 

día se le ofrescieron de paz ciertos pueblos... 579 

Cap. LIV.—Cómo Cortés invió á Gonzalo de Sandoval con docientos hombres 

de á pie é veinte de á caballo á dos cosas muy importantes, que se dirán,. 580 

Cap. LV.—Cómo Gonzalo de Sandoval fué á Chalco y de la refriega que con 

los mexicanos hubo y de cómodos de Chalco vinieron á ver á Cortés. 581 

Cap. LVI.—De lo que Cortés respondió á los señores de Chalco y de cómo 
mandó á Sandoval volviese con ellos y de allí se llegase á Tlaxcala.. 5S3 
Cap. LVII.—Cómo llegado Don Hernando el indio. Cortés lo eligió por se¬ 
ñor de Tezcuco y de la gente que luego vino á esta nueva. 584 

Cap. LVIII.—De la plática que Cortés hizo á los ciudadanos y nuevo señor 

de Tezcuco y de cómo ellos le juraron por señor....... 585 

Cap. LIX.—De cómo los señores de Guatinchan y Guaxuta vinieron á decir á 
Cortés cómo todo el poder de Culhiia venía sobre él y de lo que él res¬ 
pondió y hizo... 587 

Cap. LX.—Cómo Cortés dió sobre aquellos pueblos y ellos le pidieron perdón 

y lo que sobre esto hizo.<. 588 

Cap. LXI.—Cómo los de Chalco pidieron socorro á Cortés y de lo que res¬ 
pondió y de cómo lie vinieron mensajeros de tres provincias_ ... 589 

Cap. LXII.—De lo que Cortés respondió á los mensajeros y cómo confederó 

é hizo amigos á los de Chalco con ellos. 590 

Cap. LXIII.—Cómo Cortés supo que los bergantines estaban hechos y que 

había llegado un navio al puerto y del hecho que hizo un español. 591 

Cap. LXIV.—Cómo Cortés invió á Sandoval por los bergantines y de lo que 

más le mandó y él hizo... 592 

Cap. LXV.—De la traición con que los del pueblo morisco prendieron y ma¬ 
taron tantos españoles. 593 

Cap. LXVI.—Cómo Sandoval se partió é de un rétulo que vió é del castigo 

que en el pueblo hizo.. 593 

Cap. LXVII.—Cómo en el entretanto que Sandoval caminaba, los españoles 
salieron con la tablazón de los bergantines. 594 



























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PÁGS. 


Cap. LXVIII. —Cómo Sandoval topó con los que traían los bergantines 

y el orden con que venían . 595 

Cap. LXIX. —^Donde se prosigue el orden y concierto con que iban los in¬ 
dios hasta llegar á Tezcuco. 596 

Cap. LXX. — Cómo entrando por los términos d-e México, se trocó el or¬ 
den y de lo que dixo el Capitán que llevaba la delantera . 597 

Cap. LXXI.—Cómo llegada la tablazón y ligazón de los bergantines, vino 
socorro de españoles y caballos que habían venido de Sancto Domingo 

y de lo que Cortés les dixo y ellos respondieron . 598 

Cap. LXXII. —Cómo se armaron los bergantines y de la manera cómo se 

echaron al agua y con cuánta devoción y solemnidad.. . 600 

Cap. LXXIII. —Cómo Cortés invió [á]* Alonso de Ojeda á la Villa Rica por 
dos tiros y de lo que le subcedió en el camino y cómo á la vuelta Cortés 

•le encargó la gente tlaxcaJteca . . . 601 

Cap. LXXIV. — Cómo Cortés, sin decir adónde iba. salió otro día con mucha 

[gente?] á bojar el alaguna y de lo que le subcedió .• . 603 

Cap. LXXV. — Cómo otro día los tlaxcaltecas saquearon la ciudad y cómo 

Cortés estuvo allí seis días escaramuzando siempre con los enemigos... 605 
Cap. LXXVI. — De las cosas que los mexicanos decían á los españoles y de 

lo que Cortés les dixo y ellos respondieron. .. 606 

Cap, LXXVII.— Cómo Cortés, volviendo á Tezcuco, siguiéndole los mexi¬ 
canos, les puso cclladas y mató muchos dellos . • 607 

Cap. LXXVIII.—De lo que demás de lo contenido en el capítulo pasado, 

Ojeda dice en su Relación.%. 607 

Cap. LXXIX.—Cómo Ojeda y Joan Márquez cataron á los indios tlaxcaltecas 

y del oro que les hallaron, y cómo por esto muchos dellos se ausentaron. 609 
Cap. LXXX.—De lo que Ojeda escribe que acaeció á Cortés en Tacuba 
cuando se subió á un alto y de la gracia que Pedro de ireio dixo á su 

Alférez . 610 

Cap. LXXXI. — Cómo Cortés entró en Tezcuco y del regocijo con que fué 

rpscebido. 611 

Cap. LXXXII. — Cómo los tlaxcaltecas se despidieron de Cortés y cómo 

vinieron mensajeros de Chalco á pedir socorro. 612 

Cap. LXXXIII. — Cómo Sando\^al llegó á Qialco y alli ordenó lo que había 

de hacer 3^ de un bravo recuentro que hubo con los mexicanos . 613 

Cap. LXXXIV. —Cómo Sandoval fué á Acapistla, donde requirió á los me¬ 
xicanos se diesen de paz 3^ de la batalla que con ellos hubo. 614 

Cap. LXXXV.— Cómo ido Sandoval los mexicanos revolvieron sobre los de 
Chalco y cómo antes que allá fuese Sandoval los de Chalco habían vencido. 615 
C\p. LXXXVI.— Del socorro que vino á Cortés 3^ cómo de los prisioneros 

invió dos á los mexicanos. 616 

Cap. LXXXVII.— Cómo los mexicanos revolvieron sobre los de Chalco é 
haciéndolo saber á Cortés, respondió que él quería ir al socorro...... 617 

Cap. LXXXVIII. —Cómo otro día partió Cortés de allí y cómo halló un 

peñol muy fuerte y de la manera que tuvo en acometerle. 618 

Cap. LXXXIX. —Cómo Cortés combatió otro peñoH 3' cómo ambos se le 

dieron de paz y de lo que le dixeron y él les dixo. 619 

Cap. XC. —Do se prosigue cómo los deste peñol se dieron de paz y con ellos 

los del otro y lo que más pasó. 620 

Cap. XCI. — Cómo Cortés partió para Guastepec y de cómo allí fué rescebido 

y de la frescura deste pueblo 3' cómo de allí pasó á Yautepec. 621 

Cap. XCII. — Cómo Cortés fué á Quaunauac, fuerte y grande pueblo, y 
cómo por ánimo de un indio tllaxcalteca vino á ser señor dél . 622 



























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837 


PÁGS. 

Cap. XCIII.—Cómo Cortés fue á Suchimilco y dcl trabajo que en el ca- 

mino pasó y de la guerra que hizo á los dcl pueblo. 624 

Cap. XCIV.—^Do se prosigue la batalla y se trata de un caso extraño que 

subcedió á Cortés... 625 

Cap. XCV.-*-De un bravo y soberbio razonamiento que Guautemocin, señor 
de México, hizo á los suyos, persuadiéndolos y exhortándolos á que de 

improviso diesen sobre Cortés en Suchimillco. 626 

Cap. XCVI.—De lo mucho que los mexicanos se encendieron contra los 
nuestros con el razonamiento de su señor y de cómo luego pusieron por 

obra lo que les dixo. 627 

Cap. XCVII.—Cómo se trabó la batalla y cómo la vencieron los nuestros.. 628 
Cap. XCVIII.—Cómo Cortés salió de Suchimilco y cómo todavía los ene¬ 
migos le seguían y cómo revoflvió sobre ellos hasta que le dexaron y 

cómo entró en Cuyoacan. 629 

Cap. IC.—Cómo Cortés fué á Tacuba y de los recuentros que tuvo con los 

vecinos de la ciudad y de cómo le llevaron dos españoles vivos. 630 

Cap. C.—Cómo Cortés prosiguió su camino y aquella nocbe fué á dormir á 

Tezcuco, y de cuán bien fué rescebido... 632 

Cap. CI.—^De lo que pasó á Cortés y cómo fueron tratados en Chinantla 
Barrientos y Heredia y de la astucia de Barrientes, con que se hizo 

temer. 633 

Cap. CII.—Cómo los de Chinantla inviaron dos indios .y con ellos la carta 

de Barrientos y de lo que más subcedió. 634 

Cap. CIIL—Cómo el Capitán que estaba en Tepcaca rescibió la carta y 

la invió á Cortés, y de lo que con ella se holgó... 635 

Cap. CIV.—Cómo Cortés después de haber vuelto á Tezcuco entendió en 

acabar de aprestar los bergantines para la guerra. 636 

Cap. CV.—Cómo Cortés hizo alarde de la gente que tenía y eligió Capita¬ 
nes para los bergantines. 637 

Cap. CVI.—Cómo hecho el alarde y elegidos Capitanes, mandó pregonar de 

nuevo las Ordenanzas y de lias armas falsas que hizo dar... 638 

C.\p. CVII.—Cómo Cortés invió á Alonso de Ojeda á Cholula á cierto nego¬ 
cio y de ahí á que apercibiese á ios de Tlaxcala y á los demás amigos 

para ir sobre Aléxico. 639 

Cap. CVIII.—De lo que Xicotencatl en nombre de toda la Señoria de 

Tlaxcala respondió á Ojeda.. 640 

Cap. CIX.—Cómo Ojeda entendió en recoger la gente y de lo que con ella 

le acontesció. 641 

Cap, CX.—Cómo entró Ojeda con los tlaxcaltecas y Cortés los salió á 

rescebir. 642 

Cap. CXI.—De una solemne plática que Cortés hizo á los suyos antes que 

cercasen á Aléxico. 643 

Cap. CXII.—Del público consentimiento y alegría con que Cortés fué oído 

y de lo que muchos, unos á otros, se dixeron. 645 

Cap. CXIII.—Cómo Cortés ordenó su exército y cómo primero salieron 

todos los españoles en orden á la plaza con los indios amigos. 646 

Cap. CXIV.—Cómo se partieron los Alaestros de campo y de ciertas dife¬ 
rencias que hubo entre ellos. 647 

Cap. CXV.—Cómo los dos Capitanes fueron á quitar el agua dulce á Aíé- 
xico y adereszaron algunos malos pasos y de otras cosas que hicieron. 648 
Cap. CXVI.—Cómo otro día de mañana salió Cristóbal de Olid á dar una 

vista y de lo que le subcedió. 648 

Cap. CXVTI.—De la consulta que Guautemucin tuvo en Aléxico con los de 

























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PÁGS. 


SU reino sobre la guerra y de una plática que les hizo pidiéndoles su 

piarescer. 

Cap. CXVIIL—De la repuesta de dos Capitanes y señores mexicanos y de la 

diversidad de parescere-s que entre ellos hubo... 650 

Cap. CXIX.—Cómo Guautemuza sacrificó cuatro españoles y cuatro mili 

indios y cómo se determinó de seguir la guerra. . .^- 651 

Cap. CXX.—^De lo que los tlaxcaltecas respondieron y de lo que siente 

Motolinea acerca de la repuesta de los dioses. 652 

Cap. CXXL—Cómo Xicotencatl, Capitán de sesenta mili infantes, se vdvió 
á TJaxcala, de donde le traxeron, y traído, le mandó Cortés ahorcar.. 653 
Cap. CXXII.—Cómo Cortés quiso ahorcar á Piltechtl y cómo riñó áspera¬ 
mente á Ojeda cuando supo lo que había pasado. 654 

Cap. CXXIII.—Cómo Cortés se embarcó y de una notable victoria que en el 

peñol hubo. ^55 

Cap. CXXIV.—De otra muy señalada victoria que Cortés hubo de los me¬ 
xicanos por el agua. 656 

Cap. CXXV.—De otra tercera victoria que Cortés hubo de los mexicanos. 657 
Cap. CXXVI.—Cómo Cortés saltó en tierra y sacó tres tiros gruesos y de 

lo que con ellos hizo.•.. 657 

Cap. CXXVII.—Cómo aquella noche, fuera de su costumbre, los enemigos 

dieron sobre Cortés. 658 

Cap. CXXVIII.—De la bráva refriega que otro día Cortés tuvo con los me¬ 
xicanos y de cómo les ganó una puente é un albarrada... 659 

Cap. CXXIX.—'De la refriega que Sandoval hubo y de la industria que Cor¬ 
tés tuvo para que pasase la gente... 660 

Cap. CXXX,—^Cómo Cortés invió á Sandoval á que acabase de cercar á ]\Ié- 

xico y lo que sobre esto pasó..;... 66r 

Cap. CXXXI.—Cómo Cortés determinó de entrar por la ciudad adentro é de 

Jas victorias que aquel día alcanzó. 661 

Cap. CXXXII.—Cómo Cortés ganó una torre é una puente muy fuertes... 662 
Cap. CXXXIII.—De la brava refriega que en este paso hubo y cómo Cortés 

ganó otros pasos hasta llegar á la entrada de /la plaza.... 663 

Caf. CXXXIV.—Cómo Cortés entró en la plaza y huyeron los enemigos y 

revolviendo luego sobre los nuestros Jos hicieron retirar. 664 

C.\p. CXXXV.—Cómo los enemigos fueron siguiendo á Cortés y cómo á 

otra parte pelearon Sandoval y Alvarado...•. 665 

Cap. CXXX vi.—C ómo Don Fernando, señor de Tezcuco, acudiendo con mu¬ 
cha gente en favor de Cortés, hizo una plática á sus hermanos, y lo que 

respondió el mayor dellos.•... 666 

C.ap. CXXXVII.—Cómo Cortés rescibió al General y á los otros Capitanes 

sus hermanos y de lo que más pasó. 667 

Cap. CXXXVIII.—Cómo vinieron los de Sudiimilco y otros amigos y de io 

que á Cortés dixeron y él les respondió. 669 

Cap. CXXXIX.—Cómo Cortés repartió los bergantines para el combate de 
la ciudad y de la plática que hizo á los suyos antes que la combatiese.. 670 
Cap. CXL.—Cómo pasados Hos dos días Cortés comenzó el combate y de 

lo que aquel día pasó..».. 671 

Cap. CXLI.—Cómo Cortés por consejo del General de Tfezcuco, quemó 

muchas casas y de lo que le movió á ello. 672 

Cap. CXLI i.—C ómo Cortés volvió otro día al combate y del trabajo que 

pasó en tornar á cegar lo que los enemigos habían abierto. 674 

Cap. CXLIII.—Donde se dice qué fué la causa por qué Cortés, tomadas y 




























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839 

PÁGS. 


cegadas las puentes, no llevaba el real adelante, volviéndose siempre á 

su puesto. 675 

Cap. CXLIV.—De la mucha gente de los pueblos del alaguna que vino en 
favor de Cortés, y de cómo formó un grueso exército de indios amigos 

y lo que hicieron. 676 

Cap. CXLV.—Cómo Cortés determinó de combatir la ciudad por tres ó cua¬ 
tro partes para que se les diese de paz é de lo que sobre esto pasó.• 677 

Cap. CXLVI.—De la victoria que otro día tuvieron los reales españoles 

y de 'la porfía grande de Guautemuza. 678 

Cap. CXLVII.—De la desgracia que á Pedro de Alvarado acontesció por 

quererse aventajar y señalar. 679 

Cap. CXLVI i i.—C ómo Cortés supo esta desgracia y de lo que con Alvarado 

pasó. 680 

Cap. CIL.—De algunas entradas que Cortés hizo y de lo que respondió al 

Tesorero Alderete, que le importunaba se metiese más en la ciudad. 681 

Cap. CL.—Cómo otro día Cortés dió orden en lo que se había de hacer 

para dar di combate. 682 

Cap. CLI.—Del razonamiento que Cortés hizo á los suyos y del orden que 

dió en el combate. 683 

Cap. CLI i.—C ómo Cortés acometió con su gente y del bravo y peligroso 

combate de aquel día. 68q 

Cap. CLIII.—Del gran riesgo y peligro' en que Cortés se vió por no estar 

bien ciega una puente. 6S5 

Cap. CLIV.—Do se prosigue y dice el peligro que de ser preso ó muerto 
Cortés tuvo, y de cómo Olea murió defendiéndoile y de lo que hizo Cor¬ 
tés sobre esto. 686 

Cap. CLV.—'De cómo Alvarado y Sandoval palearon este día é de lo que 

subcedió con el bergantín de Flórez é cuánto ayudó el Capitán Mota. 687 

C-\p. CLVI.—Cómo Cortés salió á la calle de Tacuba peleando y de lo 
que invió á decir á los otros Capitanes de su compañía y de lo que los 

enemigos hicieron. 688 

Cap. CLVIL—De Jas alegrías que los enemigos hicieron y de las palabras 

que dixeron y recaudos que inviaron á otras provincias. 690 

Cap. CLVIII.—Cómo sabido el desbarato de los españoles por la comarca, los 
indios de Marinako é otros se rebelaron, y cómo Cortés invió contra ellos 
al Capitán Andrés de Tapia, el cual los venció, 3' de la confederación 

de sus veinte compañeros.. 691 

Cap. CLIX.—-Cómo vinieron á Cortés mensajeros de los otomíes, qiicxán- 
dose de ilos de Matalcingo y cómo determinó de inviar á ello á Sandoval. 693 
Cap. CLX.—De lo que los españoles sintieron esta partida 3’ cómo Sandoval 

venció... 694 

Cap. CLXL—Cómo otro día por la mañana, queriendo Sandoval combatir la 

fuerza, no halló á nadie, y de lo que más subcedió... 695 

Cap. CLXII.—Cómo ilos tlaxcaltecas, después de venido Sandoval, pelearon 
sin los españoles con los mexicanos, é de una plática que su General antes 

hizo é de cómo los mexicanos acometieron á los nuestros de súbito.• 697 

Cap. CLXIII.—Del peligro en que se vieron algunos bergantines 3' de lo bien 
que lo hizo Martín López é de la muerte del Capitán Pedro Barba... 698 
Cap. CLXIV.—Cómo estando la guerra en estos términos Cortés invió á 
Ojeda é á Juan Márquez á Tlaxcala por bastimentos é del gran peligro en 

que se vieron al salir de I\íéxico. 700 

Cap. CLXV.—Cómo prosiguiéndose el combate, una Isabel Rodríguez cura¬ 
ba y de lo que acontesció á un Antonio Peinado. 701 

























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ÍNDICE 


PÁGS. 


Cap. CLXVI. —De la muerte de Magallanes y de lo que subcedió al Tesorero 

Alderete 3^ del ánimo y esfuerzo de Beatriz de Palacios. 

Cap. CLXVII.—De lo que otro día subcedió y del desafío de un indio y de 

■cómo le mató Hernando de Osma. 

Cap. CLXVIII.—Cómo la guerra andaba tan encendida que hasta los niños 
y mujeres de los mexicanos peleaban y de lo que pasaron con Casta¬ 
ñeda 3' Cristóbal de Olid 3' del esfuerzo de Cristóbal Corral, Alférez.. 
Cap. CLXIX.—Cómo viniendo los españoles hu3'endo, Beatriz Bermúdez 

salió á ellos 3' los avergonzó, y volviendo, vencieron . 

Cap. CLXX.—Cómo los mexicanos tomaron á un español, y de lo que 
hicieron con él y con otros y de la batalla que se trabó por tomar el 

cuerpo de un señor que Martín López mató. 

Cap. CLXXI. — Cómo Cortés, hecha consulta con ciertos Capitanes, por mu¬ 
chas partes acometió la ciudad, y de cómo se señalaron algunos dellos... 
Cap. CLXXII.—Cómo determinó Cortés de combatir otro día la ciudad por 
dos partes y de lo que también este día se señalaron algunos Capitanes. 
Cap. CLXXIII.—Do se prosigue lo que Cortés hizo y cómo se señalaron 

algunos otros Capitanes. 

Cap. CLXXIV.—Cómo Cortés se retiró 3^ de lo que hizo Pedro Dircio 3" de 

lo que Andrés de Tapia trabajó. 

Cap. CLXXV.—Cómo Cortés determinó de asolar la ciudad 3' del socorro 

que para esto le vino... 

Cap. CLXXVI.—Cómo pasados cuatro días desta determinación, combatió 
Cortés la ciudad, 3’ de cómo se entretenían los mexicanos y del ardid 

que usaron. . . 

Cap. CLXXVII.—Cómo otro día tornó Cortés á combatir la ciudad é se 
subió á una torre para que los enemigos le viesen é de un hazañoso he¬ 
cho que hizo Hernando de Osma. 

Cap. CLXXVHI.—De lo que otro día hizo Cortés, poniendo celada á los ene¬ 
migos, é de lo que hallaron los españoles en una sepoíltura y de lo mu¬ 
cho que la celada atemorizó á los mexicanos... 

Cap. CLXXIX. —Cómo primero que los nuestros se retraxesen, los enemi¬ 
gos inviaron espías y los nuestros las tomaron, y de lo que se supo de una 
señora mu3’' principal que Joan Rodríguez Bejaraño prendió é de lo que 

de ciertos indios se entendió.. . 

Cap. CLXXX.—Do se prosigue lo que resta del pasado . 

Cap. CLXXXI. — Cómo Cortés al cuarto del alba dió sobre los enemigos, 
poniendo primero espías, 3' cómo derrocó con los bergantines muchos de 

los tablados que tenían hechos . 

Cap. CLXXXII. —Cómo Cortés tornó otro día al combate 3’' cómo se acabó de 
ganar la calle de Tacuba, é quemó las casas de Guatemuza 3" lo demás.. 
Cap. CLXXXIII. —Cómo otro día Cortés ganó á los enemigos una gran 
calle é de cómo revolvieron sobre Cortés, 3' de lo que decían á los in¬ 
dios amigos ... 

Cap. CLXXXIV. —Cómo Alvarado ganó ciertas torres cerca del mercado y 

■el peligro en que se vieron los de á caballo y lo que Cortés hizo.. 

Cap. CLXXXV. —Cómo Cortés entró en la plaza y Alvarado, por otro cami¬ 
no, vino á ella, 3" del placer que los unos con los otros rescibieron, y có¬ 
mo Cortés, de piedad, entretuvo el combate .. 

Cap. CLXXXVI.—De lo que Cortés invió á decir á los de la ciudad 3^ de lo 

que ellos respondieron.. . 

Cap. CLXXXVII. —Cómo Cortés mandó hacer un trabuco por falta de pól¬ 
vora 3’’ cómo se erró 3' de lo que pasó con los mexicanos. 


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PÁGS. 


Cap. CLXXXVIIL—De lo que Jos mexicanos respondieron y del bravo com¬ 
bate que les dieron Cortés y Alvarado.. 

Cap. CLXXXIX. Como otro día Cortés volvió á la ciudad y de cómo los 

enemigos, le llamaron y de lo que le dixeroii. 

Cap. CXC.—Cómo Cortés invió un principal mexicano que tenía preso á la 
ciudad, y de lo que le dixo que hiciese é cómo los suyos le sacrificaron. 
Cap. CXCL—Cómo otro día entró Cortés en la ciudad, y de lo que dixo 
a ciertos principales della y de lo que ellos, llorando, le respondieron... 
Cap. CXCII. Cómo Cortés salió a lo puesto é Guautemucin no vino, é de lo 
que invió á decir é Cortés respondió y de las demás cosas que pasaron. .. 
Cap. CXCIII.—Cómo volviendo aquellos señores, dixeron á Cortés se viniese 
á ver con Guautemucin, é de cómo volvió á faltar, é cómo Cortés com¬ 
batió unas albarradas é de la gran matanza que en los enemigos hizo.. 
C-^p, CXCIV. Cómo otro día Cortés volvió á la ciudad, como lo tenía or¬ 
denado, y cómo un gran señor que se decía Giguacoacin habló á Cortés 
y de lo que él proveyó para que los indios amigos no hiciesen estrago 

en los que se daban.. 

Cap. CXCV.—Cómo Cortés, vista la rebeldía de los mexicanos, los combatió, 
é cómo^ Garci HoJlguín prendió á Guautemucin é al Gobernador y de lo 
que más pasó. 

Cap. CXCVI. Cómo Garci Holguín llevó preso á Guautemucin á Cortés 

3^ de lo que entre los dos pasó. 

Cap. CXCVII.—En qué día se tomó Aléxico y cuánto duró el cerco della, 3’ 

de la memoria que hoy se hace de su victoria, y de otras cosas. 

Cap. CXCVIII.—Cómo Cortés mandó guardar los bergantines, y de los pro¬ 
nósticos que precedieron de la destruición de México. 


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LIBRO SEXTO 


Cap. i. De un extraño caso que á Alotezuma acaesció estando determinado 
de salirse de Aléxico.•. 

Cap. II.—De la diligencia que puso Cortés en saber del tesoro de Aléxico, y 
de otras cosas.. " 

C^vp. III. De lo que se hubo del despojo de Aléxico y de lo que cupo a! 

Emperador de su quinto. 

Cap. IV.—De lo que con los Procuradores escribió Cortés al Emperador 

3^ de lo que de Cortés le escribió el Cabildo de Aíéxico.. 

Cap. V. Cómo fué preso Alonso de Avila 3^ llevado á Francia y del gran 
ánimo que tuvo un año entero con una fantasma que de noche se echaba 

en su cama.. 

Cap. vi.— De lo que más subcedió y cómo Alonso de Avila fué rescatado... 

VIL Cómo ganada Aléxico, no tiniendo Cortés pólvora para conquis¬ 
tar las demás provincias, invió diversas personas por azufre y de lo que 

con Alontaño 3^ Aíesa pasó. 

Cap. VilL—-Cómo Alontaño 3^ Alesa é otros compañeros se adereszaron 

para subir al volcán y de lo que al principio des subcedió. 

Cap. IX.—Cómo prosiguiendo Ja subida del volcán, uno de los compañeros 
ca3"ó en un ramblazo, é cómo otro dellos se quedó en el camino desma¬ 
yado é cómo esperaron allí hasta que vino el día. 

Cap. X. Cómo Alontaño entró siete veces en el voflcán, 3' la cantidad de 
azufre que sacó, é cómo entró otro é asimismo sacó azufre, y cómo el 
Alontaño anduvo buscando por dónde pudiesen todos decendir.. 


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ÍNDICE 


PÁGS. 


Cap. XI.—Cómo por gran ventura toparon con el compañero que había que¬ 
dado desmayado y del gran contento que él y ellos en toparse rescibieron, 

y cómo acabaron de descendir y deJ espanto de los indios. 759 

Cap. XII.—De la orden y diligencia que Cortés tuvo y puso para asegurar 

lo que había ganado y saber lo que quedaba por ganar. 762 

Cap. XIII.—Cómo un español acaso descubrió la provincia de ]\lechuacán 

é de cómo Cortés invió á Montano con otros españoles allá. 763 

Cap. XIV.—De lo que Montano y los demás respondieron á Cortés y cómo 

se despacharon y partieron... 766- 

Cap. XV.—Cómo á cabo de cuatro días llegaron á un pueblo que se dice Ta- 
ximaroa, en la ra3^a de Mechuacán y de la cerca del pueblo, y del resci- 
bimiento que los dél les hicieron, y de la matanza que en un tiempo los 

de Mechuacán en él hicieron en los mexicanos.. 768 

Cap. XVI.—Cómo aquel día los cuatro españoles con la demás gente se par¬ 
tieron en demanda de la ciudad de ]\Techuacán y cómo en ella fueron 

rescebidos..... 770 

Cap. XVII.—Cómo el Cazonci salió otra vez á ver á los nuestros y ellos lo 

salieron á rescebir y de lo que les dixo y ellos respondieron. 772 

Cap. XVIIL—Cómo el Cazonci mandó guardar á los nuestros de noche y 
de día y con dos señores les invió á decir no saliesen sin su mandado, y 

del temor que tuvieron de ser muertos. , . 774 

Cap. XIX.—Cómo aquellos españoles industriaron á los indios y del recelo 

con que en el entretanto quedaron. 777 

Cap. XX.—^Cómo de allí á tres horas, viniendo de montería el Cazonci, fué 
á visitar aquellos españoles y cómo les dió la caza, y de lo que por la 

lengua les dixo. 781 

Cap. XXL—Cómo otro día muy de mañana vinieron muchos señores, y del 
gran presente que traxeron, y de lo que á los nuestros dixeron cerca dd 

tratamiento de los señores que con ellos iban. 783 

Cap. XXII.—Cómo ya. que los españoles querían salir, el Cazonci les invió á 

pedir d lebrel, y lo que pasó en dárselo, y cómo lo sacrificó. 785 

Cap. XXIII.—'Cómo hasta llegar do Cortés estaba, los españoles se vela¬ 
ban cada noche, y de cómo le escribieron y de cómo los salió á rescebir, 

y de lo que pasó con ellos. . . 787 

Cap. XXIV.—De lo que más pasó con aquellos españoles y de la alegría que 
con su venida hubo en el real, y de la embaxada de aquellos señores, y 

cómo Cortés les respondió.. 789 

Cap. XXV.—Cómo Cortés hizo señor del pueblo de Xocotitlan al indio intér¬ 
prete, para tenerle grato en las cosas de IMechuacán, y de cómo un her¬ 
mano del Cazonci vino á ver á Cortés y de lo que pasó con él. 792 

Cap. XXVI.—De lo que otro día se hizo y de cómo Cortés mostró á este 
Capitán los bergantines y la destruición de México, y lo mucho que dello 

se espantó . 796 

Cap. XXVII. —Cómo el hermano del Cazonci se despidió de Cortés y llega¬ 
do do su hermano estaba, contándole lo que había visto, le hizo venir.... 798 
Cap. XXVIII.—Cómo el Cazonci fué á ver á Cortés y cómo dél fué resce- 

bido, y de su muerte algunos años después. Soo 

Cap. XXIX. —De las provincias que Gonzalo de Sandoval conquistó y pobló. 803 
Cap. XXX.— Cómo Gonzalo de Sandoval salteó de noche un pueblo y pren¬ 
dió una señora, y de cómo ganó y conquistó otras provincias. 805 

Cap. XXXI.—Cómo Cortés invió á descubrir la mar del Sur por otro cami¬ 
no, é tenida relación invió á Pedro de Alvarado, é de cómo se dió de paz 
el señor de Teguantepec .... 807 
























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PÁGS. 


Cap. XXXII.—Cómo Alvarado se volvió y los vecinos se mudaron y Cortés 
invió á Diego de Ocampo, é de lo que acontesció á la vuelta á Pedro de 

Alvarado con un señor de indios chontales. • . 808 

Cap. XXXIII. — Cómo Cortés invió á la mar del Sur á hacer dos bergantines 
y cómo invió á Joan Rodríguez de Villafuerte, é Sandoval fué á Vpilcingo 
é á Zacatula y de do que más pasó. 809 

APÉNDICES 

I.—/«íif/cí? de nombres geográficos mejicanos, citados en la obra . 8 1 i 

Indice de nombres de personajes mejicanos, citados en la obra . 8 19